37928(07-03-12)

2012

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso nº 37928  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrados Ponentes:  

MARÍA   DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ MUÑOZ   

                            Aprobado acta N° 74.   

Bogotá, D. C., siete (7) de marzo de dos mil  doce (2012).   

VISTOS  

Examina  la  Sala  las  bases  lógicas y de  adecuada  fundamentación  de la demanda de casación presentada por el defensor  de  IVÁN  CIFUENTES ARELLANO, MARGOTH SÁNCHEZ MEJÍA  y  WILLIAM  GÓMEZ  TABORDA  contra  la sentencia del 22 de junio de 2011, mediante  la  cual  el  Tribunal Superior de Bogotá confirmó el fallo proferido el 10 de  noviembre  de 2010 por el Juzgado Octavo Penal del Circuito de descongestión de  la  misma  sede,  que  condenó  a  los  procesados  por los delitos de estafa y  falsedad  en  documento  privado,  imponiendo  a  los  dos  primeros  las  penas  principales  de 45 meses de prisión y multa en cuantía de 85 salarios mínimos  legales  mensuales  a título de autores, y al último de 35 meses de prisión y  multa   equivalente  a  55  salarios  de  la  misma  naturaleza  en  calidad  de  cómplice.    

HECHOS  

          El Tribunal los resumió de la siguiente manera:   

          “El  1º  de  abril  de  2005,  el  Personero Municipal de Boavita  (Boyacá)  denunció  que  en  el  mes  de diciembre de 2004, la señora MARGOTH  SÁNCHEZ  MEJÍA,  en  su  condición  de  representante  legal de la Fundación  Naturaleza  y  Vida,  domiciliada  en  esta  ciudad, recibió de la embajada del  Japón  la  donación  de  84.173  dólares,  equivalentes  a  $193.008.689, con  destino  a  la  construcción  de  una parte del Instituto Técnico Agrícola de  Boavita,  para  cuya ejecución se celebró un contrato con el ingeniero GERMÁN  SUÁREZ  BERNAL,  gerente  de  la  empresa  G.  SUBER  CONSTRUCCIONES LTDA., por  $212.536.355.   

Desde  que la mencionada fundación recibió  el  dinero,  tanto  la representante legal como los señores JORGE LUIS MENDIETA  GÓMEZ,  WILLIAM GÓMEZ TABORDA e IVÁN CIFUENTES ARELLANO, miembros de la Junta  Directiva,  anota  el denunciante, acudiendo a todo tipo de evasivas, finalmente  se apropiaron de la donación sin ninguna justificación”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1. El trámite de la investigación estuvo a  cargo   de  la  Fiscalía  187  Seccional  de  Bogotá,  despacho  judicial  que  inicialmente   adelantó   investigación   previa,   etapa   ordenada  mediante  resolución  del  22  de  abril  de  2005. Culminada la misma, dicho funcionario  decretó  en  decisión del 14 de junio siguiente la iniciación de instrucción  penal,   en   cuyo   desarrollo   escuchó  en  declaración  de  indagatoria  a  MARGOTH  SÁNCHEZ  MEJÍA,  IVÁN  CIFUENTES ARELLANO,  Jorge   Luis   Mendieta  Gómez   y  WILLIAM GÓMEZ TABORDA.   

2.  Mediante providencia del 17 de junio del  precitado  año,  el  instructor  resolvió  la  situación jurídica a los tres  primeros,  imponiendo  a  SÁNCHEZ MEJÍA y    CIFUENTES   ARELLANO   medida  de aseguramiento de detención preventiva por los delitos de  peculado por apropiación, falsedad en documento privado y estafa.   

3.  Por  vía  de reposición, el instructor  excluyó  de  la  imputación el punible de peculado por apropiación, decisión  emitida el 2 de agosto del mismo 2005.   

4. Decretado el cierre de la investigación,  el  fiscal  calificó  el  mérito  del  sumario  el 29 de noviembre de 2006 con  resolución   de   acusación  en  contra  de  MARGOTH  SÁNCHEZ   MEJÍA,   IVÁN   CIFUENTES   ARELLANO   y  WILLIAM  GÓMEZ  TABORDA, por  los  delitos  de  estafa  y falsedad en documento privado, los dos primeros como  coautores  y  el último a título de cómplice. En la misma decisión precluyó  la  instrucción a favor de Jorge Luis Mendieta Gómez.   

5. Por apelación de la defensa, la Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal Superior de Bogotá confirmó el pliego acusatorio,  según proveído del 14 de agosto de 2007.   

6.  Correspondió  adelantar  la  etapa  del  juicio  al  Juzgado  Noveno  Penal  del  Circuito  de  esta ciudad, cuyo titular  realizó  la  audiencia  preparatoria y dio inicio a la pública de juzgamiento.  La  culminación de la misma, en virtud del Acuerdo 6691 de 2010 expedido por la  Sala  Administrativa  del Consejo Superior de la Judicatura, corrió a cargo del  Juzgado  Octavo Penal del Circuito de Descongestión, despacho que puso término  a  la  instancia  mediante  la sentencia del 10 de noviembre del precitado año,  decisión  confirmada por el Tribunal Superior el 22 de junio de 2011 al desatar  la apelación interpuesta por la defensa.   

7. Contra el fallo de segundo grado el mismo  sujeto  procesal  promovió  el  recurso  extraordinario  de  casación, el cual  sustentó oportunamente.   

