29267(16-09-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 29267  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                                          Magistrado  Ponente                                

                                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

            Acta de Sala No. 295   

Bogotá,  D.C., dieciséis (16) de septiembre  de dos mil nueve (2009)   

VISTOS:  

Realizada  la  audiencia  de  formulación  y  aceptación  de  cargos  por  el  delito  de  concusión por parte del procesado  RUBÉN     DARÍO    SALAZAR    OROZCO,     procede     la    Sala    a    dictar    la    correspondiente  sentencia.   

IDENTIFICACION DEL PROCESADO  

RUBÉN  DARÍO  SALAZAR  OROZCO  nació  en  Armenia  el 16 de diciembre de 1968, tiene 40 años de  edad,  es  hijo  de  José Abraham y Rubiela, reside en Bogotá, es soltero y se  presenta  como  sacerdote  con  estudios religiosos no formales con la Comunidad  Jesús de la Buena Esperanza.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

Mediante  anónimo radicado en la Secretaría  de   esta   Sala  el  19  de  febrero  de  2008  se  informó  que  RUBÉN  DARÍO  SALAZAR  OROZCO  una  vez  tomó  posesión  del  cargo de Representante a la Cámara, nombró en la Unidad  Técnica  Legislativa varias personas a quienes “les  exigía” la devolución de una parte de sus salarios  “la  cual debía ser entregada mensualmente y   en     forma     inmediata”     o    “de     lo     contrario,    serían    expulsados”1   

El   mencionado   escrito  citó  a  varios  integrantes  de  la UTL, de quienes se solicitaba llamarlos a  declarar por  cuanto  tenían  conocimiento de los referidos hechos.   

Acreditada  la  calidad  de  congresista  de  RUBÉN    DARIO    SALAZAR   OROZCO,   el   1º   de   abril   de  2008  se  dispuso  abrir  investigación  preliminar2,  etapa  en  la  cual  se  practicó  inspección  en la Dirección  Administrativa  de  la  Cámara  de  Representantes  y escuchó a Albenio Castro  Pinilla,  Juan  Carlos  González,  Carlos  Alberto  Pacheco, Juan David Osorio,  Patricia  Quintero  Lara  y  John  Jairo  Sánchez  Garzón, quienes al unísono  negaron las afirmaciones contenidas en el anónimo.   

El  8  de  mayo  de  2008 John Jairo Sánchez  Garzón,  ex  conductor  y  escolta del Representante,  allegó  un  oficio  solicitando ser oído nuevamente,  toda   vez   que   ese   día   antes   de  rendir  su  testimonio  “fue  abordado  por  el  señor  Rubén  Darío Salazar Orozco”  quien “en tono amenazante  intimidatorio   exigió   que  bajo  ninguna  circunstancia  lo  hiciera  quedar  mal”3.   Al  escrito  adjuntó  un  CD  con  grabaciones de llamadas  efectuadas  por  sus  ex  compañeros  y  el Representante, relacionadas con los  supuestos materia de investigación.   

En   ampliación  de  declaración  Jhon  Jairo  Sánchez  reconoció ser el autor del anónimo y relató que a su ingreso  a   la   Cámara   de   Representantes  RUBÉN  DARIO  SALAZAR  le exigió entregar parte de su salario, unos  meses  $400.000  y otros $500.000, para invertir en su futura campaña al Senado  y  cancelar  el sueldo a quienes le colaboraban en la sede de la calle 34.    

Mencionó  el  nombre  de algunos compañeros  -Albenio Castro Pinilla, Carlos Alberto Pacheco, Juan  David  Osorio y Juan Carlos González-  quienes al  parecer    estaban    en   su   misma   situación4.   Interrogado  por  cada  una  de  las  grabaciones  aportadas  identificó  los  números celulares y los  interlocutores.   

   

Posteriormente  aportó  unos  recibos  de la  Empresa   de   Teléfonos   de   Bogotá  a  su  nombre,  cuya   dirección  correspondía  a  la  residencia  del  denunciado,  los  cuales según señaló,  canceló  en  algunas  oportunidades  con  la  parte del sueldo requerido por el  parlamentario5.   

Con  soporte en la información obtenida el 2  de  junio de 2009 la Sala abrió investigación formal en contra de RUBÉN   DARÍO  SALAZAR  OROZCO  por  el  delito            de            concusión6, en  cuyo  marco lo oyó en indagatoria al día siguiente7,   definió   su   situación  jurídica    imponiéndole    la   medida   de   aseguramiento   de   detención  preventiva8,   resolvió  negativamente   el   recurso   interpuesto   contra   esa  decisión9,  practicó  testimonios10    e    inspecciones    en   la   Procuraduría   General   de   la  Nación11   y   en   el   Consejo   de   Estado12 a los procesos disciplinario  y  de pérdida de investidura adelantados en su contra, y dispuso el 4 de agosto  último      la     clausura     del     sumario13.   

Antes de quedar en firme el proveído anterior  el  defensor en memorial del 19 de agosto pasado, informó a la Sala la voluntad  de  su  prohijado  de  acogerse al instituto de sentencia anticipada14.  Por  tal  motivo  en  auto de esa fecha se dispuso suspender la actuación y celebrar el 1  de  septiembre del presente año audiencia de formulación de cargos, diligencia  donde   el  procesado  RUBÉN  DARIO  SALAZAR  OROZCO  aceptó  la comisión a título de autor del delito de  concusión15, acorde con los hechos anteriormente relacionados.   

CONSIDERACIONES  

1-De  conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  235-3  y  parágrafo  de  la  Constitución  Política,  la  Sala  es  competente    para    adoptar   la   presente   decisión,   así   RUBÉN  DARÍO  SALAZAR  OROZCO no ostente  en  la actualidad la calidad de Representante a la Cámara, en tanto la conducta  investigada    está    vinculada    con   el   ejercicio   de   las   funciones  desempeñadas.   

2-  Valga  destacar  que el sustento legal de  esta  providencia lo constituye el artículo 40 de la Ley 600 de 2000, según el  cual  el  juez  dictará  la  correspondiente  sentencia cuando el implicado por  iniciativa  propia acepte en audiencia de formulación de cargos el delito o los  delitos  imputados,  circunstancia  que  le permite al Estado terminar de manera  anticipada el proceso penal.   

En   efecto,   como   lo  acotó  la  Corte  Constitucional  en  la  Sentencia  SU  1300  del  6  de  diciembre  de  2001, la  institución  de  la  sentencia  anticipada  implica  renuncias comunes: para el  Estado,  a  seguir ejerciendo sus poderes de investigación, y para el imputado,  a  agotar los trámites normales del proceso, a la controversia de la acusación  y  de  las  pruebas  en  que se funda. Con ella se reconoce que los elementos de  juicio  aportados  hasta  ese  momento  son  suficientes para respaldar un fallo  condenatorio   que   parte   de  la  certidumbre  del  hecho  punible  y  de  la  responsabilidad  del  sindicado, certeza corroborada a través de la aceptación  integral  de  los  hechos  por  parte  del  imputado,  entendida como confesión  simple.   

     

3- Siguiendo esos derroteros, en la audiencia  correspondiente  la  Sala  ilustró ampliamente al ex Representante RUBÉN  DARÍO  SALAZAR  OROZCO  sobre la  naturaleza  y las consecuencias jurídicas de la figura de sentencia anticipada,  esto   es,   que   en   virtud   de   ella  renunciaba  a  los  derechos  de  no  autoincriminarse,  a  ser  oído  y  vencido en juicio, a controvertir la prueba  recaudada  en  su  contra, a la presunción de inocencia y a continuar las fases  normales  del  proceso,  tema frente al cual expresó su voluntad de acogerse al  mecanismo  de  terminación  extraordinaria  y,  consecuente  con  ello, aceptó  conforme   a  la  imputación  fáctica  y  jurídica  efectuada  el  delito  de  concusión.   

4-  Ahora, como el pronunciamiento anticipado  de  fallo  condenatorio  exige además de la aceptación voluntaria y formal del  procesado  de  los  hechos  imputados,  la  verificación  de  la  existencia de  pruebas   indicativas  de  la comisión del ilícito por parte del acusado,  se  procede,  entonces,  a  efectuar  el  correspondiente  análisis a efecto de  establecer   la   tipicidad  y  antijuridicidad  de  la  conducta  admitida  por  RUBÉN  DARIO SALAZAR OROZCO  como presupuestos de su responsabilidad penal.   

4.1.  En  cuanto  al  delito  de  concusión  corresponde  indicar  que  el  artículo 404 de la Ley  599   de   2000  sanciona  al servidor público que abusando de su cargo o de sus  funciones,  constriñe  o induce a alguien a dar o prometer a él o a un tercero  dinero    u    otra    utilidad    indebida,    o    los    solicita.   

Conforme  a la aludida descripción, se abusa  del   cargo  o  de  la  función  pública  cuando  el  servidor,  apartando  su  comportamiento  de  las  normas  constituciones  y legales que regulan de manera  general  y  concreta  su  actividad  en la administración pública, constriñe,  induce  o  solicita  a alguien dar o prometer dinero o cualquier otra actualizad  para sí o para un tercero.   

