28264(26-09-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 28264  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

Dr.  SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

Aprobado   Acta   Nº  181   

Bogotá, D.C., veintiséis  de septiembre de dos mil siete.   

V    I   S   T   O  S   

Sería del caso entrar a determinar si reúne  los  requisitos  formales  para su admisión, la demanda de casación presentada  por  el apoderado de la parte civil contra la sentencia proferida el 29 de marzo  del  año en curso por una de las Salas de Decisión Penal del Tribunal Superior  del  Distrito  Judicial  de Bogotá, a través de la cual, al desatar el recurso  de  apelación interpuesto por los defensores, revocó el fallo emitido el 11 de  agosto  de 2005 por el Juzgado 5° Penal del Circuito de Bogotá, D.C., y, en su  lugar,  absolvió  a  los procesados CLAUDIO CABEZAS ARCINIEGAS y LUÍS FERNANDO  SIMÓN  ANTONIO  MURCIA  ANGARITA del delito de Estafa  agravada,  por  el  cual  fueron acusados, si no fuera  porque se advierte que la acción penal se encuentra prescrita.   

A N T E C E D E N T E S  

De  acuerdo con lo reseñado en la sentencia  de  segunda  instancia, la señora ROSALÍA ROJAS GUTIÉRREZ suscribió denuncia  en  la  que  “Narró que conoció a Claudio Cabezas  Arciniegas  cuando  era  empleado  del  Banco  Cafetero  con  quien  sostuvo una  relación  de  amistad  y  le  colaboró  la  para consecución de una línea de  crédito         llamada        ‘credidiario’  por  $2’000.000°°.   Agobiada    por    las    deudas    –tarjetas  de  crédito  y  cuotas de deuda hipotecaria vencidas- le  solicitó   a   su   amigo   la   ampliación   del  crédito  a  $5’000.000°°  le respondió que no era  posible  pero  le ofreció un préstamo personal, exigiéndole como garantía la  escritura  de  confianza  de su apartamento 203, ubicado en la calle 136 # 105 C  –    37    de   esta  ciudad.   

Ante la confianza mutua existente aceptó el  empréstito   y   realizó   la  escritura  de  confianza  de  enajenación  del  apartamento  como  garantía  a nombre de Luís Fernando Simón Murcia Angarita,  amigo  de  Claudio, porque éste afirmó estar en trámites de divorcio y no era  conveniente  aparecer como propietario del inmueble. Acordaron que se colocaría  en  venta,  con  el  producto  de  ésta  cancelaría el préstamo personal y un  sobregiro  que  ella  tenía  en cuenta corriente a Bancafé, a su vez aquél le  devolvería  la  escritura;  venta  que  no  pudo  realizar  porque  Cabezas  no  permitió    que    los    posibles   compradores   ingresaran   y   vieran   el  apartamento.   

Pasado  el  tiempo  se enteró que el Banco  estaba  adelantando  un proceso en su contra por no haber cancelado cuota alguna  de    un    sobregiro    que    había    adquirido,   de   donde   ‘deduce  que  Claudio  sí  amplió el  crédito  por $3’000.000 y  se     lo     hizo     consignar     a     su     cuenta    personal’  sin embargo, sostuvo, que el dinero  prestado  era  de su propio peculio; además porque le hizo firmar un pagaré en  blanco   aduciendo   que   el   inicialmente  suscrito  por  los  $2’000.000°°  se había extraviado; el  mismo   Banco   le   informó   que   la   deuda   era   de  cinco  millones  de  pesos.   

En últimas Murcia Angarita tomó posesión  del  apartamento,  mediante  poder  autorizó  a  Cabezas Arciniegas para vender  negándose a devolverle el apartamento.”   

Con    fundamento    en   la  denuncia y los documentos anexos  a  la  misma,  así  como  en las  pruebas     practicadas     en     la     etapa     preliminar,     la  Fiscal  98  Delegada  ante  los  Juzgados  Penales  del  Circuito  de     Bogotá,  D.C., adscrita a la Unidad  Segunda  de  Delitos  contra la Fe Pública y el Patrimonio  Económico,  dispuso  el 30  de   junio   de  1999,  la  apertura    formal   de  investigación,    a   la   que   se   vinculó  mediante indagatoria a CLAUDIO  CABEZAS   ARCINIEGAS   y   LUÍS   FERNANDO   SIMÓN  ANTONIO   MURCIA  ANGARITA,  imponiéndosele  solamente  al  primero  medida  de  aseguramiento consistente en  caución       prendaria       por      el      delito      de      Estafa        agravada.   

