31531(08-07-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 31531  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado ponente:  

YESID    RAMÍREZ  BASTIDAS   

Aprobado Acta N° 209  

Bogotá,  D.  C.,  julio ocho (8) de dos mil  nueve (2009).   

VISTOS:  

Se procede a resolver el recurso de casación  interpuesto   por  la  defensora  de  Ancízar  Jaramillo  Quintero,  contra  la  sentencia  del  Tribunal  de  Armenia  que  confirmó  la dictada por el Juzgado  Cuarto  Penal del Circuito de conocimiento de esa ciudad, mediante la cual se le  condenó  como  autor  responsable del delito de llevar  consigo sustancia estupefaciente.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

1.- Los primeros fueron tratados en el fallo  impugnado de la siguiente manera:   

El  cinco  (5)  de  agosto  de dos mil ocho  (2008),  siendo las 4:25 de la tarde, en el sector de la carrera 18 con calle 51  de  Armenia,  agentes  de  la Policía Nacional sorprendieron al señor Ancízar  Jaramillo  Quintero  cuando  portaba  1.3  gramos de cocaína que llevaba en dos  papeletas.   

2.- Por los anteriores acontecimientos, el 5  de  agosto  de 2008 la Fiscalía Primera Seccional URI formuló imputación ante  el  Juzgado Quinto Penal Municipal con funciones de control de garantías contra  Ancízar  Jaramillo  Quintero  como autor del delito de porte de estupefacientes  en   la  modalidad  de  “llevar  consigo”,         atribución         a         la         que         se  allanó.                      

3.-  El  19  de  septiembre  de  ese año se  radicó  escrito  de  acusación  y el 23 de octubre siguiente el Juzgado Cuarto  Penal  del  Circuito  de Armenia con funciones de conocimiento, lo condenó a la  pena  principal  de sesenta y cuatro (64) meses de prisión, multa de un millón  doscientos  veintisiete  mil  quinientos  noventa  ($1.227.590.oo)  pesos y a la  accesoria  de  inhabilitación  de derechos y funciones públicas por un periodo  igual  como autor responsable del delito imputado,  y le negó el subrogado  de  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de la pena por obrar en su  contra  antecedente  penal,  sentencia  de  abril  17  de  2006,  por habérsele  encontrado  “una  bolsa blanca en plástico la que contenía unas hojas secas,  con  semilla verde, olor fuerte, penetrante, con características similares a la  marihuana”,     peso    de   48   gramos,   imputándosele   porte        de        cannabis            sativa, sin que existiera prueba de ánimo  de   tráfico,   y  concediéndosele  el  subrogado  penal  por  su  calidad  de  “delincuente primario”.   

4.- La anterior decisión fue apelada por el  defensor  y  el  28  de noviembre de 2008 el Tribunal de Armenia la confirmó en  todas sus partes.   

5.-  Mediante auto del cuatro (4) de mayo de  2009  se  admitió el libelo y se fijó el 17 de junio siguiente a las 3:00 p.m.  para la sustentación de la impugnación extraordinaria.   

LA DEMANDA:  

Sobre  la finalidad del recurso de que trata  el   artículo   180   de   la   Ley   906   de   2004,  la  impugnante  guardó  silencio.   

En el cargo único,  al  amparo  de  la  causal  primera  del artículo 181  ejusdem  acusa  la  sentencia  de  segunda  instancia  de  incurrir  en falta de  aplicación,  aplicación  indebida  e interpretación errónea de una norma del  bloque  de  constitucionalidad,  constitucional  o  legal  llamada  a regular el  caso.   

Adujo  que el artículo 32 de la Ley 1142 de  2007  que  prohíbe toda clase de subrogados a las personas, no se puede aplicar  por  analogía  contra Jaramillo Quintero porque cuando éste aceptó los cargos  imputados  por  la  Fiscalía,  se  hizo  acreedor  a la rebaja consagrada en el  artículo 351 del C. de P.P.   

Consideró  que  la  primera  y  la  segunda  instancia  efectuaron  una  interpretación  errónea del artículo 32 de la Ley  1142  de 2007 pues equipararon el derecho de rebaja de pena del artículo 351 de  la  Ley  906  de 2004 que adquirió el procesado por virtud de la aceptación de  cargos a un beneficio.   

Argumentó que en el Código Penal de manera  expresa  se  consagran  figuras que se constituyen en mecanismos sustitutivos de  la  pena  privativa,  como lo son la suspensión condicional de la ejecución de  la  pena,  la libertad condicional, la reclusión domiciliaria y algunas gracias  administrativas    reguladas   en   el   Código   Penitenciario.   Y,   en   su  contrario:   

De acuerdo con el artículo 288 de la Ley 906  de  2004,  se determina en el numeral 3º para el investigado, la posibilidad de  allanarse  a  la  imputación y obtener una rebaja de pena de conformidad con el  artículo  351  ibídem,  la  cual  es  dable  conceder  hasta en la mitad de la  imponible.   

De otra parte, argumentó que la Ley 1142 del  28  de  junio  2007 sólo puede aplicarse a partir de esa fecha y hacia futuro y  no  con  efectos retroactivos porque de esa manera se contraría el artículo 29  de  la  Carta  Política,  si se tiene en cuenta que el antecedente que registra  Jaramillo Quintero es del año 2006.   

Hizo mención a la sentencia C-425 de 2008 en  la  que  se dispuso la exequibilidad del artículo 32 en cita, y en la cual a su  juicio  se  hizo  una enumeración de los beneficios y subrogados penales que se  reportan  excluidos  y  que se encuentran regulados en los artículos 63 a 69 de  la  Ley 599 de 2000 y 465 a 476 de la Ley 906 de 2004, sin que en el texto de la  misma  se  hubiese  efectuado  referencia  a las rebajas de pena tratadas en los  artículos  351,  356  y  367  del  Código de Procedimiento Penal ni se plasmó  pauta  alguna para asimilarlas como beneficios, de donde infiere que la Ley 1142  de 2007 en su artículo 32 no afecta a las normas en cita.   

Por lo anterior, solicita a la Corte casar la  sentencia  y  conceder a Ancízar Jaramillo Quintero la máxima rebaja de pena a  la  que  tiene  derecho  por  haber  aceptado  los  cargos  en  la  audiencia de  imputación.   

INTERVENCIONES    EN    LA    AUDIENCIA  PÚBLICA:   

1.-  Recurrente.-   

El  defensor  público  que  sustituyó a la  inicial  impugnante,  manifestó  que  no  tenía  agregados complementarios por  argumentar con referencia a los aspectos objeto de la demanda.   

2.-           Fiscalía.-   

Adujo que el fallo de primera instancia tiene  incoherencias  entre la parte motiva y la resolutiva, aspecto que no fue materia  de  censura por la casacionista, pues en aquella se reconoce que se reducirá al  procesado  la  pena  a  la  mitad y se falló en sentido negativo, decisión que  confirmó  el  Tribunal  sin  referirse a ese tema sustancial, razón por la que  solicitó  se anulara la sentencia y en su reemplazo se profiriera una en la que  se reconozca la rebaja.   

De  otra  parte, argumentó que el artículo  351  de  la  Ley  906  de  2004 no ha sufrido derogación expresa ni tácita por  virtud  de  la  entrada  en  vigencia  del  artículo  32  de  la  Ley  1142  de  2007.   

Hizo  mención  al tránsito legislativo que  tuvo  la  citada disposición en las Gacetas 418 del 26 de julio de 2006, 428 de  4  de  octubre de 2006, 124 de 19 de abril de 2007, 209 de mayo 25 de 2007 y 287  de 14 de junio de 2007.   

Recordó  que  la  intención  inicial  del  legislador  estuvo dada en excluir tanto las rebajas de pena como los subrogados  y  beneficios  a  quienes  tuvieran  antecedentes  penales por delitos dolosos o  preterintencionales  dentro  de  los  cinco  años  anteriores, propuesta que se  mantuvo  hasta la ponencia para primer debate del 27 de septiembre de 2006, pero  que  luego  en el informe de ponencia para el segundo debate, el texto apareció  en  la  forma  como  en la actualidad se consagra en el artículo 32 ejusdem, de  donde  infiere  que  no puede interpretarse que esa norma excluye las rebajas de  pena  del artículo 351 de la Ley 906 de 2004 porque si el legislador lo hubiera  querido consagrar, lo habría estipulado de manera expresa.   

Por  lo anterior, solicitó “se decrete la  nulidad  de  la  sentencia  y  en  su  reemplazo  se  profiera  una en la que se  reconozca la rebaja del 50% al aquí procesado”.   

3.-   Ministerio  Público.-   

El  Procurador  Primero  Delegado  para  la  Casación  Penal, consideró que la demanda adolecía de defectos técnicos pues  sobre  una  norma  sustancial  no era dable censurar de manera conjunta falta de  aplicación,  aplicación  indebida  e  interpretación errónea, como se había  alegado en el libelo.   

De otra parte, hizo referencia a que el juez  de  primera  instancia  en  la  parte  motiva  del  fallo reconoció a Jaramillo  Quintero  la  rebaja  de  la  mitad  de  la pena, y no obstante no se dispuso lo  correspondiente  en  el  acápite  resolutivo  de la misma, y que el Tribunal no  dijo nada al respecto y de manera indebida negó esa reducción.   

Adujo  que en casos de consumidores, como el  ciudadano  aquí  procesado que sobrepasó en el llevar  consigo  de  manera escasa la dosis personal, no puede  hablarse de antijuridicidad material ni de lesividad.   

Por  lo anterior, solicitó a la Corte casar  la  sentencia  y  en su reemplazo absolver al procesado, “para lo cual se debe  decretar la nulidad desde la aceptación de culpabilidad”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

La Sala no se detendrá en los defectos de la  demanda  a  los  que  hizo  referencia  el  Ministerio  Público porque, una vez  admitida,  el impugnante adquiere el derecho a que se le responda de fondo sobre  las    censuras   presentadas   en   contra   de   la   sentencia   de   segunda  instancia.   

