SP12550-2015(46463)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado Ponente  

SP12550-2015  

Radicación N° 46463  

Aprobado acta No. 321.  

Bogotá,  D.C., dieciséis (16) de septiembre  de dos mil quince (2015).   

VISTOS  

Vencido   el  término  para  promover  el  mecanismo  de  insistencia  sin  que se haya deprecado el mismo, se pronuncia la  Corte  oficiosamente  sobre  la  sentencia de segunda instancia proferida por la  Sala   Penal   del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial   de   Buga  (Valle  del  Cauca),  el  28  de  abril   de  2015,  confirmatoria de  la  emitida  el  27  de noviembre           de 2014 por el  Juzgado    Penal    del    Circuito    con   funciones   de   conocimiento  de  Roldanillo  (Valle      del     Cauca),   en   la   cual   se   condenó   al  procesado   JUAN  JOSÉ  MADRID  MILLÁN  como  autor  responsable del    delito  de  fabricación, tráfico,  porte  o tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones.   

HECHOS  

Ocurridos en el municipio de La Unión (Valle  del      Cauca),      en      el     auto   inadmisorio  de  la  demanda  de  casación,   la   Corte   prohijó   el  siguiente  resumen  de  los mismos:   

“Refiere  el  escrito  de  acusación que  según  el registro del informe de Policía de vigilancia en casos de captura en  flagrancia,  siendo  las  19:50  horas  del día 23 de julio de 2013, cuando los  Policías  realizaban  patrullaje  de registro y control en el sector del barrio  El  Jardín,  carrera  20 con calle 18, ingresó al barrio La Habana, observaron  dos  hombres  que se movilizaban en una motocicleta YAMAHA, RX-115, color negro,  placas  BMR-21A,  en actitud nerviosa, quienes al ser requerirlos (sic) para que  detuviesen  la  marcha,  emprendieron  la huida por la carrera 20, procedieron a  seguirlos  sin  perderlos  de  vista,  al  llegar a la calle 12, observan que el  parrillero  se tiró de la moto y salió corriendo; posteriormente, el conductor  de  la  motocicleta  se  cayó,  abandonó  la  moto y emprendió la huida a pie  dirigiéndose  hacia  el  antejardín  de la residencia situada en la calle 12 y  demarcada  con el número 19-29 del barrio La Cruz, observándolo que arrojó un  arma  de  fuego  y luego sigue corriendo siendo capturado en la parte interna de  una  sala  de  internet situada en la calle 12 número 10-29 del barrio La Cruz,  quien  manifestó llamarse Juan José Madrid Millán, cédula número 1116434201  de  Zarzal  Valle del Cauca, acto seguido el patrullero Jorge Escalante Vente se  dirigió  al  sitio donde el capturado lanzó el arma de fuego y encontró allí  una  pistola  marca  o  modelo  CZ-75  BD  POLICE, calibre 9 mm., LUGER, número  serial  borrado,  cañón  11.4 ctms, ánima, proveedor con capacidad para nueve  (9)  cartuchos,  funcionamiento  semiautomático,  fabricación  MADE  IN  SZECH  REPUBLIC,  acabado  pavonado  negro,  empuñadura  cachas color negro, apta para  disparar,  con  dos  (2)  proveedores  metálicos  para nueve (9) cartuchos cada  uno”.   

DECURSO PROCESAL  

En  diligencias previas verificadas el 24 de  julio  de  2013  ante el Juzgado Segundo Penal Municipal con función de control  de  garantías  de Roldanillo (Valle del Cauca), se legalizó la captura de JUAN  JOSÉ  MADRID  MILLÁN;  se  le  formuló imputación por la conducta punible de  fabricación,  tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones;  y  se  le  aplicó  medida  de  aseguramiento  consistente  en  detención preventiva en el  lugar            de            residencia1.   

Como  el  investigado no se allanó al cargo  formulado,  la Fiscalía lo ratificó en el escrito acusatorio que allegó el 19  de septiembre posterior.   

La fase del juicio correspondió adelantarla  al  Juzgado  Penal  del Circuito con funciones de conocimiento de esa localidad,  despacho  que luego de realizar las audiencias de formulación de acusación -el  18  de  febrero de 2014-, preparatoria –el    14    de   mayo   ulterior-   y   juicio   oral   –en  sesiones  del  24 de julio y 23 de  septiembre  siguientes-,  dictó  sentencia el 27 de noviembre de esa anualidad,  declarando   la  responsabilidad  penal  de  MADRID  MILLÁN  en  la  hipótesis  delictual por la cual se le acusó judicialmente.   

