31152(03-12-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n° 31152  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

                            JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                            Aprobado Acta No.374   

Bogotá,  D. C., tres (3) de diciembre de dos  mil nueve (2009).   

VISTOS  

Decide  la  Corte  el  recurso  de apelación  interpuesto  por  NÉSTOR SUÁREZ TORRES en contra del  fallo  proferido  por  la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de Villavicencio, mediante el cual condenó a  esta  persona,  que  para la época de los hechos se desempeñaba en el cargo de  Juez   Promiscuo   del   Circuito   de   San   José   del  Guaviare,  a  la  pena  principal de cincuenta y  nueve  meses  de  prisión,  ciento  cuatro  salarios mínimos legales mensuales  vigentes    de    multa,    y    setenta   y   siete   meses   de   inhabilitación     para     el     ejercicio    de    derechos  y  funciones  públicas,  como  autor     responsable     de     la    conducta    punible    de    prevaricato         por         acción        agravado.   

SITUACIÓN    FÁCTICA    Y    ACTUACIÓN  PROCESAL   

1.  Por órdenes y  bajo  coordinación  de  la  Fiscalía General de la Nación, el 10 de agosto de  2003,  en  horas  de  la  mañana,  tropas conjuntas del Ejército y la Policía  Nacional  adelantaron  varias  diligencias  de  allanamiento  y  registro  en el  municipio  de  Calamar  (departamento  de Guaviare), en desarrollo de la llamada  operación   Recuperación  Calamar,  que  tenía como  fin  el  desmantelamiento de varios puntos estratégicos de la subversión, así  como  la  captura  de  personas  vinculadas  con las denominadas Fuerzas Armadas  Revolucionarias de Colombia (en adelante, las FARC).   

Durante  tal  operativo,  y  después  de un  intercambio  de  disparos  frente  a la residencia Los  Girasoles  de la referida población, las autoridades  aprehendieron  en  una  de  las  habitaciones  de  dicho inmueble a Braulio    Figueroa    Castro,   alias  El  Burro,  a  quien se le  encontró  una  granada  de  mano,  una  pistola calibre nueve milímetros, tres  proveedores  y  veintiocho  cartuchos,  y  que  luego fuera señalado por varios  testigos  como  un mando medio de la organización guerrillera y, en particular,  como jefe de las milicias urbanas en el sector.   

Escuchado  en  indagatoria  y  resuelta  su  situación  jurídica  (en  el  sentido  de  imponerle  medida  de aseguramiento  consistente   en   detención   preventiva   por   el   delito  de  rebelión    agravada   –ya   que   dirigía   o   promovía  el  levantamiento  de  armas),  Braulio  Figueroa  Castro  designó  como  abogado  de  confianza a Jorge Enrique  Mora  Clavijo, profesional que solicitó la práctica  de  las  declaraciones  del  teniente  Wilson  Gilberto  Morán  Agudelo y de la  trabajadora  sexual Bertha Elena Sandoval Joya, con base en las cuales solicitó  la revocatoria de la medida privativa de la libertad.   

Después de que el Fiscal Delegado negara tal  petición,  el  abogado  presentó ante el Juzgado Promiscuo del Circuito de San  José  del  Guaviare  una  solicitud  de  control  de  legalidad de la medida de  aseguramiento.   

Mediante  decisión de fecha 6 de febrero de  2004,  el titular del referido despacho judicial, doctor NÉSTOR SUÁREZ TORRES,  revocó   la   detención   preventiva   proferida  en  contra  de  Braulio  Figueroa  Castro y, en su lugar,  ordenó su la libertad inmediata.   

2.  Allegado  un  escrito  anónimo a las dependencias del organismo instructor, según el cual el  defensor  le  había  entregado al Juez la suma de cuatro millones de pesos para  emitir  tal  providencia,  la  Fiscalía  Segunda  Delegada  ante el Tribunal de  Villavicencio  adelantó una indagación preliminar en contra de dichas personas  y  dictó  resolución  inhibitoria  por  las conductas punibles de concusión       y      cohecho,   al  tiempo  que  dispuso  la  remisión  de  copias para que el funcionario fuera investigado por el delito de  prevaricato por acción, en  razón del proveído que revocó la medida de aseguramiento.   

3. Por lo anterior,  esa  misma  Fiscalía  ordenó la apertura de la instrucción, vinculó mediante  indagatoria  al  Juez  Promiscuo del Circuito y calificó el mérito del sumario  en  su  contra, en el sentido de acusarlo de la conducta punible de prevaricato  por  acción  agravado  (por  cuanto  profirió  la decisión de 6 de febrero de 2004 dentro de un proceso por  el  delito de rebelión), de  conformidad  con  lo  establecido  en  los artículos 413 y 415 de la ley 599 de  2000, Código Penal vigente para el asunto.   

4.  Confirmada la  resolución  acusatoria mediante decisión de segunda instancia, correspondieron  las  diligencias  a la Sala Penal del Tribunal Superior de Villavicencio, cuerpo  colegiado  que  condenó  a  NÉSTOR  SUÁREZ  TORRES como autor responsable del  delito  materia de imputación a la pena principal de cincuenta y nueve meses de  prisión,  ciento  cuatro salarios mínimos legales mensuales vigentes de multa,  y  setenta  y  siete  meses de inhabilitación para el  ejercicio   de   derechos   y   funciones  públicas.  Así mismo, le concedió la  prisión  domiciliaria  como  mecanismo  sustitutivo de la ejecución de la pena  privativa  de  la  libertad, previa cancelación de caución por la suma de diez  salarios mínimos.   

5. Contra el fallo  de  primer  grado,  el procesado interpuso y sustentó el recurso de apelación,  motivo  por  el  cual  las  diligencias  fueron  enviadas  a  la  Corte  para lo  pertinente.   

LA SENTENCIA IMPUGNADA  

De  acuerdo  con  la  primera  instancia, al  procesado  le  es  atribuible el delito de prevaricato  por  acción  agravado  tanto desde el punto de vista  objetivo  como  desde el subjetivo, así como en lo relativo a la afectación al  bien  jurídico  y  al  reproche en sede de culpabilidad, en la medida en que no  revocó  la  detención  preventiva con base en la prueba mínima para asegurar,  sino  en el hecho de que en su criterio hubo una captura ilegal, postura para la  cual  ignoró  el contenido del artículo 392 del Código de Procedimiento Penal  y  desfiguró  de manera abrupta la realidad fáctica del proceso, al desconocer  todo  el  caudal probatorio que fundó la definición de la situación jurídica  y   tergiversar   o   cercenar   la  indagatoria  de  Braulio Figueroa Castro, al  igual  que  el  testimonio de Bertha Elena Sandoval Joya (testigo traído por la  defensa  meses  después  de  haberse  proferido la medida), para de esta manera  concluir,  invocando  equivocadamente  la aplicación del principio in  dubio  pro  reo, que el capturado no  estaba solo ni fue sorprendido en situación de flagrancia.   

FUNDAMENTOS DE LA APELACIÓN  

1.  Después  de  aludir   a   los   menoscabos  que  en  razón  de  la  actuación  procesal  ha  experimentado  tanto  en  su  honra  como  en  su integridad moral, solicitó el  recurrente  a  la  Corte  decretar  la  nulidad  a  partir de la resolución que  ordenó  la  apertura  de  la  instrucción,  por  cuanto  la  Fiscalía Segunda  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Villavicencio  no dispuso tener como  prueba   trasladada  para  la  investigación  por  el  delito  de  prevaricato  las copias recaudadas dentro  de   la   averiguación  previa  por  las  conductas  punibles  de  cohecho        y       concusión,  razón  por  la  cual  las  estimó ilícitas y, por lo tanto, inexistentes.   

