42675(11-12-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Aprobado Acta No. 419.  

Bogotá,  D.C., once (11) de diciembre de dos  mil trece (2013).   

V    I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  las  demandas  de casación presentadas por los defensores de los procesados  JOSÉ  CRÍSPULO  ROCHA  BUITRAGO  y  ALCIRA  CHACÓN  MORA,  contra el fallo de  segunda  instancia que profiriera el Tribunal Superior de Bogotá, fechado el 24  de  julio  de  2013,   mediante  el cual confirmó y modificó la sentencia  condenatoria  emitida por el Juzgado 41 Penal del Circuito de esta ciudad, en la  cual  se impuso, luego de la variación, pena de prisión de 34 meses y multa en  cuantía  de  66.66  salarios  mínimos  legales  mensuales,  en  contra  de los  nombrados,  a  título  de  coautores del delito de estafa agravada; allí mismo  fue  decretada  la  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones  públicas  de  los  condenados,  por  lapso  igual al de la pena de prisión; se  dispuso  el  pago, a título de reparación integral, de la suma de $18.841.635;  y  se  concedió  a  estos  el  subrogado  de  la  suspensión condicional de la  ejecución de la pena.   

H E C H O S  

Fueron   narrados  en  la  resolución  de  acusación, del siguiente tenor:   

“Se  refieren  a la adquisición por parte  del  señor  PÍO QUINTO QUIROGA del bien inmueble ubicado en la carrera 112 N°  40-27  sur  de propiedad del señor MESÍAS TORRES; habiéndole entregado a este  la  suma  de  dieciséis  millones  de  pesos  ($16.000.000);  figurando  en  el  documento  de  escritura  de  compraventa  como  copropietaria la señora ALCIRA  CHACÓN  MORA,  a  instancias  de  su  esposo  JOSÉ CRÍSPULO ROCHA BUITRAGO en  razón  de la amistad de ellos con el denunciante, con el compromiso de que ella  cancelara  al  Banco  las  cuotas que se debían del inmueble sin que se hubiese  registrado  la  negociación  ante la oficina de registro, pues cuando se pensó  realizar  el  trámite se encontraba embargado, habiendo quedado en manos de los  cónyuges  prenombrados  que  lo  arrendaron  para luego venderlo por la suma de  $38.000.000  millones  de  pesos  al  señor  JOSÉ  MEMO  ORTIZ  FIGUEROA;  con  desconocimiento de PIOQUINTO QUIROGA”.   

DECURSO  PROCESAL  

Los hechos fueron denunciados por escrito el  15  de  noviembre  de  2007, ante la Fiscalía Tercera de Patrimonio de Bogotá,  por el afectado  PIOQUINTO QUIROGA.   

Acorde con lo presentado documentalmente por  la  víctima,  el 28 de diciembre de 2007, se dispuso apertura de investigación  preliminar.   

Luego de ampliar la denuncia y recabar otros  elementos  de  juicio,  el  5  de octubre de 2009, se abrió formal instrucción  disponiéndose  vincular mediante indagatoria a JOSÉ CRÍSPULO ROCHA BUITRAGO y  ALCIRA  CHACÓN  MORA, diligencia que se realizó, en ambos casos, el 2 de junio  de 2010.   

El  3  de  junio  de  2010,  fue  cerrada la  investigación.  Consecuentemente,  el  25  de  junio  de  2010, se calificó el  mérito  del  sumario,  disponiendo  la Fiscalía acusar a JOSÉ CRÍSPULO ROCHA  BUITRAGO  y  ALCIRA  CHACÓN  MORA,  en  calidad de autores del delito de estafa  agravada,  conforme  lo establecido en los artículos 246 y 267-1, de la Ley 599  de 2000.   

Interpuestos  los  recursos de reposición y  apelación  por  el  defensor  común,  para  ese  momento,  de los acusados, el  primero  le fue despachado negativamente en providencia del 23 de julio de 2010,  al  tanto  que  el  Ad  quem,  en  auto del 21 de enero de 2011, confirmó en su  integridad lo decidido por el A quo.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, el  asunto  le fue repartido, para adelantar la fase del juicio, al Juzgado 41 Penal  del Circuito de Bogotá, el 14 de junio de 2011.   

El  30  de  agosto  de  2011, se realizó la  audiencia  preparatoria,  en curso de la cual solicitó la nulidad de lo actuado  el  defensor,  por  entender  carente  de  competencia al funcionario instructor  –estima  que lo discutido  es  un  tema  eminentemente  civil-  y advertir irregularidades sustanciales que  afectan el debido proceso.   

La  petición  de  nulidad fue denegada y en  contra  de  ello  interpuso  recurso  de  apelación,  que  fue  resuelto por el  Tribunal  de  Bogotá  el  26 de octubre de 2011, confirmando lo decidido por el  juzgado.   

Durante los días 8 de marzo y 11 de julio de  2012, se realizó la audiencia pública de juzgamiento.   

El fallo de primer grado fue proferido el 15  de  noviembre  de 2012. Allí, se impuso a los procesados la pena de 36 meses de  prisión  y  multa  en cuantía de 66.66 salarios mínimos legales mensuales. En  igual  lapso  temporal  se  determinó  la sanción accesoria de inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones públicas.   

La  sentencia fue apelada por los defensores  de  los  acusados,  acorde con lo cual, en sentencia del 24 de julio de 2013, la  Sala  Penal  del Tribunal de Bogotá, confirmó lo decidido por el A quo, aunque  rebajó   la   pena   de   prisión   y,   consecuentemente,   la  accesoria  de  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones públicas, a un lapso  de 34 meses.   

Oportunamente   los  defensores  de  JOSÉ  CRÍSPULO  ROCHA  BUITRAGO y ALCIRA CHACÓN MORA, interpusieron y sustentaron el  recurso  extraordinario  de casación, en escritos que ahora analiza la Corte en  su debida fundamentación.   

LAS DEMANDAS  

     

a. A nombre de José Críspulo Rocha Buitrago.     

1. Cargo Primero.  

Dice  el  demandante que lo enfila dentro de  los  linderos de la causal primera establecida en el artículo 207 de la Ley 600  de  2000,  por  estimar  que  la  sentencia  atacada  viola  directamente normas  sustanciales,  en  particular,  los  artículos  9, 10, 11 y 12 de la Ley 599 de  2000, por falta de aplicación.   

En  concreto,  el demandante sostiene que la  conducta   realizada   por  su  representado  judicial  no  desborda  la  esfera  simplemente  civil,  ya  que se trató de un contrato con objeto y causa lícita  “lo  cual  inicialmente  concluimos fácilmente que  para   nada   encuadra   tal   aspecto   dentro  de  un  tipo  penal”.   

En  punto  de  antijuridicidad,  acota  el  casacionista  que  no  fue  posible  demostrar  ningún  perjuicio  y tampoco se  verifica la intención de menoscabar determinado bien jurídico.   

Y,  acerca  del  elemento  de  culpabilidad  advierte  el  impugnante  que  los  únicos  afectados  con el negocio jurídico  fueron  precisamente los acusados, quienes incluso actuaron movidos por el deseo  de    ayudar   al   afectado   y   no   con   el   ánimo   de   obtener   lucro  económico.   

Dice el defensor que la norma, artículo 9 de  la  Ley  599  de  2000 –que  determina  la  existencia  de  la conducta punible como típica, antijurídica y  culpable-   “no  fue  aplicada  sino  que  por  el  contrario  a  los diferentes actos llevados a cabo dentro del negocio jurídico,  se   le   (sic)   distorsionó   su   espíritu   o   intensión  (sic)  de  los  contratantes”.   

Luego,  el  demandante  ensaya un particular  examen  de  lo  ocurrido  y  del interés que movió a todos los partícipes del  negocio  realizado  con  el  inmueble,  para  concluir que si no se presentó la  falta  de  aplicación  de  la  norma,  cuando menos, el Tribunal la interpretó  erróneamente.   

2. Cargo segundo.  

Dentro  del  mismo  ámbito de la violación  directa  de la ley, el recurrente advierte que el Tribunal aplicó indebidamente  el artículo 246 del C.P., que tipifica el delito de estafa.   

En  aras  de  soportar su tesis, de nuevo el  impugnante  aborda  su  particular  interpretación  de  lo  sucedido, de lo que  extracta   que  “para  nada  se  ha  por  lo  menos  intentado  engañar  o  defraudar  económicamente  en  forma  dolosa  al  aquí  denunciante  (…)  sino  que  lo  máximo  que  pudiese  presentarse  sería un  incumplimiento de contrato civil…”.   

Así,    asevera    que    “sin  lugar  a  mucho  esfuerzo mental, se concluye con el debido  respeto  que  merecen  los diferentes Juzgadores de instancia, QUE SE HA VIOLADO  EN  FORMA  DIRECTA  LA  NORMA ENUNCIADA (Art.246 del C.P), pues la aplicación e  interpretación  de  la  misma  es errónea y mal aplicada, pues no existe plena  certeza  que  por  lo  menos exista o haya existido la intensión (sic) dolosa o  dañina.”   

Termina  sosteniendo  el  demandante  que ha  demostrado   la   violación   directa   de  la  norma  sustancial  “conjugando  con la misma el ERROR DE DERECHO que va encadenado a  la luz de lo consagrado en la Ley”.   

3. Cargo tercero.  

Refiere el demandante que lo ubica dentro del  postulado  de  violación  directa de la ley, en particular, por desconocimiento  del  artículo  7°  de  la  Ley 600 de 2000, atinente al principio in dubio pro  reo.   

A  fin  de  sustentar el tema, el recurrente  afirma  que “…surge y saltan a la vista incluso de  bulto  ALGUNAS  DUDAS, que en especial los juzgadores de instancia desconocieron  tal      como      también      lo     hizo     la     Fiscalía…”.   

Seguidamente,  el  impugnante busca destacar  los  que  estima hechos concretos que generan la duda, examinando libremente las  pruebas  o  significando  cómo  al  trámite debieron allegarse otros distintos  medios  suasorios,  entre ellos un dictamen pericial que verificase “…de  cuánto  dinero  se  hubiesen podido lucrar o apoderar en  forma dolosa los aquí procesados”.   

