35138(18-11-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     n.º  35138   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 373.  

Bogotá,  D.C., dieciocho de noviembre de dos  mil diez.   

V    I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor del procesado EDWAR  GUILLERMO  GALVIS  RESTREPO,   contra  el  fallo  de  segunda instancia que  profiriera   el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  fechado  el  18  de  mayo  de  2010,   mediante  el  cual  confirmó,  con  modificaciones  en la pena, la  sentencia  emitida por el Juzgado 14 Penal del Circuito Adjunto de ésta ciudad,  condenando  a  su  representado legal a  la pena principal de ochenta meses  de  prisión,  en  calidad  de autor del delito de falso testimonio. Además, se  impuso  la  pena  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas,  por  un  lapso   igual  al  de  la  sanción  aflictiva  de la libertad; se  condenó  al  pago,  en  calidad  de perjuicios morales, de 15 salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes;  y,  se  negó  al  procesado  el  subrogado de la  suspensión  condicional  de  la ejecución de la pena, pero fue beneficiado con  la prisión domiciliaria.   

H E C H O S  

Fueron  narrados  en la sentencia de segundo  grado, del siguiente tenor:   

“El  veintiséis  (26) de julio de dos mil  seis  (2006),  Néstor  Orlando  Ayure  Daza docente del Colegio Yermo y Parris,  denunció  ante  la  Comisaría  Décima  de  Engativá,  las agresiones de tipo  sexual  de  las  que  fuera  víctima,  en  varias  ocasiones, La entonces menor  (A.C.H.M.),    por    parte    de    su   padrastro   EDWAR   GUILLERMO   GALVIS  RESTREPO.”   

DECURSO  PROCESAL  

Denunciados  Los  hechos  ante la Comisaría  Décima  de  Familia  de  Bogotá,  allí  se  dio  traslado de lo recabado a la  Fiscalía,  ente que en decisión del 9 de julio de 2003, ordenó la apertura de  investigación preliminar.   

El  13  de  abril  de  2007,  la  Fiscalía  Seccional  230  de  Bogotá, abrió formal instrucción, disponiéndose vincular  mediante  indagatoria  a  EDWAR  GUILLERMO  GALVIS  RESTREPO,  diligencia que se  cumplió el 19 de julio de 2007.   

En  auto expedido el 9 de noviembre de 2007,  se  resolvió  la  situación  jurídica de GALVIS RESTREPO, imponiéndose en su  contra  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  sin beneficio de  excarcelación,  por  el  delito de acceso carnal abusivo con menor de 14 años,  en concurso con actos sexuales con menor de 14 años.   

Empero,  por  solicitud  de  la  agente  del  Ministerio  Público,  en  decisión del 7 de diciembre de 2007, fue revocada la  medida    de    aseguramiento   e   incluso   se   modificó   el   nomen  iuris de la conducta, para advertir  que  corresponde al delito de actos sexuales con menor de 14 años, agravado, en  concurso homogéneo sucesivo.   

Ese  mismo  día  se  declaró  cerrada  la  investigación.  Consecuente con ello, el 11 de abril de 2008, fue calificado el  mérito  del  sumario, emitiéndose resolución de acusación en contra de EDWAR  GUILLERMO  GALVIS RESTREPO, en calidad de autor del delito de actos sexuales con  menor    de    catorce    años,    agravado,    en    concurso   homogéneo   y  sucesivo.   

Como  la  decisión  fuera  apelada  por  el  defensor  del procesado, en providencia del 22 de julio de 2008, la Fiscalía 42  Delegada  ante  el  Tribunal  de  Bogotá,  confirmó  en todos sus términos la  acusación dispuesta por el A quo.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, el  asunto  le fue repartido, para adelantar la fase del juicio, al Juzgado 14 Penal  del Circuito de Bogotá, el 18 de junio de 2009.   

El  23  de  julio  de  2009,  tuvo  lugar la  audiencia  preparatoria;  sin  embargo, ella fue suspendida para  responder  la solicitud de nulidad del defensor.   

El día 5 de agosto de 2009, se respondió al  alegato  de  la  defensa,  negándose la nulidad deprecada, por estimarse que la  acción penal no prescribió en la etapa instructiva.   

El  20  de  agosto  de  2009,  se reanudó y  culminó la audiencia preparatoria.   

