10172 (25-06-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    DEMANDA DE CASACION/ VIOLACION INDIRECTA DE LA  LEY /SANA CRITICA   

Incurre  el  defensor en notables desaciertos  técnicos  en  su formulación,  toda vez que simultáneamente ha predicado  las  dos modalidades de error sin advertir el diverso sentido y alcance que cada  una  de  ellas  tiene, pues como es bien sabido en el de hecho se está frente a  una  equivocada  expresión fáctica de la prueba, en tanto que en el de derecho  se  trata  de  un  yerro  sobre  la  significación jurídica que ella tiene, no  siendo admisible su alegación casacional a un mismo tiempo.   

Hoy  en  día  es  indiscutible  que  si  el  juzgador  en  cumplimiento  del mandato legal señalado en el art. 254 del C. de  P.P.,  justiprecia  las  pruebas  en  su  conjunto -con estricta sujeción a las  reglas  de  la  lógica  y  la  sana  crítica-  y con la debida exposición del  mérito  que  razonadamente  les  asigna,  no es viable atacar la sentencia bajo  ninguna  de las alternativas que teóricamente contempla la violación indirecta  de  la  ley sustancial, muchísimo menos con un método propio de las instancias  consistente  en  criticar  la  valoración  probatoria  del fallo impugnado y la  credibilidad  que  a los distintos medios demostrativos se ha dado, creando para  ello  una  personal  secuencia  de los hechos con la cual pretende oponerse a la  realidad de los que declaró como verdad probada el sentenciador.   

PROCESO No. 10172  

        CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

          Magistrado Ponente   

          DR. CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE   

          Aprobado Acta No.90   

     Santafé de Bogotá,  D.C.,   veinticinco   (25)   de   junio   de  mil  novecientos  noventa  y  ocho  (1.998).   

         VISTOS:   

      Decide la Corte el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto  por  el  defensor  de  JOSE  FERNANDO  JARAMILLO  MAZUERA  contra  la  sentencia  proferida  por  el Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de Ibagué el primero de septiembre de 1.994,  mediante  la  cual  confirmó  el fallo emitido por el Juzgado Primero Penal del  Circuito  de  Purificación  que  lo condenó a la pena principal de 11 años de  prisión  y  la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas por  10 años como autor responsable del delito de homicidio.   

         HECHOS:   

        Sucedieron  aproximadamente  a las diez de la noche del día primero de julio de 1.985 en la  discoteca  “Oasis  del  Sol”  ubicada  en  el lugar conocido como “Isla del Sol”  situado  en  la  represa  del  Municipio de Prado (Tolima), cuando JOSE FERNANDO  JARAMILLO  MAZUERA  quien  departía con varios amigos tuvo un altercado con uno  de  los  meseros  que  atendía  el  lugar  de  nombre  Jaime  Cuartas  Valencia  arrojándolo  al  piso de un golpe y absteniéndose de agredirlo con una botella  al  observar  que  aquél  abría  un  cajón del bar en actitud defensiva, para  dirigirse  a  donde  se  encontraban  sus  contertulios  y regresar de inmediato  portando  un  revólver  sin  hallar  en  ese  momento a Cuartas quien se había  lanzado  por  una  ventana  advertido  de que  venía armado, siendo en ese  momento  que  JARAMILLO MAZUERA preguntó a Carlos Arturo Aristizábal Bermúdez  quien  se  hallaba  sentado en la barra del bar: “usted qué ?”, a lo cual éste  apenas  le  contestó  “no  nada”,  para  de  inmediato hacerle un disparo en la  cabeza  que  le  produjo  una  severa lesión cerebral a consecuencia de la cual  murió.   

         ACTUACION PROCESAL:   

       Practicada   la  diligencia  de  levantamiento  de  cadáver  por  el  Inspector Departamental de  Policía  y  Ordenamiento  Físico  de  Rio  Prado  (Tol.), el Juzgado Promiscuo  Municipal  de  esta localidad abrió investigación mediante auto del 5 de julio  de  1.985, recepcionando los testimonios de Carlos Alberto Castañeda Bermúdez,  Jaime  Cuartas  Valencia,  Hernán  García  y  Mercedes  Ibarra,  como también  allegándose  al  proceso  el  protocolo  de necropsia practicado por el médico  legista  de  la  Unidad  Local  del  Hospital San Vicente de Paúl en el cual se  determina  como  causa  de la muerte del occiso una “lesión de masa encefálica  con    hemorragia    intracraneal   producida   con   proyectil   de   arma   de  fuego”.   

