35752(21-09-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso nº 35752  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN  

Aprobado: Acta No. 340-  

Bogotá, D. C., veintiuno (21) de septiembre  de dos mil once (2011)   

MOTIVO DE LA DECISIÓN  

La Sala examina los presupuestos jurídicos,  lógicos  y  argumentativos  de  las  demandas  de casación presentadas por los  defensores  de  Orlando Galindo Barrantes  y  Armando  Ángel Lavado, contra  la  sentencia  del 14 de diciembre de 2009, proferida por la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Bogotá,  que  confirmó  la  adoptada  por el Juzgado 1 Penal del Circuito Especializado de la  misma ciudad el 31 de diciembre de 2007.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  El  10 de noviembre de 2000, a la tienda  naturista  y  consultorio  esotérico  del  señor Raúl Higuera y su esposa Ana  Rita  Vargas  de  Higuera,  concurrieron  los  señores Pilar Helena del Sagrado  Corazón  Pino  Arroyave,  Jhon  Gil  Londoño  y Oswaldo Romero Chaux (policía  vestido  de civil), con el propósito de llegar a un acuerdo económico respecto  al  suministro de una sustancia que supuestamente le había generado un malestar  a  la  señora  Pino  Arroyave,  exigiendo  una  compensación  por la suma de $  10.000.000   a  cambio  de  no  acudir  a  las  autoridades  para  denunciar  la  estafa.   

Posteriormente,  al  lugar  de  los  hechos  arribó  Javier Higuera, hijo de los dueños del establecimiento, quien se negó  a  entregar  tal  suma  de  dinero  y  ante  la  sospecha  de que estaban siendo  víctimas de una extorsión llamó a la policía.   

A  la  tienda  naturista llegó una patrulla  motorizada  identificada  con  el  número  81,  integrada  por  los patrulleros  Orlando   Galindo   Barrantes   y   Armando   Ángel  Lavado  quienes  una  vez  le insistieron a la familia  Higuera  que  llegaran a un acuerdo y ante su negativa, resolvieron trasladarlos  custodiados  en un vehículo particular hasta la Estación de Policía de Puente  Aranda,  lugar  en  donde  después  de presionarlos con interponer una denuncia  penal  en  su  contra  por el presunto delito de estafa, acordaron finalmente la  entrega de $ 3.000.000 millones de pesos.   

Para garantizar el pago, mantuvieron retenida  a  Ana  Rita  Higuera,  en  tanto  dejaron en libertad a su hijo Javier para que  consiguiera  el dinero, momento en que aquel dio aviso a los miembros del C.T.I,  quienes   dispusieron   un  operativo  inmediato  logrando  la  captura  de  los  policiales  y  civiles que participaron en el hecho, así como la liberación de  la             señora            Higuera1.   

2.  Con  resolución  del 10 de noviembre de  2000,  la  Fiscalía 299 Seccional Delegada ante los Jueces Penales del Circuito  de  Bogotá  ordenó  la  apertura de la instrucción y la vinculación mediante  indagatoria  de  Orlando  Galindo  Barrantes, Armando  Ángel  Lavado,  Oswaldo  Romero Chaux, Jairo Jhon Gil  Londoño,  Pilar  Helena  del  Pino  Arroyave, Abelardo Ruiz Meneses y Francisco  Javier   Arango   Castro.   Con   posterioridad   se  vinculó  a  Ernesto  Vera  Triviño.   

3.  Clausurada  la  fase instructiva el 3 de  febrero  de  2005,  la  Fiscalía  4  de la Unidad Antiextorsión y Secuestro de  Bogotá,  calificó  el  mérito  del  sumario  con resolución de acusación en  contra  de  Orlando Galindo Barrantes, Armando Ángel  Lavado,  Oswaldo Romero Chaux, Abelardo Ruiz Meneses y  Ernesto  Vera  Triviño, como  presuntos  coautores  del  delito  de  secuestro  extorsivo agravado,  tipificado  en los artículos 169, 170  numeral  5  y 58 numeral 10 del Código Penal y, contra Jairo Jhon Gil Londoño,  Pilar  Helena  del Pino Arroyave, por el mismo delito agravado por el numeral 10  del  artículo  58 ibídem2.   

