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1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 14052  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                                     Magistrado Ponente:   

                                     Dr. JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

                                     Aprobado Acta N° 143 (22-09-99)   

          Santafé   de  Bogotá  D.C.,  veinticuatro  de  septiembre  de  mil  novecientos noventa y nueve.   

VISTOS  

Conforme con lo normado en los artículos 225  y  226  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  se pronuncia la Sala acerca del  aspecto  formal de la demanda de casación presentada    por    el    defensor   del   procesado   ARMANDO        DE       JESÚS       QUINTANA       RÚA,   contra  la  sentencia  de  segundo grado proferida por el Tribunal Nacional el 25 de febrero  de  1997,  por  cuyo  medio  revocó  el  fallo  absolutorio  dictado en primera  instancia  por  un  Juzgado  Regional  de  Medellín,  y en su lugar condenó al  procesado  a  la  pena  privativa de la libertad de 52 años de prisión y multa  por  valor  de  50  salarios  mínimos legales mensuales, al hallarlo penalmente  responsable  de  dos  homicidios  agravados  y de infringir el artículo 2° del  Decreto  1194 de 1989, adoptado como legislación permanente por su similar 2266  de 1991 -conformación de bandas de justicia privada-.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          En  las  horas  de  la  tarde  del  18  de  junio  de 1993, el menor  Rigoberto  Ruiz  Montoya  y  su  progenitor  José Alcides Ruiz Arias recibieron  muerte  violenta  ocasionada por proyectiles de arma de fuego, hecho este que se  atribuyó  a  un  grupo  de  individuos  de  quienes se sostiene conformaban las  “milicias  populares” que  para  la  fecha  en  cita  operaban  en el sector “El Picacho”, comprensión  municipal  de  Bello,  Antioquia.  La  historia procesal del asunto da cuenta de  que,  como  miembro  de  la  mentada  organización  de justicia privada, en los  homicidios  en  cuestión tomó parte activa ARMANDO DE  JESÚS  QUINTANA  RÚA, conocido también con los motes  de “Papelito” o “El Negro”.   

          Vinculado  mediante  indagatoria  a  la  averiguación  el  nombrado  sujeto  y  perfeccionada  en lo posible la investigación, una vez clausurada la  etapa  instructiva  un  Fiscal  Regional  con sede en la ciudad de Medellín por  resolución  del  9  de  agosto de 1995 profirió acusación contra QUINTANA  RÚA, la cual, merced al recurso  de  reposición propuesto por el agente del Ministerio Público, fue aclarada en  cuanto  a  los  cargos  por  los  cuales  habría  de  responder  el  encartado,  concretándose  el correspondiente proceso de adecuación típica a los injustos  de  homicidio  agravado,  en  número de dos, conforme con lo que para el efecto  estipula  el  artículo 30-4 y 7 de la Ley 40 de 1993, y violación al artículo  2°  del  Decreto  1194  de  1989,  adoptado como legislación permanente por el  Decreto 2266 de 1991.   

          Habiéndole  correspondido  a un Juez Regional de la misma localidad  conocer  de  la  causa y agotado el rito que para esta clase de eventos imperaba  en  la  mentada jurisdicción, por fallo del 6 de noviembre de 1996 se absolvió  al  procesado  de  los  cargos por los cuales había sido llamado a responder en  juicio,  determinación  que  fue  revocada por el Tribunal Nacional mediante la  suya  del  8  de  abril de 1997, imponiéndole en consecuencia al justiciable la  condena de la que ya se hizo mérito.   

LA DEMANDA  

          Con  fundamento  en  la causal primera de casación, cuerpo segundo,  el  censor  aduce  un  único cargo contra la sentencia del Tribunal Nacional al  acusarla   de   violar   indirectamente  normas  de  contenido  sustancial,  los  artículos  247  y  445  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  la primera por  aplicación  indebida  y  la  segunda  por  exclusión  evidente,  reproche  que  concreta  en  un  error de hecho por falso juicio de identidad al equivocarse el  fallador  en  la  estimación y valoración de la prueba testimonial que obra en  el  proceso,  quebrantando por contera el precepto contenido en el artículo 294  ibídem.   