     Mediante auto   del   11   de   noviembre   de   1.986   el citado  Juzgado  declaró   “reo  ausente a JOSE FERNANDO o FERNANDO JARAMILLO  CASANOVA  o  FERNANDO  CASANOVA de anotaciones personales desconocidas  en  autos”,  siéndole  designado  un apoderado de oficio el que  fue   reemplazado  por  el  defensor  de  confianza  a  quien  JOSE FERNANDO JARAMILLO  MAZUERA otorgara poder en esta capital el 3 de septiembre de 1.987.   

      A  solicitud  del  nuevo  defensor fueron escuchados los testimonios de los amigos y familiares del  procesado  que  lo  habrían  acompañado en la noche que ocurrieron los hechos,  Hernando  Torres  Parrado,  Gloria  Cristina  Rodríguez  Jaramillo, Dennis Rene  Vargas  Vásquez, Gustavo León Buitrago Paris y Margoth Mejía Suárez, quienes  refirieron  que  la  víctima  portaba  un  arma  de  fuego que esgrimió contra  JARAMILLO  MAZUERA  razón  por  la  cual  éste  se vio precisado a dispararle.  También se amplió la declaración de Mercedes Ibarra.   

       Asignado   por  competencia  el proceso al Juzgado 20 de Instrucción Criminal de Purificación,  calificó   el  mérito  de  las  pruebas  el  12  de  mayo  de  1.989,  dejando  posteriormente   sin  valor  esta  determinación  mediante  interlocutorio  del  primero  de junio del mismo año, al decretar la nulidad de lo actuado en razón  a  que  tanto  la vinculación procesal del sindicado, como la notificación del  auto  por  medio  del  cual  se  produjo  el cierre investigativo, adolecían de  múltiples irregularidades.   

     Legalmente emplazado  JARAMILLO   MAZUERA   y   declarado   persona   ausente,   una  vez  cerrada  la  investigación,   mediante  auto  del  12  de  febrero  de  1.991  se  profirió  resolución  acusatoria  en  su  contra  por  el  delito  de  homicidio simple a  consecuencia del cual fue decretada su detención preventiva.   

      Tramitada la etapa  del  juicio, conoció entonces del proceso el Juzgado Primero Penal del Circuito  de  Purificación  profiriéndose  la  sentencia  de  primera  instancia que fue  confirmada    por    el    Tribunal    en    los    términos    precedentemente  señalados.   

         DEMANDA:   

      El  defensor  de  JARAMILLO  MAZUERA  propone  tres  cargos  contra  la  sentencia que impugna, el  primero como principal y los dos restantes como subsidiarios.   

          Primer  cargo   

      Con sustento en la  primera  causal  de  casación  del art. 220 del Código de Procedimiento Penal,  acusa  el  actor  la  sentencia  de  ser violatoria por vía indirecta de la ley  sustancial  en  razón  a  evidentes  “errores  de  hecho  y  de  derecho en que  incurriera  el  H. Tribunal Superior de Ibagué”, pues de acuerdo con el sistema  probatorio   vigente  en  nuestro  país,  las  pruebas “se aprecian por su  estimación  legal,  de  acuerdo con las reglas de la sana crítica”, que fue lo  que  no hizo el ad quem, incurriendo así en “un falso juicio de identidad de la  prueba  demostrativa  del  estado aminorante de ira que regula el art. 60 del C.  P.   

     Bajo este supuesto,  procede  a  reproducir  un  aparte de la sentencia impugnada con base en el cual  concluye  que  para  el  Tribunal  el  fenómeno  de  la ira si tiene existencia  procesal,   no   obstante   lo  cual  habría  dejado  de  aplicar  el  precepto  correspondiente,  debido a una “interpretación completamente ajena al verdadero  espíritu  de  la  mencionada norma”, al entender equivocadamente que la grave e  injusta  provocación  debía  provenir  directamente  de  la  propia  víctima,  quebrantándose  entonces  el art. 29 de la Carta Política. Pese a lo expuesto,  a  renglón  seguido  sostiene  que,  en  efecto,  Carlos Arturo Aristizábal si  incurrió  en  comportamiento “grave e injusto” al pretender bailar con la novia  de  JARAMILLO  MAZUERA  cuando  ella  se  encontraba  departiendo  en la mesa de  éste.   

