33967(05-05-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 33967  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 137.  

Bogotá,  D.C.,  cinco  de  mayo  de  dos mil  diez.   

V I S T O S  

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  DIEGO ARMANDO  RODRIGUEZ  CALAMBÁS,  contra  el  fallo  de segunda instancia que profiriera el  Tribunal  Superior  de  Cali,   fechado  el  6  de  octubre  de 2009,   mediante  el  cual  confirmó  integralmente la sentencia emitida por el Juzgado  Tercero  Penal del Circuito Especializado de esa ciudad, a través de la cual se  condenó  a  RODRIGUEZ  CALAMBÁS y Luis Alberto Restrepo, como coautores de los  delitos  de  concierto  para  delinquir  con fines de narcotráfico, tráfico de  estupefacientes  y  lavado de activos, a la pena de 14 años de prisión y multa  en  cuantía  de  tres  mil  salarios mínimos legales mensuales. Allí mismo se  impuso  a  los  procesados  la  sanción  accesoria  de  inhabilitación para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  por lapso igual al de la pena  privativa  de  la  libertad;  se  abstuvo  el despacho de condenar en perjuicios  civiles;  y,  se  negaron  a  los  acusados  los  subrogados  de  la suspensión  condicional de la ejecución de la pena y prisión domiciliaria.   

H E C H O S  

Fueron  narrados  en la sentencia de segundo  grado, del siguiente tenor:   

“Consta  en  el  plenario  que  a raíz de una llamada que hizo una mujer a la Policía Nacional,  la  cual  no  se quiso identificar por razones de seguridad, se dio cuenta sobre  la   existencia   de   una   organización   que  se  dedicaba  al  Tráfico  de  Estupefacientes  en la ciudad de Cali, liderada por Jhonny H, quienes al parecer  envían  cocaína  a Norteamérica y Reino Unido, e igualmente ingresan dólares  a  Colombia; para realizar dichas actividades utilizan los abonados telefónicos  números 0924443324, 092344879, 0924304996 y 0924327159.   

Se   inició    la   investigación  preliminar   adelantando   diligencias   tendientes   a   la   investigación  e  individualización  de  sujetos dedicados a la actividad criminal de tráfico de  estupefacientes.   

Adelantadas  las labores de inteligencia se  verificó   que   efectivamente,   existían   varias  personas  que  ejecutaban  actividades  relacionadas con el tráfico y distribución de estupefacientes, lo  que  motivó  a  realizar  varias  diligencias  de allanamientos a los inmuebles  ubicados   en  la  calle  29  N°  29  –  20,  calle  24  N°  11  D  -28, carrera 29 A N° 29-32 Barrio La  Fortaleza  y  otros,  donde se logró la retención de los señores LUIS ALBERTO  RESTREPO  CASTAÑO  y  DIEGO  ARMANDO  RODRÍGUEZ  CALAMBÁS,  en una residencia  fueron  hallados formularios de pagos de las casas de cambio Country S.A., Titan  Intercontinental  S.A., recibos de rito (sic) de dinero del Banco Ganadero de la  cuenta  N°  001302350200092769,  estado de cuenta del Bancolombia, documento de  la  inscripción  de  la  empresa  APAS  en  el  registro  de Comercio Francés,  cotización  N°  2461  de  Hilatex  Ltda.,  escritura  pública  de la Notaría  Segunda   del   Circuito  de  Cartago  –Valle, entre otras.   

Además,  en  el  inmueble  ubicado  en  la  carrera  29 A N° 29-32, correspondiente a la residencia de la abuela del señor  RODRÍGUEZ  CALAMBÁS, se incautaron 2610 gramos de sustancia estupefaciente que  dio    positivo    para    cocaína,    camuflada    en    tubinos    de    hilo  industrial.”   

DECURSO PROCESAL  

El  3  de  diciembre  de  2001, la Fiscalía  Especializada  de  Cali,  dispuso  el inicio de investigación previa, ordenando  algunas interceptaciones telefónicas.   

Dado el resultado de la investigación, el 2  de  mayo  de  2003,  se  abrió  instrucción  formal en contra de DIEGO ARMANDO  RODRÍGUEZ CALAMBÁS, Luis Alberto Restrepo Castaño y otros.   

El  22  de  mayo  de  2003,  se resolvió la  situación  jurídica  de  los  arriba referenciados, en contra de los cuales se  impuso  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva, por estimárseles  coautores   de   los   delitos   de   concierto  para  delinquir  con  fines  de  narcotráfico, narcotráfico y lavado de activos.   