Son entonces, tres las conductas alternativas  establecidas      en      el      ilícito     en     mención:     “constreñir”,   “inducir”  y  “solicitar”.  Consultando  el  Diccionario  de  la Lengua Española se tiene que  constreñir   significa  obligar,  precisar,  compeler  por  fuerza  a alguien a que haga y ejecute algo;  inducir   es   instigar,  persuadir,        mover        a       alguien;        y       solicitar  consiste en pretender, pedir o  buscar algo con diligencia y cuidado.     

El  alcance  y  significación  de los verbos  rectores   permite  concluir,  como  lo  ha  sostenido  la  Sala  en  múltiples  oportunidades16,  que este delito se consuma simplemente con la exteriorización de  cualquiera  de las referidas hipótesis, con independencia de que el dinero o la  utilidad hayan penetrado en el ámbito de disponibilidad del actor.   

Atendido  este marco conceptual, para la Sala  es  claro  que  el  comportamiento  atribuido al ex congresista concreta el tipo  penal descrito, conforme se analiza a continuación:   

4.1.1              RUBÉN        DARÍO       SALAZAR  OROZCO      fue  elegido por la circunscripción electoral de Bogotá,  para  el  período constitucional 2006 –   2010,   tomando   posesión   del   cargo  el  20  de  julio  de  200617.   

4.1.2   Obedeciendo  la  competencia  que  le  asigna   a   los   congresistas  el  artículo  388  de  la  Ley  5ª  de  1992,  modificada   por  el  artículo  1º de la Ley 186 de 1995, la Dirección Administrativa de la Cámara  de    Representantes     nombró   el  1º  de  febrero de 2007 en la Unidad  de  Trabajo Legislativo del Representante RUBÉN DARIO  SALAZAR  OROZCO  a  John Jairo Sánchez Garzón en el  cargo   de   Asistente   I,   función  que  desempeñó hasta el 31 de enero de 2008, cuando fue declarado  insubsistente  mediante  resolución  No.  0067  del  30  de  enero  del  citado  año18.   

Tal      actividad      administrativa  pone  en  evidencia  sin  discusión  alguna,  que  el procesado tenía la calidad de servidor público, y  que   hacía  parte  de sus  funciones  participar en la  designación  de  sus  subalternos, quienes por fuerza de ese hecho estaban           sometidos  para  su  permanencia  o  remoción  al  libre juicio de  aquél.   

4.1.3   Bajo estas condiciones, relató  Jhon Jairo Sánchez Garzón  que durante el tiempo de su  vinculación    con    el   Congreso,   el   Representante   exigió    a    algunos    de    sus  servidores la entrega de una parte de sus salarios,    según    el    monto    de   cada   remuneración.    En  relación  con      su      caso      manifestó   que  antes  de  ingresar  a  laborar     en     la     Unidad     de    trabajo  Legislativo  como conductor escolta del Representante  SALAZAR  OROZCO,  éste lo  instruyó       sobre       la      obligación   de   entregar  unos  meses $500.000 y otros $400.000,  para pagar los empleados de la oficina en la calle 34  y su próxima campaña al Senado de la República.   

Con     este    compromiso,           afirmó,  ingresó  a   laborar  en  el  Congreso  en  el  mes  de  febrero  de  2007,  y  a  partir  de  ese momento empezó a  entregar   cada   mes  a  RUBÉN DARÍO SALAZAR  OROZCO  la  suma  acordada  hasta  la  fecha  de  su  desvinculación,  en  diciembre  del  año  citado19.   

Esta   conducta   del   ex   Representante  RUBÉN   DARÍO   SALAZAR,  consistente,  entonces,  en  exigir  a  Jhon  Jairo Sánchez el pago de una suma  periódica  de  su  salario  como  requisito  para vincularse y mantenerse en el  cargo  de  asistente  I  en  la  UTL  de  la  Cámara,  edifica perfectamente la  descripción  típica  indicada,  pues  no  cabe  duda  que  tal  comportamiento  constituye  un claro abuso de la función pública por parte del servidor, quien  no tenía motivo legal alguno para hacer tal reclamación.   

4.1.4.  A  la  concurrencia  de  ese  hecho  penalmente  relevante,  se  suman  las  siguientes  conversaciones  telefónicas  aportadas en medio magnético por la víctima de la infracción:   

–  Entre  Jhon Jairo Sánchez y Juan David  Osorio                    Arteaga20.   

En  el  primer  fragmento  de  este  diálogo, Jhon Jairo Sánchez se  compromete  a cancelar sus  deudas    con    el    propósito   de   no   perjudicar   a   su   compañero  de  trabajo  Juan  David  Osorio;    luego,  le  expresa a su  interlocutor     la  molestia  por  la actitud asumida por el     ex    Representante,        en       los       siguientes       términos:   

       “Jhon     Jairo:     Uste’ sabe  que  a  mi  lo que me da piedra con  el representante Rubén Darío, es que  él  sabe  hermano  que  a conciencia, por eso quien no tiene rabo de paja no se  arrime  a la candela hermano, pero a mi me duele hermano lo que hizo conmigo, en  dos    partecitas,    me    cerró   las   puertas   hermano,   uste’  sabe  que  yo  soy una persona que  como  a  uste’ le puede  pasar lo mismo, si me entiende?   

       Juan David: Claro   

       Jhon     Jairo:     Uste’  le  puede pasar la misma maricada,  pero   a   mi   lo   que   me   duele  es  que  el  man  le  cierra  a  uno  las  puertas.   

       Juan      David.      Claro      yo  entiendo   

       Jhon  Jairo: Y yo no salí de ladrón yo  nunca salí de ladrón   

       Juan  David. No por nada es que eso (TI)  por eso   

Y acto seguido Jhon Jairo Sánchez Garzón le  dice:   

    

      Si  me  entiende  papa,   por   eso   él,  si  él,  si  a  conciencia  como  a  uste’  o  a  Pacheco  nos  ha quitado de  nuestro       sueldo,       legalmente       nos       ha      quita’o  plata  hermano, a mi me duele lo  que    el    man   hace   con   uste’  y  conmigo  y  con  todos  guevon,  con  todos  los empleados, o  uste’  me va a decir a  mi que que?   

Y Juan David Osorio le responde:  

Juancho pero entramos con esas condiciones  y    usted    sabía    eso    antes   de   entrar21   

     

Como puede observarse, la parte final de este  charla   deja   en  claro  la  existencia  de  la  condición  impuesta  por  el  Representante  a  Jhon Jairo Sánchez Garzón para ingresar a ocupar su cargo de  asistente  I, como los medios  coercitivos  utilizados,  en  tanto en un vínculo de subordinación se doblegó  la  voluntad  del  receptor  de  la  indebida  exigencia,  quien ante la amenaza  directa  de  perder  la  posibilidad de alcanzar un empleo y conservarlo, se vio  obligado a cumplir lo pedido.   

–   La  misma  conclusión  emerge  de  la  conversación  sostenida  entre  Jhon Jairo Sánchez Garzón y Juan  Carlos González Leal.   

En el  desarrollo  de  la misma,     Juan    Carlos    González  Leal le informa a Jhon Jairo  que   escuchó   sobre  la denuncia presentada en  contra   del  “padre” por “quitarle plata a  los                   empleados”22,     a    lo    que    el    segundo  responde: “Y   uste’  sabe    que    eso    es    así,    si    o    no    doctor,   uste’   sabe   que   eso  conciencia  es  así”23,      contestando     González:  “si”.   

La      plática      la  continúa    Sánchez    Garzón   diciendo:   “A  todos  nos  ha  pedido  eso,  y  él que lo hizo, él  sabrá   quien,   quien  fue  o  a  quien  se  la  habrá  hecho”,    respondiendo    González   Leal  “Claro”.   

Más  adelante,  mencionan  a las personas  a   quien   el   Representante  les  ‘quitaba’  plata, así:   

Sánchez   Garzón:   ..   al doctor pacheco si   

González     Leal:     Pacheco si   

Sánchez     Garzón:    Ah Juan David   

González     Leal:     Juan David   

Del  contexto de  esta   interlocución,  aflora  que  Juan Carlos  González   Leal,   como   ex   trabajador   de  la  UTL, conoció    también    de   las   exigencias  dinerarias efectuadas por  su   ex   jefe   a   algunos  de  sus  compañeros,  entre  ellos,  John Jairo Sánchez Garzón.   

En el mismo sentido, la señora   Gloria   Cristina   Ospina   de   Motta  declaró  en   presencia   del   procesado,  que  durante    el    tiempo    que   le   prestó   su  colaboración  en la UTL  de  la  Cámara, escuchó  decir  a su conductor y a  Juan  David  Osorio  “que  tocaba  dar  una cuota,  hablaban  entre  ellos  ahí, pues cuando llegaba la mensualidad” agregando      más      adelante      que     lo     “decían      con      queja”24.   

     

Y  si  a  estos elementos de convicción se  agregan  los  recibos de  teléfono   y  la  certificación  expedida  por  la  Empresa  de  Teléfonos  de Bogotá, demostrativos de  que  la  línea  telefónica  utilizada  por  el  Representante en su residencia  figuraba  a  cargo  de su  empleado  Jhon  Jairo  Sánchez Garzón a    quien   le   había   solicitado   adquirirla,   cuatro   meses   después  de  ingresar  a  laborar,  refulgen  evidentes  las  exigencias  indebidas  por parte del  congresista          a          aquél.   

