31530(27-04-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 31530  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  124  

Bogotá  D.C.,  veintisiete (27) de abril de  dos mil nueve (2009)   

V    I   S   T   O  S   

La  Sala  resuelve sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  fundamentación de la demanda de casación presentada por el  defensor     del     procesado    WILLIAM    MENESES  ARÉVALO.   

H E C H O S  

El Tribunal los resumió así:  

“La  historia  procesal  deviene  con  la  denuncia realizada por el señor Ahmed Tufith Dhagil  Rocha,  que  da  cuenta que el Dr. WILLIAM MENESES ARÉVALO, en su condición de  Director  del  Hospital  San Andrés de Chirigüaná (Cesar), a sabiendas de que  el  Dr.  Manuel  Salvador Mejía Díaz, venía desempeñando el cargo de Médico  General     de     la     Empresa     Social     del     Estado     –  Hospital  San Andrés, Nivel II del  Municipio  de  Chirigüaná,  con una asignación mensual de $1.500.000, para el  año  de 1997, como consta en nómina del  mes de octubre de 1997, canceló  al  Dr.  Mejía  Díaz, la suma de $3.000.000 mediante orden de pago número 273  del  24  de octubre de 1997, por concepto de servicios de anestesia y cirugía a  pacientes        del        referido        centro       asistencial”.   

“Registra  el  denunciante  que  el  señor  Walmy Cuello Pontón, para la época de los hechos  ejercía  el  cargo de subdirector administrativo, quien se negó rotundamente a  firmar  el  cheque  por medio del cual  efectuaban el pago.  Ante esta  situación,  el Dr. WILLIAM MENESES ARÉVALO emitió la resolución número 1131  del  31  de  octubre  de  1997,  relevando  de  estas  funciones  al subdirector  administrativo,  otorgándoselas  a  la  señora Mayra María Rondano González,  quien  venía  desempeñando el cargo de Auxiliar de Presupuesto, autorizándole  su     firma     en     las    diferentes    entidades    bancarias.”   

“La  señora  Mayda  Rondano  González,  en  ejercicio  de  sus  funciones,  efectuó el pago  mediante  el  cheque  número  F7347722 de la cuenta corriente número 233-6 del  Banco  Ganadero  de  Chirigüaná;  igualmente cancelaron la suma de $1.124.100,  por   medio   de   la   orden   de   cancelación  de  servicios  ofrecidos  por  anestesia   durante  el mes de septiembre del mismo año, este pago se hizo  por  medio  del  cheque  número F7345590 de la cuenta corriente 233-6 del Banco  Ganadero  de Chirigüaná; también se canceló la suma de $1.500.000, por medio  de  la  orden  de  pago  sin  número  del  18 de julio de 1997, por concepto de  disponibilidades   realizadas  los  fines  de  semana,  correspondientes  a  los  días   5, 6, 13, 12, 19, 20, 26 y 27 del mes de abril de 1997, a razón de  $300.000.oo,  mediante  el  cheque número D9062355 de la cuenta corriente 233-6  de la citada entidad bancaria.”   

“Los  valores  relacionados  fueron  pagados  a  Manuel Salvador Mejía Díaz, anestesiólogo y  cirujano,  afirmando  el  denunciante  que  para  aquella época en Chirigüaná  existían  cinco  médicos  más; deja ver igualmente que este procedimiento fue  aplicado  con el único propósito de favorecer a Luis Rafael Rocha Díaz quien,  a   través   de   este   mecanismo,   buscaba   no   inhabilitarse   ante   sus  aspiraciones   políticas como candidato a la alcaldía de Chirigüaná, ya  que  era  él  quien  había  prestado  el servicio al hospital y por este medio  cancelaban    sin   aparecer   su   nombre   en   los   registros   del   centro  asistencial”.        

ANTECEDENTES  

1.  Por los hechos  anteriores,   la  Fiscalía  9ª  Seccional  Delegada  de  Valledupar  profirió  resolución  de  acusación en  contra   de   WILLIAM  MENESES  ARÉVALO  como  autor de los  comportamientos  punibles de peculado por apropiación y falsedad ideológica en  documento  público  (artículos  397, inciso 3º de la Ley 599 de 2000 y 286 de  la  Ley  100  de  1980),  así como de LUIS RAFAEL ROCHA DÍAZ y MANUEL SALVADOR  MEJÍA  DÍAZ,  como  cómplices  de  las  mismas  conductas  punibles.  La  decisión  acusatoria  no  fue impugnada, motivo por el cual cobró ejecutoria     el     11     de     mayo     de     2004.     

2.   La etapa  del  juicio  la  tramitó el Juez Penal del Circuito de Chirigüaná (Cesar), el  cual  profirió  sentencia  de  primer grado el 15 de marzo de 2007, mediante la  cual  condenó a WILLIAM   MENESES  ARÉVALO  a  las  penas  principales  de  48  meses  de prisión, multa de $3.124.000 y a la accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por término igual al de la  pena  privativa de la libertad, como autor de      los     comportamientos     punibles     de     peculado  por  apropiación y falsedad  ideológica en documento público  (artículos  133,  inciso  3º del Código Penal de 1980 y 219 del de 2000), y a  MANUEL    SALVADOR    MEJÍA    DÍAZ   a   las  penas  principales  de  24  meses  de  prisión,  multa  de  $1.302.000,  y a la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas  por   el  mismo  lapso,  como  cómplice  de  las  mismas  conductas  punibles,  al  tiempo  que  absolvió  a  RAFAEL   ROCHA   DÍAZ;  le  concedió  la  ejecución  condicional de la sentencia al condenado MEJIA  DÍAZ  y se la negó a MENESES  ARÉVALO.     

