38272(18-04-12)

2012

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso nº 38272  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente   

                            Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta No. 139.   

Bogotá, D.C., dieciocho de abril de dos mil  doce.   

V    I   S   T   O  S   

Con  el  fin  de  constatar si satisface las  condiciones   de  admisibilidad,  la  Corte  examina  la  demanda  de  casación  presentada    por   el   defensor   de   LUIS  ENRIQUE  CORTÉS  CASTRO, contra la  sentencia  del  27  de septiembre de 2011, proferida en segunda instancia por el  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Cundinamarca, que resolvió revocar  la  absolutoria  dictada  el  27  de agosto de 2010 por el Juzgado Promiscuo del  Circuito  de Pacho y, en su lugar, condenó al procesado a las penas principales  de  cuarenta y ocho (48) meses de prisión, inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por  el mismo lapso y multa de $2’400.000,oo;  asimismo,  le  impuso  la  obligación  de  cancelar los perjuicios; por haberlo declarado autor penalmente  responsable  de  la  conducta  punible de peculado por  apropiación  a favor de terceros. Al sentenciado se le  concedió la prisión domiciliaria.   

H E C H O S  

Los acontecimientos que dieron origen a este  proceso  fueron  relatados  por el Tribunal Superior de Cundinamarca en el fallo  de segundo grado, como se transcribe a continuación:   

“Los hechos que  nos  ocupan en esta instancia, fueron dados a conocer por medio de comunicación  enviada  al  señor  Fiscal General de la Nación, por parte del ciudadano PEDRO  JOSÉ  BELTRÁN  PARDO,  en  calidad de veedor de Topaipí (Cundinamarca), en el  (sic)  cual  manifiesta una serie de irregularidades en la Administración de la  Alcaldía de Topaipí (Cundinamarca).   

Los  hechos  que  fueron denunciados por el  ciudadano  antes  mencionado,  dan  cuenta  de  las irregularidades en cuanto se  refiere  a  la  contratación  en la venta de unos vehículos de la Alcaldía de  dicho  Municipio,  argumentando que el Concejo mediante acuerdo 007 datado 13 de  agosto  de  2006,  autorizó al señor Alcalde a vender en pública subasta unos  rodantes,   para   lo   cual  dicha  acción  no  cumplió  con  los  requisitos  legales.   

Es  de  advertir  que desde el inicio de la  actuación   investigativa  adelantada  por  la  unidad  de  Delitos  contra  la  Administración  Pública,  de  justicia  y  otros,  de  Cundinamarca, Fiscalía  Primera  Seccional,  se  procedió  por el punible de PECULADO POR APROPIACIÓN,  con  el  fin  de  establecer  las  circunstancias de tiempo, modo y lugar en las  cuales   tuvieron   ocurrencia   dichos  hechos  en  el  Municipio  de  Topaipí  (Cundinamarca).   

Es  del caso precisar que tanto en la pieza  acusatoria  de  primera  instancia,  como  en la providencia mediante la cual la  Unidad  de  Fiscalías  Delegadas  ante  el  Tribunal  Superior  de Cundinamarca  desató  la  alzada  incoada  contra  la misma, se indicó que la afectación al  patrimonio     del     ente     territorial     ascendió    a    $2’400.000.”    

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

En    atención    a   la   notitia   críminis  presentada  por  el  ciudadano   Pedro  José  Beltrán  Pardo  el  18 de diciembre de 2006 ante el Despacho del Fiscal General de  la   Nación1,  dando cuenta de las posibles irregularidades en las que incurrió  el  alcalde  del  municipio  de  Topaipí  (Cundinamarca)  en el trámite de una  subasta  pública de vehículos automotores autorizada por el Concejo municipal,  la  Fiscalía  Primera Seccional de Bogotá dispuso adelantar una investigación  previa     el     5     de    enero    de    20072  y,  luego de practicar varias  pruebas,  ordenó  la apertura de instrucción por auto del 11 de mayo del mismo  año3   y  la  vinculación  de  LUIS  ENRIQUE  CORTÉS   CASTRO   mediante   indagatoria4,  oportunidad  en   la   que   se   le   imputó   la   conducta   punible   de   peculado  por  apropiación.   

La Fiscalía definió la situación jurídica  del  sindicado  el 13 de septiembre de 2007, absteniéndose de imponer medida de  aseguramiento5. La decisión no fue recurrida.   

El ente instructor resolvió el 12 de octubre  de   2007,   precluir   la   investigación   penal   a  favor  de  LUIS    ENRIQUE   CORTÉS   CASTRO,   al  considerar  que  era  inexistente el delito imputado6.   

Esa providencia fue recurrida en reposición  y,    en    subsidio,   apelación   por   el   representante   del   Ministerio  Público7.  Al  resolver  la impugnación horizontal, mediante auto del 15 de  noviembre  de  2007,  la  Fiscalía  Primera  Seccional  de  Bogotá  revocó la  decisión   atacada   y   ordenó  la  práctica  de  otras  pruebas8.   

El  24 de junio de 2008, se declaró cerrada  la                   investigación9  y  se calificó su mérito el  29         de         julio         siguiente10,  profiriendo  resolución de  acusación     contra    LUIS    ENRIQUE    CORTÉS  CASTRO,  por  el delito de peculado por apropiación a  favor  de  terceros,  de  acuerdo  con  la descripción típica consagrada en el  artículo 397 del Código Penal.   