El  artículo  184  de  la  Ley  906 de 2004  estipula  los  eventos  en  los cuales no se selecciona una demanda de casación  (si  el  demandante  carece  de  interés,  prescinde  de señalar la causal, no  desarrolla  los  cargos,  o  cuando se advierta de su contexto que no se precisa  del  fallo  para  cumplir  algunas  de  las finalidades del recurso). Pero en el  objetivo  de hacer real el recurso entendido como control constitucional y legal  contra  las  sentencias proferidas en segunda instancia, se impone a la Corte el  deber  de  superar  los  defectos  del  libelo  y  decidir  el fondo del asunto,  teniendo  en cuenta los fines de la casación, la fundamentación de los mismos,  la  posición  del impugnante dentro del proceso o la índole de la controversia  planteada.   

En  esa  medida,  como en oportunidad se dio  aplicación  a  esta  norma,  los defectos de la demanda se entienden superados,  razón  por  la  cual  la  Corte  procede  a  responder  los  reproches  en ella  contenidos.   

1.-  De la no aplicabilidad del artículo 32  de  la Ley 1142 de 2007 y su ausencia de afectación del artículo 351 de la Ley  906 de 2004.-   

Previo   paso  a  plasmar  consideraciones  sustanciales  acerca  de  la  petición  de casación y por ende absolución del  aquí  procesado  por  ausencia  de  lesividad  que hizo el Ministerio Público,  aspecto  trascendente  que  para  el  caso  se  torna  prioritario y desplaza la  solicitud  efectuada  por  la  Fiscalía,  se  hace  necesario  efectuar algunas  precisiones  relativas  a  los alcances del artículo 32 de la Ley 1142 de 2007,  toda  vez que el cargo único de la demanda se formuló y desarrolló impugnando  la indebida aplicación de esa normativa:   

1.1.-    La    Ley    906    de    2004  establece:   

Artículo 351.- Modalidades.- La aceptación  de  los  cargos  determinados en la audiencia de formulación de la imputación,  comporta  una  rebaja  hasta  de  la  mitad de la pena imponible, acuerdo que se  consignará en el escrito de acusación.   

Artículo 352.- Preacuerdos posteriores a la  presentación  de la acusación.- Presentada la acusación y hasta el momento en  que  sea  interrogado  el acusado al inicio del juicio oral sobre la aceptación  de  su  responsabilidad,  el fiscal y el acusado podrán realizar preacuerdos en  los términos previstos en el artículo anterior.   

Cuando los preacuerdos se realizaren en este  ámbito    procesal,    la    pena    imponible   se  reducirá en una tercera parte.   

Artículo 356.- Desarrollo de la audiencia  preparatoria.- En desarrollo de la audiencia el juez dispondrá:   

1.-   Que  las  partes  manifiesten  sus  observaciones  pertinentes  al  procedimiento  de  descubrimiento  de  elementos  probatorios,  en  especial,  si el efectuado fuera de la sede de la audiencia de  formulación  de  acusación ha quedado completo. Si no lo estuviere, el juez lo  rechazará.   

2.-  Que la defensa descubra sus elementos  materiales probatorios y evidencia física.   

3.- Que la fiscalía y defensa enuncien la  totalidad  de  las  pruebas  que  harán valer en la audiencia del juicio oral y  público.   

4.-  Que  las partes manifiesten si tienen  interés  en hacer estipulaciones probatorias. En este caso decretará un receso  por  el  término de una (1) hora, al cabo de la cual se reanudará la audiencia  para que la fiscalía y la defensa se manifiesten al respecto.   

Parágrafo.- Se entiende por estipulaciones  probatorias  los  acuerdos  celebrados  entre  la  fiscalía  y  la defensa para  aceptar    como    probados   alguno   o   algunos   de   los   hechos   o   sus  circunstancias.   

5.-  Que el acusado manifieste si acepta o  no  los  cargos.  En  el primer caso se procederá a dictar sentencia reduciendo  hasta  en  la  tercera  parte  la  pena  a  imponer,  conforme lo previsto en el  artículo   351.   En   el   segundo   caso   se  continuará  con  el  trámite  ordinario.   

Artículo  367.-  Alegación inicial.- Una  vez  instalado el juicio oral, el juez advertirá al acusado, si está presente,  que  le  asiste  el  derecho  a  guardar  silencio y a no autoincriminarse, y le  concederá  el  uso de la palabra para que manifieste, sin apremio ni juramento,  si  se  declara  inocente o culpable. La declaración podrá ser mixta o sea, de  culpabilidad para alguno de los cargos y de inocencia para otros.   

De   declararse   culpable  tendrá   derecho   a   la   rebaja   de  una  sexta  parte  de  la  pena  imponible  respecto  de  los  cargos aceptados.   

         La  Ley  1142  del  28  de junio de 2007, artículo 32, adicionó el  artículo 68 A de la Ley 599 de 2000, en los siguientes términos:   

        Exclusión  de  beneficios y subrogados.-  No  se  concederán  los subrogados penales o mecanismos sustitutivos de la pena  privativa  de libertad, de suspensión condicional de la ejecución de la pena o  libertad  condicional;  tampoco  la prisión domiciliaria como sustitutiva de la  prisión;  ni  habrá lugar a ningún otro beneficio o subrogado legal, judicial  o  administrativo,  salvo  los beneficios por colaboración regulados por la ley  siempre  que  ésta  sea  efectiva,  cuando  la  persona haya sido condenada por  delito  doloso  o  preterintencional  dentro  de los cinco (5) años anteriores.   

         Desde   el  principio  constitucional  de  prevalencia  del  derecho  sustancial,  debe advertirse que el espíritu y texto del artículo 32 de la Ley  1142  de  2007 convertido en artículo 68 A de la Ley 599 de 2000, está dado de  manera  inequívoca  en  la  exclusión de beneficios y  subrogados,  para  aquellas personas que hubiesen sido  condenadas  por  delito doloso o preterintencional dentro de los cinco (5) años  anteriores,   finalidad  que  por  técnica  legislativa  se  observa  al  estar  integrada  dicha norma dentro del Capítulo II del Código Penal el cual trata y  regula    los    mecanismos    sustitutos   de   la   pena   privativa   de   la  libertad.   

         

         De  otra  parte,  no  puede perderse de vista que la Ley 906 de 2004  entre  las  modalidades  de terminación del proceso comporta las sentencias que  se  produzcan como resultado de las políticas del consenso, esto es, las que se  derivan   de  manera  anticipada  previo  paso  de  la  aceptación  de  cargos,  preacuerdos,  negociaciones o aceptación de culpabilidad, eventos en los que de  manera  precisa  se  ha  previsto  unas  rebajas  de sanción, las que desde una  perspectiva         sustancial         constituyen        un        derecho  y  se  integran  al  principio de  legalidad de la pena.   

         Los  subrogados  de que trata el Capítulo II de la Ley 599 de 2000:  (i).-   artículo   63.-   suspensión   condicional  de  la  ejecución  de  la  pena1   

,   (ii).-   artículo   64.-   libertad  condicional2   

,  como  la  detención  en  el lugar de la  residencia  (art.  314  Ley  906  de  2004)  y prisión domiciliaria3, al igual que  los  beneficios  judiciales  o administrativos, son consecuencias que derivan en  modalidades  alternativas  para  lograr  que  el  condenado  esté por fuera del  establecimiento  carcelario y obtenga la libertad, resultados que para lograrse,  de manera diferenciada están sujetos a condiciones.   

         Desde  la  teoría  del  delito  se comprende sin dificultad que los  subrogados  y  beneficios  no  hacen  parte del factor pena ni se constituyen en  elemento  para la dosimetría de la misma como máximo, mínimo ni reducción de  aquella,  esto  es, no se integran al principio de legalidad de la pena, como en  su  diferencia sí lo son las rebajas de que tratan los artículos 351, 352, 356  numeral   5º y 367 ejusdem, de lo que se infiere que el artículo 32 de la  Ley   1142   de   2007  no  afectó  los  derechos  de  degradación  punitiva consagrados en esas normas, como  de manera equivocada lo interpretó el Tribunal cuando dijo:   

         Esta  Sala  mantiene  la  posición que ha asumido en relación con  este   tema   desde   la   sentencia   de  noviembre  27  de  2007  (radicación  631306000082200700213),  en  el sentido que esa exclusión no sólo está ligada  a  los  subrogados  penales  o  mecanismos  sustitutivos de la pena privativa de  libertad  de  suspensión  condicional  de  la  ejecución de la pena o libertad  condicional,  como  a la prisión domiciliaria, sustitutiva de la prisión, sino  también,   a   cualquier   otro   beneficio   o  subrogado  legal,  judicial  o  administrativo,  exceptuándose,  únicamente  los  beneficios por colaboración  regulados por la ley, siempre que ésta sea efectiva.   

        En  este  orden  de  ideas,  es dable inferir que el artículo 68 A  hace  parte de las medidas tomadas por el legislador en la ley 1142 de 2007, por  medio  de  la  cual se adoptan mecanismos para la prevención y represión de la  actividad  delictiva  de  especial  impacto  para  la  convivencia  y  seguridad  ciudadana,  es  decir,  se  refiere  a  un  ámbito  que  supera  el tema de los  subrogados,  tanto  que el canon mencionado los relaciona taxativamente y agrega  otras  figuras  jurídicas  que  no  están  en  ese capítulo, como la prisión  domiciliaria     y    los    demás    beneficios    legales,    judiciales    o  administrativos.   

        En  consecuencia,  como  el señor Jaramillo Quintero fue condenado  por  delitos  dolosos (sic) dentro de los cinco años anteriores al ilícito por  el  que  se adelanta el presente proceso, no es posible reconocerle la rebaja de  pena  por  aceptación de responsabilidad por expresa disposición del artículo  68 A del Código Penal.   

         El  artículo  367  de  la  Ley  906  de  2004,  es  inequívoco  al  establecer  que si el acusado se declara culpable en el juicio oral tendrá  derecho  a  la  rebaja  de  una  sexta  parte  de  la  pena  imponible.   

         En  igual  sentido  el  artículo  352  ejusdem  en el inciso 2º es  determinante  al  indicar  que  si  los  preacuerdos  se  realizaren  en  tiempo  posterior  a  la presentación de la acusación la pena  se reducirá en una tercera parte.   

