AP1754-2016(43050)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada ponente  

AP1754-2016  

Radicación 43050  

(Aprobado Acta No. 93)  

Bogotá  D.C., marzo treinta (30) de dos mil  dieciséis (2016).   

VISTOS:  

Resuelve la Sala si admite o no las demandas  de  casación  presentadas  por  los  defensores  de  los  procesados,  Capitán  ALEXÁNDER   OBREGÓN  HERNÁNDEZ,  soldado  profesional  NOEL  ANTONIO  CAICEDO  GUERRERO y soldado profesional JUAN ISIDRO CAICEDO MEDRANO.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

Los mencionados, en su condición de miembros  de  la  Brigada  Móvil  15  del  Ejército  Nacional, le causaron la muerte con  disparos  de  arma de fuego a Sanín Álvarez Álvarez, un campesino humilde del  municipio  La  Playa  (Norte  de  Santander). Dicho suceso ocurrió en la vereda  Palmitas  de  Ábrego  (N.  de S.), pasadas las 3 de la tarde del 21 de enero de  2007.  Los  militares  inventaron  que  el  homicidio  se  produjo en un combate  sostenido         “probablemente”  con  una  cuadrilla del frente Carlos Armando Cacua del ELN que  se  disponía  a  recibir  10  millones  de pesos a una campesina del lugar como  producto  de  una  extorsión.  Junto  al  cadáver  se  hallaron,  entre  otros  elementos  plantados, un revólver 38 especial con 3 cartuchos, 38 vainillas del  mismo  calibre,  una barra de explosivo indugel, 10 metros de cable dúplex y un  estopín  eléctrico.                  

2. Al proceso fueron  vinculados  mediante  indagatorias  rendidas  ante el Juzgado 86 de Instrucción  Penal  Militar,  el  Capitán  ALEXÁNDER  OBREGÓN  HERNÁNDEZ  y  los soldados  profesionales  JUAN  ISIDRO  CAICEDO  MEDRANO y NOEL ANTONIO CAICEDO GUERRERO, a  quienes  la  Fiscalía  2ª  Seccional  ante  los Jueces Penales del Circuito de  Ocaña  (N. de S.) detuvo preventivamente el 23 de abril de 2009 por el cargo de  homicidio  agravado  y  acusó  por  el  mismo  delito, como coautores, el 23 de  octubre  del  mismo  año. Esta decisión fue confirmada en segunda instancia el  19 de septiembre de 2011.   

3.  Tramitado  el  juicio,  el  14  de  febrero de 2012 el Juzgado 1º Penal del Circuito de Ocaña  dictó  sentencia  absolutoria.  La  Fiscalía  apeló este pronunciamiento y el  Tribunal  Superior  de  Cúcuta,  a  través  del  fallo recurrido en casación,  expedido  el 3 de mayo de 2013, lo revocó y condenó a los acusados a 345 meses  de   prisión,  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  término  de 20 años y a pagarles a los perjudicados con el  delito,  por  concepto de perjuicios morales, la suma equivalente a 200 salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes.  No  se  les  concedió  la  condena  de  ejecución condicional ni la prisión domiciliaria.   

LAS DEMANDAS:  

         

          1.  Presentada a  nombre  de  los  procesados  NOEL ANTONIO CAICEDO GUERRERO y JUAN ISIDRO CAICEDO  MEDRANO.    

          Primer  cargo. Violación indirecta de la ley sustancial derivada de  error de hecho por falso raciocinio.   

          El  error tuvo lugar porque el Tribunal desatendió las reglas de la  sana  crítica  en la apreciación de los testimonios de Plinio Antonio e Isabel  María  Álvarez  Álvarez, hermanos del occiso, León Ángel Pérez, Alexánder  Guerrero  Guerrero,  Rodrigo  Calderón  Claro, Dilia María Ortiz y Ramón Roso  Arenas Ortiz.   

          Con  sustento  en  esos  medios  de prueba no se podía descartar la  presencia  de la víctima “en el sitio de los hechos  donde  resultó  muerta”, ni su resistencia armada en  el combate al cual se refirieron los acusados.   

          Agregó  el  casacionista que de tales declarantes se señaló en el  fallo     que    dejaban    “entrever”  que  Sanín  Álvarez  Álvarez  no pertenecía “a  un  grupo  subversivo  o  extorsivo”.  Este,  sin embargo, no fue el tema de la investigación, sino si la muerte de la  víctima  “se  produjo  en  medio de un combate con  miembros del Ejército o no”.   

          Para    el    juzgador   –recordó   el   demandante—  era  improbable que una persona del perfil descrito por familiares  y  amigos,  “que jamás profesó empatía con algún  grupo  subversivo” y que el día de los hechos salió  de  su casa desarmada, se haya enfrentado a soldados profesionales del Ejército  Nacional.   

          Los  testigos,  “sobre los aspectos que  concluye  el  Tribunal”,  no  fueron “unánimes”    y    no   daban   lugar  “a   la  información”  inferida.  Aludió el censor a algunas de sus afirmaciones y concluyó que salvo  el  dicho  de  los hermanos Álvarez Álvarez, los demás declarantes no dijeron  que  “no perteneciera a un grupo armado al margen de  la  ley”  sino  no saber nada al respecto, indicando  tan  solo  “que el señor Sanín salía de su casa a  trabajar  como  jornalero  y  en algunas oportunidades castraba miel”.   