Consecuente   con  su  determinación,  el  A  quo  le  impuso  la pena  principal   de   108   meses   de   prisión   y  las  sanciones  accesorias  de  inhabilitación   para   el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  y  privación  del  derecho  a la tenencia y porte de arma, por el mismo lapso; asi  mismo,  decretó el comiso del ama de fuego incautada, y le negó los beneficios  sustitutivos  de  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de la pena y  prisión domiciliaria.   

Impugnado  el  fallo  por  el  defensor  del  incriminado,   la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Buga  lo  confirmó  íntegramente  mediante  providencia  del  28  de abril de 2015, en contra de la  cual  el mismo sujeto procesal interpuso oportunamente el recurso extraordinario  de casación y allegó la correspondiente demanda.   

Con  auto  del 11 de agosto de 2015, la Sala  inadmitió  la  demanda de casación, pero al detectar una posible irregularidad  sustancial  en  el  proceso  de  dosificación  de  una de las penas accesorias,  presuntamente  violatoria  del  principio  de legalidad, dispuso que una vez tal  decisión  cobrara  ejecutoria,  el  asunto  regresara  a  estudio para hacer el  debido pronunciamiento.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

En la referida decisión del 11 de agosto del  corriente  año,  la  Sala encontró necesario verificar si hubo menoscabo a las  formas  propias  del  juicio  y  las garantías que le asisten al procesado JUAN  JOSÉ  MADRID  MILLÁN,  porque  en  el  proceso  de  dosificación punitiva, se  desconoció el principio de legalidad.   

En  efecto,  del  recuento  objetivo  de  la  actuación  procesal  advierte  la Corporación la concurrencia de irregularidad  generadora  de  clara violación a garantías fundamentales del acusado, cual es  la  legalidad  de la pena accesoria de la privación del derecho a la tenencia y  porte  de  arma,  que  activa la facultad oficiosa de la Corte para controlar la  legalidad y constitucionalidad de la sentencia.   

Ello,  porque  en  el  fallo  condenatorio  proferido  por  el  Juzgado  Penal del Circuito con funciones de conocimiento de  Roldanillo,  confirmado  en  ese aspecto por la Sala Penal del Tribunal Superior  del  Distrito Judicial de Buga, se impuso al mencionado dicha pena accesoria por  un  lapso  de  108  meses,  es  decir,  9 años, sin haber acudido al sistema de  cuartos regulado en el artículo 61 del Código Penal.   

En  efecto,  luego  de  determinar  la  pena  principal   restrictiva  de  la  libertad,  el  juzgador  de  primera  instancia  señaló:  “PENAS  ACCESORIAS. Concurrente con esta  sanción  y  por  mandato  legal,  la  pena  accesoria  de  inhabilitación  del  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  así  como  la privación del  derecho  al  porte o tenencia de armas de fuego, por el mismo periodo de la pena  principal”.   

Desatendió, entonces, que el artículo 51 de  la   citada   codificación,   al   regular   lo   atinente  a  la  “Duración   de   las  penas  privativas  de  otros  derechos”,  estableció  que  dicha  restricción  va de uno (1) a  quince (15) años.   

En  esa  medida,  la  Sala ha considerado en  otras   ocasiones  que  en  su  imposición  el  juzgador  debe  atender  a  las  directrices  legalmente establecidas para ello, esto es, acudiendo al sistema de  cuartos   previsto   en   el   artículo   61  Ibidem  (entre  otros,  en  CSJ  SP16880,  10 dic. 2014, Rad.  42432;  CSJ  SP17166,  16 dic. 2014, Rad. 42536; CSJ SP3441, 25 marzo 2015, Rad.  45317;    y    CSJ    SP4322,    16    abril   2015,   Rad.   45399).   

Así las cosas, para corregir el yerro de las  instancias  se  hace necesario dividir el monto de la sanción entre cuatro, con  el objeto de obtener el ámbito de movilidad punitiva.   

Por  consiguiente,  si entre el mínimo y el  máximo  hay  14  años, cada cuarto de movilidad sería de tres (3) años y (6)  meses.   

La operación respectiva arroja el siguiente  resultado:   

    

* Cuarto  mínimo:  de  un  (1)  año  a  cuatro  (4) años y seis (6)  meses.   

* Cuartos  medios:  de  cuatro  (4)  años y seis (6) meses a ocho (8)  años y de ésta proporción a once (11) años y seis (6) meses.   

