AP4438-2014(42405)EDITADA

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado Ponente  

AP4438-2014  

Radicación N° 42405.  

Aprobado acta No. 243.  

Bogotá,  D.C.,  treinta (30) de julio de dos  mil catorce (2014).   

VISTOS  

Con  el  fin de establecer si se reúnen las  exigencias  formales  previstas  en  los  artículos  205 y 212 de la Ley 600 de  2000,  examina  la  Corte  la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor  de  JGM,  en  contra de la  sentencia  de  segundo  grado  proferida  por  la Sala  Penal   del   Tribunal   Superior   del   Distrito   Judicial   de  (…),   el  4    de   junio   de   2013,   mediante  la  cual  confirmó el fallo emitido  por        el        Juzgado       21   Penal  del  Circuito  adjunto  de la  misma  ciudad,  el  17  de  julio   de  2012,            condenando  al  mencionado                procesado,     como    autor   responsable   de   la   conducta  punible  de  acto  sexual  abusivo  con  incapaz de resistir, a la pena principal  de     40   meses   de   prisión   y    a   la   sanción   accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones   públicas  por  igual  lapso.   

HECHOS  

En  la              sentencia        de        primera  instancia  se  sintetizan  de esta manera:   

“Según denuncia  formulada  por  la  Defensora  de  Familia del Instituto Colombiano de Bienestar  Familiar,  puso  de  presente  que durante los días trece (13) y veinte (20) de  noviembre  de  dos  mil  seis  (2006), JGM,  quien  se desempeñaba como auxiliar de enfermería en el centro  MYA,  ubicado  en  el  municipio  de (…),    ejecutó   actos   sexuales   sobre   el  menor  C.C.B.1  quien  para  aquella  época  contaba  con diecisiete (17) años de edad, quien se encontraba bajo protección  del  mencionado  Instituto, siendo además, tratado por un breve retardo mental;  ha  de  resaltarse  que  los actos sexuales consistieron en el tocamiento de los  genitales  del menor, dado que el joven se encontraba bajo su cuidado y además,  dormían en la misma habitación”.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

Por  los  hechos  anteriores,  la      Fiscalía      342      Seccional      de      (…)    (Cundinamarca)   dispuso   la  práctica de investigación previa, el 30 de marzo de 2007.   

El  22  de  noviembre de ese año, la misma  dependencia  ordenó  la  apertura  de  la  instrucción  y  la  vinculación de  JGM, quien fue escuchado en  indagatoria el 28 de noviembre de 2008.   

Clausurada  la  fase  instructiva  el 15 de  abril  de  2009,  la  Fiscalía  calificó  su mérito el 5 de agosto siguiente,  profiriendo    resolución    de    acusación   en  contra  del sindicado por  el        delito        de       actos           sexuales    abusivos   con   incapaz   de  resistir,  tipificado  en el artículo 210 del  Código Penal.   

La providencia calificatoria fue confirmada  por   la   Fiscalía  44  delegada      ante      el      Tribunal      Superior      de      (…),      en     decisión  de  segunda instancia del 27 de  noviembre de esa anualidad.   

El conocimiento de la etapa de la causa fue  inicialmente               asumido  por  el  Juzgado 47  Penal  del    Circuito    de    ésta   ciudad,    despacho    que    luego  de  realizar  la  audiencia  preparatoria  -el      13     de     abril      de     2010-,   remitió   la   actuación   a   su   homólogo   21  de  descongestión,  encargado  de  adelantar  la  diligencia  pública  de  juzgamiento  –en   sesiones   del  26  de  abril  y  18  de  mayo   de  2012-  y  dictar   sentencia   -el  17     de     julio  posterior-, declarando la  responsabilidad  penal del procesado JGM en    el  ilícito  contenido en el  pliego acusatorio.   

Consecuente  con  su  determinación,  el  A  quo  le  impuso  las  sanciones   reseñadas   en  la  parte  inicial  de  este  proveído,  se  abstuvo  de condenarlo al pago de perjuicios materiales, lo  sentenció a cancelar el  equivalente   a   cinco  (5)  salarios  mínimos  legales   mensuales   vigentes   por   concepto  de  daños  morales,  y  le  negó   los  beneficios  sustitutivos   de   la  suspensión  condicional  de   la   ejecución   de   la   pena   y  prisión  domiciliaria,    disponiendo,    por   tanto,   su  captura.   

