36007(16-03-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 36007  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente   

                            Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta No. 90.   

          Bogotá, D.C., dieciséis de marzo de dos mil once.   

V I S T O S  

Con  el  fin  de  constatar si satisface las  condiciones   de  admisibilidad,  la  Corte  examina  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  JUAN CARLOS MEJÍA  JURADO, contra la sentencia de segundo grado proferida  el  12  de  agosto  de 2010 por la Sala Penal del Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de Cundinamarca, que confirmó y revocó la dictada el 2 de febrero de  2007  por el Juzgado Segundo Penal del Circuito de Facatativá, que se le impuso  la  pena  principal  de  veintiocho  (28) años y seis (6) meses de prisión; la  accesoria  de  inhabilitación en el ejercicio de derechos y funciones públicas  por  el término de veinte (20) años; y, le negó la suspensión condicional de  la  ejecución  de  la  pena  y  la  prisión  domiciliaria,  al declarado autor  penalmente  responsable de los delitos de homicidio agravado y hurto calificado;  y,    absolvió    a    Jorge    Mauricio   Montoya  Sierra.   

H E C H O S  

Los acontecimientos que dieron origen a este  proceso  fueron relatados en las instancias, como se transcribe a continuación:   

   

“Al medio día  del  18 de marzo de 2005, sobre la vía que conduce de Albán a esta población,  el  señor  FERNANDO  RICO MORENO, quien conducía el tracto camión marca FORD,  de  placa  (sic)  XKF-341,  cargado  con polietileno, fue despojado del automotor y de la carga, conducido a  predios  de  la  finca El Carmen, vereda Matima Alta del municipio de Anolaima y  asesinado.   

Posteriormente,  cuatro  de  los individuos  aquí  juzgados  fueron  retenidos ese mismo día por la Policía de Carreteras,  aproximadamente  a  la una y media de la tarde, en el barrio Cartagenita de esta  localidad,  ellos  son: Ricardo Barriga conduciendo el automotor hacia Bogotá y  Jorge  Mauricio  Montoya  Sierra,  Fernando Lozano Góngora y Juan Carlos Mejía  Jurado,  cuando  transitaban por el lugar en la misma dirección en un vehículo  señalado por el primero como el que lo escoltaba.   

Además, Edgar Alejando Montoya Sierra, fue  capturado  al  día  siguiente  por la Policía Judicial en la ciudad de Bogotá  D.C.,   tras  recibirse  información  según  la  cual  un  vehículo  con  las  características  del  suyo fue observado en el lugar en donde fuera ultimado el  conductor       del       camión.”    

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

En atención la información suministrada el  19  de  marzo de 2005 por un investigador judicial del C.T.I., avisando sobre el  hallazgo  de  un cadáver en la vereda Matima Alta del municipio de Anolaima, la  Fiscalía   de   Turno   en   la   Unidad   de  Reacción  Inmediata  de  Madrid  (Cundinamarca),  dispuso  realizar la investigación previa por auto de la misma  fecha1;  llevó  a  cabo  la  inspección  al  cadáver  y al lugar de los  hechos2;  ordenó  la práctica de la necropsia3;  y,  la  inscripción  de  la  defunción4.   

En  curso  de  la  indagación preliminar se  practicaron  varias pruebas que sirvieron de sustento para que al día siguiente  (19  de  marzo  de  2005) se  decretara  la  apertura  de  instrucción, se ordenara la captura de      Edgar      Montoya     Sierra5 y la  vinculación        mediante       indagatoria6  de  éste  y  de Jorge    Mauricio    Montoya   Sierra7,          JUAN     CARLOS     MEJÍA    JURADO8,          Fernando      Lozano      Góngora9  y  Ricardo   Barriga   Díaz  10,  los  últimos previamente aprehendidos por servidores adscritos a la Policía de  Carreteras          de          Cundinamarca11.   

Las  diligencias, en esas condiciones, se le  asignaron  a  la  Fiscalía  Novena  Especializada  de  Bogotá, que definió la  situación  de  los  sindicados el 31 de marzo de 2005, imponiéndoles medida de  aseguramiento  consistente  en  detención  preventiva sin beneficio de libertad  provisional,  como  presuntos  coautores  de las conductas punibles de homicidio  agravado  y  hurto calificado agravado y se abstuvo de restringirles la libertad  por  los delitos de concierto para delinquir y fabricación, tráfico y porte de  armas      de      fuego      o      municiones12.    La   providencia   fue  recurrida  en  apelación  por  el defensor de Ricardo  Barriga  Díaz y confirmada el 21 de junio de 2005 por  la  Fiscalía  41  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior de Bogotá13.   

Por auto del 29 de agosto de 200514,    la  Fiscalía   Novena   Especializada   de   Bogotá   decretó  el  cierre  de  la  investigación  y  el  26  de  septiembre  del  mismo año, resolvió reponer la  decisión  en  atención  a  los  recursos  de reposición que interpusieron los  defensores15.   

Se practicaron otras pruebas y el 5 de enero  de    2006    la    Fiscalía    decretó    de    nuevo   el   cierre   de   la  investigación16   

El  19  de  enero  de  2006,  se decretó la  ruptura   de   la   unidad   procesal,  en  consideración  a  que  Ricardo  Barriga  Díaz aceptó cargos por  hurto          calificado          agravado17.   

El  13 de marzo de 2006, la Fiscalía Novena  Especializada  de  Bogotá  calificó  el mérito del sumario con resolución de  acusación    contra    Jorge    Mauricio   Montoya  Sierra,   Fernando  Lozano  Góngora, JUAN CARLOS MEJÍA  JURADO   y  Edgar  Montoya  Sierra,  por  homicidio  agravado  de  acuerdo  con la  definición  prevista  en los artículos 103 y 104-2° del Código Penal y hurto  calificado  descrito  en los artículos 239 y 240, numerales 1° y 2°, ibídem,  y    contra    Ricardo   Barriga   Díaz,  por  el  atentado contra la vida; precluyendo la investigación a  favor  de  todos  los  procesados  por  las conductas punibles de concierto para  delinquir   y   fabricación,   tráfico   y   porte   de   armas   de  fuego  o  municiones18.   

La resolución de acusación fue recurrida en  apelación  por  los  procesados  JUAN  CARLOS MEJÍA  JURADO  y  Fernando  Lozano  Góngora,  quienes  omitieron  informar los motivos de  desacuerdo,  razón  para que el ente instructor declarara desierta la alzada el  19        de        abril        de       200619.   

El conocimiento en la etapa del juicio se le  asignó  al  Juzgado  Primero  Penal  del  Circuito  de  Facatativá20,    que  celebró   la   audiencia  preparatoria  el  27  de  julio  de  200621  y la vista  pública  se  inició  el  12  de  septiembre  de 2006, la cual, luego de varias  sesiones,  finalizó  el  siguiente  25  de  octubre22.   