      Apartándose de la  anterior  premisa,  resalta  a  renglón  seguido  que  la sentencia declaró la  responsabilidad   del   procesado  “al  otorgarle  mérito  probatorio  pleno  y  completo”  a  los  testimonios  de  Carlos  Alberto  Castañeda,  Jaime  Cuartas  Valencia  y  Hernán  García,  cuando  en  su  criterio  estos  no  merecen “la  credibilidad  exigida  para  llegar  al estado de certeza que predica el ar. 247  del C. de P.P.”.   

     Propone entonces una  secuencia  de  los  hechos  como  según  su  criterio  habrían  ocurrido, para  sostener  que  la conducta de JARAMILLO MAZUERA fue motivada por los celos “ante  los  requerimientos  amorosos  de  parte  de  Carlos  Arturo” a su novia, lo que  suscitó   la   “locura   transitoria”   del   procesado   que   tuvo  su  final  desencadenamiento   al   momento   de   presetarse  la  riña  con  los  meseros  .   

     En orden a concretar  el  error  del  sentenciador, afirma que este consiste en haber atribuido “pleno  valor  probatorio  al grupo de testigos” en que se fincó el fallo y “derivar el  convencimiento  de  la plena y completa responsabilidad del procesado” en lo que  aquéllos  expresaran,  incurriendo  de  este  modo  en “un error  de   derecho  por falso juicio de convicción”.   

      Desordenadamente,  alega  adelante, que JARAMILLO MAZUERA realmente se dirigía a agredir al mesero  Cuartas  Valencia  y no a Aristizábal Bermúdez, lo que hace evidente que nunca  tuvo  la  intención de hacerle daño a éste, es decir, que habría actuado con  “dolo  de  ímpetu”,  lo  cual  sirve  para  constatar  el  estado de ira en que  actuó.   

       A   manera   de  síntesis  del cargo, reitera el censor que el Tribunal no obstante reconocer su  existencia,  no  aplicó la diminuente del art. 60 del C.P., incurriendo así en  un   evidente   “error  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción”,  cuya  demostración  lo  lleva a solicitar a la Corte que case la sentencia impugnada,  procediendo  a  hacer  la  reducción  punitiva  al  procesado de acuerdo con el  referido precepto.   

         Segundo  cargo   

      Lo  propone  como  subsidiario,  con  apoyo  en  la causal primera del art. 220 del C. de P.P., por  error  manifiesto  de  hecho  en que dice incurrió el Tribunal al no aplicar el  principio   universal   del   in   dubio  pro  reo  que  consagra  el  art.  445  ibídem.   

     Destaca cómo en la  sentencia  se  reconoció  la  existencia  de dos grupos de declarantes así: el  primero,  conformado  por  Carlos  Alberto  Castañeda, Jaime Cuartas Valencia y  Hernán  García,  los  cuales  para  el  Tribunal  “brindan credibilidad por su  espontaneidad  y  coherencia,  así también por la armonía que guardan con las  demás  probanzas  que  conforman  el plenario”, cuando en su criterio “resultan  sospechosos  y  carentes  de  credibilidad”  y  el  segundo,  por Margoth Mejía  Suárez,  Gustavo León Buitrago, Denis René Vargas, Gloria Cristina Rodríguez  Jaramillo,  Hernando  Torres  Parrado  y  Mercedes  Ibarra,  los que “afirman la  inocencia  del  procesado”  e inclusive “sostienen que éste se  vió   obligado a actuar en legítima defensa de su vida”.   

       Sin   ninguna  fundamentación,  afirma  el  libelista  que  basta  la simple confrontación de  estos  dos  disímiles  grupos  de  testigos para aceptar que surge el fenómeno  jurídico  de  la  duda que debe favorecer al procesado, como en efecto solicita  lo reconozca la Corte.   

         Tercer  cargo   

      Esta  censura  la  formula  el  defensor  de  JARAMILLO  MAZUERA  también  como  subsidiaria  “por  violación  directa de la ley sustancial y por error de derecho”, de conformidad  con el ordinal primero del art. 220 del C. de P.P.   

      Recuerda el actor  que  al  no  haberse  imputado  en el calificatorio la específica agravante del  art.  324.7  del  C.  P.  la misma no fue deducida en la sentencia, toda vez que  ello  podía traer como consecuencia el menoscabo del debido proceso, pero en su  lugar,  el  juzgador  incrementó  la  pena  para el homicidio de acuerdo con la  genérica  causal  de  agravación  del  art.  66.1,  esto  es, haber actuado el  procesado  por  motivos  innobles  o  fútiles,  lo  que  no podía hacer, en su  concepto,   debido   a   que   esta   circunstancia  nunca  fue  probada  en  el  proceso.   

