33443(05-05-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.° 33443  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                            Magistrada Ponente:   

MARÍA    DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

          Aprobado Acta N°. 137.   

Bogotá  D.C., mayo cinco (5) de dos mil diez  (2010).   

VISTOS  

Se pronuncia la Sala en punto de la admisión  de  los  libelos  de  casación presentados por los defensores de los procesados  PEDRO   VICENTE   SANTANA   ALARCÓN   y   JOSÉ  ARTURO  CORTÉS  contra  el fallo de segundo grado proferido por el Tribunal Superior  de  Tunja  el  21  de  julio  de  2009,  por  cuyo medio revocó parcialmente la  sentencia  dictada por el Juzgado Primero Penal del Circuito de Chiquinquirá el  27  de  febrero  de  2004,  mediante  la  cual  se  absolvió  al primero de los  mencionados  por  los  delitos  de  homicidio, tentativa de homicidio y lesiones  personales  y se le condenó por porte ilegal de armas, al tiempo que al segundo  se  le  absolvió  de  las  conductas de homicidio y lesiones personales y se le  condenó por tentativa de homicidio y porte ilegal de armas.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

Lo primeros fueron declarados por el fallador  de segunda instancia de la siguiente forma:     

“El 13 de abril  de   2003,   en   horas  de  la  tarde  acudieron  al  establecimiento  público  ‘Gallera      El  Paraíso’ de propiedad de  Hernando  Herrera Moreno y María Helena Yaya Usaquén, ubicado en el perímetro  urbano  del  municipio  de  Coper,  los señores PEDRO VICENTE SANTANA ALARCÓN,  alias                  ‘horroroso’,  su  esposa  María  Lucila Páez Páez, JOSÉ ARTURO CORTÉS, alias ‘Kiko’,   también   llamado  ‘el          mono’,  y el conductor del vehículo en el  que   se   transportaban   del   municipio  de  Bellavista,  alias  ‘gusano’;  se  dedicaron  a  ingerir  licor y  compartir  con  quienes  se encontraban en el lugar, PEDRO VICENTE se dedicó en  principio  a  jugar  tejo, luego jugó a la tapita y finalmente se dirigieron al  circo a jugar gallos hasta la media noche.   

Cuando  ya se terminaba el juego de gallos,  PEDRO  VICENTE  SANTANA  ALARCÓN  y  Kilian  Ariel  Lozano,  decidieron  jugar,  ‘cariar’  los últimos gallos, presentándose  un  disgusto  por  haber  faltado  ambos  a  las  reglas, habiendo PEDRO VICENTE  faltado  a  la  seriedad  del  juego,  dando  por  terminada  la pelea cuando se  aproximaba   la   una   de   la   mañana,  lo  que  ellos  llaman  ‘abrieron    la    pelea’ y ninguno ganó;  PEDRO VICENTE  le  mostró  a  Kilian  Ariel  que  en la pretina portaba un arma de fuego, pero  Kilian le mostró y le dijo que no portaba armas.   

Cuando  PEDRO  VICENTE  llegó  a  donde se  encontraba  su  amigo  JOSÉ  ARTURO  CORTÉS,  éste  le  reclamó por no jugar  limpio,  PEDRO  VICENTE  lo  empujó  y  JOSÉ ARTURO sacó el arma de fuego que  portaba,  pero  quienes  se  encontraban  en  el sitio los separaron para que no  pelearan,  habiendo  guardado  nuevamente  JOSÉ  ARTURO el arma de fuego;   retirados  del circo de juego de gallos, en el pasillo se encontraron nuevamente  los  amigos  PEDRO VICENTE y JOSÉ ARTURO, aquél de espaldas a la calle y éste  de  frente,  donde  ambos  sacaron  las  armas  de fuego que portaban, pistolas,  habiéndolas  accionado,  en  dirección uno al otro en repetidas oportunidades,  resultando  mutuamente  lesionados, e igualmente fueron lesionados María Lucila  Páez  Páez,  Edwin Castañeda Piraquive, Édgar Manuel Fajardo Herrera y Nancy  Lucero    Vargas    Pinilla,    quien    falleció    de   inmediato”.               

Con base en los hechos referidos, se dispuso  la  apertura  de  instrucción  penal  a  la  cual  fueron  vinculados, mediante  indagatoria,    PEDRO   VICENTE   SANTANA   ALARCÓN  y     JOSÉ    ARTURO  CORTÉS,   a   quienes  se  resolvió  su  situación  jurídica  con  medida  de aseguramiento de detención preventiva, sin beneficio  de   excarcelación,   por  los  delitos  de  homicidio  culposo,  tentativa  de  homicidio, lesiones personales y porte ilegal de armas.   

Clausurado el ciclo instructivo, se calificó  su  mérito  el  8  de agosto de 2003 con resolución de acusación en contra de  los    sindicados    como    coautores    de   los   delitos   de   “homicidio   agravado,  tentativa  de  homicidio  agravado,  lesiones  personales  y  porte  ilegal de amas”.   

