30483(02-12-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso No 30483  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 348  

Bogotá,  D. C., dos (2) de diciembre de dos  mil ocho (2008).   

V    I   S   T   O  S   

La Corte decide respecto del cumplimiento de  las  exigencias  de logicidad y debida argumentación de la demanda de casación  presentada  por  la  defensora  de  JAIME MANUEL SIERRA  CASTRO.   

A  N  T  E C E D E N T E  S   

1.   Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“Siendo  aproximadamente  las cuatro de la tarde del trece (13) de marzo de dos mil cinco  (2005),  en  la  ciudad  de  Leticia  del Departamento del Amazonas, en la parte  externa     del     establecimiento     denominado     Billares     ‘El        Emperador’,  ubicado  en  la carrera sexta  conocida  como  Avenida  Internacional  N°  4-95, fueron asesinados con arma de  fuego  los señores LEONEL FÉLIX DO CARMO y LEONEL DE JESÚS NEGRETE FERNÁNDEZ  por    dos    sujetos    que    llegaron    en    una    motocicleta”.   

2.   El  Juzgado  Penal del Circuito de  Leticia,   mediante  sentencia  fechada  el  3  de  abril  de  2006  condenó  a  Jaime  Manuel Sierra Castro a  la  pena  principal  de  26  años  y  18  meses  de prisión, a la accesoria de  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones pública por el lapso  de  20  años  y  al  pago  de  los perjuicios, como coautor del doble delito de  homicidio  que le fuera imputado en la resolución de acusación, la cual quedó  ejecutoriada el 13 de julio de 2005.   

3.   Apelado  el fallo por la defensora  del   procesado,   quien  consideró  que  la  prueba  fue  valorada  de  manera  equivocada,   desconociéndose   por  lo  menos   el   principio   de     la     duda    a    favor    de    su   procurado   y,   además,  que  se le condenó a una pena excesiva, la  Sala  de  Decisión  Penal  del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Cundinamarca,     el     18     de    abril    de    2008,    lo    modificó  en  el sentido de inaplicar una  circunstancia  de mayor punibilidad que no le fue atribuida en la resolución de  acusación   y,   en   consecuencia,   al  redosificar  la  sanción,  impuso  a  Jaime Manuel Sierra Castro la  pena  principal  de  250  meses  de  prisión.  En  lo  demás  lo  confirmó.   

4.   Contra  esta  determinación,  la  citada   profesional  del  derecho  interpuso  el  recurso  de  casación.    

LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

La  defensora  del  procesado  Sierra  Castro,  al amparo de las causales  primera  y  segunda  de  casación,  presenta  dos cargos contra la sentencia de  segunda instancia, cuyos argumentos se sintetizan así:   

Primer cargo  

Con  apoyo en el cuerpo segundo de la causal  primera,   la  demandante  acusa  la  sentencia  de  segunda  instancia  de  ser  violatoria,  de  manera  indirecta,  de  la  ley sustancial, por “error  de  derecho”, toda vez que, en su  criterio,   el  juzgador  “sobresaturó”   los   medios   de  prueba  desconociendo  las  “reglas  de la sana crítica” y, además,  se  convirtió  en un “oficioso controvertidor   de  cuanto  medio  probatorio  favorece  al procesado y acucioso omitidor del in  dubio  pro reo”, irregularidades que conllevaron a la  trasgresión     de     normas     de    “derecho  sustancial”.   

Afirma  que  el  juzgador  de  primer  grado  “no   valoró  en  derecho  el  acervo  probatorio  arrimado  al plenario porque en vez de verificar previamente si el encausado era  o  no sujeto y objeto de prueba real y material debidamente obrante en autos, ya  para   absolverlo   o   ya   para   condenarlo,   lo   condenó  casi  a  cadena  perpetua”, irregularidad que vulneró la presunción  de inocencia.   