LAS  DEMANDAS   

          El  defensor  de  IVÁN CIFUENTES ARELLANO,  MARGOTH     SÁNCHEZ     MEJÍA    y    WILLIAM  GÓMEZ  TABORDA presenta demandas  por  separado  a  favor  de  cada  uno  de  sus  representados. No obstante, las  allegadas   respecto   de  los  dos  primeros  coinciden  integralmente  en  sus  fundamentos;  en ellos el impugnante formula tres cargos contra la sentencia del  Tribunal, todos por violación indirecta de la ley sustancial.   

          Por  su  parte,  el  libelo  presentado  a  nombre  de  GÓMEZ  TABORDA  contiene dos cargos, ambos  por  violación indirecta, pero el segundo de ellos es idéntico conceptualmente  al tercero contemplado en las otras dos demandas.   

          A   continuación  la  Sala  procede  a  resumir  primero  los  tres  reproches  con  fundamentos  idénticos,  y finalmente hará lo propio frente al  primer    cargo   del   libelo   correspondiente   al   procesado   WILLIAM GÓMEZ TABORDA.   

          En     el    primer    cargo  denuncia  la  presencia  de  un error de hecho por falso juicio de  identidad,  señalando  que  el  ad  quem distorsionó las pruebas documentales y testimoniales.   

          Para  sustentar el reproche el actor empieza distinguiendo entre, de  una  parte,  el  contrato de donación celebrado por la embajada del Japón y la  Fundación  Naturaleza  y  Vida  y,  por  la  otra,  el  contrato  civil de obra  realizado  por  la  compañía  G  SUBER  CONSTRUCCIONES  LTDA.  y la fundación  Naturaleza  y  Vida,  precisando  que  el  primero  se  rige  por  las leyes del  mencionado  país,  mientras  el  segundo  tuvo como objeto la reconstrucción y  ampliación  de  la  planta  física  de  la  sede  San  Francisco del Instituto  Agrícola Boavita (Boyacá).   

          Según  el  libelista,  el  juzgador tergiversó los alcances de ese  segundo   contrato,   al   afirmar   que   a   través  del  mismo  “al   ingeniero   Germán  Suárez  Bernal  se  le  indujo  en  la  convicción   errónea  de  que  recibiría  la  suma  de  $212.538.355  por  la  ejecución  de  la obra, lo que le generó el perjuicio arriba señalado, con el  provecho  ilícito  obtenido”. Tal manifestación, en  su  criterio, no se corresponde con la cláusula cuarta del contrato, conforme a  la  cual  la  duración de éste es de 90 días contados a partir de la fecha de  la   firma   del   acta   de   iniciación,   lo   cual  se  hará  “una  vez  sea  entregado el anticipo”.  Es  decir,  concluye,  si  no  se  entrega  el  anticipo,  no  se  da  inicio al  contrato.   

          Tras  aludir  a  la definición de contrato, según los términos de  los  Códigos  del Comercio y Civil, sostiene el casacionista que el contrato de  obra  civil  no  podría ser un “medio de convicción  errónea  (sic)  para que el  contratista  hubiere  realizado  la  obra,  porque  si  hubiere  cumplido con el  acuerdo  de  voluntades  realizado  entre  las  dos  personas  jurídicas jamás  habría   iniciado   la  obra”,  máxime  cuando  el  contrato  se  celebró  el  16  de noviembre de 2004, mientras los dineros de la  embajada  se  entregaron  el  20  de  diciembre siguiente, es decir, al firmarse  aquél  la fundación no los tenía en su poder, luego frente al convenio podía  pasar  cualquier  situación  que  lo tornara inviable. Es más, se extraña del  por  qué  la  controversia  no  se  sometió a la decisión de árbitros, si el  contrato contiene una cláusula que lo permite.   

          De  otra  parte,  considera  que  en  este  caso se debe analizar la  posición  del  contratista,  y  al  respecto  estima que el señor Germán  Suárez  Bernal, por su condición  de  ingeniero  civil  y  con experiencia aproximada de siete años, estaba en un  plano  de  equilibrio  con  los procesados, luego había podido perfectamente no  iniciar  las  obras,  pues  el  contrato así lo permitía. Apoya su criterio en  decisión de esta Corporación.   

          Para  el  casacionista,  el  error  del fallador fue refundir en una  sola   las   dos   obligaciones   surgidas  de  los  contratos  de  donación  y  construcción,  y  por  eso  afirma  la  existencia  del  delito de estafa, pero  –se pregunta- qué hubiera  pasado  si  el constructor no hubiere iniciado las obras? Piensa que en ese caso  no  podría  atribuírsele un delito por el incumplimiento del contrato derivado  de “fuerza del constructor”.   

          En  su  sentir,  las  razones  del  incumplimiento  por  parte de la  fundación  consistieron  en  la  consecución  de los dineros adicionales, pues  entre  los  recibidos  por  la  donación  y  el  valor  de la obra existía una  diferencia  de  casi  veinte  millones  de  pesos.  Fue  por eso, añade, que el  procesado  CIFUENTES  propuso  realizar  unas  inversiones,  para lo cual ofreció el título valor de ING BANK  con  sede  en  Holanda,  conforme  lo  comprueba  la  declaración de la doctora  Ana      Julieta      Ruiz     Giraldo.   

          Por  lo  anterior, insiste en que el Tribunal tergiversó la prueba,  sin  resultar  válido  el  argumento  de  esa  Corporación  según  el cual la  inversión  no  constituye  fuerza  mayor, pues, para el censor, esta última no  deviene  del  hecho  de  la  inversión  sino  del  resultado de la misma.    

          En    el   segundo   cargo   denuncia  nuevamente  la existencia de un falso juicio de identidad,  una    vez    más    por    distorsionarse    las    pruebas   documentales   y  testimoniales.   