Esas   pruebas,   termina  sosteniendo  el  casacionista,  demostrarían  que los únicos perjudicados con el negocio que se  les reprocha lo fueron, precisamente, los acusados.   

4. Cargo cuarto.  

Lo  rotula  así el demandante: “VIOLACIÓN  INDIRECTA  POR  INTERPRETACIÓN ERRÓNEA DE LA NORMA  SUSTANCIAL   EN   CUANTO   AL   ARTÍCULO   202  DEL  CÓDIGO  DE  PROCEDIMIENTO  PENAL”.   

En  desarrollo  de  su  propuesta  cita  el  artículo  282  de  la  Ley 600 de 2000, que regula el examen de la confesión y  luego  amplios  apartados  de  la  declaración  rendida  por  el afectado en la  audiencia   pública   de   juzgamiento,   para   de  allí  extractar  que  las  manifestaciones  de  la  víctima “nos dejan no solo  un    aroma   de   CONFESIÓN   en   lo   relevantemente   jurídico”,  sino  que  comprueban  lo sostenido en la demanda acerca de su  interés por obtener ventaja económica de un negocio.   

Añade  el  impugnante que basta con leer lo  expuesto  por el denunciante, para verificar que no hubo ningún tipo de engaño  o  intención  de  mantener  en  error  a la víctima, y reitera que los únicos  afectados con el negocio fueron precisamente los acusados.   

Y   concluye   diciendo  que  lo  ocurrido  corresponde   a   “UN   ERROR   DE  HECHO  POR  LA  INTERPRETACIÓN  ERRONEA  DE  LA  PRUEBA,  PUES  NO  FUE APRECIDA (sic) EN FORMA  OBJETIVA COMO NOS LO ENSEÑA LA LEY.”   

5. Cargo quinto.  

El  demandante  afirma  que  se presentó la  violación  indirecta  del  artículo 232 de la Ley 600 de 2000, en concordancia  con  los  artículos  233  y  234  ibídem,  normas estas referidas al análisis  probatorio   y   lo   reclamado   por   la   ley   para   emitir   sentencia  de  condena.   

Al  efecto,  asevera  el casacionista que se  dictó  fallo  de  condena   “sin  que  obrara  dentro  del proceso tan siquiera una prueba contundente que condujera a la plena  certeza   de   la   conducta   punible   y   de   la   responsabilidad   de  los  procesados…”.   

Añade que dejó de practicarse un peritaje a  efectos  de  determinar  cuánto fue el monto del perjuicio, ya que se desconoce  cómo el fallador arribó a la suma de $18.841.635.   

Además,  acota,  hubo  una  confesión  del  afectado  en  la  cual  se  demuestra que los procesados no son responsables del  delito que se les endilga.   

Culmina señalando el recurrente que observa  con  “dolor  de patria”,  como  lo  consagrado  en  las normas citadas al inicio del cargo fue desconocido  por las instancias.   

6. Cargo sexto.  

Ahora dentro del ámbito de la causal tercera  de  casación,  el  demandante sostiene que el fallo atacado se dictó dentro de  un  trámite  viciado  de nulidad, referida a la incompetencia de los jueces que  adelantaron el proceso en ambas instancias.   

Ello,  manifiesta  el  impugnante, porque la  conducta  investigada,  estafa,  corresponde  a  un  delito contra el patrimonio  económico  cuya  cuantía  nunca  superó  los  50  salarios  mínimos  legales  mensuales  y, conforme lo estipula el numeral primero del artículo 78 de la Ley  600  de  2000,  obligaba  de  la intervención, en primera instancia, de un juez  penal   municipal,   en   lugar   del   funcionario   del   circuito  que  aquí  actuó.   

En  aras  de  determinar  que, en efecto, el  daño  patrimonial  no  superó  ese monto, el casacionista parte por significar  que  lo  inicialmente  invertido  por  el afectado ascendió a trece millones de  pesos.  Si  se  estima  que  para el año 2002, el salario mínimo legal mensual  ascendía  a  $309.000,  acota,  se observa que el monto de 50 salarios mínimos  legales  mensuales  ascendía a $15.450.000, cifra superior al perjuicio, lo que  otorgaba competencia al juez municipal.   

Así mismo, agrega, si se atiende a lo dicho  por  el  denunciante  en  torno  de las maniobras engañosas desarrolladas en el  año  2006, se advierte que 50 salarios mínimos legales para esa época sumaban  $20.400.000.  Entendido  que  el inmueble se vendió en $36.000.000 y suponiendo  que  a  la víctima le correspondiese la mitad, ello equivale a $18.000.000, que  asignan competencia al juez municipal.   

Y  si, advierte el demandante, se dijera que  el  daño  vino  consecuencia de la venta del inmueble operada en 2007, es claro  que  para  ese  momento  el  monto  de  salarios  mínimos  era  superior  al de  2006.   

No  entiende el recurrente cómo el Juzgador  de  primer  grado  actualiza  los  trece  millones  de pesos que se dice pagados  inicialmente  por  el  afectado, pero no hace lo mismo con los cinco millones de  pesos  que  fueron  entregados  a  este  por  los procesados, que tampoco fueron  descontados de ese monto.   

En esas condiciones, agrega, era evidente que  el  total de los perjuicios, ocho millones de pesos, convertía en competente al  fiscal   local,  en  la  investigación,  y  al  Juez  Penal  Municipal,  en  el  juicio.   

Culmina  señalando  el  demandante,  que se  incurrió  en  la  causal  de  nulidad  contemplada  en  el  numeral primero del  artículo 306 de la Ley 600 de 2000.   

7.     Cargo     séptimo.   

Dentro  del  mismo  espectro  de  la  causal  tercera,  el casacionista significa que se vulneró lo dispuesto en el artículo  533  de  la  Ley  906 de 2004, pues, si el sistema acusatorio empezó a regir en  Colombia  en  el  año 2005, considerado que las conductas punibles atribuidas a  los  acusados  ocurrieron en 2006 y 2007, debió ser esta forma de procedimiento  la que gobernara el trámite del asunto y no la Ley 600 de 2000.   

Finalmente, a manera de colofón de todos los  cargos  el recurrente solicita de la Corte “proceder  a  quebrar  el  fallo emitido por el fallador de segunda instancia y en su lugar  proferir  la  sentencia  que  lo  ha de reemplazar, debiendo ser favorable a mis  peticiones   impetradas   en   la   presente  demanda  de  Casación”.   

     

a. Demanda a nombre de Alcira Chacón Mora.     

    

1. Cargo primero.     

Lo enfila la recurrente por la vía indirecta  del  error  de  hecho  y  lo rotula “Falso Juicio de  Identidad de la Prueba”.   

Para  ese  efecto, la demandante empieza por  señalar  como  hecho  cierto  que lo ocurrido no refiere a un delito de estafa,  sino a una simple transacción civil de compraventa.   

Luego,  toma las afirmaciones realizadas por  las  instancias  y sobre ellas introduce el concepto contrario, basado en su muy  particular  interpretación  de  lo  que  la  prueba  arroja.  Además, trata de  encontrar   contradicciones   en   la   sentencia,   de  lo  cual  concluye  que  “a  la prueba analizada se le dio una identidad que  no   tenía   y  se  convirtió  en  determinante  para  la  condena”.   

Asevera  la  impugnante  que  los  yerros de  apreciación  de  las  instancias conducen a construir una hipótesis falsa, que  desconoce la existencia de una negociación lícita fracasada.   

    

1. Cargo segundo,     

Sostiene  la impugnante que se materializó,  también  dentro  del  camino  indirecto,  un “Falso  Juicio de Raciocinio”.   

Al   efecto,   toma   los   que  considera  “hechos  indicadores” de  los  cuales  se  valió el Tribunal para emitir la condena y sobre ellos refiere  que  “Nunca en forma lógica, de lo obrante se puede  inferir  que  PIOQUINTO  QUIROGA  haya  sido  engañado por los implicados, esto  porque      el      indicio      incontrovertible      no     existe”.   

A  renglón  seguido,  la  recurrente  toma  extractos  de  lo expresado en sus varias dicciones juradas por el denunciante y  de  allí  lo  concluye  contradictorio, para después sostener que “si  lo  que  se tuvo como indicio son hechos contradictorios (no  ciertos)  para  mediante  una inferencia lógica concluir la certeza del hecho y  la  responsabilidad,  definitivamente  estamos  frente a un error de hecho en la  apreciación  al no existir un mínimo de prueba que permitiera inferir el hecho  y   la   autoría   o   participación  de  ALCIRA  CHACÓN  MORA”.   

    

1. Cargo tercero.     

Dice la demandante que corresponde a un error  por    “Falso   Juicio   de   Existencia   de   la  Prueba”.    

En  desarrollo  del  cargo,  la casacionista  advierte  que  las  manifestaciones  realizadas  por  las  instancias carecen de  respaldo probatorio.   

Así,  a  la  aseveración atinente a que la  procesada   ALCIRA   CHACÓN   no   registró   oportunamente  la  escritura  de  compraventa,  opone  su  defensora  que  no  se allegó prueba en la cual fundar  cuándo ello es o no oportuno.   

Luego, referencia los que en su sentir deben  ser  términos  legales  para  la dicha inscripción, explicando la que entiende  razón  de ser de su consagración, para después concluir errada la evaluación  del  Tribunal que refiere la tardanza en el registro del negocio realizado sobre  el bien inmueble.   

Advera,  por  ello,  que  se  perfeccionó  “Una  violación  Directa de la Ley sustancia (sic)  por  error  en  las  reglas  de  apreciación de las pruebas por falso juicio de  existencia de las pruebas invocadas”.   

    

1. Cargo cuarto.     

Lo  dirige  la demandante por la senda de la  violación  directa  de la ley, referida a la falta de aplicación del artículo  231  de  la  Ley  223  de 1995, que regula el término de registro de los actos,  contratos o negocios jurídicos sujetos al mismo.   