Asimismo,   fue   admitida   demanda   de  constitución    de    parte    civil    presentada  por  la  señora  ROSALBA  ROJAS  GUTIÉRREZ, a través  de apoderado.   

Clausurada   la   etapa   instructiva  su  mérito   probatorio  fue  calificado   el   21  de  julio  de  2000,      acusándose     a  CLAUDIO  CABEZAS ARCINIEGAS como posible autor responsable de los  delitos  de  Estafa agravada  por  la  cuantía  y Fraude  procesal,  al paso que se precluyó la investigación  en   relación  con  LUÍS  FERNANDO  SIMÓN  ANTONIO  MURCIA     ANGARITA,  resolución     ésta  contra la cual se interpuso  el  recurso  de  apelación  por  parte del defensor y el apoderado de la parte civil, el que fue resuelto el  29  de  marzo de  2001  por  el    Fiscal   Delegado  ante   los   Tribunales  Superiores  de  Bogotá y Cundinamarca, confirmándose  el  llamamiento  a juicio de CABEZAS ARCINIEGAS, pero  solamente  por  el  punible  contra  el  patrimonio económico y revocándose la  preclusión    que    cobijaba    a   MURCIA  ANGARITA,  para  acusársele  igualmente  por  el ilícito de  Estafa   agravada   por   la   cuantía,    resolución   ésta   que   cobró  ejecutoria   en   la   misma  fecha  de  suscripción  –marzo  29 de 2001-, en  virtud  de  lo  dispuesto  en  el  artículo  197 del Decreto 2700 de  1991, vigente para ese momento, norma ésta declarada exequible  por  la  Corte  Constitucional  a través de la Sentencia C-680, calendada 19 de  noviembre de 1998.   

La etapa de juzgamiento estuvo a cargo del  Juzgado  5º Penal   del  Circuito  de  la  capital  de    la    capital    de   la   República,  despacho que,  luego  del  traslado  previsto en el  artículo  446 del Decreto 2700 de 1991 y      de      ordenar  la  práctica de algunas   pruebas,   celebró  la  audiencia  pública  de  rigor  y  a  continuación   -11  de  agosto      de  2005-  emitió  el fallo  pertinente,   a   través   del   cual  condenó a  CLAUDIO     CABEZAS    ARCINIEGAS    y  LUÍS FERNANDO SIMÓN ANTONIO MURCIA  ANGARITA  a  24  meses  de  prisión  y  multa  en  cuantía  de $200.000°°, a la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  lapso  de la pena privativa de la libertad y a pagar el monto determinado  por   concepto  de  daños  y  perjuicios  causados,  como  coautores  penalmente responsables del delito de  Estafa   agravada   por   la   cuantía.   

Contra la anterior determinación cada uno de  los  defensores interpuso recurso de apelación,  el  que  fue decidido el 29 de  marzo  de  2007  por  una  de las Salas de Decisión  Penal   del   Tribunal   Superior   del   Distrito   Judicial   de  Bogotá,  revocando     en     su    integridad  el fallo,  para,  en  su  lugar,  absolver  a  los  procesados  del  cargo  imputado por la  Fiscalía General de la Nación.   

Contra    esta   sentencia   el  apoderado  de  la  parte  civil  interpuso   recurso   de  casación,  el  cual  fue     concedido    mediante    auto      calendado      24    de   mayo   de   2007,  cuya  demanda se presentó     en     término,   y   el  proceso  arribó  a  esta  Corporación  el  29  de  agosto   siguiente.   

C O N S I D E R A C I O N E S  

Como primera premisa para la decisión que ha  de   tomar   la   Sala,   conviene   recordar  que  el  delito  de  Estafa   agravada  por  el  cual  fueron  condenados  CLAUDIO  CABEZAS ARCINIEGAS y  LUÍS FERNANDO SIMÓN ANTONIO MURCIA  ANGARITA,  de conformidad con el texto vigente para la  época  de los hechos, estaba sancionado con pena de 16 a 180 meses de prisión,  según  los  artículos  356  y  372,  numeral 2º, del Decreto-Ley 100 de 1980,  penalidad  que  se  fijó  de  32  a  144  meses  de  prisión, conforme con los  artículos 246 y 267, numeral 2º, de la Ley 599 de 2000.   