2.           Subsidiariamente,   pidió   a   la   Sala   revocar  la  sentencia  condenatoria    y    absolverlo,    de    conformidad    con    los   siguientes  argumentos:   

2.1.   En   la  decisión  que revocó la detención preventiva, se advierte que Wilson Gilberto  Morán  Agudelo,  el  teniente que suscribió el informe de captura, ni siquiera  intervino  en  la  aprehensión  de  Braulio Figueroa  Castro  ni en la incautación del material bélico, e  incluso  el  indagado  manifestó ser ajeno a los hechos que se le atribuían en  circunstancias  que  a la postre fueron corroboradas por la testigo Bertha Elena  Sandoval Joya.   

2.2.    Su  actuación,  por  consiguiente,  fue  respetuosa  del derecho de libertad que le  asistía  al  procesado, aspecto que era procedente estudiar en sede del control  de  legalidad,  ya  que  se trata de una figura sucedánea de acciones públicas  constitucionales como la tutela y el hábeas corpus.   

2.3.    El  funcionario  debe  perder  el  miedo  a innovar, evolucionar y crear en el plano  judicial,  siempre  y  cuando sea en defensa de los derechos fundamentales, así  como  de la supremacía de la Carta Política, que fue lo que aconteció en este  caso.   

3.  Por último,  solicitó  a  la  Corte, en el evento de ser confirmada la providencia, analizar  la  dosificación  punitiva,  pues  ésta  rebasó  los  límites  legales al no  anclarse en el mínimo de los respectivos ámbitos de movilidad.   

CONSIDERACIONES  

1. Cuestiones previas  

Según  lo  dispuesto  en  el numeral 3 del  artículo  75 de la ley 600 de 2000 (Código de Procedimiento Penal vigente para  este  asunto),  en  armonía  con  lo señalado en el numeral 2 del artículo 76  ibídem,  la  Corte  es  competente  para  conocer  en  segunda  instancia de la  apelación   del   fallo   condenatorio   que  por  el  delito  de  prevaricato       por      acción      agravado      profirió  el  Tribunal  Superior  de  Villavicencio  en contra de  NÉSTOR    SUÁREZ   TORRES,   persona   que   para   la   época   de   los   hechos   imputados   por   el   organismo  acusador  se  desempeñaba como Juez Promiscuo del Circuito de San  José del Guaviare.   

Así mismo, de conformidad con el principio  de  limitación  consagrado en el artículo 204 del ordenamiento procesal penal,  el  análisis  del  caso  se  extenderá a lo que fue objeto de impugnación por  parte  del  recurrente, así como a los aspectos que, relacionados con el mismo,  sean imposibles de escindir.   

En   este   sentido,  el  estudio  que  a  continuación  realizará  la  Sala comprenderá, en primer lugar, lo relativo a  la  solicitud  de nulidad propuesta por el profesional del derecho, en razón de  la  alegada  ilicitud  de la documentación remitida  por  la  Fiscalía  dentro  de  la indagación que se  adelantó  en  contra  del aquí procesado y de otras personas por las conductas  punibles  de  cohecho  y  concusión.   

En  segundo  lugar,  la  Corte abordará lo  atinente  a  la imputación del delito de prevaricato  por  acción  agravado,  en  la  medida  en  que  el  recurrente  sostuvo  que el auto de control de legalidad por él proferido no es  “manifiestamente  contrario  a  la ley”,  sino  que,  por el contrario, se atuvo a los lineamientos de  la  Constitución  Política, así como a la defensa irrestricta de los derechos  fundamentales.   

En  respuesta de tal planteamiento, la Sala  no  sólo  analizará  la  configuración  típica  del ingrediente normativo en  cuestión,  sino  que además estudiará la naturaleza jurídica y el alcance de  la figura del control de legalidad de la medida de aseguramiento.   

Por último, la Corte examinará lo atinente  al    proceso    de    dosificación   punitiva   efectuada   por   la   primera  instancia.   

2.  De  la  licitud  de  la  remisión  de  copias   

Si bien es cierto que el procesado presentó  su  petición  principal  como  una  irregularidad que invalidaría lo actuado a  partir  de  la  resolución que dispuso la apertura de la instrucción, también  lo  es  que ésta no podría ser entendida como algo distinto a una solicitud de  exclusión  probatoria,  pues,  tal  como  lo  ha indicado la Sala en anteriores  oportunidades,  “cuando se violan las formalidades  sustanciales  de  cada  medio probatorio o éstos se practican con detrimento de  los     derechos    fundamentales,    la    sanción    es    la    inexistencia  de  la  prueba  y  no la  nulidad  de la actuación  procesal”1.   

La  confusión en la consecuencia jurídica  del  pedimento  del  recurrente  radica,  quizás,  en que el último inciso del  artículo    29    de   la   Carta   Política   señala   que   “[e]s  nula,  de  pleno  derecho, la prueba obtenida con violación  del   debido  proceso”,  lo  que  sin  embargo  no  significa  que la orden, aducción, aportación, práctica o apreciación de una  prueba  ilícita afecte el normal desarrollo del procedimiento, sino que deviene  en inexistente al referido elemento. En palabras de la Corte:   

“[…]  cada  prueba   tiene   dispuesto   en  la  ley  su  propio  debido  proceso,  pero  la  conculcación  del  mismo  genera la desestimación o falta de consideración de  ella  como  fundamento  de  la  decisión  judicial,  no  la  nulidad  del medio  probatorio  que  entonces  significaría la reposición o repetición del mismo,  tal    vez   en   perjuicio   de   la   situación   del   procesado”2.   

En   el  presente  asunto,  el  procesado  cuestionó  la  validez  de  toda  la  documentación  remitida por la Fiscalía  Segunda  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Villavicencio  dentro de la  actuación  que  culminó  con  resolución  inhibitoria a favor del funcionario  NÉSTOR  SUÁREZ  TORRES  y  de  otras  personas por los delitos de concusión      y     cohecho3,  diligencias  que  no sólo  contenían  copias  de  las  piezas procesales más relevantes para este proceso  (como  el  auto  que  revocó  la medida de aseguramiento proferida en contra de  Braulio Figueroa Castro4   o  las  declaraciones  de  Wilson       Gilberto      Morán      Agudelo5  y  Bertha  Elena  Sandoval  Joya6),  sino  que  además suscitaron la resolución de apertura de la  instrucción      por      la      conducta      punible     de     prevaricato7.   

Según  el  recurrente,  dichas  copias son  ilícitas  porque, después de recibirlas, la Fiscalía Segunda Delegada ante el  Tribunal  en  ningún  momento dispuso decretarlas como prueba trasladada y, por  lo    tanto,    es    como    si   no   existieran   dentro   de   la   presente  actuación.   

Nada  más  alejado de la realidad procesal  que  la  postura  asumida  por  la  defensa  material en este aspecto. En primer  lugar,  el  artículo  239 de la ley 600 de 2000, Código de Procedimiento Penal  vigente  para  este  caso, establece que las pruebas válidamente practicadas en  una  actuación  judicial  o  administrativa,  ya  sea dentro o fuera del país,  podrán  ser  trasladadas  a otra en “copia   auténtica”,   sin  que  el  legislador   ni   tampoco  la  razón,  la  lógica  jurídica  o  el  sentido  común  contemplen la necesidad de un pronunciamiento  expreso  por  parte  del funcionario que recibe la actuación, pues lo allegado,  ya  de  por  sí,  constituye prueba trasladada en el  sentido previsto por la norma en comento.   

