39537(15-05-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  MUÑOZ   

Aprobado Acta No. 148.  

Bogotá  D.C.,  mayo  quince (15) de dos mil  trece (2013)   

VISTOS  

Procede  la  Corporación  a  constatar  el  cumplimiento  de  las  exigencias de crítica lógica y suficiente acreditación  en  la  demanda casacional presentada por el defensor del procesado WILLIAM  GALLEGO MORA, contra la sentencia  de  segunda  instancia proferida por el Tribunal Superior de Cali el 27 de marzo  de  2012,  confirmatoria de la dictada por el Juzgado Primero Penal del Circuito  Especializado  de  la  misma  ciudad  el  25  de  marzo  de 2011, por cuyo medio  condenó  al  mencionado  ciudadano  como  coautor  penalmente  responsable  del  concurso   de   delitos  de  homicidio  agravado  en  el  Teniente  Francisco  Javier  Parra  Argüello, porte  de  arma  de  fuego  de uso privativo de las fuerzas armadas agravado y porte de  arma de fuego de defensa personal agravado.   

HECHOS  

Aproximadamente a las cuatro de la tarde del  29   de  septiembre  de  2008,  cuando  el  Teniente  de  la  Policía  Nacional  Francisco    Javier   Parra   Argüello  se  encontraba  a bordo de un vehículo particular en la Autopista  Simón  Bolívar  de  Cali, fue sorprendido por un individuo que percutió en su  contra  un  arma  de  fuego  y  luego  otra,  causándole múltiples heridas que  determinaron su deceso.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

El 21 de noviembre de 2012 a instancia de la  Fiscalía  el Juzgado Doce Penal Municipal con función de control de garantías  de  Cali  expidió  orden  de  captura  contra WILLIAM  GALLEGO, materializada el 26 de marzo de 2009. Al día  siguiente,  en  audiencia  realizada en el Juzgado Dieciocho Penal Municipal con  función  de  control  de  garantías  de  la  misma  ciudad,  se  impartió  la  legalización  de  la  captura,  diligencia en la que la Fiscalía le imputó la  comisión  del  concurso  de delitos de homicidio agravado, porte ilegal de arma  de  fuego  de  uso  privativo  de las fuerzas armadas agravado y porte ilegal de  arma de fuego de defensa personal agravado, la cual no aceptó.   

En  la  misma  ocasión  a  pedido  del ente  acusador  le  fue  impuesta  medida de aseguramiento de detención preventiva en  establecimiento carcelario.   

          Presentado  el  escrito  de  acusación,  el  21  de mayo de 2009 se  realizó  la  correspondiente  audiencia,  oportunidad en la cual se imputaron a  GALLEGO  MORA  los  mismos  punibles que sustentaron la medida de aseguramiento.   

Surtida  la fase del debate oral, el Juzgado  Primero  Penal del Circuito Especializado de Cali profirió fallo el 25 de marzo  de  2011,  por  medio  del  cual  condenó  a  WILLIAM  GALLEGO  a  la pena principal de cuatrocientos treinta  (430)  meses  de  prisión y a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio  de   derechos  y  funciones  públicas  por  veinte  (20)  años,  como  coautor  penalmente  responsable  del concurso de delitos por el objeto de acusación. En  la  misma providencia le negó la suspensión condicional de la ejecución de la  pena y la prisión domiciliaria.   

          Impugnada  la  sentencia  por  la  defensa,  fue  confirmada  por el  Tribunal  Superior de Cali mediante proveído del 27 de marzo de 2012, decisión  contra  la  cual  el  defensor  interpuso  recurso extraordinario de casación y  luego  de  conseguir  el  procesado  la prórroga del término para sustentarlo,  otro  profesional  allegó  la  correspondiente  demanda,  cuya admisibilidad se  examina en este auto.   

EL LIBELO  

Al  amparo de la causal tercera de casación  establecida  en el artículo 181 de la Ley 906 de 2004, el recurrente manifiesta  que   el   ad  quem  violó  indirectamente  la ley sustancial por falta de aplicación del artículo 7º del  estatuto   procesal  (in  dubio  pro  reo)  y  aplicación indebida de los artículos 9, 10, 11, 12, 22, 103,  104  y  365  de  la  Ley  599  de  2000, derivada de errores de hecho por falsos  juicios de identidad y falsos raciocinios.   