     Para el impugnante,  como  quiera  que  la  causal  aducida  no  le  permite  discutir la valoración  probatoria  del  juzgador,  afirma  que  su  alegato  es  en  estricto  derecho,  coligiendo  entonces  como  normas  infringidas  por  el Tribunal los artículos  artículos  1o,  6o,  7o  y  6o  por  falta  de  aplicación y el 323 y 66.1 por  aplicación   indebida,   aun   cuando   este   último  precepto  también  por  interpretación  errónea  “al  elevar  la  pena,  en  razón de que los motivos  inoble  o  fútiles,  invocads  para su aplicación, no están demostrados en el  proceso”.   

        CONCEPTO  DEL  PROCURADOR TERCERO DELEGADO EN LO PENAL:   

     Para el Procurador  Delegado  incurre  el  actor  en  múltiples  “imprecisiones y fallas técnicas”  dentro  de  la  proposición  y desarrollo del primer  cargo,   que   lo   conducen  necesariamente  a  su  desestimación.   

     Así, es equivocada  la  simultánea  postulación  de  errores  de hecho y de derecho que se hace en  este  reproche, máxime cuando no se distinguen los medios probatorios sobre los  que  recae uno y otro, por lo que tendría que entenderse que están referidos a  las mismas pruebas.   

      Además,  para el  Delegado,  desde  el  comienzo  mismo  de  la censura fácilmente se advierte la  falta  de  claridad del libelista en cuanto al sistema de valoración probatoria  que  nos rige, pues confunde la “estimación legal” como criterio referido a uno  tarifado,  con  la “sana crítica” que como se sabe está determinado por reglas  de la experiencia, la ciencia y la lógica.   

        Afirma   el  Ministerio  Público  que  el  actor  se  aleja por completo del marco de ataque  propuesto,  pues sólo de manera tangencial se refiere a las pruebas para llegar  a  concluir  que  el  Tribunal  “hace una interpretación completamente ajena al  verdadero   espíritu”  del  art.  60  del  C.P.,  evidenciándose  que  lo  que  verdaderamente  interesa a éste es que se reconozca la aminorante sobre la base  del   correcto  entendiemiento  de  la  norma,  pero  en  ningún  momento   porque   demuestre   que  los hechos fueron diversos  a  los  que declaró probados el Tribunal.   

      De  otra  parte,  sostiene  que no es aceptable la critica del actor a la valoración de la prueba  testimonial  que hiciera el fallador tomando en cuenta las condiciones en que se  percibieron  los  hechos  por los declarantes, la manera como los relataron y su  vinculación  con  los demás medios de convicción,  pues en este campo la  sentencia    viene    amparada    por    las    presunciones    de   acierto   y  legalidad.   

        Igualmente,  afirmaciones  tales  como que el procesado actuó “con dolo de ímpetu” o, en un  estado  de  “locura  transitoria”,  al estar referidas a la culpabilidad, restan  cualquier claridad que pudiera tener el ataque.   

      Observa  de  otra  parte  el  Delegado,  que  de  una  lectura  completa  de la sentencia impugnada  fácilmente  se  colige  que  la negativa para la diminuente de la ira no es por  una  diversa  concepción  de  los hechos, pues las circunstancias a que en este  campo  alude  el  actor  son  aceptadas por el Tribunal, solo que en el fallo se  establece   una  clara  separación  entre  el  momento  en  que  Carlos  Arturo  Aristizábal  estuvo  bailando  con  Mercedes  Ibarra  y  el  instante en que se  presenta  la  riña con el mesero, negándose por completo la existencia de nexo  causal  alguno  entre  uno  y  otro  hecho,  como además en su concepto resulta  verdaderamente indiscutible en el proceso.   

     Concluye, entonces,  que  ha  debido  el  actor  analizar cada uno de los elementos que configuran la  atenuante  de  la  ira  y  demostrar  que  en  el  caso  objeto de estudio ellos  concurren,  sin  discutir la valoración probatoria y no mezclar incorrectamente  “las  dos  formas  de  violación”  como  lo  hiciera  con  un deseo evidente de  anteponer su criterio personal al del juzgador.   

        En    estas  condiciones    estima    que    es    ostensible    la   improsperidad   de   la  censura.   