         En  esa  medida,  se puede colegir que no es cierto que el artículo  68  de  manera  expresa esté  prohibiendo  o excluyendo la disminución punitiva de que trata el artículo 351  de  la  Ley  906  de  2004,  afirmación  a la que de manera errónea arribó el  Tribunal,  postulado  que  de  acogerse  se  haría extensivo a las dosimetrías  establecidas en las otras normas citadas.   

         Por  lo  anterior, se insiste que desde la teoría del delito y más  concretamente  desde  los  rigores  del principio de legalidad de la pena, no se  torna  posible  confundir  ni hacer entremezclas híbridas entre los subrogados,  beneficios  y  los  aspectos  que regulan la punibilidad pues éstos últimos se  constituyen  en  un  derecho al punto dado que inciden en el quantum a imponer y  afectan los topes de prescripción.   

         Además  de  lo  anterior,  en el objetivo de comprender a cabalidad  los  alcances  el  artículo 32 de la Ley 1142 de 2007, puede acudirse al querer  del     legislador.                    En efecto, como lo puso de presente la Fiscalía  en  la  audiencia  de  sustentación,  en  los  inicios  de la presentación del  proyecto  de  ley  modificatorio  del  artículo  68  A  ejusdem, la pretensión  inicial  en  el  Congreso  de  la  República  estuvo  dada  en  la  de  excluir  rebajas  de pena, beneficios y subrogados a   quienes   hubiesen   sido   condenados   por   delito  doloso  o  preterintencional  dentro  de  los cinco (5) años anteriores, propósito que se  mantuvo  hasta  el  27  de  septiembre de 2006 cuando se presentó ponencia para  primer  debate,  pero  luego  en  el  informe  para la segunda discusión, no se  incluyó  dentro de las prohibiciones lo relativo a las degradaciones punitivas,  de  donde se infiere que si la voluntad de aquel hubiese sido hacer extensiva la  restricción   a   esos  factores,  pues  así  de  manera  expresa  lo  habría  manifestado.   

         Por  todo  lo  visto,  se  le otorga razón a la casacionista cuando  planteó  que Jaramillo Quintero tiene derecho a la rebaja del artículo 351 por  la  circunstancia  de  haber  aceptado  la  imputación  de  la  referencia y se  concluye  que  el artículo 32 de la Ley 1142 de 2007 no afectó los derechos de  rebaja  de  pena  regulados en los artículos 351, 352, 356 numeral 5º y 367 de  la  Ley  906  de  2004,  amén  que  el  antecedente judicial debe haberse dado,  por   favorabilidad,   en  vigencia de la mencionada ley expedida el 28 de julio de 2007.   

         No  obstante,  la  Sala  precisa  que  en  el caso objeto de control  constitucional  y  legal,  el  tema  de fondo va más allá de la rebaja de pena  aquí  solicitada. Por tanto, se procederá a decidir desde la perspectiva de la  prevalencia  del  derecho  sustancial,  toda vez que se advierte que la conducta  por  la  que  resultó  condenado  Jaramillo  Quintero  se  reporta  carente  de  antijuridicidad material y se impone su absolución. En efecto:   

            

         2.-  Del  principio  de  lesividad  en  el  Estado constitucional, social y democrático de Derecho.-   

         De  acuerdo  con  los elementos materiales de prueba que obran en la  actuación,  se  tiene  establecido  que  el  aquí  procesado  al momento de su  aprehensión  llevaba consigo  una  cantidad  de  1.3 gramos de cocaína que iban en dos papeletas, objetividad  de  la  cual  se infiere que apenas sobrepasó la dosis personal, comportamiento  por  el  que  resultó  condenado  a la pena  principal de sesenta y cuatro  (64)  meses  de  prisión, sin que los jueces de instancia hubiesen reparado que  el  Código Penal dentro de sus normas rectoras tiene consagrado el principio de  lesividad así:   

         Ley  599  de  2000.-  art.  11.-  Antijuridicidad.-  Para  que  una  conducta  típica  sea  punible se requiere que lesione o ponga efectivamente en  peligro   sin   justa   causa,  el  bien  jurídicamente  tutelado  por  la  ley  penal.   

Sobre éste postulado, la Corte entre otros  pronunciamientos ha dicho:   

Del  concepto  así  expresado  se destaca  entonces  la  trascendencia  que  tiene  la  noción  de lesividad en el derecho  penal,  por  la  cual,  como  sistema  de  control  lo  hace diferente de los de  carácter  puramente  ético o moral, en el sentido de señalar que, además del  desvalor  de la conducta, que por ello se torna en típica, concurre el desvalor  del  resultado, entendiendo por tal el impacto en el bien jurídico al exponerlo  efectivamente  en  peligro  de  lesión o al efectivamente dañarlo, que en ello  consiste  la llamada antijuridicidad material contemplada en el artículo 11 del  Código Penal.   

Pero, además, se relaciona este principio  con  el  de  la llamada intervención mínima, conforme al cual el derecho penal  sólo  tutela  aquellos  derechos,  libertades y deberes imprescindibles para la  conservación   del   ordenamiento   jurídico,   frente   a  los  ataques  más  intolerables  que se realizan contra el mismo, noción en la que se integran los  postulados  del  carácter  fragmentario del derecho penal, su consideración de  última  ratio y su naturaleza subsidiaria o accesoria, conforme a los cuales el  derecho  penal  es respetuoso y garante de la libertad de los ciudadanos, por lo  cual  sólo  ha  de intervenir en casos de especial gravedad y relievancia, ante  bienes  jurídicos  importantes  y cuando, los demás medios de control resultan  inútiles  para  prevenir  o solucionar los conflictos, esto es, reclamando como  necesaria la intervención del derecho penal.   

Sobre  estos  postulados,  la  Corte  ha  establecido  que  ante la insignificancia de la agresión, o la levedad suma del  resultado,  “es inútil o innecesaria la presencia de la actividad penal, como  tal  es  el  caso  de  los llamados delitos de resultado de bagatela4.   

En igual sentido la Corte dijo:  

El  principio  de lesividad de la conducta  punible  surgió  como  un criterio de limitación del poder punitivo dentro del  moderno  Estado  de  derecho,  en el entendido de que constituye una obligación  ineludible  para  las  autoridades  tolerar toda actitud o comportamiento que de  manera  significativa no dañe o ponga en peligro a otras personas, individual o  colectivamente   consideradas,   respecto  de  los  bienes  y  derechos  que  el  ordenamiento   jurídico   penal   está   llamado   como   última   medida   a  proteger.   

Este  principio,  propio del derecho penal  ilustrado,  no sólo está íntimamente ligado a otros de la misma índole (como  los  de  necesidad,  proporcionalidad,  mínima intervención, separación entre  derecho  y  moral,  subsidiariedad y naturaleza fragmentaria), sino que también  le  otorga  un  sentido  crítico  a  la  teoría  del bien jurídico, e incluso  habilita  en  el derecho penal la misión de amparo exclusivo de los mismos, tal  como  lo  ha sostenido en forma casi unánime la doctrina al igual que de manera  pacífica  la  jurisprudencia  constitucional  y  la  de  la  Sala en múltiples  providencias (…)   

De  ahí  que  la  función  crítica como  reductora  del bien jurídico no se agota cuando el legislador crea nuevos tipos  penales,  ni  tampoco cuando el Tribunal Constitucional ejerce el control que le  es  propio  respecto  de  dicha  competencia,  sino que suele manifestarse en la  labor  de  apreciación  que  todos  los operadores jurídicos, y en últimas el  juez,  realizan  acerca  del  alcance de la descripción típica contenida en la  norma  frente  a  la  gama  de  posibilidades que el diario vivir le ofrece a la  administración  de justicia como motivo de persecución, juzgamiento y sanción  jurídico penal. Así lo ha precisado la Sala:   

(…)  el  principio  de  lesividad  ha de  operar  no  en  la  fase  estática  de  la  previsión  legislativa, sino en la  dinámica  de  la  valoración  judicial  de  la  conducta, habida cuenta que el  cambiante  mundo  de  las  interferencias comunicativas de las que se ha hablado  hace  que  vivencialmente,  en  un momento socio histórico determinado, ciertos  actos  tengan  una  específica significación social que los hacen dañinos por  la  potencialidad  que  tienen  de afectar un ámbito de interrelación, como la  convivencia  pacífica  en éste caso, o que el mismo comportamiento no tenga la  virtualidad  de  impresionar  las  condiciones  que  la  permiten  en un ámbito  temporo espacial diferente.   

Si  no fuera de ésta manera, es decir, si  el  principio  de  lesividad  careciera  de  incidencia  alguna  al  momento  de  constatar  el  ingrediente  del  bien  jurídico  por parte de los funcionarios,  habría  que  investigar  por  un  delito  contra la administración pública al  servidor  público  que tomó una hoja de papel de la oficina y la utilizó para  realizar  una diligencia personal, o procesar por una conducta punible contra la  asistencia  de la familia al padre que de manera injustificada tardó un día en  el  pago  oportuno de la cuota de manutención, o acusar por un delito en contra  de  la integridad a los bromistas que le cortaron el pelo al amigo que se quedó  dormido,                  etcétera5   

.  

En relación con el comportamiento que ocupa  el  control  constitucional  y  legal, no se requiere de mayores argumentos para  advertir   que   se   trata  de  un  porte  de  sustancia  estupefaciente  en  pequeña  cantidad,  la cual de  manera    escasa    sobrepasó    la    denominada    dosis   personal   máxima  presuntiva6   

,  de  donde  se puede inferir que el aquí  procesado  la  llevaba consigo  para  su  consumo,  como de manera puntual lo planteó el Ministerio Público en  la   audiencia7,  además  que  no  existe prueba en contrario con la que se puedan  hacer  deducciones  en  sentido  de  que el  propósito del aquí procesado  fuera el de comerciar con ese gramo largo y obtener lucro.   

Estos  hechos  y  teniendo en cuenta que en  contra  del  mismo se profirió el 17 de abril de 2006 por parte del Juzgado 4º  Penal  del  Circuito  de  Armenia  un  fallo  de condena por idéntica conducta,  permiten  descartar  que  el  destino  de aquella era el suministro a terceros y  excluir    el   tráfico   de   la   misma   para   el   logro   de   utilidades  económicas.   

