AP1216-2015(44711)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MARÍA   DEL   ROSARIO  GONZÁLEZ MUÑOZ   

Magistrada  ponente   

AP  1216-2015   

Radicación    N°  44711   

(Aprobado   Acta   No.  100)   

Bogotá  D.C.,  marzo  once  (11)  de dos mil  quince (2015).   

VISTOS  

Se ocupa la Sala del estudio de admisibilidad  de  las  demandas  de casación presentadas por los defensores de los procesados  cabo   segundo  FERNANDO  ÁVILA  ALFARO  y  de  los  soldados  profesionales  JANES  ALEXÁNDER     SARRAZOLA,    JOHN    JAIRO    OSPINA    ÁLVAREZ    (r),   JOSÉ   WILTON   TORRES   MOSQUERA  y  MAURICIO  DE  JESÚS CIRO  RAMÍREZ,  todos  del  Ejército  Nacional,  contra la  sentencia  de  segunda instancia proferida por el Tribunal Superior de Antioquia  el  20  de  mayo de 2014, por cuyo medio confirmó la de primer grado dictada el  1°  de  agosto  de  la  anualidad anterior por el Juzgado Penal del Circuito de  Yarumal  que  condenó  a  los  mencionados,  junto  al  subteniente de la misma  institución      César      Augusto     Cómbita  Eslava,  como  coautores  del  delito  de homicidio en  persona  protegida  en  la  humanidad  de José Ignacio  García Sossa.   

HECHOS   Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

Hacia las 6:00 a.m. del 6 de enero de 2005,  en  la Vereda La Esperanza del Municipio de Campamento (Ant.), integrantes de la  Unidad   Contra­guerrilla  Córdova  Nro.  3  del Ejército Nacional, al mando de  subteniente  César Augusto  Cómbita   Eslava,   arribaron  a  la  vivienda  del  ciudadano  José  Ignacio  García  Sossa,  quien,  tras  ser  requisado  por los  uniformados,  súbitamente  emprendió  la  huida,  motivo por el cual fue perseguido y dado de baja por los  militares.  El  referido  individuo  fue  presentado  por  los  uniformados como  miembro  del  Frente  36  de  la ONT-FARC con influencia en la zona referida, en  cuyo   poder   se  encontró  una  granada  de  mano  y  un  radio  scanner.  Al  mismo  tiempo,  indicaron  los  miembros de la Fuerza  Pública  en  el  informe  rendido,  que  de inmediato practicaron registro a la  aludida  vivienda hallando en su interior 6 cartuchos 9 mm., 3 cartuchos 30 mm.,  10   metros   de   cable   detonante,  5  estopines  eléctricos  y  una  camisa  camuflada.   

Con fundamento en estos sucesos se dispuso la  apertura  de  la  correspondiente investigación, dentro de la cual se vinculó,  mediante    diligencia    de   indagatoria,   al   cabo   segundo   FERNANDO  ÁVILA  ALFARO,  a  los soldados  profesionales  JANES  ALEXÁNDER SARRAZOLA, JOHN JAIRO  OSPINA   ÁLVAREZ,   JOSÉ   WILTON   TORRES  MOSQUERA  y   MAURICIO   DE  JESÚS  CIRO  RAMÍREZ,  integrantes  de la patrulla que realizó el operativo    y    al   subteniente   César   Augusto  Cómbita  Eslava,  quien  fungió como su comandante.   

Clausurado el ciclo instructivo, se calificó  su  mérito  el  8 de septiembre de 2011 con resolución de acusación en contra  de  los  mencionados  por  el delito de homicidio en persona protegida (art. 135  del  C.P.),  la  cual  fue  confirmada  en  segunda instancia el 18 de noviembre  ulterior.   

La  fase del juicio correspondió al Juzgado  Penal  del Circuito de Yarumal, cuyo titular dictó fallo de primer grado el 1°  de  agosto  de  2013,  por  medio  del  cual condenó a los acusados a las penas  principales  de  trescientos sesenta (360) meses de prisión, multa por valor de  2.000  salarios  mínimos legales mensuales e inhabilitación en el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  término  de  quince  (15) años, al  encontrarlos   penalmente   responsables  de  la  conducta  por  la  que  fueron  acusados.   

En  la  misma  providencia,  les  negó  el  subrogado  penal  de la condena de ejecución condicional y el sustitutivo de la  prisión domiciliaria.   

Contra  esta decisión interpusieron recurso  de  apelación  los  procesados FERNANDO ÁVILA ALFARO  y  JANES ALEXÁNDER SARRAZOLA  y  sus  defensores,  así  como  los representantes de  JOHN  JAIRO  OSPINA  ÁLVAREZ,  JOSÉ  WILTON  TORRES  MOSQUERA, MAURICIO DE JESÚS  CIRO   RAMÍREZ   y  César  Augusto   Cómbita  Eslava,  motivo  por  el  cual  se  pronunció  el  Tribunal  de  Antioquia  el  22  de mayo de 2014, impartiéndole  confirmación.   

Inconformes  con  el  anterior  fallo,  el  defensor  conjunto  de  FERNANDO  ÁVILA ALFARO, JANES  ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN  JAIRO  OSPINA  ÁLVAREZ y  JOSÉ     WILTON     TORRES    MOSQUERA, así como el de  MAURICIO   DE   JESÚS   CIRO   RAMÍREZ,    mediante    escritos    independientes,    promueven    recurso  extraordinario    de    casación,   de   cuya   admisibilidad   se   ocupa   la  Sala.   

LAS  DEMANDAS   

    

1. Por  el  defensor  de  FERNANDO  ÁVILA  ALFARO,  JANES  ALEXÁNDER  SARRAZOLA, JOHN  JAIRO  OSPINA ÁLVAREZ y        JOSÉ        WILTON       TORRES       MOSQUERA:     

Formula  cuatro  cargos  contra  el  fallo  impugnado.  Los  tres  primeros   (principales) con fundamento en la causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  por  violación  indirecta  de la ley  sustancial  derivada  de  yerros  en  la  apreciación  probatoria  y el último  (subsidiario) por la senda de la violación directa.   

En  el  primero,  señala que se incurrió en    falso  juicio de identidad por cercenamiento al apreciar los  testimonios  de  Wilmar de Jesús Zamarra,  María  Rubiela  Zamarra y      Gloria     Elsy     González  Zamarra,  cuñado, suegra y compañera permanente del  occiso,  respectivamente.  Así  mismo,  en  la valoración de la necropsia, del  acta  de  inspección  judicial  al  cadáver  y  del informe de investigador de  laboratorio  visible  a  fol.  173 del c.o., de cuyo contenido extrae fragmentos  que    a    su    modo    de    ver    fueron   cercenados   no   obstante   ser  trascendentes.   

Tal   prueba,   afirma  a  continuación,  “es  clara  en advertir 04 situaciones desconocidas  por  el  análisis  de instancias”. En primer lugar,  que   las  víctimas  pretenden  “armar  un  teatro  criminal  distinto  al acontecido, para hacer ver el hecho como una ‘ejecución  extrajudicial’,  lo  que no cabe en la lógica, por  cuanto  quien  tiene  la  verdad  no tiene motivo o razón para disfrazarla, sin  adicionarla, por sí sola triunfa”.   

Así se desprende, sostiene, de las citadas  declaraciones   de   María   Rubiela   y Gloria Elsy,  quienes  fueron claras en señalar que el occiso estaba desnudo cuando su cuerpo  fue  subido  a  un camión, situación ésta que no se confrontó con el acta de  levantamiento  del  cadáver  donde  se  informa  que  vestía bluyín y camisa;  además,  sus  rastros  físicos  permiten  advertir  que  no  se  trataba de un  campesino  “y,  los  testimonios  en  los cuales se  apoyó  el Tribunal para llegar a esa conclusión son falaces, es decir, de nada  servían  para  el  Tribunal,  así  hayan sido cercanos al hecho”.   

Además,     acota,     “ya  sabemos  el  común  denominador  de  estos  hechos: una ONG  denuncia,  aparecen  familiares  a  reclamar dineros administrativos y todos los  occisos   son,   o  campesinos  humildes  o  directores  de  juntas  de  acción  comunal”.   

Sin  embargo,  indica,  la  verdad  es bien  distinta,  pues el acta de necropsia revela que el occiso tenía su dentadura en  buen  estado,  los  pulpejos  de  sus  manos  intactos,  sin hiperqueratosis, ni  muestras  de  trabajo  pesado.  Y  “si a la causa de  muerte  y  la  demostración  de  la materialidad del asunto el Tribunal hubiese  observado  a  plenitud  la  prueba,  la conclusión al observar que el occiso no  tenía  huellas  de  pólvora en las heridas por arma de fuego, y hubo bandaleta  contusiva,     es    óbice    para    desdecir    lo    que    afirmaban    las  víctimas”.   

Además,  el  Tribunal  para  sustentar  que  el  occiso  fue  asesinado  en  cercanías de su  vivienda,  varía la prueba  científica,   utilizándola   “en  unos  pequeños  apartes  para  unos  fines  determinados  y  nimios,  cuando  lo  verdaderamente  relevante  era  el  contenido  absoluto  de  la  misma, esto es, las condiciones  corporales  del  hoy  occiso  y  la  distancia  en  balística  de  los supuesto  agresores   hacia   el   ofendido   (sic)”.   

Una  valoración  correcta y completa de la  prueba,  argumenta,  hubiera  dado  al traste con las conclusiones del fallo, en  tanto  el hecho no se produjo por una conducta dolosa y premeditada “sino  conforme  una reacción bélica del hoy occiso antes de su  deceso,  por militares que fueron llevados a la zona como grupo contraguerrilla,  por  orden  de  un  superior, el Crnel. Forero Tascón, comandante del batallón  Atanasio  Girardot, adscrito a la Séptima Brigada”.   

Y  si  se  produjo una baja y no la captura  como  se  decía  en  la  orden de operaciones, ello no ocurrió por exceso sino  ante  la  agresión  ilegítima  hacia la tropa “que  fue  cuidadosa,  que  impartió un saludo al llegar a la vivienda, que preguntó  por  una  persona  que  era  señalada por un desmovilizado guía”,  aspectos  todos  cercenados  del  dicho del soldado JOSÉ   WILTON  TORRES  MOSQUERA  y  que  fueron reconocidos por los familiares del occiso.   

Además,   este   último   “no   falleció  amarrado”,  sino  a  consecuencia   de   disparos   realizados   a   larga   distancia   “y  no  a  lo  que  se  moviese” como  improvisadamente  lo  adujo  el  Tribunal,  cobrando  fuerza  la versión de que  lanzó  una  granada, pues estaba distanciado de la vivienda, tanto así que uno  de  los  militares,  concretamente  JANES  ALEXÁNDER  SARRAZOLA,     resultó     lesionado    por    su  accionar.   

De  esa forma, considera, se cercenaron los  testimonios   referidos  en  aspectos  relevantes  con  el  fin  de  inferir  la  condición   de   campesino   de   la   víctima;  adicionalmente,  “el  conocimiento  de los familiares de la existencia, junto a la  tropa,  de  un desmovilizado apodado Calavera, siendo un guerrillero de las FARC  lo      conocieron,      razón      que      se      desconoce     (sic)”.   