En  cuanto  a la autenticidad de las piezas  incorporadas  al  expediente,  el  numeral  1  del  artículo 254 del Código de  Procedimiento  Civil, norma a la que es viable acudir en virtud del principio de  integración,  prevé  que  las  copias  tendrán  idéntico  valor  al original  “[c]uando  hayan sido autorizadas por […]  secretario de oficina judicial,  previa   orden  del  juez,  donde  se  encuentre  el  original o una copia autenticada”.   

Esta  postura,  según  la  cual  la prueba  trasladada  en  virtud  de  una orden de remisión de copias tiene plena validez  jurídica,  en  nada  ha  sido  ajena a la jurisprudencia de la Corte en sede de  casación.  Por ejemplo, en un caso en el que el demandante planteó un error de  derecho  por  falso  juicio de legalidad respecto de unos testimonios que fueron  enviados  de  un  juzgado  promiscuo  de  familia  a  uno  penal  sin haber sido  autenticados  por  notario,  la  Sala  le  respondió que, frente a este tipo de  situaciones,   la   validez   de   la   prueba   se   adquiere   “cuando  es  autorizada  por  el  funcionario donde se encuentra el  documento     genuino     o     copia     auténtica    del    mismo”8, lo que significa que no hay  lugar  a cuestionar la licitud de las copias que se expiden por orden del juez o  fiscal, que es precisamente lo que ocurrió en este asunto.   

En efecto, se advierte en el expediente que  el  Fiscal  Segundo  Delegado  ante  el  Tribunal  dispuso,  en  la resolución   inhibitoria   por   los   delitos   de  concusión      y     cohecho,        “[c]ompulsar        [sic]  copias de la actuación procesal  a  fin  de  adelantar investigación en contra del doctor NÉSTOR SUÁREZ TORRES  por     el     delito     de    prevaricato    por  acción”9.   

Y,  en  cumplimiento de tal orden, el mismo  funcionario   suscribió  el  oficio  número  1172,  mediante  el  cual  anunció  adjuntar  “cinco (5)  cuadernos   de   34,  34,  25,  327  y  442  folios  […]  con  el objeto de  iniciar    la    investigación    a    que   haya  lugar”10,  diligencias  que, como si  fuera  poco,  fueron  asignadas  de  nuevo  al mismo  Fiscal     que     dispuso     la     remisión11.   

En  este  orden  de  ideas,  mal  hizo  el  recurrente   al   condicionar   la   validez   de  la  prueba  trasladada  a  la  manifestación  formal  del  receptor,  pues ello no sólo desnaturalizaría por  completo  la  legalidad  de  las órdenes de remisión de copias dictadas por un  servidor   público   en   ejercicio   de   sus  funciones,  sino  que  también  entorpecería  el  desarrollo  del  proceso,  en detrimento de los principios de  eficacia,  celeridad  y  eficiencia en la administración de justicia, previstos  en los artículos 9 y 15 de la ley 600 de 2000.   

En  consecuencia,  la Sala no decretará la  nulidad  de  la  actuación solicitada por el apelante, ni mucho menos excluirá  el   valor   probatorio   de  las  copias  enviadas  a  raíz  de  la  decisión  inhibitoria.   

3.   De  la  adecuación  típica  de  la  conducta   

3.1.  Del  delito atribuido en el pliego de  cargos   

La   conducta   punible  de  prevaricato   por   acción  agravado,  consagrada  en los artículos 413 y 415 de la ley 599  de  2000,  establece  que el “servidor público que  profiera        resolución,       dictamen    o    concepto    manifiestamente    contrario   a   la  ley”      incurrirá      en      penas  de prisión, multa e inhabilitación de derechos, agravadas  hasta    en   una   tercera   parte,   cuando   la   conducta   suceda   en   actuaciones   judiciales  o  administrativas  por,  entre  otros,  el  delito  de  rebelión.   

El tipo básico, por consiguiente, contiene  varios  elementos  significativos, a saber: un sujeto  activo  calificado  (“servidor público”),   un   verbo   rector   (“que  profiera”)   y   dos   clases   de   ingredientes  normativos:     “dictamen,     resolución    o  concepto”,   por   un   lado,  y  “manifiestamente  contrario a la ley”,  por el otro.   

En lo que a este último aspecto se refiere,  la  Sala  ha sido enfática y reiterativa al considerar que la determinación de  lo  abiertamente  contrario a la ley no sólo contempla la valoración jurídica  de  los  argumentos  que  el  servidor  público expuso como fundamento del acto  judicial   o   administrativo,   sino   exige   además   el  análisis  de  las  circunstancias  concretas  bajo  las  cuales  lo  adoptó,  así  como el de los  elementos de juicio con los que contaba al momento de proferirla:   

“[…] la ley,  a  cuyo  imperio están sometidos los funcionarios judiciales en sus decisiones,  no  surge  pertinente al caso concreto de manera automática, sino como fruto de  un  proceso  racional  que le permite al Juez o al Fiscal determinar la validez,  vigencia  y  pertinencia de la norma a la que se adecua el supuesto de hecho que  pretende resolver.   

”Pero ésa que  es,  o intenta ser, la verdad jurídica es apenas una parte del contenido de una  providencia  judicial.  Esta  se  halla  igualmente  conformada  por  la  verdad  fáctica.  Tal  concepto  corresponde  a  la  reconstrucción  de  los hechos de  acuerdo  con  la  prueba  recaudada, siendo necesario que entre ésta y aquélla  exista  una  correspondencia  objetiva en cuanto las específicas circunstancias  de   tiempo,   modo   y  lugar  en  que  ocurrió  el  acontecimiento  fáctico,  [que   deben]   estar  demostradas   con   el  material  probatorio  recaudado  en  la  actuación.  El  prevaricato  puede  entonces  ocurrir en uno de los dos aspectos de la solución  del  problema  jurídico.  En  el  fáctico  o  en  el  jurídico.  O en los dos  simultáneamente,  pero,  en  todo  caso, el uno no puede desligarse del otro en  cuanto  la  función  judicial  consiste  precisamente en determinar cuál es el  derecho  que  corresponde a los hechos”12.   

Por  lo tanto, el carácter manifiestamente  ilegal  del dictamen, resolución o concepto materia de la conducta comprende un  aspecto  tanto  jurídico  como  fáctico,  es  decir,  que  no  sólo  alude  a  caprichosas   interpretaciones   de   la  ley,  sino  también  a  apreciaciones  probatorias  sesgadas  o contrarias a la realidad del proceso, que propenden por  otorgar  una  apariencia de adecuada motivación a lo que en últimas constituye  un pronunciamiento decididamente injusto.   

3.2.  Del control de legalidad de la medida  de aseguramiento   

El  artículo  392  de  la  ley 600 de 2000  señala  que  el  Juez  podrá  revisar  la legalidad  tanto   formal   como   material  de  la  medida  de  aseguramiento,  previa  solicitud  motivada  de  la  defensa  o  del  Ministerio  Público.   

