38430(20-11-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado  Ponente   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Aprobado acta Nº  386   

Bogotá,  D.C.,  veinte   (20)   de   noviembre   de  dos  mil  trece  (2013).   

V   I   S   T   O  S   

Procede  la  Sala  a  proferir  fallo  de  casación  luego de admitida la demanda interpuesta por el apoderado del tercero  civilmente  responsable,  sociedad  “Campollo  S.A.”,  contra  la  sentencia  dictada  el  10 de octubre de 2011 por el Tribunal Superior de Bogotá, mediante  la  cual  confirmó  parcialmente  la  proferida por el Juzgado Quince Penal del  Circuito  de la misma ciudad, y condenó solidariamente a la empresa en mención  al    pago   de   los   daños   y   perjuicios   causados   con   la   conducta  punible.     

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                          

        1.  Los  primeros  fueron  sintetizados   por   el   sentenciador   de   segundo   grado  de  la  siguiente  manera:   

“Se tiene que el  6  de noviembre de 2004, aproximadamente a las 15:40 horas, en la carrera 30 con  calle  22  [de Bogotá], Simón Bolívar Suárez quien se hallaba estacionado en  la  vía  pública por fallas de su vehículo de placas ANC-558, fue atropellado  por  Albeiro  Aristizábal  Rivera quien conducía la camioneta Chevrolet Luv de  placas  FTH-352,  sufriendo  en  consecuencia graves lesiones que ocasionaron su  muerte.”       

2.   Por  los  anteriores  hechos  la  Fiscalía  General de la Nación, previa admisión de la  demanda  de  parte  civil y dispuesta la vinculación de los terceros civilmente  responsables1,  el  30  de enero de 2009 profirió resolución acusatoria contra  Albeiro Aristizábal Rivera  por  la  conducta  de  homicidio  culposo,  decisión  que  fue impugnada por la  defensora  del  procesado  y por el apoderado de la empresa “Campollo S.A.”,  recursos  que  fueron  declarados  desiertos  por  el Delegado del ente acusador  mediante  resolución  adiada el 27 de noviembre de la misma anualidad, fecha en  que cobró ejecutoria la acusación.   

3.  La etapa del  juicio  la  tramitó  el Juzgado Quince Penal del Circuito de Bogotá, autoridad  que  el 22 de junio de 2011 profirió fallo de primer grado en el que condenó a  Albeiro Aristizábal Rivera  a  la  pena  principal  de 30 meses de prisión, multa equivalente a 30 salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes y a las accesorias de inhabilitación para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas por el mismo periodo de la pena  restrictiva  de la libertad, al igual que a la privación del derecho a conducir  vehículos  automotores  por  el  término  de  3 años, en calidad de autor del  delito  de  homicidio  culposo (artículo 109 del Código Penal); en cuanto a la  libertad  le  reconoció  el mecanismo sustitutivo de la suspensión condicional  de la ejecución de la pena.   

Asimismo,   en  la  mencionada  sentencia  condenó    al    penalmente   responsable   Albeiro  Aristizábal   Rivera   y   al   tercero  civilmente  responsable  Álvaro  Robles  Vargas,  a pagar solidariamente a los perjudicados  con  la  conducta punible los perjuicios materiales y morales que estimó en 700  y  200  salarios mínimos legales mensuales vigentes, respectivamente; absolvió  de  toda  responsabilidad  a  la  sociedad  “Campollo  S.A”,  vinculada como  tercero  civilmente responsable; y, finalmente, dispuso el embargo del automotor  de  placas  FTH-352  a  efectos  de  garantizar  el  pago  de  la indemnización  decretada.   

4.  Apelado  el  fallo  por  el  representante  de  la  parte  civil  y  la apoderada del tercero  civilmente  responsable  Álvaro Robles Vargas, mediante fallo del 10 de octubre  de  2011  el  Tribunal  Superior  de Bogotá lo confirmó parcialmente, en tanto  condenó  solidariamente  a la empresa “Campollo S.A.” al pago de los daños  y perjuicios causados con la conducta punible.   

5.  El apoderado  del  tercero  civilmente  responsable  “Campollo S.A.”, interpuso recurso de  casación.  La Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia, mediante  auto del 26 de marzo de 2012 admitió la demanda.   

6.  El delegado del Ministerio Público rindió el  concepto  de rigor el 4 de octubre de 2013.      

SÍNTESIS    DEL  LIBELO   

Anuncia  el  demandante  que  acude  a  la  casación  excepcional con el objeto de que se tutelen los derechos y garantías  de  la  empresa “Campollo S.A.”, en particular la protección del derecho al  debido  proceso  consagrado  en  el  artículo  29 de la Carta Política, que el  censor  estima  vulnerado  por el fallo recurrido en su componente del principio  de  legalidad,  en  tanto  el  juez  colegiado no hizo una adecuada selección y  aplicación  de  las normas que gobiernan la responsabilidad civil emanada de la  conducta         punible         en         lo        que        atañe        a  terceros.          

En  ese orden, basado en la causal primera,  cuerpos  primero  y  segundo,  según  la  sistemática reglada en la Ley 600 de  2000,  postula dos cargos contra la sentencia del Tribunal, uno principal y otro  subsidiario, que desarrolla así:   

Primer Cargo  

Acusa  al Tribunal de vulnerar directamente  la  ley  sustancial por aplicación indebida de los artículos 94 y 96 de la Ley  599  de  2000,  así  como  de  los  artículos  2341,  2347  y 2356 del Código  Civil.   

Señala  el  censor  que de acuerdo con los  artículos  94 y 96 de la Codificación Sustantiva Penal, el deber de reparar el  daño  producido  con  la  conducta  punible, además de corresponder a quien es  vinculado  por  la  comisión  de  tal  comportamiento,  se  extiende  de manera  solidaria   a  aquellos  que  “conforme  a  la  ley  sustancial,  están  obligados  a  responder”, y por  contera  permite  la  aplicación  del instituto jurídico de la “responsabilidad  por  el  hecho ajeno”,  contenido  en  el  régimen  civil  de  la responsabilidad por los delitos y las  culpas.     

Agrega  el  demandante,  luego  de citar el  contenido  del  artículo  2347 del Código Civil, que de acuerdo con esta norma  la  obligación  indemnizatoria  de quien no es penalmente responsable, surge de  la  situación  jurídica  o de hecho que ubica al autor de la infracción penal  bajo  su  cuidado  o  dependencia,  y  que  correlativamente  le impone a aquél  deberes   de   atención   y  vigilancia,  cuyo  quebrantamiento  deriva  en  su  responsabilidad  frente  a  los  perjuicios causados por las personas que están  bajo  su  tutela,  custodia,  control o dependencia siempre que se verifique una  falla en el ejercicio de tal autoridad.    

Refiere  que el a quo no encontró sustento  probatorio  alguno  sobre  la  vinculación  laboral  del procesado Albeiro   Aristizábal   Rivera  con  la  sociedad  “Campollo S.A.”, consecuencia de lo cual absolvió a dicha persona  jurídica  del  pago de los perjuicios causados con motivo del deceso del señor  Simón Bolívar Suárez.   

No  obstante,  añade el libelista, el juez  colegiado  estimó  que  la  empresa que representa debe responder civilmente en  calidad  de  tercero,  por  los  perjuicios  causados  con  la  conducta punible  cometida   por   el   procesado,   por   cuanto   ostenta   la   “condición  de  guardián  de la cosa”,  derivada   de   la  actividad  peligrosa  -conducción  de  vehículos-  que  se  desarrollaba  con  motivo del contrato de transporte celebrado entre “Campollo  S.A.”  y  Álvaro  Robles  Vargas,  propietario  del  automotor con el cual se  cometió  el delito, y que le imponía en consecuencia, junto a este último, la  obligación     de     control     y     vigilancia     de    la    fuente    de  riesgo.            

Seguidamente  se  refiere el casacionista a  los  requisitos  de  lógica  y  adecuada  fundamentación  en la postulación y  demostración  del cargo, cuando al amparo de la causal primera, cuerpo primero,  de  la  sistemática  reglada  en  la  Ley  600  de  2000,  se reprocha al fallo  recurrido  la  violación directa de la ley sustancial por aplicación indebida,  para  lo  cual  se  apoya  en copiosa jurisprudencia de esta Sala, que al efecto  trascribe.     