          Todas    esas   personas,   agregó   el   censor,   “cuentan  los  aspectos  personales que durante el día desarrollaba  el  occiso,  más  no permiten inferir inequívocamente que no perteneciera a un  grupo ilegal armado o extorsionista”.   

          Resulta  normal  para  el recurrente, “y  hace  parte  de  la  naturaleza  humana”, proteger la  imagen  de  los  seres  queridos,  en  especial  si  han  fallecido.  Por tanto,  “es  excusable”  que se  oculten  sus defectos y las malas conductas demostrativas de que no podía vivir  tranquilamente  en  sociedad.  Los  familiares de alguien así, como pasó aquí  con   los   hermanos   del  occiso,  resaltan  “las  cualidades   más   loables”  del  ser  querido.  Y  “si este postulado es cierto según las máximas de  la  experiencia”,  no  le  era  dable  a  la segunda  instancia   apartarse  de  él  “a  través  de  la  fundamentación    básica    que    se   señaló   en   el   fallo”,  consistente  en la no existencia de pruebas que acreditaran la  pertenencia de Sanín Álvarez a un grupo armado criminal.   

          Sólo   los  hermanos  de  la  víctima,  en  realidad,  negaron  la  existencia   de  ese  vínculo.  No  obstante,  aun  admitiendo  “que   no  estaba  adscrito  a  algún  grupo  delictivo”,  ello  “no  implica necesariamente  que  no  desarrollara actividades delictivas, o que no se encontrara en el sitio  de  los  hechos  realizándolas”.  De acuerdo con la  lógica   “no  es  cierto  ni  factible”    que   quienes   delinquen   “se  encuentren  sometidos  a  un  registro  o  bajo el conocimiento constante de las  autoridades”.  Quizás  los cabecillas o líderes de  las   organizaciones  criminales  figuran  “en  los  anales  policiales”.  Para el defensor, por ende, el  Tribunal  “exige una prueba tarifada al señalar que  frente  a  su  ausencia,  se  debe  valorar  negativamente  la  versión  de los  procesados”.    

          Olvidó  la  Corporación  judicial, adicionalmente, pronunciarse en  relación  con  el  testimonio  del  periodista  Giovanni  Mejía  Cantor.  Este  expresó  en  la  audiencia  de juzgamiento que supo de una extorsión de la que  venía  siendo  víctima  el  señor  Rodrigo Calderón y su familia. Que él le  contó  del hecho al Comandante de la Brigada XXX del Ejército y, tras ello, un  miembro  de  la inteligencia lo contactó y lo puso en contacto con la esposa de  Cantor  para  que  formulara  la  denuncia.  Después,  a través de una llamada  anónima,  “le  manifestaron  que  el occiso había  estado      involucrado      en      otros     hechos     delictivos”.   

          Reiteró  el  censor,  a  continuación,  que no está bien señalar  “que  la  falta  de una prueba que demuestre que la  víctima   hacía  parte  de  un  grupo  subversivo”  acredita    que    los    militares    participantes   en   la   “misión  táctica  004 Ébano” mienten y  que  el  homicidio, en consecuencia, no se produjo en combate. Es, en síntesis,  el  error  que  le  atribuye  a  la  segunda  instancia,  a partir del cual, con  vulneración  del artículo 32-3 del Código Penal, se concluyó que existió un  montaje  “para hacer ver a la persona muerta como un  subversivo  dado  de  baja  en  combate  y  no  como  el  campesino agricultor y  apicultor  que  señalaron  los  declarantes”.    

          Segundo  cargo.   Violación  indirecta  de  la  ley sustancial  derivada   de   errores   de   hecho   por   falsos   juicios   de  identidad  y  raciocinio.   

Los  errores  recayeron  en las indagatorias  rendidas  por  los  soldados  NOEL ANTONIO CAICEDO GUERRERO, JUAN ISIDRO CAICEDO  MEDRANO y por el Capitán ALEXÁNDER OBREGÓN HERNÁNDEZ.   

El Tribunal dio por establecido, sin estarlo,  que   los   procesados   mintieron   porque   se  demostró  el  “arraigo”  de  la  víctima  y  por  las  contradicciones   en   las   cuales   incurrieron   acerca   de  “la  persona  que  estaban extorsionando y la vestimenta que portaba  el    occiso    al    momento    en    que    fue   hallado   muerto”.    

OBREGÓN, de acuerdo con el fallo, adujo que  la  extorsionada era una mujer; los otros sindicados afirmaron que se trataba de  un  campesino. Contrariamente a lo sostenido por el ad  quem  “el oficial como los  soldados  tienen  la  razón”, si se tiene en cuenta  que  tanto  Rodrigo Calderón como su esposa Dilia María Ortiz fueron víctimas  del delito.   

Otras  contradicciones  tuvieron que ver con  quiénes  eran  los  militares  que  los  acompañaban  y  la distancia a que se  encontraban,  siendo  necesario  recordar  que  las  máximas  de la experiencia  enseñan  “que  en  un  combate  las  versiones que  puedan    dar   quienes   en   éste   participan   son   disímiles”.  Obsérvese  que  en  el informe que OBREGÓN realizó para sus  superiores  no  indicó “ni la posición del cuerpo,  ni  su  sexo,  ni  la  distancia  a  que  se  encontraba  del  mismo”.  Simplemente  expuso,  en  términos generales, “el  panorama  que  observó”.  En  todo  caso,   “estas  supuestas  contradicciones  no  son  relevantes   por   cuanto   no   demuestran   que   en   efecto  el  combate  no  existió”.   