Cuando  se trata del control material (y no  formal)  de la medida, su objeto puede recaer respecto de dos circunstancias. La  primera,   relacionada   con   los   fines  constitucionales  de  la  detención  preventiva,  que  según  lo establecen fallos de la  Corte  Constitucional  como  el  C-774  de 2001 y el  artículo   355   del   referido   ordenamiento  procesal  consisten en:   

“[…]        garantizar   la   comparecencia   del  sindicado  al  proceso,  la  ejecución  de  la  pena  privativa  de  la  libertad  o  impedir  su  fuga o la  continuación  de  su  actividad  delictual  o  las  labores  que  emprenda para  ocultar,   destruir   o  deformar  elementos  probatorios  importantes  para  la  instrucción,         o        entorpecer        la        actividad”13.   

Y la segunda radica en la legalidad material  de  la  prueba mínima para asegurar, es decir, en que al momento de dictarse la  detención  preventiva  por  parte  del  funcionario  instructor “aparezcan  por lo menos dos indicios graves de responsabilidad con  base  en  las  pruebas  legalmente  producidas  dentro  del  proceso”,  tal  como  lo  dispone  el  inciso  2º  del  artículo  356  ibídem.   

Cuando el control material prospera, el juez  tiene  entonces  la  obligación de revocar la medida de aseguramiento, bien sea  ante  la  evidencia  de  un  error trascendente en la apreciación probatoria, o  bien  ante  la  ausencia de cualquiera de los requisitos constitucionales que la  fundamentan.   

Ahora  bien, la Sala ha dicho que, con base  en  el  artículo  392  en  comento, a quien solicita el control de legalidad en  razón  de  la  prueba  mínima  para  asegurar  le  asiste la carga procesal de  “denunciar  errores  ciertos y trascendentes en la  decisión  reprochada, so pena de atraer para sí la consecuencia establecida en  el   citado   precepto,   que  no  es  otra  que  el  rechazo  de  plano  de  la  decisión”14.   

Adicionalmente, la Corte ha precisado que el  control  de  legalidad  “no  es un instrumento que  permita  la  revisión integral del proceso para corregir todos los defectos que  en  su  momento  se  hayan  presentado”15,   ni  tampoco  puede  abarcar  el  estudio  de  medios probatorios distintos a los que  había antes de dictarse la privación de la libertad:   

“[…] el juez  de  conocimiento  a  quien  corresponda  verificar  la  legalidad  de  la medida  impuesta  o  dejada  de  imponer no puede invadir órbitas de competencia ajena,  pasar  por  alto  el  principio  de  progresividad,  ni  mucho  menos  anticipar  criterios   que  constituyan  prejuzgamiento  ajeno  al  límite  y  objeto  del  pronunciamiento.   

”A su vez, de  quien  solicita  el  mecanismo  de revisión de la actuación del fiscal se pide  que  adecue  sus  argumentos y fundamentación a estos límites, esto es, que lo  discutido   conduzca   a   demostrar  objetivamente  que  la  Fiscalía  omitió  considerar  pruebas  trascendentes,  que supuso aquellas en las cuales fundó la  medida,  o  que  tergiversó  el contenido material de las mismas o, en fin, que  vulneró  las  reglas  de  la sana crítica cuando realizó las conclusiones que  sustentaron su decisión.   

”Por   lo  demás,  si  se  tiene  en claro que el objeto del control de legalidad lo es la  medida  de aseguramiento y los elementos de juicio existentes para el momento de  expedirse  ella,  no  puede  tener  cabida la pretensión del defensor de que se  examinen  nuevas  pruebas,  en  tanto,  si  lo  que  busca es señalar que ellas  desvirtúan  los  fundamentos fácticos, jurídicos, probatorios o teleológicos  de  lo  ordenado  por  la  Fiscalía,  el  medio  adecuado  no es éste, sino la  solicitud       de       revocatoria      por      prueba      nueva”16.   

3.3. Del caso en concreto  

3.3.1.  En  el  asunto  que  concita la atención de la Sala, la Fiscalía Quince Especializada,  despacho  al  que  durante la etapa instructiva fue reasignada la investigación  por  la  conducta  contra el orden constitucional y legal vigentes, profirió el  1º  de  septiembre  de 2003 medida de aseguramiento de detención preventiva en  contra   de   Braulio  Figueroa  Castro,    alias    El   Burro,    con    base   en   los   siguientes   argumentos   de   orden  probatorio:   

(i)  El testigo  José  Mario  Córdoba  no  sólo  identificó  al  procesado  con  el  alias de  El   Burro,  sino  que  además  lo  señaló  en  diligencia  en  fila de personas como “un  reconocido  miliciano, con una posición distinguida dentro de  la  organización  armada  de las FARC”17.   

Y    (ii)  la  versión  del sindicado no es coherente respecto  de  las  razones  por  las que se encontraba en el municipio de Calamar, máxime  cuando  “las  autoridades  le hallaron armamento y  fue  capturado en las residencias Girasol,  sitio empleado con anterioridad por varias personas para atacar  con  disparos  a  la  Fuerza  Pública”18.   

De  la  lectura del expediente, surge claro  que  tales apreciaciones no riñen con el contenido material de los elementos de  convicción que para ese entonces obraban en las diligencias.   

En      efecto,      Braulio  Figueroa  Castro, por un lado,  brindó  en  diligencia de indagatoria estas explicaciones acerca de por qué se  encontraba      en      la     residencia     Los  Girasoles el día en que fue capturado:   

“Preguntado.  Precise  las  razones  o  circunstancias  por  las cuales usted estaba presente en el municipio de Calamar  el   pasado   10  de  agosto.  Contestó.  Me  había  venido  o  había  llegado  esa tarde de la finca y  estaba  ahí  donde me hospedé, es un pueblo, y de todas maneras uno llega a…  o      sea,      me     hospedé     en     esa     residencia.     Preguntado.  ¿Qué lo motivó a hacer  presencia      en      el      municipio      de      Calamar?      Contestó. A hacer unas vueltas que me  había  mandado  el  patrón o unos encargos, más que todo eso es así, que era  lo   que   venía  a  hacer.  Preguntado.  ¿Y  qué  diligencias  o  encargos  venía a hacer en Calamar?  Contestó. O sea, como en  esos  días estaba la cuestión de que iban a paralizar la cuestión esa de… o  mejor  dicho, o sea, para aclarar mejor que en esos días iba a haber un bloqueo  económico   y   el  patrón  me  mandó  a  conseguir  remesa  para  la  finca.  Preguntado.  ¿Con  qué  dinero    o    en    qué    forma    adquiriría   esa   remesa?   Contestó.  O  sea, el patrón siempre  acostumbra  sacar  fiado  al  comercio  y  después  viene a pagar. Preguntado.  ¿En qué establecimiento  adquiriría  usted  esa remesa? Contestó.   Depende   donde  se  fíe,  o  sea,  donde  le  fíen  a  uno.  Preguntado.  ¿Puede ser  usted  un  poco más concreto en su respuesta anterior, indicando en qué sitios  adquiriría    la   remesa?   Contestó.  No,  o  sea, porque ahí sí le quedaría a uno duro para saber  dónde   la   fían”19.   

Así mismo, admitió tanto la existencia de  las  armas  como  su  cercanía  a  las  mismas cuando fueron incautadas por los  uniformados:   

“Consiguieron  dos  granadas, una pistola con dos proveedores y otros balines, no sé qué, eso  es,  por  eso  es  que  me  tienen  aquí, yo no soy guerrillero ni nada de esas  cosas,   no   he   participado   en   ningún   atentado  ni  nada  […]  eso  no  era  mío  y no sé de  quién   era   eso,   eso   lo   encontraron   en   la  pieza  donde  yo  estaba  durmiendo”20.   