       Respecto   al  segundo cargo, refiere el  Procurador,  que  “El libelista solamente atina en esta oportunidad a invocar el  quebranto  correctamente, pero allí quedan sus pretensiones por cuanto en forma  genérica  advierte  que  no está de acuerdo con el poder de convicción que se  reconoció  por  el  juzgador  a  las  pruebas  que  fundamentan  su sentencia”,  destacando   simplemente   la   concurrencia  de  dos  grupos  de  testigos  con  declaraciones  contrapuestas  sin  que en su criterio pudiera el “juzgador tomar  partido por uno de ellos”.   

       Sobre   estas  afirmaciones  replica  el  Delegado  que  en  la  sentencia, contrariamente a lo  manifestado  por  el actor, en ningún momento el Tribunal aceptó la existencia  de  dudas sobre la responsabilidad del procesado, pues por el contrario dejó en  claro  su convencimiento con base en los testimonios que le parecieron dignos de  credibilidad.   

     Ha debido entonces  el  recurrente,  colige,  entrar  a demostrar cómo el juzgador desechó la duda  probatoria  evidente  y atacar, en consecuencia, la totalidad de las pruebas que  sirvieron  de  base  para  la  condena, como no procedió así debe condiserarse  incorrecta   la   proposición   de   la  censura  e  igualmente  deficiente  su  sustentación, solicitando en consecuencia sea desestimada.   

      Finalmente,  en  cuanto  al  tercer cargo,  observa  el  Procurador  Delegado que carece de lógica su proposición, pues no  es  correcto  que  afirme  el  libelista la violación directa del art. 66.1 del  C.P.  sobre  la base de que los supuestos de esta genérica agravante “no están  demostrados  dentro del contenido procesal”, ya que semejante afirmación sería  propia de la vía indirecta que no fue aducida.   

     Sostiene finalmente  el  Ministerio  Público,  que  no  es  acertado  considerar como violatorio del  debido  proceso  la  deducción  en  la  sentencia de una genérica agravante no  imputada   en   la  resolución  acusatoria,  pues  recuerda  que  la  polémica  doctrinaria   y   jurisprudencial   sobre  el  tema  -que  además  conllevaría  violaciones  del derecho de defensa-, está referida a las causales específicas  de  agravación  que  no han sido objeto de imputación en el calificatorio y no  respecto  de  las  genéricas que cumplen exclusivamente la función de permitir  el  ejercicio  de la discrecionalidad judicial al momento de tasar la pena en el  caso  concreto.  Precisamente  sobre  este  tema  encuentra  oportuno  citar  la  sentencia T-474/92 proferida por la Corte Constitucional.   

      También solicita  en  este caso se deseche el cargo, al no presentarse violación alguna de la ley  sustancial.   

        CONSIDERACIONES:   

       1.  El defensor de JOSE FERNANDO JARAMILLO MAZUERA propone contra la  sentencia  del Tribunal Superior de Ibagué un primer  cargo como principal, con apoyo en la causal primera  del  art.  220  del  C.  de  P.P. por violación indirecta de la ley sustancial,  afirmando  al  mismo  tiempo  la  presencia de errores manifiestos de hecho y de  derecho  a  consecuencia  de los cuales no se habría reconocido al procesado la  aminorante punitiva consagrada en el art. 60 del C.P.   

       2.  Siendo  esta  la formulación del reproche, como atinadamente lo  señala  el  representante  del  Ministerio  Público, debe destacar la Sala que  incurre  el defensor en notables desaciertos técnicos en su formulación,   toda  vez  que  simultáneamente  ha  predicado las dos modalidades de error sin  advertir  el diverso sentido y alcance que cada una de ellas tiene, pues como es  bien  sabido en el de hecho se está frente a una equivocada expresión fáctica  de  la  prueba,  en  tanto  que  en  el de derecho se trata de un yerro sobre la  significación  jurídica  que  ella  tiene,  no  siendo admisible su alegación  casacional a un mismo tiempo.   

       3.  Y,  no  obstante  sostener  enseguida  que  el  Tribunal habría  incurrido  en  “falso  juicio  de  identidad”  en  relación con las pruebas que  acreditan  la  atenuante del art. 60 del C.P., el actor no individualiza cuáles  son   estos   medios   demostrativos   y  mucho  menos  en  qué  consistió  la  tergiversación  de  su  contenido  objetivo  por  parte  del sentenciador, como  tampoco  explica  la transcendencia del presunto yerro en el fallo, esto es, por  qué  de  no  haberse  presentado  el  mismo,  la  alegada  atemperante punitiva  efectivamente habría tenido que ser reconocida.   