Estima  que  en  este  caso  “hubo  falso juicio de aducción por interpretación falsa porque la  entonces  señora  juez  a  quo  le  dio  al  acervo probatorio, en conjunto, un  mérito  subjetivado  y  orientado exclusivamente para condenar a SIERRA CASTRO,  haciendo  abstracción  de  valorar ese acervo en lo integral en vez de soslayar  en   lo   individual  y  parcializadamente  contrario  al  encausado”,  yerro en el cual también incurrió el Tribunal en el fallo de  segunda  instancia,  por cuanto que tampoco “tuvo en  cuenta  el  todo  (proceso) y sí solo su especie (sentencia), de tal suerte que  acá    tocó    fondo   el   célebre   aforismo   lógico   que   ‘la  suerte  de  lo  principal  cobija  igualmente    la   de   sus   efectos’”.   

Así  mismo,  considera  que  a  la  prueba  pericial  se  le  otorgó  “un mérito que no debió  asignársele  porque  esos  experticios  nunca  fueron  objeto de traslado a los  sujetos procesales”.   

De  igual modo, afirma que los juzgadores de  instancia   también  incurrieron  en  “errores  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción  o error de valoración”,  ya  que  le  dieron a las “pruebas  testimoniales  de  cargo  un  valor  por exceso que nunca lo tuvieron, sobretodo  cuando   se   probó   introproceso  que  esos  testimonios  fueron  perjuros  y  fraudulentos  de  una  lado,  de otro, a los testimonios nutridos y más a favor  del  encausado,  se  les  restó parcializadamente todo el arraigo probatorio en  ellos contenido”.   

Agrega  que el in dubio pro reo se violentó  cuando  “en  la primera instancia dio a entender la  sensación  judicial  de  la  duda  razonable,  como  la  hubo en la valoración  parcializada  del  haz  probatorio,  razón  por  la  cual  operó  el  error de  derecho”, yerro que terminó avalado por el Tribunal  al   impartirle   confirmación   a   la  sentencia  apelada,  lo  que  terminó  convirtiéndose   en   una  decisión  injusta,  toda  vez  que  “la  suscrita  tiene suficiente certeza de que aquí se condena a un  inocente”.   

Luego de reiterar los anteriores argumentos,  finaliza  el  reproche  afirmando  que en el proceso se encuentra probado que su  defendido   “permaneció  en  casa  de  su  familia  nuclear   todo   el   día  de  los  nefastos  hechos  por  los  que  injusta  y  parcializadamente  se  le  condena  y  que, de paso, éste no tiene el don de la  ubicuidad   que,   judicialmente   aquí   se  lo  endilgan  blasfemamente  para  condenarlo”.   

Segundo cargo    

Con  base en la causal segunda de casación,  acusa  al  Tribunal  de  haber dictado una sentencia que no está en consonancia  con la resolución de acusación.   

Hace   consistir   el   reproche   en   lo  siguiente:   

“la  sentencia  objeto  de  alzada no pudo guardar armonía, en sus erráticos juicios de valor,  con  los  cargos  formulados  en la resolución de acusación, habida cuenta que  ésta  acuso por HOMICIDIO sin calificación ameritante de AGRAVACIÓN, CONCURSO  o  CONEXIDAD  algunos  y  que,  en efecto, fue cuando antiprocesalmente ocurrió  porque  a  SIERRA  CASTRO  se le juzgó por HOMICIDIO AGRAVADO, reformándose de  hecho,  no  en derecho, la acusación, puesto que ésta se basó en el artículo  113  (¡?!) del C.P. Aquí y para ya debo dejar sentado que el artículo 113 del  C.P.  institucionaliza  la  DEFORMIDAD  FÍSICA  TRANSITORIA  DEL LESIONADO, por  tanto,  nada  tiene que ver siquiera tangencialmente con el punible de HOMICIDIO  a  secas  o  SIMPLE,  pero  el  desbrujulado Fiscal seccional violentó así las  normas  concordantes  del  29, 93, 94,228 al 230 superiores con el artículo 103  del  C.P.,  concretando  su  acusatoria  con  la  cita  del  artículo  397  del  C.P.P.   Por  consiguiente,  el  Fiscal Seccional 33 acusador, le imputó a  SIERRA  CASTRO  algo así como unas LESIONES PERSONALES AGRAVADAS respecto de la  cita  expresa  del  art.  113  del C.P., pero advirtiendo de parte mía y por mi  inveterada  LEALTAD  PROCESAL EN ARAS DE LA ELLEGANTIA IURIS, que ese instructor  en  su  acusatoria  repite  enésimamente  en ocuparse del punible de HOMICIDIO,  preciso,  tipificado  en el artículo 103 del C.P. (Ley 599 de 2000)”.   