Ejecutoriado el proveído calificatorio tres  días  después  de  su  última notificación, lo cual ocurrió el 21 de agosto  siguiente,  se  surtió  la  etapa  del  juicio, cuyo conocimiento se asignó al  Juzgado  Primero  Penal  del  Circuito  de  Chiquinquirá,  despacho donde, tras  agotar  las  audiencias  preparatoria  y  de juzgamiento, se dictó sentencia de  primer  grado  el  27  de  febrero  de 2004, por cuyo medio fueron adoptadas las  siguientes determinaciones:   

–   Absolver   al   acusado   PEDRO  VICENTE  SANTANA  ALARCÓN  de los  delitos   de   homicidio   en   Nancy  Lucero  Vargas  Pinilla,   tentativa  de  homicidio  en  JOSÉ    ARTURO   CORTÉS   y   lesiones  personales   en  María  Lucila  Páez  Páez,  Edwin  Castañeda   Piraquive   y  Édgar    Manuel   Fajardo   Herrera,   condenándolo  exclusivamente  por el delito de porte ilegal de armas a la pena principal de un  (1) año de prisión.   

–   Absolver   al  inculpado  JOSÉ  ARTURO  CORTÉS  de los delitos de  homicidio  en  Nancy Lucero Vargas Pinilla  y  lesiones  personales en María Lucila  Páez    Páez,    Edwin    Castañeda    Piraquive,   Édgar   Manuel   Fajardo  Herrera,  pero  condenándolo  por  las  conductas  de  tentativa  de  homicidio  en  PEDRO  VICENTE  SANTANA  ALARCÓN  y  porte ilegal de armas a la pena principal  de siete (7) años y seis (6) meses de prisión.   

– Así mismo, condenó a los dos procesados a  las  penas  accesorias  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y  funciones  públicas  y  privación  al  derecho de tenencia y porte de armas de  fuego  por un lapso igual al de la sanción principal.  A la vez, concedió  a   favor   de             PEDRO    VICENTE    SANTANA    ALARCÓN  el  subrogado  de  la  condena  de ejecución condicional, el cual  negó    a    JOSÉ    ARTURO   CORTÉS.   Ninguno   de   los   procesados   fue   condenado   al  pago  de  perjuicios.   

En   contra   de  la  anterior  decisión,  interpusieron  recurso  de apelación los representantes del Ministerio Público  y  la  Fiscalía, así como la defensa de JOSÉ ARTURO  CORTÉS,  motivo por el cual se pronunció el Tribunal  Superior  de  Tunja,  mediante  determinación  del  21  de julio de 2009, en el  siguiente sentido:   

–  Cesó  procedimiento  a  favor de los dos  procesados  por  los delitos de lesiones personales cometidas en las personas de  María  Lucila Páez Páez y  Édgar    Manuel   Fajardo   Herrera   “por  extinción  de  la acción penal  por        desistimiento        y        reparación        integral”     y  por   la  conducta  de    porte  ilegal  de  armas   “por  extinción  de  la acción penal por prescripción”.      

          –  Revocó  parcialmente lo decidido en relación con el incriminado  PEDRO    VICENTE    SANTANA    ALARCÓN,     para      en    su    lugar    declararlo    “autor  responsable  de los delitos de  homicidio  cometido  en  Nancy  Lucero Vargas Pinilla, tentativa de homicidio en  JOSÉ    ARTURO    CORTÉS   y   lesiones   personales   en   Edwin   Castañeda  Piraquive”.  En virtud de  ello,  lo  condenó a las penas principales de dieciséis (16) años de prisión  y  multa  por  valor de veintiséis (26) salarios mínimos legales mensuales y a  la  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones públicas por igual  término al de la pena privativa de la libertad.      

          –  También  revocó  parcialmente  lo  decidido en relación con el  justiciable    JOSÉ   ARTURO   CORTÉS,     para      en    su    lugar    declararlo    “autor  responsable  de los delitos de  homicidio  cometido  en  Nancy  Lucero Vargas Pinilla, tentativa de homicidio en  PEDRO  VICENTE  SANTANA  ALARCÓN  y  lesiones  personales  en  Edwin Castañeda  Piraquive”, imponiéndole  las mismas penas establecidas para el anterior.   

          –   Negó  a  ambos  procesados  el  subrogado de la condena de  ejecución  condicional y el sustitutivo de la prisión domiciliaria. Mantuvo la  negativa de condenar en perjuicios.   

                  En desacuerdo  con  el  fallo  del  ad quem,  los     defensores     de     los     procesados     interpusieron     en     su  contra      recurso  extraordinario  de  casación,  el cual  sustentaron  presentando  sendas  demandas, sobre cuya admisibilidad se ocupa la  Sala.     

LAS DEMANDAS  

          Cada  uno  de  los  libelos  plantea un único cargo al amparo de la  causal  primera de casación prevista en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000,  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  cuyo  contenido  se  puede  sintetizar de la siguiente forma:   

          1.  Cargo  único  de la demanda presentada a nombre de PEDRO       VICENTE       SANTANA       ALARCÓN.      Violación  indirecta  de  ley  sustancial por errores de hecho y de  derecho:   

          En  la  demostración  del error de hecho, el libelista comienza por  señalar  que  el  yerro  recae  sobre la apreciación del estudio microscópico  comparativo  de  los  proyectiles  calibre  7.65,  conforme  al  cual  no fueron  percutidos  por  la  pistola  Walter,  No.  706224, que portaba el mencionado al  momento de los hechos.   

          Acto  seguido, afirma que el fallador de primer grado absolvió a su  defendido  acorde  con  dicha  prueba, “ya  que  el  arma  de  éste  no  fue  disparada  y  si la accionó  presuntamente  fue en legítima defensa, ya que fue víctima de una agresión al  recibir  10  disparos de arma de fuego y que su defensa fue aberrante por cuanto  la   conducta   defensiva   afectó  derechos  de  un  tercero,  extraño  a  la  agresión”.   