En  sustento  de  su tesis, la recurrente se  limitó  a  citar  el  texto  de  la  norma  para después, sin mayor desarrollo  argumental,    afirmar    que    esta    corresponde   a   una   “Norma     del     bloque    de    constitucionalidad”,   que   de  haberse  aplicado  jamás  hubiese  sido  definida  la  “inoportunidad   del   registro   alegada  por  el  denunciante,  la  responsabilidad de ALCIRA CHACÓN en la estafa agravada que se  le imputa”.   

    

1. Cargo quinto.     

Definido   por   la   casacionista   como  “aplicación  indebida  de  perjuicios”,  remite a que, según su criterio, se aplicaron inadecuadamente  los  artículos  1608  del  Código  Civil,  y  90  del Código de Procedimiento  Civil.   

Para demostrar su tesis, la demandante cita  un  apartado  del  fallo de primer grado, en el cual se fijó el monto del daño  material,  para  controvertir  la  metodología  utilizada,  pues, en su sentir,  debió  actualizarse,  junto  con  el  monto  de trece millones determinado como  total  de  esos  perjuicios, los cinco millones pagados previamente al afectado,  que     después     deberían     descontarse,    y    no    antes    de    esa  actualización.   

También  critica  la  defensora  de   ALCIRA CHACÓN, que se ordene pagar interés corriente bancario.   

Cita  después  jurisprudencia1  de  la  Sala  Civil  de la Corte referida a la diferencia entre mora e indemnización, para de  allí   concluir,   sin   mayor   desarrollo   jurídico   o   argumental,   que  “la  indebida  aplicación  normativa hace concluir  los  perjuicios en una suma exorbitante que está lejos de corresponder al justo  incremento  que  corresponde  al  capital  dado por QUIROGA, desconoció el Alto  Tribunal  que  el  interés  es el que se ha de pagar por no pagar oportunamente  una  deuda,  y  la  indexación  hace referencia a la actualización de la deuda  avalores  erales  actuales, ya que el valor inicial de la deuda ha sido afectado  por  la  pérdida  del  valor de la moneda (inflación) con el paso del tiempo y  que dichos conceptos nunca pueden ser acumulables”.   

A renglón seguido, la recurrente añade que  también  se  presentó  un  yerro  al  imponer  la  carga  de  pagar  intereses  corrientes,  cuando  lo  adecuado son los legales, conforme lo establecido en el  artículo  1617 del Código Civil, en cuanto, determina en 6% el interés legal,  a   falta   de   estipulación   convencional   o   expresa   autorización  del  corriente.   

    

1. Cargo sexto.     

También dentro de la violación directa de  la  ley,  la recurrente cita el texto de las normas que consagran los delitos de  estafa  y abuso de confianza, para de allí, automáticamente, extractar que por  ocasión  de  la  indebida  valoración  probatoria  se  determinó  ocurrida la  primera  ilicitud  en  cita, pasando por alto que el dolo no ocurrió anterior a  haber   adquirido  el  bien,  sino  posterior,  con  ocasión  de  no  registrar  oportunamente la compraventa.   

Entiende  la  demandante  que  si los actos  engañosos  los defieren las instancias a un momento posterior a la adquisición  del  bien,  el delito no debió tipificarse como estafa, sino a título de abuso  de  confianza, dado que fue después de la recepción del inmueble que nació el  dolo.   

    

1. Cargo séptimo.     

Ahora dentro del ámbito de la violación de  garantías,  la demandante sostiene materializada una causal de invalidación de  lo  actuado,  por violación del principio de investigación integral, soportada  en  el  hecho  que  a pesar de presentar la defensa de los acusados al Tribunal,  cuando  se  hallaba en apelación el fallo de condena, un documento que advierte  de  la  existencia de un proceso civil adelantado por el afectado contra Mesías  Torres,  por  los  mismos  hechos  objeto  de denuncia, la Corporación dejó de  examinarlo en virtud de su extemporaneidad.   

Estima  la  casacionista  que  “los  nuevos hechos dado a conocer al Honorable Tribunal ameritan  su  intervención  a  fin  de  no  propiciar  la  confirmación,  como en efecto  sucedió de una sentencia injusta…”.   

C O N S I D E R A C I O N E S  

        La  demanda  de  Casación,  como  ya amplia y reiteradamente lo ha  venido  significando  esta  Corporación,  no  representa  un  simple alegato de  instancia  ni  tiene  como  finalidad  ofrecer  una  nueva oportunidad     para     que     se     contrapongan     los    argumentos  de  las partes a efectos de obtener satisfacción   a sus pretensiones.   

        Precisamente  por  su  connotación de mecanismo extraordinario, el  recurso   de   casación  implica  para  el  demandante  la  carga  procesal  de  fundamentar  adecuadamente  su  postulación,  dentro de precisos requisitos que  obedecen  a  principios lógicos y jurídicos universales, en el entendido que a  esta  sede  arriba  el  fallo  prevalido  de  un  doble  carácter  de acierto y  legalidad,  solo  destronable a partir de la definición precisa y objetivamente  fundamentada,  de  que  la  sentencia  comporta un yerro de tal magnitud, que su  manifestación  en  el  proceso  asoma  ostensible  y  tiene  por  sí  misma la  virtualidad  de  obligar  la  revocatoria  de  lo  decidido  o, cuando menos, su  modificación trascendente.   

        No   se   trata,  entonces,  de  que  la  parte  vencida  en  ambas  instancias,  o  en  la segunda, busque de nuevo traer a colación los argumentos  allí  planteados  de  forma  infructuosa, con la esperanza que ahora sí tengan  eco  ellos,  sólo  porque  se  contraponen  a  la decisión más autorizada del  fallador.   

        Ni  tampoco,  como  aquí  sucede  y  a  continuación se verá, de  acudir  a  las  causales  de casación apenas como mampara que encubre el simple  interés   por   entronizar   cuestiones   puramente   subjetivas  o  tratar  de  encontrar   en  la invalidez de lo actuado el remedio para la imposibilidad  de  controvertir los argumentos fácticos, jurídicos y probatorios que llevaron  a la expedición del fallo de condena.   

    

1. Demanda   a   nombre   de   José   Críspulo  Rocha  Buitrago     

        Cargo primero.   

        Cuando  se  acude  a  la  vía  directa  de la violación de la ley  sustancial  es deber del demandante realizar un análisis dogmático o jurídico  profundo  que  demuestre  en  esencia  la razón por la cual se estima dejada de  aplicar  o indebidamente aplicada una norma específica, respetando los hechos y  el  análisis  probatorio  realizado por las instancias, pues, precisamente este  es el insumo que sirve de base a la crítica.   

        De  entrada  se  aprecia,  en  lo argumentado por el recurrente, un  completo  desconocimiento  de  los  fundamentos  que soportan la causal aducida,  pues,  no  solo  realiza  una  crítica  anodina,  carente por completo de rigor  conceptual,   a   la   definición   de   tipicidad,  antijuridicidad   y  culpabilidad  realizada  por  el  fallador,  sino  que  soporta fácticamente la controversia en las explicaciones  aducidas  por  los  acusados,  pasando  por  alto que ellas ofrecen hechos harto  diferentes a los que entendieron probados las instancias.   

        Se  repite, como la vía directa escogida representa exclusivamente  una  controversia  jurídica  que busca demostrar cómo la norma escogida por el  sentenciador,  o la interpretación de la misma, no se avienen con lo que regula  la  ley,  la  fundamentación  demanda  aceptar  sin discusión lo que entendió  probado  el funcionario judicial, pues, si parte de otras concepciones fácticas  es  necesario  demostrar  por  qué  las  utilizadas  por  las instancias no son  adecuadas,  lo  que implica remitir a otras causales, por la vía indirecta, que  también  reclaman  adecuada  sustentación, conforme su naturaleza, para que no  representen  apenas  el  punto  de  vista  del  demandante  o  simple alegato de  instancia repudiado por la sede casacional.   

        Esos   hechos   que  entroniza  el  demandante,  a  partir  de  los  cuales  soporta  su  muy  particular  definición  de  inexistencia   de   los   tres   elementos  clásicos  del  delito  –tipicidad,    antijuridicidad    y  culpabilidad-,  precisamente  fueron desechados por ambas instancias, en cuanto,  lejos  de  prohijar que lo ocurrido respondió a un asunto meramente civil en el  cual  de  buena  fe  se presentaron incumplimientos o dificultades, expresamente  advirtió  de  un comportamiento doloso desde sus inicios, encaminado a engañar  y afectar patrimonialmente al denunciante.   

        Bajo  esta  óptica,  es  claro  que el cargo ha de inadmitirse, en  cuanto,  incumple los mínimos fácticos y probatorios  que lo gobiernan.   

        Solo  agrega  la  Corte  que  aún si se advirtieran respetados los  hechos  y  análisis  probatorio  propios  de  los falladores, de ninguna manera  puede  asumirse  suficiente fundamentación el que se tome la norma que gobierna  el  delito  de  estafa  y  sin  mayores auscultaciones  jurídicas  o  dogmáticas,  de  buenas  a  primeras  se digan ajenos a ella los  presupuestos   de  tipicidad,  antijuridicidad  y  culpabilidad,  apenas  porque  ese es el parecer del recurrente.   

        Cargo segundo.   

        Poco  debe  agregar la Corte a lo sostenido en el cargo precedente,  pues,  cuando  el  demandante asume el examen del artículo 246 de la Ley 599 de  2000,  que  tipifica  el  delito  de  estafa,  en lugar de realizar el necesario  análisis    jurídico    o   dogmático   que   permita   verificar  la manera en que la norma fue indebidamente aplicada, ocupa todos  sus  esfuerzos en entregar su visión de lo ocurrido, conforme un muy particular  examen  probatorio  que  ni  siquiera  asume  lo examinado por las instancias al  respecto.   

        Ya  se  dijo,  y no es necesario profundizar en ello, que no es, la  anotada,  forma  adecuada  de  demostrar  la  violación  directa  de la ley, en  cuanto,  el cargo obliga respetar las valoraciones probatorias y hechos asumidos  como ciertos por los falladores.   

