SP2235-2016(45792)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  Ponente   

SP2235-2016  

Radicación     n°     45792   

(Aprobado Acta No.  046)   

          Bogotá      D.C.,      febrero veinticuatro (24) de dos mil dieciséis (2016).   

V   I   S   T   O  S   

Procede  la  Sala  a resolver el recurso de  casación  interpuesto por el defensor de Víctor Julio Muegues Lesmes contra la  sentencia  proferida el 5 de diciembre de 2014 por el Tribunal Superior de Santa  Marta,  que  revocó  la dictada el 7 de marzo de dicha anualidad por el Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito  de  Conocimiento de la misma ciudad, que lo había  absuelto    de    los    delitos    de    homicidio  simple   y  fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones  agravado,  en  tanto  lo condenó por ambas conductas  punibles.   

HECHOS  

          Fueron    declarados   por   el   ad   quem   en   los   siguientes  términos:   

El  día  15  de  febrero  de  2012, siendo  aproximadamente  las  19:50  horas, cuando se hallaba en el montallantas ubicado  en  la  calle  9  No. 51-01, barrio Luis R. Calvo [de Santa Marta], fue ultimado  por  impactos de proyectil de arma de fuego el joven PEDRO PABLO DONADO BARRIOS,  para  lo cual dos personas de sexo masculino arriban al lugar en una motocicleta  y  el parrillero saca un arma [de fuego] de la pretina del pantalón, le propina  varios impactos a la víctima, huyendo inmediatamente…   

          Cabe  anotar  que  como  resultado  de  los actos de investigación  adelantados  por  la policía judicial, se logró establecer que en el homicidio  de  Pedro  Pablo Donado Barrios participaron Víctor Julio Muegues Lesmes y Jhon  Jairo  Pereira  Zúñiga,  el  primero  como  ejecutor  material  y  el  segundo  conduciendo la motocicleta utilizada para cometer la agresión.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

         1.   Por   los   hechos   relacionados  ut  supra, el 3 de octubre  de  2012,  ante  el  Juzgado  Sexto  Penal Municipal con Funciones de Control de  Garantías  de  Santa  Marta,  una  vez  legalizada  la captura de Víctor Julio  Muegues  Lesmes, pues la orden de aprehensión librada contra Jhon Jairo Pereira  Zúñiga   no  fue  necesario  materializarla  debido  a  su  fallecimiento,  la  Fiscalía  le  formuló  imputación  como  coautor del concurso heterogéneo de  delitos    de    homicidio    simple   –art.     103     C.P.–        y      fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes o municiones agravado –art.   365,   inc.  3º,  num.  5º,  ibídem–; quien rechazó  los cargos.   

         Seguidamente,   a  instancia  de  la  Fiscalía,  el  imputado  fue  afectado   con   medida   de   aseguramiento   privativa   de   la  libertad  en  establecimiento de reclusión.       

         2.  El  10  de  diciembre  de  2012,  el  delegado  del  ente  acusador radicó escrito de acusación y, el 15 de enero de  2013,  ante el Juzgado Cuarto Penal del Circuito de conocimiento de Santa Marta,  se  cumplió  la  audiencia respectiva, en la que reiteró los cargos atribuidos  en  la formulación de imputación y, de otra parte, se reconoció la calidad de  víctima a Pedro Manuel Donado Rodríguez, progenitor del obitado.   

         3. Realizada la audiencia preparatoria y  agotado  el  juicio  oral, el juez de conocimiento anunció el sentido del fallo  condenatorio  y  señaló  fecha para su lectura, previo a lo cual se produjo el  cambio  de  titular  del juzgado, procediendo el funcionario judicial entrante a  declarar   la  nulidad  del  sentido  del  fallo  emitido  por  su  antecesor  y  profiriendo  en su lugar uno de naturaleza absolutoria, consecuente con el cual,  el  7 de marzo de 2014, dictó sentencia por cuyo medio exoneró a Víctor Julio  Muegues  Lesmes  de los cargos formulados en la acusación y dispuso su libertad  inmediata.   

          4.  Apelada la anterior decisión por el  delegado  de  la  Fiscalía, en fallo adiado 5 de diciembre de 2014, el Tribunal  Superior  de  Santa  Marta  lo  revocó  integralmente,  en  tanto  condenó  al  procesado    como    coautor   del   concurso   de   delitos   de   homicidio    simple   y   fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones y, en consecuencia,  le  impuso  la  pena  principal de doscientos noventa y dos (292) meses y quince  (15)  días  de  prisión,  así  como  la  accesoria de inhabilitación para el  ejercicio   de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  término  de  veinte  (20)  años.    

          Asimismo,  le  negó  los mecanismos sustitutivos de la suspensión  condicional  de la ejecución de la pena y la prisión domiciliaria, al paso que  ordenó  librar  captura  en  su  contra  para  el  cumplimiento  de la sanción  impuesta.   

          5. Contra la decisión de segundo grado,  el  abogado  que  representa los intereses del sentenciado Víctor Julio Muegues  Lesmes interpuso recurso de casación.   

          6.  Mediante  auto adiado 29 de julio de  2015,  la  Sala  inadmitió  los  cargos  primero  a  tercero  de  la demanda de  casación  presentada  a  nombre  del  acusado  y admitió la cuarta censura del  libelo.   

SÍNTESIS DE LA DEMANDA  

          El  cargo  admitido por la Corte, en orden a pronunciarse de fondo,  propuesto  con  fundamento  en  la  causal  primera de casación, prevista en el  artículo   181   de   la  Ley  906  de  2004,  se  sintetiza  de  la  siguiente  manera:   

         

          Señala  el libelista que el juzgador de segundo grado incurrió en  la    violación   directa   de   la   norma   sustancial   por   «aplicación  indebida de los artículos 59 y 61 del Código Penal y  por  falta  de  aplicación  de  los  artículos  3º  y 8º ejusdem»,  yerro  que se presentó en el proceso de individualización de  la sanción impuesta a su defendido.   

          Luego  de  citar  las  razones  que  expuso  el Tribunal en orden a  individualizar  la  pena,  arguye que en ellas no se advierte una justificación  racional  para  que  se  impusiera  una sanción superior al extremo mínimo del  cuarto  punitivo  ídem,  seleccionado  por  el sentenciador de segundo nivel en  orden   a   su   concreción,   siendo   ello  el  resultado  de  «aplica[r]   de   manera  indebida»  los  criterios  establecidos en el artículo 61 del Código Penal, de los cuales solo  hizo  alusión  a la «intensidad del dolo… y [a] la  antijuridicidad    de    la   conducta   (mayor   o   menor   gravedad   de   la  conducta)»,  pues  los  demás  ni  siquiera  fueron  mencionados.   