A  continuación,  refiere  que del fallo de  primer  grado  emerge  un  “protuberante  error  de  derecho  al  trasformar,  en  inexcusable  colegislación  en  vía de hecho, el  HOMICIDIO  del  artículo  103, concursándolo igualmente de hecho con abstracta  norma  del  C.P. y, a la vez, improntándole COAUTORÍA, por el doble homicidio,  construcciones   semánticas    éstas    muy    peculiares   por   la   enreversada   sintaxis  que acusa y, desde luego,  por   su   total   ausencia   o   falencia  notoria  de  sindéresis”.   

Termina reiterando que en este caso hubo una  equivocada  valoración  de  las  pruebas  y un desconocimiento flagrante de los  principios  de  presunción  de  inocencia y del in dubio pro reo, motivo por el  cual,   en   su   opinión,   la   Corte   está   llamada   a   “auscultar    la    viabilidad    de    la    causal    discrecional  excepcional.”   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Sea  lo primero recordar que la casación es  un  recurso  de  naturaleza  extraordinaria  y  rogada,  motivo  por  el cual el  legislador   estatuyó   las  causales   por   las   cuales   resulta    procedente    atacar   la   presunción   de  acierto  y  legalidad  con que viene amparada la sentencia a esta sede. De igual  modo,  dada  las  citadas  características  de  la  impugnación,  también  la  legislación  procesal  contempla  los  mínimos  presupuestos formales que debe  cumplir el libelo.   

Por   ello,   como   lo   tiene  dicho  la  jurisprudencia   de   la   Corte,  la  demanda  de  casación  no  es  de  libre  formulación,  razón  por  la  cual  no  es procedente hacer cualquier clase de  cuestionamiento  a una sentencia que por ser la culminación de un proceso está  amparada,  como  se  indicó,  por  la doble presunción de acierto y legalidad,  sino  que  debe  ser  un  escrito  lógico  y  sistemático  en  el que sólo es  permitido  denunciar  los errores cometidos en el fallo, al tenor de los motivos  expresa  y  taxativamente  señalados en la ley, demostrarlos dialécticamente y  evidenciar su trascendencia en la parte dispositiva del mismo.   

Por ello, el éxito de la censura no depende  de  la  multiplicidad indiscriminada de criterios personales, ni de lo extenso o  sugestivo  del   discurso plasmado en la demanda, sino de la argumentación  metodológica  que   conlleve,  de  manera  lógica,  precisa,  coherente y  jurídica,  a  la  demostración  de  que  la  sentencia  es  ilegal,  por haber  incurrido   el  juzgador  en  vicios  de  juicio  (in  iudicando)    o   de   procedimiento   (in    procedendo),   según   el   caso.   

En  esas  condiciones,  se  hace  necesario  verificar  si  la  demanda  de  casación  presentada  a  nombre de Jaime   Manuel   Sierra   Castro   reúne  los    presupuestos   de   logicidad   y   debida  argumentación  para  su  admisibilidad,  de  acuerdo  con  lo  estipulado   por el artículo 212 del  Código de Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000).   

En    lo    relativo   al   primer  cargo,  la libelista, apoyada  en  la causal primera de casación, afirma que el juzgador incurrió en error de  derecho  por cuanto que, en su opinión, “no valoró  en    derecho    el   acervo   probatorio   arrimado   al   plenario”,   convirtiéndose   en   “oficioso  controvertidor  de  cuanto  medio  probatorio  favorece  al procesado y acucioso  omitidor del in dubio pro reo”.   

Como  bien  puede observarse, desde el mismo  inicio  de  la  censura surge protuberante la deficiencia y la falta de claridad  en   la   formulación   jurídica   del   reproche,   evidenciándose  así  el  desconocimiento  que  la  demandante  tiene respecto de los parámetros lógicos  que rigen el recurso de casación.   