Apelado el fallo  por      el     defensor     del     enjuiciado, la Sala Penal del Tribunal  Superior   de  (…)  lo  confirmó  íntegramente,  mediante  providencia del  4  de  junio    de  2013,  en  contra  de la  cual  el mismo sujeto procesal interpuso oportunamente el recurso extraordinario  de casación.   

RESUMEN DE LA IMPUGNACIÓN  

Advirtiendo  que con el recurso propende por  unificar  la  jurisprudencia  nacional, la efectividad del derecho objetivo y la  defensa   de   los   derechos   fundamentales,   el   defensor  de  JGM postula dos censuras en contra de la  sentencia del Tribunal, que desarrolla de la siguiente manera:   

Cargo primero: nulidad.  

Con fundamento en los artículos 6, 9, 207-3  y  306-2  de  la  Ley  600 de 2000, y 29 y 230 de la Constitución Política, el  casacionista  asegura  que  el  fallo se dictó en un juicio viciado de nulidad,  por   la   comprobada  existencia  de  irregularidades  que  afectan  el  debido  proceso.   

Precisa que se trata de una nulidad de rango  constitucional  generada por error de garantía, que no puede subsanarse de otra  manera,  pues,  en  el  curso  del  proceso  se  incurrió en auténticos vicios  in procedendo.   

En  efecto,  el  demandante  aclara que este  trámite  se  inició por la denuncia que formuló la defensora de familia Norma  Leal   Pinilla,   quien  anexó  el  informe  de  la  directora  del  centro  de  rehabilitación  y  las  versiones que en actuación administrativa rindieran su  defendido y los menores C.C.B. y A.L.   

JGM,  sostiene a  continuación,  en sus distintas salidas procesales ha explicado que la versión  rendida  en ese procedimiento fue bajo la presión de evitarse un largo proceso,  obtener  rebajas  punitivas y poder obtener su título profesional. Y, en cuanto  a  las  versiones  de  los  jóvenes,  estas  apenas  aparecen suscritas por las  directivas  del  instituto, desatendiendo las directrices que para su recepción  establece  el  artículo  150 de la Ley 1098 de 2006, norma que fue olvidada por  el funcionario instructor.   

Lo  aportado  por  la denunciante, agrega el  memorialista,  no  puede  sanearse  por  el  simple  hecho  que  provenga  de la  defensora  de  familia,  ni porque el asesor jurídico del centro, Álvaro José  López  Sánchez,  quien  recepcionó  aquellas declaraciones, haya dicho que se  atendieron  los  protocolos  fijados  por  la  institución, los cuales nunca se  aportaron.   

Estima,  por  consiguiente,  que la versión  rendida  por  el  menor  C.C.B. en la investigación interna es nula de pleno de  derecho,  y que igual sanción debe aplicarse respecto de las testificaciones de  los    directivos   del   plantel   –directora    y    asesor   jurídico-,   por   cuanto   “la  prueba  originaria que es su único fundamento fue obtenida  con violación del debido proceso”.   

Insistiendo,  entonces,  en que su prohijado  fue  presionado  en  su  primera versión y bajo el entendido que la denuncia no  cuenta  con  el  soporte probatorio suficiente para desvirtuar la presunción de  inocencia,  el impugnante solicita que se case la sentencia atacada y se declare  la  nulidad  a  partir  de  la  resolución  acusatoria,  inclusive, por haberse  afirmado  allí,  sin  ser cierto, que no se vislumbraba causal de invalidación  alguna,  en  claro  detrimento  de  las  garantías  del  procesado JGM.   

Cargo      segundo:      violación  indirecta.   

Apoyada en la causal primera de casación, la  defensa  acusa  la  sentencia del Ad quem   de  haber  violado  indirectamente  la  ley  sustancial,  por  la  aplicación  indebida de los artículos 6, 10 y 13 del Código Penal, y 29 y 230  de   la  Carta,  a  causa  “de  errores  de  hecho  manifiestos  y  evidentes  generados  en  la  defectuosa apreciación de algunas  pruebas”.   