    

En  suma,  las  pruebas  recaudadas  ponen al  descubierto  la  realización de la conducta prohibida, en tanto se verificó un  verdadero  acto  de  constreñimiento  de parte del Representante respecto de su  subordinado,  expresado en las exigencias de contenido económico para acceder y  mantenerse en el cargo.   

Ahora,      que      SALAZAR    OROZCO    obró   con   el  conocimiento   suficiente   de  la  ilicitud  de  su  conducta  y  con  la voluntad plena de marginarse de la ley, lo pone de presente  su  historia  laboral en tanto ha ocupado los cargos  de Concejal, asistente en  el   Senado,  en  la  Cámara  de  Representantes  y  finalmente  la  dignidad  que  desempeñaba,  actividades  demostrativas de su  preparación y experiencia.   

Incluso,  su  condición   de   miembro   de   la   comunidad   de  Jesús   de  la  Buena  Esperanza  no  fue   óbice   para   ejecutar  este  tipo    de    acciones  que     ponen    de  manifiesto     su  falta  de  nobleza  y de  sentido   de   justicia  frente  a          las        personas  que se encuentran, en razón  de     sus     circunstancias,     en    un    estado    social,    cultural,    económico   y   laboral  inferior al suyo.    

Resta     observar    que   el   comprobado   abuso   funcional  vulneró   el   bien  jurídico  de  la  administración  pública por quebrantar la confianza que los  particulares  deben  a  los servidores del Estado, a  quienes   éste  ha  investido  de  su  representación,  dirección,  manejo  y  colaboración para el cumplimiento de sus altos fines.   

Como     efecto    de    las   precedentes   consideraciones   resulta   procedente  dictar  sentencia  condenatoria  en  contra  de RUBÉN DARÍO  SALAZAR  OROZCO,  pues  es  clara la comisión de la  conducta   y   su   antijuricidad   como   presupuesto   de   la   aceptación  de  su responsabilidad, efectuada de manera conciente,  voluntaria  e  incondicional,  tal  como  se  constató  por  la  propia Sala de  Casación en la audiencia de aceptación de cargos.   

1- Determinación  de la Pena   

Previo a la determinación de la pena, debe  reiterarse          que         como        la       conducta  endilgada  al  procesado  se  desarrolló    en    Bogotá   durante   el   año  2007, cuando ya  estaba  rigiendo  en este distrito  judicial  la  Ley 890 de 2004 que modificó y adicionó  la  Ley  599  de  2000,  entre  otros aspectos, en lo relativo al aumento de las  penas  previstas  en  los  tipos  penales  contenidos  en  la Parte Especial del  Código  Penal,  en  una  tercera  hasta  la  mitad25,  resulta  ineludible  aplicar  esa disposición.   

Así,  de  acuerdo con el artículo 404 de la  Ley  599  de 2000, modificado por el artículo 13 de la Ley 890 de 2004, la pena  para  el  ilícito  de concusión se extiende de ocho (8) a quince (15) años de  prisión,  multa  de  66.6  a  150 salarios mínimos legales mensuales vigentes,  e  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas de seis  años y ocho meses a doce (12) años.   

El  ámbito  punitivo  de movilidad para este  delito  está  conformado  por un primer cuarto comprendido entre 96 y  117  meses  de  prisión y multa de 66.6 a 87.45 salarios mínimos mensuales legales;  dos  cuartos  medios  que  van  de  117 meses a 159 meses de prisión y multa de  87.45  hasta  129.15  salarios  mínimos  legales mensuales; y un cuarto máximo  hasta   180  meses  de  prisión  y  multa  de  150  salarios  mínimos  legales  mensuales.   

En  lo  atinente a la inhabilitación para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  se tiene que el primer cuarto  está  entre  80  y  96  meses, los cuartos medios, entre 96 y 128 y una última  fracción que culmina en 144 meses.   

Conforme  al  artículo  61  de la Ley 599 de  2000,  el espacio de movilidad para fijación de la pena es el comprendido en el  cuarto  mínimo,  esto  es,  entre  96  y 117 meses de prisión; multa de 66.6 a  87.45  salarios  mínimos  mensuales  legales,  e  inhabilitación de derechos y  funciones  públicas entre 80 y 96 meses, pues en la audiencia de formulación y  aceptación  de  cargos sólo se dedujo la  circunstancia de atenuación de  carencia de antecedentes.   

Atendiendo  el  texto  del  inciso  3º  del  artículo  61  del  estatuto punitivo resulta incontrovertible la gravedad de la  conducta  agotada  por  el  procesado,  no  solamente  por  advertirse  su   ocurrencia  en  el  más  alto  nivel  de la administración, lo que implica una  mayor  alarma  social,  sino  además porque lesionó la confianza depositada en  él  por  sus  electores,  quienes  esperaban  el  ejercicio  de la función con  honestidad  y  lealtad,  pero  no  como medio para obtener provechos económicos  ilegales.   

El  daño  ocasionado  es significativo en la  medida   en   que   este  tipo  de  conductas  -sin  duda-  enloda  la  función  administrativa  cumplida  por  el  Congreso  de  la República y contribuye a la  pérdida  de  credibilidad  y  confianza  de  los asociados en las instituciones  creadas   para   velar   por   la   efectiva   realización  de  los  fines  del  Estado.   

Con  estos  fundamentos, entonces, se impone  una   pena  de  prisión  de  108  meses  -9  años-;  multa  de  80 salarios mínimos legales mensuales, que  corresponden,  según  el   salario  mínimo  vigente  para  el  año  2007  -$433.700-,      a  $34’696.000     e  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas de 88  meses.   

Ahora,  como  el  procesado  se  acogió a la  figura  de  sentencia  anticipada,  procede  la  reducción  de  la  pena en una  proporción  comprendida entre una tercera parte y un día y la mitad, en virtud  de  la aplicación del principio de favorabilidad, esto es, del artículo 351 de  la  Ley  906  de  2004,  según  posición  mayoritaria  de  la Sala26.   

En  efecto,  para  que  pueda  aplicarse  el  principio  de  favorabilidad  frente a la coexistencia de sistemas procesales se  requiere  -además de que  las  figuras  jurídicas  estén  reguladas  en  las  dos legislaciones y que al  aplicarse   no   se   resquebraje   el   sistema   dentro  del  cual  se  le  da  cabida-   que   de  ellas  se  prediquen  similares  condiciones  fácticas  y  procesales,  exigencia  ésta  que  se materializa al comparar la esencia de los  dos  institutos  tanto  en sus fines como en su trámite, sus consecuencias, sus  condicionamientos, etc.   

Los anteriores presupuestos se cumplen cuando  se  comparan  las  dos  figuras,  por  cuanto  la sentencia anticipada se ofrece  esencialmente  igual  al  allanamiento  a  los cargos, no sólo porque ambos son  especies  de  derecho  premial,  sino también porque persiguen idénticos fines  como  la  economía  procesal,  la  realización  de  la  justicia  material, el  efectivo castigo al delincuente y la descongestión judicial.   

Así  las  cosas,  resulta  procedente  la  aplicación  del  artículo  351 de la Ley 906 de 2004, toda vez que se trata de  una  ley  procesal  de  efectos  sustanciales,  cuyo reconocimiento resulta más  favorable  a  los  intereses  del  procesado,  habida  cuenta que posibilita una  rebaja de pena hasta de la mitad.   

Sin  embargo,  para  efecto  de establecer el  porcentaje  de  la rebaja, corresponde analizar las circunstancias en las cuales  se  produjo  la  aceptación  de los cargos.  En ese orden la Sala no puede  desconocer  que  el  procesado  aceptó su responsabilidad penal antes de cobrar  firmeza  el  auto  de  cierre de la investigación, esto es, cuando ya se había  recaudado la prueba necesaria para calificar su mérito.   

Agréguese que en el trámite de la actuación  el  denunciante  dio  cuenta  de las actividades ejercidas por el procesado: por  una  parte,  refirió que lo intimidó antes de rendir su testimonio, razón por  la   cual  inicialmente  guardó  silencio;  y  por  otra,  adujo  que  le  hizo  ofrecimientos    de    diversa    índole    para   hacerlo   desistir   de   su  acusación.   

Estos motivos son suficientes para no conceder  el  máximo  de  reducción  permitido  por  la ley, sino un cuarenta por ciento  (40%),  en la medida en que si bien la Corte valora la aceptación de los cargos  como  medio  para  dar  por  terminado  de  manera  anticipada  el  proceso, tal  contribución   surgió   con   posterioridad   a   las  situaciones  descritas.   

De esta forma, efectuadas las correspondientes  operaciones  aritméticas  se  tiene  que  la  pena  de prisión a imponer es de  sesenta   y   cuatro   (64)   meses   y   veinticuatro   (24)  días27 -cinco    (5)   años,   cuatro   (4)   meses   veinticuatro   (24)  días;   la   multa   se   fija   en  $20’817.60028,  y  la inhabilitación para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas es de cincuenta y dos (52) meses  y        veinticuatro        (24)        días29         -cuatro   (4)   años   cuatro   (4)   meses  y  veinticuatro  (24)  días-.   