         Añade  que  además  de  limitarse  a  resaltar  la «intensidad  del  dolo»  como una de las  razones  para  imponer  a  su  representado el límite máximo del primer cuarto  punitivo,  que  califica  como  «una  muletilla  sin  fuerza    de   convicción   y   vacía   de   cualquier   contenido»,  por  cuanto  no se precisó cómo dicho aspecto se concreta en  el  caso  particular,  lo  que  en  últimas  hace  el  ad  quem  «es    considerar   [como]   un   referente   importante   para   la  determinación  específica  de  la  pena,  un  elemento  sine  qua  non para la  configuración   del   tipo   penal   por   el   cual   se  condenó»  al  acusado Muegues Lesmes, incurriendo en la doble valoración  de  una  misma circunstancia, esto es, el dolo, que en un primer momento tuvo en  cuenta  para  acreditar  la  faz  subjetiva del tipo y, posteriormente, a fin de  individualizar  la  pena,  con  lo  cual  desconoció  el principio non              bis              in              ídem.                   

         De  otra  parte, el impugnante encuentra censurables los argumentos  esbozados  por  el  Tribunal  en  punto  del  criterio  relativo  al  daño real  ocasionado  al  bien  jurídico,  pues  en la sentencia confutada «no  se  dice  nada  distinto  a  lo  que  se  contempla en el mismo  artículo  103  del Código Penal, como elemento para la configuración del tipo  penal…  matar  a  otro»,  lo cual, en su opinión,  comporta  que  al interfecto se le frustre «cualquier  proyecto  personal, familiar o social», y por ello no  es  un  motivo  razonable que explique el incremento de la pena, como tampoco lo  es  el  uso  de un arma de fuego en el delito contra la vida, pues no se precisa  por   qué  esa  circunstancia  comporta  un  «mayor  desvalor                de                la                conducta».          

         Concluye  que  los  argumentos expuestos por el fallador de segundo  grado  en  el  proceso  de  individualización  de  la  pena,  en  manera alguna  constituyen  una  verdadera motivación de la que se impuso a su prohijado, y de  serlo,  esa  «motivación es imperfecta, inconclusa e  incoherente»,  de  donde  se  sigue  «que    se   ha   aplicado   de   forma   indebida   el   deber   de  motivación»  consagrado en el canon 59 del Estatuto  Punitivo,   en   otras   palabras,   afirma,   «nos  encontramos  ante  una  sentencia  que no logra dar cuenta de las razones que lo  (sic)  llevaron  a  saltar  de  una  pena mínima establecida en 208 meses, a la  máxima  del  primer  cuarto», lo cual se reflejó en  un  incremento  indebido de 60 meses y 15 días en la sanción, puesto que en el  caso    concreto   lo   procedente   era   aplicar   el   mínimo   del   cuarto  ídem.        

         En  ese  orden,  solicita a la Corte casar el fallo impugnado y, en  su  lugar,  se  redosifique  la  sanción  respetando  los  parámetros  legales  establecidos  en  las  normas  indebidamente  aplicadas y excluidas.     

INTERVENCIONES    EN    LA    AUDIENCIA  PÚBLICA   

1. Defensor del acusado.  

El abogado que representa los intereses del  acusado  recurrente,  luego  de  que  esta Corporación accediera en una primera  oportunidad  a  su  solicitud  de aplazamiento de la audiencia de sustentación,  soportada  en  la  imposibilidad  de  asistir  a la misma debido a quebrantos de  salud  y  por  no contar su representado con los recursos para suministrarle los  viáticos  para viajar a esta capital, nuevamente deprecó similar petición, la  que  le  fue  negada  ante la ausencia de acreditación de los motivos alegados,  por     lo     que     en    últimas    no    asistió    a    la    mencionada  diligencia.        

           2.    Fiscalía   General   de   la  Nación.   

          El  Fiscal  10º  Delegado ante esta Corporación, en relación con  el  cargo admitido, expone que el problema jurídico planteado por el demandante  se   contrae   a   establecer   si   en   la  sentencia  de  segundo  grado,  al  individualizarse  la  pena  dentro del primer cuarto, se respetó lo establecido  en  el  inciso  tercero  del  artículo 61 del Código Penal y, por ende, si tal  decisión conserva la doble presunción de acierto y legalidad.   

          El  representante del ente acusador considera necesario, en orden a  resolver  la  cuestión  planteada, tener en cuenta los siguientes aspectos: (i)  que  dentro  de este asunto se procedió por un delito de homicidio simple en el  que,  desde  el  punto  de  vista fáctico y jurídico, no fue predicada ningún  tipo  de  circunstancia de agravación que ameritara exposiciones prolijas en el  fallo  impugnado;  y  (ii)  que  la  discusión  debe  enmarcarse  dentro de los  lineamientos  trazados  por  la jurisprudencia de la Sala de Casación Penal, en  tratándose   de   la  aplicación  de  los  artículos  59  y  61  del  Código  Penal.   

          Frente  a  este  último aspecto, destaca que esta Corporación, en  sentencia  del 30 de abril de 2014, radicación 41350 y, en auto del 11 de marzo  de  2015, radicación 42293, en punto de la motivación de la sanción, señaló  que  tales  razonamientos  pueden aparecer a lo largo de la providencia, sin que  sea  necesario  dedicar  un  capítulo  exclusivo  para  el  cumplimiento de esa  exigencia.  Asimismo,  cita  el fallo del 8 de junio de 2006, radicación 24375,  del  cual  resalta  que la Sala expresó que el hecho de no haberse endilgado al  acusado  circunstancias de mayor punibilidad, no conduce necesariamente a que al  momento    de    tasar    la    pena,   ésta   se   imponga   en   el   mínimo  respectivo.   

          Agrega  que  en  el caso concreto se respetó lo preceptuado en los  artículos  59  y  61  del  Código Penal, particularmente al abordarse aspectos  tales  como  la  intensidad  del dolo y el daño real causado al bien jurídico,  puesto  que,  de  un  lado,  el  Tribunal  al  dosificar la pena no se valió de  ningún  criterio  de ponderación diferente a aquellos señalados en el Código  Penal,    razón    por    la    cual    no    se   advierte   vulneración   de  garantías.   

          Y  por  otra  parte,  los  hechos  demostrados  en  el  expediente,  considerados  en  el  fallo  con  ocasión  de  la  valoración  del  relato del  principal  testigo,  revelan  la  intensidad  del  dolo en la realización de la  conducta  punible,  a  partir de algunas circunstancias que el Tribunal no dudó  en     calificar     de     «perversas»,  que  lo  llevaron  a  considerar  que  la misma merece repudio  social por denotar el más raso desprecio por la vida.   

          Reconoce   el   Fiscal  delegado  que  el  ad  quem  «no  se  extendió  de manera expresa» en  el  capítulo  de  la  dosimetría  penal en orden a explicar la intensidad  del  dolo,  lo  que  no  significa  que con la argumentación ofrecida no puedan  considerarse   como   «hechos  probados»  aquellos  que  denotan  tal  aspecto,  puesto que, estima, debe  tenerse  en  cuenta  que la motivación de la sanción no necesariamente se debe  enmarcar  en  un  capítulo determinado, sino que puede expresarse a lo largo de  la  providencia,  que  es  lo  que  dice  sucede  en el caso concreto, cuando el  Tribunal  refiere  lo  dicho  por  el  testigo  de  cargo  Pedro  Manuel  Donado  Rodríguez sobre el acontecer delictual.   