Tales   cercenamientos   de   la   prueba  testimonial  y  documental  imponen  colegir  que  las  víctimas  mintieron  en  “algo   tan   delicado   como  que  los  militares  desnudaron  el  cadáver  y  lo  vestían  de  militar  antes  de  montarlo a un  camión”,    lo    cual   reviste   de   evidente  trascendencia,  porque  se  habría  concluido que los militares no actuaron con  dolo  de  matar al obitado, “sino que todo se debió  a   un   obrar   ilegítimo   del   mismo   dentro  de  su  huida”,  cuya  causa  resulta misteriosa, pues nadie lo hace por no tener  documentos,  menos  aún  ante  la  posibilidad  de  ser  reclutado para prestar  servicio militar, dado que sobrepasaba los 40 años de edad.   

El examen de certeza, por tanto, decae ante  el  estudio  probatorio  completo en los términos referidos, motivo por el cual  demanda casar el fallo y, en su lugar, absolver a su defendido.   

En  el  segundo  reparo, afirma, se incurrió en la misma modalidad de  desacierto  apreciativo  de la prueba por adición de las declaraciones rendidas  por    el   acusado   JANES   ALEXÁNDER   SARRAZOLA  en  cuanto a que la unidad militar no iba con ningún  informante,  como  se  reseña  en  la  página  87 del fallo recurrido, dando a  entender  con ello que sus integrantes llegaron a cumplir con un fin premeditado  y doloso.   

No  obstante,  señala,  hasta  los  mismos  familiares  de  la  víctima  aluden  a  la  existencia  de  alias  “Calavera”  el  día  de los hechos,  pero  el a quo llega incluso  a  decir  que  el  mote  correspondía  a  un  canino llevado por los militares,  “es   decir,   hay  un  interés  nocivo  de  las  instancias  en  sacar de contexto al GUIA–DESMOVILIZADO,  Alias  Calavera  para  hacer   ver   el   hecho   cada   vez   más  como  un  denominado  ‘Falso       Positivo’…”.   

Lo  anterior  ratifica el propósito de las  instancias   de   condenar,  para  lo  cual  “basta  observar  como aun conociendo las pruebas que iba a presentar la defensa, y como  el  defensor  otrora  no  llegó  a  tiempo  para  presentarlas  posterior  a la  audiencia  preparatoria, estando dentro de ellas la prueba de ALIAS CALAVERA, no  fue  decretada,  esto  es,  a  nadie  le  convenía conocer a CALAVERA, saber su  verdad  o  la  verdad real y material de los hechos, eso, en virtud al principio  de  investigación  integral  coligado con el previsto en el artículo 234 de la  Ley  600  de  2000,  es  sin  duda  alguna  muestra  de  la  pérdida notoria de  imparcialidad  de  las  instancias,  como  norma indirectamente vulnerada por el  cargo decantado en precedencia”.   

En  la  parte final de la censura, advierte  que    el    cargo    “se   imparte   (si)  sobre  todas  las declaraciones de  JANES   SARRAZOLA,   como   quiera   que   el   Tribunal   en   la  ‘adición’   que   hace  en  la  sentencia  no  individualiza  en  concreto  cuál  de  todas  las declaraciones rendidas por el  acusado  es  la  que expone la entelequia que se señala”.   

La  trascendencia  del  yerro denunciado en  este  reparo,  refiere  en  capítulo  independiente,  se configura porque cobra  fuerza  todo  lo  declarado  por los integrantes de la unidad militar al exponer  que  acudieron al lugar en virtud de una orden impartida por un superior y a una  vivienda  específica  señalada  por  un  desmovilizado del mismo frente de las  FARC al que se dice pertenecía el occiso.     

Por  lo  expuesto,  solicita casar el fallo  impugnado y, en su lugar, absolver a sus defendidos.   

En  la  tercera  censura,   estima,    se    incurrió   en   falso   raciocinio   “por  violación  a  las  reglas  de  la  sana crítica y sentido  común”  estructurado  respecto  de  la  misión de  operaciones   Táctica-Equidad,  emanada  de  superior  jerárquico,  en  cuanto  contentiva  de  una  orden en sentido de “capturar o  dar  de  baja” a milicianos de la cuadrilla 36 de la  ONT  FARC  que  delinquían en la zona, bajo dirección del sujeto conocido como  Nacho    u  Osamma,  por  lo  cual  sus defendidos  “actuaban  bajo  la  convicción  legítima  que se  enfrentaría      a      un      grupo      de      milicianos      (sic)”.   

Dicha   orden,   añade,   el   subteniente  César    Augusto    Cómbita    Eslava  se  encargó  de transmitirla al resto  del  grupo,  dividiendo posiciones personales en la zona donde se iba a efectuar  el  registro  para  encontrar milicianos o a su líder. De esa forma, asignó un  grupo  de  apoyo  para  la  parte  superior  de  la  montaña  encabezado por el  comandante  de  la tropa seguido del sub­oficial    ÁVILA   ALFARO,  acompañados del soldado CIRO RAMÍREZ  MAURICIO  DE JESÚS, mientras que a las viviendas, del  sector   de  abajo,  envió  a  JOSÉ  WILTON  TORRES  MOSQUERA,  JOHN  JAIRO  OSPINA  ALVAREZ y JANES  ALEXANDER  SARRAZOLA, acompañados  por   el   guía,   alias  “Calavera”.   

Por tanto, colige, todo el procedimiento se  ajustó  a  la  orden  emitida,  pues  “los   militares   tocan   las  puertas  de  viviendas  del  sector,  específicamente  la  señalada  por  el guía, y, acompasado con la versión de  los  familiares del hoy occiso se procedió a llamarlos a la puerta, a preguntar  el  nombre de los allí vivientes, cuando se identifica José Ignacio García es  doblegado  al  piso,  y  cuando  así  estaba  dio  un  bote y se escapó por un  desván.  Es  decir,  la  primer  orden  de  la  operación  TACTICA-EQUIDAD  se  cumplía,      por     cuanto     se     dio     CAPTURA     de     ‘uno’  (sic) de  los  sujetos milicianos del Frente 36 de la ONT-FARC, empero, como éste escapó  se  respetó  su derecho a la vida, comprendido en la lección 001/2005, PRIMERO  dándole   a   conocer   una   voz   de  ‘Alto’  como  lo  señala  su  familia,  y,  cuando   éste  arroja  una  granada  de  fragmentación  ahí  si  (sic)  procede  la  tropa  a disparar en  contra de García Sossa”.   

Acto seguido precisa que se transgredió una  regla  de  la  sana  crítica,  “en uno de sus sub-  principios,  esto  es,  el  de   causalidad, se entiende como una relación  entre  causa-efecto,  último  que es consecuencia del primero. Nótese como las  instancias  no  analizaron  el  testimonio  de  los  familiares  del occiso y lo  comprendido       dentro       de       la      MISIÓN      TACTICA–EQUIDAD”.   

En  este  caso, asegura, la regla se cumple  porque  la  causa fue la presencia justificada de los militares en la zona; así  mismo  el efecto, dado que la víctima era la persona referida, señalado por el  guía como integrante de las ONT-FARC.   

Según los familiares del occiso, añade, el  motivo  de  la  huida  de la víctima fue no contar con documentos y los nervios  que  lo  aquejaron, pero ello “no se acompasa con el  sentido  común si tenemos en cuenta que José Ignacio  no    tenía   orden   de   captura   en    contra  o  edad  para  atender  el  servicio          militar         obligatorio”.   

Además,  advierte,  la  causa tiene  demostración  en  el  dictamen  médico-legal  practicado a  JANES  ALEXANDER SARRAZOLA,  donde   se  le  reconoció  incapacidad  de  5  días,  sin  lesiones  mortales,  “lo  cual demuestra una caída, bien por el impacto  de  la  onda  expansiva de la granada o bien por caerse ante la veloz corrida de  García  Sossa, es decir, hay causa y efecto entre todos los hechos narrados por  los militares encausados”.   

En   consecuencia,  advera,  “la  CAUSA  de  la  muerte  de García  Sossa  fue  un  ataque  producido  por  el  hoy  occiso, que como EFECTO tuvo la  respuesta    del   grupo,   en   defensa   de   sus   intereses   jurídicos   y  personales”.   

En  el  acápite  siguiente,  indica  que  también  se  estructuró vulneración de las  reglas de la experiencia “esto es,  del  sentido  común”  en  la  apreciación  de los  testimonios  allegados  al Juicio. Así, en relación  con   el  vertido  por  Wilmar  de  Jesús  González  Zamarra,  cuñado de la víctima, según quien en uno  de  sus bolsillos portaba cartuchos de armas aptas para disparo, advirtiendo que  las    tenía    para  cazar,  lo  cual,  a  su  juicio,   carece   de  credibilidad,  pues  si  como  lo  sostiene  Gloria  Elsy los moradores de la vivienda  estaban   durmiendo   tranquilamente   cuando   arribaron   a  su  vivienda  los  uniformados,  surge  el  interrogante  de  “¿Quién  duerme  con  balas  en  sus bolsillos?, el mismo Wilmar de Jesús confirma éste  hecho,  siendo persona que podría fácilmente moverse hacia los intereses de su  cuñado  –  occiso,  fue él quien lo dijo. Es decir, no cabe dentro del sentido  común,   primer   eslabón   del   análisis   probatorio,   como  (sic)  un  humilde  campesino que estaba  durmiendo   tenía   balas   en   sus   bolsillos   disque   para   ‘cazar’…(sic)”.   

Otra  situación que a su juicio igualmente  emerge  violatoria  del  sentido  común  tiene  que ver con las razones por las  cuales  el  occiso  escapó  de los militares, porque  “quien  nada  debe  nada  teme”  y si huía era porque tenía los suficientes  conocimientos   de   lo   que   se   iba   a   hacer   con   él.  O,     peor     aún,     “¿Era    la    ausencia    de   sus  documentos  motivo válido  para  huir?, cuando José Ignacio no estaba en edad de  prestar  servicio militar obligatorio, tampoco tenía orden de captura, entonces  ¿Por        qué        huía?”…”.   

Ahora, el argumento del Tribunal de acuerdo  con   el   cual   las  lesiones  de  JANES  ALEXANDER  SARRAZOLA    no   son   de   granada   es  “bastante  ingenuo  y  carente  de sentido común”,  al  quedar  comprobado  médicamente  que  fueron ocasionadas por  mecanismo     contundente     y    “como  si  esas  heridas  producidas  por dichos artefactos bélicos  estuviesen  especificadas  en  algún manual o como si el dictamen hubiese dicho  ello”.   

Desde esa perspectiva estima, entonces, que  dicha  colegiatura  no  tuvo  el  mismo rasero al valorar los testimonios de los  militares  encartados  y  el de los familiares del occiso, lo cual corrobora que  los      falladores      tenían      interés      en      condenar.   

Reitera  luego que los defectos valorativos  reseñados  son  trascendentes  en la medida en que arrojan dos conclusiones: de  una   parte,   que  los  militares  no  dispararon  sus  armas  por  capricho  o  premeditación  y,  de  otra, que se obró y se llegó  al   sitio   conforme   a  una  orden  legalmente  impartida,  cumpliéndose  el  presupuesto previsto en el artículo 32 de la Ley 599 de 2000.   