Si bien es cierto que la libelista fundó el  ataque  contra  la  sentencia  de  segunda  instancia  por  los  senderos  de la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  también  lo  es que no indicó  cuáles  fueron los preceptos  sustanciales vulnerados por el juzgador y su  sentido,  es  decir,  si  por falta  de aplicación, aplicación indebida o  interpretación errónea.   

Así  mismo,  no obstante haber postulado la  censura  bajo  los  lineamientos de la violación indirecta de la ley sustancial  por   un  presunto  “error  de  derecho”,  la  misma  la  dejó  en  el  enunciado,  pues no se ocupó de  señalar  el  falso  juicio  que lo determinó, sin dejar pasar por alto que, de  manera  confusa  y abandonando la inicial propuesta, trasladó la argumentación  a  los senderos propios del error de hecho, situación que se percibe cuando sin  rumbo  definido  afirmó  que  se desconocieron “las  paradigmáticas   reglas   de   la  sana  crítica”,  hipótesis propia del falso raciocinio.   

Ante  la  confusión que la censora presenta  frente  a los yerros propios de la violación indirecta de la ley sustancial, se  hace   necesario   recordar  una  vez  más   que   en   el   error        de       hecho,   como  lo  ha  ilustrado la jurisprudencia de  la  Corte, en materia probatoria subyace una actitud frente a lo descriptivo, en  el  sentido de que se transgrede la información suministrada por la prueba o se  finge  la  que  ella  pueda  suministrar,  generándolo  tres  falsos juicios, a  saber:   

a)   Falso juicio de existencia, según  el  cual, el juzgador, al momento de valorar de manera individual y conjunta las  probanzas,  supone  un medio de convicción que no obra en el diligenciamiento o  excluye  uno,  los  que  tenían  la  capacidad  de  probar  circunstancias  que  eliminan,    disminuyen    o   modifican   la   decisión   absolutoria   o   de  condena.   

b)  Falso juicio de identidad, en el que  incurre  el juzgador cuando en la apreciación de una determinada prueba le hace  decir  lo  que ella objetivamente no reza, erigiéndose en una tergiversación o  distorsión  por  parte  del  contenido  material  del   medio   probatorio,   bien   porque  se le coloca a decir lo  que  su  texto  no encierra o porque se le hace expresar lo que objetivamente no  demuestra.   

c)    Falso   raciocinio,  cuando  el  sentenciador  se  aparta,  al  momento de apreciar los medios de convicción, de  los  postulados de la sana crítica, es decir, de las leyes de la lógica, de la  ciencia, de las máximas de la experiencia o del sentido común.   

Por  su  parte,  en  cuanto  al error  de  derecho  se impone reiterar que  puede ocurrir por dos vías distintas:   

a)    Falso   juicio   de  legalidad,  “relacionado  con  el  proceso  de formación de la  prueba,  con las normas que regulan la manera legítima de producir e incorporar  el  elemento  de  juicio  al  proceso,  con el principio de legalidad en materia  probatoria  y  la  observancia  de  los presupuestos y las formalidades exigidas  para    cada    medio.   O   como   lo   ha   dicho   la   Corte,   ‘el  error de derecho por falso juicio  de  legalidad  gira  alrededor de la validez jurídica de la prueba, o lo que es  igual,  de  su  existencia jurídica (concepto que no debe ser equiparado con el  de  existencia  material),  y  suele  manifestarse  de dos maneras: a) cuando el  juzgador,  al  apreciar  una  determinada  prueba,  le  otorga validez jurídica  porque  considera  que  cumple  las  exigencias  formales  de  producción,  sin  llenarlas  (aspecto  positivo); y b) cuando se le niega, porque considera que no  las       reúne       cumpliéndolas       (aspecto       negativo)”.1   

b)  Falso juicio de convicción, cuando  se  niega  a  la  prueba  ese  valor  que  la  ley  le  atribuye,  o  se le hace  corresponder uno distinto al que la ley le otorga.   