          Para  la  Fiscalía, ese sucinto relato de los hechos denota lo que  fue  un  acto  de  sicariato,  pues  permite caracterizar las circunstancias que  rodearon  la  ejecución del delito de homicidio y, por ende, la mayor lesividad  y   lo   aleve   de   cómo   se   procedió   por   parte   de  sus  ejecutores  materiales.   

          En  ese  contexto,  aduce, cobran vigencia los razonamientos que la  Corte  expuso  en  sentencia  del  10  de  junio de 2009, radicación 27618, que  sirven      para     señalar     que     si     bien     fue     «parca»  la  argumentación del fallador  de  segundo  grado  en  el  acápite  relativo  a la dosificación punitiva, del  «contexto de la providencia se desprenden claramente  los  motivos  por  los  cuales  no  impuso  el  mínimo  de  la pena»,  por  cuanto  no  se  puede  desconocer  que  a  lo largo de la  sentencia  se  ilustran  aspectos inherentes a la intensidad del dolo y al daño  real  causado,  como  que la acción no se dio en el marco de una confrontación  entre   iguales;  se  utilizó  para  su  materialización  un  artefacto  letal  –arma       de  fuego–, que fue accionada  varias  veces  sobre la víctima; no hubo advertencia previa que le permitiera a  ésta  protegerse,  luego  se hallaba en estado de indefensión; además, había  un  segundo  sujeto  encargado de facilitar la huida del lugar y permitir que el  tirador  se concentrara exclusivamente en la acción de matar y, por último, el  victimario   era   conocido   en   el   sector   y   generaba   pánico   en  la  población.   

          Tales  circunstancias,  agrega, «si bien  no   fueron  expresamente  manifestadas  por  el  Tribunal,  se  desprenden  del  ejercicio  hermenéutico  de  las pruebas», a través  de  una  metodología  propia,  que consistió en trascribir la declaración del  testigo  y  exponer  las razones por las cuales le dio credibilidad, de donde se  sigue  que  es  posible  concluir  la  intención  dolosa del procesado, pues al  homicidio  «precedió  un  actuar  vigilante  de los  sujetos  activos  hacia  su  víctima  para  ubicar  el  momento preciso que les  permitiera  materializar  la  conducta  y  garantizar  la huida del lugar de los  hechos»,  lo  que,  dice,  permite  que  ese  mayor  reproche se refleje en el monto de la pena.   

          En   consecuencia,   la  Fiscalía  considera  que  el  cargo  debe  desestimarse  porque el censor no logra demostrar de qué manera fue desconocido  el  principio  de  legalidad  de la pena, al que simplemente se hizo mención en  punto   de   que   supuestamente   trajo   como   consecuencia   una   falta  de  motivación.         

          3. Ministerio Público.   

          La  Procuradora  3ª  Delegada  para  la Casación Penal, frente al  cargo   formulado  por  el  demandante,  expresa  que  corresponde  analizar  si  efectivamente   la   sentencia  de  segundo  grado  contiene  una  sustentación  suficiente   sobre   la   determinación   del   quantum  punitivo  en  el  caso  concreto.   

          Lo  anterior, acota, de conformidad con el artículo 59 del Código  Penal,  el  cual  establece que toda sentencia debe contener una fundamentación  explícita  sobre  los  motivos de la fijación cualitativa y cuantitativa de la  pena,  por  lo  que  se exige del juzgador un ejercicio racional al realizar tal  procedimiento,  ello  con  el  propósito de que sobre el mismo se pueda ejercer  control,  el  cual  solo  se  garantiza en la medida en que se hagan evidentes y  expresos  los  factores  considerados  por  el  fallador para tal efecto, siendo  éste un principio esencial del Estado Democrático de Derecho.   

          Frente  al  caso  concreto,  la  Procuradora  Delegada aduce que la  revisión  del  fallo  de  segunda  instancia  arroja  que la determinación del  quantum  punitivo  tiene  una  motivación «sumamente  escasa»,  pues  si  bien  el  Tribunal  acierta  al  ubicarse  en  el  primer cuarto, toda vez que no fueron imputadas circunstancias  genéricas  de  mayor  o menor punibilidad, en orden a justificar la imposición  del  máximo de dicha fracción se limita a mencionar la intensidad del dolo, lo  cual  no  corresponde a una adecuada fundamentación de la pena, como quiera que  en  su  fijación  concreta  se  requiere  de  una ponderación de los elementos  individuales  del  comportamiento  juzgado,  de  la  efectiva  lesión  al  bien  jurídico  tutelado, del daño a las víctimas indirectas, entre otros aspectos,  los cuales no son abordados en el asunto particular.   

          Agrega   que   conforme   al   principio   de  legalidad  y  de  la  «trasparencia»  que  la  sentencia  ha  de tener para sus destinatarios, la motivación de la imposición  de  la  pena  no  puede  quedar in pectore,  sino  que  el  juzgador debe expresar razonadamente los factores  que   tuvo  en  cuenta  para  su  determinación,  como  lo  ha  sostenido  esta  Corporación  en  fallos  del  11  de marzo de 2015, 24 de junio de 2015 y 20 de  enero  de  2016,  radicados 43881, 40382 y 46865, respectivamente; procedimiento  en  el  que  debe  ceñirse  a  los  principios de necesidad, proporcionalidad y  razonabilidad  de  la  sanción, de conformidad con el artículo 3º del Código  Penal.   

          Manifiesta  que  en  el  fallo  de  segundo grado se observaron los  parámetros  legales –art.  59  y  61  C.P.– para la  fijación  de  la  pena,  pero  únicamente  en  lo atinente a la selección del  respectivo  cuarto,  puesto  que  en su concreción dentro de dicha fracción se  advierten   ausentes,  como  quiera  que  de  «forma  incipiente  [el  Tribunal]  justificó  la  imposición del guarismo máximo del  primer  cuarto en la intensidad del dolo», sin que se  refiriera  a  los  criterios  que  cita  el  Fiscal  en su intervención como no  recurrente,  los  cuales son fruto de un proceso hermenéutico de lo expuesto en  la sentencia impugnada, pero que no aparecen explícitos en ella.   

          Así  las  cosas, como se incumplió con el deber de motivación de  la  sanción  y  las  premisas  que se tuvieron en cuenta para su determinación  concreta  no  procede  deducirlas del análisis probatorio ni de la relación de  los  hechos,  en  criterio  de  la  delegada  del  Ministerio Público el reparo  formulado  en  el  cargo admitido por la Corte tiene vocación de prosperidad y,  por tanto, la pena debe redosificarse.       

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          1. Cuestión previa.   

          Conviene  señalar  que  el  defensor del procesado Muegues Lesmes,  luego  de que esta Corporación accediera a postergar en una primera oportunidad  la  audiencia  de  sustentación  del  recurso  extraordinario  atendiendo a que  alegó  imposibilidad  de  asistir  debido, entre otras razones, a quebrantos de  salud,  insistió  en  un  nuevo  aplazamiento  que  fue negado ante la falta de  acreditación  de  los motivos en que se sustentó, informando dicho profesional  a  la  Secretaría  de  la Sala que de todos modos no concurriría a la referida  diligencia.        