        Pero,  si  de  manera distinta el recurrente busca demostrar que lo  ocurrido  no  corresponde  a  una  conducta  punible,  sino apenas al  incumplimiento  civil  de  un contrato,  el  camino  escogido le obligaba determinar que a pesar de haberlo aceptado así  el  Tribunal,  en  lugar  de  absolver  a  los  procesados por  ausencia de  tipicidad,  decidió aplicar la norma que consagra la  estafa como delito.   

        Si  está claro, no obstante, que lejos de ello, el ad quem siempre  advirtió  la  existencia  de  dolo,  por  considerar  que la pretensión de los  acusados    fue   desde   un   comienzo  engañar  al  afectado  para  así obtener ventaja patrimonial en  desmedro    de   este,   de   ninguna   manera   puede   asumirse   aplicada  de  manera indebida la norma que precisamente consagra el ilícito en cuestión.   

        Ahora,  evidente que lo intentado por el impugnante es controvertir  el   examen   delictuoso   que  de  lo  ocurrido  hizo  el  Tribunal,  a  partir  de  exhibir  un  análisis  contrario  de  prueba, fácil se verifica que el cargo  debió  discurrir  dentro  de  los  linderos  de  los  errores de hecho.   

        Pero,  sobra  anotar, como nunca el demandante explicó por qué la  lectura  objetiva  o interpretación probatoria  de las instancias contiene  algún  tipo  de  yerro,  lo suyo no superó el alegato de instancia  que  obliga  inadmitir  el  cargo ante al ostensible ausencia de  fundamentación.   

       Cargo tercero.   

       Contumaz  se  ofrece la pretensión del  recurrente  dirigida  a  encontrar  de  alguna forma la violación directa de la  ley,   que   surge   de   estimar   ajena   al   delito   la   conducta  de  los  acusados.   

       En  ese emprendimiento inútil, ahora, en el tercer cargo, asevera  que  se  dejó  de  aplicar  el  artículo 7 de la Ley 600 de 2000, porque en su  sentir     surgen     “de     bulto” algunas dudas.   

       Al   casacionista  debe  indicársele  que  si  lo  pretendido  es  discutir  la  aplicación  del  principio  de  presunción  de  inocencia  y  su  correlato    in    dubio    pro    reo,  el  cargo puede discurrir dentro de  la causal directa o las indirectas.   

       Si  escogió la vía directa de violación de la     ley  sustancial,  esencial  para  la  buena fortuna de lo  propuesto  es demostrar que el Tribunal expresamente reconoció materializada la  duda,  o  mejor,  señalo  indubitablemente que no existe certeza para condenar,  pese  a  lo  cual emitió el fallo adverso a los intereses de los procesados, en  lugar de acudir al artículo 7° en cita.   

       Esto,  se  repite,  porque  la  discusión  no  opera  en el campo  fáctico  o probatorio, sino en el estrictamente jurídico de observar dejada de  aplicar   a   una   situación   concreta,   que   no   se   discute,  la  norma  adecuada.   

       Como  ese  no  fue  el  medio  de  controversia  utilizado  por el  casacionista, huera de sustento se halla la causal.   

       Claro  que  es factible asumir esa duda generadora de absolución,  a  partir  de  la  demostración de que la prueba recogida no es suficiente para  determinar el factor certeza.   

       Pero   si   ello  es  lo  buscado,  es  necesario  que  el impugnante aborde en concreto una de las causales y demuestre  el  yerro  trascendente  que  obliga  mutar  el  fallo,  en lugar de destinar el  espacio  argumental,  como  ya  es  lugar  común  en la demanda, a introducir  su  versión  de lo sucedido, soportada en   lo  que  entiende  interesadamente  arrojan las pruebas.   

       Nada  más  es  necesario,  vista  la absoluta improcedencia de lo  alegado, para inadmitir el cargo.   

       Cargo cuarto.   

       Ahora  el  demandante  dice  que  acude  a  la  vía  indirecta de  violación  de  la  ley,  pero  jamás  precisa  cuál  es el error que pretende  determinar    e   incluso   revela   un   absoluto  desconocimiento  de  la  fundamentación  casacional cuando rotula el cargo como  “VIOLACIÓN INDIRECTA POR INTERPRETACIÓN ERRÓNEA  DE  LA  NORMA  SUSTANCIAL”, pasando por alto que la  vulneración  planteada  no  implica indebida aplicación de la ley sustancial o  errada  su  lectura, en tanto, a ella se llega porque la inadecuada observación  o  valoración  de  los  elementos  de juicio conduce a una definición fáctica  distinta de la real.   

       Para   que  el  casacionista  conozca  la  razón  que  conduce  a  inadmitir  sin  ambages el cargo, la Sala estima pertinente traer a colación lo  que  de  manera  pacífica  y  reiterada  ha sostenido en torno de la violación  indirecta2:   

“2.  En efecto, la violación indirecta  de  la  ley  sustancial, vía de ataque preferida por el libelista para censurar  el  fallo  de  segundo  grado,  está  ligada a la materialización de vicios de  naturaleza   probatoria   de   dos   clases   distintas:   de   derecho   y   de  hecho.   

Los  errores de derecho se subdividen en:  falso  juicio  de  legalidad  y  falso  juicio  de  convicción  vicios  que son  ontológicamente  diferentes. El juicio de legalidad se relaciona con el proceso  de  formación  de  la prueba, con las normas que regulan la manera legítima de  producir  e  incorporar  la  prueba al proceso, con el principio de legalidad en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los presupuestos y las formalidades  exigidas  para  cada  medio,  de  suerte  que el dislate se cristaliza cuando el  fallador  valora  o  aprecia  un  medio  de  prueba que desconoce alguna de esas  ritualidades,  o porque califica de ilegal una que sí las satisface y por tanto  es válida.   

El  juicio de convicción consiste en una  actividad  de  pensamiento  a través de la cual se reconoce el valor que la ley  asigna  a determinadas pruebas, presupone la existencia de una “tarifa legal” en  la  cual  por voluntad de la ley corresponde a las pruebas un valor demostrativo  predeterminado  o  de  persuasión  único  que  no  puede  ser  alterado por el  intérprete;  en  consecuencia,  se  incurrirá  en  error  por  falso juicio de  convicción  cuando  se niega a la prueba ese valor que la ley le atribuye, o se  le  hace  corresponder  uno  distinto.  Sin  embargo,  al  desaparecer la tarifa  probatoria  en  materia  procesal  penal,  sustituida  por el sistema de la sana  crítica  previsto  en  los  artículos  238,257,  277, 282 y 287 del Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000), en principio, no es posible para los  jueces  incurrir  en  errores  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción,  porque   la  legislación  penal en materia de pruebas no somete, por regla  general,   su  raciocinio  a  evaluaciones  dependientes  de  una  tarifa  legal  probatoria.   

Los  errores  probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de  derecho,  obligan  a  quien los invoca a aceptar que la  prueba  respecto  de  la  que  los  alega fue reconocida por el funcionario como  legal,  regular  y  oportunamente allegada al proceso, toda vez que lo discutido  constituye  vicios  fácticos  que  se  desarrollan  en  tres modalidades: falso  juicio de existencia, falso juicio de identidad y falso raciocinio.   

Incurre  en falso juicio de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El falso juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un falso juicio de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente, el falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No  sobra  destacar  que, adicionalmente,  como  es  sabido,  bien  se  trate  de  errores  de  derecho o ya de hecho, tras  demostrar  objetivamente el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o,  lo  que  es  lo  mismo,  que  de no haberse incurrido en él, la declaración de  justicia  hecha  en  sentencia  habría sido distinta y favorable a la parte que  alega el respectivo desaguisado.”   

       Huelga  referir  que el recurrente obvió siquiera perfilar alguna  de   las   circunstancias   casacionales   en  cita,  limitándose  a  transcribir  un amplio apartado de la declaración suscrita por  el  denunciante, de la cual entrevé una muy extraña  “confesión”,   a  partir  de  lo  cual,  citando  las normas que regulan este instituto jurídico,  pretende dejar sin valor el fallo de condena.   

       En      este      punto,  ya  no  cabe  agregar  apenas  que  el demandante desconoce los  mínimos  rudimentos  de  la  casación,  sino elementales conceptos procesales,  pues,  si  no  se  pone en tela de juicio que el señor Pioquinto Quiroga, opera  como  denunciante  y  afectado  de la estafa, mal puede tomarse su declaración,  jurada  por  cierto,  para  señalar  existente  el fenómeno de la confesión y  buscarle   producir  los  condignos  efectos,  únicamente  pasibles  de  asumir  respecto  de  quien  se  reputa sindicado o procesado.   

       Además,  si  lo  pretendido  es  demostrar que la prueba arrimada  conduce   a   conclusiones   diferentes   de  las  adoptadas  por  el  Tribunal,  debe  tener  claro  el  impugnante  que el objeto de  discusión  no  lo  es la prueba en su singularidad, sino lo que de ella leyó o  valoró  esa  corporación y, entonces, para que la argumentación tenga sentido  y    supere    el    alegato    de    instancia,   era   menester   examinar  lo  que  el  ad quem verificó del elemento de juicio en  cuestión,   para  demostrar  que  incurrió  en  un  vicio  trascendente,  como  ampliamente  se  detalla  en  la  transcripción  jurisprudencial  realizada  en  precedencia.   

       Lo  otro, vale decir, el esfuerzo del demandante por hacer ver que  la       presunta      “confesión”  conduce  a  verificar la inexistencia de engaño o dolo en el  actuar  de  los  acusados,  apenas  se  erige  en  inane  alegato, propio de las  instancias ordinarias.   

       Dígase,  por  último,  que  tampoco  lo  citado  del  testimonio  rendido  por  el  denunciante, permite advertir así fuese por vía inferencial,  que de verdad lo ocurrido comprende un asunto estrictamente civil.   

       Esa  transcripción  apenas  refiere la indemnización parcial que  de  lo  pagado con engaños por el afectado, se le hizo, así como su intención  de  llegar  a  un  acuerdo  conciliatorio,  sin  que siquiera por asomo allí se  determine  cómo  se  llegó  a la defraudación patrimonial o cuál pudo ser el  ánimo de los procesados.   

