SP14841-2015(45867)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada Ponente  

SP– 14841 -2015   

Radicación 45867  

(Aprobado acta No. 380)  

Bogotá, D.C., octubre veintiocho (28) de dos  mil quince (2015).   

VISTOS:  

Derrotado  el  proyecto  presentado  por  el  Ponente  inicial, de oficio examina la Sala Mayoritaria si a los procesados JUAN  MAURICIO  ÁLVAREZ  HURTADO  y  DIEGO  FERNANDO  LUNA HEREDIA, condenados en las  instancias  por el Juzgado 5º Penal del Circuito de Medellín y por el Tribunal  Superior    de    la   misma   ciudad,   se   le   vulneraron   sus   garantías  fundamentales.    

         

ANTECEDENTES:  

          1. Hacia las 10:30 A.M. del 26 de marzo de  2012,  los  integrantes  del  denominado  “combo  la  loma”  JUAN  MAURICIO  ÁLVAREZ  HURTADO (a. Ticio),  DIEGO  FERNANDO LUNA HEREDIA, CÉSAR IGNACIO PIEDRAHITA CÉSPEDES (a. La Araña)  y  otro  hombre  no  identificado,  provistos  de armas de fuego, arribaron a la  carrera  120  E  No.  48  B-99,  Barrio  San  Javier  La Loma de la Comuna 13 de  Medellín,  en  donde se encontraban varias personas.  Dispararon contra el  inmueble  y  resultó  lesionado  Julio  César Londoño Bermúdez, quien en ese  momento,  junto  con  Carlos  Andrés  González  Sierra,  le  colaboraban en su  mudanza  a  Flor  Dinora  Yepes  Ramírez,  quien  se  había  visto precisada a  marcharse  de  su  casa  debido  a  que unos días antes el mismo grupo criminal  había disparado contra ella.   

2. El 19 de abril de  2012,  ante  el  Juzgado  9º  Penal  Municipal de Medellín, se legalizaron las  capturas  de  JUAN  MAURICIO  ÁLVAREZ  HURTADO y DIEGO FERNANDO LUNA HEREDIA, a  quienes  se  les  imputaron  dos  cargos  de  homicidio  agravado  en  grado  de  tentativa,  en  concurso  con  la  conducta de porte ilegal de armas de fuego de  defensa personal.   

Más  adelante,  tras  la  formulación  de  acusación  y  la  celebración de las audiencias preparatoria y de juzgamiento,  el  Juzgado  5°  Penal  del Circuito de Medellín, mediante sentencia del 18 de  marzo  de 2014, condenó a los procesados por las conductas punibles mencionadas  a  261  meses  de  prisión,  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y  funciones  públicas por el término de 20 años y a la privación del derecho a  tener  y  portar  armas de fuego durante 15 años. No se le concedió la condena  de ejecución condicional ni la prisión domiciliaria.   

3.  El  defensor  apeló  ese pronunciamiento y el Tribunal Superior de Medellín, a través de la  sentencia  recurrida en casación, expedida el 29 de enero de 2015, lo confirmó  en su integridad.   

          4.  La Sala, mediante auto del 24 de junio  de  2015,  inadmitió  la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor y  dispuso  que  una  vez surtido el trámite atinente al mecanismo de insistencia,  regresara  el  asunto  al  despacho  del  Magistrado  Ponente  para,  de oficio,  examinar  si al procesado le fueron quebrantadas sus garantías fundamentales en  la  imposición  de  la pena accesoria de privación del derecho a la tenencia y  porte de armas.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

          1.  Se  recuerda,  en primer lugar, que la  Sala  asoció  la posibilidad de vulneración de las garantías del acusado a la  eventual  “afectación del principio de legalidad de  la  pena,  en  concreto,  al  imponer”  la  sanción  accesoria de privación del derecho a la tenencia y porte de armas.   

          En  la  sentencia CSJ SP-2636-2015, 11 Mar 2015, Rad. 43881, la Sala  resolvió  un  caso  idéntico  al  presente  y se remite a los argumentos allí  expuestos, que se transcriben enseguida y se reiteran:   

“En  la fijación de las penas accesorias,  según  el  artículo  52  del  Código  Penal, debe observarse estrictamente lo  dispuesto  en  el artículo 59 ibídem, es decir, la obligación en la sentencia  de   fundamentar   explícitamente   ‘los  motivos  de  la determinación cualitativa y cuantitativa de la  pena’.    

“La  Corte  ha  sido  constante  en  sus  sentencias  de  casación  en  recordar ese deber y en múltiples oportunidades,  inclusive  acudiendo  a  la facultad oficiosa, ha dispuesto la exclusión de las  sanciones  privativas  de  otros  derechos  diferentes al de libertad que se han  impuesto sin el cumplimiento de dicha obligación.   

