41431(03-07-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA  DE  CASACIÓN PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  MUÑOZ   

Aprobado Acta No. 208.  

Bogotá      D.C.,     julio tres (3) de dos mil trece (2013)   

VISTOS  

La Colegiatura examina el cumplimiento de los  requisitos  de  crítica  lógica  y  suficiente  sustentación  en  la  demanda  casacional    presentada    por   el   defensor   del   procesado   EDGAR   MIGUEL   ARIAS  RICO,  contra  la  sentencia  de segunda instancia proferida por el Tribunal Superior de Bogotá el  7  de  marzo  de  2013, por cuyo medio confirmó el fallo dictado por el Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito  Adjunto con funciones de conocimiento de la misma  ciudad  el  14  de  diciembre  de  2012, mediante el cual lo condenó como autor  penalmente  responsable  del  concurso  de  delitos  de  demanda de explotación  sexual  comercial  con  menor  de  18  años  de  edad,  cometidos  en cinco (5)  víctimas.   

HECHOS  

Aproximadamente  desde  mediados  del mes de  mayo  de  2011  y hasta agosto de la misma anualidad, a través del ofrecimiento  de  dinero,  comida  y  otras  dádivas,  EDGAR MIGUEL  ARIAS  RICO  consiguió  tener  relaciones  sexuales y  otras  prácticas  en  varias  oportunidades  con  los adolescentes J.C.G.I1,   H.R.A,   D.T.P,   J.S.G.B  y   C.L.V.C.  con  edades  entre  los  de  14 y 16 años, hechos acaecidos en la  calle  67  No.  16  – 27 de  Bogotá.   

Como Carlos Alberto  Barato,  profesor  de los menores, quienes hacen parte  de  un  Club  de  Fútbol,  detectó  un  cambio  de comportamiento en aquellos,  procedió  a averiguar de qué se trataba, siendo informado por las víctimas de  los  referidos  sucesos,  con  base  en  los cuales presentó la correspondiente  denuncia.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

En audiencia realizada el 13 de septiembre de  2011  ante  el  Juzgado Cincuenta y Uno Penal Municipal con funciones de control  de  garantías de Bogotá la Fiscalía imputó a ARIAS  RICO   la   comisión  del  concurso  de  delitos  de  explotación  sexual comercial en persona menor de 18 años, la cual no aceptó.  En  la  misma  ocasión  a instancia del ente acusador le fue impuesta medida de  aseguramiento de detención preventiva intramural.   

          Una  vez presentado el escrito de acusación, el 1º de noviembre de  2011  se  realizó la respectiva audiencia, en la cual la Fiscalía insistió en  el  mismo  concurso  de  punibles  que  dio  pábulo  a  la  medida asegurativa.   

Surtido  el  juicio oral, el Juzgado Tercero  Penal  del  Circuito  Adjunto con funciones de conocimiento de Bogotá profirió  fallo  el  14  de  diciembre  de  2012,  por  cuyo medio condenó a EDGAR  MIGUEL ARIAS a la pena principal de  doscientos  (200)  meses de prisión y a la accesoria de inhabilitación para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por el mismo lapso, como autor  penalmente  responsable  del  concurso  de  delitos  objeto de acusación. En la  misma  providencia  le  negó  la suspensión condicional de la ejecución de la  pena, así como la prisión domiciliaria.   

          Impugnada  la  sentencia  por  la  defensa,  fue  confirmada  por el  Tribunal  de  Bogotá  mediante proveído del 7 de marzo de 2013, contra el cual  el  mismo  sujeto  procesal  interpuso  recurso  extraordinario  de  casación y  allegó  la  correspondiente  demanda,  cuya  admisibilidad  se  examina en este  auto.   

EL LIBELO  

          El   censor  propone  dos  cargos,  los  cuales  desarrolla  en  los  siguientes términos:   

          1.        Primer  reproche:  Violación  directa  por falta de aplicación del  artículo 68 A del Código Penal   

Bajo  la  égida  de  la  causal  primera de  casación  reglada  en  el  artículo  181  de la Ley 906 de 2004, el recurrente  afirma  que se omitió “dar aplicación al artículo  68  A  del  Código  Penal, con las modificaciones introducidas por la Ley 1453,  vigente  para  la  realización del último episodio concursal, necesario es que  la  Honorable Corte fije su atención en esa eventualidad, que se entronizó con  la  inaplicación  de  la ley sustancial, – que no procesal -, cobijando con las  garantías  plenas al procesado, por cuanto esa falta de aplicación de la norma  consagratoria  ignorada,  como  norma  rectora  consagratoria del derecho penal,  hizo  imposible  una  terminación  anormal  del  proceso, por las vías que esa  norma  contempla,  al  permitir  con  claridad meridiana, que en esos eventos de  terminación    abreviada,    en    ‘todos     los     casos     sin    excepción    alguna’  proceden  los  beneficios, dado que  estamos frente a un sistema premial.   