Para   efectos   del   fenómeno   de   la  prescripción  de  la acción penal, la pena privativa de la libertad a tener en  cuenta   será   la   establecida   en   la  Ley  599  de  2000,  por  ser  más  favorable1   al   interés   de   los   sujetos  pasivos  de  la  acción  del  Estado.   

Por otra parte, de conformidad con las reglas  de  prescripción  previstas en los artículos 83 y 86 del Código Penal de 2000  (artículos  80  y  84  del  Código  Penal  de  1980),  la acción penal por el  ilícito  por  el  cual se condenó a CLAUDIO CABEZAS  ARCINIEGAS   y   LUÍS   FERNANDO   SIMÓN  ANTONIO  MURCIA ANGARITA prescribió  el  29  de marzo de 2007, pues la resolución de acusación cobró ejecutoria el  29  de marzo de 2001, según se hizo constar en los antecedentes reseñados, por  lo  que, entonces, al día siguiente comenzó a correr el lapso prescriptivo por  un  término  igual  a  la  mitad del máximo de la sanción establecida para el  punible  en  cuestión -72 meses-, tiempo éste que se cumplió el mismo día en  que  el  Tribunal resolvió el recurso de apelación interpuesto contra el fallo  de primera instancia.   

En  estas condiciones, abatido por el tiempo  el  ius  puniendi de que es  titular  el Estado, no queda a la Sala alternativa diferente a la de declarar la  prescripcion,  fenómeno  que  impide  el  ejercicio  de  la  acción  penal  en  cualquiera  de  las  fases  o  sedes  del  proceso  penal y, en consecuencia, de  conformidad  con  el artículo 39 del Código de Procedimiento Penal de 2000, se  decretará  la  cesación del procedimiento adelantado en contra de CLAUDIO  CABEZAS  ARCINIEGAS  y  LUÍS  FERNANDO  SIMÓN  ANTONIO MURCIA ANGARITA.   

Como   consecuencia  de  la  decisión  se  cancelarán  las  medidas  restrictivas  personales  o sobre bienes que se hayan  impuesto a los procesados en mención.   

Del  mismo  modo,  debe  señalarse  que, de  conformidad  con  lo  consagrado  en  el  artículo  98  de  la Ley 599 de 2000,  igualmente  la acción civil proveniente de la conducta punible ha prescrito, en  relación con los penalmente responsables.   

No  está de más señalar que aun cuando la  Sala  tenía establecido de antaño que al presentarse el fenómeno jurídico de  la  prescripción  resultaba  ineludible  decretar la misma en cualquier momento  procesal,  ello  fue  objeto  de  replanteamiento por la Corte recientemente, en  decisión  que  propugna  por  valorar  el  caso concreto y las expectativas del  procesado,  para  determinar  a  partir  de  allí  si  la  mejor  solución  es  ésta.   

En concreto esto se anotó:  

“Necesariamente,  estima  la  Corte,  el  análisis  debe  operar respecto del caso concreto, para ver de significar cuál  es  la  decisión  que  mejor  consulta  los  intereses  y derechos del presunto  favorecido.   

Porque  si,  como  tradicionalmente  se ha  entendido,  es  la prescripción una especie de sanción al Estado, por ocasión  de  la morosidad en la tramitación, que indefectiblemente redunda a favor de la  persona  objeto  de investigación penal, tanto que es ella exclusivamente quien  puede  renunciar  al  beneficio, no parece lógico que, entonces, pretextándose  la  imposibilidad  de  continuar con el proceso, en advenimiento de una bastante  relativa  incompetencia,  se  opte  por la decisión objetiva que menos consulta  esos  derechos  buscados  a  proteger,  dejando expósita la honra y dignidad de  quien,  como  aquí  sucede,  ha  sido  declarado inocente de uno de los delitos  imputados   por   las   dos   instancias  ordinarias  encargadas  de  juzgar  su  caso.   

En  este  sentido,  descendiendo  al  caso  objeto  de  examen, debe relevarse como hito fundamental, el hecho de que jamás  la  decisión  de  significar insuficiente la prueba para pregonar certeza en la  vinculación  del  acusado  con una organización dedicada al sicariato, ha sido  objeto  de  impugnación  o controversia, pues, lo ordenado por el A quo, subió  invariable    a    la    segunda    instancia    y    allí    recibió    cabal  confirmación.   

