SP16907-2016(46684)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

Magistrados ponentes  

SP16907-2016  

Radicación No. 46684  

(Aprobado Acta No. 376)  

Bogotá, D.C., veintitrés (23) de noviembre  de dos mil dieciséis (2016).   

Se procede a resolver el recurso de casación  presentado  por  el  defensor del procesado Juan Camilo Velandia Tovar contra la  sentencia  del  Tribunal  Superior  de  Cali, confirmatoria de la dictada por el  Juzgado  Séptimo  Penal  del  Circuito con Función de Conocimiento de la misma  ciudad,  que  lo condenó como autor del delito de fabricación, tráfico, porte  o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones.   

HECHOS  

Mediante  llamada  anónima  a  la  Policía  Nacional  de  la  ciudad  de  Cali,  donde  se daba cuenta de la presencia de un  individuo  en  la  calle 1C oeste con calle 100A portando varias armas de fuego,  de  quien  se suministraron sus característica físicas y atuendo, a eso de las  10:00  p.m.  del  31  de  diciembre  de  2014 se capturó a Juan Camilo Velandia  Tovar,  al  coincidir  la  descripción ofrecida por el informante con éste, al  cual   se   le   hallaron   en   un   bolso   dos  revólveres  calibre  38  sin  munición.   

ANTECEDENTES    PROCESALES   RELEVANTES   

Por  el anterior acontecer fáctico, el 1 de  enero  de  2015, ante el Juzgado Treinta Penal Municipal con Función de Control  de  Garantías  de  Cali,  se  formuló imputación a Juan Camilo Velandia Tovar  como  presunto  autor  del delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia de  armas  de  fuego, accesorios, partes o municiones (art. 365 del C.P.); a la cual  no se allanó.   

No  obstante  esa inicial manifestación del  procesado,  el  16  de  marzo de 2015, en el Juzgado Séptimo Penal del Circuito  con  Función  de  Conocimiento  de Cali, se aprobó el preacuerdo que celebrara  con  la Fiscalía, el cual consistió en que a cambio de aceptar su culpabilidad  en  el  delito  imputado,  se le degradaba la forma de participación de autor a  cómplice,  pero además, se le impondría la pena mínima, esto es, 4 años y 6  meses.   

El mismo día se agotó el trámite previsto  en  el  artículo  447  de  la  Ley  906  de  2004, durante el cual la Fiscalía  señaló  que  si  bien el procesado tenía un par de anotaciones, no registraba  antecedentes penales, además, reconoció que contaba con arraigo.   

El  9  de  abril de 2015, se condenó a Juan  Camilo  Velandia  Tovar  como  “autor”  del delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones, pero se le fijó la pena mínima que  correspondía     al    “cómplice”, esto es, 54 meses de prisión.   

Igualmente,  se  le  impusieron  las  penas  accesorias  tanto  de  inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas,  como  de  privación  del  derecho a la tenencia y porte de armas de  fuego,  ambas por “el mismo término” de la sanción privativa de la libertad.   

Así mismo, se le negó tanto la suspensión  condicional  de  la  ejecución  de la pena por no concurrir el factor objetivo,  así  como el mecanismo sustitutivo de la prisión domiciliaria por igual causa,  bajo  el  argumento  de que se debía tener en cuenta la pena prevista en la ley  para  el “autor”, así la  condena    hubiese    sido    por    la    que   corresponde   al   “cómplice”,  lo  que se sustentó en  lo  señalado  por esta Sala el 26 de noviembre de 2014, dentro del radicado No.  44906.   

Ese  fallo  fue  apelado por el defensor del  inculpado,  en  concreto  frente  a la negación del mecanismo sustitutivo de la  prisión  domiciliaria y, el 22 de mayo de 2015, el Tribunal Superior de Cali lo  confirmó  en su integridad con fundamento en el mismo argumento y decisión que  fueran  esgrimidos  por  el  juez  a  quo.   

Contra ese fallo el apoderado del enjuiciado  presentó recurso de casación.   

Admitida  la demanda respectiva, se llevó a  cabo la audiencia de sustentación.   

LA   DEMANDA:  

Está  compuesta por una sola censura, cuyos  argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

El recurrente denuncia la violación directa  de  la  ley  sustancial,  por  cuanto  considera  que  si  bien  en la sentencia  impugnada  se  aceptó  que  se  cumplían  los requisitos para conceder la pena  sustitutiva  de  la  prisión  domiciliaria  consagrada  en el artículo 38B del  Código  Penal,  adicionado  por  el  artículo  23  de  la  Ley  1709  de 2014,  finalmente este beneficio no se le concedió al procesado.   

Al respecto el impugnante añade que la pena  de  prisión que se le fijó al procesado fue de 54 meses, así mismo, que éste  carece de antecedentes y, además, que cuenta con arraigo.   

Por  tanto,  pone de manifiesto que el error  del  Tribunal  radicó  en  negar  la pena sustitutiva en cuestión, teniendo en  cuenta       la       sanción      prevista      para      el      “autor”  y  no  la  del  “cómplice”,  que fue por la que a la  postre  se condenó a su representado como fruto del preacuerdo celebrado con la  Fiscalía.   

Así  las  cosas,  una vez trae argumento de  autoridad  (sentencia  del  26  de  septiembre  de 2014 del Tribunal Superior de  Armenia),  en  orden a patentizar que se debe tener en cuenta la pena y forma de  participación  por  la  que se condenó al procesado por razón del preacuerdo,  más  no aquella que corresponde al delito cometido e, igualmente, cuestiona que  la   jurisprudencia   de   esta   Sala   que  fue  citada  por  el  a  quo  para  negar  el  sustituto  de la  prisión  domiciliaria  no  es  aplicable al asunto de la especie, por cuanto se  refiere  a  un  delito distinto al que aquí se juzga, pide casar la sentencia y  que  se  conceda  al  procesado  la  prisión domiciliaria por estar satisfechos  todos   los   requisitos   contemplados   en   el   artículo  38B  del  Código  Penal.   

INTERVENCIONES    EN    LA   AUDIENCIA   PÚBLICA:   

1.  Defensor  del  procesado  Juan  Camilo  Velandia Tovar:   

Se  reafirma en lo expuesto en la demanda de  casación  y agrega que en respaldo de lo allí afirmado se debe tener en cuenta  lo señalado por la Sala en CSJ SP, 12 mar. 2014, rad. 42623.   

2.      Fiscalía    General   de  la   Nación:   

La   Fiscal  Segunda  Delegada  ante  esta  Corporación,   expresa  que  el  caso  de  la  especie  plantea  dos  problemas  jurídicos.   

El  primero,  si la degradación que se hace  con  ocasión  de  un  preacuerdo  en torno a la participación en el delito, en  concreto  de  autor  a  cómplice,  proyecta  sus  efectos  a  la  concesión de  beneficios  penales, en particular para acceder a la prisión domiciliaria y; el  restante,   si   en   el   caso   particular   es  viable  conceder  dicha  pena  sustitutiva.   

Con el fin de resolver el problema jurídico  inicial,  expresa  que se debe tener en cuenta la teleología de los preacuerdos  y  negociaciones  como  una  expresión  de la justicia premial, con los cuales,  señala,  básicamente  se  persigue  permitir  la intervención de las personas  implicadas  en la solución del conflicto que se genera a raíz del delito; así  mismo,  que  no  se  conciba  al delito como una infracción a la ley del Estado  sino  como  una conducta que origina un conflicto frente al cual se debe ofrecer  una  solución  lo  más  legítima y menos violenta posible y, por último, que  con  ellos  se  busca evitar la saturación de la administración de justicia en  materia  penal,  aplicando mecanismos que conduzcan a la terminación anticipada  del  proceso  a  partir  de  lo  cual  se  dé una solución rápida y eficaz al  conflicto.   

Expresa  que  bajo esa perspectiva es que se  establecieron  los  preacuerdos  y negociaciones, en desarrollo de los cuales se  faculta   a   la  Fiscalía  para  que  pacte  con  el  inculpado  su  grado  de  participación  en el delito, lo cual, a la postre, se refleja favorablemente en  la  reducción de la pena, amén de que también el ente acusador y el procesado  pueden acordar las condiciones en que se cumplirá la sanción.   

En  esa medida, para la Fiscal Delegada ante  esta  Corporación, las consecuencias de la degradación en la participación de  la  conducta punible de autor a cómplice, no solo deben irradiar la imposición  de  la  pena,  sino  que también han de posibilitar la concesión de beneficios  como la prisión domiciliaria.   

Añade  que  arribar  a conclusión distinta  sería  desconocer  la teleología de los preacuerdos y negociaciones que, entre  otras  cosas,  buscan  resolver  los casos de manera rápida y eficaz en aras de  impedir la congestión de la administración de justicia.   

En suma, para la Delegada del ente acusador,  la   degradación   en  la  participación  del  delito  no  solo  debe  incidir  favorablemente  en  la determinación de la pena, sino en otros institutos, como  en  este  asunto, en la concesión de la prisión domiciliaria, de tal forma que  si  bien lo ideal es que este tipo de beneficios se acuerden desde el principio,  no por ello se debe desechar su aplicación si no se pacta.   

En cuanto hace relación al segundo problema  jurídico,  que  dice la Fiscal Delegada propone el caso de la especie, esto es,  si   procede   conceder   al  procesado  la  pena  sustitutiva  de  la  prisión  domiciliaria,  ésta  arriba  a la conclusión de que en este caso concurren los  requisitos  contemplados  en  el artículo 38B del Código Penal, adicionado por  el artículo 23 de la Ley 1709 de 2014.   

En ese sentido, sostiene que la pena mínima  prevista  en la ley para el delito por el que se procede, esto es, fabricación,  tráfico,  porte  o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones,  fruto  de la degradación de autor a cómplice a consecuencia del preacuerdo, es  menor  a 8 años de prisión, pues en concreto es de 4 años y 6 meses, así que  recuerda  que  es  postura pacífica de la Sala, aquella según la cual se deben  tener  en  cuenta  todos  los  aspectos  que  modifican  la pena en la ley a los  efectos  de  establecer  la  que se ha de confrontar para resolver si procede el  beneficio de la prisión domiciliaria.   

Adicionalmente,   asegura  que  el  delito  previsto  en  el  artículo  365  del  Código  Penal  no está consagrado en el  artículo  68A ídem como uno  frente  a  los  cuales  no  procede  el  beneficio consagrado en el artículo 38  ibídem.   

Además, expresa que el arraigo del inculpado  se   encuentra   acreditado  a  partir  de  las  constancias  señaladas  en  la  formulación  de imputación, imposición de medida de aseguramiento e, incluso,  conforme  lo  consignó  la  Fiscalía  en  el  acta  de preacuerdo, lo cual fue  aceptado    expresamente    por    el   juzgador   de   primer   grado   en   la  sentencia.   

Así  mismo,  pone  de  presente  que no hay  demostración  de  que  el  implicado  haya sido condenado dentro de los 5 años  anteriores  a  la  fecha  de  la  comisión  de la conducta punible que aquí se  juzga.   

Por  ende,  solicita  casar  parcialmente la  sentencia  y,  en  consecuencia,  conceder  la  pena  sustitutiva de la prisión  domiciliaria al procesado Juan Camilo Velandia Tovar.   

3.     Ministerio    Público:   

El  Procurador  Segundo  Delegado  para  la  Casación  Penal,  una  vez señala que está de acuerdo con lo planteado por la  Fiscal  Delegada  ante  esta  esta  corporación,  agrega  que  para  efectos de  establecer  si  procede  la concesión del beneficio de la prisión domiciliaria  en  este caso, se debe tener en cuenta la calificación jurídica que surgió en  razón  del  preacuerdo,  pues  por  ella  es  que  a  la  postre se condenó al  procesado.   

Adicionalmente expone, como lo hizo la Fiscal  Delegada,  los  argumentos encaminados a demostrar que se cumplen los requisitos  exigidos  en  el  artículo 38B de Código Penal, a efectos de que se conceda la  pena  sustitutiva de la prisión domiciliara, por tanto, pide casar parcialmente  la sentencia en ese sentido.   

CONSIDERACIONES    DE    LA   CORTE:   

Antes  de  emprender el estudio de fondo del  recurso  de  casación  formulado  por  el  defensor  del  procesado Juan Camilo  Velandia  Tovar,  resulta  oportuno indicar que le asiste interés para impugnar  la  sentencia,  teniendo  en  cuenta  que  la  única objeción que le hace a la  sentencia  dictada  como  resultado  del  preacuerdo celebrado con la Fiscalía,  radica  en la negativa a concederle al citado la pena sustitutiva de la prisión  domiciliaria,  instituto  que  es  del  caso  mencionar,  no fue convenido en la  aceptación   de   culpabilidad   consensuada   (CSJ   SP,  3  sep.  2014,  rad.  33409).   

Señalado lo anterior, es necesario precisar  que  los  problemas  jurídicos  que  plantea el caso que ocupa la atención son  dos,  conforme lo identificó la Fiscal Segunda Delegada ante esta Corporación,  valga  decir,  (i)  si la degradación que se hace con ocasión de un preacuerdo  en  torno  a  la  participación en el delito, en concreto de autor a cómplice,  proyecta  sus  efectos  para acceder a la prisión domiciliaria y; (ii) si en el  sub  judice  se cumplen los  requisitos para conceder dicha pena sustitutiva.   

Con el fin de resolver los interrogantes que  ofrece  el  asunto  objeto  de  análisis,  inicialmente  es preciso abordar los  argumentos  que  expuso el Tribunal, a efectos de establecer si acertó al negar  la  concesión  de la pena sustitutiva de la prisión domiciliaria. Lo anterior,  en aras de aproximarse a la solución que corresponda.   

En  ese sentido, se tiene que el juzgador de  segundo  grado  sostuvo  lacónicamente  que  como  el  delito  de fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones  es  de  “propia mano, vale decir… de mera conducta  que,  por lo mismo, desde el punto de vista dogmático, no admite el dispositivo  amplificador  de  la  complicidad”,  entonces no era  posible   que   en   este   caso   la   Fiscalía   preacordara   esa  forma  de  participación.   

Así  mismo, el ad  quem  afirmó  que  del  hecho  que  se  convenga  una  manifestación    de    culpabilidad    con    dicho    alcance,    “no  significa  que desde el punto dogmático varíe, se reitera,  la  tipicidad”.  Así  las  cosas, concluyó que era  necesario  tener  en  cuenta  la  pena  mínima  prevista para el autor de dicho  delito,  es  decir, 9 años de prisión, a efectos de determinar si procedía la  prisión  domiciliaria, por tanto, afirmó que como el artículo 38B del Código  Penal  exige  que  la  sanción  mínima  sea  de  8  años de prisión o menos,  entonces se imponía negar la pena sustitutiva en mención.   

La solución que ofrece el Tribunal obliga a  realizar    varios    comentarios    con    el    ánimo    de   evidenciar   su  desacierto.   

En   primer  término,  resulta  oportuno  recordar  que  el  tipo  penal que describe el delito de fabricación, tráfico,  porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego, accesorios, partes o municiones, es de  “sujeto     activo  indeterminado  y  de conducta alternativa, dado que la  acción  o comportamiento reprimido está  gobernado  por distintas inflexiones verbales, a saber: importar,  traficar,  fabricar,  transportar,  almacenar,  distribuir, vender, suministrar,  reparar    o    portar;  cualquiera   de   las  cuales  resulta  idónea  para  materializar  el  injusto,  el cual está   complementado   con  el  ingrediente  normativo  consistente  en  desarrollar   o   llevar   a   cabo  alguna  de  esas  actividades  «sin     permiso     de    autoridad  competente»,  y el objeto  material  de  la  acción lo constituyen «armas   de  fuego  de  defensa     personal»”…     [sus    partes    esenciales,    accesorios    esenciales    o  municiones].   

[A   su  vez,  como]  esos  objetos  sobre  los  que ha de recaer la  acción  prohibida  no aparecen definidos en el mismo  tipo,   ni   en   el   respectivo   ordenamiento   penal  sustantivo…   resulta   forzoso   completar  la  descripción de la conducta con otros ordenamientos o  preceptos,   para   este   caso,   el  Decreto  2535  de  1993,  “Por  medio  del  cual  se  expiden normas sobre armas, municiones y  explosivos”.  (CSJ  SP, 6  jun. 2012, rad. 38566)   

Teniendo   en  cuenta     el     análisis    anterior,    se   observa   que   la         conclusión   del  Tribunal  conforme  a la cual, el  delito  de  fabricación, tráfico, porte o tenencia de  armas  de fuego, accesorios, partes o municiones es de  “propia  mano,  vale decir… de mera conducta”, es  incorrecta.   

En  primer  lugar,  cabe  recordar  que  se  predica    que   un   tipo   penal   recoge   una   conducta   de   “propia  mano”, cuando solo el sujeto  agente  está  en  condiciones  de  ejecutarla personal y materialmente, sin que  otra persona pueda realizarla en su lugar.   

A  su  vez,  en  cuanto  hace  relación al  concepto     de     tipo     penal    de    “mera  conducta”,  es  del  caso  mencionar que se trata de  aquellos  en los cuales el simple comportamiento del sujeto agente, en razón de  la  potencialidad  criminosa  que  el  mismo  envuelve, impone que sea objeto de  sanción    penal,    al    margen    del   resultado   que   eventualmente   se  produzca.   

Como   se  puede  apreciar,  per   se  no  es  posible  equiparar  los  delitos  de  propia  mano  con  los de mera conducta, pues mientras los primeros  hacen  alusión  a una exigencia relativa al sujeto agente frente a la conducta,  los  últimos  se  refieren  al  contenido  del  comportamiento  en razón de la  potencialidad del daño que envuelve.   

Ahora,   al   margen   de   esa   puntual  circunstancia,  cabe  precisar  que  no es cierto que el delito de fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones  sea  de  propia mano, pues por los múltiples verbos que contiene, no es posible  hacer esa afirmación.   

Es más, si en gracia a discusión solamente  se         contemplara         el        verbo        rector        “portar”  que  prevé  el  delito  en  cita,  que  al  parecer  fue  el  que  tuvo  en cuenta el Tribunal para hacer la  afirmación  de que es de propia mano, entonces resulta suficiente con señalar,  para  desvirtuar  esa  postura,  que  dentro de las múltiples posibilidades que  ofrece  la  casuística,  bien  puede ocurrir que alguien le preste ayuda a otro  para  que  pueda  concretar  la conducta de llevar consigo ilícitamente bien un  arma,    munición   o   sus   partes   o   accesorios   esenciales  para aquellas,  de  donde  se  sigue  que  no  cabe  duda  que  bajo  ese escenario se activa la  posibilidad  para  predicar  la forma de participación de la complicidad en los  términos  del  artículo  30  del  Código  Penal  frente a la conducta punible  descrita en el artículo 365 del Código penal.   

Evidenciado  el yerro del Tribunal al negar  la  concesión  de  la  prisión  domiciliaria al procesado Juan Camilo Velandia  Tovar  bajo  el argumento de que dogmáticamente no es posible predicar la forma  de  participación de la complicidad en relación con el delito de fabricación,  tráfico,  porte  o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones;  por  igual  se  concluye  que  el  ad quem  también se equivocó al afirmar que para efectos de establecer si  procedía  la  referida pena sustitutiva, se debía tener en cuenta la tipicidad  correspondiente y no la preacordada.   

En efecto, con ello es claro que el Tribunal  desconoce  el alcance y poder vinculante de los preacuerdos y, en particular, el  celebrado  entre  el  implicado  Velandia  Tovar  y la Fiscalía, en donde aquel  aceptó  su  culpabilidad  a  cambio  de que se degradara su conducta de autor a  cómplice   en  el  delito  contra  la  seguridad  pública  atrás  mencionado,  tipificación  que  se  ha  debido tener en cuenta para analizar si procedía la  prisión domiciliaria.   

Sobre el particular conviene recordar que la  Corporación1 viene sosteniendo lo siguiente:   

Pues bien, lo primero que importa resaltar,  para  la  solución  del  caso  puesto  a  consideración  de la Sala, es que la  aceptación   de  responsabilidad  por  parte  del  acusado,  por  la  vía  del  allanamiento  a cargos o de un preacuerdo celebrado con la Fiscalía, no solo es  vinculante  para  estos,  sino  también  para  el  juez, a quien le corresponde  dictar  el  respectivo  fallo  anticipado,  atendiendo  a  lo  convenido por las  partes,   salvo  que  advierta  vicios  del  consentimiento  o  vulneración  de  garantías fundamentales.   

Recientemente así lo reiteró la Corte en  CSJ SP, 3 feb. 2016, rad. 43356:   

Esta reseña jurisprudencial, para denotar  que  la doctrina de esta Corte ha sido persistente en indicar que la aceptación  de  responsabilidad  por  parte del acusado mediante el allanamiento o cargos, o  el  acuerdo  celebrado  con  la fiscalía con miras al proferimiento de un fallo  anticipado,  no  solo son vinculantes para la fiscalía y el implicado. También  lo  son  para  el juez, quien debe proceder a dictar la sentencia respectiva, de  conformidad  con  lo  convenido por las partes, a menos que advierta que el acto  se  encuentra afectado de nulidad por vicios del consentimiento, o que desconoce  garantías  fundamentales,  eventos  en  los cuales debe anular el acto procesal  respectivo  para  que  el proceso retome los cauces de la legalidad, bien dentro  del  marco  del  procedimiento abreviado, o dentro de los cauces del juzgamiento  ordinario.   

De lo anterior deriva el primer desacierto  del  Tribunal,  al  escindir  los  efectos  del preacuerdo bajo el entendido que  S…   R…  aceptó  su  responsabilidad  a  título  de  autor  frente  al  injusto  contra la seguridad  pública,  sancionado  con una pena mínima de nueve (9) años de prisión y que  ello  es  distinto  al  pacto  de degradar la forma de participación de autor a  cómplice, como única compensación por la aceptación de cargos.   

Bajo  esa errada creencia, estableció que  no  se  cumple  con  el  presupuesto  objetivo  consagrado  en el artículo 38B,  adicionado  por  la  Ley 1709 de 2014, lo que estimó suficiente para revocar la  prisión domiciliaria.   

En casos como el presente, esto es, cuando  el  implicado  acepta  su responsabilidad a cambio de que la Fiscalía degrade a  cómplice  la  forma  de  concurrencia  en  la  conducta punible, al juzgador le  corresponde,   además   de   condenarlo  a  ese  título,  «examinar  la  pena  sustitutiva  de prisión intramural conforme a los extremos punitivos, mínimo y  máximo,  previstos  para  el  cómplice», según lo concluyó recientemente la  Corte,  en  CSJ  SP,  24  feb.  2016,  rad.  45736, cuando analizó un asunto de  connotaciones semejantes.   

Así las cosas, es claro que en este caso el  Tribunal  no  podía  dejar  de tener en cuenta la tipificación surgida a raíz  del  preacuerdo,  con  miras a estudiar la procedencia de la pena sustitutiva de  la prisión domiciliaria.   

De otra parte, si bien el juez a  quo  y  Tribunal,  para  sustentar  la  negación  de la prisión domiciliaria, esgrimieron la decisión de la Corte del  26  de noviembre de 2014 proferida dentro del radicado No. 44906, se observa que  descontextualizaron  su  alcance  con  el  fin de extraer de ella la conclusión  según  la  cual,  a pesar del preacuerdo, que en ese caso significó degradarle  la  forma  de  participación  al  procesado de autor a cómplice, en todo caso,  para  efectos  de  estudiar la concesión de la pena sustitutiva en mención, se  le debía seguir teniendo en la calidad de autor.   

Entonces,  con  el  fin  de  evidenciar  la  tergiversación  en  la  que incurrieron los juzgadores de instancia, se trae el  pasaje  pertinente de la decisión que tuvieron en cuenta, con el fin de mostrar  el error.   