El  llamamiento  a  juicio  fue recurrido en  apelación   por   el  defensor  del  señor  CORTÉS  CASTRO.  La  decisión fue confirmada por la Fiscalía  Octava  Delegada  ante el Tribunal Superior de Cundinamarca mediante providencia  del      30      de      marzo      de      200911.   

La  etapa  del  juicio  le  correspondió al  Juzgado   Promiscuo   del   Circuito   de  Pacho  Cundinamarca  que  asumió  el  conocimiento    el    4    de    mayo    de   200912;   celebró   la  audiencia  preparatoria  el  26  de  noviembre  del  mismo año13;  y,  la vista pública el 7  de  mayo  201014.   

La   sentencia  de  primera  instancia  se  profirió    el    27    de    agosto    de   201015,   de   cuya  naturaleza  y  contenido  se  hizo  mérito en el acápite inicial de esta providencia, la cual  fue  revocada  por el Tribunal Superior de Bucaramanga mediante la que es objeto  del          recurso          extraordinario16.   

LA   DEMANDA   

Un  cargo  dice  formular  el  demandante al  amparo  de  la  causal  primera  del  artículo 207 del Código de Procedimiento  Penal,  por  violación  indirecta  de  la  ley sustancial, consistente en falso  juicio de existencia.   

“El fallador ha  incurrido  en  error  de  hecho por falso juicio de existencia, al desconocer la  presencia  de  pruebas  que  legalmente  fueron aportadas al proceso, lo cual lo  llevó   a  la  aplicación  indebida  del  artículo  397  de  la  Ley  599  de  2000.”   

Transcribe un extenso aparte de la sentencia  de   segunda  instancia,  en  el  que  el  Tribunal  se  refiere  al  detrimento  patrimonial  que  sufrió  el municipio de Topaipí, ocasionado por la irregular  contratación  y el defectuoso pago que hizo el comprador de los vehículos y de  la  maquinaria,  así  como  alude  a  la controversia planteada por el defensor  acerca    del    pago   de   los   $2’400.000,oo,  en  relación  con  los  que  afirma  el  demandante en  casación que sí se cancelaron por concepto de parqueadero.   

Cita  un fragmento de la sentencia del 26 de  enero  de  2006  (Rdo.  20.263),  en  el  que la Sala de Casación Penal señala  cuándo  se  configura  el  error  de  hecho  por  falso  juicio  de existencia.   

Considera  que el Juez Colegiado desconoció  la  Resolución  No. 32 expedida por la Alcaldía de Topaipí el 4 de septiembre  de   2006,   porque   en  el  parágrafo  del  artículo  primero  de  ese  acto  administrativo     se     dijo     que     las     deudas    por    parqueadero  corrían por cuenta del ente  territorial   y   serían   descontadas   del   suministro   de   ingreso  a  la  Tesorería.   

“Así  mismo,  desconoce  la comunicación del 10 de agosto de 2006, dirigida al señor alcalde  por   el   perito   avaluador   ERNESTO  JAVIER  ARÉVALO  de  PIRMO  INGENIEROS  LTDA.,  [quien]  expresó:  “La  suma de los bienes que se darán de baja por su municipio es por el valor  de  DIECISIETE  MILLONES  DOCE  MIL PESOS M/CTE ($17.012.000,oo) más las deudas  moratorias    por    impuestos    a    la    Secretaría    de    Hacienda   del  Departamento”.”   

Señala  igualmente  que  el  Ad  quem omitió referirse a las actas de  entrega  obrantes  a  folios  64, 65 y 66, que corresponden a la volqueta marcha  Chevrolet,  la  camioneta  de  placas  OJ 5966 y al automotor de placas OIL 135,  evidencias  con  las  que  se  demuestra  la  existencia  de  las  personas  que  suscribieron los recibos por pago de estacionamiento.   

Esas      pruebas      –agrega– no fueron apreciadas por el Tribunal,  por  lo  que  se incurrió en falso juicio de existencia y, de haberse tenido en  cuenta,  la  decisión  hubiese  sido confirmar la sentencia absolutoria, porque  respaldan  lo  dicho por el procesado, en el sentido de que no hubo apropiación  de   dinero  en  beneficio  de  terceras  personas;  o,  por  lo  menos  habría  corroborado  la  duda que reconoció el A quo cuando afirmó que “…en  el  diligenciamiento  no se demostró de manera plena que la  conducta  presentada  por el aquí encartado sea la de PECULADO POR APROPIACIÓN  EN  BENEFICIO  DE  TERCEROS, puesto que dentro de las actividades investigativas  adelantadas  por la Fiscalía se ha determinado la falencia y el poco cúmulo de  pruebas   que   determinaron   la   concordancia   entre   la   conducta   y  el  delito.”   

A  su  juicio,  la  trascendencia  del error  denunciado  radica  en  que  “…desde  siempre han  estado  los  nombres  de  protagonistas  o de personajes que de manera directa o  indirecta  conocieron  de  los  hechos investigados, de los que se deduce que el  pago   de  los  parqueaderos  de  (sic)  hizo  y que existían las razones de dicho pago, sin que ello fuera  un invento del acusado.”   

