33638(21-04-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.° 33638  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 120.  

Bogotá,  D.C., veintiuno de abril de dos mil  diez.   

V I S T O S  

Se pronuncia la Sala sobre la admisibilidad de  la  demanda  de  casación  presentada  por  la  defensora  del procesado JAVIER  ANTONIO  PICO  CORREA,  contra el fallo de segunda instancia que profiriera  el  Tribunal Superior de Bucaramanga, fechado el 25 de septiembre de 2009,   mediante  el  cual  confirmó  íntegramente  la sentencia emitida el catorce de  julio  de  2008,  por  el  Juzgado  Octavo  Penal  del  Circuito  de esa ciudad,  condenando  a  su representado legal a  la pena de 73 meses de prisión, en  calidad  de  autor  del delito de actos sexuales violentos con menor, agravado y  en  concurso  homogéneo  sucesivo.  Además,  se  impuso  la  pena accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas,  por lapso igual a la pena  privativa  de  la  libertad,  se  determinó  el  pago,  a título de perjuicios  morales,  del  equivalente a 8 salarios mínimos legales mensuales, y se negaron  al  procesado  los  subrogados de la suspensión condicional de la ejecución de  la pena y prisión domiciliaria.   

LOS HECHOS  

Fueron    narrados   en   la   sentencia  impugnada,    citando   la   resolución   de   acusación,  del  siguiente  tenor:   

“Muestra  lo  actuado  que  a  lo  largo  del  año  2003  y 2004, en inmediaciones del bloque  13   del  conjunto  Colseguros  Norte  de  esta ciudad, donde para entonces  residían  tanto  el  menor de 12 años J.G.F., como JAVIER ANTONIO PICO CORREA,  llegó  a  realizar  éste  en el citado niño y por medio de violencia ejercida  sobre  el  infante,  actos  sexuales, obligándolo también a que el pequeño le  tocara  el  miembro  viril,  comportamientos  que al parecer desplegó con otros  menores  del  conjunto  residencial,  que al parecer por miedo no han ratificado  tales aconteceres.”   

DECURSO PROCESAL  

La denuncia penal fue instaurada por la madre  del  afectado  y  por  virtud  de  ello la Fiscalía 16 Seccional de Bucaramanga  ordenó apertura de investigación previa el 25 de agosto de 2004.   

Luego de algunas diligencias, que incluyeron  la  declaración  del  menor  afectado,  el  24  de  mayo de 2005, se dispuso la  apertura  formal  de  la instrucción, determinándose escuchar en indagatoria a  JAVIER ANTONIO PICO CORREA.   

Evacuada la diligencia, el 8 de junio de 2005  fue  resuelta  la  situación  jurídica  del  procesado,  en contra de quien se  impuso  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  sin  beneficio de  excarcelación,  por  el delito, en concurso homogéneo sucesivo, de acto sexual  violento, agravado.   

El  29  de  agosto  de  2005, se decretó el  cierre  de  la  instrucción.  Consecuentemente,  el  4  de  octubre de 2005, se  calificó  su  mérito,  emitiéndose  resolución  de acusación en disfavor de  JAVIER    ANTONIO   PICO   CORREA,   por   el   concurso   de   delitos   arriba  reseñado.   

Impugnada esa decisión por la defensa, el 17  de  noviembre  de  2005,  fue íntegramente confirmada por la Fiscalía Delegada  ante el Tribunal de Bucaramanga.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, el  asunto  le  fue repartido, para adelantar la etapa del juicio, al Juzgado Octavo  Penal   del  Circuito  de  Bucaramanga,  oficina  judicial  que  desarrolló  la  audiencia pública de juzgamiento el 13 de febrero de 2007.   

El  14  de  julio  de  2008,  fue emitida la  sentencia   condenatoria   de   primer   grado,  oportunamente  apelada  por  la  defensa.   

Finalmente,  el 25 de septiembre de 2009, se  emitió  la  sentencia  de segundo grado, confirmatoria en todos sus extremos de  lo  decidido  por  el  A  quo.  Oportunamente la defensa presentó la demanda de  casación   que   ahora   se   analiza   en   su   argumentación   y   adecuada  fundamentación.   

LA DEMANDA  

Cargo único  

Al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  establecida  en  el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, la recurrente  acusa   al   fallo   de   segunda   instancia   de   violar  la  ley  de  manera  indirecta.   

Al  efecto, parte por señalar la demandante  que  la  acusación  planteada  contra  su representado legal está “…basada en una apreciación parcial  de  las pruebas tanto la testimonial como la prueba pericial; teniendo en cuenta  que  en cuanto a estas pruebas no se toman en su totalidad sino por el contrario  se     valoran    enuncian    y    valoran    (sic)    parcialmente.”   