A partir de tales criterios de autoridad, el  demandante  expresa  su  plena  conformidad  con  los  hechos,  las pruebas y la  valoración  que  de  ellas  hizo  el  sentenciador  de  segundo  grado,  para a  continuación  señalar  que  en  el  fallo  atacado  el Tribunal partió de dos  supuestos  que  estima  relevantes en orden a evidenciar el yerro alegado, así:  (i)  que  el  procesado Aristizábal Rivera para la fecha del luctuoso hecho, no  tenía  vinculación  laboral  con  la  empresa “Campollo S.A.”, tal como lo  certificó  el  contador de ésta y lo ratificó el procesado en su indagatoria,  al  manifestar  que  Álvaro  Robles  Vargas,  dueño  del  vehículo  de placas  FTH-352,  fue  quien  lo contrató para conducirlo; y, (ii) que entre la mentada  persona  jurídica  y  este  último,  se  celebró  un  contrato  de transporte  -verbal-  que  venía  ejecutándose  desde  el mes de julio de 2004, según las  facturas  que  así  lo acreditan, y que se formalizó a través de un documento  suscrito  entre  las  partes  en  el  año 2005, cuyo objeto era transportar los  productos  que  la  sociedad “Campollo S.A.” producía, vale decir, carne de  pollo en canal.          

Expone  el casacionista que a partir de ese  contexto  fáctico,  el  juez  colegiado consideró que a su representada le era  atribuible  la responsabilidad de resarcir los perjuicios causados con el delito  por  la  vía  de  los  artículos  2347  y  2356 del Código Civil, en tanto el  vínculo    laboral   del   procesado   Aristizábal  Rivera  con  Álvaro  Robles  Vargas, a su vez tenía  origen   en   la  vinculación  contractual  de  este  último  con  la  empresa  “Campollo  S.A.”  para  el  transporte de productos, que imponía a ambos la  obligación  de  cuidado  y  vigilancia  en relación con la actividad peligrosa  -conducción     de     vehículos     automotores-    que    desempeñaba    el  acusado.   

Indica  el  censor  que  con  esa manera de  razonar  el  Tribunal quebrantó los artículos 2347 y 2356 del Código Civil, a  los  cuales  remite  el  artículo  96  del Código Penal, pues los hechos, como  fueron  valorados  y  declarados,  no  permiten  la  aplicación  de las citadas  normas, al no corresponder al supuesto fáctico contenido en ellas.   

Expone  que  el  artículo 2347 del Código  Civil  no  era  la norma llamada a gobernar la situación fáctica declarada por  el  juez  colegiado,  ya  que la existencia de un contrato para el transporte de  alimentos  entre  “Campollo  S.A.”  y  Álvaro  Robles  Vargas,  dueño  del  vehículo  de  placas FTH-352, no le imponía a la sociedad en mención el deber  legal  o contractual de cuidado, vigilancia y control de la actividad desplegada  por  el  transportador  ni de las personas que estaban bajo la subordinación de  éste,  como  era  el  caso del procesado Aristizábal  Rivera,  máxime  que  el  giro de los negocios de su  representada  es  ajeno  al transporte de alimentos, vale decir, “…su  objeto social no se relaciona íntimamente con una actividad  peligrosa.”            

El  libelista  refiere  que  por razón del  contrato  de  transporte  surgió  para  Álvaro  Robles Vargas el compromiso de  transportar  las  mercancías  entregadas  por  la  empresa “Campollo S.A.”,  según  lo  prescribe el artículo 981 del Código de Comercio, actividad que el  primero  desarrollaba  de manera independiente y autónoma; en tanto que para la  citada  sociedad  emergió  la  obligación  de  pagar el valor del transporte o  flete  de  conformidad  con el artículo 1009 ibídem, y las demás obligaciones  previstas   en  los  artículos  1010  y  1011  ejusdem.       

Así la cosas, concluye el casacionista, es  evidente  que  para  la  empresa  remitente  de  los  alimentos  “no  surgió  del  contrato  valorado por el Tribunal obligación de  cuidado  o  mandato  de  autoridad  que  establece el artículo 2347 del Código  Civil  como  fundamento del compromiso indemnizatorio de los daños causados por  un  tercero,  en  este  evento  el  señor  ALBEIRO  ARISTIZÁBAL quien, como lo  reconoce   el  Tribunal,  se  encontraba  bajo  la  subordinación  exclusiva  y  excluyente         del         señor         ÁLVARO        ROBLES.”       

No   obstante  lo  anterior,  señala  el  demandante,  para  la  resolución del caso el Tribunal aplicó indebidamente el  artículo  2347 del Código Civil, y de esa manera posibilitó la imputación de  responsabilidad   civil  a  la  sociedad  que  representa,  por  los  perjuicios  generados   con   el   fallecimiento  de  Simón  Bolívar  Suárez.     

Del  mismo modo, el impugnante se duele que  el  sentenciador  de segundo grado concluyera que la empresa “Campollo S.A.”  tenía  la  condición  de  guarda  del  vehículo  en el que se transportaba la  mercancía  de  su propiedad, pues aduce que el supuesto de hecho declarado como  probado  en  las  instancias  no  permite  predicar esa condición, dado que los  artículos   2349   a   2355  del  Código  Civil  facultan  la  atribución  de  responsabilidad  fundada  en  la existencia de un deber de cuidado, vigilancia y  supervisión  de  la  fuente  generadora  del daño, circunstancia que estima el  libelista  no  es dable atribuir a su representada respecto del vehículo con el  que  se  ocasionó  la  muerte a Simón Bolívar Suárez, y a continuación cita  jurisprudencia  de  la  Sala de Casación Civil de la Corte sobre el tema, en la  cual apoya su tesis.         

Sobre la trascendencia del yerro denunciado,  el  casacionista  señala  que  si  el  juzgador  de  segundo  grado  no hubiese  considerado  erróneamente  que la empresa “Campollo S.A.” tenía la calidad  de   custodio   del   vehículo   conducido   por   el   procesado  Aristizábal    Rivera,   no   habría  concluido  que  era  civilmente  responsable de los daños y perjuicios causados  con  el  deceso  del  señor  Suárez,  y  por  ende no hubiera vulnerado la ley  sustancial  por  indebida  aplicación  de  los  artículos  94 y 96 del Código  Penal,    así    como   de   los   artículos   2347   y   2356   del   Código  Civil.        

En  consecuencia,  pide  a la Sala casar la  sentencia   recurrida   y   absolver  a  la  sociedad  que  representa  de  toda  responsabilidad  civil  frente  a  los  perjuicios  ocasionados con la muerte de  Simón Bolívar Suárez.      

Segundo Cargo (subsidiario)  

Acusa  a la sentencia recurrida de vulnerar  indirectamente  los  artículos  94  y  97  del  Código  Penal,  así  como los  artículos  1613  y  1614 del Código Civil, a consecuencia de un error de hecho  generado por un falso juicio de existencia por omisión.   

Luego  de  citar el contenido de las normas  penales  que  considera  vulneradas  y  de referir el alcance interpretativo del  artículo  97  de  la  Ley 599 de 2000 en los términos de la sentencia C-916 de  2002  de  la Corte Constitucional, el recurrente afirma que la facultad del juez  para  fijar el monto de los perjuicios conforme al citado canon, no es aplicable  a  los  materiales  susceptibles de valoración pecuniaria, porque en ese evento  la    decisión    del    juez    debe    basarse    en   lo   probado   en   el  proceso.        

         

Señala  el  censor  que en la sentencia de  primer  grado,  el  Juzgado  15  Penal  del Circuito adujo que en punto de daño  material  condenaría  al  pago  del lucro cesante con base en (i) la prueba que  acreditó  los  ingresos que mensualmente percibía Simón Bolívar Suárez como  asesor  comercial de vigilancia, (ii) la edad del citado al producirse su deceso  y  (iii)  su  probabilidad  de vida conforme a las tablas de la Superintendencia  Bancaria;  consideraciones  que  ratificó  el Tribunal al desatar el recurso de  apelación,  donde igualmente declaró civilmente responsable en forma solidaria  a la sociedad “Campollo S.A.”.      