“En  providencia  reciente de la Sala (CSJ  SP,  11  Dic  2013,  Rad.  41543),  en  relación  con la privación del derecho  a  la  tenencia y porte de armas de fuego,  se  trajo  a  la  memoria  la  necesidad  de motivar     su     determinación, indicándose  que   

‘la   sola  naturaleza   del   delito   o   las   consideraciones  plasmadas  acerca  de  su  configuración    no    evidencian,   ni   siquiera  tácitamente,     la     procedencia     de     su  imposición,  dado  que  no  puede   confundirse   la  motivación  acerca  de  la  realización      del      injusto     con     la  motivación relacionada con la imposición  de  la  pena.  La primera atañe a las  pruebas  que  sustentan  la manifestación en el mundo  exterior     de     una    conducta    típica    y  antijurídica,             mientras  que  la  segunda  concierne  al  reproche     personal     (manifestada    en    la  sanción punitiva) que debe  hacérsele   al   autor   de  dicho  comportamiento,  situación   que   en   cada   evento   implica   el  análisis de una serie de principios, fines y valores  distintos”.   

“Y   como  en  ese  asunto  no  se  consignaron puntualmente las  razones  que aconsejaban la restricción del derecho a  la   tenencia   y  porte  de  armas  de  fuego,  la  Corte  decidió eliminar esa pena accesoria de la sentencia.   

“La   tesis  anterior   la   rememoró   la   Sala  en  el  fallo  CSJ  SP  17166-2014,  Rad.  42536,  en  el  cual  se  introdujo      la      siguiente     modificación  jurisprudencial:   

‘En   esta  oportunidad,  aunque  la Sala insiste en recordar el deber que tienen los Jueces  de  fundamentar  la fijación de las penas principales  y   accesorias,  salvo  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas en los  casos      en     que     su     duración   corresponda  a  la  de  la  pena  privativa   de   la  libertad,  ha  vuelto  a  debatir  el  tema  de  si  existe  violación  de la garantía  de  motivación  de  la pena de privación  del  derecho  a  la  tenencia  y  porte de armas de fuego cuando  –como  pasó—  no  se ha fundamentado su imposición  en   un   caso   como   el   examinado,   donde   se   plantea   lógica  y  necesaria  su  deducción, y la  conclusión es que no.   

‘No es deseable,  desde  luego,  se  repite,  que inclusive cuando parece redundante sustentar una  sanción  (por ejemplo, la inhabilitación   para  el  ejercicio  de  la  patria  potestad  del  padre  en relación con el hijo al cual  sometió a abusos sexuales), se dejen de expresar los  motivos  en la sentencia. Del mismo modo, cuando no se dicen frente a la pena de  privación del derecho a la tenencia y porte de armas de fuego en un caso como el  presente,  donde una persona es condenada por transportar con destino a un grupo  armado  ilegal  explosivos  más los accesorios aptos  para  detonarlos  y  una  pistola  con  numerosos proyectiles de seguro para ser  empleados     en    la  realización  de  los  fines  violentos del colectivo  criminal,  no estima la Sala que la omisión quebrante  la  garantía de motivación  ante      el     carácter     axiomático  que  reviste  privar  del  derecho  a tener armas a quien las  trafica  para  una  organización guerrillera.   

“2.  El     presente     caso     ha    revivido    la  discusión a raíz de que  la  ponencia  derrotada  planteaba  excluir  la  pena  accesoria,  por  falta de  motivación,      de      una      parte,   y  porque  los  hechos  aquí  juzgados diferían de los  tenidos  en  cuenta en la sentencia antes transcrita,  expedida el 16 de diciembre de 2014.   

“La  Sala  concluyó  nuevamente  que  era necesario recordar a  los  Jueces el deber de sustentar la fijación de las  penas    principales   y   accesorias,   salvo   la  inhabilitación  para el  ejercicio   de   derechos  y  funciones  públicas  en  los  casos  en que su  duración  corresponda  a la de la pena privativa de  la libertad.   

“Mayoritariamente,    a    la   par,   se   estableció  como  criterio  general  que en casos de fabricación,  tráfico y porte de armas de fuego  o  municiones  de defensa personal o de uso privativo  de    las    Fuerzas    Armadas    –sea  que  se  impute sólo esa conducta  punible  o  en  concurso  de  delitos—,  se entiende cumplida la garantía de  motivación    de    la    imposición   de   la   sanción  accesoria  de  privación  del  derecho  a  la  tenencia y porte de  armas,    con    la  declaración  en  la  sentencia  de que el procesado  fabricó,   traficó  o  portó  armas de fuego o  municiones  ‘sin permiso  de      autoridad      competente’.  En  otras  palabras, la declaración  judicial   de   que   ajustó  su  comportamiento  a  cualquiera   de   las  conductas  descritas  en  los  artículos   365   o   366   del   Código     Penal     (también     al  artículo  367  ibídem),  constituye   suficiente   fundamento  para  privar  del  mencionado  derecho  al  condenado.  Se  rectifica  con  este  criterio,  entonces,  el  plasmado  en  el  precedente          jurisprudencial  del  16  de diciembre de 2014 (CSJ SP 17166-2014, Rad. 42536).   