          “La  anterior  inaplicación,  se torna  lesiva  a (sic) los intereses  del  condenado,  por cuanto su inaplicabilidad, lo privó de contera, de haberse  allanado  y  por  esa  vía  del  allanamiento, haber recuperado beneficios a su  favor,  o  alternativamente  haber  promovido  otras de las figuras que la norma  omitida  contempla,  dado que no consagra excepción alguna, en cuanto a delitos  se   refiere.   En   esa   omisión  y  su  consecuencia,  descansa  el  agravio  inferido”.   

          Más  adelante  expresa que “si la Corte  encontrare   obstáculos  insalvables,  que  provocaran  la  inadmisión  de  la  presente,  en  ese  evento  invocamos la siguiente casación, que provocaría la  casación  oficiosa,  pues de por medio están los fines de la casación, que no  son  otros  que  la  efectividad  del  derecho material, el debido respeto a las  garantías  de  los  intervinientes, la unificación de los agravios inferidos y  finalmente    la    unificación    (sic) de la jurisprudencia”.   

          Luego  depreca  a la Corporación pronunciarse sobre los alcances de  la  Ley  1121 y el artículo 199 de la Ley 1098, así como la vigencia de la Ley  1453 donde se anuncia la reforma de la Ley 1098.   

          Con  base  en  lo  expuesto solicita “se  decrete  la  nulidad de lo actuado a partir del primer momento en que pudo haber  aceptado  los cargos, con la modificación de la norma vigente omitida, esto es,  a  partir  del momento en que se le interroga si acepta los cargos formulados en  la imputación”.   

2.              Segundo   reproche:   “Causal           segunda          de          casación”   

Advera   el  censor  que  las  entrevistas  allegadas  en  el juicio oral y las declaraciones de los menores no tienen poder  de  convencimiento  para  sustentar  un  fallo  de  condena, amén de que fueron  obtenidas ilegalmente.   

          Considera  que no debió aceptarse el aporte de las fotografías del  acusado,  pues  no  se  cumplió  con  lo  establecido  en  el artículo 252 del  estatuto procesal penal.   

          Añade   que   “en   ninguna   de  las  audiencias    celebradas    la    Fiscalía   nunca   entregó   las   supuestas  dádivas”.   

          Refiere  que  uno de los menores declarantes no aludió a un tatuaje  que el acusado tiene, como se acredita con fotos del mismo.   

          De  lo  anterior  concluye que hay falencias probatorias, las cuales  resultaron  desfavorables a los intereses de su representado, motivo por el cual  se  impone  casar  el  fallo,  “para  en  su  lugar  modificarlo”.   

          Finalmente  dice  que  la  pena de doscientos (200) meses impuesta a  EDGAR  MIGUEL  ARIAS RICO es  exagerada, pese a que no encarna peligro social alguno.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Aunque  el Código Procesal Penal de 2004 no  distingue  entre  el  recurso  extraordinario  por  la  vía  común  y  por  la  discrecional  en  cuanto se marginó la exigencia de la cantidad de pena máxima  del  delito  para  acceder  a  dicha  impugnación,  corresponde  al  recurrente  demostrar  el  quebranto  de  derechos o garantías fundamentales, lo cual exige  contar  con  interés  para impugnar, señalar la causal, desarrollar los cargos  de  sustentación  del  recurso  y demostrar la necesidad del fallo de casación  para  cumplir alguno de los fines establecidos por el legislador en su artículo  180,  esto es, la efectividad del derecho material, el respeto de las garantías  de  los  intervinientes, la reparación de los agravios sufridos por éstos y la  unificación  de  la  jurisprudencia, so pena de resultar inadmitida la demanda,  según   lo   establece   el   artículo   184   de   la   citada   legislación  adjetiva.   