Respecto de la cantidad mínima de sustancia  estupefaciente, la Corte ha dicho:   

El concepto de dosis personal al que se ha  hecho  referencia,  deslindado por completo de conductas que evidencien tráfico  oneroso  o  gratuito  de  drogas, emerge como parámetro de racionalización del  poder  punitivo  del  Estado  cuando  se  trata  de  examinar la conducta de los  adictos  o  de  personas  no  dependientes,  que  se  encuentren en posesión de  cantidades  mínimamente superiores a la legalmente permitida, porque a pesar de  la  percepción  simplemente  objetiva  de haberla superado, es lo cierto que la  actividad   que  desarrollan  (el  consumo  de  dosis  personal)  es  lícita  y  corresponde  al  exclusivo ámbito de libertad de esa persona o, como lo precisa  la jurisprudencia constitucional, porque:   

Determinar  (legalmente)  una  dosis  para  consumo  personal,  implica  fijar  los  límites  de una actividad lícita (que  sólo  toca con la libertad del consumidor), con otra ilícita: el narcotráfico  que,  en  función  del  lucro,  estimula  tendencias que se estiman socialmente  indeseables8   

.  

Bien  puede  afirmarse  que  al concepto de  dosis  personal  se  liga el de “aprovisionamiento”, el cual se evidencia en  dependientes  (habituales,  disfuncionales,  destructivos)  o experimentadores y  ocasionales9   

apenas  en  proceso de iniciación en ese  mundo,  a  quienes como “consumidores hormiga” se les sorprende llevando   consigo   marihuana,  cocaína  (derivados)  o  cualquier otra droga que produzca dependencia física, psíquica  y  fenómenos  de  tolerancia,  en  cantidades  escasas que sobrepasen los topes  legalmente  permitidos, eventos en los que antes que producir un daño o peligro  de  menoscabo  al  bien  jurídico  socio  colectivo de la salud pública de que  trata  el  Título  XIII de la Ley 599 de 2000, lo que se pone de presente es un  comportamiento          “auto–destructivo”  o de “auto-lesión” el cual incumbe los ámbitos  exclusivos  de  la  libertad  de  esa persona, es decir, a un fenómeno singular  carente  de antijuridicidad material (ausencia de lesividad) y que, por ende, no  es punible.   

La anterior conclusión mediante la cual se  excluye  el  injusto,  desde  luego,  no es que se constituya en una generalidad  per  se,  sino  que,  por el  contrario,  habrá  de  someterse  en  cada  caso  concreto a la correspondiente  valoración       de      manera      singular,10   

como aquí se hace.  

Acerca   de  la  denominada  “dosis  de  aprovisionamiento”, la Corte dijo:   

La  locución  “dosis personal” de por  sí  fija  un  significado.  No  se  trata  de  cantidades considerables sino de  porciones  mínimas  destinadas  al  uso  propio,  desechándose como extraña a  ésta  figura el suministro a tercero, aunque sea gratuito, y, con mayor razón,  su  tráfico,  esto  es, su utilización económica. Ese consumo individualizado  se  enfatiza  con  la expresión legal de ingerir o injerir (introducir una cosa  en  otra),  por  una  sola  vez,  la  sustancia o droga pertinente. Pero esto no  equivale  a  que  la  reducida  cantidad destinada a ese uso tenga que aplicarse  unilateralmente,  de  modo  integrado  o  total.  No,  la  ley considera que esa  máxima  porción, es lo que, de modo usual y por una ocasión, puede satisfacer  la  necesidad  del  drogadicto. De ahí que se entienda por “dosis personal”  tanto  el  consumo fraccionado de la misma, cuando no se excede el volumen total  que  es  propio  a  esta  noción.  Buscándose  conservar este sentido y evitar  restricciones  inadecuadas  (consumo  de una vez de la máxima cantidad de droga  considerada  como  dosis personal), se insinúa como más apropiada la locución  “dosis  de  aprovisionamiento para uso personal” (Proyecto de Ley num. 13 de  1978, art. 1º. Anales del Congreso de 9 de agosto de 1978).   

Pero  no  se  quiere  con  ésta  última  expresión  ni  ampliar  la  cantidad  de  consumo  personal  ni menos dilatarlo  indefinidamente  en el tiempo, dando margen a la posesión de mayores cantidades  de  drogas  o  sustancias,  lo  cual  propicia  su  aplicación  a  otros fines,  distintos  al  consumo personal, actividades éstas verdaderamente delictuosas y  sometibles a severas penas.   

Tan  es  esto así que el aludido proyecto  precisa  el  concepto  de “dosis personal” como “la cantidad de sustancia,  droga  o fármaco que una persona porta para su propio consumo” y señala diez  gramos  para  marihuana,  cinco  gramos  para  marihuana hachís y un gramo para  cocaína,  siempre  y  cuando que ésta última sea de una concentración que no  exceda del 10%.   

Entonces,  se  repite,  no se pretende una  fundamental    diferencia    entre    “dosis   personal”   y   “dosis   de  aprovisionamiento  para  uso  personal”,  ni  menos  se busca su aplicación a  situaciones  distintas  y  encontradas. Refiérense ambas a la misma cuestión y  suscitan  un idéntico tratamiento del tema. La segunda locución procura evitar  interpretación   que  se  utilizan  en  parte  y  en  parte  se  reservan  para  intensificar, prolongar o repetir su inicial aplicación o uso.   

En  definitiva  las  dos  expresiones  se  refieren  a  un porte destinado al consumo personal, directo, de escasa cantidad  y  ajeno  por  completo  a propósito de suministrarla a terceros gratuitamente,  por    dinero    o    cualquier   otra   utilidad.11   

Es un fenómeno social incontrastable que el  consumo   de  marihuana  y  sustancias  estupefacientes  genera  en  la  persona  problemas  de  adicción y esclavitud que lo convierten en un enfermo compulsivo  (en  variedad  de  intensidades)  merecedor  de  recibir  tratamientos  médicos  terapéuticos  antes  que  un  castigo,  pena  o reducción a un establecimiento  carcelario.   

En  esa  condición  de  afectación  de su  voluntad  y  limitaciones  a  su  capacidad  de  auto-determinación,  despliega  comportamientos  orientados  a  la  consecución  de  la droga con la cual puede  calmar  sus  apetencias  (no  ilimitadas).  En esos propósitos, al encontrar la  fuente  de  abastecimiento  y  previendo  la  persecución, opta por adquirir la  “dosis        personal”        o        alternativamente        la        de  “aprovisionamiento”12   

para consumir y alterar de manera nociva su  mente  y  su  cuerpo no durante una oportunidad sino previendo la posibilidad de  varias  (en  eventos,  acompañado  de  varios  sujetos consumidores13), razón por  la  que  en circunstancias como la que ahora es objeto de control constitucional  y  legal,  puede  aparecer  como  portador  de cantidades un poco mayores de las  permitidas,  resultado  objetivo  que al valorarse al interior de una actuación  como  la  presente,  se  proyecta  carente de lesividad en la medida que aparece  distante  de  los  comportamientos del tráfico y de los objetivos del lucro. Al  respecto se ha escrito:   

Hay  que  poner  de  manifiesto  que en el  Código   penal   de   1995   (se   refiere  al  estatuto  español),  se  sigue  despenalizando  la  posesión  de  estupefacientes  encaminada  al  consumo, sin  exigir  legalmente  ninguna  condición  de  índole cuantitativa (v. gr. que se  trate  de  módicas  cantidades  etc.),  o  de  índole temporal (v. gr. que las  cantidades  poseídas no superen las necesidades de consumo de una semana, etc),  lo  que  a  mi  parecer,  es  digno  de  todo elogio, pues semejantes límites o  condiciones  no  hace  más  que  crear  un  sistema  de  presunciones absolutas  “musir  et  de  iure”  de  destino  al tráfico de la sustancia cuando no se  cumplen  los requisitos legales, no prestando atención entonces a la intención  del  sujeto,  que  es  lo  que  en  todo  caso debe prevalecer, dando lugar a un  Derecho  penal  de  mera  sospecha  que  entra  en abierta contradicción con el  principio  de  culpabilidad  que  debe  imperar  en  todo Estado democrático de  derecho.   

La  exención de responsabilidad alcanza a  todo  poseedor  consumidor  y no sólo al que reúne la cualidad de toxicómano,  como  dice  la  STS  de  15  de  febrero  de  1983: “no sólo la posesión del  drogadicto  es  acto impune, dado que, además de los sujetos adictos al consumo  de  estupefacientes  en  estado  de  dependencia, también se abastecen de tales  sustancias  quienes todavía no se han iniciado en su uso y desean hacerlo, así  como   aquellos  que,  aún  iniciados,  no  han  adquirido  el  hábito  de  su  consumo”.14   

El   principio   de  lesividad  encuentra  correspondencia    en    el    postulado   del   harm  principle:   

En  los  países  de  habla  inglesa suele  acudirse  como  base  de  legitimación  de  las  normas  penales  sobre todo al  harm   principle  que  ha  jugado  un  papel  esencial  desde  el  siglo XIX. En relación con el mismo son  fundamentales  las  consideraciones  del filósofo Jhon Stuart Mill, vertidas en  su   obra   On   Liberty,  publicada en 1859. Afirma Mill:   

El  hecho  de  vivir  en  sociedad  hace  indispensable  que  cada uno se obligue a observar una cierta línea de conducta  para  con  los  demás.  Esta  conducta  consiste, primero, en no perjudicar los  intereses  de  otros;  o  más  bien  ciertos intereses, los cuales, por expresa  declaración  legal  o  por  tácito  entendimiento, deben ser considerados como  derechos  (…)  Tan  pronto como una parte de la conducta de una persona afecta  perjudicialmente  a los intereses de otra, la sociedad tiene jurisdicción sobre  ella  y  puede  discutirse  si  su  intervención  es o no favorable al interés  general.  Pero no hay lugar a plantear ésta cuestión cuando la conducta de una  persona  no  afecta, en absoluto, a los intereses de ninguna otra (…) En tales  casos,  existe  perfecta  libertad,  legal  y social, para ejecutar la acción y  afrontar las consecuencias (…)   