Añade el demandante que el apoderado de la  parte   civil   allegó   al   proceso   constancia   expedida  por  el  Gerente  Administrativo  de  la empresa “Seguridad El Dorado Ltda.”, que da cuenta de  la  vinculación  laboral del señor Simón Bolívar Suárez a dicha compañía,  con  un  salario  mensual  por comisión de $1.500.000; sin embargo, en la etapa  del  juicio se aportaron comunicaciones de la Gerente de la mencionada sociedad,  donde  se  aclaró  que  el señor Suárez había laborado esporádicamente como  asesor  comercial  independiente  en  ventas  y  no  como empleado directo de la  empresa,  su  salario  era  por  comisiones, no estuvo afiliado a ninguna EPS ni  fondo  de  pensiones,  no  causó  prestaciones sociales y no suscribió ningún  tipo de contrato.   

El libelista refiere que los sentenciadores  de  primer  y  segundo  grado hicieron caso omiso a las comunicaciones del 22 de  junio  y 2 de noviembre de 2010 emitidas por la Gerente de la mencionada empresa  de  seguridad,  en  las  que  se  precisa que el trabajo realizado por el señor  Suárez  era ocasional, que no existía soporte documental de su vinculación ni  de  los pagos que recibió y tampoco se tenía claridad sobre los lapsos durante  los cuales laboró.   

No  obstante,  anota,  los  sentenciadores  tomaron  como  único  medio  de  convicción  para  tasar el perjuicio material  -lucro  cesante- la primigenia constancia aportada al proceso por la parte civil  en  la  fase  de  la instrucción, a partir de la cual dieron por probado que el  hoy  obitado  devengaba  de  manera  regular  y  habitual  la  suma que allí se  indicó,  y  sin señalar qué guarismo de la tabla de mortalidad y esperanza de  vida  aprobada  por la Superintendencia Financiera, se aplicó para proyectar el  lucro  cesante,  éste  se  fijó  arbitrariamente  en la suma equivalente a 700  S.M.L.M.V.               

En  punto  de  trascendencia, el demandante  estima  que  el  vicio  denunciado  fue  determinante  en la fijación del monto  indemnizable  por  concepto  de  lucro  cesante  como  componente  del perjuicio  material,  pues  de no haber considerado probado los juzgadores de instancia que  el  señor Suárez devengaba regularmente la suma de $1.500.000 como salario por  su  actividad  laboral,  no  habrían  emitido  la  condena  por el monto arriba  indicado,    que    recae   solidariamente   sobre   la   sociedad   “Campollo  S.A.”      

Corolario  de  lo  anterior,  el demandante  solicita  casar  la  sentencia  atacada  y  en su lugar disponer “la   adecuación  de  la  indemnización  del  lucro  cesante  como  perjuicio  material  causado  por el deceso del señor SIMÓN BOLÍVAR SUAREZ de  acuerdo  con  las pruebas obrantes en el proceso y cuya valoración fue omitida,  reduciendo     el    valor    indemnizable    a    sus    legales    y    justas  dimensiones…”.     

ALEGATO DEL NO RECURRENTE  

Al   descorrer   el  traslado  a  los  no  recurrentes,  el  apoderado  de  la  parte  civil  solicita  en primer lugar, se  inadmita  la  demanda  de  casación  excepcional,  pues estima que el censor no  acredita  que  con  ello  se  logre  el  desarrollo  de  la  jurisprudencia o la  garantía de los derechos fundamentales.     

De  otra  parte, respecto del primer cargo  formulado  contra  el fallo de segundo grado, la parte civil aduce que le asiste  razón  al  Tribunal  cuando  declara  solidariamente  responsable  a la empresa  “Campollo  S.A.”  al pago de los daños y perjuicios causados con el delito,  en  tanto  dicha responsabilidad surge del “contrato  de  transporte  y  que  este  contrato  de  transporte  esta (sic) con la prueba  documental  de  las  facturas  de los meses de julio a diciembre de 2004, en los  cuales  Campollo  reconoce que había contratado los servicios de Álvaro Robles  Vargas…”.     

En  cuanto al segundo cargo (subsidiario),  el  apoderado de la parte civil señala que el juez colegiado no incurrió en el  yerro  de  que lo acusa el censor, pues acogió los argumentos esgrimidos por el  a  quo  en  la tasación del lucro cesante, que a su vez se basaron en la prueba  recogida  en  el  proceso, demostrativa de los ingresos devengados por el señor  Suárez  como  asesor  comercial de la firma “Seguridad El Dorado Ltda.”, la  edad  con  la  que  contaba  en el momento de su fallecimiento y el hecho de que  tenía  a  su  cargo  la  compañera  permanente  y dos hijos.      

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

La  Procuradora  Tercera  Delegada para la  Casación  Penal  solicita  a  la  Corte  no  casar  el  fallo por razón de las  censuras formuladas.   

1. En cuanto al  primer  cargo  por  violación  directa de la ley sustancial, consecuencia de la  aplicación  indebida  de los artículos 94 y 96 del Código Penal, así como de  los  artículos  2341,  2347  y  2356  del  Código  Civil, la representante del  Ministerio  Público  estima  que  ninguna  razón  le  asiste  al  libelista al  sostener  que  la  empresa “Campollo S.A.” no es responsable solidaria en el  pago  de  los perjuicios causados con la conducta punible, pues en el proceso se  probó  que  entre  la  sociedad  en  mención y Álvaro Robles Vargas se había  celebrado  contrato de transporte desde de mes de julio de 2004, inicialmente en  forma  verbal  y  a partir del 1º de abril de 2005 por escrito, cuyo objeto era  que   el   contratista  en  forma  periódica  transportara  los  productos  que  determinara  el  contratante,  para  lo  cual  el  primero debía suministrar un  vehículo      automotor      con     su     correspondiente     conductor     y  auxiliar.                    

Señala   que  esa  clase  de  relación  contractual  ha  sido objeto de estudio en diversas oportunidades por la Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema de Justicia, siendo la más reciente la  decisión  del  13  de  marzo  de  2013  con  radicación  37285,  la  que  cita  in  extenso,  para  luego  concluir  que  en  el  caso concreto la sociedad “Campollo S.A.”, por razón  del  contrato  de  transporte  celebrado  con  Álvaro  Robles  Vargas,  asumió  autoridad  y  control  respecto del vehículo con el cual se cometió el delito,  que  determinó  su  uso  efectivo  y  la  forma  de prestación del servicio de  transporte,  de  donde  emerge claro el poder director de la actividad peligrosa  que        a        su       servicio       se       prestaba       por       el  contratista.         

Además,  indica  la  representante  de la  sociedad,  que  la  lesión  del bien jurídico se produjo cuando el rodante, al  mando  del  procesado,  cumplía el servicio contratado por la empresa demandada  como  tercero civilmente responsable, y “en vigencia  del  contrato  de  transporte  que  para su beneficio se celebró…”,  por  manera que conforme al criterio de autoridad que cita en  sustento   de   su   tesis,   concluye  que  aquella  tenía  la  condición  de  “custodio” de la fuente  de  riesgo  y,  por  ende,  la  sentencia  del  Tribunal dedujo correctamente la  responsabilidad     patrimonial     respecto    de    la    firma    “Campollo  S.A.”.         

2. Respecto del  segundo  cargo, estima la Procuradora que tampoco le asiste razón al demandante  al  afirmar  que  el  Tribunal  incurrió  en  violación  indirecta  de  la ley  sustancial  por  error  de hecho, determinado por falso juicio de existencia por  omisión,  consecuencia  de  desconocer  las  pruebas  que  indicaban que Simón  Bolívar  Suárez  laboraba  en  forma  esporádica  e independiente como asesor  comercial  en  ventas  de  la empresa “Seguridad El Dorado Ltda.”, y no como  empleado directo.    

Sostiene  la Delegada que la remuneración  mensual  del  hoy  occiso,  la determinó el a quo con base en la certificación  expedida  por  la  empresa  antes  citada,  fechada el 28 de septiembre de 2005,  donde  el Gerente Administrativo hizo constar que aquél devengaba un salario de  $1.500.000  por  concepto  de  comisión sobre las ventas, el que percibía como  asesor  comercial  de  vigilancia;  situación  diferente,  anota,  es que no se  lograra   aclarar   cada   uno   de  los  rubros  que  componían  los  ingresos  certificados.         

