SP4366-2015(38179)_001

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

Magistrado Ponente  

SP4366-2015  

Radicación N°38179  

(Aprobado   Acta  No.134)   

Bogotá D.C., dieciséis (16) de abril de dos  mil quince  (2015).   

Decide  la  Corte  el  recurso  de casación  interpuesto     por  el defensor de CARLOS  CÉSAR  CORRALES  IBÁÑEZ contra  la  sentencia  dictada  por  el  Tribunal Superior de  Cúcuta  el 31de agosto de  2011,     mediante     la     cual    confirmó        la  proferida por el Juzgado Segundo  Penal  del  Circuito  Especializado  de  la  misma  ciudad  el     31    de   agosto   de   2010,  que condenó  al  procesado por el delito de financiación del terrorismo y administración de  recursos  relacionados  con  actividades  terroristas.   

Hechos       

          El  14  de agosto de 2007, unidades del ejército nacional adscritas  a  la  Trigésima  Brigada con sede en Cúcuta, captaron una comunicación entre  integrantes  de  la  banda  criminal “Águilas Negras”, que informaba que un  integrante  de  esa organización criminal, que había sufrido una caída en los  enfrentamientos  sostenidos el día anterior con el ejército, se desplazaba por  la  carretera  que  comunica a Tibú con Cúcuta, en un camión transportador de  leche, en busca de atención médica.    

          Con  el  fin  de verificar la información, el ejército instaló un  retén  en  la Vereda Villanueva, Jurisdicción del Municipio de Tibú, logrando  la  captura  de  CARLOS  CÉSAR CORRALES IBÁÑEZ, quien aceptó pertenecer a la  organización  armada   “Águilas Negras” de las Autodefensas Unidas de  Colombia,  desde  hacía  tres  meses,  donde  le  pagaban  $400.000  mensuales.   

          Actuación procesal relevante   

          1.  La  fiscalía  vinculó al proceso mediante indagatoria a CARLOS  CÉSAR  CORRALES  IBÁÑEZ,  y  el  22 de abril de 2008 calificó el sumario con  resolución  de  acusación  en  su  contra  por  el delito de financiación del  terrorismo   y   administración   de   recursos  relacionados  con  actividades  terroristas,  tipificado  en  el artículo 345 del Código Penal (modificado por  el  artículo  16  de  la  Ley  1121  de  2006),  a título de coautor impropio,  decisión  que  causó  ejecutoria  el 22 de mayo siguiente, fecha en la cual la  fiscalía  negó  el  recurso  de  reposición  interpuesto por la defensa en su  contra.1    

          2.  Rituado  el  juicio,  el  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Cúcuta,  mediante sentencia fechada el 31 de agosto de 2010,  condenó  a  CARLOS  CÉSAR CORRALES IBÁÑEZ a la pena principal de 13 años de  prisión   y   multa   equivalente   a  1.300  s.m.l.m.v.,  y  la  accesoria  de  inhabilitación  en  el ejercicio de derechos y funciones públicas por el mismo  tiempo  de  la  pena privativa de la libertad, como autor responsable del delito  imputado        en        la       acusación.2   

          3.  Apelado  este  fallo por el procesado y su defensor, el Tribunal  Superior  de  Cúcuta,  mediante  el  suyo de 31 de agosto de 2011, que ahora la  defensa  recurre  en  casación,  lo  confirmó en todas sus partes.3   

          La demanda   

          Contiene  un  cargo contra la sentencia por violación directa de la  ley  sustancial,  derivada  de  la  aplicación  indebida  del artículo 345 del  Código  Penal,  que  tipifica  el  delito  de  financiación  del  terrorismo y  administración  de  recursos  relacionados  con  actividades  terroristas, y la  falta  de  aplicación del artículo 340 ejusdem inciso segundo, que describe el  delito de concierto para delinquir agravado.   

          Sostiene  que  la  conducta desarrollada por el procesado nada tiene  que  ver  con  el  supuesto  fáctico previsto por el tipo penal que describe el  delito   de   financiación   del   terrorismo  y  administración  de  recursos  relacionados  con  actividades  terroristas,  y  que  los  fallos  desconocen el  principio  de  legalidad  al ubicar la conducta en esta  disposición, y no  en el tipo penal que define el concierto para delinquir.   

          Argumenta  que la imputación fáctica que se le hace es simplemente  de  pertenecer  al grupo ilegal, conducta que no se aviene con lo previsto en el  delito  por el cual se condena, porque la investigación no probó que estuviera  dedicado   a  entregar,  recibir,  proveer,  recolectar,  administrar,  aportar,  custodiar  o  guardar  fondos, bienes  recursos del grupo armado ilegal, ni  mucho  menos,  que  financiara  o apoyara económicamente sus actividades.    

          Sustentado  en  estas  consideraciones,  solicita  a  la Corte casar  parcialmente  el fallo impugnado, para modificarlo en el sentido de condenar por  el delito de concierto para delinquir agravado.    

         

Concepto del Ministerio Público.  

          El  Procurador  Segundo  Delegado para la Casación Penal estima que  el  cargo  no  está  llamado  a  prosperar.  Sostiene, después de referirse al  principio  de  legalidad y de citar jurisprudencia de la Sala sobre el contenido  y  alcance del tipo penal que describe el delito de financiación del terrorismo  y  administración  de  recursos  relacionados con actividades terroristas,  que  la  conducta  investigada  se  enmarca  dentro del concepto de apoyo  que  la  norma  sanciona,  y  que  ningún error se cometió al imputar y condenar por este punible.   