          Advierte   el   demandante  que  el  fundamento  de  la  condena  lo  constituye  la  prueba  testimonial  recaudada,  “en  particular  la  vertida  al proceso por dos testigos que declararon bajo reserva  de  identidad”,  y  las atestaciones de Alba Rocío,  Luz  Magdalena  y  María  Carlota  Ruiz  Montoya, que como prueba trasladada se  incorporaron  al  proceso  de otros asuntos penales cuya tramitación adelantaba  la   administración   de  justicia  para  la  misma  época  contra  el  propio  QUINTANA RÚA.   

          Y  en  el  desarrollo de la censura sostiene que las deponencias del  “testigo  secreto”  y de  María      Carlota      Ruiz      Montoya      pretendieron     “clonarse”,   pues,   en   su   sentir,  “fácil   es   colegir   se   trata  de  una  misma  persona”;   pero  aparte  de  ello,  ningún  valor  probatorio  se  le puede asignar a los dichos de quienes señalan a QUINTANA   RÚA  como  partícipe  en  los  referidos  homicidios  -Alba  Rocío  y  Luz  Magdalena  Ruiz  Montoya-, dada su  condición  de  “testigos de oídas, indirectos o de  referencia”,  y  habida  consideración  de  que las  personas  que  se  reputan  presenciales  del  suceso  objeto de juzgamiento -la  citada  María  Carlota  y  quien  declaró  bajo  reserva de identidad-, apenas  lograron  individualizar  e  identificar  a Gustavo de Jesús Cortés Arias y al  apodado   “El   Zarco”   como  los  autores  directos  del  doble  homicidio  investigado  y,  como  posibles  coautores,  a  Yolanda  (a.  “La Flaca”), a  Mauricio  (a.  “La  Plaga”), a David Oquendo Flórez (a. “Chatarra”) y a  Javier  Alonso  Angarita,  ya  que  al resto de los componentes del grupo no los  pudieron  distinguir  por  actuar  con  sus  rostros  cubiertos. Así las cosas,  razona   el   libelista,  las  versiones  de  quienes  acusan  al  reo  resultan  desmentidas por los testigos presenciales.     

          Es    que    “la    fuente    de   sus  referencias”  -el  testimonio de María Carlota Ruiz  Montoya-,  desvirtúa  lo  que los testigos de oídas  sostienen acerca del  compromiso  que  le  asiste a QUINTANA RÚA  en los mentados atentados a la vida, insiste en pregonar el censor  respecto  de  las  declaraciones de Alba Rocío y Luz Magdalena Ruiz Montoya; en  consecuencia,  ninguna  credibilidad merecen las atestaciones de éstas, pues la  contradicción  entre ellas es evidente resultando ser sus afirmaciones sólo el  fruto  de la mala fe originada en el afán de querer comprometer al procesado en  los  hechos  investigados, o, en último término, tal circunstancia las condujo  a  incurrir en “un       falso       juicio      de      identidad      (…),  que dio lugar a que la justicia lo  recogiera   en   esa   forma   y   originara   el   vicio   probatorio   que  se  destaca.”   

          Elementales  principios  de  sana  crítica testimonial enseñan que  conforme  con  la  prueba que viene de analizarse, solamente se podría llegar a  predicar  que  el  acusado  formaba  parte  de  un  grupo  de los denominados de  “justicia   privada”,  arguye  el  censor,  empero  dicho haz probatorio no es suficiente para sostener  con    certeza    la   participación   de   QUINTANA  RÚA en los homicidios de la referencia, habida cuenta  de  que  “aquellas  flagrantes contradicciones deben  dar  lugar  a  que  se  reconozca  duda en ese sentido y a que su presunción de  inocencia   con  respecto  a  la  supresión  de  esas  dos  vidas  no  ha  sido  desvirtuada,  incertidumbre  que  de  tal  manera  debe  ser resuelta a su favor  y  no en contra suya”.    

