33574(12-05-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     n.º  33574   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 152  

Bogotá  D.C.,  doce (12) de mayo de dos mil  diez (2010)   

VISTOS  

La Sala resuelve la admisibilidad del recurso  de  casación  interpuesto por el defensor de Róbinson  Hernández   Parra   y  Juan  Enrique  Ballesteros  Barbosa  contra  la sentencia de  segunda  instancia  proferida  por  el  Tribunal Superior de Valledupar, el 6 de  octubre  de 2009, mediante la cual confirmó la dictada por el Juzgado Penal del  Circuito  Especializado de la misma ciudad, el 14 de septiembre de ese año, que  los  condenó  a las penas principales de 448 meses de  prisión  y  multa  equivalente a 6.666.66  salarios  mínimos legales mensuales vigentes y a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el   término  de  20  años,  como coautores de la  conducta    punible    de    secuestro    extorsivo  agravado.   

HECHOS  

El juzgador de segunda instancia los resumió  de la siguiente manera:   

“El día 19 de  agosto  de  2008,  en área rural del municipio de Pailitas (Cesar), dos sujetos  utilizando  un arma de fuego, abordaron al menor Yeison Sanguino Durán, quienes  a   la   fuerza   lo   condujeron   hasta   un   lugar   solitario,  para  luego  identificárseles  como  miembros  de  la  guerrilla. Uno de ellos, utilizaba un  pasamontañas  para  cubrir  su  rostro,  mientras que el segundo, usaba gorra y  gafas  oscuras.  Acto seguido, indagaron al menor sobre el número del teléfono  celular   de   su  padre  Leyder  Sanguino  Contreras,  a  quien  inmediatamente  contactaron  para  exigirle una suma elevada de dinero por la vida y libertad de  su  menor  hijo,  que luego de varias conversaciones, lograron acordarla en seis  millones  de  pesos,  los  cuales  debía  llevar  hasta  un  lugar  previamente  indicado.   

“Establecido el sitio, el señor Sanguino  Contreras,  concurrió  a  un  paraje  solitario  donde  cerca  a  un  árbol se  encontraba  una  mochila  atada  con  un  palo  y  una  cuerda, donde finalmente  depositó  el  dinero exigido. Al día siguiente de la anotada entrega, el menor  Yeison,  es  liberado  por  parte  de  sus  secuestradores.  No  obstante, en el  término  de retención, el sujeto que cubría su rostro con un pasamontañas se  despojó del mismo y el menor pudo observar claramente su rostro.   

“Una  semana  después  del  hecho,  dos  sujetos  a  bordo  de una motocicleta azul, hicieron presencia en la finca donde  habitaba  con  su padre. Inmediatamente, el menor Yeison reconoció a uno de los  sujetos  como aquel que participó en su secuestro y quien el día de los hechos  utilizaba  y se había despojado del pasamontañas. Así mismo, porque el sujeto  era  un  reconocido  conductor  de  carro  pirata  en la vereda donde habitaba y  respondía al nombre de Robinson Hernández Parra.   

“Frente  a tal hecho, el padre y el menor  víctima,  acudieron  ante  las  autoridades  para  denunciar  el  hecho y a los  autores  del  mismo. Seguidamente, miembros de la Policía Nacional iniciaron la  búsqueda  de  los sujetos a bordo de la motocicleta azul, logrando ubicarlos en  una  cantina  donde  fueron  retenidos,  siendo  identificados como Juan Enrique  Ballesteros  Barbosa  y Robinson Hernández Parra, los cuales fueron reconocidos  por  el menor Yeison Sanguino Durán, a través de fotografías como los sujetos  que lo secuestraron el día de marras”.   

ACTUACIÓN  PROCESAL  

1.  Por los anteriores hechos, la Fiscalía,  el  10  de  noviembre  de  2008, presentó escrito de acusación contra Robinson  Hernández    Parra   y   Juan   Enrique   Ballesteros   Barbosa,   como  coautores  de  la  conducta  punible  de  secuestro extorsivo  agravado.   