Añade  que  por parte del sentenciador de  primer  grado  hubo  un  análisis  ponderado  en  la fijación del monto de los  perjuicios,  de acuerdo con la prueba documental demostrativa de los ingresos de  la  víctima  y  de  las  reglas  que  para  el  efecto  tiene  establecidas  la  Superintendencia Bancaria.       

3. Finalmente, la  representante  del  Ministerio  Público advierte que con la sentencia impugnada  se  transgredió  el  derecho  de  defensa  en razón de la falta de congruencia  entre  las  pretensiones indemnizatorias contenidas en la demanda de parte civil  y  las  declaradas  en  la  sentencia,  que constituye un motivo de casación de  conformidad   con   la   causal   segunda  del  artículo  368  del  Código  de  procedimiento Civil.   

Refiere   que   de  conformidad  con  la  jurisprudencia        de        la       Corte2,  la  sentencia debe estar en  consonancia  con los hechos y pretensiones aducidos en la demanda, principio que  se  rompe  en  varios  eventos, uno de los cuales se presenta cuando el juzgador  desborda   el   monto   de   lo   solicitado   (ultra  petita),   como   encuentra   ocurrió  en  el  caso  analizado.            

        Añade  la  Procuradora  que  en  la  demanda  de  parte  civil  el  perjuicio  material  -daño  emergente  y lucro cesante-, se estableció en 30 y  500  S.M.L.M.V.,  respectivamente;  y en la sentencia el a quo fijo dicho factor  en  700  S.M.L.M.V.  sin especificar cuánto de dicho monto correspondía a cada  uno  de  los  conceptos que lo integran, con lo cual desbordó cuantitativamente  la  pretensión  indemnizatoria,  por lo que corresponde a la Corte a través de  una  sentencia  declarativa de instancia, fijar el monto de la indemnización de  acuerdo  con  las pretensiones contenidas en la demanda de parte civil, esto es,  sin que en todo caso exceda el equivalente a 530 S.M.L.M.V.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Primer Cargo. Violación directa de la ley  sustancial por aplicación indebida.   

1.  Según  el  demandante,   el   sentenciador   violó  directamente  la  ley  sustancial  por  aplicación  indebida de los artículos 94 y 96 de la Ley 599 de 2000, así como  de los artículos 2341, 2347 y 2356 del Código Civil.   

Vicio que afirma el censor, condujo al juez  colegiado  a  considerar  a la empresa “Campollo S.A.” responsable solidaria  de  los  perjuicios  causados  con  el  delito, habida consideración que (i) el  vínculo    laboral   del   procesado   Aristizábal  Rivera  con  Álvaro  Robles  Vargas, a su vez tenía  origen  en  la  vinculación  contractual  de este último con la citada empresa  para  el  transporte de sus productos, lo que imponía a ambos la obligación de  cuidado  y  vigilancia  en  relación con la actividad peligrosa -conducción de  vehículos  automotores-  que  desempeñaba  el  acusado;  y,  (ii)  la  mentada  sociedad  tenía la condición de guarda o custodio del vehículo utilizado para  transportar  la  mercancía de su propiedad, por lo cual le asistía un deber de  cuidado,  vigilancia  y  supervisión  de  la  fuente  de  riesgo generadora del  daño.   

2. De conformidad  con  los  artículos 96 del Código Penal y 46 de la Ley 600 de 2000, normativas  que  gobiernan el caso analizado, la reparación del daño y el resarcimiento de  los   perjuicios   causados   por   la   conducta  punible  deben  ser  asumidos  solidariamente   por   dos   clases   de  personas,  así:  (i)  los  penalmente  responsables  y  (ii)  los  que conforme a la ley sustancial, están obligados a  responder.           

        Esta  última  categoría,  que interesa al asunto que se resuelve,  está  contemplada  en  el  artículo  140 del Código de Procedimiento Penal de  2000,   que   define   al   tercero   civilmente   responsable  como  aquel  que  “sin  ser  autor o partícipe de la comisión de la  conducta  punible  tenga la obligación de indemnizar los perjuicios”.   

3. La obligación  indemnizatoria  respecto  de terceros tiene su origen en la legislación civil y  obedece a diversas fuentes.   

3.1  Así,  sin  desconocer  que la responsabilidad civil del tercero puede ser directa según lo  establece   el  artículo  2341  del  Código  Civil,  de  conformidad  con  los  artículos  2347  y  2349  de  la  normativa  en  mención aquél también puede  incurrir  en  responsabilidad indirecta o refleja de otro, conforme a la cual la  ley  presume que una persona debe responder patrimonialmente por el hecho ajeno,  respecto  de aquellos que tuviere bajo su cuidado, como ocurre, verbi gratia, en  el  caso  de los padres frente a sus hijos menores que habiten en la misma casa,  del  tutor o curador frente al pupilo que vive bajo su dependencia y cuidado, de  los  directores  de colegios y escuelas frente a los discípulos mientras están  bajo  su  cuidado,  y  de  los artesanos y empresarios frente a sus aprendices o  dependientes;  e igualmente se presume la responsabilidad de los empleadores por  el  daño  causado  por  sus trabajadores con ocasión del servicio prestado por  éstos a aquellos.    

La  responsabilidad,  en  uno y otro caso,  surge  de  la  presunción de que quien tiene a su cargo al causante directo del  daño,  no  ejerce  en  forma  adecuada  el deber de vigilancia y control, luego  subordinación   y   vigilancia   son   elementos   propios  de  esta  forma  de  responsabilidad civil.    

3.2  De  igual  forma      existe      tal      presunción      para     el     “guardián”   de  ciertas  actividades  consideradas      como      peligrosas     y     para     el     “custodio”  del instrumento mediante el  cual  éstas  se  realizan,  debido  al  riesgo  que  entraña  para terceros la  utilización  de determinados bienes en su ejecución, como acontece por ejemplo  en  la  conducción  de vehículos automotores; responsabilidad consagrada en el  artículo   2356   de   la   Codificación  Sustantiva  Civil.      

La  guarda,  vale decir, el poder de mando  sobre  la cosa, que se materializa tanto en la capacidad de dirección, manejo y  control,  como cuando de ella se obtiene lucro o provecho económico, de la cual  deriva  la presunción de responsabilidad civil, puede ser material o jurídica,  sin  que  resulte  relevante  si  se  es  o no propietario del bien sobre el que  aquella             se             ejerce3.    

Luego,   en   orden   a   demostrar   la  responsabilidad  patrimonial del tercero, es necesario probar (i) el daño, (ii)  la  relación  causal  entre éste y la actividad peligrosa desarrollada y (iii)  su  condición de guardián de dicha actividad o de custodio del instrumento con  el          cual          se         realiza4.    

3.3  Sobre  el  particular  resulta  pertinente  citar la jurisprudencia de la Sala de Casación  Civil de esta Corporación:   

“[C]omo  reiteradamente  lo  tiene  dicho  esta Corporación, en la responsabilidad civil  por  actividades  peligrosas  de  que trata el artículo 2356 del Código Civil,  dentro  de  la  cual  se  enmarca la conducción de automóviles, esa especie de  responsabilidad  recae sobre quien al momento de ocurrir el evento dañoso tiene  el  carácter  de  guardián,  es  decir, quien tiene un poder de mando sobre la  cosa,  o  en  otros términos, su dirección, manejo y control, sea o no dueño,  pues  esta  responsabilidad  se  predica  de  quien tiene la guarda material, no  jurídica,  del bien causante del perjuicio, situación de hecho que no se da en  este  caso por cuanto, como lo dijo el Tribunal “ninguno de sus agentes (de la  demandada)  fue  autor  del daño”, lo que excluye su responsabilidad, además  de  no haberse demostrado tampoco que al momento de realizarse el daño, tuviera  algún  provecho económico sobre la cosa, otro de los eventos de imputación de  aquella responsabilidad.   