          Recuerda  que  el  acusado reconoció, en la indagatoria, que tenía  tres  meses de pertenecer a las “Águilas Negras” de las Autodefensas Unidas  de  Colombia,  que  hacía  vigilancia  en la frontera con Venezuela para que la  guerrilla  no  pasara  hacia  Colombia,  que portaba camuflado y un M16 con tres  proveedores,  y  que el día anterior a su captura estuvo haciendo patrullaje en  esa    zona,   actividades   que   son   clara   expresión   del   apoyo  que  prestaba  a la organización,  entendido  éste  como  la  acción  de “basar, fundar, favorecer, patrocinar,  ayudar,  confirmar,  probar, o sostener alguna opinión o doctrina”, según lo  define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.   

No existe duda, entonces, de que se está en  presencia  del  autor  de  un  delito  de  financiación  del  terrorismo  y  de  administración  de  recursos  relacionados  con  actividades terroristas, pues,  como  ya  se  dijo, el mismo procesado manifestó pertenecer a la banda criminal  “Águilas  Negras”, donde asumió el rol de patrullero, “actividad de suma  importancia  como  quiera  que  garantizaba  la presencia y control territorial,  comportamiento   que   es   catalogado   como   apoyo  al  grupo  ilegal;  en  consecuencia  tiene suficiente  entidad  la  colaboración  y  apoyo en la presencia de la organización ilegal,  además  de  la  sensación  de  temor  que  produce  a  la  comunidad  la  sola  pertenencia e identidad de éstas”.   

Sostiene,  luego  de  reflexionar  sobre  la  noción  penal  de  autor,  que  en el presente caso se está ante un auténtico  autor  de  la  conducta delictiva de financiación del terrorismo, puesto que el  procesado  realizó  uno  de  los verbos rectores incluidos en la norma, como es  apoyar,  “cuyo significado  en   el   contexto  del  tipo  penal,  advierte  actos  determinantes,  para  la  consumación  del comportamiento pues de su presencia se establece la existencia  del tipo penal por tener dominio funcional del hecho”.   

En síntesis, la premisa a partir de la cual  el  libelista pretende demostrar el reproche resulta insuficiente, por cuanto el  procesado   fue  condenado  por  el  delito  tipificado  en  el  artículo  345,  calificación  que  se  aviene  con  la   situación  fáctica,  pues “no  allegó  los  medios  de  convicción  propios para demostrar lo contrario de la  decisión  objeto  de  reproche, por cuanto desde la misma aceptación de cargos  el  procesado  admitió  pertenecer  al  grupo  armado  ilegal  y la labor allí  desplegada,  además  de  portar  elementos e insignias que lo identificaban con  esa  agrupación,  era apoyar  las  actividades  delictivas  del  grupo,  no  se  aprecia  mínima  duda  de la  actividad  delincuencial  al  margen  de  la ley por la que le fue tipificada la  conducta objeto de condena”.   

SE CONSIDERA  

El  demandante  tiene razón cuando sostiene  que  los  hechos  investigados  no son constitutivos del delito de financiación  del  terrorismo  y  administración  de  recursos  relacionados  con actividades  terroristas,  sino de concierto para delinquir agravado, y que la sentencia, por  tanto,  viola  directamente  la  ley  sustancial  por  aplicación  indebida del  artículo  345 del Código Penal (modificado por el 16  de  la  Ley  1121  de 2006), y falta de aplicación del  artículo  340  ejusdem (modificado por los artículos  8°   de  la  Ley  733  de  2002  y  19  de  la  Ley  1121  de  2006).   

Con  el  fin  de  mostrar  el  error  en que  incurrieron  los juzgadores y dar respuesta a las consideraciones del Procurador  Delegado  para  la  Casación Penal, quien se orienta por el mantenimiento de la  sentencia  impugnada, la Sala se referirá primero al ámbito de protección del  tipo   penal   que   define   el   delito  de  financiación  del  terrorismo  y  administración   de   recursos   relacionados   con   actividades  terroristas,  tipificado  en el artículo 345 del código Penal (con  la   modificación   introducida   por  el  artículo  16  de  la  Ley  1121  de  2006),  y   luego  analizará  los hechos que los  fallos declararon probados y su adecuación típica.   

Financiación    del    terrorismo    y  administración   de   recursos   relacionados   con   actividades  terroristas.   

Este delito, con la modificación introducida  por  el  artículo  16  de  la  Ley  1121 de 2006, vigente cuando ocurrieron los  hechos    investigados    (año    2007), tiene la siguiente estructura típica,   

«ARTÍCULO 345.  MODIFICADO    POR    LA    LEY    1121/2006,    ARTÍCULO    16:    Financiación   del   terrorismo   y  administración  de  recursos  relacionados  con  actividades  terroristas.  El  que  directa  o  indirectamente  provea,  recolecte,  entregue,  reciba,  administre,  aporte,  custodie  o  guarde fondos, bienes o recursos, o realice cualquier otro  acto   que   promueva,   organice,   apoye,   mantenga,   financie   o  sostenga  económicamente  a  grupos  armados al margen de la ley o a sus integrantes, o a  grupos  terroristas  nacionales  o  extranjeros,  o  a  terroristas nacionales o  extranjeros,   o a actividades terroristas, incurrirá en prisión de trece  (13)  a  veintidós  (22)  años  y multa de mil trescientos (1300) a quince mil  (15.000)    salarios    mínimos   legales   mensuales   vigentes.»4   

Para  la correcta comprensión del sentido y  alcance  de  esta  disposición,  debe  tenerse  presente,  ante  todo,  que  su  contenido  típico  derivó  de  la  necesidad  de  enfrentar  a las estructuras  económicas  y  financieras  de los grupos armados ilegales y las organizaciones  terroristas,  y  que  todas las conductas que la norma describe están por tanto  orientadas  a  prevenir  y  sancionar  comportamientos   vinculados  con el  cumplimiento de actividades de esta naturaleza.   

