32022(26-01-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 32022  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 19.  

Bogotá, D.C., veintiséis de enero de dos mil  once.   

V    I   S   T   O  S   

          Se  pronuncia  la  Corte sobre el trámite a surtir en relación con  el  recurso  de  apelación  interpuesto  por todos los intervinientes contra la  decisión  del  30 de septiembre de 2010, de la Sala de Conocimiento de Justicia  y Paz del Tribunal Superior de Bogotá.   

A N T E C E D E N T E S  

En decisión tomada en audiencia pública el  30  de  septiembre  de  2010,  la  Sala  de  Conocimiento  de Justicia y Paz del  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  ejerció control formal y material respecto de  los  cargos  formulados por la Fiscalía General de la Nación en contra de GIAN  CARLO   GUTIÉRREZ   SUÁREZ,   postulado   por   el  Gobierno  Nacional  en  su  condición    de   patrullero   del  desmovilizado  Bloque  Calima  de  las  Autodefensas Unidas de Colombia.   

Dentro  de  la  misma  diligencia,  una  vez  escuchada   la   decisión,   interpusieron   el   recurso   de  apelación  los  representantes  de  las  víctimas,  el  postulado,  su defensor, el Fiscal y el  agente  del  Ministerio Público, razón por la cual los Magistrados de la Sala,  en  seguimiento de lo dispuesto por el artículo 26 de  la Ley 975 de 2005,  concedieron    el    recurso    y    enviaron    las    diligencias    a    esta  Corporación.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

El  artículo  90  de  la  Ley 1395 de 2010,  expresamente consagra:   

“El  artículo  178  de la Ley 906 de 2004  quedará así:   

Artículo  178.  Trámite  del  recurso  de  apelación  contra autos. Se interpondrá, sustentará  y  correrá  traslado  a  los  no  impugnantes en la respectiva audiencia. Si el  recurso  fuere  debidamente  sustentado  se  concederá  de  inmediato  ante  el  superior en el efecto previsto en el artículo anterior.   

Recibida la actuación objeto del recurso el  juez  lo  resolverá  dentro  del  término  de  cinco (5) días y citará a las  partes  e  intervinientes a audiencia de lectura de auto dentro de los cinco (5)  días siguientes.   

Si se trata de juez colegiado, el magistrado  ponente  dispondrá  de  cinco  (5)  días para presentar proyecto y de tres (3)  días  la  sala  para  su  estudio  y  decisión.  La  audiencia  de  lectura de  providencia será realizada en 5 días.”   

La norma en mención dispone de manera clara  la  modificación  del  artículo 178 de la Ley 906 de 2004, no refiriéndose en  modo  alguno  a  la  Ley  975  de  2005, por lo que el trámite consagrado en el  artículo  26  de  esta  última  codificación, atinente a la sustentación del  recurso  de  apelación  en  los  procesos de Justicia y Paz, se mantiene en los  mismos términos:   

“El  Magistrado  ponente  citará  a  las  partes  e intervinientes a audiencia de argumentación  oral  que se celebrará dentro de los diez (10) días siguientes al recibo de la  actuación  en  la  Secretaría  de  la  Sala  de Casación Penal. Sustentado el  recurso  por  el  apelante  y oídos las demás partes e intervinientes, la Sala  podrá  decretar  un receso hasta por dos (2) horas para emitir la decisión que  corresponda.”   

Se  trata de definir, dado que en este y en  otros  asuntos  que  se han recibido en la Corte, el tópico se ha discutido por  los  Magistrados  de  Justicia  y  Paz,  con  resultados  disímiles, pues, unos  aceptan  recabar  la  sustentación en la diligencia de lectura del auto y otros  entienden   que   esa   fundamentación  debe  operar  aquí,  si  por  vía  de  principialística  y  por evidentes necesidades prácticas, así directamente la  ley  1395  de  2010 no modifique el trámite del recurso de apelación propio de  la   Ley   975  de  2005,  es  posible  aplicar  esa  nueva  normatividad  a  la  impugnación.   

Lo  primero que cabe anotar es cómo la Ley  1395  de  2010,  se  rotula  “POR LA CUAL SE ADOPTAN  MEDIDAS     EN     MATERIA     DE     DESCONGESTIÓN     JUDICIAL”.   