Además,  si bien es cierto que la calidad  en  cuestión,  esto  es,  la  de  guardián  de  la  actividad  peligrosa  y la  consecuente  responsabilidad  que  de ella emerge, se presumen, en principio, en  el  propietario  de  las  cosas  con  las  cuales se despliega, esta presunción  admite  prueba  en  contrario.  Por  tal  razón,  la  doctrina  de  la Corte ha  señalado   que   “…  si  a  determinada  persona  se  le  prueba ser dueña o empresaria del objeto con  el  cual se ocasionó el perjuicio en desarrollo de una actividad peligrosa, tal  persona  queda  cobijada  por  la  presunción  de ser guardián de dicho objeto  –que  desde luego admite  prueba  en  contrario-  pues aun cuando la guarda no es inherente al dominio, si  hace  presumirla en quien tiene el carácter de propietario”. Es decir, “…  la  responsabilidad  del dueño por el hecho de las cosas inanimadas proviene de  la  calidad de guardián que  de   ellas   presúmese  tener”,  presunción  que  desde  luego  puede  destruir  “si  demuestra que  transfirió  a  otra  persona  la  tenencia  de  la cosa en virtud de un título  jurídico,  (…)  o  que  fue despojado inculpablemente de la misma, como en el  caso  de  haberle  sido robada o hurtada…” (Entre otras, sentencias de 14 de  marzo  de  1938,  18 de mayo de 1972, 26 de mayo de 1989, 4 de junio de 1992, 22  de  abril  de  1997,  14  de marzo de 2000 y 26 de octubre de 2000).”5   

De  igual  forma,  esta Corporación en su  Sala  Civil  se  ocupó  de  definir  el  contenido  y  alcance  del concepto de  “guardián”    en  actividades   peligrosas,   así   como   la   posibilidad  de  que  exista  una  “guarda   compartida”  entre  la  empresa  transportadora y el propietario del automotor con el cual se  ejerce  aquella,  en  un caso donde se discutía la responsabilidad civil de las  sociedades  transportistas  cuyo negocio es operar y explotar los vehículos que  de otras personas vinculan, al respecto señaló:    

“Pertinente  resulta   memorar   que,  en  tratándose  de  la  responsabilidad  derivada  de  actividades  consideradas peligrosas, en particular la conducción de vehículos  automotores,  diversas  opiniones  se  han  expresado  sobre  la connotación de  guardián.  Concepción  proveniente  de Francia, en donde, con respecto a dicha  calidad  se  estimó,  en  los  primeros  ensayos, que refería a la persona que  tenía  una  relación  jurídica  sobre  el  objeto  utilizado  en la actividad  peligrosa;  empero, tal descripción resultó a la postre insuficiente.  Se  ensayó,  después,  otra tendencia, en esta oportunidad, referían los expertos  a  que  el  bien  debía  ser  detentado real, material y efectivamente. En todo  caso,  una  y  otra  postura  resultaron insuficientes, pues el control no puede  derivar,  siempre,  del  contacto directo y real del bien ó, contrariamente, la  ausencia  de estas características no desvirtúan un eventual control jurídico  de la cosa.   

                                           Posteriormente  surgieron  otras vertientes que, por un lado,   apostaron  por considerar como guardián del bien a quien ejerciera sobre él un  poder   efectivo  de  vigilancia,  gobierno  y  control,  concluyendo,  que  era  necesario  cumplir  con  i) la tenencia material de la cosa; ii) el ejercicio de  un  poder  fáctico  de vigilancia y control sobre ella; y, iii) que dicho poder  fuera  ejercido  de  manera   autónoma  e  independiente.  Por  otro lado,  quienes  describieron  como  determinante  de  la guarda el provecho que pudiera  derivarse  del  uso  del bien, o sea, es guardián quien hace uso y se aprovecha  del  objeto, amén de beneficiarse personal o económicamente del mismo ó, lisa  y  llanamente,  aquél  que  deriva  un  placer  o  simplemente  salvaguarda sus  intereses.  También  irrumpieron  en el ambiente doctrinario tesis que aludían  al  guardián atendiendo la  estructura o el comportamiento del bien con el  que  se  cumplía  la  actividad;  sin  desestimar  que,  igualmente, emergieron  tendencias que aludían a una guarda alternativa o acumulativa.   

                     Y   sobre  este  particular,  propicio  al  caso  ventilado,  la  jurisprudencia  colombiana,  de  antaño,  acuñó  la concepción del guardián del bien con el  que   se   cumple   dicha   actividad,   planteando   que  es  la  persona   “(….)     física  o moral que, al  momento  del percance, tuviere sobre el instrumento generador del daño un poder  efectivo  e  independiente de dirección, gobierno o control, sea o no dueño, y  siempre  que  en  virtud  de  alguna  circunstancia  de  hecho  no se encontrare  imposibilitado  para  ejercitar  ese  poder”   (G.J. T. CXLII, pág.  188).   

                    Tendencia  que,  así mismo, dejó reseñada en el siguiente texto: “Desde luego haya que  advertir  que   al  momento de verificar contra quién se dirige la demanda  de  responsabilidad  civil derivada del ejercicio de las actividades peligrosas,  la  cuestión  debe ser examinada según quienes sean  sus  guardianes,  perspectiva  desde  la  cual  se  comprenden  por pasiva todas  aquellas  personas naturales o jurídicas de quienes se pueda predicar potestad,  uso,  mando, control o aprovechamiento efectivo del instrumento mediante el cual  se  realizan  aquéllas  actividades”  –hace  notar  la  Sala-  (Sent.  26 de  noviembre de 1999, Exp. 5220).    

                  Tal calidad  de  guardián  puede  ostentarla, simultánea o concurrentemente,  aquellas  personas  cuya  relación  con el bien objeto de la actividad desnude la calidad  de  propietario,  poseedor  o  tenedor  y,  por consiguiente, quien la detente o  todos  juntos,  resulten convocados a la litis pertinente en procura de resolver  su responsabilidad.   

                    Así  se  pronunció la Corporación en alusión al tema:   

                                           “desconoció  el  Tribunal  la  apuntada  vinculación y por ende  la     noción     teórica     de    ‘guarda     compartida’,  según  la cual en el ejercicio de  actividades   peligrosas  no  es  extraña  la concurrencia  de varias  personas  que,  desde  diversos  ángulos  y  en  atención   a sus propios  intereses  o  beneficios,  puedan  ejercer   al  tiempo  y  a  su manera la  dirección  o  control  efectivo  de  aquellas y que a todas les impone el deber  jurídico   de   impedir   que   se  convierta  en  fuente  de  perjuicios  para  terceros,  cuestión que ciertamente omitió examinar  el  sentenciador  en el caso sub-judice, a pesar de las evidencias existentes en  el  proceso que llevan a concluir que Postobón S.A., sin embargo de efectuar la  venta   mencionada,  no  permaneció  apartada  ni  indiferente  al  desempeño,  funcionamiento   y control intelectual de la actividad peligrosa desplegada  por  el  automotor  tantas veces citado, actitud que por fuerza ha de entenderse  asumida  por  aquella  entidad  en  cuanto  y en tanto obtenía de esa actividad  lucro       o       provecho       económico      evidente”      –  hace  notar  la  Sala- (Sent. 22 de  abril  de  1997,  Exp.  4753).              

                   Por manera  que,  nada  extraño,  ciertamente,  que  una  o varias personas pueden llegar a  ejercer  en  mayor  o menor grado injerencia en el manejo o control del bien con  el  que se cumple la actividad peligrosa, evento ante el cual, sin duda, asumen,  in   solidum,  el  compromiso  de   indemnizar  a  la  víctima;  en  otros  términos,  si  el  control de la guarda resulta compartido por varias personas,  igual  número  aparecerán  llamados  a  resarcir  solidariamente  al  dañado.   