3.  El  fallo  fue  apelado   por   el   defensor   de   WILLIAM  MENESES  ARÉVALO,   no  obstante,  el  Tribunal  Superior  de  Valledupar,  por  medio  de  auto  del  2  de abril de 2008, dispuso devolver la  actuación  al  a-quo con el  fin  de  que  éste se pronunciara respecto del comportamiento punible contra la  fe  pública  imputado  a  MENESES ARÉVALO     y     MEJÍA     DÍAZ.   En  cumplimiento  a  lo  dispuesto por el superior, el Juez  Penal   del   Circuito   de  Chirigüaná  adicionó  el  fallo  “bajo   el   entendido   de   que  también  se  declara  penalmente  responsable  por el delito de falsedad ideológica en documento público a ambos  sentenciados,    de   acuerdo   a   su   grado   de   participación”,    y    aclaró    que    ROCHA  DÍAZ  fue  absuelto  de  los  cargos  de peculado por  apropiación  y  falsedad  ideológica  en  documento público, en condición de  cómplice.   

Cumplido lo anterior, el Tribunal Superior de  Valledupar,  en  decisión  de  segunda  instancia  del  12  de  agosto de 2008,  confirmó la sentencia recurrida.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

El  apoderado  del  procesado  WILLIAM  MENESES  ARÉVALO  presenta   tres  cargos  así:  uno por violación indirecta de la  ley  sustancial  y  dos  más, a través de los cuales  postula   sendos   motivos   de   nulidad.   Adicionalmente,  el  casacionista  pide  a la Corte que los  cargos   sean   resueltos   en   el   orden  propuesto  (fl.  68,  cuaderno  del  Tribunal).  Sus argumentos se sintetizan así:   

Cargo  de  violación  indirecta  de  la ley  sustancial por vía del error de hecho.   

Al  amparo  de la causal de casación de que  trata  el  cuerpo  segundo  del  numeral  1º del artículo 207 de la Ley 600 de  2000,  el  casacionista señala que el sentenciador incurrió en el yerro arriba  reseñado,  en la modalidad de “error de hecho en la  valoración  probatoria  con  afectación  del  deber de apreciación razonada y  conjunta     de     todos     los     elementos    de    convicción”.   Por  lo  tanto, estima violados el artículo 7 de la Ley  600  de  2000, 133 y 218 de la Ley 100 de 1980, 286 y 397 de la Ley 599 de 2000,  así   como   los   artículos  232  y  238  del  Estatuto  Procesal  Penal  del  2000.   

En  apoyo  de  su  censura,  señala  que el  fallador  no  apreció todas las pruebas allegadas al proceso, en particular las  favorables  al  procesado  MENESES ARÉVALO,  ya que fundó la decisión condenatoria nada más que en el dicho  de   Manuel  Salvador  Mejía  Díaz,  el  cual,  además,  apreció  de  manera  equivocada;  fue  así  que  el sentenciador -dice el recurrente- desconoció el  principio  de  razón  suficiente  e  incurrió  en  la falencia de petición de  principio.     

De   no  haber  incurrido  en  los  vicios  pregonados  –asegura-, el  sentenciador  hubiese concluido en que “no existe el  grado  de certeza que exige la ley para impartir en contra [de MENESES ARÉVALO]  un fallo de condena”.    

El   casacionista  avanza  en  su  demanda  señalando  lo  que  estima  son  inconsistencias en el relato que de los hechos  hiciera  Manuel  Salvador  Mejía  Díaz,  el cual, según dice, “tiene   la   orientación  de  engañar  a  la  administración  de  justicia”.   Agrega  que el mismo deponente, en  versión    posterior,   “hace   otra   clase   de  afirmaciones  que  no  se  tuvieron  en  cuenta  por  la Sala Penal del Tribunal  Superior  para  hacerle  un  cotejo  y  una  valoración  acorde con el grado de  credibilidad  que  debería  imprimírsele,  por  cuanto  ya  era  evidente  las  contradicciones    en    que    venía   incurriendo   este   señor”.    

Enseguida,  el  recurrente  recrimina que la  sentencia   solamente   se  hubiera  pronunciado  sobre  la  materialidad  y  la  responsabilidad   de   MENESES   ARÉVALO  y  no  lo  hubiera  hecho respecto del tema de la antijuridicidad,  como  también  que  hubiera  omitido  el  análisis  de los testimonios de Luis  Rafael  Rocha Díaz, Mayda María Rondano, Walmy Cuello Pontón y Óscar Enrique  Pérez Hernández.    

Del  primero  de  ellos,  aduce  el  censor,  “sus  afirmaciones  le  dan claridad a la verdadera  situación  del  procesado WILLIAM MENESES ARÉVALO, y lo desvinculan totalmente  del  proceso,  ya que su dicho es coherente y veraz”;  del  segundo de los enunciados, sostiene que demuestra que el nombramiento de la  pagadora  del  hospital se debió a la permanente ausencia del funcionario antes  cumplía las mismas funciones y no a razones diferentes.   

En conclusión, sostiene que “las  razones  que tubo (sic) el Tribunal Superior para confirmar la  sentencia  de  primera instancia se oponen a las consignadas en el proceso, y si  se  hubiera  hecho  un  estudio  valorativo  completo,  es  fácil  llegar  a la  conclusión  de  que  no  existe ningún hecho indicativo de la comisión de los  delitos  de peculado por apropiación ni el de falsedad ideológica en documento  público,  por  parte  del  señor  WILLIAM  MENESES  ARÉVALO,  y  que su dicho  plasmado  en  la diligencia de indagatoria  es concluyente en demostrar que  dijo la verdad”.   