          Precisa  el  demandante que el documento sobre el cual se predica la  falsedad  es el balance general de la fundación Naturaleza y Vida. Sin embargo,  dice  ignorar  en qué consistió ese delito, pues los juzgadores no concretaron  dicho  aspecto.  De todas maneras, entiende que el ilícito se halló demostrado  a  través  de  las  declaraciones  de MARGOTH SÁNCHEZ  MEJÍA   y  Germán  Suárez  Bernal.   

          Pero,  en  su  sentir, respecto de la primera de esas declaraciones,  pese  a  tratarse de una confesión, no se dio cumplimiento a lo dispuesto en el  artículo  281  del Código de Procedimiento Penal, es decir, no se verificó la  confesión.  En  cuanto  a  la  segunda,  pone  de presente cómo de la misma se  extrajo  en  contra  del acusado CIFUENTES la  afirmación según la cual escuchó en una reunión cuando éste  manifestó  “los  balances no son ciertos y el papel  aguanta   todo   (sic)   la  fundación   nunca   ha   tenido   ni   tiene   el   patrimonio   que  allí  se  indica”.   

          Para  el  impugnante, el referido testimonio entra en contradicción  con    la    declaración   de   Ana   Julieta   Ruiz  Giraldo,   quien   precisó  que  la  afirmación  de  CIFUENTES  fue  “hermano  usted sabe que el papel aguanta todo y eso ya no vale lo  que  dice  ahí”.  Si  bien  destaca que se trata de  testimonios  de  oídas,  insiste  en que son manifestaciones opuestas, pues una  cosa  es decir que “los balances no son ciertos y que  la  fundación  no  tiene ese patrimonio a decir que el patrimonio ya no vale lo  que  dice  ahí”.  En  esas  condiciones, se declara  imposibilitado en saber cuál de esas declaraciones es la real.   

          Considera,     de     otra     parte,     que     el    “documento”   no   tenía   capacidad  probatoria,  pues  no se sabe a ciencia cierta si estos  documentos”  se necesitaban para alguna aprobación,  siendo  claro  que  quienes otorgaron la donación fueron los funcionarios de la  embajada  del  Japón,  sin que exista prueba de los requisitos exigidos para el  efecto,  máxime  cuando  el contrato debía regirse por las leyes de ese país.  Tal   situación,  precisa,  se  infiere  de  la  declaración  de  Ana   Julieta   Ruiz  Giraldo,  prueba  no  considerada por el fallador.   

          Insistiendo  en  la  distorsión  de  las  pruebas  allegadas  a  la  actuación,  solicita  con  fundamento  en  los  dos  primeros cargos se case la  sentencia   para,   en   su   lugar,  absolver  a  los  procesados  CIFUENTES    ARELLANO    y   SÁNCHEZ  MEJÍA respecto de los delitos de  estafa y falsedad en documento privado.   

          En    el    tercer   cargo   atribuye  al Tribunal incurrir en error de hecho por falso juicio de  existencia.   

         

          El yerro lo hace consistir en la omisión  del  juzgador en valorar de manera integral las pruebas relacionadas con el pago  de   la   deuda   y  los  perjuicios  estimados  por  el  juez  en  la  suma  de  $148.000.000.   

          En  tal  dirección,  añade, se entregó un vehículo automotor por  valor  de  $31.000.000  y se suscribió la escritura pública No. 1012 del 28 de  marzo de 2009 otorgada por la Notaría 68 del círculo de Bogotá.   

          Según  expresa,  el  primero  de  esos  pagos  aparece demostrado a  través  de  la declaración del señor Germán Suárez  Bernal,  mientras  respecto del segundo precisa que la  inscripción  del  inmueble  no  se  pudo  hacer  por circunstancias ajenas a la  voluntad  de  los  acusados,  pues el bien se encontraba embargado por cuenta de  este  proceso,  y  hasta  cuando se levantaron las medidas cautelares no se pudo  realizar  el  registro,  como  lo acredita el oficio No. 0045 del 16 de junio de  2010.   

          Estima,  por  tanto,  desacertada  la  afirmación  del ad  quem,  conforme  a  la cual no aparece  acreditada  la  inscripción,  máxime  cuando  ese trámite le correspondía al  señor  Suárez Bernal y éste  sólo lo realizó diez meses después.   

          En  esas condiciones, considera demostrado el pago de $150.000.000 a  la víctima, suma superior a la establecida por el juzgador.   

          Solicitó,  por tanto, casar la sentencia de primera instancia y, en  su  lugar, cesar procedimiento por aplicación del artículo 42 de la Ley 600 de  2000.   

          En    el    primer   cargo   de    la    demanda    presentada    a    nombre   de   WILLIAM   GÓMEZ   TABORDA  el  impugnante  predica  la  existencia  de  un error de hecho por falso juicio de identidad, en  cuanto     el    juzgador    distorsionó    las    pruebas    documentales    y  testimoniales.   

          Para  sustentar  el  reproche  el  actor comienza precisando que las  pruebas  con  las cuales se determinó la vinculación del acusado se contraen a  las   declaraciones   de   MARGOTH   SUÁREZ   MEJÍA  e    IVÁN    CIFUENTES  ARELLANO,  así  como  al certificado de la cámara de  comercio  de  la  fundación del 11 de enero de 2005. Porque, agrega, si bien el  juzgador alude a otras probanzas, ellas demuestran lo contrario.   

De  todas  maneras, destaca cómo la señora  MARGOTH  SÁNCHEZ  MEJÍA, en  realidad,  refirió  que  el  procesado  GÓMEZ TABORDA  no tuvo ninguna participación en los hechos, versión  frente  a  la  cual  el  Tribunal  dijo  que  no  ameritaba  el mínimo grado de  credibilidad.  Finalmente, refiere que el fallador también encontró demostrada  la  responsabilidad  en el raciocinio según el cual no es usual, de acuerdo con  la  experiencia,  tener  un  grado  de  generosidad  al  punto  de transferir la  propiedad de un bien en donación.   