El  23  de  octubre de 2003, se calificó el  mérito  de  la  instrucción dictándose resolución de acusación en contra de  DIEGO  ARMANDO  RODRÍGUEZ  CALAMBÁS  y Luis Alberto Restrepo Castaño, por los  delitos  de concierto para delinquir con fines de narcotráfico, narcotráfico y  lavado de activos.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, lo  que  aconteció  el  11  de  diciembre  de 2003, según aparece consignado en la  constancia  obrante  a  folio 175 del quinto cuaderno original, el asunto le fue  repartido,  para  adelantar  la  fase  del  juicio, al Juzgado Tercero Penal del  Circuito  Especializado  de  Cali,  oficina  judicial  que realizó la audiencia  preparatoria el 13 de mayo de 2004.   

La  audiencia  pública  de juzgamiento tuvo  lugar los días 9 de julio y 14 de octubre de 2004.   

El  fallo  condenatorio de primera instancia  fue  proferido  el  28  de octubre de 2008. El defensor común de los procesados  interpuso recurso de apelación, que sustentó oportunamente.   

Consecuente  con  ello,  el  6 de octubre de  2009,  se  emitió la sentencia de segundo grado, que confirmó íntegramente lo  dispuesto por el A quo.   

Por  último,  el  defensor de DIEGO ARMANDO  RODRÍGUEZ  CALAMBÁS, presentó la demanda de casación que ahora se analiza en  su corrección argumental y debida fundamentación.   

LA DEMANDA  

El casacionista, comienza por significar una  sola  la causal alegada, para después especificar que la crítica se enfila por  la     senda    indirecta    del    “error    de    hecho,   por   error   de   apreciación”.   

En desarrollo del cargo, el recurrente afirma  que  no  se  ajusta a la verdad la manifestación de la A quo, referida a que se  posee certeza acerca de la responsabilidad penal de los procesados.   

Añade  que  no  se  dio  aplicación  a  lo  contemplado  en  el artículo 243 del C.P.P, en lo tocante  la búsqueda de  la prueba, dado que el funcionario no fue imparcial.   

Sostiene  el  casacionista  que:    “Las  pruebas   recaudadas   en  el  proceso  no  demostraron  la  responsabilidad  de  Rodríguez,  ni  tampoco  la  conducta  punible  cometida  por  la  persona  que  defiendo.  Es  por  ello  que no es procedente la sentencia condenatoria, puesto  que  existe  prueba  alguna  que  nos  lleve  a  concluir la responsabilidad del  condenado.  La  sentencia  confirmada  por  el superior es contraria a derecho y  debe        ser        reformada”.   

Advierte  el  impugnante, igualmente, que el  fallador    se    basó    en    indicios,    desconociendo   que   “estos  no  son  pruebas  para  emitir  fallo            condenatorio”.   

Ya  luego,  el demandante aborda cada una de  las  pruebas  recogidas  y  sobre  ellas  realiza  su particular análisis, para  concluir  que no se puede responsabilizar a su representado legal de los delitos  objeto  de  acusación,  entre  otras  razones, porque se dedicaba a actividades  lícitas.   

Critica  el  recurrente,  así mismo, que se  hubiera dado el valor de prueba a los informes de policía.   

Agrega  que  se  vulneró  el  principio  de  culpabilidad,  contemplado  en  los  artículos,  7,  9  y  12  de la Ley 599 de  2000,     y    además,   que   “tampoco  se  tuvo  en cuenta que mi defendido  es padre cabeza  de  familia  como  se demostró en el plenario, se ignoró la sentencia T-093 de  2009,  situación  similar  es  la  de  este  procesado  con  sus  hijos,  en el  expediente  reposan  estas  pruebas  ignoradas  por el a (sic)- quem…”   

En  suma,  significa  el  demandante  que el  Tribunal   no   evaluó   la  prueba  “como      debe     ser”, y por ello emitió sentencia de condena.   

Solicita  de  la  corte,  entonces, casar el  fallo  para  en su lugar proferir sentencia absolutoria a favor de DIEGO ARMANDO  RODRÍGUEZ CALAMBÁS.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

En primer término, debe hacerse hincapié en  cómo  la  Corte,  de  manera pacífica y reiterada ha advertido la necesidad de  que  la  demanda  de  casación  comporte  un  mínimo rigor lógico jurídico y  argumental,  pues,  no  se trata de hacer valer una especie de tercera instancia  que  sirva  de  escenario  adecuado  a  la  controversia  ya  superada  por  los  falladores  de  primero  y  segundo  grados, en la cual se pretende anteponer el  particular  criterio  o valoración probatoria, a aquel que sirvió de soporte a  la  decisión  de los jueces A quo y Ad quem, entre otras razones, porque a esta  sede  arriba  la  decisión  judicial  con  una  doble connotación de acierto y  legalidad.   