                     Condición   semejante,   esto   es,  la  de  guardián,  deviene  absolutamente  procedente,  entonces,  que  sea compartida entre la empresa de transporte y los  propietarios  del  automotor,  hipótesis  ante la cual, dada la solidaridad que  surge  para  una  y  otros, cualquiera puede ser  involucrado en el proceso  respectivo  en  función  de  la  eventual  responsabilidad  por  los perjuicios  generados;  luego,  en  el  asunto  de esta especie, al margen del  posible  compromiso  de  los  titulares  del  dominio  del  bien con el que se generó el  daño,  en procura de su resarcimiento, la transportadora estaba legitimada para  ser  llamada con miras de cubrir los perjuicios generados a los demandantes. Por  manera  que,  aún  aceptando,  en  gracia  de discusión, que los propietarios,  señores  Diana  Paris e Israel Ardila, tenían tal calidad, no por ello, debía  exonerarse   a  la  sociedad  Expreso  Brasilia  S.A.,  pues  la  fuente  de  su  responsabilidad,  itérase,  no  puede hallarse exclusivamente en la titularidad  del  dominio en cabeza de otra persona, natural o jurídica, sino en el vínculo  del  automotor  a su objeto social; esto es, en el control que ejerce por razón  de   la   afiliación  del  vehículo.”6   

Entonces, en punto de responsabilidad civil  por  actividades  peligrosas  de  que trata el artículo 2356 del Código Civil,  a  la  cual  se  ajusta  la  conducción  de  vehículos,  el criterio de autoridad  acabado  de  citar fija las  siguientes  reglas:  (i) la  referida  especie  de responsabilidad recae sobre quien al momento de ocurrir el  daño  tiene  la  condición de guardián del bien con  el  que  se  cumple aquella;  (ii)  la  anotada  calidad  se  predica  de la persona  natural  o  jurídica  que,  sea  o  no  dueño, tiene  potestad,  uso,  mando,  control  o  aprovechamiento  efectivo  del  instrumento  generador    del    daño   mediante   el   cual   se   realiza   la   actividad  peligrosa;   (iii)  la  categoría      de     guardián     pueden  ostentarla,    en   forma   concurrente,   aquellas  personas  que  tengan  la  calidad  de  propietario,  poseedor  o  tenedor  del  bien  utilizado en la actividad peligrosa;  y,  (iv)  es procedente predicar que  la     mencionada  condición sea compartida  entre  la  empresa  de  transporte  y los propietarios del automotor        con        la       cual       se       ejerce.                

4.  Previo  al  análisis  que demanda la solución del asunto de la especie, resulta de basilar  importancia  referir  que  el  ad  quem fundó la condena del tercero civilmente  responsable  a  partir  de considerarlo, junto al propietario del rodante con el  cual  se  causó  la  muerte  de  la  víctima, guardián y custodio tanto de la  actividad  peligrosa  relativa  a la conducción de vehículos automotores, como  del  bien  con  el cual se realizaba aquella, con apoyo en el artículo 2356 del  Código Civil.   

Así   lo   evidencian   los  siguientes  razonamientos    del   Tribunal:           

“De acuerdo a  tales  postulados,  resulta  procedente admitir como lo invoca la recurrente, la  declaratoria   de   responsabilidad   solidaria   que  como  tercero  civilmente  responsable  pretende respecto de la empresa Campollo, para la cual Albeiro  Aristizábal bajo la dirección  del  propietario  del  vehículo  Álvaro  Robles  se  encontraba desplegando la  actividad  transportadora  con  la  que  ocasionó  el  daño  a Simón Bolívar  Suárez,   en  virtud  de  la  llamada  por  el  tratadista  Gilberto  Martínez  Ravé7              ‘responsabilidad  civil  por  el  hecho  de  las cosas utilizadas en  actividades  peligrosas’  como  responsable solidario de la actividad peligrosa desarrollada, porque   faltó   a   su   deber   de   guardianes   (sic)  de  la  cosa…”.      

Y  más  adelante  a  manera  de colofón,  señaló:   

“En  consecuencia,  independientemente  de  que el procesado reconozca su dependencia  directa  a  nivel  laboral  con Álvaro Robles Vargas, no es menos cierto que la  misma  tenía  origen  en  la  vinculación  contractual de éste con la empresa  -alquiler  del  vehículo-,  de  manera que el propietario del furgón de placas  FTH-352,  así como Campollo, estaban llamados a velar como garantes por el buen  desempeño  de  la  labor  riesgosa  que desempeñó el enjuiciado [Albeiro               Aristizábal              Rivera]”.   

4.1  Ahora bien,  el  problema jurídico que ofrece el caso examinado se circunscribe a establecer  si  la empresa “Campollo S.A.” al momento del fatídico suceso que cobró la  vida  de  Simón Bolívar Suárez, tenía la condición de guardián, bien de la  actividad  peligrosa  -conducción  de automotores- que desplegaba el penalmente  responsable  Albeiro  Aristizábal Rivera,  ora  del  vehículo de placas FTH-352 con el cual se cometió el  delito,  o  de  ambos;  en  orden a determinar si le asiste o no responsabilidad  civil por los perjuicios ocasionados con aquél.   

      

4.2 En ese orden,  dígase  que  en el proceso se demostró que para la fecha del hecho investigado  y  desde el mes de julio de 2004, entre la empresa “Campollo S.A.” y Álvaro  Robles  Vargas,  dueño del pluricitado vehículo de placas FTH-352, existía un  acuerdo  de  voluntades  -contrato- de naturaleza verbal, cuyo objeto era que el  segundo  se  obligaba  a  transportar  los  productos  que  la  citada  sociedad  producía,  vale  decir,  carne  de  pollo  en  canal,  y  ésta  a  su  vez  se  comprometía a pagar un precio o flete por dicho servicio.   

Así   lo   encontró   demostrado   el  sentenciador  de segundo grado, a partir de la prueba documental aportada por el  representante   de   la  persona  jurídica  vinculada  en  calidad  de  tercero  civilmente  responsable,  consistente  en las facturas de venta correspondientes  al  lapso  arriba indicado, expedidas por el transportador Álvaro Robles Vargas  a  nombre  de la firma “Campollo S.A.”, donde consta la fecha de prestación  del  servicio,  la  cantidad  de  producto  transportado, la placa del vehículo  utilizado   para  tal  efecto  y  el  valor  del  flete,  entre  otros  aspectos  relevantes8.      

4.3 Luego si el  ad  quem  dio  por  sentado  que entre la sociedad “Campollo S.A.” y Álvaro  Robles  Vargas  mediaba  el  mentado contrato de transporte de cosas, mal podía  concluir  que a dicha persona jurídica le asistía la obligación de dirección  y  control efectivo de la actividad peligrosa de conducción de vehículos, pues  aquella   recaía   única  y  exclusivamente  en  la  persona  natural  que  la  desarrollaba,  vale  decir,  en  el  señor Robles Vargas, quien a su vez era el  poseedor  del  vehículo utilizado en su ejecución y con el cual se cometió el  delito.   

En  efecto,  así  se desprende de que (i)  Álvaro  Robles  Vargas  era  la  persona  que  de  manera  regular y permanente  ejecutaba  la  actividad  de  transporte  de  mercancía,  en  forma autónoma e  independiente,  como  lo  denota el hecho probado que hubiera celebrado contrato  de  transporte  con  la empresa “Campollo S.A.”, que al efecto dispusiera de  un  vehículo automotor para la prestación del servicio acordado, que directa y  personalmente  contratara  al  conductor y al auxiliar del citado rodante y que,  lo  más  importante,  fuera él y nadie más quien obtenía provecho económico  del  bien  utilizado  en la actividad peligrosa relacionada, según se demostró  en   el   proceso   con   la   prueba   testimonial9;  y, (ii) el mencionado, pese  a  no  figurar  como propietario de la camioneta de placas FTH-352, detentaba su  posesión,  es  decir,  su  uso  y  goce,  y consecuentemente tenía la potestad  efectiva       de       dirección,       mando       y       control      sobre  aquella.                    

Emerge de lo anterior, que la condición de  guardián,   tanto   de   la   actividad   peligrosa  -transporte  terrestre  de  mercancías-  como  del  instrumento -vehículo- con el cual se realizaba, sólo  puede  predicarse del señor Robles Vargas, igualmente vinculado al proceso como  tercero  civilmente  responsable,  pues  conforme al criterio de autoridad de la  Sala  de  Casación Civil de la Corte citado párrafos atrás, aquella, esto es,  la  calidad  de  guarda,  se  presume  en  la  persona  a  quien  se  pruebe  es  “dueña  o  empresaria  del  objeto  con el cual se  ocasionó  el  perjuicio en desarrollo de una actividad peligrosa…”  o  de  “aquellas  personas  cuya  relación  con el bien objeto de la actividad desnude la calidad de propietario,  poseedor        o        tenedor…”,  calidad que puede ser desvirtuada  si  el  agente  demuestra  “que  transfirió a otra  persona  la  tenencia  de la cosa en virtud de un título jurídico, (…) o que  fue  despojado  inculpablemente  de  la  misma,  como en el caso de haberle sido  robada o hurtada…”.   