Para  el  censor, si las pruebas se hubieran  analizado  en  forma  conjunta  se  habría  dado  por  demostrado  lo dicho por  MARGOTH  SÁNCHEZ  frente al  procesado  WILLIAM GÓMEZ, en  el  sentido  de  que  no  tuvo  conocimiento  de  los hechos ni firmó documento  alguno,  máxime  cuando  no hubo acta de la Junta Directiva donde constaran las  reuniones, luego no es dable probar su existencia.   

El  demandante,  de  otra parte, reprocha al  Tribunal  por  no  ofrecer  las causas por las cuales desestimó las pruebas que  favorecen  al  acusado,  lo cual resultaba importante para ejercer el derecho de  defensa.  Además,  le  cuestiona  edificar  la  regla  de  la experiencia antes  aludida,  sin  tener  en  cuenta que la donación la hizo a favor de la madre de  sus  hijos,  de  modo  que  la  regla  a  aplicar es la contraria, es decir, las  personas son generosas con la familia.   

             

          Concluyendo   que   el   sentenciador   dio   por   establecida   la  responsabilidad  a partir de testimonios que se contradicen y de indicios frente  a  los  cuales  no explica cuáles son los hechos probados, cuál la regla de la  experiencia  aplicada  y  otorgándole  un  alcance  diferente  al que contiene,  solicitó  casar  la  sentencia  impugnada  para, en su reemplazo, abstenerse de  condenar  al  procesado  a  título  de  cómplice  de  los  delitos de estafa y  falsedad en documento privado.   

PARA   RESOLVER   SE  CONSIDERA   

         Las   demandas   instauradas  por  el  defensor  de  los  procesados  IVÁN  CIFUENTES  ARRELLANO,  MARGOTH  SÁNCHEZ MEJÍA  y     WILLIAM    GÓMEZ  TABORDA   serán   inadmitidas,  por  las  siguientes  razones:   

         

De acuerdo  con lo previsto en el inciso  1º  del  artículo  205  de  la  Ley  600 de 2000, el recurso extraordinario de  casación  procede contra las sentencias proferidas en segunda instancia por los  Tribunales  Superiores  de  Distrito  Judicial  y por el Tribunal Penal Militar,  cuando  se  trata  de delitos que tengan señalada pena privativa de la libertad  cuyo máximo exceda de ocho años.   

Ahora  bien,  el inciso tercero de la citada  disposición  faculta  a  la  Sala  Penal  de  la Corte Suprema de Justicia para  admitir  de  manera  excepcional  las  demandas de casación interpuestas contra  sentencias   de   segunda   instancia   proferidas  por  autoridades  judiciales  diferentes  a las ya mencionadas o relativas a delitos que tengan señalada pena  de  prisión  inferior  a la prevista por el legislador para acceder a esta vía  de  impugnación  extraordinaria o para los no sancionados con pena privativa de  la   libertad,   cuando   ello   fuese   necesario  para  el  desarrollo  de  la  jurisprudencia  nacional  o  para garantizar derechos fundamentales, siempre que  reúna    los    demás    requisitos    exigidos    por    la   ley.   

         

          En  relación  con  lo  anterior,  la  Sala  ha  sido  insistente en  señalar  que  cuando  se  trata  de  la casación discrecional al demandante le  corresponde     exponer     con     claridad     y  precisión  los motivos por los cuales debe intervenir  la  Corte, ya para proveer un pronunciamiento con criterio de autoridad respecto  de  un  tema  jurídico  especial,  ora  para  unificar  posturas conceptuales o  actualizar  la  doctrina, bien para abordar un tópico aún no desarrollado, con  el  deber  de  indicar  de  qué  manera  la  decisión solicitada tiene la dual  utilidad  de  brindar  solución  al  asunto  y  servir  de guía a la actividad  judicial.  Por  su  parte,  si  la  pretensión  del  casacionista  se orienta a  asegurar  la  garantía  de  derechos  fundamentales,  tiene  la  obligación de  demostrar  la  violación  e  indicar  las normas constitucionales o legales que  protegen  el  derecho  invocado,  así  como  su  desconocimiento  en  el  fallo  recurrido1.   

         En     el     caso     materia     de  estudio,   el   recurso  sólo  procedía  por  vía  discrecional     o    excepcional,    pues    los  delitos  por los            cuales    se    dictó    la    sentencia  tienen  señalada  pena de  prisión  cuyo  máximo  no  excede de ocho (8) años. En efecto, el ilícito de  estafa está contemplado en  el           artículo          246 del Código  Penal   de   2000,   norma   que   lo  sanciona  con  prisión  de  dos             (2)   a  ocho  (8)                 años2.         Por  su  parte,  el  punible  de falsedad en documento privado  se  encuentra  descrito  en  el  artículo  289  ibídem,  el  cual lo reprime con prisión de uno (1) a seis (6)  años.   

El libelista olvidó la exigencia procesal en  mención,   limitándose   a   invocar   el   recurso   por  la  vía  común  u  ordinaria,   creyendo  tener  pleno  acceso  a  esa  modalidad  del recurso  extraordinario  de  casación,  sin  advertir  que lo procedente era acudir a la  vía excepcional.   

          Por  esa  razón,  optó  por denunciar la existencia de violaciones  indirectas  de  la  ley, sin justificar la procedencia del recurso por alguno de  los  dos  factores  que habilitan la casación excepcional. Es decir, se abstuvo  de  explicarle a la Corte si pretende el desarrollo de la jurisprudencia o si su  aspiración es obtener la protección de garantías fundamentales.   