Una  vez delimitado el marco conceptual de  los  preacuerdos,  especialmente  en lo que hace a las concesiones que de manera  legítima  puede  realizar  la  fiscalía;  se  observa  que  ninguna dificultad  apareja  reconocer  al  autor  de  una  conducta  punible, el descuento punitivo  propio  de la complicidad (art. 30, inc. 2º C.P.), es decir, de una sexta parte  a  la mitad de la sanción prevista para la respectiva  infracción.   Ello,   de  ninguna  manera  desconoce  el  principio  de legalidad del hecho, por cuanto, la  imputación —y  la acusación inclusive—  que  viene  formulada  a…  es  clara en establecer —en    lo    fáctico    y   en   lo  jurídico— su condición  de  autor  de  los delitos de Prevaricato por acción (en concurso homogéneo) y  Peculado  por  apropiación.  Lo  que  ocurre  es  que,  en contraprestación al  reconocimiento  de  culpabilidad  que aquél hiciera previo al inicio del juicio  oral,  la  fiscalía  le  reconoció  la  pena  dispuesta para el cómplice que,  obviamente,   es  menor  a  la  que  le  correspondería  en  su  condición  de  autor.   

Como  se puede apreciar, es claro que en la  citada  determinación no se afirmó que a pesar de que se degradaba la conducta  de  autor  a  cómplice  al  implicado,  en todo caso se le debía condenar como  autor,  según  lo entendieron equivocadamente los juzgadores de instancia, sino  que  en  la  formulación  de  la  imputación  y  en  la  acusación, se había  señalado  que  el  procesado  era  autor  y  que  era  posible,  en  razón del  preacuerdo  celebrado,  proferirle  una sentencia en la calidad de cómplice, al  tratarse  de  una  de las posibilidades que contempla la ley (art. 350 de la Ley  906 de 2004).   

Por tanto, puestos de presente los yerros en  que  incurrió  el Tribunal, corresponde entrar a resolver los interrogantes que  ofrece el caso bajo estudio, conforme se indicó inicialmente.   

En  ese  sentido,  se  impone  abordar  el  relativo  a  si  la  degradación  que  se hace con ocasión de un preacuerdo en  torno  a  la  forma  de  participación  en  el  delito,  en concreto de autor a  cómplice,    proyecta    sus    efectos    para    acceder    a   la   prisión  domiciliaria.   

Con  el  fin  de resolver ese interrogante,  basta  remitirse a la decisión (CSJ SP, 31 jul. 2016, rad. 46101) que se evocó  al  momento en que se cuestionó la conclusión del Tribunal conforme a la cual,  al  margen  del  preacuerdo  suscrito  entre  el  procesado  y la Fiscalía para  cambiarle  la  forma  de  participación  de  autor  a cómplice en el delito de  fabricación,  tráfico,  porte o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes  o  municiones  por  el  que  aquí  se  procede,  se  debía  tener en cuenta la  tipicidad  propia  del  caso  y  no  la  preacordada,  en orden a estudiar si se  concedía la prisión domiciliaria.   

En efecto, según se indicó por la Sala en  dicha  determinación,  de  un lado, “la aceptación  de  responsabilidad  por  parte  del  acusado  por  la  vía… de un preacuerdo  celebrado  con  la  Fiscalía,  no  solo es vinculante para estos, sino también  para   el   juez”  y,  de  otra  parte,  cuando  el implicado acepta su responsabilidad a cambio de que la  Fiscalía  degrade  a cómplice la forma de concurrencia en la conducta punible,  al  juzgador  le corresponde, además de condenarlo a ese título, «examinar la  [procedencia   de  la]  pena  sustitutiva  de  prisión  [domiciliaria  por]  la  intramural]  conforme  a  los  extremos  punitivos, mínimo y máximo, previstos  para  el  cómplice», según lo concluyó recientemente la Corte, en CSJ SP, 24  feb. 2016, rad. 45736”.   

Así  las  cosas,  no  cabe  duda  que  la  tipificación  de  la conducta plasmada en un preacuerdo válidamente celebrado,  no  solo  vincula  al  juez  al  momento  de  dictar  la  sentencia, sino que al  establecer  la  procedencia  de  la prisión domiciliaria en ese escenario, debe  tener  en  cuenta  la calificación fruto de aquella aceptación de culpabilidad  consensuada.   

Ahora,   resuelto   el   primero  de  los  interrogantes,  se  aborda  el restante, esto es, el relativo a si en el caso de  la  especie  concurren  los  requisitos  para conceder la pena sustitutiva de la  prisión  domiciliaria prevista en el artículo 38 del Código Penal, la cual es  reglamentada  en  el artículo 38B ibídem,   adicionado   por   el   artículo   23   de   la   Ley  1709  de  2014.   

Por tanto, resulta oportuno recordar que el  artículo 38B prevé lo siguiente:   

Son  requisitos  para conceder la prisión  domiciliaria:   

1. Que la sentencia se imponga por conducta  punible  cuya  pena mínima prevista en la ley sea de ocho (8) años de prisión  o menos.   

2.  Que  no se trate de uno de los delitos  incluidos    en    el   inciso   2o   del   artículo   68A de la Ley 599 de 2000.   

3.  Que se demuestre el arraigo familiar y  social del condenado.   

En  todo  caso  corresponde  al  juez  de  conocimiento,  que  imponga  la  medida,  establecer  con todos los elementos de  prueba   allegados   a   la   actuación   la   existencia  o  inexistencia  del  arraigo.   

4.  Que  se garantice mediante caución el  cumplimiento de las siguientes obligaciones:   

a)   No   cambiar   de   residencia  sin  autorización, previa del funcionario judicial;   

b) Que dentro del término que fije el juez  sean   reparados   los   daños  ocasionados  con  el  delito.  El  pago  de  la  indemnización  debe  asegurarse  mediante  garantía personal, real, bancaria o  mediante acuerdo con la víctima, salvo que demuestre insolvencia;   

c)   Comparecer  personalmente  ante  la  autoridad  judicial que vigile el cumplimiento de la pena cuando fuere requerido  para ello;   

d)  Permitir la entrada a la residencia de  los  servidores  públicos encargados de realizar la vigilancia del cumplimiento  de  la  reclusión.  Además deberá cumplir las condiciones de seguridad que le  hayan  sido  impuestas  en  la  sentencia, las contenidas en los reglamentos del  Inpec  para  el  cumplimiento  de la prisión domiciliaria y las adicionales que  impusiere el Juez de Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad.   

En  esa  medida,  se  observa que el primer  requisito   que   establece  la  norma  en  cita  para  acceder  a  la  prisión  domiciliaria,  hace  alusión  a  que  la  condena  proceda por una “conducta  punible” que tenga una pena  privativa  de  la  libertad mínima señalada en la ley de 8 años de prisión o  menos.   

En  ese  sentido,  se  debe recordar que la  Sala2,   sobre   el  concepto  de  “conducta  punible”  en  dicho  contexto  y en relación con un  caso  que  recoge  un  supuesto  de  hecho  semejante  al  que  ahora convoca la  atención, señaló lo siguiente:   

En el pronunciamiento CSJ SP, 31 ago. 2005,  rad.  21720… la Colegiatura hizo una síntesis de la jurisprudencia precedente  y  concluyó  que, con relación a la exigencia objetiva aludida, «por conducta  punible  debe  entenderse  el  comportamiento  típico  con  las  circunstancias  genéricas  y específicas que lo califican o privilegian»; entonces, el tiempo  previsto  por  dicha  norma  corresponde  al  de la sanción mínima del delito,  incluyendo   los   dispositivos  amplificadores  que  incrementan o disminuyen la punibilidad.   

En  relación  con  las  circunstancias  y  modalidades  conductuales concurrentes, que alteran los extremos punitivos de la  conducta,   y   que  deben  por  tanto  ser  tenidas  en  cuenta  como  factores  modificadores  de  la  punibilidad  abstracta, han sido señalados, entre otros,  los dispositivos amplificadores del tipo (tentativa y  complicidad),   las  modalidades  de  comportamiento  previstas  en  la  parte general del código (como la marginalidad, ignorancia o  pobreza  extremas;  la  ira  e  intenso  dolor;  el  exceso  en  las causales de  justificación),  y  las  específicas  de  cada  tipo  penal en particular, que  amplían  o  reducen su ámbito de punibilidad (como las previstas para el hurto  en los artículos 241, 267 y 268 del Código Penal).   

En cambio, quedan por fuera todos aquellos  factores  que  no  guardan  relación  directa  con  la conducta punible, por no  encontrarse    vinculados    con    su   ejecución,   sino   con   actitudes  postdelictuales  del  procesado,  cuya concurrencia solo  tiene   la   virtualidad  de  afectar  la  punibilidad  en  concreto,  en  cuanto  operan  sobre  la  pena ya individualizada, como por  ejemplo  la  confesión,  la  reparación  en  los  delitos contra el patrimonio  económico,  el  reintegro  en  el  peculado,  la  sentencia  anticipada,  o  la  retractación en el falso testimonio.   

Sobre la misma temática ha puntualizado la  Sala de Casación Penal:   

No sería equitativo que para tales efectos  se  tengan  en cuenta exclusivamente las circunstancias agravantes específicas,  pues  al  igual que éstas la complicidad, la tentativa, la ira e intenso dolor,  entre  otros  dispositivos amplificadores, hacen parte de la figura delictiva, y  no  existe  razón  para  ignorarlas  al  momento  de  entrar  a  considerar  la  posibilidad de sustituir la prisión intramuros por domiciliaria.   

Además de lo anterior, no puede olvidarse  que  la  prisión  domiciliaria  alude a la ejecución de la pena y ésta es una  decisión  que  se  ha  tomado con la precisión de todas las circunstancias que  rodean    el   hecho,   razón   de   más   para   estimar   que   cuando  la  norma  habla  de  conducta  punible no excluye aquellas  modalidades   del   comportamiento   que   amplían  o  reducen  el  ámbito  de  punibilidad.  (CSJ  SP,  15  sep  2004,  rad.  19948,  reiterada en CSJ SP, 18 nov 2008, rad. 30539).   

En el sub judice, dentro de las cláusulas  del  pacto  no  se  encuentra el otorgamiento de la privación de libertad en la  residencia  del  acusado, pero ello de ninguna manera impedía que la judicatura  evaluara  la  posibilidad  de  acceder  a  ésta,  por  lo  tanto,  la  negativa  categórica  del  a quo y el ad quem constituye una violación directa de la ley  sustancial  que merece corrección en sede extraordinaria, pues tal prohibición  no   está  contenida  en  los  textos  que  regulan  el  preacuerdo…      (subrayas      fuera     de  texto)   

De  lo  anterior se sigue que si bien en la  decisión    rememorada   se   excluyen   los   efectos   de   la   “sentencia     anticipada”    para  determinar  la  pena  en  orden  a  establecer si concurre el requisito objetivo  previsto  en  el  numeral 1º del artículo 38B del Estatuto Punitivo (pena de 8  años  de  prisión  o menos para el delito por el que se procede), por igual se  advirtió   que  tratándose  de  preacuerdos  se  debía  tener  en  cuenta  la  tipificación fruto de esa aceptación de culpabilidad consensuada.   

Ello  obedece  a  que  en  términos  del  artículo  350  de  la  Ley  906  de  2004,  tal  aceptación de culpabilidad se  entiende    que    es   la   acusación,   contrario  sensu   a   como   ocurre  en  la  Ley  600  de  2000  (“sentencia        anticipada”),  en donde la reducción de la pena no surge a consecuencia de una  tipificación  más  favorable,  sino  que  la  rebaja  en  la  sanción se hace  teniendo  como  punto  de  partida la imputación jurídica que corresponda, que  procesalmente  puede  ser  la  señalada  en  el  acta  de aceptación de cargos  respectiva,  o en la resolución que resuelve la situación jurídica, cuando es  necesario  definirla,  o  en  la  acusación;  dependiendo del momento en que se  produce la referida aceptación (art. 40).   

De  allí que frente a la Ley 906 de 2004 y  en  lo  que  toca  con  la  manifestación  de culpabilidad preacordada bajo una  tipificación  más favorable, el concepto “conducta  punible”,  para efectos de establecer la pena que se  debe  tener  en cuenta cuando se analiza la concesión de la pena sustitutiva de  la prisión domiciliaria, es la que se pacte en el preacuerdo.   

Así  las  cosas,  como  en  el  caso de la  especie  se  procedió por el delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o municiones, el cual tiene una pena  mínima  de  9 años de acuerdo con lo preceptuado en el artículo 365 de la Ley  599  de  2000 (modificado por los artículos 38 y 19 de las Leyes 1142 de 2007 y  1453  de  2011)  y  el  mismo  se  imputó bajo la forma de participación de la  complicidad,  y en el artículo 30 ibídem,  dicho  amplificador  del tipo conlleva a que se disminuya la pena  de  una sexta parte a la mitad, de esto se sigue que la sanción mínima posible  en  la  ley  para  el  caso  de  la  especie  es de 4años y 6 meses, la cual es  inferior  a  la establecida en el numeral 1º del artículo 38B de la ley 906 de  2004  para  acceder a la prisión domiciliaria, por consiguiente, en este asunto  se cumple esa exigencia.   

De otra parte, el numeral 2º del artículo  38B  prevé  que la conducta punible respecto de la cual se pretende conceder la  prisión  domiciliaria,  no  debe  estar  dentro  de aquellas que se prohíbe la  concesión   de   la  pena  sustitutiva  en  mención,  de  conformidad  con  lo  preceptuado en el artículo 68A del Código Penal.   

Cabe  señalar  que  dicha norma (art. 68A)  contiene  dos condiciones que dan lugar a impedir el otorgamiento de la prisión  domiciliaria.   

De  un  lado,  el  inciso 1º del artículo  68A3  del  Estatuto Punitivo exige que la persona no haya sido condenada  penalmente  dentro  de  los  5 años anteriores a la comisión del delito por el  que  se  le  juzga,  circunstancia  que  se satisface en este asunto, por cuanto  conforme  se  dejó  señalado  por la Fiscalía en la audiencia de que trata el  artículo  447  de la Ley 906 de 2000, a través del oficio No. 731393 del 31 de  diciembre  de  2014  de  la Policía Nacional, se conoció que el procesado Juan  Camilo   Velandia  Tovar  no  registra  sentencias  de  carácter  penal  en  su  contra4.   

Ahora,  el  artículo 38B del Código Penal  por  igual  exige,  en  concordancia  con  lo  dispuesto  en  el  inciso 2º del  artículo  68  A5  ibídem, que el  delito  por  el  cual  procede  la  condena  no  esté  dentro del listado allí  previsto,   de  manera  que  realizada  la  confrontación  correspondiente,  se  concluye  que la conducta punible de fabricación, tráfico, porte o tenencia de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones,  no se encuentra incluida  dentro de las que allí se señalan.   

De otra parte, el numeral 3º del artículo  38B  de  la  Ley  599  de 2000 consagra que para efectos de conceder la prisión  domiciliaria,    el    procesado    debe   contar   con   arraigo   familiar   y  social.   

La   Sala6,   en   relación   con   ese  concepto,  ha señalado que debe entenderse “como el  establecimiento  de  una  persona de manera permanente en un lugar, con ocasión  de  sus  vínculos sociales, determinados, por ejemplo, por la pertenencia a una  familia,  a  un  grupo, a una comunidad, a un trabajo o actividad, así como por  la posesión de bienes…”.   

Al respecto se observa que, conforme quedó  consignado  en la audiencia de que trata el artículo 447 de la Ley 906 de 2004,  el  procesado  cuenta  con  familia  nuclear  (padre y madre) y extensa (tíos y  primos,  tanto  maternos  como paternos), domicilio conocido (Calle 1C Oeste No.  100  Bis-88,  apartamento 304, Bloque 80, Unidad Residencial Santa Helena) y una  ocupación   laboral  de  la  cual  deriva  su  sustento  (administrador  de  un  establecimiento   dedicado   a   la   venta   de  comidas  rápidas)7,  arraigo que  fue  admitido  por la Fiscalía en dicha oportunidad8.   

En  esa  medida, es claro que se satisfacen  los  requisitos  para conceder la prisión domiciliaria, conforme lo concluyeron  la Fiscal y el Procurador Delegados ante esta Corporación.   

Ahora  bien,  para  acceder  a  dicha  pena  sustitutiva,  el  procesado Juan Camilo Velandia Tovar debe suscribir acta en la  que  se  comprometa a cumplir las obligaciones consagradas en el numeral 4º del  artículo  38  B  del  Código  Penal,  la  cual  habrá  de garantizar mediante  caución  equivalente  a  1  salario mínimo legal mensual vigente (SMLMV), suma  que  se  fija  en atención a su capacidad económica y la naturaleza del delito  cometido.   

La suscripción de la respectiva diligencia  de  compromiso  y  la  recepción  de  la caución quedarán a cargo del juez de  primera  instancia,  el  cual  ejerce  jurisdicción  en  el territorio donde el  sentenciado   está   privado   de   la   libertad9.   

Casación de oficio:  

Sobre  la forma de participación deducida  en la sentencia:   

El  juzgador  de  primer  grado condenó al  procesado      Juan      Camilo     Valencia     Tovar     como     “autor”  del  delito de fabricación,  tráfico,  porte  o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones,  a  pesar  de  que aprobó el preacuerdo celebrado entre la Fiscalía y el citado  en  donde  éste  aceptó su culpabilidad a cambio de que se le sentenciara como  “cómplice”.   

En  esa medida, es del caso señalar que de  conformidad  con  lo  preceptuado  en el artículo 350 de la Ley 906 de 2004, el  preacuerdo  obtenido  entre  la  Fiscalía  y el procesado funge como escrito de  acusación,  por  tanto,  ese  es  el  referente  a tener en cuenta a la hora de  proferir   la   sentencia,   en   aras   de   salvaguardar   el   principio   de  congruencia.   

Igualmente,  es  oportuno  recordar  que al  resolverse  el  primero  de los interrogantes que propuso el caso de la especie,  es  decir,  el  relativo  a  si la degradación que se hacía con ocasión de un  preacuerdo  en  torno  a  la participación en el delito, en concreto de autor a  cómplice,  proyectaba  sus  efectos para acceder a la prisión domiciliaria; se  concluyó  que  bastaba  remitirse  a  CSJ  SP,  31  jul. 2016, rad. 46101, para  afirmar  que  se  debía tener en cuenta la tipicidad preacordada y no la que en  realidad  correspondía al caso, a la hora de proferir la sentencia respectiva y  en orden a estudiar la concesión de beneficios.   

Así  las cosas, para el efecto se recordó  que  en  dicha  decisión  la  Sala,  de  un  lado,  expresó  que  “la  aceptación  de responsabilidad por parte del acusado por la  vía…  de un preacuerdo celebrado con la Fiscalía, no solo es vinculante para  estos,  sino también para el juez” y, de otra parte,  que  “cuando el implicado acepta su responsabilidad  a  cambio de que la Fiscalía degrade a cómplice la forma de concurrencia en la  conducta  punible,  al  juzgador  le  corresponde… condenarlo a ese título…  según  lo  concluyó  recientemente  la  Corte,  en  CSJ SP, 24 feb. 2016, rad.  45736”.   

Por tanto, no cabe duda que la tipificación  de  la  conducta,  en  los  términos  de  un preacuerdo válidamente celebrado,  vincula  al  juez  al  momento  de  dictar  la  sentencia  y,  por tanto, en ese  escenario  se debe tener en cuenta la calificación fruto de aquella aceptación  de culpabilidad consensuada.   

Por  ende,  en  la parte resolutiva de esta  determinación  se  precisará  que  es  como  cómplice  que procede la condena  contra  el procesado Juan Camilo Velandia Tovar (en el mismo sentido, SCJ SP, 24  feb.2016, rad. 45736).   

Sobre la dosificación de la pena accesoria  de privación del derecho a la tenencia y porte de armas   

Al  respecto  se observa que el juzgador de  primer  grado, al fijar esa pena accesoria, concluyó que debía imponerse en el  equivalente a la de prisión, esto es, en 4 años y 6 meses.   

Esa puntual circunstancia también conduce a  casar  de  oficio la sentencia, por cuanto ello se opone al criterio mayoritario  de la Sala.   

En  efecto,  de acuerdo con CSJ SP, 21 oct.  2015,  rad.  44367,  entre otras decisiones, se tiene que la dosificación de la  pena  accesoria  de  privación  del  derecho a la tenencia y porte de armas, se  debe  realizar  aplicando el sistema de cuartos de que trata el artículo 61 del  Código Penal.   

En efecto, en esa determinación se indicó  al respecto:   

…así     como    ocurre    en    la  dosificación   de   las   penas  que  restringen  la libertad, en las privativas de otros derechos, bien  sean  principales  o  accesorias,  es imperativo sujetarse al sistema de cuartos  previsto  en  el  artículo  61  y demás   normas  concordantes  del  Código  Penal.     Lo     anterior,     por     las    siguientes    razones:   

El  legislador  de  la Ley 599 de 2000 no  distinguió,   ni   la   Corte  tampoco  tiene  por  qué  hacerlo,  entre  la  dosificación  de  las  penas privativas de la libertad ni las restrictivas de  otros  derechos,  ni  entre  la individualización de  las    penas    principales    (prisión,   multa   y  privaciones  de  otros  derechos  señaladas  en  forma  específica en tipos  penales)   y   las   accesorias   (distintas   a  la  inhabilitación    que    va    aparejada    con   la   de   prisión).   

En    efecto,    el   rótulo  jurídico  del artículo  61 del  Código   Penal,   que   contiene   la  aplicación  del  sistema de cuartos  para   el  proceso  de  dosificación  punitiva,  es  «fundamentos  para la individualización  de la pena»; no dice «fundamentos  para la individualización  de  la pena de prisión»,  ni         «fundamentos        para        la  individualización    de    las    sanciones    principales».  En  otras  palabras,  la  expresión  «pena»,   al  no  ir  acompañada  de otra que la especifique o restrinja,  debe  comprender  las  sanciones contempladas en el estatuto punitivo, incluidas  las   penas   privativas  de  otros  derechos  a  las  cuales  alude       el       artículo  52  inciso  1º de la Ley 599 de  2000   

Así las cosas, con el fin de establecer, en  el  caso  de la especie, el monto de la pena accesoria de privación del derecho  a  la  tenencia  y  porte de armas utilizando el sistema de cuartos, se tiene lo  siguiente.   

De  conformidad  con  lo  preceptuado en el  artículo  51  del  Código Penal, la pena accesoria en cuestión tiene un rango  de  duración  de  1  a  15  años,  pero  como la imputación en este caso es a  título  de  cómplice,  se  debe  reducir  de  una  sexta  parte  a la mitad de  conformidad  con  el  artículo  30  ídem,  así  que  siguiendo  las  reglas del artículo 60-5 ibídem, en concordancia con el artículo  61  ejusdem, el primer cuarto  oscila  entre  6  y 42 meses, los medios entre 42 y 114 meses y el máximo entre  114 y 150 meses.   

Ahora,  teniendo  en  cuenta  el  criterio  sentado  por  el  juzgador  al dosificar la sanción en la sentencia, se observa  que  éste,  siguiendo los términos del preacuerdo celebrado entre la Fiscalía  y  el  procesado,  impuso  la  pena mínima, así que acorde con esa postura, la  pena  accesoria  de  privación  del  derecho  a la tenencia y porte de armas se  fijará en 6 meses.   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE:  

1.   CASAR  PARCIALMENTE el fallo impugnado, en consecuencia:   

1.1. PRECISAR, de  oficio,  que  la  condena  contra  el  procesado Juan Camilo Velandia Tovar es a  título  de  cómplice  del  delito   de  fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios, partes o municiones.   

1.2.  FIJAR,  de  oficio,  la  pena  accesoria  de privación del derecho a la tenencia y porte de  armas en seis (6) meses.   

1.3.  CONCEDER al  inculpado  Velandia  Tovar la pena sustitutiva de la prisión domiciliaria, cuya  materialización  se  condiciona  a la constitución de la caución y a la firma  del  acta  de  compromiso  respectiva,  en  los términos señalados en la parte  motiva de esta determinación.   

2.   MANTENER  incólumes     las    demás    decisiones    adoptadas    en    la    sentencia  recurrida.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese, cúmplase y  devuélvase  al Tribunal  de origen.   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ FRANCISCO ACUÑA VIZCAYA  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

Salvo parcialmente el voto  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

Salvo parcialmente el voto  

LUIS ANTONIO HERNÁNDEZ BARBOSA  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

         Con  el respeto de siempre por la opinión mayoritaria de la Sala, y  acorde   con   las  manifestaciones  que  expresé  durante  la  discusión  del  respectivo  proyecto,  me  permito indicar que no comparto la decisión de casar  de  oficio  y  parcialmente  la  sentencia  de  segundo  grado  en  razón de la  vulneración   del   principio  de  legalidad,  como  consecuencia  de  que  los  falladores  de  instancia  no  hubieran  aplicado  el  sistema  de cuartos en la  determinación  de  la  pena accesoria de «privación  del     derecho     a     la    tenencia    y    porte    de    arma».   