Para  soportar  su afirmación la recurrente  anota  que  las  instancias no aludieron a un problema de vecindad surgido entre  la víctima y la madre del procesado.   

Tampoco   los   falladores   tuvieron   en  consideración,  agrega  la casacionista, que al perito encargado de realizar el  examen  al  procesado,  se  le  investigó  disciplinariamente,  dado  que se le  solicitó  a  la  Fiscalía lo recusase y mejor decidió oficiar al Instituto de  Medicina Legal, para que abriera la investigación en cuestión.   

A  renglón seguido, la demandante resume la  forma en que el Tribunal dio completo valor a la prueba pericial.   

Luego  de  ello, en el acápite que denomina  “DEMOSTRACIÓN”,   la   recurrente  transcribe   apartados  amplios  de  la valoración probatoria efectuada por el Ad quem, para  significar  que  tomó  equivocadamente  lo  dicho  por  el  perito, pues, éste  advierte           que          “se  cuenta con suficientes datos como  para  suponer  que  se  está  en presencia de un pedófilo predador…”,   al  tanto  que  el  Tribunal  señaló que “se   está   en  presencia  de  un  pedófilo  predador”,   no   que   ello  se  “supone”, como dijo el experto.   

En  consecuencia, advierte la impugnante que  “El   artículo   251  ibídem,  ordena  que  “El  dictamen  debe  ser  claro  y  preciso  y  en  él se explicarán los exámenes,  experimentos   e  investigaciones  efectuadas,  lo  mismo  que  los  fundamentos  técnicos,   científicos   o   artísticos   de   las  conclusiones”, nada de lo que existe en este caso,  y  todo el proceso que se adelantó, pues se tuvo como base las declaraciones de  la  víctima y el experticio técnico cuando otra situación es la que advierten  estas   dos   pruebas,   como   ya   se   demostró   respecto   del  experticio  técnico”.            

En  otro  orden de ideas, deplora la censora  que  el  Tribunal  señalase la posibilidad de que el acusado mancillara a otros  menores  de  la  unidad  residencial, pero no advirtiese que las investigaciones  respectivas fueron objeto de auto inhibitorio.   

Así mismo, en torno de la manifestación del  Ad  quem, referida a que resulta absurdo considerar como origen de la acusación  las  supuestas  rencillas previas de la familia del afectado con la del acusado,  esto anota la demandante:   

“…si  nos  vamos  al  caso en particular, se trata de personas de una  cultura  muy  distinta  a  la  del  pensar  por  ejemplo del fallador de segunda  instancia  e  incluso  de la de los demás sujetos procesales del presente caso,  en  donde  si  nos  vamos  al  argot  popular  todas  estas  situaciones  suelen  presentarse    en    estos    estratos”.   

Y       remata:       “Luego  estamos  frente  a  la  Causal  Primera  de  Casación (Artículo 207 de la Ley 600 de 2000), por error de hecho  por   falso   raciocinio,   como   así  quedó  demostrado  en  lo  manifestado  anteriormente”.   

Agrega  que  también  se  presenta un falso  juicio  de  identidad,  dado  que el Tribunal asevera, consecuencia del dictamen  sicológico,   que  el  procesado  corresponde  a  un  pedófilo  predador   “…y  situación  distinta  es  la  que  se  afirma  en el dictamen de  sicología  forense,  cuando  se afirma que se supone cuenta con los datos de un  pedófilo            predador…”   

Concluye  la  impugnante  que  lo  referido  constituye   derrumbamiento   de  la  base  probatoria  de  la  sentencia,  cuya  aceptación  conduce  a  eliminar  el  presupuesto  de  certeza  para  condenar.   

Acorde con ello, depreca se case la sentencia  atacada  y  en  su  lugar  la  Corte  profiera  fallo de reemplazo en el cual se  absuelva   al   acusado   de   los   cargos   por   los   que  se  le  llamó  a  juicio.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Basta apreciar la metodología utilizada por  la  impugnante  para  controvertir  la  decisión  de  segunda  instancia  y los  fundamentos   en  que  se  basa  la  impugnación,  para  concluir  evidente  la  impropiedad  del  único  cargo  planteado,  en tanto, se trata de un alegato de  libre  confección  en  el  cual, lejos de demostrar algún tipo de violación o  yerro  trascendente  en  la evaluación efectuada por el Tribunal para confirmar  el  fallo de condena, busca anteponer a ello su particular perspectiva acerca de  la  prueba  recogida y sus efectos, pasando por alto que la sentencia de segundo  grado  arriba  a  la  sede  casacional  revestida  de  una doble connotación de  acierto  y  legalidad,  solo  derrumbable  a partir de una demostración clara y  suficiente  de  que se incurrió en un vicio de tal entidad que debe dejarse sin  efecto lo resuelto.   