Entonces, si ya es un lugar común pregonar  que  a  la Corte, en sede de casación, arriba la sentencia de segunda instancia  prevalida  de  una  doble presunción de acierto y legalidad, y además se tiene  claro  que  el  objeto de impugnación es completamente ajeno a lo que compete a  la  decisión  absolutoria proferida a favor de (…), algún valor debe darse a  las  decisiones  de  las  instancias,  cuando  es  claro que la prescripción, o  mejor,  el  término  de  ellas,  se cubrió con posterioridad a las mismas y no  compete  a la Corte, repetimos, porque no fue objeto de ningún tipo de demanda,  evaluar el tópico específico de la absolución.   

Resultan enfrentados, así, en una especie  de  parangón  favorable  para  el  encartado,  la  posibilidad  de  acceder  al  mecanismo  de  cesación  procedimental  por la vía de la prescripción, con la  opción  de dar completo valor material a las decisiones del A quo y Ad quem, en  cuanto absolvieron al acusado de uno de los cargos endilgados.   

Y,  estima la Corte, la decisión no puede  pasar  apenas por el tamiz si se quiere organicista que gobernó la decisión de  la  mayoría  en  la  sentencia  del  año  1980 atrás citada, pues, así no se  consultan   adecuadamente   principios   básicos  de  justicia  y  los  valores  constitucionales  que  de  manera  tan  profunda  irradian  la  Constitución de  1991.   

Desde   una   perspectiva  eminentemente  constitucional,   en  protección  de  los  derechos  fundamentales   a  la  dignidad,  la  honra  y  el  buen  nombre, no puede ser lo mismo que después de  someter  a  las  afugias  de  un proceso penal al acusado de un delito de enorme  relevancia  social,  se  diga  que  el Estado perdió toda potestad de continuar  adelantando  la  investigación, por el simple paso del tiempo, a que se pregone  examinado  de  fondo  el  asunto por las dos instancias ordinarias y luego de un  examen riguroso, se absuelva del delito a la persona.   

Esta  última  solución,  no  cabe  duda,  restaña  en algo el daño que la prosecución penal pudo causar en los derechos  fundamentales  a la dignidad, la honra y el buen nombre del procesado, que es lo  menos  que  puede  esperarse  otorgar  al  individuo  una  vez  se  le  reconoce  inocente.   

Por  lo  demás,  ya  dentro  del  ámbito  concreto  de  lo  que la ley informa, no se discute que si bien pueden consultar  efectos  similares, la decisión prescriptiva, así se tome dentro del cuerpo de  una  sentencia,  posee  una  naturaleza  de  estirpe  interlocutoria,  asaz  diferente de la sentencia absolutoria.   

Al efecto, para citar apenas dos ejemplos,  el  auto  que  decreta  la  cesación  de  procedimiento por prescripción de la  acción  penal,  no puede ser controvertido a través del recurso extraordinario  de  casación,  ni por intermedio de la acción de revisión, consecuencias que,  en  principio,  podrían  entenderse favorables para la persona en cuyo favor se  dictó.   

Pero,  si como sucede en este caso, ya las  decisiones  absolutorias  de  primera  y  segunda  instancias,  han  agotado  la  posibilidad  de  controversia  que  reclama  la  casación, cubierto el término  prescriptivo  en  el  trámite  casacional  que  gobierna tópicos completamente  diferentes,  no se ve porqué en lugar de cubrir con el ropaje interlocutorio de  la  prescripción  el  asunto, no se permite continuar con su plena vigencia las  decisiones  absolutorias  tomadas  en  sendos fallos, cuando es lo cierto que se  trata   de   decisiones   de  fondo  –reiteramos,  cubiertas  por  la  doble  condición  de  acierto  y  legalidad-,  y allí se consulta a cabalidad el valor justicia, a más de que se  materializan  a  favor  del  procesado  los derechos a la dignidad, honra y buen  nombre, aún periclitantes si se opta por la otra solución.   

Mírese,  igualmente,  en  punto  de  los  perjuicios  civiles  derivados  de  la  conducta  punible,  cómo  la  solución  adoptada, puede conducir a efectos bastante diferentes.   

Sobre  el  particular,  si  la  persona es  absuelta,  y  esa  decisión cobra pleno vigor porque se estima que el delito no  existió  o ella no lo cometió, se cierra la puerta a la posibilidad de que por  la  vía  civil  se puedan reclamar perjuicios derivados del ilícito, como así  lo consagra el artículo 57 del C. de P. P.:   

‘Efectos de la  cosa  juzgada  penal absolutoria. La acción civil no  podrá  iniciarse  ni  proseguirse  cuando se haya declarado, por providencia en  firme,  que la conducta causante del perjuicio no se realizó o que el sindicado  no  lo  cometió  o  que  obró  en estricto cumplimiento de un deber legal o en  legítima defensa.’   