Por  lo  anterior,  el  impugnante pide a la  Corte  que  profiera sentencia de reemplazo absolutoria.       

Cargos subsidiarios por nulidad:  

De  conformidad  con  la causal de casación  descrita  en  el  artículo  207-3 de la Ley 600 de 2000, el demandante sostiene  que  la  sentencia  se  encuentra  viciada  de nulidad por indebida motivación,  irregularidad que afecta el debido proceso.   

El  impugnante, luego de transcribir algunos  antecedentes  jurisprudenciales sobre el tema, así como una parte del contenido  de  la  decisión  recurrida,   funda  su  inconformidad  en  que   la  sentencia,  si  bien  es  cierto  se  ocupó de la materialidad de las conductas  punibles  y la responsabilidad del procesado, no lo hizo respecto del tema de la  antijuridicidad,    motivo    por    el   cual   el   Tribunal   “desconoce  literalmente  la  obligación  que  tiene  de motivar su  decisión,  haciéndole  saber al procesado por qué es condena y cuáles fueron  las   pruebas   valoradas   y   las  normas  que  éste  infringió.”   

Con   fundamento   en   los  razonamientos  anteriores,    el    demandante    solicita    a   la   Corte:   “dicte  providencia  de  reemplazo, donde se decrete la nulidad y se  proceda    a    proferir    la    que    en    derecho   corresponda”.   

A través de un segundo reproche de nulidad,  el  libelista aduce que la sentencia se halla viciada de nulidad por afectación  al  debido  proceso,  toda  vez  que  antes  de  entrar a resolver el recurso de  apelación  en  contra  de  la  sentencia  del juzgado, el Tribunal devolvió la  actuación  al a-quo para que  se  pronunciara  sobre  el  delito contra la fe pública y precisara los delitos  por  los cuales fue absuelto Luis Rafael Rocha Díaz.  Dice el casacionista  que  el  juzgado procedió según lo ordenado a través de un auto de cúmplase,  motivo  por  el  cual  la  defensa  del  procesado no pudo ejercer el recurso de  apelación,   “por  cuanto  al  ser  adicionada  la  sentencia,  se  introdujeron  nuevos  elementos  que  el  apelante  no  tuvo  la  oportunidad de debatir”.    

Sostiene  que  el  Tribunal,  al  notar  la  irregularidad,  debió  declarar la nulidad de lo actuado a partir de la última  notificación   de   la   sentencia,   a   efecto   de   que   el   a-quo  introdujera la adición requerida,  solicitud  esta  última  que  eleva a la Corporación, como corolario del cargo  “para  restablecerle  a mi defendido la oportunidad  de  adicionar  también  el  recurso  de  apelación de la sentencia”.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  El recurso  de  casación,  como  lo  tiene  dicho  la Sala, no es una tercera instancia del  proceso  penal  ni  un  escenario  encaminado  a  desaprobar  de cualquier   manera    la    apreciación    de    la   prueba   que    hace   el   juzgador,  como   tampoco  para  detectar  cualquier clase de vicio en el trámite procesal.   

El  mecanismo extraordinario de impugnación  está  limitado a los posibles errores ostensibles y trascendentes que se pueden  cometer  en  el  proceso,  y  ellos  se  encuentran  sintetizados en los motivos  legales  que  lo  hacen  procedente,  para  el presente caso los previstos en el  artículo  207  del  Código de Procedimiento Penal de 2000, estatuto al cual se  sujetó la demanda.   

El  casacionista no debe perder de vista que  la  lógica  del proceso se refleja en las causales legales que permiten acceder  al  medio  de  impugnación  extraordinario,  y  que los deberes de una correcta  postulación  y  debida  fundamentación  encuentran su razón de ser en que, de  una  parte,  la sentencia llega a esta sede extraordinaria amparada por la doble  presunción  de  acierto y legalidad y, por la otra, el recurso es de naturaleza  rogada,  razón  por  la cual es exigible al demandante un mínimo de claridad y  de   coherencia   en   la   manera   de   la   presentación  del  caso  ante  a  Corporación.    

Esta última exigencia, lejos de obedecer al  capricho  del  legislador  o a la inflexibilidad de la jurisprudencia, encuentra  razón  de  ser  en  que,  como ya fue advertido, la sentencia llega a esta sede  amparada  en  la  doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  por manera que  solamente  un  discurso apegado a la lógica y a la debida fundamentación es el  mecanismo idóneo para derruir dicha presunción.    

Por esta razón, no es procedente el sustento  argumentativo  que  se  funda  en  vaguedades  o  que  se encamina a que la Sala  analice  las  pruebas como juez de instancia, sino que es necesario enunciar con  toda  claridad  cuál error trascendente cometió el juzgador y acompañar dicho  enunciado con los argumentos que persuadan sobre su ocurrencia.   

Los  anteriores  presupuestos  explican  la  exigencia  legal  de claridad y precisión en la enunciación de la causal, así  como  en  la  postulación  y  desarrollo  del  cargo,  tal como lo establece el  numeral 3º del artículo 212 de la ley 600 de 2000.   

2.  En el caso que  ocupa  la  atención  de  la  Sala,  los argumentos con los cuales el recurrente  desarrolla     los     cargos     formulados     no  cumplen  los presupuestos que permiten su admisión en  esta   sede   extraordinaria,   toda   vez  que  desconocen  los  principios  de  debida   argumentación,    autonomía   de  las  causales,    proposición    jurídica   completa   y  trascendencia, motivo por el  cual,  desde  ya, se anuncia su inadmisión.   