4.  La etapa de la  causa  correspondió  al  Juzgado 1 Penal del Circuito Especializado de Bogotá,  autoridad  que  el  31  de diciembre de 2007 profirió sentencia condenatoria en  contra  de  los  acusados  como  coautores  del  delito  de  secuestro extorsivo  agravado,   imponiendo   a   Oswaldo   Romero  Chaux,  25  años de prisión y multa de 150 salarios mínimos  legales   mensuales   vigentes,   a  Orlando  Galindo  Barrantes,   Armando   Ángel  Lavado,  Abelardo  Ruiz  Meneses  y  Ernesto  Vera  Triviño,  24  años  de  prisión  y multa de 133.33  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes, en tanto que a Pilar Helena del  Pino  Arroyave  la  sancionó  con  18 años de prisión y multa de 100 salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes.  A todos los sentenciados, les impuso la  sanción  accesoria  de  diez  (10)  años  de  inhabilitación  de  derechos  y  funciones  públicas  y  los  condenó  solidariamente  a  pagar  un (1) salario  mínimo  legal mensual vigente por concepto de perjuicios morales a favor de Ana  Rita  Vargas de Higuera. Les negó el sustituto de la suspensión condicional de  la   pena   y   le   concedió  la  prisión  domiciliaria  a  la  señora  Pino  Arroyave3.   

5.  La  decisión fue recurrida y confirmada  por  la  Sala  de Decisión Penal del Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Bogotá   el  14  de  diciembre  de  2009  y  contra  ella,  los  defensores  de  Orlando   Galindo   Barrantes   y   Armando   Ángel  Lavado     interpusieron     el     recurso     de  casación.   

LAS DEMANDAS  

El     defensor     de    Orlando  Galindo  Barrantes  formuló dos  cargos, que desarrolló así:   

Primer  cargo:  falso juicio de existencia.   

Se  incurrió en violación indirecta de los  artículos  232,  234, 238, y 239 de la Ley 600 de 2000 producto de “un error de hecho por falso juicio de  existencia  por omisión al estar presente el medio de prueba y ser ignorado por  el    Juez4”.    Tal    yerro    se    originó  en:   

         

El  desconocimiento  de  las  declaraciones  vertidas  por Ana Rita Vargas, Javier Higuera y Raúl Higuera dentro del proceso  disciplinario  017  de  2001 que se allegó al proceso como prueba trasladada, y  para        demostrarlo        consideró        conveniente        “dividir  los hechos que dieron origen  a  la  sentencia  de  primera instancia y confirmados por el Tribunal en segunda  instancia  en  tres periodos de tiempo para demostrar en cada uno de ellos la no  participación  del señor Orlando Galindo Barrantes en la coautoría del delito  endilgado5”.   

Luego  de transcribir diversos apartes de lo  referido  por  cada  uno  de estos declarantes dentro del proceso disciplinario,  advierte  que  “de haberse  tenido  como  medio  probatorio,  la  absolución sería la llamada a prosperar,  nótese  como  en  dichas  declaraciones  los  Deponentes  enunciados en ningún  momento  relacionan  directamente  al  señor  Orlando  Galindo  Barrantes  como  coautor   de   las   conductas   que   dieron   origen   a   la   investigación  penal6.”   

Anota  que  la sentencia de segundo grado se  respaldó  en  las  pruebas  valoradas  en  primera instancia sin que se hubiera  considerado  la prueba trasladada, omisión que resultó adversa a los intereses  de  su  representado,  pues  “omitió  valorar  por  completo  el  contenido  material  de  estos  medios de prueba …a pesar de que  reñían  en  lo  sustancial  con  la versión suministrada por Ana Rita Vargas,  Raúl      Higuera      y     Javier     Higuera7  en  sus declaraciones dentro  de  la  actuación  penal  mas  exactamente  en  sus declaraciones en la la(sic)  denuncia    y    la    vista   pública.8”   

Segundo cargo: falso raciocinio  

La   sentencia   infringió   por   vía  indirecta “los artículos  238   de   la   Ley   600   de   2000,   artículo   287   C.P.C.”, a través de un error de hecho derivado  de  “un  falso  raciocinio  de  la sana crítica en  cuanto  a  las reglas de la experiencia por cuanto el juzgador le ha asignado un  mérito  o  fuerza  de convicción a las declaraciones de Ana Rita Vargas, Raúl  Higuera  y  Javier  Higuera dentro de la actuación penal y que dieron origen al  fallo                   atacado…9”   

Para sustentar el cargo transcribe extractos  de   la   sentencia   de   segunda   instancia   y   concluye  que  “El  Ad quem violando los principios (sic) de la lógica, presume  y  da  por  cierto  que  la  sola  declaración  en  donde  se refiere a que los  policiales  instan  a un arreglo y que por errores de un procedimiento policial,  de ipso facto se configura una COAUTORIA.”   