Mediante   auto   del   2  de  octubre  de  200623,  la  señora  Juez  Primera  Penal  del Circuito de Facatativá se  declaró  impedida  para continuar el trámite, por haber conocido el proceso en  segunda  instancia,  cuando  se desempeñó como Magistrada de la Sala Penal del  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca y remitió el expediente al Juzgado Segundo  Penal  del  Circuito  de la ciudad, que asumió el conocimiento el día 6 de los  mismos          mes          y          año24.   

La   sentencia  de  primera  instancia  se  profirió    el    2    de    febrero    de   200725,   de   cuya  naturaleza  y  contenido   se  hizo  mérito  en  el  acápite  inicial  de  esta  providencia,  confirmada  y  revocada mediante la que es objeto del recurso extraordinario por  parte del Tribunal Superior de Cundinamarca.   

LA DEMANDA  

De  entrada  advierte  el  demandante que la  captura  de  su  defendido  tuvo ocurrencia sin que mediara orden judicial y sin  que se le hubiese sorprendido en situación de flagrancia.   

Señala que a los procesados se les definió  la  situación  jurídica  con  medida  de  aseguramiento  por  los  delitos  de  homicidio  y  hurto  y “En  dicha  providencia  los  detenidos  JORGE  MAURICIO  Y  EDGAR  ALEJANDRO MONTOYA  SIERRA,  JUAN  CARLOS  MEJÍA  JURADO  [,]   FERNANDO   LOZANO  GÓNGORA  Y  RICARDO  BARRIGA  DÍAZ,  fueron  capturados…”,  señalando que se había hallado en  su  poder  el  camión hurtado, empero –a   juicio   del   actor–  olvidó  la  Fiscalía  que  JUAN CARLOS  MEJÍA   JURADO  no  tenía  ese  automotor,  pues  su  asistido   fue   aprehendido  cuando  “…se  desplazaba  tranquilamente  hacia  Bogotá,   sin   que  tuviera  tracto  camión  alguno  a  realizar  diligencias  personales…”   

Critica que la Fiscalía hubiese considerado  que    el    encuentro   de   JUAN   CARLOS   MEJÍA  JURADO    con   Fernando  Lozano en Puerto Boyacá, tenía por finalidad acordar  cómo     escoltarían     la    tracto–mula hurtada  en el trayecto hacia Bogotá.   

Considera que las pruebas recaudadas hasta la  resolución   de   situación  jurídica  eran  suficientes  para  concluir  que  MEJÍA  JURADO era inocente,  “…por  cuanto  en  su  investigación y función debió establecer la  Fiscalía  de  conocimiento  las  circunstancias  de modo, tiempo y lugar en que  probablemente  acontecen  los hechos, por cuanto como lo advierte posteriormente  el  por  aquel  entonces  Apoderado  de  JUAN  CARLOS  MEJÍA  JURADO,  este  se  capturo  (sic) en  situación  de  flagrancia  en  el  lugar  en  donde  sucede el  Homicidio  de  FERNANDO RICO ROMERO, ultimado según Inspección al Cadáver No.  038-2005     de     fecha     19     de     marzo    de    2005    (…)  EN  LA  VEREDA  MATIMA  ALTO  DEL  MUNICIPIO  DE  FACATATIVA vía que de Facatativa (sic)  conduce al municipio de Anolaima, muerte que acontece  según  la Inspección de Cadáver aproximadamente a las 2 pm Del 18 de marzo de  2005…”,  mientras  que  su asistido fue capturado en esa fecha, pero a las  3:00 p.m. y en la vía que va de Bogotá hacia Facatativá.   

Añade       que      “…su  aprensión  (sic) no ocurre  en  un  vehículo  de  las  características  indicadas  por  los testigos FREDY  HERNANDO  CUBILLOS  CÁRDENAS, NÉSTOR HUGO HERNÁNDEZ REY, RAÚL REYES PEDRAZA,  IVÁN  DARÍO  SÁNCHEZ  CASTILLO  que  dicen  haber  observado  momentos en que  probablemente  fue  desplazado  y  posteriormente  ultimado FERNANDO RICO MORENO  (sic)”,  lo  cual desvirtúa la responsabilidad del procesado MEJÍA JURADO.   

El    camión    hurtado    –agrega–   se   le  incautó  a  Ricardo  Barriga  Díaz, quien señaló a  JUAN CARLOS MEJÍA JURADO, a  Montoya   Sierra   y   a  Lozano  Góngora  como  las  personas   que   lo  escoltaban  y  ocupaban  el  automotor  marca  Chevrolet color gris.   

No      obstante      –advierte   el  libelista–,  Barriga  Díaz  no  señaló  a  JUAN  CARLOS   MEJÍA   JURADO  durante  la  diligencia  de  indagatoria,  aunque  sí  dijo  conocer al conductor del vehículo Swift  gris,  circunstancia  que el actor  atribuye  a  la  oportunidad que tuvo de verlo en el tiempo en que permanecieron  recluidos    en    las    mismas   instalaciones;   además   que   Barriga  Díaz  siempre mintió, al punto  de  asegurar  haber  visto a MEJÍA JURADO  tres  meses  atrás, para luego manifestar que no conocía si no a  uno   de   los   ocupantes  del  automotor  Chevrolet  Swift,      pues     dijo     que     “…allí en  cartagenita  se  encuentra detenido un vehículo SWIFT no recuerdo el color, con  tres  tripulantes, los cuales dos de ellos no distingo o nunca los he visto, uno  de ellos que se llama FERNANDO LOZANO.”   

Considera que la Fiscalía no debió afirmar  que  se  había  demostrado  el  desapoderamiento del camión y la carga, ni que  estaba   probada   la   muerte   de   Fernando  Rico  Romero,  sino que debió establecer la responsabilidad  de  otras  personas  en  los  delitos,  pues,  en  su sentir, la evidencia está  constituida  únicamente por la indagatoria de Ricardo  Barriga  Díaz,  quien  igualmente aseguró que había  sido presionado para que declarara contra los otros capturados.   

Señala  que  la  Fiscalía,  entonces,  le  concedió    importancia    a    la   indagatoria   rendida   por   Barriga  Díaz,  empero se la restó a su  ampliación,  la que sólo tuvo en cuenta para imputarle cargos por hurto debido  a la solicitud de sentencia anticipada.   

Censura  que  no  se  hubiese establecido la  posible  participación  de Octavio de Jesús Álvarez  Morales  en  los hechos ni se practicaran pruebas para  constatar   si   alguno   de   los   implicados  había  disparado  un  arma  de  fuego.   