Que  se case la sentencia impugnada a fin de  que  se  absuelva  del cargo de homicidio endilgado al procesado, y se adecue la  pena  impuesta  al  mismo  en relación con el hecho ilícito de pertenecer a un  grupo   de   justicia   privada,   es   en   síntesis   a   lo  que  aspira  el  casacionista.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Violación  a  las reglas de la sana crítica por errada estimación  de  la  prueba  testimonial  que  en  sentir  del  impugnante  extraordinario se  constituyó  en  el soporte de la condena, es el único cargo que se aduce en la  demanda  contra  la  sentencia  de segundo grado proferida en el presente asunto  por  el  Tribunal  Nacional, vicio este que originó el error de hecho por falso  juicio   de   identidad  en  el  que  supuestamente  incurrió  el  Ad-Quem.   

          La  falencia  que  de  entrada  se advierte en la composición de la  demanda  es  que el censor omitió señalar cuáles son los medios de prueba que  se  duelen  del  falso juicio de identidad argüido, preterición que igualmente  cobija  la  clase de dislate, vale decir, si dicho vicio se originó en el hecho  de  que  el  juzgador  distorsionó el sustrato fáctico de las pruebas atacadas  poniéndolas  a  decir  cosa  distinta de lo que materialmente expresan, o si el  presunto  yerro  se  deriva  de la violación flagrante de las reglas de la sana  crítica dentro del examen probatorio que el Tribunal realizó.   

A  falta  de  tal  precisión,  lo  que  se  evidencia  en  la  demanda  es que el casacionista se opone a la conclusión del  sentenciador  en  relación  con  el juicio emitido acerca de la responsabilidad  respecto  de los atentados contra la vida, aduciendo la inocencia de su asistido  por  cuanto los testigos que se dicen presenciales del episodio por parte alguna  mencionan  al  procesado  como  autor  o  coautor  de  los referidos homicidios.   

          Empero,  si  lo  que se cuestiona en casación es la legalidad de la  sentencia  de  segundo  grado,  ¿qué fue lo que dijo el Tribunal acerca de los  motivos   que   tuvo  para  atribuirle  crédito  a  determinados  elementos  de  convicción  y  restárselo  a  otros?   Ello  se  ignora,  por  cuanto  el  casacionista  únicamente  acierta  a relacionar los dichos de quienes acusan al  reo   o  se  abstienen  de  hacerlo,  omitiendo  precisar  las  razones  que  el  sentenciador  expuso  en su fallo para proferir condena en contra del procesado,  revocando    así    la    absolución    impartida    por    el    A-Quo.    

La manera sesgada como el demandante presenta  sus   argumentos  constituye  un  flagrante  atentado  al  principio  de  razón  suficiente  como  quiera  que, ante la vigencia en nuestro sistema jurídico del  método  de la persuasión racional, se carece de los elementos de juicio que le  indiquen  a  la  Corporación, como ya se advirtió, en cuáles yerros incurrió  el  juzgador  al  contemplar  materialmente la prueba, si fue  que la   desarticuló,  trastocando  su  con tenido fáctico, o de qué manera quebrantó  las reglas de la sana crítica al momento de valorarla.   

Por  supuesto  que  con una tal falencia, no  puede  entrar  la Sala a realizar la tarea de constatación o confrontación que  le  incumbe  en  relación  con los presuntos yerros alegados por el censor y lo  plasmado   en   la  sentencia  por  el  fallador  respecto  de  los  testimonios  cuestionados,  para ver de verificar la existencia del falso juicio de identidad  argüido.      