          En  dicha  oportunidad  la Sala consideró, y ahora lo reitera, que  la  anotada  circunstancia  no  implica  desprotección alguna de las garantías  fundamentales  del  acusado,  por cuanto admitido el cargo y postulado como fue,  resulta  suficiente  para  analizar de fondo el motivo de su impugnación; amén  que  la  ausencia  del  defensor del enjuiciado tampoco puede interpretarse como  desistimiento  del  recurso,  ni  con fundamento en ello declarárselo desierto,  según    el    criterio    de   la   Corporación1   

,     que     al     respecto    tiene  dicho:          

Y  ello  es  así  porque  las  finalidades  perseguidas   con   la   intervención   del   demandante  en  la  audiencia  de  sustentación,   conforme   igualmente  lo  ha  sostenido  la  Corte2,  son las de  permitir  la  realización  del  principio de publicidad, facultar al actor para  profundizar  sus  tesis  y la integración del contradictorio, al permitir a los  no  recurrentes  pronunciarse,  en  el  sentido de sus intereses, respecto de la  demanda.   

Luego  si  el  impugnante  decide  no estar  presente  en  el  acto procesal y no desiste expresamente del recurso, eso sólo  puede  significar  su  plena  conformidad  con  los  argumentos  expuestos en la  demanda, en los cuales no tiene intención de ahondar.   

Ningún   sentido   práctico   en   esas  condiciones  tiene  condicionar  la legalidad de la diligencia a la concurrencia  de  quien  no  tiene  más  nada  que  decir,  o  derivar de la no presencia del  recurrente  (a  quien ya la Corte admitió el libelo por considerarlo adecuado y  suficientemente  argumentado)  que  la  impugnación  queda  desierta  o  se  ha  desistido  de  la misma, simplemente porque son consecuencias no establecidas en  la    ley.    (CSJ   SP,   21   nov.   2012,   rad.  38518)   

          2. De la demanda de casación.   

          El  cargo  admitido  por la Corte en orden a pronunciarse de fondo,  que  postula  el  defensor  del  acusado  Muegues  Lesmes al amparo de la causal  primera      de      casación     –art.  181  Ley 906 de 2004–,  se  circunscribe  al  proceso  de individualización de la pena,  específicamente   a   su   determinación  concreta,  de  conformidad  con  los  parámetros  establecidos  en  el inciso 3º del artículo 61 del Código Penal,  por  cuanto  aduce  que  el  Tribunal no expuso una justificación racional para  imponer  a  su representando el extremo superior del cuarto mínimo, incurriendo  en el vicio denunciado.     

          En   esa  medida,  en  orden  a  dilucidar  el  problema  jurídico  planteado  por  el demandante, valga decir, si el fallador de segundo grado, una  vez  seleccionado  el  primer  cuarto  de  que trata el artículo 61 del Código  Penal,  justificó  la  imposición  de su límite máximo; la Sala se referirá  (i)  al  deber  de  los  jueces  de  motivar sus decisiones y, en particular, la  imposición  de  la  pena;  (ii)  a  la determinación de la sanción en el caso  concreto  y;  (iii)  a  la eventual corrección de los yerros que en dicha labor  haya   incurrido   el  Tribunal.           

          2.1 El deber de motivación de la pena.   

         

         En  el  Estado  Social  y Democrático de Derecho la obligación de  los  jueces  de  motivar  sus  decisiones  constituye una garantía frente a los  derechos  fundamentales  al  debido  proceso  y  defensa,  a  la par que permite  realizar  a  sus  destinatarios un control a la actividad judicial, limitando de  esa  manera  la  arbitrariedad  de quienes están encargados de ejercerla, amén  que   de   contera   ampara   el   principio   de  legalidad  y  el  derecho  de  contradicción.    

         Al  respecto  tanto  la  jurisprudencia  constitucional3 como la de la  Sala4,  ha  sido  insistente  en  sostener que las decisiones judiciales  deben  estar  soportadas en el análisis de los hechos y las pruebas sometidas a  su  consideración,  con  expresión  de  los  fundamentos  jurídicos en que se  apoyan,  y  en  ellas el ejercicio hermenéutico del juez debe estar orientado a  justificar  su decisión, en orden a demostrar que la resolución de determinado  asunto  no  obedece  a su mero capricho o arbitrio, lo cual además de legitimar  la  actividad jurisdiccional permite a las partes y, en general, al conglomerado  social, ejercer un control sobre su corrección.   

         A  ese deber de motivación no escapa la determinación judicial de  la  sanción,  pues cuando el fallador asume dicha tarea está en la obligación  de  expresar  con  claridad  y  precisión  los  factores tenidos en cuenta para  fijarla  tanto  en  lo  cualitativo  como en lo cuantitativo, según lo exige el  artículo  59  del Código Penal, sin que en ese propósito pueda desatender, de  una  parte,  los principios que orientan la imposición de la pena, valga decir,  los    de    necesidad,  proporcionalidad    y  razonabilidad,  y, de otro  lado,    los    fines    que    ésta    persigue5,  según  se establece en las  normas  rectoras previstas en los artículos 3º y 4º ibídem; de tal forma que  a  las  partes  les  queden  suficientemente  clarificados  los  motivos  de  su  determinación   concreta   y,   por  contera,  puedan  ejercer  el  derecho  de  contradicción.             

El  anterior  ha  sido  el  criterio que de  manera  pacífica y reiterada ha expresado la jurisprudencia de la Sala (CSJ SP,  23  sep.  2015,  rad.  38076; CSJ SP, 16 sep. 2015, rad. 46485; y CSJ SP, 2 feb.  2015,  rad. 44840, entre otras), que sobre las deficiencias en la motivación de  la determinación de la pena, en reciente decisión dijo:   

             

Bien  se  ve,  entonces,  que  la punición  arbitraria  está  proscrita  en  un  Estado constitucional. Una pena deviene en  ilegítima   si  es  impuesta  con  inobservancia  de  los  parámetros  legales  establecidos para su fijación o si se muestra desproporcionada.   

            

Ahora,  a fin de legitimar la punición, el  juez  está  en el deber de motivar el proceso de individualización de la pena.  En  la  decisión  respectiva  ha  de  quedar  claro  al  penado, así como a la  generalidad,  que  la  imposición de una sanción específica a un individuo no  es  producto  del capricho o la arbitrariedad del juzgador, sino el resultado de  un  serio  ejercicio de ponderación de finalidades punitivas, respetuoso de los  lineamientos  legales  pertinentes.  Por  ello,  al tenor del art. 59 del CP, la  sentencia  deberá  contener una fundamentación explícita sobre los motivos de  la determinación cualitativa y cuantitativa de la sanción.   