2.  Celebradas las audiencias preparatoria y  del  juicio oral y anunciado el sentido del fallo, el Juzgado Penal del Circuito  Especializado  de  Valledupar,  el  14  de  septiembre  de 2009, dictó fallo de  primera  instancia  en  la  que  condenó  a  Robinson Hernández Parra y a Juan  Enrique     Ballesteros     Barbosa    a   las  penas  principales  de  448  meses  de  prisión  y  multa  equivalente  a  6.666.66  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes y a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por el término de 20 años, como coautores de la conducta punible de  secuestro extorsivo agravado.   

3.  Apelado  el  fallo  por  la  defensa de los procesados,       el       Tribunal       Superior       de      Valledupar,      el     6         de         octubre   de   2009,   lo  confirmó  en  su  integridad.   

Contra  la  anterior decisión,  la  defensa  técnica   de   Hernández  Parra   y  Ballesteros  Barbosa  interpuso   recurso  de  casación.    

LA      DEMANDA    DE   CASACIÓN   

El defensor, al amparo de la causal tercera,  según  lo previsto en el artículo 181 de la Ley 906 de 2004, formula un único  cargo contra la sentencia, así:   

Único cargo  

Acusa al Tribunal de haber violado, de manera  indirecta,  la  ley  sustancial  derivada   de  un error de hecho por falso  raciocinio.   

Luego de indicar los parámetros de lógica y  debida  fundamentación  que se deben respetar en la elaboración de la demanda,  cita como errores de apreciación probatoria los siguientes:   

a. Que de acuerdo con las reglas generales de  la   experiencia   y   de   la   lógica,   resulta   aceptable  “que  unas  personas  que  una semana atrás cometieron el delito de  secuestro,  abandonen  el  entorno  donde  éste  se  realizó y se alejan de la  víctima   y   no   van   a   presentarse   como   si   nada   al  domicilio  de  ésta”.   

Después  de  transcribir un fragmento de la  versión  de la víctima, aduce que los juzgadores advirtieron que no hay razón  para  desestimar  el  testimonio de ésta por cuanto en el desarrollo del juicio  oral  no se refutó su versión, argumento que no comparte, habida cuenta que le  otorgaron  un  valor  respecto a la presencia de los acusados en su casa de  habitación  días después de ocurrido el hecho, “y  se  incurre  en  esa  grave equivocación sin sopesarse que no se esgrime razón  valedera  para  indicar  por qué mis prohijados hacían presencia en ese lugar,  por    lo    que    se    predica   que   hubo   un   direccionamiento   de   la  responsabilidad”.   

b.  Que  una  persona que es secuestradora y  utiliza   pasamontañas,   precisamente   para   no   ser   reconocida,   no  se  “despoja del mismo en presencia de su víctima para  que ésta pueda observar su rostro”.   

Dice  que el testimonio que rindió el menor  víctima  en  el juicio oral, informó que uno de los secuestradores usaba gafas  oscuras  y  el otro un pasamontañas y que conoció a uno de los sujetos, puesto  que  se  trataba  de  un  conductor de un carro pirata que se transportaba entre  Curumaní   y   Pailitas,   esto   es,  el  señor  Robinson  Hernández  Parra,  conocimiento  que  obtuvo cuando éste se quitó “la  capucha” en una noche de luna.   

La  defensa  no  comparte la afirmación del  menor,   en   la  medida  en  que  si  la  víctima  reconoció  a  uno  de  los  secuestradores,     por     qué    no    informó    inmediatamente    a    las  autoridades?.   

Insiste en que la versión de la víctima no  es  verosímil,  motivo  por  el  cual  estima  que  la credibilidad dada por el  sentenciador  no  consulta  con  las  reglas  de  la  sana crítica. De ahí que  hubiesen  concluido  en  situaciones absurdas que sirvieron de sustento al fallo  de condena.    

c.  Que  la experiencia enseña que personas  que   cometen  delitos  abandonan  el  lugar  de  los  hechos  y  no  se  quedan  “en la escena… porque pueden ser capturados, pues  la  propia  víctima  en  cualquier momento los va a reconocer, con el resultado  lógico que quien se quede va a ser capturado…”.   