         Claro  está,  que  en  el estudio       de       las              exigencias   de  admisibilidad  de  los  libelos  casacionales,  es  deber  de  la  Sala  constatar  en la formulación y  desarrollo  de  las censuras el acatamiento de las exigencias de lógica y   pertinente  demostración  definidas  por  el  legislador y desarrolladas por la  jurisprudencia,  con  el  fin  de  evitar  la  transformación  de  este recurso  extraordinario  en una instancia adicional a las ordinarias. Tales requisitos se  orientan  a  conseguir  el  desarrollo  de  los  libelos dentro de unos mínimos  lógicos  y  de  coherencia  en  la  postulación  y demostración de los cargos  propuestos,  en  cuanto  resulten inteligibles, esto es, precisos y claros, pues  no  corresponde  a  la  Sala  en  su  función reglada de orden constitucional y  legal,   develar   o   desentrañar  el  sentido  de  confusas,  ambivalentes  o  contradictorias alegaciones de los impugnantes en casación.   

          Además,  de conformidad con el artículo 184 de la Ley 906 de 2004,  “si  el demandante carece de interés, prescinde de  señalar  la  causal,  no  desarrolla  los  cargos de  sustentación”  (subrayas fuera de texto), el libelo  se inadmitirá.   

Como  en el caso de la especie el demandante  postula  en la primera censura  la  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  es  oportuno recordar que tal  situación  acontece  cuando  a  partir de la apreciación de los hechos legal y  oportunamente   acreditados  dentro  del  diligenciamiento,  los  sentenciadores  omiten  aplicar  la  disposición  que se ocupa de la situación en concreto, en  cuanto  yerran  acerca  de  su  existencia  (falta  de  aplicación o exclusión  evidente),  realizan  una  equívoca  adecuación  de  los hechos probados a los  supuestos  que contempla el precepto (aplicación indebida), o le atribuyen a la  norma  un  sentido  que no tiene o le asignan efectos diversos o contrarios a su  inteligencia (interpretación errónea).   

En  tal  caso, sin que importe la especie de  vulneración  directa  de  la  preceptiva sustancial, el yerro de los juzgadores  recae  sobre  la normatividad, circunstancia que circunscribe la discusión a un  escenario  rigurosamente  jurídico,  sea  porque  se  dejó de lado el precepto  regulador  de  la  situación  específica  demostrada,  ora  porque el hecho se  adecua   a   una   disposición  estructurada  con  supuestos  distintos  a  los  establecidos,  o  bien,  porque  se desborda el entendimiento propio de la norma  aplicable  al  caso concreto, todo lo cual exige del censor la aceptación de la  realidad fáctica declarada en las instancias.   

Precisado   lo   anterior   encuentra   la  Colegiatura  que  si  bien  el  recurrente  denuncia la falta de aplicación del  artículo  68  A  del  Código Penal, con las modificaciones introducidas por la  Ley  1453  de  2011,  no  atina a explicar con suficiencia por qué razón dicho  precepto  es  aplicable  a este asunto, o de qué manera se privó a su asistido  de  allanarse  a  los  cargos imputados por el ente acusador en el devenir de la  actuación.   

         Tampoco  se  aviene  con  la  seriedad  inherente  a este recurso de  índole  extraordinaria  y rogada que el defensor solicite la casación oficiosa  del  fallo en caso de que su propuesta fracase, dado que si es del resorte de la  Corte   asegurar  la  protección  de  los  derechos  y  garantías  de  quienes  intervienen  en  el  diligenciamiento,  a  ello procederá cuando sea necesario,  disponiendo  por  vía  oficiosa  la  casación  parcial  o  total  del fallo, o  superando  los  defectos de la demanda conforme a los lineamientos del artículo  184  de la Ley 906 de 2004, sin que resulte menester un pedimento en tal sentido  por parte de los sujetos procesales.    

          Tan  imprecisa  es  la  censura  examinada,  que  en  un  aparte  el  impugnante  afirma  que  entre  los  fines de la casación está “la    unificación    de    los    agravios   inferidos”.   

          Adicionalmente  se  tiene  que sin hacer explícito el fundamento de  su  pretensión,  el  casacionista solicita la nulidad de la actuación desde la  audiencia  de  imputación  de  cargos,  con el evidente propósito de conseguir  para  su  asistido  una  nueva  oportunidad  en  la  cual  pueda  allanarse, sin  percatarse  de  las  razones de política criminal que soportan el derecho penal  premial.   