       Suficiente,     lo    anotado,    para    inadmitir    el    cargo  cuarto.   

       Cargo quinto.   

       Nada  diferente  a  lo  anotado en el cargo anterior puede decirse  aquí,  como  quiera que el impugnante persiste en su pretensión de hacer valer  su  interpretación probatoria, por encima de la más  autorizada  del Tribunal, sin perfilar algún tipo de yerro específico y apenas  advirtiendo,    en    auténtica    petición    de    principio    –error  lógico  que  consiste en dar por probado precisamente lo que debe ser objeto de  demostración-,  que  fueron desconocidas las normas que regulan la apreciación  de la prueba.   

       Incluso,  atentando  contra  las  necesarias claridad y precisión  del    cargo,    el   recurrente   combina,   sin   preocuparse   por  fundamentarlas,  dos circunstancias  diferentes,  referidas,  la una, a que no se realizó peritación para demostrar  el   monto  de  los  perjuicios;  y  la  otra,  a  lo  que  arroja  la  supuesta  “confesión”  de  la  víctima  acerca  de  la  inexistencia  de dolo en el  actuar de los acusados.   

       No  precisó  el  demandante  cómo  llegaron  las instancias a la  definición  del  monto  de los perjuicios o en dónde radica el yerro, ni mucho  menos  definió  la razón por la cual era indispensable acudir a un perito para  el  efecto,  con lo que su  crítica queda huérfana de soporte.   

       Y,     como     en     el     tópico     de    la    “confesión”  del  afectado  y sus  efectos,  reiteró lo argumentado en el cargo anterior, a su respuesta se remite  la Corte para evitar innecesarias reiteraciones.   

       Se inadmitirá, conforme lo anotado, el cargo quinto.   

       Cargo sexto.   

       Lo  propuesto  en  sede  de  nulidad  por  el  casacionista  asoma  completamente  artificioso,  en  tanto,  jamás  fue puesta en tela de juicio la  competencia    del   juez   penal   de   jerarquía  del  circuito,  al  punto  que  ni  siquiera ello se  discutió   en   su   sede   natural,  la  audiencia  preparatoria,  ni  tampoco  en  la  apelación  al fallo de primer grado, con lo  cual,  cuando  menos,  se  entiende  que  siempre  los  defensores  se mostraron  conformes  con  la condición del funcionario encargado de tramitar el asunto en  sede de juzgamiento.   

       El   tema,  cuando  se  trata  de  la  determinación  del  monto  de  lo apropiado de forma  ilícita,  no  opera  exacto o determinado a la perfección, precisamente porque  en  ocasiones  los delitos contra el patrimonio económico envuelven aristas que  tornan aleatorio ese monto, o sujeto a definiciones posteriores.   

       En  razón de ello, si bien el artículo 78 de la Ley 600 de 2000,  citado  por  el  casacionista,  regula  que  al  Juez Penal Municipal le compete  conocer  de  los delitos contra el patrimonio económico cuya cuantía no exceda  de  50 salarios mínimos legales mensuales, y después el último inciso precisa  que  ese  valor  se  toma  conforme  los vigentes al  momento   de   la  comisión  de  la  conducta  punible,   ya  después  el  artículo 278 ibídem, advierte:   

“Para  determinar la competencia de las  conductas  punibles  contra  el patrimonio económico, la cuantía y el monto de  la  indemnización,  podrá  ser la que fije el perjudicado bajo la gravedad del  juramento,  siempre  y  cuando  no  sea  impugnada durante la investigación por  cualquiera  de los sujetos procesales, caso en el cual el funcionario decretará  la prueba pericial para establecerla”.   

       Ese   juramento   estimatorio,   cabe  señalar,  si  bien  se advierte esencialmente provisorio, al punto que después  de  la práctica probatoria puede variar sustancialmente, sí representa un hito  necesario   para   la   definición   concreta   de  la  competencia,  en cuyo cometido se atiende a lo dicho por el afectado, ante la  imposibilidad   inicial  de  precisar  el  tópico  y  con  fines  eminentemente  procesales.   

       Pues  bien,  el  recurrente establece varios hitos temporales para  detallar  cómo  en ninguno de ellos lo atribuido a los procesados supera los 50  salarios  mínimos  legales  mensuales, estableciendo sus propios parámetros de  determinación  de  cuantía,  sin tomar en consideración que el asunto, por su  esencia  de delito cometido en varios apartados de tiempo, como así lo definió  el  ad  quem, reputa la posibilidad de muy diferentes  definiciones  de  cuantía,  a cuyo amparo perfectamente puede   asumirse que fue superado ese baremo  a  partir  del  cual  asoma  legítima  la  intervención  del  funcionario  con  categoría del Circuito.   

       Es        así       como  el  fallador  Ad  quem  delimita  que por fuera de los trece  millones     de    pesos    entregados  por  el afectado al inicio de la negociación sobre el inmueble,  este  resultó  afectado  por  los subsecuentes gravámenes que se establecieron  respecto  del  mismo,  ya que los procesados no pagaron, como se comprometieron,  la  deuda  hipotecaria  preexistente;  además,  dijo  el  Tribunal,  la víctima fue despojada  del  usufructo  del  inmueble  y  no  fueron    transferidos   a   su   favor  los  cánones  de  arrendamiento  que  se le prometieron; y, por  último,  se  dejó claro que el daño final estribó  en  la  imposibilidad  de  adquirir  “el estatus de  propietario inscrito”.   

       Con  solo  advertir que el denunciante reseñó haberse pactado le  fueran  entregados los frutos por arrendamiento del inmueble, que correspondían  a  la  suma  de  cuatrocientos mil pesos mensuales, y  que  ellos  le  fueron  negados  durante  el  periodo de 2002 a 2005   –así  después  se  probara  que  fue menos lo percibido  o que el bien no estuvo  arrendado  durante  todos  ese  lapso,  o  que  en  2006 se indemnizó  parte de lo sustraído-, es fácil  concluir,  en  lo que al  juramento  estimatorio  para  efectos de competencia respecta, que perfectamente  lo   inicialmente   asumido  como  cantidad  objeto  de  apropiación  ilícita,  sumados   los  dineros  dejados  de  obtener  por arrendamiento, cada año, a lo efectivamente pagado al  inicio   por  la  víctima,  supera  los  cincuenta  salarios  mínimos  legales  mensuales,   si  se  verifica  en  particular  cada  una  de  esas  anualidades y el momento en el que fue  denunciado       el       hecho       (septiembre      de      2007).   

       En   fin   que,   se  resalta,  si  de  lo  denunciado,   dada   su   indeterminación,  era  factible  asumir  como  cuantía  de  la afectación  patrimonial  una  suma  superior  a los 50 salarios mínimos legales;   y  si  además,  jamás  fue  discutida  ante  las  instancias  ordinarias      la      competencia      penal      en      concreto             –resaltando,  eso  sí,  que  en  la  audiencia  preparatoria  se  alegó  la  nulidad por  estimar   la   defensa   que   el   asunto   es   propio   de  la  jurisdicción  civil-;  no  es  posible  que  ahora  el demandante,  apenas  exponiendo  su  particular  interpretación  del  tema,  controvierta la  validez   de   lo   realizado   por   el  Juez  Penal  del  Circuito,  sin siquiera ocuparse de significar  cómo  esa  asunción de competencia del funcionario  con  rango  de circuito afectó realmente  la  condición sub iudice de los acusados.   

       Ora   porque  lo  alegado  carece  de  sustento  fáctico;  ya  en  atención  a  que,  aún  si  se  dijera  discutible  el  aspecto de competencia  funcional,       lo       ocurrido      fue      convalidado      por   la   defensa;   o,   en   fin,  porque  ningún  efecto  trascendente  produjo  que  en  atención  a  la  indeterminación  absoluta  de la cuantía de lo apropiado, se  escogiera  al  juez  del  circuito  penal  para adelantar la fase del juicio, el  cargo obliga de su inadmisión.   

       Cargo séptimo.   

       Dentro  del  mismo  camino  nulificante por afectación del debido  proceso,  el  casacionista  asegura  que el trámite  seguido  al  asunto  fue  inadecuado,  dado que entiende ocurridos los hechos en  vigencia  de la Ley 906 de 2004 y, por ende, carente de soporte el procedimiento  seguido con base en la Ley 600 de 2000.   

       Para  el  efecto, critica el demandante que efectivamente, como lo  asevera  el  Tribunal,  los hechos se remonten al año 2002, pues, en su sentir,  en  esa  época  “escasamente  el señor PIOQUINTO  QUIROGA  celebró  contrato  de  promesa  compraventa  del  inmueble…”.   

       Nada  más  fundamenta el recurrente para justificar que el asunto  deba  seguirse  por  la  órbita  del  procedimiento acusatorio y ni siquiera se  pronuncia  acerca de las amplias argumentaciones presentadas por el ad quem para  justificar  que  en  el  caso  examinado  se  siguieran  los  derroteros  de  la  Ley 600 de 2000.   

       Esa  escasa  sustentación  resulta  suficiente  para inadmitir el  cargo,  en  tanto,  corresponde  apenas  al parecer del impugnante, despojado de  cualquier  soporte  fáctico  o jurídico; y ni siquiera alegato de instancia se  asume,  como  quiera  que  obvia  referirse  a  lo expresado en contrario por el  Tribunal,   dejando   sin   una   de   sus   aristas   fundamentales  el  debate  dialéctico.   

       Apenas  cabe  anotar,  para  determinar  la  improcedencia  de  lo  alegado  por  el  recurrente,  que  el  ad  quem  en  varios folios se ocupó de  advertir  cómo  la  ilicitud  examinada  operó  en  varios momentos procesales  subsecuentes  y  perfectamente  encadenados  entre  sí,  que  comenzaron con la  suscripción  de  la escritura pública número 3543, del 29 de octubre de 2002,  a  través  de la cual se adquirió el bien inmueble, y se prolongó hasta el 11  de  septiembre de 2007, momento en el que  el  afectado   se  enteró  de  que  no era propietario del  inmueble,  dado  que  había  sido  vendido  a  otra  persona.   