“No  está  de  más advertir  que  esos  delitos  de  peligro  común,  que pueden  ocasionar  graves  perjuicios  a  la  comunidad, se sancionan cada vez con mayor  severidad  en  cuanto  se  constituyen en presupuesto  obvio  de  la  violencia  nacional.  Ese  aumento  de  la punibilidad, a la vez,  está          inscrito         –no     hay     duda—      en      políticas  de  desarme  de  la  población  claramente   orientadas   a   contrarrestar   la   criminalidad  asociada  a  la  utilización  de  armas de fuego (o químicas,  biológicas  o  nucleares),  la cual se muestra como  uno   de   los   principales   problemas  que  obstaculizan  el  desarrollo  del  país.   

“No  resulta  sensato,   en   ese   contexto,   en   casos   de   condena   por   delitos   de  fabricación,  tráfico y  porte   de   armas  y  municiones,  exigir  para  la  imposición  de  la  pena  de  privación  del  derecho  a  la  tenencia  y  porte  de  armas de fuego una  fundamentación       adicional       a      la  declaración         de         existencia  de  la conducta punible. Simple y llanamente porque se  plantea    lógica,   necesaria   y   proporcional  su  deducción  en tales  casos.  No  se  entendería  que a quien se reprocha  penalmente  fabricar,  traficar  o  portar  armas de fuego o municiones, o armas  químicas,  biológicas o  nucleares,  no  se  le despoje del derecho a poseerlas por el tiempo que permita  la ley”.   

De   conformidad   con   el   precedente  jurisprudencial,   en  consecuencia,    no    se    excluirá    la    sanción    accesoria   de  privación  del  derecho  a  la  tenencia  y  porte  de      armas      de     fuego     impuesta       a      los    acusados.    Sin    embargo,  se    revisará   su  duración  de  15  años  señalada    en   las  instancias.   

Esa   pena  accesoria  está  prevista  en  el  artículo  51  del  Código   Penal   entre   uno  (1)  y  quince  (15)  años.   Y  como  en  su  determinación    aplica    el    sistema    de    cuartos    que    rige    la  individualización    de    la   pena   (Art.   61  ibídem),  conforme  lo  ha  admitido  la   jurisprudencia,   es  claro  que,  en  concordancia  con  los  criterios  que  guiaron  la atribución de la pena de  prisión  (225  meses de  prisión   por   los   atentados   contra  la  vida  más  el  16%     de    esa    cantidad    en  razón      del      delito     concursal  de  porte  ilegal  de  armas -36  meses-),  procede  imponerle  al procesado un  total     de     13    meses    y    28  días.  En  este  sentido  se  casará parcialmente el fallo  impugnado.   

En  virtud  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

1. CASAR OFICIOSA Y PARCIALMENTE  el  fallo  proferido  por  el Tribunal Superior de Medellín, para  fijar  la  pena  accesoria  de  privación  del derecho a la tenencia y porte de  armas  de fuego impuesta a los procesados JUAN MAURICIO ÁLVAREZ HURTADO y DIEGO  FERNANDO LUNA HEREDIA en 13 meses y 9 días.   

2.  Las  demás  determinaciones de la sentencia se mantienen.   

En  contra  de  esta providencia no proceden  recursos.   

NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE.  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

SALVAMENTO  PARCIAL  DE VOTO A LA SENTENCIA  SP14841 de 2015(Rad.: 45867)   

Con  el  habitual  respeto por la decisión  mayoritaria,     salvo     parcialmente    mi    voto    en    los    siguientes  términos:   

Aunque  estoy  de  acuerdo  con  la Sala en  cuanto  que en esta ocasión hubo menoscabo de las garantías de los procesados,  Juan    Mauricio    Álvarez    Hurtado    y   Diego   Fernando   Luna   Heredia  porque en el ejercicio de dosificación punitiva de la  pena  accesoria  de  privación  del  derecho  a  la tenencia y porte de arma se  desconoció  el  principio  de  legalidad,  toda  vez  que el juzgador ha debido  aplicar  el  sistema  de cuartos, conforme a lo dispuesto en el artículo 61 del  Código  Penal, discrepo de la decisión habida cuenta que la imposición de esa  sanción  no tuvo ninguna motivación específica en las sentencias de instancia  y  tampoco  era  posible  extraerla  de  la  exhibida  para  el  injusto  penal.   

En ese orden, lo debido era casar oficiosa y  parcialmente     el     fallo     de     segundo     grado     y    excluir,   de   la   condena  impuesta  a  Juan  Mauricio  Álvarez Hurtado y Diego Fernando Luna  Heredia, la referida sanción.   