En   virtud   de   lo  expuesto,  depreca  casar     la    sentencia    impugnada  y,  en  su lugar, absolver a    sus    prohijados    del    delito    por   el   cual   fueron  acusados.   

En  el  cuarto y  último   reproche   del  libelo  (subsidiario),  el  defensor  acude  a  la  causal  de  violación  directa  de  la  ley  sustancial  “por    error    de    derecho”    que   condujo  a  dejar  de  aplicar  el  artículo   30  de  la  Ley  599  de  2000  y,  como  “Norma    Infringida:  Directa-Artículo 29 CN”.   

          El  yerro  a  que hace  alusión,   sostiene,  se  produjo  porque   “no  se  observó  con  detenimiento  y  diligencia  la  modalidad  de  participación en  la   conducta   punible   de  homicidio  en  persona  protegida,  a cada uno de los presuntos implicados, específicamente para el Sr.  FERNANDO       ÁVILA       ALFARO”.   

         Al  respecto, refiere  que  el  mencionado  ha  debido responder a título de cómplice, pues, evocando  antecedentes  de  esta  Corporación en torno a los elementos de esta figura, no  tomó  parte  en la ejecución material del hecho, ni participó en su ideación  y  tampoco  prestó  una ayuda previa, fungible y/o posterior al hecho delictivo  por el cual se lo acusa.   

Lo  anterior,  a  partir de lo expuesto por  todos  los  procesados  en  sus  distintas  versiones al indicar la ubicación y  división  interna  del  grupo,  coincidiendo todos en señalar que ÁVILA  ALFARO  efectuó  la  requisa al  inmueble   con   el   permiso   de   la   compañera   del  occiso  “lo  que  indubitadamente es una muestra de que prestó una ayuda  posterior  al suceso ocurrido, empero, no intervino de la ideación y ejecución  directa del mismo”.   

Dentro  de  la  división  de tareas de los  implicados,     encuentra     que    “varias  de  ellas  fueron  fungibles“,  como,   insiste,  se  debe  calificar  la  de  ÁVILA  ALFARO,   “quien   no  participó  en  la  ejecución  material  del hecho, no dio orden previa para la  misma,  no  participó  en el levantamiento del cuerpo sin vida o en la supuesta  plantación  de  elementos  que se alegan pertenecían al hoy occiso, tampoco en  la     ideación     del     hecho    criminal”.   

Es   decir   que,   puntualiza,   sin  la  participación   de  ÁVILA  ALFARO  de todos modos se hubiera perpetrado el hecho  delictuoso,      en      cuanto      había  un  oficial al mando de la operación, existía una orden y  tres  soldados  profesionales,  por  orden previa que decidieron ir a ejecutarlo  materialmente,   lo   cual   hizo   innecesaria  la  labor  del  aludido  en  el  acontecimiento.   

Además, porque de acuerdo con lo aseverado  por  el  testigo  imparcial  Wilmar    de    Jesús  González  Zamara, no hubo  concierto  previo  para causar la muerte a determinada  persona,  sino que todo se debió al “emprendimiento  de  una  veloz  carrera  por  parte  de la víctima, y de una supuesta agresión  hacia    los    soldados    profesionales”,   como  uniformemente lo señalan  militares y familiares del occiso.   

Así  las  cosas,  asegura,  “la  ideación  del homicidio nació del querer o voluntad de los  tres  soldados  profesionales  que  acudieron  a las casas donde habitaba el hoy  occiso,  de  la  carrera  que  éste emprendió, puesto que, escondido estuvo el  cuñado  de la víctima, Wilmar González Zamarra, y nada le sucedió cuando fue  sorprendido    por    los    militares,  es decir, no era el hecho de no tener papeles, no era el hecho de  esconderse,  sino  el  hecho  de  que,  frente  a los  soldados  profesionales se  tuvo     que     ejecutar     una     acción  inesperada  por  parte  de  la víctima, de la cual obtuvo  respuesta    justa    o    injusta   de  parte de los mismos, empero, sin orden  de los superiores”.   

La incorrección advertida es trascendente,  pues  de  haberse  aplicado correctamente el artículo 30 de la Ley 599 de 2000,  se  hubiese  disminuido  la  sanción  principal  impuesta  al hoy sentenciado y  efectivizado sus derechos sustanciales y materiales.   

En  ese orden, solicita casar parcialmente  las  sentencias  impugnadas y, en su lugar, proferir el correspondiente fallo de  reemplazo,  condenando  a  ÁVILA ALFARO como cómplice del delito.      

    

1. Por  el  defensor  de      MAURICIO      DE     JESÚS     CIRO     RAMÍREZ:     

Después de subrayar que le asiste interés  para    impugnar,    formula    tres   cargos   contra   el   fallo   recurrido.  Los     dos  primeros, con carácter principal, con fundamento en  las  causales  tercera  de  nulidad y primera por violación indirecta de la ley  sustancial,  respectivamente,  y un último, subsidiario, por este mismo motivo.   

En   el  primer  cargo  advierte  que  se  incurrió  en violación del  debido  proceso,  por cuanto la sentencia se edificó en el conocimiento privado  del   juez   “y   además   ajeno   a  la  presente  actuación”,  como  así  lo  puso  de  presente  al  Tribunal  al  apelar la sentencia de primer grado, con lo cual se vulneraron los  artículos  1°,  6,  9, 10, 13, 170 y 232 del estatuto procesal y 29, 228 y 229  de la Constitución Política.   

Para  demostrar la censura, señala que aun  cuando  el  ad quem se limitó  a  ponderar  la sentencia de primer grado, la varió respecto de dos puntos. Por  una  parte,  reconoció que el abatido sí era un miliciano y, por otra, cambió  la  forma  de  atribución  de  responsabilidad  de  comisión  por  omisión en  posición  de  garantía  a  coautoría, soslayando lo argumentado por él mismo  para  sustentar el recurso de apelación que interpuso contra el fallo de primer  grado    “exponiendo   únicamente   lo   que   le  convino”.   

Con  ello,  advierte,  se  negó  el acceso  efectivo  a  la administración de justicia, situación que generó vulneración  al  debido  proceso  y  a las formas propias del juicio, previstos en las normas  reseñadas.   

A  juicio  del  actor, en dicha oportunidad  puso  de manifiesto al Tribunal que el a quo “trajo a  colación   un  proceso  ajeno  a  éste,  que  no  consta  al  interior  de  la  actuación”  y  de  ahí  llegó a una conclusión y  formó   su   propio   criterio,  afectando  también  el  derecho  de  defensa,  especialmente  en  lo relativo a la actividad de contradicción probatoria, pues  “si uno de los defensores se refirió a ello, era su  deber  centrarlo  en  el  presente asunto, llamarle la atención y excluir tales  afirmaciones    máxime    cuando    tal    situación   no   hace   parte   del  expediente”.   

Al  respecto,  refiere  a  dos tópicos del  aludido  fallo.  En  primer  lugar,  a  la mención de la sentencia condenatoria  proferida   contra  César  Augusto  Cómbita  Eslava,  Jaimer   Giovanni   Zapata   Jiménez  y  Andrés  Felipe Sarrazola el 26 de junio de  2012   por   el   delito   de   homicidio   en   la   persona   de  Humberto       de       Jesús       López       Quiroz,  conocido como  “Mono  López”,  la cual  quedó  en  firme  y  se  encuentra  en  trámite  de  ejecución,  en  donde se  reconoció  la  calidad  de  persona protegida a la víctima, de quien se afirma  era   socio  del  occiso  José  Ignacio  García  Sossa en el cultivo de caña, por  lo   que   descartó   se   tratara  de  su  compañero  de  guerra.   

Y,  en segundo orden, al hecho que originó  la  investigación  con  radicado  2012-00064  en  sentido  de  que “de  manera casual la cámara en la que habían dejado un registro  fotográfico,   se   haya   mojado   y   las   fotos   no   se  hubieran  podido  revelar”   

Ese conocimiento privado, acota el defensor,  no  sólo fue mencionado por el funcionario sino que fue utilizado como punto de  comparación  con  los  hechos  aquí investigados, sirviendo de fundamento para  adoptar  el  sentido  de la decisión no obstante la jurisprudencia de esta Sala  ha sido enfática sobre la prohibición de su uso.   

Recalca que tal situación fue advertida por  la  defensa  al  Tribunal,  pero  esa  corporación  se centró en establecer si  concurría  causal  de impedimento para este asunto y tras considerar que no era  así  prosiguió  con  su  estudio “validando de esta  forma   tal   aseveración,   y   por  ende  convalidando  la  utilización  del  conocimiento   privado,   en   la   resolución  de  este  asunto”.   

Lo que ha debido hacer el Tribunal, indica a  continuación,    era    analizar    las    situaciones    con    mayor    celo,  emprendiendo  un “detallado  análisis,  máxime  cuando  habían  sido  objeto  de  impugnación en los escritos de los recurrentes”   

Tal  omisión,  añade,  determinó  que la  segunda  instancia se hubiera  surtido apenas formalmente, porque ha debido  decretarse  la  nulidad  de lo actuado para que el fallo de primera instancia se  dictara    nuevamente    “sin   atender   criterios  extraprocesales,  ni  efectuar  comparaciones  con casos similares, pero en todo  caso  diferentes,  y  además  ajenos  al  conocimiento  de  mi  defendido y del  suscrito como apoderado en esta causa”.   

También  pudo  el  Tribunal, agrega, haber  efectuado  una  reorientación del punto para desligar total y absolutamente las  valoraciones  emergidas del conocimiento privado, restableciendo de ese modo las  garantías  conculcadas,  pero  ello se echa de menos. Al contrario, aminoró la  importancia   del   asunto  y  ocultó  la  “grosera  violación”  de las garantías aludidas, pretendiendo  hacer  ver  que  todo  se  trató  de  un  montaje  de los miembros de la Fuerza  Pública.   

En  razón de lo anterior, depreca casar el  fallo  y, en su lugar, se decrete la nulidad de los fallos de instancia para que  regresen  las diligencias al despacho de origen “y se  rehaga  la  sentencia  sin  invocar  consideraciones  o elementos de convicción  ajenos a la actuación”.   

En  el  segundo  reparo  propone la  causal  primera  de casación por violación indirecta de la ley  sustancial   derivada  de  un  falso  raciocinio  que  condujo  a  la  falta  de  aplicación  del postulado in dubio pro reo,   ya   que   se   llegó  erróneamente  a  la  certeza  sobre  la  responsabilidad  de  su  defendido cuando lo que en verdad emana es “un  sinnúmero de dudas que, valoradas a la luz de los principios  de  la  sana  crítica,  debieron  reconocerse  a  favor  de  mi prohijado, para  soportar    una    decisión    absolutoria”.    

    

Lo  anterior,  estima,  en  cuanto  no  se  aplicaron   en   debida   forma   los  principios  de  formación,  aducción  o  incorporación de las pruebas al momento de su apreciación.   

En  esa  dirección  precisa  que  el  juez  a  quo  soportó  en  cuatro  indicios  la  responsabilidad  de  su  protegido con el fin    de  descartar  la  existencia  de un combate, aunque en su desarrollo ulterior sólo  refiere a tres.   