La trascendencia del error la hace consistir  en  que  el  Tribunal  en su apreciación se aparta de los postulados de la sana  crítica  y  las  reglas  de  la  experiencia  que  lo llevaron a considerar que  “solicitar   un  arreglo  o  de  (sic)  omitir  un  procedimiento  de carácter policivo los convierte automáticamente en coautores  de        un        secuestro       extorsivo.10”   

Solicita se case la sentencia y se dicte una  absolutoria de reemplazo.   

Por  otra  parte, la defensa de Armando  Ángel  Lavado formuló otros dos  cargos que sustentó de la siguiente manera:   

Primero:   indebida   aplicación  de  la  ley.   

Con  fundamento  en  la  causal  primera del  artículo  207  numeral 1 del Código de Procedimiento Penal por “aplicación  indebida  de  los  artículos  169  y 170 inciso 5 del  Código  Penal dejándose de  aplicar  los  que  verdaderamente  corresponde  (sic),  esto  es  los Art. 174 y  182  del  C.P.11.”   

El  censor,  después de transcribir algunos  apartes   de   lo   referido   por  Javier  Higuera12,   emite   su   particular  percepción  de  la  situación  a  la  que  fueron  sometidas  las víctimas al  asegurar  que  “seguramente entendieron que los dos  policiales  que  habían  llegado  en  su  auxilio,  entre  ellos  mi defendido,  después  de que ellos mismos les habían llamado, se habían puesto de parte de  los  inicialmente  nombrados;  por  tanto entendieron que cuando se les aconseja  conciliar,   en  verdad  los  están  presionando  para  entregar  una  suma  de  dinero13”,  y  concluye que en ningún momento se les presionó para hacer  algo en contra de su voluntad.   

En tales condiciones, considera, no se estaba  en  presencia  de  un  secuestro  extorsivo,  sino  de  un  concurso de delitos,  constreñimiento  ilegal y detención arbitraria pues el objetivo no era atentar  contra  la  libertad individual “simple y llanamente  se  constriñó,  amenazó,  intimidó  con  someterla  al  rigor de la justicia  denunciándola  penalmente como estafadora…presión que tenía como fin único  el   obtener   una  indemnización  por  los  males  que  presuntamente  habían  ocasionada(sic)  a  la  salud  de  la procesada señora PILAR HELENA DEL SAGRADO  CORAZON  y  es  así  como  se  doblegó su capacidad volitiva de forma violenta  intimidándola  abusando  de su condición de autoridad policial, hasta el punto  que   accedió   a  entregar  una  suma  de  dinero14”.   

Sostuvo    además   que,   “la  prueba  recaudada  da  fe de que las víctimas son en verdad  unos                    timadores15”  y  en  consecuencia,  la  decisión que tomó Ana Rita Vargas de entregar dinero  “no  fue  para  recobrar  su libertad, la que nunca  perdió,  sino para evitar una denuncia y las consecuencias que la acción penal  conlleva.16”   

Asegura que ningún medio de prueba refirió  que  “la  amenaza  o  el  mal  sería  impedirle su  derecho  de  locomoción,  todos  y  este  punto  es  pacífico, informan que la  amenaza  seria (sic) someterla a las autoridades, denunciándola penalmente como  estafadora   y   es   por   eso   que   el   cargo  debe  prosperar.17”   

Solicita  se  case  parcialmente  el  fallo  dictando el que en derecho corresponda.   

Segundo: nulidad.  

Con  fundamento  en  la  causal  tercera  de  nulidad,  artículo 207 del Código de Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000), el  Tribunal  incurrió  “en  error en la calificación  jurídica  del  hecho, habida cuenda que en fallo de agosto 4 de 1992 de la Sala  Penal  de  la  Honorable  Corte  Suprema  de  Justicia, se indicó que la vía a  escoger  cuando  se  alega  errónea  calificación  de  la  conducta  no  es la  violación    directa   de   la   ley   sustancial18”.   

