10166 (21-01-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    PARTE CIVIL-Interés para recurrir  

La  doctrina  de la  Corte  ha  sido  clara  en  señalar  que  si  la  pretensión de la parte civil  consiste  en  procurar  una  mayor  drasticidad  en  el  tratamiento  penal  del  procesado,  sin  implicación  alguna  en  la  determinación de los perjuicios,  carece  de  interés  para  combatir  el fallo a través del recurso, pero si la  modificación   propuesta   comporta  para  ella  beneficios  resarcitorios,  su  pretensión  deviene  legítima,  como  cuando  la  sentencia  reconoce  que  la  víctima  se  expuso imprudentemente al daño y la parte civil procura demostrar  lo  contrario.  Sobre  este  respecto,  la Sala, en providencia de febrero 25 de  1993,  entre  otras,  con  ponencia  del Magistrado doctor Guillermo Duque Ruiz,  puntualizó:    

“…si  en  el  fallo  se  ha  declarado  la  responsabilidad  del  procesado,  la parte civil no está legitimada para buscar  con  la  apelación  el  incremento de la pena impuesta, porque la dosificación  que  de  esta  haga  el juzgador no incide para nada en el reconocimiento de los  perjuicios  ni  en  su  monto.  Pero  de lo anterior no puede concluirse que sea  ´extraña…  a  la calificación del delito´, como lo afirma el actor, porque  de  esta calificación a veces depende la concreción de los perjuicios. Para la  tasación  de  éstos,  por ejemplo, no es lo mismo que al acusado se le condene  por  un  delito intencional, sin atenuantes, o que se le reconozca la diminuente  prevista  en  el  artículo  60  del  Código  Penal (ira o intenso dolor), pues  siempre  en este último caso la indemnización de perjuicios será menor que en  el  primero,  porque  la  víctima,  al  provocar  grave  e  injustamente  a  su  victimario,  se  expuso  imprudentemente al daño sufrido: ´La apreciación del  daño  está  sujeta  a  reducción,  si  el  que  lo ha sufrido se expuso a él  imprudentemente  (art.2357  del  Código  Civil).  En  síntesis, pues, la parte  civil  tiene  interés  jurídico para controvertir la adecuación típica de la  conducta  criminosa, cuando esta adecuación tenga incidencia en la tasación de  los  perjuicios.  Y  si  al ad quem encuentra que tiene razón, debe reconocerlo  así,  no  obstante que ello implique un incremento punitivo, como sucedería en  el  caso  de que se revocara el reconocimiento de la diminuente antes citada. Lo  que  no  puede  pretender la parte civil es el agravamiento de la situación del  procesado,  si  ello  no  tiene  incidencia  alguna  en la determinación de los  perjuicios”.   

PROCESO  No. 10166            

         

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.04   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe  de  Bogotá,  D. C., veintiuno de  enero de mil novecientos noventa y ocho.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  22  de  julio  de  1994,  mediante  la  cual  el  Tribunal Superior del Distrito  Judicial   de  Bogotá  condenó  al  procesado  JOSE  ANTONIO  LUNA  CARTAGENA  a  la pena principal de 126  meses  de  prisión, al hallarlo responsable de los delitos de homicidio y porte  ilegal   de   armas   de   fuego  de  defensa  personal,  en  concurso  material  homogéneo.   

                      Hechos y  actuación    procesal.-            

                      El 23 de  agosto  de  1992,  aproximadamente  a  las  4:30 de la tarde, en el barrio Marco  Fidel  Suárez  de  Santa  Fe  de  Bogotá, se suscitó entre José Antonio Luna  Cartagena  y  Edgar  Fernández Manrique una pendencia, en desarrollo de la cual  el  primero,  luego  de  haber  intercambiado  insultos y puños con el segundo,  decidió  accionar  en  su  contra  el  arma  de  fuego que portaba, causándole  heridas que minutos mas tarde determinaron su muerte.   

                    Iniciada la  investigación  por  estos  hechos,  la  Fiscalía  vinculó al proceso mediante  indagatoria  a  Luna Cartagena y resolvió su situación jurídica con medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  por los delitos de homicidio y porte  ilegal de armas de fuego de defensa personal (fls.25, 38 y 46-1).   