Para empezar, en las contradicciones de las  versiones  de los procesados y el interés que tienen en el asunto, lo cual a su  juicio  resulta  absurdo  y  llamativo  porque  a  la  par otorga crédito a los  testimonios  de  cargo  de  familiares y amigos de la víctima, quienes también  ostentan interés y también incurren en contradicciones.   

Desde  su  punto  de  vista  la valoración  negativa  de  las  probanzas aludidas contraría la lógica, pues lo que dijeron  los  uniformados  es  muy importante para determinar su responsabilidad, sin que  tenga  incidencia  el  hecho de que en sus relatos obren algunas inconsistencias  frente  a  las  circunstancias  de modo, tiempo y lugar, máxime cuando no todos  participaron en los hechos de la misma forma.   

Acto  seguido,  destaca  que  quienes  sí  incurrieron  en  múltiples contradicciones fueron los familiares y amigos de la  víctima,  por  lo  cual  demanda  la aplicación del principio de la lógica de  manera  general  y  no individual, para concluir que no hubo falta de certeza en  cuanto a la inexistencia del combate.   

El segundo indicio sustento de la condena, a  su  juicio,  tiene  que  ver  con  la  condición  de no combatiente del occiso,  respecto   de   lo   cual,  opina,  las  instancias  han  tenido  una  posición  ambivalente,  “pues  se  han  empeñado en negar tal  condición,  para  luego  crear  un  manto  de  duda  acerca de su condición, y  finalmente  concluir  que  ello  no  es  un  aspecto  relevante para este asunto  (sic)”.   

En  relación  con la construcción de este  indicio,  cuya incidencia apunta a confirmar el dolo de los uniformados dirigido  a  quitarle  la  vida  a  un  humilde  agricultor de la zona ajeno totalmente al  conflicto armado, encuentra dos puntos para censurar.   

En primer lugar, la imposibilidad de que el  obitado  haya  sido  un  agricultor,  pues  sus maños y uñas se encontraron en  perfecto  estado,  con lo cual se desconoce la regla de la experiencia según la  cual  “ningún agricultor, dedicado a actividades del  campo,  conserva  sus  manos y uñas en perfecto estado, luego esa evidentemente  no   era   la   actividad   del   hoy  occiso”.  Por  consiguiente,  “cómo  es  posible  que  una persona  perteneciente  a  un  grupo  irregular,  en  el  marco  de  un conflicto armado,  reconocido    miliciano,   en   plena   zona   roja,   no   valla   (sic)  a  reaccionar  ante  el  actuar del  Ejército           Nacional?”.                  

Lo que está demostrado en grado de certeza,  en  sentido  contrario, es que no era un jornalero, a lo cual se suma que vivía  en  una  zona  de  control  guerrillero,  quien apenas fue ubicado emprendió la  huida,   y   que   inteligencia   militar   lo  consideraba  subversivo,  siendo  “todos ellos aspectos que permiten señalar en grado  de  certeza  que  el  señor  García  era efectivamente un miembro activo de la  ONT-FARC”.   

Igualmente,  llama  la  atención  sobre el  “constante  interés”  de  los  juzgadores  de  negar la presencia de grupos al margen de la ley en la zona  cuando  la del Frente 36 era de público conocimiento, como lo admitió el mismo  inspector     de     policía     del    municipio    donde    ocurrieron    los  acontecimientos.   

Otro  aspecto  trascendental,  opina, está  relacionado  con  la  multiplicidad  de  desplazamientos  de  las  personas  que  conformaban  el  núcleo  familiar  del  occiso,  respecto  de  lo cual no sólo  advierte      múltiples      contradicciones,     sino     que     “resulta  contradictorio  con  la regla de la lógica humana, pues  no  tiene  sentido  salir  desplazado  de  un  sector  por motivos del conflicto  armado,  para llegar a otro de igual o mayor presencia de grupos irregulares, en  zonas equidistantemente alejadas”   

Acto seguido, aborda el tercer indicio sobre  el  cual  se estructuró la responsabilidad de su representado consistente en la  simulación  del  combate,  empezando  por  insistir  en la existencia del guía  apodado  “Calavera”,  la  que  los juzgadores han pretendido desconocer arguyendo se trataba de un soldado  o,   incluso,   de  un  perro,  “violando  cualquier  principio   de   la   lógica  como  se  desprende  de  la  valoración  de  las  pruebas”.   

Contrariamente,   indica  que  el  24  de  diciembre  de  2004  ocurrió la desmovilización del mencionado y el 6 de enero  del  año  siguiente  tuvo lugar el operativo militar en cuestión, siendo dicho  personaje identificado hasta por la misma familia del occiso.   

En  efecto,  sostiene,  la  esposa  de este  último  y  un  hermano  de  ella  reconocieron  plenamente  al  desertor  de la  guerrilla  como  acompañante  de los militares, situación que no puede pasarse  por  alto, “pero peor aún, un juez de la república,  no  puede  afirmar cosas que salen de su imaginario y que son ajenas a lo que se  encuentra  en  el  proceso,  esto  demuestra  una  evidente falta de estudio del  proceso,  de  su acervo probatorio, y además una evidente ausencia de análisis  de  los  elementos  probatorios, como se demostró en precedencia”.   

Ello  corrobora la existencia del combate y  la   pertenencia   del   occiso   a   un   grupo   armado  ilegal,  “aunado  a  la  imposibilidad  de  un ajusticiamiento, ello, de la  valoración  de  la  prueba  técnica  versus  los  dichos  de  los  testigos  y  argumentos  de  las  instancias”,  amén  de  que el  operativo  militar  fue  legítimo,  originado  en  el radiograma del 4 de enero  anterior.   

Al  derruirse, entonces, los indicios sobre  los  cuales  se  edificó  el reproche criminal a su defendido, la revaloración  del  acervo  probatorio  conforme  a  la  lógica  arroja la existencia de dudas  “respecto   de   los   hechos   que  se  le  están  imputando”,     pues     es    en    “extremo   probable,   que  (el  occiso)  sí  haya  utilizado  armamento  para  de  esta forma,  hostigar  a  los  miembros el ejército y así emprender la huida”.   

Lo  anterior  permite  concluir  que  los  sentenciadores  incurrieron en error en la elaboración de la inferencia lógica  de  los  indicios, ante lo cual depreca casar el fallo impugnado y, en su lugar,  absolver a su protegido del delito atribuido.   

En  el  tercer  y  último  cargo  del  libelo el defensor de MAURICIO  DE  JESÚS CIRO RAMÍREZ también  acude  a la causal de violación indirecta de la ley sustancial pero derivada de  un  error  de hecho por falso juicio de identidad por cercenamiento de la prueba  que  determinó  la  aplicación indebida de los artículos 138, 9, 10, 13, 22 y  29  del  Código  Penal, así como de los artículos 232, 238 y 277 del estatuto  procesal  de  la misma materia y por falta de aplicación de los artículos 3, 7  y 16 del mismo ordenamiento.   

Para el actor, el yerro se configuró porque  el  juzgador  de  primera  instancia  omitió  referirse  a  la división de los  militares  en  dos grupos el día de los hechos, la ausencia de algunos de ellos  y  a pronunciarse en cuanto a los disparos efectuados, al punto que “las  valoraciones lejos de atender el principio de imparcialidad,  se   pretendían   constituirse   como   una  segunda  acusación”,  tergiversándose  el dicho de los testigos, situación que avaló  el Tribunal.     

De  ese  modo,  se  dejó  de  lado  que su  defendido  permaneció  en  lugar  ajeno al de comisión del suceso “lo  que  sumado  a  la  imposibilidad  de  que  su  arma  hubiese  impactado  el  cuerpo  del  occiso,  comprueba  una  vez  más la ausencia de la  realización   de   la   conducta   por  parte  de  mi  defendido”,  ignorándose  lo dicho por los uniformados sobre el particular e,  incluso, lo expuesto por la esposa del occiso.   

También   reviste  importancia,  añade,  considerar  el  tipo  de  arma que portaba su prohijado, en cuanto era el único  provisto   de  una  ametralladora  calibre  M.60  a  diferencia  de  los  demás  uniformados,  quienes  tenían  en su poder fusiles Galil, calibre 7.62, lo cual  “tiene una incidencia directa en los impactos que se  produzcan  sobre  el  cuerpo humano” y en la forma de  salida  de  los  disparos,  como  así  lo  demuestra  a  través  de  distintos  análisis,  “siendo para esta última la modalidad de  ráfaga,  cuya  incidencia en un supuesto ajusticiamiento es nefasto al punto de  inclusive     poder    partir    en    dos    a    una    persona”.   

Acto seguido asegura que el médico legista  no  es  experto  en  armas  “luego  el  hecho que el  referido  profesional  señale que el impacto es producto de arma de fuego es un  elemento   descriptor   pero   no   contundente   al   momento   de   establecer  responsabilidad”.   El  a  quo,  por  su parte, pretende generalizar al respecto,  como  consecuencia  de la falencia investigativa de la Fiscalía, consistente en  no  establecer, como es costumbre, “una aproximación  del  calibre con el cual se pudo producir la muerte”,  omisión que no se debe cargar a la defensa.   

La falta de conocimiento de las operaciones  militares  “y las situaciones de tensión en una zona  roja,    con    milicianos    por    doquier    e    inclusive   con   presencia  guerrillera”,  conduce  a  que  en el fallo se hagan  manifestaciones  desatinadas,  pues  “el hecho de que  no  exista  visibilidad,  no  impide  que pueda dispararse en contra de un punto  alto  del  cual  indudablemente  pueden  salir  disparos  y  en  efecto así fue  explicado  por  mi  defendido, independientemente de que se avisore (sic)  el  lugar  hacia  el cual salen los  milicianos”,  lo  cual,  adicionalmente,  no  logra  desvirtuar   la   presunción   de   inocencia,   toda   vez   que  “la  conducta  investigada  no  es  disparar  un  arma, sino haber  causado  la  muerte de un miliciano, el cual como se refirió no pudo haber sido  dado     de    baja    con    el    arma    de    mi    defendido”.   

Así las cosas, advierte cercenamiento de la  prueba  representada por el dicho de los uniformados y el mismo testimonio de la  progenitora  de  la  víctima  al  hacerse abstracción que los militares fueron  divididos  en  dos  grupos,  que su prohijado se encontraba en lugar distante de  lugar  de  ocurrencia  de  los  hechos  y en tanto era imposible que con su arma  impactara   al  occiso,  todo  lo  cual  desvirtúa  la  responsabilidad  de  su  defendido.   

De  lo expuesto concluye que a MAURICIO   DE   JESÚS   se  lo  encontró  culpable  del  delito  por  el simple hecho de pertenecer al Ejército Nacional,  “pues  ninguno de los declarantes pudo identificar a  los  miembros  del  Ejército que supuestamente retuvieron y luego asesinaron al  señor  García  Sossa,  más  allá de la identificación de alias ‘Calavera’..”  así,  la  sentencia  se torna sólo formalmente ajustada a derecho pero no respeta las  normas  sustanciales  y  las garantías indicadas en tanto fueron otras personas  quienes cometieron el delito.   