La  tarea  de  individualización  de  las  sanciones  ha  de orientarse por los principios de necesidad, proporcionalidad y  razonabilidad,  tal como lo ordena el artículo 3 del Código Penal. Así mismo,  por  expreso mandato de los preceptos 52 y 59 de ese estatuto, la imposición de  una  pena  accesoria  debe  estar  precedida de una justificación, es decir, de  unas  razones,  así  sean  mínimas, por las cuales el funcionario la considera  necesaria en el caso concreto.   

Si  bien  en  esta ocasión el a  quo  expresó los motivos para fijar la  pena  de  prisión,  olvidó  hacer lo propio con la accesoria de privación del  derecho  a  la  tenencia  y porte de armas, y la motivación de la primera no se  extiende  ni acredita la segunda. Así uno de los delitos por los que se proceda  sea  el  de porte de armas de fuego de defensa personal, el funcionario judicial  debe  esgrimir  por  qué impone la pena accesoria de restricción del derecho a  la  tenencia  y porte de armas. No hacerlo implica crear reglas de excepción al  deber  de  motivar  las sanciones, que no fueron previstas por el legislador, lo  que riñe con un estado de Derecho.   

La  motivación es una garantía del debido  proceso,  en  especial,  del  derecho  de  defensa,  y  permite  ejercer  el  de  contradicción.  Por  ende,  una  providencia  en  la que aquella esté ausente,  infringe  esos  derechos  y lesiona el derecho de todo ciudadano a una garantía  judicial efectiva.   

Fecha    ut  supra.   

EYDER PATIÑO CABRERA  

SALVAMENTO DE VOTO  

Con  el  respeto de siempre por la opinión  mayoritaria  de  la  Sala, y acorde con las manifestaciones que expresé durante  la  discusión  del  respectivo proyecto, me permito reiterar que no comparto la  decisión  de  casar  de  oficio y parcialmente la sentencia de segundo grado en  razón  de  la vulneración del principio de legalidad, como consecuencia de que  los  falladores  de  instancia  no hubieran aplicado el sistema de cuartos en la  determinación    concreta    de    la    pena    accesoria    de   «privación    del    derecho    a   la   tenencia   y   porte   de  arma».   

Las  razones  de mi disenso, son en esencia  las siguientes:   

1. La decisión que  se  adoptó  por  la  mayoría tiene como argumento central que el juzgador debe  atender  las  directrices  legalmente  establecidas para la determinación de la  pena,  esto  es,  acudir  al  sistema de cuartos previsto en el artículo 61 del  Código  Penal,  del cual no se exceptúan las sanciones accesorias, como que la  norma  en  cita ninguna distinción hace al respecto, y dado que la restricción  del  derecho  a la tenencia y porte de armas se establece entre dos extremos que  van de uno (1) a quince (15) arios, según el artículo 51 ibídem.   

2. Sin embargo, en  la  providencia  de  la que respetuosamente me aparto se dejan de lado los temas  relativos  a (i) la naturaleza y fines de las penas accesorias y (ii) razones de  justicia  material,  concretadas  en  el  principio  de  proporcionalidad  de la  sanción  penal.  En  este  último aspecto, sin perjuicio de lo dispuesto en el  artículo  61 del C.P., se ofrece adecuado inaplicar el sistema de cuartos en la  dosificación  de  las  penas  accesorias,  habida  cuenta  que  tal labor ha de  entenderse   como   un   ejercicio   de  ponderación  motivada,  delimitado por lo dispuesto en el artículo  51 ídem.   

2.1  En cuanto al  primer  aspecto,  cabe anotar que las penas restrictivas de otros derechos (art.  43  C.P.)  son  aquellas  que  privan o restringen a su titular del ejercicio de  facultades  o  prerrogativas  distintas  a  la libertad personal o a su peculio.  Dichas  sanciones  pueden  ser  principales  cuando  así  se  consagren  en  el  respectivo  tipo  penal (art. 35 ídem) o accesorias, cuando no obren como tales  (art. 34 ejusdem).   

Del artículo 52 de la codificación citada  se  extrae  que  la aludida clase de penas solo pueden ser aplicadas por el juez  (i)  con  ocasión  de  la  imposición de una pena principal y (ii) siempre que  entre  la realización del delito y el contenido de la pena accesoria exista una  «relación            directa»,  valga decir, se verifique un vínculo  estrecho entre su contenido y la conducta punible cometida.   

De  otro  lado,  si  bien  originalmente el  legislador  consideró  que en quien recaía una condena de prisión era indigno  y,  por  tanto,  estableció la restricción para el ejercicio de algunos de sus  derechos  políticos  y,  principalmente,  para desempeñar cargos públicos, lo  cual  explica la existencia de ciertas penas accesorias denominadas obligatorias  o               «automáticas»1    ,    aquella    visión    evolucionó    hacia    un   concepto  preventivo2  , cuyo propósito es conjurar el riesgo de reiteración de delitos  que  de  forma directa tengan relación con determinadas actividades o derechos,  finalidad  que  sustenta  la  aplicación de las  llamadas penas accesorias  discrecionales     o    «facultativas»  3 .   