Un  tal  deber de motivación es expresión  directa  de  las  garantías  fundamentales  al debido proceso, a la defensa, al  recurso  efectivo  y  al  acceso a la administración de justicia. Solo ante una  motivación   explícita   y  suficiente  es  dable  ejercer  control  sobre  la  corrección  de  la  decisión  y,  de  esa  manera,  ejercer la prerrogativa de  impugnación,  al  paso que se legitima la decisión y con ello la autoridad del  Estado. (…)   

…esta  Colegiatura  ha puesto de presente  que  la  motivación  de  las  decisiones  hace  parte de la garantía al debido  proceso,  la cual se concreta en el derecho que tienen los sujetos procesales de  conocer  los  supuestos  fácticos,  las  razones  probatorias  concretas  y los  juicios  lógicos  sobre  los  cuales  el juez construye su decisión. Solo así  puede  permitírseles  ejercer  un  control  sobre  el proceso e identificar los  puntos    que    son    motivo    de    discordia6.   

En  ese  sentido,  como  también  lo  ha  clarificado           esta           Corte7, el  imperativo  de  motivar  las  determinaciones judiciales no se cumple, sin más,  con  la simple y llana expresión de lo decidido por el funcionario judicial. Es  preciso  que manifieste en forma clara, expresa, indudable y no anfibológica su  argumentación,  con soporte en las pruebas y en los preceptos aplicados en cada  asunto.  No de otra manera se garantizan los derechos  de  los  sujetos  procesales ni se hace efectivo el principio de sometimiento de  los jueces al ordenamiento jurídico.   

Bien  se  ve, entonces, que la motivación,  cuya  razón  de  ser es evitar el ejercicio arbitrario del poder, es justamente  la  que  permite  el  control  de  la decisión, no solamente por las partes del  proceso,  sino  también  por  el  público  en  general.  En  consecuencia, una  deficitaria  motivación, por ser violatoria de los derechos de defensa y debido  proceso  en  aspectos  sustanciales,  como  arriba  se  indicó,  conlleva  a la  ilegitimidad de la decisión.   

En  síntesis,  la  articulación  de  las  anteriores  consideraciones  lleva  a  la Corte a concluir que el debido proceso  sancionatorio  está  integrado por el respeto del principio de proporcionalidad  en  la  imposición  de la pena, el seguimiento de los lineamientos legales para  la  individualización  de  la  sanción  y  el acatamiento del deber de motivar  suficientemente  el  procedimiento  de  dosificación. Si se desconoce alguno de  estos   componentes,   la   fijación  de  la  consecuencia  punitiva  se  torna  arbitraria. (…)   

Como  atrás  se  precisó,  la  adecuada  motivación  del  proceso  de  dosificación  punitiva es un elemento toral para  predicar  la  legitimidad  de la imposición de una determinada pena. El sistema  punitivo  adoptado  por  el  Código  Penal  colombiano  concibe  un  proceso de  tasación  que parte de montos mínimos de sanción prefijados legislativamente,  como  expresión  de  compensación  (general y abstracta) del injusto culpable.  Así  mismo establece límites máximos que el juez no puede sobrepasar, so pena  de violar la legalidad y desconocer la prohibición de exceso.   

Dentro  de  tal  margen  de  apreciación  reglado,  al  sentenciador  no  le  es  dable escoger  arbitrariamente  un  monto que bien le parezca para sancionar. No. Partiendo del  respectivo  tope mínimo a aplicar dentro del cuarto pertinente, aquél está en  el  deber  de  argumentar  por  qué  se  aparta de la mínima sanción prevista  legislativamente   e   incrementa,   en   el   caso   concreto,   el   monto  de  pena.  Si  existe  un deber de motivación en caso de  aplicación  de  rebajas punitivas (CSJ AP 24.07.2013, rad. 41.041), a fortiori,  el  juez está obligado a motivar los aumentos. En tanto mayor sea la injerencia  en  el  derecho  fundamental  a  la  libertad,  más  altas  son  las exigencias  argumentativas  para  justificar  una intromisión más intensa en la esfera ius  fundamental  del  condenado.  Así como un aumento de penas inmotivado o carente  de  fundamento  en  el  ámbito  legislativo deviene en inconstitucional (CSJ SP  27.02.2013,   rad.   33.254),  esta  misma  consecuencia  es  predicable  de  la  imposición  concreta de una pena, que inmotivadamente se aparta de los límites  mínimos.   

La    motivación    del   proceso   de  individualización   de   la   pena   —en     lo     cuantitativo     y     lo     cualitativo—  no puede desarrollarse de cualquier  manera.  La fundamentación explícita de que trata el  art.  59  del CP ha de abordar los criterios a ponderar, establecidos en el art.  61  incisos  3º  y  4º  ídem.  La  simple  alusión a éstos, sin un concreto  razonamiento  probatorio  que los articule con el asunto sub júdice es del todo  insuficiente.  Como también se ofrece incompleta una  motivación  carente de conexión con las funciones que la pena ha de cumplir en  el asunto particular.   

En   el  presente  caso,  a  la  hora  de  “ponderar”  los factores de individualización, el Tribunal incurrió en una  motivación  absolutamente  deficitaria  para  fijar la pena tanto por el delito  base  (homicidio  agravado  consumado)  como  por  el concurso con el punible de  homicidio imperfecto.   

En  cuanto al primer aspecto, sencillamente  transcribió  los  criterios  legales  para  individualizar  la  sanción y, sin  ninguna  disertación  seria,  efectuó  un  considerable incremento del límite  mínimo  del  cuarto  medio…  (CSJ SP, 24 jun.2015,  rad. 40382)   

De  lo anterior se sigue, en síntesis, que  la  motivación de la individualización de la pena es una garantía que asegura  el  pleno ejercicio del derecho de defensa, en particular en sus manifestaciones  de  la  contradicción  y la impugnación e, igualmente, impide la arbitrariedad  del  Estado, pues el encargado de imponer la sanción está en la obligación de  aplicar  los  criterios  fijados en la ley para el efecto, así que no basta con  hacer  simples  afirmaciones o reproducir el contenido de las normas que regulan  la  dosificación  punitiva  de  espaldas a las pruebas, a fin de incrementar la  pena más allá del mínimo legal.   

          2.2 La determinación de la pena en el caso concreto.   

Al  respecto  se  tiene  que el juzgador de  segundo  grado,  que  valga destacar, revocó la sentencia absolutoria proferida  por  el  a  quo, al abordar la individualización de la sanción por el concurso  de    delitos    de   homicidio   simple   y   fabricación,  tráfico  porte  o  tenencia   de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones, procedió de la siguiente manera:   

Frente  a  la  conducta  contra  la  vida,  conforme  lo  preceptúa  el  artículo  61  de  la Ley 599 de 2000, dividió en  cuartos     la     pena    prevista    para    el   delito   de   homicidio  simple  –208 a 450  meses   de  prisión–  y  tomó  el  primer  segmento  que  oscila  entre  208  y  268 meses y 15 días de  prisión,  selección que es correcta, por cuanto no concurren circunstancias de  menor  ni  mayor  punibilidad,  e  impuso  el tope máximo de tales extremos, es  decir,  incrementó la pena mínima en 60 meses y 15 días, para lo cual sostuvo  lo siguiente:   

…no  se  le  impondrá  [al condenado] el  mínimo,  sino  el  máximo  que  reporta el primer cuarto, es decir, doscientos  sesenta  y ocho (268) meses y quince (15) días de prisión, habida cuenta de la  intensidad  del  dolo.  En punto de antijuridicidad, por el daño creado al bien  jurídico  de la vida, al quitarle la oportunidad a una persona de continuar con  su  existencia  y  truncarle  la posibilidad de su desarrollo personal, social y  familiar,  y  de  paso produciendo la aflicción y congoja en sus familiares por  la pérdida irreparable de un ser querido.     