                      Sobre lo  acontecido,  el  imputado  manifestó  no  recordar nada, excepto que se ocultó  dentro  de  un  carro  viejo,  y  que minutos más tarde, inconsciente de lo que  había  sucedido,  regresó  al  lugar de los hechos, donde lo acusaron de haber  dado muerte a Edgar (fls.38 y ss).   

                       De  los  testimonios  recibidos  en el curso de la investigación deben destacarse los de  Gloria  Amparo Rodríguez Jiménez y Yorman Augusto López Muñoz, personas que,  en parte, presenciaron el desarrollo de los hechos.   

                        Gloria  Amparo  sostuvo  desconocer  los motivos de la pelea porque cuando se acercó al  lugar  ya  José  Antonio  Luna  Cartagena  y  Edgar Fernández Manrique estaban  discutiendo.   En  esos momentos el altercado giraba en torno a la tenencia  del  revólver,  pues  José  Antonio  (propietario)  se negaba a prestárselo a  Edgar.  En  el  curso  de  esta  discusión, José Antonio hizo tres disparos al  aire,  luego  de  preguntarle a su adversario si lo que quería era oír detonar  el  arma.  Esta  actitud  hizo que Edgar se alterara mucho más y que nuevamente  intercambiaran  reclamos e insultos. José Antonio resolvió desafiarlo a que se  dieran  “trompadas”  y  los  dos se fueron a los puños por varios minutos, pero  cuando  se vio ensangrentado debido a los golpes que recibía, decidió sacar de  nuevo  el  arma y accionarla en dos ocasiones contra Edgar, quien a pesar de las  heridas  siguió  peleando,  hasta  caer  en  un  pequeño barranco, en donde el  victimario     logró     zafarse    y    salir    corriendo    (fls.8,57-1    y  78-2).         

                        Yorman  Augusto  comenta  que encontrándose en una tienda del barrio, por donde habían  pasado  hacía  algunos  momentos Edgar y José Antonio, escuchó tres disparos.  En  seguida,  se  dirigió  a  investigar  lo  ocurrido,  percatándose  que  se  encontraban  forcejando,  y  que  ambos  tenían  la cara ensangrentada. Siguió  caminando  hacia  ellos, pero cuando se hallaba a unos seis metros de distancia,  José  Antonio sacó el revólver y le disparó a Edgar casi a quemarropa, quien  en  ese  momento  trataba  de desarmarlo. Luego rodaron por un barranco, pues la  víctima   no  cayó  inmediatamente  sino  que  siguió  peleando  (fls.29-1  y  87-2).         

                     Clausurada  la  investigación,  se  la  calificó  el 17 de febrero de 1993 con resolución  acusatoria  por  los  delitos  de  homicidio y porte ilegal de armas de fuego de  defensa  personal,  conforme  a  lo  previsto  en  los  artículos 323 y 201 del  Código  Penal, este último modificado por el 1º del Decreto 3664 de 1986, hoy  artículo 1º del Decreto 2266 de 1991 (fls.144-1).   

                     Rituada la  causa,  el  Juzgado  Treinta  y Siete Penal del Circuito de Santa Fe de Bogotá,  mediante  sentencia  de 17 de marzo de 1994, condenó al procesado José Antonio  Luna  Cartagena  a  la  pena principal de 46 meses de prisión y la accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo término, como  autor  responsable  de  los delitos de homicidio en estado de ira y porte ilegal  de  armas de fuego de defensa personal. De igual manera, al pago del equivalente  en  moneda nacional a 800 gramos oro por concepto de perjuicios materiales y 200  gramos oro por concepto de perjuicios morales (fls.214-2).   

                      Tanto la  defensa  como  el apoderado de la parte civil recurrieron este fallo; la primera  para  demandar  la  absolución  del  procesado  por  el delito de homicidio; el  segundo,  para  buscar  el desconocimiento de la deminuente de la ira y una más  justa condena pecuniaria (fls. 236 y 239-2).   