De la misma forma critica que la Fiscalía no  se      hubiese      referido      “…a  la  declaración  de la compañera  permanente  de  JESÚS  OCTAVIO ÁLVAREZ MORALES ME REFIERO A la declaración de  CLAUDIA    VANESSA    ZAPATA    IDÁRRAGA,   en   la   que   hubo   (sic)  la  oportunidad  de intervenir EL  Ministerio  Público,  como  también  no  tuvieron  los  fallos de primera y el  recurrido  de  segunda  instancia  en  cuenta  estas pruebas que le (sic)  favorecían  a  los  reos  en sus  análisis,  como  es  el  caso de la prueba balística que determino  (sic)  el  posible  tipo  de  arma que  ocasiono (sic) la muerte al  occiso,   amen  (sic)  de  haberse  encontrado  tal  vez  un arma parecida a mi representado o a los demás  encartados,  que  indicara  un  indicio  en  el  homicidio,  como también tiene  falencia  el  ente acusador a quien corresponde establecer la certeza, la verdad  en   la   ocurrencia   del  Homicidio,  verbi  gracia  (sic),  no  se  dice  o pregona sobre la realización  experticia  -, Inspección a los vehículos de marras en los cuales se ENDILGABA  la  participación  en  el Homicidio, tal vez porque no resultaron los hallazgos  huellas,  rastros  que comprometieran directamente a mi representado; debe darse  entonces        a       (sic)       aplicación  al  principio  Penal  de presunción de Inocencia, por  cuanto  al  valorar  en  conjunto  toda la actividad probatoria se establece aun  (sic) la Inocencia de JUAN  CARLOS  MEJÍA  JURADO,  para  obtener  a  su  favor  la  revocatoria  del fallo  confirmatorio      condenatorio      de      segunda      instancia.”   

Para  el  demandante la Fiscalía y el A quo  “…acudieron  a  la proscrita figura de la valoración objetiva de las  pruebas   concluyendo   que   JUAN   CARLOS  MEJÍA  JURADO  era  conocedor  del  hechos  (sic)  de hurtar un  tracto   Camión   [,]  su  cometido y ultimar a su conductor.”   

Afirma el censor que no obra en el expediente  ninguna  prueba  que  permita  sustentar  la  condena  proferida en contra de su  defendido,   porque   los   hechos   indicadores  a  partir  de  los  cuales  se  estructuraron los indicios graves, no están demostrados.   

Lo   que  sí  se  demostró  –asegura– es que JUAN  CARLOS  MEJÍA JURADO había vendido su automotor días  antes  de  que  fuera  capturado  y  en  ese preciso momento se desplazaba en el  vehículo hacia Bogotá para cancelar los impuestos.   

Solicita  de  la  Corte  revocar el fallo de  segunda     instancia,    declarar    que    MEJÍA  JURADO es inocente o darle aplicación al principio de  in dubio pro reo, y al mismo  tiempo,    demanda    la    devolución   del   vehículo   marca   Chevrolet  Swift  de placas CHL 60 (sic),  modelo  1992  que,  al  parecer,  fue  el mismo que le incautaron a su defendido  “…para  entregarlo a su propietario situación que no resolvió el Ad  quem a pesar de la solicitud formal.”   

A  continuación  señala  que  el  Tribunal  revocó  parcialmente  el  fallo  de  primer grado, pero no comparte que el Juez  Colegiado  hubiese  manifestado  que  no  puede  agravarse  la  pena impuesta al  apelante único.   

Tampoco  está de acuerdo con que el Ad quem  señalara  que la participación de JUAN CARLOS MEJÍA  JURADO  se  había demostrado por haber sido capturado  en  compañía de Fernando Lozano Góngora,  quien  es  amigo  de  Ricardo  Barriga  Díaz,  la persona contratada para conducir el camión  hurtado,  habiendo sido éste el que señaló a MEJÍA  JURADO como partícipe de los hechos.   

Censura que el Tribunal, sin darle crédito a  las    explicaciones    de    JUAN   CARLOS   MEJÍA  JURADO,  afirmara que su defendido tenía conocimiento  de  lo  que  estaba  haciendo,  es  decir, que escoltaba el vehículo del que se  habían  apoderado  y  para  ello  se  puso de acuerdo con su amigo Fernando Lozano.   

“Al  respecto  quiero  indicar  para  rebatir  este aparte considerativo del fallo recurrido en  Casación,  que  el  fallo  de  primera  instancia proferido por el Juez segundo  Penal  del  Circuito  de Facatativa (sic) al  igual  que  el  emitido  por  el Honorable Tribunal Superior de  Cundinamarca  en  Sala  Penal, conllevan un error de hecho en la apreciación de  las  pruebas,  en la valoración de las mismas y su interpretación, la falta de  valoración  de  todas  y  cada  una  de  ellas  en  conjunto  y  conforme a los  principios  de la sana crítica, causal que se pretende demostrar a la luz de la  falta    de    aplicación   del   (sic)      Artículo     (sic)  232,  234,  238  de  la  ley  600 de 2000, circunstancias que han  llevado  a los funcionarios fallador de Primera Instancia y de Segunda Instancia  en  el  caso  que  nos  ocupa  a  concluir  en  falso  juicio de raciocinio, sin  permitirles  establecer  la  certeza  necesaria  sobre  la  responsabilidad  del  procesado  JUAN CARLOS MEJÍA JURADO, a quien se le ha  (sic)  dictado  fallos  condenatorios  adversos  a la  realidad            fáctica…”   

Considera    que    no    “…se  valoro   (sic)   en  sana  crítica    el    testimonio    de    la    señora   CLAUDIA   VANESSA   ZAPATA  IDÁRRAGA…”,   a  partir  del  cual  –asegura–  se  puede   establecer  la  verdad  en  relación  con  la  muerte  de  Fernando  Rico  Romero,  atendiendo a que  esta  prueba  debe  apreciarse  en  conjunto  con la indagatoria de Ricardo   Barriga   Díaz   “…y demás  pruebas  científicas forenses incluida la de balística aportadas al expediente  por      el     Instituto     Nacional     de     Medicina     Legal…”   

Finalmente,  en  un  capítulo  que denomina  “CAUSAL  DE  CASACIÓN  INVOCADA:       CARGO      ÚNICO:…”   señala  que  de  acuerdo  con  lo  expuesto,  queda  demostrado  que  el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca,  al  proferir  la  sentencia  de  segunda  instancia, por la que confirmó la condena  impartida     contra     JUAN     CARLOS    MEJÍA  JURADO,          violó          “…directamente  de  la  ley…”,      vulnerando     “…la norma  de   derecho   sustancial  por  error  de  hecho,  en  la  apreciación  de  las  pruebas…”   