Por   último,  afirmó  que,  cuando  lo  aprehendieron las autoridades, se encontraba solo y no acompañado:   

“Preguntado. Indique si junto con usted  en  las  residencias  Girasol  fue  retenida  alguna  otra persona. Contestó. No, o sea… yo… respecto  a  eso,  a  mí  me  sacaron  solo,  o  sea,  me  sacaron solo y me tiraron a la  calle”21.   

Por otro lado, José Mario Córdoba, antiguo  miliciano  del  primer  frente  de las FARC, reconoció en diligencia en fila de  personas  de  29 de agosto de 2003 a Braulio Figueroa  Castro  como  alias  El  Burro  y  sostuvo  acerca  de  sus actividades en la  subversión lo siguiente:   

“Al  Burro lo vi el día nueve  de  agosto  por ahí a las diez de la noche, más o menos, se despidió de mí y  ya   no   lo   volví  a  mirar  […]  a  veces  me mandaba a transportar bombas, a veces me [sic]  también me mandaba a revisar si  habían  [sic]  tropas al  lado  del  caño  de  Calamar,  eran muchos los mandaditos que no tengo presente  […]  El  Burro  lo  he  visto  en  muchas  partes, hasta uniformado me ha mandado llamar por allá en su  campamento,  la  vereda  no  me  acuerdo,  eso  queda para los lados del Triunfo  también,   más   acá   del   Triunfo;   aproximadamente,   lo   distingo  dos  años”22.   

Incluso  este  testigo no fue el único que  hizo  señalamientos  en  contra  del  capturado.  Por  ejemplo,  Said  Andrade,  campesino  reclutado  por  la  guerrilla, adujo en diligencia de 11 de agosto de  2003 lo siguiente:   

“[…] hoy me  preguntaron  sobre  el  capturado  que  le  dicen  El  Burro,  que  es  uno  de los que cogieron ayer en el  pueblo  en  una  residencia,  pero  no  sé  en  cuál,  y  yo  sé  que  él es  guerrillero,  no  miliciano,  sino  guerrillero,  yo  lo  he  visto uniformado y  mandando    gente”23.   

Por  su  parte,  el  reinsertado  Epimenio  Pérez, en diligencia de 14 de agosto de 2003, precisó:   

“[…] de ahí  me  echaron  para  el  área  del  Retorno, ahí estuve como un mes, ahí fue la  primera   vez   que   vi   a   alias   Víctor   El  Burro, […] el  llegó  a  la  compañía y recibió el cargo de comandante de  guerrilla,  o  sea,  él tiene veinticinco personas al mando de él […]  y hacía parte de la dirección  de  la  compañía,  ahí  duré  yo como ocho meses y siempre vi a El  Burro  como comandante, él estaba  con    nosotros”24.   

A  su  vez,  Pedro  Pablo  Rentería,  otro  capturado  el  día de los hechos, identificó en su testimonio del 14 de agosto  de      2003      a      Braulio     Figueroa  Castro como el guerrillero y  miliciano  de  las  FARC  conocido  con  el alias de  El   Burro   de   esta  manera:   

“[…]        entregué,   declaré   culpable   a  unas  personas  […]  El  Burro,  no  me acuerdo bien  bien  el  nombre, él es Braulio Figueroa  […], yo  digo  lo que yo sé […],  de  El Burro, que así le  llaman     a     Braulio     Figueroa,  también  lo  mismo,  lo  miré  uniformado, con fusil, como un  guerrillero,  era  uno  de  los  cabecillas de las milicias del pueblo, digo eso  porque  yo  lo miraba recogiendo gente, ellos pertenecen al primer frente de las  FARC”25.   

En  firme  la  medida  de  aseguramiento,  Braulio  Figueroa  Castro  le  otorgó  poder  a  Jorge  Enrique  Mora Clavijo26,  profesional  del derecho  que  una  vez  posesionado  en  el  cargo de defensor solicitó la práctica del  testimonio    del    teniente   Wilson   Gilberto   Morán   Agudelo27, persona  que  en  testimonio  practicado  el  12  de  diciembre de 2003 reconoció que no  participó  de  manera  directa  en la captura de quien luego fue señalado como  alias        El       Burro       (“en el momento en que yo conocí el  caso  de  Braulio,  a  mí  me  entregaron  los tres capturados y las armas y me  manifestaron       cuál       pertenecía      a      cada      uno”28),   a   pesar   de  haber  suscrito  el  informe  de  captura  correspondiente29.   

Así  mismo,  solicitó  la declaración de  Bertha        Elena       Sandoval       Joya30,  trabajadora sexual de la  región,  quien  en  diligencia de 5 de diciembre de 2003 afirmó que se hallaba  con     Braulio    Figueroa    Castro  en  el momento en que fue capturado y que lo de las armas que al  parecer  le hallaron en su poder fue todo un montaje por parte del Ejército. En  palabras de la testigo:   

“[…]  ya  después  de  que  terminamos de acostarnos quedamos dormidos tanto él como yo,  yo  me  puse  la  ropa  interior  y  él  también quedó en unos interiores, ya  después  se  escuchó  un tiroteo y se escuchaban las hélices de unos aviones,  yo  la  verdad  no me asusté porque eso es casi normal allá, cuando sentí que  tumbaron  la puerta de la habitación donde yo estaba con el señor Braulio,  en  esas  lo  cogieron,  le  pusieron  un  fusil en la cabeza, lo golpearon, le decían cualquier cantidad de  vulgaridades  y  lo  bajaron  a  la fuerza, lo cogieron y lo bajaron, fueron tan  bruscos  y  ordinarios que lo bajaron en la ropa interior que él tenía puesta,  no  lo dejaron ponerse la ropa, pues yo rapidito me vestí y me quedé ahí y me  quedé  ahí en la habitación, ya después como ya estaba aclarando y subió un  señor  así,  era como un militar, y me dijo que dijera que unas armas que iban  a  poner  ahí,  que  eran  de  los  muchachos  que  estaban  ahí, Braulio  y  otras personas, me dijeron  que  tenía  que hacer una, que me iban a tomar una indagatoria, pero me decían  que  tenía que decir un poco de mentiras, que dijera que el armamento que ellos  traían  era  de esos muchachos y que ellos eran guerrilleros, y yo no accedí a  eso   […],  pues  como  vieron   que  yo  no  les  serví  para  darles  la  indagación  me  agredieron  verbalmente  y  me dejaron ahí, listo”31.   

Debido a esos dos nuevos medios probatorios,  el  abogado  solicitó  al funcionario instructor la revocatoria de la medida de  aseguramiento32,   petición   que   fue  desestimada  por  la  autoridad competente, en la medida en que todo el material  recaudado  antes  de la detención preventiva no sólo indicaba que el procesado  fue  capturado  en situación de flagrancia, sino que además había suficientes  elementos  de convicción que lo comprometían en grado sumo con la realización  del  delito de rebelión33.   

Después   de   interponer   recurso   de  reposición      contra     tal     providencia34, el defensor allegó el 13  de  enero  de  2004  una  solicitud  de  control  de  legalidad  de la medida de  aseguramiento,   en   la   que  insistió  que  los  testimonios  de  Wilson  Gilberto Morán Agudelo y de  Bertha   Elena  Sandoval  Joya  eran  suficientes  para  revocar  la  detención  preventiva35.   