          De   esa   forma,   recalca  que  SANTANA  ALARCÓN  fue  víctima  de  una  agresión  injusta e  inminente,   pero   “la  defensa  no  puede  determinar  con  certeza si el mismo pudo haber accionado su  pistola   Walter,   u   otras   personas   hicieron   uso  de  varias  armas  de  fuego”.   

          En   consecuencia,  considera  que  este  juzgador  no  valoró  los  dictámenes   de   balística,   alterándose  desde  ese  momento  “el  sentido del fallo primario y así  continuó     hasta     llegar     a     la     segunda    instancia”,  pues  lo lógico era su absolución  en   atención   a   esa   prueba   de   balística,   cuyo   contenido  no  fue  objetado.   

          A  continuación  se ocupa del fallo de segunda instancia, en donde,  sostiene,  se  incurrió  en  el  error  trascendente  de  afirmar que las armas  involucradas  fueron  disparadas  y, con base en ello, se procedió a revocar la  absolución  en  favor  de  su  prohijado, por lo cual se impone casar el fallo,  amén  de  que  la  decisión  no  se  mantiene  con  las  restantes  probanzas,  “como la testimonial que  es    endeble,    descuidada    y    por    qué    no    interesada” .   

          Así,   añade,   las   versiones  suministradas  por  los  testigos  María  Lucía  Páez Páez, Edwin Castañeda, Édgar  Manuel  Fajardo,  María  Helena  Yaya, Hernando Herrera Moreno, Armando Pinilla  González,   José   Ambrosio   Roncancio,  Horacio  Camacho  Cruz  y   Kilian   Ariel   Lozano,  no  arrojan  mayores  datos  sobre  la  forma como ocurrieron los  hechos.   

          Desde  esa  perspectiva,  insiste  en su pedimento de casar el fallo  habida  cuenta que “con el  defecto  de  apreciación se vulneró la ley sustancial por falta de aplicación  o  aplicación  indebida”,  dado   que   la   segunda  instancia  “sólo  reseñó  la  prueba  de  balística,  pero  jamás hizo una  valoración  sobre  esa prueba tan fundamental y que fue recogida en forma legal  por  la  misma  justicia”.   

          Así   las   cosas,  encuentra  desafortunada  la  aseveración  del  fallador  en  el sentido de que su defendido fue quien disparó el arma de fuego  y  le  ocasionó la lesión a Nancy Lucero,     cuando     el     artefacto     que    portaba    “no       aparece      legalmente  disparado”, con lo cual se  vulneró  el  debido  proceso previsto en el artículo 29 de la Carta Política,  pues  la  persona  debe ser juzgada acorde con la ley preexistente y el acto que  se le imputa.   

          A  su  juicio,  entonces, queda demostrado que el Tribunal incurrió  en  “errores  de derecho  por  falso  juicio de existencia y de identidad, haciendo caso omiso a la prueba  reina   en   este   proceso,   que   es  el  estudio  de  balística”.   

          Luego,      en      el     capítulo     intitulado     “normas      adecuadas”,  y  tras  recordar la naturaleza del  falso  juicio  de existencia, advierte que en este caso el dictamen “se  excluyó  de  la  valoración que  debía   hacer   la   2ª   instancia”.  Al realizar lo propio con el falso juicio de identidad, acota que  el  medio  de  prueba  también  fue  objeto de distorsión cuando este juzgador  concluye   que   “ambos  dispararon  con  rapidez” y  al    reseñar    que   las   armas   fueron   disparadas,   contraviniendo   su  contenido.   

          También  se  incurrió  en  falso  raciocinio,  puntualiza,  porque  “no existió una crítica  al  menos del sentenciador de la 2ª instancia sobre la prueba de balística, la  pasó          por         alto”.   

          Corolario  de  lo  expuesto,  depreca  casar el fallo impugnado para  que,  en  su  lugar,  se  dicte  fallo sustitutivo, de carácter absolutorio, en  favor  de  PEDRO VICENTE SANTANA ALARCÓN.                                   

          2.  Cargo  único  de  la demanda presentada a nombre de   JOSÉ   ARTURO   CORTÉS.   Violación  indirecta   de   ley   sustancial  por  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad:   

         

          Dos  son  los  yerros  de  esta naturaleza sobre los cuales finca su  pretensión, así:   

          El  primero,  por  falso juicio de identidad, que se concreta porque  el     juzgador     de     segundo     grado     no     realizó    “una  verdadera  valoración  de  las  pruebas  allegadas  al  proceso todas estas en su gran mayoría testimoniales de  personas  que  al  momento  de  los  hechos no se encontraban en el lugar en que  verdaderamente  se  iniciaron  los  hechos  (el  tiroteo)  sino  que se hicieron  presentes     con     el     transcurrir     de     los     segundos”.   

          Ello  se  verifica,  advierte,  en  relación  con  lo  expuesto por  María  Lucía  Páez Páez, Edwin Castañeda, Édgar  Manuel  Fajardo,  María  Helena  Yaya, Hernando Herrera Moreno, Armando Pinilla  González,   José   Ambrosio   Roncancio,  Horacio  Camacho  Cruz  y   Kilian   Ariel   Lozano.   

          De   su   dicho  se  infiere,  según  el  actor,  que  “la persona que comenzó con el pleito  o  pelea  fue  PEDRO  VICENTE  SANTANA  y que con su actuar impulso (sic)   lo   que   en  últimas  termino  (sic)  con la muerte de una  persona      y      las     lesiones     personales     de     otros”.   