       4.  Pese  a  estos  vacíos  y  demostrando  con  ello  una completa  inseguridad   en   la   proposición  del  cargo,  como  también  un  verdadero  alejamiento  de  las  iniciales  premisas  del  ataque, inusitadamente procede a  afirmar  el  libelista que no obstante aceptar el Tribunal que JARAMILLO MAZUERA  actuó  en  estado de ira, dejó de aplicar el precepto sustantivo que regula la  figura,   debido   a  una  “interpretación  completamente  ajena  al  verdadero  espíritu  de la mencionada norma”, introduciendo de este modo un nuevo elemento  de   confusión   y   falta   de  técnica  al  reproche,  en  razón  que  como  insistentemente  lo  recuerda  la  jurisprudencia de esta Sala, en la violación  indirecta  de la ley sustancial el quebranto se produce por falta de aplicación  o  aplicación  indebida  y  en  ningún  momento  por interpretación errónea.  Además,  si  fuera verdad que el sentenciador reconoció la presencia de la ira  pero  se  negó  a  atenuar  la  pena de conformidad con el art. 60 del C.P., es  también  sabido que tal evento debe alegarse en casación por la vía directa y  no por la indirecta como en este caso se ha postulado.   

       5.  Lo anterior no obsta para precisar  que  en ningún momento el Tribunal Superior admitió consolidados los elementos  propios  de  la diminuente punitiva en referencia y antes por el contrario, como  resultado  del  detenido  estudio que sobre el particular hiciera y el análisis  crítico   de   las   diferentes  pruebas  obrantes  en  el  proceso,  descartó  categóricamente  su  concurrencia  respaldando  con ello la decisión de primer  grado,  al  advertir,  como  con acierto lo pone de presente el Delegado, que no  existió  ningún  nexo  entre  el  episodio relacionado con el momento en que a  tempranas  horas  Carlos  Arturo  Aristizábal  bailó con la novia de JARAMILLO  MAZUERA,  su  posterior invitación a ella con el mismo propósito cuando estaba  en  compañía  de  aquél  y  el  suceso  -aislado  completamente  del anterior  episodio-,  en  que  JARAMILLO  MAZUERA  energúmeno  al  no habérsele otorgado  crédito  para la cancelación de la cuenta por parte del propietario del lugar,  resultó  golpeando  al mesero Jaime Cuartas Valencia para ir en búsqueda de un  arma  de  fuego a la mesa en que se hallaban sus amigos, sólo que al regresar y  no  encontrarlo  se dirigió a Aristizábal con la pretensión de buscar motivos  para  agredirlo  sin  obtener  la menor respuesta a su belicosa actitud, pues su  víctima  estaba para dicho momento impasiblemente sentado en una butaca al lado  del  bar,  pese  a  lo  cual  procedió  a  dispararle  a  la  cabeza segándole  instantáneamente la vida.   

     Sobre este panorama  fáctico  que  concluyó  probado el Tribunal y a efectos de negar la aminorante  punitiva del art. 60 del C.P., se consignó en la sentencia:   

        “No  puede  desconocerse  que  José  Fernando  Jaramillo  Mazuera  actuó  con  ira, pero de ningún modo puede pregonarse que tal estado emocional  le  hubiera  sido  provocado  por  su  víctima,  como quiera que si bien Carlos  Arturo  Aristizábal  se  hallaba  bailando  con  Mercedes  Ibarra cuando llegó  Jaramillo  Mazuera y quiso sacarla a bailar nuevamente cuando ella se hallaba en  la  mesa  de  éste, oportunidad en que no aceptó, lo hizo sin ánimo de ofensa  alguna  y  desconociendo  que  ella  era  pretendida  por su victimario, como se  desprende  de  lo  afirmado  por  Hernán García, cuando refiere que al negarse  Mercedes  a  bailar  con  Carlos  Arturo, éste le preguntó que si era que ella  tenía  amores  con José Fernando, respondiéndole que sí, porque varias veces  habían  ido  los  dos  a la discoteca, sin que haya prueba atendible de que por  este  motivo  Carlos  Arturo  Aristizábal  se  hubiera disgustado y que hubiera  querido tomar represalia de alguna naturaleza.   