Adviértase  que  las circunstancias en que  fue  segada  la  vida  del  señor  Pedro  Pablo  Donado Barrios revela la forma  perversa  en  que fue ultimado con arma de fuego, hecho que no solo reviste gran  repudio, sino que denota el más raso desprecio por la vida.   

         Y  respecto  al delito contra la seguridad pública, de igual forma  dividió   en   cuartos   la   pena   prevista   para   el   mismo  –108     a     144     meses     de  prisión–,   y   con  fundamento  en  idéntica  razón  a la expuesta frente al anterior ilícito, se  ubicó  en  la primera fracción que va de 108 a 117 meses de prisión, e impuso  el  límite superior de tales márgenes, es decir, aumentó la pena mínima en 9  meses, que justificó así:   

…como  fundamento para individualizar [la  pena],  se  atenderá al grado de injusto en punto de la gravedad de la conducta  en  relación  con  las circunstancias que rodearon el hecho y la intensidad del  dolo, como se anotó anteriormente (…).   

         Seguidamente,  en  aplicación  de  lo dispuesto en el artículo 31  del  estatuto Punitivo para los eventos de concurso de conductas punibles, tomó  como  pena  base  para  realizar la respectiva operación, la correspondiente al  ilícito     de     homicidio    simple,  esto es, 268 meses y 15 días de prisión, que incrementó en 24  meses     por     razón    del    ilícito    concurrente    de    fabricación,   tráfico  porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes o municiones, para un total de 292  meses   y   15   días  de  prisión,  sin  exponer  las  razones  del  referido  aumento.        

         Surge  patente  entonces, que el Tribunal incurrió en deficiencias  en  la  motivación  de la determinación de la pena respecto de ambas conductas  punibles  por  las  que  declaró  penalmente  responsable  al acusado, pues, en  esencia,  la  argumentación  que  utiliza  para  justificar  la imposición del  máximo  del respectivo cuarto, de un lado, se contrae a parafrasear apartes del  inciso   3º   del   artículo   61   de   la  Ley  599  de  2000,  verbi  gratia  se  mencionan expresiones  como    «la    intensidad   del   dolo»,   «el   daño   creado   al   bien  jurídico» y «la gravedad  de  la  conducta», pero sin hacer referencia alguna a  las   particularidades   del  sub  judice;  y,  de  otra  parte,  se  trae a colación un aspecto que no fue  demostrado  en  el  proceso,  esto  es,  el  daño  causado  a  la  familia  del  occiso.   

         En  efecto,  el  criterio  de  la  intensidad  del  dolo apenas fue  enunciado  al  fijar  la  sanción  tanto por el delito de homicidio como por el  concurso  con el ilícito contra la seguridad pública, dejándose a un lado las  precisas  circunstancias  en que se cometieron tales delincuencias, pues ninguna  alusión  se  hizo  a ellas, las cuales emergen pertinentes a efectos de graduar  el  mentado  aspecto  subjetivo de la conducta y su incidencia en la concreción  de la pena.      

         En  cuanto hace al daño real creado, en punto del delito contra la  vida,  el  ad  quem lo fincó, por una parte, en que al obitado se le truncó su  existencia  y, por contera, la posibilidad de lograr su desarrollo como persona,  lo  cual  es  apenas  el  resultado obvio y natural de la conducta de homicidio,  según  se  desprende  del  hecho  de  que  la descripción típica precisamente  sanciona  la  muerte  ocasionada  a  un  congénere,  por  lo  que  sostener  el  incremento  punitivo  con fundamento en esa simple afirmación no solo desconoce  que  dicho  criterio  (desvalor  de  resultado)  ya  fue tenido en cuenta por el  legislador  al  determinar  la  pena  aplicable,  sino  que incluso desconoce el  principio  non bis in ídem,  toda  vez que no obstante valorarse dicha circunstancia como elemento integrante  del  injusto  típico,  nuevamente  se  trae  a colación para individualizar la  sanción.         

         Ahora  bien,  con  relación al criterio conforme al cual se causó  daño  a  la familia del obitado, cabe precisar que el generado en el caso de la  especie  no  fue más allá del que naturalmente produce la desafortunada muerte  violenta  e  inesperada  de  un  ser querido, sin que aflore prueba —y  menos  razón  alguna—  que  permita afirmar que el acusado  buscó incrementarlo.   

         Cabe  anotar,  que aun cuando el ad quem, al individualizar la pena  por    el    delito    de    homicidio,    menciona   que   las   «circunstancias»  en que fue ultimada la  víctima  evidencian  la manera «perversa»  en  que  se cometió la conducta, al parecer con la pretensión  de  aludir  a  la mayor gravedad de la misma, tal argumento es insuficiente para  incrementar  la  sanción  más  allá  del  mínimo  previsto  en el respectivo  cuarto,  por cuanto se queda en el plano de lo general y abstracto, valga decir,  el  juzgador  no  concreta frente al caso examinado cuáles son los factores que  permiten  esa  calificación  o porque el ilícito juzgado merece «gran  repudio social», incumpliendo así  con el deber de motivar la sanción.       

         Mírese  entonces,  que  el criterio de la gravedad de la conducta,  en  el fondo se redujo al hecho de que se dio muerte a la víctima utilizando un  arma  de  fuego,  con  lo  cual,  como se dijo en la decisión de la Sala atrás  rememorada,  al  ser  dicho factor uno de los que «el  legislador,   al   valorar   el   grado  de  injusto  desde  la  óptica  de  la  compensación,  ya  tuvo  en cuenta al determinar las penas aplicables… si con  tales  referentes  se  quería  incrementar  la  sanción  separándose  de  los  límites  mínimos,  los  sentenciadores estaban obligados a justificar por qué  la  específica  conducta  reprochada  al  acusado  requería  un mayor grado de  reproche    en    términos    retributivos»,   observándose   que  tal  justificación  en  el  sub  lite brilla por su ausencia.   

          En  ese  orden, tras analizar cada uno de los criterios mencionados  en  la  sentencia  impugnada  y  que  sirvieron  para incrementar la pena por el  delito  de  homicidio simple  más  allá del mínimo previsto en la ley, se observa que se sustentaron en una  motivación  prácticamente  inexistente  en  lo  que toca con la gravedad de la  conducta  y  la  intensidad  del dolo, puesto que el Tribunal se limitó a hacer  referencia  al  artículo  61  del  Código  Penal  que los recoge, mientras que  resultó  falsa  en  cuanto  al daño causado a familia de la víctima, toda vez  que  la prueba no refleja tal situación, por lo que amén de que se desconoció  el  debido proceso, lo cierto es que “en el fondo se  vulneró  la  garantía  fundamental de proporcionalidad de la pena, en tanto su  final   determinación   irrespeta  la  máxima  de  prohibición  de  exceso”  (CSJ SP, 24 jun. 2015, rad. 40382).   