          Se  faculta,  por  ello,  que  la  dicha  presunción sea quebrada a  través  de  criterios  claros,  lógicos,  coherentes y fundados, derivados del  compromiso  de  demostrar  la  violación  en  la  cual  incurrió  el fallador,  suficiente  para  echar  abajo  el  contenido  de  verdad de la sentencia, en el  entendido  de  que,  de  no haberse materializado el yerro, otra hubiese sido la  decisión  y  precisamente  así  se  ofrece  trascendente recurrir al mecanismo  extraordinario de impugnación.   

          Para  ilustración  del  demandante y con criterios pedagógicos, la  Corte  estima  tempestivo  traer  a  colación  lo  que ya de manera pacífica y  reiterada  ha  establecido  en  punto  de  la  forma  de argumentar lógicamente  respecto   de   la   supuesta   existencia   de   errores  de  hecho  por  falso  raciocinio1:   

“Los  errores  probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de derecho, obligan a quien los  invoca  a  aceptar que la prueba respecto de la que los alega fue reconocida por  el  funcionario  como  legal,  regular y oportunamente allegada al proceso, toda  vez  que  lo  discutido  constituye  vicios fácticos que se desarrollan en tres  modalidades:  falso  juicio  de  existencia,  falso  juicio de identidad y falso  raciocinio.   

Incurre  en  falso  juicio de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El  falso juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un  falso  juicio de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente,  el falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No sobra destacar que, adicionalmente, como  es  sabido,  bien  se  trate de errores de derecho o ya de hecho, tras demostrar  objetivamente  el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o, lo que es  lo  mismo, que de no haberse incurrido en él, la declaración de justicia hecha  en  sentencia  habría  sido  distinta  y  favorable  a  la  parte  que alega el  respectivo desaguisado.”   

          Con  estos  derroteros,  es  claro  para la Sala que el casacionista  lejos  de fundamentar adecuadamente el presunto yerro de raciocinio atribuido al  Tribunal,  utiliza  la  denominación  del  cargo  como  simple  plataforma para  introducir,  en  típico  alegato  de  instancia  por  completo  ajeno a la sede  casacional,  su  particular e interesada concepción de lo que la prueba arroja,  buscando  contraponer  sus argumentos a los que se plasmaron por las instancias,  con  lo  cual  olvida  que  esas sentencias arriban a la Corte prevalidas de una  doble  connotación de acierto y legalidad sólo derrumbable cuando se demuestra  ostensible y trascendente la existencia del vicio predicado.   

          El   escrito   presentado   por  el  demandante,  al  efecto,  asoma  abigarrado,  confuso y carente de soporte argumental, pues, pasando por alto que  las  causales  de  casación  poseen  una  naturaleza  y finalidades diferentes,  razón  por  la  cual  no  pueden argumentarse de manera similar, confunde en un  solo  cargo aspectos tan disímiles como los de la imparcialidad en la búsqueda  de  la  prueba,  la  investigación  integral,  la  culpabilidad  como  forma de  responsabilidad  penal,  el  criterio  de  certeza  para  condenar, e incluso la  condición  de  padre  cabeza  de  familia de su representado legal, con lo cual  crea  una  suerte  de  engendro  argumental imposible de decantar en su concreta  pretensión defensiva.   

          Mucho  menos,  si  lo  postulado  no  supera  el  estadio de la mera  afirmación,  sin  arriesgar  algún  tipo  de desarrollo argumental que permita  entender   cómo  o  por  qué  se  presentaron  las  supuestas  irregularidades  alegadas.   

          Nunca,  por  lo demás, se precisó la forma en que presuntamente el  Tribunal  incurrió  en  el error de raciocinio indicado al inicio del cargo, en  tanto,  lejos  de  determinar  cuál  fue  la regla de la experiencia, principio  científico  o  postulado  lógico  vulnerado por el Ad quem, y su trascendencia  respecto  de  los elementos de juicio recopilados, al punto de obligar modificar  el  fallo,  intenta  una  alegación  libre,  típica de instancia, encaminada a  demostrar  que  las  pruebas  han  de  ser  analizadas  conforme su particular e  interesada  visión, las más de las veces en auténtica petición de principio,  en  tanto,  deja de demostrar o explicar el sustento de lo afirmado como especie  de verdad apodíctica.   