Aduce  que las declaraciones del menor y del  padre  se  contradicen  respecto del reconocimiento hecho a Ballesteros Barbosa,  que presuntamente se hizo en las instalaciones del Gaula.   

Frente  al  anterior  punto,  reitera que el  padre  del  menor  no ratificó el reconocimiento hecho por éste, puesto que, a  juicio  del libelista, lo desestima cuando informó que siempre acompañaba a su  hijo  a  todas  las  diligencias policiales y que no hizo ningún reconocimiento  fotográfico.       

En  tales  condiciones,  advierte  que  el  desconocimiento  a  las  reglas  de  la  experiencia  condujo  a  que  se  diera  credibilidad   a   la   citada   versión,   “y  se  desconociera  que  este  asunto presenta situaciones particulares muy especiales  que  generan  una  duda  insalvable  que debe ser reconocida a favor de Robinson  Hernández    Parra   y   Juan   Enrique   Ballesteros   Barbosa”.            

d. Que la experiencia indica que una persona  no  puede  estar  en  dos  lugares  distintos  a  la misma hora, “y   menos   cuando  entre  un  lugar  y  otro  existen  cientos  de  kilómetros  y  uno  de  estos  lugares  carece de aeropuerto, encontrándose en  área rural”.   

Comenta  que no comparte las conclusiones de  los  juzgadores,  en  la  medida  en  que no consultan con las reglas de la sana  crítica,  en  especial  las  máximas  de la experiencia y los principios de la  lógica,   habida   cuenta   que   “si  se  observa  detenidamente  las  declaraciones  de  los  señores Remigio Ortiz Ruiz y Freddy  Toscano  Molina, ellos señalaron que mi defendido Robinson Hernández Parra, el  día  19  de  agosto  de  2008, se encontraba trabajando en la ciudad de Cúcuta  – Norte de Santander, por  lo que obviamente no podía estar en el lugar de los hechos”.   

Después  de  resaltar algunas aseveraciones  hechas  por  los  citados  deponentes y de informar que el Tribunal hizo emerger  unas  afirmaciones  que pueden ser ciertas, contingentes y paralelas, insiste en  que el juzgador vulneró las reglas de la lógica y la experiencia.   

De  tal  manera,  considera que del trámite  surgen   dudas,   en   especial   de  la  prueba  testimonial,  en  torno  a  la  participación   de  sus  representados  en  el  secuestro  por  el  que  fueron  condenados.   

A  continuación  agrega  que tiene interés  para  impugnar  la  sentencia  de segunda instancia y que la casación tiene por  finalidad  proteger  las  garantías  de  sus  defendidos  y  la  presunción de  inocencia.   

Por  lo  expuesto,  pide a la Corte casar la  sentencia impugnada y, en su lugar, absolver a sus representados.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

1.   En  el  nuevo sistema procesal, la  casación  se  concibe  como  un  medio  de  control  constitucional y legal que  procede  contra  las  sentencias  dictadas  en segunda instancia en los procesos  adelantados  por  delitos cuando afectan derechos o garantías procesales.   Por  lo  mismo,  ha  de  concluirse  que este recurso, concebido como un control  constitucional,  es   consecuencia  natural  de  la  función que ejerce la  Corte  Suprema  de Justicia como Tribunal de Casación, según así lo prevé el  artículo  235  de  la  Carta  y,  por ende, guardiana de los fines primordiales  contemplados en el artículo 180 de la Ley 906 de 2004.   

De   acuerdo   con   lo   que   estatuye   la  citada  Ley  906,  para   que   la  demanda   sea   admitida   se  requiere   que   el   libelista,   además   de   contar con   interés,  acredite la afectación de derechos o garantías fundamentales,   para    lo    cual    también    deberá   formular  y  desarrollar   los  correspondientes cargos y, por  supuesto, demostrar  la  necesidad  de  intervención  de  la  Corte para lograr algunos de los fines  establecidos  para  la  casación, según lo previsto en el artículo 180 de esa  normatividad,  es  decir, la efectividad del derecho material, el respeto de las  garantías  de  los  intervinientes, la reparación de los agravios sufridos por  éstos  y  la  unificación de la jurisprudencia, propósitos que, como lo tiene  dicho  la  jurisprudencia  de  la Sala, son los mismos del proceso penal, lo que  explica  que  las causales de casación tengan un diseño dirigido a lograr esos  fines.   