En  relación  con el vestuario, el Tribunal  calificó  de  indicio  de  mentira la afirmación de los enjuiciados relativa a  que  la víctima calzaba botas de caucho, cuando en el acta de levantamiento del  cadáver  se  dejó  constancia  que  no  llevaba puestos zapatos ni medias. Los  procesados  explicaron que las botas pudieron caerse en el transporte del cuerpo  hasta  la  morgue y esto –a  juicio  de  la  Corporación  judicial—   “contraría   las   reglas   de  la  experiencia,  a  partir de las cuales se puede entender que es poco probable que  unas   botas   de   caucho   se   salgan  fácilmente  de  los  pies”.   

Para   el  casacionista,  de  acuerdo  con  “las      normas      científicas”,  las  extremidades  inferiores  son  las  últimas  en alcanzar  “el rigor –  mortis”.  Previamente al fenómeno se  desarrolla   “un  período  variable  de  flaccidez  muscular de 3 horas aproximadamente”.   

Los   procesados,   según   sus   dichos,  trasladaron  el  cadáver  del  lugar  de  los  hechos  a  una  vía  principal,  debidamente  autorizados  por  la  autoridad  judicial. Para el efecto, debieron  construir  una camilla en la cual sólo cabía el torso de la víctima. Brazos y  piernas  quedaron  colgando.  Y como se trataba, según sus descripciones, de un  terreno    “quebradizo   y   empinado”,    para    el    impugnante   era   factible,   “según  la  lógica  y  la experiencia”,  que  las  botas  “se hubieran salido de los pies del  cadáver”  por  el roce con la tierra, la gravedad y  la flaccidez muscular.   

Traduce  lo  anterior  que  el  Tribunal  se  equivocó  al  argumentar  que  la  ausencia de calzado en el occiso confirma la  declaración  de  Isabel María Álvarez, quien expuso que el día de los hechos  su   hermano   Sanín   salió   en   la  mañana  de  su  casa  “usando   unas   chanclas   de  caucho”.   

Advirtió  el  recurrente  que  no se debía  creer  esa  versión.  Sencillamente  porque  a  su  parecer las “chancletas”  no  resultaban  el calzado  “más apropiado” para un  agricultor    que    “castraba   miel”   y  debía  realizar  grandes  desplazamientos  “en medio de la maraña”.   

No  es  explicable, de otra parte, que en el  morral  de  Sanín  Álvarez  se  haya  encontrado un mosquitero “para  cubrirse  el  cuerpo con el fin de evitar las picaduras, pero  dejara  al  descubierto  sus  pies usando las chanclas de caucho o en su defecto  saliendo  descalzo”. Si en realidad era agricultor y  recolectaba    miel,   como   lo   afirmaron   sus   hermanos,   “por  precaución  y  por  experiencia  hubiera salido a realizar su  labor  con unas botas de caucho, como las que en efecto portaba cuando se halló  muerto,  conforme  lo  informaron  los  militares  aquí  procesados”.    

Y  si  se  trató  de  un  “montaje”,  los  procesados  no habrían  sido  descuidados acerca del calzado “que portaba la  víctima”,      arguyó      finalmente      el  demandante.     

Tercer cargo.   Violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  derivada de errores de hecho por  falsos juicios de identidad y raciocinio.   

          Esas   equivocaciones   probatorias  recayeron  en  los  testimonios  rendidos  por  Isabel  María  Álvarez Álvarez, Alexánder Guerrero Guerrero y  León Ángel Pérez.   

          La  primera  declarante,  según  el  fallo,  afirmó que su hermano  salió  hacia  las 9 de la mañana de su casa. Llevaba consigo un bolso pequeño  donde     guardaba     “el     avío”,    “unas    jeringas”  que  utilizaba en la extracción de miel y un balde para verter  el producto.   

          Para         “castrar”  miel,  según los testigos Guerrero y Pérez, quienes en varias  oportunidades  acompañaron a Sanín Álvarez a la realización de esa labor, no  se  utilizaban  jeringas.  Y  más  allá  de que esa circunstancia contradice a  Isabel   Álvarez,   para  el  censor  la  experiencia  enseña  “que  las  jeringas  resultan  inútiles para extraer la miel de los  panales,  pues  lo  cierto  es que estos elementos de tipo sanitario, si bien se  utilizan  para  extraer  fluidos,  también lo es que estos fluidos cuando menos  deben  estar  en  una  consistencia  bastante  ligera  o  líquida, y no con las  características  que  presenta la miel, que a pesar de ser líquida es pegajosa  y gruesa”.   

          Las  jeringas  desechables,  adicionalmente,  miden  como máximo 12  ml.,   un   tamaño   insuficiente   “para  extraer  adecuadamente la miel de un panal”.   

          La   segunda   instancia,   pues,  desatendió  dicha  regla  de  la  experiencia.  Y  cercenó las partes de las declaraciones de Alexánder Guerrero  y  de León Ángel Pérez en las que expresaron “que  las   jeringas   no   se   pueden   utilizar   para   castrar   miel”.   