La  audiencia  pública  de  juzgamiento  se  llevó a  cabo el  8 de octubre de 2009.   

El  fallo de primer grado se profirió el 30  de  noviembre  de  2009. Allí se condenó al procesado, imponiéndose en contra  suya  pena  de  prisión  de 50 meses, en calidad de autor de un delito de actos  sexuales  con menor de 14 años. Interpusieron recurso de apelación el defensor  del procesado y el representante de la parte civil.   

El 18 de mayo de 2010, fue proferido el fallo  de  segunda  instancia, en el cual, aceptando la solicitud de la representación  de  la  parte  civil,  se verificó ejecutado un concurso homogéneo sucesivo de  delitos  de  actos  sexuales  con  menor  de  14  años,  razón  por la cual se  incrementó la pena a 80 meses de prisión.   

Descontenta con lo decidido, oportunamente la  defensa  del  acusado presentó la demanda de casación que ahora se verifica en  su debida argumentación.    

LA  DEMANDA  

Cargo único  

Lo  ubica  el  demandante  dentro del cuerpo  segundo  de  la  causal primera contemplada en el artículo 207 de la Ley 600 de  2000,  por  violación  indirecta  de  la  ley  radicada  en  un falso juicio de  existencia,  aunque más adelante advierte que su inconformidad radica en que se  realizó  “…una errónea apreciación del análisis  de  las pruebas, sin atender a los principios científicos, de la sana crítica,  lógica  y  de  la experiencia”, y después significa  que  critica  la  “…indebida práctica, alegación  (sic)  y  valoración  que  de  la  prueba hizo el señor Juez Catorce Penal del  Circuito   de   Bogotá   D.C.   y   la    Sala   Penal   del  Tribunal  de  Bogotá..”,  por cuanto, en sentir de la recurrente,  las  pruebas  y  en  especial  el  testimonio  de  la víctima, no conducen a la  “convicción  absoluta”  acerca    de    la    responsabilidad   del   procesado   y   “…solo  existe  un  falso  juicio  de  convisión  (sic) por parte del  despacho       de       primera       y       segunda      instancia”.   

A renglón seguido, se ocupa de plantear sus  particulares  apreciaciones  acerca de la naturaleza de la prueba necesaria para  condenar  y  cómo  opera el principio de presunción de inocencia, así como su  correlato    in    dubio   pro   reo,   para  lo  cual  cita  normatividad  patria  y  lo  que  al  respecto  consagran los tratados internacionales suscritos por el país.   

Luego,  aborda el tópico de la declaración  de  los  menores  y  su  efecto  suasorio,  citando  jurisprudencia  de la Corte  Constitucional y de la Sala sobre el particular.   

De  conformidad  con ello, desciende al caso  concreto  para  abordar  lo  testimoniado  por  la  víctima  acerca del vejamen  padecido,  destacando, de un lado, que dio versiones diferentes sobre las fechas  en  las  cuales  ocurrieron  los  mancillamientos;  y  del  otro, que el médico  forense determinó ausencia de desfloración.   

A partir de allí concluye en la inseguridad  de    lo    expresado    por    la    afectada,   ajena   a    “…cuando  se  está  diciendo  la  verdad,  demostrando  que muy  seguramente  la  presunta  víctima  fue  asesorada  para cambiar su versión de  acuerdo  a  las  conveniencias  y  relevancias  jurídicas  de los intereses del  proceso,    con    el    propósito    de   agravarle   la   situación   a   mi  representado”.   

En otro orden de ideas, la casacionista asume  el  tema  de  la  prueba pericial y la forma como es regulada la misma en la Ley  600  de  2000,  citando  las  normas allí consignadas, para luego derivar en la  prueba de referencia consagrada por la Ley 906 de 2004.   

Sin   más,  de  todo  ello  concluye  que  “La   perito   médico   psicóloga  ROCÍO  PÉREZ  –código   510-33,   no  demostró  su  idoneidad, capacitación y la metodología del protocolo a seguir  para  emitir  dicha  valoración,  ni  su  experiencia, en dicho medio de prueba  (…)  lo  cual  llevó  al  a  quo  de  primera y segunda instancia a hacer una  valoración  inadecuada  incurriendo  en un falso juicio de convicción de   la  prueba.” Agrega que esa atestación de la perito  debe  estimarse prueba de referencia, acorde con lo estipulado sobre el tema por  la  Ley  906  de  2004  y la jurisprudencia emanada de la Sala Penal de la Corte  Suprema de Justicia.   