Indica   igualmente   el   libelista   que  “…el    error   de   la   apreciación   de   la   prueba…”  consistió  en  haberle  dado  credibilidad  a  la ampliación de indagatoria de  Ricardo   Barriga   Díaz,  “…para  absolver  a  JUAN  CARLOS  MEJÍA  JURADO  de  todo cargo y/o  delito…”.   Asimismo,   en  relación  con  el  testimonio  de  Claudia  Venessa  Zapata  Idárraga,  que  asegura  “…no   fue   apreciada  [ni]  valorada  en  conjunto con la primera prueba a fin de establecer la  certeza [o] la verdad sobre  la  ocurrencia  y factores que determinaron la muerte de FERNANDO RICO ROMERO, y  que  conlleva  junto  con  las  demás pruebas obrante  (sic)  en el expediente [a]  la  absolución  de mi representado en el  (sic)  cargo  (sic)  de  Homicidio  Agravado  y  Hurto Calificado y  agravado;  pruebas  estas  que  al  no  darse  la  valoración  conforme  a  los  principios  de  la  sana crítica llevaron a los falladores de primera y segunda  instancia  a  un  Error  de no valoración de la prueba en conjunto, el error de  valoración  probatoria  que conlleva un falso raciocinio al momento de proferir  la  decisión de manera Especial la Sentencia Condenatoria proferida por La sala  Penal  del Honorable Tribunal Superior del Distrito Judicial de Cundinamarca, el  cual  es objeto de Recurso de Casación, por violar al  (sic)  principio  Probatorio  de la imparcialidad del  funcionario  en la búsqueda de la prueba y la necesidad de la misma  [,]  esto  es  la APLICACIÓN INDEBIDA  del            (sic)           artículo     (sic)     234,   238  del  C.P.P.,  Ley  599  (sic)  del   año   2000,  esto  es,  por  haber  incurrido  parcialmente  en  la  causal primera, cuerpo primero, de CASACIÓN consagrada en  el  numeral  primero  del  artículo 207 del Código de Procedimiento Penal, Ley  600 de 2000.”   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Conforme  lo  ha señalado reiteradamente la  Sala,  la  casación  atiende  a  unos  fines  superiores que se concretan en la  reparación  de  los  agravios inferidos a las partes en la sentencia recurrida,  la  efectividad  del  derecho  material y de las garantías fundamentales de los  intervinientes  en  la  actuación,  y  la  unificación  de  la  jurisprudencia  (Ley   600   de   2000,   articulo   206).   

Sin  embargo,  de  ninguna  manera se puede  entender  que  la  naturaleza  de  este  mecanismo  sea de libre configuración,  desprovisto  de  todo rigor y que tenga como finalidad abrir un espacio procesal  semejante  al  de las instancias para prolongar el debate respecto de los puntos  que han sido materia de controversia.   

Ha   de   resaltarse   que   mediante  la  proposición  del  recurso el censor debe sujetarse a las causales taxativamente  señaladas  en el ordenamiento procesal y con observancia de los presupuestos de  lógica  y  adecuada  argumentación  inherentes a cada motivo extraordinario de  impugnación,  para  persuadir  a  la  Corte  de  que  con  el  fallo de segunda  instancia  se  ha  originado  el  quebranto  de  alguna de aquellas finalidades.   

De  entrada  se  advierte  que  el  escrito  presentado  por  el  defensor  de  JUAN CARLOS MEJÍA  JURADO,   no   cumple   las  mínimas  exigencias  de  admisibilidad  que  consagra  el  artículo  212 de la Ley 600 de 2000, como que  sólo  identificó  a  uno de los sujetos procesales (su defendido); apenas hizo  alusión  a  la  sentencia  demandada;  presentó  una  síntesis  de los hechos  materia  de  juzgamiento  y  de la actuación procesal; no precisó cuál era la  causal  que  invocaba,  ni  formuló el cargo indicando de forma clara y precisa  sus fundamentos.   

El escrito presentado por el demandante, ni  siquiera  reviste la apariencia de un alegato de instancia, destacándose que su  argumentación  es deficiente y carente de método, la cual limitó a reproducir  lo  que,  en esencia, constituyó el resumen que hizo el Tribunal al referirse a  los  fundamentos  del recurso de apelación presentado en nombre de JUAN CARLOS MEJÍA JURADO.   

Con  todo,  el principio de limitación que  rige  en  casación  le  impide a la Sala corregir las deficiencias anotadas, en  tanto  no  le corresponde asumir la carga argumentativa exclusiva del recurrente  para  complementar,  adicionar  o  enmendar el libelo, porque la casación no es  otra  instancia  ordinaria;  su  finalidad  es  promover  un  juicio  técnico y  jurídico  contra  la  sentencia que pone fin a un proceso, en orden a demostrar  su ilegalidad.   

No  obstante  que de acuerdo con lo anotado  puede   considerarse  que  el  reproche  presentado  por  el  impugnante  se  ha  respondido  negativamente,  considera  la  Sala  oportuno, en cumplimiento de la  función   pedagógica  que  le  corresponde,  recabar  en  la  esencia  de  los  presupuestos  necesarios  para  demostrar  una  causal  acorde con la naturaleza  constitucional  y  legal  del recurso, sin que ello constituya la imposición de  un  método  determinado, sino la indicación de las exigencias que debe colmar,  en  cada  caso, la formulación de los cargos y específicamente de aquellos que  trató de esbozar el apoderado especial del procesado.   

En  efecto,  del  escrito presentado por el  abogado  lo  primero que se advierte es una seria confusión en relación con la  causal  invocada,  si  se  tiene  en  cuenta  que  acusa  la  sentencia de haber  violado  directamente  la  ley sustancial,  por  error  de  hecho  en la apreciación de las pruebas, lo cual  sería       constitutivo      de      violación  indirecta,  de  acuerdo  con  la  consagración  legal  prevista  en la segunda parte del artículo 207-1° del Código de Procedimiento  Penal;   y,   de   indebida  aplicación  de  los  artículos  234 y 238 del Código de Procedimiento Penal,  circunstancia   que  debió  ajustar  a  los  presupuestos  de  la  violación   directa,   conforme   a  la  preceptiva   contenida  en  el  numeral  primero,  cuerpo  primero,  del  citado  artículo 207.   

En desarrollo del cargo, como si se tratara  de  la  misma  causal,  fundamentó  el  reproche en lo que, al parecer, serían  errores  de  hecho  consistentes  en  falso  juicio  de existencia por omitir la  valoración  de  unas  pruebas;  falso juicio de identidad por tergiversar otros  medios  de  convicción;  y,  falso raciocinio, en razón a que considera que se  valoraron  algunas  evidencias  contrariando los principios de la sana crítica,  aspectos     que     se    refieren    exclusivamente    a    la    violación    indirecta   de   la   ley  sustancial.   

1. Entonces, si lo  que  pretendía  el actor era proponer y fundamentar la violación directa de la  ley  sustancial,  debió  tener  en cuenta que, conforme lo ha dicho la Sala, al  actor  se  le  exige que afirme y pruebe que el juzgador de segunda instancia ha  incurrido en error:   

(i)  Por falta de  aplicación  o  exclusión  evidente,  que  se  presenta  cuando  el funcionario  judicial  yerra  acerca  de  la existencia de la norma y por eso no la aplica al  caso  específico  que  la  reclama;  ignora  o  desconoce  la ley que regula la  materia  y  por  eso  no la tiene en cuenta habiendo incurrido en error sobre su  existencia o validez en el tiempo o en el espacio;   

(ii)    Por  aplicación  indebida que se origina cuando el juzgador se equivoca al calificar  jurídicamente  los hechos o, cuando habiendo acertado en su adecuación, yerra,  sin  embargo,  al  elegir  la norma correspondiente a la calificación jurídica  impartida; o,   

(iii)   Por  interpretación   errónea,   que  ocurre  cuando  el  Juez  selecciona  bien  y  adecuadamente  la  norma  que  corresponde al caso sometido a su consideración,  pero  se  equivoca  al  interpretarla  y le atribuye un sentido jurídico que no  tiene o le asigna efectos contrarios a su real contenido.   