         Las    razones    de    mi    disenso    son,    en   esencia,   las  siguientes:   

        1.  La  decisión  que  se adoptó por la  mayoría  tiene  como  argumento  central  que  el  juzgador  debe  atender  las  directrices  legalmente establecidas para la determinación de la pena, esto es,  acudir  al sistema de cuartos previsto en el artículo 61 del Código Penal, del  cual  no  se  exceptúan  las  sanciones  accesorias,  como que la norma en cita  ninguna  distinción  hace al respecto, y dado que la restricción del derecho a  la  tenencia  y porte de arma se establece entre dos extremos que van de uno (1)  a    quince    (15)    años,    según    el    artículo    51    ibídem.   

        2.  Sin  embargo, en la providencia de la  que  respetuosamente  me  aparto  se  dejan de lado los temas relativos a (i) la  naturaleza  y fines de las penas accesorias y (ii) razones de justicia material,  concretadas  en  el  principio de proporcionalidad de la sanción penal. En este  último  aspecto,  sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 61 del C.P., se  ofrece  adecuado  inaplicar  el  sistema  de  cuartos en la dosificación de las  penas  accesorias,  habida  cuenta  que  tal  labor  ha  de  entenderse  como un  ejercicio   de   ponderación   motivada,  delimitado  por  lo  dispuesto  en  el  artículo 51 ibídem.   

        2.1  En  cuanto  al  primer aspecto, cabe  anotar  que las penas restrictivas de otros derechos (art. 43 C.P.) son aquellas  que   privan   o   restringen  a  su  titular  del  ejercicio  de  facultades  o  prerrogativas  distintas a la libertad personal o a su peculio. Dichas sanciones  pueden  ser  principales  cuando  así  se consagren en el respectivo tipo penal  (art.   35   ibídem)   o  accesorias,    cuando    no    obren    como   tales   (art.   34   ejusdem).   

         Del  artículo  52  de  la  codificación  citada  se  extrae que la  aludida  clase  de  penas solo pueden ser aplicadas por el juez (i) con ocasión  de   la  imposición  de  una  pena  principal  y  (ii)  siempre  que  entre  la  realización  del  delito  y  el  contenido  de  la  pena  accesoria  exista una  «relación   directa»,  valga  decir, se verifique un vínculo estrecho entre su contenido y la conducta  punible cometida.   

         De  otro lado, si bien originalmente el legislador consideró que en  quien  recaía  una condena de prisión era indigno y, por tanto, estableció la  restricción  para  el  ejercicio  de  algunos  de  sus  derechos  políticos y,  principalmente,   para   desempeñar   cargos  públicos,  lo  cual  explica  la  existencia    de   ciertas   penas   accesorias   denominadas   obligatorias   o  «automáticas»10,   aquella  visión  evolucionó  hacia  un  concepto preventivo11, cuyo propósito es conjurar  el  riesgo  de reiteración de delitos que de forma directa tengan relación con  determinadas  actividades  o  derechos, finalidad que sustenta la aplicación de  las     llamadas    penas    accesorias    discrecionales    o    «facultativas»12.   

       Sobre     cómo    se    determinan  cuantitativamente  las penas accesorias, cabe destacar que dos aspectos permiten  concluir   que   en  ese  ejercicio  no  tiene  cabida  el  sistema  de  cuartos  –art.      61  C.P.–,   el   cual  está previsto para la individualización  de las penas principales, ellos son: (i) la función  primordial  que  cumplen las penas accesorias difiere de la que  tienen    asignada    las    penas   principales;   y,   (ii)   el   margen   de  apreciación   reglado  del   que   goza   el  sentenciador,    según   se   extracta   de   los  artículos  52, inc. 1º,  y  59  ibídem,  lo  faculta para imponer o no en cada caso las penas accesorias  que  estime  necesarias,  así  como  para  fijar el  término  de duración de  las mismas.   

       2.1.1    En    relación  con  el  primer punto, cabe destacar  que,     en    términos    generales,    en    la  concepción  dogmática  del  Código Penal de 2000, la pena en sentido amplio  cumple       varias       funciones,       tales       como,      «prevención          general,  retribución     justa,    prevención   especial,  reinserción  social  y  protección     al  condenado»13,   por   lo   que   puede  afirmarse  que  no  se adscribe a una tesis en particular, valga decir, ni a las  teorías absolutas que propenden porque el fin de la  pena   es   únicamente  la  retribución  o compensación en razón  de  la  comisión  del  delito,  ni  a aquellas denominadas relativas que consideran a la  pena   como   un   medio   para   conseguir   un   fin,   es  decir,  que  tiene  propósitos  exclusivamente preventivos orientados a  evitar  que  se  cometan delitos en el futuro, sino  que se ubica dentro de  las  concepciones  mixtas,  que  son  aquellas  que  buscan  conciliar las dos anteriores, aceptando la idea  retributiva,  pero  sin  desligarla  del cumplimiento de fines preventivos, bien  sea        generales       o       especiales14.   

       Ahora,  como  se  señaló     párrafos    atrás,   las  penas  accesorias,  en  cuya  imposición    e    individualización   el   juez   goza   de  un  margen  de  apreciación  motivado,  no hay una determinación  legislativa   absoluta   del  aspecto  cualitativo.  Éste  es  flexible,  al  punto  que  corresponde al  juzgador  determinar  en qué casos resulta necesaria  su     imposición,  atendiendo  a  las  particularidades  del asunto concreto, obviamente respetando  las  pautas  establecidas  en  la ley –art.  52,  inc.  1º, C.P.–     y     considerando     que  aquéllas    tienen   una   marcada   finalidad          preventiva15,  en  tanto  que  con  su  aplicación  se  pretende  precaver    la   afectación   futura   de   bienes  jurídicos      concretos      mediante      la  restricción  de derechos o prerrogativas, distintas  a  las  que  resultan limitadas con la aplicación de  la      sanción      principal     –con   injerencia  en  la  libertad  personal   y   el   patrimonio   económico–.   

       En  otras  palabras,  si  bien las penas en general, principales y  accesorias,   obedecen  a  unos  específicos  fines  consagrados   en   el   artículo   4º  del  C.P.,  dada  la particular naturaleza y función     que     aquéllas    cumplen,  itérese,      fundamentalmente     utilitarista  mediante  la  prevención  del   delito,   demandan  en  su  determinación  la  existencia  de un estrecho nexo entre el injusto penal y el derecho que se busca  restringir,  de  donde  se  sigue  que su afectación  emergerá  necesaria  solo  en  la  medida  en  que  surja  patente  que  la  restricción   de  los  derechos  que  conlleva  la  imposición   de  las  penas  principales,  resulta  insuficiente   para   prevenir,   en   el  caso  particular,  el  comportamiento  delictivo16.   

       Por   tanto,   sin   desconocer   que  las  penas  principales  de  prisión   y   multa,  así  como las restrictivas de otros derechos cuando  están   previstas   como  tales,  amén     de     la     función     de  retribución     justa     que     apareja     la  realización   del   delito,   también        cumplen        fines       preventivos       –generales  y especiales–,    bien    puede   suceder   en  determinados  casos que la limitación de la libertad  y  el  patrimonio, producto de la sanción principal,  no  sean  medidas  suficientes  para  proteger  ciertos bienes jurídicos  de  ulteriores conductas desviadas por parte del condenado.  Por tal razón,  la  concreta  armonización de las  finalidades  preventivas  de la pena con el principio de proporcionalidad (arts.  3º,   inc.   1º,   y  4º  del  C.P.),  impone la necesidad de ampliar esa  cobertura   con   la   aplicación   de   sanciones  adicionales.   

       Al  respecto la doctrina ha considerado  que:   

[E]s imprescindible que el hecho cometido  por  el  autor  permita justificar la necesidad de agregar medidas que cubran la  mayor  gravedad  o  exigibilidad  del  comportamiento inicialmente sancionado, a  través    de    efectos    diferentes  a  los  que  producen  las  penas  principales,  y  que  no sean  contemplados  por  ellas,  para  precisar  una  adecuada  proporción  entre la sanción y el delito, y, en  todo  caso,  para brindar una mayor protección a los  bienes    jurídicos   vulnerados   no   protegidos  directamente por la norma  penal.17   

       En  esa  medida,  resulta coherente con las finalidades de la pena  principal,    mencionadas    ut   supra,  que  en  su  individualización  se  acuda  al sistema de cuartos previsto en el artículo  61    del    Código    Penal,   puesto   que   la  determinación  concreta  de   aquella   obedece   primordialmente   a   factores   objetivos  que  tienen  relación    con    el   injusto   típico,  siendo  su  límite el grado de  culpabilidad,  lo que explica que en la fijación del  marco  de  punibilidad  se deban tener en cuenta circunstancias modificadoras     de    los    extremos  mínimo  y  máximo de la  sanción   prevista   para   el   respectivo   tipo  básico   o   especial,  tales  como  las  causales  específicas      de      agravación    y   atenuación   punitiva,   la  tentativa,  la  complicidad,  la  ira  o  intenso  dolor,  entre  otras,  que no  resultan aplicables a los  límites   que   fijan   la   duración  de  las  penas  accesorias,  pues  nada  tienen  que ver con el  propósito  que  éstas  persiguen.     

       En         efecto,         la        finalidad        preventivo-especial   de   las  penas  accesorias,    se    relaciona   directamente   con   el   abuso   del   derecho  que  se  pretende  restringir  para  evitar  futuras  afectaciones  del  bien  jurídico protegido, lo cual  exige  un  análisis  diverso  en  el  que no tienen  cabida  factores objetivos como los atrás enunciados  respecto   de   la  individualización  de  la  pena  principal,    sino  primordialmente  subjetivos,  relativos a la persona del autor, pero no desde la  óptica  de  su  peligrosidad, concepto abiertamente  contrario  a  los  principios  que  orientan  el derecho penal y su consecuencia  jurídica en un Estado Social y Democrático   de  Derecho,  sino  a  partir  de  los  fines  de  la  pena,  particularmente  el de  prevención,  según  se  desprende     del     artículo    4º del Código Penal.   

       En  tal  sentido,  la  doctrina  considera  primordial  que  en el  proceso  de  individualización judicial de la pena,  el  sentenciador tenga como norte de su actividad, en  general,   los  fines  de  la  pena  y,  en  particular,  un  propósito  específico,  que  en el caso de  las   sanciones   facultativas   que  afectan  otros  derechos  es  marcadamente  preventivo-especial,    según   quedó   visto,   y   a   partir    de    tal    entendimiento,   fije   la   sanción.   

       Sobre  el punto, el tratadista Eduardo Demetrio Crespo, en su obra  «Fines  de  la Pena e Individualización  Judicial  de  la  Pena»18,  sostiene:   

Aunque ello sea bastante obvio a tenor de  lo   ya   dicho   hasta  ahora,  sobre  todo  en  el  análisis    del    concepto   de   «factor    final    de    la   I.J.P19»,  no  es  recurrente  señalar que los  fines   de   la   pena   son   el   presupuesto  fundamental  de  la  I.J.P.  La  determinación  de  qué  fines  persigue  la  pena,  en  qué  momento  y con  qué   intensidad   en   cada   momento   de  la  intervención  del  sistema  penal,  es  la  clave  a  partir  de  la  cual  se  obtiene respuesta tanto a la  cuestión     de     la     dirección  valorativa  de  los factores reales que concurren en la I.P.J.,  como  a  la  del  peso  de  los  mismos  en  la pena final a imponer20.  Creo   que   no   es   exagerado   decir   que   la  racionalización  de  la  I.J.P.  debe  empezar  por  clarificar  la  cuestión de los factores finales de  la  I.J.P.,  ya  que dependiendo de qué   fin   de   la  pena  se  tome  como  punto  de  referencia,  la  individualización  de  la pena por el juez   en   el  caso  concreto  puede  conducir  a  resultados  muy  diferentes.21        (Negrilla y subraya fuera del texto original)   

       Siendo  ello así, emerge razonable que  el     juzgador     disponga    de    cierta    discrecionalidad    –siempre     motivada–  en  la  determinación  cuantitativa  de  las penas accesorias, en orden a materializar  su    fin    primordial    de    naturaleza   preventivo-especial,   sin   estar  sometido   a  factores  puramente    objetivos   que   en   no   pocas   ocasiones   tornan   inane   la  restricción   de   otros  derechos,  en  tanto  su  propósito   es   proteger  un  interés    jurídico   específico  de futuras afectaciones mediante efectos distintos a los que  produce  la pena principal  y  que  ésta no alcanza a cobijar; no de otra manera  se  explica  que la inhabilitación para el ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas (art. 43-1 C.P.)  esté   prevista  en  algunos  tipos  penales  como  sanción   principal   y   en   otros   acceda   a  ésta,     o     que     a    la    prohibición  de   consumir   bebidas  alcohólicas  o  sustancias  estupefacientes   o   psicotrópicas   (art.   43-8  ejusdem) el legislador no  le haya fijado duración.   

       2.1.2   En   cuanto   a   la  segunda  cuestión,  valga decir, la atinente al ejercicio de  ponderación      aplicable      por  el  juzgador  en orden a establecer la procedibilidad de la pena  accesoria   en  el  asunto  particular  –factor    cualitativo–, lo que  se  advierte  es  una  armonización del principio de  legalidad    de    la    pena    con   el   de   proporcionalidad   –el    cual    también   ostenta  la  categoría  de  principio  rector  y  garantía  fundamental22-,  habida cuenta que, a diferencia de lo que ocurre con las penas  principales,  las cuales han sido reguladas de manera absoluta por el legislador  en  la  parte  especial  para  cada  delito,  frente a las primeras hay  un margen de apreciación judicial  reglado  que, atendiendo a los factores generales previstos en el inciso primero  del  artículo  52 de la Ley 599 de 200023,  determina   en   qué  casos  resulta  necesaria  la  imposición    de    una   restricción      o      prohibición      de  derechos,  adicional  a  la  que comportan las penas  principales.   

       Ahora,  la limitación del principio de  estricta   legalidad   de   la   pena   en   punto  de  la  elegibilidad  de  la  sanción  accesoria  facultativa,  se explica en que  «no  en  todos  los  casos es justificado, desde el  punto   de   vista   de  la  prevención,  la  proporcionalidad  y la necesidad de la pena, preestablecer  efectos  agregados  a  los  contemplados  por  las penas principales frente a un  determinado    hecho    punible,    sin    considerar   las   circunstancias   y  características         concretas   de   su   realización»24.   

       En  esa  medida, si la ley atribuye al juez la facultad reglada de  imponer   o   no   cierta  pena  accesoria,  cuando  la  restricción  de  otros  derechos se ofrezca necesaria para cumplir sus fines  preventivo-especiales     de    protección    del  interés  jurídico,   también  emerge   razonable   que   en   su   determinación  cuantitativa  aquel  tenga  la  posibilidad,  atendidas las particularidades del  caso,  de  fijar  la  cantidad  de  sanción que, de  acuerdo   con   los   principios   de   proporcionalidad   y  razonabilidad,  se  requiera  para  que  se  obtenga  el  propósito  perseguido,  sin que en esa  labor deba acudir al sistema de cuartos.   

       En   efecto,   tal   como  se  indicó  párrafos  atrás,  las  reglas  contenidas  en  los  artículos  60 y 61 del  Código  Penal  para  la  determinación   del  marco  de  punibilidad  y  la  individualización    de    la   pena,   responden  principalmente  a factores objetivos relacionados con el injusto típico,  que  no son aplicables a las penas accesorias, pues no cabe  duda  que  los  extremos  mínimo  y máximo  de estas últimas no se modifican  porque   concurra  una  causal    específica   de   agravación   o  atenuación  punitiva,  que  se  predican  del tipo básico o especial, tampoco cuando  el  delito  es  tentado,  ni  frente  a  ellas  se  pueden  considerar  circunstancias  tales  como  la  influencia  de  profundas  situaciones  de  marginalidad,   ignorancia       o       pobreza       extremas      –art.     56     C.P.–,  o  la  ira     e     intenso     dolor    –art.      57      ibídem–,  entre   otras,   lo  cual  se  explica  en  que  el  fin  preventivo–especial    de    las   sanciones  accesorias   obedece   a  factores  subjetivos  de  la  conducta,  que  corresponde  al  juez  valorar  para fijar el monto de la pena  atendiendo,  verbi gratia,  el   criterio   legal   de   la   intensidad   del   abuso  del  derecho  en  la  realización   del   delito,   contenido   en   el  artículo  52,  inc. 1º,  del C.P.   

       Lo     anterior     no     significa     que    la    cantidad  de  sanción accesoria quede  librada   al   capricho   o  arbitrariedad  del  juzgador,  pues  éste,   en  todos  los  casos,  deberá  exponer      en      la      sentencia      «la  fundamentación          explícita   sobre   los   motivos   de   la   determinación    cualitativa    y    cuantitativa   de   la   pena», como lo  ordena  el  inciso  segundo  del  artículo  52  del  Código    Penal,    en    concordancia   con   el  artículo          59          ibídem,  labor  en  la  cual tendrá especial cuidado en velar  porque  se cumplan los principios de necesidad, proporcionalidad y razonabilidad  que     orientan     la     imposición  de  las sanciones penales, según el  artículo     3º  ejusdem,  y  teniendo en  cuenta las circunstancias del caso particular.   

       De  esa  manera se garantizan el debido proceso sancionatorio y el  principio    de    estricta    jurisdiccionalidad25,     según  el  cual  la actividad judicial debe  ser    comprobable   y   verificable,   aspectos   que   se   reflejan   en   la  motivación   de  la  sentencia  y  que  obviamente  comprenden  la  determinación de la pena en sentido  general.   

         Consecuente con lo anterior, considero  que    en    la    aplicación   cualitativa  y  cuantitativa  de  las  penas  accesorias de que trata el  artículo  52  del Estatuto Punitivo, debe primar el  fin     preventivo  especial,  así  que  no  tiene  cabida  el  sistema  de  cuartos  que,  según  quedó   visto,   está  diseñado para fijar las penas principales, en tanto  éstas  sí  tienen  una  regulación  absoluta  en  cada tipo penal, dado los  efectos  que  de  antemano  le  señaló  el  legislador a la sanción de la conducta punible, fundado en  razones de política criminal.   

         3.  En esa medida, observo que en el caso  particular  se fijó la pena accesoria de privación del derecho a la tenencia y  porte  de  arma  en  6  meses,  con  lo  que en modo alguno se tuvo en cuenta la  conducta  del  procesado,  la  cual  da cuenta que se le capturó cuando en vía  pública  portaba  dos  revólveres,  lo  que,  en  desarrollo  del fin  preventivo  especial, exigía que se  le  impusiera  una  restricción  a  dicho  derecho  acorde  con la necesidad de  precaver  el  abuso  del derecho en que incurrió de manera superlativa, pues el  porte  plural  de armas de fuego demanda una mayor prohibición a los efectos de  evitar  a  futuro  la comisión de tales conductas, que es a lo que por supuesto  apunta el fin anotado.   

         

         Cabe  destacar  además,  que la decisión mayoritaria de la cual me  aparto  desconoce  el  principio  constitucional  de  proporcionalidad, desde la  perspectiva  del  mandato  de  protección suficiente, el cual está relacionado  con  el  postulado  de  vigencia  de  un orden justo26   y,   por   ende,  con  el  imperativo  del  Estado  de  promover  ese  orden  y  el  deber  de investigar y  sancionar  las infracciones a la ley penal, imponiendo  penas   condignas  con  el  grado  del  injusto  y  de  culpabilidad,  pero sin dejar de lado la función que aquellas han de cumplir en  cada caso.   

         De  tal  forma  que  si  como  lo  ha  reconocido esta Corporación,  «los fallos de la judicatura están inspirados en un  principio  de  justicia,  como lo ha dejado entrever la doctrina constitucional,  por     ejemplo     en     la     sentencia     C-366     de    2000»27,    dicho   postulado   se  quebranta   en   casos   como   el   presente,  donde  el  fin  de  prevención    especial   que   orienta  primordialmente  la  imposición  de  las  penas  accesorias  queda  fuertemente  menguado.   

         En    efecto,    el    fin   preventivo  especial  de  las  sanciones  accesorias  facultativas  queda  comprometido  porque  si  a quien es declarado penalmente responsable del  delito   de  fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o municiones (art. 365 C.P.) en calidad de cómplice, se le  impone  la pena mínima privativa de la libertad prevista en la ley –4   años   y   6  meses–,  en ese orden, siguiendo el sistema  de  cuartos,  termina  por  aplicársele,  como  se  dejó  expuesto, el extremo  ídem de la pena accesoria,  valga  decir,  6 meses de privación del derecho a la tenencia y porte de armas,  sin  detenerse  a  examinar  las  particularidades  del  caso  que,  como  en el  sub   judice,   aconseja  restringir      el      respectivo      derecho      en      un     quantum   superior   al   mínimo   que  resultaría  de  aplicar la regla prevista en el artículo 61 del Código Penal,  en  orden  a precaver la afectación futura de bienes  jurídicos   concretos  en  particular  los  de  la  seguridad  pública,  la vida y la integridad de las  personas.   

Con todo comedimiento,  

Fernando      Alberto      Castro  Caballero   

Magistrado  

SALVAMENTO DE VOTO  

Casación Rdo.  46684. Acta 376 del 23 -11-2016   

Procesado: JUAN  CAMILO VELANDIA TOVAR   

Delito: Porte ilegal de armas  

Mag.  Ponente:  FERNANDO  ALBERTO  CASTRO  CABALLERO   

Mag. Salva Voto: EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER   

    

1. caso concreto.     

En este asunto se condenó al procesado por  una  modalidad  de  participación  que  no  corresponde a la conducta óntica y  típica.  Se  declaró al incriminado responsable en calidad de cómplice cuando  la  estricta  tipicidad era la de autor en un delito de porte de armas en la que  ninguna  persona  distinta  a  VELANDIA  TOVAR  intervino en la consumación del  delito.   Además   se  examinaron  los  requisitos  del  sustituto  penal  bajo  presupuestos jurídicos que no correspondían.   

Comparto la decisión de la Sala mayoritaria  en  cuanto  hay  mérito  para  condenar  al  procesado, pero a mi juicio debió  casarse  la  sentencia  porque  se  aprobó  un preacuerdo que violó garantías  fundamentales  del  incriminado, de la víctima, del ministerio público y de la  fiscalía,  al  admitirse como legal un preacuerdo que desconoció la estructura  procesal  y  sustancial  establecida  para ese mecanismo en la Ley 906 de 2004 y  los  derechos  y  garantías  fundamentales  a  los  que se hace alusión en los  párrafos siguientes.   

Las razones por las que estimo que se dio el  susodicho quebrantamiento se exponen en los acápites siguientes.   

Registro jurisprudencial.  

En esta oportunidad reafirmo la        convicción  acerca  del  trato  que debe darse a  los   preacuerdos   y   que   fuera   expuesta   en   la  aclaración  de  voto  presentada en la casación  de    17  noviembre  de  2016  en  el radicado  No.47869.   

En  consecuencia,  seguidamente repito lo  dicho en esa oportunidad.   

1. PROPÓSITO.  

La misión propedéutica que le corresponde  a  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la Corte Suprema de Justicia como órgano  límite  de  la  jurisdicción  ordinaria  y  específicamente para desarrollo y  precisión  jurisprudencial  en relación con el tema de los preacuerdos, son la  razón  por  la que hago este salvamento de voto, buscando construir un criterio  jurisprudencial sólido.   

Los argumentos expresados en este salvamento  de  voto  demuestran que la propuesta no afecta la justicia premial que se busca  con  los  preacuerdos,  ni  se  atenta  contra la teoría del tipo, el principio  prohomine,  los  derechos  o  las  garantías debidas al Fiscal, el defensor, el  procesado, la víctima o el Ministerio Público.   

2.  ANTECEDENTES.                  

Las  decisiones  mayoritarias de la Sala de  Casación  Penal  de  la Corte admiten que en los procesos penales tramitados al  amparo  de  la  Ley  906 de 2004, se puede por las partes (Fiscal, incriminado y  defensor)  con  los preacuerdos modificar la responsabilidad penal y la pena del  delito  cometido,  excepcionalmente  se  podría  pactar  la  eliminación de la  responsabilidad  y  la punibilidad en la modalidad de la exclusión de un cargo.   