2-   Determinación   de   los   perjuicios  causados.   

El  artículo  56  de  la  Ley  600  de 2000  prescribe  que  en todo proceso penal en que se haya demostrado la existencia de  perjuicios  provenientes  de  la conducta investigada, el funcionario condenará  al responsable al pago de los daños ocasionados con el delito.   

   

En  el caso en estudio la víctima manifestó  que  desde  su  ingreso  a  la UTL de la Cámara de Representantes, RUBÉN  DARÍO  SALAZAR  OROZCO   le  exigió  parte  su  salario,  así“ el primer mes me  quitó  quinientos  que  fue febrero, después ya en marzo fueron cuatrocientos,  el   siguiente   mes   quinientos  y  así  sucesivamente  lo  mismo30”.   

Este testimonio y la aceptación de los cargos  por  parte  del procesado demuestran que el denunciante fue injustamente privado  de  una  parte  importante  de sus ingresos laborales por causa de las presiones  ejercidas por el procesado.   

Luego,  puede  colegirse  sin  esfuerzo,  de  acuerdo  con  los  datos  atrás  relacionados,  que Jhon Jairo Sánchez Garzón  entregó  en  promedio  la  suma  de $450.000 durante  un lapso de 10 meses  comprendidos  entre febrero y noviembre de 2007, pues en relación con el mes de  diciembre, afirmó que no había efectuado entrega alguna.   

Realizada  las  operaciones aritméticas, esa  suma      equivale      a      $4’500.000,  que en el salario mínimo legal mensual vigente en el año  2007-  $433.700- es igual a  10.37 salarios mínimos.   

Por  tal motivo, se condenará a RUBÉN  DARÍO  SALAZAR  OROZCO  a pagar a  Jhon  Jairo  Sánchez  Garzón  por  concepto  de perjuicios materiales, la suma  correspondiente  a 10.37 salarios mínimos legales mensuales vigentes a la fecha  de su cancelación.   

Ahora, a tenor de los artículos 94 y 96 de la  Ley  599  de  2000,  la  conducta  punible  también  origina  en el responsable  penalmente,  el  deber  de  reparar  los  daños morales causados a la víctima,  debiendo  el  juez  señalar  el  monto  del  mismo en salarios mínimos legales  mensuales.   

En  este  sentido, los daños causados a Jhon  Jairo  Sánchez  se  reflejan  en  el  temor  y  la  aflicción  causados por la  reclamación  injusta  demostrada,  lo mismo que en la constante zozobra surgida  del  riesgo  a  perder  su  empleo  cuya  preservación estaba condicionada a la  arbitraria exigencia económica.   

En  efecto  el  constreñimiento  produjo  un  estado  anímico  en  la  víctima que perduró al punto de impulsarla a cumplir  con  la  ilegal  exigencia  por  casi un año, de manera que no cabe duda que el  estado  creado  por el concusionario se prolongó en el tiempo, hasta el momento  en que se produjo la desvinculación.   

Estos supuestos permiten asumir a la Sala como  retribución  justa,  una  imposición  adicional de cinco (5) salarios mínimos  legales vigentes a la fecha de su pago, a favor del ofendido.   

   

Las anteriores cantidades debe consignarlas el  procesado  en  un  título de depósito judicial a órdenes de la Secretaría de  la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia.   

3- De los mecanismos sustitutivos de la pena  privativa de la libertad.   

En    cuanto    a    la   suspensión  condicional  de  la ejecución de la pena.           Dado que la  pena   principal   impuesta   supera  los  tres  (3)  años  de  prisión,  el  sentenciado    no   tiene   derecho   a     ella,     circunstancia    que  hace  innecesario  analizar  el  aspecto  subjetivo  (art. 63 L. 599/00).   

En torno a la procedencia del sustituto de  la  prisión domiciliaria, de conformidad con el artículo 38 del Código Penal,  ésta  se  otorga cuando concurren los siguientes presupuestos: que la sentencia  se   imponga   por  delitos  cuya  pena  mínima  prevista  en  la  ley  sea  de  cinco   (5)  años  de  prisión   o   menos  y,  siempre  que  el   desempeño   personal,   laboral,   familiar   o  social  del  sentenciado,  permita el pronóstico serio, fundado y motivado, en el sentido de  ausencia  de  peligro  para  la  comunidad  y de garantía de cumplimiento de la  pena.   

En    el   presente   caso,  por el factor objetivo no hay lugar  a   sustituir  la  prisión  intramural  por  domiciliaria,  habida  cuenta  que  el  delito  de             concusión         tiene   una   pena   de  ocho    (8)   años   de   prisión,  razón     por     la     cual     resulta      estéril      realizar  algún análisis en torno  a  la  petición  elevada  por  la defensa en el sentido de conceder la prisión  domiciliaria a su prohijado.   

En  mérito  de  lo  expuesto, la  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

1.   Declarar   penalmente   responsable  a  RUBÉN DARÍO SALAZAR OROZCO  como  autor  de la conducta de concusión descrita en el artículo 404 de la Ley  599  de  2000 modificado por el artículo 14 de la Ley 890 de 2004, vigente para  el  momento de los hechos y realizada cuando se desempeñó como Representante a  la  Cámara,  en  las  circunstancias de tiempo, modo y lugar precisadas en esta  decisión.   

2-    Condenar  a  RUBÉN  DARÍO  SALAZAR  OROZCO,  en  consecuencia,  a las penas principales de  prisión  de  sesenta  y  cuatro  (64) meses y veinticuatro (24) días; multa de  $20’817.600,     e  inhabilitación   para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  de  cincuenta y dos (52) meses y veinticuatro (24) días.   

3- Condenar a RUBÉN  DARÍO  SALAZAR  OROZCO  a  pagar  a  Jhon Jairo   Sánchez  Garzón,  por  concepto  de  indemnización de perjuicios materiales y  morales  unas sumas equivalentes a 10.37 y 5 salarios mínimos legales mensuales  vigentes  a  la fecha de su pago, respectivamente, cantidades que debe consignar  en  título  de depósito judicial a órdenes de la Secretaría de la Sala Penal  de la Corte Suprema de Justicia.   

4-   Declarar  que  RUBÉN  DARÍO SALAZAR  OROZCO  no  se   hace acreedor al sustituto de la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena  ni  al  de  prisión  domiciliaria,  pero  sí  a  que  se  le tenga como parte de la pena cumplida el  tiempo   que  ha  permanecido  en  detención  intramural  por  razón  de  este  proceso.   

En    consecuencia,    se   ORDENA  que  cumpla  la  pena   impuesta  en  el  lugar  de  reclusión que determine el Director del INPEC.   

5.    Librar  por  la  Secretaría  de la Sala las comunicaciones de  rigor  a  las  autoridades competentes, conforme lo normado por el artículo 472  Ley 600 de 2000.   

6.  Comunicar  esta  decisión  a  la  Sala  Administrativa  del  Consejo  Superior de la Judicatura, para efecto del recaudo  de la multa impuesta.   

7.  En  firme  esta providencia, remítase la actuación al Juzgado de  Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad  que corresponda, para lo de su  cargo.   

Contra   este   fallo  no  procede  recurso  alguno   

Cópiese, notifíquese y cúmplase.  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JOSÉ       LEONIDAS      BUSTOS  MARTÍNEZ         SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

                                                                                        Salvamento  parcial de voto   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO        MARÍA  DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ   DE   LEMOS        

                                                                                Salvamento parcial de voto   

AUGUSTO       J.       IBAÑEZ  GUZMÁN                   JORGE     LUIS    QUINTERO    MILANES                   

                                                                                        Salvamento parcial de voto   

YESID RAMÍREZ  BASTIDAS                          JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

        Salvamento           parcial          de          voto                     

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

SALVAMENTO  PARCIAL  DE  VOTO  

Con  el  respeto  que  siempre  he  profesado  por  las  decisiones  de la Sala, estimo necesario salvar parcialmente mi voto respecto de  lo  decidido  en  el  presente  asunto,  comoquiera que sigo convencido, como se  analizó  en  muchas decisiones anteriores en las cuales la tesis primó, que no  es  posible  aplicar  por  favorabilidad el porcentaje de atemperación punitiva  que  para  el  allanamiento  a cargos consagra el artículo 351 de la Ley 906 de  2004,  a  hechos  tramitados dentro de los presupuestos procesales de la Ley 600  de 2000.   

Para  mejor  comprensión  de  las  razones que facultan  persistir  en  los  motivos  que  de  antaño  justificaron  decidir  de  manera  contraria  a como se hace hoy, estimo necesario abordar en esta aclaración tres  puntos concretos:   

Naturaleza  y efectos de los principios de favorabilidad  e igualdad.   

Disimilitud   entre  los  institutos  de  la  sentencia  anticipada  (artículo  40  de  la Ley 600 de 2000) y los acuerdos y preacuerdos  que   contempla   el   Capítulo  único  del  Título  ll  de  la  Ley  906  de  2004.   