Ello  indica  que la finalidad esencial del  plexo  normativo  en  cuestión se dirige a descongestionar la justicia en todos  sus  ámbitos,  en cuanto, se entiende necesario para superar ese que parece mal  endémico.   

Bajo dicho postulado, si la normatividad en  cuestión  se  inscribe  general  para  la  justicia,  al  punto  de verificarse  introducidas   reglas   respecto   de   los   procedimientos   civil,   laboral,  administrativo  y  penal  (Ley  600  de  200 y Ley 906 de 2004), y si además se  entendió  que esa mejor práctica, en el proceso penal ordinario, opera bajo el  criterio  de que la apelación de los autos debe sustentarse ante el funcionario  que  profirió  la  decisión  atacada,  incluso en curso de la audiencia que la  incluyó,  ninguna  razón  existe  para  que  de esa postulación se excluya el  trámite propio de Justicia y Paz.   

Mucho más, si en consideración se toma que  dentro   de   su  carácter  sui  generis,  la  Ley  975  de  2005, contempla principios ineludibles que, en  primer  lugar,  dentro  de  lo  eminentemente sustancial, buscan ofrecer verdad,  justicia  y  reparación  a  las  víctimas (artículos 6, 7 y 8); y, en segundo  término,  en  el  espectro  procesal  propugnan,  como manera de acceder a esos  propósitos  anteriores, por la celeridad en el trámite, como así expresamente  se  dispone en los artículos 13, a manera de principio, y el parágrafo primero  del   artículo  26,  en  cuanto  dispone  que  “El  trámite  de  los  recursos  de apelación de que trata la presente ley, tendrá  prelación  sobre los demás asuntos de competencia de la Sala Penal de la Corte  Suprema   de   Justicia,   excepto   lo   relacionado   con   las   acciones  de  tutela.”     

De  igual manera, las muchas decisiones que  por  vía  de  exequibilidad ha proferido la Corte Constitucional y en razón al  recurso  de  apelación  la  Sala  Penal  de  la  Corte Suprema de Justicia, han  advertido  cómo  el  texto  de  la  Ley  975  de  2005 demanda de adecuación e  interpretación,  no  sólo  para hacerlo contextual y operante, sino en aras de  que  esos  postulados  principialísticos de verdad, justicia y reparación, que  siempre     tienen    como    norte    básico    a    la    víctima,    puedan  materializarse.   

Junto  con  lo anotado, debe destacarse que  precisamente  la  Ley  de Justicia y Paz, desde su desarrollo normativo advierte  necesario  acudir  a otros mecanismos de complementación, por virtud de lo cual  el artículo 2° del Decreto 4760 de 2005, reseña:   

“La  interpretación y aplicación de las  disposiciones   previstas   en  la  Ley  975  de  2005  deberán  realizarse  de  conformidad  con  las  normas  constitucionales  y  los tratados internacionales  ratificados   por   Colombia.   La   incorporación   de  algunas  disposiciones  internacionales  en la citada ley, no debe entenderse como la negación de otras  normas internacionales que regulan esta misma materia.   

En lo no previsto de manera específica por  la  Ley  975  de 2005 se aplicarán las normas de procedimiento penal contenidas  en  la  Ley  906  de  2004  y,  en  lo  compatible con la estructura del proceso  regulado  por aquella, lo dispuesto por la Ley 600 de 2000, así como la Ley 793  de   2002   y   las   normas   civiles   en   lo   que  corresponda.”    

Desde  luego,  la Corte no desconoce que la  Ley  975  de  2005,  prevé  específicamente  el  trámite  a adelantar para la  instauración,  sustentación  y  resolución  del recurso de apelación. Lo que  quiere  significarse es el carácter abierto de ese cuerpo especial, al punto de  significar   que   puede  acudirse  indistintamente  a  cualquiera  de  los  dos  procedimientos  penales  hoy vigentes, a normas civiles o a la Ley de Extinción  de   Dominio,   en  el  entendido  que  sus  cometidos  de  verdad,  justicia  y  reparación,  abarcan muchas y en ocasiones disímiles aristas, todas las cuales  es  preciso  armonizar  a  través de los diferentes cuerpos normativos para que  cumplan esas precisas finalidades.   