Finalmente, la casacionista abre un capítulo  destinado  a  definir lo que estima “DEMOSTRADO EN EL  CASO  CONCRETO”, nada distinto a plasmar lo que en su  sentir  debe  entenderse de la prueba arrimada al expediente, para lo cual parte  por  determinar  contradictorio lo dicho por la madre de la víctima, aspecto no  tomado  en  cuenta  por  las instancias y que, en su sentir, genera “un   FALSO   JUICIO  DE  CONVICCIÓN  EN  LA  VALORACIÓN  DE  LA  PRUEBA”.   

Agrega la impugnante que el único testimonio  directo  proviene de la afectada, pero, aunque debe creerse a los menores, en el  caso  concreto  no pueden pasarse por alto sus equívocos y contradicciones, que  de  entrada  generan  dudas,  obligando  aplicar  el principio de presunción de  inocencia.   Por  lo  demás,  añade,  la  condena  no  puede  fundarse  en  la  valoración  sicológica,  que  además  de representar prueba de referencia, no  suple al testimonio objeto de evaluación por el experto.   

Por último, la recurrente remite a un asunto  completamente   diferente,   el   de   la  prescripción  de  la  acción  penal  presuntamente   ocurrida  en  la  fase  instructiva,  para  controvertir  a  las  instancias  cuando  afirman  que  los  últimos  actos rijosos se presentaron al  cumplir  14  años  de  edad la víctima, introduciendo que, en su parecer, ello  ocurrió  a  los 12 ó 13 años y, entonces, desde el 11 de enero de 2001, hasta  la   ejecutoria   de  la  resolución  de  acusación,  11  de  junio  de  2009,  discurrieron  más de los 7 años y 6 meses que se delimitaron como pena máxima  para el delito atribuido a su representado legal.   

Pide la demandante, conforme lo anotado, que  “…se  case  la sentencia gravada (sic) para que en  sede  de  instancia  se revoque sentencia de primer y segundo grado y en su  defecto  se  reconozcan  las  pretensiones incoadas en la demanda a favor de los  intereses del procesado.”   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

En primer término, debe hacerse hincapié en  cómo  la  Corte,  de  manera pacífica y reiterada ha advertido la necesidad de  que  la  demanda  de  casación  comporte  un  mínimo rigor lógico jurídico y  argumental,  pues,  no  se trata de hacer valer una especie de tercera instancia  que  sirva  de  escenario  adecuado  a  la  controversia  ya  superada  por  los  falladores  de  primero  y  segundo  grados, en la cual se pretende anteponer el  particular  criterio  o valoración probatoria, a aquel que sirvió de soporte a  la  decisión  de los jueces A quo y Ad quem, entre otras razones, porque a esta  sede  arriba  la  decisión  judicial  con  una  doble connotación de acierto y  legalidad.   

         Se   faculta,  por  ello,  que  la  dicha  presunción  sea  quebrada a  través   de  criterios  claros,  lógicos,  coherentes  y  fundados,   derivados  del compromiso de demostrar  la  violación  en  la  cual  incurrió el fallador, suficiente para echar abajo  el    contenido    de  verdad  de la sentencia, en  el  entendido  que,  de  no haberse materializado el yerro, otra hubiese sido la  decisión       y  precisamente     así  se   ofrece  trascendente  recurrir al mecanismo extraordinario de impugnación.   

         Y  se  advierte,  no  corresponden  las  exigencias  argumentativas  planteadas   en  la  ley  y  desarrolladas  por  la  jurisprudencia,  a  simples  reclamos  formales  o  de  estilo,  sino  a  la  perentoria necesidad de que el derrumbamiento de esa doble  condición  de  acierto  y  legalidad  que  rodea  los fallos de las instancias,  discurra  por  caminos  adecuados  de  claridad,  lógica  y sindéresis sin los  cuales,  sobra  recordar,  la discusión deviene en el simple debate de posturas  contrarias  e  interesadas, ya agotado con el proferimiento del fallo de segundo  grado.   