Postura  de la Sala que lo habilita, a pesar  de  que  estos  hechos ya fueron propuestos en el primer cargo, sólo con el fin  de  que  “no  se rechace por su señoría el citado  cargo  por  considerar que incurrimos en vicios de técnica, propongo los mismos  hechos.”   

Le  correspondía  al  juez,  al advertir la  equivocada  adecuación  típica, dar aplicación al artículo 404 de la Ley 600  de  2000,  variando  la  calificación  jurídica  provisional  y  como  ello no  ocurrió, se vulneró el debido proceso.   

Por  lo  tanto,  solicita  casar  el  fallo  declarando  la  nulidad de la actuación desde el momento en que se calificó el  mérito del sumario.   

CONSIDERACIONES  

La inadmisión de las demandas  

De  conformidad  con  el  artículo  213 del  Código  de  Procedimiento  Penal  del  2000,  la Sala las inadmitirá porque no  reúnen  los  presupuestos,  ni  cumplen las exigencias mínimas previstas en el  artículo 212 del mismo Estatuto.   

De  la  demanda  a nombre de Armando Ángel  Lavado.   

Primero y segundo cargo.  

El  impugnante  presentó  dos  cargos,  el  primero,  con  base en la causal primera, cuerpo primero, por violación directa  de  la  ley  sustancial,  por  aplicación  indebida y el segundo, apoyado en la  causal tercera, nulidad por vulneración al debido proceso.   

Con  esa  forma  de  postular  los  cargos  infringió   el  principio  de  prioridad,  conforme  con el cual las censuras se deben presentar en un orden  lógico.  Por  ello  debió comenzar por el reproche de mayor amplitud, es decir  la  nulidad,  toda vez que, si le asiste razón, se torna inoficioso acometer el  estudio del cargo restante.   

En  tales condiciones y como además ninguno  de  los  ataques  fue propuesto de manera subsidiaria, se entiende que introdujo  cargos    excluyentes,    pues    de   una   parte   pidió   una   sentencia   de   reemplazo   ya  que  la  violación  directa  así  lo  exige  y de la otra, simultáneamente,      la      invalidación      de     lo     actuado.   

Tales razones serían suficientes para no dar  curso  a la demanda; no obstante, en el supuesto de que se obviase ese requisito  necesario,  la  inadmisión igual deviene como la única solución, en cuanto el  libelista  no  cumplió con las exigencias lógicas y argumentativas exigidas en  su interposición.   

Frente  a la causal de nulidad que alega, la  censura  se  quedó en la simple enunciación. El singular discurso se limitó a  advertir  que para que su reproche no fuera rechazado por vicios de técnica, lo  postulaba  por  vía de la causal tercera sin precisar cuáles fueron los yerros  en que incurrió el fallador.   

Cuando el error en la denominación jurídica  implica  un  cambio  en  el  nomen  juris,  como  es la propuesta elevada por el censor, en aras de conservar  la  estructura  del  proceso,  esto  es,  la  identidad entre la acusación y la  sentencia,  tal  ejercicio  casacional  debe  perfilarse  acudiendo  a la causal  tercera,  pero su desarrollo agotarlo conforme a la causal primera, esto es, por  infracción  a la ley sustancial, ya por vía directa, ora por indirecta, evento  en  el  cual le correspondía especificar la naturaleza del error, indicando las  pruebas afectadas y su incidencia en el fallo cuestionado.   

Con  ninguna  de  las exigencias cumplió el  censor,  pues  se  limitó  en  su breve alegato a justificar la postulación de  este  cargo,  con  la  pretensión  que  si  la primera censura propuesta le era  rechazada  por  vicios  de  técnica,  idéntica argumentación le sirviera para  justificar  la  invalidez  de  la  actuación,  como si al proponer esta censura  quedara   relevado   de   cumplir   las  exigencias  técnicas  que  demanda  la  interposición  del  recurso  extraordinario,  pues una tal pretensión comporta  que  esta  Corporación  complete su demanda, lo que resulta infundado en virtud  del principio de limitación.   

