36312(26-10-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 36312  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

   

   

Magistrado Ponente  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

Aprobado acta Nº  382  

   

   

Bogotá, D.C., veintiséis (26) de octubre de  dos mil once (2011)   

   

V    I   S   T   O  S   

   

La  Corte se pronuncia sobre los presupuestos  de  lógica  y  debida  fundamentación de las demandas de casación presentadas  por  los  defensores  de  los procesados Oliverio Goyes  Buitrón,  Efraín  Niño  Plazas,  William  Roberto  del  Valle,  César Alonso  Maldonado   Vidales   y   José   Gregorio   Hernández   Hernández  en  contra  del fallo del 4 de febrero de 2010, a través del cual  la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Cúcuta  confirmó la sentencia de  primera  instancia  del Juzgado Sexto Penal del Circuito de la misma ciudad, que  los condenó por el delito de homicidio agravado.   

   

H E C H O S  

   

El  sentenciador  de  segundo  grado  los  resumió  de la  siguiente manera:   

   

“…  en  el  mes  de  octubre de 1993 fue  secuestrado  el  señor  Daniel Arismendi Sáenz en el área rural del estado de  Valera  (Venezuela),  al  parecer por una célula del grupo insurgente Ejército  Popular   de   Liberación  EPL,  siendo  trasladado  al  parecer  a  territorio  colombiano.  Este  hecho  fue  puesto  en  conocimiento  de  los  familiares del  secuestrado  en  el  Comando Antiextorsión y Secuestro, CAES, adscrito al Grupo  Mecanizado  No. 5 Maza de la ciudad de Cúcuta, grupo que con misión de trabajo  número  4105  de  octubre  27  de 1993, dispuso el adelantamiento de labores de  inteligencia y las subsiguientes operaciones militares.   

   

Conocido  el plagio por el grupo militar se  planeó  el  operativo para el día 2 de noviembre de 1993, hacia el medio día,  en  el  restaurante  Rincón  Paisa, lugar acordado por los secuestradores y los  allegados  del  señor Arismendi Sáenz -Argemiro Frías y Yesid Sus Álvarez- a  fin de cancelar la suma exigida para su liberación.   

   

A   la   cita  acudieron  también,  pero  encubiertos,  los  integrantes  del  CAES,  al mando del para la época teniente  César  Alonso Maldonado Vidales, quienes con el fin de lograr la ubicación del  secuestrado  planearon  con sus familiares una señal en caso de no obtenerse la  negociación  y  efectivamente  no  habiendo  llegado  a ningún acuerdo con los  negociadores  se  hizo  uso  de  la  señal,  ello  originó  que  los militares  intervinieran  logrando  así  la captura de Ramón Alirio Pérez Vargas, Nelson  Emilio  Ortega  y  Gerardo Liévano García, quienes fueron trasladados al sitio  conocido  como Canoitas, en donde fueron objeto de torturas, llegando al extremo  de  causar  la  muerte  a Gerardo Liévano García, este último hallado el 5 de  noviembre    de    1993   en   el   paraje   Arenales   del   corregimiento   de  Urímaco.   

   

De  los  hechos  se  sindicó  al  grupo de  militares  que  conformaba  la  misión  de trabajo referida y de los cuales hoy  responden  en  juicio  Edilfonso  Oliverio  Goyes Buitrón, Efraín Niño Plazas  Laverde,  William  Roberto  del  Valle,  César Alonso Maldonado Vidales, Jesús  Hernando  Laguado  Suárez,  José Misael Valero Santana, Jairo Granja Hurtado y  José Gregorio Hernández Hernández.”   

   

   

A N T E C E D E N T E S  

   

1. Por los hechos anteriormente referidos, el  9  de  junio  de  2006  la  Fiscalía  Once  Especializada, adscrita a la Unidad  Nacional  de  Derechos  Humanos  y  Derecho  Internacional  Humanitario,  acusó  (folios  1 a 128 del cuaderno original No. 14) a César  Alonso      Maldonado     Vidales,     William  Roberto  del  Valle, José Misael  Valero     Santana,     Efraín     Niño    Plazas  Laverde, Jairo Granja Hurtado, Jesús Hernando Laguado  Suárez,       José      Gregorio      Hernández  Hernández   y   Edilfonso  Oliverio  Goyes  Buitrón  como  coautores  materiales  dolosos  de las conductas punibles de homicidio agravado y tortura, esta última  en  concurso  homogéneo y simultáneo (artículos 178, 103, 104-4-7 del Código  Penal, folio 124).   