          También,   dentro   de   esa  desprolija  fundamentación,  intenta  sostener  pasible  de  materialización  algún tipo de error de derecho, por la  vía  del falso juicio de convicción, al significar que no se puede soportar la  sentencia  con  indicios,  como si de verdad la ley 600 de 2000 estableciese esa  tarifa  legal  negativa  para  una  prueba  que,  a  pesar  de  lo  dicho por el  recurrente,  sí  se  halla  instituida  como  tal,  independientemente  de  las  controversias que pueda suscitar su naturaleza.   

          Algo  similar  ocurre  con  el  presunto  error de derecho por falso  juicio  de  legalidad, supuestamente derivado de que se le diera valor de prueba  a  un  informe  policial,  en tanto, poco hace el impugnante para identificar el  elemento  de  prohibido análisis, ni la forma como se tomó en cuenta, ni mucho  menos  los  efectos  que  esa valoración tuvo en el conjunto suasorio tomado en  cuenta para condenar.   

          Como  está  claro  que  el mecanismo extraordinario de impugnación  escogido  por  el  demandante  no  se  halla  instituido como tercera instancia,  posibilitando  ese  alegato  de  libre  confección  propio de la apelación que  resume  sus  inquietudes,  y  dado  que  la  Sala  no  observa  la existencia de  circunstancias  que  hagan  imperiosa su intervención oficiosa, los ostensibles  yerros   de   fundamentación   de   la   demanda,   imponen   que  se  inadmita  ésta.   

Prescripción  de la acción penal en lo que  respecta    al    delito    de    Concierto    para  delinquir.   

De   conformidad   con   las   reglas   de  prescripción  previstas  en  los  artículos  83 y 86 de la Ley 599 de 2000, la  acción  penal  por  el  ilícito  de  Concierto para  delinquir  por  el  cual  también se condenó a DIEGO  ARMANDO  RODRÍGUEZ  CALAMBÁS  y Luis Alberto Restrepo Castaño, prescribió el  11  de  diciembre de 2009, pues la resolución de acusación quedó ejecutoriada  el  11  de  diciembre  de  2003,  según se encuentra precisado en la constancia  obrante  a folio 175 del quinto cuaderno original, por lo que, entonces, al día  siguiente  comenzó  a  correr  el lapso prescriptivo por un término igual a la  mitad  del  máximo  de  la  sanción  establecida  para el punible en cuestión  –en  este  caso 6 años-,  tiempo  éste  que  se  cumplió  cuando se encontraba el proceso en el Tribunal  Superior   del   Distrito   Judicial   de   Cali  surtiéndose  el  trámite  de  notificación del fallo de segundo grado.   

En  efecto,  el  ilícito  de  Concierto  para  delinquir, de conformidad  con  el  texto  vigente para la época de los hechos (noviembre de 2001), estaba  sancionado  con pena máxima de 12 años, según el inciso segundo del artículo  340 de la Ley 599 de 2000.   

En  estas condiciones, abatido por el tiempo  el  ius  puniendi de que es  titular  el Estado, no queda a la Sala alternativa diferente a la de declarar la  prescripción,  fenómeno  que  impide  el  ejercicio  de  la  acción  penal en  cualquiera  de  las  fases  o  sedes  del  proceso  penal y, en consecuencia, de  conformidad  con  el artículo 39 del Código de Procedimiento Penal de 2000, se  decretará  la cesación del procedimiento adelantado en contra de DIEGO ARMANDO  RODRÍGUEZ CALAMBÁS y Luis Alberto Restrepo Castaño.   

Como   consecuencia  de  la  decisión  se  cancelarán  las  eventuales  medidas restrictivas personales o sobre bienes que  se  hayan  impuesto  a  los  procesados  en  cita,  por razón del delito que se  decreta  prescrito.   

De la redosificación de la pena  

Como  quiera  que  en  líneas anteriores se  dispuso  decretar  la  extinción  de  la  acción  penal respecto de uno de los  delitos,  dada  la  ocurrencia  del  fenómeno jurídico de la prescripción, se  hace  necesario  proceder a readecuar la pena impuesta, respetando, desde luego,  los criterios tomados en cuanta por el A quo para el efecto.   