Además, deberá abstenerse de reprochar la  prueba y realizar un estudio puramente jurídico de la sentencia.   

Igualmente,  si  como  consecuencia  de  la  errónea  interpretación  de  la  ley  ésta  se  deja  de  aplicar o se aplica  indebidamente,  debe  dirigir  su  acusación  hacia una de estas dos hipótesis  –exclusión  evidente  o  indebida  aplicación– y no  hacia  la interpretación equivocada de la ley, pues lo importante, en últimas,  es   la  decisión  tomada  por  el  Juez:  no  aplicar  la  norma  o  aplicarla  indebidamente.   

Si   el  demandante  predica  aplicación  indebida  de una norma, tiene que precisar el precepto inadecuadamente utilizado  y aquél que en su lugar debe ser atribuido.   

Deberá tener en cuenta que respecto de una  misma   disposición   legal  no  puede  predicarse  simultáneamente  falta  de  aplicación y aplicación indebida.   

Al optar por esta clase de violación de la  ley  sustancial,  deberá  el  impugnante  indicar  en forma clara y precisa los  fundamentos  de  la  causal  y  citar  las  normas  que  se estiman infringidas.   

Por  último,  si  por  esta vía el censor  reprocha  al  juzgador  el tratamiento impartido al principio de duda, tiene que  demostrar  que  en  la  sentencia  reconoció  formalmente  la  presencia  de la  incertidumbre  y  sin  embargo  condenó,  con  lo cual ha incurrido en falta de  aplicación  del  artículo  7 de la Ley 600 de 200026.   

El  libelista  en  la  postulación de este  reparo  debió  aceptar en su integridad los presupuestos fácticos vertidos por  el  sentenciador, así como las pruebas y su valoración. Sin embargo, no logró  cumplir  ese  cometido,  por  lo  que  el  cargo, desde su enunciación, deviene  inidóneo  para  concitar  el  examen  de  fondo de la Corte, como quiera que se  apartó  de los hechos declarados en la sentencia, para, a su manera, exponer la  situación que debió ser analizada.   

Olvidó que el objeto de la casación es el  de  realizar un juicio de legalidad de la sentencia de segundo grado. Inclusive,  dentro  del capítulo dedicado a la fundamentación del recurso de casación, se  ocupó  de  analizar la prueba desde su particular perspectiva y, a partir de la  versión  presentada  en  curso de la diligencia de indagatoria por Ricardo  Barriga  Díaz, y del testimonio  de   Claudia  Vanessa  Zapata  Idárraga,   ensayó  una  crítica  contra  la  decisión  del  Ad quem.   

Se advierte la equivocación del actor en la  escogencia  de  la  causal  invocada para dirigir el ataque, porque –se          itera–  en  la  violación directa de la ley  sustancial  se  da  por  descontado  que  el  demandante  renuncia  a  cualquier  polémica  sobre  los  aspectos fácticos del caso, estándole igualmente vedado  entablar  debates  en  relación con el examen probatorio que se supone admitido  en la forma como el fallador lo asumió.   

Es evidente que en este caso el casacionista  no  cumplió  con las mínimas exigencias en desarrollo del cargo por violación  directa de la ley sustancial.   

2. Ahora bien, si  la  intención  del  recurrente era atacar la sentencia por violación indirecta  de  la  ley  sustancial,  al  tenor  de  lo  dispuesto  en el cuerpo segundo del  artículo  207-1° del Código de Procedimiento Penal, en primer lugar tenía la  obligación  de  identificar  con exactitud el yerro, es decir, establecer si se  trataba de un error de hecho o de derecho al apreciar la prueba.   

Tratándose de los primeros, debía precisar  si  se produjo (i) bien porque  pese   a   obrar   en   el   diligenciamiento   no  fue  valorada  (falso  juicio de existencia por omisión);  porque  sin  figurar en la actuación se supuso su presencia allí y la tuvieron  en  cuenta en la decisión (falso juicio de existencia  por          suposición);         (ii) porque al considerarla distorsionaron  su  contenido  cercenándola,  adicionándola  o  tergiversándola (falso    juicio    de   identidad);   o,  (iii)  atendiendo a que, sin  incurrir  en  alguno  de los desatinos referidos, derivaron del medio probatorio  deducciones  contrarias  a  los  principios  de  la  sana crítica, esto es, los  postulados  de  la  lógica,  las  leyes  de  la  ciencia  o  las  reglas  de la  experiencia      (falso     raciocinio).   

En  relación  con el error de derecho, era  necesario      que      afirmara      y      demostrara     que     (i)  se  le  había  negado  a determinado  medio  probatorio  el  valor  conferido  por la ley o le fue otorgado un mérito  diverso  al  atribuido  legalmente  (falso  juicio de  convicción),          o          (ii)  que  los  funcionarios  al  apreciar  alguna  prueba  la  asumieron  erradamente  como legal aunque no satisfacía las  exigencias  señaladas  por  el  legislador  para  tener  tal  condición,  o la  descartaron  aduciendo  de  manera  equivocada  su  ilegalidad,  pese  a  que se  cumplieron  cabalmente  los  requisitos dispuestos en la ley para su práctica o  aducción   (falso  juicio  de  legalidad).   

Tratándose  del  primer  caso –falso   juicio   de  existencia  por  omisión–  le corresponde  al  recurrente  indicar  cuál  fue  la  prueba  que  no se valoró, cuál es la  información  que  objetivamente  suministra,  el mérito demostrativo al que se  hace  acreedora  y  cómo  su  estimación  con  el  resto del acervo probatorio  variaría las conclusiones del fallo censurado.   

Cuando  el  propósito  es  alegar el falso  juicio  de  existencia  por  suposición, debe el casacionista identificar cuál  era  el  aparte  del  fallo  carente  de soporte demostrativo en la actuación y  precisar  su injerencia en el sentido de la decisión, esto es, cómo al excluir  la  suposición,  la  sentencia  sería diversa y en todo caso beneficiosa a los  intereses de su procurado.   

Pero,  si  la  pretensión  se  encamina  a  demostrar  un  falso juicio de identidad, se tiene que identificar a través del  cotejo  objetivo de lo dicho en el medio probatorio y lo asumido en el fallo, el  aparte  de  la  prueba  que  se  omitió o se añadió, los efectos producidos a  partir  del  cercenamiento  o  la  adición  y cuál sería la trascendencia del  yerro en la parte resolutiva de la sentencia atacada.   