Conocido  que  la prescripción en materia  civil  tiene  unos  límites  diferentes  de  los  propios  del  trámite penal,  elemental  surge  que  en  caso  de  absolución  por los factores citados en la  norma,  resulta  ello  más  favorable  a  la  persona,  que la simple decisión  interlocutoria   de   prescribir   la  investigación,  pues,  en  esta  última  circunstancia  sigue  latente la posibilidad de que por la vía civil se reclame  pago de perjuicios.   

Y  ya  abordado el tema indemnizatorio, no  puede  pasar  por  alto  la  Corte cómo las recientes decisiones del Consejo de  Estado,   en   punto   del  pago  de  perjuicios  a  quien  ha  sido  objeto  de  investigación  penal  y detención por este motivo, entraña profundo beneficio  para  la  persona  absuelta  incluso por duda probatoria, pues, en estos asuntos  –véase  la  decisión  del  4  de  diciembre  de 2006, Sección Tercera, Radicado 13168-, se presume la  falla estatal y basta la decisión absolutoria para ese efecto.   

No  parece  a  la  Corte,  acorde  con  lo  anotado,  que  la  decisión  de  decretar  la  cesación  de  procedimiento por  prescripción,  deba surgir automática a la verificación objetiva del paso del  tiempo,  haciéndose  menester una evaluación previa que parta por auscultar la  protección  de  los  legítimos  derechos  del procesado, si se tiene claro que  otra   opción,   dígase   la   absolución,   tiene   mejor   fortuna  en  ese  cometido.   

En   términos   generales,  es  preciso  relevarlo,  ante  el  doble  camino  de absolver o decretar la prescripción, el  juez  debe  optar  por  la  solución  que  de manera más acabada restituya los  derechos  conculcados, o cuando menos limitados o puestos en tela de juicio, del  acusado,  y ella, no cabe duda, es el mecanismo absolutorio que, desde luego, no  opera  en  cualquier  momento,  sino  en  los  casos  específicos en los que el  asunto,  por  obra  de la tramitación adelantada, ya ha cubierto las diferentes  etapas  investigativa  y  de  enjuiciamiento,  hallándose  a  despacho  para la  decisión de fondo.   

Esto, porque no se trata de desvertebrar el  proceso  debido  y  la  estructura  antecedente  consecuente  del mismo, sino de  facultar  al  fallador  para  que,  enfrentado al parangón antes destacado, con  plena  autonomía para decretar la prescripción o emitir la sentencia que se le  demanda,  escoja  con  absoluta competencia, la más adecuada de las soluciones.  Esto,   por  cuanto,  si  bien  puede  significarse  que  al estado, con el  advenimiento  del  plazo  prescriptivo, se le ha agotado la posibilidad de   ejercer  la  acción  penal,  no  ocurre  igual con la obligación, en cuanto se  erige  el  juez  como garante de los derechos de las personas involucradas en el  proceso, de restablecer unas dichas garantías.   

Sólo  así  puede  significarse  que  el  funcionario  cumple  adecuadamente  con  el  principio  rector  consignado en el  artículo 9° del C. de P.P., en cuanto reza:   

‘Actuación  procesal.  La  actuación  procesal se desarrollará  teniendo  en  cuenta  el  respeto  a  los  derechos fundamentales de los sujetos  procesales  y  la  necesidad  de  lograr  la  eficacia  de la administración de  justicia      en      los      términos     de     este     código’.   

Y  si, además el artículo primero de los  códigos  Penal  y  de Procedimiento Penal, destaca como valor primordial el del  respeto  a la dignidad humana y ambas codificaciones remiten como fuente directa  de  aplicación,  a  las  normas  que  integran el bloque de constitucionalidad,  expedito  se  halla el camino para que, precisamente buscando materializar   los  derechos  fundamentales  del vinculado al proceso, se dé plena aplicación  al   artículo  228  de  la  Carta,  respecto  de  la  prevalencia  del  derecho  sustancial.   

Es  claro,  eso  sí,  que  cuando el  asunto  apenas se tramita y no ha alcanzado el estado que permite al funcionario  judicial  emitir  decisión  de fondo, ya  surge automática y necesaria la  obligación  prescriptiva,  en el entendido que el paso del tiempo ha cobrado su  efecto  y  no es posible que se continúe adelantando el proceso, a menos, desde  luego,  que  el  encartado  renuncie  a la prescripción, caso en le cual sí se  hace  necesario  agotar  el  debate  jurídico, con involucramiento de todas las  partes.   