Vulneración  del  principio de igualdad a través de la  aplicación,   por   favorabilidad   del   artículo   351  de  la  Ley  906  de  2004.   

1.  En  aclaración  de  voto anterior, cuando apenas se  comenzaba  a discernir sobre la aplicación de la nueva sistemática acusatoria,  estimé  pertinente  glosar  la afirmación de la Sala mayoritaria referida a la  posibilidad  de  aplicar  algunas  normas  de  la  Ley  906  de  2004  a asuntos  tramitados  en  seguimiento  de  lo  dispuesto  por  la  Ley  600  de  2000,  en  aplicación  del  principio de favorabilidad, de la siguiente manera31:   

“1.2.  El  principio  de  favorabilidad y sus alcances  constitucionales.   

La favorabilidad es un principio rector del  derecho  punitivo  que aparece consagrado en el artículo 29 de la Constitución  Nacional   como   parte   esencial   del   debido  proceso,  en  los  siguientes  términos:   

‘Nadie podrá  ser  juzgado  sino conforme a leyes preexistentes al acto que se le imputa, ante  juez  o  tribunal  competente  y  con  observancia  de la plenitud de las formas  propias de cada juicio.   

En  materia  penal,  la  ley  permisiva  o  favorable,  aún  cuando  sea  posterior,  se  aplicará  de  preferencia  a  la  restrictiva     o     desfavorable’.   

Corresponde por tanto, por su pertinencia,  establecer   cuáles  son  los  alcances  que  la  Constitución  le  asigna  al  mismo.   

Pero  antes, es necesario aclarar que aunque el concepto  ‘derecho  penal’,  en  sentido  amplio,  es  comprensivo del sistema penal y, por tanto, abarca al derecho penal  sustantivo  o  material,  al  derecho  penal  procesal  y  al  derecho  penal de  ejecución,   sin   embargo,  de  ello  no  puede  seguirse  que  el  legislador  constituyente   hubiera  querido  cobijar  bajo  el  alcance  del  principio  de  favorabilidad  a  todas  las  normas  del sistema penal; empero, tampoco de ello  puede  concluirse  en  el  sentido  de  que el principio sólo alcanzaría a los  preceptos  contenidos  en  el  derecho  penal  material  (Código  Penal y leyes  penales especiales), por lo que conviene precisar lo siguiente:   

El  principio  nace  de  la  idea  de  que ley penal expresa la política de defensa social que  adopta  el  Estado  en  un determinado momento histórico, en su lucha contra la  delincuencia.   

Que  toda  modificación  de  las  normas  penales  expresa  un  cambio  en  la  valoración  ético-social  de la conducta  delictiva,  en  el  cómo  y  en  la  forma  en  que ha de ejecutarse la acción  represora  del  Estado  frente  a  la  realización del hecho delictivo y en las  reglas  de  ejecución  de  la  consecuencia  jurídica  del delito, esto es, la  sanción penal.   

Consiguientemente,   como   lo  ha  admitido  pacíficamente  doctrina  y  jurisprudencia  nacional, la aplicación del principio de favorabilidad no puede  estar  limitado sólo a supuestos en los que la nueva norma penal descriminaliza  la  conducta típica o disminuye el quantum de su pena, sino también, cuando la  nueva   ley  (ley  penal  material,  procesal  o  de  ejecución)  beneficie  al  procesado,  en  el  ámbito  de su esfera de libertad; siendo comprensiva de tal  ámbito,  entre  otras,  las  medidas cautelares personales y los parámetros de  prescripción de la acción penal.   

        Por   lo  tanto,  el  baremo  o  medida  de  valoración  para  la  determinación  de la aplicación retroactiva de la ley penal favorable no está  en  que el precepto invocado forme parte del derecho penal material, sino en que  el  mismo  afecte  esferas  de  libertad  del individuo, por lo que es frecuente  encontrar  en  los  códigos  de  procedimiento  penal  normas  de  indiscutible  naturaleza sustantiva.   

Del  análisis  que precede se extraen las  siguientes conclusiones:   

La prohibición de aplicación retroactiva  de  la  ley  penal  se  extiende  a  las  normas  de contenido sustantivo que se  encuentren    en    leyes    tanto    materiales    como    procesales    y   de  ejecución.   

Una  norma  tendrá  carácter sustantivo,  cuando  afecte  las esferas de libertad del imputado o condenado, entendiéndose  a  la  libertad  aquí  aludida, como la facultad de autodeterminarse que tienen  los  hombres,  sin  sujeción a una fuerza o coacción proveniente del exterior,  en  este caso, del sistema penal. Conforme a ello, aquellas normas contenidas en  leyes  penales  que  afecten, restrinjan o limiten los derechos fundamentales de  las personas, tendrán carácter sustantivo.   

Ahora bien, los principios de favorabilidad  y  retroactividad  benigna  de  las normas penales y en particular de las penas,  han  sido  positivizados como expresión de la tutela de los derechos básicos y  fundamentales  de  las  personas en los Estados que se reclaman democráticos de  derecho,   por   lo  que  además   hallan  sustento  en  algunos  tratados  internacionales de protección a los derechos humanos, así:   

El Pacto Internacional de Derechos Civiles y  Políticos,  cuyo  artículo  15.1  en  su  parte  final  indica  que  si la ley  posterior  dispone  una  pena  mas  leve,  el  penado  será beneficiado con los  alcances de  dicha norma.   

El  Pacto  de San José de Costa Rica, cuyo  artículo  9º  en  su  última parte expresamente declara que debe aplicarse la  pena más leve si la nueva ley así lo dispone.   

Y siendo que de acuerdo con el artículo 93  de  la  Carta Política, los tratados y convenios internacionales sobre derechos  humanos,   prevalecen   en  el  orden  interno,  es  decir,  que  se  encuentran  incorporados  a  nuestra  legislación  a  través  de  la  teoría francesa del  “bloque  de constitucionalidad”, es claro que tanto la Convención Americana  sobre  Derechos  Humanos  o  Pacto  de  San  José  de  Costa Rica como el Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos32,  imponen como obligación  el  respeto  del  principio  de favorabilidad en la aplicación de la ley penal.   

(….)  

1.3.  Materialización  del  principio de igualdad en la  aplicación de la ley penal favorable.   

La  igualdad  se  halla  instalada  en  el  ordenamiento  jurídico  supremo  como  principio  y  regla  y  a  partir de tal  recepción configura un derecho y una garantía.   

En  su  condición  de principio irradia al  resto  del  ordenamiento,  constituye  una  guía  de  apreciación  y, al mismo  tiempo,  se  define  como  un  mandato  de  optimización.  Mandato  que  no  es  disponible  para  los  poderes  constituidos,  y  que  por  tanto  conforma  una  directriz fuerte en la aplicación de la Ley a un caso concreto.   

El  principio de igualdad constitucional se  integra  con el concepto de ser mirado como igual y con el de igual tratamiento.  En  su  condición  de  derecho  habilita a los individuos dentro del sistema la  facultad  de  formular  oposición  frente a normas o actos violatorios de aquel  principio  en  términos  generales  o  francamente  discriminatorios  desde  lo  específico,  estatus negativo, o de exigir algún comportamiento determinado de  los poderes públicos, estatus positivo.   

Y,   finalmente,   en  su  condición  de  garantía,  aunque  sustantiva  y  no meramente procesal, en tanto constituye un  presupuesto   para  la  efectividad  de  las  diversas  libertades  o  derechos.   

Por  lo tanto, la igualdad como principio y  garantía  tiende a condicionar a los poderes públicos en cuanto al grado de su  consideración  a  la  hora de reglar, omitir o actuar. La igualdad como derecho  interrelaciona  con el resto de los derechos fundamentales, es presupuesto de su  ejercicio  y  está  alcanzado por el principio constitucional que establece que  no hay derechos en su ejercicio absoluto.   

En   el  campo  específico  del  derecho  procesal,  la  jurisprudencia  constitucional tiene establecido que ‘El  someter  las  controversias  a  procedimientos  preestablecidos  e  iguales  no  sólo  garantiza  el derecho de  defensa:  realiza,  en  primer  lugar y principalmente, el principio de igualdad  ante  la  ley,  en  el  campo  de  la  administración  de  justicia.  Y asegura  eficazmente   la  imparcialidad  de  los  encargados  de  administrar  justicia,  mediante        la        neutralidad        del       procedimiento’.33   

Pero  el  texto  de  la  ley no es, por sí  mismo,  susceptible  de  aplicarse  mecánicamente  a  todos  los  casos, y ello  justifica  la  necesidad de que el juez lo interprete y aplique, integrándolo y  dándole  coherencia,  de  tal  forma  que  se  pueda realizar la igualdad en su  sentido constitucional más completo.   

A este respecto, la Corte Constitucional ha  resaltado  que  el  contenido  del  derecho  de  acceso  a la administración de  justicia    implica    también    el   derecho   a   recibir   un   tratamiento  igualitario.   