* Cuarto  máximo:  de  once (11) años y seis (6) meses a quince (15)  años.     

Ahora  bien,  para establecer el monto de la  sanción  accesoria,  deben  tenerse  en cuenta los parámetros empleados por el  fallador   A   quo  cuando  abordó  el  tema  de la determinación de la sanción corporal para el atentado  contra la seguridad pública.   

Recuérdese  que en ese proceso, el juzgador  estimó  ubicarse  en  el  primer  cuarto,  oscilante  entre  108 y 117 meses de  prisión,  y  dentro  del mismo aplicó el mínimo punitivo, para fijar una pena  de 108 meses de prisión.   

Aplicando idéntica regla en la tasación de  la  sanción  accesoria  de  la  privación del derecho a la tenencia y porte de  arma,  la  misma  se  ubica  en  el primer cuarto y dentro de él se opta por la  menor penalidad, esto es, de un (1) año.   

Por  lo  tanto,  la  Sala casará oficiosa y  parcialmente  el  fallo  de  segundo grado y, en consecuencia, disminuirá a esa  proporción   la   referida   pena  accesoria,  impuesta  al  enjuiciado  MADRID  MILLÁN.   

DECISIÓN  

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,  administrando  justica en nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE  

1. CASAR de oficio y  parcialmente  la  sentencia de segunda instancia proferida por la Sala Penal del  Tribunal  Superior  de Buga, el 28 de abril de 2015, confirmatoria de la emitida  por  el  Juzgado Penal del Circuito con funciones de conocimiento de Roldanillo,  el  27  de  noviembre  de  2014,  en  el sentido de fijar en un (1) año la pena  accesoria  de  privación  del  derecho  a  la tenencia y porte de arma que debe  purgar  el  procesado  JUAN  JOSÉ  MADRID  MILLÁN,  condenado como autor de la  conducta  punible  de  fabricación, tráfico, porte o  tenencia   de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes  o  municiones.   

2.  En lo demás se  mantiene el fallo incólume.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria  

SALVAMENTO DE VOTO  

          Con  el respeto de siempre por la opinión mayoritaria de la Sala, y  acorde  con  las  manifestaciones  que  expresamos  durante  la  discusión  del  respectivo  proyecto, nos permitimos reiterar que no compartimos la decisión de  casar  de  oficio  y  parcialmente la sentencia de segundo grado en razón de la  vulneración   del   principio  de  legalidad,  como  consecuencia  de  que  los  falladores  de  instancia  no  hubieran  aplicado  el  sistema  de cuartos en la  determinación    concreta    de    la    pena   accesoria   de   «privación  del  derecho  a la tenencia y porte de arma».   

          Las    razones    de   nuestro   disenso,   son   en   esencia   las  siguientes:   

          1.  La  decisión  que  se  adoptó por la  mayoría  tiene  como  argumento  central  que  el  juzgador  debe  atender  las  directrices  legalmente establecidas para la determinación de la pena, esto es,  acudir  al sistema de cuartos previsto en el artículo 61 del Código Penal, del  cual  no  se  exceptúan  las  sanciones  accesorias,  como que la norma en cita  ninguna  distinción  hace al respecto, y dado que la restricción del derecho a  la  tenencia y porte de armas se establece entre dos extremos que van de uno (1)  a   quince   (15)  años,  según  el  artículo  51  ibídem.      

          2.  Sin  embargo,  en la providencia de la  que  respetuosamente nos apartamos se dejan de lado los temas relativos (i) a la  naturaleza  y  fines  de  las  penas  accesorias  y  (ii)  a razones de justicia  material,  concretadas en el principio de proporcionalidad de la sanción penal.  En  este último aspecto, sin perjuicio de lo dispuesto en el art. 61 del CP, se  ofrece  adecuado  inaplicar  el  sistema  de  cuartos en la dosificación de las  penas  accesorias,  habida  cuenta  que  tal  labor  ha  de  entenderse  como un  ejercicio   de   ponderación   motivada, delimitado por lo dispuesto en el art. 51 ídem.   

          2.1  En  cuanto  al  primer  aspecto, cabe  anotar  que las penas restrictivas de otros derechos (art. 43 C.P.) son aquellas  que   privan   o   restringen  a  su  titular  del  ejercicio  de  facultades  o  prerrogativas  distintas a la libertad personal o a su peculio. Dichas sanciones  pueden  ser  principales  cuando  así  se consagren en el respectivo tipo penal  (art.   35   ídem)   o   accesorias,  cuando  no  obren  como  tales  (art.  34  ejusdem).       