         Y  es  precisamente  esa  la  forma  como  asumió  la  demanda  de  casación   la   representante   legal   del  procesado,  pues,  basta  leer  su  desprolijo  escrito  para  verificar  que  lejos  de  demostrar  efectiva alguna violación trascendente, lo  suyo  no  pasa  de intentar por caminos diversos e incluso contradictorios en su  formulación  jurídica y lógica, controvertir las razones que fundamentaron el  fallo      de      condena     emitido     por     las     instancias.   

         Es  claro  que la casacionista no conoce los mínimos rudimentos de  las  causales  de casación, su naturaleza y efectos, motivo por el cual realiza  enunciados  jurídicos  que  en  nada  se  compadecen  con un desarrollo, por lo  demás, eminentemente especulativo y carente de soporte.   

         Lejos   de   cumplir   con   los   mínimos  preceptos  de  lógica  argumental,  en  el  cargo  postulado    por    la  impugnante,    ostensible    aparece   el   interés   por   contraponer   su  particular  visión  de  lo  que  la  prueba  arroja,  a  la más autorizada del  Tribunal,  utilizando  la  causal de casación aducida apenas como pretexto para  cubrir  la  exigencia  legal  de precisar el tipo de violación y su naturaleza,  pero    desviando    completamente   la   fundamentación,   al   extremo   que,  finalmente,  confunde  en  su  tesis varias formas de  afectación, pero no aborda  adecuadamente  ninguna, limitándose a controvertir la credibilidad dada por las  instancias  a  la  prueba  de  cargos, a partir de una  visión asaz interesada de lo que los medios suasorios entregan.   

         Yerra    profundamente   la  casacionista  cuando  anuncia  que  la violación del Tribunal se  hace  radicar  en  un  error  de  hecho  por   falso juicio de existencia,  pero  a renglón seguido se  ocupa    de   controvertir   la   credibilidad   que  dio   el   Ad   quem   a   las   pruebas   y   particularmente  a  lo  dicho  por  la  víctima,  con  lo  cual,  evidentemente, ingresa en el umbral del error de  hecho por falso raciocinio.   

         Y  la  diferencia  entre ambos errores o violaciones es sustancial,  pues,     en     el     primer    caso,    falso    juicio    de    existencia, lo  que  se  controvierte es que el Ad quem hubiese pasado  por  alto  completamente  la  existencia  de  una  prueba  legalmente aducida al  informativo,    o   supusiese,   sin   existir   materialmente,   algún   medio  suasorio  que  apalanca la  decisión.   

         Ya   luego   es  necesario  atender  al  tópico  de trascendencia, argumentando en torno de lo  que  la  violación produce respecto del acervo general de pruebas, para lo cual  se  hace  imprescindible examinar de nuevo todo el conjunto probatorio a efectos  de,  examinada adecuadamente la prueba o pruebas, determinar el cambio favorable  que demanda casar la sentencia.   

         Pero   el   yerro  en  que  incurre  la  impugnante  sube  de  tono  cuando  incluye  abigarradamente  en su crítica una  supuesta  vulneración  por  falso  juicio  de  convicción, que jamás precisa,  aunque  parece  referida  a  su  pretensión  de  que  se  tome  como  prueba de  referencia  el  dictamen  pericial,  pasando  por  alto  que ese es un instituto  propio  de la sistemática acusatoria instaurada en nuestro país con la Ley 906  de  2004,  de  ninguna  forma  asimilable  al  trámite aquí adelantado bajo la  férula  de  la  Ley 600 de 2000, fundamentado en el principio de permanencia de  la prueba.   

         De  esa  manera, la tarifa legal negativa que se ha entendido opera  en  el  sistema  acusatorio  a  partir  de  lo  estipulado  en  el  inciso  segundo del artículo  381  de  la Ley 906 de 2004, ninguna aplicación tiene en el caso  examinado.  Mucho  menos,  si  la  demandante  acepta  que  además del peritaje  –equivocadamente  entendido  por  ella  como  prueba  de  referencia-, al expediente se allegó el  testimonio  de  la  víctima,  con  lo  cual  ese  falso  juicio  de convicción  planteado  carecería  incluso  de sustento fáctico, si en gracia de discusión  pudiese   tomarse   en   cuenta   dentro   de   la  tramitación  propia  de  la  Ley     600     de  2000.   