Dijo:  

‘El artículo  229  de  la  Carta  debe ser concordado con el artículo 13 ídem, de tal manera  que      el     derecho     a     ‘acceder’  igualitariamente  ante  los  jueces implica no sólo la idéntica oportunidad de  ingresar  a  los  estrados judiciales sino también el idéntico tratamiento que  tiene  derecho  a  recibirse  por  parte de jueces y tribunales ante situaciones  similares.  Ya no basta que las personas gocen de iguales derechos en las normas  positivas  ni  que sean juzgadas por los mismos órganos. Ahora se exige además  que   en   la  aplicación  de  la  ley  las  personas  reciban  un  tratamiento  igualitario.  La  igualdad  en la aplicación de la ley impone pues que un mismo  órgano  no  pueda  modificar  arbitrariamente  el  sentido de sus decisiones en  casos        sustancialmente       iguales”34.   

         Finalmente,  no  puede  desconocerse  que la aplicación de la ley  penal  favorable  materializa  el  principio de igualdad en la aplicación de la  ley,  en  la  medida  en que es posible que a situaciones fácticas similares se  les  de  tratamientos  normativos  diferentes  en  el  transcurso del tiempo por  fuerza  de  la  cambiante  política  criminal  del  Estado,  los  cuales pueden  resultar  más  o  menos  gravosos  para sus destinatarios, quienes estarían en  ciernes  de  invocar  a  su  favor aquellos preceptos creados en otros contextos  para   regular  de  manera  benévola  situaciones  semejantes,  a  fin  de  ser  receptores  de  igual  merced.  Véase cómo en tales eventos el trato favorable  realiza     el     concepto    de    igualdad    en    los    términos    aquí  analizados.”   

No se discute ya que, precisamente en seguimiento de las  pautas  atrás  trazadas, es posible aplicar por favorabilidad algunas normas de  la  Ley 906 de 2004 a procesos adelantados en seguimiento de lo dispuesto por la  Ley 600 de 2000.   

No   es   ello   algo  que  hoy  pueda  ser  objeto  de  discusión.    Sin   embargo,   en   tratándose   de   dos   sistemáticas  completamente  diferentes,  comoquiera  que la Ley 906 de 2004 busca implementar  en  el  país  el  modelo  acusatorio,  en  contraposición  a  los dispositivos  anteriores,  de corte inquisitivo o mixto, esa aplicación favorable sólo opera  respecto  de  institutos  similares,  de manera que aquellos propios del tipo de  procedimiento  novedoso,  resultan  de  imposible  entronización en el régimen  anterior.   

Y  ello  es  lo que sucede con esa forma de terminación  anticipada  que  con  el  rótulo  de allanamiento a cargos regula la Ley 906 de  2004,  pues,  como  se  había sostenido invariablemente por la Sala mayoritaria  hasta  ahora,  sin  que  existan  nuevos  desarrollos  legislativos o argumentos  distintos  a  los  que  para  esa  época soportaban la posición disidente, que  obliguen  cambiar  lo  dicho,  no se trata de un mecanismo independiente que por  sí   mismo   se   entienda   compartir  las  aristas  básicas  o  presupuestos  fundamentales  de  la  sentencia anticipada regulada en la Ley 600 de 2000, a la  manera   de   entender   ambas   figuras   hermanadas   en   su   naturaleza   y  efectos.   

Se   dijo  antes,  y  ahora  debo  reiterarlo,  que  el  allanamiento  a cargos no opera en calidad de figura aislada o refractaria a las  características  específicas  del  sistema  acusatorio,  sino  como  instituto  connatural  al  mismo  y,  en  especial,  a  esa forma de justicia consensuada o  premial  que se busca hacer valer, en el entendido, desde luego eficientista, de  que  por  su  naturaleza  resulta imposible tabular a través del juicio oral un  porcentaje muy alto de procesos.   

Por  ello  precisamente  la  Ley  906  de  2004 consagra  institutos   claramente   dirigidos  a  buscar  esa  terminación  anticipada  o  extraordinaria  de las investigaciones penales, dentro de los cuales destacan el  principio  de oportunidad y lo que en el Título ll se reseña bajo el epígrafe  de   “PREACUERDOS   Y  NEGOCIACIONES  ENTRE  LA  FISCALÍA  Y  EL  IMPUTADO  O  ACUSADO”.   

Bajo  ese rótulo genérico del Título segundo en cita,  cabe  relevar,  se  insertan tanto las negociaciones propiamente dichas, como el  allanamiento  a  cargos,  no  sólo  porque la simple revisión exegética de la  normatividad  así  lo  informa,  sino  en atención a que no se entienden ambas  como   figuras   disonantes   o  siquiera  alternativas,  sino  propias  de  esa  teleología premial arriba destacada.   

No en vano el inciso primero del artículo 351 de la Ley  906  de  2004  expresamente  se  refiere  al allanamiento a cargos operado en la  audiencia  de  formulación  de  imputación, para significar que en ese momento  procesal  puede  aspirar la persona a una rebaja de “hasta la mitad de la pena  imponible”,  para,  a renglón seguido, determinar como el consecuente escrito  de  acusación  que por congruencia servirá de base a la necesaria sentencia de  condena,  ha de consignar el acuerdo, no otro distinto, debe señalarse, a aquel  en     el     cual     se     definió    entre    las    partes    –fiscalía y defensa-, cuál, dentro  del  ámbito  de  atemperación  regulado  por  la  norma,  será  el porcentaje  concreto a aplicar a favor del procesado.   

Ahora  bien,  en  la  decisión  de  la cual discrepo se  pretende   controvertir   el   argumento   exegético,  significándose  que  el  allanamiento  a  cargos  se  encuentra  regulado dentro de la Ley 906 de 2004 en  capítulo  distinto  o  independiente  al  único  del  Titulo ll, en el cual se  detalla  lo  concerniente  al campo de preacuerdos y negociaciones, agregándose  que  lo  contemplado  en el inciso primero del artículo 351 se establece apenas  para “trazar” los efectos de ese allanamiento.   

No  parece  que  sea  así, pues, en primer lugar, si el  tema  apenas  remitiese  a  un  aspecto  instrumental, nada obsta para que allí  mismo,  cuando  se  regula  la  audiencia  de  formulación  de imputación y su  trámite,  se dejara sentado ese porcentaje de reducción, en lugar de deferirlo  a  un  Título  y  Capítulo  que contempla un aspecto eminentemente sustancial,  propio,  como  se  viene anotando, de la teleología consignada en la Ley 906 de  2004.   

La  evaluación,  entonces, es la contraria, si se trata  de  respetar  los  valores  y  diferencias  entre lo sustancial y lo simplemente  procedimental consagrado por la nueva normatividad.   

Vale  decir,  si  el allanamiento a cargos se relacionó  expresamente   en  el  Título  referido  al  instituto  de  los  preacuerdos  y  negociaciones,  no apenas para “trazar” el porcentaje de reducción de pena,  sino  entendiéndolo  mecanismo  propio  de  la  justicia  premial y consensuada  desarrollada   en   su  único  capítulo,  lo  lógico  es  comprender  que  la  reiteración  accesoria  instituida en otros capítulos, busca apenas establecer  procedimentalmente  la  forma  (momento  y modalidad) como ese mecanismo se hace  efectivo  en el estado procesal en el cual se hace la manifestación de voluntad  del procesado.   

Es  que  ese  allanamiento  a  cargos no tiene apenas un  momento   procesal   de   materialización:  la  audiencia  de  formulación  de  imputación  -quizás  porque  se tuvo en mente la aplicación por favorabilidad  del  máximo  del  50%  permitido para esta forma extraordinaria de terminación  del  proceso-,  obrando  también  posible  que  ello  suceda  en  la  audiencia  preparatoria  (artículo 356, numeral 5°), permitiendo la reducción de pena de  “hasta  en  la  tercera parte”, y al comienzo de la audiencia de juicio oral  (artículo  367),  aquí  con  una sola opción de atemperación punitiva de una  sexta parte.   

Esa  auscultación  normativa permite apreciar que no se  trata  de  que  el  legislador  buscase  ubicar  el  allanamiento a cargos en un  apartado  diferente  del  Título  destinado  a los preacuerdos y negociaciones,  sino  apenas  de  establecer  cómo  opera procesalmente la figura dentro de los  tres estadios o momentos que la permiten.   

No   es   posible,   tampoco,   examinar   aislada   y  descontextualizadamente  el  allanamiento a cargos, como si se tratase apenas de  una  reiteración  de  lo  que  bajo  la  denominación  de sentencia anticipada  consagraba  el  artículo  40  de  la Ley 600 de 2000, dado que además de hacer  parte  de  esa  teleología propia del sistema acusatorio, encaminada a facultar  soluciones  anticipadas  del  conflicto,  irradia  los motivos que impelieron la  expedición  de  la  Ley  890 de 2004, en el entendido que las generosas rebajas  establecidas  en  la  novísima  sistemática,  obligaban,  para hacer valer los  principios  de  legalidad  de  la pena y retribución justa inserta en la misma,  incrementar  los  montos  sancionatorios  definidos  para  la generalidad de los  delitos en el Código Penal vigente (Ley 599 de 2000).   

Entonces,  para  equilibrar los conceptos en pugna, como  fiel  de  la  balanza, a la par con el alto porcentaje de reducción producto de  los  acuerdos, sea por la vía de la negociación o de la aceptación de cargos,  se  estableció  el  incremento  generalizado de penas, en una proporción de la  tercera  parte  para  su mínimo y la mitad del máximo (artículo 14 Ley 890 de  2004).   