          Esos  errores  condujeron  al Tribunal a declarar la responsabilidad  penal de los procesados.   

Cuarto  cargo.  Violación indirecta de  la   ley   sustancial   originada   en  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad.   

         La  equivocación  probatoria  recayó  en el testimonio de Giovanny  Mejía  Cantor. En concreto, el juzgador dejó de considerar la información que  brindó  ese  periodista,  “referente  a que había  recibido  llamadas  anónimas  que  le  informaban  acerca  de  las  actividades  delincuenciales    que   realizaba   el   señor   Sanín   Álvarez”.   

         Recordó  el  censor  que Mejía Cantor afirmó en su testimonio que  supo  de  la  extorsión  a la que estaba siendo sometido Rodrigo Calderón y su  familia.  Y que por mediación suya entre miembros del Ejército y la esposa del  mencionado,   consiguió   que   la   última  denunciara  el  hecho.  Después,  “a  través  de  una  llamada  anónima”,  “le  manifestaron  que  el occiso  había    estado    involucrado    en    otros   hechos   delictivos”.    

         Ese  medio  de  convicción  se  opone a la conclusión del Tribunal  consistente   en   que  no  se  demostró  que  la  víctima  hiciera  parte  de  “un  grupo subversivo o de delincuentes”  dedicados  a  extorsionar  a  los  habitantes  de la zona donde  sucedieron  los hechos.  Para el censor, en consecuencia, queda sin piso el  “montaje”  que  se  les  atribuyó  a  los  acusados  y  la  consiguiente declaración de responsabilidad  penal en su contra.   

         Tras  la  formulación de los cargos, le solicitó el libelista a la  Sala  casar  la  sentencia  condenatoria del Tribunal y confirmar la absolución  proferida  por  la  primera instancia. Esa Corporación judicial, a causa de los  errores    denunciados,    violó    –por  aplicación  indebida— los artículos 103 y 104-7 del Código Penal.   

         2.  Demanda  presentada  a  nombre  del  procesado  ALEXÁNDER  OBREGÓN  HERNÁNDEZ.    

            

Primer cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial    originada    en    error    de   hecho   por   falso   juicio   de  existencia.   

1.  El  Tribunal  ignoró    “las    pruebas    allegadas    a   la  investigación”  y  los  testimonios  de Ramón Roso  Arenas,  Rodrigo  Calderón  Claro,  Dilia María Ortiz, Giovanny Mejía Cantor,  Plinio  Álvarez Álvarez y Alexánder Guerrero. También la denuncia instaurada  por Dilia María Ortiz Velásquez.   

Sanín  Álvarez,  según  esos  medios  de  prueba,  trató  de  extorsionar  a  la  familia  de la última mencionada y fue  reconocido  por  Mejía  Cantor “como la persona que  participó en otros delitos”.   

Se  dejaron  de  apreciar  en  la sentencia  igualmente:   

a) La contradicción en la que incurrió el  declarante  Plinio  Álvarez,  quien  en  un principio afirmó que su hermano no  tenía  conocimiento  sobre  armas  y  luego en la audiencia admitió que tenía  “una  escopetica  para  cazar  palomas”.  León  Ángel  Pérez,  a  su turno, manifestó que tenía una  escopeta  calibre  16.  Y  no se acreditó en el proceso que contara con permiso  para portarla.   

b)  La orden de operaciones del 20 de enero  de  2007  (misión  táctica  004 “EBANO”)  emanada  del  Comando  de  la  Brigada  y dirigida al Teniente  ALEXÁNDER  OBREGÓN  HERNÁNDEZ,  quien  obró  en  estricto cumplimiento de un  deber legal.   

De  esa orden dijo el Tribunal –lo   recordó  el  censor—  que  no  se  encontraba encaminada a  contener una extorsión.   

c)  La orden de operaciones “ALACRÁN”, de la cual se desprendió la  misión      táctica      “EBANO”.  El  enemigo  al  que allí se hizo referencia fue “el   grupo   que   venía  delinquiendo  en  el  sector”.   

d) El “anexo de  inteligencia” que “se le  emitió  al  grupo especial  León  del  cual  hacía parte” OBREGÓN HERNÁNDEZ y  cuyo   propósito   era   recuperar   la   tranquilidad  de  los  pobladores  de  Ábrego.   

2.  Reiteró  el  censor  que Sanín Álvarez pertenecía a un grupo al margen de la ley, conforme  lo  sostuvieron  en  la audiencia pública Ramón Roso Arenas, Rodrigo Calderón  Claro,  Dilia  María Ortiz y Giovanny Mejía Cantor. No se probó a su parecer,  de  otra  parte,  la  afirmación de la Fiscalía consistente en que la víctima  era     “un     simple     campesino”,  no  tenía  conocimiento  sobre  armas  (esta circunstancia se  desvirtuó  con  los  testimonios  de  Plinio  Álvarez y León Ángel Pérez) y  “al  momento  de  los  hechos se encontraba capando  unas   abejas   (sic)   o  recolectando miel”.   

Acto seguido el recurrente reprodujo algunos  pasajes  del  fallo impugnado y afirmó que la defensa demostró en la audiencia  de  juzgamiento  que  los  militares  cumplían  una  orden de operaciones de la  Brigada  Móvil  15, relacionada con la extorsión de que venía siendo víctima  Rodrigo  Calderón  y  su  familia  por parte de un grupo delincuencial del cual  hacía  parte  Sanín  Álvarez,  “dado  de baja en  combate”,  según lo informó ALEXÁNDER OBREGÓN el  22 de enero de 2007.   