De    manera    que,    “el       recurso       extraordinario       de   casación   no   puede   ser interpretado sólo desde, por y para  las  causales,  sino  también  desde  sus  fines,  con  lo  cual  adquiere  una  axiología  mayor  vinculada  con  los  propósitos  del  proceso penal y con el  modelo     de     Estado    en    el    que    él    se    inscribe.   

“En   otros  términos,  las  causales  determinan  la  forma  en  que  procede  denunciar la  ilegalidad  o  inconstitucionalidad  del  fallo  y  de  conducir el debate   en    sede    extraordinaria,   pero   ellas   no   son   un   fin   en   sí  mismo para la viabilidad del  recurso,    pues    ésta    debe    determinarse    por   la   manifiesta   configuración   de  uno  o  varios  de  los   motivos  normativamente  establecidos  para  lograr  el  desquiciamiento  de  la  decisión impugnada.   

“Claro  que por  razón  de  ésto  no  puede  llegar  a  entenderse  que  el  recurso  haya sido  morigerado  en  extremo,  al punto de quedar librado a la simple voluntad de las  partes  sin  referencia  a  ningún  parámetro legal, y que se convierta en una  fórmula  abierta para controvertir sin más las decisiones judiciales según el  albedrío  del  casacionista,  lo  cual  repugna  a la noción de debido proceso  constitucional,  pues  la  admisibilidad  al  trámite  y  la  prosperidad de la  pretensión  queda condicionada a la demostración del interés en el censor, la  correcta  selección  de  las  causales, la coherencia de los  cargos   que   a   su   amparo   pretenda  aducir,  y   la   debida  fundamentación  fáctica y jurídica de éstos, además de la  necesidad  de  acreditar  cómo con su estudio se cumplirán uno o varios de los  fines  de  la casación”.1   

El   recurso   extraordinario   no  es  un  instrumento  que  permita continuar con el debate fáctico y jurídico llevado a  cabo  en  el agotado proceso, por lo que no es procedente realizar toda clase de  cuestionamientos  a manera de instancia adicional a las ordinarias del trámite,  sino  que  debe  ser  un  escrito claro, lógico, coherente y sistemático en el  que,  al  tenor  de los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley, se  denuncian  errores  bien  sea  de  juicio  o de procedimiento en que haya podido  incurrir   el   sentenciador,  procediendo  a  demostrarlos  dialécticamente  y  evidenciando  su  trascendencia, para de esa manera concluir que la sentencia no  es  acorde  con  el  ordenamiento  jurídico,  cuya  desvirtuación, se reitera,  compete al libelista.     

2. En el evento que ocupa la atención de la  Sala,  surge  nítido que el censor no cumplió con los anteriores presupuestos,  en  tanto  no  demostró  la existencia del vicio y, menos, los conectó con los  fines  que  informan  la casación de acuerdo con el nuevo sistema consagrado en  la Ley 906 de 2004.   

Resulta  oportuno recordar que el recurso de  casación  fue  estatuido  para  denunciar  vicios  de  derecho  o  de actividad  cometidos  en la construcción de la sentencia o en el trámite judicial, según  el  caso. De ahí que al demandante le compete que postule el yerro a través de  las  causales  contempladas  para  el  efecto,  demostrando cómo el mismo logra  resquebrajar  el fallo, al punto que se impone su quebrantamiento, con el objeto  de  cumplir  con  los  fines  estatuidos  en  el  artículo 180 de la Ley 906 de  2004.   

Así  las  cosas,  vale  recalcar  que  la  casación   no   es  el  escenario  natural   para  increpar  el  grado  de  estimación  probatoria  sino para denunciar los anteriores vicios, en la medida  en  que  se trata de una impugnación de carácter rogada, correspondiéndole al  libelista  la  postulación  del vicio y la demostración del mismo frente a las  plurales conclusiones adoptadas en el fallo.   