Sobre cómo se determinan cuantitativamente  las  penas  accesorias,  cabe destacar que dos aspectos permiten concluir que en  ese  ejercicio  no  tiene cabida el sistema de cuartos -art. 61 C.P.—,  el  cual  está  previsto  para  la  individualización  de  las  penas  principales,  ellos  son:  (i)  la  función  primordial  que  cumplen  las penas accesorias difiere de la que tienen asignada  las   penas   principales;  y,  (ii)  el  margen  de  apreciación  reglado  del  que  goza  el  sentenciador,  según  se  extracta de los artículos 52, inc. 1°, y 59 ídem, lo faculta para  imponer  o no en cada caso las penas accesorias que estime necesarias, así como  para fijar el término de duración de las mismas.   

2.1.1 En relación  con  el  primer  punto,  cabe  destacar  que,  en  términos  generales,  en  la  concepción  dogmática  del  Código  Penal  de 2000, la pena en sentido amplio  cumple  varias  funciones,  tales  como,  «prevención  general,   retribución  justa,  prevención  especial,  reinserción  social  y  protección          al         condenado»4 por lo que puede afirmarse que  no  se  adscribe  a  una  tesis  en  particular,  valga decir, ni a las teorías  absolutas  que propenden porque el fin de la pena es únicamente la retribución  o  compensación en razón de la comisión del delito, ni a aquellas denominadas  relativas  que  consideran  a  la  pena  como un medio para conseguir un fin, es  decir,  que tiene propósitos exclusivamente preventivos orientados a evitar que  se  cometan  delitos  en el futuro, sino que se ubica dentro de las concepciones  mixtas,  que  son  aquellas que y buscan conciliar las dos anteriores, aceptando  la  idea retributiva, pero sin desligarla del cumplimiento de fines preventivos,  bien     sea     generales     o     especiales5   

.  

Ahora,  como  se señaló párrafos atrás,  las  penas  accesorias, en cuya imposición e individualización el juez goza de  un  margen  de  apreciación  motivado,  no  hay  una determinación legislativa  absoluta  del  aspecto  cualitativo. Éste es flexible, al punto que corresponde  al   juzgador  determinar  en  qué  casos  resulta  necesaria  su  imposición,  atendiendo  a  las  particularidades  del asunto concreto, obviamente respetando  las  pautas  establecidas  en  la  ley —art.  52,  inc.  1°,  C.P.—  y  considerando  que  aquéllas  tienen  una  marcada finalidad          preventiva6   ,   en  tanto  que  con  su  aplicación  se  pretende  precaver  la  afectación futura de bienes jurídicos  concretos  mediante la restricción de derechos o prerrogativas, distintas a las  que  resultan limitadas con la aplicación de la sanción principal —con injerencia en la libertad personal  y     el    patrimonio    económico—.   

En  otras  palabras,  si  bien las penas en  general,   principales   y   accesorias,  obedecen  a  unos  específicos  fines  consagrados  en  el  artículo  40  del  C.P.,  dada  la particular naturaleza y  función   que   aquéllas   cumplen,  itérese,  fundamentalmente  utilitarista  mediante  la prevención del delito, demandan en su determinación la existencia  de  un  estrecho  nexo  entre  el  injusto  penal  y  el  derecho  que  se busca  restringir,  de donde se sigue que su afectación emergerá necesaria solo en la  medida  en que surja patente que la restricción de los derechos que conlleva la  imposición  de las penas principales, resulta insuficiente para prevenir, en el  caso   particular,   el  comportamiento  delictivo7   

.  

Por  tanto,  sin  desconocer  que las penas  principales  de  prisión  y multa, así como las restrictivas de otros derechos  cuando  están  previstas como tales, amén de la función de retribución justa  que  apareja  la  realización  del  delito,  también cumplen fines preventivos  —generales      y  especiales—,  bien  puede  suceder   en  determinados  casos  que  la  limitación  de  la  libertad  y  el  patrimonio,  producto de la sanción principal, no sean medidas suficientes para  proteger  ciertos  bienes jurídicos de ulteriores conductas desviadas por parte  del  condenado.  Por  tal  razón,  la concreta armonización de las finalidades  preventivas  de  la  pena  con el principio de proporcionalidad (arts. 3°, inc.  1°,  y  4°  del  C.P.),  impone  la  necesidad de ampliar esa cobertura con la  aplicación de sanciones adicionales.   