         La  versión  anterior  se ratificó con las declaraciones de Ramón  Roso,  Rodrigo  Calderón  Claro,  Dilia  María Ortiz y Giovanny Mejía Cantor,  “quienes  coincidieron en afirmar que efectivamente  los  delincuentes  les  habían  mandado dos cartas solicitando doce millones de  pesos”.   

Para  el  demandante,  no  se  demostraron  “fehacientemente”  las  actividades  a  las cuales se dedicaba la víctima. Sintetizó las declaraciones  de  Plinio  Antonio  Álvarez,  Isabel  María  Álvarez  y Alexánder Guerrero,  resaltando    sus    “contradicciones”   e   “inconsistencias”.  Expresó  luego  que  “el Tribunal  yerra  al  ignorar  y  apreciar  estos  testigos, que se escucharon en audiencia  pública  y  se  les  dio  plena  credibilidad  por  parte  del  Juez de primera  instancia;  situación  contraria  de  valoración  que  no  dio  el Tribunal de  Cúcuta,  donde  se  puede  apreciar  la  cantidad  de  inconsistencias  en  las  declaraciones  en  la  audiencia  de  juicio y que fueron controvertidas, por la  Fiscalía,  con las declaraciones existentes en el proceso, pero que el Tribunal  no apreció”.    

Al no apreciar la segunda instancia la orden  de   la  Brigada  Móvil  15  del  Ejército  (misión  EBANO),  dejó  de  lado  “en  sus  conclusiones”  que  los  acusados  obraron  al  abrigo  de  las  circunstancias  3ª  y 4ª del  artículo  32 del Código Penal. Simplemente existían unas órdenes militares a  las  que  dieron  estricto  cumplimiento.  Estas  normas se dejaron de aplicar y  también  el principio de in dubio pro reo.   

La  petición  del  censor es, pues, que se  case la sentencia del Tribunal y se absuelva a su representado.   

Segundo   cargo.   Violación   indirecta  originada en errores de hecho por falsos juicios de existencia.   

         Señaló  el  casacionista  que la primera instancia dio por ciertas  las  declaraciones  rendidas  en  la  audiencia pública por Ramón Roso Arenas,  Rodrigo  Calderón  Claro,  Dilia Ortiz Velásquez y Giovanny Mejía Cantor. Con  apoyo  en  las mismas declaró demostrada la extorsión, la cual se concretaría  el  mismo  día  “en  que  fue  dado de baja Sanín  Álvarez”.   

         La  apelación  contra la sentencia absolutoria se fundamentó en la  no  demostración  de que la víctima era parte de un grupo criminal. Ninguno de  los  testigos  –precisó el  apelante  y  así lo registró el Tribunal en la sentencia impugnada—  afirmó  que  Sanín  Álvarez  haya  extorsionado a Rodrigo Calderón y a Dilia Ortiz.   

         Ahora  bien,  si  se  tiene  en  cuenta  que los hermanos del occiso  incurrieron  en contradicciones, la razón para el recurrente está del lado del  Juez  de  primer  grado  “quien  fue el que valoró  presencialmente   la   prueba”.   No  del  Tribunal  “que  sólo  atendió el recurso de la Fiscalía en  una  apreciación  personal  y no probatoria”. Y como  tales   declarantes   se  refirieron  a  los  hechos  ocurridos  “el  21  de febrero de 2007”, eso traduce  que  “no  se logró comprobar la actividad a que se  dedicaba”  Sanín Álvarez y las dos personas que lo  acompañaban.    

         El  Tribunal,  en  fin, dio por cierto un hecho que no se demostró.  Su  sentencia  “no  contiene  las  razones de orden  fáctico   y   jurídico”  que  la  sustentan  y  el  análisis  de  las  pruebas allí realizado, además de parcial, “es  incorrecto”.  Es un pronunciamiento  con     argumentaciones     “contradictorias    y  ambivalentes,  porque fija una posición errada y la fundamenta en los elementos  probatorios   allegados  dentro  de  la  investigación  suposición  probatoria  (sic)  y omite apreciar las  declaraciones;  por lo anterior se socava la estructura fáctica y jurídica del  fallo”.   

         Los  relatos  de  “los testigos directos  de     las     circunstancias     que     rodearon     los    hechos”,  generaban  para  el  casacionista  dudas  sobre  la  responsabilidad penal del acusado. Sin  embargo,  la  segunda  instancia  se  olvidó  del  alcance de la presunción de  inocencia   y   omitió   la  aplicación  del  artículo  7º  del  Código  de  Procedimiento Penal.   

         Tras  lo  precedente,  reiteró  el  abogado de la defensa que no se  acreditó  fehacientemente que la víctima sólo se dedicaba a la agricultura. Y  que  el  día  de los hechos “las tropas”  cumplían  un  deber  legal y ALEXÁNDER OBREGÓN, en relación  con esos sucesos, no tenía la carga de probar su inocencia.   