Si el reparo se orienta a denunciar un falso  raciocinio,  es obligación del demandante establecer qué dice concretamente el  medio  probatorio, qué se infirió de él en la sentencia atacada, cuál fue el  mérito   persuasivo   otorgado,   determinar   el  postulado  lógico,  la  ley  científica  o  la  máxima  de experiencia cuyo contenido fue desconocido en el  fallo,  debiendo  igualmente  indicar su consideración correcta, identificar la  norma  de  derecho sustancial indirectamente excluida o indebidamente aplicada y  luego,  demostrar  la trascendencia del error expresando con claridad cuál debe  ser  la  adecuada  apreciación de aquella prueba, con el inexcusable compromiso  de  acreditar  que  la  enmienda del yerro daría lugar a un fallo esencialmente  diverso y favorable a los intereses de su representado.   

De   plantearse   un   falso   juicio  de  convicción,  es  obligatorio  que  el impugnante demuestre la infracción de la  tarifa  de  valoración  dispuesta por el legislador, así como su injerencia en  el sentido del fallo.   

Por  último,  refiriéndose  al  error  de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad,  es obligación identificar el medio  probatorio  que  tacha  de  ilegal,  indicando  las disposiciones cuyo quebranto  determina  tal  ilegalidad  y demostrar la efectiva ocurrencia de lo denunciado;  o, comprobar la legalidad de la prueba desechada por el juzgador.   

En todo caso, se tiene el deber de acreditar  la  trascendencia  del  desacierto  en  las  conclusiones  del  fallo,  esto es,  demostrar  que  con  la  marginación  de  la  prueba  que  se  dice ilegal, las  restantes  evidencias  conducen  a  una  decisión sustancialmente diversa de la  atacada,  o  que  con  la incorporación del medio de prueba que el actor estima  legal,  las  conclusiones  serían  distintas  a  las  que contiene la sentencia  impugnada.   

Aparte de que el demandante, conforme se ha  señalado,  omitió  enunciar  las  causales  y formular los cargos, como quedó  anotado,  incluyó  en el mismo capítulo dos censuras excluyentes, precisamente  aquellas  previstas  en  los  dos  cuerpos del numeral 1° del artículo 207 del  Código  de  Procedimiento  Penal, circunstancia que también le impediría a la  Sala  precisar  cuál  fue el supuesto dislate de los Jueces, porque dirigió el  ataque  contra  la sentencia del Ad quem simultáneamente por violación directa  e  indirecta  de  la ley sustancial, tratando de sustentar en un mismo cargo los  yerros   que   ni   siquiera  precisó.  Ese  proceder  constituye  un  absoluto  desconocimiento  del  principio  de  no  contradicción  que  rige el recurso de  casación,   conforme   lo   ha   señalado   de   antaño  la  Sala27.   

El hecho de que cada cargo deba sustentarse  en  una  sola  causal  obedece  a  que  todo  reproche,  lógicamente,  debe ser  suficiente  para  el  propósito  que  se  persigue, por lo que resulta impropio  introducir  o  mezclar  propuestas contradictorias, con mayor razón si, como lo  tiene  dicho esta Corte, cuando el reproche se plantea por violación directa de  la  ley  sustancial,  el  demandante  debe  abstenerse de censurar la prueba, es  decir,  le  compete  aceptar  la apreciación que de ella ha hecho el fallador y  conformarse  de  manera  absoluta  con la declaración de los hechos vertida por  éste,  porque  para  tales  cuestionamientos se requiere acudir a la violación  indirecta de la ley sustancial.   

Todo cargo en sí mismo, por lo tanto, debe  ser  una  proposición  jurídica  completa,  sin perjuicio de que el recurrente  plantee  los  que  quiera, inclusive excluyentes, a condición de que lo haga en  capítulos   separados  y  de  manera  subsidiaria,  conforme  lo  ha  precisado  reiteradamente        esta        Corporación28.   

Con tan precaria formulación de los cargos,  el  defensor,  incluso,  pasó  por  alto  contrastar  sus  conclusiones con los  fundamentos   del  fallo  atacado,  para  hacer  manifiesta  la  prosperidad  de  aquéllas frente a las supuestas deficiencias de éste.   

Entonces,  ante  la  falta  del  correcto  planteamiento  y la necesaria demostración de un error trascendente en el fallo  cuestionado,  no  puede la Corte, sin contrariar el principio de limitación que  rige  la impugnación extraordinaria, ocuparse de examinar falencias o yerros no  denunciados,  o  deficientemente presentados por el demandante, menos si en esta  sede  las  sentencias se presumen acertadas y legales, cuyo derrumbamiento sólo  es  posible procurar a través de la dialéctica que omitió, al menos, intentar  el casacionista.   

Se  desprende  de la exposición presentada  por  el  actor,  que  éste  estima precaria la prueba con la que las instancias  sustentaron  el  compromiso  de  JUAN  CARLOS  MEJÍA  JURADO  en  los  delitos por los cuales fue condenado,  porque    a    su    juicio    ningún    vínculo   tenía   con   Ricardo   Barriga  Díaz  y  su  viaje  a  Bogotá  obedecía  simplemente  a  que necesitaba pagar los impuestos y hacerle  unos  ajustes  mecánicos  al  automotor  en  que viajaba, mismo que, asegura el  demandante,  ya  no  era  propiedad  de  su asistido, porque lo había enajenado  días   atrás;   además,   porque   –proponiendo  un  argumento  que contraría los hechos aceptados por  el   procesado   que   asegura  haber  viajado  de  Puerto  Boyacá  hacia  esta  ciudad–  lo capturaron en  la  ruta que de Bogotá conduce a Facatativá y el camión hurtado se desplazaba  desde Facatativá hacia el Distrito Capital.   

Sus  premisas  permiten  suponer  que  el  libelista  no  descubrió  un error trascendente, sino que pretende prolongar la  discusión  planteada en el recurso de apelación, la cual resolvió el Tribunal  en los siguientes términos, cuando confirmó el fallo:   

“Respecto de la  participación  del  procesado  JUAN  CARLOS MEJÍA JURADO, está probado que su  vinculación  al  proceso obedece específicamente a que estaba en compañía de  FERNANDO  LOZANO  GÓNGORA,  quien resulta ser al mismo tiempo, amigo suyo y del  que  conducía el tracto-camión hurtado, es decir, el procesado RICARDO BARRIGA  DÍAZ,  así  mismo,  por  haber sido reconocido por éste mismo como una de las  personas  que  lo  contrataron  para  manejar  el tracto-camión, según informe  policivo.   