En  tales  condiciones  el  juez no podría  hacer  control material y debe acertar el preacuerdo cuando se pacta condenar 1)  como  cómplice  a quien ha sido único autor de un reato, 2) por delito culposo  al  que  ha  ejecutado  uno  doloso,  3) no condenar por el delito consumado que  está  excluido  de  subrogados  o sustitutos y hacerlo por una modalidad que si  tolere   esos  beneficios,  4)  al  responsable  de  una  conducta  punible  que  constitucionalmente  lo  inhabilite  de por vida para ejercer cargos y funciones  públicas  sentenciarlo  por  una modalidad que no conlleve esa pena, 5) cambiar  la  tipicidad  de  un  delito  no  querellable  a  una  que lo sea, o alterar la  estricta  tipicidad  que  conlleve  drásticas  reducciones  a  la  pena máxima  prevista,   6)  admitir  el  preacuerdo  que  lleve  como  único  beneficio  la  readecuación  de  la  conducta a un concurso homogéneo de delitos cuando se ha  incautado  1.000  papeletas  de  cocaína  que contienen cada una un gramo de la  sustancia, en lugar de la modalidad agravada.   

Los   ejemplos   señalados   son   los  problemáticos  en los preacuerdos y con base en los cuales he venido desde hace  varios  años  estructurando el salvamento de voto que supera esas dificultades,  aquellos  representan  una  amenazada  a  la  justicia material, a la legalidad,  tipicidad  estricta,  debido  proceso,  derecho  a la igualdad, garantías de la  víctimas,  pues  pueden  conllevar a la extinción de la acción penal por vía  de  la caducidad o prescripción de la acción penal, desconocer la voluntad del  legislador, entre otros supuestos más.    

         

         

El salvamento de voto se aparta del criterio  mayoritario  de  la  Sala,  por  cuanto  que los preacuerdos no son instrumentos  autorizados   por   la   Ley   Procesal   Penal   para  descocer  y  alterar  la  responsabilidad  que  corresponde  al infractor por el delito cometido; criterio  que  se apoya en la naturaleza de aquellos, sus fines, las garantías y derechos  de  las  partes  y  los  intervinientes, el beneficio buscado que no puede tener  sino  repercusiones en la pena, los principios generales del derecho, las reglas  del  ordenamiento  jurídico  interno  vigentes  y  las  asumidas  por  la Corte  Constitucional.   

3. PREACUERDOS.  

Todas las modalidades de preacuerdos, cinco  en  total,  que operan en el ordenamiento jurídico interno, buscan humanizar la  actuación  procesal  y  obtener una pronta y cumplida justicia; la solución no  se  puede  construir  con  la  filosofía de terminar simplemente un proceso, de  obtener  la  anuencia del incriminado, tales instrumentos deben ser el resultado  de  la  fusión  integral  de los principios y valores que orientan la política  criminal  para todas las partes e intervinientes en el sistema establecido en la  Ley  906  de  2004,  con  tal  mecanismo  se  debe  satisfacer  la justicia, los  intereses  de  la  sociedad,  las partes y los intervinientes del proceso penal,  pues  no  son  un  medio  para  la  finalización  de  una actuación judicial a  cualquier precio y manera.   

Los preacuerdos por definición se celebran  con  culpables  del delito cometido, el artículo 348 del C de P.P. al referirse  a  los  fines  de  dicho  mecanismo  no  estableció  ninguno  compatible con la  exoneración   o  modificación  de  la  responsabilidad  penal  por  el  delito  ejecutado.   

En  los  susodichos  negocios jurídicos la  responsabilidad  penal por el delito cometido es inmodificable, lo negociable es  la pena a imponer.   

En  los preacuerdos la sanción y solamente  ésta,  se  puede  obtener a través i) de una rebaja en un monto determinado de  la  pena  prevista  para  el   delito, ii) en la cantidad que represente el  pacto  de  no tener en cuenta para la fijación de la sanción lo que represente  una  agravante  o cargo específico (degradación) o para esos mimos propósitos  el  guarismo  de sanción al que equivalga una tipicidad relacionada de reproche  punitivo  menor  (readecuación),  sin  que  ninguno de los supuestos anteriores  implique  alteración de la responsabilidad por el ilícito cometido, iii) en la  porción  que  fije  la  pretensión  punitiva  de  la  fiscalía,  como  en  la  culpabilidad  preacordada, iv) o sin beneficio por mandato legal, como cuando se  admite  el  negocio  después  de  iniciado  el  juicio  oral  o el ordenamiento  prohíbe descuentos dada la naturaleza de la conducta ilícita.   

Las anteriores premisas se sustentan en los  fines  específicos  previstos por la ley procesal penal y la política criminal  para  los  preacuerdos,  la seguridad jurídica, la justicia material, el debido  proceso,  las  garantías  debidas  a  todas  las  partes e intervinientes en un  proceso  penal, el trato jurídico igual, la juridicidad, legalidad y dogmática  de las instituciones, tal y como se explica en este estudio.   

   

3.1. Naturaleza y fundamentos.  

Los  preacuerdos  son  una expresión de la  justicia  premial,  se  sustentan  en  la  política criminal del Estado, en los  fines  específicamente  asignados  a  las  formas de terminación abreviada del  proceso  penal  y  al  respeto  por  los derechos y garantías fundamentales que  correspondan a partes e intervinientes.   

Los  preacuerdos  no  se  fundamentan en el  principio   de  oportunidad,  son  dos  institutos  de  naturaleza,  estructura,  política criminal y alcances diferentes.   

Así por ejemplo, hay discrecionalidad en el  ejercicio  de  la  acción  penal  con el principio de oportunidad, la que no se  tiene  con los preacuerdos, en estos se debe ejercer la potestad investigativa y  acusadora  con  objetividad,  oficiosamente  o  a  petición  del  querellante y  conforme  a  la  estricta  tipicidad  que  a  los  hechos corresponda, dadas las  previsiones  que  en esta materia se hicieron en la sentencia C-1260 de 2005. En  los  preacuerdos  se  está  atado  a la prueba mínima, a los hechos probados y  respetar las garantías de las partes e intervinientes.   

Los preacuerdos no son patrimonio exclusivo  del  sistema  inquisitivo  o  acusatorio, dependiendo del rito que corresponda a  los  hechos  judicializados  se  aplicaran  los  principios, valores, derechos y  garantías  que  en  cada  sistema  corresponda  a  los  institutos  de justicia  premial.   

3.2.     Los     fines     de    los  preacuerdos.   

Los  fines  perseguidos  con  el preacuerdo  están  consignados  en  el  artículo  348  del  C  de  P.P.  y consisten en la  humanización  de  la  actuación  procesal  y  de la pena, la pronta y cumplida  justicia,  lograr  la  solución  de  los  conflictos sociales provocados por el  delito,   la   reparación   integral   de   los   perjuicios   ocasionados,  la  participación  del imputado en la definición de su caso, de estos derechos son  titulares  todas las partes e intervinientes dentro de un marco de legalidad, de  respeto  por  las garantías fundamentales, de prestigio a la administración de  justicia y de evitar su cuestionamiento.   

La  fijación  de  los  alcances  de  los  preacuerdos  no  pueden marginarse de los fines, ni siquiera parcialmente, de no  ser  así  se  corre  el  riesgo  de desnaturalizar la institución y sacrificar  garantías   y   derechos   fundamentales   de   las  partes  e  intervinientes.   

Ninguno de los fines señalados apunta a que  con  los  preacuerdos  se  renuncia  a  la  responsabilidad del inculpado por el  delito  cometido,  esto  último resulta incompatible con la enunciación que el  legislador  hace  en  el  artículo 348 del C de P.P., allí solamente se tolera  por  su  naturaleza  la  modificación  de  la  pena,  la que se puede obtener a  través  de  instrumentos  o  procedimientos  como  la fijación de un monto, la  degradación,   la   readecuación,   o   la  culpabilidad  preacordada,  ectra.   

Tampoco  los  fines señalados o las reglas  que  regulan  los  preacuerdos toleran la posibilidad de renunciar a la vedad de  los  hechos  ni a desconocer lo demostrado con los elementos de prueba aportados  al  proceso. Al establecer el artículo 351 del C de P.P. que se puede “llegar  a  un  preacuerdo  sobre  los  hechos  imputados y sus consecuencias” no puede  tenerse   como  una  autorización  para  ignorar  los  hechos  y  las  pruebas,  precisamente  por  los  condicionamientos  que  en esa materia hizo la sentencia  C-1260 de 2005.     

3.3. La   verdad,  la  justicia  y  la  reparación  de  los  perjuicios  ocasionados  a  la  víctima son para ésta derechos constitucionales de los que  emergen garantías en el proceso penal.   

El  artículo 348 del C de P.P. asigna como  finalidad   de  los  preacuerdos  la  reparación  integral  de  los  perjuicios  ocasionados  con  el  delito  a  la  víctima, quien también tiene protegida la  necesidad  de  conocer la verdad y que el caso se resuelva con justicia. Este es  un   derecho   constitucionalmente  reconocido  a  la  víctima  en  el  proceso  penal.   

De   ahí   que  la  jurisprudencia  haya  reconocido  facultades en favor de la víctima para que intervenga en el proceso  y  sea  considerada  en  las  decisiones  que se adopten, en este sentido se han  pronunciado  las sentencias C-516 de 2007, C-1260 de 2005, C-457 de 2006 y C-209  de 2007.   

La naturaleza constitucional de los derechos  y  garantías de la víctima están fincados en el numeral 7º del artículo 250  de  la  C.P.,  contra  este  mandato superior no se puede legitimar condenas por  delitos en modalidades no cometidas.   

Las anteriores premisas imponen la necesidad  de  admitir  que  la  afectación de los derechos y garantías de las víctimas,  dada  su  naturaleza constitucional, está proscrita de los preacuerdos, a tenor  de  lo  señalado en el artículo 351 del C de P.P. al establecer que obligan al  juez    “salvo   que   ellos   desconozcan   o   quebranten   las   garantías  fundamentales”,  naturaleza  esta  que  tienen  la  verdad,  la  justicia y la  reparación.    

El  agravio a las víctimas se advierte con  facilidad  si  se  tiene  en  cuenta  que  los perjuicios y la reparación deben  corresponder  a  la responsabilidad penal declarada por el juez en la respectiva  sentencia,  decisión  o  declaración  ésta que en un proceso de jurisdicción  civil no se puede desconocer.   

En   la   situación  de  marras,  si  la  responsabilidad  se  declara por el delito imprudente aceptado en el preacuerdo,  ello  conlleva a que la reparación se rija por la compensación de culpas y que  esta  forma  de  conducta genere una reparación enormemente menor si se compara  con  los  guarismos  a  que habría lugar de declararse la responsabilidad penal  por  el delito doloso realmente cometido, afectándose no solo la verdad sino la  justicia y el derecho a obtener la reparación que corresponde.   

Cierto es que la víctima no está obligada  a  aceptar  los  perjuicios  del  preacuerdo  (artículo  351, inciso 6 del C de  P.P.),  pero  ante  la misma u otra jurisdicción el reclamo no puede desconocer  la  declaración  de  responsabilidad penal fundada en los supuestos fácticos y  jurídicos  tenidos  en  cuenta en el proceso penal y por los que se le declaró  responsable  y  condenó,  como  ha quedado expresado anteriormente. Que así lo  es,  lo  ha  reconocido  la  Sala  de  Casación  Civil  de  la Corte Suprema de  Justicia,  ejemplo  de ello es la sentencia proferida el 6 de febrero de 2007 en  el expediente con radicación 45.736, en la que se expresó:   

“Y más recientemente, en sentencia 164 de  14   de  octubre  de  2004,  expediente  número  7637,  dijo  la  Corporación:  ‘para  justificar  las  razones  de  tal influencia o interdependencia, ha puntualizado la Corte que los  pronunciamientos  penales …, de suerte que, una vez sea decidido, en  forma  definitiva,  un preciso punto  por  el  juez  penal,  no  es dable a otro, aunque sea de distinta especialidad,  abordarlo  de  nuevo,  pues  se  encuentra  cobijado por la autoridad de la cosa  juzgada,     postulado     que,    ‘amén  de  precaver  decisiones incoherentes y hasta contradictorias  que  tanto  envilecen  la  confianza  y  la  seguridad  que  los asociados deben  descubrir  en  la  justicia,  rinde soberano homenaje a la sindéresis desde que  parte  de  la  premisa incontestable de que un mismo hecho no puede ser y no ser  al      mismo      tiempo.     La     verdad     es     única,     ‘y    no   puede   ser   objeto   de  apreciaciones  y  decisiones  antagónicas  por  parte de la justicia ordinaria,  tales  como que en lo penal se dijera que un mismo hecho perjudicial no fue obra  del   sindicado   y   en   lo   civil   se   afirmase  lo  contrario’  (cas. civ. de 29 de agosto de 1979.  Cfme.    cas.    civ    12    de    octubre    de    1999,   Exp,   ­5253)”.   

Con  criterio  semejante  al expuesto lo ha  admitido   la  Sala  de  Casación  Penal  al  señalar  que  la  fuente  de  la  responsabilidad  civil  queda  definida  en  el  proceso penal y no es objeto de  discusión  ni  quiera  en el incidente de reparación (AP-2865-2016, Rdo. 36783  de 04-05-2016).   

3.4.   Los  principios  de  tipicidad  y  legalidad.   

La  solución  de  los  conflictos sociales  conforme  al  artículo 348 del C de P.P. deben respetar los marcos de legalidad  y las garantías fundamentales.   

La Carta política ha asignado al legislador  la  potestad  de  tipificar  las  conductas  punibles  y  al juez o fiscal en el  ámbito  de  sus  competencias  la  de  adecuar  las  conductas  al  tipo penal.   

Las  sentencias  C-173  de 2000; C-200 de  2002;  C-420  de 2002 y C-205 de 2003, entre otras, han examinado la competencia  exclusiva  del  legislador  de  crear  o  “tipificar” los ilícitos penales.  Sobre  esta  materia,  en  la  primera  de las decisiones en cita, dijo la Corte  Constitucional:   

“No  debe olvidarse, en efecto,  que   en  virtud  de  los  principios  de  legalidad   y  tipicidad  el legislador se  encuentra  obligado  a  establecer  claramente  en  que (sic) circunstancias una  conducta  resulta  punible  (…).  No  puede  dejarse  al juez, en virtud de la  imprecisión  o  vaguedad  del texto respectivo,  la posibilidad de remplazar   la  expresión  del  legislador,  pues  ello  pondría  en  tela  de juicio el   principio  de  separación de  las ramas del poder público, postulado esencial  del Estado de Derecho (artículo 113 C.P.)”   

Mutatis mutandis,  el  Fiscal  no  tiene  la  potestad  en  el  proceso penal de “tipificar” la  conducta  (competencia  exclusiva  del  legislador),  puede  adecuar  los hechos  demostrados  con  la  acción u omisión ejecutada a los tipos penales previstos  en el Código Penal (proceso de adecuación típica).   

El  deber  a  que  se  alude en el párrafo  anterior  es  labor  fiscal, que debe realizar y acatar en todas las modalidades  de  preacuerdos,  de ahí que ante la identidad de tarea a cumplir por aquél en  los  pactos  con  fines  de  terminación  anticipada  del proceso por esa vía,  resulte  una  ratio decidendi  lo  resuelto  por  la Corte Constitucional en la sentencia C-1260 de 2005.    

En la sentencia C-1260 de 2005 se precisaron  los  límites  y  la  competencia  del Fiscal en los preacuerdos al verificar la  descripción  típica  en la ley penal con la adecuación del comportamiento sub  judice, lo que se hizo en los siguientes términos:    

“  (…)  la  labor,  en  este  caso  del  fiscal,  se  limita  a verificar si una determinada  conducta  se  enmarca  en  la descripción típica legal previamente establecida  por el legislador o en una relacionada de pena menor”.   

Categóricamente  en la providencia en cita  se  preserva  el  principio  de  legalidad,  al respecto la Corte Constitucional  señaló:   

“Una interpretación sistemática de la  norma  en  su  conjunto permite concluir que no se trata de entregarle al Fiscal  la  facultad  de  crear  tipos  penales  nuevos,  es  decir,  por  fuera  de los  establecidos  en  el  Código Penal, con el fin de llegar a un preacuerdo con el  imputado,  desconociéndose  de  esta manera el principio de reserva legal, así  como el de taxatividad penal”.   

La  Fiscalía  no puede crear tipos penales  para  los  hechos  investigados,  ni  acudir  a  la  ley tercia para adecuar los  comportamientos en los preacuerdos.   

Los   hechos   deben  corresponder  a  la  descripción   legal   previamente   establecida,   de  esta  legalidad  es  una  manifestación  el  tipo  penal, que se ocupa no solamente de la descripción de  la  conducta  sino  también de la pena principal y accesoria y de su ejecución  (subrogados, sustitutos y prohibiciones).   

Bajos   los   supuestos  señalados,  los  preacuerdos  no  pueden  ser el instrumento para introducir modificaciones a las  prohibiciones  constitucionales  o  legales,  regla contra la que atentan, entre  otros  supuestos,  los  beneficios  dobles,  cuando ha de pactarse “una única  rebaja compensatoria por el acuerdo” (art. 351-2 del C de P.P.).   

Lo  propio acontece cuando la tipicidad que  corresponde  a  la  acción  ejecutada prohíbe a perpetuidad ejercer derechos y  funciones  públicas  (peculado  por apropiación) y se cambia o readecúa en el  preacuerdo  por  denominación  jurídica para obviar esa prohibición; o siendo  el  ilícito  consumado  de  aquellos  para  los que se restringe un subrogado o  sustituto  se  reubica  la  conducta  en norma penal que si lo tolera (concierto  para delinquir agravado por simple).   

Se otorga un doble beneficio y se afecta la  legalidad,  los  preacuerdos  y decisiones judiciales que permiten condenar como  cómplice  a  quien  es autor o se modifica la elección del delito base para la  tasación  de  la  pena  en  el  caso  de  concurso  delictual (artículo 30 del  C.P.).   

Pero  también  la  modificación  de  la  responsabilidad   penal   a  través  de  los  preacuerdos  puede  facilitar  el  otorgamiento  de beneficios indebidos por estar prohibíos por la ley o la Carta  Política,  afectándose  la  legalidad  y  la  exclusión  de doble beneficios.  Ejemplo  de  estas  situaciones  se  presentan  cuando  se eliminan agravantes o  cargos  o  se  hacen  readecuaciones  típicas  que  conllevan superar el factor  objetivo  para  el  otorgamiento de un subrogado, sustituto o imposición de una  pena especial.   

La   condena   por  delito  no  cometido,  afectándose  la responsabilidad penal que corresponde, también puede dar lugar  al  desconocimiento  de  la prohibición del doble beneficio, se puede trasladar  la  adecuación  de  la  conducta  de un delito que excluye un sustituto penal a  otro  que  si  lo admite, el doble premio se representa en la eliminación de la  prohibición  (un  aspecto  de  la ejecución de la pena) y necesariamente en la  pena menor que se concede.    

Convertir  en un negocio jurídico el cargo  de  peculado  por  apropiación  doloso  en  uno culposo o en abuso de confianza  agravado,  vulnera el mandato constitucional que ordena imponer a perpetuidad la  inhabilitación de funciones públicas.   

Un  pacto con el fin de terminar el proceso  que  se  adelanta  por  prevaricato por acción y atribuir un abuso de autoridad  por  acto  arbitrario e injusto, es permitir que con la readecuación típica se  eluda  la  pena privativa de la libertad y la prohibición de otorgar subrogados  por el delito cometido.     

3.5. No se afecta la justicia premial si se  condena  por  el delito cometido, porque se otorga siempre la rebaja de pena que  de    manera    consensuada    proponen    el    Fiscal,   la   defensa   y   el  procesado.   

La propuesta formulada en este salvamento no  afecta  la  justicia  premial que se busca con los preacuerdos, quien a ellos se  somete  recibe  el  descuento  punitivo que le corresponde, no se le niega, solo  que  se  le  declara  culpable  por lo que realmente hizo y como consecuencia de  aceptar  el  cargo  se  le  impone  una  pena  menor que resulta de la tasación  conforme al ilícito acordado.   

Para  resguardar  garantías nunca se puede  declarar   responsable  al  procesado  en  los  preacuerdos  por  una  tipicidad  convenida,  esta  debe  ser  la  que  corresponde a la estricta tipicidad de los  hechos,  solo  que  la  pena  y  los  subrogados  si  pueden  ser  negociados en  cualquiera de las modalidades de los preacuerdos.   

El  criterio  de  la  Sala mayoritaria y el  expresado  en  este  salvamento  de  voto,  ofrecen  al  caso concreto idéntico  resultado  punitivo,  se  diferencian  en  que  para  la  Sala  en  los casos de  readecuación  o  de  degradación  la  responsabilidad  debe  ser por el delito  acordado  entre  las partes, en tanto que en el salvamento voto se opta declarar  la  culpabilidad  por el delito cometido (imputado con estricta tipicidad), pero  en  uno  u  otro  caso  se  ha de imponer la misma sanción, la que equivalga al  monto de una agravante o de una tipicidad relacionada.   

La declaración de responsabilidad penal por  el  delito  cometido  y  la  imposición de la pena preacordada conjura  la  impunidad,  la  inseguridad  jurídica, el sacrificio de la dogmática penal, el  quebrantamiento del debido proceso y de garantías a la víctima.   

Si se condena por el delito cometido, se da  trato  jurídico  igual  a  las partes e intervinientes  en lo que atañe a  sus  derechos  e intereses en relación con el problema jurídico penal; al  culpable   se  le responsabiliza por el delito ejecutado y a la víctima se  le garantiza la verdad, la justicia y la reparación.   

La  justicia premial es incompatible por su  naturaleza con  los   

cuestionamientos  hechos,  condenar  por un  delito  no  cometido es cometido excluido y prohibido por las reglas  de la  Ley  906  de  2004,  la  carta  política  y  la sentencia C-1260 de 2005.    

Si   el  propósito  del  legislador,  el  procesado,  el  defensor  y el Fiscal en la justicia premial, es que no se evada  la  responsabilidad,  que se haga justicia y con base se fije una pena menor por  un  delito  del  que  se  es  responsable, esa finalidad se cumple con  asignarle  a  las partes la facultad de negociar las consecuencias punitivas del  delito.   

En   síntesis,   la  tesis  de  la  Sala  mayoritaria  y  el salvamento de voto conllevan a igual rebaja en el monto de la  pena,  solo  que  el  resultado  con  la  condena  por  el  delito  acordado  es  abiertamente  contraria a los principios y garantías que se han anunciado y que  se desarrollan en este escrito.   

La  justicia  premial  a  través  de  los  preacuerdos  es  solamente  un medio para reducir las consecuencias punitivas de  la conducta ejecutada.   

3.6.  La condena por el delito cometido no  atenta   contra  la  teoría  que  desarrolla  la  estructura  del  tipo  penal.   

En los preacuerdos la condena por el delito  cometido  rescata  el  respeto  por la descripción legal de la conducta en  los  tipos  penales  y  la  correcta  adecuación   en la norma penal de la  acción   u omisión óntica, solamente de esta manera la calificación que  se  dé a los hechos es la legalmente permitida y admitida, como lo establece la  sentencia C-1260 de 2005.   

La  condena  por  el  delito  acordado  sí  constituye  un atentado contra la categoría de la tipicidad y concretamente del  tipo  penal,  porque  se  permite declarar responsable como cómplice a quien es  autor,  o  por  delito  culposo  a  quien  ha  obrado  dolosamente,  entre otras  hipótesis.   

El control social se ve gravemente afectado  cuando  aceptamos sin reparo que se responsabilice por lo que no se ha cometido,  aquella  es  una  herramienta de valioso alcance, no solamente para verificar la  pulcritud  de  quienes  administran  justicia,  sino  también  como  medio para  culturizar  y  hacer conocer la resolución de los casos con satisfacción de la  necesidad  de  justicia  que  demanda la comunidad en los asuntos criminales, la  que  se  ve desorientada, insegura jurídicamente con decisiones judiciales como  las que se reprochan en esta ocasión.    

3.7.  El  principio  Pro  Homine no tolera  interpretaciones  que  favorezcan  a  una  de  las  partes del proceso penal con  sacrificio  de  los  derechos  y  garantías  de otros, como los intervinientes.   

