29055(28-07-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 29055  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado    acta    N°    206   

Bogotá     D.    C.,    veintiocho          (28) de julio  de dos mil ocho (2008).   

V   I   S   T   O  S   

La Corte decide respecto del cumplimiento de  los  presupuestos  de  logicidad  y  debida  argumentación  de  la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor de MANUEL DE LA  CRUZ CABARCAS CABARCAS.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“Dan cuenta las  foliaturas  de  los  hechos  ocurridos  el  30  de  julio de 2004, cuando varios  individuos  pertenecientes  a  las  FARC,  entre los cuales, como se estableció  posteriormente,   se   encontraba   el   aquí  encartado,  señor  MANUEL   CABARCAS   CABARCAS,   llegaron     a     la     finca    Techo    Rojo,   ubicada   en   la vereda Tabacal, jurisdicción del Municipio de Santa  Rosa  (Bol.), siendo atendidos por la señora Luisa del Valle Castillo Vargas, a  quien  le  preguntaron   sobra  la  ubicación  de su esposo JAIME ÁLVAREZ  JULIO.  Al  arribo  de  éste  a  esa  heredad,   fue   retenido   por   tales   personas,  quienes se  lo  llevaron   en   uno   de   los   caballos  que  tomaron   de   esa  propiedad, diciéndole  a  aquella  que   estuviera   atenta   a  una  llamada  en  la   que   le  exigirían  una  colaboración  y  que  si  no  daba cuenta de lo  sucedido  a  las autoridades y cumplía con lo solicitado, éste sería devuelto  prontamente sano y salvo”.   

2.   El  Juzgado  Único  Penal  del  Circuito  Especializado  de Cartagena, mediante sentencia fechada el 30 de marzo  de  2006,  condenó  a  Manuel  de  la  Cruz Cabarcas  Cabarcas  a  las  penas  principales  de  22 años de  prisión  y  multa  equivalente  a  2.250  salarios  mínimos  legales mensuales  vigentes,  y  a  la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por  el  lapso de 20 años, como coautor de los delitos de  secuestro  extorsivo  y  rebelión imputados en la resolución de acusación, la  cual quedó ejecutoriada el  6 de julio de 2005.   

3.   Apelado  el fallo por el defensor  del  procesado,  quien  alegó  que  no  existe prueba mínima que conduzca a la  certeza  necesaria para condenar  a su prohijado por el delito de secuestro  extorsivo,  el  Tribunal Superior de  Cartagena, el 19 de julio de 2007, lo  confirmó.  Contra  esta  determinación,  el  citado  profesional  del  derecho  interpuso recurso de casación.   

LA     DEMANDA     DE   CASACIÓN   

El   defensor  del  procesado  Cabarcas Cabarcas, al amparo del cuerpo  segundo  la  causal  primera  de  casación,  presenta  tres  cargos  contra  la  sentencia de segundo grado.   

Primer cargo  

Acusa  al  Tribunal  de infringir de manera  indirecta  la  ley sustancial “por error de hecho en  la  apreciación  de  las  pruebas”. No obstante, a  continuación    afirma    que    el   sentenciador   cometió   “error   de   derecho  por  falso  juicio  de  legalidad”,  ya  que  a las mismas pruebas “se  les  dio  mérito  probatorio a pesar de que no reunían los requisitos exigidos  por la norma”.   

Refiere que el ad quem tuvo como fundamento  del  fallo condenatorio el testimonio rendido por Jaime Álvarez Julio, víctima  del  secuestro,  declaración  que,  en su criterio, se recibió “con   violación   al   principio   de   contradicción”,   toda   vez  que  fue  ilegal  el  reconocimiento  fotográfico que en dicha declaración jurada realizó el señor  Álvarez,   por  tanto  no  debió  ser  valorada”.   

Después  de  copiar unos fragmentos de las  consideraciones  de  la  sentencia  del  Tribunal,  reitera  que  la  mencionada  declaración  fue  “receptada con violación de los  principios    de    contradicción,    del   debido   proceso   y   derecho   de  defensa”. Del mismo modo, indica que los juzgadores  tampoco  tuvieron en cuenta las contradicciones en que incurrió este declarante  respecto  de  la  descripción  física  que  hizo de uno de sus “captores”, ya que la misma no coincide  con  las  que  fueron  suministradas en los informes del ejército y del C.T.I.,  siendo  evidente que aquellas características físicas no coinciden con las que  posee  su  defendido, además de que las fotografías que le fueron exhibidas en  su  declaración  reconociendo  entre ellas a Cabarcas  resulta  ilegal,  pues  la  del acusado había salido  publicada  ese mismo en el  periódico El Universal de Cartagena.   