   

La  decisión  acusatoria  fue apelada por el  defensor  de  los investigados; fue así que el 26 de marzo de 2007, el Tribunal  Superior  de Bogotá confirmó  la  resolución  impugnada  respecto  del  delito  de  homicidio,  al tiempo que  declaró  la  prescripción de  la acción penal correspondiente al delito de tortura.   

   

2.  La  causa fue avocada inicialmente por el  Juez  Primero  Penal  del  Circuito Especializado de Cúcuta, el cual corrió el  traslado  del  artículo  400  de  la  Ley  600  de 2000 por  medio  de  auto  del  27 de abril de 2007; la Juez Sexta de la misma localidad y  denominación,  tras  celebrar  la audiencia preparatoria el 14 de septiembre de  2007   y   la    pública  del  juicio  entre  el  15 de  noviembre  y el 11 de diciembre siguientes, el 16 de noviembre de 2008 profirió  fallo de primera instancia, a  través  del  cual  condenó  a  los acusados a la pena principal de 25 años de  prisión  y  a  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas por el término de diez años, como coautores del delito de  homicidio  agravado  (artículos  103  y 104-7 del Código Penal), al tiempo que  les  negó  el  subrogado  de  la suspensión condicional de la ejecución de la  pena y el sustituto de la prisión domiciliaria.   

   

Apelada la decisión de primera instancia por  los      defensores      de      los      sentenciados,     fue     confirmada  por  el  Tribunal  Superior de  Cúcuta en fallo de segundo grado del 4 de febrero de 2010.   

   

3. Inconformes con lo resuelto, los apoderados  de  Edilfonso  Oliverio  Goyes Buitrón, Efraín Niño  Plazas  Laverde,  William  Roberto  del Valle, César Alonso Maldonado Vidales y  José      Gregorio     Hernández     Hernández, de manera oportuna, formularon  y sustentaron el recurso extraordinario de casación.    

   

   

LAS DEMANDAS DE CASACIÓN  

   

La  Sala  estudia  cuatro  demandas,  así:  i)  el  defensor  común de  Edilfonso    Oliverio   Goyes   Buitrón     y     Efraín     Niño     Plazas  Laverde  formula  un  cargo  único  que  desarrolla a  través  de  sendos  reproches  de  falsos juicios de identidad y de existencia;  ii)  el  de  William  Roberto  del  Valle, uno principal  de  violación directa y uno subsidiario de violación indirecta, que fundamenta  a  través  de  reproches  de  falsos juicios de identidad y falsos raciocinios;  iii)  la demanda presentada  por   el   apoderado   de   César  Alonso  Maldonado  Vidales  contiene  un  cargo  principal  de violación  directa  de  la  ley  sustancial  y  uno  subsidiario  de  nulidad; iv)   por   último,   el   defensor  de  José   Gregorio   Hernández  Hernández  ofrece un cargo único de nulidad.   

   

 1.   Demanda  presentada  a nombre de Edilfonso Oliverio Goyes Buitrón y Efraín Niño Plazas  Laverde   

   

Cargo  único  por  falso juicio de identidad   

   

Con  apoyo en la causal primera de casación,  cuerpo  segundo,  de  que  trata  el  artículo  207  de  la  Ley 600 de 2000 el  libelista  denuncia  que  el  sentenciador violó, por aplicación indebida, los  artículos  103 y 104-7 del Código Penal, por falta de aplicación, el 29 de la  Constitución  Política,  7º, inciso segundo, y 232, inciso segundo, de la Ley  600  de  2000,  como consecuencia de incurrir en un falso juicio de identidad.    

   

Alega  que  por  razón  de  los  errores  de  apreciación  pregonados,  el juzgador no apreció que, como así lo expresó el  perito  forense, de los dos cadáveres examinados, el hallado en primer lugar en  el  sitio de los hechos no correspondía al de Gerardo Liévano, mientras que el  exhumado  cinco meses después en un cementerio de Bogotá sí; de suerte que no  se  trató  de  la confusión en la exploración de un mismo cuerpo, sino de dos  de  ellos.  Por  lo  tanto,  si el sentenciador aclaró por su propia cuenta una  duda  probatoria planteada por el experto, y con fundamento en él concluyó que  se  trataba  del  mismo cadáver y no de dos diferentes, viola reglas de la sana  crítica  y  deja  de  lado  la  tesis, según la cual, Gerardo Liévano García  logró  evadir la operación militar y, por lo tanto, no perdió la vida por las  conductas que se les imputan a los procesados.   