El  Principio  Pro  Homine  (PPH)  es  un  principio  general  del  derecho  del  que se nutre la interpretación de la ley  para  hacer  prevalecer  el alcance extensivo o restrictivo que amparen derechos  universalmente reconocidos a la persona.   

El Principio Pro homine, se caracteriza por  no  ser  absoluto, a través suyo no se pueden hacer prevalecer interpretaciones  que  favorezcan  al  procesado  con  sacrificio  de  los derechos que objetiva y  justamente le corresponden a la víctima o viceversa.   

La  hermenéutica  que  autoriza  el PPH es  relativa,  se  deben  respetar  los derechos y las garantías que correspondan a  todas  las  partes  e intervinientes, al incriminado y a la víctima del delito,  esta   ecuación   es   un   presupuesto   esencial   del   susodicho  principio  general.   

Al  condenarse por el delito no cometido se  vulneran  derechos  y  garantías,  entre  otros, de la víctima, sacrificio que  evita  con  la  declaración  de  responsabilidad  por  el  delito cometido y la  imposición  de la pena que resulte preacordada en un monto específico o por el  equivalente en el caso de la degradación o readecuación.   

3.8.  Competencia  de  la  Fiscalía en el  proceso de adecuación típica de la conducta.   

La   fiscalía  no  puede  desbordar  las  facultades  que  le  corresponden  conforme  a  la naturaleza de la función que  cumple.  El  ejercicio  de aquellas en los preacuerdos constituye una expresión  del debido proceso.   

La   Corte  Constitucional  en  la sentencia C-1260 de 2005, precisó que la única potestad  que  tiene la Fiscalía en los pactos jurídicos del artículo 350 del C.P.P. es  adecuar  la  conducta  conforme a la tipicidad que estrictamente le corresponde:   

“(…)  que  en todo caso, a los hechos  invocados  en  su  alegación  conclusiva no les puede dar sino la calificación  jurídica que corresponda conforme a la ley penal preexistente.   

Lo  decidido por la Corte Constitucional en  la  sentencia  C-1260  de 2005 en la parte resolutiva constituye ratio decidendi  para  los actos de adecuación que ejecuta el Fiscal en todas las modalidades de  los  preacuerdos,  lo  que  conlleva a la aplicación del artículo 48 de la Ley  Estatutaria  de la Administración de Justicia que establece que “serán  de  obligatorio cumplimiento y con efecto erga omnes en su  parte  resolutiva.  La  parte  motiva  constituirá  criterio  auxiliar  para la  actividad  judicial  y  para la aplicación de las normas de derecho en general.  La  interpretación  que por vía de autoridad hace, tiene carácter obligatorio  general”.   

Conforme   a  la  línea  jurisprudencial  mencionada,  los preacuerdos deben respetar la responsabilidad que equivale a la  estricta  legalidad  o  tipicidad  demostrada  en  el  proceso  penal,  así  se  decidió,  en  la  sentencia  C-1260 de 2005, por lo que el ámbito de movilidad  para  efectos  de  beneficios  en  tales  negocios  jurídicos  corresponde a la  punibilidad.    

No  de  otra  manera a la expresada es como  puede  entenderse  la  validez  y  eficacia  de  un  preacuerdo, por ende quedan  descalificados  si  no  corresponden  al  orden  justo  que rige en Colombia, si  desconoce  los derechos de las partes o intervinientes, o si el conflicto social  se  soluciona  con la participación de la Fiscalía y el procesado a través de  un  convenio  que desprestigia la administración de justicia con calificaciones  jurídicas    que   no   se   ajustan   al   tipo   penal   consumado   por   el  incriminado.   

Si  se le impone el deber a la Fiscalía de  imputar  el  delito  conforme  a  la tipicidad que corresponde a la conducta, la  lógica  de  la  decisión  constitucional  que  se  viene  invocando conlleva a  señalar  que  la sentencia debe resolver la petición del titular de la acción  penal  para  decidir  si hay o no responsabilidad conforme a derecho corresponda  por ese delito, el cometido y no otro diferente.   

El  numeral  2º del artículo 350 del C de  P.P.  se construyó sobre dos supuestos, el primero atañe a la tipificación de  la  conducta  de  una  forma  específica y cuyo alcance la Corte Constitucional  condicionó  a  un acto de adecuación que corresponda al punible cometido y por  el  que  se  ha  de  juzgar al procesado, de esa ilicitud es que debe declararse  culpable  el  incriminado, a tenor del texto legal citado. La segunda premisa de  la  norma  en comento corresponde a la expresión a “cambio de que” y que el  numeral    en    cita    identifica    con   la   expresión   “disminuir   la  pena”.   

Obsérvese que la Corte Constitucional en la  sentencia   C-1260   de   2005   sobre  la  ilicitud  cometida  y  por  ende  la  responsabilidad  que deviene de esa conducta punible, no admite que la Fiscalía  la  modifique, debe ceñirse a lo que la ley preexistente establezca. En el acto  de  adecuación  estricta  se  define la culpabilidad del ilícito por el que se  responde   y   en   esos   términos  es  que  debe  aceptarla  el  indiciado  o  acusado.   

Solamente  cuando  se define la condición,  esto  es,  la  culpabilidad,  en  los  términos señalados, surge el derecho al  beneficio.  En  ese contexto está la redacción del artículo 350 del C de P.P:   

En  cualquiera  de  las  modalidades  del  preacuerdo,  con  excepción  del que no da lugar a rebaja de pena, el beneficio  consiste  en obtener una sanción menor, el texto por eso refiere con “miras a  disminuir  la  pena”.  Esa es la única interpretación que resulta conforme a  la  estructura  legal  y  constitucional  del  proceso  penal,  porque no afecta  derechos  ni  garantías  de las partes e intervinientes, además de que realiza  plenamente  los  principios y valores fundantes de la justicia material que debe  administrarse en los procesos penales.   

En  las condiciones señalas, la sanción a  imponer  como consecuencia del preacuerdo, la ley permite obtenerla i) a través  de  la  fijación de un monto en concreto conforme a los topes permitidos según  la  fase  procesal  en  que se presente el preacuerdo, ii) o por el guarismo que  represente  eliminar una circunstancia de agravación, un cargo específico, una  readecuación  típica  relacionada  o la culpabilidad preacordada, metodología  que  no  implica afectar el juicio de responsabilidad que corresponde conforme a  la estricta tipicidad a la conducta ejecutada.   

El método así explicado impone condenar al  procesado  por  los delitos cometidos y el beneficio de aceptar culpabilidad por  preacuerdo  en  esos  términos  equivale  a  la pena que se tase conforme a los  supuestos referidos en el párrafo anterior.   

3.9.  El  fiscal  no  puede  renunciar  al  ejercicio de la acción penal en los preacuerdos.   

El ejercicio de la acción penal es reglado  y  obligatorio,  es  lo  que  se  deriva  del  artículo  322  del C de P.P., al  disponer:   

“La Fiscalía General de la Nación está  obligada  a perseguir a los autores y partícipes en los hechos que revistan las  características  de  una conducta punible que llegue a su conocimiento, excepto  por  el  principio  de  oportunidad, en los términos y condiciones previstos en  este Código”.    

El abandono de la acción penal solamente es  posible  a  través del principio de oportunidad. Excepcionalmente puede hacerse  en  el  juicio  oral  a  través  de  la  petición  de  absolución por expresa  autorización  que  hace  el  artículo  448  del C.P.P. que impide condenar por  delitos por los que no se haya solicitado condena.   

La  naturaleza  que la ley le otorgó a los  preacuerdos  resultan  incompatibles  con la renuncia al ejercicio de la acción  penal,  son  mecanismos  de  política criminal para la terminación del proceso  sin  impunidad,  no  para  absolver  sino  para  condenar  a los responsables de  delitos,  con  derecho a una rebaja de pena, dado que con ello se obtiene, entre  otros propósitos, una pronta y cumplida justicia.    

De  ahí  que,  la eliminación de un cargo  permitida  en  el  numeral  primero  del  artículo  350  del C de P.P. no puede  equivaler  a  la  renuncia  al  ejercicio  de la acción penal. Por lo que se ha  explicado,  el  preacuerdo  no conlleva a la exoneración de responsabilidad, la  que  en  la  hipótesis  de  marras  debe  declararse,  solo  que  en virtud del  preacuerdo  se  otorga  una  exención  de  punibilidad,  solución  que resulta  compatible  con  lo  que  viene  exponiéndose,  esto  es,  la  prohibición  de  renunciar  a la acción penal, la afectación de los derechos a las víctimas al  modificarse  la  responsabilidad  penal que corresponde por un delito consumado.   

Así,  en  un  concurso delictivo, no puede  eximirse  de  responsabilidad  al procesado por uno de los delitos, ese no es el  entendimiento  que  debe darse a la expresión eliminación de un cargo (numeral  1°  del  artículo  350  del C de P.P.), lo viable  es dejar de imponer la  sanción   por  una ilicitud, que no puede ser la del delito base o de  mayor  gravedad,  para  no  incurrir  en  impunidad  o  desprestigio  de la  administración de justicia.   

Al generar el delito acción penal y civil y  abarcando  ésta última los derechos a la verdad, reparación y justicia de las  víctimas,  habría una afectación a los derechos y garantías constitucionales  de  éstos  si  la Fiscalía y los jueces autorizan literalmente la eliminación  de   un   cargo   específico   comprendiendo  la  responsabilidad  y  la  pena.   

3.10.    Principio    de   obrar   con  objetividad.   

Los servidores públicos y específicamente  los  vinculados  con la administración de justicia deben obrar con objetividad,  el  incumplimiento  a este supuesto les genera responsabilidad (artículo 124 de  la C.P.).   

En desarrollo del mandato constitucional, el  artículo  115  de  la  Ley  906  de 2004 ha establecido que la Fiscalía en los  procesos  y  actos  procesales  debe  someterse  a  “un  criterio  objetivo  y  trasparente,   ajustado  jurídicamente  para  la  correcta  aplicación  de  la  Constitución Política y la ley”.   

La  proposición  jurídica que completa el  principio  de  objetividad con el que debe obrar la Fiscalía en los preacuerdos  y  que  constituye  límite  de  sus  actuaciones,  corresponde al postulado del  artículo  2º  de  la  C.P.  en  el  que se prevé como fin esencial del Estado  garantizar  la  participación de todos en las decisiones, la efectividad de los  derechos y la vigencia de un orden justo.   

Los  factores  señalados  involucran  la  necesidad  que  los negocios jurídicos de la Fiscalía en los preacuerdos deben  aprestigiar   la  administración  de  justicia  y  evitar  su  cuestionamiento.   

El principio de objetividad examinado tiene  que  ver  con  las  decisiones  en  relación con los hechos evidenciados con la  prueba   recaudada   y   el   ordenamiento   jurídico  llamado  a  resolver  el  asunto.    

La regla jurisprudencial que se estableció  en  la sentencia C-1260 de 2005 no es más que la materialización del principio  de objetividad.   

3.11. Respeto y acatamiento al precedente jurisprudencial.   

Las reglas jurisprudenciales constituyen el  soporte  del  imperio  de  la legalidad, igualdad y seguridad jurídica, de ahí  que   se   admita   su   carácter  vinculante  en  las  decisiones  judiciales.   

En  sentencias  C- 037 de 1996 y SU- 047 de  1999  la  Corte  Constitucional  declaró  sobre  el  carácter  vinculante  del  precedente  que  corresponde a la ratio decidendi y el decisun, siendo solamente  criterio  auxiliar  no  obligatorio  de  la actividad judicial los conceptos que  corresponden  a  un  obiter  dictum,  esto  es, los dichos de paso sin relación  directa  con  las  razones  con  base  en  las  cuales  se  resuelve el problema  jurídico.   

La  Corte  Constitucional  en  la sentencia  C-621  de  2015, refiriéndose a la obligatoriedad del precedente de sus fallos,  señaló:   

“la  ratio decidendi de las sentencias de  la  Corte  Constitucional,  en  la  medida  que se proyectan más allá del caso  concreto,  tienen  fuerza  y  valor  de  precedente para todos los jueces en sus  decisiones,  por  lo que puede ser considerada una fuente de derecho que integra  la norma constitucional”   

Pero,  a  su  vez,  a  los jueces se les ha  reconocido  su  autonomía  e  independencia,  pudiendo apartarse del precedente  motivando  las razones para hacerlo. Así lo señaló la Corte Constitucional en  la sentencia C-621 de 2015:   

“(…)   una   vez   identificada   la  jurisprudencia  aplicable  al  caso, la autoridad judicial sólo puede apartarse  de  la  misma  mediante un proceso expreso de contra argumentación que explique  las  razones del apartamiento, bien por: (i) ausencia de identidad fáctica, que  impide  aplicar  el  precedente  al  caso  concreto;  (ii)  desacuerdo  con  las  interpretaciones   normativas  realizadas  en  la  decisión  precedente;  (iii)  discrepancia  con  la regla de derecho que constituye la línea jurisprudencial.  De  este  modo,  la  posibilidad  de  apartamiento del precedente emanado de las  corporaciones  judiciales de cierre de las respectivas jurisdicciones supone, en  primer  término,  un  deber  de  reconocimiento del mismo y, adicionalmente, de  explicitación  de  las  razones  de  su  desconsideración  en  el  caso que se  juzga.”   

La   potestad   de   apartarse   de   la  jurisprudencia,  conforme  a  la  sentencia  C-335 de 2008, no opera respecto de  fallos  que  resuelven  problemas jurídicos de constitucionalidad, es lo que se  infiere  de  la  siguiente afirmación que se hace en la susodicha sentencia, al  no    tolerar    ni    siquiera    una    “simple  disconformidad”  con “un  fallo de control de constitucionalidad de las leyes”.   

La Corte Constitucional se pronunció sobre  la  exequibilidad  del  numeral  2º  del  artículo  350  del  C  de P.P. en la  sentencia  C-1260  de  2005.  En  este  fallo  se  citó  como texto de la norma  acusada, el siguiente:   

   

2. Tipifique  la  conducta,  dentro  de su alegación conclusiva, de una forma específica con  miras a disminuir la pena.”   

En  la  sentencia  C-1260  de  2005  se  formularon como argumentos (ratio decidendi) los siguientes:   

“Es  claro,  entonces,  que  cuando  el  numeral  acusado  refiere  a  que el fiscal podrá adelantar conversaciones para  llegar     a     un     acuerdo    –preacuerdos  desde la audiencia de formulación de imputación- en  el  que  el  imputado  se  declarará  culpable  del  delito  imputado, o de uno  relacionado   de   pena   menor,   a   cambio  de  que  el  fiscal “Tipifique  la  conducta, dentro de su alegación conclusiva, de  una   forma   específica   con   miras   a   disminuir  la  pena”,  no  se  refiere  a la facultad del fiscal de crear nuevos tipos  penales,  pues  tratándose  de  una norma relativa a la posibilidad de celebrar  preacuerdos  entre  la  Fiscalía  y  el  imputado, la facultad del fiscal en el  nuevo  esquema procesal penal está referida a una labor de adecuación típica,  según  la  cual, se otorga al fiscal un cierto margen de apreciación en cuanto  a  la  imputación,  pues con miras a lograr un acuerdo se le permite definir si  puede  imputar  una  conducta o hacer una imputación que resulte menos gravosa;  pero  de  otro  lado,  en  esta  negociación  el  Fiscal  no podrá seleccionar  libremente  el  tipo penal correspondiente sino que deberá obrar de acuerdo con  los hechos del proceso.      

   

En efecto, en relación con la posibilidad  de  celebrar  preacuerdos  entre  el  fiscal y el imputado, aquel no tiene plena  libertad  para  hacer  la  adecuación típica de la conducta, pues se encuentra  limitado  por  las  circunstancias fácticas y jurídicas que resultan del caso.  Por  lo que, aún mediando una negociación entre el fiscal y el imputado, en la  alegación  conclusiva  debe  presentarse  la adecuación típica de la conducta  según  los  hechos  que  correspondan  a  la  descripción  que  previamente ha  realizado el legislador en el Código penal.   

   

(…).  

   

En  conclusión,  la  Corte declarará la  exequibilidad del  numeral  2, del artículo 350 de  la  Ley 906 de 2004, que dispone que “Tipifique la  conducta  de  su  alegación  conclusiva,  de  una forma específica con miras a  disminuir  la pena”, en  el  entendido  que  el fiscal no puede en ejercicio de esta facultad crear tipos  penales;  y  que en todo caso, a los hechos invocados  en  su  alegación  conclusiva  no les puede dar sino la calificación jurídica  que    corresponda    conforme   a   la   ley   penal   preexistente. (Fuera de texto la negrilla).   

   

El decisum de la sentencia C-1260 de 2005  fue del siguiente tenor:   

   

“Quinto.    Declarar EXEQUIBLE,  por los cargos formulados,  la   expresión “Tipifique  la  conducta  de  su  alegación  conclusiva,  de  una  forma  específica  con  miras  a disminuir la  pena”, contenida en el numeral 2 del artículo 350  de  la  Ley  906  de  2004, en  el entendido que el  fiscal  no  puede  en  ejercicio  de  esta  facultad  crear tipos penales; y que  en   todo  caso,  a  los  hechos  invocados  en  su  alegación  conclusiva  no  les  puede  dar  sino la calificación jurídica que  corresponda    conforme    a    la    ley    penal   preexistente”.   

   

Es   incuestionable   que   la   Corte  Constitucional  en  la sentencia de exequibilidad C-1260 de 2005 incorporó como  regla  jurisprudencial y fuente de derecho para interpretar y aplicar el numeral  2º  del  artículo 350 del C de P.P. que el Fiscal frente a los hechos única y  exclusivamente  puede adecuar la conducta haciendo “la calificación jurídica  que corresponda conforme a la ley penal preexistente”.   

Respeto  del  susodicho  texto  legal  hay  decisión  de  control  constitucional que ha hecho tránsito a cosa juzgada, la  ratio  decidendi  tiene  que ver con preacuerdos y concretamente con la facultad  del  Fiscal  de  definir  la  tipicidad  de  la  conducta  materia  del  negocio  jurídico,  estableciéndose  la  imposibilidad  de  hacer  modificaciones  a la  adecuación   que   jurídicamente   corresponda   en  el  caso  concreto.    

Aunque   la   decisión   se   vinculó  normativamente  al  numeral  2º  del artículo 350 del C de P.P., que regula el  preacuerdo  con  readecuación,  el  supuesto  de  hecho  o  problema  jurídico  resuelto  y  referido anteriormente, corresponde a la adecuación típica que de  la  conducta  debe  hacer  el  fiscal  para  todos  los preacuerdos, esto es, el  simple,  con  degradación,  la  culpabilidad preacordada o sin rebaja punitiva.  Opera,  entonces,  en  este  caso,  la misma solución en derecho para idéntica  labor  de  calificación  jurídica  que  debe  ejecutar el fiscal a la conducta  objeto de negocio jurídico.   

En  los preacuerdos el fiscal debe negociar  los  beneficios a partir de la adecuación típica de la conducta conforme a las  circunstancias  y las consecuencias jurídicas que correspondan al caso, así se  declaró  en  la  jurisprudencia  constitucional  al  hacer  la  advertencia que  “aun  mediando  una negociación entre el fiscal y  el  imputado”,  los hechos deben calificarse conforme a la descripción que ha  realizado previamente el legislador.   

El   texto   examinado   por  la  Corte  Constitucional  lo  integran  las  premisas  de  la  adecuación  típica  de la  conducta  y  la  finalidad  de  “disminuir  la  pena”.  Esta  última  no se  modificó, la precisión jurisprudencial        fue        sobre        el       primer       apartado,   lo   relacionado  con  la  estricta tipicidad.   

Luego,  cumplido  el  deber de calificar la  conducta  como  corresponde a la ley preexistente,  los  negocios  en  los  que  se acuda a elementos     del     tipo    penal  (eliminación,    readecuación)   únicamente  deben  ser  utilizados  para  cuantificar la rebaja de la  sanción,    esas    modificaciones   no        involucran  la  responsabilidad,  la calificación de una manera específica  es  como  lo  dice   el  legislador “con miras a disminuir la pena”.   

3.12.  No  son vinculantes los preacuerdos  que afecten garantías fundamentales.   

La  Ley  906  de  2004  ha  condicionado la  eficacia  de los preacuerdos al respeto de las garantías fundamentales, pues no  son  vinculantes  los  que las desconozcan o quebranten (artículo 351, inciso 4  ejusdem).   

Negocios  jurídicos  que afecten el debido  proceso,  la  defensa,  los  derechos  constitucionales  a la verdad, justicia y  reparación,  entre  otros,  no son oponibles, no son exigibles jurídicamente y  por  ende  en  ellos  no  puede  sustentarse  ningún  juicio de responsabilidad  penal.    

3.13.  Los  preacuerdos  no  pueden  ser  instrumento de impunidad.   

Se  ha  dicho  que  la  afectación  de  la  responsabilidad  de los preacuerdos pueden conllevar impunidad, como por ejemplo  si  por  razón  del  trascurso  del  tiempo  y la pena a aplicar se readecua la  conducta  prevaricadora  a  un  abuso  de  autoridad,  o  un delito doloso a uno  culposo,  o  a  un bien jurídico por ilícito cuya pena prevista es mínima, se  reduzca  a  tres años. Este obrar así podría dar lugar a que al proferirse el  fallo   de   segunda   instancia   esté  prescrita  la  acción  penal,  habida  consideración  del  término trascurrido desde la imputación a la fecha en que  se ha de pronunciar el ad quem.    

La  declaración  de responsabilidad por el  delito  cometido  e  imputado tiene consecuencias no solamente en el campo de la  reparación  sino también en otros fenómenos jurídicos que ello implica, como  la  extinción  de  la acción penal, la que se rige y contabiliza en el proceso  por  la  tipicidad y responsabilidad declarada en la sentencia, según reiterada  jurisprudencia de la Sala.   

Si  la  sentencia  no  tiene  en  cuenta la  responsabilidad  imputada  por  el delito cometido sino la aceptada y readecuada  en  el  preacuerdo, se generan factores de impunidad, injusticia, afectación de  garantías  a  partes  e  intervinientes,  pues  de esa manera los pactos pueden  llevar  a  situaciones  que  impliquen  la  declaratoria  de prescripción de la  acción  penal  (al  reducirse  el  máximo  previsto de la pena y en esta misma  proporción   se   reduce  la  extinción  de  la  acción)  o  evadir  mandatos  constitucionales  al soslayar sanciones previstas a perpetuidad (inhabilitación  de  derechos  y  funciones  públicas),  o prohibiciones legales de beneficios o  sustitutos  al  readecuar  las  conductas  por  tipicidades  que  admitan  tales  mecanismos  de  ejecución  de la pena, o hacer pactos que lleven a aceptar como  continuada  una conducta respecto de hechos para crear un estado de cosa juzgada  para  otras  investigaciones  que se adelanten por separado, todo lo cual atenta  contra  garantías  y  son  ajenas  a  los  fines del instituto examinado.    

Los  propósitos  de política criminal que  dieron  lugar a los preacuerdos no fueron los de poner al servicio de las partes  mecanismos  que  desprestigien  la  administración de justicia, en los procesos  abreviados  se  impone  declarar  la  responsabilidad  por  el delito cometido e  imponer  la pena del delito acordado, lo cual no causa daño a las partes, a los  intervinientes, a los derechos, las garantías ni a la justicia.   

Obsérvese, una persona es procesada por el  delito  de  peculado  por  apropiación  doloso, que tiene para esa modalidad la  pena  a perpetuidad de inhabilitación de derechos y funciones públicas, si ese  es  el delito cometido y se le declara responsable no podría jamás ser elegido  senador,   contratar   con  el  Estado,  ser  Presidente  de  la  República,  o  desempeñar  cargo  público  a  futuro,  sanción  que  se  acarrea por mandato  constitucional.   

Si  el  procesado  acepta responsabilidad y  preacuerda  que  se  le condene por una pena máxima en la modalidad culposa, de  seguirse  el  criterio  mayoritario  de  la  Sala  habría  que  condenarlo como  responsable  de delito de peculado culposo y no podría imponérsele la sanción  constitucional  de  la  inhabilitación  de  derechos  y  funciones  públicas a  perpetuidad,  la  pena iría como accesoria y cumplida se rehabilita para volver  a  contratar,  ser  congresista  u ocupar dignidades del Estado. En cambio si se  acepta  que  se le responsabilice por peculado doloso (delito consumado) y se le  imponga  la  pena  del  peculado culposo (reato acordado), habría que sancionar  con   la  inhabilitación  perpetua.  Esta  última  solución  se  antoja  más  aconsejable,  ajustada a derecho, exige la estricta tipicidad, impide la burla a  los mandatos legales o constitucionales.   