En  orden  a sustentar su reproche, vuelve a  decir  que  las  versiones de los menores C.C.B. y A.L. se allegaron sin atender  las  previsiones  de  la Ley 1098 de 2006; afirma que se desconoció lo previsto  en  los  artículos  232, 235, 260 y 277 de la Ley 600 de 2000; y critica que se  le  haya restado importancia a las presiones que ejerció el asesor jurídico al  instar  a  su  defendido  para autoincriminarse en la declaración rendida en la  investigación   interna,   con   el   argumento  de  que  fungió  como  simple  escribiente.   

Seguidamente,  el  recurrente  enuncia  las  pruebas  irregularmente valoradas, a saber: denuncia, versión del menor C.C.B.,  tres  declaraciones  de  su  representado,  y  los  testimonios de Astrid Racedo  Almanya  y  Álvaro José López Sánchez; luego de lo cual recaba brevemente en  la  argumentación  contenida  en el cargo anterior, atinente a la nulidad de la  deponencia  del  adolescente,  para  afirmar, sin más, que es evidente el falso  juicio de existencia.   

Con relación a la autoincriminación inicial  de  su  prohijado,  manifiesta que su reiterada negación en las testificaciones  que   ofreció   en   el   curso   del  proceso,  es  suficiente  para  predicar  “al   menos   una   duda   razonable”,  pues,  como no se corroboró con otros elementos de juicio que  aceptó   la  acusación,  la  validez  que  le  otorga  el  fallador  configura  “un    notorio    falso   raciocinio”.  Esto se suma a su ilegalidad y la forma sospechosa como operó  su recaudo por parte del asesor jurídico.   

De igual modo, el recurrente asevera que los  testimonios  de  Racedo  Almanya  y López Sánchez, además de ilegales, son de  carácter  referencial,  toda  vez  que se basan en la versión del menor C.C.B.  Así,  al  no haber una prueba directa de cargos, surge la duda razonable, pues,  el  fallo fundamentado en esas deponencias desatiende lo normado en el artículo  381  de  la Ley 906 de 2004, que prohíbe la condena apenas apoyada en prueba de  referencia,    precepto    que    debe    aplicarse    favorablemente   a   este  asunto.   

Por  último,  insiste  en  la incursión en  errores  de  hecho,  reitera las normas que considera quebrantadas, advierte que  el  Tribunal  debió  revocar  la  sentencia de primera instancia, y pide que se  case    el    proveído    demandado,   con   el   fin   de   que   JGM  sea  absuelto  de la incriminación  formulada.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1. Cuestión previa.  

Siendo   evidente   que   el             censor           desconoce         absolutamente   los   requisitos   de  fundamentación  exigidos  para  la  admisibilidad  de  la demanda de casación,  desde ya anuncia la Sala que inadmitirá la misma.   

En  efecto,  el  libelista   deja   de  lado que a esta sede llega la sentencia prevalida de  una  doble  condición de acierto y legalidad, que para desarticularla, tal como  se   expresa   en   sus  reparos,  es  necesario  que compruebe la existencia de yerros        sustanciales  con  virtualidad  de  socavar  la  decisión ya adoptada, y que fundamente los  cargos de manera tal que  a  simple  vista  sea  perceptible  el  motivo por el cual resulta inexorable la  casación    deprecada,    lo    que   no   sucede   en   este   evento,   pues,  examinadas las          censuras,  ninguna  violación     trascendente    se    advierte  en  las  providencias de las  instancias  y  lo que se denuncia como violatorio de  garantías  y  de  la ley  sustancial,   es   apenas   el   resultado   de  la  particular  interpretación  probatoria     del  actor,  en  contravía  de  lo  que efectivamente se  observa en la actuación.   

En  síntesis,  como  se  demostrará  a continuación, en  la  postulación  de  los cargos el  defensor   no   logra  su  cometido de acreditar  errores   en   la   apreciación   probatoria,   ni  irregularidad      alguna      en      el      trámite     procesal.   

2.   Cargo  primero:             nulidad.   

El  casacionista,  ubicado en la causal tercera, acusa a  la    sentencia   de   incurrir   en   errores   in  procedendo     que     lesionan     el   derecho   fundamental  al  debido  proceso de su representado.   