Cuando  la  censura  se  presenta  bajo  la  nomenclatura  de  la  error  de  hecho  por  falso  raciocinio,  al libelista le  compete,  además  de indicar el medio de convicción mal apreciado, que señale  cuál  fue  la regla de la lógica, el principio de la ciencia y/o la máxima de  la  experiencia  vulnerada,  de  qué manera lo fue y su incidencia con la parte  dispositiva de la sentencia.   

En  el supuesto que ocupa la atención de la  Sala,  el  censor  acusa  la  transgresión  de  las  reglas  de  la experiencia  referenciadas  anteriormente,  pero  no  cumple con el cometido de informar a la  Corte   de  qué  manera  se  vulneraron  las  mismas  y  cómo  de  haber  sido  correctamente   apreciadas  necesariamente  el  fallo  sería  favorable  a  los  procesados.   

En  lo  atinente  a  la primera regla que el  libelista  considera  vulnerada  respecto a que una persona que comete un delito  abandona  el  lugar  y  se aleja de la víctima, además que no precisó que esa  máxima  de la experiencia resulta irrefutable, la labor demostrativa del reparo  la  centra únicamente en cuestionar la veracidad del testimonio de la víctima,  argumentando   que  el  sentenciador  de  segundo  grado  le  otorgó  un  valor  equivocado  en  cuanto  a la presencia de los acusados en la casa de habitación  de ésta días después de haber sido liberada.   

Sin embargo, de esa pluralidad de argumentos  que  exhibe  el  casacionista  sólo  pone  en entredicho la apreciación que el  juzgador  hizo  del  testimonio  del  menor  víctima,  en  tanto  que  para  la  Corporación    fue   claro   que   su   relato   ofrecía  “una   fuerza   caracterizada   por  la  espontaneidad,  ya  que  su  narración  es  original  porque  surge  de  manera fácil, libre de todo temor,  abundante  en  la  determinación  de  circunstancias que evidentemente nacen al  proceso  como  la indicación propia de quien ha vivido una realidad o a sufrido  el  impacto  natural  de  unos  hechos  ciertos,  inmerecidos  y provenientes de  sujetos   agentes   plurales,  que  excesivamente  fracturaron  su  voluntad  al  impedirle la inercia naturalistica de la locomoción…”.   

De  manera  que la censura sólo se limita a  cuestionar  la  credibilidad  que  el  sentenciador  le dio a este deponente. De  todos  modos  en  el  proceso que ocupa la atención de la Sala resulta evidente  que  el juzgador de segundo grado dio credibilidad al testimonio del menor, toda  vez  que  los  acusados  no  sabían  que éste había retenido, como lo dice el  Tribunal,  “las  caracterizaciones físicas…, …  sus  ademanes,  … la expresión verbal, … la forma de caminar, de gesticular  en  fin  de  todo dato que individualiza a una persona, ello para significar que  después  del  secuestro, el menor observa a la entrada de su finca, a Robinson,  en  una  motocicleta y pudo establecer apelando a sus recuerdos del nefasto día  que   el   acompañante   era   el   otro   facineroso   que   lo   mantuvo   en  cautiverio…”.   

En cuanto a la máxima de la experiencia que  según  el  libelista  trastocó  el  juzgador  al  valorar  el testimonio de la  víctima  respecto  a  que  una  persona que usa pasamontañas no se despoja del  mismo  durante el delito, también fue objeto de estudio por parte del Tribunal,  concluyendo  que  la  narración que hizo el deponente no es contradictoria y en  el  evento  en  que  hubiese  existido  “no tiene la  entidad  desgravatoria que se le quiere asignar, simplemente porque nada importa  al  hecho de que un cautivo haya observado el rostro de uno de sus captores, sin  pasamontañas  a  la  8  p.m o a las 9  p.m, señalando la Sala que ninguna  incidencia  trascendental  tiene  tal  equívoco  en  lo  esencial, porque   siempre  la  respuesta  será afirmativa en cuanto que nadie discutirá por ello  que  no  observó el rostro de uno de los delincuentes en el cabal entendimiento  de  que  para  criticar un testimonio, también como lo sugiere el artículo 404  ibidem,  debe  atenderse a las circunstancias  que rodearon un hecho y a la  personalidad  del  deponente, en nuestro caso, un menor de edad, sin experiencia  pretérita  de  actos   delincuenciales  devenidos  de un secuestro, que de  seguro,  a  cualquier  ser  humano,  atemorizan  y  lo  coloca  en un estado que  propende  por la sensibilidad o irritación de sus sentidos, ante la impotencia,  olvidar  con  precisión  datos  o  hitos  de  la secuencia fáctica, que jamás  desdibujan lo axial o principal de estos aconteceres nefastos”.   