          De  ahí  que  la  Sala no comparta los argumentos expuestos por el  delegado  de  la  Fiscalía en su intervención como no recurrente, pues si bien  como  éste  lo  trae a colación, la jurisprudencia8   

ha considerado que no es necesario que en la  sentencia  se  dedique  exclusivamente un capítulo para cumplir con la labor de  motivación  de  la  sanción,  sino  que  ésta puede aparecer a lo largo de la  providencia,  pues ello en últimas garantiza a la defensa conocer los criterios  utilizados  en  ese  ejercicio dosimétrico y ejercer frente al mismo el derecho  de  contradicción,  en el asunto examinado tal situación no se presenta y, por  tanto, el precedente evocado no resulta aplicable.    

          El  anterior  aserto  se  funda  en que por ninguna parte del fallo  impugnado,  diferente  al  apartado relativo a la individualización de la pena,  se  hace mención a los criterios en que se sustenta su determinación concreta,  pues  en el resto de la providencia el juzgador de segundo grado se concentra en  resolver  los  aspectos  planteados  por  la Fiscalía al impugnar la sentencia,  particularmente en la estimación de la prueba testimonial.   

          Ahora,  las circunstancias del hecho que destaca el Fiscal Delegado  ante  esta  Corporación, como reveladoras de la mayor gravedad de la conducta y  la  intensidad  del  dolo  tales  como,  que se trató de un evento de sicariato  fríamente  planeado donde la víctima fue sorprendida por el homicida y no tuvo  oportunidad  de  defenderse,  amén  que  en  la acción delictiva participó un  segundo  sujeto  encargado  de  facilitar  la huida en una motocicleta, etc.; no  fueron  explicitadas  por  el  Tribunal,  sino  que  las  infiere  la  parte  no  recurrente  de  la  facticidad  declarada en la sentencia y de la referencia que  allí  se  hace a la prueba testimonial, como lo reconoce en su intervención el  representante del ente acusador.   

          En  esa  medida,  la  falencia de motivación anotada no se conjura  simplemente  porque  en el fallo se relacionen los hechos materia de juzgamiento  y  se  trascriba  el contenido de la prueba testimonial, pues como acertadamente  lo  destaca  la  agente del Ministerio Público, los motivos considerados por el  juzgador  para  determinar  cuantitativa  y  cualitativamente la pena, no pueden  quedar  in pectore, sino que  tienen  que  hacerse  expresos para que sobre ellos las partes puedan ejercer el  respectivo  control  y,  eventualmente,  el  derecho  de  contradicción;  de lo  contrario,   se   vulnera   el  debido  proceso  sancionatorio  y  la  garantía  fundamental  de proporcionalidad de la pena, quedando librada la fijación de la  sanción al arbitrio del juez.   

          Por  tanto,  la  Corte  casará  la  sentencia con fundamento en el  cargo  admitido  y  procederá  a  redosificar  la pena impuesta al acusado, con  observancia  de  las  normas  legales que reglan su determinación concreta y la  jurisprudencia de la Corporación sobre la materia.   

2.3   Redosificación   de   la  pena  de  prisión.   

         

         El   juzgador   de   segundo   grado,   siguiendo  los  parámetros  establecidos  en  el  artículo  31 del Código Penal, procedió a determinar la  pena   frente  a  los  delitos  de  homicidio  simple  y  fabricación, tráfico,  porte  o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones,  con el propósito de establecer cuál de ellas era la más grave  según  su naturaleza, siendo oportuno destacar que no obstante que la Fiscalía  formuló  acusación  y  solicitó condena respecto de éste último ilícito en  la  modalidad  agravada, por la circunstancia prevista en el inciso 3º, numeral  4º,   del   artículo  365  ibídem  –obrar        en        coparticipación        criminal–,   la  misma  fue  omitida  por  el  Tribunal,  sin que se expresaran las razones de tal determinación; no obstante,  el  yerro  antes advertido no es pasible de ser enmendado en sede del recurso de  extraordinario,  so pena de quebrantar la prohibición de reforma peyorativa, si  en cuenta se tiene que el procesado es impugnante único.   

         Ahora  bien,  luego de dividir en cuartos el ámbito de punibilidad  previsto  para  ambas  conductas  punibles y habiendo advertido que no concurren  circunstancias  de mayor o menor punibilidad, el ad quem seleccionó los cuartos  mínimos  para  individualizar  la  sanción, los cuales oscilan, para el delito  contra  la  vida entre 208 y 268 meses y 15 días de prisión, mientras que para  el  ilícito  contra  la  seguridad  pública  entre  108  y  117  meses de pena  privativa de la libertad; proceder que no merece ningún reparo.   

         Frente    al    delito   de   homicidio  simple,  ponderando  los criterios que tuvo en cuenta  el  juez  colegiado, valga decir, la intensidad del dolo y el daño real creado,  la  Sala no encuentra motivos atendibles para incrementar más allá del mínimo  la pena al procesado.   

         Lo  anterior  porque,  en  punto  de  la intensidad del dolo, en el  proceso  se  desconocen  los móviles que originaron el atentado cometido contra  Pedro  Pablo  Donado  Barrios, como también si ello obedeció, según lo supone  el  Fiscal  Delegado,  a  un  acto  de  sicariato,  es  decir, que la muerte del  mencionado  se cometió por encargo, a cambio de dinero o promesa remuneratoria;  y  tampoco  es  posible  sostener  que existió una preparación ponderada de la  conducta  o,  en  palabras  del  representante  del ente acusador, que previo al  homicidio  se  diera  «un  actuar  vigilante  de los  sujetos  activos hacia su víctima que les permitiera materializar la conducta y  garantizar  la  huida  del  lugar», así que no surge  evidente  que  en su realización se presentara un grado de dolo superior al que  se demanda del autor para matar.   

         Y  en cuanto al segundo criterio, esto es, el daño real creado, no  obran  elementos  de  juicio  que  demuestren  que  el bien jurídico de la vida  hubiera  sufrido  un menoscabo superlativo, más allá de aquel que ya contempla  el  tipo  penal  de  homicidio  y  que  se  concreta en la muerte violenta de la  víctima;  como  tampoco hay prueba de que se causara una especial afectación a  la  familia  del  fallecido  Donado Barrios, superior a la que puede producir el  deceso  de  un  ser  querido  en  las  circunstancias  en  que  se  dio  el  del  mencionado.      