Dentro  de  este  mismo  orden de ideas, en  relación  con  lo  contemplado  en  el  inciso primero del artículo 2° arriba  transcrito,   adoptar   el  trámite  del  reformado  artículo     178     del    Código    de    Procedimiento    Penal,        contribuiría  no  sólo,  como  ya  se  dijo,  a  la  material    realización    del    principio    de    celeridad,    sino   del   derecho  de  acceso  a  la  administración  de  justicia  (o de tutela judicial efectiva) consagrado en los  tratados     internacionales     de    derechos    humanos    ratificados    por  Colombia1.   

Así, el artículo  8  de la Declaración Universal de los Derechos y Deberes del Hombre, adoptada y  proclamada  por la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas el 10  de  diciembre de 1948, establece que “[t]oda persona  tiene   derecho   a   un   recurso  efectivo,  ante  los  tribunales  nacionales  competentes,  que  la amparen contra actos que violen sus derechos fundamentales  reconocidos  por  la  Constitución o la ley”. En el  mismo  sentido  se expresa el numeral 1 del artículo 14 del Pacto Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos  de  las  Naciones  Unidas,  aprobado en la  legislación  interna  mediante  la  Ley  74 de 19682.   

A su vez, el artículo 25 de la Convención  Americana  sobre  Derechos Humanos, o Pacto de San José de Costa Rica, aprobado  por   nuestro  país  por  la  Ley  16  de  1972,  consagra  el  “derecho  a un recurso sencillo y rápido o a cualquier otro recurso  efectivo”,  de tal manera que los Estados Partes se  comprometen    a    (i)  “garantizar  que  la  autoridad competente prevista  por  el  sistema  legal  del Estado decidirá sobre los derechos de toda persona  que    interponga   tal   recurso”,   (ii)            “desarrollar  las  posibilidades  del  recurso  judicial”      y     (iii)     “garantizar  el  cumplimiento, por las  autoridades  competentes,  de  toda decisión en que se haya estimado procedente  el recurso”.   

Al  respecto,  la  Corte  Interamericana de  Derechos  Humanos,  en  una  Opinión  Consultiva, ha señalado que, para que el  mismo  exista,  “no basta con que esté previsto por  la  Constitución  o  la  ley  o  con que sea formalmente admisible, sino que se  requiere  que  sea  realmente  idóneo”3,   lo  que  implica  que  toda  institución  o  mecanismo  de  derecho  interno debe reunir  “las  características  necesarias  para  la tutela  efectiva  de  los  derechos  fundamentales,  esto  es,  la  de  ser  sencilla  y  breve”4.    En    otras   palabras,  “[l]os  recursos  son ilusorios cuando se demuestra  su   inutilidad   en   la   práctica”5  y,  por  lo  tanto,   el   Estado   “tiene  que  garantizar  una  actuación   expedita”6.   

A  similares  conclusiones  ha  llegado  el  Tribunal  Europeo  de Derechos Humanos, y en   este   sentido   se   ha    precisado    que    el   recurso   judicial   “debe    ser    efectivo,    tanto    en   la   ley   como   en   la  práctica”7.   

La  práctica enseña que en la actualidad,  pese   a  los  postulados  de  celeridad,   eficiencia   y  eficacia  decantados  en  la  Ley  975  de  2005, los trámites propios del  recurso  de  apelación resultan no sólo engorrosos y demorados, sino onerosos,  dado  que, de un lado, el alto volumen de trabajo que hoy agobia a la Sala Penal  de  la  Corte Suprema de Justicia, obliga superar de alguna manera los términos  legales  establecidos  para  realizar  la audiencia de sustentación;  y  del  otro,  cuando  el  auto impugnando fue proferido por los  Magistrados    ubicados    en   lugar   diferente  a  Bogotá, se obliga el desplazamiento de los distintos  intervinientes  hasta  esta  ciudad,  lo que representa altos costos en tiempo y  dinero,  en  ocasiones  nugatorios de los derechos de las víctimas, en su mayor  parte     imposibilitadas     de     acudir.       