Admite   que   los  recibos  de  pago  por  estacionamiento  fueron aportados por la defensa, pero critica que en su momento  se  omitió  la  práctica  oficiosa  de  esas pruebas documentales, conforme lo  dispone  el  artículo  234  del  Código de Procedimiento Penal, lo que habría  despejado      las     dudas     sobre     Arévalo  Bastidas,  calificado  de enigmático personaje por el  Tribunal  y  de  quien, incluso, existe copia de la cédula de ciudadanía en el  expediente.   

Finalmente  asegura  que los recibos de pago  por  concepto  de  parqueadero los tenía el procesado en su poder, porque a él  se   los   entregó   Arévalo   Bastidas.   

Solicita   de   la   Sala  “…CASAR  la  sentencia  recurrida,  procediendo a revocarla y como  fallo  de  reemplazo se dicte sentencia absolutoria.”   

C O N S I D E R A C I O N  E S   

La  Sala  pasa  a  estudiar  el   cargo  postulado  en la demanda presentada por el defensor de  LUIS     ENRIQUE     CORTÉS    CASTRO,    para  constatar   si   reúne   los   requisitos   mínimos   de  lógica  y  adecuada  argumentación,  con  el  fin de asegurar que el recurso de casación no se tome  como  una  instancia  adicional  a  las  ya superadas y, de esa forma, pierda su  carácter  extraordinario,  lo  cual  supone  el  respeto por los principios que  gobiernan  este medio de impugnación, así como el cumplimiento de determinados  requisitos    de    forma    y    contenido    de    acuerdo   con   la   causal  seleccionada.   

Conforme lo ha señalado reiteradamente esta  Corporación,  la  casación atiende a unos fines superiores que se concretan en  la  reparación  de  los  agravios  inferidos  a  las  partes  en  la  sentencia  recurrida,   la   efectividad   del   derecho   material  y  de  las  garantías  fundamentales  de  los  intervinientes en la actuación, y la unificación de la  jurisprudencia    (Ley   600   de   2000,   articulo  206).   

Sin  embargo,  de  ninguna  manera  se puede  entender  que  la  naturaleza  de  este  mecanismo  sea de libre configuración,  desprovisto  de  todo rigor y que tenga como finalidad abrir un espacio procesal  semejante  al  de las instancias para prolongar el debate respecto de los puntos  que han sido materia de controversia.   

Ha de resaltarse que mediante la proposición  del  recurso el censor debe sujetarse a las causales taxativamente señaladas en  el  ordenamiento  procesal  y  con  observancia de los presupuestos de lógica y  adecuada   argumentación   inherentes   a   cada   motivo   extraordinario   de  impugnación,  para  persuadir  a  la  Corte  de  que  con  el  fallo de segunda  instancia  se  ha  originado  el  quebranto  de  alguna de aquellas finalidades.   

De  entrada  se  advierte  que  el  escrito  presentado  por  el  defensor  de LUIS ENRIQUE CORTÉS  CASTRO,   no   cumple   las  mínimas  exigencias  de  admisibilidad que consagra el artículo 212 de la Ley 600 de 2000.   

Con  todo,  el  principio de limitación que  rige  en  casación  le impide a la Sala corregir esas deficiencias, en tanto no  le  corresponde  asumir  la  carga  argumentativa  exclusiva del recurrente para  complementar,  adicionar  o  enmendar  el libelo, porque la casación no es otra  instancia  ordinaria;  su  finalidad  es promover un juicio técnico y jurídico  contra  la  sentencia  que  pone  fin  a  un  proceso,  en  orden a demostrar su  ilegalidad.   

No  obstante  que  de acuerdo con lo anotado  puede  considerarse  que  los  reproches  presentados  por  el impugnante se han  respondido  negativamente,  considera  la  Sala  oportuno, en cumplimiento de la  función   pedagógica  que  le  corresponde,  recabar  en  la  esencia  de  los  presupuestos  necesarios  para  demostrar  una  causal  acorde con la naturaleza  constitucional  y  legal  del recurso, sin que ello constituya la imposición de  un  método  determinado,  sino la indicación de las exigencias que debe colmar  en  cada  caso  la  formulación  de los cargos y específicamente de aquél que  trató de esbozar el demandante.   

Del confuso    escrito    presentado   por  el  defensor  se desprende  que  su intención se dirige  a    censurar    la    sentencia   de   segunda   instancia   por   error  de  hecho  consistente      en      falso     juicio       de       existencia,     pues     trata     de     argumentar   que   el  Tribunal  omitió  apreciar varias pruebas legalmente  aportadas al proceso.   

Se  refiere  específicamente a (i)   los   comprobantes   de   pago  por  estacionamiento  correspondientes,  al  parecer,  a dos de los  automotores  directamente  enajenados  por  el  Alcalde  de  Topaipí a favor de Lisímaco  Gutiérrez  Tirado;  documentos  que  fueron  presentados por el defensor en la etapa del juicio y rechazados por  el  Juez  de  primera  instancia en curso de la audiencia preparatoria, debido a  que  la  solicitud  fue extemporánea; (ii)  la  Resolución  No. 32 expedida por la Alcaldía de Topaipí el 4  de  septiembre de 2006, en cuyo parágrafo del artículo primero se expresó que  las   deudas   por   parqueadero  corrían  por  cuenta  del  ente  territorial;  (iii) la comunicación del 10  de  agosto  de  2006,  dirigida  al  señor  alcalde  por  el  perito  avaluador  Ernesto   Javier   Arévalo  indicándole  que  el  valor  de los bienes ascendía a $17.012.000,oo, más las  deudas  por impuestos; y, (iv)  las  actas  de  entrega  obrantes  a  folios  64,  65  y  66,  que demuestran la  existencia   de   las   personas  que  suscribieron  los  recibos  por  pago  de  estacionamiento.   