Teniendo  en cuenta las anteriores premisas,  se  advierte, entonces, que si bien la libelista mencionó la existencia de unos  presuntos  errores de derecho o de hecho, de todos modos no precisó las pruebas  sobre  las  cuales  recayeron  los  yerros  y  guardó silencio sobre los falsos  juicios  que  lo  determinaron, limitando su argumentación a hacer afirmaciones  generalizadas     tales     como     que     el     juzgador     “sobresaturó”  los  medios de prueba, o  que  se  convirtió  en  “oficioso controvertidor de  cuanto  medio  probatorio favorece al procesado y acucioso omitidor del in dubio  pro  reo”,  o  que  “no  valoró  en  derecho  el  acervo  probatorio”  o que  “la  suscrita tiene suficiente certeza de que aquí  se  condena  a un inocente”, etcétera, aseveraciones  todas que en manera alguna se conjugan los citados errores.    

Y   del   contenido   de   la  censura  tampoco  se  puede concluir con  meridiana  claridad  cuál fue o cuáles fueron los falsos juicios que generaron  los  anunciados  errores, pues en la fundamentación de la misma la libelista no  hizo   otra   cosa   que   sostener  que  los  sentenciadores  no  valoraron  en  “derecho  el acervo probatorio arrimado al plenario  porque  en vez de verificar previamente si el encausado era o no sujeto y objeto  de  prueba real y material debidamente obrante en autos, ya para absolverlo o ya  para    condenarlo,    lo    condenó   casi   a   cadena   perpetua”.   

Por  el  contrario,  toda la disertación la  traduce  a oponerse, al estilo de un alegato de instancia, al mérito otorgado a  los  medios de convicción allegados al proceso que llevaron al proferimiento de  la  sentencia  condenatoria  en  contra de Jaime Manuel  Sierra   Castro  como  coautor  del  doble  delito  de  homicidio,  olvidando  que esa simple discrepancia no configura yerro demandable  en  casación,  puesto  que  teniendo  en  cuenta  el  sistema  de  apreciación  probatoria  que  nos  rige,  el  juzgador goza de libertad para justipreciar los  elementos  de  juicio,  sólo  limitado  por los postulados de la sana crítica,  cuya  vulneración  se  debe  dirigir  a  través  del  error de hecho por falso  raciocinio.   

De  otra  parte,  se observa que, en abierta  discrepancia  con  el principio de autonomía, según el cual, al interior de un  mismo  cargo  no  se  pueden   mezclar  ataques correspondientes a causales  distintas,  pues  cada  una  tiene  características  y  reglas de demostración  diferentes  y  producen  diversas  consecuencias jurídicas, en la misma censura  transita,   de  manera  simultánea,  por  la  causal  tercera,  al  sugerir  la  trasgresión  del  debido  proceso  por  cuanto, en su criterio, los dictámenes  periciales  “nunca  fueron objeto de traslado a los  sujetos  procesales” reparo que ha debido formular de  manera separada y respetando el principio de prioridad.   

Además,  olvida  la casacionista que acerca  del   traslado   del   dictamen   pericial,   su  publicidad  y  contradicción,  insistentemente la jurisprudencia de la Corte ha dicho:   

“En  reiteradas  oportunidades  esta  Sala  ha  sostenido  que  la  simple omisión por parte del  funcionario   judicial   de   ordenar   y  realizar  el  traslado  del  dictamen  pericial    para   que   los   sujetos   procesales   ejerzan   el  derecho  contradicción  -lo  que  vale en punto del traslado posterior a la práctica de  la  inspección  judicial-  no  puede  considerarse  una actividad que afecte la  estructura  del proceso o que genere nulidad por violación del debido proceso o  de  otras  garantías, en tanto que al contenido de la experticia que debe obrar  en  el expediente, tienen acceso todos los sujetos procesales, por manera que el  principio  de  publicidad,  y el de contradicción si lo quieren ejercer, quedan  garantizados  con  la  incorporación  al plenario de este documento”.2   

Sobre  el  mismo  tema  esta  Corporación  reiteró lo siguiente:   