Concluye la Corte, en consecuencia, que el  artículo  26  de  la Ley de Justicia y Paz, no es el mejor mecanismo para hacer  efectivo   el   principio  de  celeridad,  a  más  de  que  puede  afectar  otros principios, como los de  tutela  judicial  efectiva  e  incluso  los  postulados  torales de verdad,        justicia        y  reparación.   

De  esta  manera,  la  que debe entenderse  mejor  práctica,  en  cuanto  respeta  no  sólo  las  finalidades de la Ley de  justicia  y  Paz,  sino los estándares internacionales, es la contemplada en la  Ley  1395  de  2010,  en cuanto modifica el artículo 178 de la Ley 906 de 2004,  facultando  que  la  sustentación  del  recurso  de apelación opere en primera  instancia,  durante la diligencia en la cual se profirió la decisión objeto de  crítica.   

Es  preciso  destacar,  eso  sí,  que  la  postura  adoptada  por  la  Corte  de  ninguna  manera  representa  alteración  relevante  o  sustancial  de la estructura del debido  proceso.  Recuérdese que la Ley de Justicia y Paz es  de    índole    extraordinaria,   pues   al   contrario   de   la   tradicional  actuación        jurídico-penal,  obedece  a  una  especial política  criminal   de   justicia  restaurativa  –cuyos alcances superan con mucho el  ámbito  meramente  punitivo,  irradiando  temas complejos de índole política,  económica  e incluso social-, en la que el respeto a  la  ritualidad  no  es  tanto un fin en sí mismo como un mecanismo para obtener  una  solución  pacífica  al conflicto armado o, como tantas veces se ha dicho,  un   instrumento   procesal   de   transición   hacia   el  logro  de  una  paz  sostenible8.   

De  ahí  que  la  Sala haya reconocido en  pretérita                oportunidad9,   respecto   de  aparentes  vulneraciones  sustanciales  al  debido  proceso, que la estricta observancia de  esta  garantía debe ceder ante la efectiva búsqueda  de  los  propósitos  propios  de  la  Ley  975  de  2005,  como  el cese de las  actividades  delictivas, la no repetición, la reparación de las víctimas y la  recuperación  de la institucionalidad del Estado de  Derecho, entre otros.   

En este orden de  ideas,  el  no atenerse estrictamente al trámite previsto en el artículo 26 de  la  Ley  de  Justicia y Paz, sino en lugar de ello dar prelación a lo dispuesto  en  el artículo 178 de la Ley 906 de 2004 (modificado por la Ley 1395 de 2010),  no  implica  anomalía  alguna,  en la medida en que dicho proceder garantiza la  celeridad  de  la actuación, faculta materializar el  principio  de  tutela  judicial  efectiva y,  de  paso,   contribuye   a  la  realización de los fines primordiales de la Ley 975 de 2005.   

De manera contraria, no es posible predicar  que  atender  a  la  modificación  inserta  en  la  Ley  1395  de  2010, afecta  principios  basilares  del  trámite  de  Justicia  y  Paz,  o  vulnera derechos  específicos  de  alguno  o  algunos de los intervinientes en el mismo, pues, en  primer  lugar,  de  poder  afirmarse  ello  habría  que  significar cómo igual  debería  suceder  en  el  trámite ordinario de la ley 906 de 2004, con lo cual  los  criterios  de  mejor hacer que signan la reforma carecerían de soporte; y,  en  segundo término, el hecho de permitir a los impugnantes y sus contrapartes,  exponer  oralmente sus argumentaciones ante el mismo órgano judicial que dictó  la  providencia  atacada,  en  nada  incide  respecto a la naturaleza, calidad o  efectividad del medio de controversia.   

Y si se trata de afirmar que la posibilidad  de  argumentar  ante la segunda instancia brinda un término mayor para preparar  la  alegación,  habría  que  responder  que si esa es una necesidad acuciante,  perfectamente  la  magistratura de primer grado, dentro de lo razonable y acorde  con  el  sustento  de lo pedido, puede brindar a impugnantes y no impugnantes un  espacio  temporal  suficiente  para  afinar su fundamentación, aunque, no sobra  recordar,       la       interposición       del      recurso      –ella  sí obligatoria de inmediato-,  no  puede representar una simple veleidad, planteada apenas a la espera de poder  hallar después motivos que la hagan ver legítima.   