A  partir de esas premisas, argumenta que el  Tribunal  consideró  demostrada  la  ocurrencia del peculado por apropiación a  favor  de  terceros  y  la  responsabilidad  de  LUIS  ENRIQUE  CORTÉS  CASTRO,  cuando  lo cierto es que el  supuesto   detrimento   patrimonial   valorado  en  la  suma  de  $2’400.000,  había  sido cubierto con el  pago  de  unas  deudas  por concepto de estacionamiento de dos de los vehículos  que  se  le  vendieron  a Gutiérrez Tirado.   

En razón de ello, cree el demandante que no  es  posible  asegurar  que  CORTÉS CASTRO  incurrió  en  el  atentado  contra  la  administración  pública,  circunstancia  que  se  habría  determinado  si  el  Tribunal  hubiese apreciado las aludidas pruebas documentales y, al menos, haber  admitido la existencia de una duda a favor del procesado.   

La jurisprudencia de la Sala ha reiterado que  incurre  en  error  de  hecho  por  falso juicio de existencia el juez que omite  apreciar   una   prueba   legalmente  aportada  al  proceso,  o  cuando  infiere  consecuencias  valorativas  a  partir  de  un  medio de convicción que no forma  parte del proceso.   

Se  incurre en un falso juicio de existencia  por  omisión  –enseña la  jurisprudencia     de    la    Corte–  cuando  el  sentenciador deja de apreciar una prueba con capacidad  para  modificar  la  decisión  impugnada,  a  pesar  de  haber  sido legalmente  incorporada al proceso.   

Por lo tanto, una alegación correcta de este  tipo  de  error,  requiere  enmarcar  la censura en una argumentación lógica y  consecuente  que  parta  de  la demostración del desprecio por la prueba y, una  vez  acreditado  tal  aspecto, se incursione en el examen de la nueva situación  probatoria  que  se  generaría  al  considerar  la  prueba  omitida,  a  fin de  demostrar  que  el yerro acabado de evidenciar reviste idoneidad suficiente para  modificar  el  sentido  o el alcance de la sentencia, única forma de justificar  el   proferimiento   del   fallo   de   sustitución   que   por  esta  vía  se  solicita.   

Luego entonces, el error de hecho por falso  juicio  de  existencia  no  consiste en una ausencia de invocación formal de la  prueba  que  se  alega  como omitida en la sentencia, sino en el desconocimiento  absoluto  de  los  contenidos  probatorios  que  ellas suministran, porque puede  acontecer  que dicho material de información haya sido traído a colación, sin  identificar      formalmente      la      fuente17.   

En   suma,   la  pretensión  de  remover  la  presunción de acierto y  legalidad  que  reviste  el  fallo  impugnado  en  virtud  del  yerro señalado,  conlleva  a  la  confrontación  de la información excluida con la suministrada  por  los  elementos  probatorios  que  sí  fueron  valorados y con los hechos y  premisas  que  se fijaron a partir de los mismos, con el objeto de demostrar que  se  declaró  probado  un  acontecimiento  que  no corresponde a la realidad que  subyace         en         el         proceso18.   

Pues  bien, al margen de los desaciertos de  orden  técnico  en  la postulación de la censura, es lo cierto que al actor no  le  asiste  la  razón  porque,  al  tratar  de sustentar las censuras, parte de  falsas   premisas,   conforme  se  analizará  a  continuación,  sin  que  ello  constituya una respuesta de fondo a los argumentos del libelo.   

En  efecto,  en  primer  lugar,  los gastos  correspondientes  a  estacionamiento,  impuestos,  traspasos,  levantamiento  de  prenda,  matrícula,  etcétera, tenía la obligación de asumirlos el comprador  –no  el  municipio  de  Topaipí–, dejando a salvo  el  valor  asignado  a  cada  uno  de  los bienes ofrecidos en venta; en segundo  término,  el Tribunal sí apreció las pruebas en relación con las que predica  el  falso juicio de existencia; y, por último, los comprobantes de cancelación  de  estacionamiento, además, no fueron aportados por el defensor oportunamente,  conforme  se  le  hizo  saber en curso de la audiencia preparatoria en decisión  debidamente motivada, respecto de la que manifestó su conformidad.   