          Ahora  bien,  cuando  como en el asunto sub  examine  el supuesto yerro  se hace derivar de la  duda  que  el  juzgador dejó de reconocer a pesar de su existencia procesal, es  por  cuenta del impugnante en casación que corre su demostración; y comprobado  el  vicio,  imperioso  le  resulta  también  efectuar un examen del resto de la  prueba  no  afectada  por  el yerro para ver de establecer si en ella la condena  aún  encuentra soporte, o si por el contrario sobreviene la duda, ejercicio que  igualmente el recurrente omite realizar.   

Así   las  cosas,  ningún  quebranto  se  comprueba  y consecuencialmente mal puede hablarse de vulneración de las reglas  de  la  sana  crítica,  si  el funcionario en el examen probatorio al fundar su  decisión  le  resta mérito a alguno o algunos de los elementos de persuasión,  en  tanto  acoge  otros. Tal potestad, insiste en reiterar la Corte,  no es  más  que el ejercicio de la facultad discrecional que la propia ley le confiere  al  juez en el cumplimiento de su función de valorar la prueba, en los precisos  e  imperiosos  términos  descritos  en  los  artículos  254  y  255 de nuestro  Estatuto Procesal Penal.   

          Luego  entonces,  ante  la no demostración de las violaciones a las  leyes  de  la  experiencia,  la  lógica,  la  racionalidad y el sentido común,  única  limitante  que  se  le impone al juez con el método de la sana crítica  para  justipreciar  la  prueba,  el  criterio  del  juzgador  siempre resultará  prevalente  frente  a  la opinión que sobre los mismos elementos de convicción  pueda tener el demandante en casación.   

          No  realiza pues el censor el más mínimo esfuerzo para demostrarle  a  la  Sala  los  yerros  protuberantes  cometidos por el juzgador, así como su  trascendencia  en el sentido y fundamento de la decisión atacada;  y menos  prueba  el libelista de qué manera el sentenciador incumplió lo regulado en el  artículo  294  del  Código  de  P.  Penal,  acerca  de los criterios que deben  imperar  para  la  evaluación  testimonial, habida cuenta que no basta alegar a  manera        de        genérico       postulado       la       “clonación”  de  algunos de estos medios  de  convicción,  o  afirmar  que quien declaró bajo reserva de identidad es la  misma  persona  que  luego testimonió normalmente, o decir que las imputaciones  formuladas  por  los  testigos de cargo son el resultado de la mala fe, o que la  duda  no  reconocida en el proceso se origina de las contradicciones surgidas en  los  dichos  de  los  declarantes,  careciéndose,  como  aquí  acontece, de la  demostración   seria  y  cabal  acerca  del  fundamento  de  tales  aserciones,  llegándose  incluso  a  ignorar  lo  que  el  fallador  adujo para arribar a la  certeza exigida por la ley para condenar.   

          Por  modo  que,  al  no  cumplir  el  escrito  de  demanda  con  los  presupuestos  formales de los que trata el artículo 225 de Código de P. Penal,  en  especial  el relacionado en su numeral tercero, falla técnica que a la Sala  le  está  vedado  enmendar por virtud del principio de limitación que gobierna  el  recurso  de  casación,  la  demanda  habrá  de  ser  rechazada  declarando  consiguientemente       la       deserción       de      la      extraordinaria  impugnación.               

         

En  mérito  a  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de  Casación Penal,   

RESUELVE  

         RECHAZAR   in   límine   la  demanda  de  casación  formulada  por  el  defensor  de  ARMANDO DE  JESÚS  QUINTANA RÚA contra el fallo de fecha, origen,  naturaleza  y  contenido  indicados.  En  consecuencia,  se declara DESIERTO   el   recurso   de   casación  oportunamente interpuesto.   

         Conforme  con  lo  regulado en los artículos 197 y 226 del C. de P.  Penal, contra esta providencia no proceden recursos.   

CÓPIESE,      COMUNÍQUESE      Y  DEVUÉLVASE   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                          JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

CARLOS   A.   GÁLVEZ  ARGOTE                                          EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

MARIO    MANTILLA   NOUGUES                                          CARLOS E. MEJIA ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PEREZ  PINZON                                NILSON      PINILLA  PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaria  

    

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