         El  actor,  por tanto, no hizo  ningún esfuerzo para persuadir a la  Sala  sobre  la  necesidad  de admitir el libelo, circunscribiéndose a postular  varios  errores  de juicio,  aspecto      frente  al  cual  la  Corte  tiene  ampliamente   fijado   su   alcance   y   fundamento,  y  si  bien  en  dos de los  cargos   le   reprocha   al   juzgador  no  concretar  el  aspecto sobre el cual  recayó  la  falsedad  ni  ofrecer las causas por las  cuales  desestimó  las  pruebas  que  favorecen al acusado, lo cierto es que se  abstuvo   de   acometer  la  tarea  de  acreditar  la  vulneración     de     la    garantía       fundamental      inmersa   en  ese  argumento.   

          Más  aún,  los  cargos  en  concreto  formulados  no  se allanan a  cumplir  las  pautas  de  fundamentación  exigidas por la ley procesal y por la  jurisprudencia  de  la Sala, cuya satisfacción resulta insoslayable aún en los  casos  de  casación  discrecional,  como  está previsto en el inciso final del  artículo 205 arriba citado.   

          En  efecto, en el primer cargo de    las    demandas   presentadas   a   nombre   de   IVÁN   CIFUENTES  ARELLANO  y   MARGOTH  SÁNCHEZ  MEJÍA  denuncia  la  presencia  de  un  error de hecho por falso juicio de identidad sobre la base de  afirmar     que     el    ad    quem    distorsionó las pruebas documentales y testimoniales.   

El  mencionado  error  de  hecho se presenta  cuando  el  juzgador  distorsiona  el sentido material de la prueba en cuanto la  cercena,  adiciona  o  translitera.  Para  su  demostración, es deber del actor  identificar  el medio sobre el cual recayó el dislate, realizar un cotejo entre  su  contenido  y aquel que le atribuye el fallador, precisando los apartes donde  se   presenta   la   distorsión   y   luego   acreditar  la  trascendencia  del  yerro.   

          El  impugnante  no satisfizo tal carga argumentativa. Obsérvese, en  primer  lugar, cómo empieza predicando que la tergiversación recayó sobre las  pruebas  documentales  y  testimoniales.  Sin embargo, al desarrollar la censura  tan  sólo  hace  referencia al contrato de obra celebrado entre la compañía G  SUBER  CONSTRUCCIONES  LTDA.  y la fundación Naturaleza y Vida, sin indicar los  demás  medios  probatorios  también  tergiversados  en la sentencia, según la  genérica enunciación del actor.   

          Ahora  bien, el demandante de todas maneras no efectúa el análisis  comparativo  entre  lo consignado en el contrato y el contenido atribuido por el  fallador  al  mismo,  limitándose  a  señalar  que el Tribunal tergiversó sus  “alcances”  al deducir la  existencia  de  la  estafa a través de ese documento, lo cual, en su sentir, no  se  corresponde  con la cláusula cuarta del convenio, a cuyo tenor la duración  de  éste  es  de 90 días contados a partir de la fecha de la firma del acta de  iniciación.   

          De  la  anterior  manera,  lejos  de  acreditar la distorsión de la  prueba,  el  libelista  no  hace  sino  cuestionar  el mérito probatorio que el  juzgador  le  asignó,  equivocando así la vía de ataque, pues la postulación  casacional  correcta  para  impugnar la valoración probatoria está dada por el  falso  raciocinio,  caso  en el cual le corresponde acreditar la vulneración de  los principios de la sana crítica.   

          Los  demás planteamientos esbozados por el libelista para sustentar  el  reproche  siguen  la  misma  línea  argumentativa, no otra distinta a la de  expresar  el  criterio  que  considera debe prevalecer en este caso, como cuando  sostiene  la  imposibilidad  de configuración del delito de estafa a través de  la  celebración  de  un contrato, desconociendo la copiosa jurisprudencia de la  Corte3,  acorde  con  la cual la mentira o el silencio de los contratantes  pasa  al campo penal cuando recaen sobre elementos fundamentales del convenio, y  sin  procurar, de otra parte, rebatir la conclusión del Tribunal consistente en  que  los  procesados desde el mismo momento de recibir la donación “por  consenso,  decidieron  darle  otro  destino,  como arriba se  reseñó,  lo que demuestra muy a las claras que desde el comienzo la intención  era  apropiarse  del  dinero,  no  la  de  destinarlo  para  lo  que  lo habían  recibido”4.    

          Igual  procede  cuando se esfuerza por justificar el no cumplimiento  de  las  cláusulas  contractuales,  pues con tal pretensión acude a exponer su  propia  valoración  de  las pruebas, punto de vista que opone al sentado por el  fallador,  buscando  de  esa  forma  de  la  Corte  el  aval  a su criterio y la  desestimación    de    la    apreciación   del   ad  quem, con lo cual olvida que ese tipo de discrepancias  no  resultan  admisibles  en  sede  de  casación,  dada la doble presunción de  acierto y legalidad de la sentencia impugnada.   

          En    el   segundo   cargo   acusa  nuevamente  al  juzgador  de  incurrir  en  falso  juicio  de  identidad.  Sin  embargo,  tampoco  aquí se allana a cumplir la fundamentación  aneja  a  esa  clase  de  yerro,  pues  una  vez  más  omite efectuar el cotejo  respectivo  entre  el  contenido de la prueba y lo expresado por el ad   quem.  Contrariamente,  se  dedica  a  exponer  argumentaciones  propias  de otros dislates, sin esforzarse tampoco por  sustentarlos adecuadamente.   