   

Precisa  que mientras el forense expresó que  “pareciera   como  si  se  tratara  de  dos  casos  diferentes”  y  planteó  sus  dudas al respecto, el  juzgador  concluyó  que  se  trataba  del  mismo  cadáver,  cercenando así la  prueba.   

   

Alega  que  el  fallador  incurrió  en falso  juicio  de  identidad  al  no advertir que los testigos presenciales Yesid Sus y  Argemiro  Frías  Arismendi  refirieron la captura de dos delincuentes y la fuga  de  un  tercero  y,  en  cambio, le concedió credibilidad al dicho de oídas de  Daniel  Arismendi  Braschi,  quien  expresó  que  Argemiro  Frías le narró lo  relacionado con la captura de tres personas.   

   

Así   mismo,   sostiene  que  el  juzgador  sacrificó  la sana crítica al apreciar el dicho de Edgar Enrique Eslava Rueda,  quien  declaró en similar sentido, pues le restó credibilidad por no coincidir  con    las   atestaciones   del   oficial   Maldonado  Vidales.  Igual  yerro  cometió  al estimar que de la  declaración  de  Jesús María Matamoros Lizarazu se demuestran las lesiones en  el  rostro  de la víctima, como también al afirmar que de las atestaciones del  agente  de  policía  Ramón  Patricio Pinto Casadiego se infiere el hallazgo de  lesiones  en  la  cara  del hoy occiso, o que éste fue capturado el día de los  hechos.   Además, dice el recurrente, el juzgador pasó por alto confrontar la  versión  del  último de los mencionados con la de su acompañante Saúl Ramón  Leal.  Sostiene  que no es cierto que Pablo Emilio Contreras hubiese dicho en su  declaración  que  a  una  camioneta  blanca  introdujeron  por  la fuerza a dos  personas, pues aquél solamente mencionó a una.   

   

Critica  que  las  contradicciones  entre las  versiones  de  los procesados fueron apreciadas en su contra, lo que no ocurrió  con  las  inconsistencias  evidenciadas  en  las  de  los testigos de cargo, las  cuales fueron sobredimensionadas.   

   

Todo  lo  anterior, unido al segundo error de  hecho,  el  cual  hace consistir en falso juicio de existencia por omisión, por  cuanto  el sentenciador desconoció la declaración bajo reserva de identidad de  quien      depuso      con      el      nombre     clave     de     Manzana y manifestó que Gerardo Liévano  García  habría  sido asesinado por los miembros de la organización criminal a  la  que  pertenecía,  precisamente por haber sido sorprendido en sus fechorías  por  el  grupo  CAES  del Ejército, conduce a afirmar que la interpretación de  los   hechos  como  lo  entendieron  los  fallos  de  instancia  constituye  una  violación  a los postulados de la lógica y de la sana crítica, pues lo que en  realidad se genera es la duda.   

   

Con  fundamento  en lo anterior, el censor le  pide  a  la Corte que case la sentencia demandada y, en su lugar, absuelva a los  procesados y disponga su libertad.   

   

 2.  Demanda  presentada  por  el defensor de William Roberto del Valle   

   

Primer cargo  

   

Tras  reseñar  que  para  el  fallador  las  víctimas  de  los hechos fueron sometidas a tortura por parte de los militares,  con  el  fin de extraer de ellos información que permitiera dar con el paradero  de  la persona secuestrada, el casacionista pasa a denunciar que el sentenciador  violó  directamente,  por  aplicación indebida, los artículos 103 y 104-7 del  Código  Penal  y,  por  falta  de  aplicación,  el 24 y 105 del mismo estatuto  (homicidio  preterintencional),  normas  que,  en su sentir, eran las llamadas a  regular el caso.   