                    El Tribunal  Superior,  mediante  la sentencia que ahora es objeto del recurso extraordinario  de  casación,   revocó  el  otorgamiento de la atenuante del artículo 60  del  Código  Penal  y condenó al procesado a la pena principal de 126 meses de  prisión;  la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas por  el  término  de 10 años; y, al pago del equivalente en moneda nacional de 1500  gramos  oro  por concepto de perjuicios materiales y 400 gramos oro por concepto  de  perjuicios  morales,  como  autor  responsable de los delitos de homicidio y  porte   ilegal   de   armas   de   fuego   de   defensa   personal   (fls.24   y  ss.-3).   

                          La  demanda.-   

                        Con  fundamento  en la causal primera de casación, dos cargos presenta la recurrente  contra la sentencia impugnada.   

                      Cargo  primero. Violación directa de la ley sustancial por  errónea  interpretación  del  artículo 48 del Código de Procedimiento Penal,  al  considerar el ad quem que la parte civil tenía legitimidad para impugnar el  fallo  de  primera  instancia,  con  el  fin  de  desmejorar las condiciones del  procesado.   

                    Sostiene  que   este   sujeto   procesal   solo  puede  actuar  conforme  a  su  finalidad  indemnizatoria,  en  la  medida  que  la  sentencia de primera instancia le haya  desconocido  o menguado este derecho, pero no a efectos de hacer más gravosa la  situación del procesado.   

                         El  Tribunal  interpretó  también  erróneamente  el artículo 196B del Código de  Procedimiento  Penal,  ya  que  dio  por  sustentado  el  recurso  de apelación  interpuesto  por  el  apoderado de la parte civil contra la sentencia del a quo,  sin  que  lo  hubiera hecho, pues, dicho escrito, no expresa las razones por las  cuales el apelante disiente de la decisión impugnada.    

                       Esta  indebida   interpretación  de  las  normas  procesales  citadas,  llevó  a  la  violación  indirecta del artículo 31 de la Constitución Política, por cuanto  se  relegó  a  un  segundo  plano  la  posibilidad de ser el procesado apelante  único.   

                    Pide, en  consecuencia,  se case la sentencia impugnada y, en su lugar, se convalide la de  primera instancia.   

                      Cargo  segundo.  Subsidiariamente,  el  demandante acusa el  fallo  impugnado  de  violar  indirectamente  la  ley sustancial, por errores de  hecho  en la apreciación de las pruebas, concretamente del testimonio de Gloria  Amparo Rodríguez Jiménez, que no fue analizado en su integridad.   

                    Sostiene  que  la  sentencia  de  segunda  instancia,  objeto del recurso de casación, se  construye  sobre  el  supuesto  de que el motivador de la riña fue el procesado  Luna Cartagena, según se desprende del siguiente aparte: ”   

porque la evidencia de los hechos no permite  hacer  abstracción  distinta a la de que el motivador de la riña fue el señor  LUNA  CARTAGENA,  de  quien  incluso dice la testigo GLORIA AMPARO RODRIGUEZ, le  ofreció   en   venta   el   revólver   que   ilegalmente   portaba,   al   hoy  occiso”.   

                     Si  se  estudia  la  declaración de esta testigo, se advertirá que a la pregunta de la  fiscalía  de  si sabía el origen de la discusión, contestó: “no, no tengo ni  idea”,   aclarando   que   lo  único  que  escuchó  fueron  los  insultos  que  recíprocamente  se  proferían. Supone, por el contrario, que algo muy ofensivo  debió  haberle  dicho  José  Antonio  a  Edgar, ya que éste se encontraba muy  agresivo, como nunca antes lo había visto.   

                      Igual  ocurre  con  el  testimonio  de  Yorman Augusto López Muñoz, quien solo vino a  enterarse  de  lo que sucedía cuando ya se encontraban enfrentados, y quien, al  igual  que la anterior, manifiesta desconocer los motivos que dieron origen a la  reyerta.  Luego, se pregunta, ¿ puede de estas declaraciones deducirse que LUNA  CARTAGENA dio origen a la riña?.   