Bajo los presupuestos de la concepción de  Mill,  no  pueden  castigarse legítimamente conductas que únicamente conllevan  una  lesión  para  uno  mismo,  ni tampoco puede justificarse el castigo de una  conducta únicamente en virtud de su inmoralidad (…)   

El énfasis en la lesión de los intereses  de     terceros,     central     para    el    harm  principle,  puede contribuir a demarcar la diferencia  entre  el  menoscabo  de  los  intereses  de terceros y los intereses del propio  agente,  diferencia  también reconocida dentro de la teoría del bien jurídico  aunque  no  suficientemente  atendida.  Ello  puede  mostrarse  de la mano de la  discusión  sobre  la  penalización  del consumo de drogas (…) No hay duda de  que  hay  ciertas  drogas  nocivas  para  la  salud,  al  menos para la salud de  aquellos  que  las  consumen.  Es decir, los daños para la salud resultantes de  consumo  de  drogas  son  auto infligidos por los consumidores. Y los daños que  uno  mismo  se  inflige tienen poco o nada que ver con el menoscabo de intereses  de  terceros.  Es  indudable  que  tengo un interés jurídicamente merecedor de  protección  en  que  mi salud no sea menoscabada por acciones de tercero. Pero,  ¿tengo  una  pretensión semejante hacia mí mismo? La idea de la amenaza de un  bien  propio  resulta  forzada.  Si  se  quiere sostener la legitimación de los  tipos  penales  del derecho penal de las drogas en un bien jurídico vinculado a  la  salud,  debería  configurarse  éste de modo que sólo quedarían abarcados  daños  a la salud causados por terceras personas, lo que sin embargo vendría a  restringir  de  modo  considerable  el  ámbito  de  aplicación de dichos tipos  legales,  los  cuales,  no  obstante,  sólo  a  través  de  esa  vía  serían  susceptibles  de  legitimación.  En  todo  caso, desde esa perspectiva no puede  justificarse    la   reacción   penal   frente   al   consumo   voluntario   de  drogas.15   

Para  el  evento  en singular, es claro que  Jaramillo  Quintero  adecuó su conducta a la descripción típica del artículo  376 de la Ley 599 de 2000, en donde se estipula:   

El que sin permiso de autoridad competente,  salvo   lo   dispuesto   sobre   dosis   para   uso  personal,  introduzca al país, así sea en tránsito  o  saque  de él, transporte, lleve consigo, almacene, conserve, elabore, venda,  ofrezca  adquiera,  financie  o  suministre  a cualquier tipo droga que produzca  dependencia (…)   

Pero no se evidencia que el bien jurídico  tutelado  de  la  salud  pública  de que trata el Título XIII de la Ley 599 de  2000,   se   hubiese   afectado   por  el  resultado  objetivo  de  llevar              consigo16  1.3  gramos  de  cocaína,  cantidad  que  de  manera  por  demás  escasa  sobrepasó  la dosis personal, y  máxime  tratándose de un individuo del cual es dable inferir era un consumidor  habitual,  como  encuentra  soporte material y antecedente en la condena que por  idéntico  comportamiento recibió hace poco tiempo del Juzgado Cuarto Penal del  Circuito de Armenia.   

De  otra  parte,  no  se  demostró  que la  conducta  de  Jaramillo Quintero tuviera la finalidad de afectar los derechos de  otros  considerados  de  manera  individual  o  colectiva,  ni  existe prueba en  contrario  con  la  cual  deducir que el aquí procesado tenía el propósito de  comerciar  con  la  sustancia  que  le fue hallada. En esa medida la objetividad  así   valorada   como   llevar   consigo  se  reporta carente de antijuridicidad material, es decir, ausente  de  lesividad,  sin  que  resulte válido ni legítimo la imposición de ninguna  pena  y  menos  la  de  sesenta  y cuatro (64) meses de prisión y $1.227.590 de  multa,  que  le  fuera atribuida por los jueces de instancia, pues para el caso,  tan  sólo  resulta  afectada  la  salud  del  aquí  procesado  (auto-lesión),  circunstancia  que  no  le  incumbe  al  derecho  penal  pues  se  trata  de  un  comportamiento  que  corresponde al exclusivo ámbito de su libertad, efecto con  el  que se hace realidad el principio de intervención mínima o de última               ratio17.   

Desde  la teoría del delito, la cual no es  una  suma  de  postulados  dogmático  penales  ahistóricos  sino  que,  por el  contrario,   se   deben   acompasar   con   los   fines  y  valores  del  Estado  constitucional,  social  y  democrático  de  Derecho,  es  dable comprender sin  dificultad  que  el daño o peligro de afectación al bien jurídico tutelado de  la  salud  pública,  no  se materializa en abstracto ni en el vacío sino en la  praxis  en situaciones de interrelaciones en las que se produzca un resultado de  menoscabo  o  conato  de  lesión  de  los  derechos  o  intereses  de otro o de  otros.   

En esa mirada valorativa es como se entiende  que  en  los  eventos  de  llevar consigo dosis    personal    o    de    aprovisionamiento    de   sustancias  estupefacientes,           se           trata           de          comportamientos        intraneus  en  un todo individuales que no  afectan  la  ajenidad  singular  o  colectiva de una comunidad concreta, y no se  puede  pregonar  entonces  antijuridicidad  material  pues,  por  exclusión  de  efectos,  la  ausencia  de  lesividad social resalta, amén que pueden converger  figuras  de  exoneración  de  responsabilidad  delictiva  como  la atipicidad     (Prieto     Rodríguez),  estado  de necesidad (Antonio  Beristain),   causal   de  inculpabilidad,  ya  como  trastorno  mental que implica inimputabilidad o como no  exigibilidad  de  otra  conducta  por el acoso de la dependencia (Bacigalupo), y  por  ende,  no  se  torna  jurídico  imponer  una  pena sino, por el contrario,  absolver, como aquí se debe proceder.   

         

        En             fin:  si  en  ejercicio de sus personales e  íntimos   derechos,  el  acusado   Jaramillo     Quintero    no   afectó  los  ajenos,  no  produjo daño ni peligro de menoscabo  al  bien  jurídico  de la  salud      pública,  es  dable  concluir  que el  comportamiento   imputado  no va en contravía del artículo 11 de la Ley 599 de  2000  y,  en  consecuencia, no puede ser objeto   de   ninguna  sanción  porque al  no  presentarse  la  categoría  jurídica  de  la antijuridicidad, es imposible  predicar     la    configuración    de    conducta  punible.   

Desde  la perspectiva de la prevalencia del  derecho  sustancial,  como  para  el  caso  se  evidencia  el  desacierto  de la  sentencia  con  la  que se condenó al aquí procesado por un comportamiento que  no  constituye  delito,  esta  circunstancia  objeto de control constitucional y  legal  impone como remedio para restablecer sus garantías fundamentales y hacer  efectivo  el  derecho  material  en  la  presente actuación, casar de oficio el  fallo  objeto  de  impugnación  y  absolverlo  del  cargo  por  el  cual  se lo  acusó.   

Y,  en  consideración a que en el fallo de  primera  instancia  ante  la denegación de cualquier subrogado penal se dispuso  librar  orden  de  captura  contra  el procesado Ancízar Jaramillo Quintero, se  ordena  de  inmediato  su  cancelación  en  la  fecha  en  la cual se adopta la  sentencia  de  casación  (hoy)  sin  esperar hasta la audiencia de su lectura y  comunicación para efectos de publicidad.   

Dígase  también,  en  claro respaldo a la  fundamentación  acopiada, que en Colombia el proceso de definición negativo de  las  conductas  atinentes al tráfico y consumo de drogas adictivas comienza con  la  expedición  de  la  Ley  11  de  septiembre  15  de  1920.  Cuando llega la  influencia  del  positivismo  penal sociológico, es señalada la adicción como  estado   pre-delictual  o  “fronterizo  del  delito”,  recogiéndose  éstos  comportamientos   en   el   rubro   genérico  de  “delitos  contra  la  salud  pública”,  para  ocurrir  que ya en la década de los años 60 se califica al  consumidor  como  “enfermo”, aspecto al que se refieren los artículos 2-j y  51 de la Ley 30 de  5 de febrero de 1986 y 367 cp.   

Así también sucede en las legislaciones de  Austria,   Chile,   España,   Francia,   Italia,  México,  Noruega,  Portugal,  República  Federal  Alemana,  Argentina  y  Uruguay,  mientras  que el Convenio  Único   de   las   Naciones  Unidas  de  1961,  el  Convenio  sobre  Sustancias  Sicotrópicas   suscrito  en  Viena  en  1971,  el  Acuerdo  Suramericano  sobre  Estupefacientes  y  Sicotrópicos  de 1973, y el Segundo Protocolo Adicional del  Acuerdo  Suramericano, suscrito en Buenos Aires en 1983, indican que la tenencia  de  éstas  drogas  sólo  tiene relevancia a efectos de la aplicación penal en  cuanto  la  misma  se halle destinada al posterior tráfico ilícito18.   

Todo  usuario  debe  tener  en su poder la  droga  para  que se le pueda imputar infracción al estatuto de estupefacientes,  a  no  ser  individuos  cuya  degradación  física  haya llegado al extremo que  implique   suministro   por   manos   extrañas.  Pero  la  cantidad  incautada,  siempre    y    cuando    no    sea   excesivamente  superior, no puede ser el factor decisivo para elevar  el  reproche  correspondiente  sino  que  debe  amalgamarse con el ánimo, fin o  propósito  que  gobernaba  al portador (signo subjetivo de lo injusto), so pena  de  hacer  tabla  rasa  con  el   principio rector de la culpabilidad y dar  cabida  a  la  derivación  de  responsabilidad  penal  meramente  por  el favor  objetivo.  “Tener  para  el comercio significa poseer sustancias con el objeto  de  hacer  comercio  clandestino  o  fraudulento  con  ellas,  no  basta la mera  tenencia”19.   