En  relación  con el primer tema, es claro  que  mediante  Acuerdo  No. 007 del 13 de agosto de 2006, el Concejo de Topaipí  autorizó  al  Alcalde para que vendiera en pública subasta unos vehículos que  eran  propiedad del municipio. En el parágrafo del artículo primero del citado  acuerdo, se advirtió:   

“El costo de la  actualización  de  la  documentación  de pago de Impuestos, multas pendientes,  paz  y  salvo,  duplicados de tarjeta de propiedad, cambio de servicio oficial a  particular  (…),  traspaso  y demás gastos que ocasionare estas transacciones  correrán   por cuenta del Comprador o del oferente que salga favorecido en  el  remate,  para  la  venta  de  los vehículos de propiedad del Municipio, sin  costo  alguno  y en perjuicio del Municipio, los vehículos serán entregados en  el  estado y sitio que se encuentran, lo mismo que el pago de parqueadero cuando  hubiere lugar.”   

Igualmente,  en  el contrato de compraventa  celebrado  entre  el  municipio de Topaipí y Lisímaco  Gutiérrez  Tirado,  se pactó expresamente y luego de  describir  los  bienes enajenados y su precio, atendiendo la orden impartida por  el  Concejo  Municipal  de  la  citada  población,  que  esas  sumas las había  cancelado  el  comprador  “…mediante consignación  hecha  en  la  Tesorería  Municipal  y  que  el  municipio  declara recibidas a  satisfacción,  más  el valor de los impuestos que corresponden a los años del  (2.001  al  2.006)  inclusive  y  el  pago  de  parqueadero  de  algunos  de los  vehículos,  cuyo  pago  asume  el  comprador  y se compromete a realizar a más  tardar  dentro  del  mes  siguiente a la firma del presente contrato, las cuales  suman  un  total  de DIECISIETE MILLONES CUATROCIENTOS MIL PESOS por concepto de  capital  en  efectivo  que serán consignadas a nombre del municipio de Topaipí  en    cuenta    corriente    del    Banco   Agrario   de   Topaipí.”   

En  consecuencia, el comprador Lisímaco   Gutiérrez  Tirado  tenía  la  obligación    de    cancelar    $17’400.000,oo  que  fue  el  precio  caprichosamente  aceptado  por  el  procesado,   sin   que   pueda   asegurar  ahora  el  defensor  de  CORTÉS  CASTRO  que  los supuestos pagos  por  estacionamiento,  por  valor de $2’400.000,oo, forman parte del costo pactado.   

Con relación al segundo tema, se itera, el  Ad  quem  sí  hizo expresa  alusión  a  las pruebas sobre las cuales el actor ahora predica el falso juicio  de   existencia,  mismas  que  valoró  para  concluir  que  en  la  resolución  administrativa  No.  32  del  4  de  septiembre  de  2006,  el  procesado  en su  condición  de  alcalde,  fijó  un precio base para la venta de $21’200.000,oo,  el  que  sin explicación  varió  en  detrimento  del  municipio  de  Topaipí,  por  el  que  ofreció el  proponente   Lisímaco  Gutiérrez  Tirado,     es    decir    $17’400.000,oo;  cantidad  ésta  que  tampoco  canceló porque hizo dos  consignaciones     en    momentos    distintos,    una    por    $10’000.000,oo  y  otra por $5’000.000,oo,  adeudando, en el mejor de  los    casos,    un   total   de   $2’400.000,oo  a  favor  del  ente  territorial.  Así  se  refirió el  Tribunal  a  estos  específicos temas, valorando cada una de las evidencias que  considera el demandante haber omitido apreciar:   

“…[C]abe resaltar que en el contrato se  previó  en  forma  expresa  que  el  comprador  debía  cubrir  el  valor “de  parqueadero  de  algunos  vehículos”,  y el valor fijado a los mismos, que se  dijo      ascendía      a      $17’400.000  (al  realizarse  la  sumatoria  se obtiene un resultado de  $17’800.000); se previó  que  el  contrato  sería suscrito por el Alcalde cuando el comprador acreditara  el  pago, y que el recibió de consignación del valor haría parte integral del  contrato,  lo  cual  prima facie pone de relieve que el burgomaestre estaría al  tanto  de que el comprador pagara el precio y aportara el respectivo comprobante  antes  de  la  firma  del  referido documento de entrega de los vehículos. Debe  aquí  recodarse  que  conforme a lo consignado en la Resolución Administrativa  No.  32 de septiembre 04 de 2006, la sumatoria del “valor base de remate” de  los  precios  asignados  a  cada  automotor  incluido  “derecho de parqueo”,  ascendía  a  $21’200.000,  y  extrañamente  se  acogió  a  una  oferta inferior, esto es, $17’400.000,  los cuales como se verá no  fueron consignados en su totalidad en la Tesorería Municipal.   

(…)  