Específicamente  se  ocupa  de  sancionar  conductas  relacionadas  con  el  manejo  de  fondos, bienes o recursos de estas  organizaciones  criminales,  y  con  la  financiación o apoyo económico de sus  actividades,  o  de  las personas que los integran, caracterización que la hace  inconfundible  con  otros  tipos  penales,  como  ya lo ha subrayado la Corte en  oportunidades anteriores,       

«[…]  importa destacar que el tipo penal  solo  se  ocupa  de  sancionar  conductas  vinculadas  con  las  actividades  de  administración  de  bienes  de  los  grupos  armados  al margen de la ley, o de  grupos  terroristas  nacionales o extranjeros, y comportamiento relacionados con  su  financiación,  o  la financiación de sus actividades o el apoyo económico  de  las  personas  que lo integran» (CSJ, sentencia de  23   de   febrero  de  2011,  radicado  31464).    

“[…]   en  cuanto  a  su  ámbito  de  protección  se  encuentra  orientado a sancionar la administración de dinero o  bienes,  lo  cual  supone  desarrollar  conductas  complejas  y  de  importantes  decisiones   sobre   tales   objetos,   pues   comporta   las   actividades   de  administración  de  bienes  de  los  grupos  al  margen  de la ley, o de grupos  terroristas  nacionales  o  extranjeros,  y  comportamientos relacionados con su  financiación,  o  la  financiación de sus actividades o el apoyo económico de  las    personas    que   los   integran…”   (CSJ,  SP13290-2014, radicado 40401).   

Su estructura típica, ha dicho igualmente la  Sala,  consta  de  dos  partes.  Una  inicial  donde describe varias modalidades  comportamentales  referidas  a actividades relacionadas con los fondos, bienes o  recursos  de estos grupos, a través de los verbos rectores proveer, recolectar,  entregar,     recibir,  administrar,  aportar,  custodiar  y  guardar.  Y  otra  donde   alude a la  promoción,   organización,   apoyo,  mantenimiento,  financiación,  y sostenimiento  económico,  que  por  cualquier  otro  medio  se  le  preste  a  estas organizaciones, a sus  actividades,  o  a  sus  miembros  (CSJ, 23 de febrero de 2011, radicado 31464 y  CSJ, SP13938-2014, radicado 41253).      

El           apoyo  al  que  se refiere la norma en su  segunda  parte,  no  es  comprensivo de cualquier clase de auxilio o ayuda, sino  sólo  del  que  tenga  contenido  económico,  condición  que igualmente deben  cumplir   las   actividades   de   promoción,   organización,   mantenimiento,  sostenimiento  y  financiación, que la disposición paralelamente regula, pues,  como  ya se dijo,  lo que se busca a través de este tipo penal es combatir  las     estructuras     financieras    y    económicas    de    estas    bandas  criminales.           

Situación  similar  se  presenta  con  las  actividades  vinculadas  al  manejo  de  los  fondos, bienes o recursos de estas  organizaciones,  que  la  norma  tipifica  en  su primera parte a través de los  verbos         proveer,         recolectar,        entregar,        recibir,  administrar, aportar, custodiar  y  guardar,  las  cuales,  por  las  mismas  razones,  deben  tener connotación  económica o financiera.     

Los hechos probados   

Los  fallos  declararon  probado  que CARLOS  CÉSAR  CORRALES  IBÁÑEZ  perteneció durante varios meses a la banda criminal  “Las  Águilas  Negras”  de  las  Autodefensas  Unidas de Colombia, y que su  accionar  dentro  de  la  misma  consistió   en  realizar  actividades  de  patrullaje  en  la zona de frontera con la República de Venezuela, para lo cual  fue dotado de un camuflado, un fusil M16 y tres proveedores.   

Calificación  jurídica  de  los fallos de  instancia   

Los    juzgadores    subsumieron    este  comportamiento   en   el   artículo   345   del   Código  Penal  (modificado  por  el artículo 16 de la Ley 1121 de 2006),   que   describe  y  sanciona  el  delito  de  financiación  del  terrorismo   y   administración   de   recursos  relacionados  con  actividades  terroristas,  por  considerar  que el accionar del procesado constituía, de una  parte,  una  labor de apoyo a  la   organización,  y  de  otra,  que  actualizaba  la  hipótesis  alternativa  consistente     en    recibir    bienes, que la norma preveía en su primera parte.   