       Con    base    en    jurisprudencia    de   la   Corte,  emitida  el  9  de  julio  de  2008,  en  el radicado 29586, el  juzgador  de  segunda  instancia  detalló cómo esa  sucesión  delictiva  que  se  prolongó en el tiempo e inició en el año 2002,  perfectamente   puede   ser   examinada   bajo   la   luz   de  la  Ley  600  de  2000.   

       Siempre,  así  mismo,  en  los  diferentes estadios procesales se  narraron  los  hechos  como  ocurridos a partir del año 2002, hito indiscutible  marcado   por   la   adquisición   del   inmueble   a   través   de  escritura  pública.   

       Nada   dijo   el   demandante   sobre   esos   serios  argumentos,  limitándose,    como    ya    se    observó,   a  sostener  sin  soporte  fáctico  o jurídico y en  contra  de  toda  evidencia,  que  los hechos apenas  comenzaron en 2006.   

       Acorde  con  lo  expuesto,  emerge  necesario  inadmitir  el cargo  séptimo y, en suma, la demanda de casación en su integridad.   

    

1. Demanda    a    nombre    de    Alcira    Chacón    Mora.     

       Cargo primero.   

       De  forma  amplia  y suficiente el apartado jurisprudencial citado  por  la  Sala  en la respuesta al cargo cuarto de la demanda presentada en favor  de  JOSÉ  CRÍSPULO  ROCHA,  delimitó  la  naturaleza y fines de la violación  indirecta  y, en particular, la forma adecuada de postular el error de hecho por  falso juicio de identidad.   

       Con   ese   como  faro  incontrastable,  apenas  cabe  relevar  la  improcedencia  de  lo  argumentado en el primer cargo por la defensora de ALCIRA  CHACÓN,  en tanto, pasando por alto la condición objetiva del yerro propuesto,  a  cuya  condición  su  demostración  obliga  únicamente  transcribir  lo que  determinada  prueba  contiene,  para  contrastarla  con  lo que de ella leyó el  Tribunal  y  así  verificar  la  inconsonancia,  dedicó  su tiempo a tratar de  entronizar  su  muy  interesada  visión  de  lo que en general los elementos de  juicio  arrimados  a la foliatura contienen, en típico alegato de instancia que  ningún  efecto  produce  en  sede  de  casación, simplemente porque así no se  demuestra   el   error   trascendente   que   obliga   mutar   la   condena   en  absolución.   

       Se  reitera  que  el fallo de segundo grado llega a este escenario  prevalido  de una doble connotación de acierto y legalidad, al tenor de lo cual  su  desquiciamiento  solo  es  posible  cuando  se determina, conforme la causal  específica  y su adecuada fundamentación, que lo decidido vino precedido de un  vicio  con  fuerza  suficiente  para  desvirtuar  el  soporte de la sentencia.   

       La  recurrente  se  limitó  a manifestar su inconformidad con los  fundamentos  de  las sentencias, apenas porque, a su juicio, las pruebas indican  algo diferente.   

       Desde  luego  que  pese a lo rotulado en el cargo, nunca se ocupó  de  definir  algún tipo de yerro objetivo de lectura  de  algún  medio,  o  siquiera,  para  entender  que  lo  suyo  remite al falso  raciocinio,  la  vulneración  de  la  sana  crítica  en su tríada de lógica,  ciencia y experiencia.   

       Por  lo  demás,  tal  cual  se  anotó  al  examinar  la  demanda  anterior,  el objeto de discusión en casación no lo es la prueba en sí misma,  sino  lo  que de ella leyó o valoró el Tribunal, razón por la cual representa  ejercicio  inútil limitarse a transcribir apartados  del  fallo  y  después tomar directamente la prueba  para  de  ella extractar una específica consecuencia, si en el interregno se ha  omitido  definir  cómo  o por qué la conclusión diferente del ad quem incurre  en error.   

       El    cargo,    dadas    sus   falencias   argumentativas,   será  inadmitido.   

       Cargo segundo.   

       La  forma  como  la  demandante  asume el estudio del “Falso   Juicio   de   Raciocinio”  propuesto,  advierte  de  un acomodo apenas formal al  cargo  propuesto,  pues,  si  bien,  expone consecuencias que dice apegadas a la  lógica,   jamás   detalla  la  ilogicidad  de  lo  concluido    por    el    Tribunal,    para    cuyo  efecto  es indispensable, cabe relevar, determinar  cuál es el principio inadecuadamente utilizado por el  ad  quem, cuál es el adecuado y cómo ello incide en la decisión, que    demanda   necesario   examinar  conjuntamente    los  elementos  suasorios,  eliminado  el yerro, a fin de determinar que sin el mismo  ya    la    decisión   de   condena   no se soporta.   

       En    ese   cometido   nada   aportan  afirmaciones  del tenor de  que    “Nunca  en  forma  lógica, de lo  obrante  se  puede  inferir  que  PIOQUINTO  QUIROGA haya sido engañado por los  implicados”,    en    cuanto,   representa   una  apreciación  genérica  despojada  de fundamento e insuficiente para derivar la  existencia   del   yerro   trascendente  que  faculta  la  remisión  del  fallo  condenatorio.   

       De  igual  tenor es la conclusión que remata el cargo, referida a  que:  “si  lo  que se tuvo como indicio son hechos  contradictorios  (no  ciertos)  para mediante una inferencia lógica concluir la  certeza  del  hecho  y  la  responsabilidad, definitivamente estamos frente a un  error  de  hecho  en  la  apreciación  al  no  existir un mínimo de prueba que  permitiera  inferir  el  hecho  y  la autoría o participación de ALCIRA CHACON  MORA   en   la   estafa  agravada  por  la  que  resultó  condenada”.   

       Cuando  se  advierte de la inexistencia del mínimo de prueba para  condenar,  apenas  se  está revelando una postura particular que en nada incide  sobre  lo  decidido en el fallo, ausente como se halla la explicación del yerro  concreto  y  sus  efectos,  por  manera que la ninguna fundamentación del cargo  implica obligada su inadmisión.   

       Cargos  tercero         y         cuarto.   

       La  Corte  resolverá  en un mismo acápite ambos cargos, dado que  se   refieren   a  igual  tópico    –cuándo  consagra  la  ley que puede registrarse una compraventa de inmuebles- y lo dicho  sobre uno necesariamente resuelve el otro.   

       Así,  la  forma  como  se  plantea el  cargo  tercero lo vuelve  bastante  ambiguo,  como  quiera  que  si  lo planteado es un error de hecho por  falso   juicio   de   existencia   por   suposición,  lo  obligado  es  definir  específicamente  el  apartado  del  fallo  donde  se  relaciona como soporte de  alguno   de   los   hechos   determinados  demostrados  un  elemento  de  juicio  inexistente,  en  el  entendido  que la vulneración  opera     objetiva     y     su    demostración    deriva    de    la    simple  confrontación.   

       Empero,  la  crítica  intentada  por  la  demandante abandona por  completo  la  causal  anunciada,  pues,  a  través  de  la  misma  apenas busca  controvertir  la  manifestación de  las instancias atinente a la demora en  registrar la escritura de compraventa del bien inmueble.   

       En  contrario,  advierte  la  casacionista que ante la falta de un  término  contractual  para el registro y consagrando la ley un plazo máximo de  dos  meses  a ese efecto,  lo dicho por las instancias aparece carente de soporte.   

       Sin   embargo,  la  manifestación  de  la    recurrente    se    observa    completamente  intrascendente,   pues,   lo   expresado   por  las  instancias  no  refiere  al  incumplimiento  de  determinada  norma  legal  o a la aplicación de un concreto  criterio  que consagre la facultad de registro, sino al hecho escueto, para nada  discutido  o  controvertido,  que  en  lugar de hacer ese registro de inmediato,  como  es  factible,  se  haya  dejado pasar casi dos  meses,  lapso  que  precisamente permitió perfeccionar las maniobras engañosas  encaminadas a afectar patrimonialmente a la víctima.   

       No  es,  entonces,  que  se hubiese pasado por alto lo dicho en la  ley  o  que  debiera  registrarse  un  soporte  legal  de  lo  sostenido por las  instancias,  sino  que  estas  advirtieron  amplio  el término esperado para el  registro  –obvio que si  se  pudo  registrar  a  los  50  días el negocio, no habían sido superados los  límites  legales  para el efecto- y de ello coligieron otra arista demostrativa  del    interés    de   perjudicar   al   comprador   del   inmueble,  en tanto, durante el interregno se decretó, el 18 de noviembre  de   2002,   el   embargo   del   bien, que seguía a nombre del vendedor.   

       Es  así  que  el  Tribunal  destacó como inoportuno el registro,  dado  que por ocasión de la demora fue posible gravar el inmueble en detrimento  de  los intereses del denunciante.  Desde  luego,  el  que  la  ley  consagre  un  plazo  máximo para  legalizar  el  registro  de  una escritura pública, no significa necesariamente  que  dejar  pasar  todo  ese plazo deba considerarse oportuno, pues, se trata de  dos  categorías  del  conocimiento  diferentes,  que  obedecen a circunstancias  distintas y aparejan diversas consecuencias.   

       Es  claro,  de  esta forma,  que  no  se trata de algún tipo de error de las instancias, ni  mucho  menos  del  falso juicio de existencia  o  la   falta  de  aplicación  de  la  ley  sustancial  planteados por la casacionista.   

       Además,  si de verdad existiese alguno  de        los       dos       yerros         propuestos,   de   allí   no   se  sigue  una  consecuencia  material  efectiva en punto de modificar la sentencia,   en   tanto,  la  recurrente  obvió  referirse    a    la    trascendencia    de    los  mismos,  para  lo  cual  era  menester  abordar  la  totalidad    del   plexo   probatorio,   ya   eliminado   el   vicio  o vicios, a fin de determinar que sin  ellos  ya no se sostiene  la condena.   