3.-   De   la  variación de un precedente jurisprudencial.-   

Tratándose  de la Ley 906 y las sentencias  producidas  como  resultado  de  las políticas del consenso o justicia premial,  esto  es,  aceptación  de  cargos, preacuerdos y negociaciones (arts. 351, 352,  356  nral.  5º  y  367  ejusdem),  se  ha  sostenido de manera reiterada por la  jurisprudencia  que  la  única  opción  que  tiene el juez es la de proceder a  dictar  una sentencia de condena con la rebaja que corresponda o la de anular la  actuación  ante  la  evidencia  de  un  error antecedente en la formulación de  cargos,  postulación  que  ahora  se  varía  y  para lo cual se hace necesario  efectuar además, otras acotaciones.   

La Ley 906 de 2004 en orden a la censura de  los  fallos proferidos de manera anticipada, no reprodujo las restricciones para  apelar  de que se ocupaba el art. 40, inciso 10º de la Ley 600 de 2000, la cual  en  su texto regulaba el “interés para recurrir” dando por establecido que:   

Contra   la  sentencia  procederán  los  recursos  de  ley,  que  podrán interponer el Fiscal General de la Nación o su  delegado,  el  Ministerio  Público,  el  procesado y su defensor respecto de la  dosificación  de  la  pena, de los mecanismos sustitutivos de la pena privativa  de  la  libertad y la extinción del dominio sobre bienes. La parte civil podrá  interponer recursos cuando le asista interés jurídico para ello.   

Bien  puede  afirmarse que el predicado del  artículo  293  inciso  2º  del  C.  de  P.P.,  referido  a la imposibilidad de  retractación  por parte de los intervinientes una vez se hubiese dado el examen  de  juridicidad  del  acuerdo  y  la aceptación del mismo por parte del juez de  conocimiento,  contrae una limitante para impugnar los aspectos sustanciales que  hubiesen     sido     objeto     del     consenso20   

,  traduciéndose  conforme  al criterio de  “interés  para  recurrir” que en principio los intervinientes en el acuerdo  aprobado,  carecen de legitimidad para desarrollar censuras en la pretensión de  lograr  la  revocatoria  o  modificación  de  aspectos  de atribución típica,  grados  de  participación,  circunstancias  modales, adecuación antijurídica,  expresiones  de  culpabilidad,  agravantes  genéricas o específicas, etc., que  hubiesen sido objeto de aceptación, preacuerdo o negociación.   

Las  anteriores  limitaciones  tienen  su  fundamento  en  el hecho que la segunda instancia como la sede extraordinaria de  la  casación  penal  en  lo  que  corresponde  a  la impugnación de sentencias  proferidas   en   vía   de  terminación  anticipada  del  proceso,  no  pueden  constituirse  en espacios de retractación de lo aceptado, motivo por el cual se  restringe  para  aquellos la discusión probatoria, retractación o negación de  los cargos que de manera libre y espontánea hubiesen aceptado.   

         Lo  anterior  no  excluye  que  se  puedan  desplegar censuras sobre  aspectos  relacionados  con la dosificación de la pena en cuanto a sus límites  de  legalidad,  mecanismos  sustitutivos  de  la  pena privativa de la libertad,  efectos  de  incongruencia  entre  los  contenidos de  lo consensuado y las  conductas  derivadas,  y desde luego, respecto de la transgresión de garantías  fundamentales.   

         De  las  restricciones derivadas de la irretractabilidad  de los aspectos sustanciales que hubieran  sido  objeto  del  consenso  aprobado,  es  de  donde  se   deriva  que las  limitaciones  para  recurrir  sentencias por vía de terminación anticipada del  proceso   se   hagan  extensivas  a  la  sede  extraordinaria  de  la  casación  penal.   

         

         Debe   precisarse   y  reiterarse  que  dentro  de  los  mencionados  límites,  no  se  implica  lo  relacionado  con la efectividad del derecho  material  en  orden  a  la  realidad  del  principio  de prevalencia del derecho  sustancial,  lo relativo al propósito de unificación de la jurisprudencia y lo  que  dice  relación con el menoscabo de garantías fundamentales, de suerte que  al  sindicado  y  su  defensor  les asiste “interés para recurrir” con toda  legitimidad  en sede de casación penal aspectos relacionados con violación del  debido  proceso  por  afectación  sustancial  de  su estructura o de garantías  (art.  457)  o por violación de garantías de incidencias sustantivas, conforme  al artículo 228 constitucional.   

         Cuando  se  trata  de  la  censura  extraordinaria  de una sentencia  proferida  de  manera  anticipada  orientada  a  la  protección  de Principios,  Derechos  y  Garantías  Fundamentales, se puede considerar que es a través del  art.      184.3      del      C.      de     P.P21,  como el legislador en vía  de  la  excepción  al principio de limitación regente de la casación penal el  cual  puede  afirmarse  está  des-limitado,  plasmó  su  voluntad jurídica de  otorgarle  a  la  Sala  de  Casación Penal en virtud del principio de seguridad  jurídica,   facultades   oficiosas  para  proteger  y  salvaguardar  ese  plexo  axiológico  entre  las  que,  como  es  de su esencia, se implican tanto las de  incidencia  procesal  (errores  de  estructura  o  de  garantía)  como  las  de  repercusiones  sustanciales,  no  sólo  para  los eventos de la impugnación de  sentencias  proferidas  de  manera  anticipada,  sino  también  cuando hubiesen  culminado de manera normal.   

         Además,  se advierte que las garantías fundamentales son objeto de  protección en el artículo 131 cuando en su texto se establece:   

Si el imputado o procesado hiciere uso del  derecho  que  le  asiste  de renunciar a las garantías de guardar silencio y al  juicio   oral,  deberá  el  juez  de  control  de  garantías  o  el  juez  del  conocimiento  verificar  que  se  trata  de  una  decisión  libre,  consciente,  voluntaria,  debidamente informada, asesorada por la defensa, para lo cual será  imprescindible  el  interrogatorio personal del imputado o procesado.   

         A  su  vez  el  artículo 351.4 de la Ley 906 de 2004, cuando en sus  contenidos estatuye:   

Los   preacuerdos  celebrados  entre  la  fiscalía  y  el  acusado  obligan  al  juez  de  conocimiento,  salvo que ellos  desconozcan    o    quebranten    las    garantías    fundamentales.   

         

         En  igual  sentido  es lo regulado en el  artículo 354 ejusdem en el cual se impera que:   

Son  inexistentes  los acuerdos realizados  sin la asistencia del defensor.   

         Además,    se   observa   que   el   artículo   368   inciso   1º  ibídem22  en  la fase del juicio oral también se ocupa de la protección de  garantías fundamentales cuando de manera expresa indica que:   

De advertir el juez algún desconocimiento  o  quebrantamiento  de  garantías  fundamentales,  rechazará  la alegación de  culpabilidad   y  adelantará  el  procedimiento  como  si  hubiere  habido  una  alegación de no culpabilidad.   

        Estas  preceptivas,  entre  otras,  además del Preámbulo y los artículos 1 y 2 de la  Carta  Política  que  señalan la justicia, el orden justo y la dignidad humana  como  superiores  baluartes axiológicos, se constituyen en los instrumentos por  excelencia  con  los  que se puede hacer efectivo el principio constitucional de  prevalencia  del  derecho  sustancial  (art.  228  superior),  facultades que se  inscriben  dentro  de  la construcción y aplicación de un derecho penal acorde  con  la  concepción,  visión,  fines  y  valores  de un Estado constitucional,  social   y   democrático   de   Derecho   como   lo   es   y  pretende  ser  el  nuestro.   

         Tratándose  de  sentencias  anticipadas  que se impugnen en la vía  extraordinaria    a    efectos    del    control    de    constitucionalidad   y  legalidad  y  a  fines de la  protección  de  garantías  fundamentales  de  incidencia procesal, esto es, en  orden  a la enmendación de errores de estructura o de garantía, la Sala podrá  efectuar   de  manera  rogada  u  oficiosa  los correctivos del caso cuando la sentencia se hubiese dictado en  un   juicio   viciado   de   nulidad   (arts.   2323   

,    45524   

,    45625   

,    45726  del  C.  de  P.P.),  en los  eventos  en que el fallo se hubiera dictado con fundamento en pruebas ilícitas,  por  falta  de  competencia  del  funcionario  judicial,  o  con irregularidades  sustanciales  afectantes  del  debido  proceso,  o  violaciones  al  derecho  de  defensa,  recordándose  que  en  las  dos últimas modalidades no tienen cabida  censuras  por  aspectos relacionados con la omisión de práctica de pruebas, ni  por  afectación del principio de contradicción probatorio, pues lo esencial de  la  sentencia  anticipada  es que se constituye en una renuncia a los ejercicios  de  oralidad,  publicidad,  inmediación, concentración, práctica de pruebas y  contradicciones  fácticas, renuncias entre las que no se incluyen el despojo de  la  presunción  de  inocencia,  ni  al  debido proceso preestablecido, ni a los  principios  rectores de las pruebas de necesidad, motivación, licitud, ni mucho  menos renuncia al derecho de defensa.   

         Así  mismo,  cuando  se  trate  de  la  protección  de  garantías  fundamentales  de  repercusiones sustanciales que se hubieran materializado como  errores in iudicando, la Sala  Penal  de la Corte, cuando se trate de sentencias anticipadas que se impugnen en  vía  extraordinaria  deberá  casar  la  sentencia  ya  sea  de  manera  rogada  u oficiosa como aquí se hace  al    encontrar    que   la   violación   se   ha   materializado   de   manera  evidente.   

         Pueden  darse  los casos, por ejemplo, entre otros: que la sentencia  anticipada  se hubiera proferido con violación al principio de derecho penal de  acto,   al   principio  de  legalidad  del  delito  o  de  la  pena  (necesaria,  proporcional  y  razonable),  o  del  principio de favorabilidad sustancial, por  violación   del   principio   de   prohibición   de   analogía   in  malam  partem, por desconocimiento del  principio   de   cosa   juzgada   y  del  non  bis  in  ídem,  o  en  la  que  se  hubiera  consolidado  una  violación   manifiesta  por  indebida  aplicación  sustancial  referida  a  la  adecuación  del  injusto típico, formas de participación o de las expresiones  de  culpabilidad  atribuidas,  o  por  menoscabo  del  principio antijuridicidad  material  y  ausencia de lesividad, como es el caso concreto, o del principio de  culpabilidad  subjetiva  en  la que se evidencie una ausencia de responsabilidad  penal  dada  la presencia de alguna de las causales que la excluyen y se hubiese  condenado  con  criterios de responsabilidad objetiva, o por desconocimiento del  principio de in dubio pro reo.   