Los  siguientes apartes del fallo de primera  instancia,  que  el  Tribunal  Superior  y  el  Procurador  Delegado  acogen sin  reservas,  muestran  con  claridad  el  criterio  que  acompañó  el proceso de  adecuación típica,    

“[…]  en  su  indagatoria  admitió  el  acusado  conformar  el grupo ilegal denominado ÁGUILAS NEGRAS desde hacía tres  meses,   desempeñando  dentro  del  mismo  el  rol  de  patrullero,  para  cuyo  desempeño  portaba  un  camuflado  y utilizaba un arma M16 con tres proveedores  que  ellos  le  suministraron,  elementos que indiscutiblemente son bienes   muebles  de  propiedad  de  la  aludida  organización,  los  que recibió  al  momento  de  ser  encargado por sus superiores de realizar la  labor  ejercida  para  ellos  en el momento de su captura, así como también es  indiscutible  que  el  hecho de servir de patrullero, no puede ser catalogado en  forma     diferente     a     una     importante     forma    de    apoyo    prestado    a    la   aludida  organización  y  no  de  poca  monta,  pues como la experiencia judicial nos lo  enseña,  son éstos quienes se enteran de que personas del sector son afectos a  la  guerrilla o miembros de la misma, reporte en el que basan sus superiores sus  criminales determinaciones de cesar (sic) sus vidas.   

«Hago la anterior observación, utilizando,  para  mayor  claridad,  las negrillas tanto al acopiar en forma textual la norma  como  al  adecuarla  al  caso  concreto,  ya  que en mi criterio se extrae de la  indagatoria  del  implicado,  sin  lugar  a  equívoco  alguno,  que  en efecto,  recibió   y   utilizó   bienes   muebles  de  propiedad  de  la  organización  delincuencial  ÁGUILAS  NEGRAS  de la cual dijo formar parte activa, siendo tal  labor  de  apoyo  brindado, el cual si bien no significa mando y disposición de  bienes  y  enseres,  si  es importante para el sostenimiento y la viabilidad del  grupo,  pues como sabemos bien, son estos integrantes, repito, los encargados de  reportar   a   sus  superiores  la  presunta  presencia  de  subversivos  o  sus  colaboradores,    con    las    funestas    consecuencias    que    ello    trae  consigo…»5 (Las negrillas pertenecen al texto transcrito).   

Error  en  la calificación jurídica de la  conducta   

El casacionista tiene razón cuando sostiene  que  la  calificación  jurídica  realizada  por  la  fiscalía y los fallos de  instancia   es   equivocada,   pues,   como   ya  se  indicó,  el  apoyo  que  reclama la estructura típica  de  la norma no es  cualquier apoyo, sino sólo el de contenido económico o financiero.   

Los juzgadores y el Procurador Delegado para  la  Casación  Penal,  incurrieron  en  el  error  de desvincular la acción del  compendio  normativo y su teleología, al analizar, en forma totalmente aislada,  la  expresión  apoyar,  lo  cual  los  llevó  a concluir, equivocadamente, que el simple aporte del recurso  humano  para  el  cumplimiento de los fines de la organización, o de cualquiera  otra    clase    de    apoyo    material,    actualizaba    el    comportamiento  típico.     

Y en el mismo error incurrieron al considerar  que    el     hecho    de   recibir  un uniforme, un fusil y tres proveedores para el adelantamiento de  las  actividades de la empresa criminal, quedaba también comprendido dentro del  ámbito  de  protección  de  la  norma,  dejando  de  lado  que las modalidades  conductuales  que  la  disposición prevé en su primera parte están igualmente  vinculadas  a  la  exigencia   que se desarrollen dentro del  marco de  apoyo  a  la logística financiera o económica de la organización.     

Norma dejada de aplicar  

El demandante acierta también cuando afirma  que  la  conducta  imputada  a  CARLOS CÉSAR CORRALES IBÁÑEZ se subsume en el  artículo    340    inciso    segundo    del    Código    Penal   (modificado  por  los  artículos  8°  de  la  Ley 733 de 2002 y el  artículo  19  de la Ley 1121 de 2006), que describe el  concierto  para delinquir agravado, y que los juzgadores incurrieron en un error  adicional al dejar de aplicar esta norma, cuyo texto dice,    

“Art. 340. Modificado por la Ley 733/2002,  artículo   8°.    Concierto   para  delinquir.  Cuando  varias  personas  se concierten con el fin de  cometer  delitos,  cada  una  de  ellas será penada, por esa sola conducta, con  prisión de tres (3) a seis (6) años.   

“Modificado Ley  1121    de    2006,   artículo   19.   Cuando   el  concierto  sea  para  cometer  delitos  de  genocidio,  desaparición  forzada  de personas, tortura, desplazamiento forzado, homicidio,  terrorismo,   tráfico   de   drogas   tóxicas,  estupefacientes  o  sustancias  sicotrópicas,  secuestro,  secuestro  extorsivo,  extorsión, enriquecimiento ilícito, lavado de activos o  testaferrato  y  conexos,  o  financiamiento  de terrorismo y administración de  recursos  relacionados con actividades terroristas, la pena será de prisión de  ocho  (8)  a  dieciocho  (18)  años y multa de dos mil setecientos (2700) hasta  treinta mil (30000) salarios mínimos legales mensuales vigentes.   

“La  pena  privativa  de  la  libertad se  aumentará  en  la  mitad  para quienes organicen, fomenten, promuevan, dirijan,  encabecen,  constituyan  o financien el concierto para delinquir”.   

La   Corte   tiene   dicho   que  para  la  estructuración  de  este  delito  es  necesario,  (i)  que  varias  personas se  concierten  con  el  propósito  de  cometer  delitos, (ii) que la organización  tenga  vocación  de  permanencia,  y  (iii)  que  ponga  en peligro o altere la  seguridad pública.   