          Del  artículo  52  de  la  codificación  citada  se  extrae que la  aludida  clase  de  penas solo pueden ser aplicadas por el juez (i) con ocasión  de   la  imposición  de  una  pena  principal  y  (ii)  siempre  que  entre  la  realización  del  delito  y  el  contenido  de  la  pena  accesoria  exista una  «relación directa», valga  decir,  se  verifique  un  vínculo  estrecho  entre  su contenido y la conducta  punible cometida.   

          De  otro lado, si bien originalmente el legislador consideró que en  quien  recaía  una condena de prisión era indigno y, por tanto, estableció la  restricción  para  el  ejercicio  de  algunos  de  sus  derechos  políticos y,  principalmente,   para   desempeñar   cargos  públicos,  lo  cual  explica  la  existencia    de   ciertas   penas   accesorias   denominadas   obligatorias   o  «automáticas»2,   aquella  visión  evolucionó  hacia  un  concepto preventivo3,  cuyo  propósito es conjurar  el  riesgo  de reiteración de delitos que de forma directa tengan relación con  determinadas  actividades  o  derechos, finalidad que sustenta la aplicación de  las     llamadas    penas    accesorias    discrecionales    o    «facultativas»4.   

         Sobre     cómo     se     determinan  cuantitativamente  las penas accesorias, cabe destacar que dos aspectos permiten  concluir   que   en  ese  ejercicio  no  tiene  cabida  el  sistema  de  cuartos  –art. 61 C.P.–,  el  cual  está  previsto para la individualización  de  las penas principales, ellos son: (i) la función  primordial  que  cumplen  las penas accesorias difiere de la que  tienen    asignada    las    penas   principales;   y,   (ii)   el   margen   de  apreciación    reglado  del      que      goza      el     sentenciador,  según  se  extracta de los  arts.    52    inc.    1º   y   59   ídem,  lo  faculta  para  imponer  o  no  en  cada  caso  las  penas  accesorias  que  estime  necesarias,  así  como para  fijar    el    término   de   duración de las mismas.   

        2.1.1  En  relación  con  el  primer  punto,  cabe  destacar que, en términos generales, en la concepción dogmática  del  Código  Penal  de 2000, la pena en sentido amplio cumple varias funciones,  tales   como,  «prevención  general,  retribución  justa,    prevención   especial,   reinserción   social   y   protección   al  condenado»5,  por lo que puede afirmarse  que  no  se  adscribe  a una tesis en particular, valga decir, ni a las teorías  absolutas  que propenden porque el fin de la pena es únicamente la retribución  o  compensación en razón de la comisión del delito, ni a aquellas denominadas  relativas  que  consideran  a  la  pena  como un medio para conseguir un fin, es  decir,   que   tiene  propósitos  exclusivamente  preventivos     orientados   a       evitar         que         se       cometan       delitos         en         el       futuro,        sino    que  se  ubica  dentro  de las  concepciones  mixtas,  que son aquellas que buscan conciliar las dos anteriores,  aceptando  la  idea  retributiva,  pero sin desligarla del cumplimiento de fines  preventivos,   bien  sea  generales  o  especiales6.     

        Ahora,  como  se  señaló     párrafos    atrás,   las  penas  accesorias,  en  cuya  imposición    e    individualización   el   juez   goza   de  un  margen  de  apreciación  motivado,  no hay una determinación  legislativa  absoluta  del aspecto cualitativo. Éste  es   flexible,   al   punto   que   corresponde   al   juzgador   determinar  en  qué      casos     resulta     necesaria    su   imposición,   atendiendo   a  las  particularidades  del  asunto  concreto,  obviamente   respetando   las   pautas   establecidas  en  la  ley  –art.   52,   inc.  1º  C.P.– y  considerando   que   aquéllas  tienen  una  marcada  finalidad  preventiva7,   en   tanto  que  con  su  aplicación  se pretende  precaver    la   afectación   futura   de   bienes  jurídicos      concretos      mediante      la  restricción       de       derechos     o    prerrogativas,   distintas  a  las  que  resultan  limitadas     con    la    aplicación    de    la  sanción        principal        –con  injerencia  en la libertad   personal  y  el  patrimonio  económico–.     