3.   El libelo  ostenta  yerros  trascendentes  desde  la misma postulación de los cargos, pues  –en      evidente  desconocimiento       del       principio      de  jerarquía  de  las  causales  de casación- pide a la  Corte  que  resuelva en primer lugar el cargo por violación indirecta de la ley  sustancial y, en último término, el cargo de nulidad.    

Semejante petición resulta inviable, pues la  proposición,  en  primer  lugar, de un cargo por la causal primera de casación  de  que  trata el artículo 207 la Ley 600 de 2000 supone necesariamente admitir  la  validez  de  la  actuación  procesal;  es  por lo anterior que, tal como la  lógica  lo  impone  -y  así  mismo la jurisprudencia lo ha precisado de manera  unánime-  el  cargo  por nulidad debe proponerse de manera principal y el cargo  por  violación  de la ley sustancial de forma subsidiaria, pues de prosperar el  primero  sería  inútil abordar el segundo y, de manera correlativa, el segundo  supone  admitir  que no existe un motivo de nulidad que invalide todo o parte de  lo actuado.   

4.  La modalidad de  censura  que  propone  el  recurrente  a  través de los dos últimos cargos, le  permite  a  la  Corte  recordar que las exigencias de debida fundamentación son  igualmente  exigibles  del  razonamiento  que  pretende  denunciar  un  vicio de  nulidad, como de antaño lo ha fijado su jurisprudencia, así:   

“La postulación  de  vicios  de  nulidad  en  sede de casación no escapa al cumplimiento de unas  exigencias  básicas  que  permitan  a  la  Corte  abordar el estudio técnico y  jurídico  de  un  fallo  o  de una actuación, según el caso, con un margen de  movilidad  relativo,  de  manera  que  la  rigidez  formal  no haga nugatoria la  posibilidad  de reajustar la estructura del proceso o la actividad de los jueces  a  la  legalidad  sin  que  este medio extraordinario de impugnación pierda sus  características   esenciales   y   principalmente   su   finalidad.”   

“Dentro de ese  contexto,  la  proposición  de nulidades en esta sede no escapa al cumplimiento  de  los requisitos que orientan no sólo la impugnación extraordinaria, sino el  instituto  mismo, de modo que en relación con la causal tercera el casacionista  no  está  relevado de su observancia como quiera que este recurso no es en modo  alguno  de  libre  postulación  ni  permite  una amplitud como para que la Sala  entre  a  suplir  las deficiencias argumentativas o a corregir los desatinos del  libelo.”   

“Es así como el  demandante  en  una  propuesta  de  nulidad  debe  identificar la actuación que  contiene  la  vulneración  de  las  garantías  fundamentales  de  los  sujetos  procesales  o  aquella  que  transgreda  las  bases  de  la  instrucción  o  el  juzgamiento,  precisando  el  momento  a  partir  del  cual  se  hace  necesario  retrotraer  lo  actuado  para  que  sea  posible  restablecer  la  legalidad del  proceso.  Además,  le  corresponde determinar cuál es la trascendencia directa  que  el  yerro  de actividad refleja en el fallo y por qué, de no haber mediado  el  mismo  el desarrollo de la actuación sería otro y por consiguiente otra la  decisión  final,  pues  sólo  así  es factible demostrar que la irregularidad  denunciada    solo   puede   remediarse   por   el   remedio   extremo   de   la  nulidad.”1   

La  jurisprudencia  de  la  Corporación ha  decantado  de  manera  particular  el  deber  que  le  asiste al casacionista de  enseñar   de   qué   manera   la  irritualidad  detectada  tiene  trascendencia en el debido proceso y en la  situación  del  procesado  y  cómo  la  corrección  del  yerro  conlleva  una  decisión de fondo distinta.  Así lo ha expresado la Sala:   

“…impera  señalar  que,  aún cuando tiene dicho la Sala que la postulación de vicios de  nulidad  en  sede  de  casación  flexibiliza el rigor técnico que se espera de  cualquier  escrito que sustente el recurso extraordinario, ello por sí sólo no  exime  al demandante de deber de (…) demostrar la trascendencia directa que el  yerro  de  actividad  refleja  en  el  fallo  y por qué, de no haber mediado el  mismo,  el  desarrollo de la actuación sería otro y, por consiguiente, otra la  decisión  final,  pues  sólo  así  es factible demostrar que la irregularidad  denunciada   solo   puede   remediarse   por   medio   de   la  declaración  de  nulidad”2.     

La   postura  reseñada  deja  en  claro,  entonces,  que  el  impugnante  debe  demostrar no solamente la existencia de la  irritualidad,  sino  además  que su corrección habrá de acarrear lógicamente  un  efecto  cierto,  no apenas hipotético, en el sentido del fallo, o al menos,  representar una mejora sustancial a la situación del procesado.   

Vistos  los  presupuestos anteriores, surge  nítido  que los argumentos con los cuales el impugnante sustenta los cargos por  nulidad   faltan   de   forma   ostensible   a   los   deberes  de  jerarquía  de  los  motivos  de  nulidad,  proposición   jurídica   completa,   trascendencia  y        debida  fundametación.   