          Es  así como empieza censurando al sentenciador por no concretar el  aspecto  sobre el cual recayó la falsedad, sugiriendo así la incursión en una  falta  de motivación, irregularidad que le correspondía denunciar a través de  la  causal tercera de casación, si se refiriera, como pareciera deducirse de su  exposición, a una absoluta ausencia de fundamentación.   

          Pero,  con  todo,  el  actor  planteó el vicio en forma escueta sin  explicar  su  trascendencia  y,  más  aún,  a  espaldas de los fundamentos del  fallo,  en  cuanto allí se dejó claro que la falsedad documental recayó en el  balance  de  la fundación Naturaleza y Vida, al incluirse allí la propiedad de  varios   muebles,   equipos   y  enceres  que  dicha  asociación  realmente  no  poseía.   

          Reprochó,  de  otra parte, al fallador por considerar la confesión  de  MARGOTH  SÁNCHEZ  MEJÍA  sin  verificar  su contenido, deslizando así el discurso hacia los terrenos del  error  de derecho por falso juicio de convicción, aun cuando sin fundamentarlo,  pues  en  momento  alguno  mencionó  las  normas que establecen la tarifa legal  supuestamente  desconocida  por  los  juzgadores,  carga argumentativa a cumplir  cuando se postula la existencia de un error de esa estirpe.   

          También  el censor le cuestiona al fallador el mérito suasorio que  le  asignó a los testimonios de Germán Suárez Bernal  y    Ana   Julieta   Ruiz  Giraldo,   señalando   que   por  poseer  contenidos  contradictorios    no   ameritan   credibilidad,   planteando   nuevamente   una  discrepancia   probatoria,   cuya   postulación   resulta   ajena   al  recurso  extraordinario de casación.   

          Finalmente,        sostiene        que        el        “documento”   no   tenía   capacidad  probatoria,  pues  no se sabe a ciencia cierta si estos  documentos”  se necesitaban para alguna aprobación,  acudiendo  así a argumentos especulativos que opone a las certeras conclusiones  del  fallador,  acorde  con  las  cuales el balance de la fundación constituyó  requisito  necesario  para  la  aprobación  de  la  donación  por  parte de la  embajada            del            Japón5.   

          En    el    tercer   cargo   el  demandante  atribuye  al Tribunal incurrir en error de hecho por  falso  juicio  de  existencia, dada la no estimación de los pagos efectuados al  ofendido  para  reparar los perjuicios, como son la entrega de un automotor y la  suscripción de una escritura de venta de un bien inmueble.   

         El   mencionado   error  de  hecho,  como  lo  tiene  expresado  la  jurisprudencia  de  esta Sala, se estructura cuando el  sentenciador,  al apreciar el conjunto probatorio, omite valorar algún medio de  convicción obrante en el proceso o supone otro inexistente.   

          Para  su  demostración  al  libelista  le  corresponde  señalar  si  el yerro se presentó por  haberse    omitido    la    apreciación    de    una    prueba    (existencia  por  omisión)  o  porque el  sentenciador   inventó   una   que   no   obra   en  el  proceso  (existencia  por  invención), precisando  cuál  es  el  contenido de la prueba omitida o cuál el mérito asignado por el  juzgador  al  medio  supuesto  y, en ambos casos, indicando la trascendencia del  error.   

         

          En   la  demanda  el  actor  hace  mención  a  la  primera  de  las  modalidades  del  falso  juicio  de existencia, es decir, falta de apreciación.  Sin   embargo,  no  precisa  cuáles  pruebas  exactamente  omitió  valorar  el  Tribunal,  sino  que  se  limita  a cuestionar la no consideración de los pagos  efectuados  a  la  víctima,  señalando  que  la  entrega del vehículo aparece  demostrada   con  el  testimonio  del  señor  Germán  Suárez  Bernal  y frente a la suscripción de la  escritura  pública,  sostiene  que  no  se  pudo  realizar  su inscripción por  circunstancias ajenas a la voluntad.   

          Aun  cuando  no  es función de la Corte  interpretar  las  confusas e intrincadas postulaciones del demandante, pues ello  va   en   contravía  del  principio  de  limitación  que  rige  en  esta  sede  extraordinaria,  bien  pudiera  concluirse  que  la intención del impugnante es  predicar   la   falta   de   apreciación   del   testimonio   de   Suárez  Bernal  y de la escritura pública  antes mencionada.   

          Así  vista la postulación, aparece indiscutible que el reproche no  se  atiene  a  los  fundamentos  del fallo, pues el Tribunal en varias ocasiones  alude  al  citado  testimonio  y,  por  otra parte, en forma concreta sopesó lo  relativo  a la escritura pública en punto a la pretensión defensiva de obtener  la    cesación    de    procedimiento    por    indemnización   integral.   En  efecto:   

          “A  este  respecto,  cabe  señalar  que  a los folios 70 y 71 del  cuaderno  No. 6, obra un documento, fechado el 18 de marzo de 2009, en el que se  consignó  un  acuerdo  celebrado  entre el ingeniero GERMÁN SUÁREZ BERNAL, de  una  parte, y los procesados, de otra, conforme al cual éstos se comprometieron  a  pagarle  a aquél una indemnización de $260.000.000 por concepto de daños y  perjuicios,  mediante  la transferencia de un inmueble avaluado en $120.000.000,  al tiempo que le giraron un pagaré a 90 días, por $140.000.000.   

          Empero,  a  pesar de que para cumplir con la cesión del inmueble se  suscribió  la  escritura  pública N. 1012 del 28 de marzo de 2009, otorgada en  la  Notaría  68  de  este  Círculo…,  no aparece probada la tradición, vale  decir,  la inscripción de dicho título en la respectiva oficina de registro de  instrumentos  públicos  y  privados,  como tampoco se acreditó la cancelación  del pagaré.   