          Como  el  defensor depreca se clarifiquen los alcances de las normas  que  se  ocupan de la exclusión de beneficios al ser cotejadas con el artículo  199  de la ley 1098 de 2006, impera señalar, de una parte, que la Sala no tiene  función  consultiva  para  ocuparse  de tal inquietud del libelista, y de otra,  que  éste  no  tiene  en  cuenta que ya en fallo de casación del 30 de mayo de  2012  (Radicado  37688),  al verificar el alcance de las Leyes 906 de 2004, 1098  de 2006, 1142 de 2007 y 1453 de 2011 puntualizó la Corporación:   

“No  se  debe  olvidar  que  se  procede  por  un  delito  contra  la  libertad,  integridad  y  formación   sexuales   cometido   sobre   dos  menores  de  edad,  respecto  del  cual  pesa la prohibición contenida en el artículo  199 de la Ley 1098 de 2006.   

Lo anterior “es  compatible   con   el   concepto  de  interés  superior  del  menor,   por   encontrarse   en  un  proceso  formativo  físico y mental que requiere una especial protección, ante lo cual,  como  lo indica expresamente el artículo 44 de la Carta Política, sus derechos  prevalecen  sobre los demás y, por lo tanto, su interés se maximiza en la vida  jurídica.       

Más adelante precisó que la prohibición de  beneficios  “permite enviar un mensaje contundente a  la  sociedad,  a  la  familia  y  al  Estado  de  que  la vida, la dignidad y la  integridad  de los niños, niñas y adolescentes son bienes, como ya se dijo, de  superior  y  mayor  jerarquía que deben ser tutelados  con  especial  consideración  y en el sentido de que  las  violencias  de  género  no  son  ‘delitos  de  bajo  impacto’,  sino,  por  el  contrario,  delitos  de  altísimo  impacto pues  atentan   contra  la  posibilidad  de  construir  un  proyecto  democrático  de convivencia, de inclusión y de ejercicio real de los  derechos   de   nuestra   infancia  y  adolescencia”  (subrayas fuera de texto).   

A su vez, en pretérita oportunidad señaló  la Colegiatura sobre el particular:   

“En    su  interpretación  natural  y  obvia,  es  claro  que el precepto atrás destacado  (artículo  199  del Código de la Infancia y la Adolescencia, Ley 1098 de 2006)  busca  cerrar  cualquier  puerta que en la delimitación exhaustiva de los siete  numerales  anteriores  pueda  quedar abierta, haciendo  inequívoco  el  interés del legislador en que a la persona imputada, acusada o  condenada  por esos delitos señalados en el inciso primero del artículo 199 de  la  Ley  1098  de  2006,  que  arrojen como víctimas a infantes y adolescentes,  no se les otorgue ningún tipo de beneficio, rebaja o  prebenda  legal,  judicial  o  administrativa,  con  la  sola excepción, porque  expresamente  se  dejó  sentada  ella,  de  los  beneficios  por  colaboración  eficaz.   

“Y   basta  verificar  el  contenido íntegro del artículo 199 en cita, en particular sus 8  numerales  y el parágrafo, para definir inconcuso el querer del legislador, que  se  extiende al inicio mismo de la investigación penal, en punto de las medidas  de  aseguramiento a imponer y su imposibilidad de sustitución; el desarrollo de  la  misma,  con  limitaciones respecto del principio de oportunidad y las formas  de  terminación  anticipada  del proceso; el contenido del fallo, restringiendo  la  posibilidad  de  conceder  subrogados;  y  la  fase  ejecutiva  de  la pena,  impidiendo  la libertad condicional o la sustitución de la sanción”2  (subrayas  fuera  de texto).   

         Las  razones  expuestas irrumpen como suficientes para inadmitir el  cargo, con tales falencias presentado.   

En   cuanto   atañe   al   segundo  reproche encuentra la Colegiatura  que  el  demandante se sustrae de lo dispuesto en el artículo 183 de la Ley 906  de   2004,   según  el  cual,  corresponde  al  censor  acudir  “mediante  demanda que de manera precisa y  concisa   señale   las  causales  invocadas  y  sus  fundamentos”  (subrayas  fuera de texto), pues si lo  preciso  alude  a  lo  exacto,  riguroso,  estricto o minucioso, y lo conciso se  refiere  a  lo breve, sucinto, escueto o directo, no se aviene con tal exigencia  dispuesta  por  el  legislador  que se propongan sincrónicamente toda suerte de  yerros   de   manera   vaga   e   imprecisa,   sin   desarrollar   cada  uno  de  ellos.   