En  primer  lugar,  porque los reproches de  nulidad  también  deben cumplir con el principio de jerarquía, es decir, deben  proponerse  en  un orden que respete el mayor o menor poder invalidatorio de los  motivos  que darían lugar a la nulidad.  En el caso que ocupa la atención  de  la  Sala,  es  evidente  que  el  motivo  de  nulidad  que  se  funda  en la  aparentemente  irregular  adición  del fallo por parte del juez de primer grado  tendría  un  mayor  poder de invalidar lo actuado que aquél que versa sobre la  supuesta  indebida  motivación.   Por  lo  tanto,  en ese orden y no en el  inverso debió el libelista proponerlos y desarrollarlos.   

Además  de  lo  anterior,  el libelista no  precisa  a  la  Sala cuál ha de ser la consecuencia del vicio que censura, pues  al  concluir  el  cargo  por  indebida  motivación  se  limita  a solicitar que  “dicte  providencia  de reemplazo, donde se decrete  la  nulidad  y  se  proceda a proferir la que en derecho corresponda”.   La petición formulada en términos así de genéricos e  imprecisos  olvida  que  es al casacionista y no a la Corte a quien corresponde,  en  atención  a los principio de proposición jurídica completa y limitación,  precisar desde dónde ha de invalidarse lo actuado.   

Por   otra  parte,  el  razonamiento  del  libelista  encaminado  a  censurar  la  irregular  motivación  de  la sentencia  adolece   de   indebida   fundamentación,  pues se limita a repasar los antecedentes jurisprudenciales de la  Corporación   sobre   ese   tema,   así   como   a   transcribir  in  extenso  el contenido de la decisión  de  segundo  grado, mostrando apenas una discrepancia con las conclusiones de la  providencia recurrida.   

Las  falencias reseñadas no impedirían la  admisión  del  cargo  a  esta sede extraordinaria, si el razonamiento propuesto  atinara  cuando  menos  a  identificar  un  yerro  de  juicio o de garantía que  afectara  el  proceso  o  la  sentencia.  No obstante, ello no ocurre en el  caso  que  ocupa  la  atención  de  la  Sala,   pues -en primer lugar- del  estudio  de  la  sentencia no se advierte la falta de motivación que pregona el  casacionista  y  -en segundo término- tampoco está demostrada la trascendencia  para   el  debido  proceso  o  el  derecho  de  defensa  que  puedo  generar  la  complementación  del  fallo  por el a-quo.   

Lo  primero,  por  cuanto  el demandante no  detalla  en  qué  consistió  la  indebida  motivación,  esto es, cuál de las  diferentes  modalidades  que  la jurisprudencia de la Sala ha desarrollado es la  que         reprocha         del        fallo3   

.  Y  aunque  pareciera  que cumple con ese  deber   al  precisar  –de  manera  por  demás vaga y tangencial- que la sentencia no abordó el tema de la  antijuridicidad,   en   todo   caso  no  enseña  cuál  en  particular  era  el  razonamiento  que  el  fallador  debió  tratar,  ni  de qué manera su omisión  afectó las garantías del procesado.    

De  todos  modos,  salta  a la vista que la  sentencia  sí  se  ocupó del tema de la antijuridicidad, pues tras repasar los  hechos   sobre  los  cuales  fundó  la  tipicidad  del  comportamiento  punible  atribuido   a   WILLIAM  MENESES  ARÉVALO, precisó lo siguiente:   

“El  Despacho  estima  que  se  ha  transgredido el bien jurídico protegido, de acuerdo con la  prescripción  legal, el cual es la administración pública.  Así, cuando  la  norma  alude  a la apropiación, lo que quiere significar es que el servidor  público  siendo  garante  (se  encuentra  bajo  su  administración, custodia o  tenencia)  de  los recursos del Estado, decide apropiárselos en provecho propio  o  en  provecho  de  un  tercero,  con  el ánimo de no devolverlos; la norma de  peculado  por  apropiación  propende la correcta administración utilización y  destinación  de  los  recursos del Estado, al regular funcionamiento y al   decoro  de  los  órganos  públicos.  La  consumación  del  delito de peculado  por   apropiación,  por ser un tipo instantáneo, se produce en el momento  en  que  se  efectúa   la  ilegal  apropiación del bien, realizando actos  extremos  de disposición del objeto, pasándolo a su patrimonio personal. No se  exige  el  enriquecimiento del sindicado, pues basta la posibilidad de disponer,  por  parte  del  servidor público de los bienes apropiados, sin que se exija el  goce o el disfrute por lo menos.”   

Más  aún, el fallo insiste en la ausencia  de   justa   causa  en  la  comisión  del  comportamiento  de  los  procesados,  razonamiento  que  no es otra cosa que una más de las aristas del aspecto de la  antijuridicidad   de   la   conducta   punible   (pág.   10-11,  decisión  del  juzgado).   

Ahora    bien,    que    –según  el  libelista-  la motivación  del  fallo  “desconoce  literalmente la obligación  que  tiene  de  motivar  su  decisión, haciéndole saber al procesado  por  qué   es   condenado   y   cuáles  fueron  las  pruebas  valoradas”  es  una  afirmación  que  desconoce  de  forma  ostensible  el  contenido  de  la  sentencia,  pues  ésta  abunda en detalles sobre ese preciso  aspecto.    Es   así   que   el   a-quo precisó lo siguiente:   

“La  materialización  de  la  conducta  que se le imputa al procesado consistente en  ordenar  pagos  de cirugías sin estar demostradas, y así apropiarse de dineros  públicos  conforme  a  las  previsiones  del art. 133 el anterior C de P. Penal  (sic),  como  bien  lo  destaca la fiscalía, esto es, apropiándose en provecho  suyo   o  de  terceros de bienes del Estado, mediante resoluciones de pago,  sin  haber  soporte  de  la  realización  de  procedimiento  durante el periodo  comprendido  entre  el 1º al 31 de octubre de 1997”  (pág. 6, fallo de primera instancia).   