        Y,  es  necesario  precisar, esa atestación del perito de ninguna  manera   puede   representar  un  testimonio  de  oídas,  como  lo  postula  la  impugnante,   por  la  potísima  razón  que  el  experto  da cuenta de su percepción directa acerca del  fenómeno   y   cómo   sus   conocimientos  se  aplican  al  mismo.   

        Pero,  si  se  predica que la experta no contaba con las calidades  para  rendir  el dictamen o éste comporta falencias, lo menos que puede hacerse  es  demostrar  el aserto, para que no se erija en simple petición de principio,  verificando  por  qué la profesional no posee esos conocimientos requeridos por  el objeto del dictamen, o cuáles son las dichas falencias.   

        Es   claro,   así,   que   nunca  la  recurrente  pudo  precisar cómo el Tribunal incurrió en algún yerro propio de  la  casación,  en  tanto,  cabe  reiterar, lo más significativo del alegato se  destina  a  impugnar  la credibilidad de la víctima, haciendo ver que incurrió  en  contradicciones,  pero  pasa  por alto que las instancias tuvieron en cuenta  esas supuestas desarmonías testificales,    sólo    que    les  dieron  explicación  y las  consideraron  insuficientes  para  minar  la veracidad que, entendieron, comportaba lo dicho por la afectada. Allí  mismo,  las  instancias  advirtieron  valioso  el testimonio pericial, en cuanto  determina  creíble  lo  expresado  por la menor, a quien se advierte ajena a tendencias mitómanas.   

        En   esas   condiciones,  su  discurso  eminentemente  genérico  no  supera  el  alegato de  instancia.   

        Y  si se dijera, como en la práctica ocurre, que lo criticado por  la  demandante  es  la  valoración  que a los medios de prueba dio el Tribunal, el tema deriva hacia el  falso  raciocinio,  en  cuyo caso se hace menester, no apenas, como se evidencia  en  el  escrito  impugnatorio,  adelantar  un  muy  particular  examen  de  esos  elementos  que  se  contraponga  al  del Ad quem, pues, se repite, ello pasa por  alto  que  en  sede  casacional  no basta el alegato de instancia, en tanto, los  fallos  llegan  prevalidos  de  una doble presunción de acierto y legalidad que  los  blinda  frente  a  posiciones  contrarias, así  parezcan  más  elaboradas,  sino  que  se  requiere  verificar  dentro  de  las  normas regulatorias de la sana crítica, si el yerro  consiste  en  pasar  por  alto  las  reglas de la experiencia,   principios de la lógica    o  fundamentos  científicos,  discriminando  el  error  específico  respecto  de cada prueba,  advirtiendo cómo se pasó por alto  o  aplicó  indebidamente  el principio, regla o fundamento, señalando cuál de  ellos  es  el adecuado y, finalmente, adelantando un nuevo análisis conjunto de  la prueba, para delimitar la trascendencia del yerro.   

        Ahora  bien,  el  tema  de  la  prescripción  de la acción penal  durante  la  instrucción fue debatido ya ampliamente en las instancias, sin que  ahora   la   recurrente   en  casación  traiga  argumentos  novedosos  para  el  efecto,  sólo  que  introduce  su  muy  particular  interpretación  de  lo  dicho  por  la  víctima, para de ello extractar que lo  ocurrido  no se prolongó hasta cumplir los 14 años de edad, sino apenas cuando  llegó a los 12 ó 13.   

        Al     respecto,    para    evitar    innecesarias    reiteraciones,    esto    dijo    el  Tribunal:   

“Para efectos de establecer si operó el  fenómeno   prescriptivo   que  demanda  la  defensa  instructiva  en  la  etapa  instructiva,   se  tendrá  como  marco  de  referencia  lo  consignado  por  la  víctima,   esto   es,   que   los   actos  lesivos  contra      su      integridad      –tocamientos-  se  ejercitaron hasta  cuando  tenía  14  años  (f. 59 y 60), extendiéndose los hechos acorde con la  fecha  de  nacimiento  -11  de  enero  de  1998-  (f.13),  por lo menos hasta el  2002.   