                       Esta  provocación  no está probada en el proceso, y si algo se deduce del testimonio  de  Gloria  Amparo,  es  que  el procesado trató de evitar el problema haciendo  varios  tiros  al  aire,  y cuando disparó contra Edgar, lo hizo en respuesta a  los ataques de que era víctima.   

                     De esta  manera,  se  quebrantó  el  artículo 445 del estatuto procesal, que impone que  toda  duda,  cuando  no  haya  modo de eliminarla, ha de resolverse en favor del  sindicado,  debiéndose, por tanto, casar la sentencia impugnada, para que en su  lugar  se  declare  que  el  procesado  actuó  en  estado  de  ira, conforme se  reconoció en el fallo del a quo (fls.69 ss. cd. Tribunal).   

                    Concepto  del Ministerio Público.-   

                         En  referencia  al primer cargo, el Procurador Segundo Delegado en lo Penal sostiene  que  si  la  condenación  en  perjuicios  es  una  consecuencia  directa  de la  declaración  de  responsabilidad  penal,  la conclusión a que debe llegarse es  que  la  indemnización  ordenada  en  el fallo de primera instancia incluía la  diminuente  del  estado de ira y, por virtud de este reconocimiento, una condena  menor  en  perjuicios.  Pensar  lo  contrario,  sería entrar en el campo de las  especulaciones  acerca de lo que ha debido ser el entendimiento del sentenciador  de primera instancia.   

                     Siendo  ello  así,  la parte civil se hallaba legitimada para apelar la sentencia del a  quo,  en  procura de la exclusión del reconocimiento del estado de ira, el cual  conllevaba  una  directa  implicación  negativa  en  el aspecto pecuniario. Por  tanto,  el  argumento impugnatorio que así se formula, pierde sentido de cara a  una  válida  propuesta  casacional.  Igual sucede con el cuestionamiento que la  demanda  contiene por ausencia de sustentación del recurso, pues basta examinar  el  memorial  impugnatorio  para  despejar  cualquier  duda acerca de la acusada  carencia de fundamentación.   

                         En  relación  con  el  segundo  cargo, sostiene que el valor que el sentenciador le  asigna  a  los  elementos de juicio que conforman el acervo probatorio, no puede  ser  cuestionado  en  sede  de casación, por estar cimentada su apreciación en  las  reglas  de  la  sana  crítica,  y  estar  amparada la sentencia de segunda  instancia en la doble presunción de acierto y legalidad.   

                         La  equivocada  formulación  del  cargo  se  evidencia  en  la  pretensión  de  la  demandante  porque  la  valoración  que  debe  dársele al testimonio de Gloria  Amparo  Rodríguez  sea otra, sugiriendo que sean los apartes que favorecen a su  cliente  los  llamados  a  ser  tenidos  en cuenta. Su intención, es imponer su  criterio  al  del  sentenciador,  alejándose  por  completo  de  una  verdadera  demostración de la censura.   

                       Este  desatino  técnico,  traduce  un  desvío del cargo hacia los terrenos del falso  juicio  de  convicción,  por error de derecho, y no de hecho, como inicialmente  se  anunció.  Lo curioso, es que la demandante piense que la versión de Gloria  Amparo  favorece  a su defendido, cuando en el decurso de su relato sostiene que  el  propiciador  de  la  riña  fue  José  Antonio,  a tal punto que, según la  exposición, es quien arremete verbalmente contra el hoy occiso.   

                                           Consecuente  con  sus argumentaciones, sugiere a la Corte no casar  la sentencia impugnada.   

                         SE  CONSIDERA:   

                      Cargo  primero.-   

                         No  obstante  no  haber  sido precisadas en la demanda las razones por las cuales el  apoderado  de la parte civil carecía de legitimación para recurrir el fallo de  primer  grado,  y  resultar,  por  esta  razón,  incompleta  la  censura, ha de  señalarse,  una  vez  más,  que  no  por  tratarse de sentencia condenatoria o  implicar  desmejoramiento  de  la  situación  jurídica del procesado, la parte  civil tiene vedada la posibilidad de impugnarla.   