          Conclusión  que  se  ratifica  con  la  diligencia  de  inspección  judicial   realizada   en   el   establecimiento   en   donde   ocurrieron   los  sucesos.   

         

          El   segundo   desacierto   de   la   misma   índole  surge  de  la  manifestación  del  fallador  según  la  cual los procesados actuaron con dolo  eventual  “cuyo elemento  subjetivo  es  la  acción,  que  es  la  encaminada  a determinar conductas con  sentido,  acontecimientos  posibles  guiados  y  orientados  por la voluntad del  hombre”.   

          En  el  dolo  eventual,  agrega,  no  puede  faltar  cierto grado de  conocimiento  y  voluntad del resultado como posible, el cual en este caso no es  atribuible     a     su     defendido,     toda     vez     que     “como  se  observa  en  la inspección  judicial    en    todo    momento    …  nunca  tuvo  visibilidad  en la parte interna de la gallera y muy  por  el  contrario  sólo  fue PEDRO VICENTE quien se encontraba de espalda a la  calle   y  de  frente  al  interior  del  establecimiento  comercial,  lugar  de  procedencia  de  la  gran  mayoría  de  la  personas  que  resultaron heridas a  excepción  de  María Lucila Páez Páez quien según versión de ella misma se  encontraba     en    el    vehículo”.   

          Como  en esta figura el sujeto quiere claramente la acción, infiere  que    “la   garantía  fundamental  del  dolo  eventual  solamente recae en la persona de PEDRO VICENTE  SANTANA  y  no  en  JOSÉ  ARTURO  CORTÉS  aplicado  por  el absoluto yerro del  sentenciador  de  segunda  instancia,  porque  no  consultó  los  elementos  de  convicción,  falla  que  no  se  hubiera  cometido  si  se hubiera realizado un  estudio    pormenorizado    de    todo    el    acervo    probatorio”.   

          Estando   demostrado   que  el  único  que  actuó  dentro  de  esa  categoría    del    dolo    fue    PEDRO   VICENTE  SANTANA,  estima  que  JOSÉ  ARTURO  “solamente  debe  ser  sancionado por las lesiones que se le produjeron a este primero”.   

En consecuencia, solicita casar el fallo con  el    fin    de   que   únicamente   se   lo   declare   responsable   de   esa  conducta.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Cuestión previa, prescripción de la acción  penal:   

          Antes  de  pronunciarse  sobre  la  admisibilidad  de  las  demandas  presentadas  a  nombre de los procesados PEDRO VICENTE  SANTANA  ALARCÓN  y  JOSÉ  ARTURO  CORTÉS,  advierte  la Sala que respecto de la  acción  penal  adelantada por el delito de lesiones personales en donde aparece  como    víctima    Edwin   Castañeda   Piraquive,  única conducta de dicha naturaleza que subsiste en la  actuación  dado  que  respecto de las adelantadas por las lesiones infligidas a  María    Lucila    Páez    Páez    y   Édgar   Manuel   Fajardo   Herrera  el   Tribunal  cesó  procedimiento,  ha  operado  el  fenómeno de la prescripción. Ello, por las siguientes razones:   

De conformidad con la preceptiva contenida en  el  artículo  83 de la Ley 599 de 2000, durante la etapa instructiva la acción  penal  prescribe  en  un  término igual al máximo de la pena establecida en la  ley,  pero  no  podrá  ser  inferior  a  cinco  (5) años, ni superior a veinte  (20).   En  la  fase  de  juzgamiento,  tal término comienza a contarse de  nuevo  a  partir de la ejecutoria de la resolución de acusación y corre por un  tiempo  igual  a la mitad del establecido para la etapa de instrucción, sin que  pueda  ser  inferior a cinco (5) años, ni superior a diez (10), como lo dispone  el artículo 86 de esa misma codificación.   

Pues  bien,  con respecto al delito del cual  fue  víctima  Edwin Castañeda Piraquive,  se  tiene  que,  acorde  con la valoración pericial que le fuera  practicada  a  los  pocos  días  de  ocurridos los hechos, se trata de lesiones  personales  con  secuelas  consistentes  en  deformidad  física  que afectó el  cuerpo       con      carácter      permanente1,  el  cual  se  sanciona en el  artículo  113, inciso segundo, de la Ley 599 de 2000, con pena máxima de siete  (7) años de prisión.   

Este último guarismo, de conformidad con las  pautas  legales  vistas,  para  establecer  el  término  de prescripción de la  acción  penal  en  la  fase  del  juicio, ha de contarse de nuevo por un tiempo  igual  a  la mitad a partir de la ejecutoria de la resolución de acusación; en  este  caso, tres (3) años, seis (6) meses.  Sin embargo, como no puede ser  inferior   a   cinco  (5)  años,  este  lapso  es  el  que  debe  tomarse  como  referencia.   

Ahora,  como la resolución de acusación en  este  caso  cobró  ejecutoria  el  21  de  agosto de 2003, es decir, tres días  después   de  su  última  notificación  sin  que  en  su  contra  se  hubiera  interpuesto          recurso          alguno2, refulge evidente que el lapso  de  prescripción  de  la acción penal en la fase del juicio para esta conducta  se verificó el 21 de agosto de 2008.   