        En  otras  palabras,  si  bien las penas en general, principales y  accesorias,   obedecen  a  unos  específicos  fines  consagrados   en   el   artículo   4º  del  CP,  dada  la  particular  naturaleza y función     que     aquéllas    cumplen,  itérese,         fundamentalmente  utilitarista mediante la prevención  del   delito,   demandan  en  su  determinación  la  existencia  de un estrecho nexo entre el injusto penal y el derecho que se busca  restringir,  de  donde  se  sigue  que su afectación  emergerá  necesaria  solo  en  la  medida  en  que  surja  patente  que  la  restricción   de  los  derechos  que  conlleva  la  imposición   de  las  penas  principales,  resulta  insuficiente   para   prevenir,   en   el  caso  particular,  el  comportamiento  delictivo8.   

        Por   tanto,   sin   desconocer   que  las  penas  principales  de  prisión   y   multa,  así  como las restrictivas de otros derechos cuando  están   previstas   como  tales,  amén     de     la     función     de  retribución     justa     que     apareja     la  realización   del   delito,   también        cumplen        fines       preventivos       –generales  y especiales–,    bien    puede   suceder   en  determinados  casos  que  la  limitación   de   la   libertad   y   el   patrimonio,   producto   de   la  sanción principal, no sean medidas suficientes para  proteger  ciertos  bienes  jurídicos  de ulteriores  conductas  desviadas  por  parte  del  condenado.  En  tal  virtud,  la concreta  armonización  de  las  finalidades preventivas de la pena con el principio de  proporcionalidad  (arts.  3º  inc.  1º  y 4º del CP), impone la necesidad de  ampliar   esa   cobertura   con  la  aplicación  de  sanciones adicionales.   

        Al respecto la doctrina ha considerado que:   

[E]s  imprescindible  que  el  hecho  cometido  por  el  autor  permita  justificar la  necesidad  de  agregar  medidas  que cubran la mayor gravedad o exigibilidad del  comportamiento  inicialmente sancionado, a través de  efectos   diferentes   a   los   que   producen   las   penas  principales, y que no sean contemplados por  ellas,  para  precisar una adecuada proporción entre  la  sanción  y  el  delito,  y,  en todo caso, para  brindar   una   mayor   protección  a  los  bienes  jurídicos vulnerados no protegidos directamente por  la             norma             penal.9   

        En  esa  medida, resulta coherente con  las  finalidades de la pena principal, mencionadas ut  supra,   que  en  su  individualización  se acuda al sistema de cuartos previsto en el artículo  61  del Código Penal, puesto que  la   determinación  concreta  de  aquella  obedece  primordialmente  a  factores  objetivos  que  tienen  relación    con    el   injusto   típico,  siendo  su  límite el grado de  culpabilidad,  lo que explica que en la fijación del  marco  de  punibilidad  se deban tener en cuenta circunstancias modificadoras de  los     extremos     mínimo    y    máximo   de   la  sanción    prevista    para    el    respectivo   tipo   básico  o  especial,  tales  como  las  causales específicas      de     agravación     y  atenuación  punitiva, la tentativa, la complicidad,  la  ira  o  intenso  dolor,  entre  otras,  que  no  resultan  aplicables  a los  límites que fijan   la   duración  de  las  penas  accesorias,    pues    nada   tienen   que   ver   con   el   propósito  que éstas persiguen.     

        En         efecto,         la        finalidad        preventivo-especial   de   las  penas  accesorias,  se  relaciona directamente con el abuso del derecho que se pretende  restringir para evitar futuras afectaciones del bien  jurídico    protegido,    lo    cual   exige   un  análisis  diverso  en  el  que  no  tienen  cabida  factores   objetivos   como  los  atrás  enunciados  respecto   de   la  individualización  de  la  pena  principal,          sino          primordialmente          subjetivos,  relativos  a la persona del autor,  pero   no  desde  la  óptica  de  su  peligrosidad,  concepto  abiertamente  contrario a los principios que orientan el derecho penal  y  su  consecuencia  jurídica en un Estado Social y  Democrático  de  Derecho,  sino  a  partir  de  los  fines   de   la  pena,  particularmente  el de prevención, según  se  desprende  del artículo    4º    del   Código Penal.   

        En  tal  sentido,  la  doctrina  considera  primordial  que  en el  proceso  de  individualización judicial de la pena,  el      sentenciador     tenga      como      norte      de   su     actividad,    en   general,   los   fines   de   la pena y, en  particular,  un   propósito          específico,    que    en    el   caso   de  las  sanciones    facultativas   que   afectan   otros   derechos   es   marcadamente  preventivo-especial,    según   quedó    visto,    y    a    partir    de    tal    entendimiento,  fije  la  sanción.   