Estos presupuestos se cumplen a cabalidad en  el  caso  que  se  estudia,  pues  el  procesado  es  acusado de pertenecer a la  banda   “Águilas  Negras”  de las Autodefensas Unidas de Colombia, una  organización  criminal,  con  vocación de permanencia, conformada para cometer  toda  clase  de  delitos, entre los que se cuentan los relacionados en su inciso  segundo.   

El cargo prospera  

Decisión     y     principio     de  congruencia.   

La prosperidad de la censura impone anular la  condena  por  el  delito  de  financiación  del terrorismo y administración de  recursos  relacionados  con  actividades  terroristas,  y  dictarla  por  el  de  concierto  para  delinquir  agravado,  con  las  modificaciones punitivas que la  nueva tipificación demanda.   

Como  esto  implica  condenar  por un delito  distinto  del que fue imputado en la acusación, con compromiso del principio de  congruencia,  es  necesario determinar si para el caso concurren las condiciones  bajo  las  cuales  es  posible,  de  acuerdo  con la jurisprudencia de la Corte,  dictar   fallo   de   sustitución,   tratándose   de   una  disconformidad  de  carácter  estrictamente jurídico.     

Estas  exigencias, frente al procedimiento  bajo  el  cual  se  reguló  este  asunto,  se reducen a cuatro, (i) que la  nueva  imputación  respete  el  núcleo  fáctico de la acusación, (ii) que se  proceda  por  delitos del mismo género, (iii) que no implique agravación de la  situación   jurídica  del  procesado,  y  (iv)  que  no  afecte  los  derechos  fundamentales de otros sujetos intervinientes.   

Todas  estas  condiciones  se cumplen en el  caso  analizado,  pues,  (i) el núcleo fáctico de la acusación es comprensivo  de  los hechos que sirven de sustento para la condena por el delito de concierto  para   delinquir   (pertenencia  a  la  organización  criminal),  (ii) ambos tipos penales atentan contra el  bien  jurídico  de  la  seguridad  pública,  (iii) las penas para el delito de  concierto  para  delinquir  son  más  benignas,  y  (iv)  no se advierte que la  variación  de  la  calificación  jurídica  afecte garantías fundamentales de  otros sujetos procesales.   

Redosificación de la pena  

El  delito  de  concierto  para  delinquir  agravado  se  encuentra sancionado con pena privativa de la libertad de ocho (8)  a  dieciocho  (18)  años  de  prisión y multa de dos mil setecientos (2.700) a  treinta  mil  (30.000)  salarios mínimos legales mensuales vigentes, por lo que  los  ámbitos punitivos de movilidad para efectos de la tasación de la pena son  como siguen:   

PRISIÓN:  

Primer    cuarto      :      96  meses            A                126 meses   

Segundo         cuarto   :         126     meses    exclusive      A     156 meses   

Tercer  cuarto       :         156     meses    exclusive      A     186 meses   

Cuarto       máximo    :       186   meses  exclusive       A    216 meses   

MULTA:  

Primer  cuarto       :     2700                 A               9525   

Segundo       cuarto    :      9525      exclusive      A     16350   

Tercer  cuarto             :         16350   exclusive      A      23175   

Cuarto  máximo    :    23175   exclusive       A     30000   

El  juzgado de conocimiento al dosificar la  pena  para  el  delito  de  financiación  del  terrorismo  y administración de  recursos  relacionados  con  actividades terroristas, la fijó en  13 años  de  prisión  y  multa  de  1.300  s.m.l.m.v., que corresponde al mínimo legal.  Siguiendo  el mismo criterio, la Corte aplicará el mínimo de la pena privativa  de  libertad para el delito de concierto para delinquir agravado, que equivale a  96  meses de prisión, pero la multa la mantendrá en 1.300 s.m.l.m.v., teniendo  en  cuenta que el mínimo previsto para el delito por el que se condena es mayor  (2.700  s.m.l.m.v.). y que de aplicarse, se violaría la prohibición de reforma  en  peor.   En  el mismo tiempo de la pena privativa de la libertad se fija  la  pena  accesoria  de  inhabilitación en el ejercicio de derechos y funciones  públicas.   

En mérito de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA DE CASACIÓN PENAL, oído el concepto del Procurador Segundo  Delegado  para  la Casación Penal,  administrando justicia en nombre de la  república y por autoridad de la ley,   

         

          RESUELVE   

    

1. CASAR parcialmente la sentencia impugnada.     

2. Dejar sin efecto la condena por el delito  de  financiación  del terrorismo y administración de recursos relacionados con  actividades terroristas.   

3.     Condenar     a    CARLOS  CÉSAR CORRALES IBÁÑEZ a  la  pena  principal  de  noventa y seis (96) meses de prisión y multa equivalente a  mil  trescientos  (1.300)  salarios  mínimos legales mensuales vigentes, y a la  accesoria  de  inhabilitación en el ejercicio de derechos y funciones públicas  por  el  mismo  término  de  la  pena  privativa  de  la  libertad,  como autor  responsable del delito de concierto para delinquir agravado.   

4.   En  lo  demás, el fallo no sufre  variaciones.    

Contra esta decisión no proceden recursos.   