Y si bien, el apelante reitera ante la Sala  las  imprecisiones  presentadas  en  el  dicho de la  ofendida,  es decir, que no existe seguridad respecto a cuándo finiquitaron los  hechos,  esto  es,  a los 10 ó 12 años, lo cierto y real es que la misma no se  presenta,  pues  la  afectada  ha sido clara en señalar que en forma inicial el  procesado  intentó  accederla  carnalmente, culminando tales intentos cuando se  desarrolló,  entre  los 10 ó 12 años, fecha a partir de la cual continuó con  los  actos  libidinosos  -tocamientos- que son materia de este investigativo.   

De este modo, la resolución de acusación  de  segunda  instancia  cobró ejecutoria el 11 de junio de 2009, es decir, tres  (3)  días después de la fijación del estado el 8 de junio de 2009  (f.  17  vto.   cuad.  2°  inst.),  quiere  decir que para  superar  el  término  prescriptivo,  debieron  transcurrir  desde  la fecha del  último  acto,  siete (7) años y seis (6) meses, término máximo de la pena de  la  conducta  enrostrada  en  el llamamiento a juicio, es decir, que si tomamos,  como  fecha  del  último  acto, cuando la menor contaba con catorce (14) años,  como  la  misma  lo  describió  en su ampliación de declaración: ‘El  día  de  hoy no dije que hasta  los  14  años  el señor EDWUARD GALVIZ (sic) accedía carnalmente hasta los 14  años,  dije  que  hasta los 14 años se presentaron estos sucesos acariciarme y  besarme’.”   

        Cabe  aclarar,  eso  sí,  que  tratándose  la  decisión  de  la  Fiscalía  de segunda instancia, de una resolución confirmando el llamamiento a  juicio,  la  ejecutoria  opera  desde el mismo momento de su proferimiento, esto  es,    el   22   de   julio   de   2008,  y  no  después  de  una bastante discutible notificación que,  dejando  de  lado  su falta de apego con la normatividad, se prolongó por cerca  de un año.   

        Eso  significa que desde el momento del  último     acto     salaz      –no cuando la menor cumplió catorce  años,  cabe  aclarar  al  Tribunal, sino un día antes, por la potísima razón  que   desde   esa   edad   la  conducta  no  devino  delictuosa-,  discurrió  mucho  menos  tiempo  de  prescripción  del  que  tomó  en  cuenta  la segunda  instancia para negar la solicitud de la defensa.   

        De   otro   lado,   la   Sala  no  estima  necesario  pronunciarse  ampliamente  respecto  de la causal específica de agravación contemplada en el  numeral  4°  del  artículo  211  del  C.P.,  deducida  por  la Fiscalía y las  instancias  para  incrementar  la  pena  aplicada  al procesado, pues, aunque es  cierto  que  para  el  momento de los hechos no prescritos, ya la menor superaba  los  12  años  de  edad  y,  además, con la sentencia de inexequibilidad de la  Corte  Constitucional1,     respecto    de    la  modificación   que   a   ese   numeral   introdujo  la    Ley  1236  de  2008,  no  es  posible  acudir a la agravante en los  delitos  tipificados  en  los  artículos  208  y 209 de la Ley 599 de 2000, es  lo  cierto  que  en  la  práctica  nada aporta a la situación del procesado la  eliminación  de  la circunstancia en cuestión, en tanto, también se dedujo la  agravante  establecida en el numeral 2° del artículo 211 en reseña, gracias a  lo  cual  necesariamente  debían  modificarse,  como  se  hizo, los límites de  pena.   

        En  suma, natural y necesaria emerge la  inadmisión  de  la  demanda  cuando, a la par con la  ausencia     de    fundamentación    del    cargo  presentado,  también  la  verificación  de todo lo  actuado      permite     advertir     que     no     se     materializaron   circunstancias  que  hagan  imperiosa la intervención  oficiosa de la Corte.   

          En   mérito  de  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA     DE     JUSTICIA,     Sala     de     Casación     Penal,   

R E S U E L V E  

Página que contiene  parte resolutiva y firma de los 8 Magistrados   

Casación  N°  35.138   -Inadmisión  demanda-  

          INADMITIR         la    demanda    de   casación   presentada   por   la         defensora     del     procesado     EDWAR     GUILLERMO    GALVIS  RESTREPO.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                             SIGIFREDO    ESPINOSA  PÉREZ   

Permiso  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                        AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

Permiso  

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                               JULIO        ENRIQUE        SOCHA  SALAMANCA   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia C-521 de 2009     

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