El  Juzgado  Promiscuo  del Circuito de San  José  del  Guaviare,  en  cabeza  del  aquí  encausado NÉSTOR SUÁREZ TORRES,  revocó  mediante  providencia  de  6  de febrero de 2004 la medida privativa en  comento36,  en  la  que  después de reseñar los antecedentes procesales y  probatorios   del   caso   con   una   extensión   de  diez  folios37  fundamentó  en  página  y  media  la  adopción  de  la  referida consecuencia  jurídica38,    para    lo    cual   trajo   a   colación   los   siguientes  argumentos:   

(i) La Fiscalía  “puso  en  duda  la  legalidad  y  veracidad de la  injurada  como del testimonio juramentado de la compañera ocasional en la noche  de  los  hechos,  concordantes  con  las  injuradas  de  las  otras dos personas  capturadas       en       la      residencia      Los      Girasoles”39.   

(ii)  La prueba,  además,  contradice lo señalado en el informe de captura correspondiente, pues  “los   testimonios   a   favor   del   sindicado  […]  atestiguan que en  ningún  momento a Braulio  se   le   encontró   ningún   arma,   ni   mucho   menos   se   enfrentó   al  ejército”40.   

(iii)   El  funcionario  instructor  que  negó la revocatoria de la medida de aseguramiento  “no  analizó  con  celo  las  inconsistencias que  presenta    el    informe    militar”41,   ni  “se  dio ninguna de las circunstancias exigidas en  el   artículo   345  C.P.P.  para  predicar  que  la  captura  de  Braulio    se   produjo   bajo   las  circunstancias     de    flagrancia”42.  Por lo  tanto, la captura fue ilegal.   

(iv) En cuanto a  la  prueba  de  cargo,  consideró  que  “todos los  testimonios   que   sindican  a  Braulio  fueron vertidos mucho después de haberse producido la captura o  retención   ilegal   y   después   de   haber   estado  expuesto  a  la  vista  pública”43.   

3.3.2.  Con base  en  la  reseña  procesal anterior, salta a la vista que el juez NÉSTOR SUÁREZ  TORRES  profirió una decisión manifiesta-mente contraria a la ley, tanto desde  el punto de vista jurídico como desde el fáctico.   

Por un lado, si bien es cierto que el inciso  final  del artículo 55 del Estatuto Orgánico de la Administración de Justicia  propende  por  la brevedad, así como por la precisión, de los hechos y pruebas  que  respaldan  los  pronunciamientos judiciales, lo que el funcionario planteó  dentro  de  una  motivación  de tan pocos párrafos fue una cuestión jurídica  extraña  al  control  de  legalidad de la medida de aseguramiento, que no sólo  riñe  con la jurisprudencia pacífica y reiterada que al respecto ha emitido la  Sala,  sino  con  la  simple  lectura  del artículo 392 de la ley 600 de 2000 y  demás normas concordantes.   

En  efecto,  para que prosperara el control  material   que  el  Juez  hizo  de  la  detención  preventiva  y  la  revocara,  únicamente  podía  obedecer  a dos motivos razonables y fundados: (i)  no  se  configuraba cualquiera de  los  fines constitucionales para imponer la medida del 1º de septiembre de 2003  (esto  es,  los atinentes a asegurar la compare-cencia del procesado, garantizar  el  cumplimiento  de  una  eventual  condena  y  evitar  toda  obstrucción a la  administración   de  justicia)  o  (ii)  no se extraía al momento de la decisión dos indicios graves de  responsabilidad acerca de los hechos imputados.   

Ninguno  de  tales  aspectos  consideró el  aludido  funcionario  en  la  decisión  de  6 de febrero de 2004 que ordenó la  libertad    inmediata    de    Braulio    Figueroa  Castro,  sino  que siguió el juego propuesto por el  abogado  defensor,  en  el  sentido  de  abordar  piezas procesales incorporadas  después   de  la  decisión  que  impuso  la  medida  (como,  por  ejemplo,  la  declaración  de  Bertha  Elena  Sandoval  Joya  de 5 de diciembre de 2003), que  escapaban  de  la  naturaleza del control de legalidad en general y de la prueba  mínima para asegurar en particular.   

Lo  que  tenía  que hacer entonces el Juez  Promiscuo  de San José de Guaviare, como lo hubiera hecho cualquier funcionario  judicial  con  un  estándar  mínimo  de  criterio jurídico, era desestimar de  plano  la  solicitud  de control, en la medida en que el defensor, al invocar el  control  material,  no estaba debatiendo los fines constitucionales de la medida  ni  el  contenido  material de la prueba que sustentó la privación cautelar de  la  libertad,  sino la que se recaudó después, y que por lo demás fue la base  de  una  petición  de  revocatoria  de la detención preventiva que ni siquiera  agotó  mediante  la  interposición  y  resolución  de  todos  los recursos de  ley.   

Adicionalmente, el análisis probatorio que  realizó  en  la  providencia  objeto  de  la  conducta  prevaricadora, ya fuese  relativo  a  situaciones  anteriores o posteriores a la medida de aseguramiento,  no  estuvo  centrado en establecer si por lo menos había dos indicios graves de  responsabilidad  y,  por  el  contrario,  abordó  como  problema  jurídico  si  Braulio  Figueroa  Castro  había  sido  capturado  en  situación de flagrancia, para llegar a la errada y  peculiar  conclusión  de  que,  como  la  captura fue ilegal, debía dejarlo en  libertad,  incluso  meses  después de haber quedado en firme la resolución que  le definió la situación jurídica.   

Nótese,   por   consiguiente,   que   el  funcionario  judicial  dejó  abruptamente de lado la verdadera cuestión que le  era  exigible  asumir  cuando  el control material se ejerce acerca de la prueba  para  imponer  la  detención preventiva, y que no es otro que el concerniente a  los  dos  indicios  graves  de responsabilidad, los cuales giraban alrededor del  hecho  imputado  en  la  diligencia de indagatoria de que el capturado, también  conocido    como    alias    El   Burro,  era  un  guerrillero con cierto nivel de mando en las FARC o un  jefe  de  las  milicias  de  dicha  organización  en  el  municipio de Calamar,  departamento del Guaviare.   

De  ahí  que  las circunstancias que quiso  demostrar,  relacionadas  con el hecho de que Braulio  Figueroa  Castro  no  tenía  en  su  poder material  bélico  al  momento de su captura, o de que en esos momentos estaba acompañado  por  una  prostituta,  correspondían  a  aspectos accesorios o secundarios, que  podrían  ayudar a afirmar o desvirtuar el aspecto jurídicamente relevante a la  hora  de  proferir  la decisión de fondo, pero cuya verificación o ausencia no  podían  incidir  de  manera  determinante  en  la  imposición de la detención  preventiva.   

Lo  importante  era  establecer  si  había  prueba  mínima que lo vinculase como un miembro de la organización guerrillera  de  las  FARC y, como lo señaló el organismo instructor al momento de negar la  revocatoria  de  la  medida,  los  señalamientos  de personas como José María  Córdoba,  Said  Andrade,  Epimenio Pérez y Pedro Pablo Rentería, entre otros,  eran más que suficientes en ese sentido.   