Además, el apartado (violación directa) al  que   pretende   que   la  Corte  se  remita  en  sus  argumentos,  cuando  postula  el  primer  cargo,   desarrolla  una  clase distinta de error, lo que torna su ataque contradictorio,  pues                abandonando    el   enunciado   del   que   dijo   partir   y,  en  total  desconexión  con  las consideraciones fácticas del fallo, se dedica a realizar  sus  propias  apreciaciones  sobre  la  prueba  recaudada  a  fin  de atribuirle  particulares  consecuencias  jurídicas,  lo  cual  da al traste con sus aspiraciones.   

La    Sala  recuerda   que  cuanto  se  está  en  presencia  de  un   error   por   violación   directa  de  la  ley  sustancial, es deber  del  demandante  aceptar los hechos y las pruebas tal y como  fueron  declarados y apreciados por el juzgador de segunda instancia, y su carga  consiste   en   desarrollar   su  discrepancia  en  el  ámbito  del  raciocinio  estrictamente  jurídico,  es  decir,  sólo  con  las  consecuencias jurídicas  atribuidas  a  los hechos declarados, sin que resulte viable alegar o sugerir al  tiempo  errores  de  apreciación  probatoria,  dado  que  para ello,    la    ley    previó    la   vía  indirecta.   

No  fue  esa  la  labor  que  cumplió    el   censor   cuando     sin     ningún     reparo,  manifestó que “seguramente  entendieron  que  los  dos  policiales  que habían  llegado  en  su  auxilio, entre ellos mi defendido, después de que ellos mismos  les  habían  llamado, se habían puesto de parte de los inicialmente nombrados;  por  tanto  entendieron  que  cuando  se  les  aconseja conciliar, en verdad los  están  presionando  para entrega una suma de dinero19”,    alegato  propio de la vía indirecta  por  errores  de  apreciación  probatoria,  y  no  de  la  violación directa a  la que equivocadamente acude.   

Para   que   la  censura  tuviera  alguna  coherencia  al  amparo  de la violación directa   de   la   ley,   el   casacionista   tenía  que     probar     que    el     ad  quem  concluyó  que  la prueba recaudada no documentaba  un  atentado  contra  la  libertad  personal  y  la  exigencia  de un provecho o  utilidad     para     recobrar     ese    derecho20  y  sin embargo,    decidió    proferir   fallo   de  condena     por    el    delito    de    secuestro  extorsivo, nada de lo cual  siquiera   ensayó,   y  al  no  hacerlo,     el     reproche    quedó         sin         desarrollo        ni        demostración.   

Lo  argumentado, en últimas, no es un error  demandable  en  casación, sino la percepción particular sobre la forma como en  su  opinión ocurrieron los hechos, con lo cual desconoce que el debate culminó  con  el  proferimiento  del  fallo  de  segunda  instancia,  por  lo que se debe  inadmitir la demanda.   

De  la demanda  a  nombre  de Oscar Galindo  Barrantes   

Primer  cargo:  falso juicio de existencia.   

Sostiene  el  demandante que en la sentencia  impugnada  se desconocieron  distintas  declaraciones  y  por  tal motivo, postuló  un  falso  juicio  de  existencia  por  omisión. Ello  indicaría  que  el  Tribunal dejó de valorar pruebas testimoniales que obraban  en el proceso con efectos trascendentes en el fallo.   

Sobre el tema, la jurisprudencia de la Corte  ha  insistido  en  que  cuando  se plantean errores de hecho por falso juicio de  existencia   por  omisión,  no  basta  afirmar  que  el  juzgador  ignoró  una  determinada  prueba, siendo necesario, precisar qué hechos en concreto acredita  la  prueba omitida, y qué incidencia habrían tenido en la decisión impugnada,  de  haber  sido  apreciados  por el Juez en la valoración que hizo del conjunto  probatorio.  Si estas exigencias no se cumplen, el reparo carecerá de vocación  de éxito, por ausencia de demostración.   