NOTIFÍQUESE y CÚMPLASE.  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

Con el respeto que siempre he profesado por  los  planteamientos  ajenos, procedo a exponer las razones por las cuales salvé  parcialmente  el  voto  en  este asunto, en cuanto considero que se debió casar  oficiosa  y  parcialmente  el  fallo  para  imponer la pena de multa conforme al  artículo  340,  inc.  2,  del  C.P., en aplicación prevalente del principio de  legalidad   sobre   el   de   la  non  reformatio  in  pejus.   

Lo  anteriormente  expresado por cuanto no  comparto  la  postura  según la cual el principio de legalidad debe ceder al de  reformatio  in  pejus, pues  siendo  aquél uno de los pilares fundamentales del Estado Social de Derecho, no  es  posible  sin  su  concurso asegurar la realización de sus fines esenciales,  tales  como  la  convivencia pacífica y la vigencia de un orden justo, conforme  lo  establece  el  artículo  2º  de  la  Constitución Política. Es decir, el  principio  de  legalidad  está  llamado no sólo a lograr los principales fines  del   Estado   democráticamente   organizado,  sino  a  evitar  el  caos  y  la  arbitrariedad.   

En   otras  palabras,  el  principio  de  legalidad  garantiza  la  seguridad  jurídica  y permite a los ciudadanos tener  confianza  en  que  los  funcionarios  actuarán  siempre  con  sujeción  a  la  ley.    

El respeto a la ley por parte de todas las  autoridades  públicas,  está  consagrado en los artículos 1º, 6º, 121 y 123  de  la  Constitución  Política.   Preceptos  sobre los cuales ha dicho la  Corte Constitucional:    

“Así las cosas,  encontramos  que  el  artículo 1º  constitucional señala que Colombia es  un  Estado  Social  de  Derecho, lo cual conlleva necesariamente la vigencia del  principio  de  legalidad,  como  la  necesaria  adecuación  de la actividad del  Estado  al  derecho, a los preceptos jurídicos y de manera preferente a los que  tienen  una  vinculación más directa con el principio democrático, como es el  caso de la ley.   

“En  el  mismo  sentido,  se  encuentra  el  artículo 6º de la Constitución Política que, al  referirse  a la responsabilidad de los servidores públicos aporta mayores datos  sobre  el  principio  de  legalidad, pues señala expresamente que: «Los  particulares  sólo son responsables ante las autoridades por  infringir  la  Constitución y las leyes. Los servidores públicos lo son por la  misma   causa  y  por  omisión  o  extralimitación  en  el  ejercicio  de  sus  funciones».   Dicha   disposición   establece   la  vinculación  positiva  de los servidores públicos a la Constitución y la ley,  en  tanto  se  determina  que  en  el  Estado  colombiano  rige  un  sistema  de  responsabilidad  que impide a sus funcionarios actuar si no es con fundamento en  dichos mandatos.   

“Por su parte,  el  artículo  121  de la Carta reitera el contenido del principio de legalidad,  al  señalar  que «ninguna autoridad del Estado podrá  ejercer  funciones  distintas  de  las  que  le  atribuyen la Constitución y la  ley»,  y  el  artículo  123  estipula que existe un  sistema  de legalidad que vincula a todos los servidores públicos y a todas las  autoridades  no  sólo  a  la  Constitución  y  la ley, sino que la extiende al  reglamento,  ello  para poner de presente que las autoridades administrativas de  todo  orden  deben  respetar  la  jerarquía  normativa  y acatar, además de la  Constitución  y  la  ley,  los actos administrativos producidos por autoridades  administrativas      ubicadas      en      el     nivel     superior”6.   

La  función  judicial  no  constituye una  excepción  al mandato superior de la necesaria sujeción a la ley. Por ello, en  el artículo 230 de la Carta se consagra perentoriamente:   

“Los jueces, en  sus  providencias,  sólo  están  sometidos  al  imperio  de la ley”.   

Para   la   trascendente   función   de  administrar  justicia  el  constituyente  quiso  reiterar  en la norma citada el  sometimiento  de  los  jueces,  en  el  ejercicio  de  sus  funciones, a la ley,  impidiendo de esa forma el capricho y la arbitrariedad.   

En  materia  punitiva,  el  principio  de  legalidad  está  consagrado  en  el  inciso  segundo  del  artículo  29  de la  Constitución   Política.   Conforme   a   esa   disposición,  “Nadie  podrá  ser  juzgado sino conforme a las leyes preexistentes  al  acto  que se le imputa, ante juez o tribunal competente y con observancia de  las formas propias de cada juicio”.   

Estatuir  que nadie puede ser juzgado sino  conforme  a  las  leyes preexistentes al acto que se le imputa, implica que para  condenar  a una persona se requiere de la definición previa de la conducta como  delito  y,  de la misma manera, que sólo pueda imponérsele la pena previamente  establecida en la ley.   

El  reconocimiento universal del principio  de  legalidad  no fue pacífico. Su consagración en materia punitiva se le debe  en   gran   medida   a   Cesare  Beccaria,  quien  inspirado  en  el pensamiento iluminista y en reacción a  los   desafueros   de   la   monarquía,   postuló   el  apotegma  «nullum    crimen,    nulla    poena    sine    lege»,    cuyo  fin   estaba  dirigido  a  propender  porque  se  erigieran  como  delito  solamente aquellas conductas que  produjeran   daño   social,  sin  que  pudiese  existir  persecución  por  los  denominados  vicios  o  pecados,  según las definiciones de carácter meramente  moral   que   los   gobernantes   asignaban  ex  novo  a   comportamientos  de  esa  naturaleza7.   