          En  pocas  palabras, no se probó que los acusados hayan indemnizado  integralmente      a      la      víctima…”6   

          Siendo  así  la  situación,  es  claro que la censura envuelve, en  realidad,  no  la  falta  de apreciación de pruebas, sino el alcance dado a las  mismas  por  el fallador, lo cual pone de presente la errónea vía seleccionada  por  el  actor  para  plantear  el  ataque,  pues  lo  correcto era acreditar la  existencia  de  un  falso raciocinio, cumpliendo los presupuestos propios de ese  error de hecho, a lo cual no procedió el actor.   

          Finalmente,    en    el    primer   cargo  de  la  demanda  presentada  a  nombre de WILLIAM   GÓMEZ   TABORDA  el  libelista  atribuye  al  juzgador  incurrir  en  un  error  de  hecho  por  falso juicio de  identidad,  en  cuanto  el  juzgador  distorsionó  las  pruebas  documentales y  testimoniales.   

          En   esta   ocasión  el  censor  ni  siquiera  concretó  medio  de  convicción  alguno  sobre  el cual habría recaído el yerro denunciado. Por lo  mismo,  menos  aún  efectuó el análisis comparativo entre lo expresado por el  Tribunal y el contenido de la prueba.   

          En  el  desarrollo  del  reproche,  contrariamente,  una vez más se  dedicó  a  controvertir  la  valoración  probatoria realizada por el fallador,  señalando  que  de haberse apreciado en conjunto la prueba, se habría dado por  establecido   que   el   procesado   GÓMEZ   TABORDA  no intervino en los hechos.   

          Tal  modo  de  razonar,  como ya se dijo, no es admisible en sede de  casación,  dada la doble presunción de acierto y legalidad de la sentencia, al  amparo  de  la  cual  el  trabajo  suasorio  del sentenciador prevalece sobre el  emprendido  por  el  libelista, salvo la incursión en un falso raciocinio, para  cuya   demostración  –se  insiste-  se  requiere  evidenciar que el juzgador desatendió los principios de  la  sana  crítica,  integrados por las reglas de la experiencia, los postulados  lógicos y las leyes de la ciencia.   

          El  casacionista, aun cuando sin la coherencia exigida en esta sede,  alude  al  desconocimiento  de la regla de la experiencia acorde con la cual las  personas  son  generosas  con  sus  allegados  más  cercanos.  No  obstante, no  explicó  la  trascendencia  del  yerro,  acreditando que de no incurrirse en el  mismo  el sentido de la decisión habría sido diametralmente distinto, carga de  fundamentación a cumplir en esos casos.   

          Adicional  a  lo  expuesto, el actor nuevamente vulnera el principio  de  autonomía  que rige en casación, a cuyo tenor el motivo del ataque se debe  corresponder  con  su desarrollo. Esto porque una vez más acusa al ad  quem  de no ofrecer las razones por las  cuales  desestimó  las  pruebas  favorables  al  procesado,  sin esforzarse por  confrontar la sentencia para acreditar ese aserto.   

          Por  tanto,  como se anunció al inicio de estas consideraciones, la  Sala inadmitirá las demandas objeto de examen.   

         Casación oficiosa:   

          Advierte  la Corte que el a quo,  en  decisión no corregida por el Tribunal, vulneró el principio  de  legalidad  al  dosificar  la  pena  privativa  de  la  libertad  impuesta al  procesado   WILLIAM   GÓMEZ   TABORDA   y la multa irrogada a los tres acusados.   

          En  efecto,  tratándose  de  un  concurso  de  hechos  punibles, el  juzgado  acertadamente tomó como base la pena privativa de la libertad prevista  para  el delito de estafa por contener la sanción más grave, esto es, de 2 a 8  años.   Frente   a   los   procesados  IVÁN  CIFUENTES  ARELLANO  y  MARGOTH SÁNCHEZ MEJÍA,  en  su  calidad  de  autores,  seleccionó el cuarto mínimo, que  corresponde  a  los  extremos  oscilantes  entre  24  y  42 meses, dentro de los  cuales,  con fundamento en los criterios del artículo 61 del Código Penal, les  fijó   40   meses,   a   cuyo   monto   les  sumó  5  meses  por  el  concurso  delictivo.   

          En    relación    con   WILLIAM   GÓMEZ  TABORDA,  condenado  a título de complicidad, empero,  optó  por imponerle 30 meses por razón de la estafa, guarismo al cual le sumó  5  meses  por  el  concurso,  olvidando  que la referida forma de participación  constituye  un  fundamento  modificador  de  la  pena  que, por ende, altera los  límites  punitivos,  luego  antes  de fijar la sanción era necesario disminuir  tales  extremos en las proporciones previstas en el inciso tercero del artículo  30 del estatuto punitivo, esto es, de una sexta parte a la mitad.   

          Si    bien    el   a   quo   realizó   similar   procedimiento   en   relación   con  la  multa  determinada  a GÓMEZ TABORDA,  al  final  acertó  en  los 50 salarios mínimos legales mensuales que le impuso  por  razón  de  la  estafa.  En  lo  que  sí  no  atinó fue cuando a los tres  procesados  les  hizo  incremento punitivo por razón del concurso, sin advertir  que  el  delito  de falsedad en documento privado no tiene prevista esa clase de  sanción.   