       Limitados  los  cargos a referir  los  máximos  permitidos  por la ley para registrar una escritura, sin siquiera  precisar  por  qué  se  dice  que  en  ese  elemento  de  falta  de oportunidad  “los  jueces  de  instancia  basan  el  juicio  de  responsabilidad”,  es  claro  que se construyeron  sin   soporte   y   con  mucho  alejados  de  los  mínimos  de  fundamentación  que  se  exigen  para la  determinación  del  vicio  trascendente  a  partir del cual se obliga modificar  el fallo.   

       Estos     los     motivos     para     inadmitir     los  cargos  en                reseña.    

       Cargos  quinto          y          sexto.   

       También  guardan unidad temática y se refieren al mismo aspecto,  que  rotula  apenas la impugnante como “Aplicación  indebida    de    perjuicios”   y   “aplicación      indebida      en     la     estimación     de  perjuicios”,  bajo  lo  cual,  al  parecer,  busca  señalar  que  lo  determinado  por  el  funcionario  de primera instancia no se  aviene con la consagración legal.   

       Al  respecto,  parte  por  advertir  que  la  definición  de  los  perjuicios  desconoció  los  artículos 1608 del Código Civil y 90 del Código  de Procedimiento Civil.   

       En  el  otro  cargo  significa  que  no debieron pagarse intereses  corrientes, sino legales.   

       Empero,  la  Corte  verifica  que la demandante carece de interés  para  postular  estos  dos  yerros  en  concreto, como quiera que determinada la  indemnización  de  perjuicios en el fallo de primera instancia, es evidente que  el  escrito  de apelación presentado por la misma defensora que hoy se ocupa de  la  demanda  de casación, no consideró este aspecto como uno de los propios de  controversia  ante  el  ad quem, lo cual significa en estricto sentido jurídico  que  lo  estimó  adecuado y por ello mal puede ahora  discutirlo en sede extraordinaria.   

Al   efecto,   basta  traer  a  colación  pronunciamiento  de  la  Sala,  que  reitera  la pacífica jurisprudencia que al  respecto        se        ha        proferido3:   

“La  Corte  ha  señalado  de  manera  reiterada  que  constituye presupuesto del derecho a la impugnación el interés  jurídico  del  sujeto  procesal  que  pretende,  a través del ejercicio de los  recursos,  la  reparación  de  un  desmedro causado con una decisión judicial,  cuando  lo  que  se  persigue es remover, mejorar o atemperar una situación que  resulta   gravosa,   criterio   desde   luego   extensivo   y   aplicable  a  la  casación.   

En   ese   orden   de   ideas,   la  no  interposición  o  sustentación debida del recurso de apelación respecto de la  sentencia  de  primer  grado es señal de conformidad del sujeto procesal con el  contenido  de  tal  providencia,  razón  por  la  cual  carecerá  de  interés  jurídico  para impugnar la de segunda instancia quien invoque a última hora un  agravio con el fin de legitimarse en esta sede.   

En  otras  palabras, si cualquiera de las  partes  se abstiene de interponer o sustentar en tiempo el recurso de apelación  contra  la sentencia de primera instancia, estando en condiciones de hacerlo, se  ha  de  entender que se muestra conforme con la decisión proferida y el ad quem  no  puede,  por  su  iniciativa,  entrar  a  examinar  su  situación, como así  también   la   Sala   lo  ha  precisado  en  relación  con  el  sistema  penal  acusatorio4.   

Igualmente,  se  ha  sostenido  que  ese  imperativo     sólo     está    exceptuado    frente    a    las    siguientes  hipótesis:   

1.-            Cuando aparezca demostrado que  arbitrariamente    se    le    impidió    el    ejercicio    del   recurso   de  instancia.   

2.-             Cuando el fallo de segundo grado  modifique  su  situación  jurídica,  de  manera  negativa, desventajosa o más  gravosa.   

3.-               Cuando  se  trate  de  fallos  consultables  que  causen  perjuicio,  para  los  eventos  en  que  aún resulte  procedente.   

4.-              Cuando  el  sujeto  procesal  proponga nulidad por la vía extraordinaria.   

La  falta de interés para recurrir, para  los  eventos  en que se ha dejado de impugnar la sentencia de primera instancia,  con  las  salvedades  planteadas,  se  predica  de todos los sujetos procesales,  partes   e   intervinientes,  sin  privilegio  distinto  del  que  pueda  surgir  normativamente.   

A  partir  del anterior marco conceptual,  precisa  la  Sala  que  la  defensa no cumplió con la obligación de interponer  recurso  de  apelación contra el fallo de primer grado en relación con el tema  específico  que  plantea en el segundo reparo del libelo casacional, al indicar  que  se  incurrió  en  violación  directa  de la ley sustancial derivada de la  inaplicación  del  descuento  de  la mitad de la pena a favor de sus defendidos  previsto  en  el  artículo  351  de la Ley 906 de 2004 no obstante que desde el  comienzo  de  la actuación aceptaron su participación en los hechos -dicho sea  de  paso  el  único  argumento inteligible de esta disertación-, circunstancia  que  evidentemente  lo  margina  de  la  posibilidad de efectuar reproche alguno  sobre ese aspecto por vía del recurso extraordinario de casación.   

En efecto, una revisión de los argumentos  que  expuso  la  defensa  en  procura  de sustentar el recurso de apelación que  interpuso  contra  el  fallo  de primer grado, permite advertir que no existe la  necesaria  identidad  temática  para  tener  como satisfecho el presupuesto del  interés  que  franquee  el acceso al medio extraordinario de impugnación, pues  en  aquella  oportunidad los puntos que concentraron la atención del impugnante  y,  por  ende,  del  Tribunal  al  resolverlo en uso de su competencia limitada,  giraron  en  derredor  de  que se incurrió en yerro al dosificar la pena porque  solamente  se concedió un descuento de una quinta parte cuando debió ser de la  tercera  y  porque no se debió partir del rango máximo del primer cuarto de la  pena,  en  consideración  a  que  no  concurrían circunstancias de agravación  punitiva.   

Así las cosas, como la inconformidad del  impugnante  en casación versa sobre un aspecto que no fue objeto del recurso de  apelación  que el defensor instauró contra la sentencia de primer grado y que,  por  lo  mismo, tampoco fue objeto de pronunciamiento en la sentencia de segunda  instancia,  es  evidente  su  falta  de  interés  jurídico  para  alegarlo  en  casación.   

Por  otro lado, es claro, además, que no  le  es  permitido  alegar  en  su favor la conjugación de una cualquiera de las  cuatro  hipótesis  referidas  en  precedencia  como  excepción  a  la carga de  impugnar  la  sentencia  de  primer  grado  sobre  el mismo tópico que es ahora  objeto  del  recurso  extraordinario de casación, en cuanto la de segundo grado  confirmó,   en   lo  que  fue  objeto  de  impugnación,  el  fallo  recurrido.   

Como  el  requisito  del  interés  para  recurrir   es   un   presupuesto   para   acceder  al  medio  extraordinario  de  impugnación,  de  conformidad con lo dispuesto en el referido artículo 184 del  estatuto  procesal  penal,  la decisión que razonablemente corresponde adoptar,  de  acuerdo con la misma preceptiva, es la de inadmitir el reparo, sin que de su  contenido  surja  la  necesidad  de emitir pronunciamiento de fondo para cumplir  alguno de sus fines superando esta falencia”.   

       Es  claro que el objeto de examen  en  el  recurso extraordinario de casación lo es el fallo  de  segundo grado, en el entendido que lo allí consignado ratifica la decisión  de  primera instancia, si ambas tienen la misma consecuencia y no se contradicen  en su sustentación.   

       Pero,  si  ante  la  segunda  instancia  no  se  controvirtió  un  determinado  aspecto,  mal puede atribuirse algún tipo de yerro ratificatorio u  omisión,  con  excepción  de  los  casos  en los cuales se vulneran garantías  fundamentales,   que   obligan   la   intervención   de   oficio,  precisamente  porque  al ad quem no se le pidió que sobre el tema  se  refiriera,  en  anuencia  que  resulta  suficiente para explicar la falta de  interés.   

       La  sola  lectura  del  escrito  de  apelación  presentado por la  defensora  de la acusada ALCIRA CHACÓN MORA, permite verificar inconcuso que su  crítica    estribó    exclusivamente    en    la    definición   de  la  conducta  como un asunto eminentemente civil, en razón de  lo cual alegó su atipicidad.   

       Además,  envió  dos escritos al Tribunal, en los cuales hizo ver  el  presunto comportamiento del afectado, quien al parecer perseguía en proceso  ejecutivo el bien objeto de controversia.   

       Nunca,  debe precisarse, la defensora se mostró en desacuerdo con  el  monto  de  los perjuicios o la forma en que se actualiza su valor al día de  hoy.   

       Ello  significa, se reitera, que aceptó la determinación que del  daño  hizo el A quo, así  que hoy no cuenta con interés para discutirlo en casación.   

       Ahora,  si  se  dijera  que la profesional del derecho que atiende  los   intereses   defensivos   de   ALCIRA  CHACÓN  MORA,  sí  cuenta  con  interés  para  acceder  al  recurso  de  casación  en  lo  que  toca  con  los perjuicios dispuestos por el  fallador  de  primer  grado,  es  lo  cierto  que  en  su caso no se cumplen los  requisitos  legales  para  acceder a la vía extraordinaria en lo que al tópico  refiere, dada la cuantía  de lo discutido.   

       Sobre    el   particular,   la   Sala  recientemente                 anotó5:   

“En efecto,  según  el  artículo  208 de la Ley 600 de 2000, Código de Procedimiento Penal  aplicable  para  el  presente asunto, si la casación sólo tiene como objeto lo  atinente  a  la  indemnización de perjuicios, como sucede en este caso, tendrá  que  fundarse  en  las  causales  y la cuantía que dispone el estatuto procesal  civil, sin consideración a la pena señalada para el delito.   