Ese     lapso,     valga     destacar,  sobrevino  mucho antes de que  el  presente asunto llegara a la Sala para adoptar decisión alguna en relación  con    el    recurso    extraordinario    de   casación   promovido3  e,  incluso,  antes  de  que  el  Tribunal  profiriera el fallo de segunda instancia objeto de  impugnación  en  esta  sede, por lo que ha debido esta última corporación, al  igual  que  lo  hizo  frente  al  delito  de  porte ilegal de armas, declarar su  prescripción.   

          Como  consecuencia  de  la cesación de procedimiento a favor de los  procesados    PEDRO    VICENTE   SANTANA   ALARCÓN  y     JOSÉ    ARTURO  CORTÉS determinada por la prescripción de la acción  penal   derivada   del   delito   de   lesiones   personales   en   Edwin  Castañeda  Piraquive, corresponde  marginar  de  la dosificación punitiva establecida en el fallo la pena impuesta  en   su   contra  por  tal  comportamiento,  quedando  entonces  condenados  los  mencionados  por  las  demás  ilicitudes, esto es, por homicidio y tentativa de  homicidio.   

Para  tal  efecto,  es  preciso acudir a los  parámetros  de dosificación punitiva establecidos en el fallo de segundo grado  que  revocó  la  absolución  decretada  por el a quo  por esta conducta.   

Pues  bien,  luego de concluir que el delito  más  grave  era  el  homicidio en la persona de Nancy  Lucero  Vargas  Pinilla  el Tribunal incrementó, para  los  dos  procesados,  la  pena  mínima  contemplada  para este delito, por las  conductas  concurrentes  de tentativa de homicidio y lesiones personales, en los  siguientes términos:   

      

“Tratándose de  un  concurso  de  conductas  punibles,  de  acuerdo al artículo 31 del C.P., se  partirá  de  la  pena más grave, aumentada hasta en otro tanto, sin superar la  suma  aritmética;   en  consecuencia,  se partirá para cada acusado de 13  años    de    prisión    por    el    delito    de   homicidio,   aumentada  en  3  años  por  el delito de tentativa de homicidio y  lesiones  personales, y multa de 26 salarios mínimos  legales      mensuales     vigentes” (subraya fuera de texto).   

Es  decir  que  si  bien  el  ad  quem  sobre el monto de incremento de  tres      años      no     indicó     específicamente     el     quantum para cada conducta concurrente, a  efecto  de  suprimir  la  correspondiente  al  delito  cuya  prescripción de la  acción  penal se declara en esta decisión, necesariamente se ha de consultar a  un  criterio  de  proporcionalidad,  consagrado  como principio de las sanciones  penales  y,  por  ende,  norma rectora, en el artículo 3 de la Ley 599 de 2000.   

    

De  esa  manera,  se  extrae  que  por  la  indiscutible  mayor  gravedad  de la conducta de tentativa de homicidio sobre la  de  lesiones  personales  con  deformidad  física  que  afectan  el  cuerpo con  carácter  permanente,  resulta  evidente  que  una  mayor  proporción  de  ese  incremento de tres años corresponde a ese primer delito.   

Partiendo  del  mínimo  de la pena prevista  para  cada  conducta,  esto es, seis años y medio de prisión para el delito de  tentativa  de  homicidio  (arts.  103  y  27  del C.P.) y dos (2) años para las  lesiones    personales    en    comento   (art.   113,   inc.   2   ibídem),   se   puede   establecer  una  proporción  adecuada  de  las  conductas  en el incremento, para suplir así el  vacío  del  fallador.  La operación aritmética arroja que la incidencia de la  primera   delincuencia   es  del  66,6  %  y  la  de  la  segunda  es  del  33.3  %.   

Lo  anterior representa, prescindiendo de la  conducta  aludida  de  lesiones  personales,  un descuento efectivo de once (11)  meses  y  veinte  cinco  (25)  días de prisión, los que al restarse de la pena  impuesta  en el fallo de segundo grado arrojan un monto  definitivo   a   imponer   de   quince   (15)   años   y  cinco  (5)  días  de  prisión,  término en el que también se fija la pena  accesoria   de   inhabilitación   en  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas.     

No  se condenará a los procesados a la pena  principal  de  multa,  como  quiera que sólo está prevista como sanción en el  delito          cuya          acción          penal          se         declara  prescrita.         

Por otro lado, importa señalar que lo aquí  establecido  no  tiene  ninguna incidencia en punto de la negativa a condenar en  perjuicios  a los sindicados y a otorgarles el subrogado penal de la suspensión  condicional  de  la  ejecución de la pena, así como el sustitutivo penal de la  prisión domiciliaria.   

Empero, ha de advertir la Sala que encuentra  necesario  expedir,  por  la  Secretaría  de  esta  Corporación,  copias de la  presente  actuación  con  destino  al  Consejo  Superior de la Judicatura -Sala  Jurisdiccional  Disciplinaria-  con  el  objeto  de que se establezca la posible  responsabilidad  disciplinaria  en  que  pudo incurrir la Magistrada Ponente del  Tribunal  de Tunja, en tanto para registrar proyecto de la decisión tardó más  de  cinco  años,  con  lo  cual  precipitó  la prescripción de algunas de las  conductas investigadas.   

          Presupuestos de admisibilidad de las demandas:   

Se  asumirá  el  estudio  conjunto  de  las  censuras  contenidas  en  las  dos  demandas  en  virtud a que exhiben falencias  similares  alrededor  de  los  requisitos  de  lógica y adecuada argumentación  exigidos  para  su admisión, lo cual no obsta para que se consignen precisiones  individuales que, en todo caso, ratifican esa conclusión.   