        Sobre  el punto, el tratadista Eduardo Demetrio Crespo, en su obra  «Fines  de  la Pena e Individualización  Judicial  de  la  Pena»10,  sostiene:   

Aunque  ello sea bastante obvio a tenor de  lo    ya    dicho    hasta    ahora,   sobre   todo   en   el   análisis  del  concepto de «factor    final    de    la   I.J.P11»,  no  es  recurrente  señalar que los  fines   de   la   pena   son   el   presupuesto  fundamental  de  la  I.J.P.  La  determinación  de  qué  fines  persigue  la  pena,  en  qué  momento  y con  qué    intensidad   en   cada   momento   de   la  intervención del sistema  penal,  es  la  clave  a  partir  de  la  cual  se  obtiene respuesta tanto a la  cuestión     de     la     dirección  valorativa  de  los factores reales que concurren en la I.P.J.,  como  a  la  del  peso  de  los  mismos  en  la pena final a imponer12. Creo que  no      es     exagerado     decir     que     la  racionalización  de  la  I.J.P.  debe  empezar  por  clarificar  la  cuestión de los factores finales de  la  I.J.P.,  ya  que dependiendo de qué   fin   de   la  pena  se  tome  como  punto  de  referencia,  la  individualización de la pena por el juez en el caso  concreto   puede   conducir   a   resultados   muy  diferentes.13        (Negrilla   y   subraya   fuera  del  texto  original)           

        Siendo  ello así, emerge razonable que  el     juzgador     disponga    de    cierta    discrecionalidad    –siempre     motivada–  en  la  determinación    cuantitativa    de   las   penas  accesorias,   en   orden   a   materializar  su  fin  primordial  de  naturaleza  preventivo-especial,  sin  estar  sometido a factores puramente objetivos que en  no  pocas  ocasiones  tornan inane la restricción de  otros  derechos,  en  tanto su propósito es proteger  un   interés    jurídico   específico  de futuras afectaciones mediante efectos distintos a los que  produce  la  pena  principal y que ésta no alcanza a  cobijar;  no  de  otra  manera  se  explica  que  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas     (art.     43-1     C.P.)  esté   prevista  en  algunos  tipos  penales  como  sanción   principal   y   en   otros   acceda   a  ésta,   o   que   a   la   prohibición  de  consumir  bebidas alcohólicas o  sustancias  estupefacientes  o  psicotrópicas (art.  43-8   ejusdem)   el   legislador   no   le   haya  fijado  duración.          

        2.1.2   En   cuanto   a   la  segunda  cuestión,  valga decir, la atinente al ejercicio de  ponderación  aplicable  por  el juzgador en orden a  establecer  la  procedibilidad  de  la  pena  accesoria  en el asunto particular  –factor  cualitativo–, lo que se  advierte     es    una    armonización        del        principio  de  legalidad  de  la  pena  con el de proporcionalidad  –el      cual  también    ostenta    la    categoría  de  principio  rector  y  garantía  fundamental14-,  habida cuenta que, a diferencia de lo que ocurre con las penas  principales,  las cuales han sido reguladas de manera  absoluta  por  el legislador en la parte especial para cada delito, frente a las  primeras  hay  un  margen  de  apreciación judicial  reglado  que, atendiendo a los factores generales previstos en el inciso primero  del     artículo     52     de     la   Ley   599   de   200015,  determina   en   qué  casos  resulta  necesaria  la  imposición    de    una   restricción   o   prohibición   de   derechos,  adicional        a        la        que        comportan        las        penas  principales.        

        Ahora,  la limitación del principio de  estricta  legalidad  de  la  pena  en  punto  de  la  elegibilidad  de  la  sanción accesoria facultativa,  se  explica  en  que  «no  en  todos  los  casos es  justificado,   desde   el   punto   de   vista   de   la  prevención,  la  proporcionalidad  y la necesidad de la pena, preestablecer  efectos  agregados  a  los contemplados por las penas  principales   frente   a  un  determinado  hecho  punible,  sin  considerar  las  circunstancias  y  características  concretas de su  realización»16.   