 En    sustento   del   reproche,   cita  jurisprudencia  de  la  Sala  sobre  el  delito  preterintencional,  resalta  el  requisito  de  la previsibilidad del resultado dañoso más grave y recuerda que  la  tortura  puede concurrir con otras conductas que se produzcan como resultado  de  su  práctica. Alega que, en este caso, se reúnen los  requisitos de dicha  figura,  pues  existe una conducta dolosa (lesiones personales), la muerte de la  víctima,  nexo  causal  entre  los dos anteriores presupuestos y previsibilidad  del resultado.   

   

El  demandante  rechaza  por  subjetivo  el  argumento  del  sentenciador  para  no  admitir el delito preterintencional, por  tratarse  de  un  homicidio  con  dolo  eventual,  pues el resultado no se dejó  librado al azar.   

   

Con  fundamento en lo anterior, el impugnante  le  pide  a  la  Corporación  que  case  la sentencia recurrida y, en su lugar,  condene   a   William  Roberto  del  Valle  por  el  delito  de  homicidio  preterintencional y redosifique la  pena, conforme al artículo 105 del Código Penal.   

   

Segundo cargo  

   

Con  apoyo  en  la  causal  de  casación que  describe  el  artículo  207-1,  cuerpo  segundo,  de  la  Ley  600  de 2000, el  casacionista  reprocha  que el fallador incurrió en indebida aplicación de los  artículos  103  y  104-7 del Código Penal y falta de aplicación del 105 de la  misma  obra, como consecuencia de los yerros de apreciación que lo condujeron a  demostrar el dolo eventual.   

   

Alega  que  el  fallador  incurrió en falsos  juicios  de  identidad,  toda  vez  que  del  dicho  de  Ramón Alirio Pérez se  desprende  que  la  tortura  física  y  moral  a la que fue sometido tenía por  objeto  hacerlo  sentir  miedo,  lo  que,  al  contrario  de  lo que apreció el  juzgador,  en  verdad  excluye el dolo de matar. Lo dicho por el testigo en este  sentido,  esto  es,  que  los militares no lo querían matar, fue omitido por el  juzgador.   

   

En el mismo error de apreciación, y por igual  razón,  incurrió  el  sentenciador  al apreciar el testimonio de Nelson Emilio  Ortega,  quien,  además,  manifestó  que  no  presenció la tortura de que fue  víctima  el  anterior,  sino  que oyó sus lamentos y peticiones para que no le  pegaran.  De esta última afirmación del declarante, dice el casacionista,  no  se  desprende nada distinto a la intención de los militares de torturar a  las  víctimas,  mas  no  de darles muerte. Por apreciarlo diferente, el sentenciador  incurrió el falso raciocinio.     

   

 3.   Demanda  presentada por el defensor de César Alonso Maldonado Vidales   

   

Primer cargo  

   

Al  amparo  de  la  causal  de  casación que  describe  el  artículo  207-1, cuerpo segundo, de la Ley 600 de 2000, el censor  denuncia  que  el  juzgador  incurrió  en  desconocimiento  del  artículo  7º  (in  dubio  pro reo)  de la  misma  ley  y  violó  de manera indirecta por errónea aplicación el artículo  135  del  Código  Penal;  lo  anterior  lo condujo a dar por cierto que Gerardo  Liévano  García  fue  capturado en el operativo militar, que a él pertenecía  el  cadáver  calcinado hallado en el corregimiento de Urímaco, mismo que fuera  exhumado  meses  después  en  un cementerio de Bogotá, y que Maldonado Vidales  intervino como coautor de los hechos.   

   

Alega,  en primer lugar, que no está probado  que  Gerardo Liévano García fuera capturado en el operativo, torturado y luego  muerto  por  los  militares, pues los testigos presenciales que así lo refieren  son  sospechosos,  por  cuanto  carecen  de  idoneidad moral por ser criminales,  porque  fueron  capturados  en  flagrancia, son integrantes de una organización  delincuencial  y  cuentan  con  antecedentes,  razones por las cuales carecen de  credibilidad  y, por lo mismo, sus versiones debieron ser corroboradas por otras  pruebas.   