Sin  embargo, basta apreciar la forma como  desarrolla  la argumentación, para advertir clara su pretensión de valerse del  mecanismo  nulificante, de un lado, para anteponer su particular interpretación  de  los  hechos  y  los  elementos  probatorios  recabados, a la que sirviera de  soporte   al   fallo   condenatorio  –incluso   a  la  consignada  en  la  resolución  de  acusación-,  eludiendo  significar,  no  ya  dentro  del  error in  procedendo    postulado,    sino    de              los          propios    de  hecho  a los que  finalmente  enfila  su  discurso,  cuál  fue  en  particular  el  yerro  del  Tribunal, que condujo a la decisión  contraria  a  los  intereses  de  su  prohijado;  y  del otro, la que en esencia  constituye  crítica referida a la legalidad de los elementos suasorios, pasible  de presentar por la vía del error de derecho.   

En  efecto,  cuestiona  a  lo  largo de su  disertación,  que  en la resolución acusatoria y en  los    fallos    de    las   instancias,   se  haya   brindado  valor  probatorio  a  las  diligencias  que aportó la denunciante, consistentes en las  versiones  que  en  el  trámite administrativo interno rindieron el procesado y  los       menores      C.C.B.      -víctima-    y    A.L.   –testigo-.  Del  primero  dice  que  fue  presionado por el asesor jurídico  para autoincriminarse, y  de  los  restantes  asevera que apenas están suscritas por los directivos de la  institución  donde  ocurrieron  los  hechos y en su recepción no se aplicó lo  establecido en el artículo 150 de la Ley 1098 de 2006.   

Claro  está,  a  la hora de peticionar la  nulidad,   la   propuesta   del  demandante  no  podía  ser  más  ambivalente,   puesto   que  si  bien  asevera   que  la  prueba  en  comento  es  nula  de  pleno  derecho   y   lo   fundamenta  en  la  norma  constitucional    (art.    29    C.P.),  pide  que  se  invalide  el  trámite  desde  la resolución de  acusación,  dejando  de lado que de acaso tener eco su postura, la consecuencia  sería  la  exclusión de los elementos de juicio que  tilda    de    ilegales   e   ilícitos.   

Pero  al  margen  de esa situación, sobre  este  particular ya la Corte ha significado de manera  reiterada    y   pacífica   cómo,   si   lo   atacado   es   el   medio   probatorio,   sea   por   la  interpretación   que   se   hace   de   uno   o   varios  de  los  elementos  que sirvieron de soporte al  fallo,  o  en  razón a que se controvierta la legalidad de los mismos, el cargo  ha  de  enfilarse por la vía del error de hecho o de derecho, dentro del cuerpo  segundo  de  la  causal primera, y no, como equivocadamente lo pretende aquí el  memorialista, a la luz de  los  parámetros  de  la  causal  tercera  por  supuestos  errores  in  procedendo,  entre  otras razones,  porque  la  aducción  o  análisis  probatorios,  no constituyen en sí mismos,  dentro  del  presupuesto  antecedente  consecuente  o preclusivo que gobierna la  tramitación  penal,  una  actuación  trascendente  que  faculte  retrotraer el  asunto a determinado estado procesal.   

Y   si,  como  de  soslayo  postuló  el  impugnante,   aunque  después  desvía  su  cometido  al asunto meramente interpretativo de lo que la  prueba    demuestra,    se    advierte    algún    tipo    de    ilegalidad   o   ilicitud  del  elemento  suasorio,  ello  facultaría,  como  también  tiene establecido la Sala, que se  dejara    de   considerar   la   prueba  referida  para  verificar  si con los demás se sostiene o no la  sentencia  de  condena,  postulación,  reiteramos,  que  ha de enfilarse por la  senda  del  error  de derecho y obliga del recurrente  analizar    la   totalidad   de   los   elementos   de   convicción  y  los  fundamentos  concretos  del fallo para sustentar si este  puede o no mantener el soporte condenatorio.   

En  efecto,  esto      ha      dicho      la     Sala  sobre  lo  discutido:   