En  lo que hace relación a la máxima de la  experiencia  consistente  en  que la persona que comete un delito no se queda en  la  escena,  habida  cuenta  que  corre  el  riesgo  de  ser identificado por la  víctima,   para   lo   cual   el   casacionista  se  apoya  en  un  inexistente  reconocimiento  fotográfico, éste sólo pretende desvirtuar los señalamientos  que  hizo  el  menor  en la mentada diligencia bajo el argumento que su padre lo  contradijo  en  ese  aspecto,  sin que de su discurso se advierta un error en el  acto de apreciación de este testimonio.   

Ahora bien, para el Tribunal fue claro que la  mentada  diligencia,  además  de  corresponder  a  la  verdad,  fue introducida  legalmente  al  proceso  y,  por  lo mismo, objeto de apreciación. Textualmente  adujo:  “la  Sala  con  argumentos  tal  livianos o  carentes  de  profundos  arraigos  probatorios  no  puede  desfigurar  la fuerza  convincente  o  creíble  que brota de una evidencia física o elemento material  probatorio,  que  fuera  introducido  al  proceso  penal en el momento y con las  formalidades  legales por el Delegado Fiscal, el cual lo recoge porque dirige la  prosecución  penal,  atributo  constitucional  que nace del mismo artículo 250  que  reformara  el  acto  legislativo 003 de 2002, aun más nadie discute que el  correspondiente   acto  no  estuviese  firmado  por  el  agente  del  Ministerio  Público,  el  padre  del menor, la Fiscal Primera Especializada, el servidor de  Policía  Judicial  Raúl  Trespalacios  Vuelvas,  y  desde  luego  por el menor  testigo   y  víctima…,  todo  esto  verificable  a  folios  28  a  35  de  la  carpeta…”.   

Y, por último, respecto a que una persona no  puede  estar en dos lugares distintos a la misma hora constituye una afirmación  insular  del  libelista,  puesto  que para el Tribunal los testimonios en que se  pretende  argumentar  dicha  contradicción  no merecían la credibilidad que el  recurrente pretende derivar de sus contenidos.   

El  juzgador  de  segunda  instancia  anoto:   

“Los testimonios  de  los  señores Remigio Ortiz, quien dice que trabajó con Robinson Hernández  por  cuatro  meses,  que  le pagó sus sueldos de julio a octubre, no recordando  que  hubiese trabajado el mes de agosto, mientras que Freddy Toscano señala que  en  julio  se fue a Cúcuta y regresó a finales de agosto, precisamente en este  mes  ocurrieron  los  hechos.  Igual  ocurre con Juan Ballesteros Barbosa cuando  Anastasio  Bustos  Contreras,  luego de afirmar que trabajó con él, pero no en  forma  permanente,  sin  recordar  que  halla  trabajado  con  éste el día del  secuestro, la Sala señala que:   

“Estos  testimonios  hacen  emerger  unas  afirmaciones  que  no  encuentran  un  fulcro  o plinto capaz de convertirlas en  ineluctables  o  que  no  muestren fisuras para dar paso a la hesitación, en el  entendido  que  pueden  ser ciertas estas afirmaciones, pero igual contingentes,  probables  o  mentirosas,  ya  que se trata de ubicar a seres humanos en lugares  distintos  a  aquel en que se desarrolló un suceso criminal, que se recuerda no  se  prolongó por mucho tiempo -1dia-, lo que puede permitir el que por tratarse  de  seres  humanos,  que  son  pensantes, y hoy con la tecnología de transporte  terrestre,  aéreo,  marítimo  o fluvial, cualquier persona un día puede estar  en  varias  partes, en dos o alternar entre un lugar u otro. Si esto es así, no  son                   creibles                   estas                   pruebas  testimoniales”.           