Obran  fotocopias  de actas de entrega del  cargador   marca   Bray,   de   la   volqueta  de  placas  OJF3311  (sic)  y las camionetas de placas OJ5966  y  OIL135, “al ingeniero Ernesto Javier Arévalo Bastidas” fechadas el 14 de  septiembre  de 2006, por parte del Alcalde Municipal Luis Enrique Cortés Castro  (fls  63  a  67  C.1).  Se observa que para esa fecha ya se habían adjudicado a  Lisímaco  Gutiérrez  Tirado,  los  vehículos  que  vendía la administración  municipal  y  elaborado el respectivo contrato, a más de que curiosamente quien  aparece  recibiendo  los automotores, es la misma persona que figura como perito  avaluador  de  la  Inmobiliaria  Cundinamarca  del departamento del mismo nombre  (fls  58 a 61 c. 1), personaje que de acuerdo con la certificación expedida por  la  Directora  de  Gestión humana de la Secretaría de la Función Pública del  Departamento  de  Cundinamarca,  no  ha  tenido  ningún vínculo laboral con el  departamento  referido,  (fl  19  del  C.  anexos) lo cual ya pone de relieve la  irregular  y  muy  posible  intervención  delictiva de Arévalo Bastidas en las  pericias  y recibo de vehículos, máxime cuando para el mes de marzo de 2008 el  burgomaestre  del  municipio  de Topaipí, en ese momento, señor Manuel Antonio  Rodríguez  Gómez,  informó,  que  en  los  archivos  de  esa  alcaldía no se  encontró  documento  o  folio  que  contuviera  el  acta  de recibo y entrega a  satisfacción  de  los  vehículos  ofertados,  suscrita  por  la alcaldía y el  señor Lisímaco Gutiérrez Tirado (fls 19 y 20 del C. Anexos).   

(…)  

Debe  destacarse  así mismo, que el 11 de  septiembre  de  2009,  cuando  ya  se  había vencido el término previsto en el  Artículo  400  de  la  Ley  600  de  2000, el defensor del acusado, mediante un  escrito  allegó  el  texto  original  de dos facturas o recibos de pago por las  sumas  de  $1’000.000  y  $1’400.000 expedidas por  Honda  Motor  y  Orlando  Silva  por  concepto  de  pago  de  parqueadero de los  vehículos       “volqueta       OHJ060       Y      Samuray      (sic)   OJF642”   y   pidió  que  se  escuchara  en  declaración  a quienes suscribían tales documentos, pretensión  que  fue negada por el Juez de conocimiento, dada su formulación extemporánea,  sin que la decisión fuera objeto de recurso alguno.   

Y, concluyó el Ad  quem:   

“Sin  lugar  a  dudas,  en  el  desarrollo del procedimiento surtido por el ex Alcalde Municipal  de  Topaipí,  señor  Luis  Enrique  Cortés  Castro,  para  la venta de varios  vehículos  en  mal  estado de funcionamiento, de propiedad del Municipio, y que  fue   autorizada   por  el  respectivo  Concejo  Local,  no  se  actuó  con  la  transparencia  y  corrección  debidas,  dada  la  pluralidad de irregularidades  detectadas,  debiendo  resaltarse  las concernientes a que habiéndose dispuesto  en  el  Acuerdo  007  del  2006,  expedido  por  el Cabildo, que la venta debía  concretarse  “mediante  subasta  pública”,  lo  cual  indiscutiblemente iba  dirigido  a que se obtuviera el mejor beneficio para las Arcas Municipales (pues  si  bien  se  trataba de automotores que tenían deterioros derivados de su uso,  representaban  un  valor  significativo), el acusado contrariando lo regulado en  el  referido acuerdo, optó por hacer la venta en forma directa, dejando incluso  de  lado  el  valor base que fijó para “el remate”; recibió dos ofertas de  personas  cuya  verdadera identidad está en duda y que no suministraron el más  mínimo  dato  que  permitiera  establecer  su ubicación; luego de efectuada la  adjudicación  a  Lisímaco  Gutiérrez  Tirado,  realizó  la  entrega  de  los  Vehículos  a  Ernesto  Javier  Arévalo  Bastidas, persona referenciada como un  supuesto  perito  avaluador de la Inmobiliaria del Departamento de Cundinamarca,  lo  cual  fue  desvirtuado  con  una  certificación de la Directora de Gestión  Humana  de  la Secretaría de la Función Pública del mismo departamento, en la  cual  señaló  que  esta  persona  no  había tenido ni tenía ningún vínculo  laboral  con el referido ente territorial, y el mismo individuo sin explicación  alguna  por parte del acusado, aparece consignando en la Tesorería Municipal de  Topaipí    las    sumas    de    $10’000.000      y      $5’000.000  en  diversas  fechas para cubrir el pago de los vehículos  adjudicados  a  Lisímaco  Gutiérrez  Tirado, aspecto que fue reconocido por el  propio  defensor  del procesado en la audiencia pública, refiriendo además que  los  $2’400.000 restantes  del  precio de los automotores, había sido pagado por el mismo “perito” por  concepto  de  “parqueos  de  la  chatarra  en  que  ya estaban convertidos los  automotores”.   

(…)  

Como  ya  se  advirtiera, al margen de las  incontrastables  irregularidades detectadas en el procedimiento de venta de unos  vehículos  en  mal  estado  de  funcionamiento  de  propiedad  del Municipio de  Topaipí,  adelantado  por  el  señor  Luis  Enrique Cortés Castro, quien a la  sazón  se  desempeñaba  como alcalde de dicha población y representante de la  misma,   obran   medios  de  prueba  que  permiten  demostrar,  que  habiéndose  adjudicado  a  Lisímaco  Gutiérrez  Tirado la compraventa de los vehículos ya  identificados,  debiendo  éste  pagarle al Municipio la suma de $17’400.000  (efectuado  por  el presunto  perito   Ernesto   Arévalo),   con  un  detrimento  patrimonial  para  el  ente  territorial   por   la   suma   de  $2’400.000,  generándose  una apropiación en provecho de un tercero,  sin  que resulte válida la afirmación de la defensa técnica relativa a que la  suma  restante  se  destinó al pago del parqueadero de dos vehículos por parte  de  Ernesto  Arévalo, para lo cual allegó dos recibos informales supuestamente  suscritos  por los dueños o administradores de los parqueaderos, documentos que  de  corresponder a la realidad debían reposar en manos de quien hizo el pago, y  no  del ex Alcalde o de su defensor, presentándose su allegamiento tardío como  un  intento  fallido  de desvirtuar la apropiación y consiguiente detrimento de  los     recursos    públicos    del    municipio    de    Topaipí.”   