«…Como lo ha  precisado  la  Corte  en  variada  jurisprudencia, los vicios predicables  de  la  aducción  probatoria no  implican,  de  suyo,  la  invalidación  de  todo  lo  actuado en un determinado  proceso,  por  más  que  se invoque como infringido el artículo 29 de la Carta  Política,  pues  cuando  en esta disposición superior se prescribe que es nula  de  pleno  derecho  la  prueba  practicada  con violación al debido proceso, es  claro  que  se  está  refiriendo  al  fenómeno de la inexistencia de los actos  procesales,  cuyos  efectos invalidantes se surten sobre la prueba en sí misma,  sin  que  fatalmente  deban  trascender  al  resto  de  la  actuación,  pues la  solución   político-jurídica   a  este  tipo  de  irregularidades  es  su  no  apreciación  como  medio  de  convicción,  es  decir,  que sin que se requiera  pronunciamiento  judicial  no puede producir efecto jurídico alguno, careciendo  de  poder  vinculante  en la actuación, siendo, por tanto, la causal primera la  correcta  para  sustentar esta clase de ataques, debiéndose demostrar que en la  producción  de  la  prueba  se  desconocieron  los  requisitos  legales para su  validez  y  además,  que  de  descartarse  para  su valoración el fallo sería  distinto»  (CSJ  SP,  20 abril 1999, Rad. 14143; y  CSJ AP, 24 oct. 2007, Rad. 28300).   

Para  significar  la posibilidad de que el  acopio   de   prueba   ilícita   genere   la   nulidad  del  trámite     procesal,     estableció    la    Corporación     límites     puntuales,    del    siguiente    tenor:   

«Pero además,  como  lo  sostiene la Corte Constitucional en la Sentencia C-591 de 2005, pueden  existir  ciertas pruebas ilícitas que generan como consecuencia la declaratoria  de  nulidad  de  la  actuación procesal y el desplazamiento de los funcionarios  judiciales  que  hubieren  conocido tales pruebas. A este género pertenecen las  obtenidas    mediante    tortura,    desaparición    forzada    o    ejecución  extrajudicial:   

La  Corte considera, que cuando el juez de  conocimiento  se  encuentra  en  el  juicio  con  una  prueba  ilícita, debe en  consecuencia  proceder  a  su  exclusión.  Pero,  deberá  siempre  declarar la  nulidad  del proceso y excluir la prueba ilícita y sus derivadas, cuando quiera  que  dicha  prueba  ha  sido  obtenida mediante tortura, desaparición forzada o  ejecución  extrajudicial.  En  efecto,  en  estos  casos,  por  tratarse  de la  obtención   de  una  prueba  con  violación  de  los  derechos  humanos,  esta  circunstancia   por   si  sola  hace  que  se  rompa  cualquier   vínculo   con  el  proceso.  En  otras  palabras,  independientemente  de  si la prueba es trascendental o necesaria, el  solo  hecho  de  que  fue  practicada  bajo  tortura,  desaparición  forzada  o  ejecución  extrajudicial,  es  decir, mediante la perpetración de un crimen de  lesa  humanidad  imputable  a agentes del Estado, se transmite a todo el proceso  un  vicio  insubsanable  que  genera  la  nulidad del proceso, por cuanto se han  desconocido  los  fines  del  Estado en el curso de un proceso penal, cual es la  realización  de los derechos y garantías del individuo. Además, como queda ya  comprometida  la  imparcialidad  del  juez  que  ha  conocido  del proceso, debe  proceder    además   a   remitirlo   a   un   juez  distinto.   

5.2 La prueba ilegal se genera cuando en su  producción,   práctica   o  aducción  se  incumplen  los  requisitos  legales  esenciales,  caso  en  el cual debe ser excluida, como lo indica el artículo 29  Superior.   

En  esta eventualidad, corresponde al juez  determinar  si  el  requisito  legal  pretermitido  es  esencial  y discernir su  proyección  y  trascendencia  sobre el debido proceso, toda vez que la omisión  de  alguna  formalidad  insustancial, por sí sola no autoriza la exclusión del  medio  de  prueba»  (CSJ  SP,    7   jul.   2006,   Rad.   21529, y Rad. 28300 ya citado).   

Evidente como es  que    el    caso    examinado   no   configura  uno  de  los  factores  que  habilitan  la  declaratoria  de  nulidad,  el  cargo  propuesto          por          la          defensa      debe     entenderse     mal  formulado.  Y  no  es posible siquiera adecuar la demanda para que se entienda  cubierta  la  controversia  dentro  del  espectro adecuado de la causal primera,  cuerpo  segundo,  pues,  el contenido mismo del cargo torna imprecisas e incluso  contradictorias  las  argumentaciones  que  lo  soportan,  emergiendo  imposible  verificar    en    qué    específico    aspecto    centra    el   recurrente     el     yerro     del  Tribunal.   