         Por  tanto,  como  no hay lugar a realizar incremento alguno dentro  del  primer  cuarto,  de  acuerdo con lo concluido por la Sala, se debe fijar la  pena   de   prisión  para  el  delito  de  homicidio  simple  en el mínimo previsto en la ley, esto es, en  208  meses,  o  lo  que  es lo mismo, en 17 años y 4 meses, término por el que  también  se  fijará  la pena accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos y funciones públicas.   

          De    otra    parte,    frente    al   ilícito   de   fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios,   partes   o  municiones,  por  igual  el  Tribunal  tuvo  en  cuenta  los  criterios  de  mayor  gravedad de la conducta e  intensidad  del  dolo,  que  lo llevaron a imponer el límite máximo del cuarto  mínimo,  y aun cuando no ofreció ninguna explicación sobre cómo se articulan  con  las  particularidades  del sub judice,  la  Corte  encuentra que tal incremento punitivo se justifica en  ambos  factores, por lo que los ponderará en orden a evidenciar su concurrencia  en  el  caso  concreto,  como  en  otras ocasiones ha procedido ante situaciones  similares9.     

         En  efecto, no puede soslayarse, respecto del primero de ellos, que  el  arma  de fuego que portaba ilegalmente el acusado se utilizó para ocasionar  la  muerte de una persona, en tanto que en punto de la segunda variable, al dolo  atinente  al  porte  ilegal  de  dicho  artefacto,  se  suma  aquel  relativo al  propósito  que  se  perseguía  con  el  mismo, lo cual eleva el desvalor de la  conducta  y  torna potencialmente más lesiva de la seguridad pública, dado que  la  paz  y  la  convivencia social que la integran, ciertamente se ven afectadas  con mayor intensidad.          

         En  ese  orden,  estima  la  Sala  que la sanción a imponer por el  delito   contra   la   seguridad   pública   se   determina  en  117  meses  de  prisión.   

         Ahora  bien,  como  al  procesado  se  le  endilga  haber realizado  pluralidad  de  acciones  que  infringieron varias disposiciones de la ley penal  –concurso  de  conductas  punibles–, de conformidad  con  el  artículo  31  del Código Penal, en orden a determinar la pena se debe  partir  de  la  más grave según su naturaleza y, adicionalmente, deben tenerse  en  cuenta  factores  cuantitativos tales como (i) el aumento no debe exceder en  otro  tanto  el  monto  de  la  pena  más  grave, (ii) la sanción no puede ser  superior  a  la  suma  aritmética  de  las  que  correspondan a cada uno de los  delitos  debidamente  dosificados  cada  uno de ellos y (iii) en ningún caso la  pena podrá excede de sesenta (60) años de prisión.     

          Además  de  las reglas en mención, según la jurisprudencia de la  Corporación,  el  incremento  punitivo  por  razón del concurso depende de los  siguientes     criterios:     «(i)    el  número de  conductas  concurrentes  y  (ii) los principios de necesidad, proporcionalidad y  razonabilidad,  que  tienen  que  ver con la gravedad, así como las modalidades  específicas,       de      los      delitos      que      concursan»10.   

En     esa    medida,    considera       la      Corte  que como  en   el   caso   concreto  concursan   dos   conductas   punibles  y  atendiendo  la  mayor  gravedad  de  aquella que atenta contra la  seguridad  pública, según  quedó    expuesto   ut  supra,  el incremento de 24  meses  que  consideró  el ad quem resulta ajustado a los criterios indicados en  la  jurisprudencia  citada,  con lo cual, además, se  garantiza   la   efectiva   tutela   del   referido  bien  jurídico  y  se  cumplen  los  fines  de  retribución  justa y prevención  especial    positiva    de    la   pena  que resultan aplicables en este asunto.   

De  modo  que  la  pena  para  el delito de  homicidio     simple,  individualizada  en 208 meses de prisión, se aumenta en 24 meses por razón del  concurso  con  el  ilícito de fabricación, tráfico,  porte  o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones,     para     una     sanción    definitiva    de    doscientos  treinta  y  dos  (232)  meses  -19    años   y   4   meses–,  término  por  el  que  también  se  fijará la pena accesoria de inhabilitación para el  ejercicio de derechos y funciones públicas.   

         Por  otra  parte,  aun cuando la Sala advierte que el Tribunal nada  dijo  en relación con la pena accesoria de privación  del  derecho a la tenencia y porte de arma, que debió  considerar  con ocasión del delito contra la seguridad pública, de conformidad  con  lo  normado  en  el  artículo  52  del  Código Penal, tal yerro no admite  corrección  en  esta  sede,  por  cuanto  así  lo  impone  la  prohibición de  reformatio in pejus, habida  cuenta   que   en   la   presente   actuación   el   procesado   es  el  único  recurrente.   

         Finalmente,  conviene  precisar  que,  salvo lo aquí decidido, las  demás  determinaciones  del  fallo  de  primer  grado  se mantienen incólumes,  incluyendo  la  negativa  de conceder al sentenciado los mecanismos sustitutivos  de    la    pena    de    prisión   –suspensión  condicional  de  la  ejecución  de la pena y prisión  domiciliaria–,   cuya  improcedencia  se  sustenta  en  que  no  se  cumple  con el factor objetivo que  demandan  para  su  aplicación,  tal como se consignó en la parte motiva de la  referida decisión.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA  DE  CASACIÓN  PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         1.  CASAR parcialmente el fallo impugnado  con  fundamento  en  el cuarto cargo de la demanda formulada por el defensor del  procesado  Víctor  Julio  Muegues  Lesmes,  con  el objeto de modificar la pena  principal  y  la  accesoria  que le fueran impuestas como coautor responsable de  los    delitos   de   homicidio   simple   y  fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia   de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones.   

         2.              IMPONER, en  consecuencia,  a  Víctor  Julio   Muegues   Lesmes   la   pena   de  doscientos treinta y dos (232) meses  de  prisión  y  la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones públicas por el mismo término.   

         3.    DEJAR   incólumes   las   demás  determinaciones adoptadas en el fallo impugnado.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1 CSJ  SP, 25 may. 2011, rad. 35104 y CSJ SP, 9 dic. 2010, rad. 32506.   

2 Cfr.  Sentencias  del  21  de mayo de 2009 y 17 de marzo de  2010,      radicaciones      Nº     31367          y         32829,         respectivamente.   

3  Sentencia CC C-145-1998.   

4 CSJ  SP,  24 jul. 2013, rad. 36448; CSJ SP, 23 may. 2012, rad. 32173 y CSJ SP, 2 feb.  2011, rad. 32018; entre otras.   

5  «…prevención   general,   retribución   justa,  prevención     especial,     reinserción     social     y    protección    al  condenado».   

6  “CSJ SP 12/12/05, rad. 24011.”   

7  “CSJ SP 05/12/07, rad. 28432.”   

8 CSJ  AP,  11 mar. 2015, rad. 42293; CSJ SP, 25 ago. 2010, rad. 33458; CSJ SP, 10 jun.  2009, rad. 27618; y CSJ SP, 8 oct. 2003, rad. 17606.   

9 CSJ  SP, 24 jun. 2015, rad. 40382.   

10 CSJ  SP, 30 abr. 2014, rad. 41350.     

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