Al  respecto  la  doctrina  ha  considerado  que:   

[E]s  imprescindible  que el hecho cometido  por  el  autor  permita justificar la necesidad de agregar medidas que cubran la  mayor  gravedad  o  exigibilidad  del  comportamiento inicialmente sancionado, a  través  de  efectos  diferentes a los que producen las penas principales, y que  no  sean contemplados por ellas, para precisar una adecuada proporción entre la  sanción  y el delito, y, en todo caso, para brindar una mayor protección a los  bienes   jurídicos   vulnerados   no   protegidos  directamente  por  la  norma  penal.8   

En  esa  medida,  resulta coherente con las  finalidades  de  la  pena  principal,  mencionadas  ut  supra,  que  en  su  individualización  se  acuda  al  sistema  de cuartos previsto en el artículo 61 del Código Penal, puesto que la  determinación  concreta de aquella obedece primordialmente a factores objetivos  que  tienen  relación  con  el  injusto  típico, siendo su límite el grado de  culpabilidad,  lo  que  explica  que en la fijación del marco de punibilidad se  deban  tener  en  cuenta  circunstancias modificadoras de los extremos mínimo y  máximo  de  la  sanción  prevista  para el respectivo tipo básico o especial,  tales  como  las causales específicas de agravación y atenuación punitiva, la  tentativa,  la complicidad, la ira o intenso dolor, entre otras, que no resultan  aplicables  a  los límites que fijan la duración de las penas accesorias, pues  nada tienen que ver con el propósito que éstas persiguen.   

En   efecto,  la  finalidad  preventivo   -especial   de  las  penas  accesorias,  se  relaciona directamente con el abuso del derecho que se pretende  restringir  para  evitar  futuras  afectaciones del bien jurídico protegido, lo  cual  exige  un  análisis diverso en el que no tienen cabida factores objetivos  como  los  atrás  enunciados  respecto  de  la  individualización  de  la pena  principal,  sino  primordialmente  subjetivos, relativos a la persona del autor,  pero  no  desde la óptica de su peligrosidad, concepto abiertamente contrario a  los  principios  que orientan el derecho penal y su consecuencia jurídica en un  Estado  Social y Democrático de Derecho, sino a partir de los fines de la pena,  particularmente  el  de  prevención,  según se desprende del artículo 4° del  Código Penal.   

En  tal  sentido,  la  doctrina  considera  primordial  que  en  el  proceso  de  individualización judicial de la pena, el  sentenciador  tenga como norte de su actividad, en general, los fines de la pena  y,  en  particular,  un  propósito específico, que en el caso de las sanciones  facultativas  que  afectan  otros  derechos es marcadamente preventivo-especial,  según   quedó   visto,   y   a   partir   de   tal   entendimiento,   fije  la  sanción.   

Sobre  el  punto,  el  tratadista  Eduardo  Demetrio  Crespo,  en  su  obra  «Fines  de la Pena e  Individualización    Judicial   de   la   Pena»9, sostiene:   

Aunque ello sea bastante obvio a tenor de lo  ya  dicho hasta ahora, sobre todo en el análisis del concepto de «factor final  de  la  I.J.P10»,  no  es  recurrente  señalar  que  los  fines de la pena son el  presupuesto  fundamental  de  la I.J.P. La determinación de qué fines persigue  la  pena,  en  qué  momento  y  con  qué  intensidad  en  cada  momento  de la  intervención  del  sistema  penal,  es  la clave a partir de la cual se obtiene  respuesta  tanto  a  la  cuestión  de  la dirección valorativa de los factores  reales  que  concurren en la I.P.J., como a la del peso de los mismos en la pena  final             a             imponer11   

.  Creo  que  no  es exagerado decir que la  racionalización  de  la  I.J.P. debe empezar por clarificar la cuestión de los  factores  finales de la I.J.P., ya que dependiendo de  qué  fin  de la pena se tome como punto de referencia, la individualización de  la  pena  por  el  juez  en  el  caso  concreto  puede conducir a resultados muy  diferentes.12  (Negrilla  y  subraya fuera  del texto original)   

Siendo  ello  así, emerge razonable que el  juzgador   disponga   de   cierta  discrecionalidad  -siempre  motivada-  en  la  determinación  cuantitativa de las penas accesorias, en orden a materializar su  fin  primordial de naturaleza preventivo-especial, sin estar sometido a factores  puramente  objetivos  que  en no pocas ocasiones tornan inane la restricción de  otros  derechos,  en  tanto  su  propósito  es  proteger  un interés jurídico  específico  de  futuras  afectaciones  mediante  efectos  distintos  a  los que  produce  la  pena  principal y que ésta no alcanza a cobijar; no de otra manera  se  explica  que  la  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones  públicas  (art.  43-1  C.P.)  esté  prevista  en  algunos  tipos  penales como  sanción  principal  y  en  otros  acceda  a  ésta,  o que a la prohibición de  consumir  bebidas  alcohólicas  o  sustancias  estupefacientes o psicotrópicas  (art. 43-8 ejusdem) el legislador no le haya fijado duración.   