   

Además,  sus atestaciones son infirmadas por  Argemiro  Frías  Arismendi,  quien  depuso  que  uno  de  los delincuentes cuya  descripción  corresponde  a Gerardo Liévano García escapó, situación que no  fue  tenida  en  cuenta  por  el  juzgador,  como  tampoco que en el registro de  personas  retenidas  del  Grupo  Maza  no aparece el nombre del aludido Liévano  García.  Dice  que no tiene lógica que si la intención de los militares fuera  la  de  darles  muerte  a  las  víctimas,  terminaran liberándolas después de  torturarlas,  para  que  se  convirtieran  en testigos en su contra; dice que el  sentenciador  no  apreció  como  probable  que  los  familiares  del hoy occiso  estuvieran  sometidos  a presiones por la misma organización criminal de la que  aquél hacía parte.   

   

Estima que el juzgador incurrió en la falacia  de  petición  de principio, pues no demostró que los dos cadáveres examinados  fueran  de  la  víctima, conclusión esta última que derivó nada más que del  dicho   de  la  esposa  de  aquél,  quien  además  hacia  parte  de  la  misma  organización   criminal,   según  así  se  infiere  de  sus  manifestaciones.   

   

Agrega  el  libelista que el fallador tampoco  reparó  en  las  inconsistencias en el dicho del médico forense, de las cuales  se  infiere  que  la  conclusión, según la cual, el cadáver examinado fue uno  solo,  viola  las  reglas  de  la  naturaleza  y de la ciencia, pues los cuerpos  hallados  eran  diferentes.  Concluye  que el perito creyó erróneamente que el  cadáver  examinado  en segundo lugar era el mismo que el revisado inicialmente,  porque  así  se  lo  hizo  creer  la  fiscalía  y  la  esposa  del hoy occiso.   

   

Por no apreciarlo así, el juzgador se apartó  de  lo que realmente está probado, hizo ver como lógico lo que en realidad era  absurdo,   todo   lo  cual  le  impidió  apreciar  la  falta  de  certeza  para  condenar.   

   

En conclusión, el Tribunal ha debido advertir  la  duda probatoria, declarar la inexistencia de plena prueba de responsabilidad  para   condenar   y,   en   consecuencia,  absolver  al  procesado  César    Alonso    Maldonado    Vidales.   

   

Segundo cargo  

   

Al tenor de la causal tercera de casación, el  recurrente   denuncia  que  el  fallo  incurrió  en  motivación  incompleta  y  anfibológica,    en    cuanto    a    la    responsabilidad   de   Maldonado  Vidales,  puesto que ninguno de  los  argumentos  expuestos  demuestra  que fuera responsable de los hechos. Así  mismo,  alega  que  por  falta  de  motivación  es  nula  la  imputación de la  agravación  punitiva (artículo 104, numerales 4, 5, 6 y 7), sin olvidar que la  sentencia  menciona  simultáneamente  el  dolo  directo  y  el  eventual  en la  comisión del homicidio, los cuales son excluyentes.   

   

Reprocha  que  el sentenciador haya formulado  argumentos  eminentemente  subjetivos,  tales  como la finalidad homicida de los  hoy  procesados,  los  cuales no brindan una explicación lógica a la muerte de  Liévano  García;  además  de  que  “construye un  esquema  mental  a  partir  de  unas  elucubraciones  referidas  a  una serie de  conceptos  dogmáticos que se yuxtaponen sin ninguna coherencia dentro del fallo  y  alude  al  hecho  que,  de  haberse  tenido  en  cuenta estas consideraciones  especulativas  a  la  hora  de  proferir  el  fallo  se  habría  llegado  a  la  conclusión    contraria    a    la    que    llegó    el   a   quo”.   

   

Por  consiguiente,  pide  a  la Corte case la  sentencia  demandada  y,  en  su  lugar,  absuelva  al  procesado.  En subsidio,  solicita  declare  su  nulidad  parcial  y  redosifique la pena por el delito de  homicidio simple.   

   

   

4. Demanda presentada  por el apoderado de José Gregorio Hernández Hernández    

   

Al tenor de la causal tercera de casación, el  libelista  alega  la nulidad del fallo por su motivación deficiente frente a la  responsabilidad  de  Hernández Hernández,  toda  vez  que  no  existe  ninguna mención específica sobre su  situación   particular;  dice  que  el  juzgador  no  sustentó  la  causal  de  agravación,  como  también que no advirtió que el hoy procesado no participó  en  los  hechos  que sucedieron después de ser lesionado en el sitio donde tuvo  lugar  la  cita con los secuestradores, como así se desprende de los argumentos  de la juzgadora de primer grado.   