         El  juzgador  en  la sentencia impugnada dio por cierto lo expresado  por  la  Fiscalía  y  no estudió a fondo la totalidad de los medios de prueba.  Específicamente  los  que  se allegaron en la audiencia pública, demostrativos  de   que   “no   hubo  tal  ejecución”   sino   un   combate   “entre  los  efectivos  del Ejército” y un grupo de delincuentes,  en  el  cual  “fue dado de baja un sujeto incautando  un   revólver  calibre  38,  unas  vainillas,  un  cordón  detonante  y  otros  elementos”.  Para  el censor, la fiscalía no probó  que  los  procesados  se  pusieron  de  acuerdo  para  matar  a  Sanín Álvarez  “con    el    objeto   de   originar   un   falso  positivo”.  Tampoco  que  su defendido o subalternos  suyos  hubieran  puesto los elementos hallados junto al cadáver para justificar  la muerte del campesino.   

         Así    las    cosas    –finalizó   el  recurrente—,  en  razón  de  los errores de hecho denunciados (“tergiversación”  de  unas  pruebas  y  “falta   de   apreciación   de  otras”),  el  fallador de segundo grado dejó de aplicar los artículos  32-3  del  Código  Penal y 7º, 232 y 238 del Código de Procedimiento Penal de  2000.  Le  solicitó a la Sala, en consecuencia, casar la sentencia condenatoria  del  Tribunal  y confirmar la absolutoria de la primera instancia. Esto para que  se  repare  el  agravio que produjo el desconocimiento en el presente caso de la  presunción de inocencia.   

         

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

1.  Es manifiesto  que  ninguno  de  los  cargos propuestos por los demandantes reúne la exigencia  legal  de  claridad  y  precisión prevista en el artículo 212-3 del Código de  Procedimiento Penal de 2000.   

         

No  demostraron,  en efecto, como se verá,  que  en  el  trámite  se  haya  incurrido  en  alguna irregularidad procesal de  naturaleza  sustancial que deba remediarse a través del mecanismo extremo de la  nulidad   y   tampoco   que  la  sentencia  condenatoria  proferida  contra  sus  representados  haya  estado determinada por errores probatorios o jurídicos del  fallador.   

         

2.  Demanda  presentada  a  nombre  de  los  procesados    NOEL    ANTONIO   CAICEDO   GUERRERO   y   JUAN   ISIDRO   CAICEDO  MEDRANO.   

2.1           En  el  primer  cargo no comprobó la defensa el quebrantamiento de la  sana  crítica  en  el  cual  había  incurrido  el  Tribunal  al  apreciar  los  testimonios  de  Plinio  Antonio  e Isabel María Álvarez, León Ángel Pérez,  Alexánder  Guerrero  Guerrero,  Rodrigo  Calderón  Claro, Dilia María Ortiz y  Ramón Roso Arenas Ortiz.   

Esa  Corporación  judicial concluyó en el  fallo  impugnado que la víctima “no tenía nada que  ver  con  ningún grupo subversivo ni extorsivo”. Era  “un  simple  jornalero  que  se  dedicaba a labores  propias   de   la   agricultura  y  en  ocasiones  a  la  apicultura”.  Así lo expresaron sus hermanos Isabel María y Plinio Antonio  Álvarez.   

León  Ángel  Pérez, a su turno, dijo que  Sanín  Álvarez  trabajó  para él, en agricultura, durante 9 años. Aunque no  pudo  continuar  contratándolo,  el  exempleado,  a  quien se refirió como una  persona  muy  miedosa,  solitaria y desamparada, siguió yendo con regularidad a  su  casa  a  comer. Sabía el testigo que en ocasiones Sanín Álvarez, conocido  en  la  vereda  desde  muy  temprana edad, salía a buscar miel de abejas, tal y  como aconteció el día de su muerte.   

Alexánder  Guerrero  Guerrero fue amigo de  Sanín  Álvarez.  Declaró,  al  igual  que  los  anteriores,  que trabajaba en  agricultura y en algunas ocasiones extractaba miel de abejas.   

Los esposos Rodrigo Calderón Claro y Dilia  María  Ortiz,  por  su  parte, señalaron que no les consta que Sanín Álvarez  Álvarez  los  estuviera  extorsionando.  Ramón  Roso Arenas, su mayordomo, los  confirmó.   

La  segunda instancia, a juicio del censor,  no  podía descartar con apoyo en esos medios de prueba la hipótesis relativa a  la  presencia  de  la  víctima  en el lugar de los hechos combatiendo contra el  Ejército.  Aparte  de que ese juicio negativo no descubre en sí mismo el error  denunciado,  es  muy  notable  que  los  argumentos que siguen en el cargo, como  igual  sucede con los expuestos en los otros tres reproches de la demanda, dejan  bien  clara  la  inconformidad  del recurrente con el alcance dado a las pruebas  por  el  juzgador,  al  cual simplemente opuso el propio, dejando de lado que la  casación no es tercera instancia del proceso penal.   

Esos  testimonios  orientaron  a la segunda  instancia      a      deducir      –razonablemente      a     juicio     de     la     Corte—  que Sanín Álvarez era un campesino  y  que  su  deceso  no  ocurrió  como  dijeron  los procesados. Si los testigos  –menos      sus  hermanos—  no  aseguraron  que  “no perteneciera a un grupo armado al margen de  la  ley”,  en palabras del defensor, tampoco dijeron  que  fuera delincuente. Simplemente, en razón de su cercanía con él, contaron  quién  era  y  a  qué  se dedicaba, infiriendo el ad  quem  de  sus respuestas las conclusiones mencionadas.   