          En  la  demostración del cargo aduce que hubo falsos raciocinios en  la  apreciación  del  testimonio de Edison Sepúlveda  Hernández  recibido  en  el juicio oral; acto seguido  procede   a   transcribirlo   in  extenso,  para  luego  reproducir  ampliamente  lo  que  sobre tal medio de  convicción  expresó  el  Tribunal.  Entonces  advera  que  el  juez  colegiado  apreció  conjuntamente  lo  dicho  por  el  citado ciudadano y por Hugo  William Santacruz García, y procede  a  sintetizar  lo  expuesto  por  el último de los nombrados, para destacar que  éste  dijo  que  el atacante usaba una gorra blanca, era como de 1.75 metros de  estatura,  utilizó  un  fusil  AK 47, pero le fue imposible observar su tipo de  cabello,    pese   a   que   el   ataque   se   produjo   a   dos   metros   del  vehículo.   

          Asevera  el defensor que no se trata “de  una  insignificante  imprecisión  de los relatos en punto de esta circunstancia  relacionada     con     esa    (sic)    aditamento  o prenda descrita como una gorra, sino por el contrario  de  una mayúscula contradicción que se ve relacionada con la posibilidad o con  la  imposibilidad  de  apreciar  y  correlativamente  de  descubrir  los  rasgos  característicos   del   cabello   de  la  persona  que  es  señalada  como  el  (sic)  causante de la muerte  de  una  persona  en  las  circunstancias relacionadas en apartes anteriores; de  ahí  la trascendencia que se proyecta de esta transgresión de la sana crítica  por   desconocimiento   de   esta   regla   de   experiencia  común”.   

          Entonces     advera     que    el    ad  quem  violó  las reglas de la experiencia al concluir  que  los  citados  declarantes  (en  especial  Edison  Sepúlveda  Hernández), presenciaron los hechos aquí  investigados     en     todos     sus     pormenores,    pues    “desconoce  una regla de experiencia común que inequívocamente nos  indica  que  ante  una  agresión con (sic)  esa  magnitud,  que incluía el disparo de un arma o de dos armas  de  fuego en repetidas ocasiones y a esa escasa distancia como lo refieren estas  personas,  la  acción  generalizada  y  normal de cualquier ser humano es la de  protegerse  para no terminar siendo víctima del mismo atentado, lo que en dicha  perspectiva  implica  no  quedarse  quieto o impávido observando con precisión  los  pormenores  del  fatídico hecho, sino por el contrario, insístase, buscar  inmediato  resguardo  o refugio lo que obviamente requiere la rápida salida del  radio   de   acción   del   atacante”;   error  de  apreciación  probatoria  que de no haberse presentado habría impuesto rechazar  el   relato   de   Sepúlveda  Hernández por ser contrario a la verdad.   

          Añade   que  también  se  desconoció  una  regla  de  experiencia  referida  a  que  “una persona no puede accionar una  pistola     y     un    fusil    en    el    contexto    temporo    –  espacial  relacionado  por  Edison  Sepúlveda      Hernández”,     “la  experiencia  común  inequívocamente  nos  indica que el mismo  sujeto  simultáneamente no puede realizar esas dos acciones que se le atribuyen  en   forma   disímil   por   parte   de   estos   dos   declarantes”.   

          También  deplora  que no se haya precisado la estatura del agresor,  pues no se supo si tenía 1,75 o 1,65 metros.   

          En   sentido   similar   dice  que  se  desconoció  “la  regla  de  la experiencia común que nos indica que una persona  no   puede   portar   una   gorra   de   un   específico   color   –       blanco       –    que    impida    observar   las  características  de  su  cabello  y simultáneamente, esto es, en ese momento y  lugar,  aparecer  sin  ningún  elemento  en  su  cabeza lo que por el contrario  posibilitó    la    constatación    de    dicho    rasgo   físico”.   

          De  otra  parte,  el  recurrente  afirma que el testigo Sepúlveda  dijo  que  no había visto al  agresor  desde  el día de los hechos, pero más adelante refirió que si lo vio  antes  en  la  sala  de  audiencias,  luego  el  Tribunal  violó la regla de la  experiencia,  según la cual no es posible “no haber  observado  otra  vez a una persona desde hechos referidos hace dos años y luego  señalar  todo  lo  contrario,  esto  es,  que  si la acababa de ver llegando al  extremo     de     describir     la     vestimenta    que    portaba”.   

          Advierte  que  mientras  un testigo dijo que el vehículo en el cual  se  desplazaba  la  víctima  era de cuatro puertas, el otro refirió que tenía  dos  puertas,  de  modo  que  no puede excusarse la imprecisión de Sepúlveda    Hernández    sobre    el  particular,   quien   dijo   haberse   acercado   al   automotor  luego  de  los  acontecimientos  investigados,  máxime  si  técnicamente se estableció que el  vehículo tenía cinco puertas.   