Al  efecto,  pareciera  que se atacase la  decisión  por  fundamentarse  exclusivamente  en las  declaraciones  previas  rendidas  por  el procesado y los menores C.C.B. y A.L.,  pero  en  el  siguiente  reproche  se  encarga  de clarificar que en realidad el  sustento  probatorio  es  mucho  mayor,  pues, además de lo testificado por los  mencionados,  se  analizó también la denuncia de la funcionaria del ICBF y las  declaraciones de los directivos del centro de rehabilitación.   

Adicionalmente,       durante        el        desarrollo        del        reparo  el  censor   dedica   sus  esfuerzos  a  debatir  la  naturaleza  y sustento de  las diligencias aportadas  por       la      denunciante,      señalando,  acorde  con su particular percepción de la prueba, a  qué  versiones  del  sindicado  debe  darse  crédito  y cuestionando que en la  recepción  de  las  primeras  declaraciones  que  se  obtuvieron de los menores  víctima  y testigo, no se hayan atendido las instrucciones del artículo 150 de  la  Ley  1098  de  2006, dejando de lado que es ese un precepto que rige para el  proceso  penal  y  no  los  procedimientos  disciplinarios  internos que      adelanten      las         autoridades      administrativas,   tal   como   ocurrió   en  este  evento.   

Así   planteada   la   sustentación,  entonces, es claro que la  crítica     que    inicialmente    planteó    el  libelista  por  la  vía  de  la nulidad, la desvía  hacia  el campo de la apreciación probatoria, apenas  aludiendo  a  su propia interpretación, si bien en la siguiente censura intenta  desarrollar    el    ataque    por    el   sendero  correcto,   aunque   sin  éxito  alguno,  como  se  analizará en su oportunidad.   

Por  ahora,  basta  recabar,  conforme  a  lo  visto, que no es que  los  juzgadores            hubiesen  tomado en cuenta pruebas             supuestamente     ilegales     o     ilícitas,    sino    que   el   defensor,  en  un  típico  alegato de  instancia,  sugiere  cómo  debió  valorarse  dicho  aporte  probatorio. Es por  ello  que  los errores in  procedendo  que pretende  destacar   no   tuvieron   lugar,   ni   mucho   menos   se  vulneró  el  debido  proceso, no sólo  porque  el  tópico  probatorio debe ser atacado a través de la causal primera,  sino,  más  aún, porque  el   actor  nunca  estructuró de manera lógica  la  ilegalidad o ilicitud  de  la prueba, deviniendo  su  argumentación,  como  ya  se  dijo,  en  un  simple alegato de oposición  que  pretendió  evadir la  carga  de  sustentación  lógico  jurídica propia de los errores de hecho o de  derecho.   

Acorde   con   lo  indicado,  debe desecharse el cargo primero del  libelo casacional.   

3.    Cargo    segundo: violación indirecta.   

Poco tiene que decir la Corte frente a la  propuesta  casacional del defensor, puesto que no la desarrolla, ya que en lugar  de  explicar  debidamente  cuál  fue  el  yerro  en el examen probatorio de los  juzgadores,  insiste en la nulidad de la prueba para fundamentar un “falso   juicio   de  existencia”,  aludiendo  también a un  “notorio      falso     raciocinio”,  pues,  si  su  representado se autoincriminó inicialmente y  luego  se  retractó,  surgía  por  lo  menos  una  duda  razonable.  De  igual  modo,  sostiene  que los  testimonios   de   Astrid   Racedo  Almanya  y  Álvaro  José  López  Sánchez  constituyen  prueba  de referencia y fueron el fundamento de la condena, lo cual  está proscrito en el artículo 381 de la Ley 906 de 2004.   

Puede     así    apreciarse    que  independientemente  de  la equivocada alusión normativa traída a colación por  el  casacionista,  la  violación  indirecta  denunciada  intenta  fundamentarla  exponiendo,  una  vez  más,  el  resultado  de  su  particular  análisis  de  los medios de convicción  arrimados,   incurriendo   en   el  desatino  de  no  concretar  la       causal,      omitir   fundamentar   la  postura  e  incluso           sin          explicar cómo lo solicitado encuentra  eco en los hechos evaluados en el expediente.   