                         En  relación  con  este  aspecto, la doctrina de la Corte ha sido clara en señalar  que  si  la  pretensión  de  la  parte  civil  consiste  en  procurar una mayor  drasticidad  en  el  tratamiento penal del procesado, sin implicación alguna en  la  determinación  de los perjuicios, carece de interés para combatir el fallo  a  través  del  recurso,  pero si la modificación propuesta comporta para ella  beneficios  resarcitorios,  su  pretensión  deviene  legítima,  como cuando la  sentencia  reconoce  que  la  víctima  se  expuso imprudentemente al daño y la  parte  civil  procura  demostrar  lo contrario. Sobre este respecto, la Sala, en  providencia  de  febrero  25  de  1993, entre otras, con ponencia del Magistrado  doctor Guillermo Duque Ruiz, puntualizó:    

“…si  en  el  fallo  se  ha declarado la  responsabilidad  del  procesado,  la parte civil no está legitimada para buscar  con  la  apelación  el  incremento de la pena impuesta, porque la dosificación  que  de  esta  haga  el juzgador no incide para nada en el reconocimiento de los  perjuicios  ni  en  su  monto.  Pero  de lo anterior no puede concluirse que sea  ´extraña…  a  la calificación del delito´, como lo afirma el actor, porque  de  esta calificación a veces depende la concreción de los perjuicios. Para la  tasación  de  éstos,  por ejemplo, no es lo mismo que al acusado se le condene  por  un  delito intencional, sin atenuantes, o que se le reconozca la diminuente  prevista  en  el  artículo  60  del  Código  Penal (ira o intenso dolor), pues  siempre  en este último caso la indemnización de perjuicios será menor que en  el  primero,  porque  la  víctima,  al  provocar  grave  e  injustamente  a  su  victimario,  se  expuso  imprudentemente al daño sufrido: ´La apreciación del  daño  está  sujeta  a  reducción,  si  el  que  lo ha sufrido se expuso a él  imprudentemente  (art.2357  del  Código  Civil).  En  síntesis, pues, la parte  civil  tiene  interés  jurídico para controvertir la adecuación típica de la  conducta  criminosa, cuando esta adecuación tenga incidencia en la tasación de  los  perjuicios.  Y  si  al ad quem encuentra que tiene razón, debe reconocerlo  así,  no  obstante que ello implique un incremento punitivo, como sucedería en  el  caso  de que se revocara el reconocimiento de la diminuente antes citada. Lo  que  no  puede  pretender la parte civil es el agravamiento de la situación del  procesado,  si  ello  no  tiene  incidencia  alguna  en la determinación de los  perjuicios”.   

                  En el caso  objeto  de  estudio,  la  sentencia de primera instancia reconoció al procesado  Luna  Cartagena  la  atenuante del estado de ira prevista en el artículo 60 del  Código  Penal,  y  aún  cuando  expresamente  no  lo dijo, es de obviedad suma  suponer  que  esta  declaración  incidió  en  la  tasación  de los perjuicios  causados  con el delito, como lo entendió el representante de la parte civil al  impugnar  el  fallo  para  buscar  la  desestimación  de la atenuante y una mas  equitativa  liquidación  de  los mismos. Luego, en lo relativo a la ausencia de  legitimación  de  la  parte  civil  para recurrir el fallo, no le asiste razón  alguna a la casacionista.   

                     Tampoco  acierta  la  demandante  al  cuestionar  la  validez  del  fallo por ausencia de  sustentación  del  referido recurso, pues si se acude al memorial impugnatorio,  sin  mayor  esfuerzo  se  advierte  que  la  razón  de  ser  del  disenso y sus  fundamentos  aparecen claramente determinados en el escrito, y que estos guardan  relación  con  los aspectos que habilitaban a la parte civil para interponerlo.  Veamos, en lo esencial, los argumentos expuestos por el libelista:   

                    “En la  providencia  reclamada se condena a JOSE ANTONIO LUNA C., a la pena principal de  cuarenta  y  seis  (46) meses de prisión como autor responsable del concurso de  hechos  punibles  de  homicidio  y  porte ilegal de armas, habiéndose tenido en  cuenta  en  la  dosificación  punitiva  los  parámetros  del  artículo 60 del  Código Penal, lo que motiva mi disensión.   