Agrega que por hallarse su prohijado en otro  lugar    tampoco  está corroborada la existencia de un acuerdo previo  o  concomitante para cometer la conducta “lo que a lo  sumo…podría    ser   un   encubrimiento   por   favorecimiento”.   

Entonces,     como     “no   sólo  existe  duda  sobre  su  intervención  real  en  tal  acontecimiento,  sino que existe certeza sobre su ausencia de responsabilidad en  el  mismo”  depreca casar el fallo impugnado y, en su  lugar, absolver a su defendido del cargo endilgado.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Al tenor de lo normado en el numeral 3° del  artículo  212  de  la Ley 600 de 2000, la demanda de casación deberá contener  “La  enunciación de la causal y la formulación del  cargo,  indicando  en  forma clara y precisa sus fundamentos y las normas que el  demandante estime infringidas”.    

En  el  siguiente  numeral  de  la  misma  preceptiva,  también  se exige que “si fueren varios  los    cargos,    se   sustentarán   en   capítulos   separados”,  a  la  par se prevé que “es permitido  formular     cargos    excluyentes    de    manera    subsidiaria”.     

En  esa  dirección, la presentación de la  demanda  de forma clara y precisa en los términos de esta normativa legal está  relacionada,  ha  dicho  reiteradamente  la  Corte,  con  la carga para quien la  suscribe,  en  atención  al  carácter  rogado  del  recurso extraordinario, de  esbozar   una  argumentación  razonable,  coherente,  comprensible,  lógica  y  suficiente  a  fin  de  lograr el propósito perseguido con su instauración, no  otro  que  el  de derrumbar el fallo del cual se disiente, tras demostrar que ha  incurrido   en   errores   que   afectan   su  constitucionalidad  o  legalidad.   

Esa   misma   naturaleza   del  medio  de  impugnación  determina,  de  otro  lado,  que  no  pueda  la  Sala  ocuparse de  confusos,       ambivalentes,       intrascendentes       y      contradictorios  planteamientos.   

    

Pues bien, la falta de claridad es evidente  en  los  dos  libelos  objeto  de  estudio  a  consecuencia de su deshilvanada y  repetitiva  redacción,  lo  cual  entorpece en grado sumo su comprensión. Así  mismo  porque,  como  se  verá,  la  mayor  parte de los reparos son confusos y  contradictorios,  situación  que,  per se,   impone  su  inadmisión.   

Ello  se  evidencia  frente  a la  totalidad  de  los  cargos del libelo presentado por el defensor  conjunto  de FERNANDO ÁVILA ALFARO, JANES ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN  JAIRO  OSPINA ÁLVAREZ y JOSÉ  WILTON  TORRES  MOSQUERA  y 2° del  libelo  presentado a nombre de MAURICIO DE JESÚS CIRO  RAMÍREZ.   

En  los  reproches  segundo  y  tercero del  libelo  presentado  por  el  defensor conjunto porque a  pesar  de  acudir  a la causal primera de casación, por violación indirecta de  la  ley  sustancial  a  consecuencia  de  errores de hecho por falsos juicios de  identidad   y   raciocinio   en   la  valoración  probatoria,  respectivamente,  planteamiento  que  se  corresponde  con  los  denominados  yerros  in  iudicando  o de juicio del sentenciador  al  momento  de decidir, de manera coetánea involucra aspectos que conciernen a  errores  in  procedendo o de  actividad,  al  insistir  reiteradamente  en  que  los  funcionarios  judiciales  tenían  un  marcado  interés de condenar en detrimento de la imparcialidad que  debe caracterizar a la actividad judicial.   

Con   mayor   claridad   se   observa  la  incorrección  en  el  segundo  reparo  de la referida  demanda  al  exponer  que  dicho  interés orientado a  condenar  por parte del funcionario judicial se hizo más patente en la etapa de  la  causa  cuando  dejó  de  practicar  pruebas  encaminadas  a  establecer  la  existencia  del individuo que sirvió de guía al escuadrón militar para llegar  a     la     vivienda     del     occiso,     conocido     como     “Calavera”,   emergiendo   así   una  transgresión al principio de investigación integral.   

Ese  postulado,  como  lo  tiene sentado la  Sala,  comporta  transgresión  dual  del  debido proceso y correlativamente del  derecho  de defensa, en la medida en que el funcionario judicial al margen de su  deber  de  investigar  tanto  lo  desfavorable  como  lo favorable al procesado,  según  lo regla el artículo 20 de la Ley 600 de 2000, se abstiene de practicar  las  segundas,  comportando ello la invalidación de la actuación con el objeto  de allegar a la actuación las trascendentales pruebas omitidas.   

Pero  la  entremezcla argumentativa no cesa  ahí,  pues también aflora, como ya se indicó, en los  cargos  primero  y cuarto de ese mismo libelo y segundo de la demanda presentada  a    nombre    de    MAURICIO    DE   JESÚS   CIRO  RAMÍREZ.   

El  primero en mención, porque no obstante  pregonar  un  error  de  hecho  por  falso  juicio  de identidad originado en la  supresión  de  contenidos probatorios también refiere al desconocimiento de la  lógica  en  su valoración, cuya discusión es inherente, como más adelante se  ahondará,  a otro error de apreciación de los medios de prueba, por el llamado  error  de  hecho por falso raciocinio.          

Situación   similar   se   advierte   en  el  segundo reparo del libelo allegado por el defensor  de   MAURICIO  DE  JESÚS  CIRO  RAMÍREZ  donde  a  pesar  de  plantear violación  indirecta  de  la  ley  sustancial derivada de un error de hecho  por falso  raciocinio,  manifiesta  que  se  produjo  por  incorreciones  en la formación,  aducción  e  incorporación  de  la prueba, noción que no compagina con la del  error  denunciado,  sino con la del denominado error de derecho por falso juicio  de legalidad, cuya naturaleza es bien diversa.   

La  confusión  también se hace patente en  el  cargo  cuarto  de  la  demanda  presentada  por el  representante   conjunto,   pero   circunscrito  a  la  situación  del  soldado  profesional   FERNANDO   ÁVILA   ALFARO,  formulado  al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación por  violación  directa  de la ley sustancial, al apartarse de los derroteros que le  son inherentes.   

En  efecto,  es  de  la  esencia del motivo  casacional  invocado  sujetarse  a los fundamentos fácticos y probatorios de la  decisión  impugnada,  como quiera que el error se contrae a un debate puramente  jurídico  que  deviene  de  la  falta de aplicación (no se selecciona la norma  llamada  a  regular  el  caso),  de  su  aplicación  indebida  (se  escoge para  solucionar  el  caso  una preceptiva que no es atinente) o de su interpretación  errónea  (en  donde  si  bien  se  selecciona la normativa correctamente, se le  otorga una hermenéutica equivocada).   

De  modo que, aun cuando esta causal también  recae  en  la vulneración de preceptos sustanciales, no guarda relación con la  crítica  fundada  en  la  incorrecta  apreciación  de  las probanzas cuya vía  expedita  en  sede  del  recurso  extraordinario  de  casación es la violación  indirecta  de  la  ley sustancial contemplada en el segundo apartado del numeral  1°  del  artículo  207  de  la  Ley 600 de 2000, a condición de que el censor  demuestre  que  el  fallador  incurrió  en  errores  de hecho o de derecho, los  primeros  producto de falsos juicios de existencia, de identidad o raciocinio y,  los  segundos,  por  los  llamados falsos juicios de legalidad o de convicción,  que  a  su  vez generan violación de la ley sustancial, bien porque el precepto  aplicado  no  debió  serlo o en cuanto se dejó de aplicar el llamado a regular  el caso.    

Haciendo   caso  omiso  de  las  premisas  anteriores,  en  el  reproche  objeto de estudio se incurre en dicha falencia al  anunciar  que  tiene  sustento  en  la  causal  de  violación directa de la ley  sustancial  y,  acto  seguido,  en  su desarrollo, se aparta de los presupuestos  fácticos  y probatorios del fallo, para discrepar en punto del valor otorgado a  la   prueba  que  determinó  la  responsabilidad  del  mencionado  FERNANDO   ÁVILA   ALFARO  a  título  de  coautor.   

La amalgama de diversos conceptos al interior  de  un mismo cargo se traduce en la falta de claridad de las censuras referidas,  pues  en  la  medida  de  contener  planteamientos  excluyentes  se  imponía su  presentación  separada.  Peor  aun  cuando,  como  sucede  con los cargos de la  demanda  a  nombre  de  FERNANDO  ÁVILA ALFARO, JANES  ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN  JAIRO  OSPINA  ÁLVAREZ y  JOSÉ WILTON TORRES MOSQUERA,  los   conceptos   introducidos   tienen  fundamento  en  causales  de  casación  diferentes,  a  saber:, la primera por violación indirecta de la ley sustancial  y  tercera  por  nulidad, surgiendo así una mayor contradicción, porque cuando  se  cuestiona  la  apreciación  probatoria  del fallo (violación indirecta) se  acepta  la  validez  de la actuación procesal centrándose el ataque en errores  de  juicio  o  in  iudicando,  mientras  que  en la nulidad precisamente se discute ese aspecto -la validez del  proceso  o  de  la  sentencia-  a  través de yerros in  procedendo o de procedimiento.   

La  forma  como se presentaron las censuras  aludidas  quebranta  principios  regentes de la materia casacional, previstos en  función  de  conseguir  demandas  que  satisfagan las exigencias argumentativas  propias  de  este  medio  extraordinario  de  impugnación de naturaleza rogada,  tales  como  los  de sustentación suficiente, limitación, crítica vinculante,  autonomía    de    las    causales,    coherencia,    no    exclusión   y   no  contradicción.                 

         Los   dos   primeros   (sustentación   suficiente  y  limitación),  consecuentes  con  el carácter dispositivo del recurso, implican que la demanda  debe  bastarse a sí misma para propiciar la invalidación del fallo al paso que  la  Corte  no puede entrar a suplir sus vacíos, ni a corregir sus deficiencias.   

         El  de  crítica  vinculante,  por  su  parte,  exige  de la censura  fundarse  en  las  causales  previstas  taxativamente y someterse a determinados  requisitos  de  forma y contenido dependiendo del motivo invocado. Y, conforme a  los  de  autonomía,  coherencia,  no  exclusión y no contradicción, sobre los  cuales  mucho  ha  insistido  la  Sala,  se  proyectan  en  el sentido de que el  discurso  debe  mantener  identidad  temática  y ajustarse a los requerimientos  básicos de la lógica.   

A  dicha  falencia, de suyo suficiente para  sustentar  la  decisión  de inadmitir las censuras aludidas, se suman otras que  refuerzan esa determinación.   

Así,   en   relación   con  el  aludido  cargo  cuarto  del  libelo  presentado por el defensor  conjunto  de  FERNANDO ÁVILA ALFARO, JANES ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN  JAIRO  OSPINA ÁLVAREZ y JOSÉ  WILTON TORRES MOSQUERA,   pero  restringido  a  la  situación  del  primero  en  alusión,  porque  a su juicio ha debido  responder  como cómplice y no como coautor, en tanto respecto de ese particular  tópico  no  agotó  la  exigencia  de  unidad  temática  con  los  fundamentos  expuestos para sustentar el recurso de apelación.   