        La  Sala  corregirá  de  inmediato  el  quebranto  advertido,  en  aplicación    del   criterio   adoptado   en   providencia   del   12    de    septiembre    de    20077,   cuando   se  cambió  la  jurisprudencia  según  la  cual,  al  advertirse la  vulneración  de  garantías  fundamentales,  debía  surtirse,  previamente,  traslado  al  Ministerio  Público  para  que  emitiera  concepto  sobre  el  particular, trámite este que se  consideró  inconsecuente  frente  al deber funcional de la Corte de reparar los  agravios   causados   a   los   derechos   superiores   tan  pronto  avizore  su  presencia.   

          En  esas  condiciones,  acorde  con el parámetro 5º previsto en el  artículo  60  de  la codificación antes citada, se impone disminuir el mínimo  de  la  sanción  privativa  de  la  libertad (2 años) en la mitad, mientras el  máximo  (8  años) en una sexta parte, quedando las fronteras punitivas en 12 y  80  meses,  cuyo  cuarto  mínimo,  ámbito dentro del cual el juzgador tasó la  pena, corresponde a los extremos que van de 12 a 29 meses.   

          Siguiendo  los criterios aplicados por el a  quo, es del caso proporcionalmente aumentar el límite  mínimo   en   15   meses,   para  un  total  de  27  meses  por  el  delito  de  estafa.   

          El  fallador  de  primer  grado  aumentó  5  meses  a  la  sanción  determinada  para el atentado contra el patrimonio económico, esto es, sumó el  mismo  lapso fijado en el caso de los autores, olvidando la calidad de cómplice  de  GÓMEZ  TABORDA. También  este  yerro debe ser corregido de inmediato, ante lo cual a los 27 meses la Sala  le  incrementa discrecionalmente 3 meses, arrojando como resultado 30 meses, que  será  entonces la pena principal de prisión que se impondrá al antes aludido.  Es  de entender que la inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas queda también en 30 meses.   

          En  relación  con la pena pecuniaria, se tiene que los extremos van  de  50  a  1.000  salarios mínimos legales mensuales, por cuya razón el cuarto  inferior  va  de  50  a  287,5  salarios  de  esa  misma  naturaleza. El juzgado  determinó  para  los  procesados CIFUENTES ARELLANO  y   SÁNCHEZ   MEJÍA  80  salarios, mientras al  acusado  GÓMEZ TABORDA 50  salarios,  los cuales se ajustan a la legalidad, pues  están     dentro     de     los     ámbitos  punitivos     correspondientes     al     cuarto  inferior.  Lo  que  resultó  incorrecto, como ya se  dijo,  es  el  incremento de 5 salarios efectuado por razón del concurso, luego  ese  aumento debe suprimirse para fijarse   la   multa   en  los  montos  antes  referidos.   

          En  consecuencia,  se  casará  parcialmente  la sentencia impugnada  para  determinar que a los procesados IVÁN CIFUENTES  ARELLANO   y   MARGOTH  SÁNCHEZ  MEJÍA, además de la pena de prisión y la  accesoria    allí    determinadas,   se  les impone la multa de 80 salarios mínimos legales mensuales,  mientras   al   acusado   WILLIAM   GÓMEZ  TABORDA  se  le  irroga las penas  principales   de  treinta  (30)  meses  de  prisión  y  50  salarios mínimos legales mensuales de multa,  así  como  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones públicas  por 30 meses.   

          Se  determinará, finalmente, que las demás decisiones del fallo no  experimentan reforma de ninguna especie.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

1.-  INADMITIR  las  demandas  de   casación   interpuestas   por  el  defensor  de  IVÁN  CIFUENTES  ARELLANO,  MARGOTH  SÁNCHEZ  MEJÍA  y     WILLIAM    GÓMEZ  TABORDA   

        2.-  CASAR  oficiosa  y  parcialmente  la sentencia para  determinar  que  la  multa  impuesta  a IVÁN  CIFUENTES ARELLANO y  MARGOTH  SÁNCHEZ  MEJÍA queda en 80  salarios   mínimos   legales   mensuales,   mientras  al  acusado  WILLIAM  GÓMEZ  TABORDA  se le irroga  las  penas  principales  de  treinta  (30)  meses de  prisión  y 50 salarios mínimos legales mensuales de  multa,  así  como  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones  públicas por 30 meses.   

3.-            DECLARAR     que    los    restantes  ordenamientos de la sentencia impugnada se mantienen incólumes.   

Contra esta providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ       LUIS       BARCELÓ  CAMACHO              FERNANDO   ALBERTO   CASTRO   CABALLERO            

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ              MARÍA       DEL       ROSARIO       GONZÁLEZ  MUÑOZ                      

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                      LUIS    GUILLERMO    SALAZAR    OTERO               

JULIO       ENRIQUE       SOCHA  SALAMANCA                   JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                   Excusa justificada   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 Cfr.  Entre   otros,   auto  del  18  de  abril  de  2007,  radicación  26916,  entre  otros.   

2  La  norma  también  establece  como  pena  principal  multa  de 50 a 1.000 salarios  mínimos  legales  mensuales, pero para efectos de determinar la modalidad de la  casación   solamente   se   tiene   en   cuenta   la   pena   privativa  de  la  libertad.   

3  Sentencia  del  23  de  junio  de 1982. M.P. Dr. LUIS ENRIQUE ROMERO SOTO. En el  mismo  sentido,  sentencia  del 5 de agosto de 1992, M.P. Dr. JUAN MANUEL TORRES  FRESNEDA.   También,   sentencia   del   29  de  agosto  de  2002,  radicación  15248.   

4  Página 14 del fallo de segundo grado.   

5  Página 11 ibídem.   

6  Página 16 ídem.   

7 Corte  Suprema  de  Justicia.  Sala  Penal.  Providencia  del 12 de septiembre de 2007,  radicación 26967.     

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