De  lo  presentado en la demanda, lo primero  que  emerge  claro es el completo desconocimiento que posee la demandante acerca  de  la forma de demostrar los errores de hecho, pues, confunde en un solo cargo,  de  manera  abigarrada y sin mayores precisiones, el falso juicio de existencia,  con el de identidad y el error de raciocinio.   

Acerca   de  la  forma  de  argumentar  la  violación  indirecta  de  la ley, esto dijo la Sala1:   

“2.  En  efecto, la violación indirecta de la ley sustancial, vía de  ataque  preferida  por  el  libelista  para  censurar el fallo de segundo grado,  está  ligada  a  la  materialización de vicios de naturaleza probatoria de dos  clases distintas: de derecho y de hecho.   

Los  errores  de  derecho se subdividen en:  falso  juicio  de  legalidad  y  falso  juicio  de  convicción  vicios  que son  ontológicamente  diferentes. El juicio de legalidad se relaciona con el proceso  de  formación  de  la prueba, con las normas que regulan la manera legítima de  producir  e  incorporar  la  prueba al proceso, con el principio de legalidad en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los presupuestos y las formalidades  exigidas  para  cada  medio,  de  suerte  que el dislate se cristaliza cuando el  fallador  valora  o  aprecia  un  medio  de  prueba que desconoce alguna de esas  ritualidades,  o porque califica de ilegal una que sí las satisface y por tanto  es válida.   

El  juicio  de  convicción consiste en una  actividad  de  pensamiento  a través de la cual se reconoce el valor que la ley  asigna  a determinadas pruebas, presupone la existencia de una “tarifa legal” en  la  cual  por voluntad de la ley corresponde a las pruebas un valor demostrativo  predeterminado  o  de  persuasión  único  que  no  puede  ser  alterado por el  intérprete;  en  consecuencia,  se  incurrirá  en  error  por  falso juicio de  convicción  cuando  se niega a la prueba ese valor que la ley le atribuye, o se  le  hace  corresponder  uno  distinto.  Sin  embargo,  al  desaparecer la tarifa  probatoria  en  materia  procesal  penal,  sustituida  por el sistema de la sana  crítica  previsto  en  los  artículos  238,257,  277, 282 y 287 del Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000), en principio, no es posible para los  jueces  incurrir  en  errores  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción,  porque   la  legislación  penal en materia de pruebas no somete, por regla  general,   su  raciocinio  a  evaluaciones  dependientes  de  una  tarifa  legal  probatoria.   

Los   errores  probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de  derecho,  obligan  a  quien los invoca a aceptar que la  prueba  respecto  de  la  que  los  alega fue reconocida por el funcionario como  legal,  regular  y  oportunamente allegada al proceso, toda vez que lo discutido  constituye  vicios  fácticos  que  se  desarrollan  en  tres modalidades: falso  juicio de existencia, falso juicio de identidad y falso raciocinio.   

Incurre  en  falso  juicio de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El  falso juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un  falso  juicio de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente,  el falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No sobra destacar que, adicionalmente, como  es  sabido,  bien  se  trate de errores de derecho o ya de hecho, tras demostrar  objetivamente  el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o, lo que es  lo  mismo, que de no haberse incurrido en él, la declaración de justicia hecha  en  sentencia  habría  sido  distinta  y  favorable  a  la  parte  que alega el  respectivo desaguisado.”   

          Parece  que  la  censora  busca  demostrar que se presentaron falsos  juicios  de  identidad  y  falso  raciocinio,  pero su sustento asoma disímil y  equívoco, cuando no francamente incomprensible.   

          A  este  efecto,  no  comprende  la  Sala  qué  pretende definir la  recurrente  cuando advierte que buscó recusar al perito en sicología encargado  de  evaluar  al  procesado,  pues,  tampoco  desarrolla  el  tema de la supuesta  investigación  disciplinaria  interna  que le adelantó o adelanta el Instituto  de  Medicina  Legal,  ni  cómo  ese  tópico  incide  respecto  de la prueba en  concreto y su evaluación.   

          Algo  similar  ocurre con el hecho que toma de base para soportar la  presunta  existencia  de un falso juicio de identidad, como quiera que el debate  carece   completamente   de   seriedad   cuando   se   hace   consistir  en  una  interpretación  gramatical  simplemente  inane,  referida  a que el perito dice  suponer,   acorde   con  lo  evaluado,  que  el  procesado  es  un  “pedófilo     predador”,  y  el  Tribunal toma como cierto el  hecho,   sin   anteponer   que   lo   “supone”.   