2.1.2 En cuanto a  la  segunda  cuestión,  valga  decir,  la atinente al ejercicio de ponderación  aplicable  por  el  juzgador  en orden a establecer la procedibilidad de la pena  accesoria  en  el  asunto particular -factor cualitativo-, lo que se advierte es  una   armonización   del   principio   de  legalidad  de  la  pena  con  el  de  proporcionalidad  -el  cual también ostenta la categoría de principio rector y  garantía                fundamental13-,   habida  cuenta  que,  a  diferencia  de  lo  que  ocurre  con  las penas principales, las cuales han sido  reguladas  de  manera  absoluta por el legislador en la parte especial para cada  delito,  frente  a  las  primeras hay un margen de apreciación judicial reglado  que,  atendiendo  a  los  factores  generales previstos en el inciso primero del  artículo    52   de   la   Ley   599   de   200014  ,  determina  en qué casos  resulta   necesaria  la  imposición  de  una  restricción  o  prohibición  de  derechos, adicional a la que comportan las penas principales.   

Ahora,  la  limitación  del  principio  de  estricta  legalidad  de  la  pena  en  punto  de  la elegibilidad de la sanción  accesoria  facultativa, se explica en que «no en todos  los  casos  es  justificado,  desde  el  punto  de  vista  de la prevención, la  proporcionalidad  y  la  necesidad de la pena, preestablecer efectos agregados a  los  contemplados  por  las  penas  principales  frente  a  un determinado hecho  punible,  sin  considerar  las circunstancias y características concretas de su  realización»15   

.  

En esa medida, si la ley atribuye al juez la  facultad  reglada  de imponer o no cierta pena accesoria, cuando la restricción  de    otros   derechos   se   ofrezca   necesaria   para   cumplir   sus   fines  preventivo-especiales  de  protección  del  interés jurídico, también emerge  razonable  que  en  su  determinación  cuantitativa aquel tenga la posibilidad,  atendidas  las  particularidades del caso, de fijar la cantidad de sanción que,  de  acuerdo  con los principios de proporcionalidad y razonabilidad, se requiera  para  que  se obtenga el propósito perseguido, sin que en esa labor deba acudir  al sistema de cuartos.   

En  efecto,  tal  como se indicó párrafos  atrás,  las  reglas contenidas en los artículos 60 y 61 del Código Penal para  la  determinación  del marco de punibilidad y la individualización de la pena,  responden  principalmente  a  factores  objetivos  relacionados  con  el injusto  típico,  que  no  son  aplicables a las penas accesorias, pues no cabe duda que  los  extremos  mínimo  y  máximo  de  estas  últimas  no  se modifican porque  concurra  una  causal  específica de agravación o atenuación punitiva, que se  predican  del  tipo  básico o especial, tampoco cuando el delito es tentado, ni  frente  a  ellas se pueden considerar circunstancias tales como la influencia de  profundas   situaciones   de   marginalidad,   ignorancia   o  pobreza  extremas  —art. 56 C.P.—,   o   la   ira   e   intenso  dolor  —art. 57 ídem—,  entre  otras, lo cual se explica en  que  el  fin  preventivo-especial de las sanciones accesorias obedece a factores  subjetivos  de  la conducta, que corresponde al juez valorar para fijar el monto  de  la  pena  atendiendo,  verbi  gratia, el criterio legal de la intensidad del  abuso  del  derecho en la realización del delito, contenido en el artículo 52,  inc. 1°, del C.P.   

Lo anterior no significa que la cantidad de  sanción  accesoria quede librada al capricho o arbitrariedad del juzgador, pues  éste,  en  todos  los  casos,  deberá  exponer  en  la  sentencia «la   fundamentación   explícita   sobre   los   motivos   de  la  determinación    cualitativa   y   cuantitativa   de   la   pena»,  como  lo  ordena  el  inciso  segundo del artículo 52 del Código  Penal,  en  concordancia  con  el artículo 59 ibídem, labor en la cual tendrá  especial  cuidado  en  velar  porque  se  cumplan  los  principios de necesidad,  proporcionalidad  y  razonabilidad  que orientan la imposición de las sanciones  penales,   según   el   artículo   3°  ibídem,  y  teniendo  en  cuenta  las  circunstancias del caso particular.   

De  esa  manera  se  garantizan  el  debido  proceso  sancionatorio y el principio de estricta jurisdiccionalidad16   

, según el cual la actividad judicial debe  ser  comprobable y verificable, aspectos que se reflejan en la motivación de la  sentencia  y  que  obviamente comprenden la determinación de la pena en sentido  general.   

Consecuente  con lo anterior, considero que  en  la  aplicación  cualitativa  y  cuantitativa de las penas accesorias de que  trata  el  artículo  52  del  Estatuto  Punitivo,  debe  primar el fin  preventivo  especial,  así  que no  tiene  cabida  el  sistema  de cuartos que, según quedó visto, está diseñado  para  fijar  las  penas  principales, en tanto éstas sí tienen una regulación  absoluta  en  cada  tipo  penal, dado los efectos que de antemano le señaló el  legislador  a  la  sanción  de  la  conducta  punible,  fundado  en  razones de  política criminal.   