Lo propio ocurre cuando se hace preacuerdos  por  delitos  que  la  Ley  1474 de 2011 los excluye de subrogados o beneficios,  como   por   ejemplo,   en   los  ilícitos  dolosos  contra  la  Administración  Pública  preacordar la  modalidad  culposa  para  beneficiar  al  procesado  con la menor pena y de paso  eliminar  la  prohibición  para  el  otorgamiento  de  un  mecanismo  que está  legalmente  prohibido,  o  admitir  que  se  cometió  concierto  para delinquir  agravado  a  cambio  de  que  se  le  dé tratamiento punitivo de concierto para  delinquir  simple,  y,  así,  muchos más casos se pueden ofrecer de asuntos en  donde  el  preacuerdo se convierte en un instrumento para jugar con la justicia,  riesgo  que  se  evitaría  si  se condena por el delito cometido y se impone la  pena por el delito acordado como beneficio propio del preacuerdo.   

3.14.   El   reintegro   del  incremento  patrimonial ilícito como presupuesto de los preacuerdos.   

El   reintegro  del  50%  del  valor  del  incremento  patrimonial  obtenido  por  el  sujeto activo y el aseguramiento del  recaudo  del  remanente  (artículo 349 ídem) son condiciones sin las cuales no  es posible asignarle eficacia y exigibilidad a los preacuerdos.   

Si  se  modifica  la  tipicidad   del  comportamiento   al  alterarse la cuantía, el tipo penal  que resulta  de  ese  pacto  no  es  equivalente  al  consumado  sino  a  uno menor,  de  aceptarse  responsabilidad  por  éste  último, conlleva una  vulneración  del   artículo   349  del  C.P.P.  y  por  ende  del  principio  de  legalidad.   

3.15.     Naturaleza     de     los  preacuerdos.   

Los  preacuerdos  son  una expresión de la  justicia premial, implican la terminación del proceso.   

Los preacuerdos no tienen por objeto pactar  la  inocencia  del  procesado,  ni  transar  sobre  derechos  indiscutibles  del  procesado,  se  busca  la  terminación  del  proceso  sobre  el  supuesto de la  culpabilidad del indiciado o acusado.   

El  beneficio  que la ley autoriza para los  preacuerdos  está  representado  en una rebaja de pena, el negocio debe incidir  en  la sanción no en la modificación de la responsabilidad penal por el delito  cometido,  la alteración de ésta genera impunidad o puede conllevar beneficios  indebidos y prohibidos.   

Las normas que integran la Ley 906 de 2004 y  especialmente  las  que regulan los preacuerdos, registran que la intención del  legislador  con  los  negocios  jurídicos, cualquiera sea su especie, fue la de  otorgar  una  rebaja  de pena como beneficio por aceptarse responsabilidad en el  delito  cometido,  de  ahí que las modalidades del inciso segundo del artículo  350  del  C  de  P.P.  o  del 367 y 369 ídem no sean más que instrumentos para  cuantificar la sanción como consecuencia de la culpabilidad.   

Así,  por  ejemplo, en los artículos 350,  351,  352  y  353 del C de P.P., entre otros, se manifestó expresamente que los  preacuerdos  se celebran “con miras a disminuir la pena”, o para una “pena  menor”,  buscando  un “cambio favorable con relación a la pena”, o que la  modificación   en  la  pena  sea  “la  única  rebaja  compensatoria  por  el  acuerdo”,  en  fin  que el propósito del negocio jurídico sea que “la pena  imponible  se reducirá”, o que se logren “los beneficios de punibilidad”.  En  los  artículos  367,  369  y  370  ejusdem se lee “De declararse culpable  tendrá  derecho a la rebaja de una sexta parte de la pena imponible respecto de  los  cargos aceptados” o “la Fiscalía deberá indicar al juez los términos  de  la  misma,  expresando la pretensión punitiva que tuviere” o “no podrá  imponer    una    pena    superior    a    la    que   le   ha   solicitado   la  Fiscalía”.   

Si  la Corte Constitucional en la sentencia  C-1260  de  2005  señaló que la Fiscalía ha de someterse en la adecuación de  la  conducta a la calificación jurídica que le corresponde a los hechos, está  admitiendo  como  contra  cara  del  argumento expresado que en el preacuerdo el  beneficio  recae  sobre  la  tasación  de  la pena y su ejecución, no sobre la  responsabilidad.   

La  razón  primordial  por  la  que  los  beneficios  por  justicia premial no pueden desconocer la responsabilidad por el  delito   cometido  es  precisamente  por  las  garantías  constitucionales  que  corresponden  a  las  partes  e  intervinientes  del proceso, los que se verían  afectados  si  se declara culpable a un procesado por un delito que no cometió,  se  le  condena  por  un  ilícito  culposo  cuando  el  ejecutado fue uno en la  modalidad dolosa.   

Los  preacuerdos  en  los  que se altera la  responsabilidad  para  lograr una pena menor afectan la naturaleza del mecanismo  de  terminación anticipada y principios de rango constitucional, como obrar con  objetividad,  el  debido  proceso  a  ser  juzgado  por  el  delito cometido, la  estricta  tipicidad  respecto  de la adecuación de las conductas y el derecho a  la verdad, la justicia y la reparación.   

No se administra justicia ni se cumplen los  fines  del  proceso judicial ni los de los preacuerdos, si el problema jurídico  se  resuelve  con  un  preacuerdo  que  afecta  la responsabilidad por el delito  cometido, por las razones que vienen de exponerse.   

3.16.   Principio   de  trato  jurídico  igual.   

Si para las modalidades de preacuerdo simple  o  degradado  el  legislador  autorizó la condena por el delito imputado, no se  encuentra  razón  atendible  para  que  se  varíe  esa  regla y se opte por la  declaración  de  responsabilidad por el delito que surge de la readecuación en  el  preacuerdo  (delito  aceptado  no  imputado),  porque esta última solución  afecta  garantías fundamentales de la víctima, pero también del procesado (se  le  condena  por un ilícito no cometido, respecto del cual no ha contado con la  oportunidad  para  ejercer sus derechos y se omite acatar la sentencia C-1260 de  2005  en  cuanto  a la estricta tipicidad y las consecuencias que ello implica).   

No  es  compatible  con  el trato jurídico  igual  que  se  permita  condenar a una persona por un delito no cometido cuando  las  circunstancias  fácticas  para  cualquier  persona  que  reside o esté de  tránsito  por  Colombia  corresponden  a  una  tipicidad  diferente,  es lo que  acontece  que  a  unos  se  les  trate  como cómplices cuando son autores, o se  denomine culposo a lo que  es doloso o preterintencional.   

3.17.  Vulneración  del debido proceso al  declarar   responsable   a   una  persona  por  un  ilícito  que  no  cometió.   

Una de las expresiones del debido proceso se  materializa  cuando  al  inculpado  se  le  juzga y condena como responsable del  delito  cometido  y no por uno diferente, lo que repercute en institutos como la  reparación,  la  prescripción, el principio de legalidad, o la prohibición de  otorgar  doble  beneficio,  como  se  explica  en  otro  apartado de este texto.   

Un ejemplo que denota la importancia de esta  regla  estriba  en  que  la reparación e indemnización de la víctima está en  relación  directa  con  la responsabilidad declarada y no con la pena impuesta,  así  lo  declara  expresamente el texto del artículo 2341 del C.C., por lo que  si  en  el  proceso  penal se condena por el delito cometido, las garantías del  procesado  o de las demás partes e intervinientes no se afectan con las rebajas  de las penas o la ejecución de las mismas.   

Por  ende  los  derechos  de  las víctimas  (verdad,  justicia  y  reparación)  no  se  afectan cuando en cualquiera de las  modalidades  de  preacuerdos  se  mantiene la responsabilidad conforme al delito  cometido  y  lo único que se modifica es la pena, estas última mutación es la  que  corresponde exclusivamente a razones de política criminal, a las rebajas o  beneficios por justicia premial.   

4. Modalidades de preacuerdos.  

El  artículo  350  del C de P.P. establece  como modalidades de preacuerdos:   

4.1. Preacuerdo simple.  

Este  preacuerdo  se  caracteriza porque es  conforme  a  los  términos  de la imputación, el indiciado se declara culpable  del   delito   imputado  (Artículo  350,  inciso  1º  del  C.P.P).   

Las  partes  admiten la existencia material  del  delito,  la  autoría y la responsabilidad en las condiciones precisadas en  la  formulación  de  la  imputación,  se  respeta  la  imputación  fáctica y  jurídica que atribuye la Fiscalía en el proceso al incriminado.   

Las   partes  pueden  o  no  acordar  las  consecuencias  de la conducta punible, a decir del artículo 351-2 del C de P.P.   

Si no hay acuerdo expreso sobre la rebaja de  pena,  el  monto corresponde al autorizado por la ley según la fase procesal en  la  que  se produzca aquel. Pero, también, pueden las partes convenir la rebaja  de    sanción    que   debe   otorgar   el   juez   si   aprueba   el   negocio  jurídico.   

La rebaja, por límites legales, será hasta  del  50%  si el convenio se realiza entre la formulación de imputación y antes  de  la presentación del escrito de acusación (artículo 350-1 y 351-1 del C de  P.P.);  de  la  tercera  parte si es posterior a la presentación del escrito de  acusación  y hasta antes del inicio del juicio oral (artículo 352 ídem), o de  la  sexta  parte  si  es  en  el juicio oral, pacto éste que debe ser expresado  cuando  se  conceda  la  palabra  al  procesado  para  que se declare inocente o  culpable (artículo 358 ibídem).   

El  acuerdo  abarca  no  solamente  la pena  privativa  de  la  libertad, también otros con consecuencias como la multa, las  penas accesorias y los sustitutos o subrogados penales.   

En este caso el juez deberá condenar por el  delito  aceptado  por  el procesado, que se reitera, no es otro que el formulado  en  la  audiencia  de  imputación  por  la  fiscalía  o  en  la  audiencia  de  formulación de acusación, según el caso.   

4.2.   Preacuerdo   con   degradación.   

Hay  preacuerdo  con degradación cuando el  indiciado  o procesado se declara “culpable del delito imputado” o de “uno  relacionado  de  pena  menor”,  a  “cambio”  que  se elimine una causal de  agravación punitiva o un cargo específico.   

Esta forma de preacordar está fijada en el  inciso  segundo y el numeral primero del artículo 350 ídem, con las siguientes  expresiones:  “el  imputado  se declarara culpable del delito imputado” o de  “uno  relacionado  de  pena menor”; si esta condición ocurre se genera como  consecuencia  el  beneficio,  pues  se  establece  seguidamente  “a cambio”,  autorizándose  que  el  fiscal  “1. Elimine de su acusación alguna causal de  agravación punitiva, o algún cargo específico”.    

El  precepto  que  regula el preacuerdo con  degradación,  en  el  inciso  de marras, solamente admite que el incriminado se  declare  responsable  por  el “delito imputado” o de uno relacionado de pena  menor”  y  esta  adecuación en cualquiera de esos casos no puede apartarse de  la  estricta  tipicidad  porque así se dispuso en la sentencia C 1260 de 2005 y  no  puede darse un entendimiento diferente al ya fijado en dicha sentencia de la  Corte Constitucional.   

El  numeral primero alude a la eliminación  de  una  agravante  o  un  cargo  específico,  dos  supuestos a los que haremos  referencia seguidamente.   

Las lecturas que la jurisprudencia ha hecho  del  susodicho numeral presentan el texto legal con el siguiente alcance: i) que  se  debe  declarar  la responsabilidad por el delito acordado, que resulte luego  de  eliminar  un  cargo  específico  o  una  agravante; ii) que la condena o la  culpabilidad   debe   corresponder   al   delito   imputado   y  cometido,  pero  imponiéndose  la  pena que surja al disminuir el monto que represente una   agravante o un cargo atribuido.   

Se parte de la regla que establece el inciso  1º  del  artículo  350 del C de P.P., que el Fiscal y el procesado aceptan que  éste  último  se  declara  culpable  del  delito  o  los  ilícitos  que se le  atribuyeron  en  la  audiencia preliminar o uno relacionado de pena menor porque  es  la  calificación  que  corresponde  a  los  hechos, o en su caso y de haber  ocurrido,  por el o los reatos señalados en la audiencia en la que se adicionó  los  formulados  en  la  imputación,  en  otros  términos,  “el  imputado se  declarará  culpable”  del  delito  imputado  o  relacionado que resulte de la  estricta tipicidad del caso.   

El inciso segundo del artículo 350 del C de  P.P.,  dada  su  construcción,  en  los  preacuerdos  le  da  el  carácter  de  presupuesto  al  hecho  que  el indiciado o procesado admita culpabilidad (“se  declarará  culpable”)  por el “delito imputado”, pues, solamente después  de  este anuncio que hace el legislador es que señala el beneficio, al expresar  “a cambio de que el Fiscal”.   

Así   las   cosas,   la  aceptación  de  responsabilidad  es  presupuesto del beneficio que puede otorgarse, esto es, que  sin  declararse  culpable  del  delito  (s)  atribuido  por  la  Fiscalía en la  imputación  o acusación no se puede obtener el premio, éste está en el monto  de  sanción  que  corresponda  a  una  causal de agravación punitiva, o algún  “cargo específico”.   

No cabe duda, que el legislador exige que en  el  preacuerdo degradado el procesado debe aceptar la culpabilidad por el delito  imputado  o  relacionado,  que  no  puede  ser  otro  que el cometido, tiene que  obedecer  a  los  hechos  demostrados  y  a  su adecuación típica (legalidad y  estricta tipicidad).   

Registrada  la  situación en los términos  explicados  en  el párrafo anterior, en el preacuerdo debe consignarse luego el  beneficio,  la  disminución  de la pena calculada en los términos ya indicados  para  cuando  se  acude  a alguno de los supuestos del numeral 1ª del artículo  350 del C de P.P.   

En párrafos anteriores se han ofrecido las  razones  por  las  que  no  hay  lugar  a  modificar  la  estricta tipicidad que  corresponde   a   los   hechos   juzgados  en  los  preacuerdos,  por  tanto  el  beneficio    que   resulta   del  negocio  jurídico  en  la  modalidad  de  eliminación   de   una   agravante   no   conlleva   la   modificación  de  la  responsabilidad  penal  y  representa  exclusamente  la  deducción  de  lo  que  equivale  punitivamente  en  la  tasación de la pena los conceptos referidos de  eliminar una agravante o cargo especifico.   

La   circunstancia   que   facilita   la  degradación   punitiva  equivale  a  una  fracción  de  la  sanción  por  una  circunstancia  fáctica,  personal, modal, de tiempo, lugar o cantidad, grado de  participación  o  forma  de  culpabilidad  que incide en la pena, tal sería el  caso  en  el que al responsable por un hurto agravado  se le responsabiliza  de  éste  pero  se le impone la pena de un hurto simple, o al autor culpable se  le  sanciona  con  la pena del  cómplice, o al que ejecuta conducta dolosa  se  le  tasa la prisión y las penas accesorias conforme a la modalidad culposa,  cuando   la   naturaleza   del   reato   típicamente  lo  admite,  entre  otras  eventualidades.   

Cuando  el negocio jurídico consiste en la  eliminación  de  un  cargo,  se parte de la base que se acepta culpabilidad por  los  reatos  que  fueron  registrados  en  la  audiencia  de imputación o en la  acusación,  la  eliminación  únicamente afecta la imposición de la pena, hay  que  repetir  hasta  la  saciedad  que  a través de los preacuerdos no se puede  renunciar  al  ejercicio  de  la acción pernal, como se explicó anteriormente.   

El  juez  deberá  condenar  por  el delito  imputado,   el   texto   legal  así  lo  indica,  “el  imputado  se   declarará   culpable   del  delito  imputado”,    o    el  relacionado  que  corresponda  a la estricta tipicidad, pero se debe imponer por  razón  del  preacuerdo  la  pena  que  corresponda  al  cambio  aceptado por la  fiscalía,  la  que  equivalga  a  una  agravante  o  cargo  específico, que es  representativa de una degradación.    

4.3. Preacuerdo con readecuación típica.   

Esta   modalidad  de  negociación  está  prevista en el inciso segundo del artículo 350 del C.P.   

La norma pareciera que debe entenderse como  si  la ilicitud por la que acepta responsabilidad el procesado no es exactamente  la  misma  que  se  le  atribuyó  en  la  imputación  conforme  a  la estricta  tipicidad,  sino una que no puede ser sustancialmente diferente  o ajena al  núcleo  fáctico (como mutar una imputación de homicidio por hurto), tiene que  estar  necesariamente  “relacionada”  con el supuesto de hecho esencial o la  conducta  óntica  y  que tenga “pena menor” (ante un cargo por tentativa de  homicidio  aceptar  lesiones personales, o frente a un peculado por apropiación  admitir  un  abuso  de  confianza  calificado), caso en el cual la readecuación  consiste  en  que  la  acción  o la omisión se “tipifique” de “una forma  específica  con  miras a disminuir la pena”, lo que supuestamente implicaría  una   tipicidad   básica   o   especial   diferente   a   la   estimada  en  la  imputación.   

El juez según el texto legal examinado debe  condenar  por  el  delito  que corresponda a la tipicidad readecuada y no por la  imputada   o   acusada,   pues  se  indica  que  “el  imputado  se  declarará  culpable…,  de  uno relacionado de pena menor”, debiendo imponer la pena que  corresponde a la ilicitud acordada.   

La  solución,  que  el imputado se declare  culpable  del  delito “relacionado de pena menor”, por las razones ofrecidas  en  los  acápites  anteriores,  no  debe  ser  de  recibo y la redacción de la  disposición   demanda  de  la  jurisprudencia  una  precisión  sistemática  y  armónica  con el mecanismo del preacuerdo y con el orden jurídico, para que no  se  afecten  garantías  de  la  víctima,  ni  los  fines  específicos  de  la  institución en examen.    

Gramaticalmente   el  legislador  con  la  redacción  del  inciso  2° del artículo 350 del C.P.P. pareciera que autoriza  condenar  por  un delito negociado y no por el reato cometido, ese entendimiento  no  debe  ser  aceptado, pues ello implica modificar la responsabilidad del  delito  ejecutado,  lo que es imposible en cualquier preacuerdo, porque con ello  se  afecta  el  debido  proceso,  los principios de tipicidad, las garantías de  verdad,   justicia   y   reparación,  la  justicia  material  y  el  precedente  jurisprudencia de carácter constitucional vigente.   

La  sentencia  C-1260  de  2005,  solamente  permite   al  fiscal  ajustar  la  conducta  a  la  estricta  tipicidad  que  le  corresponde,   por  tanto  no  puede  dicho  funcionario  cambiar  la  modalidad  delictiva  consumada  para  readecuarla  por  una de menor gravedad, porque esta  última  raya con la susodicha sentencia que es  de obligatorio acatamiento  conforme  al  artículo  48  de  la  Ley  Estatutaria  de  la Administración de  Justicia.   

El  delito  relacionado  lo  condicionó la  sentencia  C-1260  de  2005  a  que  se  ajuste  a  la estricta tipicidad o a la  calificación jurídica que le corresponda a los hechos.   

Para   el  preacuerdo  con  readecuación  típica,  debe decirse que el inciso segundo del artículo 350 del C de P.P., al  referirse  a las formas de aceptación de responsabilidad por el delito imputado  o     aceptación     de     culpabilidad     por    el    delito    preacordado  típicamente,   indica  el  beneficio  con  la  frase “a cambio de que el fiscal” y enuncia seguidamente  las  posibilidades i) la eliminación de una agravante o cargo específico y ii)  la  tipificación  de  la  conducta que implique una pena menor, hipótesis para  las  cuales  ya  se explicó que solamente son un mecanismo que debe convertirse  en  un  monto  de  pena  para  definir  el  guaranismo  a  tener  en cuenta para  rebajarla.   

La  redacción  del  inciso  segundo  del  artículo  350  del  C  de  P.P.  pareciera  permitir  que  los supuestos de los  numerales  1  y  2 del inciso segundo se pueden aplicar a las dos modalidades de  preacuerdo  que  allí se refieren (preacuerdo con degradación y preacuerdo con  readecuación),  pero  un  examen sistemático de este texto con el ordenamiento  jurídico,  la  dogmática  penal y sus principios, nos llevan a precisar que la  naturaleza  del  preacuerdo con degradación solo admite el supuesto del numeral  segundo del artículo 350 ejusdem.   

La expresión “Uno relacionado” de pena  menor  es  solamente el factor de referencia para la conversión a un guaranismo  que  representa la rebaja de pena a otorgar y no como criterio modificador de la  responsabilidad del delito cometido.    

4.2.4.   Preacuerdo   sin   rebaja   de  pena.   

El  legislador no prohibió le celebración  de  preacuerdos entre la presentación de la teoría del caso por la Fiscalía y  antes de proferirse el anuncio del sentido del fallo.   

El legislador limitó los beneficios en los  preacuerdos,  otorgando el derecho a ellos si se celebran en determinado momento  procesal,   no   fueron  previstos  si  el  negocio  jurídico  se  realiza  con  posterioridad  al inicio del juicio oral pero antes de la presentación del caso  en  el  juicio oral y también los excluyó para determinadas conductas punibles  por   su   gravedad  o  la  condición  de  la  víctima  (minoría  de  edad  o  femenicidio).   

El procesado asesorado por su defensor puede  aceptar  los  cargos  formulados  en  la acusación de manera consensuada con el  Fiscal  en  la  fase  procesal  indicada  anteriormente,  caso  en  el  cual  el  legislador  no  previó beneficio, lo que no obsta para que el negocio jurídico  en  estas  condiciones  surta  sus  efectos,  si  de  tal  situación  se  la ha  suficientemente al procesado.    

4.2.5.   Preacuerdo   con   culpabilidad  preacordada.   

El  artículo  369  del  C.P.P. autoriza al  Fiscal  a  fijar la pretensión punitiva (“no podrá imponer una pena superior  a     la     que    le    ha    solicitado    la    Fiscalía”    –art.  370 ejusdem-) si se conviene la  culpabilidad  con  la  defensa  y el procesado, “en los términos previstos en  este  código”, lo que debe hacerse conocer del juez para su aprobación en el  inicio del juicio oral.   

Las   manifestaciones   de   culpabilidad  preacordada  deben  hacerse conocer antes de que se presente la teoría del caso  por la Fiscalía.   

El inciso segundo del artículo 367 del C de  P.P.   otorga   una  rebaja  de  pena  de  la  sexta  parte  si  el  incriminado  unilateralmente  acepta culpabilidad. Los textos que integran el capítulo de la  instalación  del  juicio  oral  no  refieren  en  concreto  cuanta pena se debe  disminuir  como  premio  por  lo  que  el legislador denomina manifestaciones de  culpabilidad  preacordada,  solo  se  anuncia  que  el  Fiscal  debe expresar la  “pretensión  punitiva”  y  que  “no podrá imponer una pena superior a la  que  le  ha  solicitado  la  Fiscalía”  (artículos 369 y 370 del C de P.P.).   

El irrespeto a las garantías y derechos, de  los  que  se ha dado cuenta en este estudio, sería la razón atendible para que  el  juez  improbara  las manifestaciones de culpabilidad preacordada, por lo que  su  celebración  ajustada a derecho le otorga al fiscal la potestad de fijar la  punibilidad,  en  la  que  ha  de  tener en cuenta el estado de a actuación, el  principio  de  legalidad  de  las  penas,  la  proporcionalidad,  el aporte a la  justicia,  las realización de las finalidades a que se refiere el artículo 348  del C de P.P.   

5.  Marco  jurídico  de  las  penas  para  subrogados y beneficios en los preacuerdos.   

En  los  casos  en  que  los  subrogado  o  sustitutos  penales estén prohibidos por la Ley, tales mecanismos no pueden ser  autorizados por el preacuerdo.   