          No  se  desgastará la Corte analizando una circunstancia que carece  de  cualquier  trascendencia,  evidente  como  surge lo artificioso del alegato,  pero  sí  debe precisarse que de ninguna manera existe una desarmonía objetiva  entre  lo  que  dijo  el  perito  y lo que asumió el Tribunal, por la potísima  razón  que  el  Ad  quem tomó la prueba tal cual la significó el experto, sin  agregar, cercenar o distorsionar nada de su contenido.   

          Esto  anotó  el  Tribunal,  respecto  del  elemento  probatorio  en  cuestión:   

“Así  mismo,  según  concepto  del perito en psicología, una vez analizado el comportamiento  del  procesado  y  su  versión  de  los  hechos concluyó que éste presenta un  patrón  de  comportamiento  sexual  que corresponde al de un pedófilo predador  por  lo  que  padece  un  trastorno  social de la personalidad, y su versión es  probable   que   sea  falsa  ya  que  sus  narraciones  son  difusas…”.   

          No  ve  la  Corte  cómo,  cuando  el  Tribunal  dice  que el perito  concluyó   del  procesado  que  él  “presenta  un patrón de comportamiento sexual que corresponde al de  un  pedófilo  predador”,  ello  constituya  lectura  distinta  a  lo  que  dijo el experto cuando sostuvo:  “En    torno    al  comportamiento  sexual  del sindicado, se cuenta con suficientes datos como para  suponer  que  se  está en presencia de un pedófilo predador, hecho que lo hace  especialmente         peligroso”.   

          Por  lo  demás, nunca la recurrente determinó la trascendencia del  inexistente  yerro, para lo cual se hacía necesario realizar un nuevo examen de  la  totalidad  de  la  prueba a efectos de demostrar que con la expurgación del  presunto  vicio,  los  elementos suasorios restantes resultan insuficientes para  soportar la condena.   

          Algo  similar  ocurre  con  la  crítica enfilada bajo el amparo del  falso  raciocinio, en tanto, la impugnante apenas busca anteponer su criterio al  más  autorizado  del  Tribunal,  manifestando  su desacuerdo con la evaluación  efectuada  en torno de las supuestas rencillas entre las familias del afectado y  el procesado.   

          Nada  más  debe  entenderse  del  hecho que la recurrente apenas se  base  en que los Magistrados asumen roles culturales diferentes a los que supone  se  estilan  en  el  ambiente  donde  viven  víctima  y victimario, sin ningún  desarrollo que permita cuando menos suponer fundada su afirmación.   

          Debe  recordarse  a  la casacionista que si la discusión se enmarca  dentro   del  presupuesto  del  errado  raciocinio,  vale  decir,  se  trata  de  determinar  que  no  fueron  respetados  los  criterios  de  sana crítica en la  valoración  de  la  prueba,  es  necesario  demostrar  cabalmente  cuál  es el  principio   científico,   regla   de   la   experiencia   o  postulado  lógico  equivocadamente  utilizado por el Tribunal y cómo opera adecuadamente el mismo,  para  después,  en  punto  de  trascendencia, definir que ese yerro afectó tan  profundamente  la  totalidad  de  lo recogido, que ya no es posible soportar una  sentencia de condena.   

          Insustancial  y  gratuita,  entonces,  se ofrece esa ligera crítica  intentada  por  la  demandante, en un alegato que ni siquiera detalla cuáles en  concreto  fueron  las  razones  por  las  que el Tribunal condenó al procesado,  limitándose  a  transcripciones fragmentarias y descontextualizadas que impiden  de  la  Corte  conocer  no  sólo  en qué radica el supuesto error del Ad quem,  sino   la  forma  en  que  ello  incide  respecto  de  la determinación de  responsabilidad penal.   

          No  son  necesarias mayores consideraciones, evidente la impropiedad  de  los  cargos  formulados  por  la  casacionista, para determinar inconcusa la  necesidad  de  inadmitir  la  demanda,  ya  que  tampoco  la  Sala  advierte  la  existencia  de algún tipo de vulneración a  garantías fundamentales, que  implique  necesario  recurrir  a  la  facultad  oficiosa que le es aneja en esos  eventos.   

          En   mérito  de  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

          INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada por la defensora del procesado JAVIER ANTONIO  PICO CORREA.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                              SIGIFREDO     ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO    GÓMEZ   QUINTERO                             AUGUSTO    J.    IBAÑEZ  GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS               YESID  RAMÍREZ BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                       JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Auto  del 10 de octubre de 2007, radicado 22.597     

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