Por  manera  que,  inescindiblemente, cuando se trata de  aplicar  la  atemperación  punitiva  posibilitada  de entregar por ocasión del  allanamiento  a  cargos ocurrido en la audiencia de formulación de imputación,  para  hacerlo  valer  en  la tramitación seguida dentro de los derroteros de la  Ley  600  de  2000, ello se encuentra atado a la pena legal establecida respecto  del  delito,  que  no  es  otra  diferente  a la consignada en el Código Penal,  incluido  el  incremento  ordenado  por  el  artículo 14 de la ley 890 de 2004,  pues,  sólo  así  se  respeta  la  filosofía  del  mecanismo,  junto  con los  principios  de  legalidad de la pena, retribución justa e igualdad, aunque este  último   aspecto   lo   abordaré   en  líneas  posteriores,  de  manera  más  detenida.   

Desde   otra  perspectiva  argumental,  aunque  parezca  simplemente  instrumental,  no puede soslayarse cómo respecto de las figuras en  contrastación  (sentencia  anticipada  y  allanamiento  a  cargos),  existe una  postulación  diferente  en  la  forma  de aplicar la reducción punitiva, pues,  mientras  en  el  primer  caso  esa  atemperación  opera  automática,  con  un  porcentaje  fijo  de la tercera parte, el segundo establece una progresión (que  ya  la Corte significó comienza en una tercera parte y un día, y culmina en el  cincuenta por ciento).   

De  ello se sigue que no necesariamente la proporción a  reducir  es  la  máxima  establecida en el artículo 351 de la Ley 906 de 2004,  corriendo     de     cargo     del     funcionario     judicial     –o  de  las  partes  a  través  del  acuerdo  que  regula  el artículo en cita- señalar cuál en concreto será esa  atemperación.   

Ello  no ocurre con la sentencia anticipada que estatuye  el  artículo  40  de  la  Ley  600  de  2000,  en  la cual ningún arbitrio del  funcionario  judicial  o  negociación entre las partes faculta hacer reducción  diferente a la única que permite la ley.   

De  allí  que  ninguna  similitud  consustancial  pueda  pregonarse  de  institutos  disímiles en su naturaleza, objeto, consecuencias y  forma de aplicarlas.   

Porque, si se trata de que, en seguimiento del principio  de   favorabilidad,  se aplique a casos rituados por la Ley 600 de 2000, la  forma  de  atenuación punitiva establecida en el artículo 351 de la Ley 906 de  2004,  ya  de  entrada se está exigiendo del funcionario judicial un arbitrio o  injerencia  que  de  ninguna  manera  permite  la  primera de las normatividades  citadas   y  que,  además,  implica  hacer  apreciaciones,  ora  objetivas,  ya  subjetivas, que por ninguna parte consagra esa tramitación penal.   

Y,   basta   apreciar   la   forma   en  que  la  Corte  Constitucional   trata   de  solucionar  el  problema,  ofreciendo  al  Juez  de  Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad  alternativas  que  le permitan  determinar  el  porcentaje a reducir en el caso concreto, para advertir cómo el  asunto     comporta    bastantes    dificultades35,   que   radican,   debe  repetirse,  en  la  diversa  naturaleza  y  efectos de las figuras que pretenden  homogeneizarse.   

Ahora,  han tratado la que hasta hace poco era posición  minoritaria  de  la  Sala  de  significar  similar  la  figura  de  la sentencia  anticipada,  con  el  mecanismo  de  allanamiento  a  cargos,  a  partir  de  la  elaboración  más  o  menos detallada de un listado de factores comunes a ambos  institutos.   

Empero,  pienso  que  no  es  esa  una adecuada forma de  abordar  el  punto,  simplemente  porque  siempre habrá posibilidad, no importa  cuán  disímiles  sean las figuras en confrontación, de hallar muchos factores  comunes,    sin    que    ello,    desde   luego,   signifique   igualación   o  similitud.   

Lo   importante   no   es,   al   respecto,   cuántas  circunstancias  afines  se  hallen,  sino  definir  en concreto una naturaleza y  efectos    que    por    su    trascendencia    delimiten    equiparables    los  institutos.   

Asunto  que,  estimo,  dista  mucho de ocurrir en lo que  respecta  al  parangón  intentado  realizar  entre  la  figura consagrada en el  artículo  40  de  la Ley 600 de 2000 y el mecanismo establecido en el artículo  351  de  la  Ley  906  de  2004,  dado  que  si  bien  comportan  muchas o pocas  características  comunes,  es  lo  cierto  que  ellas  son  insuficientes  para  desvirtuar  un  hecho cierto, referido a que se insertan dentro de sistemáticas  diferentes,  verifican  una  teleología  también  distinta  y producen efectos  prácticos incompatibles.   

Al  efecto,  apenas  para  referir  a título de ejemplo  cómo  asoman  deleznables  algunos  de  los  factores  comunes  destacados para  concluir  en  la simbiosis supuestamente existente entre la sentencia anticipada  y  el  allanamiento  a  cargos,  resulta cuando menos controversial sostener que  ambos  institutos  se  hermanan  porque  en  la  sentencia  anticipada  antes de  aceptarse  esa  postulación del procesado, éste ya ha tenido la oportunidad de  haber  sido oído dentro del proceso, en diligencia de indagatoria, y de ejercer  los  derechos  de  defensa  y de contradicción, algo que supuestamente también  ocurre  con  el  allanamiento  a  cargos,  dado  que  ya  existe formulación de  imputación.   

Una tal afirmación olvida que en su naturaleza ese acto  de  formulación  de  imputación es de comunicación por parte de la fiscalía,  pero,  en  estricto  sentido, no implica que el imputado haya sido oído (por la  razón  obvia  de  que  no  existe  indagatoria),  ni  que  se  ejerza  amplia y  materialmente  el  derecho  de  contradicción, porque allí, entre otras cosas,  como  lo  han  sostenido de consuno la Corte Constitucional y esta Corporación,  no   existe   obligación   para  la  fiscalía  de  que  haga  algún  tipo  de  descubrimiento probatorio.   

Así,  no  puede ser lo mismo, por mucho que se pretenda  ejercitar  la dialéctica, que el procesado, en la sistemática de la ley 600 de  2000,  pueda  conocer  todas  las  pruebas  (plenamente  vigente el principio de  permanencia  de  las  mismas)  y  además  exponga  su  particular visión de lo  ocurrido,  remitida  a  contradecir  esas  pruebas,  a  que,  cual  ocurre en la  sistemática  de  la  Ley  906 de 2004, se le cite a una audiencia en la que, en  términos  estrictos,  el  fiscal simplemente le comunica cuáles son los hechos  por  los  que  se le investiga y su significación jurídica, sin posibilidad de  pronunciarse  respecto  de  ellos  en  aras  de pregonar inocencia o ausencia de  participación  (para ejercer la inexistente defensa que pregona la sentencia de  tutela),  ni  mucho  menos ejercer el derecho de contradicción respecto de unos  elementos  materiales  probatorios, evidencia física o informes que no conoce o  puede exigir conocer.   

Algo  similar  ocurre con la manifestación efectuada en  la  sentencia  de  revisión  de  tutela, atinente a que la sentencia anticipada  comporta  la  confesión  simple  del  procesado,  y  otro tanto debe entenderse  ocurre con el allanamiento a cargos.   

Para   quienes   conocen   la  naturaleza  del  sistema  acusatorio  consagrado  en  la  Ley 906 de 2004, no puede significar más que un  despropósito  la  afirmación  de  que  el  allanamiento  a  cargos  traduce la  confesión  simple  del procesado, por la potísima razón que esta normatividad  no  consagra como prueba, o siquiera evidencia, esa manifestación unilateral de  responsabilidad penal.   

Se   busca,   sí,  superar  esa  evidente  dificultad,  señalándose   que   “se   trata   de  una  idea  de  confesión  en  sentido  natural”.   

¿Qué  es  una confesión, si nos hallamos dentro de un  procedimiento  penal,  en  “sentido  natural”?, vaya uno a saber, pero asoma  claro  que  si  esa  confesión  no tiene efectos jurídicos o procesales, pues,  sencillamente,  de nada sirve para fundamentar la posición encaminada a definir  equiparables  los institutos de la sentencia anticipada y allanamiento a cargos,  bajo  el  argumento de que ambos comportan una confesión que, finalmente, asoma  completamente disímil en su naturaleza y efectos.   

Por  último,  en  lo  que  a la crítica del método de  equiparación  compete,  no  puede  ser  argumento  válido para parangonar como  similares  ambos institutos de terminación anticipada del proceso, acudir a los  principios  que  informan  el  proceso  penal  en  general (lealtad, publicidad,  eficiencia,  presunción  de inocencia), comoquiera que ellos, por su naturaleza  general,  permean todas cuantas instituciones consagran ambos sistemas (dado que  son  soporte   de  los  dos)  y,  en  consecuencia,  una inferencia lógica  obtenible  a  partir  de allí perfectamente llevaría a conclusiones tales como  que  el  principio  de oportunidad es similar a la sentencia anticipada, y todas  las demás que quieran hacerse.   