De  no  estar  excluido  los  sustitutos  o  subrogados,  se  rigen  por los requisitos relacionados con factores objetivos y  subjetivos,  éstos  últimos  se  apreciaran  conforme  a  lo  demostrado en el  proceso   y  los  primeros  (los  factores  objetivos)  dependen  del  marco  de  punibilidad  aplicado  para  individualizar  la  pena  en  el caso concreto y la  sanción  impuesta,  siendo  entonces  estos criterios los que han de tenerse en  cuenta para conceder o negar el sustituto penal.   

Los  supuestos  para  la definición de los  subrogados,  cuando  no se trata de exclusiones o prohibiciones, se circunscribe  no  a  la  responsabilidad  declarada  sino sobre la pena impuesta y el marco de  punibilidad  de  donde  se  deriva  ésta,  de  ahí  depende  normativamente el  requisito  objetivo de aquellos, el marco de punibilidad no es el del tipo penal  que  se tuvo en cuenta para definir la responsabilidad sino el que resulta de la  punibilidad negociada para el caso concreto y la sanción impuesta.   

Con  los  preacuerdos  se puede negociar la  pena   y   su  ejecución,  excepto  cuando  el  legislador  lo  haya  prohibido  expresamente.   

Conclusión del marco teórico.  

En materia de preacuerdos, por regla el juez  no  puede hacer control material, solamente por vía excepcional debe hacerlo si  de  manera  grosera, arbitraría, se desconoce la estricta tipicidad. No habría  lugar  cuando  sobre  la  adecuación  no  hay  duda, ni se trata de un supuesto  jurídico discutible, problemático.   

Ajustada   a  la  tipicidad  estricta  la  imputación  jurídica,  en  la  que  no hay disponibilidad por las partes de la  responsabilidad  penal,  pueden  negociar  la punibilidad, con la limitación de  las prohibiciones legales.   

Cordialmente,  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

Magistrado  

Fecha ut supra  

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

SP-16907-2016  

Radicación: 46684  

       Con  el respeto de siempre por la opinión mayoritaria de la Sala,  y  acorde  con  las  manifestaciones  que  expresé  durante  la  discusión del  proyecto,  una  vez  derrotada la ponencia que presenté a su consideración, me  permito  consignar  los motivos por los que no comparto la decisión de casar de  oficio  y  parcialmente  la  sentencia  de  segundo  grado,  en relación con la  concesión  al procesado JUAN CAMILO VELANDIA TOVAR de la prisión domiciliaria,  prevista  como  mecanismo  sustitutivo  en  el  artículo 38B del Código Penal,  adicionado      por     el     artículo 23 de la Ley 1709 de 2014.   

       Las  razones  de mi disenso, se fundamentan en la idea,  contraria a la doctrina hasta ahora imperante y que se ratifica  en       esta      decisión,      consistente  en  que  tratándose de las  modalidades  de  preacuerdos reguladas en los numerales 1 y 2 del inciso segundo  del  artículo 350 de la Ley 906 de 2004, el cometido  práctico  de  los  acuerdos  celebrados  entre  la  Fiscalía   y   el   acusado   no  puede  ser  otro  que  el  de  aminorar la  pena   para   la   conducta   imputada,  a  cambio  de  la  admisión de responsabilidad por parte del procesado.   

Por   eso,   estimo   que   en   esta  dirección,  es necesario distinguir en la sentencia  de  condena,  de  una  parte, la determinación de la  responsabilidad  penal  por la conducta realizada y,  de  otra,  la  concreción  de  la  rebaja  punitiva  resultante      de      la     degradación     o  readecuación  de la conducta punible acordada. Como  consecuencia    de    ello,    la    pena    a   tener   en   cuenta   para   la  determinación    del   requisito   objetivo para la sustitución   de   la   pena   de  prisión  por  prisión     domiciliaria     (artículo  38B  del Código Penal), debe ser  la  que  corresponda  a la conducta punible imputada, y no a la acordada por las  partes.   

En       el       propósito  de   sustentar  mi  posición  disidente,      se     seguirá      el      siguiente      orden  argumentativo:    los    preacuerdos   sobre   los  términos     de     la    imputación;  el  problema jurídico relacionado  con  los  preacuerdos  sobre  la  conducta  punible  imputada  y  su  desarrollo  jurisprudencial;  la  doctrina  jurisprudencial  dominante  y  la  propuesta  de  variación     en  relación    con   la   interpretación  de los numerales 1 y 2 del inciso segundo del artículo  350  de  la  Ley  906  de  2004; conclusiones provisionales;  presentación  del  caso  concreto  y la fórmula de  preacuerdo  pactada  entre la Fiscalía y el acusado;  y,     por     último,     la    propuesta    de  resolución del caso concreto.   

    

1. Los  preacuerdos sobre los términos de  la  imputación  (numerales 1 y 2 del inciso segundo  del  artículo  350 de la  Ley 906 de 2004):     

Es  necesario  recordar    que   el  ordenamiento   procesal   recogido   en   la   Ley  906  de  2004,  establece  un procedimiento abreviado,  como  modalidad de justicia consensuada,  mediante  el cual el procesado de manera voluntaria e informada,  renuncia      a     su     derecho     de     no  autoincriminarse   y   a   tener  un  juicio  oral,  público,  contradictorio,  concentrado,  imparcial,  con  inmediación  de  las  pruebas y sin dilaciones  justificadas,   a   cambio   de  obtener  unos  beneficios  que,  especialmente,  están    relacionados    con    la   rebaja   de  la  pena  que  le  sería  imponible en caso de ser derrotado en juicio.   

Para  lo  que  es  de interés en el tema  objeto   de  análisis,  debe  decirse  que  bajo  el  título  de  “Preacuerdos  Y Negociaciones entre la fiscalía y el imputado o  acusado”,  el  Título  II  de la Ley 906 de 2004,  delimita  las  finalidades,  criterios  básicos  y  trámite que ha de seguirse  tratándose  de la negociación dirigida a formalizar los preacuerdos, previendo  en    este    contexto    dos    modalidades    de  terminación   anticipada   del  proceso:  la  una,  referida  a la simple y llana aceptación   de   los   cargos   del   imputado,   por  la  vía  del  allanamiento;  la otra, la relacionada con los preacuerdos  sobre   los   hechos   imputados,   celebrados   entre  la  Fiscalía y el acusado.   

La primera de ellas se encuentra regulada  en  el  artículo  351,  inciso  primero,  de  la  Ley  906  de  2004,  y  se  circunscribe  a un acto de  adhesión   del   procesado   a   las   condiciones  presentadas   por   el   acusador  en  la  audiencia  de  imputación,  compensándolo con una rebaja de la  pena   imponible   acorde  con  el  momento   procesal   en   que   se   presente   el  preacuerdo  (conc.  artículo         352        ibídem).    

La  segunda,  conforme  lo  establece  el  inciso  segundo del mismo artículo 351 ib., responde  a  la posibilidad de que la fiscalía y el imputado o  acusado  puedan  llegar a un acuerdo sobre los hechos  imputados.  Adicionalmente,  del  contenido  de  esa  misma  norma,  al  igual  que  de los artículos 352 y 370 ib., se desprende que  como  fórmula  de  preacuerdo  se  puede  convenir,  de  manera  alternativa  y  excluyente,   la   rebaja   de   un   porcentaje  de  la  pena  imponible  o  su  individualización.   

   

No  está  de  más  anotar  que,  en  cualquiera  de los casos, es  posible  acordar las consecuencias jurídicas  del  delito,  según  se  encuentra  definido  en  la  misma  disposición.   

Centrando   la   atención  en el tópico referido al preacuerdo  sobre     los     hechos     imputados,     es     indispensable    su  concordancia  con  las modalidades  previstas  en  los  numerales  1  y  2  del inciso segundo del artículo  350  de  la  Ley 906 de 2004, que  establece:   

El  fiscal  y el imputado, a través de su  defensor,  podrán adelantar conversaciones para llegar a un acuerdo, en el cual  el  imputado se declarará culpable del delito imputado, o de uno relacionado de  pena menor, a cambio de que el fiscal:   

1.  Elimine de su acusación alguna causal  de agravación punitiva, o algún cargo específico.   

2.  Tipifique  la  conducta,  dentro de su  alegación  conclusiva,  de  una  forma  específica  con  miras  a disminuir la  pena.   

Según  puede  advertirse, en la primera  modalidad  se  ofrece  la  posibilidad  de  eliminar  circunstancias  de  agravación  punitiva  y  cargos  específicos,  lo que en principio no parece ofrecer  ningún   problema   de  interpretación.   

No obstante, la  previsión   legal   hace   referencia,  en  segundo  lugar,  a que    el    fiscal    «tipifique  la conducta, dentro de su alegación conclusiva, de una  forma    específica   con   miras   a   disminuir   la   pena»,   aspecto   que   reviste   una   amplia   gama   de  posibilidades,  relacionadas   todas  con  la  estructuración  de  la  conducta  punible,  cuya  modificación   se   habilita   con  el  específico  cometido  de  disminuir la pena.   

En  este  sentido,  la  Sala  en  otras  oportunidades,  en  el  propósito  de desentrañar el contenido de esta última  disposición, ha determinado lo que puede ser objeto de convenio:   

En  consecuencia,  deben  ser  objeto  de  convenio,  habida  consideración  de  los  elementos  de  prueba  y  evidencias  recaudadas,  entre  otros  aspectos,  el  grado de participación, la lesión no  justificada  a  un  bien jurídico tutelado, una específica modalidad delictiva  respecto  de  la  conducta ejecutada, su forma de culpabilidad y las situaciones  que  para el caso den lugar a una pena menor, la sanción a imponer, los excesos  en  las  causales de ausencia de responsabilidad a que se refieren los numerales  3,  4,  5,  6  y  7  del artículo 32 del C.P, los errores a que se refieren los  numerales   10   y   12   de  la  citada  disposición,  las  circunstancias  de  marginalidad,  ignorancia  o  pobreza  extremas (artículo 56), la ira o intenso  dolor  (artículo  57),   la  comunicabilidad  de circunstancias (artículo  62),  la  eliminación  de  casuales  genéricas o específicas de agravación y  conductas  posdelictuales  con  incidencia en los extremos punitivos, pues todas  estas  situaciones conllevan circunstancias de modo, tiempo y lugar que demarcan  los  hechos  por  los  cuales se atribuye jurídicamente responsabilidad penal y  por    ende    fijan    para    el   procesado   la   imputación   fáctica   y  jurídica.28   

De  igual manera, sobre el tema de lo que  es viable como objeto de negociación, la Corporación ha acotado:   

[…] la profunda transformación que se ha  producido  en  el  ordenamiento jurídico con la adopción de la institución de  los  preacuerdos  y negociaciones, la cual genera como consecuencia obvia que el  acuerdo  pueda incidir en los elementos compositivos o estructurales del delito,  en  los fenómenos amplificadores del tipo, en las circunstancias específicas o  genéricas  de  agravación,  en el reconocimiento de atenuantes, la aceptación  como  autor  o  como  partícipe  (cómplice),  el  carácter  subjetivo  de  la  imputación   (dolo,   culpa,   preterintención),  penas  principales  y  penas  accesorias,  ejecución  de la pena, suspensión de ésta, privación preventiva  de  la  libertad,  la  reclusión  domiciliaria,  la  reparación  de perjuicios  morales  o  sicológicos  o  patrimoniales, el mayor o menor grado de la lesión  del   bien   jurídicamente  tutelado”.29   

Así   las  cosas,  en  materia  de  la  determinación  de  las  variaciones  al  juicio  de  tipicidad  por parte de la  Fiscalía,  en  aras de propiciar los preacuerdos, la Sala ha abordado de manera  extensiva   la   interpretación   sistemática  del  contenido  del  numeral  2  del  inciso  segundo del  artículo  350  de  la  Ley  906 de 2004, lo que ha justificado de la siguiente manera:   

La  amplitud  del  ámbito  propicio a una  negociación  podría  explicarse  en que lo pretendido por parte del imputado o  acusado  es  una  reducción  de  las  condignas sanciones o consecuencias de su  delito  y  como  son  múltiples los fenómenos condicionantes de las mismas, se  torna  complejo  el  tratamiento  de  este  tema,  aunque  suele  superarse  tal  obstáculo  recordando  el  valor  teleológico  de  la  institución  que no se  inclina  por  un  criterio  restrictivo  sino  por  uno  de acentuada naturaleza  extensiva.30   

En  esta  medida,  debe entenderse que la  alusión     a     la    tipificación  de  la  conducta,  sobrepasa  el  contenido  dogmático  del  tipo  penal  y  se amplía a  toda  la estructura de la conducta punible, abarcando  en  su  denominación  aspectos  tales como: el tipo  objetivo,  el  tipo subjetivo, los llamados dispositivos amplificadores del tipo  (tentativa   y   coparticipación   criminal),   el  contenido  de la antijuridicidad y sus circunstancias, y los aspectos  relacionados  con  la culpabilidad.   

En conclusión,  en  lo  que  resulta  relevante  en la resolución de  este  caso,  debe  subrayarse  que  con  fundamento  en  el numeral 2 del inciso  segundo  del  artículo  350  de la Ley 906 de 2004,  para  efecto  de  las  negociaciones, cuando la misma  versa    sobre   variaciones   en   torno   al   mismo   delito   imputado,   la  Fiscalía  puede modificar la adecuación  típica reestructurando la conducta  punible    en   cualquiera   de   sus   categorías  dogmáticas,     con    el    específico   propósito  de  incidir  en  la  disminución de la pena.   

      

1. El  problema  jurídico  relacionado  con  los  preacuerdos sobre la  conducta punible imputada y su desarrollo jurisprudencial:     

No   obstante   el   amplio  margen  de  posibilidades  ofrecidas  al  Fiscal  en  relación  con  la tipificación de la  conducta  punible,  según  viene de verse, es necesario precisar que en materia  de  preacuerdos,  está en  la     obligación     de    observar    en    su  negociación el principio de estricta legalidad, por  lo  que  debe  obrar  conforme  a  los hechos del proceso, absteniéndose   de   llevar   a   cabo   una  libre  selección     de     los     tipos    penales    comprometidos    en    la  negociación.   Valga  decir,  no puede darles a  los  hechos  sino  la calificación jurídica        que       verdaderamente       corresponda.   

De  esta  manera  lo precisó  la  Corte  Constitucional  al  revisar la constitucionalidad del  numeral  2,  inciso  segundo, del artículo 350 de la  Ley 906 de 2004:   

[…],    en    relación  con la posibilidad de celebrar preacuerdos entre el fiscal y el  imputado,  aquel  no  tiene  plena libertad para hacer la adecuación  típica  de  la  conducta,  pues se  encuentra  limitado  por las circunstancias fácticas  y    jurídicas   que   resultan   del  caso.  Por lo que, aún  mediando una negociación entre el  fiscal  y  el  imputado, en la alegación conclusiva  debe  presentarse  la  adecuación  típica   de  la  conducta  según  los  hechos  que  correspondan  a  la  descripción  que  previamente      ha      realizado     el     legislador     en     el          Código penal.   

La  Corte  reafirma  que  la  facultad  otorgada  al  fiscal  de  tipificar la conducta con miras a disminuir la pena es  una   simple   labor   de   adecuación  y  no  de  construcción  del  tipo  penal  por  el mismo. Las  normas  positivas  deben  consagrar  previamente las  conductas  punibles  y  concretar igualmente las sanciones que serán   objeto  de  aplicación  por  el  fiscal.  Por  ende,  se  cumple  a cabalidad con el principio de legalidad penal  cuando   se   interpreta   en  correspondencia  con  el  de  tipicidad  plena  o  taxatividad   en  la  medida  que  la  labor,  en  este  caso del fiscal, se limita a verificar si una  determinada  conducta  se enmarca en la descripción  típica   legal  previamente  establecida  por  el  legislador  o  en  una  relacionada de pena menor.31   

En   consecuencia,  en  su  proceso  de  negociación   no   puede   haber   un  margen  de  discrecionalidad  por  parte  del  fiscal  que le permita excluir en su labor de  adecuación  típica  de  la conducta, elementos relevantes con el fin de lograr  un acuerdo.   

En    esta    perspectiva,   de  tiempo  atrás32 la Sala  ha  venido  definiendo  que debe ser presupuesto de toda negociación     emprendida     entre     la  Fiscalía  y  el  imputado  o acusado con el fin de  ofrecer   un  preacuerdo  al  juez  de  conocimiento,  la  precisión      jurídica      de     una  adecuación   típica  ajustada    a    la    realidad   fáctica,   con   fundamento   en  los  elementos     materiales     de     prueba    y    evidencias    físicas   recolectadas   por   el   acusador   hasta  ese  momento,  requiriéndose       entonces       en      su  formulación   de   la   existencia   de     un     mínimo     de    respaldo    probatorio33.   

Es,         además,  el  sentido  que  emana del  contenido  del inciso tercero del artículo 327 de la  Ley   906   de   2004,  cuando  estipula  que  “La  aplicación  del  principio  de  oportunidad  y  los preacuerdos de los posibles  imputados  y  la Fiscalía, no podrán comprometer la presunción de inocencia y  sólo  procederán si hay un mínimo de prueba que permita inferir la autoría o  participación     en     la     conducta    y    su    tipicidad”.   

Por lo tanto, solamente puede llevarse a  cabo  una  negociación sobre la base de una debida  calificación jurídica  de  los  hechos, que abarque todas las situaciones condicionantes relativas a la  conducta     punible,     incluyendo,    entre    otras,    circunstancias    de  atenuación      y      agravación   punitiva,   condiciones  de  exceso  en  los  límites  propios  de  las  causales  de  ausencia  de  responsabilidad,   modalidades   y  tiempo  de  la  conducta  punible,  concurrencia  de  personas  y  de  conductas  punibles.   

La  Corte Constitucional en torno a este  aspecto,  precisó  en  la  referida  sentencia  de  constitucionalidad que:   

[…],  aún  mediando  una  negociación  entre  el  fiscal y el  imputado,   en   la   alegación  conclusiva  debe  presentarse    la    adecuación   típica   de  la  conducta  según  los  hechos  que  correspondan  a  la  descripción  que  previamente    ha    realizado    el    legislador    en    el   Código             penal.34   

Ello es así  porque   todo   preacuerdo  debe  fundarse  en  la  aceptación de responsabilidad del acusado sobre la  conducta  imputada,  tras lo cual puede negociarse dentro de los límites   de   la  legalidad  las  concesiones  en  términos  de punibilidad ofrecidas por el acusador. De esta manera,  la                   adecuación     jurídica  de  la  conducta,  delineada  en  estricta legalidad, es el  fundamento  de  toda  negociación  adelantada  con  fines  de  la  terminación  anticipada del proceso  penal.   

Así  lo ha  acotado  esta     Corporación:   

Al  hilo de las posturas en esta materia  (preacuerdo    sobre    los    términos   de   la  imputación)  la  Sala  Penal  de  la  Corte es del  criterio    de    que    el    presupuesto    del  preacuerdo     consiste     en     no     soslayar     el     núcleo  fáctico     de     la    imputación      que      determina     una     correcta     adecuación       típica,   que   incluye   obviamente   todas   las   circunstancias  específicas,  de  mayor  y  menor punibilidad, que  fundamentan   la   imputación   jurídica:     Imputación   fáctica   y  jurídica circunstanciada.   

Sólo  a  partir  de  ese  momento,  tanto  el  fiscal  como  la  defensa  tienen perfecto  conocimiento  de qué es  lo    que    se   negocia   (los   términos   de   la   imputación),  y  cuál    es    el  precio   de   lo   que   se   negocia  (el  decremento  punitivo).            

Por   ello,  a  partir  de  establecer  correctamente  lo que teóricamente    es    la   imputación  fáctica  y  jurídica  precisa,  resulta  viable  entrar  a  negociar  los  términos     de    la    imputación:            

Es el momento en que pueden legalmente el  fiscal   y  la  defensa  entrar  a  preacordar  las  exclusiones    en    la    imputación    porque    ya    pueden    tener   idea   clara   –uno  y  otro-  de  lo  que  ello  implica      en     términos     de     rebajas  punitivas.   

Establecida    correctamente    la  imputación         (imputación     circunstanciada)     podrá  –el fiscal- de manera  consensuada,    razonada    y    razonable    excluir   causales   de   agravación  punitiva,  excluir  algún        cargo       específico  o  tipificar la conducta dentro de la alegación     conclusiva     de     una     manera    específica   con   miras  a  morigerar  la  pena  y  podrá  –la  defensa,     la    fiscalía,    el    Ministerio  Público       y      las      víctimas-           mensurar           el          costo      /      beneficio      del  preacuerdo.35   

Con  ello se explica, además,  que  el  objeto  práctico de los  preacuerdos  que  pueden  celebrar  las partes, en el marco de lo previsto en el  artículo  350  de  la  Ley  906  de  2004,   con el propósito de terminar  anticipadamente   el   proceso,   es   la   disminución   de   la   pena  legal  aplicable36,  como  claramente  se  desprende del contenido del numeral 2 del  inciso  segundo  de  dicha  norma,  en  el  que  se  permite al fiscal tipificar  «la  conducta,  dentro de su alegación conclusiva,  de  una  forma  específica con miras a disminuir la  pena».   

Dicho cometido se consigue a través de la  modificación  de  la  estructura  de  la  conducta punible, en el propósito de  ajustar  la  respuesta  punitiva  al  acuerdo  establecido por la fiscalía y el  procesado.   

Sin  embargo,  es  importante  relevarlo,  dicha  modificación  no es más que una ficción jurídica, un instrumento para  atemperar  la dimensión punitiva de la conducta realizada, pues, como fruto del  preacuerdo  no  se  produce  un  cambio  en  la naturaleza de las cosas. Así, a  manera  de  ejemplo,  quien  es  imputado  como  autor  de  una conducta punible  seguirá  ostentando  esa  forma  de participación criminal, no obstante que el  acuerdo  se  haga  consistir,  para  efectos  punitivos,  en  su  degradación a  cómplice.  Igualmente,  si  la  conducta  realizada,  conforme  a los medios de  conocimiento  en poder de la fiscalía, se corresponde con un homicidio en grado  de  tentativa,  será esta la conducta atribuida, por mucho que en el proceso de  negociación  con  fines  de  la terminación anticipada del proceso se pacte su  tipificación    como   lesiones   personales   con   miras   a   disminuir   la  pena.   

Significa lo antes visto, que en materia  de  preacuerdos  y  negociaciones,  la calificación  jurídica   circunstanciada   y   la  consiguiente  responsabilidad  penal  admitida  por  el acusado se hacen inmutables, en tanto,  sobre  la  conducta  punible  imputada  es  que debe  versar   la   admisión   de  responsabilidad  del  procesado  y  la  declaración  que en este sentido  emite  en  su  fallo  condenatorio  el  juez  de  conocimiento.  Se  reitera, la  modificación  en  favor  del imputado o acusado se  produce         exclusivamente        en        materia        punitiva.   

De allí que  es  indispensable diferenciar, de una parte, la responsabilidad penal admitida y  declarada   por   el   juez   de  conocimiento  y,  de  otra,  los  factores  de  reducción     punitiva     consecuentes    como  compensación  para el procesado a su sacrificio en  materia  de  renuncia  a  los  derechos  contemplados  en  los literales b) y k) del artículo 8 de la Ley  906  de  2004,  es  decir,  a  no autoincriminarse y a tener un juicio público,  oral, contradictorio, concentrado y con inmediación probatoria.   

Es por lo anterior que tras presentarse un  preacuerdo  en los términos previstos en los numerales 1 y 2 del inciso segundo  del  artículo 350 de la Ley 906 de 2004, el control judicial material llevado a  cabo  por  parte  del  juez  de  conocimiento  debe  comprender, en términos de  acatamiento  de  las  garantías  fundamentales,  no  solamente lo relativo a la  legalidad  de  la  fórmula  de  composición  ofrecida  por  la  Fiscalía y el  imputado  o acusado, incluido el delito o los delitos acordados, su degradación  punitiva  y  sus  consecuencias, sino que también debe extenderse a la conducta  punible   original,  la  que  fue  objeto  de  imputación  o  acusación  y  su  consonancia  jurídica  en  materia  de  adecuación  típica  con  la  realidad  fáctica  que  se viene acreditando hasta el momento procesal en que se presenta  la negociación para el escrutinio judicial.   