Agrega  que  debe  tenerse en cuenta que el  “señor  Álvarez  como  víctima de este asunto su  declaración  está  llena  de  veneno  de  ánimo  de  venganza y aprovechó la  oportunidad       de      la      captura      del      señor      CABARCAS para señalarlo como partícipe  de su secuestro sin ser cierto”.   

Estima que si el juzgador hubiese tenido en  cuenta  la  “ilegalidad”  de  la  mencionada  declaración,  inexorablemente  hubiese  sido absolutoria la  sentencia proferida en contra de su procurado.   

Segundo cargo (subsidiario)  

Acusa  al  Tribunal  de  haber incurrido en  violación    indirecta    de    la    ley    sustancial   por   “error  de  hecho por falso raciocinio, porque la prueba testimonial  de  Jaime  Álvarez Julio y todas las demás pruebas no han sido analizadas bajo  las  reglas  de  la  lógica,  el  sentido común y la experiencia, por tanto no  puede  ser  considerada  una  conclusión  cierta  que se concluya que el señor  MANUEL   CABARCAS   sea  culpable  del  delito  de  secuestro  extorsivo  porque de la declaración de la  señora   Luisa   Castillo   no   se   extrae   responsabilidad  en  contra  del  condenado”,   irregularidad   que   condujo  a  la  violación  de  los  artículos 232, 234, 237 y 238 del Código de Procedimiento  Penal.   

Tercer cargo (subsidiario)  

Afirma   que  el  Tribunal  incurrió  en  violación   indirecta   de   la   ley   sustancial   por  trasgresión  de  las  “normas  de  la  valoración  probatoria  y  de  la  certeza     que     conlleva     al     in     dubio     pro     reo”.   

Luego  de hacer un cometario respecto de la  definición  de  los  vocablos  “certeza”    y    “presunción”,  de  copiar  el  contenido  de los artículos 232 del C. de P.  Penal  y  29  de  la  Constitución  Política, y de citar el Pacto Universal de  Derecho  Humanos  y  la  Convención Americana de Derechos Humanos, sostiene que  “existe  una gran duda sobre la responsabilidad del  condenado”   respecto   del  delito  de  secuestro  cometido   en   Jaime   Álvarez   Julio,  pues  éste  testigo  “tiene  interés  en  la resulta del proceso, quien tiene sentido de  venganza    por    lo    ocurrido    y    entra   en   contradicción   en   sus  declaraciones”, motivo por el cual su testimonio no  debió valorarse.   

Además,  considera  que  no  existe  en el  proceso  ninguna  otra  prueba  que  señale  a su procurado como partícipe del  citado  delito, razón por la cual, al excluirse el testimonio de Álvarez Julio  se impone su absolución.   

En  esas  condiciones, solicita a la Corte,  respecto  del  primer  cargo,  que  case  la sentencia impugnada “en  el  sentido  de  anular el delito de secuestro  extorsivo,  absolviéndolo  por  este  delito” o que, con motivo  del  segundo  cargo  subsidiario, “case la sentencia  parcialmente  absolviéndolo  por  el  delito de secuestro extorsivo”,   o,   finalmente,  que  por  razón  del  último  cargo,  de  aplicación  al  in  dubio  pro  reo “para que dicte  sentencia  absolutoria  a  favor  del  procesado  por  el  delito  de  secuestro  extorsivo”.      

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

Se hace imperioso recordar que la casación  es  un  recurso  de  naturaleza  extraordinaria  y rogada, motivo por el cual el  legislador  estatuyó  las  causales  por  las  que resulta procedente atacar la  presunción  de  acierto  y legalidad con que viene amparada la sentencia a esta  sede.  De  igual  modo,  dada  las  citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos formales  que    debe    cumplir   el   escrito,   cuya   inobservancia   conduce   a   su  inadmisión.   

En  el  caso  que  ocupa la atención de la  Sala,  surge  evidente  que  la  demanda  de  casación  presentada  a nombre de  Manuel  de  la  Cruz  Cabarcas  Cabarcas  carece  de  la  logicidad,  claridad  y precisión requeridas, al  punto  que  las  hipótesis  allí  planteadas  no  son  más  que  una  abierta  disparidad  de  criterios  con las conclusiones adoptadas en el fallo impugnado,  sin  que evidencie y demuestre, de manera metodológica, la trascendencia de los  yerros denunciados.   