          En  efecto,  aunque  el defensor plantea la indebida apreciación de  algunos  medios de convicción, es decir, denuncia la violación indirecta de la  ley,  no procede de conformidad, pues le correspondía identificar con exactitud  el  yerro,  es  decir, establecer si los falladores cometieron un error de hecho  al  apreciar  la  prueba, bien sea porque pese a obrar en el diligenciamiento no  fue  valorada  (falso  juicio de existencia por omisión); ya porque sin figurar  en  la  actuación  se  supuso  su  presencia allí y fue tenida en cuenta en la  decisión   (falso   juicio  de  existencia  por  suposición);  ora  porque  al  considerarla  se  distorsionó  su  contenido  cercenándola,  adicionándola  o  tergiversándola  (falso  juicio de identidad); también, cuando sin incurrir en  alguno  de  los  yerros  referidos los falladores derivaron del medio probatorio  deducciones  contrarias  a  los  principios  de  la  sana crítica, esto es, los  postulados  de  la  lógica,  las  leyes  de  la  ciencia  o  las  reglas  de la  experiencia (falso raciocinio).   

          O  indicar  si  se produjo un error de derecho, en cuanto se negó a  determinado  medio probatorio el valor conferido por la ley o le fue otorgado un  mérito  diverso  al atribuido legalmente (falso juicio de convicción), o bien,  porque  los funcionarios al apreciar alguna prueba la asumieron erradamente como  legal  aunque  no  satisfacía  las exigencias señaladas por el legislador para  tener  tal  condición,  o  la  descartaron  aduciendo  de  manera equivocada su  ilegalidad,  pese a que se cumplieron cabalmente los requisitos dispuestos en la  ley para su práctica o aducción (falso juicio de legalidad).   

En el primer caso (falso juicio de existencia  por  omisión)  debía  indicar  la prueba no valorada, cuál es la información  objetivamente  suministrada,  el mérito demostrativo al que se hace acreedora y  cómo  su  estimación  conjunta con el resto de elementos del acervo probatorio  conduce  a  trastrocar  las  conclusiones  del  fallo  censurado,  deberes  cuyo  cumplimiento no acometió.   

         

         Pero  si  el propósito era alegar un falso juicio de existencia por  suposición,  era  de  su  resorte  identificar  el aparte declarado en el fallo  carente  de  soporte  demostrativo  en  la  actuación,  amén  de  precisar  su  injerencia  en  el  sentido  del  fallo,  esto  es,  cómo  al  marginar una tal  suposición,  la  sentencia  sería  diversa  y  en  todo caso beneficiosa a los  intereses    de    su    procurado,    actividad    no    emprendida    por   el  casacionista.   

Si el objetivo era invocar un falso juicio de  identidad,  era  su  deber identificar a través del cotejo objetivo de lo dicho  en  el medio probatorio y lo asumido en el fallo, el aparte omitido o añadido a  la  prueba, los efectos producidos a partir de ello y, lo más importante, cuál  es  la  trascendencia  del yerro en la parte resolutiva de la sentencia atacada,  tópico  de  improcedente demostración con el simple planteamiento del criterio  subjetivo   del  recurrente  sobre  el  medio  de  prueba  cuya  tergiversación  denuncia,  en cuanto es su obligación acreditar materialmente la incidencia del  yerro  en la falta de aplicación o la aplicación indebida de la ley sustancial  en  el  fallo,  esto  es,  señalar  la modificación sustancial de la sentencia  atacada  con  la  corrección del yerro y la debida valoración de la prueba, en  conjunto con las demás.   

Si  el  reclamo  se  encontraba  dirigido  a  denunciar   un  falso  raciocinio,  era  su  obligación  establecer  qué  dice  concretamente  el  medio  probatorio,  qué  se  infirió de él en la sentencia  atacada,  cuál  fue  el  mérito  persuasivo  otorgado, determinar el postulado  lógico,  la  ley  científica  o  la  máxima de experiencia cuyo contenido fue  desconocido  en  el fallo, debiendo a la par indicar su consideración correcta,  identificar   la   norma   de   derecho  sustancial  indirectamente  excluida  o  indebidamente  aplicada y luego, demostrar la trascendencia del error expresando  con  claridad  cuál debe ser la adecuada apreciación de aquella prueba, con la  indeclinable  obligación  de acreditar que la enmienda del yerro daría lugar a  un  fallo  esencialmente diverso y favorable a los intereses de su representado,  proceder no asumido por el libelista.   