Por consiguiente, le asiste razón al a quo  en  señalar  que MEJÍA JURADO, sí tenía conocimiento que con FERNANDO LOZANO  GÓNGORA,  vigilaban  el  tracto-camión  que  luego  sería  hurtado,  como  se  desprende      de      su      injurada      al     manifestar,     “el  jueves  me  encontré  yo  con un  amigo  llamado  FERNANDO  LOZANO,  yo  le comenté a él que yo tenía una ida a  Bogotá  a  hacerle  un  arreglo  a  mi  carro  y  a  pagarle unos impuestos, el  (sic)  me  dijo que tenía  una  vueltica para hacer y que aprovecháramos y que nos ganábamos una platica,  …y  salimos  temprano de  allá  como  a  las 6 o 6:30 de la mañana y ya fue cuando me contó que era que  veníamos     poniéndole    cuidado”,  aquí  detiene  el  relato y al dialogar con la defensa quien le  advierte  que  se  trata  de  una  indagatoria,  el procesado dice, “aclaro   que   Fernando   me  venía  contando  que él venía poniéndole cuidado para llegarle de sorpresa al hijo a  la    casa    aquí   en   Bogotá…”,    esta    ultima   (sic)   expresión  no  es  nada  distinto  a  buscar  una  explicación  plausible  a  la  razón  del  viaje  y lo que venían haciendo en la carretera,  puesto  que  su  inicial  relato guarda concordancia con la versión de FERNANDO  LOZANO,      al      decir,     “…saliendo  de Sasaima, vimos la mula, la que RICARDO  me había  dicho     que     si     veíamos…”.  Importa  resaltar  que lo (sic) precitados procesados procedían  de Puerto Boyacá.   

Ahora, respecto al reconocimiento que hizo  el  procesado  RICARDO  BARRIGA  DÍAZ,  del  acusado  MEJÍA  JURADO, según la  descripción  física  que  hizo corresponde sin lugar a dudas a aquél, pues al  preguntársele  que  describiera  a  los  tres  ocupantes  del Swif (sic),     contestó:    “el   conductor   es   gordito,   lo  distinguí  hace  como  un  mes,  él  tiene  una  cicatriz, creo que es al lado  izquierdo  de la cara… él  tiene  afectado un pedazo de la cara, creo que fue como un accidente…”,  lo  cual guarda correspondencia  con  lo  consignado en la injurada de MEJÍA JURADO de sus rasgos morfológicos,  “señales  particulares  visibles  sí  CICATRIZ  ANTIGUA REGIÓN TEMPORAL Y REGIÓN PARIETAL, manifiesta  que  cuando  estaba pequeño un carro me arrastró y manifiesta que se implantó  cabello”.   

Por  lo  anteriormente  expuesto,  pierde  relevancia  lo  alegado  por  el  defensor en cuanto enfatiza que el acusado fue  retenido   en   un  lugar  diferente  y  distante  de  donde  fue  incautado  el  tracto-camión      cargada      (sic),   objeto  material  del  hurto,  por  ende,  la  inexistencia  de  flagrancia,  no  obstante,  en  aras  de  la  verdad, la distancia entre los dos  lugares,  no  es significativa, y se (sic)   están   ubicados   sobre   la  misma  vía,  esto  [es]  la  que  conduce a Bogotá pasando  por   Facatativá,   y  por  otra  parte,  no  se  vislumbra  en  el  procesado,  “la  clara intención de  involucrar”  a  MEJÍA  JURADO,  como  lo  expone  la  defensa.  Luego,  su participación activa en los  hechos  queda  demostrada,  pues  e  lo  que  se  conoce,  consistía en prestar  vigilancia  al  tracto-camión  a hurtar, ya que se ignora cómo fue abordado el  conductor  del  mismo  pues  fue ultimado en un lugar diferente y retirado de la  vía por la cual se desplazaba.   

(…)   

En  cuanto a que el acusado fue intimidado  para  que  hiciera  tales sindicaciones en la primera indagatoria, ningún medio  de  prueba  respalda  tal  aseveración,  por  el  contrario,  al  acusado se le  preguntó,  “usted ha sido  amenazado     después     de     su     captura?,    contestó:    “No, lo único que me han dicho es que  diga  que  no  los  conozco  y  que  ellos  después  me sacan a mí”.”   

Y, si el objeto del recurso de casación era  controvertir  la integridad de los funcionarios judiciales, conforme lo insinuó  en  la demanda29,  por  desconocimiento  del  principio de imparcialidad o por haber  sido  deficiente  la  materia  probatoria,  para  la correcta formulación de la  censura  corresponde  al  demandante  ocuparse  de  cada  uno  de  esos  asuntos  demostrando  la  trascendencia directa que el error in  procedendo  refleja  en  el  fallo y que de no haberse  presentado  la  irregularidad denunciada, el desarrollo de la actuación habría  podido  ser otro y distinto lo resuelto, y de esa forma acreditar que el defecto  sustancial  planteado  únicamente  se  puede  enmendar  con  la declaratoria de  nulidad.   

Al  reclamar  el recurrente que el fallo se  dictó  desconociendo el principio de imparcialidad que debe regir la actuación  de  los  funcionarios  judiciales,  debe tenerse en cuenta que este postulado se  integra,   en   general,   al  debido  proceso  en  lo  que  concierne  al  juez  natural.   

De  otro lado, no es cierto que el Tribunal  hubiese  omitido  pronunciarse sobre la entrega del automotor Chevrolet Swift de  placas  CHL  60 (sic), modelo  1992,   puesto   que   sobre   ese  específico  aspecto  la  segunda  instancia  señaló:   

“Frente  a la  solicitud  de  devolución  del automotor marca Chevrolet Swift, de placa CHL-60  (sic)    modelo    92,  (…),  elevada  por  la  defensa  de  JUAN  CARLOS MEJÍA JURADO; verificado que se adelantó el trámite  de  incidente de reclamación, la Fiscalía en primera como en segunda instancia  ha  negado  la  entrega  de  dicho  automotor, aduciendo que para el día de los  hecho  (sic), la posesión  del  vehículo  la  ostentaba  el  procesado  JUAN CARLOS MEJÍA JURADO, y en la  indagatoria  no  hizo claridad sobre la existencia de un tercer propietario, por  el      contrario,     expuso,     “como  bienes  poseo un carro de placas CHR-060 de Chía…”,  a  su  amigo  Fernando  Lozano,  “yo  le  comenté  que  tenía  una  ida  a  Bogotá  hacerle  un  arreglo  a  mi carro y a pagarle unos  impuestos”, por último,  “cómo  es  posible  que  piensen  que yo con mi carro a nombre mío estando con mis documentos al día me  voy    a    prestar    a    una    cosa    de    estas    por   Dios…”.   

Ciertamente  el  juez  de  instancia no se  pronunció  frente  a  la  petición  de devolución del referido automotor, sin  embargo,  para  la  sala  existe material probatorio suficiente que el vehículo  fue   objeto   de   venta   entre   JUAN   CARLOS   MEJÍA  JURADO  –vendedor–   y   JICLY   ESGARDO  MUTIS  ISAZA  –comprador–,  según  contrato  de  compraventa  autenticado  y el formulario de traspaso diligenciado y firmado por el vendedor.  Entonces,  como  es  claro  quién  es  el verdadero propietario, no hay lugar a  declarar  el  comiso  pero tampoco su devolución al que lo reclama, sino que al  tenor  de  la  Ley  793  de 2002, que regula la acción y el procedimiento de la  extinción  de  dominio,  cuando  conforme  al  art.  2 numeral 3° “Los bienes de que se trate hayan sido  utilizados  como medio o instrumento para la comisión de actividades ilícitas,  sean  destinadas  a  estas,  o  correspondan  al  objeto  del delito”,  se  dejará  a  disposición de la  Fiscalía  General  de la Nación, para que se surta el respectivo trámite, con  observancia   del   debido  proceso  y  donde  el  interesado  podrá  hacer  su  reclamación  demostrando  ser el legítimo dueño del automotor a fin de que le  sea devuelto.”   