El  censor  sostiene  que  los  juzgadores  desconocieron  las  declaraciones rendidas por Ana Rita Vargas, Javier Higuera y  Raúl  Higuera  dentro  de la investigación disciplinaria adelantada a estos ex  funcionarios  de  policía,  pues  a su juicio, ninguno de los testigos vinculó  directamente  a  Orlando Galindo Barrantes  como  coautor  del  secuestro,  y  en  cambio,  resolvieron  darle  credibilidad  a  las  afirmaciones que ellos mismos hicieron en la denuncia y en  la  vista  pública,  a  pesar  de que “reñían          en          lo          sustancial”.   

El  planteamiento resulta contradictorio, en  cuanto  no  logra  determinarse  si  lo propuesto es un error de hecho por falso  juicio   de   existencia   por   omisión,   o  uno  por  falso  raciocinio  por  desconocimiento  de  las  reglas  de  la  sana  crítica  en la apreciación del  mérito  probatorio  de  las  versiones  de  los  declarantes,  por cuanto no es  posible  desatender  que  nos  encontramos ante las distintas versiones rendidas  por  los  mismos  testigos,  luego,  si  lo  pretendido  era  valorar la posible  existencia  de  contradicciones  en  sus exposiciones y si aquellas, de existir,  resultaban  esenciales  o  accesorias,  ello  imponía  la  valoración de tales  pruebas  a  la  luz  de las reglas de la sana crítica y no, en la forma aislada  como se propone.   

El actor tampoco explica a la Corte, por qué  no  hay  coincidencia entre las versiones entregadas en el proceso disciplinario  y  las  recaudadas  en  el  juicio, ni la disparidad con aquello que el Tribunal  extrajo  de ellas, o la razón por la que de haber sido apreciadas las versiones  entregadas  en  el  proceso  disciplinario,  habrían  tenido  la virtualidad de  propiciar la absolución de su representado.   

Aunado a ese desacierto, omite precisar qué  hechos  en  concreto  surgen  de  la  prueba  ignorada,  pues sus alegaciones se  circunscriben  a  resaltar  frases inconexas de esas declaraciones para concluir  que  en  ninguna  se  eleva  un  juicio  de responsabilidad directo en contra de  Galindo Barrantes.   

Adicional  a ello, de la misma demanda emana  la  intranscendencia  de  su reparo, por cuanto es el mismo censor quien señala  que  la  condena se fundamentó en diversas pruebas, incluidas las declaraciones  que   Ana   Rita  Vargas,  Javier  Higuera  y  Raúl  Higuera  rindieron  en  el  juicio.   

Si  su  propósito,  como  lo  anunció, era  develar  el  error  de  hecho por falso juicio de existencia por omisión en que  estaba  sustentado  el  fallo,  su  obligación  no  era  oponer  su criterio al  expresado  por  el  Tribunal  en  la  sentencia, sino realizar la confrontación  objetiva  relacionada  y  explicar cómo se suprimieron los medios de prueba que  soportan  su  tesis,  labor  que en su escrito no acometió, por lo que el cargo  será inadmitido.   

Segundo cargo: falso raciocinio  

Cuando  en  sede  de  casación  se ataca la  sentencia  por  transgresión  indirecta de la ley sustancial por error de hecho  derivado  de falso raciocinio, esto es, por desconocimiento de los postulados de  la  sana  crítica,  tiene  establecido la jurisprudencia de la Sala que se debe  indicar  qué  dice  de  manera  objetiva  el  medio,  qué  infirió  de él el  juzgador,  cuál  mérito  persuasivo  le  fue  otorgado,  cuál postulado de la  lógica,  ley  de  la  ciencia  o  máxima  de  la  experiencia fue desconocida,  debiéndose  indicar,  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de la  lógica   apropiada,  la  máxima  de  la  experiencia  que  debió  tomarse  en  consideración,  y  finalmente  demostrar, la trascendencia del error señalando  cuál  debe ser la apreciación correcta de la prueba o pruebas que cuestiona, y  que  habría  dado  lugar a proferir un fallo sustancialmente distinto y opuesto  al  alcanzado21.   

Aún  cuando el censor de manera inequívoca  anuncia  que  el  error recayó ahora sobre la apreciación de las declaraciones  vertidas  en  el juicio por los señores Ana Rita Vargas, Javier Higuera y Raúl  Higuera,  no  satisfizo  la  carga que se le imponía lo que trunca su aspiración.   