          Considera  que  se  violó un postulado de la lógica al ponderar el  retrato  hablado  que  se  realizó  con  base  en  lo expuesto por Sepúlveda   Hernández,  pues  no  media  identidad entre los rasgos del retrato y los del acusado.   

          Asevera  el  demandante  que el Tribunal incurrió en falsos juicios  de  identidad  al  evaluar  lo  declarado  por William  Henao,  Ana  Celeita Romero y  Néstor  Perlaza  Ruiz,  pues cercenó algunas partes.  Luego  de  transcribir  fragmentos  del fallo en el cual se explican las razones  por  las  cuales  se les resta credibilidad en punto de demostrar que el día de  los  hechos  WILLIAM GALLEGO  se  encontraba  en el municipio de La Dorada, transcribe apartes de lo declarado  por  los dos primeros, para después señalar que se omitió tener en cuenta que  ellos  mismos  dijeron que el acusado estaba amenazado y por ello se fue de Cali  a  La  Dorada  al  día  siguiente  de  la  muerte  de  su  hermano Juan  Carlos  Gallego, la cual se produjo  el 25 de septiembre de 2008.   

          También  dice  que  tampoco  se presentaron las contradicciones que  encontró  el  Tribunal  en sus declaraciones, pues fueron coincidentes sobre la  llegada  del  acusado  al  terminal de transporte de La Dorada y su hospedaje en  unas  residencias  frente  al  Parque de las Iguanas, de modo que acreditaban la  inocencia  de su procurado, quien permaneció desde el 26 de septiembre hasta el  mes  de  octubre  en  dicha  localidad,  y  no pudo estar a la vez en Cali donde  ocurrió el homicidio investigado.   

          En   cuanto   se   refiere   a   la   declaración  de  Nelson  Alfonso  Perlaza  Ruiz,  quien se  ocupó  de  evaluar  el  retrato  hablado  del agresor, el impugnante transcribe  fragmentos  de  su valoración por parte del Tribunal, para luego referir que el  declarante  concluyó  que  no  mediaba identidad entre el retrato hablado y los  rasgos  de WILLIAM GALLEGO, y  “claramente  se observa que contrario a lo afirmado  por  el  ad  quem,  el perito si tuvo en cuenta como material de cotejo y al que  aplicó  el  método  al  que  alude,  el  álbum de reconocimiento fotográfico  numero 765/1”.   

          A  partir  de  lo anterior concluye que el Tribunal cercenó apartes  del  peritaje  morfológico  y  desatendió  sus  conclusiones, en las cuales se  plasmó   que  “los  individuos  reseñados  en  el  retrato  hablado  y  en  la  fotografía  reconocida  en la citada diligencia de  reconocimiento  ‘difieren  significativamente   entre   ellos,   sin  compartir  similitudes  morfológicas  (faciales)   que   los   aproximen   en  parentesco  antropométrico”.   

          Puntualiza  que  de  no  haberse  cometido  el  mencionado  yerro se  habría  concluido  que  “el  relato del declarante  Edison  Sepúlveda  Hernández  en  modo  alguno  responde  a la verdad pues las  características  morfológicas  del sujeto que dice haber visto en la escena de  los  hechos  perpetrando  los  aludidos  delitos,  difieren  por  completo en la  versión  plasmada  en  el retrato hablado y en la narración que redundó en el  reconocimiento        en        el        álbum        fotográfico”.   

          Asevera  el  casacionista  que  el Tribunal consideró demostrada la  responsabilidad   de   WILLIAM   GALLEGO   con  las  declaraciones  de  Santacruz  García  y  Sepúlveda Hernández, sin tener en cuentas  los   yerros   denunciados,   de   manera   que  no  se  consiguió  arribar  al  convencimiento  más  allá de toda duda sobre el particular, motivo por el cual  se  impone  la  aplicación del principio in dubio pro  reo.   