En     suma,    del    deshilvanado  escrito  allegado por el  demandante   difícil  resulta   adivinar   qué  es  lo  pretendido,  dado  que,  aunque  dice  formular  el  reproche porque el  fallador   incurrió   en   errores   en  la  apreciación  probatoria,  enuncia  varias  alternativas que  admiten    esa    modalidad   de   ataque   casacional,   pero   no   desarrolla  argumentativamente alguna de ellas.   

En  efecto,  al  tiempo  que cuestiona la  forma   en  que  operó  la  aducción  de  algunas  diligencias    (en   el   acto   de   denuncia),   critica   el   análisis         probatorio     respecto     de     las  explicaciones              vertidas  por  su  defendido  y la  credibilidad    que    se    le   otorgó   a   los  testimonios referenciales  de  los directivos de la  institución     donde    acaecieron          los  sucesos;  de  la  anterior  forma,  aunque pareciera  querer   denunciar  errores  de  derecho  por  falsos  juicios  de  legalidad  y  convicción,  incluso  un  falso  raciocinio, en últimas no sustenta ninguno de  ellos,  ni  especifica  en  qué  consistieron  esos  desaciertos en el examen probatorio.   

Es  que,  ni  siquiera  da  a  conocer el  contenido  de  los  mismos,  ni  muchos  menos  cómo  fueron  valorados por las  falladores,  lo cual era imprescindible para determinar su real incidencia en la  decisión  de  condena. Apenas dice que un correcto examen de la prueba, habría  permitido  reconocer una  duda  razonable  que  debió  haber  conducido  a la  absolución del acusado.   

Así  las  cosas,  como  su planteamiento  riñe   con   la  lógica  más  elemental,  dada  la  indeterminación  de  las  postulaciones,  debe  la  Corte  hacer  hincapié en  cómo  de  manera  pacífica  y  reiterada  ha  advertido la necesidad de que la  demanda  de  casación comporte un mínimo rigor lógico jurídico y argumental,  pues,  no  se trata de hacer valer una especie de tercera instancia que sirva de  escenario  adecuado  a la controversia ya superada por los falladores de primero  y  segundo  grados,  en  la  cual se pretende anteponer el particular criterio o  valoración  probatoria,  a  aquel  que sirvió de soporte a la decisión de los  jueces    A   quo   y  Ad  quem,  entre  otras  razones,  porque,  como  ya  se anotó, a esta sede arriba la decisión judicial  con una doble connotación de acierto y legalidad.   

Se  faculta,  por  ello,  que  la  dicha  presunción  sea  quebrada a través de criterios claros, lógicos, coherentes y  fundados,  derivados  del  compromiso  de  demostrar  la  violación  en la cual  incurrió  el  fallador,  suficiente para derrumbar el contenido de verdad de la  sentencia,  en  el  entendido de que, de no haberse materializado el yerro, otra  hubiese  sido  la  decisión y precisamente así se ofrece trascendente recurrir  al mecanismo extraordinario de impugnación.   

Lejos  de  ello,  en  la  demanda  que se  examina,  el  memorialista,  con  total  desconocimiento de los mínimos rigores  lógicos  que  gobiernan  cada  una de las causales de casación reguladas en el  artículo  181  de la Ley 906 de 2004, denuncia de forma genérica la violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  aduciendo  la  presencia  de  errores en la  apreciación de las pruebas, que nunca explica.   

Si  se  asume  que la crítica casacional  demanda  de  criterios  objetivos a partir de los cuales se permita conocer a la  Sala  cuáles  en  concreto  son los yerros ostensibles que por su trascendencia  demandan   derribar   el   fallo,  lo  menos  que  puede  esperarse  es  que  la  demostración  asuma  en  concreto lo expresado por la prueba y el análisis que  de  ella  hicieron las instancias, para evitar, como evidentemente sucede aquí,  que  el  soporte de la controversia sean apenas las lucubraciones o conclusiones  meramente  subjetivas  del  impugnante,  entre  otras razones, porque si ello es  así,  se  trata  apenas  de  anteponer sus particulares inferencias, a las más  autorizadas del juzgador.   

Para  ilustración  del  recurrente y con  criterios  pedagógicos,  la Corte estima tempestivo traer a colación lo que ya  de  manera uniforme ha reiterado en punto de la forma de argumentar lógicamente  respecto  de  la supuesta violación indirecta de la ley sustancial –por  él seleccionada-, por errores  en la apreciación probatoria:   

«2. En efecto,  la  violación  indirecta  de la ley sustancial, vía de ataque preferida por el  libelista   para  censurar  el  fallo  de  segundo  grado,  está  ligada  a  la  materialización  de vicios de naturaleza probatoria de dos clases distintas: de  derecho y de hecho.   