Tratándose  de la postulación del error de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad,  era  su  deber identificar el medio  probatorio   que   tacha   de   ilegal,  indicar  las  disposiciones  legales  o  constitucionales  cuyo quebranto determina su ilegalidad y demostrar la efectiva  ocurrencia  de  lo  denunciado; ora, debía el demandante comprobar la legalidad  de la prueba desechada por el juzgador.   

En  los dos eventos anteriores, también era  de  su  resorte  acreditar  la  trascendencia  del yerro en las conclusiones del  fallo,  esto  es,  demostrar  que  con  la marginación de la prueba que se dice  ilegal,  las  restantes pruebas conducen a una decisión sustancialmente diversa  de  la  atacada,  o  bien,  que con la incorporación del medio de prueba que el  actor  estima  legal,  las  conclusiones  son  distintas de las contenidas en la  sentencia impugnada.   

Igualmente,  si  tenía  el  propósito  de  plantear  un  falso  juicio  de  convicción,  era  su  obligación demostrar la  infracción  de  la tarifa de valoración dispuesta por el legislador, así como  su injerencia en el sentido del fallo, labor que tampoco asumió.   

De acuerdo a lo anterior, es palmario que en  evidente  olvido  de  la  dual  presunción  de acierto y legalidad de la que se  encuentra   revestido   el   fallo,  el  casacionista  únicamente  orientó  su  labor  a  exponer  en forma imprecisa, indemostrada y  precaria  su  descontento  con  la  determinación  cuestionada, sin valorar los  medios  de  convicción,  sin  referirse a los argumentos planteados en el fallo  atacado  y  sin  detenerse  a  observar  la  técnica  propia  de este mecanismo  extraordinario  de impugnación cuando de la crítica a la ponderación judicial  de las pruebas se trata.   

          De  otra  parte  se  constata  que si bien considera que la sanción  impuesta        a        su        representado        es        “exagerada”,  no  da  la  razón  de  su  aserto,  y  tanto  menos  se  ocupa  de  señalar yerros de los falladores en el  proceso  de  dosificación de la pena, de modo que su queja resulta huérfana de  acreditación.   

         Resta  señalar, que ni siquiera el impugnante atina a indicar cuál  debe  ser  el  sentido de la sentencia en caso de prosperar su reproche, pues se  limita   a   solicitar  únicamente  la  casación  del  fallo,  “para  en  su  lugar modificarlo”, razón  adicional para inadmitir el reparo.   

En  suma,  dado que el libelo casacional no  corresponde   a  un  alegato  de  libre  factura,  su  presentación  con base en  asertos   inconclusos  e  indemostrados,   y   sin  atenerse  a  las  reglas lógicas y argumentativas que  gobiernan     este  recurso,    impone   su  inadmisión,  de  acuerdo  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  184  de  la  Ley  906  de  2004,  pues  en  virtud  del  principio de  limitación     propio     de     este     recurso  extraordinario,  la  Corte  no se encuentra facultada  para enmendar tales incorrecciones.   

          Además,  no se observa con ocasión de la  sentencia  impugnada o dentro del curso de la actuación procesal, violación de  derechos  o  garantías,  como para adoptar la decisión de superar los defectos  de  la demanda y decidir de fondo, según lo dispone el inciso 3º del artículo  184 de la citada legislación.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor del  procesado   EDGAR   MIGUEL   ARIAS  RICO,    por    las    razones    expuestas   en   las   consideraciones  precedentes.   

De  conformidad  con el artículo 184 de la  Ley   906   de   2004,   es   facultad   del   demandante  elevar  petición  de  insistencia.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                           FERNANDO   ALBERTO   CASTRO  CABALLERO   

MARÍA  DEL  ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ                                 GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR  OTERO              JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 No se  registra  el  nombre  de  los  adolescentes  en  aplicación del numeral 8º del  artículo   47   del  Código  de  la  Infancia  y  la  Adolescencia.   

2 Auto  de septiembre 17 de 2008, rad. 30299.     

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