          Con  base  en  lo  anterior, el defensor solicita a la Sala casar el  fallo  atacado,  para  en su lugar absolver a su asistido por los delitos objeto  de acusación.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Tiene  sentado la Colegiatura que si bien la  Ley  906  de  2004  no distingue entre recurso de casación por la vía común y  por  la  discrecional  en cuanto se marginó la exigencia de la cantidad de pena  máxima  del  delito para acceder a dicha impugnación, es claro que corresponde  al  resorte  del  recurrente  demostrar  el  quebranto  de derechos o garantías  fundamentales,  lo  cual  exige  contar  con interés para impugnar, señalar la  causal,  desarrollar  los  cargos  de  sustentación  del recurso y demostrar la  necesidad  del  fallo de casación para cumplir alguno de los fines establecidos  por  el  legislador  en  su  artículo  180, esto es, la efectividad del derecho  material,  el respeto de las garantías de los intervinientes, la reparación de  los  agravios  sufridos  por  éstos  y la unificación de la jurisprudencia, so  pena  de resultar inadmitida la demanda, según lo establece el artículo 184 de  la citada legislación adjetiva.   

          Desde  luego,  en  el  examen de los requisitos de admisibilidad de  los  libelos  casacionales,  es  deber de la Sala constatar en la formulación y  desarrollo  de  las censuras el acatamiento de las exigencias de lógica y   pertinente  demostración  definidas  por  el  legislador y desarrolladas por la  jurisprudencia,  con  el  fin  de  evitar  la  transformación  de  este recurso  extraordinario  en una instancia adicional a las ordinarias. Tales requisitos se  orientan  a  conseguir  la  presentación de los libelos dentro de unos mínimos  lógicos  y  de  coherencia  en  la  postulación  y demostración de los cargos  propuestos,  en  cuanto  resulten inteligibles, esto es, precisos y claros, pues  no  corresponde  a  la  Sala  en  su  función reglada de orden constitucional y  legal,   develar   o   desentrañar  el  sentido  de  confusas,  ambivalentes  o  contradictorias alegaciones de los impugnantes en casación.   

          Además,  de  conformidad  con  el  artículo  184  de la mencionada  normatividad  procesal  se inadmitirá el libelo “si  el   demandante  carece  de  interés,  prescinde  de  señalar  la  causal,  no  desarrolla  los  cargos  de sustentación  o  cuando  de su contexto se advierta que no se precisa del fallo  para  cumplir algunas de las finalidades del recurso”  (subrayas fuera de texto).   

En  cuanto  atañe  a  la  censura propuesta  encuentra  la  Sala  que  el  actor postula un falso raciocinio, yerro que tiene  lugar  cuando  los  medios  probatorios  son  tenidos  en  cuenta,  pero  en  su  valoración  los  funcionarios  quebrantan  las reglas de la sana crítica, esto  es,  los  principios de la lógica, las leyes de la ciencia y las máximas de la  experiencia,  caso  en  el  cual  es  deber  del  recurrente  expresar qué dice  concretamente  la  prueba,  qué  se  infirió  de ella en la sentencia atacada,  cuál  fue  el  mérito persuasivo otorgado, determinar el postulado lógico, la  ley  científica  o  la máxima de experiencia cuyo contenido fue desconocido en  el  fallo,  debiendo a la par indicar su consideración correcta, identificar la  norma   de   derecho   sustancial   que   indirectamente   resultó  excluida  o  indebidamente  aplicada  y  finalmente,  demostrar  la  trascendencia  del yerro  expresando  con claridad cuál debe ser la adecuada apreciación de aquél medio  de  convicción, con la indeclinable obligación de acreditar que su enmienda da  lugar  a  un  fallo  esencialmente  diverso  y  favorable  a los intereses de su  representado,  proceder  que  en  este  asunto no emprendió de manera alguna el  defensor.   

Es   preciso   indicar   que   en   el  desarrollo  del  reproche  el  casacionista  cuestiona  la  falta  de  aplicación de las que en su opinión se  erigen  en  “reglas  de  la experiencia”,  sin  tener  en cuenta que éstas tienen una entidad definida y  no   corresponden   a  simples  percepciones  personales  de  quien  demanda  en  casación.   

Al  respecto  ha  dicho  la Sala1:   

“Las reglas de la  experiencia  se  configuran a través de la observación e identificación de un  proceder  generalizado  y  repetitivo  frente  a  circunstancias similares en un  contexto   temporo   –  espacial  determinado. Por ello, tienen pretensiones de universalidad, que sólo  se  exceptúan  frente  a  condiciones especiales que introduzcan cambios en sus  variables  con  virtud  para  desencadenar respuestas diversas a las normalmente  esperadas y predecibles.   