En   consecuencia,   aún  admitiendo  la  existencia  de  los  yerros,  se  echa  de  menos  su  trascendencia,  porque le  correspondía  al  actor  demostrar  que  sin  su  influjo el fallo hubiera sido  diferente.  Pues, a pesar de que se hubiesen pagado los valores correspondientes  al  servicio  de parqueadero, tal circunstancia no enerva la apropiación de los  recursos  públicos  que  se  le  atribuyó  al  procesado,  máxime  cuando  la  cancelación   de   tales   conceptos  le  correspondía  al  comprador  de  los  vehículos,  conforme  estaba  expresamente  previsto  en el Acuerdo 007 y en el  contrato  de compraventa, dejando a salvo el precio fijado por el ente municipal  para cada uno de esos bienes.   

En   síntesis,   el  comprador,  con  la  aquiescencia   del  procesado  LUIS  ENRIQUE  CORTÉS  CASTRO,  omitió  depositar en la Tesorería Municipal  la        suma        de       $2’400.000.   

La estructuración de la censura, en orden a  determinar  la  trascendencia  del error de hecho por falso juicio de existencia  por  omisión,  no  se cumple con la sola manifestación que al respecto haga el  libelista,  como si se tratara de una opinión personal; pues, de ser suficiente  aquella  crítica, el recurso extraordinario no distaría mucho de ser un simple  alegato de instancia.   

La demostración de la trascendencia de los  yerros  que  se  le  atribuyen  al  Tribunal Superior comporta la obligación de  mostrarle  a  la  Corte  que  sin  tales  falencias, el sentido del fallo sería  distinto;  y  para  ello  es  preciso  demostrar  que si las pruebas omitidas se  hubiesen  apreciado,  los  restantes medios sopesados por el Tribunal perderían  la  entidad  jurídica  necesaria  y  suficiente para mover hacia la convicción  declarada en el fallo.   

En ese orden de ideas, no es suficiente que  el   actor   asegure   que   el  Ad  quem  dedujo  la ocurrencia cierta del peculado por apropiación a favor  de  terceros,  porque  no  tuvo en cuenta que el dinero que se dice apropiado se  utilizó  en  el  pago de parqueaderos y que esta obligación corría por cuenta  del  ente  territorial –lo  que  tampoco  es  cierto–,  sino  que  estaba  obligado  a  referirse  al  verdadero sentido y alcance de la  prueba  que  presuntamente  se  dejó  de  apreciar, y además demostrar que sin  ella,  todas las demás analizadas en el fallo no permitían llegar a la certeza  sobre el compromiso penal del procesado.   

Ahora bien, desvirtuar el mérito concedido  a  las  otras  pruebas  implica,  a  su  vez,  verificar  que  los  funcionarios  judiciales  se  equivocaron  en el proceso de valoración y determinación de su  capacidad  de  persuasión,  lo  cual tampoco se obtiene mediante la imposición  del  criterio  particular  del  censor, porque a él le incumbe demostrar con la  lógica  del  recurso  extraordinario  que  los jueces incurrieron en errores de  hecho o de derecho en ese ejercicio.   

En  el caso que se examina, el libelista no  propone  un  planteamiento  de esa naturaleza, pues, no aborda críticamente las  motivaciones  del  fallo; se limita a mencionar, reiteradamente, el falso juicio  de   existencia  por  omisión,  pero  nada  dice  con  relación  al  verdadero  fundamento  de  la  sentencia,  y  concretamente  sobre  lo  concerniente  a  la  participación  de  su  defendido  en  el  peculado  por apropiación a favor de  terceros,  es  decir,  la  aceptación de una propuesta de compra por debajo del  precio  base  fijado  por  la  administración  municipal;  la  suscripción del  contrato  sin  que  se  hubiesen  cumplido todas las obligaciones del comprador,  especialmente  la  cancelación total del precio; la entrega de los bienes a una  persona  diferente  del  comprador y quien tuvo, además, la supuesta condición  de     perito     oficial    (avaluador);  la tenencia de documentos correspondientes al contrato por parte  del  procesado,  aún  después  de  haber  culminado  su  mandato como alcalde.  Aspectos  que  en  conjunto  confluyeron  para  formar  el convencimiento de los  jueces,   necesario   en   la  estructuración  del  correspondiente  juicio  de  reproche.   

En  otras  palabras,  el demandante omitió  explicar   cuáles  eran  las  razones  para  afirmar  que  si  el  Ad  quem hubiese apreciado los documentos  que  enunció  (los  que en efecto sí tuvo en cuenta  como  se  analizó en precedencia), la labor probatoria  de  la  Fiscalía  carecería  de  la  contundencia  requerida  para que el Juez  Colegiado   se   convenciera,   sin   asomo   de   duda,   de  que  CORTÉS   CASTRO   fue  el  autor  de  la  conducta  punible  de  peculado  por  apropiación,  por  la  que  se le acusó.   