         En  las  sentencias  anticipadas  proferidas  tras  la  vía  de  la  política  del  consenso,  esto  es,  de  los  preacuerdos  y negociaciones o al  declararse  culpable  al  inicio del juicio oral, exclusivamente se renuncia por  parte  del  imputado  o  acusado  a  los ejercicios de prácticas de prueba y de  contradicción  probatoria,  pero  no  se  renuncia  a ninguno de los derechos y  garantías   fundamentales   de   lo   debido  sustancial  y  debido  probatorio  (necesidad,  licitud,  legalidad  de  la  prueba),  postulados  que en un Estado  constitucional,  social y democrático de Derecho de manera imperativa deben ser  objeto  de  protección,  máxime al haberse concebido a la casación penal como  un  control  de  constitucionalidad  y  legalidad  de  las sentencias de segundo  grado,  de  nomofilaxis,  sede  extraordinaria  por  excelencia  en la que tiene  espacio  y  cabida  por  sobre  todo  la  prevalencia  del  derecho  sustancial,  principio  constitucional que sin excepciones se proyecta aplicativo tanto a las  sentencias  que  hubiesen  terminado  de  manera  normal  como  las anticipadas.   

         4.- Otros aspectos.-   

         Se  reitera que como en la sentencia de segunda instancia se ordenó  la  captura  de  Jaramillo  Quintero,  desde  hoy  8  de julio de 2009 -fecha de  aprobación  en Sala de la Sentencia de casación- se ordena su cancelación sin  esperar   a   la   audiencia   de   lectura  y  comunicación  para  efectos  de  publicidad.   

A  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE:  

1.-  No  casar  el  fallo  impugnado en los  términos   que  fueron  planteados  por  la  defensora  de  Ancízar  Jaramillo  Quintero.   

2.-    Casar  oficiosamente  la sentencia de segunda instancia del 28  de  noviembre  de 2008, con la cual el Tribunal Superior de Armenia confirmó la  proferida  el  22  de  octubre  de  ese  mismo año por el Juzgado 4º Penal del  Circuito  de  esa  ciudad, que condenó a Ancízar Jaramillo Quintero como autor  responsable  del  delito  de llevar consigo estupefacientes.   

3.-   Absolver  al  señor  Jaramillo Quintero del cargo por el que se  lo llamó a juicio en esta actuación.   

4.-   En   consecuencia   del  fallo,  se  ordena   de   inmediato  la  cancelación  de  la orden de captura contra Jaramillo Quintero dispuesta por el  Juez de primera instancia. Y,   

5.- Realizar la información de la sentencia  absolutoria  a  que  se  refiere  el inciso 2º del artículo 166 del Código de  Procedimiento Penal.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno. Devuélvase el expediente al despacho de origen.   

         

JULIO       ENRIQUE       SOCHA  SALAMANCA                 

JOSÉ       LEONIDAS      BUSTOS  MARTÍNEZ                             SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                  MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS     

AUGUSTO       J.       IBÁÑEZ  GUZMÁN                                    JORGE                                LUIS                               QUINTERO  MILANÉS                                                               

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                                                             JAVIER ZAPATA ORTIZ   

                                                                                                                        Permiso   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

                  Secretaria     

1  Artículo  63.-  Suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena.- La  ejecución  de  la  pena  privativa  de  la  libertad  impuesta  en sentencia de  primera,  segunda o única instancia, se suspenderá por un periodo de dos (2) a  cinco  (5)  años, de oficio o a petición del interesado, siempre que concurran  los  siguientes  requisitos:  (i).-  Que la pena impuesta sea de prisión que no  exceda  de  tres  (3)  años, (ii).- Que los antecedentes personales, sociales y  familiares  del  sentenciado,  así  como la modalidad y gravedad de la conducta  punible  sean  indicativos  de que no existe necesidad de ejecución de la pena.  La  suspensión  de  la  ejecución de la pena privativa de la libertad no será  extensiva    a    la    responsabilidad    civil   derivada   de   la   conducta  punible.   

2  Artículo  64.-  Modificado  por  el artículo 5 de la Ley 890 de 2004.- El juez  podrá  conceder  la  libertad  condicional  al condenado a pena privativa de la  libertad  previa  valoración de la gravedad de la conducta punible, cuando haya  cumplido  las  dos  terceras  partes  de  la pena y su buena conducta durante el  tratamiento   penitenciario   en   el   centro  de  reclusión  permita  suponer  fundadamente  que  no existe necesidad de continuar la ejecución de la pena. En  todo  caso su concesión estará supeditada al pago total de la multa. El tiempo  que  falte  para  el  cumplimiento de la pena se tendrá como periodo de prueba.  Cuando  éste sea inferior a tres años, el juez podrá aumentarlo hasta en otro  tanto.   

3  Artículo  38  Ley 599 de 2000.- La prisión domiciliaria como sustitutiva de la  prisión.-  La ejecución de la pena privativa de la libertad se cumplirá en el  lugar  de residencia o morada del sentenciado, o en su defecto en el que el Juez  determine,  excepto  en  los  casos  en  que  el sentenciado pertenezca al grupo  familiar  de  la  víctima,  siempre  que concurran los siguientes presupuestos:  (i).-  Que  la  sentencia  se  imponga  por  conducta  punible cuya pena mínima  prevista  en  la  ley  sea de cinco (5) años de prisión o menos, (ii).- Que el  desempeño  personal, laboral, familiar o social del sentenciado permita al Juez  deducir  seria,  fundada  y  motivadamente  que  no  colocará  en  peligro a la  comunidad  y  que  no  evadirá  el  cumplimiento  de  la  pena,  (iii).- Que se  garantice  mediante caución el cumplimiento de las siguientes obligaciones: 1.-  Cuando  sea  del  caso,  solicitar  al  funcionario  judicial autorización para  cambiar  de  residencia,  2.-  Observar  buena  conducta, 3.- Reparar los daños  ocasionados  con  el  delito, salvo cuando se demuestre que está en incapacidad  material  de  hacerlo,  4.-  Comparecer personalmente ante la autoridad judicial  que  vigile  el  cumplimiento de la pena cuando fuere requerido para ello, y 5.-  Permitir  la  entrada  a  la residencia a los servidores públicos encargados de  realizar  la  vigilancia  del cumplimiento de la reclusión y cumplir las demás  condiciones  de seguridad impuestas en la sentencia, por el funcionario judicial  encargado   de   la   vigilancia   de   la   pena   y   la  reglamentación  del  INPEC.   

4 CORTE  SUPREMA     DE    JUSTICIA,    Sala    de    Casación    Penal,    Sentencia  del 8 de agosto de 2005, Rad.  18609, citada en la del 26 de abril de 2006, Rad. 24612.   

5 CORTE  SUPREMA     DE    JUSTICIA,    Sala    de    Casación    Penal,    Sentencia  del  13 de mayo de 2009, Rad.  31.362.   

6  El  artículo   51  de  la  Ley  30  de  1986,  estatuía:  “El  que  lleve  consigo,  conserve para su propio  uso   o  consuma  cocaína,  marihuana  o  cualquier  otra  droga  que  produzca  dependencia,  en  cantidad  considerada  como dosis de  uso  personal,  conforme a lo dispuesto en ésta ley,  incurrirá  en  las  siguientes  sanciones  …”  Y, el artículo 376 cp-2000,  dice:  “Tráfico,  fabricación  o  porte  de estupefacientes. El que sin  permiso  de  autoridad  competente, salvo lo dispuesto  sobre  dosis  para  uso personal, introduzca al país,  así   sea   en   tránsito   o   saque   de   él,   transporte,   lleve   consigo,   almacene,  conserve,  elabore,  venda,  ofrezca,  adquiera,  financie o suministre a cualquier título  droga  que  produzca  dependencia,  incurrirá   en  prisión de ocho (8) a  veinte  (20)  años   y  multa de (1.000) a cincuenta mil (50.000) salarios  mínimos  legales mensuales vigentes (…)”.   

A la vez, el artículo 2-j del primer texto  legal   en   cita,   señala   la   dosis  para  uso  personal  como  “la  cantidad de estupefaciente que  una   persona   porte  o  conserve   para   su   propio   consumo”,   y   estableció  unas  “máximas  presuntivas”  que  no  exceden de 20 gramos para la marihuana, de cinco gramos  para  marihuana  hachís  y  de  un  (1)  gramo  para  cocaína  o cualquier sustancia a base de cocaína. Y  agrega:  “no  es  dosis  para  uso  personal, el estupefaciente que la persona  lleve  consigo,  cuando  tenga como fin su distribución o venta, cualquiera sea  su cantidad”.   

7 “Yo  afirmo  (…)  que  en éstos casos en donde consumidores, como éste ciudadano,  sobrepasan    ligeramente   la   dosis   personal,   es   un   tema  de  no  antijuridicidad  material  y  en  concreto  de  no  lesividad  (…)”  Récord  1.12:24   

8 CORTE  SUPREMA     DE    JUSTICIA,    Sala    de    Casación    Penal,    Sentencia  del  11 de noviembre de 2008,  Rad. 29.183.   

9  El  principio  de  impunidad del consumidor implica defender la no incriminación de  todas  las  conductas  relacionadas  con  la  droga,  no  sólo  la  tenencia  o  posesión,  que  tengan  como exclusivo objeto el autoconsumo de la misma por el  agente.  (…) La impunidad no alcanza sólo al toxicómano o adicto a la droga,  que  v.gr.,  cultiva  o posea droga para su consumo, sino también al consumidor  ocasional,  es  decir,  al que no presenta dependencia ni física ni psíquica y  consume  esporádicamente  droga. La no exigibilidad de responsabilidad criminal  en  estos  casos  deriva de la falta de tipicidad del consumo, como acto final o  fin  objetivo  en  sí  mismo  considerado.  Javier  Ignacio  Prieto Rodríguez,  El  delito  de  tráfico y el consumo de drogas en el  ordenamiento         jurídico        penal        español,        Barcelona,          Editorial Bosch, 1986, página 221.   