   

Califica  de  inadmisible  que se diga por el  ad  quem  que  Hernández  Hernández  participó  en  el  concurso  de  voluntades,  como  coautor  impropio,  con  el fin de dar muerte a  Gerardo  Liévano García, toda vez que la situación de aquél no se subsume en  la  coautoría  impropia  sino  en  la  complicidad  correlativa,  tal  como fue  definida  en el Código Penal de 1936 y en el artículo 16 de la Ley 21 de 1973,  figura   jurídica   de   la   que   se   ocupa   in  extenso,  puesto que, según dice, en este caso no fue  posible determinar al autor del delito.   

   

Agrega que no existe prueba de la presencia de  Hernández  Hernández en la  localidad  de  Canoitas, donde ocurrieron los hechos, y agrega que los militares  que  acudieron  al  operativo  no  tenían  como  finalidad  darle  muerte a los  negociadores  del  secuestro  cuando  los vieran o les dieran captura, de suerte  que   apreciar   lo   contrario  atenta  contra  la  presunción  de  inocencia.   

   

Estima  vulnerados  los artículos 6º, 7º y  9º   de   la   Ley   600   de   2000  (principios  de  legalidad,  inocencia       y       actuación  judicial), 15, 16, 170, 228 y  306-2 del mismo estatuto.   

   

Solicita  a  la  Corte  que  case  el  fallo  demandado  y,  en  consecuencia, sea anule parcialmente, en lo que corresponde a  José   Gregorio   Hernández  Hernández, para que se dicte una nueva sentencia.   

      CONSIDERACIONES   DE   LA  CORTE   

   

1.  La  Corte  anticipa  su  decisión, en el  sentido   de   admitir   la  demanda  presentada por el defensor de William Roberto  del         Valle         e        inadmitir  las  restantes,  toda  vez  que  éstas  últimas  incumplen  los  principios que rigen la debida fundamentación  del  recurso  extraordinario de casación, consagrados en el artículo 212 de la  Ley   600   de   2000,   y  desarrollados  ampliamente  por  la  jurisprudencia.   

   

2.  El  libelo  presentado por el defensor de  Edilfonso    Oliverio   Goyes   Buitrón     y     Efraín     Niño     Plazas  Laverde  se  aparta  de  los  hechos  plasmados por el  juzgador,  lo  que  hace que los cargos se edifiquen sobre hechos diversos a los  sentenciados   y   ello,  a  su  vez,  impide  lógicamente  el  éxito  de  las  pretensiones.   

   

Por  otra parte, el casacionista, al sostener  que  el  juzgador  incurrió  en  un  falso  juicio de  identidad  porque  no  le era dado resolver la duda en  torno  a  la  supuesta  confusión  respecto  de  la  existencia  de  uno  o dos  cadáveres,  enfrenta  su  personal apreciación de la prueba a la del juzgador,  la  cual está amparada por la presunción de acierto y legalidad, puesto que su  censura  radica  en  que  el perito examinó dos cadáveres, cuando lo cierto es  que   el   fallador,   tras   evidenciar   que   en   verdad  existían  algunas  inconsistencias,  apreció que en últimas el cuerpo examinado fue el de Gerardo  Liévano García.   

   

La indebida fundamentación se mantiene cuando  el  casacionista  expresa que la apreciación del juzgador fue el producto de la  violación  y  el  sacrificio  de  las reglas de la sana crítica, aserto con el  cual  desconoce  el  principio  de  claridad  y  autonomía  de  las causales de  casación,  pues  no  se  entiende  si,  en  últimas,  el  yerro  de violación  indirecta  que  alega  proviene  de  un  falso  juicio  de  identidad  o  de  un  falso  raciocinio, reproches  que son naturalmente excluyentes entre sí.   

   

En lo que tiene que ver con las críticas a la  apreciación  realizada  por  las instancias de la prueba testimonial, el censor  descalifica  que  aquél  le  hubiera  concedido  un  mejor  poder suasorio a un  testimonio  que  a  otros, o bien no hubiera valorado de manera distinta ciertas  inconsistencias  entre las versiones; semejante razonamiento por sí mismo no es  idóneo  para  demostrar  una  equivocación  trascendente  en  la  apreciación  judicial,   puesto   que  tal  ejercicio  de  ponderación  no  extralimita  las  facultades  de  apreciación  razonada de la prueba que le asiste al funcionario  judicial.   