3.  Por  último,  pero  no menos importante, cabe destacar que la decisión mayoritaria de la cual  me  aparto  desconoce  el principio constitucional de proporcionalidad, desde la  perspectiva  del  mandato  de  protección suficiente, el cual está relacionado  con  el  postulado  de  vigencia  de un orden justo17   y,   por   ende,  con  el  imperativo  del  Estado  de  promover  ese  orden  y  el  deber  de investigar y  sancionar  las  infracciones a la ley penal, imponiendo  penas  condignas  con  el  grado  del  injusto  y  de  culpabilidad,  pero  sin dejar de lado la función que aquellas han de cumplir en  cada caso.   

De  tal  forma que si como lo ha reconocido  esta  Corporación,  «los  fallos  de  la  judicatura  están  inspirados  en  un  principio de justicia, como lo ha dejado entrever la  doctrina    constitucional,    por    ejemplo   en   la   sentencia   C-366   de  2000»18,  dicho  postulado se quebranta en casos como el presente, donde la  función    de   prevención   especial  que orienta primordialmente la imposición de las penas accesorias  queda fuertemente menguada.   

En efecto, el fin preventivo especial de las  sanciones  accesorias  facultativas  queda  comprometido  porque  si  a quien es  declarado  penalmente  responsable del delito de fabricación, tráfico, porte o  tenencia  de  armas  de  fuego  (art.  365  C.P.),  se le impone la pena mínima  privativa    de    la    libertad    prevista    en    la    ley    —9           arios—,  en  ese orden, siguiendo el sistema  de  cuartos,  termina  por  aplicársele  el extremo ídem de la pena accesoria,  valga  decir,  un ario de privación del derecho a la tenencia y porte de armas,  sin  detenerse  a  examinar  las  particularidades del caso que, en determinados  eventos,  verbi gratia, cuando  el  arma  que  se  porta  ilegalmente  se usa para cometer otro delito, aconseja  restringir  el  respectivo  derecho  en  un  quantum  superior  al  mínimo  que  resultaría  de  aplicar la regla prevista en el artículo 61 del Código Penal,  en   orden   a   precaver   la   afectación   futura   de   bienes   jurídicos  concretos.   

Con todo comedimiento,  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado    

1  Art.  52,  inc.  3 0, C.P.; art. 16 C. Co.; art. 163 de la Ley 685 de 2001 y ad.  24 Ley 1257 de 2008.   

2  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

3  Art. 52, inc. 1°, C.P.   

4  Art. 4° Código Penal   

5  Morrillas  Cueva  Lorenzo,  Teoría  de las consecuencias jurídicas del delito,  Madrid, 1991, pág. 18.   

6  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

7  ídem, pág. 337.   

8  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 337   

9  Ediciones Universidad de Salamanca, 1° Edición: mayo de 1999.   

10  Individualización Judicial de la Pena.   

11  «Hirsch,  Günter, «Vorbemerküngen…»,,Op.cit, p.9;Gribbohm, Günter,   Vorbemerküngen…», Op.cit, p. 103».   

12  Página 73.   

13  Cfr.,   C.S.J.   SP.  27/02/13,  rad.  33254  y  24/06/15,  rad.  40.382,  entre  otras.   

14  «Art.  52.  Las  Penas  accesorias. Las penas privativas de otros derechos, que  pueden  imponerse  como  principales,  eran  accesorias  y las impondrá el Juez  cuando  tengan relación directa con la realización de la conducta punible, por  haber   ahusado   de  ellos  o  haber  facilitado  su  comisión,  o  cuando  la  restricción  del  derecho  contribuya a la prevención de conductas similares a  la que fue objeto de condena».   

15  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Sellan  Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 339.   

16  En  SCC  C-272  de  1999,  sobre  dicho principio y el de estricta legalidad, el  Tribunal  Constitucional  refirió que «ciertamente,  la  Corte  estima  que  el  proceso  penal,  en  cuanto manifestación del poder  punitivo  del  Estado,  se  encuentra  sometido  a  los  principios  de estricta  legalidad  y  jurisdiccionalidad»,  y  en  cita  de pie de página añadió que  «mientras  que  el  primero  de  estos  principios determina que los delitos se  encuentren  inequívocamente  consagrados en una ley que exista previamente a la  conducta  humana  que,  conforme  a esa ley, se considera delictuosa, el segundo  requiere  que  las  acusaciones  en  contra  del  acusado  sean  sometidas a una  estricta  verificación  judicial y puedan ser ampliamente controvertidas por el  imputado.  Sobre  la  significación  y alcance de estos principios en el Estado  democrático  de  derecho  contemporáneo,  véase  Luigi  Ferrajoli,  Derecho y  Razón, Madrid, Trona, 1995, pp. 4-38, 94-97, 373-385, 603-623».   

17  SCC T-429 de 1994 y SCC C-306 de 2012, entre otras.   

18  CSJ SP, 29 jul. 2009, rad. 28725.     

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