Control  judicial  que responde, de igual  manera,  a  los  límites  establecidos a las facultades del Fiscal a la hora de  acordar  con el imputado o acusado en términos de tipificación de la conducta,  como  lo señala el artículo 327, inciso tercero, de la Ley 906 de 2004, cuando  exige  las  presencia  de unos mínimos de elementos demostrativos de prueba que  permitan  inferir  la  existencia  de  la  conducta,  su tipicidad y el grado de  participación  criminal  del procesado, de manera que no resulte sacrificada su  presunción de inocencia.   

De  esa  manera, la ley prevé mecanismos  que  tienden  a  impedir  la  obtención de preacuerdos respecto de conductas no  tipificadas  como  delitos  o  cuya  tipificación  no  corresponde a los hechos  imputados  o  sobre  personas que no intervinieron en los mismos, lo que explica  que  se exija un mínimo probatorio para sustentar la existencia de la conducta,  su  debida  adecuación típica y la participación del imputado o acusado en la  misma37.   

En  este  sentido,  una  vez  aprobado el  preacuerdo  y  después  de agotar lo previsto en el artículo 447 de la Ley 906  de  2004,  si  a  ello  hubiere  lugar,  procederá el juez de conocimiento a la  emisión   de   la   sentencia,   la   cual  debe  contener  por  lo  menos  dos  manifestaciones  básicas. La primera, la de declarar responsable al acusado del  delito  o  de  los  delitos  reales  que fueron objeto de la imputación y de la  negociación  entre Fiscalía y procesado. La segunda, como respuesta punitiva a  la  anterior  declaración,  deberá  imponer la sanción que corresponde con el  delito o los delitos que fueron acordados entre las partes.   

Valga  decir, acreditada la existencia de  un   delito   de  Fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia   de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones  y  la  forma  de  participación  del  procesado  como  autor, y  admitida  de  manera  libre  y  voluntaria  su  responsabilidad penal, así debe  declararse  en  la  decisión como acto de atribución judicial. Adicionalmente,  en  relación  con  la  pena,  si  la  negociación  versó sobre la mutación a  cómplice  en  el  grado  de  intervención  en  la  conducta punible, así debe  consignarse   la   sanción   prevista  como  fórmula  de  acuerdo.       

1. La    doctrina    jurisprudencial    dominante    y   su   necesaria  variación:     

La Sala ha venido reiterando, como se hace  en  esta  decisión  de  acuerdo  al  criterio  mayoritario,  que  no es posible  escindir  los  efectos  del  preacuerdo  en lo que tiene que ver con la conducta  punible  objeto  de  aceptación  de la responsabilidad penal del procesado y el  pacto  relativo a su modulación como única compensación por la aceptación de  cargos38.   

Por  ello ha sostenido que, en casos como  el  presente,  esto  es, cuando el implicado aceptó su responsabilidad a cambio  de  que  la  Fiscalía  degradara  a  cómplice  la  forma de concurrencia en la  conducta  punible,  al  juzgador  le  corresponde,  además  de condenarlo a ese  título,  «examinar la pena sustitutiva de prisión  intramural  conforme a los extremos punitivos, mínimo y máximo, previstos para  el                   cómplice»39.   

Para  tal efecto, se recaba en la idea de  que  como los preacuerdos y las negociaciones entre la Fiscalía y el imputado o  acusado,  hacen  parte  integral  de  la  justicia consensuada, no es posible su  equiparación  con  los fenómenos post-delictuales del procesado que no guardan  relación  con  la  conducta punible y que operan como factores modificadores de  la  punibilidad  con  posterioridad  a  la  concreta  individualización  de  la  pena.   

Sin embargo, para situaciones como la que  es  objeto  de  estudio,  esto  es,  cuando  en  el  acuerdo  celebrado entre la  fiscalía  y  el  imputado  o  acusado  se modifica la estructura de la conducta  punible,  esa  posición  jurisprudencial  no  se  corresponde  con una adecuada  hermenéutica   jurídica   en  torno  a  las  modalidades  de  negociaciones  y  preacuerdos  previstas en los numerales 1 y 2, inciso segundo, del artículo 350  de  la  Ley  906 de 2004, pues finalmente traslada la responsabilidad penal a un  escenario  irreal en lo normativo, producto de las fórmulas de acuerdo pactadas  por las partes.   

Todo   preacuerdo  celebrado  entre  la  Fiscalía  y  el  acusado,  importa  reiterarlo,  se  construye  sobre  la  base  inmodificable  de  la admisión de la responsabilidad penal del procesado por el  delito  que  se  adecúa  en  estricta  legalidad a las circunstancias fácticas  imputadas.  De  allí  que  la  modificación  de  la  estructura de la conducta  punible  que  corresponde  al hecho imputado, en los términos del artículo 350  de  la  Ley  906 de 2004, sólo persigue fines punitivos favorables al acusado a  cambio  de  su renuncia al cumplimiento del rito ordinario y a la posibilidad de  ser vencido en juicio.   

Por  lo  tanto, la rebaja de la pena como  beneficio   en  el  contexto  de  las  negociaciones  y  preacuerdos,  no  puede  desconocer  la  responsabilidad por la conducta cometida, lo que no se admite en  la  tesis  que se sigue sosteniendo, en la cual no solamente el aspecto punitivo  sino  la  misma responsabilidad penal se ven modificados, desnaturalizándose de  esta   manera   la   estructura  dogmática  correspondiente  al  comportamiento  realizado.   

    

1. Consecuencias     de     asumir    la    doctrina    jurisprudencial  dominante:     

Asumir  más  allá  de  lo estrictamente  punitivo  el  alcance  de  los  preacuerdos  celebrados  entre la Fiscalía y el  imputado  o  acusado,  trae  consecuencias bastante gravosas para el sistema del  proceso   penal,   convirtiendo   la   sentencia  judicial  en  simple  acta  de  refrendación  de  una  negociación,  distanciada  en  sus  fundamentos  de  la  realidad,  y  no como el escenario propicio de reivindicación de los principios  que,  como  expresión  de  legitimación  jurídica  y  política,  permiten el  control   democrático   a  la  intervención  punitiva  del  Estado40.   

A  riesgo  de  comprometerse  la  misma  legitimidad  del  sistema  penal,  el  juicio de valor sobre la conducta punible  debe  llevarse  a  cabo siempre en el seno de la sentencia judicial, aún en los  eventos  en  que  el proceso se pueda ver sometido a una terminación anticipada  por  las  vías previstas en el ordenamiento adjetivo. De manera que resultaría  rayana  en  el  absurdo jurídico la disertación judicial en la sentencia sobre  una  conducta  punible inexistente, cuya catalogación se llevó a cabo como una  negociación con el exclusivo fin de atemperar la sanción penal.   

Además,  no  sobra  agregar que desde el  sentido  práctico,  se  vislumbran  consecuencias  francamente gravosas para la  racionalidad  y  la  seguridad jurídicas, el debido proceso y para el principio  de igualdad.   

Bastaría considerar que una mutación de  la  responsabilidad  penal,  que  es  lo  que encierra la tesis prevalente en la  Corporación,  tiene  incidencia  en  una  serie  de circunstancias procesales y  sustanciales,   tales   como   enfrentarse   a   situaciones  que  impliquen  la  prescripción  de  la  conducta  punible  por  el  delito acordado; habilitar la  concesión  de  subrogados  o  beneficios cuando la ley expresamente lo prohíbe  por  el delito imputado (Ley 1474 de 2011); promover sin base fáctica plausible  la  extinción de la acción penal por desistimiento, caducidad de la querella o  indemnización,  al tornar en querellables la conductas degradadas o readecuadas  en  su  tipicidad;  y, como sucede en este caso, basar los requisitos de la pena  prevista  en  el  delito  acordado,  que no en el real, como fundamento objetivo  para  la  concesión  de  la  prisión  domiciliaria  (artículo 38B del Código  Penal).   

Pero   además,   cuando  se  asume  la  interpretación  de  la Sala mayoritaria, es apreciable la potencial afectación  del  derecho  de  las  víctimas  a  una  tutela  judicial  efectiva,   reflejada  especialmente  en  las  prerrogativas  a  obtener  la  verdad  y  la reparación por el delito realizado  (artículo 250-7 de la Constitución Política).   

Lo primero, el derecho a la verdad, porque  en  el  contexto  de una distorsionada realidad a la que conduce la degradación  de  la conducta punible ejecutada, se terminan perdiendo de vista las verdaderas  circunstancias  de tiempo, modo y lugar, así como las motivaciones que rodearon  su ejecución.   

Lo  segundo, el derecho a la reparación,  porque  camino  a  la  modificación  jurídica  de  los delitos, se propicia la  indemnización  por  la  responsabilidad  declarada  en la sentencia penal sobre  planos  que no corresponden a la realidad, afectándose la garantía al adecuado  resarcimiento  de los perjuicios irrogados de las víctimas en los términos del  artículo 448 de la Ley 906 de 2004.   

    

1. Conclusiones parciales:     

Los  cometidos  finalísticos  que,  en  lenguaje  deóntico de valores y de principios, están previstos en el artículo  348     de     la     Ley     906    de    200441,    responden    a    la  interpretación  sistemática  de asumir, como fundamento de todo preacuerdo, la  concreción  del  sentido de responsabilidad penal del procesado por la conducta  realizada,  esto  es,  la  que  corresponde  a  los  hechos  acreditados, con el  respaldo  de  un  mínimo probatorio. Sobre esa base, que atiende a una adecuada  imputación  fáctica  y  jurídica,  se  concreta  el  objeto  de negociación.   

De  allí que en la correcta comprensión  de  los numerales 1 y 2 del inciso segundo del artículo 350  de la Ley 906  de  2004,  debe  entenderse  que,  cuando  la  fórmula de acuerdo corresponde a  modificación  de  la  estructura  de  la  tipificación  de la conducta punible  imputada,  la  consecuencia estriba en la reducción punitiva correspondiente al  delito acordado.   

En  consecuencia,  la  sentencia judicial  debe  precisar  la responsabilidad penal por la conducta punible que en estricta  legalidad  corresponda a los hechos acreditados, con fundamento en los elementos  materiales  probatorios  y evidencias físicas recogidas hasta ese momento, tras  de  lo  cual  se  debe  concretar la sanción punitiva correspondiente al delito  acordado.   

Por   lo   tanto,   a   efectos  de  la  determinación  de  los  aspectos relacionados con la objetividad de la conducta  punible       (en       concreto,       para      la      pena      prevista  para  el  reconocimiento del  derecho  a  la  prisión  domiciliaria),  deben  tenerse  en  cuenta  los rangos  punitivos  correspondientes  a  la  conducta  circunstanciada que sea fáctica y  jurídicamente   imputada,   y   no   de   la  pactada  dentro  del  proceso  de  negociación.   

    

1. Del  caso  concreto  y  la  fórmula  preacordada por las partes:     

Es  necesario recordar que el preacuerdo  celebrado   entre   la   Fiscalía  y  el  acusado  JUAN     CAMILO     VELANDIA    TOVAR,    consistió    en   que   como  compensación    de    su    admisión  de  responsabilidad penal por el delito imputado, Fabricación,  tráfico,  porte  o  tenencia  de  armas  de fuego,  accesorios,  partes  o  municiones (artículo 365 del  Código  Penal,  modificado  por  el  artículo  19  de la Ley 1453 de 2011), se  pactó  la degradación de la forma de participación en la conducta punible. Se  acordó,  además, la imposición de la pena mínima correspondiente al grado de  intervención acordado, cuatro años y seis meses de prisión.   

Bajo    la    estimación   que   en   los   términos  del  preacuerdo  no  se  desconocían o quebrantaban las  garantías  fundamentales, fue aprobado por el juez  de    conocimiento,    pues    además    la   voluntad   de   las   parte   lo   obligaba   a   dicha  decisión  (inciso  cuarto  del  artículo 351 de la Ley 906 de 2004).   

Fue así como  el   Juzgado   7º  Penal  del  Circuito  de  Cali  emitió  la  sentencia  condenatoria  en  contra de  VELANDIA   TOVAR,  en  calidad          de          «autor».   

En    lo    que    atañe  a  la  sustitución de la pena de  prisión  por  prisión  domiciliaria,   que   no   fue  objeto  del  preacuerdo,  el  juez  a    quo    determinó  que  el procesado no tenía derecho  a  ese  subrogado  penal,  por  cuanto  en  su  caso  no  se cumplía   con   el   requisito   objetivo,  relacionado  con  el  quantum  de  la  pena,  exigido  por  el artículo   38B   del   Código   Penal,  adicionado  por  el  artículo  23 de la Ley 1709 de  2014,   pues   para   tal  efecto  debía  tenerse  en  cuenta  la  pena  prevista para el autor y no para  el  cómplice. Criterio que fue confirmado por el Tribunal de Cali al desatar el  recurso de apelación interpuesto.   

    

1. La propuesta de resolución del caso concreto:     

En relación con la prisión domiciliaria,  prevista  como  mecanismo  sustitutivo  en  el  artículo 38B del Código Penal,  adicionado     por     el     artículo  23  de  la  Ley  1709  de  2014,  debió  concluirse  que el requisito para la sustitución de la pena de prisión  por  prisión domiciliaria, en punto de constatar el límite punitivo mínimo de  la  conducta  por la cual se procede, como condición para verificar el elemento  subjetivo  para  acceder  a  dicho  mecanismo,  debe  determinarse por el delito  imputado y no por el acordado.   

De  esa  manera,  se podría conciliar de  manera  adecuada,  frente  a  los  cometidos  de  aminorar  la  punibilidad como  compensación  por  la  admisión de responsabilidad del acusado, la alteración  de  la  tipificación  de la conducta en los términos previstos en el numeral 2  del  inciso  segundo  del artículo 350 de la Ley 906 de 2004, lo que obviamente  debe   conjugarse  con  la  consideración  de  todas  las  variantes  que  como  circunstancias  concurrentes  inciden  en  los extremos punitivos de la conducta  punible  imputada  de  manera  legal,  a  fin  de  precisar  con  singularidad e  individualidad,  si  en  el  caso  concreto la «pena  mínima   prevista   en   la   ley   sea   de  ocho  (8)  años  de  prisión  o  menos».   

Así las cosas, es manifiesta en este caso  la  improcedencia  del  mecanismo  sustitutivo, por  cuanto  en  la situación del procesado VELANDIA  TOVAR no se reúne  el  requisito de índole objetivo  que   lo   haría  viable,  porque  la   pena  mínima  prevista  para  el  delito  de  Fabricación, tráfico, porte o tenencia  de  armas  de fuego, accesorios, partes o municiones,  en  calidad  de autor de la conducta punible, por el  cual   fue   declarado   penalmente   responsable,   es   de  9  años,   monto   que  sobrepasa  los  8  años    que   establece   el   artículo    38B    del    citado    estatuto,   adicionado   por   el  artículo 23 de la Ley 1709 de 2014.   

En  consecuencia,  no  se  advierte  la  transgresión      de      garantía  alguna  del procesado JUAN CAMILO VELANDIA TOVAR, cuando no se  reconoció  en su favor  por  parte  de  los jueces de instancia, el derecho a la sustitución   por   domiciliaria   de   la   pena   de  prisión  que  le  fue impuesta en relación  con  el delito que, como fórmula de preacuerdo, fue  degradado   en  su  punibilidad  a  través  de  la  mutación         de         autor       a      cómplice  como  forma de participación  criminal,  por  lo  que  la  sentencia  no se debió  casar en este sentido.   

De esta manera, dejo sentado mi respetuoso  salvamento parcial de voto.   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada  

Fecha   ut  supra.   

    

1  CSJ SP, 31 jul. 2016, rad. 46101.   

2 CSJ  SP,   9  mar.  2016,  rad.  45181.   

3  “No  se concederá… la prisión domiciliaria como  sustitutiva  de  la prisión… cuando la persona haya sido condenada por delito  doloso    dentro    de    los    cinco   (5)   años   anteriores”.   

4  Audiencia  del  16 de marzo de 2015 de aprobación de preacuerdo y artículo 447  de    la    Ley   906   de   2004,   minuto   23:15   del   registro.   

5  “Tampoco  quienes  hayan  sido  condenados por delitos dolosos contra la Administración Pública; delitos  contra   las   personas   y  bienes  protegidos  por  el  Derecho  Internacional  Humanitario;  delitos contra la libertad, integridad y formación sexual; estafa  y  abuso  de  confianza  que  recaigan  sobre  los bienes del Estado; captación  masiva   y   habitual   de   dineros;   utilización  indebida  de  información  privilegiada;  concierto  para  delinquir  agravado;  lavado de activos; soborno  transnacional;  violencia  intrafamiliar; hurto calificado; extorsión; lesiones  personales  con  deformidad causadas con elemento corrosivo; violación ilícita  de  comunicaciones;  violación  ilícita de comunicaciones o correspondencia de  carácter   oficial;   trata  de  personas;  apología  al  genocidio;  lesiones  personales  por  pérdida  anatómica  o  funcional  de  un  órgano  o miembro;  desplazamiento  forzado;  tráfico  de  migrantes; testaferrato; enriquecimiento  ilícito   de  particulares;  apoderamiento  de  hidrocarburos,  sus  derivados,  biocombustibles  o  mezclas  que  los  contengan;  receptación;  instigación a  delinquir;   empleo   o   lanzamiento   de   sustancias  u  objetos  peligrosos;  fabricación,  importación,  tráfico,  posesión  o  uso  de  armas químicas,  biológicas   y   nucleares;   delitos   relacionados   con   el   tráfico   de  estupefacientes  y  otras  infracciones;  espionaje; rebelión; y desplazamiento  forzado;   usurpación   de  inmuebles,  falsificación  de  moneda  nacional  o  extranjera;  exportación  o importación ficticia; evasión fiscal; negativa de  reintegro;  contrabando  agravado; contrabando de hidrocarburos y sus derivados;  ayuda   e   instigación   al  empleo,  producción  y  transferencia  de  minas  antipersonal.”  (No  se  tiene  en  cuenta  la  reforma introducida a través del artículo 4º de la Ley  1773   de  2016,  toda  vez  que  no  estaba  vigente  para  la  época  de  los  hechos).   

6  CSJ SP, 3 feb. 2016, rad. 46647   

7  Audiencia  del  16 de marzo de 2015 de aprobación de  preacuerdo  y  artículo  447  de  la  Ley  906  de  2004,  minuto 26:30     del     registro.   

8  Ídem     minuto  25:50         del        registro.   

9  CSJ  SP,  15  feb  2012,  rad.  36607;  CSJ     SP,     9     jul       2014,       rad.  43711 y  CSJ  SP, 5 ago.       2014,       rad. 43860.   

10  Art.  52,  inc. 3º, C.P.; art. 16 C. Co.; art. 163 de la Ley 685 de 2001 y art.  24 Ley 1257 de 2008.   

11  Posada   Maya   Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold Mauricio,  El sistema de individualización de  la  pena  en  el derecho penal colombiano, Medellín,  2001, pág. 260.   

12  Art. 52, inc. 1º, C.P.   

13  Art. 4º Código Penal.   

14  Morrillas  Cueva Lorenzo,  Teoría   de   las   consecuencias  jurídicas  del  delito, Madrid, 1991, pág. 18.   

15  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández   Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de individualización de  la  pena  en  el derecho penal colombiano, Medellín,  2001, pág. 260.   

16  Ídem, pág. 337.   

17  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández   Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de individualización de  la  pena  en  el derecho penal colombiano, Medellín,  2001, pág. 337.   

18  Ediciones Universidad de Salamanca, 1ª Edición: mayo de 1999.   

19  Individualización Judicial de la Pena.   

20  «Hirsch, Günter, «Vorbemerkungen…», Op.cit, p.  9;   Gribbohm,   Günter,   «Vorbemerkungen…»,  Op.cit,  p.  103».    

21  Página 73.   

22  Cfr.,  C.S.J.  SP.  27/02/13,  rad.  33254 y 24/06/15, rad. 40.382, entre otras.   

23  «Art.   52.   Las   Penas  accesorias.  Las  penas  privativas  de  otros  derechos,  que  pueden imponerse como principales, serán  accesorias  y  las  impondrá  el  Juez  cuando  tengan relación directa con la  realización  de  la  conducta  punible,  por  haber  abusado  de  ellos o haber  facilitado  su  comisión,  o cuando la restricción del derecho contribuya a la  prevención  de  conductas  similares a la que fue objeto de condena».   

24  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández   Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de individualización de la pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 339.   

25  En  SCC  C-272  de  1999,  sobre  dicho principio y el de estricta legalidad, el  Tribunal  Constitucional refirió que «ciertamente,  la  Corte  estima  que  el  proceso  penal, en cuanto  manifestación  del  poder  punitivo  del  Estado,  se  encuentra sometido a los  principios     de     estricta     legalidad    y  jurisdiccionalidad»,  y  en  cita de pie de página  añadió  que  «mientras  que  el  primero de estos  principios  determina que los delitos se encuentren inequívocamente consagrados  en  una ley que exista previamente a la conducta humana que, conforme a esa ley,  se  considera  delictuosa, el segundo requiere que las acusaciones en contra del  acusado  sean  sometidas  a  una  estricta  verificación  judicial y puedan ser  ampliamente  controvertidas por el imputado. Sobre la  significación  y  alcance  de  estos  principios  en  el Estado democrático de  derecho     contemporáneo,     véase    Luigi    Ferrajoli,   Derecho   y  Razón,  Madrid,  Trotta,  1995,  pp.  34-38, 94-97,  373-385, 603-623».   

26  SCC T-429 de 1994 y SCC C-306 de 2012, entre otras.   

27  CSJ SP, 29 jul. 2009, rad. 28725.   

28                    CSJ  AP, 10 may. 2006, rad. No. 25389. En el mismo sentido, CSJ AP,  20 nov. 2013, rad. 41570.   

29                    CSJ SP, 15 oct. 2014, rad. 42184.   

30                    CSJ AP, 20 nov. 2013, rad. 41570.   

31                   Corte   Constitucional,   sentencia  C-1260  de  2005.   

32                   Cfr. CSJ SP, 12 sep. 2007, rad. 27759.   

33                   Mínimo   probatorio   que   resulta   ineludible,   como  en  su  oportunidad  lo  subrayó  la  Sala: CSJ AP, 10 may.  2006, rad. No. 25389.   

34                   Corte   Constitucional,   sentencia  C-1260  de  2005.   

35                   CSJ  SP,  12  sep.  2007,  rad. 27759 (subrayas y negrillas en el  texto).     En    el    mismo    sentido,    cfr.  Igualmente,  cfr.  CSJ  AP-7233-2014, 26 nov. 2014,  rad. 44906.   

36                   En  este  sentido,  cfr.  CSJ  AP-7233-2014,  26  nov. 2014, rad.  44906.   

37                   Cfr.,  CJS  SP-13939-2014, 15 oct. 2014, rad. 42184. En  el mismo sentido, CSJ SP-10299-2014, 5 ago. 2014, rad. 40972;  CSJ  SP,  6  feb.  2013, rad. 39892; CSJ SP, 8 jul. 2009, rad. 31280; CSJ SP, 15  jul. 2008, rad. 28872.   

38                   Cfr.   CSJ   SP-2168-2016,   24   feb.   2016,  rad.  45736;  CSJ  SP-7100-2016,  1º  jun.  2016, rad. 46101. El mismo  entendimiento   se   desprende   de   la  CSJ  SP-3103-2016,  9 mar. 2016,  rad. 45181.   

39                   CSJ      SP-2168-2016,       24       feb.      2016,      rad.      45736.   

40                   LUIGI  FERRAJOLI,  El  juicio  penal,   en:   Epistemología   jurídica    y    garantismo.    Distribuciones    Fontamara,    México,   2006,   p.   233:  «Las  sentencias… exigen una motivación fundada  en  argumentos  cognoscitivos  de  los  hechos y recognoscitivos del derecho, de  cuya  verdad  jurídica  y  fáctica,  depende  tanto su validez o legitimación  jurídica  (o  interna  o formal), como su justicia o legitimación política (o  externa o sustancial)».   

41                   La  celebración  de  los  preacuerdos  entre  la  fiscalía y el  imputado   o   acusado,   se  reitera,    responde    al    fin  de  humanizar  la  actuación  procesal  y  la pena; obtener  pronta  y cumplida justicia; activar la solución de los conflictos sociales que  genera   el   delito;  propiciar  la  reparación  integral  de  los  perjuicios  ocasionados  con  el  injusto  y  lograr  la  participación  del imputado en la  definición de su caso.     

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