Por  otro  lado,  aun  en  el evento de que  viniese  al  caso  examinar si la captura fue o no ilegal, el Juez Promiscuo del  Circuito  incurrió  en  otros  yerros, esta vez de orden fáctico, que no sólo  confirman  la  realización  de  la  acción prevaricadora desde una perspectiva  objetiva,   sino   que   además  denotan  la  intención  típica  de  alejarse  decididamente de la Constitución y la ley.   

En  primer lugar, el funcionario confrontó  tanto   la   indagatoria   de   Braulio  Figueroa  Castro como la declaración  de  Bertha  Elena Sandoval Joya con el informe de captura correspondiente, pieza  procesal  que,  al recaer sobre ella una prohibición de valoración probatoria,  no  podía ser refutada, verificada o discutida de manera alguna, a menos que en  el  expediente  obrasen  pruebas  legalmente  recaudadas  en  la  actuación que  aludiesen   a   las   circunstancias  allí  referidas,  es  decir,  las  de  la  aprehensión  del presunto rebelde y las de la incautación del material bélico  supuestamente hallado en su poder.   

En  segundo  lugar,  sugirió  que tanto la  versión   de   quien   fuera   identificado   con   el  alias  de  El  Burro  como  la  de la trabajadora  sexual  eran  coincidentes  en  aspectos esenciales, o por lo menos lo era la de  esta  última  con  la de otros dos capturados (sin precisar cuáles), cuando en  todo  caso  la  simple  lectura  del  expediente evidencia una realidad bastante  diferente.   

Recuérdese     que     Braulio  Figueroa  Castro afirmó haber  estado  solo  en  el  instante  en que fue capturado y que presenció cuando las  autoridades  hallaron  el  material  bélico  que  le  endilgaron  en  su poder,  mientras  que  Bertha Elena Sandoval Joya, por el contrario, aseguró que estaba  durmiendo  con  esta persona cuando fueron interrumpidos por el ejército y que,  después  de  la captura, uno de los uniformados quiso incriminar injustamente a  su  acompañante  dejando  tales  elementos  en la habitación (cf. supra 3.3.1).   

Adicionalmente, la versión de esta testigo  coincidiría  con  las  de  otros  capturados el día del operativo, como Wuisan  Arlet  Espinosa Moreno (“[e]staba con una muchacha,  no  sé  el  nombre,  no  sé,  ella  trabaja por allá en una finca”44)  y  Édgar Andrés Blanco  Montenegro  (“yo dormía ahí con la administradora  de    nombre   Diana   Carrasco   […],   ahí   fui   retenido   cuando   iban   a  ser  las  once  del  día”45),   si  no  fuera  porque  Bertha   Elena   Sandoval   Joya   afirmó   estar  durmiendo  con  Braulio  Figueroa  Castro,  y  no  con  cualquiera  de ellos, además de ser una trabajadora sexual, en lugar de laborar  en  una  finca  o como administradora. Por lo tanto, su relato de ninguna manera  confirma el de los otros capturados.   

En   tercer   lugar,  no  es  cierto  que  “todos los testimonios que sindican a Braulio fueron vertidos mucho después  de    haberse    producido    la   captura   o   retención   ilegal”.  Por  el  contrario,  la mayoría de ellos fueron practicados  días  después  de  la  aludida  aprehensión,  o  en  todo  caso  antes  de la  definición  de la situación jurídica, proferida el 1º de septiembre de 2003.  Es  más, si de lo que se trataba era de establecer el factor de la temporalidad  como  criterio  inequívoco  para  desestimar  la credibilidad de un testimonio,  habría  que  resaltar  que la declaración de Bertha Elena Sandoval Joya, en la  cual  se  basó  el  Juez  Promiscuo  para  declarar  procedente  el  control de  legalidad  y  la revocatoria de la medida, se practicó el 5 de diciembre de ese  año,  cuando  los  hechos  de la captura se presentaron el 10 de agosto pasado,  esto es, casi cuatro meses antes.   

Tampoco  había razones de peso, ni tampoco  el  funcionario  judicial fue más allá de la simple afirmación, para sostener  que  el  reconocimiento  realizado  por  los  testigos  de cargo de Braulio   Figueroa   Castro   con  el  guerrillero  o  miliciano conocido con el alias de El  Burro   se  debía  a  que  quedó  “expuesto  a  la  vista  pública”, ni  mucho  menos  a  una  conspiración  o  montaje  urdidos  por  las  fuerzas  del  Estado.   

En  este  orden  de  ideas,  tales  errores  ostensibles  en aspectos fácticos y jurídicos, aunados al hecho de que NÉSTOR  SUÁREZ  TORRES  es  un  servidor  público  que de acuerdo con la diligencia de  indagatoria  llevaba  más  de  doce  años como Juez que conocía de asuntos de  índole                    penal46,  y  de  que incluso en la  providencia  objeto  de  análisis  hizo  una  reseña de todos los antecedentes  procesales  y  probatorios  con  los  cuales  en  condiciones  regulares habría  desestimado     el    control    de    legalidad47,  demuestran que obró con  voluntad  y  conocimiento  de  todas  las  circunstancias  que  integran el tipo  objetivo,  sin  que  para  estos efectos sea relevante establecer si el elemento  subjetivo  obedeció  al  móvil  aducido en el anónimo que inició el presente  caso,  o a cualquier otra razón análoga, o incluso al capricho y arbitrariedad  del funcionario cuando profirió la decisión.   

3.3.3.   Como  respuesta  a los alegatos presentados por el recurrente, es conveniente aclarar,  además  de  lo  ya  expuesto,  que  la  Sala  ha  propugnado  en  infinidad  de  oportunidades que   

“[…]  el  papel  que  cumple el juez dentro de la interpretación de la ley no puede estar  supeditado  a  la  estricta observancia de los requisitos y exigencias literales  contenidas  en  la  norma,  sino  a  la  materialización  del valor de justicia  emanada  de  ella, aspecto que implica alcanzar una efectiva comunicación entre  el  derecho  y  la  realidad  social,  de  conformidad  con  las  circunstancias  particulares    de    cada    asunto”48.   

Sin  embargo, esto último no significa que  las  soluciones  a  las que llegue el funcionario dejen de estar “en  armonía con los fines del Estado Social de Derecho, así como  con   el   conjunto  de  principios  y  valores  que  integran  el  ordenamiento  jurídico”49.   

De  esta  forma,  el  Juez  Promiscuo  del  Circuito  de  San  José  de Guaviare, so pretexto de  obrar  a  favor de Braulio  Figueroa  Castro, y en particular de la garantía de  la  libertad  que de acuerdo con su peculiar y amañado criterio le asistía, no  podía  asimilar  la  figura  del control de legalidad a una acción pública de  hábeas  corpus o a una de tutela, pues ello va en contravía del debido proceso  (que  es  un  derecho  fundamental  de idéntico raigambre a los del capturado),  máxime  cuando  toda  necesidad  de  innovar,  evolucionar  y  crear en materia  judicial  (que  fue  la  expresión  utilizada por el recurrente), tampoco puede  dejarse  a  la  libre,  voluble  o  malintencionada  voluntad del operador de la  norma,  sino  al  esfuerzo  intelectual,  oportuno  y  reglado  en  aras  dictar  providencias  armónicas  que, por lo demás, concuerden con la especificidad de  los hechos materia de debate y no los supongan o los inventen.   