Debe  precisar  la  Corte,  eso sí, que la  decisión  aquí  tomada  tiene validez únicamente respecto de los trámites de  apelación  iniciados  con  posterioridad  a  la vigencia de la Ley 1395 de 2010  pues,  en  los casos en los que se interpuso y concedió el recurso antes del 12  de  julio de 2010, necesariamente el trámite a seguir debe ser el consagrado en  el  artículo  26  de  la  Ley  975 de 2005, a efectos de respetar los criterios  consagrados   en   el   artículo   40   de   la  Ley  153  de  1887,  que  así  reza:   

“Las    leyes   concernientes   a   la  sustanciación  y  ritualidad  de  los  juicios  prevalecen sobre las anteriores  desde  el  momento  en  que  deben empezar a regir.  Pero los términos que  hubieren  empezado  a  correr, y las actuaciones y diligencias que ya estuvieren  iniciadas,    se    regirán    por   la   ley   vigente   al   tiempo   de   su  iniciación.”   

Consecuentemente  con  lo  anotado, como la  decisión  tomada por la Sala de Justicia y Paz adscrita al Tribunal Superior de  Bogotá,  así  como  la  subsecuente  interposición del recurso de apelación,  operaron  con  posterioridad a la entrada en vigencia de la Ley 1395 de 2010, la  Corte    entiende    necesario    que    se    adelante,   para    su   sustentación,    el   trámite  consagrado  en  el  artículo  90  de   

Página  contiene  parte resolutiva y firma de 5 Magistrados   

Segunda    instancia    –   Justicia   y   paz  N°  32.022  –Devuelve  al Tribunal  de Bogotá-  

esta normatividad, que modifica el artículo  178 de la Ley 906 de 2004.   

Por  ello,  se devolverá el expediente a la  magistratura de primer grado, para lo pertinente.   

En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  De Justicia, Sala De Casación Penal,   

R E S U E L V E  

Devolver la actuación a la Sala de Decisión  de  Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá, para los efectos señalados  en la parte motiva.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese, notifíquese y cúmplase  

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                           FERNANDO    A.    CASTRO  CABALLERO   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

Página  contiene  firma de 4 Magistrados   

Segunda    instancia    –   Justicia   y   paz  N°  32.022  –Devuelve  al Tribunal  de Bogotá-  

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  L.                         AUGUSTO J.  IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                           JULIO    ENRIQUE   SOCHA  SALAMANCA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Artículo  8  de  la Declaración. Así mismo, artículos 1, 2, 29, 228 y 229 de  la Constitución Política.   

2  “Toda   persona   tendrá   derecho  a  ser  oída  públicamente   y  con  las  debidas  garantías  por  un  tribunal  competente,  independiente  e  imparcial,  establecido  por  la  ley, en la sustanciación de  cualquier  acusación  de  carácter  penal  formulada  contra  ella  o  para la  determinación  de  sus  derechos  u obligaciones de carácter civil”.   

3 Corte  Interamericana   de  Derechos  Humanos,  Garantías  judiciales  en  estados  de  emergencia,  Opinión  Consultiva  OC-9/87  de  6  de  octubre de 1987, serie A,  número 9, § 24.   

4 Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos,  caso  Tribunal Constitucional vs. Perú,  sentencia de 31 de enero de 2001, serie C, número 71, § 91.   

5 Corte  Interamericana  de  Derechos Humanos, caso Ivcher Bronstein vs. Perú, sentencia  de 6 de febrero de 2001, serie C, número 74, §§ 137-142.   

6  Comité  de  Derechos Humanos, caso Fuenzalida vs. Ecuador, comunicación 480 de  1991, dictamen de 15 de agosto de 1996, § 9.6.   

7  Tribunal  Europeo  de Derechos Humanos, caso Aksoy vs. Turquía, sentencia de 18  de diciembre de 1996, § 95 (traducción no oficial).   

8 Cf.  auto  de 3 de octubre de 2008, radicación 30442. Así mismo, auto de 24 de mazo  de 2010, radicación 33257, entre otros.   

9  Ibídem.     

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