“Si  bien  es  cierto,  la  preceptiva  del artículo 254-2 del Código de Procedimiento Penal,  dispone  correr  traslado  a los sujetos procesales del dictamen pericial por el  término  de  tres  (3)  días, para que soliciten su aclaración, ampliación o  adición,  también  es  verdad que la omisión de dicho acto procesal carece de  la  entidad  suficiente para enervar la actuación, pues tan solo constituye una  irregularidad,  que no conculca las garantías fundamentales de las partes, como  lo  ha  sostenido la jurisprudencia de la Sala, dado que, la objeción del mismo  puede  proponerse hasta antes de que finalice la audiencia pública, obviamente,  rebasando  el  término  de  tres  (3)  días  que  prevé  la norma”.3   

En  esas  condiciones,  este  reproche será  inadmitido.   

En cuanto al segundo  cargo,  sustentado  en la causal segunda de casación,  según  el  cual,  la sentencia proferida en este asunto no está en consonancia  con  la  resolución  de acusación, tampoco será admitido, en la medida en que  la  afirmación  de  la  libelista  no  se ajusta a la realidad contenida en las  citadas piezas procesales.   

En efecto, de la lectura de la resolución de  acusación  y de las sentencias se observa sin mayor esfuerzo que a Jaime  Manuel  Sierra Castro se le convocó  a  juicio  por  el  doble  delito  de homicidio tipificado en el “artículo  103  del  Código Penal” (Ley  599  de  2000),  conductas  punibles  por las cuales efectivamente fue condenado  tanto  en  primera  como  en  segunda  instancia, sin que se observe la falta de  consonancia  predicada  por  la libelista. Por el contrario, el fallo de segunda  instancia  atacado,  siendo respetuoso del principio de congruencia, procedió a  desechar  una  circunstancia  de  mayor  punibilidad  que  no fue imputada en la  resolución  de  acusación  y,  en consecuencia, redosificó la sanción en las  proporciones  ajustadas  a  la  legalidad,  como  así  quedó consignado en los  antecedentes de esta providencia.   

Por  lo tanto, no es cierto que al procesado  se  le  haya  condenado  por  el  delito  de  homicidio agravado, como de manera  equivocada lo pregona la demandante.   

Ahora  bien, que en uno de los apartes de la  resolución  de  acusación  la  fiscalía haya citado el artículo 113 en lugar  del  103  del  Código  Penal,  no  es más que un lapsus que en nada alteró la  realidad   fáctica,  jurídica  y  procesal  y,  mucho  menos,  la  imputación  realizada,  máxime  cuando  la defensa técnica en el juicio siempre enfiló su  tarea  a  afirmar  que  su procurado no era uno de los autores de los homicidios  investigados,  postura  que  deja  entrever  el  claro  entendimiento  que  tuvo  respecto de los cargos imputados al acusado.   

De  otra parte, reiterar en esta censura los  argumentos  que  hizo en el anterior reproche, es decir, que hubo una equivocada  valoración  de  los  medios  de  convicción,  es  otro aspecto que se sale del  contexto  propio  de  la  causal segunda de casación seleccionada y que, por lo  mismo,  no  consulta los derroteros que rigen este extraordinario recurso, pues,  como  se  ha  dicho,  tal  forma  de  plantear  el  reproche  entra  en  abierta  discrepancia con el principio de autonomía.   

Por  consiguiente,  al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Cabe  agregar  que  el estudio detenido del  expediente  permite  a la Sala concluir que no procede la casación oficiosa por  cuanto  no  se  percibe  ninguna  causal  de nulidad ni vulneración de derechos  fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por la defensora de  JAIME   MANUEL  SIERRA  CASTRO.  En  consecuencia,  se  declara   desierto   el   recurso   extraordinario   de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

COMISIÓN DE SERVICIO  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO                         

                                                   

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1 Ver,  entre  otras,  casación 15042 del 27 de febrero de 2001, casación 21406 del 10  de noviembre de 2004, casación 18103 del 2 de marzo de 2005.   

2 Rad.  26011, auto del 7 de febrero de 2007.   

3 Ver  sentencia 23 de agosto de 2006 rad. 21.055.     

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