Por  lo tanto, surge nítido que no existen  las  deficiencias  de  motivación que señala el casacionista, toda vez que las  razones  y  las  pruebas  sobre  las cuales se fundó el juicio de condena, así  como  el tema relativo a la antijuridicidad del comportamiento punible imputado,  fue suficientemente desarrollado en el fallo.   

5.   Por otra  parte,  si  bien  es  cierto  que  el  Tribunal,  antes de desatar el recurso de  apelación  en  contra  de  la  sentencia del juzgado, advirtió “que  el  a-quo,  en  lo  concerniente a los procesados WILLIAM   MENESES   ARÉVALO  y  Manuel  Salvador  Mejía,  obvió  pronunciarse  en  la parte resolutiva de la sentencia  apelada,  con respecto a la condena por el punible que concursó con el peculado  por  apropiación,  del  cual  hizo  su tratamiento, existencia y asignación de  pena    en    la    parte   motiva   –Falsedad    Ideológica    en    Documento    Público-”,  también  lo es que ello no representa irregularidad relevante  alguna,     pues     el     fallador     de     primer     grado    –tal  como  lo admitió el ad-quem  y  así  mismo  lo  observa  la  Corte-  no omitió ocuparse  del  comportamiento  punible  contra  la  fe  pública  y fue claro, en la parte  motiva,  en  desarrollar lo relativo a su materialidad y a la responsabilidad de  los  procesados,  así  como  al  dosificar  la  pena  respectiva,  de  cara  al  fenómenos  del concurso de comportamientos punibles (pág. 15-17, sentencia del  juzgado).    

La inconsistencia radicó en que el juzgado  olvidó  plasmar  en la parte resolutiva de la decisión de primer grado aquello  que  de  manera  completa argumentó en su parte motiva. Fue por lo anterior que  el  Tribunal,  a  través de auto del 2 de abril de 2008 (fl. 3-4, c. de segunda  instancia),  ordenó  “devolver  el  proceso…  al  Juzgado  Penal  del Circuito de Chiriguaná… para que efectúe la adición del  fallo…”   Por lo tanto, en cumplimiento de lo  dispuesto   por  el  superior,  el  a-quo  dispuso  adicionar el numeral primero de la parte resolutiva de la  sentencia  “bajo  el  entendido  de que también se  declara  penalmente  responsable  por  el  delito  de  falsedad  ideológica  en  documento   público,   a   ambos   sentenciados,  de  acuerdo  a  su  grado  de  participación”.   

De manera que todo lo anterior, no fue sino  la  manera  en  que  operó uno de los principios que orientan el decreto de las  nulidades,  cual  es el previsto en el numeral 5 del artículo 310 de la Ley 600  de  2000,  según  el  cual  “sólo puede decretarse  cuando   no   exista   otro   medio  procesal  para  subsanar  la  irregularidad  sustancial”. En cumplimiento del anterior postulado,  el  Tribunal,  tras  advertir  la  inconsistencia  ya  detallada  y, en lugar de  invalidar  parcialmente  la  actuación  procesal  surtida, dispuso lo necesario  para   su   corrección,   lo  cual  no  desconoce  ninguna  garantía  procesal  fundamental,  pues  la adición, tal como lo aclaró el juzgado- “hace  parte  integral  del fallo, para que sea objeto de estudio al  momento  de  desatar  el  recurso”.   En  otras  palabras,  la actuación del superior advirtió que en verdad el instituto de la  nulidad  solamente  opera como un remedo extremo, pues se prefieren otro tipo de  soluciones   a   las   irritualidades   que   se   presentan  en  la  actuación  procesal.   

Y  aunque el casacionista se lamenta porque  la  adición  así  producida  le  impidió ejercer el derecho de contradicción  “por  cuanto  al  ser  adicionada  la  sentenciase  introdujeron  nuevos  elementos  que  el  apelante  no  tuvo  la  oportunidad de  debatir”,  no  precisa  a  la  Sala  cuáles  fueron  aquellos  elementos  desconocidos  que  no  pudo  recurrir,  menos aún cuál el  argumento  que  pudo esgrimir y que, por no hacerlo, incidió en un perjuicio en  la situación del procesado.    

Y,  como  ya  lo  advirtió la Corte, no se  observa  en  ello  irregularidad alguna, pues la adición no introdujo elementos  esenciales  novedosos  a  los ya contenidos en la decisión del juzgado, ni hizo  más  que  precisar aquello que la parte motiva del fallo fue clara y suficiente  en  desarrollar, esto es, el juicio de condena por la conducta punible contra la  fe   pública4.    

En           conclusión,  la  irritualidad  tuvo lugar  pero  fue  corregida oportunamente por el funcionario judicial de segundo grado,  sin  necesidad de disponer la nulidad parcial de lo actuado, lo cual hace surgir  intrascendente     el  razonamiento que sustenta el cargo.    

6.  Por otra  parte,  el  cargo  por  violación  indirecta  de la ley sustancial –indebidamente     postulado    como  principal- adolece de falencias que impiden su admisión.   

En  efecto, la jurisprudencia de la Sala ha  decantado  de  manera  reiterada que cuando la censura se intenta por vía de la  violación  indirecta  de  la ley sustancial, al libelista le compete indicar la  clase  de  error  en  la apreciación probatoria, es decir, si fue de hecho y de  derecho,  y  el  falso  juicio  que  lo  determinó,  esto es, si de existencia,  identidad, raciocinio, legalidad o convicción.   