Sobre  el  particular,  se  tiene  que de la  tríada  de  ilicitudes  en concurso heterogéneo por las cuales se acusó a los  procesados,  el  despacho  A  quo  entendió  más grave el punible de tráfico,  fabricación  o  porte de estupefacientes, que contempla pena de 8 a 20 años de  prisión   y   multa   de   mil   a  cincuenta  mil  salarios  mínimos  legales  mensuales.   

Establecidos   los  cuartos,  el  despacho  decidió  imponer el mínimo de pena, vale decir, 8 años de prisión y multa en  cuantía de mil salarios mínimos legales mensuales.   

Y, por virtud del concurso de los delitos de  lavado  de  activos  y concierto para delinquir incrementó, en total, 6 años y  multa de 2.000 salarios mínimos legales mensuales.   

Como  se  tiene  claro  que  ambos  delitos  concursados  parten  de  un mínimo de 6 años, debe entenderse que por cada uno  incrementó  el  A  quo  3  años de prisión y multa de 1.000 salarios mínimos  legales mensuales.   

En consecuencia, deducido lo que se añadió  por  el  delito  prescrito,  se  tiene  que la pena final asciende a 11 años de  prisión  y  multa  en cuantía de 2.000 salarios mínimos legales mensuales. En  igual  lapso  al  de  la  sanción aflictiva de la libertad queda fijada la pena  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas.   

De otro lado, comoquiera que se advierte que  por  parte del funcionario judicial de primera instancia se pudo haber incurrido  en  mora  en el trámite del proceso, lo que condujo a que el Estado perdiera la  oportunidad  de cumplir de manera efectiva con uno de sus deberes, cual es el de  administrar  pronta  y  cumplida justicia, ya que desde la fecha en que recibió  el  proceso  -13  de  enero de 2004- y el momento de emisión del fallo de rigor  -28   de   noviembre   de  2008-  transcurrió  prácticamente  el  término  de  prescripción,  se  compulsará  copia  de  la actuación surtida en la etapa de  juzgamiento   para   ante  la  Sala  Jurisdiccional  Disciplinaria  del  Consejo  Seccional  de  la  Judicatura  del  Valle  del  Cauca,  para  los  fines legales  pertinentes.   

          En   mérito  de  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

1.   INADMITIR   la  demanda de casación presentada por el defensor de DIEGO ARMANDO  RODRÍGUEZ        CALAMBÁS,       conforme  con  las  motivaciones plasmadas en el cuerpo del presente  proveído.   

2.   Declarar   prescrita   la  acción  penal  en  la presente actuación, adelantada en contra de DIEGO   ARMANDO   RODRÍGUEZ  CALAMBÁS  y  Luis    Alberto    Restrepo    Castaño   por   el   delito  de  Concierto  para  delinquir.   

3. Como consecuencia  de    lo   anterior,   ordenar   la   cesación   del  procedimiento  seguido contra los mencionados acusados  y por el delito indicado.   

4.  Ordenar  la  cancelación  de  las  eventuales  medidas  restrictivas  personales y sobre los  bienes   que   se   hayan   impuesto   a   RODRÍGUEZ  CALAMBÁS    y   Restrepo  Castaño,    por    razón    del    ilícito    en  cuestión.   

5.    Como  consecuencia  de  la prescripción decretada, se readecuan las penas principal y  accesoria  impuestas  en  las  instancias, condenando a DIEGO ARMANDO RODRÍGUEZ  CALAMBÁS  y  Luis  Alberto  Restrepo  Castaño  a once (11) años de prisión y  multa  en  cuantía  de  dos mil (2.000) salarios mínimos legales mensuales -la  inhabilitación   para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  se  determina  en  igual  lapso al de la sanción aflictiva de la libertad-, por los  delitos   de   Tráfico,  fabricación  o  porte  de  estupefacientes  y Lavado de  activos.   

En  lo  demás  se  mantiene  incólume  el  fallo.   

6.  Contra esta  decisión no procede recurso alguno.   

7.  Por parte  de  la  Secretaría  de  la  Sala  compúlsense  las copias aludidas en la parte  considerativa,  con  destino  a la Sala Jurisdiccional Disciplinaria del Consejo  Seccional  de  la  Judicatura  del  Valle  del  Cauca,  para  los  fines legales  pertinentes.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                              SIGIFREDO     ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO    GÓMEZ   QUINTERO                                          AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                               JAVIER  DE  JESÚS ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Auto  del 10 de octubre de 2007, radicado 22.597     

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