Si  se  revisan  cada  una de las hipótesis  planteadas  como  fundamento  del  reproche, se concluirá que las mismas fueron  construidas  sobre una personal forma de apreciar los medios de convicción, sin  que  su  discurso ponga en evidencia un error cometido por el sentenciador en el  acto  de apreciación de la prueba y, mucho menos, cómo el mismo incidió en la  condena de los sentenciados.   

Ante esa falta de claridad y precisión en la  formulación   del   único   cargo,   se   impone   la   inadmisión   de   las  demandas.   

Resta  señalar  que  no  se observa que con  ocasión  del  fallo  impugnado o dentro de la actuación se violaron derechos o  garantías  de  los  intervinientes,  como  para  que  tal circunstancia imponga  superar  los  defectos  del  libelo  para decidir de fondo, según lo dispone el  inciso 3° del artículo 184 de la Ley 906 de 2004.   

Acotación final  

En  la  medida en que contra la decisión de  inadmitir   la   demanda   de  casación  presentada  procede  el  mecanismo  de  insistencia  de conformidad con lo establecido en el artículo 186 de la Ley 906  de  2004,  impera  precisar  que como dicha legislación no regula el trámite a  seguir  para  que se aplique el referido instituto procesal, la Sala ha definido  las   reglas   que   habrán   de   seguirse  para  su  aplicación,2    como  sigue:   

a)  La  insistencia  es   un   mecanismo   especial   que  sólo  puede  ser  promovido    por   el   demandante,   dentro   de   los   cinco  (5)  días  siguientes a la notificación de la  providencia  por  cuyo  medio  la  Sala  decida  no  seleccionar  la  demanda de  casación,   con   el  fin  de  provocar  que  ésta  reconsidere  lo  decidido.  También    podrá    ser    provocado   oficiosamente   dentro   del   mismo   término  por  alguno de los Delegados del  Ministerio  Público  para  la Casación  Penal   -siempre que el  recurso  no  hubiera sido interpuesto por el Procurador Judicial-, el Magistrado  disidente  o  el Magistrado que no haya participado en los debates o suscrito la  providencia inadmisoria.   

b)   La  solicitud de insistencia puede  elevarse  ante  el  Ministerio  Público,  a  través  de  sus Delegados para la  Casación  Penal, o ante uno de los Magistrados que hayan salvado voto en cuanto  a  la  decisión  mayoritaria  de  inadmitir  la  demanda  o  ante  uno  de  los  Magistrados que no haya intervenido en la discusión.   

c)  Es  potestativo  del   Magistrado   disidente,   del  que  no  intervino   en   los    debates    o    del    Delegado   del   Ministerio    Público    ante    quien    se  formula   la    insistencia,    optar    por   someter   el   asunto   a   consideración   de la Sala o no presentarlo para su  revisión,  evento  último en que informará  de  ello  al   peticionario    en    un    plazo    de    quince   (15)  días.   

d)   El  auto  a través del cual no se  selecciona  la  demanda  de  casación  trae  como consecuencia la firmeza de la  sentencia  de  segunda  instancia  contra  la  cual  se  formuló  el recurso de  casación,  salvo  que  la  insistencia prospere y conlleve a la admisión de la  demanda.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada   por   el   apoderado   de   Robinson  Hernández  Parra  y Juan  Enrique Ballesteros Barbosa, por las  razones expuestas en la anterior motivación.   

De            conformidad    con  lo  dispuesto  en  el  artículo  184  de  la  Ley   906   de   2004,   es  viable  la  interposición  del  mecanismo  de insistencia en los términos precisados   atrás por la Sala.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

MARIA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                          SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                          AUGUSTO    J.   IBAÑEZ   GUZMÁN           

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS                       

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                              JAVIER     ZAPATA  ORTIZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

1  Casación  24026  del 20 de octubre de 2005, casación 24610 del 12 de diciembre  de 2005, entre otras.   

2  Providencia del 12 de diciembre de 2005. Rad. 24322.     

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