Ciertamente, la jurisprudencia de la Sala ha  sido  reiterativa  en precisar que la no interposición o sustentación adecuada  del  recurso  de  apelación  respecto de la sentencia de primer grado evidencia  conformidad  con  tal providencia, razón por la cual carecerá de interés  jurídico  para  impugnar  la  de segunda instancia quien haya omitido este paso  para  reclamar a última hora un agravio y así pretender legitimarse en sede de  casación.   

En  otras  palabras:  si  cualquiera de las  partes  se  abstiene  de  interponer  o  sustentar  en tiempo o adecuadamente el  recurso  de  apelación  contra  la  sentencia  de primera instancia, estando en  condiciones  de  hacerlo,  se  ha  de  entender  que  se muestra conforme con la  decisión   proferida   y   el  ad  quem  no    puede,    por    su   iniciativa,   entrar   a   examinar   su  situación.   

La anterior regla general, como también lo  ha   reiterado  la  Sala,  se  excepciona  cuando  (i)  aparece  demostrado  que  arbitrariamente  se  impidió  el  ejercicio  del  recurso de instancia, (ii) el  fallo  de  segundo  grado  modifica la situación jurídica, de manera negativa,  desventajosa  o  más  gravosa  (iii) se trata de fallos consultables que causan  perjuicio  al impugnante, para los eventos en que aún resulta procedente y (iv)  el sujeto procesal propone nulidad por la vía extraordinaria.   

        A  partir del anterior marco conceptual, precisa la Sala que en este  caso  la  defensa  no  cumplió con la carga de interponer recurso de apelación  contra  el  fallo  de primera instancia en relación con el tema específico que  ahora  cuestiona  y,  por  lo  mismo,  el  Tribunal tampoco pudo pronunciarse en  virtud  de  la  competencia restringida que le asiste, como así lo precisó esa  corporación    al    inicio    del    acápite    considerativo    del    fallo  impugnado:   

“De  acuerdo  con  el  Estatuto Procesal  Penal  que  gobernó  el presente asunto (Ley 600 de 2000, artículo 204), en la  apelación  la competencia del superior funcional se halla limitada al objeto de  la  impugnación  y  a  los  aspectos  que  resulten inescindiblemente ligados o  vinculados           al           mismo”1.     

En aquella oportunidad, el defensor centró  su  argumentación  en  rebatir el sustento probatorio del fallo condenatorio de  primer  grado,  pero  en  momento  alguno  planteó  la  posibilidad  de  que su  responsabilidad  emanaba  como  cómplice;  por  el  contrario, fue enfático en  señalar  que  bajo  ninguna  forma de participación era responsable del delito  atribuido  por  la  muerte  de  José  Ignacio García  Sossa2.   

Si ello es así, evidente resulta que no se  agotó  la  instancia  en  relación  con el argumento ahora propuesto, pues, se  reitera,  la  inconformidad  del  impugnante  en  casación  gira en torno de un  aspecto  no  comprendido  en  el  recurso  de apelación instaurado por el mismo  sujeto procesal contra la sentencia de primer grado.   

Esta conclusión encuentra mayor soporte al  no  concurrir  ninguna  de  las  cuatro hipótesis referidas en precedencia como  excepción  a  la  carga de impugnar la sentencia de primer grado sobre el mismo  tópico  que sustenta el recurso extraordinario de casación, amén de que la de  segundo  grado  confirmó,  en  lo  que  fue  objeto  de  impugnación, el fallo  recurrido.   

Así  las  cosas, como la inconformidad del  impugnante  en  casación  versa sobre aspectos no comprendidos en el recurso de  apelación  instaurado  por  el  mismo  sujeto  procesal  contra la sentencia de  primer  grado  y que por lo mismo tampoco fueron objeto de pronunciamiento en la  de  segunda instancia, es evidente la falta de interés jurídico para acudir en  casación  respecto  de  ese  específico  punto  planteado  en  el cargo cuarto  allegada  por  el  defensor conjunto de FERNANDO ÁVILA  ALFARO,  JANES  ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN  JAIRO OSPINA ÁLVAREZ y  JOSÉ WILTON TORRES MOSQUERA.   

         A  continuación,  la  Sala  se  ocupará  del  cumplimiento  de los  presupuestos  de  admisión  del primer cargo contenido  en   la   demanda   presentada   por   el  defensor  exclusivo  de  MAURICIO   DE   JESÚS   CIRO   RAMÍREZ  soportado  en  la  casual  tercera  de nulidad, no sin  antes  dejar  en  claro  que  una  vez  evacue  lo  concerniente  a  ese reparo,  expresará  críticas adicionales a los postulados por la senda de la violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  extensivas  a los restantes reparos de este  mismo  libelo  formulados  por  ese  mismo  motivo casacional.      

Pues bien, en resumidas cuentas se afirma en  la  censura  que  la  sentencia impugnada es violatoria del debido proceso y del  derecho   de  defensa  habida  cuenta  que  puso  de  presente  al  ad     quem,  al  momento de sustentar el recurso de apelación, que  el  sentenciador  de  primer  grado  soportó  su  decisión  en su conocimiento  privado, a pesar de lo cual dicha corporación eludió el tema.   

Al respecto, es verdad que dicho profesional  cuando  sustentó  el  recurso  de  apelación  contra  el fallo de primer grado  expresó  tal  disentimiento,  mas  no  lo es que el Tribunal omitió abordarlo,  véase:   

Ahora  bien, se han hecho pronunciamientos  sobre   que   la   Juez   actuó  imparcialmente  por  considerar    aspectos   que   habían   sido   tratados   en   otra   sentencia  emitida,  y  que al dictar la sentencia en este caso,  realizó  una  valoración  que  violentó  la  sana  critica,  no  ponderó  el  conocimiento  recibido  en  la  actuación  y que actuó en vía de hecho cuanto  tomo  (sic)  la  decisión  respectiva,  en  cuanto  a la responsabilidad de los encartados, sin embargo, no  se  observa  que  (sic) acto  frente  a  las  partes  o intervinientes reflejó la ausencia de neutralidad del  fallador   de   primera  instancia,  qué  decisión  muestra  sin  ambages  tal  circunstancia   o   de   qué   manera  el  presunto  conocimiento   privado   del   juez   a  quo  derivado  de  su  visita al sitio de los hechos dio lugar al desconocimiento del principio  de  valoración  de  la  prueba,  basta  observar  el  contenido  de  la sentencia de primer grado, para percatarse que se sustentó en  la  prueba  recaudada en el proceso, que no se hacen afirmaciones que no cuenten  con  respaldo  probatorio  cuando  fueron  las  partes  que hicieron conocer una  decisión  tomada por la misma funcionaría, de manera  que   siquiera  es  posible  insinuar  que  el  conocimiento  privado  del  juez  a  quo sirvió de apoyo al  fallo,  conforme  lo  quiere  presentar  la  demandante  sin fundamento alguno y  ténganse   en   cuenta   que   la   jurisprudencia   ha   señalado:                 …”3.   

Por  tanto,  la  corporación  de  segunda  instancia  no rehuyó el tema, sino que encontró deficiencias argumentativas de  la  propuesta  relacionadas  con  su trascendencia que impedían su prosperidad,  criterio que comparte esta Sala.   

En  efecto,  el  casacionista afirma que el  conocimiento   privado   del  juez  a  quo,  sustento  del  fallo  de  responsabilidad  contra  su prohijado, se proyectó sobre dos puntos:  (i)  al  mencionar  la  sentencia  condenatoria  proferida  contra  César  Augusto  Cómbita  Eslava,  Jaimer  Giovanni Zapata Jiménez  y  Andrés  Felipe Sarrazola  el  26  de junio de 2012 por el delito de homicidio en  la    persona    de   Humberto   de   Jesús   López  Quiroz,    conocido         como        “Mono  López”,  la  cual quedó en firme y se encuentra en  trámite  de  ejecución, en donde se reconoció la calidad de persona protegida  a   la   víctima,  de  quien  se  afirma  era  socio  del  occiso  José  Ignacio  García Sossa  en el cultivo de caña, lo cual le permitió entender  que no  era  un  compañero  de guerra y (ii) la referencia a la actuación radicada con  2012-00064.   

Sin embargo, la mención a la sentencia y a  la   actuación  aludidas  por  el  a  quo,  no  tuvieron  la incidencia que pretende edificar el casacionista  en punto de la responsabilidad de los procesados.   

En relación con la sentencia, por cuanto su  mención  tuvo  por  objeto  desvirtuar la afirmación de uno de los defensores,  según  quien  la calidad de “combatiente” del occiso y de miembro activo de  las   FARC  surgía  por  la  amistad  o  sociedad  que  tuvo  con  Humberto  de Jesús López Quiroz, conocido  con   el   mote   de   “Mono  López”,  también  integrante de la agrupación ilegal. Para dar respuesta  a   ese   planteamiento   el   a   quo   acotó  que  no  era verídica la afirmación del togado, pues en el  fallo  condenatorio  aludido  por  el  delito  de homicidio en persona protegida  precisamente     por    el    deceso    de    López  Quiroz,  se  le  reconoció  esa  calidad,  por lo que  “si  era  en  realidad  socio de José Ignacio en el  negocio  de cultivo de caña, y no un compañero de guerra como trata de hacerlo  ver             la             defensa”4.   

De  cualquier  modo, esa referencia puntual  del  a  quo  con el objeto de  desvirtuar   el   argumento  defensivo  se  torna  intrascendente  frente  a  la  responsabilidad  penal  declarada  de los uniformados. Por una parte, porque son  múltiples  los  elementos de juicio que permitieron al funcionario arribar a la  conclusión   de   que   José  Ignacio  García  Sosa  no    era   miembro  de  la organización guerrillera y, por otra, dado que, sea  como  fuere,  esa  verificación  para  determinar si era persona protegida a la  final  es  irrelevante, pues “así se hubiere tratado  de  un  combatiente y efectivamente perteneciera éste al frente 36 de las FARC,  José  Ignacio  García,  no  tenía porque ser ajusticiado por los miembros del  ejército     injustificadamente,     porque     no     se     encontraban    en  combate”5, como así también lo entendió el Tribunal.   

Ahora,  tampoco  se  puede  aceptar que sea  parte  del  conocimiento  privado del juez la referencia a una sentencia, cuando  su carácter público es inobjetable.   

Igual  se  debe  acotar  en  cuanto  a  la  referencia  marginal  de  otra  actuación, también de índole público, con el  único  objeto,  entre  muchos, de destacar la poca credibilidad que ofrecen las  versiones  de  los  militares,  pues  “casualmente”  la  cámara  que contenía los registros fotográficos  del  operativo  se  mojó  y  por  lo mismo no fue posible su revelación. Ahora  está  que  el  conocimiento sobre ese hecho no es del resorte privado del juez,  en cuanto hace parte de este proceso.   

La  falta  absoluta  tanto de trascendencia  como de constatación real del reclamo determina su inadmisión.   