En  este  caso  el cargo no pasó de ser un  enunciado,  en  el  que  no  se  ataca  el  fallo  de  segunda  instancia  en su  fundamentación  o  bases esenciales, circunstancia que, por demás, le impedía  señalar la trascendencia de los inexistentes errores.   

Como quiera que las pruebas enunciadas por  el  censor  sobre  las  cuales propone el falso juicio de existencia, sí fueron  apreciadas  por  el  Tribunal,  que  las  valoró  negándoles  cualquier  poder  persuasivo,   debió   el   defensor   plantear   el   ataque  por  error  de  hecho por falso raciocinio en relación con la prueba de  cargo,  defecto que supone la violación de las reglas  de  la  sana  crítica,  concretamente  porque en la valoración del elemento de  convicción    examinado    el    Juez   desconoció  los principios de la lógica, las leyes de la ciencia  o  las  máximas  de  la  experiencia. Aspectos que ni  siquiera insinuó el libelista.   

De ninguna manera se aprecia la existencia  de   los   desatinos  que  pregona  el  demandante.  Lo que sí resulta claro es su interés por extender a  esta   sede   el   debate   sobre   la  inocencia  de  LUIS     ENRIQUE     CORTÉS    CASTRO,  mismo que zanjó el Tribunal al asumir  la   valoración   de   todos   los  medios  de  convicción  para  revocar   el   fallo   absolutorio   con  fundamento  en lo que fue objeto de apelación y en la  oposición  del  defensor  como  sujeto no recurrente,  conforme se expuso en precedencia.   

Por  último,  debe  destacarse  que  si la  intención  del  libelista se extendía a denunciar la aplicación indebida o la  falta  de  aplicación  del  principio  in  dubio pro  reo,  contenido  en  el artículo 7º de la Ley 600 de  2000,   debe   tener   en  cuenta  que  la  Corte  ha  precisado  en  reiterados  pronunciamientos  que  si  a  la demostración de tal violación se puede llegar  tanto  por  la  vía  directa  como  por la indirecta de transgresión de la ley  sustancial,  también  es  claro  que  los  antecedentes  jurisprudenciales  han  establecido  que  en  cada  eventualidad el desarrollo y demostración del cargo  debe  corresponder  al  camino  escogido para su denuncia y a la realidad que la  actuación revele.   

De  este  modo,  si  lo  invocado  es  la  violación  indirecta de dicho precepto, por incurrirse en errores de hecho o de  derecho  en la apreciación probatoria, además del señalamiento concreto de la  especie  de  error  probatorio,  el  casacionista debe demostrar que el fallador  llegó  a  la errada conclusión de que las pruebas no conducen a la certeza del  hecho  o la responsabilidad del procesado (aplicación  indebida),  o  erradamente  concluyó  que los medios  conducían  a la certeza requerida y condenó, cuando en verdad de ellos surgía  incertidumbre  que  debió  ser  resuelta  en  favor del procesado (falta   de   aplicación).  Para  dicho  efecto,  tiene  por  carga  presentar  una  argumentación acorde con el tipo de  error   cometido  por  el  juzgador  al  apreciar  los  medios  de  convicción,  exigencias  todas  cuyo  cumplimiento  se echa de menos en este caso, impidiendo  que la Sala aborde el estudio del tema.   

Ante  el  abandono  del demandante por las  exigencias  previstas  en  los artículos 205, inciso 3°, 209 y 212-3 de la Ley  600  de  2000,  en  sus  atributos  de forma, lógica,  claridad       y  precisión, la demanda será inadmitida.   

En  mérito  de  lo  expuesto, la  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,   

R   E   S  U  E  L  V  E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  a  nombre  del  procesado  LUIS  ENRIQUE  CORTÉS  CASTRO, por su defensor.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase  y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                                          FERNANDO A. CASTRO CABALLERO   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                          MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ   

Página continuación  parte resolutiva y firma de los 9 Magistrados   

Casación   N°   38.272   –Inadmite demanda-  

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                                          LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO   

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ   

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

1  C.  No. 1, fol. 1 al 5   

2  Ídem, fol. 6   

3  Ídem, fol. 51   

4  Ídem,  la  indagatoria  se  recibió  el  21  de  junio de 2007. Fol. 55 al 57.   

5  Ídem, fol. 72 al 75   

6  Ídem, fol. 82 al 87   

7  Ídem, fol. 91 al 94   

8  Ídem, fol. 96 al 105   

9  Ídem, fol. 138   

10  Ídem, 147 al 156   

11 C.  Segunda instancia, fol. 3 al 10   

12  Ídem, fol. 172   

13  Ídem, fol. 193 y 194   

14  Ídem, fol. 205 al 215   

15  Ídem, fol. 217 al 228   

16 C.  No. 2, fol.  6 al 29   

17 C.  S.  de  J.,  Sala  de  Casación  Penal,  Sentencia  de 8 de junio de 2005, Rad.  20.990.   

18 C.  S.  de  J., Sala de Casación Penal, Sentencia de 13 de septiembre de 2006, Rad.  22.581.     

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