        El  estado  colérico  en  que  montó  José  Fernando  Jaramillo  Mazuera,  fue  motivado  porque no se le aceptó firmar vale por la cuenta y por  el  reclamo  que  le hiciera el mesero Cuartas Valencia por entrar a interrumpir  el  descanso  de  su  patrón  Hernán  García,  hecho  que  de  manera  alguna  constituyen  el  ‘comportamiento  ajeno  grave e injusto’ que exige el normativo  para  tener  derecho a la diminuente punitiva que pretende el recurrente; pues a  este  estado  de  enojo  lo equipara la doctrina con el resentimiento, que es la  inconformidad  del  ánimo  por el desagrado de alguna cosa, el que de aceptarse  en  la  forma  como  lo  pretende  la defensa, daría lugar a una inconsiderable  (sic)  cantidad de impunidad, porque bastaría con afirmarse que maté porque me  dio  rabia;  cuando  la  circunstancia  en estudio, conforme al artículo que la  contempla,   tiene   elementos  esenciales  que  no  pueden  desintegrarse  para  admitirla.  Lo  que  aminora el delito, no es la ira en sí, sino que ésta haya  sido  causada  por  comportamiento  grave  e injusto, es este necesario vínculo  entre  ella, la incitación injuriosa y el estado sicológico de quien recibe la  irritación, el que le da su propia fisonomía.   

        …   

        Conforme  a lo anterior, no es calumnioso explicarle a una persona  que  no  tiene orden de crédito, ni es deshonroso indicarle que es mortificante  despertar  a  un ciudadano que se encuentra descansando, ni es injurioso invitar  a  una  dama a bailar cuando se hace sin ninguna otra intención. De suerte, que  de  situaciones como éstas no puede derivarse la ira que tiene relevancia en el  estatuto  penal;  pues de la ira “normal” se ocupan tratadistas como Emilio Mira  y  López,  quien  escribe que visi orbe sine irae (no hay mundo sin ira), de la  que  anota  a  la  vez,  que  ni Dios mismo escapó a sus efectos, la cual no es  aplicable    en    situaciones    con   resonancia   jurídica”   (fl.23   Cdno.  Trib.).   

       6.  Así, por último y demostrando con ello el censor que su única  pretensión  ha  sido  la de oponerse a la valoración de las pruebas tenidas en  cuenta  por  el Tribunal para negar la diminuente de la ira al procesado y sobre  la  base  de  una  realidad  fáctica  distinta  a  la  que  declaró probada la  sentencia,  previamente  afirmar  que  el  juzgador  no  podía otorgar “mérito  probatorio  pleno  y completo” a las declaraciones de Carlos Alberto Castañeda,  Jaime  Cuartas  y  Hernán García, por no merecer “la credibilidad exigida para  llegar  al  estado  de certeza que predica el art. 247 del C. de P.P.”, a manera  de  conclusión  sostiene  que  se está frente a un “error de derecho por falso  juicio  de convicción”, lo cual impone rechazar la censura en cuanto dirigida a  controvertir   el   valor  probatorio  otorgado  por  el  sentenciador  a  tales  testimonios,  pues  ya  se  ha  advertido  con insistencia por la Corte que esta  modalidad  de  error  tiene  una  exigua  posibilidad  en  la casación penal, a  consecuencia  de  quedar exclusivamente habilitada para aquellos casos en que la  propia  ley  asigna  un  valor a la prueba -resagos de tarifa legal- o cuando el  juzgador  le otorga a ella un específico valor no señalado legalmente, mas nó  para  confrontar  los criterios de apreciación racional bajo cuya autonomía el  juez llega a la verdad de lo ocurrido.   

      Lo  anterior  por  cuanto  hoy  en  día  es  indiscutible  que  si el juzgador en cumplimiento del  mandato  legal  señalado en el art. 254 del C. de P.P., justiprecia las pruebas  en  su  conjunto  -con  estricta  sujeción a las reglas de la lógica y la sana  crítica-  y con la debida exposición del mérito que razonadamente les asigna,  no  es  viable  atacar  la  sentencia  bajo  ninguna  de  las  alternativas  que  teóricamente   contempla   la   violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  muchísimo  menos  con  un  método  propio  de  las  instancias  consistente en  criticar  la  valoración probatoria del fallo impugnado y la credibilidad que a  los  distintos  medios  demostrativos se ha dado, creando para ello una personal  secuencia  de  los hechos con la cual pretende oponerse a la realidad de los que  declaró como verdad probada el sentenciador.   

        En    estas  condiciones, el ataque debe desecharse.   

       7.   En   el  segundo  cargo  también  propuesto por la causal primera del art. 220 del C. de  P.P.,  acusa  el  actor  la  sentencia  “por  error  manifiesto de hecho”, al no  haberse  reconocido a JARAMILLO MAZUERA el in dubio pro reo pese a existir en el  proceso   dos   grupos  de  testigos  que  describen  dos  secuencias  fácticas  diversas.   