Procede  ahora  la  Sala  a  ocuparse  de  los  cargos  postulados  por  la  causal de violación  indirecta  de  la ley sustancial, debiendo recordar que  en  relación  con  los  formulados  en  la  demanda  presentada por el defensor  conjunto  de  FERNANDO ÁVILA ALFARO, JANES ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN  JAIRO  OSPINA ÁLVAREZ y JOSÉ  WILTON  TORRES  MOSQUERA (1°, 2° y  3°)  y  el segundo de la allegada a nombre de MAURICIO  DE  JESÚS  CIRO  RAMÍREZ  ya  se consignaron algunas  glosas  en  relación  con  su  falta de claridad, cuya complementación con las  siguientes,  que  también se configuran en relación con la restante del libelo  allegado   por   el  defensor  exclusivo  del  último  en  mención  (cargo  3°), refuerzan, frente a unos y  otros, el incumplimiento de los  presupuestos de admisión.   

En  tal  dirección,  lo  primero  que debe  destacarse  es  que  en  todos  estos  reproches  al  margen  de  la  naturaleza  extraordinaria  del  recurso de casación y de la doble presunción de acierto y  legalidad  que precede al fallo impugnado, lo único que intentan los libelistas  es  imponer de forma abierta su personal y subjetiva forma de valorar la prueba,  por  fuera  del  marco de los yerros que frente a tal materia permiten demostrar  su  inconstitucionalidad o ilegalidad, de modo que la invocación de los errores  de  hecho  por  falsos  juicios  de  identidad (cargos 1° y 2° de la demanda a  nombre  de  FERNANDO  ÁVILA  ALFARO, JANES ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN  JAIRO  OSPINA ÁLVAREZ y JOSÉ  WILTON  TORRES  MOSQUERA y 3° de la  de   MAURICIO   DE  JESÚS  CIRO  RAMIREZ)  y  por  falso  raciocinio  (cargo  3°  de  la  primera y 2° de la segunda), resulta meramente  enunciativa.   

En  tal sentido importa evocar las nociones  de  estos  errores  en  la  valoración  probatoria  y  la  forma  cómo se debe  emprender  su  ataque en esta sede, a fin de evidenciar su total distanciamiento  con  las  propuestas  desarrolladas  por los censores en los cargos mencionados.   

    

Así,  el  falso  juicio  de  identidad  se  verifica  cuando  el  juzgador tergiversa o distorsiona el contenido objetivo de  la  prueba  para  hacerla  decir  lo  que  ella  no expresa materialmente.    

En  esencia  se  trata  de  un  yerro  de  contemplación   objetiva  de  la  prueba  que  surge  luego  de  confrontar  su  expresión  material  con  lo  consignado  por  el  sentenciador acerca de ella,  deformación  que,  además,  debe  recaer sobre prueba determinante frente a la  decisión adoptada.   

Desde  esa  perspectiva,  resulta necesario  para  quien  propone  esta clase de error, ante todo, individualizar o concretar  la  prueba  sobre la cual recae el supuesto yerro; luego, ha de evidenciar cómo  fue  apreciada  por  el  fallador  señalando  de  qué  forma  esa  valoración  tergiversa  o distorsiona su contenido material, esto es, puntualizando la   supresión  o  agregación  de  su  contexto  real  para de allí inferir que en  realidad se alteró su sentido.    

Acto   seguido,   debe   establecer   la  trascendencia  del  yerro frente a lo declarado en el fallo, es decir, concretar  por  qué la sentencia ha de mutarse a favor del demandante, ejercicio que lleva  inmersa  la obligación de demostrar que el fallo impugnado no se puede mantener  con  fundamento  en  las  restantes  pruebas que lo sustentan. Y, finalmente, se  debe  demostrar que con el defecto de apreciación se vulnera una ley sustancial  por falta de aplicación o aplicación indebida.   

Por  su  parte, el error de hecho por falso  raciocinio  se  configura cuando el sentenciador aprecia la prueba desconociendo  las   reglas   de   la  sana  crítica,  esto  es,  postulados  lógicos,  leyes  científicas o máximas de la experiencia.   

En   tal   supuesto   le  corresponde  al  casacionista  señalar  qué  dice  concretamente  el  medio probatorio, qué se  infirió  de  él  en  la  sentencia  atacada,  cuál  fue el mérito persuasivo  otorgado  y,  desde luego, determinar el postulado lógico, la ley científica o  la  máxima  de experiencia cuyo contenido fue desconocido en el fallo, debiendo  a  la  par  indicar su consideración correcta e identificar la norma de derecho  sustancial  que indirectamente resultó excluida o indebidamente aplicada.    

Finalmente,  está  obligado a demostrar la  trascendencia  del  error  expresando  con  claridad  cuál debe ser la adecuada  apreciación  de  aquella  prueba,  con la indeclinable obligación de acreditar  que  la  enmienda  del  yerro  daría  lugar  a un fallo esencialmente diverso y  favorable a los intereses de su representado.   

De esta manera se advierte cómo tanto en el  primer  cargo  de la demanda presentada por el defensor conjunto de FERNANDO  ÁVILA  ALFARO,  JANES  ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN JAIRO  OSPINA   ÁLVAREZ   y  JOSÉ  WILTON  TORRES  MOSQUERA, donde se habla de un error de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad por cercenamiento de algunas probanzas,  como  en  el  segundo del mismo escrito al referir a la misma modalidad de error  por  supresión  de  contenidos,  y en el tercero de la allegada por el defensor  exclusivo   de   MAURICIO  DE  JESÚS  CIRO  RAMÍREZ,  también   con   fundamento   en   ese   yerro   por  cercenamiento,  simplemente  lo  que  se  pretende  por  los  demandantes  es su  revaloración   para   que   se   acoja  su  percepción  íntima  y  no  porque  materialmente  se hayan agregado o suprimido apartes relevantes de su contenido.   

    

Todavía peor al referir a temas ampliamente  abordados  por  los  juzgadores con una visión distinta y no porque, se repite,  se  haya  deformado  el  contenido  material  de  la  prueba  por  agregación o  cercenamiento  de su contenido, como ocurre con la controversia en torno a si el  occiso  era o no combatiente o si se trataba de un simple agricultor, pues, como  se   expresó   con   antelación,  ese  aspecto  para  el  asunto  sub  examine no desvirtúa su condición de  persona  protegida  conforme  al  supuesto  contenido  en  el  numeral sexto del  artículo  135  del  C.P.,  al estructurarse el tipo penal cuando la conducta se  comete  respecto  de  “los  combatientes  que  hayan depuesto las armas por captura, rendición u otra causa  análoga”,  como  así  también  lo  entendió  el  Tribunal en los siguientes apartes de su decisión:   

No  se  requiere determinar si esa persona  era  o  no guerrillero, eso no es el planteamiento que  ha  querido precisar como el fundamento de los hechos por parte de la defensa, y  los     procesados,    lo    cierto    (es)  que esa persona estuvo en posesión  de  los  militares  a  su  resguardo  y por el hecho de habérseles escapado sin  armas  de  ninguna naturaleza, por cuanto al ser retenido fue revisado si tenía  algo  en  su  poder, no encontrándosele nada, ni bolso como se ha querido hacer  ver,  se  presenta  la  simulada  acción  de  un combate armado, persona que en  verdad  debía  estar bajo la protección de la Fuerzas Militares y por ende del  Estado6.   

(…)  

Así  las cosas, la determinación que una  persona  se  encuentra  fuera  de combate esta dado en el hecho que se encuentre  debidamente  identificada como tal, tanto se le considera “no combatientes”,  porque  a  pesar  de  haber  participado  en  las  hostilidades,  estas han sido  colocada  fuera  de  los  enfrentamientos  armados  por haber expresado en forma  clara  su  intención  de  rendirse,  absteniéndose  de  actos hostiles, es una  protección   que   debe  ser  amparada  bajo  el  Artículo  3  Común  de  las  Convenciones  de  Ginebra  y en el artículo 7 del Protocolo Adicional II, norma  de  derecho  internacional  consuetudinario  y  es  un  persona  civil, para los  efectos   del   principio   de   distinción   en   los  conflictos  armados  no  internacionales,  quien  llena  las  dos  condiciones  de  no ser miembro de las  Fuerzas  Armadas  o  de  los  grupos armados irregulares enfrentados, y no tomar  parte activa en las hostilidades.   

En  estos  términos  debemos señalar que  el  occiso  era persona protegida, porque se entiende  (se)  había entregado a la  autoridad  para  someterse  a  sus controles, pero sin  embargo  si  bien se evadió cuanto estaba retenida previamente a los hechos, lo  estuvo  sin  orden  escrita  de  autoridad  competente,  y  sin  que  fuera  una  situación  de  flagrancia,  en  el  marco  de un conflicto armado, y  su  muerte  se  causó  cuando  corría de espaldas en lo que se  puede        llamar        una        ejecución       extrajudicial.   

(…)  

Ahora  bien, quien formare parte de grupos  al  margen  de la ley, debe responder ante las instituciones debidamente creadas  para  esos  fines que es la autoridad judicial, llámese Fiscalía General de la  Nación  o  Jueces y Magistrados de la República, en el marco de las garantías  y   derechos   consagrados   en  la  ley  y  la  constitución  para  determinar  responsabilidades,  más  no  es  aceptable  coger la  justicia  por  las  manos  y  mucho  menos  desdibujar  el  sentido que tiene la  institución  militar  para hacer uso de ella y proceder en el margen de la ley,  como   en   este   caso.7          (subrayas fuera de texto).   

Lo  mismo  se debe pregonar en cuanto a las  temáticas    abordadas   in   extenso   por    el   defensor   de   MAURICIO  DE  JESÚS  CIRO  RAMÍREZ en el  tercer  cargo  de  la  demanda,  relacionadas  con  la  división  de  la  escuadra  militar  en  dos grupos el día de los hechos, unos  apostados  en la parte superior de la montaña, como su prohijado, y otros hacia  la  vivienda, y en tanto el arma de que disponía no pudo ocasionar el deceso de  José Ignacio por tratarse de  una  ametralladora  M.60  con mayor capacidad de destrucción, cuyas lesiones no  son  compatibles  con  los  hallazgos en el cadáver, puntos que carecen de toda  relevancia  en  este  caso  atendido el hecho de que la responsabilidad de todos  los  implicados  fue atribuida por el Tribunal a título de coautores, como así  lo precisó en los siguientes párrafos:   

Así  las  cosas, podemos señalar que los  militares  acusados  por  la  fiscalía  actuaron  de  manera  concertada  y  cada uno realizó los aportes suficientes y necesarios en  vía  de  lograr su cometido criminal que planearon y ejecutaron con dominio del  hecho  cada  uno  desde  su respectiva tarea y no bajo  los  señalamientos  de  la  Juez  A-quo  sobre  que  se actuó con posición de  garante,  porque  no  fue  así,  es  coautoría  ya  que los militares acusados  estuvieron  de  acuerdo  con  los  medios  ilegítimos  para  lograr su cometido  ilícito,  de  modo que todos cooperaron poniendo todo de su parte para alcanzar  ese  fin,  realizando cada uno las tareas que le correspondían, coordinadas por  quien  desempeñaban  a  su  vez  el  rol de liderazgo, y por ello, quienes así  actúan,  coparticipan  criminalmente  en  calidad de coautores, aunque no todos  concurran   por   sí   mismos   a  la  realización  material  de  los  delitos  específicos:  y  son  coautores,  porque  de  todos  ellos puede predicarse que  dominan  el  hecho  colectivo y gobiernan su propia voluntad, en la medida justa  del  trabajo que les correspondiere efectuar, siguiendo la división del trabajo  planificada  de  antemano  o  acordada  desde  la ideación criminal8.   