“Así las cosas,  las   reglas   de   la   experiencia   corresponden  al  postulado  ‘siempre   o   casi  siempre  que  se  presenta   A,   entonces,   sucede   B’,   motivo   por   el   cual   permiten   efectuar  pronósticos  y  diagnósticos.  Los primeros, referidos a predecir el acontecer que sobrevendrá  a  la  ocurrencia  de  una  causa  específica  (prospección)  y  los segundos,  predicables  de  la  posibilidad de establecer a partir de la observación de un  suceso     final     su     causa     eficiente     (retrospección)”.   

          Conforme  a  lo  anterior,  se  advierte  que el defensor procede de  manera  impropia  a  cuestionar  las  pruebas  de  cargo  y a enunciar supuestas  “reglas     de     la    experiencia”,  pero no explica por qué sus postulados tienen tal condición,  y  de  qué  manera  fueron  quebrantados  de  manera  trascendente  en el fallo  atacado,  circunstancia  a  partir  de  la  cual  se establece que su escrito no  guarda  el  debido  rigor  en  la  proposición  y  desenvolvimiento del reparo,  quedándose  en  la simple exposición de su percepción personalísima sobre el  asunto,  sin  identificar  los  pilares  de la sentencia y encaminar su esfuerzo  argumentativo demostrativo a derruirlos.   

En efecto, al afirmar que en la apreciación  de    los    testimonios    de   Edison   Sepúlveda  Hernández  y  Hugo William  Santacruz  García se incurrió en falso raciocinio, no  atina  a señalar el principio lógico, el postulado científico o la máxima de  la  experiencia  que  resultó  quebrantada,  pues  por el contrario, cual si se  tratase   de   una  alegación  de  libre  factura,  invoca  la  “experiencia  común”,  la  cual,  en su  criterio  “nos  indica  que  ante una agresión con  (sic)  esa  magnitud,  que  incluía  el disparo de un arma o de dos armas de fuego en repetidas ocasiones y  a  esa escasa distancia como lo refieren estas personas, la acción generalizada  y  normal  de  cualquier  ser humano es la de protegerse para no terminar siendo  víctima  del  mismo  atentado,  lo que en dicha perspectiva implica no quedarse  quieto  o  impávido  observando  con  precisión  los  pormenores del fatídico  hecho,  sino  por el contrario, insístase, buscar inmediato resguardo o refugio  lo  que  obviamente  requiere  la  rápida  salida  del  radio  de  acción  del  atacante”,  todo  ello sin ningún rigor jurídico y  sin  explicar  porque  tal  postulación  tiene  el  carácter  de máxima de la  experiencia.   

          En  igual  predicamento se encuentra la afirmación alusiva a que se  desconoció   una   regla   de   experiencia   referida  a  que  “una  persona  no  puede  accionar  una  pistola  y  un  fusil en el  contexto   temporo   –  espacial    relacionado    por    Edison    Sepúlveda    Hernández”,     “la    experiencia    común  inequívocamente  nos  indica  que  el  mismo  sujeto  simultáneamente no puede  realizar  esas  dos  acciones que se le atribuyen en forma disímil por parte de  estos  dos  declarantes”. En efecto, de una parte el  planteamiento  es  en  sí  mismo confuso e inasible, y de otra, no acredita por  qué  dicho  enunciado  corresponde  a  una  regla de la experiencia, pues sobra  advertir  que  no se trata de las reglas que en criterio del casacionista tienen  dicho carácter.   

          Similares  comentarios  a  los  precedentes pueden efectuarse cuando  indica   que   se   desconoció  “la  regla  de  la  experiencia  común  que nos indica que una persona no puede portar una gorra de  un  específico  color  –  blanco   –  que  impida  observar  las características de su cabello y simultáneamente, esto es, en ese  momento  y  lugar,  aparecer  sin  ningún  elemento  en su cabeza lo que por el  contrario  posibilitó  la  constatación  de  dicho  rasgo  físico”,  o  cuando  asevera  que  el  Tribunal  violó  la  regla de la  experiencia,  según la cual no es posible “no haber  observado  otra  vez a una persona desde hechos referidos hace dos años y luego  señalar  todo  lo  contrario,  esto  es,  que  si la acababa de ver llegando al  extremo     de     describir     la     vestimenta    que    portaba”.   

          Adicionalmente   manifestó   el   casacionista  que  se  violó  un  postulado  de la lógica al ponderar el retrato hablado que se realizó con base  en  lo  expuesto por Sepúlveda Hernández,  pues  no  media  identidad entre los rasgos del retrato y los del  acusado,  pero  no  procedió  a  identificar  cuál  principio lógico resultó  quebrantado.   