En consecuencia, a NÉSTOR SUÁREZ TORRES le  es  imputable  tanto desde el punto de vista objetivo como desde el subjetivo la  conducta   punible   de   prevaricato  por  acción  agravado,  debido  al  auto de 4 de febrero de 2004,  mediante  el  cual  revocó  la medida de aseguramiento y ordenó la libertad de  Braulio  Figueroa Castro,  alias          El          Burro.   

4. De la dosificación de la pena  

Según     el    apelante,   el   Tribunal,   en  el  proceso  de  dosificación  punitiva,  sobrepasó  los  límites legales que le eran permitidos, e incluso no fijó las  respectivas sanciones en los mínimos que debía imponer.   

Tal  postura  es infundada. Por un lado, el  delito   de  prevaricato  por  acción  de  que  trata  el  artículo  413 del Código Penal contempla una  pena  principal  de  (i)  tres  a  ocho  años  (o, lo que es lo mismo, de treinta y seis a noventa y seis  meses)  de  prisión, (ii)  cincuenta  a  doscientos salarios mínimos legales mensuales vigentes de multa y  (iii)  cinco a ocho años  (o     sesenta     a     noventa     y     seis     meses)    de    inhabilitación   para   el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas.   

Así  mismo,  el  artículo  415  ibídem  establece  que  dichas penas se aumentarán hasta en una tercera parte cuando la  conducta  se  realice  en  actuación  judicial  por  el  delito de rebelión.  Y  puesto que el numeral 2  del  artículo  60 del ordenamiento sustantivo señala que si la pena se aumenta  hasta  en  una  determinada  proporción,  ésta  se  aplicará  al máximo, los  límites   punitivos  quedarán  en  (i)   treinta   y   seis  a  ciento  veintiocho  meses  de  prisión,  (ii)   cincuenta   a  doscientos   sesenta   y   seis  punto  sesenta  y  seis  salarios  mínimos,  y  (iii)  sesenta  a ciento  veintiocho meses de inhabilitación.   

Como  quiera que el organismo instructor no  imputó  circunstancia  genérica de agravación alguna, el ámbito de movilidad  para  cada una de estas sanciones será el correspondiente al cuarto mínimo. Es  decir,  (i) treinta y seis  a      cincuenta     y     nueve     meses     de     prisión,     (ii)  cincuenta  a ciento cuatro punto  dieciséis      salarios      mínimos      de      multa     y     (iii)  sesenta a setenta y siete meses  de inhabilitación.   

Debido a que el Tribunal fijó las penas en  (i)  cincuenta  y  nueve  meses   de   prisión,  (ii)   ciento   cuatro  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes  de  multa  y  (iii) setenta y  siete  meses  de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas,  es  obvio que de  ninguna   manera   superó  los  límites  que  el  principio  de  legalidad  le  demandaba.   

Por otro lado, el a quo impuso el máximo y  no  el  mínimo  con  base  en  criterios  como  la  gravedad de la conducta, el  principio  de prevención general positiva y el daño  potencial  creado  al  bien jurídico, que están previstos en el inciso 3º del  artículo  61  ibídem.  En  palabras  del Tribunal,  NÉSTOR SUÁREZ TORRES   

“[…]        tergiversó  la  figura  procesal del control de legalidad, siendo  un      funcionario      con      una     larga     experiencia     –más  de  doce  años  –,  e implicando la defraudación de  las  expectativas  de  la  sociedad en los jueces y de la misma judicatura, como  parte  de la administración pública, que se ve gravemente afectada en su moral  y    credibilidad”50.   

Por  consiguiente,  no  es posible predicar  error alguno en la dosificación de la pena.   

En  consecuencia, como la Sala no encuentra  vulneración  alguna a las garantías fundamentales de procesado, confirmará el  fallo  de  condena  dictado  por  el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Villavicencio.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA,    SALA    DE    CASACIÓN    PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  ley,   

RESUELVE  

1. NO DECRETAR la  nulidad    de    lo    actuado    solicitada    por    el   apelante.   

2.  CONFIRMAR el  fallo   proferido   por   la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  del     Distrito     Judicial     de     Villavicencio.   

Contra esta providencia, no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA  SALAMANCA   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                        SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO        MARÍA      DEL      ROSARIO     GONZÁLEZ     DE     LEMOS   

                                                                                        

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN            JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

Cita medica  

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS                           JAVIER      ZAPATA  ORTIZ   

         Cita  medica   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Auto de 13 de mayo de 2003, radicación 19250.   

2  Ibídem, citando al auto de 18 de diciembre de 2001, radicación  17919.   

3  Folios 28-34 del cuaderno I de la actuación principal.   

4  Folios 273-286 del cuaderno II de anexos.   

5  Folios 56-60 ibídem.   

6  Folios 112-117 ibídem.   

7  Folios 36-37 del cuaderno I de la actuación principal.   

8 Sentencia de 8 de julio de 2004, radicación 19634.   

9 Folio 34 del cuaderno I de la actuación principal.   

10  Folio 35 ibídem.   

11  Ibídem.   

12  Sentencia  de  8  de noviembre de 2001, radicación 13956. En el  mismo  sentido,  sentencias  de  25 de abril de 2007, radicación 27062, y 22 de  abril de 2009, radicación 28745, entre otras.   

13  Corte  Constitucional,  sentencia C-774 de 2001: “La  detención  preventiva  como  medida de aseguramiento, dada su  naturaleza  cautelar ‘se  endereza  a  asegurar a las personas acusadas de un delito para evitar su fuga y  garantizar  así  los fines de la instrucción y el cumplimiento de la pena que,  mediante  sentencia,  llegare a imponerse, una vez desvirtuada la presunción de  inocencia  y  establecida  la  responsabilidad  penal  del sindicado’  [transcripción de jurisprudencia  de la Sala, sin identificar en el texto]”.   

14 Auto de 3 de diciembre de 2003, radicación 21583.   

15  Sentencia  de  27  de  septiembre  de  2002,  radicación  17680,  citando  a la  decisión de 9 de agosto de 1995.   

16 Auto de 28 de julio de 2008, radicación 30164.   

17  Folio 121 del cuaderno II de anexos.   

18 Ibídem.   

19 Folio 98 del cuaderno I de anexos.   

20  Ibídem.   

21  Folio 99 ibídem.   

22 Folios 88-89 del cuaderno II de anexos.   

23  Folio 26 del cuaderno I de anexos.   

24  Folios 162-163 ibídem.   

25 Folios 120-121 ibídem.   

26  Folio 61 del cuaderno II de anexos.   

27  Folio 175 ibídem.   

28  Folio 209 ibídem.   

29  Folios 32-41 del cuaderno I de anexos.   

30  Folio 260 del cuaderno II de anexos.   

31 Folio 263 ibídem.   

32  Folios 268-272 ibídem.   

33 Folios 276-283 ibídem.   

34  Folios 303-305 ibídem.   

35  Folios 164-169 del cuaderno II de la actuación principal.   

36  Folios 273-286 ibídem.   

37  Folio 273-283 ibídem.   

38  Folios 284-285 ibídem.   

39  Folio 284 ibídem.   

40 Ibídem.   

41  Ibídem   

42  Ibídem.   

43  Folio 283 ibídem.   

44 Folio 103 del cuaderno I de anexos.   

45  Folio 108 ibídem.   

46 Folio 63 del cuaderno I de la actuación principal.   

47  Folios 273-283 del cuaderno II de la actuación principal.   

48  Sentencia de 29 de octubre de 2008, radicación 22047   

49  Ibídem.   

50 Folio 150 ibídem.     

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