En  suma, no se ha ofrecido un argumento contundente que  signifique  efectivamente similares o asimilables los institutos de la sentencia  anticipada,  disciplinado  en  el  artículo  40  de  la  Ley  600 de 2000, y el  allanamiento  a  cargos  que consagra la Ley 906 de 2004. Y, en contrario, sigue  siendo  válido  sostener que el segundo de los mecanismos opera consustancial a  la  teleología  propia  de la sistemática acusatoria pretendida implementar en  el  país,  con  una  naturaleza, efectos y aplicación material que en mucho se  apartan de la sentencia anticipada.   

3.   Se anotó en el primero de los puntos tratados  que   el   principio   de   favorabilidad   constituye   desarrollo,   o  mejor,  efectivización  del  principio  de  igualdad,  dado  que, finalmente, lo que se  busca  con  la  aplicación ultractiva o retroactiva de la norma no vigente para  el  momento  de  los  hechos,  es  equiparar la condición del procesado a la de  aquellos otros a quienes se aplica esta en toda su extensión.   

                En  este  sentido  se sostiene que la decisión de aplicar a favor  del  procesado,  para  el caso concreto, el porcentaje de atemperación punitiva  dispuesto  en  el  artículo  351 de la Ley 906 de 2004, no obstante ocurrir los  hechos  y verificarse su tramitación en vigencia de la Ley 600 de 2000, obedece  a la necesidad de dar aplicación a ese principio de igualdad.   

                Supone  el  argumento, para trasladarlo al campo práctico, que se  advierte  en  las  personas sometidas al procedimiento establecido en la Ley 600  de  2000,  quienes, acogiéndose al instituto de la sentencia anticipada durante  el  período  de  la  instrucción, sólo recibieron un descuento punitivo de la  tercera  parte,  una  especie  de  trato desfavorable o desigual frente a lo que  sucede  con  aquellos  que  al  día  de  hoy  se allanan a cargos en sede de lo  dispuesto  por  el  artículo  351  de la Ley 906 de 2004, razón que amerita la  intervención  de  la judicatura, en seguimiento del principio de favorabilidad,  para    otorgarles    un    trato    que    equipare    esas   dos   condiciones  disímiles.   

                Sucede,  sin  embargo, como paradoja fundamental, que la decisión  de  aplicar  el principio de favorabilidad lejos de respetar o hacer material el  principio de igualdad, instituye una desigualdad odiosa.   

                Es  que,  cuando  menos  contradictorio,  debe  asumirse  que para  favorecer  a  la  persona juzgada bajo los parámetros de la Ley 600 de 2000, se  termine  inclinando  tanto  el  fiel  de  la balanza, que en lugar de igualar su  condición  a  la de los imputados sometidos al imperio de la nueva sistemática  acusatoria,  termina  ella  obteniendo beneficios mayores a los que se otorgan a  quienes  se  allanan  a  cargos  en  curso  de  la  audiencia de formulación de  imputación regulada por la Ley 906 de 2004.   

                En  efecto,  para objetivarlo con un ejemplo elemental, si para el  delito  por  el cual se juzga a la persona, se establece en el Código Penal una  pena  mínima  de  2  años, y esa persona se acoge al mecanismo de la sentencia  anticipada  establecido  en  el  artículo  40 de la Ley 600 de 2000, durante la  fase  de  investigación,  el  porcentaje  de  rebaja de pena (suponiendo que se  parta  del  mínimo  de  la  sanción)  de  la  tercera parte, implicará que la  sanción derive en 16 meses de prisión.   

                Pero,  si  se  le  aplica  por  favorabilidad  lo dispuesto por el  artículo  351  de  la  Ley 906 de 2004, en su mayor cantidad de reducción, esa  pena se ve disminuida a 12 meses de prisión.   

                Cosa  distinta ocurre con la persona juzgada bajo la férula de la  Ley  906 de 2004, pues, en el mismo ejemplo, el delito debe incrementarse en una  tercera  parte  por ocasión de lo dispuesto en el artículo 14 de la Ley 890 de  2004,  hasta  delimitar  su  mínimo  en 32 meses, los cuales, disminuidos en el  mayor   porcentaje  de  rebaja  por  allanamiento  a  cargos,  descienden  a  16  meses.   

                Evidente  surge,  entonces,  que  la  aplicación  retroactiva del  principio  de  favorabilidad  no  iguala  a  las personas sino que establece una  ventaja  caprichosa  e  incluso  ilegal  (en  términos de la pena y su función  retributiva).   

                Nótese  que, en el ejemplo propuesto, la pena a la cual accede el  procesado  que  se  acoge a sentencia anticipada en la sistemática derogada (16  meses),  resulta  igual a los 16 meses que debe purgar el imputado que recibe el  máximo  beneficio  por  allanarse  a  cargos,  por manera que, huelga anotarlo,  ningún  provecho,  en  términos  reales, puede aspirar a recibir el primero de  los  mencionados,  simplemente  porque, examinada en todo su contexto la figura,  no  resulta  más  conveniente para él acceder a lo establecido en la novísima  normatividad.   

                Es  que,  precisamente, la imposibilidad ostensible de igualar las  condiciones  de  los  procesados  en ambos sistemas obedece a que necesariamente  debe   examinarse   el   tópico   de   la   favorabilidad   desde  una  óptica  contextualizada   que  tome  en  consideración  no  sólo  la  teleología  del  instituto  de  allanamiento  a cargos establecido en la Ley 906 de 2004, sino su  inescapable vinculación con lo dispuesto por la Ley 890 de 2004.   

                En  estas  condiciones,  si de verdad se tratase de hacer valer el  principio  de  favorabilidad  desde  una  postura  que en lugar de sacrificar el  principio  de igualdad que es su norte y finalidad, lo haga válido y operativo,  indispensablemente  habría  que incrementar la pena de la forma prevista por el  artículo  14  de  la  Ley 890 de 2004, para luego hacer la reducción permitida  por  el  artículo  351  de  la  Ley  906 de 2004, en los casos en los cuales la  persona  cuyo proceso se tramitó por lo dispuesto en la Ley 600 de 2000, aspire  a que se aplique en su beneficio el principio en cuestión.   

                Pero   ello,  como  se  habrá  advertido,  no  representa  en  la  práctica   ninguna  diferencia  (en  ambos  casos,  dentro  del  ejemplo  ideal  propuesto,  la  pena  será  de  16 meses), sencillamente porque no es necesario  igualar,  a  través  del fenómeno de la favorabilidad, lo que el legislador ya  ha  igualado.   Mucho menos si bajo ese prurito se termina discriminando de  manera  odiosa a quienes vienen siendo juzgados dentro de la órbita del sistema  acusatorio.   

                De los señores Magistrados,   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

Fecha ut supra.  

    

1  Fol. 1 del c.o.   

2 Fol.  12 del c.o.   

3 Fol.  88 del c.o. 1   

4 Fol.  98 y ss del c.o. 1   

5 Fol.  211 y ss del c.o. 1   

6 Fol.  214 del c.o. 2   

7 Fol.  250 del c.o. 2.   

8 Fol.  63 y ss del c.o. 3   

9 Fol.  139 del c.o. 3   

10  Cuadernos Originales 2 y 3.   

11  Fol. 160 del c.o. 3   

12  Fol. 181 del c.o. 3   

13  Fol. 57 del c.o. 4   

14  Fol. 113 del c.o. 4   

15  Fol. 133 del c.o. 4   

16  Cfr.  Entre  otras,  radicados 15910 y 24237 del 19 de diciembre de 2001 y 26 de  enero de 2006, respectivamente.   

17  Fol. 12 del c.o.1   

18  Fol. 47 del cuaderno original 1   

19  Fol. 98 y ss del c.o. 1   

20  Quien laboraba en la UTL del Representante como Asistente V   

21  Folio 255 del cuaderno original 1   

22  Minuto   cuarenta   y   ocho    -1:48  de  la  grabación  titulada  “Dr.  González”  que  obra  a  folio  90  del  cuaderno  original y folio 244 de la  transcripción.   

23  Segundo minuto quince  -2:15- idem   

24  Fol. 288 del c.o. 3   

25  Artículo 14   

26  Cfr.  Sentencia  No.  25306  de  abril  8  de 2008 y 25304 de abril 16 del mismo  año.   

27 La  disminución  del  40% se encuentra representado en cuarenta y tres (43) meses y  seis días -3 años, 7 meses y 6 días-   

28 El  40%  del  descuento  se  concretó  en  32  salarios,  es decir, $13’878.400   

29 La  rebaja   aplicada  en  este  caso  fue  de  35  meses  y  6  días  –   2   años,   11   meses   y   6  días-   

30  Fol. 102 del c.o. 1   

31  Sentencia de segunda instancia, radicado 23567.   

32  Incorporados  a  nuestra legislación interna, por virtud de la Ley 16 de 1972 y  de la Ley 74 de 1968, respectivamente.   

33  Sentencias   de   la   Corte   Constitucional   C-409   de   1999   y  C-040  de  2002.   

34  Sentencia C-104/93, M.P. Alejandro Martínez Caballero.   

35  Sentencia T-098 de 1996, páginas 27 y 28.     

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