Como viene de verse, es claro que el defensor  orientó  su  labor  a  analizar  fragmentos  de  las  pruebas  para  ensayar la  construcción  de  una duda probable, sin proceder a guardar la técnica y rigor  propio de esta impugnación extraordinaria.   

Ahora, en cuanto atañe a los falsos juicios  de   identidad   que   dice   recayeron  sobre  lo  declarado  por  William      Henao,     Ana     Celeita     Romero     y   Néstor   Perlaza   Ruiz,  una  vez  más  se advierte que el recurrente pretende cuestionar  los  fundamentos  de  la  decisión  atacada a partir de su personal visión del  asunto,  pero  sin  proceder a asumir las reglas demostrativas de tal especie de  quebranto mediato de la ley sustancial.   

Así  pues, tiene sentado la Colegiatura que  el  falso  juicio  de  identidad  acontece  cuando los falladores al ponderar el  medio  probatorio  distorsionaron  su  contenido cercenándolo, adicionándolo o  tergiversándolo,  motivo  por  el  cual corresponde al demandante identificar a  través  del  cotejo  objetivo  de  lo  dicho en el elemento de convicción y lo  asumido  en  el  fallo,  el  aparte  omitido o añadido a la prueba, los efectos  producidos  a partir de ello y, lo más importante, cuál es la trascendencia de  la falencia en la parte resolutiva de la sentencia atacada.   

Sobre  la acreditación de dicho error se ha  puntualizado  que  no puede sustentarse con el simple planteamiento del criterio  subjetivo  del  recurrente acerca de la prueba cuya tergiversación denuncia, en  cuanto  es  su obligación demostrar materialmente la incidencia del yerro en la  falta  de  aplicación  o  la  aplicación  indebida  de la ley sustancial en el  fallo,  esto  es,  señalar  la modificación sustantiva de la sentencia atacada  con  la  corrección del error y la debida valoración de la prueba, en conjunto  con  las  demás,  obligaciones  no  asumidas  en este caso por el casacionista,  quien  como ya se expresó, se dedicó a encontrar nimiedades en su esfuerzo por  derruir  las conclusiones del fallo, insuficientes para colegir que Edison  Sepúlveda  Hernández mintió al  ocuparse de relatar las facciones del agresor.   

          Tampoco  el  impugnante  se  detiene  a  explicar  a la Sala de qué  manera  se  violaron  los  artículos  7º  del  estatuto procesal (in  dubio  pro  reo) y 9, 10, 11, 12, 22,  103, 104 y 365 de la Ley 599 de 2000.   

Como  el  censor  plantea  la  necesidad  de  aplicar  el  principio  in  dubio pro reo,  sin  dificultad  se  constata que no precisó qué elemento de la  estructura  óntica  del  delito  careció  de  acreditación,  o  cuál  es  la  hipótesis  de  trabajo  diversa  a la demostrada en el curso de las instancias.  Tampoco  señaló  los aspectos que en el ámbito de la materialidad del punible  o  la  responsabilidad  de  su asistido no fueron demostrados más allá de toda  duda.   

Las  falencias  anotadas imposibilitan a la  Sala  emprender  el  estudio  de  fondo  del  libelo,  pues si no se trata de un  alegato  de  libre  confección,  su  presentación  con  base  en postulaciones  imprecisas   e   indemostradas,   y   sin  atenerse  a  las  reglas  lógicas  y  argumentativas  que  gobiernan  este  recurso, impone su inadmisión, de acuerdo  con  lo  dispuesto en el artículo 184 de la Ley 906 de 2004, pues en virtud del  principio  de  limitación  propio  del  trámite  casacional,  la  Corte  no se  encuentra facultada para enmendar tales incorrecciones.   

          Además,  no se observa con ocasión de la  sentencia  impugnada o dentro del curso de la actuación procesal, violación de  derechos  o  garantías del procesado, como para adoptar la decisión de superar  los  defectos  de la demanda y decidir de fondo, según lo dispone el inciso 3º  del precepto citado.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         INADMITIR        el        libelo  casacional  presentado  por  el defensor del procesado  WILLIAM  GALLEGO  MORA, por  las razones expuestas en las consideraciones precedentes.   

De  conformidad  con el artículo 184 de la  Ley   906   de   2004,   es   facultad   del   demandante  elevar  petición  de  insistencia.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                           FERNANDO   ALBERTO   CASTRO  CABALLERO   

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ MUÑOZ                                 GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR  OTERO              JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1  Sentencia del 28 de septiembre de 2006. Rad. 19888.     

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