Al respecto, el artículo 366 del Código  de  Procedimiento  Civil, modificado por el artículo 1º de la Ley 592 de 2000,  señala  que  la  casación  procede “cuando el valor actual de la resolución  desfavorable  al  recurrente  sea  o  exceda  de cuatrocientos veinticinco (425)  salarios mínimos legales mensuales vigentes”.   

Así  mismo,  la  Sala ha indicado que el  valor  de la afectación patrimonial susceptible de comparación con la norma es  aquél  que  se  encuentra  vigente  al  momento en el cual ha sido proferida la  sentencia de segunda instancia. De acuerdo con la Corte:   

“[…]  [L]a cuantía del interés para  recurrir  en  casación  se  determina  para  la  fecha  del  fallo  de  segunda  instancia,  que  es la decisión objeto de impugnación extraordinaria, en tanto  que  allí  se  decide  si  se  impone  la afectación patrimonial cuya cuantía  habrá  de  determinar  la  viabilidad  jurídica  de  censurar el fallo en este  puntual                  aspecto”6.   

       Bajo  la égida del apartado jurisprudencial transcrito, inconcuso  que  el  fallo  de  segundo  grado fue expedido en el presente año, la cuantía  para  discutir el aspecto eminentemente patrimonial, conforme lo referido en los  cargos  quinto y sexto por  la  recurrente,  asciende  a  la suma de $250.537.500,    que    resulta   de  multiplicar el salario mínimo actual, $589.500, por 425.   

       Desde  luego  que  esa cifra es superlativamente mayor al monto de  algo  más de veintitrés millones de pesos fijados como indemnización por el A  quo.   

       En  consecuencia,  no  puede  la defensora de la procesada CHACÓN  MORA,  en el caso concreto, acudir al medio casacional para discutir el monto de  la indemnización de perjuicios.   

       Los   cargos    quinto   y   sexto,  por  todo  lo  dicho  en  precedencia, deben ser inadmitidos.   

       Cargo séptimo.   

       La  recurrente  parece dirigir adecuadamente el cargo cuando acude  a  la  vía  directa  de  la  violación de la ley sustancial y significa que se  aplicó  indebidamente  el  artículo  246  de la Ley 599 de 2000, que remite al  delito  de estafa, en lugar de hacer valer el artículo 249 ibídem, regulatorio  del ilícito de abuso de confianza.   

       Para  el  efecto, se basa en los hechos  que    dice    tomados    como    ciertos    por   el   Tribunal,   especialmente,   la   afirmación   referida   a   que  el  primer  momento  consumativo del  ilícito   operó   cuando   se   dejó   de   registrar   la   compraventa  del  bien.   

       En  sentir  de  la defensora, si efectivamente el delito empezó a  ejecutarse  cuando  ya,  a  través de la compraventa, los procesados tenían la  administración  del bien, la adecuación típica correcta no remite a la estafa  sino  al   abuso  de  confianza,  pues,  el  dolo  aparece  posterior  a la  adquisición  del  inmueble  y  no  previo, como se exige en la primera ilicitud  citada.   

       Ocurre,  sin  embargo,  que  el  cargo  parte  de  dos  hipótesis  fácticas erradas, sin las cuales pierde su esencia.   

       En  efecto,  no  es  cierto  que  los  falladores advirtiesen como  primer  momento  consumativo  de  la  ilicitud  el  referido  a  la  omisión de  registrar la compraventa.   

       De  manera contraria, clara y expresamente el Tribunal aseveró en  el  fallo  atacado  que  las  maquinaciones  tendientes  a  engañar al afectado  nacieron  desde el momento mismo de la celebración del contrato de compraventa,  vale  decir,  desde  antes  de  hacerse  a  la  administración del inmueble los  procesados  y  previo  también,  huelga  referirlo, a la entrega del dinero por  parte  del  denunciante,  pues,  esa  diligencia  constituyó  parte  del  ardid  fraguado por aquellos.   

       Así,   tajantemente,   lo   expresó   el   ad   quem7:   

“En este sentido, encuentra el Tribunal  que  la  génesis  de  la  maquinación calculada se encuentra en el contrato de  compraventa  de fecha 29 de octubre de 2002, suscrito por MESÍAS CASTRO TORRES,  PIOQUINTO  QUIROGA  y  ALCIRA  CHACÓN  MORA, ya que esta última, integra, como  compradora,  el  negocio  jurídico  descrito,  de  cara a echar a andar el plan  criminal    que   trazó   junto   con   su   esposo   JOSÉ   CRÍSPULO   ROCHA  BUITRAGO.”   

       Evidente  se aprecia que el ad quem refiere la existencia del plan  criminal  –dolo previo  consustancial  al  delito  de estafa- con antelación a ese inicial pacto  contractual,  con  lo  que  se  deja  sin  piso fáctico el  núcleo  de  lo postulado en el cargo, referido a que  supuestamente  el dolo nació con posterioridad a la  celebración del negocio jurídico.   

       Pero,  además,  la  demandante deja deslizar que lo adquirido fue  la  “administración”  del  bien –significando  que  el  delito  tuvo  como  objeto la propiedad del  mismo-,  sin precisar cómo ello tiene que ver con la  ilicitud,  si  en  cuenta se tiene que el a quo fijó el daño patrimonial en el  dinero  entregado  por  el  afectado,  trece  millones,  de lo cual se sigue que  el ilícito fue entendido  en  principio  no  como el despojo del inmueble, sino en calidad de trama urdida  para despojar de esa y otras sumas a la víctima.   

       Suficientes,       las       consideraciones       anotadas, para inadmitir el cargo.   

       Cargo octavo.   

       Cuando  acude  al  factor  de invalidez de parte de lo actuado por  violación  del  principio  de  investigación  integral,  la  demandante parece  olvidar  que  el  debido  proceso no solo implica recabar las pruebas necesarias  para    el    perfeccionamiento   de   la   investigación,   sino   adecuar   esa   tarea   a   mínimos  procedimentales,  pues,  un  trámite signado por el  principio   antecedente   consecuente  de  compartimientos  estancos  impide  la  práctica   probatoria   en   todos   los   momentos,  independiente      de     su     necesidad     o  justeza.   

       Para   el  caso  concreto,  de  manera  expresa  y  suficiente  el  Tribunal,  citando jurisprudencia pertinente de la Corte, advirtió a la defensa  que  no  era  posible acceder a su pretensión de solicitar certificaciones a la  Oficina  de  Registro  de  Instrumentos Públicos, para verificar si el afectado  adelanta  o  no  proceso ejecutivo contra quien figura propietario del inmueble,  dada  la  absoluta  extemporaneidad  de  la  solicitud  y  la  imposibilidad  de  practicar  pruebas  en  segunda instancia, cuando del trámite de apelación del  fallo de condena se trata.   

       Y  ello  es  apenas  natural,  como  quiera que la competencia del  fallador  de segundo grado opera precisamente en atención a la controversia que  se  suscita frente a los argumentos del sentenciador  de  primera  instancia,  basados en elementos de juicio allegados allí, sin que  sea  posible, so pena de desnaturalizar la apelación, presentar nuevas pruebas,  entre  otras  razones,  porque  respecto  de  las  mismas  no  se  han  ejercido  mínimos   de   verificación   de   conducencia  y  pertinencia  o validez, ni tampoco se ha permitido contradecirlas por   las   partes   contra las cuales pretenden aducirse.   

       De  esta  manera,  no  es  posible  que  con  el  pretexto  de  la  investigación   integral  busque  entronizarse  ante  el  fallador  de  segunda  instancia  una  prueba  completamente  extemporánea,  ni tampoco es factible su  consideración por el funcionario judicial.   

       Y,   si  la  casacionista  admite  que  los  elementos  de  juicio  pretendidos  integrar  al  plenario  en  curso  de la apelación del fallo, solo  fueron  conocidos por la defensa en ese momento, es claro que nunca la Fiscalía  o  el  juzgador  A  quo vulneraron el  principio aducido por la recurrente,  dado  que  también  desconocían  los  documentos en cuestión y, sobra anotar,  jamás  solicitud  oportuna  en  ese sentido les fue  planteada.   

       Nunca,   finalmente,   la  impugnante  controvirtió  las  razones  jurídicas  y  jurisprudenciales  que soportaron la negativa del Ad quem a tomar  en  consideración lo aportado o solicitar las certificaciones reclamadas por la  defensa,   con   lo   cual,   el   cargo   apenas   se  soporta  en  la  tozudez  argumental   que  pretende  anteponer  sin  mayores  fundamentos a lo decidido por la Corporación.   

       En  consideración  a lo expuesto, también el último cargo será  inadmitido.   

       En  suma,  las ostensibles falencias de  sustentación     asoman     suficientes     para     inadmitir     ambas  demandas,  como  quiera  que la  Sala   no   advierte   en   el   trámite   o   el   contenido  de  los  fallos,  vulneración    de  garantías fundamentales que imponga su intervención oficiosa.   

       En   mérito  de  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

       INADMITIR         las  demandas  de  casación  presentadas    por  los defensores   de  los          procesados  JOSÉ  CRÍSPULO  ROCHA  BUITRAGO y  ALCIRA CHACÓN MORA.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ CAMACHO                                        FERNANDO A. CASTRO CABALLERO   

  I M P E D I D O  

EUGENIO  FERNÁNDEZ  CARLIER                                        MARÍA      DEL      ROSARIO     GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO       ENRIQUE      MALO  FERNÁNDEZ          EYDER PATIÑO CABRERA   

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

1  Sentencia 00161 del 13 de mayo de 2010   

2 Auto  del 10 de octubre de 2007, radicado 22.597   

3  Entre  otros,  autos  del 23 de enero de 2008, y 22 de julio, 14 de septiembre y  21   de   octubre   de   2009,   Radicados  27.278,  32.245,  32.021  y  32.467,  respectivamente.   

4  Cfr.  Sentencias  del  11  de  abril  y  18 de julio de 2007, Radicados 26.128 y  26.255, en su orden.   

5  Sentencia del 17 de junio de 2013, radicado 40798   

6 Auto  de 16 de junio de 2004, radicación 20625.   

7 Folio  23 del fallo de segundo grado.     

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