Así,  por ejemplo, se advierte cómo, en el  único  cargo planteado en la demanda presentada por el defensor de PEDRO          VICENTE         SANTANA         ALARCÓN,  se incurre en  evidentes  inconsistencias  lógicas  que impiden la adecuada comprensión de su  contenido.   

En  esa dirección señálese que, a más de  que  la  redacción  empleada  es  confusa,  presenta  notorias  contradicciones  argumentativas,  como  cuando  refiere  al  fallo  de  primer grado, pues aunque  inicialmente  pareciera  estar  conforme  con  su  contenido,  en tanto allí se  decidió  absolver  a  su  defendido  de  las  conductas más graves endilgadas,  condenándole  únicamente  por  el ilícito de porte ilegal de armas, a partir,  según  dice, de una valoración adecuada de la prueba pericial balística sobre  la  cual edifica el yerro de apreciación propuesto en el cargo, más adelante y  de  forma  por  demás  discordante sugiere que fue la ponderación de ese mismo  fallador la que desencadenó el error de su superior.   

Tampoco   se   logra   comprender  con  la  indispensable  claridad  el  objetivo  perseguido con su propuesta a través del  alegado  error  de  apreciación  probatoria, esto es, si  demostrar que su  defendido  no  disparó  el  arma  de  fuego  durante el episodio o si actuó en  legítima  defensa.  Al plantear ambas situaciones de forma simultánea, incurre  en   evidente   contradicción,   toda   vez   que   se   trata  de  situaciones  incompatibles.               

Los  demás  yerros  en  los que incurre, no  menos  serios,  son  comunes  con  los del único reparo planteado en la demanda  allegada    por   la   defensa   de   JOSÉ   ARTURO  CORTÉS  -un  poco más coherente pero que igual ha de  ser  inadmitida-  concernientes a la escasa claridad y confusión conceptual que  revelan  en torno a los yerros de apreciación probatoria inherentes a la causal  de  casación  de violación indirecta de la ley sustancial invocada, razón por  la  cual  resulta pertinente repasar la naturaleza de tales errores así como la  carga  argumental  que le corresponde asumir a quien los alega para tenerlos por  adecuada  y  formalmente  presentados,  según  directrices  sentadas  de manera  reiterada y pacífica por la Sala.   

La  causal de violación indirecta de la ley  sustancial  se  presenta  por  la incorrecta apreciación probatoria derivada de  los  denominados  errores  de  hecho  y  de derecho. Los primeros se originan en  falsos   juicios   de   existencia,   falsos   juicios  de  identidad  y  falsos  raciocinios;   los segundos, por su parte, en falsos juicios de legalidad y  de  convicción.  Sobre  su esencia y forma de ataque es preciso tener en cuenta  lo siguiente:   

–  El  falso  juicio  de  existencia  tiene  ocurrencia  cuando un medio de prueba es excluido de la valoración que efectúa  el  juzgador  no obstante haber sido allegado al proceso en forma legal, regular  y  oportuna  (ignorancia  u omisión) o porque el juzgador lo crea a pesar de no  existir  materialmente  en el proceso (suposición o ideación), otorgándole un  efecto trascendente en la sentencia.   

En  esta  hipótesis,  el  recurrente  está  obligado  a  identificar  el medio de prueba omitido o supuesto, a establecer la  incidencia  de  esa  omisión  o  suposición  probatoria en la decisión que se  controvierte  y  en  favor  del  interés que se representa -lo cual comporta la  necesidad  de  demostrar que el fallo atacado no se preserva con otros elementos  de  juicio-  y  a  demostrar  de  qué forma se violó la ley sustancial con ese  defecto  de  apreciación,  ya  sea  por  falta de aplicación o por aplicación  indebida.   

–  El  falso juicio de identidad se verifica  cuando  el  juzgador tergiversa o distorsiona el contenido objetivo de la prueba  para  hacerla  decir  lo  que  ella  no  expresa  materialmente.  También se ha  expuesto  que  en  esa modalidad de desacierto en la apreciación de las pruebas  igualmente  incurre el juzgador cuando toma una parte de la prueba como si fuera  el  todo,  en tanto ello constituye una forma de distorsión pues, en su proceso  de  valoración se le suprimen apartes trascendentes, omitiendo de esa manera su  apreciación integral.    

En  esencia,  se  trata  de  un  yerro  de  contemplación   objetiva  de  la  prueba  que  surge  luego  de  confrontar  su  expresión  material  con  lo  que  consigna  el  sentenciador  acerca  de ella,  deformación  que,  además,  debe  recaer sobre prueba determinante frente a la  decisión adoptada.   

Desde esa perspectiva, resulta necesario para  quien  propone  esta  clase  de  error, ante todo, individualizar o concretar la  prueba  sobre  la  cual  recae  el  supuesto  yerro; luego, evidenciar cómo fue  apreciada  por el fallador señalando de qué forma esa valoración tergiversa o  distorsiona  su contenido material, esto es, puntualizando la  supresión o  agregación  de  su  contexto  real  para  de  allí  inferir que en realidad se  alteró  su sentido.  Acto seguido, se debe establecer la trascendencia del  yerro  frente  a  lo  declarado  en  el  fallo,  es decir, concretar por qué la  sentencia  debe  mutarse  a favor del demandante, ejercicio que lleva inmersa la  obligación  de  demostrar  por qué el fallo impugnado no se puede mantener con  fundamento  en  las  restantes  pruebas que lo sustentan. Y, finalmente, se debe  demostrar  que  con el defecto de apreciación se vulnera una ley sustancial por  falta de aplicación o aplicación indebida.   