Sin  que  ahora demuestre el demandante que  resulta  necesaria  la  intervención de la Corte en ese tema, para obtener así  un nuevo pronunciamiento.   

Con  todo,  si la intención del censor era  discutir    sobre    la   legalidad   de   la   aprehensión   de   JUAN     CARLOS     MEJÍA    JURADO30         –argumento que no llevó más allá de  la  simple enunciación– en  procura  de  la eventual invalidación del trámite, debe advertírsele al actor  que  la  jurisprudencia  de  la Sala tiene señalado que la captura ilegal no es  fuente  de  nulidad de las actuaciones, por no tener incidencia sobre el derecho  a  la  defensa  ni  sobre la estructura del proceso, ya que los defectos que dan  lugar  a  la  nulidad  deben  ser  sustanciales y afectar las formas propias del  juicio, o las garantías fundamentales en modo trascendental.   

En  efecto,  es  cierto que la legislación  garantiza  los  derechos  de  quien  ha sido privado de la libertad, pero no por  ello  puede  asegurarse  que el desconocimiento de esas prerrogativas afecte los  actos  de  vinculación  procesal  y los que de ellos se desprendan en relación  antecedente  consecuente,  cuando  el propio régimen jurídico ha previsto unas  consecuencias  diferentes  que podrían traducirse en una captura ilegal, en una  prolongación  ilícita  de  la libertad, así como en la posibilidad de ejercer  mecanismos  de protección inmediata de esas garantías como la acción pública  de    hábeas    corpus.   

Así,  no  podría  argumentarse  que  la  vulneración  de  los  derechos del capturado afecta su vinculación al proceso,  porque  la  aprehensión  no  es  un  acto  del cual dependa la recepción de la  indagatoria,  al  punto  que  ésta  en la mayoría de casos se practica sin que  previamente  opere  la  retención  del individuo, la que, en caso de ejecutarse  sin  observar  la  plenitud  de exigencias legales, incidiría únicamente en la  libertad     del     procesado     –siempre  que  no  se deje precluir la oportunidad para solicitarla,  como    ocurrió    en    este   caso–  y  no  propiamente  en  su  garantía  a  una  defensa o un debido  proceso.   

Por lo demás, los argumentos que vienen de  transcribirse  y  los  expuestos  en la sentencia de segunda instancia, permiten  señalar  que  el  sentenciado  incurrió  en  las  conductas punibles que se le  endilgaron,  sin  que  se  advierta la predicada ausencia de responsabilidad que  quiere deducir el impugnante.   

Ante  el  abandono  del  demandante por las  exigencias  previstas  en  el  artículo  212  de  la  Ley  600  de 2000, en sus  atributos  de  forma,  lógica,  claridad,  precisión  y  no contradicción, la  demanda será inadmitida.   

Por  último, ha de señalarse que revisada  la  actuación  no  se advirtió la concurrencia de alguna de las hipótesis que  le  permitirían  a la Corte obrar de conformidad con el artículo 216 de la Ley  600 de 2000.   

En  mérito  a lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  a  nombre  de JUAN  CARLOS MEJÍA HURTADO, por su defensor.   

Página continuación  parte resolutiva y firma de los 9 Magistrados   

Casación   N°   36.007   –Inadmite demanda-  

Contra este auto no procede recurso alguno,  conforme  lo  disponen  los  artículos  213  y  187,  inc.  2, de la Ley 600 de  2000.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                             FERNANDO    A.    CASTRO  CABALLERO   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  L.                            AUGUSTO J.  IBÁÑEZ GUZMÁN   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  C.  No. 1, fol. 1   

2  Ídem, fol. 2 al 7   

3  Ídem, fol. 8   

4  Ídem, fol. 9   

5 Se le  escuchó  en  diligencia  de  indagatoria el 22 de marzo de 2005, C. No. 1, fol.  100 al 106   

6  Ídem, fol. 57 y 58   

7 Se le  escuchó  en  diligencia  de  indagatoria el 22 de marzo de 2005, C. No. 1, fol.  108 al 114   

8 Se le  escuchó  en  diligencia  de  indagatoria el 22 de marzo de 2005, C. No. 1, fol.  116 al 122   

9 Se le  escuchó  en diligencia de indagatoria el 22 de marzo de 2005, C. No. 1, fol. 90  al 97   

10 Se  le  escuchó en diligencia de indagatoria el 19 de marzo de 2005, C. No. 1, fol.  61 al 66   

11 C.  No. 1, fol. 30 al 47   

12  Ídem, fol. 135 al 143   

13 C.  Segunda instancia Fiscalía, fol. 34 al 42   

14 C.  No. 2, fol. 105   

15  Ídem, fol. 190 al 198   

16 C.  No. 3, fol. 96   

17 C.  No. 3, fol. 139   

18 C.  No. 4, fol. 6 al 17   

19  Ídem, fol. 53   

20 C.  No. 5 fol. 1 y 2   

21  Ídem, fol. 52 al 57   

22 C.  No.  6,  fol.  41  al  53;  63  al  79;  89  al  96;  160  al 186; y, 193 al 211   

23  Ídem, fol. 107   

24  Ídem, fol. 135   

25 C.  No. 7, fol. 16 al 46   

26  Corte  Suprema  de  Justicia.  Sala  de Casación Penal. Auto del 31 de marzo de  2008. Rdo. 28260.   

27  Corte  Suprema  de  Justicia.  Sala  de Casación Penal. Auto del 6 de agosto de  2002. Rdo. 17.525   

28  Corte  Suprema  de Justicia. Sala de  Casación   Penal.   Auto   del   10  de  julio  de  1996.  Rdo.  11.801,  entre  otras.   

29  “…el cual es objeto de  Recurso   de   Casación,   por   violar   al  (sic)  principio   Probatorio   de   la  imparcialidad  del  funcionario   en   la   búsqueda   de   la   prueba   y   la  necesidad  de  la  misma…”   

30  “Quiero  indicar que los  hechos  que  motiva  el  fallo objeto de impugnación, sucedieron el 18 de marzo  del  año  2005,  cuando  fue  capturado el señor JUAN CARLOS MEJÍA JURADO por  miembros   de   la  Policía  Nacional,  sin  que  mediara  orden  de  Autoridad  competente,  y  sin  que  se  presentara  el  fenómeno  de  la  flagrancia  que  justificara tal procedimiento.”     

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