No   constituye   error   de   raciocinio  –ni      ningún  otro—,  adicionalmente,  haberle  otorgado  credibilidad  a  las  declaraciones de Isabel María y Plinio  Antonio  Álvarez  Álvarez  por  el  hecho  del  parentesco  con el occiso. Esa  circunstancia  es  siempre,  sin ninguna duda, un factor a tener en cuenta en el  examen  judicial de un testimonio pero no se constituye en todos los casos, como  lo  pretende  el  defensor,  en razón para privarlo de efectos suasorios. No es  regla  de  experiencia,  por  demás,  que  siempre  o casi siempre las personas  ocultan  los  defectos  y  las malas conductas de sus familiares, en especial si  han  fallecido. Son muchas las que los reconocen y eso traduce, como ya se dijo,  que  la  condición de familiaridad o cercanía de un declarante con la víctima  o  con  el  victimario  deberá  hacer  parte  del  análisis a que se someta su  relato,   individualmente   y   de   conjunto   con   los   demás   medios   de  prueba.   

Para el Tribunal, en fin, resulta improbable  que  una  persona  como  la  descrita por sus hermanos y amigos, arraigada en la  zona    donde    sucedieron    los    hechos,    que    jamás   “profesó  empatía  con  algún  grupo  subversivo  al margen de la  ley”  y  que el día de los hechos salió de su casa  desarmada,  se  haya  enfrentado  con  el  Ejército  Nacional.  El casacionista  simplemente  disiente  de  lo  precedente  pues a su parecer ha debido otorgarse  credibilidad  a  sus  representados. Anunció que el juzgador incurrió en error  de  raciocinio  y en ningún momento, eso es manifiesto, acreditó que alguno de  los  juicios  del  Tribunal  con  los  cuales  se  muestra  en  desacuerdo  haya  quebrantado   una   ley  científica,  un  principio  lógico  o  una  regla  de  experiencia.   

En  razón  del  reproche  examinado,  en  consecuencia, no hay lugar a la admisión de la demanda.   

2.2   En   el  segundo  cargo el demandante  señaló  que  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial se originó en  errores de hecho por falsos juicios de identidad y raciocinio.   

Incurre en los primeros el juzgador, como se  sabe,  cuando  tergiversa  el  contenido de un medio de prueba haciéndole decir  algo   que  objetivamente  no  dice.  Y  en  los  segundos  cuando  efectúa  la  apreciación  probatoria  con  desbordamiento de las reglas de la sana crítica.  Ninguna  de  dichas  equivocaciones  la  probó  el  recurrente  en  el presente  caso.   

Al igual que en la censura inicial expresó  su  descontento  por  el  alcance dado a los medios probatorios por el juzgador.  Las  contradicciones en las cuales incurrieron los procesados, resaltadas por el  Tribunal  como  elemento  de  juicio  demostrativo  de su responsabilidad penal,  simplemente    “no   son   relevantes”  para el defensor. Y las botas de caucho que calzaba la víctima  según  los  procesados,  no es para el profesional una mentira de sus asistidos  como  interpretó el ad quem.  Ellas  no se encontraron, es cierto, pero es porque pudieron caerse del cadáver  cuando su traslado hasta la morgue.   

En lugar de errores trascendentes, entonces,  el   demandante   fundamentó  su  desacuerdo  con  el  fallo  impugnado  en  la  convicción  personal  relativa  a  que  las  discrepancias entre los procesados  –que fueron muchas según  la      sentencia—  “no   demuestran  que  en  efecto  el  combate  no  existió” y en la suposición vista.   

No constituye el reproche, en consecuencia,  una propuesta susceptible de examen en casación.   

2.3    En  el  tercer  cargo,  bajo  el  pretexto  de  unas equivocaciones que no comprobó, buscó el casacionista dejar  sin  piso  el  testimonio  rendido  por  Isabel  María Álvarez Álvarez. No lo  consiguió, sin embargo.   

Cierto  que la mujer afirmó que su hermano  salió  a  las  9  de  la  mañana  de su casa y que dentro de los elementos que  llevaba  consigo  se  encontraban  unas  jeringas,  las  cuales  utilizaba en la  extracción de miel de abejas.   

La   Sala   escuchó   las  declaraciones  suministradas  en  el  juicio por Alexánder Guerrero y León Ángel Pérez y es  verdad     que     los     dos     señalaron     que     en     “algunas”  oportunidades  acompañaron a  Sanín   Álvarez   a   “castrar  miel”  y en ninguna de ellas se sirvió en su labor de jeringas.    

         La  circunstancia precedente no puede conducir a asegurar que Sanín  Álvarez  nunca utilizó esos instrumentos en su trabajo de recolector de miel y  más  específicamente  que  no  los  llevaba  el  día  de  los hechos, como lo  manifestó  su  hermana.  Menos  a  partir  de una supuesta regla de experiencia  presentada  por  el  actor,  conforme a la cual “las  jeringas  resultan  inútiles  para  extraer  la miel de los panales”.  Que  es  equivocada  naturalmente  pues la experiencia enseña  justamente   todo   lo  contrario,  es  decir,  que  las  jeringas  –sin   aguja  desde  luego—  hacen  parte  de  los  elementos que  artesanalmente  se  utilizan  a veces en el proceso de extracción de la miel de  abejas,  cuando  no  se  dispone de una máquina extractora o centrifugadora del  producto.   Dentro  de  los  elementos  que el Ejército relacionó como de  propiedad  de  la  víctima,  de  hecho,  se  encontraba una jeringa (fl. 50/1).   