     Procede entonces el  libelista  a  afirmar  que el Tribunal derivó su certeza legal para condenar en  los  testimonios  de Carlos Alberto Castañeda, Jaime Cuartas Valencia y Hernán  García,  no  obstante  existir  un  segundo grupo de declarantes conformado por  Margoth  Mejía  Suárez,  Gustavo  León  Buitrago,  Denis René Vargas, Gloria  Cristina  Rodríguez  Jaramillo,  Hernando Torres Parrado y Mercedes Ibarra, que  afirman  la  inocencia  del  procesado,  de  lo  cual  colige  que “Ante las dos  versiones,  disímiles  entre  si,  de estos dos grupos de declarantes, surge el  fenómeno jurídico de la duda”.   

       8.  Así  formulado  el  ataque,  es ostensible que su presentación  resulta  deficiente y precaria, toda vez que el actor no singulariza las pruebas  cuya  apreciación  habría equivocado el Tribunal, pues la genérica referencia  a  los dos grupos de testigos a que hace alusión no logra concretar cuáles son  los  falsos  juicios  que sobre dichos elementos recaen, esto es, de qué manera  se  manifiesta  el  yerro  fáctico  acusado,  bien porque el fallador supuso la  prueba,  la  omitió  o tergiversó su objetivo contenido y menos aún aborda el  fenómeno  de  la  duda, sino que se trata en realidad de un genérico enunciado  carente  por  completo de demostración que lo hace inestudiable en la medida en  que  la  Corte  no  puede entrar a suplir los vacíos de la demanda en razón al  principio de limitación que rige el recurso extraordinario.   

       9.  Es,  entonces,  de nuevo evidente, que en el fondo lo pretendido  por  el  actor  ha  sido controvertir el valor probatorio dado por el Tribunal a  los  testimonios  en que fundamentó la sentencia, pues para el demandante tales  “testigos  resultan  sospechosos  y  carentes  de credibilidad”, en tanto que el  juzgador  los estimó dignos de “credibilidad por su espontaneidad y coherencia,  así  también  por  la  armonía  que  guardan  con  las  demás  probanzas que  conforman  el plenario”, desechando a su turno en detenido y ponderado análisis  la  versión  que  ofreció el otro grupo de declarantes conformado por amigos y  familiares  del  procesado,  al considerar que ellos plantearon “situaciones que  no  ocurrieron  tergiversando  la  verdad”,  con el simple ánimo de favorecer a  JARAMILLO MAZUERA.   

      De  ahí  que  se  imponga  insistir  en  que  sólo  ante la demostrada presencia de trascendentes  errores  de  hecho  puede  aspirarse  a desvirtuar las presunciones de acierto y  legalidad  que amparan a la sentencia impugnada en casación, pues al no ejercer  la  Corte  funciones  de  tercera instancia, es al libelista a quien corresponde  una completa y coherente demostración del cargo.    

      La  censura  no  prospera.   

      10.   Finalmente,   respecto   al  tercer  cargo   su   contradictoria   enunciación  permite  desecharlo  de  entrada,  como  quiera  a  parte  de  proponerlo por “violación  directa  de  la  ley  sustancial  y  por error de derecho”, lo que ya de por sí  supone  una  insalvable  antítesis y pese a reconocer que en la vía directa no  es  permitido  “discutir  la valoración probatoria del juzgador”, nada distinto  hace  cuando  referido como está el reproche al incremento punitivo deducido en  la  sentencia  de  conformidad  con  el  art.  66.1,  esto es, “Haber obrado por  motivos  innobles  o  fútiles”,  sostiene  que  no podía agravarse la pena por  dicho  concepto  “debido  a  que  esta  circunstancia  nunca  fue  probada en el  proceso”.   

      En  mérito de lo  expuesto,  la  CORTE SUPREMA DE JUSTCIA en SALA DE CASACION PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

        RESUELVE:   

       NO      CASAR     la     sentencia  recurrida.   

     Cópiese, cúmplase  y devuélvase el expediente al Tribunal de origen.   

        JORGE ENRIQUE CORDOBA POVEDA   

         

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO CALVETE RANGEL   

CARLOS  AUGUSTO  GALVEZ  ARGOTE     JORGE   ANIBAL   GOMEZ  GALLEGO   

CARLOS  EDUARDO  MEJIA ESCOBAR  DIDIMO  PAEZ VELANDIA   

NILSON           PINILLA  PINILLA             JUAN       MANUEL       TORRES  FRESNEDA   

        PATRICIA SALAZAR CUELLAR   

        Secretaria     

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