                    “Es que  analizando  el  plenario  se  infiere  que  en  punto  a  reconocimiento  de  la  circunstancia  de disminución de la pena, ira (sic), consagrada en el artículo  60 del Código de penas, riñe con la realidad procesal.   

                 “Sabido es  que,  para  que  se  proceda  a tal reconocimiento de aquella disminuente (sic),  deben  reunirse  los presupuestos fácticos de la norma en cita: a) Que el hecho  se  cometa  en estado de ira o intenso dolor, siendo imperativo invocar en autos  la  ira.  b)  Que  ese  estado  hubiera  sido  fruto  del comportamiento grave e  injusto.   

                                          (…)   

                  “Pero, en  el  caso  sub  judice no se evidencia que el hoy occiso hubiera actuado en forma  tal   que   ameritara  una  reacción  iracunda  de  parte  del  procesado  LUNA  CARTAGENA.   

                       “En  efecto,  según  la  testigo  principal  GLORIA  AMPARO RODRIGUEZ J., fl.79, las  ofensas,   ultrajes   e   insultos  eran  recíprocos.  Adicionalmente  de  esta  declaración  se  concluye  que  el personaje que entró en estado de ira no fue  precisamente  LUNA  CARTAGENA  sino EDGAR FERNANDEZ, ya que la testigo de marras  dice  al  mismo  folio:  ´se  siguieron empujándose y tratándose groseramente  diciéndose   las   mismas  palabras  que  ya  se  habían  dicho,  lo  único  que  se es que ANTONIO tuvo que haberle dicho algo muy  ofensivo  a  EDGAR  porque  se  alteraron ya más ahí fue cuando se agarraron a  trompadas´.   

                      “Por  disentir  de  la  posición  del Juzgado al reconocer la disminuente (sic) de la  ira,  y por no compartir la dosificación de la pena principal impuesta, además  de  la  pecuniaria  por considerarla lesiva a los intereses de quien represento,  es  por  ello que impugno la sentencia antes aludida, a fin de que se REFORME la  condena  impuesta,  despachando  una  acorde con la realidad procesal y por ende  más ecuánime y justa” (fls.236 y 237-2).   

                   Adicional  a  lo anterior, es de sostener que los referidos cargos por ausencia de interés  para  impugnar  la  sentencia  de primera instancia e indebida sustentación del  recurso,  además  de  infundados,  se  hallan indebidamente planteados, pues el  error,  de existir, no sería de juicio sino de actividad, en cuanto conduciría  a  declarar  la  incompetencia  del  Tribunal para resolver la impugnación así  propuesta,  debiendo,  por  consiguiente,  haber  sido propuesto al amparo de la  causal tercera, no de la primera como se hizo.   

                       Esta  censura, por tanto, deberá desestimarse.   

                      Cargo  subsidiario.-   

                     Ha  de  señalarse,  en primer lugar, que este reproche, en los términos en que ha sido  planteado  por  la demandante, no amerita los cuestionamientos expresados por el  Procurador  Delegado  en  su  concepto,  en  el  sentido  de  que  solo contiene  críticas  personales  al  análisis  valorativo  de  los medios de convicción,  específicamente  del  testimonio  de  Gloria  Amparo Rodríguez Jiménez.    

                         El  planteamiento  de  la  censora,  ninguna relación guarda con este aspecto de la  apreciación  probatoria.  Sus  alegaciones, como se dejó visto en la síntesis  que  se  hizo  de  la  demanda,  aluden claramente a un error de hecho por falso  juicio  de  identidad,  que enuncia y desarrolla aceptablemente, en cuanto parte  del  supuesto de que el Tribunal, al sostener que el “motivador de la riña” fue  su  representado, puso en boca de los testigos Gloria Amparo Rodríguez Jiménez  y Yorman Agusto López afirmaciones que éstos nunca hicieron.   