         2.4  En el cuarto  cargo  de  la  demanda  el censor dijo que el Tribunal  omitió  la parte de la declaración del periodista Giovanny Mejía Cantor en el  que  manifestó  que  tras  publicar  la  noticia  del fallecimiento violento de  Sanín   Álvarez,   le   informaron   a   través  de  llamadas  anónimas  que  “había   estado   involucrado   en  otros  hechos  delictivos”,  específicamente  en un secuestro y en  un abuso sexual.   

         Una  afirmación  así,  sin  respaldo  en  el  proceso  de  ninguna  naturaleza,  carece  de  valor  probatorio.  Que haya sido dejada de lado por el  juzgador, en consecuencia, no configura una irregularidad.   

         Es  notable,  en  conclusión, que la demanda presentada a nombre de  los    procesados    Caicedo    Guerrero   y   Caicedo   Medrano   deberá   ser  inadmitida.   

3. Demanda presentada a nombre del procesado  ALEXÁNDER OBREGÓN HERNÁNDEZ.   

Ninguno   de   los   errores  probatorios  denunciados  en  los  dos  cargos  que  presentó  el  abogado  de la defensa lo  acreditó en debida forma.   

En        el       primero aseguró que el Tribunal incurrió  en  falso  juicio  de  existencia,  al  ignorar  en  el  análisis probatorio el  documento  contentivo  de  la  misión  táctica ÉBANO dispuesta por la Brigada  Móvil  15  de  la Segunda División del Ejército Nacional y los testimonios de  Ramón  Roso  Arenas,  Rodrigo  Calderón  Claro,  Dilia  María Ortiz, Giovanny  Mejía  Cantor,  Plinio  Álvarez Álvarez y Alexánder Guerrero. Claramente eso  no  es cierto. La Sala ha examinado la sentencia impugnada y es notable que esos  medios de prueba fueron tomados en cuenta por el juzgador.   

No  es verdad, adicionalmente, que los tres  primeros  declarantes  hubieran  sostenido que Sanín Álvarez fuera parte de un  grupo  criminal.  La  Sala  escuchó los relatos que presentaron en la audiencia  pública y todos ellos coincidieron en que no lo conocían.   

La  inconformidad  del  censor  es  con  el  alcance  dado  a los medios de convicción, conforme al cual la misión táctica  ÉBANO  nunca  estuvo  encaminada  a contener la extorsión de que venía siendo  objeto  Rodrigo  Calderón  Claro  (ni siquiera mencionada en el “informe  de  muerte  en  combate” con el  que  el  22 de enero de 2007 el Teniente ALEXÁNDER OBREGÓN HERNÁNDEZ explicó  el  deceso  de  Sanín  Álvarez)  y la víctima no se enfrentó a los militares  aquí procesados sino que fue asesinada cobardemente por ellos.   

Esa  extorsión, según el fallo impugnado,  no  tuvo  ninguna  relación  con  el  homicidio.  Y fracasa el demandante en su  pretensión  de  que  la Corte, al margen de la comprobación de algún error de  juicio  del  Tribunal,  tercie  en  un  debate  probatorio  que se agotó en las  instancias  y  acoja  la  teoría  del  caso  de  la  defensa  por encima de las  declaraciones  del  juzgador,  revestidas  como  se  sabe de las presunciones de  acierto y legalidad.   

El   segundo  cargo  no  modifica  la situación. Sólo porque en su  criterio    los    hermanos    del   occiso   incurrieron   en   “contradicciones”  debía  sostenerse la  absolución  de  la primera instancia. Y porque “los  testigos  directos  de  las  circunstancias  que rodearon los hechos”  le  generaban  dudas  a  él,  se  quebrantó  el  principio de  in    dubio   pro   reo.   

Es el tono de la censura.  El Tribunal  se   equivocó  –así  se  puede  sintetizar— por no  darle  la  razón  a la versión de los hechos según la defensa. Y la verdad es  que  no  se  la  dio,  pero  desde  luego  con  apoyo  en argumentos probatorios  razonables,  a  los cuales el libelista simplemente opuso los propios, olvidando  que la casación no es tercera instancia del proceso penal.   

4. En conclusión,  la  Sala  no  admitirá  las  demandas  pues es manifiesto que en ninguna de las  censuras  en  ellas  formuladas  demostraron  los  actores  alguna irregularidad  sustancial  de  la  sentencia o previa a su proferimiento.  Adicionalmente,  no  se  hará  uso  de la facultad de casarla oficiosamente, en consideración a  que  una  vez  revisada  la actuación no se evidencia quebrantamiento alguno de  los derechos fundamentales de los sujetos procesales.   

         Por  lo  expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de  Justicia,   

RESUELVE:  

        INADMITIR   las  demandas  de  casación  presentadas  por  los  defensores  de  los  procesados  NOEL  ANTONIO  CAICEDO  GUERRERO,  JUAN ISIDRO CAICEDO  MEDRANO y ALEXÁNDER OBREGÓN HERNÁNDEZ.   

          Contra   esta  decisión  no  proceden  recursos.   

NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE.  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

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