En  este  evento  aunque  individualizó las  pruebas  objeto  del análisis supuestamente equivocado del Tribunal, no indicó  con  la  claridad  y  precisión  exigidas,  cuál de los componentes de la sana  crítica    desconoció   el   ad   quem:  si  las  reglas  lógicas,  las  máximas de la experiencia o los  aportes  científicos,  ni  tampoco  desarrolló  cuales  eran  los  postulados,  aplicables para valorar adecuadamente estas exposiciones.   

El esfuerzo argumentativo lo circunscribió a  afirmar  de  manera  genérica  que  el  yerro  se concentró en la apreciación  probatoria  otorgada  por  el  juzgador a tales testimonios, luego, no hizo otra  cosa  que cuestionar la “credibilidad”  que  los  jueces  de instancia le otorgaron a tales declaraciones,  pretendiendo  hacer ver que la persistente solicitud de su representado para que  las  víctimas  arreglaran  no  lo convierte en coautor del secuestro extorsivo,  intentando  hacer  prevalecer  su  versión  sobre  la del Ad quem que sobre tal  aspecto  señaló:  “Entonces,  no  es que se esté  endilgado  la coautoría a estos dos procesados solamente por un malentendido en  la      invitación      a      que      los      involucrados      “arreglaran”   o   conciliaran   el  inconveniente,  según lo expone la defensa de Galindo  Barrantes,  sino  porque la forma como sucedieron los  hechos,  claramente  definidos  en la sentencia de instancia, lleva a establecer  que  esa  manifestación  no  tenía  otro  sentido  y finalidad que afianzar la  exigencia                 económica.22”   

En tales condiciones, al cuestionar el grado  de  credibilidad que el juzgador le otorgó a las pruebas, comete un grave error  conceptual,  pues  olvidó  que en la valoración de las pruebas el sentenciador  está  sometido  únicamente  a  los principios de la sana crítica, persuasión  racional  y  de la lógica (C.P.P. arts.238 y 277 de la Ley 600 de 2000), por lo  cual    la    mera    “credibilidad”  no  es  de  suyo,  un  motivo  censurable por vía de este recurso  extraordinario.   

Así  las cosas, como quiera que los cargos  quedaron  huérfanos  en  la  demostración  de  los  errores  atribuidos  en la  sentencia,  y  la Corte, en virtud del principio de limitación, no puede entrar  a complementar el libelo, se impone la inadmisión de la demanda   

Finalmente, la Sala destaca que del estudio  del  proceso  no  se vislumbra violación de derechos fundamentales o garantías  de  algún  interviniente  que determine el ejercicio de la facultad oficiosa de  índole   legal   que   al   respecto  le  asiste  en  procura  de  asegurar  su  protección.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

Primero. INADMITIR  la  demanda de casación presentada por los defensores  de   Orlando  Galindo  Barrantes  y  Armando  Ángel  Lavado.   

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Notifíquese y cúmplase  

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ    LUIS   BARCELÓ  CAMACHO   

            

               JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO  ALBERTO  CASTRO CABALLERO             

               SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

            

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS  

AUGUSTO    J.   IBÁÑEZ  GUZMÁN   

            

             JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Nubia Yolanda Nova García   

Secretaria  

    

1  Folios 3 y 4  cuaderno 1   

2  Folios  53  a 87 del cuaderno 7. Normatividad más favorable que  la Ley 40  de  1993  y  la  Ley  365  de  1997  vigentes al momento de la ocurrencia de los  hechos.   

3 Folio  38 a 72 cuaderno 12   

4 Folio  91 cuaderno 18   

5  Ibídem.   

6 Folio  102 cuaderno 18   

7 Los  mismos testigos.   

8 Folio  103 cuaderno 18   

9  Ibídem.   

10  Folio 104 cuaderno 18.   

11  Folio 114 cuaderno 18   

12  Denunciante.   

13  Folio 118 cuaderno 18   

14  Folio 119 cuaderno 18.   

15  Ibídem.   

16  Ibidem.   

17  Ibidem.   

18  Folio 123 cuaderno 18.   

19  Folio 118 cuaderno 18   

20 Ley  599 de 2000. Artículo 169   

21  CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,   Sents.  de  casación del 26 de junio de  2002,  rad.  11.451  y  10  de  noviembre  de  2005,  rad.  23451,  entre otras.   

22  Folio 28 cuaderno 18     

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