En  el  caso  de  la  especie,  la  doble  condición  anotada  de  empresario  de la actividad  peligrosa  y  poseedor  de  la  cosa  con  la  cual  se desarrolla, que permiten  presumir    la    condición    de   guardián   de   aquella   y   custodio  de  ésta,  de  la  cual  se deriva la responsabilidad  civil  consagrada  en el artículo 2356 del Código Civil, se reúnen en persona  diferente   a   la   sociedad  “Campollo  S.A.”,  de  donde  es  razonable  afirmar    que   ésta  en   manera  alguna  debía  velar  “por  el  buen  desempeño  de la labor  riesgosa   que   desempeñó   (sic)   el  enjuiciado  [Albeiro  Aristizábal  Rivera]”      como     lo     concluyó  el  sentenciador de segundo  grado,  mucho  menos  por  razón  del  contrato  de  transporte  que  igualmente  reconoció  el Tribunal mediaba entre dicha persona  jurídica        y        el        señor       Robles       Vargas.         

Frente      al      contrato   de  transporte,  regulado en el artículo 981 del Código de Comercio,   oportuno  es  referir  que  éste  ha sido definido por la jurisprudencia de la Sala de  Casación    Civil    de    esta    Corporación,    en    los   siguientes  términos:   

“1.            El  contrato  de transporte es  aquel  negocio jurídico ajustado entre el remitente, ya sea que obre por cuenta  propia  o  ajena (art. 1008, C. de Co.), y el transportador, por virtud del cual  éste  se obliga para con el primero, a cambio de un precio, “a conducir de un  lugar  a  otro, por determinado medio y en el plazo fijado, personas o cosas y a  entregar  éstas  al destinatario” (art. 981, ib.), en el “estado en que las  reciba,  las cuales se presumen en buen estado, salvo constancia en contrario”  (art. 982, inc. 1º, ib.).   

De  conformidad  con  el  inciso  2º del  citado   artículo   981   del   estatuto   mercantil,  el  contrato  de  transporte  es  consensual  o de  forma  libre,  como  quiera  que  “se  perfecciona  por el solo acuerdo de las  partes   y   se   prueba   conforme   a   las  reglas  generales”.10   

    

Siendo    ello   así,   ninguna     obligación     distinta  a  las  referidas  por  la  jurisprudencia  citada,  entrega  del  bien  a  transportar y pago del flete,  podía  surgir  para la  firma  “Campollo  S.A.”  con ocasión del tantas  veces   citado   contrato   de   transporte,   luego  razonar  como  lo  hizo  el  ad  quem  para  derivar  responsabilidad    civil    sobre   dicha   persona  jurídica,  con  el  argumento  de  que en últimas  la  actividad  peligrosa  -transporte  terrestre de mercancías- “tenía como  fin  primordial trasladar unos elementos de la empresa Campollo a un destino, es  decir,  existía una posición de garante      derivada      del      vínculo      contractual”   (subraya  la  Sala),     no     sólo     llevaría  al  extremo  de  que todo aquel que contrate  la  prestación de un servicio como  el   mencionado,  quedaría  por  ese  sólo  motivo  vinculado        como        guardián   de   la   actividad   peligrosa  desarrollada  por  el  empresario  transportador  y  custodio  del  bien  con  el  cual  se  realiza  aquella, y consecuentemente  responsable  solidario por  los   daños   que  en  su  ejecución  se          llegaren        a        causar,   lo   cual  no  solo  resulta  extraño  a  esta  modalidad  contractual,  sino que  además   crea   una   nueva  presunción  de  culpa  civil  no  reconocida por  la              legislación,     ni     la     jurisprudencia  nacional.                

Situación  bien  diferente  es  la  de la  empresa  de  transporte a la cual se encuentra inscrito el vehículo con el cual  se  causa  el  daño,  pues  como lo tienen bien definido las Salas de Casación  Penal  y Civil de la Corte, en tales eventos la persona jurídica debe responder  civilmente   “en   cuanto   afiliadoras   para  la  prestación  regular  del  servicio  a  su  cargo,  independientemente de que no  tengan  la  propiedad  del  vehículo  respectivo,  ostentan  el calificativo de  guardianas  de  las  cosas con las cuales se ejecutan las actividades propias de  su   objeto  social,  “no  sólo  porque  obtienen  aprovechamiento  económico  como  consecuencia del servicio que prestan con los  automotores  así vinculados sino debido a que, por la  misma  autorización  que  le  confiere  el  Estado  para  operar  la actividad,  pública   por   demás,   son   quienes   de   ordinario   ejercen   sobre   el  automotor   un   poder  efectivo   de   dirección   y  control,  dada  la calidad que de tenedoras legítimas adquieren a raíz de  la  afiliación  convenida con el propietario o poseedor del bien, al punto que,  por  ese mismo poder que desarrollan, son las que determinan las líneas o rutas  que  debe  servir  cada uno de sus vehículos, así como las sanciones a imponer  ante  el  incumplimiento  o la prestación irregular del servicio, al tiempo que  asumen  la  tarea  de  verificar  que la actividad se ejecute previa la reunión  integral  de  los  distintos documentos que para el efecto exige el ordenamiento  jurídico  y  las  condiciones  mecánicas  y  técnicas  mediante las cuales el  parque   automotor   a  su  cargo  debe  disponerse  al  mercado.”11 (subrayado  de    la    Sala).”12   

De  ahí  que  no  le  asista  razón a la  representante  de  la  Procuraduría cuando solicita se desestime el cargo, para  lo  cual  se  apoya  en  la  jurisprudencia  de  la  Sala  citada en el párrafo  anterior,  pues  el  supuesto  fáctico  del  asunto  que en aquella ocasión se  resolvió  es  diferente  al  del  caso  que  ahora  ocupa  la  atención  de la  Corporación,  en  tanto  allí  se  discutió  la  responsabilidad civil de las  empresas  transportadoras en cuanto afiliadoras de los vehículos con los cuales  se  presta  el  servicio  a  su  cargo  y del cual, obviamente, derivan provecho  económico,  lo  que  las  ubica  como  guardianes  de  la  actividad  peligrosa  desarrollada  conforme  a  su objeto social y, por ende, responsables solidarias  del   perjuicio   que   se  cause  con  ocasión  de  aquella.      

A  diferencia de lo anterior, en el asunto  de  la  especie la controversia gira en torno a si la condición de guardián de  la  actividad  peligrosa y de custodio del bien con el cual ésta se desarrolla,  es  posible  presumirla  en cabeza de una empresa cuyo objeto social13  no  es el  transporte  en  general,  ni  el  de  carga en particular, por el hecho de haber  celebrado  un  contrato  de transporte de mercancías -carne de pollo en canal-,  con  una  persona  natural  dedicada  en forma autónoma e independiente a dicha  actividad.       

Así  las  cosas,  el  cargo  prospera. En  consecuencia,  la  Corte casará parcialmente la sentencia impugnada para, en su  lugar,  confirmar  la de primera instancia que exoneró de responsabilidad civil  a la empresa “Campollo S.A.”.   

Por  sustracción  de  materia,  al  haber  prosperado  el  cargo principal, la Sala no se referirá al segundo reproche que  se planteó en forma subsidiaria.   

5. Casación oficiosa  

Como   atinadamente   lo   advirtió  la  representante  del  Ministerio  Público,  la  Corte  encuentra que la sentencia  recurrida  transgrede  el  derecho  de  defensa  de  quienes  fueron  condenados  solidariamente  al pago de los perjuicios ocasionados con el delito, en tanto no  está  en  consonancia con la pretensión indemnizatoria contenida en la demanda  de  parte  civil,  al desbordar lo que en dicho libelo se solicitó en relación  con el monto del perjuicio material.   