En    efecto,   en   los   tres  cargos  el  actor  no  señaló la  norma  o  normas  sustanciales  que  acusa como violadas ni indicó cuál fue el  sentido  del quebrantamiento, es decir, si lo fue por falta de aplicación o por  aplicación  indebida, ni precisó ni se infiere del desarrollo de las censuras,  por  qué  el  juzgador  las  transgredió  al  momento de elaborar el juicio de  derecho.   

Del  mismo  modo,  en  cuanto se refiere al  primer  cargo,  si bien es  cierto  que  inició  su formulación acusando al Tribunal de haber incurrido en  violación    indirecta    de    la    ley    sustancial   por   “error  de hecho en la apreciación de las  pruebas”,  a  renglón  seguido  cambió, de manera  abrupta,  el  sentido de la violación indirecta seleccionado para adentrarse en  el  ámbito  del  “error de derecho por falso juicio  de  legalidad” supuestamente recaído en las mismas  pruebas,  en  la  medida en que, en su opinión, “se  les  dio  mérito  probatorio a pesar de que no reunían los requisitos exigidos  por la norma”.   

Así,  entonces,  resulta  incoherente  la  formulación       jurídica      del      primer  reproche,  pues al anunciar el libelista que existió  un  error  de hecho en la apreciación de las pruebas, no resulta lógico que al  mismo  tiempo demande un error de derecho por falso juicio de legalidad sobre el  mismo  caudal  probatorio, conjunción de afirmaciones que por sí solas emergen  inconsecuentes e incompatibles.   

Ahora   bien,   superando   esta  inicial  ilogicidad  y  entendiendo  que,  en  últimas, el censor reprocha al ad quem el  haber  incurrido  en  error  de  derecho  por falso juicio de legalidad recaído  tanto  en la declaración que rindió  la víctima del secuestro, ciudadano  Jaime  Álvarez  Julio, como en el reconocimiento fotográfico llevado a cabo al  interior  de  este  testimonio,  de  todos  modos  la  censura  resulta  no solo  deficiente  frente a la lógica que la ley señala para la hipótesis casacional  escogida,  sino  que  la  misma  deviene desacertada frente a la pretensión del  actor,  como  es  que,  en  últimas,  la prueba “no  debió ser valorada”.   

En   efecto,   recuérdese   que,      como      lo     ha     indicado     la   jurisprudencia   de  la   Corte,  los  reconocimientos   a   través   de   fotografías  y  en  fila   de  personas  previstos  en  los  artículos  304   y   303   del   Código   de Procedimiento  Penal   (Ley  600 de 2000, vigente para la época de los hechos),  entendidos   como   los   actos   por   los   cuales   se   busca  establecer la identidad de una persona que ha participado en la comisión  de  un  delito,  a  través  de otra que afirma haberla visto y que es puesta en  contacto  visual  con  ella, no tienen en nuestra legislación procesal penal la  categoría  de pruebas autónomas, como acontece con la inspección, la pericia,  los  documentos,  el  testimonio,  la  confesión  y  los indicios. Por ello, su  condición   de   pruebas   derivadas   del   testimonio  ha  conllevado  a  que  tradicionalmente  hayan  sido consideradas como complemento de éste, aunque con  entidad          jurídica          propia.1   

“Esto  quiere  decir  que,  en  cuanto  acto procesal, es autónomo, y que el incumplimiento de  los  requisitos  legalmente  requeridos  para  su validez no afectan la eficacia  jurídica  de  la  prueba  a la cual complementa (testimonio), ni viceversa. Por  eso,  cuando  se  pretende  atacar  la validez de ambas, ha de hacerse de manera  separada,   indicando   la   clase   de  error  cometido  en  cada  caso,  y  su  trascendencia;  y  si  lo  pretendido es atacar una sola, debe tenerse en cuenta  que  la  otra  mantiene  su  vigencia,  y  que continúa, por tanto, produciendo  efectos   jurídicos,   en   los   términos   indicados   en   los   fallos  de  instancia”.2   

Como  bien  puede  apreciarse, el censor no  cumplió  los  anteriores  derroteros al acusar al mismo tiempo la ilegalidad de  la  declaración  de  Jaime  Álvarez  Julio  y  el  reconocimiento fotográfico  realizado  al  interior  de  la  misma,  pues,  como  quedó  visto,  si su pretendido era atacar la validez  de ambas, ha debido hacerlo de manera separada.   

A   su  vez,  si  se  entendiese  que  el  cuestionamiento  estaba  dirigido  a  cuestionar  sólo  la legalidad del citado  reconocimiento  fotográfico,  debió,  entonces,  atacar sólo éste y no ambos  actos,  manteniendo el testimonio la vigencia en los términos señalados en los  fallos de instancia.   