   

En  segundo  término, el impugnante alega un  falso  juicio  de  existencia por omisión,  el  cual  hace  consistir  en  que el fallador no le concedió un  mejor  mérito  a  la  declaración  de  un  testigo  que depuso bajo reserva de  identidad,  cuya  versión  trasladada  de  un proceso disciplinario no pudo ser  confirmada  en  el  juicio,  razonamiento  probatorio  que,  además de resultar  cuestionable,  no  pasa  de  configurar  una particular apreciación probatoria,  apenas distinta a la judicial.     

   

3. A través del escrito de demanda presentado  por   el   apoderado   de   César  Alonso  Maldonado  Vidales,    su   defensor  incurre  igualmente  en el dislate de apartarse de los  hechos  plasmados por el sentenciador, lo que, insiste la Sala, impide el éxito  de  sus  pretensiones,  pues  el  argumento  casacional  se apoya en fundamentos  fácticos  diversos  a  los  juzgados.  Así,  si  acaso fuere la intención del  libelista  demostrar  en esta sede que los hechos ocurrieron de manera diferente  a  los  admitidos  por el juzgador, ha debido partir de los aceptados por éste,  para  luego  sí  acreditar la equivocación judicial, a través de las causales  apropiadas.   

   

Por  otra parte, el recurrente se equivoca al  pregonar  en  el  primer cargo  que  el  juzgador violó, por indebida aplicación, el artículo 135 del Código  Penal,  norma  que  consagra  el  comportamiento punible de homicidio en persona  protegida,  que  atenta  en  contra  de  las  personas protegidas por el Derecho  Internacional  Humanitario,  y que nunca fue imputado por el sentenciador. Así,  el   argumento  del  casacionista  se  torna  inocuo  por  intrascendente,  pues  lógicamente  no  es  posible acreditar la indebida aplicación de una norma que  no fue el fundamento normativo de la condena.   

   

Así  mismo,  el  censor  no es explícito en  precisar  si  la  violación indirecta fue el producto de un error de hecho o de  derecho,  menos  aún  enuncia  con  claridad  la modalidad de la violación, es  decir,  si  se trata de un falso juicio de existencia, falso juicio de identidad  o  falso  raciocinio en el primer caso, o bien de un falso juicio de legalidad o  de convicción en el segundo.   

   

En todo caso, aún cuando a la Corte le fuera  dado  entender,  a partir de la alusión al “sistema  de  la  libre  convicción  o  sana crítica”, que el  reproche  se  orienta  a  través  de la modalidad de falso raciocinio, de todos  modos  aquél adolece de una debida fundamentación, pues se contrae a reprochar  que  el  fallador,  frente  a  pruebas  que apuntaban en un sentido distinto, le  concedió  mérito  a  versiones que, según dice, no pueden ser creíbles, pues  provienen  de delincuentes que carecen de idoneidad moral, razonamiento que casi  se  aproxima  al  ámbito del falso juicio de convicción, contradice la postura  jurisprudencial  de  la  Corte  y,  en  últimas,  no  ofrece nada distinto a la  personal  estimación  de  la  prueba,  en  la  medida  en  que  parte  de meras  suposiciones  como las no demostradas presiones del grupo delincuencial hacia la  familia de las víctimas para declarar de manera ajena a la verdad.   

 De igual modo, el argumento del censor falta  al  deber  de  precisión  cuando  menciona  unas  indeterminadas  reglas  de la  naturaleza  y  de  la  ciencia, las cuales estima violadas por el juzgador, como  consecuencia  de resolver de una determinada manera las inconsistencias en torno  a  la  posible existencia de dos cadáveres.  De esta forma, el recurrente pasa  por  alto  que  el  funcionario  judicial  notó  la  aludida confusión y tomó  partido  por  una  de las hipótesis posibles, sin que en ello concurra error de  apreciación alguno.   

   

El    segundo  cargo, orientado por vía de la nulidad, por razón de  la  indebida  motivación  de  la  sentencia, se convierte en un confuso alegato  que,  en  últimas, lo que reprocha es la apreciación del juzgador. Lo anterior  surge  nítido  cuando el recurrente se queja de que la valoración del juzgador  fue  subjetiva  y  que  ninguno  de  los  argumentos  expuestos  en la sentencia  demuestra    que    Maldonado    Vidales fuera responsable de los hechos.   