Buscaba  también  que  las  sanciones  no  fuesen                   inhumanas8  y que se aplicaran, además,  en   forma   proporcional   al   delito   cometido9.   

El    pensamiento    de   Beccaria    se    inspiró    en    el  contractualismo  de Hobbes y  Rousseau,  entre  otros.  Conforme  a  esa  concepción,  los  hombres  vivían en un estado de naturaleza  donde  las  constantes  guerras  hacían imposible la convivencia pacífica. Por  eso  decidieron  celebrar  un acuerdo en virtud del cual entregaron a un tercero  (el  Estado)  la  potestad  de  regular sus vidas. Sin embargo, no entregaron el  poder  total,  “sino  la  porción  necesaria  para  «mantener     el    buen    orden»”10. De ahí que  “con  quien  ha  realizado un comportamiento que se  considera  violatorio de las normas impuestas en una determinada sociedad, no se  puede  hacer  lo  que  se venga en gana”11.   

Base  del  modelo  contractualista  fue,  entonces,  la  imposición  de  límites  al  ejercicio del poder del Estado. Su  control  opera  a  través  de  las  leyes  que, en el campo punitivo, presupone  definir  en  éstas  qué  acciones  son  constitutivas  de  delitos  y cuál la  sanción a imponer por su realización.    

Las ideas de los iluministas constituyeron  motor   de  la  Revolución  Francesa  de  1789,  movimiento  que  llevó  a  la  proclamación,  ese  mismo año, de la Declaración de  los  Derechos  del  Hombre  y  del Ciudadano, en cuyos  artículos  5º  y 6º quedó plasmada la supremacía de la ley. El siguiente es  el texto de esas disposiciones:   

“Artículo  5: La ley puede prohibir las acciones perjudiciales a  la  sociedad.  Todo lo que no esté prohibido por la ley no puede ser impedido y  nadie   está   obligado   a   hacer   lo   que  la  ley  no  ordena”.   

“Artículo  6:  La  ley  es la expresión de la voluntad general.  Todos   los   ciudadanos   tienen  derecho  a  participar  en  su  elaboración,  personalmente  o  por  medio  de  sus representantes. La ley debe ser igual para  todos,  tanto  para proteger como para castigar. Puesto que todos los ciudadanos  somos  iguales  ante  la  ley,  cada  cual puede aspirar a todas las dignidades,  puertos  y  cargos  públicos, según su capacidad y sin más distinción que la  de sus virtudes y talentos”.   

A su turno, el principio de la legalidad de  los  delitos  y  de las penas quedó expresado en los artículos 7º y 8º de la  Declaración, cuyos textos  son del siguiente tenor:   

“Artículo  7:  Nadie  puede ser acusado, detenido ni encarcelado  fuera  de  los  casos  determinados  por  la ley y de acuerdo con las formas por  ellas   prescritas.  Serán  castigados  quienes  soliciten,  ejecuten  o  hagan  ejecutar  órdenes  arbitrarias.  Todo ciudadano convocado o requerido en virtud  de  la ley debe obedecer al instante; de no hacerlo, sería culpable de resistir  a la ley”.   

“Artículo  8:  La  ley  no  debe  establecer  más penas que las  necesarias,  y nadie puede ser castigado sino en virtud de una ley establecida y  promulgada   con  anterioridad  al  delito,  y  aplicada  legalmente”.   

La Declaración de los Derechos del Hombre  y  del  Ciudadano  inspiró las Constituciones de los países donde se instauró  posteriormente  el  modelo  del  Estado  de  Derecho,  en el cual, por tanto, el  principio  de legalidad pasó a constituir elemento estructural y fundamento del  mismo.   

A  tono  con  esa  concepción,  la  Corte  Constitucional  colombiana  ha  expresado  que  el  referido principio tiene una  posición  central  en  la configuración del Estado de Derecho, en la medida en  que    es   rector   del   ejercicio   del   poder   y   límite   del   derecho  sancionador12.   

          Es  tal  la trascendencia del principio de legalidad en los Estados  de  Derecho  y tan importante para la convivencia de los ciudadanos, que ni aún  en  los  estados de excepción es posible su suspensión. Así lo tiene previsto  la  Convención  Americana  sobre Derechos Humanos o Pacto de San José de Costa  Rica13,     que     forma     parte     del    denominado    bloque            de              constitucionalidad,    conforme    lo  establecido  en  el  artículo 93 de la Carta Política. En efecto, el artículo  27 de la citada Convención dispone:   

        “Suspensión             de  garantías.   

         

 “1.                      En  caso  de  guerra,  de peligro público o de  otra  emergencia  que  amenace  la  independencia  o seguridad del Estado parte,  éste   podrá  adoptar  disposiciones  que,  en  la  medida  y  por  el  tiempo  estrictamente  limitados  a  las  exigencias  de  la  situación,  suspendan las  obligaciones  contraídas  en  virtud  de  esta  Convención,  siempre que tales  disposiciones  no  sean incompatibles con las demás obligaciones que les impone  el  derecho  internacional  y  no  entrañen  discriminación  alguna fundada en  motivos de raza, color, sexo, idioma, religión u origen social.   