Ahora  bien,  si  en  gracia  de discusión  aceptara  la  Sala  que  el reproche así formulado se sujetó a los parámetros  exigidos  por la ley y precisados por la jurisprudencia, de todos modos el mismo  termina  siendo  incoherente,  ya  que  no  es  lógico  que el actor demande la  existencia  del  falso  juicio  de legalidad del testimonio y del reconocimiento  fotográfico,  pero  en  el  desarrollo  de  su  demostración haga consistir la  presunta  ilegalidad  con  afirmaciones  tales  como  que  el  declarante  Jaime  Álvarez           Julio          incurrió          en          “contradicciones”,   o  que  el  mismo  “no  presta  mérito  de  credibilidad”,  o  que  “su  declaración  está  llena  de  veneno  de  ánimo  de  venganza”, o que  “aprovechó la oportunidad de la captura del señor  CABARCAS  para  señalarlo  como  partícipe  de  su  secuestro sin ser cierto”,  aseveraciones  todas  estas  que  en  manera alguna compaginan con la hipótesis  casacional  escogida,  es decir, que ninguna de ellas demuestran cómo el citado  testimonio  fue  aducido al proceso con desconocimiento de los preceptos legales  que condicionan su validez.   

Y  el cargo permanece en el limbo cuando el  actor,  refiriéndose  al reconocimiento fotográfico, lo tilda de ilegal por el  sólo  hecho  de  que  en  la  misma  fecha  en  que  se  realizó  su defendido  “salió  retratado en el periódico El Universal de  Cartagena”,  censura que así planteada queda en la  imprecisión,  pues  en  manera  alguna indicó a la Corte cómo esa específica  circunstancia  no la contempla la ley para concluir que su práctica y aducción  terminan siendo producto de la ilegalidad.   

Además,  pasó  por alto el libelista que,  como  lo  ha indicado la jurisprudencia de esta Corporación, la “circunstancia  de haber visto al imputado antes del reconocimiento,  personalmente  o  a  través  de  fotografías,  no  afecta  de  suyo la validez  jurídica  del reconocimiento ni lo torna ineficaz, ya que cuando ello es lo que  se  denuncia, la prueba será jurídicamente válida y el juez podrá valorarla,  sólo  que  deberá tomar en cuenta los antecedentes con incidencia en su fuerza  demostrativa,  ya  que  no es lo mismo que la percepción del testigo permanezca  exenta  de  interferencias,  a  que haya sido reforzada con nuevas imágenes que  puedan     repercutir    en    ella”.3   

Siendo  ello  así, resulta evidente que la  censura  debió  ser  propuesta como error de hecho por falso raciocinio y no de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad,  como equivocadamente la postuló el  recurrente, lo cual determina su inadmisión.   

En   lo   concerniente   al  segundo  cargo,  el  que  se apoya en la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por error de hecho generado en un  falso  raciocinio en la apreciación de las pruebas, en especial los testimonios  de  Jaime  Álvarez  Julio  y Luisa Castillo, si bien el libelista afirma que el  sentenciador  no las analizó “bajo las reglas de la  lógica,  el  sentido  común  y la experiencia”, de  todos  modos  el reproche quedó en el simple enunciado, toda vez que no indicó  y  menos  demostró  cuál  principio  de la lógica, del sentido común o de la  experiencia fue desconocido.   

Debe recordarse que en tratándose del error  de  hecho  por  falso  raciocinio  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  de manera  reiterada,  ha  precisado  que si el reproche se centra en el desconocimiento de  los  postulados  de la sana crítica, el censor debe indicar qué dice de manera  objetiva  el  medio de convicción, cuál fue la inferencia que de él dedujo el  juzgador,  cuál  mérito  persuasivo  le  fue  otorgado,  cuál postulado de la  lógica,   de   la   ciencia  o  máxima  de  la  experiencia  fue  desconocida,  especificando  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de la lógica  apropiada,  la máxima de la experiencia que debió tomarse en consideración y,  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del yerro, indicando cuál debe ser la  apreciación  correcta  de  la prueba o pruebas que cuestiona y que habría dado  lugar  a  proferir  un fallo sustancialmente distinto y opuesto al que es objeto  de  censura,  para  lo  cual  se  impone  al  demandante  el deber de abordar la  demostración  de  cómo  habría  de  corregirse el error probatorio que acusa,  modificando  tanto  el  supuesto  fáctico  como  la  parte  dispositiva  de  la  sentencia,  labor  que  comprende  un  nuevo  análisis  del  acervo probatorio,  apreciando  las  pruebas acorde con las reglas de la sana crítica y respecto de  las  cuales  se  transgredieron los citados postulados, sin dejar pasar por alto  que  dicha  valoración debe realizarse de manera conjunta y mancomunada con los  demás  medios probatorios respecto de los cuales no recae censura alguna y, por  lo  mismo,  se  acepta  su  correcta  apreciación.4   