   

        En  esa  medida, si la ley atribuye al juez la facultad reglada de  imponer  o  no  cierta  pena  accesoria,  cuando  la  restricción  de otros derechos se ofrezca necesaria  para   cumplir   sus   fines   preventivo-especiales  de  protección   del   interés  jurídico,  también emerge razonable que en  su   determinación  cuantitativa  aquel  tenga  la  posibilidad,          atendidas          las          particularidades  del  caso, de fijar la cantidad de  sanción  que,  de  acuerdo  con  los  principios de  proporcionalidad   y   razonabilidad,   se  requiera  para  que  se  obtenga  el  propósito  perseguido,  sin  que  en esa labor deba  acudir al sistema de cuartos.   

        En       efecto,       tal       como       se      indicó          párrafos  atrás,  las reglas contenidas  en  los  artículos  60  y  61  del  Código  Penal  para la determinación del  marco  de  punibilidad  y la individualización de la  pena,  responden principalmente a factores objetivos relacionados con el injusto  típico,    que    no  son  aplicables a las penas accesorias, pues no cabe  duda  que  los  extremos  mínimo  y máximo  de estas últimas no se modifican  porque   concurra   una   causal   específica   de  agravación o atenuación  punitiva,   que  se  predican  del  tipo  básico  o  especial,  tampoco  cuando  el  delito  es tentado, ni frente a ellas se  pueden  considerar   circunstancias    tales    como   la   influencia   de   profundas    situaciones    de   marginalidad,  ignorancia  o  pobreza  extremas   –art.  56  C.P.–,  o  la  ira  e  intenso  dolor  –art. 57  ídem–,  entre  otras,  lo cual se explica en  que      el     fin     preventivo–especial   de   las   sanciones   accesorias  obedece  a  factores  subjetivos  de  la conducta, que corresponde al juez valorar para fijar el monto  de  la  pena  atendiendo,  verbi  gratia,   el   criterio  legal  de  la  intensidad  del  abuso  del  derecho en la realización del  delito,  contenido  en  el  art.  52 inc. 1º del CP.   

        Lo  anterior  no  significa que la cantidad de sanción   accesoria  quede  librada  al  capricho  o  arbitrariedad  del  juzgador,   pues   éste,   en   todos  los  casos,  deberá  exponer  en  la  sentencia     «la     fundamentación  explícita  sobre los motivos de la  determinación  cualitativa  y  cuantitativa  de  la  pena», como lo ordena el  inciso  segundo  del artículo 52 del Código    Penal,    en   concordancia   con   el   artículo  59  ibídem,  labor  en  la cual  tendrá  especial cuidado  en  velar  porque  se  cumplan  los  principios de necesidad, proporcionalidad y  razonabilidad  que  orientan  la  imposición de las  sanciones   penales,   según  el  artículo      3º     ibídem,   y   teniendo   en   cuenta   las  circunstancias  del  caso  particular.        

        De  esa manera se garantizan el debido  proceso  sancionatorio y el principio de estricta jurisdiccionalidad17,  según  el  cual  la  actividad  judicial  debe  ser  comprobable    y    verificable,    aspectos    que    se    reflejan    en   la  motivación   de  la  sentencia  y  que  obviamente  comprenden      la     determinación de la pena en sentido general.   

           Consecuente   con   lo   anterior,  consideramos  que  en  la  aplicación cualitativa y  cuantitativa   de  las  penas  accesorias  de  que  trata  el  artículo  52  del  Estatuto  Punitivo, debe primar el fin preventivo     especial,  así que no tiene cabida el sistema  de    cuartos    que,   según   quedó   visto,   está  diseñado  para  fijar  las  penas  principales, en tanto éstas      sí      tienen      una  regulación  absoluta  en  cada tipo penal, dado los  efectos  que  de  antemano  le  señaló     el     legislador     a     la  sanción  de la conducta punible, fundado en razones  de      política     criminal.      

          3.  Por último, pero no menos importante,  cabe  destacar  que  la decisión mayoritaria de la cual nos apartamos desconoce  el  principio  constitucional  de  proporcionalidad,  desde  la  perspectiva del  mandato  de  protección  suficiente, el cual está relacionado con el postulado  de     vigencia     de     un     orden     justo18   y,   por   ende,  con  el  imperativo  del  Estado  de  promover  ese  orden  y  el  deber  de investigar y  sancionar  las infracciones a la ley penal, imponiendo  penas   condignas  con  el  grado  del  injusto  y  de  culpabilidad,  pero sin dejar de lado la función que aquellas han de cumplir en  cada caso.         