–  La última de las modalidades de error de  hecho  es  por  falso  raciocinio,  el  cual se configura cuando el sentenciador  aprecia  la  prueba  desconociendo  las  reglas  de  la  sana crítica, esto es,  postulados     lógicos,     leyes     científicas    o    máximas    de    la  experiencia.   

En   tal   supuesto   le   corresponde  al  casacionista  señalar  qué  dice  concretamente  el  medio probatorio, qué se  infirió  de  él  en  la  sentencia  atacada,  cuál  fue el mérito persuasivo  otorgado  y,  desde luego, determinar el postulado lógico, la ley científica o  la  máxima  de experiencia cuyo contenido fue desconocido en el fallo, debiendo  a  la  par  indicar su consideración correcta e identificar la norma de derecho  sustancial  que indirectamente resultó excluida o indebidamente aplicada.   Finalmente,   deberá  demostrar  la  trascendencia  del  error  expresando  con  claridad  cuál  debe  ser  la  adecuada  apreciación de aquella prueba, con la  indeclinable  obligación  de acreditar que la enmienda del yerro daría lugar a  un   fallo   esencialmente   diverso   y   favorable   a  los  intereses  de  su  representado.   

–  El  error  de derecho por falso juicio de  legalidad  tiene  ocurrencia por doble vía.  La primera, también conocida  como  aspecto  positivo,  se verifica cuando a un medio de prueba se le confiere  validez  jurídica  tras  suponer  que  satisface  las  exigencias  formales  de  producción  sin  que  en  realidad  las  satisfaga  y,  la  segunda,  o aspecto  negativo,  se  configura  ante  la  situación  contraria,  esto  es,  porque se  considera que no las reúne, cumpliéndolas.   

En   ambos   casos  se  exige  del  actor  individualizar  la  prueba sobre la cual recae el vicio, especificar cuál es la  formalidad  legal  omitida,  por  lo  que  es  necesario  referir a la norma que  contiene  la formalidad y señalar su trascendencia en relación con el fallo o,  dicho  de  otro  modo,  que  al marginarla y confrontarla con las demás pruebas  cuya  validez  no  se  encuentra  comprometida,  en  caso  de  que  existan, las  conclusiones  y  el  sentido  de  la  sentencia  sufren  modificación de manera  favorable  para  el  interesado.  Si lo decidido no varía, la invalidación del  medio  de  prueba  carece  de  trascendencia  para  casar  el  fallo; pero si la  invalidación  de  la  referida prueba ilegal conduce a una providencia diversa,  el  yerro  se  torna  trascendente e impone casar el fallo y así proferir en su  reemplazo  la  decisión  que se ajuste a la nueva valoración probatoria.   No  escapa  a  su  demostración,  como  es  innato  a  todos  estos  yerros, la  obligación  de corroborar que con el defecto de apreciación se vulnera una ley  sustancial por falta de aplicación o aplicación indebida.   

– El error de derecho por falso juicio de  convicción,  se  produce  al  momento en que se valora una prueba haciendo caso  omiso del predeterminado crédito que la ley le ha otorgado.   

Con  el fin de demostrar adecuadamente este  yerro,  el  casacionista  debe identificar el medio de prueba que en su criterio  fue  apreciado  contrariamente  al  valor  otorgado  por  la  ley;   luego,  precisar  el  o  los  preceptos  legales  en  virtud  de los cuales se asigna un  específico  valor  probatorio al medio de prueba;  después, determinar la  trascendencia  que  tuvo  la  incorrecta  apreciación del medio de prueba en la  decisión  impugnada  y  en  favor  del interés representado, lo cual comporta,  como  ya  se ha precisado en los supuestos anteriores, la necesidad de demostrar  que  el  fallo  atacado  no  se  mantiene  con  otros elementos de juicio y, por  último,  establecer  la  forma cómo se violó la ley sustancial con el defecto  de   apreciación,   bien   por   falta   de   aplicación   o  por  aplicación  indebida.   

Con fundamento en las anteriores pautas, se  arriba  a  la  conclusión  de que ninguna de las dos censuras objeto de estudio  logra  evidenciar  que  el  fallo  esté  incurso  en  alguno  de los errores de  apreciación  probatoria pretextados, ni en algún otro que tenga cabida en esta  sede    extraordinaria,    teleológicamente    concebida    para   rebatir   su  constitucionalidad o su legalidad.   

Así,  en  lo  que  toca  con  el  libelo  presentado  por  el  defensor de PEDRO VICENTE SANTANA  ALARCÓN  se advierte una primera falencia cuando  de  manera  indistinta  refiere  a los conceptos de error de hecho y de derecho,  así  como  a las nociones de falta de aplicación y aplicación indebida.   Esto  último  impide determinar claramente su objetivo y precisar la violación  de la ley sustancial.   

De la misma forma, se torna contradictorio,  por  la  naturaleza  de  los errores, alegar simultáneamente que respecto de la  misma  prueba,  como  en  este  caso lo constituye el dictamen de balística, se  incurrió  en  error  de  hecho  por  falso juicio de existencia, porque, según  dice,  “se excluyó de la  valoración     que     debía     hacer     la     2ª    instancia”,  en  falso juicio de identidad, tras  acotar  que  el  medio  de prueba también fue objeto de distorsión, y en falso  raciocinio,  porque  “no  existió  una  crítica  al  menos del sentenciador de la 2ª instancia sobre la  prueba      de      balística,      la      pasó      por     alto”.   

          Basta  para  ello  con acotar que ante la primera eventualidad, esto  es,  que  el  medio  de  prueba no fue valorado por el juzgador (falso juicio de  existencia)  resulta un imposible epistemológico que se lo pueda tergiversar en  su  contenido  (falso  juicio  de  identidad)  o valorar con desprecio hacia las  reglas de la sana crítica (falso raciocinio).   

Empero,  el  desacierto  mayúsculo  en que  incurren  los dos casacionistas consiste en desvirtuar la esencia del recurso de  casación  al  considerar  erradamente que constituye, en materia probatoria, un  escenario propicio para la libre apreciación y discusión.   

Marcadamente se observa esa incorrección en  el  libelo  presentado por el defensor de JOSÉ ARTURO  CORTÉS, donde, a partir de la genérica inconformidad  que  tiene  con  la valoración de las probanzas y contraponiendo simplemente su  criterio  con  el  del  Tribunal  al  margen de las demostraciones inherentes al  único  error  alegado  (falso juicio de identidad) -el cual apenas si menciona-  entiende  que  el fallador se equivocó cuando estimó que la responsabilidad de  su  prohijado en las conductas contra la vida y la integridad personal surgió a  título  de  dolo  eventual,  cuando  únicamente  estaba demostrada respecto de  PEDRO        VICENTE        SANTANA.   

Tal actitud, se reitera, patente en las dos  demandas,  no  tiene  cabida  en esta sede extraordinaria por no estar concebida  como   una  tercera  instancia  y  porque  tampoco  logra  desvirtuar  la  doble  presunción  de  acierto  y  legalidad  que  gobierna  al fallo, para lo cual es  preciso  demostrar,  de  acuerdo  con  la  causal  de  casación  en  este  caso  seleccionada,  yerros  trascendentes  en  la  apreciación  de  las  pruebas con  incidencia en la ley sustancial.   

Lo  expresado  en los acápites anteriores,  conduce  a  colegir que los libelos no se sujetaron a los cánones que gobiernan  la  postulación  y demostración de las censuras presentadas contra el fallo de  segundo  grado,  conforme  lo  prevé  el artículo 212 de la Ley 600 de 2000 y,  como  de  acuerdo  con  el  principio  de  limitación  que gobierna el trámite  casacional,      regulado      en      el     artículo     216     ibídem,  la  Corte  no se encuentra facultada para enmendar las  falencias, se impone su inadmisión.   

         

         En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

          1.        DECLARAR   prescrita   la  acción  penal  derivada  de  la  conducta punible de lesiones personales con deformidad física  que   afecta  el  cuerpo  de  carácter  permanente  de  la  cual  fue  víctima  Edwin  Castañeda Piraquive,  por las razones expuestas en la anterior motivación.   

          2.        ORDENAR, en consecuencia, la cesación del  procedimiento  adelantado  contra  de  los  procesados  PEDRO    VICENTE   SANTANA   ALARCÓN   y   JOSÉ   ARTURO   CORTÉS,       por     el     mencionado  delito.   

3.           PRECISAR  que,  por  razón de la prescripción que aquí se decreta, la pena principal impuesta  a  los  sindicados  PEDRO  VICENTE  SANTANA  ALARCÓN  y  JOSÉ  ARTURO  CORTÉS,  por su responsabilidad en las conductas de homicidio y  tentativa  de  homicidio,  es de (15) años y cinco (5)  días  de prisión, término en el que también se fija  la  pena  accesoria  de  inhabilitación en el ejercicio de derechos y funciones  públicas,  dejando  en claro que no se los condena a la pena principal de multa  y  que lo decidido no afecta lo resuelto en torno a la negativa a condenarlos en  perjuicios  y a concederles el subrogado de la condena de ejecución condicional  y  la  sustitutiva  de  la  prisión  domiciliaria. En lo demás, el fallo queda  incólume.   

4.           INADMITIR  las  demandas    de    casación    interpuestas    por   los   defensores   de   los  procesados    PEDRO    VICENTE   SANTANA   ALARCÓN  y     JOSÉ    ARTURO  CORTÉS,  por  los argumentos manifestados en la parte  motiva de esta providencia.   

5.-  EXPEDIR,  por  la  Secretaría  de  la  Sala  de  Casación  Penal  de la Corte Suprema de  Justicia,   copias  de  la  presente  actuación  con  destino  al  Consejo  Superior de la Judicatura -Sala  Jurisdiccional  Disciplinaria-,  con  el  objeto de que se establezca la posible  responsabilidad  disciplinaria  en  que  pudo incurrir la Magistrada Ponente del  Tribunal  de  Tunja  en  la  tramitación  del recurso de apelación interpuesto  contra  el  fallo  de  primera  instancia,  de conformidad con lo expuesto en la  parte considerativa de esta providencia.   

         

         Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

                  JOSÉ                               LEONIDAS                              BUSTOS  MARTÍNEZ                       SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                         AUGUSTO                                J.                               IBÁÑEZ  GUZMÁN                                   

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                          YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                

JULIO         E.        SOCHA  SALAMANCA                   JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Según  reconocimiento  médico  legal No. 0400-L.P- practicado por el Instituto  Nacional  de  Medicina Legal  y Ciencias Forenses Regional oriente-secciona  Boyacá el 12 de mayo de 2003.    

2   Fol. 383 del c.o. 2.   

3  El  proceso  llegó  a  la  secretaría  de  la  Sala  el  26  de  enero del año en  curso.       

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