En   materia   civil,  el  principio  de  congruencia  que  se  predica  entre  los hechos y pretensiones contenidos en la  demanda  y  lo  declarado  en la sentencia, está consagrado en el artículo 305  del     Código     de     Procedimiento     Civil     que     reza:       

“La  sentencia deberá estar en  consonancia  con  los  hechos y las pretensiones aducidos en la demanda y en las  demás  oportunidades  que  este  Código  contempla,  y con las excepciones que  aparezcan   probadas  y  hubieren  sido  alegadas  si  así  lo  exige  la  ley.   

No  podrá  condenarse  al  demandado  por  cantidad  superior  o  por  objeto distinto del pretendido en la demanda, ni por  causa diferente a la invocada en ésta.   

Si lo pedido por el demandante excede de lo  probado, se le reconocerá solamente lo último.   

En  la  sentencia  se  tendrá  en  cuenta  cualquier  hecho  modificativo  o extintivo del derecho sustancial sobre el cual  verse  el  litigio,  ocurrido  después de haberse propuesto la demanda, siempre  que  aparezca  probado  y  que  haya sido alegado por la parte interesada a más  tardar  en  su  alegato  de conclusión, y cuando éste no proceda, antes de que  entre   el  expediente  al  despacho  para  sentencia,  o  que  la  ley  permita  considerarlo de oficio.”   

Sobre  el  tema  anunciado  las  Salas  de  Casación                    Penal14    y    Civil15    han  señalado  de  forma  pacífica y reiterada que en materia civil el principio de  congruencia  se  rompe  cuando en la sentencia (i) se reconoce más de lo pedido  -ultra  petita-,  (ii)  se  resuelve   sobre  lo  que  no  se  ha  pedido  -extra  petita-  o  (iii)  se omite pronunciarse sobre lo que  fue  solicitado  o  acerca  de  las  excepciones  postuladas  por  el  demandado  -mínima  o  citra petita-.   

En  el  caso  concreto, el apoderado de la  parte  civil actuando en representación de la compañera permanente y los hijos  del  occiso,  al formular la correspondiente demanda16   tasó   los   daños   y  perjuicios  así:  (i)  daño emergente en el equivalente a 30 salarios mínimos  legales  mensuales vigentes, (ii) lucro cesante en el equivalente a 500 salarios  mínimos   legales   mensuales   vigentes  y  (iii)  perjuicios  morales  en  el  equivalente  a  80  salarios mínimos legales mensuales vigentes, monto este que  fue  variado  en  las  demandas  presentadas  posteriormente contra los terceros  civilmente                responsables17,    incrementando    tal  pretensión      a      1000     salarios     mínimos     legales     mensuales  vigentes.             

En  la  sentencia de primer grado, que fue  modificada  por  el  ad  quem  únicamente  en  cuanto  declaró  a  la  empresa  “Campollo   S.A.”   responsable   solidaria   del  pago  de  los  perjuicios  ocasionados  con el delito, junto al procesado Albeiro  Aristizábal   Rivera   y   al   tercero  civilmente  responsable  Álvaro  Robles  Vargas,  el  a  quo  fijó el daño material en el  equivalente  a 700 salarios mínimos legales mensuales vigentes, sin especificar  cuánto  de  dicho  monto  correspondía  a  cada  uno  de  los conceptos que lo  integran,  y  los  perjuicios  morales en el equivalente a 200 salarios mínimos  legales mensuales vigentes.       

Surge  patente  que  los  juzgadores  de  instancia  desconocieron  el principio de congruencia en materia civil, en tanto  condenaron  in solidum a los  demandados  patrimonialmente  a  pagar  por  concepto  de  perjuicio material el  equivalente  a  700 salarios mínimos legales mensuales vigentes, monto superior  al  solicitado  en  el  libelo  por  el apoderado de la parte civil, esto es, el  equivalente  a  30  y  500  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes por  concepto  de  daño emergente y lucro cesante, respectivamente, profiriendo así  un       fallo      ultra      petita.       

Así   las   cosas,   la  Corte  casará  parcialmente  y  de  oficio  la  sentencia  de  segunda instancia, reduciendo la  condena  por  perjuicios  materiales  a  530 salarios mínimos legales mensuales  vigentes,  por  razón  de la demanda de parte civil presentada a nombre de Rosa  Vásquez  Soto,  Jorge  Aurelio  Bolívar  Vásquez  y  Elkin Alexander Bolívar  Vásquez,  compañera  permanente  e hijos del obitado, por estar aquel monto en  consonancia con la pretensión aducida en el respectivo libelo.   

En lo demás, el fallo no sufrirá ninguna  modificación.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA,  SALA DE CASACIÓN PENAL,  administrando justicia en nombre de  la República y por autoridad de la ley,   

R E S U E L V E  

1.    CASAR   parcialmente  la  sentencia  proferida el 10 de octubre de 2011 por el Tribunal  Superior  de  Bogotá  y,  en  su lugar, confirmar la de primera instancia en lo  relativo  a  la  exoneración  de responsabilidad civil a la empresa “Campollo  S.A.”.   

2.   Casar  parcialmente  y  de  oficio  el fallo recurrido, por  lo  cual  se  reduce a la suma de quinientos treinta (530) salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes,  la  condena  por  perjuicios  materiales impuesta  solidariamente  a  todos  los  demandados,  de  conformidad con las pretensiones  formuladas     en     favor     de    Rosa  Vásquez  Soto,  Jorge  Aurelio  Bolívar  Vásquez  y  Elkin  Alexander Bolívar Vásquez.   

3. En lo demás  el fallo no sufre ninguna modificación.   

         

4.  Contra esta  decisión no procede ningún recurso.   

Cópiese,   comuníquese   y  cúmplase.  Devuélvase al Tribunal de origen.   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTINEZ  

JOSÉ  LUIS BARCELÓ CAMACHO                                               FERNANDO    ALBERTO  CASTRO CABALLERO   

EUGENIO  FERNÁNDEZ  CARLIER                         MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO       ENRIQUE      MALO  FERNÁNDEZ                                   EYDER PATIÑO CABRERA   

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  En  esa   condición  fueron  vinculados  Álvaro  Robles  Vargas  como  dueño  del  vehículo  de  placas  FTH-352  y  la  empresa “Campollo S.A.” en calidad de  contratante del primero.   

2  Sentencias  de  casación  Rdo. 34816 del 7 de marzo de 2012 y Rdo. 37285 del 13  de marzo de 2013.    

3  Sentencia  de  casación  civil  No.  S-  25-02-2002  del 25 de febrero de 2002,  expediente 6762.   

4  Sentencia  de  casación  civil  No. 2529031030012005-00345-01 del 17 de mayo de  2011.   

5  Sentencia  de  casación  civil  No.  S-  25-02-2002  del 25 de febrero de 2002,  expediente 6762.   

6  Sentencia  de  casación civil No. 4400131030012001-00050-01 del 19 de diciembre  de 2011.   

7  Procedimiento Penal Colombiano. Décima Edición. Temis 1997.   

8  Folios    92    a   153   del   cuaderno   original   del   tercero   civilmente  responsable.   

9  Folios  153  y  158 del cuaderno original No. 1 y Folio 23 del cuaderno original  No.2.   

10  Sentencia        de        casación        civil        No.        05001-3103-010-2000-00012-01  del 16 de  diciembre de 2010.   

11  Ibídem.   Sentencia   de   casación   civil  No.  7627  del  20  de  junio  de  2005.   

12  Casación Rdo. 37285 del 13 de marzo de 2013.   

13  Certificado  de existencia y representación legal de “Campollo S.A.”, folio  79 del cuaderno original del tercero civilmente responsable.   

14  Sentencias  Rdo.  34816  del  7 de marzo de 2012 y Rdo. 37285 del 13 de marzo de  2013, entre otras.   

15  Sentencias  Rdo. 6385 del 27 de octubre de 2000 y Rdo. 6666 del 22 de febrero de  2002, entre otras.    

16  Demanda  presentada  el  7  de febrero 2005. Folio 1 del cuaderno original de la  parte civil.   

17  Folios    33    y   155   del   cuaderno   original   del   tercero   civilmente  responsable.     

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