Esta  clase  de  desacierto  –la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial-  se presenta por errores de hecho o de derecho; los primeros, tienen  lugar  en  tres  eventos:  en primer lugar, cuando el juez ignora una prueba que  obra  válidamente  en  el  proceso  o  supone como existente una que no ha sido  incorporada  (falso  juicio  de existencia);  en segundo término, cuando al plasmar el contenido de la prueba  tergiversa  su  contenido, ya sea porque lo agrega, lo cercena o muta su sentido  (falso  juicio de identidad);  en  este caso, al demandante en casación le corresponde cotejar el contenido de  la  prueba,  tal  como aparece en el proceso, con la forma en que el juzgador la  incluyó  en  la  sentencia  y  acreditar  así  su disparidad, como también la  incidencia   del   yerro  en  la  decisión  de  fondo.   Por  último,  el  sentenciador    puede    incurrir    en    un   falso  raciocinio   desconoce  los  postulados  de  la  sana  crítica  –esto  es,  los  principios  de  la  ciencia,  la lógica, la experiencia o el sentido común- al  momento de otorgar poder suasorio a la prueba.    

Por  su  parte,  los  errores  de  derecho  hacen   referencia  a  que el fallador admite y confiere valor probatorio a  un  medio  de convicción allegado irregularmente al proceso o desconoce y niega  alcance  probatorio  a  pruebas  válidas  (falso  juicio de legalidad),  o  cuando  el  sentenciador  le  asigna a la prueba un valor probatorio distinto al  establecido  por  la  ley o le niega el que legalmente se le ha conferido (falso  juicio de convicción).   

En  estos  casos, también compete al actor  precisar  la  naturaleza  del  error,  el  sentido  de la violación y, luego de  identificar  el  desacierto,  demostrar su incidencia en la parte resolutiva del  fallo  acusado,  a  través  de  un proceso de demostración completo, es decir,  acreditando   cómo  de  corregirse  el  yerro  sobre  las  pruebas  erradamente  apreciadas  y  valorárselas  adecuadamente junto con las restantes válidamente  incorporadas    al    proceso,   la   sentencia   habría   sido   de   distinto  contenido.   

Una  vez  cumplido lo anterior, y en lo que  tiene     que     ver     con     el     requisito     de     la    trascendencia,  también le corresponde al  libelista  demostrar  cómo  el error denunciado en la apreciación de la prueba  condujo  a  aplicar  una norma extraña al debate o a excluir otra que resultaba  pertinente con los hechos objeto de la controversia.   

Vistos  los  presupuestos reseñados, surge  evidente   la   violación   al  principio  de  debida  fundamentación  en  el razonamiento que desarrolla el  cargo,    pues    el   libelista   menciona   yerros   en   la   “valoración  probatoria  con  afectación del deber de apreciación  razonada   y   conjunta   de  todos  los  elementos  de  convicción”.   La  anterior  enunciación,  si  bien  es  cierto  puede  admitirse     como    un    reproche    por    falso  raciocinio,  también  lo  es  que  la  censura  así  presentada   no   pasa  de  enfrentar  la  propia  apreciación  probatoria  del  recurrente   a   la   del   sentenciador,  recriminándole  por  haber  deducido  conclusiones desfavorables a los intereses defensivos.    

Y   como  de  antaño  lo  ha  fijado  la  Corporación,  al juzgador le está dado otorgar credibilidad a aquella parte de  la  prueba  que le lleve certeza en un sentido determinado y  desecharla en  lo  que  no,  sin  que  por  esa  razón desborde las facultades de apreciación  razonada  que  le  concede  la  sana  crítica.  Así lo ha dicho la Corte:   

“De acuerdo con  el  sistema  de  valoración  probatoria  consagrado  en  la  ley,  el deber del  juzgador  de apreciar en su totalidad el conjunto probatorio no puede oponerse a  la  facultad  que  tiene  de desestimar todo aquello que no le dé certeza de lo  que  en  el  proceso  se pretende probar.  Por ello es completamente viable  que  en ese ejercicio tome solo una porción del testimonio y deseche lo demás,  sin  que  se puedan elevar a la categoría de errores de apreciación probatoria  los  juicios  del  sentenciador  a través de los cuales establece el mérito de  los  elementos  que  sustentan el fallo, salvo que se pretenda demostrar que las  conclusiones  a  las  que  llegó  no  son  acordes  a  la sana crítica, único  postulado   al   que   está   sometido”5   

Por  lo  tanto,  criticar  que  el fallador  apreció  las atestaciones de Mejía Díaz de una cierta manera y no de otra, no  es  un  razonamiento idóneo para demostrar un falso raciocinio, pues no enseña  a  la Corte cómo el sentenciador aplicó de manera equivocada una máxima de la  ciencia,  la  lógica,  la  experiencia  o el sentido común en su apreciación,  cuál  la  regla  que  debió aplicar, menos aún cómo la corrección del yerro  necesaria  y lógicamente desquicia los fundamentos del juicio de condena.    

Además  de  lo  anterior,  el  libelista  menciona  un  falso  juicio  de  identidad  que  habría  recaído  sobre los testimonios de Luis Rafael Rocha  Díaz,  Mayda  María  Rondano,  Walmy  Cuello  Pontón  y Óscar Enrique Pérez  Hernánadez;  no  obstante, en desarrollo del reproche, en lugar de acreditar de  qué  manera  el  dicho  de  aquellos  fue tergiversado por el sentenciador, con  incidencia  en  el  fundamento del sentido de la sentencia, termina por criticar  que el juzgador no los hubiere apreciado de manera diversa.    