   

De  manera  adicional,  el  casacionista,  al  pregonar  la  falta  de  motivación de las causales de agravación previstas en  los  numerales  4,  5,  6  y 7 del artículo 104 del Código Penal, desconoce la  realidad  procesal,  pues  pasa  por  alto  que  la  acusación se fundó en las  causales  de  agravación  reseñadas  en  los  numerales  4  y  7 del artículo  enunciado  y  que  el  fallo de condena se funda en la causal 7 (folio 53 del c.  del  Tribunal),  motivo  que  se encuentra debidamente sustentado, de suerte que  resulta  inocuo alegar la falta de motivación de causales de agravación que no  fueron fundamento de la condena.     

 Además, la petición final del cargo no se  acompasa  con  la  causal  invocada, pues si lo que pretendía el impugnante era  que   se  condenara  a  Maldonado  Vidales  por  homicidio  simple, como así lo pide al final del escrito, ha  debido  acudir  a  la  violación  directa  o  indirecta  de  la ley sustancial,  demostrando  la  exclusión  evidente  del  artículo  103  del  Código  Penal.   

   

4.  Por  último,  el  cargo  de  nulidad por  indebida    motivación    que    presenta    el   apoderado   de   José   Gregorio   Hernández   Hernández  termina  por  plasmar  una  inconformidad  con  las  conclusiones  probatorias y  jurídicas  del sentenciador; en particular, el censor reclama porque los hechos  de  este  caso  en  realidad  se  adecuan  a  la figura de la complicidad, en la  modalidad             antiguamente            denominada            correlativa,   que   en   su  sentir  no  corresponde  con  el  título  de  participación  de  coautoría  impropia  que  emplearon  la  acusación  y  el  fallo.  Así mismo, critica que el juzgador no  hubiera  apreciado  que  el  hoy  procesado no pudo participar en los hechos por  haber sufrido una lesión en el operativo antisecuestro.   

   

En últimas, pues, el defensor de Hernández  Hernández enuncia un cargo de  nulidad   y  termina  por  desarrollar  un  reclamo  de  violación  de  la  ley  sustancial,  en  el  que involucra la exclusión de la figura de la complicidad,  al  tiempo  que  enfrenta la interpretación probatoria del juzgador con la suya  propia.   

   

5.  En  conclusión, las demandas presentadas  por   los   defensores  de  Edilfonso  Oliverio  Goyes  Buitrón,   Efraín  Niño  Plazas  Laverde, César Alonso  Maldonado  Vidales  y  José  Gregorio  Hernández  Hernández,  por  las  falencias  reseñadas,    no    serán    admitidas.   

   

Por  encontrar  que  la  demanda de casación  presentado  por  el  apoderado  de  William Roberto del  Valle  cumple  con los requisitos formales, la Sala lo  admitirá.  En  consecuencia,  se  correrá traslado a la Procuraduría Delegada  para la Casación Penal para que emita el concepto correspondiente.   

   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

   

                                             R E S U E L V E   

   

1.          INADMITIR  las  demandas  de  casación  presentadas  por  los defensores de  Edilfonso   Oliverio   Goyes   Buitrón,      Efraín      Niño     Plazas  Laverde,   César  Alonso  Maldonado  Vidales  y José  Gregorio Hernández Hernández.   

   

   

2.          ADMITIR la demanda formulada  por    el    defensor    de   William   Roberto   del  Valle.   En  consecuencia,  córrase  traslado  a  la  Procuraduría  Delegada  para  la  casación  Penal,  por el término y para los  fines señalados en el artículo 213 de la Ley 600 de 2000.   

   

Contra  las  anteriores  determinaciones  no  procede ningún recurso.   

   

Cópiese, notifíquese y cúmplase.  

   

   

   

JAVIER  ZAPATA ORTIZ  

   

    

   

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                              JOSÉ   LEONIDAS   BUSTOS  MARTÍNEZ   

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO            SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ                         AUGUSTO J.  IBÁÑEZ GUZMÁN   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR  OTERO                            JULIO    ENRIQUE    SOCHA  SALAMANCA   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

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