Planteadas  así las cosas, surge claro que  el  demandante  no agotó los ineludibles presupuestos en precedencia indicados,  dejando  la  censura  sin  la necesaria demostración y, por lo mismo, su debido  agotamiento,  pues si bien es cierto que, apoyado en el error de hecho por falso  raciocinio,  censuró  la  apreciación de la prueba, para seguidamente anunciar  que  el  juzgador  en  la labor de asignación del mérito persuasivo se apartó  “de   la   lógica   y  el  sentido  común  y  la  experiencia”, de todos modos no precisó el mérito  persuasivo  que  el  sentenciador  supuestamente  le  otorgó  a  los  medios de  convicción,   ni   preciso   cuál  debió  ser  la  valoración  correcta,  ni  correlacionó  ésta  con  los restantes elementos de juicio sobre los cuales el  juzgador  obtuvo  el  grado  necesario  de  certeza para condenar a Manuel  de la Cruz Cabarcas Cabarcas como  responsable  de los delitos de secuestro extorsivo, situación que conlleva a la  inadmisión del reproche.   

Por   último,  en     lo     concerniente     al     tercer    cargo,   observa   la   Sala  que      el     mismo     quedó     impreciso,   en   la   medida   en   que   si  bien  lo  postuló  bajo  los lineamientos de la violación indirecta de la  ley  sustancial,  aseverando a continuación que no se  aplicó  el  principio  universal  del  in  dubio pro  reo,    de   todos  modos  no  señaló  la  clase  de  error,  esto  es, si de hecho o de derecho, ni el falso juicio que lo  determinó,  es decir, de existencia, de identidad o de raciocinio, en cuanto al  primero,  o  de  legalidad  o  de  convicción, en lo atinente  al segundo.   

Abandonando los anteriores lineamientos, se  limitó   el   libelista   a   afirmar   que   en   este   caso  “existe    una    gran    duda    sobre   la   responsabilidad   del  condenado”   respecto   del  delito  de  secuestro  extorsivo,  para  seguidamente  agregar  que  la  víctima,  en su condición de  testigo,   “tiene   interés  en  la  resulta  del  proceso”, aseveraciones que sólo permiten advertir  que   la  inconformidad  del  recurrente  está  centrada  en  las  conclusiones  probatorias  a  que  llegó  el  sentenciador  de  segunda  instancia y no en un  específico yerro de apreciación probatoria.   

En    otros    términos,   la    labor    demostrativa    de    la   censura   la      centró      en    imponer     su     personal   valoración    de   los   elementos   de   juicio   obrantes  en   el  proceso,  concluyendo  que  su   defendido   no   es  responsable  de la  conducta   punible    de    secuestro   extorsivo   o,   por   lo   menos,  que  la duda  es  el  instituto   que,    en    su   criterio,   debió   aplicarse   en   este asunto,  desconociendo  que  la  simple   disparidad   de   criterios   no  constituye  error demandable en  casación,  toda  vez  que  el  juzgador,  dentro  del  sistema  de apreciación  probatoria,  goza de libertad para justipreciar los medios de convicción, sólo  limitado por los postulados que informan la sana crítica.   

Por  consiguiente,  al no reunir la demanda  los   presupuestos   de   claridad,   precisión   y   logicidad,  la  Corte  la  inadmitirá.   

Cabe  señalar  que el estudio detenido del  expediente  permite  a la Sala concluir que no procede la casación oficiosa por  cuanto  no  se  percibe  ninguna  causal  de nulidad ni vulneración de derechos  fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R E S U E L V E  

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  del procesado  MANUEL DE LA CRUZ CABARCAS CABARCAS. En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO                         

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                    

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1 Ver,  entre  otras, casación 16485 del 10 de abril de 2003, casación 15642 del 19 de  septiembre  de  2003,  casación  14444 del 10 de marzo de 2004, casación 18831  del 24 de junio de 2004.   

2  Casación 16960 del 12 de septiembre de 2002.   

3 Ver  casación 12619 del 10 de octubre de 2002.   

4  Casación  12062  del  2 de agosto de 2001. Ver también casaciones 14535 del 30  de  noviembre  de  1999,  11135  del  26  de noviembre de 2003 y 20827 del 12 de  diciembre de 2005.     

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