Los  errores de derecho se subdividen en:  falso  juicio  de  legalidad  y  falso  juicio  de  convicción  vicios  que son  ontológicamente  diferentes. El juicio de legalidad se relaciona con el proceso  de  formación  de  la prueba, con las normas que regulan la manera legítima de  producir  e  incorporar  la  prueba al proceso, con el principio de legalidad en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los presupuestos y las formalidades  exigidas  para  cada  medio,  de  suerte  que el dislate se cristaliza cuando el  fallador  valora  o  aprecia  un  medio  de  prueba que desconoce alguna de esas  ritualidades,  o porque califica de ilegal una que sí las satisface y por tanto  es válida.   

El  juicio de convicción consiste en una  actividad  de  pensamiento  a través de la cual se reconoce el valor que la ley  asigna  a determinadas pruebas, presupone la existencia de una “tarifa legal” en  la  cual  por voluntad de la ley corresponde a las pruebas un valor demostrativo  predeterminado  o  de  persuasión  único  que  no  puede  ser  alterado por el  intérprete;  en  consecuencia,  se  incurrirá  en  error  por  falso juicio de  convicción  cuando  se niega a la prueba ese valor que la ley le atribuye, o se  le  hace  corresponder  uno  distinto.  Sin  embargo,  al  desaparecer la tarifa  probatoria  en  materia  procesal  penal,  sustituida  por el sistema de la sana  crítica  previsto  en  los  artículos  238,257,  277, 282 y 287 del Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000), en principio, no es posible para los  jueces  incurrir  en  errores  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción,  porque   la  legislación  penal en materia de pruebas no somete, por regla  general,   su  raciocinio  a  evaluaciones  dependientes  de  una  tarifa  legal  probatoria.   

Los  errores  probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de  derecho,  obligan  a  quien los invoca a aceptar que la  prueba  respecto  de  la  que  los  alega fue reconocida por el funcionario como  legal,  regular  y  oportunamente allegada al proceso, toda vez que lo discutido  constituye  vicios  fácticos  que  se  desarrollan  en  tres modalidades: falso  juicio de existencia, falso juicio de identidad y falso raciocinio.   

Incurre  en falso juicio de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El falso juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un falso juicio de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente, el falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No  sobra  destacar  que, adicionalmente,  como  es  sabido,  bien  se  trate  de  errores  de  derecho o ya de hecho, tras  demostrar  objetivamente el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o,  lo  que  es  lo  mismo,  que  de no haberse incurrido en él, la declaración de  justicia  hecha  en  sentencia  habría sido distinta y favorable a la parte que  alega  el  respectivo  desaguisado»  (CSJ AP, 10 de  octubre  de  2007,  Rad. 22597; CSJ AP, 27 de junio de 2012, Rad. 39307; CSJ AP,  28  de  noviembre  de  2012, Rad. 39889;   CSJ   AP,   28   de  agosto  de  2013,  Rad.  41985;  y  AP1370/2014,  Rad.  43266, entre  otros).   

Como ninguno de  los  anteriores  derroteros  cumple  la  defensa  en  la  fundamentación del  cargo   propuesto,  la  censura será rechazada.   

4.          Decisión.   

Como consecuencia de lo antes expuesto, la  Sala  inadmitirá  la demanda de casación presentada  por        el  defensor     del     enjuiciado     JGM  no sin  antes   advertir   que  revisada  la  actuación  en  lo  pertinente,  no se  observó  la  presencia de alguna de las hipótesis que le permitirían obrar de  oficio  de  conformidad  con el artículo 216 del Código de Procedimiento Penal  de 2000.   

En  mérito de  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema     de     Justicia,     Sala     de     Casación     Penal,   

RESUELVE  

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor del procesado JGM,  en seguimiento de las motivaciones  plasmadas en el cuerpo de este proveído.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

Cúmplase.  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

1  En  atención  a las previsiones del Código de la Infancia y la Adolescencia, en el  curso  de la providencia se omitirá consignar el nombre del menor afectado y de  quien se cita como testigo.     

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