“2.                 La  disposición  precedente no autoriza la suspensión de los derechos determinados  en  los  siguientes  artículos: 3 (Derecho al Reconocimiento de la Personalidad  Jurídica);  4  (Derecho  a  la  Vida);  5 (Derecho a la Integridad Personal); 6  (Prohibición    de    la    Esclavitud    y   Servidumbre);   9   (Principio    de    Legalidad    y   de  Retroactividad);  12  (Libertad de Conciencia y de Religión); 17 (Protección a  la  Familia);  18 (Derecho al Nombre); 19 (Derechos del Niño); 20 (Derecho a la  Nacionalidad),  y  23  (Derechos  Políticos),  ni  de las garantías judiciales  indispensables    para    la    protección    de   tales   derechos”           (subraya fuera de texto).   

De  tal  manera  que  corresponde  a  las  autoridades  públicas  no  sólo  cumplir  las  leyes  sino  velar porque no se  desconozcan.  Esa función, como servidores públicos que son, recae también en  los  jueces  de  la  República.  Por  ello, cuando algún funcionario judicial,  cualquiera  sea  su  jerarquía,  advierta  la  vulneración  del  principio  de  legalidad,  su  deber  es  corregir  el  dislate. No puede, en modo alguno,  erigirse  en  obstáculo  del  cumplimiento de esa obligación constitucional la  prohibición  de  la  reformatio in pejus consagrada   en  el  inciso  segundo  del  artículo  31  superior.   

La veda de la reforma en peor no constituye  un            derecho            absoluto14,  de  modo  que si entra en  tensión  con el principio de legalidad es necesario ponderarlos para determinar  cuál de los dos tiene prevalencia.   

Entonces,  considero  que  es  necesario  ponderar  en  caso  de  tensión  entre  el principio de legalidad y el de la no  reformatio  in  pejus,  sin  que  la  aplicación  de  este último implique desconocer el primero, de manera  que  cuando  la  pena  impuesta  quebrante  la  legalidad, es deber del superior  restablecer   el  ordenamiento  jurídico,  así  el  condenado  sea  el  único  apelante.  Sólo  de  esa manera puede afirmarse que la decisión judicial está  sometida  al  imperio  de  la  ley  y,  por  consiguiente,  a los dictados de la  Constitución  Política. Lo contrario sería concluir que la Carta, al paso que  exige  a los funcionarios judiciales someterse a la ley, al mismo tiempo fomenta  su  vulneración.  Tal  antinomia  resulta constitucionalmente intolerable, pues  comporta  desconocer  otros principios esenciales para la convivencia ciudadana,  como la seguridad jurídica y la igualdad.   

Se quebranta la seguridad jurídica, porque  sin  los  límites que presupone el principio de legalidad, cada juez adoptaría  sus  decisiones  sin  otro  control  que  sus  consideraciones  subjetivas. Y se  vulnera  el  principio de igualdad, por cuanto los destinatarios de la ley penal  recibirán  un  tratamiento punitivo distinto, sin importar que se encuentren en  las mismas circunstancias fácticas y jurídicas.   

En   suma,   debe   entenderse   que  la  Constitución  Política  presupone,  para la aplicación del principio de la no  reformatio in pejus, que la  pena  sea  legal.  Por  ello, es deber de los jueces restablecer el ordenamiento  jurídico   cuando   quiera   que   la   sanción  no  respete  los  parámetros  establecidos,  en  aplicación del principio de la non  reformatio  in  pejus,  pues  su mantenimiento estaba  soportado en el principio de legalidad.   

En los anteriores términos dejo sentado mi  salvamento parcial de voto.   

Con toda atención,  

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   MUÑOZ   

Magistrada  

Fecha    ut  supra.   

    

1  Folios 26-28, 50-51, 110-122, 141-143 del cuaderno original 1.   

2  Folios 227-238 del cuaderno original 2.   

3  Folios 8-25 del cuaderno del tribunal.   

4 Este  tipo  penal  fue modificado después por el artículo 16 de la Ley 1453 de 2011,  para  ampliar  su cobertura, en el sentido de incluir en su enunciado y su texto  la  financiación y la administración de recursos de los grupos de delincuencia  organizada.   

5  Página 6 del fallo de primera instancia.   

6  Sentencia C-028 de 2006.   

7  BECCARIA,   Cesare.   De   los   delitos  y  de  las  penas.  Universidad Externado de Colombia, pág. XVII  y   18.   Beccaria   rechazó   firmemente   la   idea  de  la  pena  con  fines  expiatorios.   

8  Estaba  en desacuerdo con la tortura y tratos crueles, así mismo con la pena de  muerte como sanción generalizada.   

9  Dentro  de  sus postulados también estuvo la igualdad de las sanciones. Decía:  “Si  se  destina  una  pena  igual  a los delitos que ofenden desigualmente la  sociedad,  los  hombres  no  encontrarán  un estorbo muy fuerte para cometer el  mayor,   cuando   hallen   a   él   unida   mayor   ventaja”  (pág.  20  ob.  cit.).   

10  VANOSSI,       Jorge       Reinaldo.      Teoría  Constitucional.  Ediciones  Depalma,  Buenos  Aires,  1975.   

11  BECCARIA, Cesare. Op. cit. Pág. XVII.   

12  Cfr. Sentencias C-710 de 2001 y C-530 de 2003.   

13  Aprobado mediante la Ley 16 de 1972.   

14 En  la  sentencia C-028 de 2006 la Corte Constitucional señaló que no hay derechos  absolutos.     

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