En  todo  caso,  debe  relevar  la  Corte,  precisamente  por ocasión de que el encartado entienda mejor otras opciones, ha  de  darse  plena  operatividad  a la posibilidad de renuncia a la prescripción,  contemplada  en  el  artículo 44 del C. de P.P., razón por la cual, a pesar de  que  la  decisión prescriptiva se tome, entre otras circunstancias posibles, en  sede  del  fallo  de  casación,  corre  el tiempo de ejecutoria del mismo, para  facultar    posible    la    dicha   renuncia.”2   

Trasladada   al   caso  concreto  la  cita  jurisprudencial,  es  claro  que  resulta  más favorable para el acusado que se  decrete  aquí  la  cesación  de  procedimiento por prescripción de la acción  penal,  pues,  si bien se le absolvió en segunda instancia, no puede soslayarse  que  el  asunto  ha  subido  en  sede de casación precisamente por razón de la  inconformidad  de la representación de la parte civil con lo decidido, buscando  se   case  el  fallo  de  segundo  grado  y,  en  consecuencia,  se  decrete  la  responsabilidad penal del procesado.   

Bajo este parámetro básico, de no acudirse  a  la  declaratoria  del  fenómeno  prescriptivo,  es  posible que se aborde el  examen  de  fondo  del  proceso  y  ello  pueda  conducir a que se condene a los  acusados,  acorde  con  lo  solicitado  por  el  demandante.  Para  enervar  esa  posibilidad,  entonces,  emerge  como  mejor  solución  a  los intereses de los  procesados, la que ahora se anuncia.   

Ahora bien, como el fenómeno jurídico de la  prescripción  se  presentó cuando el proceso se encontraba en el tribunal para  efectos  de  la  emisión  y notificación del fallo de segundo grado, lo viable  era   que   esta  autoridad  hubiera  procedido  ipso  facto  a dar aplicación al artículo 83 de la Ley 599  de  2000, pues, una vez se presenta la prescripción, el único camino a seguir,  con  el  matiz  jurisprudencial  arriba citado, es su declaración por parte del  funcionario  judicial que tiene el proceso, y no esperar a que se cumpla todo el  trámite  de  rigor  para  que  el  superior  jerárquico  proceda a decretar la  extinción  de  la  acción  penal.   Un  tal proceder va en contravía del  principio  de  celeridad  consagrado  en  el  artículo  4 de la Ley 270 de 1996  -pronta  y  cumplida  administración  de  justicia-,  lo  que  de  suyo  genera  congestión  judicial  y  que  los superiores jerárquicos dediquen tiempo a ese  tipo  de  situaciones,  en lugar de utilizarlo en resolver más rápidamente los  asuntos sometidos a su consideración.   

Por lo expuesto, la  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

          1.   DECLARAR  prescritas las  acciones  penal  y  civil  en  el  presente  proceso  adelantado  en  contra  de  CLAUDIO      CABEZAS      ARCINIEGAS  y  LUÍS  FERNANDO SIMÓN  ANTONIO  MURCIA ANGARITA   por  el  delito     de     Estafa    agravada    por    la  cuantía.   

        2.    Como   consecuencia   de   lo   anterior,  ORDENAR  LA CESACIÓN DEL PROCEDIMIENTO  seguido contra los mencionados procesados.   

        3.        ORDENAR  la  cancelación  de las medidas restrictivas personales y sobre  sus   bienes   que   se  hayan  impuesto  a  CABEZAS  ARCINIEGAS          y          MURCIA       ANGARITA, por razón de este proceso.   

        4.   Contra  este  auto  procede el  recurso de reposición.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

                                                                                        I M P E  D I D A   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                         MARÍA  DEL  ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                           JORGE   LUÍS   QUINTERO  MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                           JULIO    ENRIQUE   SOCHA  SALAMANCA   

MAURO   SOLARTE   PORTILLA                         JAVIER   DE  JESÚS  ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria     

1   Artículo  29  de la Constitución Política, artículo 44  de  la  Ley  153  de  1887,  artículo 6º del Código Penal y artículo 6º del  Estatuto Procesal Penal.   

2    Sentencia de Casación del 16 de mayo de 2007.   Radicación 24374.     

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