10  Debe,  entonces,  en  cada  caso  examinarse  si  la  conducta  del  consumidor trasciende su fuero interno y llega a afectar derechos  ajenos,  individuales  o  colectivos,  pues sólo así se entenderá superada la  exigencia  de  la  afectación, a nivel de lesión o puesta en peligro, del bien  jurídico  como  presupuesto  para  considerar  en  estos  asuntos, legítimo el  ejercicio  del  poder  punitivo del Estado, es decir, para considerar demostrada  la  antijuridicidad  de  una  conducta  susceptible  de  punibilidad (…)   

Lo  anterior no significa que en todos los  casos  en  que  a  una  persona  se  la  encuentre  en  posesión  de cantidades  ligeramente  superiores a la dosis personal o, inclusive, dentro de los límites  de  ésta,  deba  considerarse  que no realiza conducta típica y antijurídica,  eventualmente  culpable  y,  por  consiguiente,  punible.   Lo  que  quiere  significar  la  Corte  es que cada asunto debe examinarse en forma particular en  orden  a  verificar  la  demostración  de tales presupuestos, de manera que las  decisiones   de  la  justicia  penal  consulten  verdaderamente  los  principios  rectores   que   la   orientan,   como   el  de  antijuridicidad  que  aquí  se  analiza.  CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA, Sala de Casación  Penal,    Sentencia   del   18  de  noviembre  de  2008,       Rad.  29.183.   

11  Corte   Suprema   de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,   Sentencia  del 6 de mayo de 1980, M. P.,  Dr. Gustavo Gómez Velásquez.   

12  Ante  aquella  introducción  en  el precepto de la simple tenencia, habría que  distinguir tres supuestos:   

a.-  La tenencia para el propio consumo es  impune.  Ello  es  exigencia  del  principio  de  impunidad  del  consumidor. No  penándose  el  consumo  (droga  consumida),  se  adelanta  la  protección a la  tenencia    para    el    consumo.    Unos    escasos   instantes   –los  precisos para consumir la droga-  no  pueden  justificar la incriminación de la tenencia exterior de la droga por  el  toxicómano  o  consumidor  (es  decir,  la  tenencia  de droga antes de ser  consumida),  por un lado, y la impunidad de la tenencia interna (después de que  la droga ya ha sido consumida), por otro.   

b.- La tenencia no destinada ni al tráfico  ni  al  auto  consumo por ejemplo, la posesión de droga por el coleccionista. A  mi  entender,  para  la incriminación de la tenencia, es necesario una ulterior  intención de transmisión.   

c.-  Por  último,  la tenencia de drogas,  destinada  con  el fin de transmitirla a terceros, única modalidad incriminada.  Javier     Ignacio     Prieto     Rodríguez,    El  delito…, ob. cit., páginas 225 y 226.   

13 Es  muy  frecuente  que  varios sujetos consumidores se reúnan entre sí con el fin  de  consumir de un modo conjunto el producto estupefaciente, siendo suministrado  éste por uno o varios (pero no todos) de los intervinientes.   

Normalmente  es la amistad la que impone y  dicta  la  frecuencia  de  la  droga compartida por parte de jóvenes. Su uso se  hace  en  grupo,  participadamente,  en  verdadera y real comunión. Como afirma  Bonal  “si  estás  con  los  amigos  y  se decide tomarse unos vasos de vino,  Whisky  o  también  fumarse un porro, hay que participar, pues no estaría bien  visto  que  en  un ceremonial de ésta especie alguien se negara a participar de  algo que es de todos”.   

Surge  aquí  el  interrogante  de  cómo  considerar  esos  actos  de  distribución  de  la  sustancia  dentro del grupo,  dirigidos a un consumo colectivo.   

A mi juicio, se debe considerar como propio  consumo  el  uso  y cesión de droga dentro del grupo de consumidores, aunque se  encargue  a  uno  de  ellos  como  mero  mandatario adquirir la droga; asimismo,  estimo  que,  todo  lo  referente  a  la  adquisición,  preparación  y  uso de  sustancias  estupefacientes  realizado  en  su  interior,  debe quedar exento de  pena,  pues  como  afirma  Quintero  “en  estos casos es imposible apreciar la  trascendencia  para  la colectividad, fundamento que, ya por razones sanitarias,  ya  por  razones  culturales  es  el  que  legitima la intervención del Derecho  Penal”.  En  efecto,  cuando  el consumo colectivo de drogas tiene lugar entre  adultos  y  en  la intimidad pierde su trascendencia pública, no afectando a la  salud  pública,  sino  a  la  de  unos  individuos  concretos que consienten su  ingestión.  No  obstante,  ello  deberá ocurrir siempre y cuando no exista por  parte  del  que cede la droga, el “animus específico de promover, favorecer o  facilitar  (es  decir,  expandir)  su  consumo  mediante  tales  actos, sino que  muestre  única  y  exclusivamente  el  “animus”  de  consumir  en grupo las  mencionadas  sustancias  o,  en  todo  caso, asegurar para ocasiones similares e  inversas  su  propio  consumo.   Luis  Fernando  Rey Huidobro, El  delito  de  tráfico  de drogas. Aspectos penales y procesales,  Valencia,  Editorial Tirant lo Blanch, 1999, páginas  41 y 42.   

14  Luis  Fernando  Rey  Huidobro,  El delito…, ob. cit.,  página 25.   

15  Andrew  von Hirsch, El concepto de bien jurídico y el  principio     del     daño,    en    “La  teoría  del  bien  jurídico”,  Madrid, Marcial Pons, 2007, páginas 38, 39, 45 y 46.   

16 El  legislador  diferenció  la conducta de llevar consigo  con         la         de         transportar,  señalando para la primera  ser  característica  de  porte de pequeñas cantidades, como lo hace el llamado  “consumidor-hormiga”  o  usuario.  Fernando  Velásquez  Velásquez y otros,  Comentarios     al     Estatuto     Nacional    de  Estupefacientes,  Bogotá,  Editorial  Temis,  1988,  página 115.   

17 En  relación  a  la  droga,  al  Derecho  Penal le corresponde intervenir en escasa  medida,  dada  la abundante legislación administrativa existente y la que pueda  crearse.   Le   corresponde  intervenir  sólo  en  relación  a  traficantes  y  delincuentes,  y no con personas que puedan presentar problemas de toxicomanía.  Para  aquellos la imposición de la sanción penal puede estar justificada; para  éstos  ha de acudirse al adecuado tratamiento médico, material objeto de otras  disciplinas  ajenas a la jurídica penal, salvo que el toxicómano incurra en la  comisión  de  actos  delictivos.  Es  el  derecho  administrativo-sanitario  el  aplicable  en  estos  casos.  Javier  Ignacio  Prieto  Rodríguez.  El   delito…,   ob.   cit., páginas 91 y 92.   

18  Fernando  Velásquez Velásquez y otros, Comentarios…,    ob.cit.,   páginas  101/2.   

19  Silvio  Rainieri, Manual de  derecho  penal, T. IV, Bogotá, Editorial Temis, 1975,  pág. 326.   

20   Corte  Suprema de Justicia, Sala  de     Casación    Penal,    Sentencia de mayo 10 de 2006, Rad. 25248.     

21  Ley  906  de  2004.  Art. 184. 3.- “En principio la  Corte  no  podrá  tener  en  cuenta  causales diferentes de las alegadas por el  demandante.  Sin  embargo,  atendiendo a los fines de la casación (efectividad  del derecho material, respeto de las garantías de los  intervinientes,  la  reparación  de  los  agravios  inferidos  a  estos,  y  la  unificación    de    la    jurisprudencia    f.t.),  fundamentación  de  los  mismos,  posición del impugnante dentro del proceso e  índole  de  la  controversia  planteada,  deberá  superar  los  defectos de la  demanda para decidir de fondo”.   

22  “Un  estudio  sistemático  de  la  nueva  normatividad procesal penal permite  afirmar  que  el  Juez  de conocimiento en ejercicio del control de legalidad de  los  actos  de  aceptación de cargos por iniciativa propia o por acuerdo previo  con  la  Fiscalía,  debe  realizar, en principio, tres tipos de constataciones:  (i)  que  el  acto  de  allanamiento  o  el acuerdo haya sido voluntario, libre,  espontáneo  y  debidamente  informado,  es  decir,  que  esté exento de vicios  esenciales  en  el  consentimiento,  (ii) que no viole derechos fundamentales, y  (iii)  que  exista  un  mínimo  de  prueba  que  permita  inferir la autoría o  participación  en la conducta imputada y su tipicidad. La facultad de verificar  que  el  allanamiento  a cargos esté exento de vicios, se infiere del contenido  de  los  artículos  8º  literal  (i),  131, 293 y 368 inciso primero”. Corte  Suprema     de    Justicia,    Sala    de    Casación    Penal,    Sentencia  del  30 de noviembre de 2006,  Radicado No 25108.   

23 Ley  906  de  2004.- “Cláusula de exclusión.- Toda prueba obtenida con violación  de  garantías fundamentales, será nula de pleno de derecho, por lo que deberá  excluirse  de  la  actuación procesal. Igual tratamiento recibirán las pruebas  que  sean  consecuencia  de  las  pruebas  excluidas  o  las  que  sólo  puedan  explicarse en razón de su existencia”.   

24 Ley  906  de  2004.- “Nulidad derivada de la prueba ilícita.- Para los efectos del  artículo  23  se  deben  considerar  al  respecto, los siguientes criterios: el  vínculo  atenuado,  la fuente independiente, el descubrimiento inevitable y los  demás que establezca la ley”.   

25 Ley  906  de  2004.-  “Nulidad por incompetencia del juez.- Será motivo de nulidad  el  que la actuación se hubiere adelantado ante el juez incompetente por razón  del  fuero,  o  porque  su  conocimiento esté asignado a los jueces penales del  circuito especializados”.   

26 Ley  906  de  2004.- “Nulidad por violación a garantías fundamentales.- Es causal  de  nulidad  la  violación  del  derecho  de  defensa  o  del debido proceso en  aspectos  sustanciales.  Los recursos de apelación pendientes de definición al  momento  de  iniciarse  el  juicio oral, salvo lo relacionado con la negación o  admisión de pruebas, no invalidan el procedimiento”.     

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