(…)  

En suma, todos los procesados como  coautores  en  la  conducta  punible  la realizaron de manera  conjunta  pero  con  división  de  trabajo. Un primer  episodio  personal  e  intrínseco  de  carácter  previo  a  la comisión de la  conducta,  que  se  cristalizó desde el mismo instante que acudieron a la orden  del   Subteniente  Cómbita  Eslava  con  el  conocimiento  que  era  ilegal  su  procedimiento,  y  además  de  participar  en  una  pantomima  de un ataque con  granada  sin  existir  la  misma,  con la única finalidad de dar muerte a José  Ignacio  García  Sosa,  todos en conjunto presentaron  un  acuerdo  expreso o tácito para su acometimiento (el secuestro o rapto) y un  objetivo  cual  era  darle  muerte  de  esta  persona  que  se  manifiesta en la  realización  de  actos  orientados  a su ejecución del homicidio como cometido  común,  siéndoles  por  ello  imputables  a  todos los partícipes el delito o  delitos  cometidos  que  típicamente se configuran en esta sinopsis fáctica de  reproche.   

Con  todo  conforme a la jurisprudencia de  esta   forma   de   intervención   en   la   conducta   punible,   existió   el   acuerdo   común,   la  división  de  funciones  y  trascendencia del aporte durante la ejecución del ilícito.   

Soldados  profesionales  a  quienes  igual  exigencia  jurídica  que  a  la  de  sus  superiores  se les hace, ya que ellos  tenían   conocimiento   del  procedimiento  irregular  e  ilícito  que  estaba  ejecutando  respecto  del  occiso y participaron del supuesto ataque con granada  que  jamás  existió,  ello  entonces  los  hacía conocedores como grupo de la  situación  anómala  que  se  estaba  presentando  y  que querían mostrar a la  sociedad como positivo.   

Es  palmario que se cristalizó en el caso  sub  judice  el  fenómeno  de  la  coparticipación  criminal,  entendido  como  realización   conjunta   del   hecho   punible,  donde  comprende  no  solo  la  intervención   de   autores,  sino  de  coautores  y  cómplices.  Bien  porque  conjuntamente  realizan  un mismo hecho punible, ya sea porque cada uno de ellos  ejecuta  simultáneamente  con  los  otros o con inmediata sucesividad idéntica  conducta,  ora  porque  realizan  una  misma y compleja operación delictiva con  división  de  trabajo,  de  tal  manera que cada uno de ellos ejecuta una parte  diversa  de la empresa común, como más acertadamente se puede predicar en esta  situación.   

En  resumen  todos  y  cada  uno  de  los  procesados  conocían  la  ilegalidad de sus acciones, estaban en la obligación  legal,  constitucional,  y  funcional  de  proteger  al  occiso, de defender sus  derechos  fundamentales,  entre ellos la libertad y la vida, ya que todos y cada  uno  de  los  procesados  eran para aquel entonces de los hechos una revelación  viva  del Estado social y de derecho que nos rige…9          (subrayas fuera de texto).   

Han debido los casacionistas, por tanto, si  de  derruir  los  fundamentos  probatorios  del  fallo pretendían a través del  error  de hecho por falso juicio de identidad, demostrar su alteración material  por  adición  o  cercenamiento  frente  a  los elementos de la aludida forma de  responsabilidad,  y  no  concentrase,  como lo efectuaron en cada uno los cargos  sustentados  en  dicha  modalidad de error valorativo de la prueba, a exponer su  criterio  personal valorativo, en algunos casos, incluso, como se dejó sentado,  poniendo   de  presente  aspectos  que  no  tienen  trascendencia  frente  a  la  particular forma de intervención.   

Así las cosas, se inadmitirán todos  los  cargos  reseñados presentados al amparo de la causal de  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  derivada de errores de hecho por  falso juicio de identidad.   

Ahora  que a igual conclusión se arribará  con  respecto   a los reparos formulados al amparo  de  la  misma  causal  pero  por error de hecho por falso raciocinio,  esto  es,  el  tercer cargo del libelo presentado por el defensor  conjunto  de  FERNANDO ÁVILA ALFARO, JANES ALEXÁNDER  SARRAZOLA,  JOHN  JAIRO  OSPINA ÁLVAREZ y JOSÉ  WILTON  TORRES MOSQUERA y el segundo  de    la   presentada   por   el   representante   exclusivo   de   MAURICIO  DE JESÚS CIRO RAMÍREZ, en tanto  tampoco  se  sujetan  ni  a  la  naturaleza  de  ese  tipo  de yerro, según las  directrices   atrás   reseñadas,   ni  a  la  del  recurso  extraordinario  de  casación.   

Ello,  porque en la misma dirección lo que  se  persigue  es  cuestionar,  de  forma  general, la valoración probatoria del  fallo  a  partir  del  sentir  íntimo  de  los recurrentes y, aunque en algunos  segmentos  se  hace  alusión  a la transgresión de reglas de la sana crítica,  tales  como el sentido común (en el cargo referido de la primera demanda), y la  lógica  (igualmente  en  el  cargo  aludido  de  la segunda) o se hace de forma  confusa  o  de  manera  enunciativa,  especialmente  en la primera, o se invocan  reglas que no tienen ese carácter .   

Así,    por    ejemplo,   en  el  tercer cargo del libelo presentado por el apoderado conjunto  resulta  ininteligible  el  planteamiento  alusivo  al  desconocimiento   del  principio  de  causa  y  efecto  y,  en  derredor  de  la  contrariedad  al  sentido  común en relación con los motivos por los cuales el  occiso  emprendió  la fuga tras ser sometido por los uniformados, en tanto a su  juicio,  y  no al sentido común, se insiste, sólo se explica por su condición  de  subversivo,  lo  que,  como ya se precisó, a la postre carece de incidencia  porque  mantenía  su  condición  de  persona  protegida,  máxime  cuando  los  juzgadores  en  sólido  análisis probatorio, desvirtúan la supuesta agresión  con una granada de su parte.   

Frente  a  este  último  aspecto, el mismo  casacionista  estima  que  esa conclusión no se atiene al sentido común porque  la  lesiones  de  los  uniformados  sí  son compatibles con la explosión de un  artefacto  de  esa  índole,  pero  en  vez  de señalar las razones que así lo  imponían  y  el  carácter  general  de  alguna  regla  de  la  sana  crítica,  simplemente  opta  por  expresar  su punto de vista personal bajo el manto de lo  que  llama  el sentido común, cuando es claro que una controversia semejante es  de carácter técnico o científico.   

Peor  ocurre con el planteamiento contenido  en  el  segundo  cargo  de  la  demanda  presentada  a  nombre  de  MAURICIO   DE   JESÚS   CIRO   RAMÍREZ,  empezando  porque  el actor señala que la responsabilidad de su defendido recae  en  tres  indicios,  pero  uno  de los mencionados, conforme lo atrás expuesto,  realmente no es fundamento del fallo.   

Se  hace  alusión  al  de la condición de  combatiente  del  occiso,  pues,  como  atrás  se explicó, para el Tribunal no  incidió  en  la  calidad de persona protegida a fin de actualizar el tipo penal  atribuido.   

En relación con el indicio derivado de las  contradicciones  de  los procesados en sus distintas versiones, aspecto sobre el  cual   los   juzgadores   ahondan  en  los  fallos,  ningún  postulado  lógico  desarrolla,  en  tanto  la  contrariedad  la  hace  consistir  en  que  el mismo  demérito  se  debió  aplicar  a la prueba de incriminación consistente en los  testimonios  de  familiares  y  amigos  del  obitado dado que también contienen  contradicciones,  lo  que,  ciertamente,  no  es  más  que  la expresión de su  criterio   personal   valorativo,   carente   de   incidencia  para  derruir  el  fallo.   

Lo   mismo   ocurre  con  el  indicio  de  simulación  de  combate,  en  referencia  a  que  los  juzgadores  no otorgaron  credibilidad  al  dicho  de  los uniformados en cuanto a que durante su huida el  occiso  les  arrojó  una granada a lo cual ellos respondieron abriendo fuego en  su contra, reacción que ocasionó su deceso.   

Ab   initio  es  necesario  precisar  que  en  torno  a este punto explayaron con suficiencia los  juzgadores;   incluso,   el   ad   quem  aborda  la temática desde la perspectiva de la causal excluyente de  responsabilidad    de    la    legítima   defensa10.  Con el objeto de oponerse a  esa   valoración,  el  actor  persiste  en  la  existencia  del  guía  apodado  “Calavera”     cuyo  desconocimiento lo estima contrario a la lógica.   

No  obstante, de una parte no es cierto que  los  juzgadores  hayan negado rotundamente la existencia del guía, pero lo más  significativo,  de  otra,  es  que  no  se  encuentra,  ni  tampoco el censor lo  explica,  el  vínculo  entre esa circunstancia y el indicio de responsabilidad,  amén de que tampoco concreta la regla de la lógica vulnerada.   

Por  lo  expuesto,  también  se  inadmitirán  todos los cargos propuestos al amparo de la causal  de  violación  indirecta  de la ley sustancial derivada de errores de hecho por  falso raciocinio.   

         Corolario  de  las falencias advertidas, cuya enmienda es inviable a  tenor  del  principio de limitación que rige al recurso extraordinario, la Sala  procederá  a  la  inadmisión  de  la  demanda  de  acuerdo con la consecuencia  procesal  señalada  en  el  artículo 213 de la Ley 600 de 2000.  Además,  porque  no  se  advierte  que  dentro del presente trámite o en la sentencia se  hubiera  incurrido  en  violación  de  garantías  fundamentales que reclame su  intervención   oficiosa   en  los  términos  previstos  en  el  artículo  216  ibídem.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

INADMITIR        las  demandas  de  casación  presentadas  por  el  defensor  conjunto  de FERNANDO   ÁVILA   ALFARO,  JANES  ALEXÁNDER SARRAZOLA, JOHN JAIRO OSPINA ÁLVAREZ y    JOSÉ    WILTON   TORRES   MOSQUERA  y      por  el representante de MAURICIO DE JESÚS  CIRO  RAMÍREZ,  atendiendo las razones expuestas  en la anterior motivación.   

         

De  conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  187  de  la Ley 600 de 2000, contra este proveído no procede recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1 Pág.  22 del fallo de segundo grado.   

2  A  partir del fol. 157 del c. del Tribunal.   

3  Págs. 129 y 130 del fallo de segunda instancia.    

4 Pág.  54 del fallo de primer grado.   

5  Ibídem.   

6 Pág.  89 del fallo de segundo grado.   

7  Págs.    90,    91    y    93   ibídem.   

8  Págs.  118  y  119 ibídem.   

9  Págs.     124     y     125    ibídem.    

10  A  partir de la pág. 108 del fallo de segunda instancia.     

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