Es  así  que  el recurrente indica que del  dicho      de      Luis      Rafael      Rocha     Díaz     el     ad-quem     debió     apreciar    que  “el  doctor  WILLIAM MENESES ARÉVALO no participó  en  la  comisión de los delitos que en este proceso se le endilgan y, más bien  se  trata  de  un  montaje  que  le  armaron sus enemigos, tanto personales como  políticos.   Este  señor  hace un recuento histórico de cómo sucedieron  los  hechos,  de  la siguiente manera: … sus afirmaciones le dan claridad a la  verdadera  situación  del  procesado  WILLIAM MENESES ARÉVALO y lo desvinculan  totalmente  del  proceso,  ya  que  su  dicho  es  coherente y veraz”.    

Lo  anterior,  insiste la Corte, no es más  que  una  personal apreciación de un medio de convicción, lo cual no demuestra  cuál  fue el contenido material de su dicho, cómo el juzgador lo tergiversó y  de    qué   manera   dicha   alteración   incidió   en   el   resultado   del  proceso.   

Por  otra  parte, de la declaración de Luz  Marina  Jiménez  el  recurrente  se limita a transcribir parte de su contenido,  sin  dedicar  parte  alguna  a  demostrar  el  vicio  pregonado. Más pobre aún  resulta  el  análisis  por  parte  del  censor  del  testimonio de Walmy Cuello  Pontón  y  Óscar  Enrique  Pérez  Hernández  del  cual  apenas  señala  que  “tampoco     fueron     valorados     en     su  conjunto”,  lo  cual  releva  a  la  Sala  de emitir  pronunciamiento  alguno,  pues  la  ausencia  de una argumentación encaminada a  cumplir  los  presupuestos  de  la  vía  de  ataque seleccionada, así como los  límites que le impone el principio de limitación, se lo impiden.   

En  conclusión,  el recurrente incumple el  deber    de    debida    fundamentación  en  el  desarrollo del cargo propuesto por violación indirecta de  la ley sustancial.   

7.    En  conclusión, por los motivos  anteriores,  y  como  ya  lo  advirtiera  la  Sala, la demanda presentada por el  defensor     del     procesado    WILLIAM    MENESES  ARÉVALO,       no  reúne  los  requisitos para ser admitidas a esta sede  extraordinaria,      razón      por      la     cual     será     inadmitida.   

Cuestión adicional:  

8.   La Sala  observa    que   los   procesados   WILLIAM   MENESES  ARÉVALO  y  MANUEL SALVADOR  MEJÍA  DÍAZ  fueron  condenados  a  la  pena   accesoria   de   interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas,  motivo por el cual habrá de aclarar que, en  atención  a  lo  dispuesto  en  el  artículo  133 de la Ley 100 de 1980, dicha  consecuencia       punitiva       es       de       naturaleza      principal.   

9.   Para  terminar,  se advierte que del estudio del proceso no se vislumbra violación de  derechos  fundamentales  o  garantías  de los sujetos procesales que amerite el  ejercicio  de  la facultad oficiosa de índole legal que al respecto le asiste a  la Sala para asegurar su protección.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

PRIMERO:   INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor del procesado  WILLIAM       MENESES       ARÉVALO.    En  consecuencia,  se  declara  DESIERTO      el  recurso.   

SEGUNDO:  ACLARAR  que  la  pena  de interdicción de derechos y funciones  públicas,  impuesta  a  los  procesados  MENESES    ARÉVALO    y    MEJÍA    DÍAZ    es    de   naturaleza  principal.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

                                                                                                     COMISIÓN DE SERVICIO   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                          SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                        MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                          JORGE   LUIS   QUINTERO   MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia de 18 de noviembre de 2004, radicación No.  21850   

2  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia   de   7   de   marzo  de  2006,  radicación  No.  24132.   

3  “1)  Que  la  decisión  carece  totalmente  de  motivación;  2)  que la fundamentación que contiene es  incompleta;  3)  que  es  dilógica  o  ambivalente  y,  4)  que  se sustenta en  supuestos  fácticos  aparentes  o sofísticos  (Cfr. Cas. mayo 22/03. Rad.  20756)”.   

4  Así  lo  argumentó  el  fallo  de  primer  grado la  incriminación   contra  MENESES  ARÉVALO  por  el  comportamiento  punible  de  falsedad  ideológica:  “Ahora, en cuanto respecto a  la  responsabilidad,  se  predica también con el mismo análisis de las pruebas  descritas  en  precedencia, que los procesados WILLIAM MENESES ARÉVALO y MANUEL  SALVADOR  MEJÍA  DÍAZ,  se  encuentran  incursos  en  el  punible  de FALSEDAD  IDEOLÓGICA,  pues  su  comportamiento  quedó  plasmado   al  resultar  la  falsedad  ideológica  de la resolución No. 1119 de octubre 24 de 1997, la cual  el  gerente  WILLIAM  MENESES  ARÉVALO  hoy aquí sindicado autoriza el pago al  sindicado  Mejía  Díaz  sin  demostrar efectivamente la realización de dichas  intervenciones   visto  a  Fl  51  y  52 de los documentos que sirvieran de  prueba   para  la  orden de pago, más aún cuando solamente tuvo en el mes  de  octubre  sólo  tres  (3)  intervenciones (una histerectomía abdominal, una  herniografía   y   una   cesárea   segmentada)   y   sólo  hasta  el  mes  de  diciembre    le   disminuyeron   el   salario   a   $500.000.oo”.       

5  Sentencia   de   16   de  noviembre de 2001, Rad: 14361     

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