                                                     

                      Dicho  cuestionamiento  es parcialmente cierto, pues los citados deponentes no señalan  en  concreto  a  ninguno de los adversarios como iniciador de la reyerta; por el  contrario,  dijeron  desconocer  los  motivos  que  la  originaron, debido a que  llegaron     al     escenario     de     los    hechos    cuando    ya    había  comenzado.      

                   Verdad es  igualmente   que   el  Tribunal,  al  desechar  la  atenuante,  arguyó  que  el  propiciador  de  la riña fue el procesado José Antonio Luna Cartagena, pero se  equivoca  la  demandante  al asumir que el ad quem tomó esta afirmación de las  declaraciones  de  los  referidos  testigos.  Su  postura,  no  solo responde al  análisis  del acontecer fáctico en general, como puede verse en los apartes de  la  providencia  en  donde estudia este aspecto, sino a la consideración de que  el  acusado  fue  quien  finalmente  desafió  a pelear a la víctima, según lo  refirió  la  testigo  Rodríguez  Jiménez.  Los siguientes segmentos del fallo  resumen, en esencia, la posición del Tribunal:      

                    “Ahora  bien,  el  a  quo  reconoció  la  circunstancia atenuante de la ira (art.60 del  C.P.),  fundándose  en  la  actitud  ´injusta  y  agresiva´de EDGAR FERNANDEZ  contra  JOSE  ANTONIO para la obtención del revólver. Dicha apreciación no la  comparte  la  Sala  de  Decisión  Penal,  porque  la evidencia de los hechos no  permite  hacer abstracción distinta a la de que el motivador de la riña fue el  señor   LUNA  CARTAGENA,  de  quien  incluso  dice  la  testigo  GLORIA  AMPARO  RODRIGUEZ,  le  ofreció  en  venta el revólver que ilegalmente portaba, al hoy  occiso (fl.57 s- cuad.2).   

                       “Si  entonces  el  generador de toda la situación es el propio sindicado, quien como  ya  se  dijo  fue  quien retó a pelear a EDGAR FERNANDEZ, por lo que se le debe  atribuir  la  causación  de la riña, de acuerdo con las circunstancias previas  ya  anotadas,  mal  pude  ahora accederse al reconocimiento de la ira, cuando ni  siquiera  a tal evento tan interior y subjetivo, hizo mención el sindicado a lo  largo del proceso.   

                       “La  jurisprudencia  ha  reiterado  que  para  el reconocimiento de esa circunstancia  específica  de  atenuación  se  requiere  que  el  agente obre en estado  de alteración anímico o de pasión o emoción por la ira  e  intenso  dolor, y que esa circunstancia haya surgido como consecuencia de una  provocación,   por  comportamiento  ajeno   grave  e  injusto.  Y  en  verdad  que  en este caso, ninguno de tales requisitos se  cumple,  luego  mal puede atenderse positivamente dicho reconocimiento cuando la  situación fáctica lo refuta abiertamente” (fls.36-3).   

                     Además  del  referido  desacierto,  la  recurrente  no  desarrolla  en  su integridad el  ataque,  como  quiera  que  no  demuestra que respecto del procesado confluyen a  cabalidad  los  requerimientos  fácticos  exigidos para el reconocimiento de la  atenuante.   

                        Una  correcta   presentación   de   la  censura  imponía  no  solo  desvirtuar  las  conclusiones  del  fallo en el sentido de que su representado fue el propiciador  de  la  pendencia, sino acreditar que éste, contrariamente a lo allí afirmado,  fue  provocado  por  la  víctima,  y  que su conducta estuvo determinada por el  comportamiento  grave  e  injusto  de  ésta,  requerimientos que, se repite, no  cumple la demanda.   

                    El cargo  no prospera.   

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Segundo Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al Tribunal de origen. CUMPLASE.   

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA            JORGE ANIBAL  GOMEZ GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJIA   ESCOBAR                            DIDIMO   PAEZ   VELANDIA   

                         

NILSON    PINILLA   PINILLA                              JUAN   MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

                                        EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

                                                  Conjuez     

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

     

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