          De  tal  forma  que  si  como  lo  ha  reconocido esta Corporación,  «los fallos de la judicatura están inspirados en un  principio  de  justicia,  como lo ha dejado entrever la doctrina constitucional,  por     ejemplo     en     la     sentencia     C-366     de    2000»19,    dicho   postulado   se  quebranta  en  casos  como  el  presente,  donde  la  función  de  prevención    especial   que   orienta  primordialmente  la  imposición  de  las  penas  accesorias  queda  fuertemente  menguada.   

          En  efecto,  el  fin preventivo especial de las sanciones accesorias  facultativas  queda  comprometido  porque  si  a  quien  es declarado penalmente  responsable  del  delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego  (art.  365  C.P.),  se le impone la pena mínima privativa de la libertad  prevista  en  la  ley  –9  años–,  en  ese  orden,  siguiendo  el  sistema  de cuartos, termina por aplicársele el extremo ídem de  la  pena accesoria, valga decir, un año de privación del derecho a la tenencia  y  porte  de  armas, sin detenerse a examinar las particularidades del caso que,  en  determinados  eventos,  verbi  gratia,  cuando  el arma que se porta ilegalmente se usa para cometer otro  delito,   aconseja   restringir   el   respectivo  derecho  en  un  quantum   superior   al   mínimo   que  resultaría  de  aplicar la regla prevista en el artículo 61 del Código Penal,  en  orden  a precaver la afectación futura de bienes  jurídicos concretos.     

Con todo comedimiento,  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

Magistrado    

1  No  obstante  ello,  consta  en  el proceso (folios 27, carpeta), que MADRID MILLÁN  fue   capturado   el   8   de   septiembre   posterior,  siendo  remitido  a  un  establecimiento  carcelario,  en  virtud  a proceso que se adelanta en su contra  por el ilícito de fuga de presos.   

2 Art.  52,  inc.  3º,  C.P.;  art. 16 C. Co.; art. 163 de la Ley 685 de 2001 y art. 24  Ley 1257 de 2008.   

3  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

4 Art.  52, inc. 1º, C.P.   

5 Art.  4º Código Penal.   

6  Morrillas  Cueva  Lorenzo,  Teoría  de las consecuencias jurídicas del delito,  Madrid, 1991, pág. 18.   

7  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

8  Ídem, pág. 337.   

9  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 337.   

10  Ediciones Universidad de Salamanca, 1ª Edición: mayo de 1999.   

11  Individualización Judicial de la Pena.   

12  «Hirsch, Günter, «Vorbemerkungen…», Op.cit, p.  9;   Gribbohm,   Günter,   «Vorbemerkungen…»,  Op.cit,  p.  103».    

13  Página 73.   

14  Cfr.,  C.S.J.  SP.  27/02/13,  rad.  33254 y 24/06/15, rad. 40.382, entre otras.   

15  «Art.   52.   Las   Penas  accesorias.  Las  penas  privativas  de  otros  derechos,  que  pueden imponerse como principales, serán  accesorias  y  las  impondrá  el  Juez  cuando  tengan relación directa con la  realización  de  la  conducta  punible,  por  haber  abusado  de  ellos o haber  facilitado  su  comisión,  o cuando la restricción del derecho contribuya a la  prevención  de  conductas  similares a la que fue objeto de condena».   

16  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 339.   

17 En  SCC  C-272  de  1999,  sobre  dicho  principio  y  el  de estricta legalidad, el  Tribunal  Constitucional refirió que «ciertamente,  la  Corte  estima  que  el  proceso  penal, en cuanto  manifestación  del  poder  punitivo  del  Estado,  se  encuentra sometido a los  principios    de    estricta    legalidad    y    jurisdiccionalidad»,  y  en  cita  de  pie  de  página añadió que «mientras  que  el  primero  de  estos principios determina que los  delitos  se  encuentren  inequívocamente  consagrados  en  una  ley  que exista  previamente  a  la  conducta  humana  que,  conforme  a  esa  ley,  se considera  delictuosa,  el  segundo requiere que las acusaciones en contra del acusado sean  sometidas  a  una  estricta  verificación  judicial  y  puedan  ser ampliamente  controvertidas    por   el   imputado.   Sobre   la  significación  y  alcance  de  estos  principios  en  el Estado democrático de  derecho  contemporáneo,  véase  Luigi  Ferrajoli,  Derecho  y  Razón, Madrid,  Trotta,     1995,     pp.    34-38,    94-97,    373-385,    603-623».   

18 SCC  T-429 de 1994 y SCC C-306 de 2012, entre otras.   

19 CSJ  SP, 29 jul. 2009, rad. 28725.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *