28995(26-03-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  28995   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta No.64  

Bogotá D. C., veintiséis (26)  de marzo  de dos mil ocho (2008).   

VISTOS  

Decide  la  Sala  acerca de la admisibilidad  formal  de  la  demanda  de  revisión  presentada  por  el  apoderado  especial  de      RICARDO   VIRVIESCAS   SERRANO,  condenado el 30 de marzo de 2004 por  el  Juzgado  Cuarenta  y  Cuatro  Penal  del  Circuito  de Bogotá, como coautor  penalmente  responsable  del  delito  de  estafa,  decisión  confirmada el 2 de  septiembre   de   2005  por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Cartagena.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  De  los  fallos  aportados  con  la  demanda  se extrae que los esposos Teresita Torres y Efraín  Hernández  el  14  de  febrero  de 1983 celebraron promesa de compraventa de la  casa  ubicada  en  calle  125 A Nº 37-43 de Bogotá, con los también cónyuges  Lilia  Camila  Serrano  y  Juan  de  Dios  Virviescas,  estos  como  vendedores,  acordando como precio del inmueble $ 5´200.000.   

Puesto  que  en  julio  de  1983 falleció el  último   de   los   citados,  la  esposa  y  herederos  de  éste  —Yaneth,   Jorge  Enrique  y  RICARDO  VIRVIESCAS    SERRANO—,  mediante  documento  suscrito  el  16  de  diciembre  de ese año ratificaron el  negocio  y  reconocieron  que  en  vida  de  aquél  los  compradores  pagaron $  2’000.000  como parte del  precio,     y     que     en     esa    fecha    recibían    $    1’350.000,   quedando  pendientes  tres  cuotas  de  $ 450.000 y una de $ 500.000, que serían canceladas los días 12 de  febrero  de 1985, 1986, 1987, y 1988. Igualmente pactaron que el 14 de noviembre  de  1984,  en  la  Notaría 11 del Círculo de Bogotá, correrían la respectiva  escritura  pública,  por estimar que ese era un plazo prudencial para iniciar y  finiquitar el correspondiente juicio de sucesión.   

Sin  embargo,  los  vendedores  —cónyuge      supérstite      y  herederos— no acudieron en  la  fecha  acordada  a  suscribir  la  escritura  de venta del inmueble, pues el  juicio  de  sucesión  apenas  lo  habían  iniciado  el  11 de octubre de 1984,  proceso  que,  en  connivencia  con  el  abogado que los representaba, dilataron  hasta  lograr  que  en su desarrollo, el 10 de junio de 1993, el juez de familia  ordenara  el  embargo  del  bien  objeto  de  venta,  y  mediante  un proceso de  restitución  de  inmueble  arrendado,  promovido paralelamente en el Juzgado 43  Civil  Municipal  de  Bogotá, de acuerdo con decisión de 20 de febrero de 1995  adoptada  en  el  mismo,  se  hicieron  nuevamente  a  la  tenencia del inmueble  entregado  desde  1983  en  venta  a  los  esposos  Teresita  Torres  y  Efraín  Hernández,  quienes  para  ese  momento  ya  habían cancelado la totalidad del  predio   (el   5   de   mayo   de   1994),  y  al verse defraudados, formularon la respectiva denuncia penal  el 13 de diciembre de 1995.   

2. Por los anteriores  sucesos   fueron   vinculados  mediante  indagatoria  Lilia  Camila  Serrano  de  Virviescas,   Yaneth,   Jorge   Enrique   y   RICARDO  VIRVIESCAS  SERRANO, contra quienes el 13 de febrero de  2001  la  Fiscalía Doscientos Noventa y Ocho Seccional profirió resolución de  acusación  en  calidad de coautores de los delitos de fraude procesal y estafa,  agravada  por  la  cuantía,  de  conformidad con los artículos 182, 356 y 372,  numeral  1,  del Decreto Ley 100 de 1980, pliego de cargos que fue confirmado el  4  de  septiembre de 2001 al resolverse el recurso de apelación interpuesto por  los procesados.   

3.  Surtida  sin  contratiempo  la  etapa  de la causa ante el Juzgado Cuarenta y Cuatro Penal del  Circuito   de   Bogotá,   y   verificada   la  incolumidad  de  las  garantías  fundamentales  de los procesados, el titular de ese despacho profirió, el 30 de  marzo  de  2004,  sentencia  mediante la cual los absolvió del cargo por fraude  procesal,  y  los  condenó,  como  coautores  de la conducta punible de estafa,  prescindiendo  de  la  circunstancia  de agravación, a las penas principales de  treinta  y  seis  (36)  meses  de  prisión  y  multa de quinientos mil pesos ($  500.000),  así  como  a  pagar  por concepto de los perjuicios causados con ese  delito  el  equivalente  a  setenta  (70)  salarios  mínimos  mensuales legales  vigentes,   y   les   otorgó   el   subrogado   de  la  condena  de  ejecución  condicional.   

4. Inconformes con la  anterior  decisión, el apoderado de los acusados y el representante de la Parte  Civil,  la  apelaron,  recurso que con ocasión de las medidas de descongestión  adoptadas  por el Consejo Superior de la Judicatura, fue resuelto en el Tribunal  Superior      de     Distrito     Judicial     de     Cartagena     –  Sala  Penal,  el  2 de septiembre de  2005,   en   el   sentido   de   impartir   confirmación   integral   al  fallo  recurrido.   

LA DEMANDA  

Con fundamento en el artículo 220, numeral 2,  de   la   Ley   600   de   2000,   el   apoderado   especial   de   RICARDO  VIRVIESCAS  SERRANO  promovió la  presente acción de revisión arguyendo que:   

1. Las sentencias de  primera  y segunda instancia dictadas contra su representado, fueron emitidas en  una  actuación  que  no podía iniciarse o proseguirse, debido a que la acción  penal  se  encontraba  prescrita,  aún  desde  antes  de calificarse el mérito  probatorio del sumario.   

En sustento de tal afirmación precisa que el  delito  de  estafa  es  de  ejecución  instantánea,  y  que tal conducta en el  presente  asunto se materializó el 16 de diciembre de 1983, cuando los acusados  ratificaron   la   promesa   de  compraventa y recibieron la  suma  de $ 1’350.000 de los  compradores,  o,  en  su  defecto, el 14 de noviembre de 1984, al no acudir a la  Notaría  en la que se debía suscribir la correspondiente escritura pública de  venta.   

Destaca  igualmente  que  la  cuantía  de la  estafa  se  concretó en la suma entregada a los procesados en la primera de las  citadas  fechas,   pues   no   obra  prueba de que ellos hubiesen  recibido  los  $  2’000.000  inicialmente  cancelados  por los compradores, ni de que se hayan beneficiado de  esa  cantidad, además que tampoco se han apoderado de la que éstos consignaron  el  5  de  mayo  de  1994,  ante el juzgado de familia que tramita la sucesión,  mediante  título  de  depósito  judicial  representativo  de  $  1’850.000.   

Indica que teniendo en cuenta la legislación  penal  sustantiva  vigente  al tiempo de los hechos y la calificación jurídica  dada  al  comportamiento  en  el  pliego  de  cargos,  la estafa agravada por la  cuantía,  descrita  en  los artículos 356 y 372-1 del Decreto Ley 100 de 1980,  habría   prescrito   el  16  de  diciembre  de  1998,  y  que  de  aplicar  por  favorabilidad  el  artículo  246  de  la  Ley  599  de 2000, el mismo fenómeno  extintivo  de la acción penal se habría presentado desde el 16 de diciembre de  1991,  esto  es,  en  ambos  casos,  desde  antes  de emitirse la resolución de  acusación.   

Buena parte de los argumentos expuestos en la  demanda  (de  86  hojas) los  dedica  el  actor,  a  evidenciar,  según  él, el yerro en que incurrieron los  falladores  al  considerar  que  el  delito  de estafa se había configurado con  ocasión  de  las maniobras urdidas por los acusados en desarrollo del juicio de  sucesión  de  Juan  de  Dios  Virviescas  Mateus,  merced a las cuales lograron  desposeer  a  los  compradores  del inmueble, pese a que lo habían entregado en  venta  y estos habían cancelado su precio, valoración que no es compartida por  el libelista por resultarle equivocada.   

Con base en lo anterior, al estimar probado el  motivo  de revisión que postula, el actor solicita admitir la demanda, requerir  la  actuación y sus anexos al juzgado, y decretar la nulidad de todo lo actuado  con miras a restablecer el debido proceso.   

2.   De   manera  subsidiaria,  con  apoyo  en  la misma causal, aduce que los fallos de primero y  segundo  grado  fueron  emitidos  dentro de un proceso que no podía adelantarse  por caducidad de la querella.   

Señala que de conformidad con las previsiones  del  Código  de  Procedimiento Penal, la acción penal puede iniciarse con base  en  denuncia  presentada  por  el  interesado dentro del término máximo de una  posible  sanción  punitiva,  en  este  caso,  respecto  del delito de estafa, y  agrega  que como los hechos materia del proceso ocurrieron el 16 de diciembre de  1983,  al  ratificarse el contrato de compraventa entre los hoy condenados y los  quejosos  Teresita  Torres y Efraín Hernández, para cuando estos formularon la  respectiva  denuncia,  es  decir,  el  13  de  diciembre  de  1995,  ya  habían  transcurrido  doce  años,  y  por  lo  tanto la acción penal estaba prescrita,  luego  la  queja  no  debió ser aceptada y tramitada por la jurisdicción penal  ordinaria.   

El demandante aporta con el escrito, el poder  para  instaurar  la acción y, entre otros documentos, fotocopias auténticas de  los  fallos  de primera y segunda instancia emitidos contra su representado, con  las respectivas constancias de ejecutoria.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

1.  La  acción  de  revisión  está  consagrada  como  un  mecanismo  para  remover,  con  base  en  las  causas  señaladas taxativamente en el   ordenamiento  procesal,  el  carácter  definitivo  de  las  sentencias y demás decisiones  ejecutoriadas  que hacen tránsito a cosa juzgada, es decir, de aquellas que por  voluntad del legislador son inmutables e irrevocables.   

Desde  esa  perspectiva,  de  acuerdo  con  jurisprudencia               decantada1,  la  acción  de  revisión  no  constituye  una  prolongación  del  juicio,  ni  corresponde  a  un  instrumento  ordinario que permita dar cabida a particulares  consideraciones  tendientes  a  cuestionar  los  soportes  de la declaración de  justicia  que  ha hecho tránsito a cosa juzgada, y que se halla amparada por el  doble  carácter  de  definitiva  e  inmutable, de tal  suerte  que  su  fundamento estriba en la posibilidad  real  de  lograr  un  fallo  rescindente,  en  orden  a  remediar  la injusticia material en que haya podido  incurrir  el  órgano  jurisdicente, solamente por la configuración de precisos  motivos  establecidos en la ley cuya demostración corre a cargo del accionante,  en  quien  el  ordenamiento  radica,  además,  la carga de presentar la demanda  acorde  con  los  requisitos  establecidos  en  el estatuto procesal2.   

En  atención  a  que  esta  acción  procede  exclusivamente      contra      decisiones      ejecutoriadas      (sentencias,  resoluciones  de  preclusión  de  la investigación o  autos  de cesación de procedimiento), es deber inicial  del  actor  allegar copia de las providencias de primera y segunda instancia con  su  respectiva  constancia  de  ejecutoria,  condición  acatada  en el presente  evento,  según  constancia  suscrita  por  la secretaria del Juzgado Cuarenta y  Cuatro  Penal  del  Circuito de Bogotá, en la que da cuenta de la ejecutoria de  los  fallos  condenatorios  emitidos  contra  RICARDO  VIRVIESCAS  SERRANO  y  otros, en razón de los hechos  inicialmente precisados.   

La  normatividad  en  materia  de  revisión  también  tiene  previsto como carga del actor, la de seleccionar cuidadosamente  la  causal  que  pretenda  aducir  en  apoyo de la pretensión, al igual que las  pruebas  en  que  se  funde,  y la exposición racional tendiente a demostrar el  motivo  que  escoja,  de  modo  que los fundamentos fácticos y jurídicos de la  solicitud queden nítidamente expresados.   

2.  En el presente  evento    la    casual    invocada   es   la   prevista   en   el   artículo  220,  numeral 2, de la Ley 600  de  2000  —esencialmente  idéntica  en  su  contenido a la prevista en los numeral 2°, de los artículos  232   y   190   del   Decreto   2700   de   1991   y   la   Ley   906  de  2004,  respectivamente—,  de  acuerdo  con la cual la   acción   de  revisión  procede  contra  fallos  condenatorios   ejecutoriados,  dictados   

“…en proceso  que  no  podía  iniciarse  o  proseguirse  por prescripción de la acción, por  falta  de  querella  o  petición  válidamente  formulada, o por cualquier otra  causal      de      extinción      de      la     acción     penal”.   

En  relación  con  el  citado  motivo  de  revisión  se  ofrece oportuno recordar que su fundamento no puede derivar en un  juicio  crítico  acerca  de  lo  declarado en los fallos, en aras de cuestionar  nuevamente  en  esta sede aspectos inherentes a la adecuación típica, la forma  de  culpabilidad  o  participación,  las  circunstancias del hecho, o cualquier  otro  elemento  que pudiese incidir en la punibilidad de la conducta3,   pues  la  discusión  que  con  base  en  ella  se  propone  debe tener una argumentación  marcadamente    objetiva    que    permita   comprender   el   problema   y   su  alcance4.   

3.  Cotejada  la  realidad  fáctica declarada  en  los  fallos  de  primero y segundo grado, con los  fundamentos  de  hecho  expuestos  en  el  libelo  en  procura  de  acreditar la  ocurrencia   de   la  causal  alegada,  resulta  palmario  que  el  memorialista         incumple  el  deber  objetivo  que  demandaba  la  proposición del  motivo   de   revisión   alegado,   dado  que  tanto  su  pretensión principal,  como    la    accesoria,    se   hallan  estructuradas  a  partir  de  unas  circunstancias materiales que  aun  cuando  están  referidas  en las sentencias, no  son  en  las  que  los  jueces encontraron    adecuada    la   conducta   punible  de  estafa  por  la  que  fue  condenado RICARDO VIRVIESCAS SERRANO.   

Con  el  fin  de  poner  en  evidencia  la  artificiosa  propuesta  del  actor,  resulta necesario  acudir  a  los       fundamentos      expresados     por     el  fallador  de primer grado en  relación  con  la configuración del  delito             de             estafa5,  en  los  que  el  juez hace  énfasis  en  que tras de la  ratificación   del  negocio  de  compraventa  por  parte  de  los  acusados,   

“…la actitud  asumida  omitiendo dar impuso adecuado a la sucesión,  con     la     anuencia    de    su    representante,    da    cuenta      del     ilícito     provecho  económico perseguido por los enjuiciados, quienes en  ultimas   resultaban  beneficiados  con  las  medidas  adoptadas  y la dilación de la sucesión, adviértase  si  no,  que  entraron  de  nuevo  en  la  posesión  del  inmueble;  actitud  que  sobrevino  a la legítima  posición  (sic)  de los denunciantes al instaurar el  ejecutivo   con   el   cual   pretendieron   defender  sus  derechos  que,  como se sabe, fue inútil, como también lo ha sido todo lo  que  intentaron  con  tal  cometido  dentro del juicio de sucesión que   hoy   ya   cumple   mas   de  diecinueve  años  de  haberse  abierto.   

“Y es que no  obstante  los acusados haber suscrito el acto negocial con los denunciantes, con  la  malintencionada  y  deliberada actitud asumida en  desarrollo   del   proceso   de   sucesión,   para  lo  cual  contaron  con  la  participación     de    su    apoderado,    inclusive    suscitando    el    de  restitución,  (…)  se ha mantenido en error a los  ofendidos,  quienes  pese  a  lo  que  han  intentado  judicialmente,  han visto  frustrada  la  negociación  realizada  no  obstante  haber  cancelado  el  precio  de  la  vivienda  en  cuya posesión entraron y en  principio   les   fue   reconocida,   perdiéndola   como  consecuencia  de  las  maquinaciones     que     resultaron    idóneas    para    ello    —restitución—,  pues,  según se ha conocido, la  ostentan  LILIA  CALILA  SERRANO DE VIRVIESCAS y su hijo RICARDO, desde el 30 de  de julio de 1996…   

(…)  

“No se puede  aceptar,  validamente,  que se trata simplemente del  incumplimiento  de  un  contrato,  como lo anuncia el bloque de la defensa, pues  precisamente    la    malintencionada   actitud   dilatoria   del   juicio   sucesoral  y  la  insistente  persecución  del  inmueble  —secuestro     y  restitución—   que  conocían  haber  entregado  como  consecuencia de la  promesa  y  pago  realizado del precio pactado, en desarrollo de la negociación  suscrita,    son    actos   posteriores   que   patentizan   las   maquinaciones  fraudulentas  enfiladas  hacia   el   perverso  objetivo  que  guiaba  a  los  coautores,  esto  es,  desconocer aún los derechos de goce, uso, y disposición  del  inmueble en procura del beneficio económico que  obtuvieron,  al  amparo  del mantenimiento en error de los ofendidos fruto de la  pactada   negociación   que   de   nada  les  ha  servido  en  defensa  de  sus  intereses.”   

Acerca  del  mismo  tópico,  avalando las  consideraciones   del   a-quo,  así  discurrió  el  sentenciador    de    segundo    grado6:   

“Ahora  bien,  observa  la Sala que los promitentes vendedores, ahora procesados, no asistieron  a  la  cita  establecida para correr la Escritura Pública el 14 de noviembre de  1984,  pero  no se trata de un mero incumplimiento de lo pactado, porque tenemos  por  otro lado, que la posesión del inmueble, según obra en las diligencias de  indagatoria,  ahora  es  patentada  por  los  procesados.  Lo cual efectivamente  lograron  mediante  maniobras  engañosas  suscitadas en el proceso sucesoral de  más de veinte años.   

“El   ardid  utilizado  por los procesados, se mostró desde que fue presentada la demanda de  sucesión  sólo  hasta  el  22  de  octubre de 1984, siendo que en el documento  suscrito  el  16  de  diciembre  de 1983 se pactó el 14 de noviembre como fecha  para  elevar  la  correspondiente  escritura,  “que  es  el  tiempo prudencial  necesario  para  finalizar el proceso sucesorio”, según consta en el referido  documento.  Luego con el incumplimiento de la cita en la Notaría 11 para correr  la escritura Pública.   

“Ya dentro del  proceso  sucesoral,  se  observa igualmente, claras maquinaciones tendenciosas y  actuaciones  dilatorias,  tales  como  tardar  más  de  un año en presentar el  inventario  y  avalúo  de  bienes  al  juzgado;  así como casi cuatro años en  conminar  al  partidor a la devolución del expediente. Al respecto, es menester  recordarle  al  defensor,  en  primer  lugar,  que  en  derecho privado prima el  sistema  de  derecho  procesal  dispositivo,  por lo que el impulso procesal sí  está  a  cargo  de  los  sujetos  procesales, en segundo término, la sucesión  sólo  estuvo  embargada  por  parte  de  los denunciantes alrededor de un año,  lapso  insignificante  teniendo  en  cuenta  los  más  de  veinte  años que ha  perdurado el proceso.   

“Por otro lado,  ante  el  fracaso  de  los  esposos HERNÁNDEZ TORRES de obtener el cumplimiento  forzado  de la obligación por parte de los promitentes vendedores, a través de  un  proceso  de ejecución en marzo de 1993, solicitan entonces se les reconozca  como  interesados  en  la  sucesión,  obteniendo  su pretensión, decisión que  posteriormente  fue  revocada  con  providencia del 15 de junio de 1994, y es en  este  momento  en  el  que  el  secuestre,  avalado  por  el  apoderado  de  los  procesados,  acciona  en  demanda  de restitución en contra de las personas que  habitaban  el  inmueble  en  calidad  de  tenedores  a  cargo de los promitentes  compradores,  los  cuales se encontraban fuera del país, hecho conocido por los  procesados,  puesto  de  manifiesto  por  el  sindicado Jorge Enrique Virviescas  Serrano,  obteniendo  los  resultados  pretendidos  al  adquirir  nuevamente  la  posesión    del   inmueble   prometido   en   venta   y   dado   en   posesión  legalmente.   

“Lo  anterior,  denota   nítidamente  la  voluntad  de  incumplimiento,  consiguiendo  mediante  maniobras  sustraerse de su obligación, como en efecto lo lograron, las cuales,  conforme  lo  expuesto, se tornan dolosas, en procura de apropiarse del inmueble  en  detrimento  de  los  esposos HERNÁNDEZ TORRES. Por lo que la Sala encuentra  estos    artificios    y    engaños    empleados    con   astucia,   doblez   y  maquinación.”   

De  lo  transcrito  es evidente que en manera  alguna  en  los  fallos se consideró estructurado y agotado el delito de estafa  para  el  16 de diciembre de 1983, y mucho menos que la cuantía de ese ilícito  se  hubiese  reducido  a la suma que en esa fecha recibieron los acusados de sus  denunciantes.  Es  claro,  por el contrario, que en las sentencias se consideró  que  las  maniobras  artificiosas  urdidas por los acusados se extendieron en el  tiempo  mediante  la  manipulación  y dilación del proceso de sucesión al que  estaba  afectado  el  bien  inmueble  entregado en venta en aquel entonces a las  víctimas,  cuyos  derechos de uso, goce y disposición arrebataron al conseguir  que  en ese trámite fuera ordenado el secuestro del bien y, mediante un proceso  paralelo,   se   ordenara   la  restitución  de  la  vivienda  a  los  acusados  —según providencia de 20  de  febrero  de  1995—, no  obstante  que  de la misma los ofendidos pagaron el precio de venta y legalmente  les  había sido dada su tenencia por los acusados cuando ratificaron el negocio  de compraventa.   

En  otras  palabras,  el  delito,  según los  fallos,  se  concretó cuando los acusados, en el año 1995, obtuvieron la orden  judicial  de  restitución  del  inmueble  entregado  en  venta  a  los  esposos  Hernández  Torres,  quienes por el mismo les habían cancelado la totalidad del  precio  acordado,  de  suerte  que  los  cómputos  acerca  del  fenómeno de la  prescripción     de     la     acción     penal7,  frente a la conducta punible  de  estafa,  debió hacerlos el demandante tomando como referencia esa época, y  no  el  16  de diciembre de 1983. De haber procedido así, habría observado que  entre  aquélla fecha y la de ejecutoria del pliego de cargos, estos es, el 4 de  septiembre  de  2001,  escasamente  transcurrieron  seis  años y algunos meses,  lapso  inferior  al  necesario  para  que  operara  la extinción de la facultad  punitiva  del  Estado  durante la fase instructiva, tomando en consideración la  pena  máxima  prevista  para  el delito de estafa, bien en el artículo 356 del  Decreto Ley 100 de 1980, o en el 246 de la Ley 599 de 2000.   

Lo   antes   precisado,   no   constituye  anticipación  de  la decisión de fondo frente a la acción promovida, sino que  es  el fruto o resultado de la obligada verificación por parte de la Sala de la  correspondencia  formal y objetiva de los presupuestos fácticos y jurídicos en  los  que  se  sustenta  la causal invocada, con los que fueron declarados en los  fallos   de   primero   y   segundo   grado,   amparados   por  la  res    iudicata,   y   por   lo   tanto  inmodificables e irrevocables.   

La  postulación  de  la  causal  segunda  de  revisión  con  fundamento  en  el fenómeno jurídico de la prescripción de la  acción  penal  (resultante de la verificación de un  término  calculado  a  partir  del  máximo  de  la  pena imponible),  se reitera, debe emerger diáfana y exclusivamente de los hechos  y  pruebas  conocidos, estudiados, controvertidos y valorados en las instancias,  y  no  asumiendo  el  demandante  por anticipado que le asiste razón jurídica,  pero  sin  tenerla  en realidad, para de este modo hacer las cuentas animado por  su  convicción  personal, y por esta vía seleccionar la causal de revisión en  forma  artificial,  sin base lógica y jurídica, como aquí acontece, pues ello  determina    la   inadmisión   de   la   demanda.8   

Finalmente   conviene   precisar   que   la  pretensión  subsidiaria  esgrimida  por  el  actor,  no se enmarca dentro de la  causal    segunda    de    revisión,   en   la   hipótesis   de   caducidad   de  la  querella,  pues,  lo  argüido  por  el  libelista  no  es  más  que  la  reiteración de la aparente  prescripción  de  la  acción  penal  antes  de que las víctimas formularan la  respectiva  denuncia,  con base en su particular y equivocada convicción acerca  de la fecha en que se materializó la conducta punible de estafa.   

La  caducidad  de la querella opera cuando el  sujeto  pasivo  de ciertas conductas punibles, expresamente señaladas en la ley  procesal9,  obligado a formular personalmente la respectiva queja10, lo hace por  fuera  del plazo igualmente fijado en el ordenamiento penal adjetivo11,  lapso que  en  el  Código  de  Procedimiento  Penal  colombiano,  no  coincide  con  el de  prescripción   de   la  acción  penal,  ya  que  es  incluso  muy  inferior  a  éste.   

Además,  no  sobra  advertir que la conducta  punible  de  estafa  por  la  que fue condenado el apadrinado del demandante, de  acuerdo   con  la  legislación  vigente  para  la  época  de  su  consumación  (Decreto  2700 de 1991 y Ley 23 de 1991, artículo 1,  numeral  14), no era de las que requerían querella de  parte,   atendida  su  cuantía,  superior  a  diez  salarios  mínimos  legales  mensuales       vigentes       en      el      año      1995      ($118.933,50).   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

1.  Tener al doctor  Edgar    Antonio   José   Quintero   Acosta   como   apoderado   especial   del  sentenciado RICARDO   VIRVIESCAS  SERRANO,  en los términos y para los efectos  del poder conferido.   

2.  NO   ADMITIR   la  demanda  de  revisión  presentada  por  el  apoderado especial del condenado  RICARDO   VIRVIESCAS  SERRANO,  de  conformidad  con  las  razones  consignadas  en  la  anterior  motivación.   

Contra  esta  decisión  procede recurso de  reposición.   

Notifíquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                            MARÍA   DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ DE L.   

Comisión de servicio  

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                              JORGE LUÍS QUINTERO MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                                                              JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 Cfr.  Fallo   de   revisión   de   24   de   septiembre   de  2002,  Radicación  Nº  12585.   

2 Cfr.  Autos  de  6  y  19  de  diciembre  de  2001,  Radicaciones  Nº  18432 y 18176,  respectivamente.   

3 Cfr.  Fallo de revisión de 5 de marzo de 1996, Radicación Nº 8336.   

4 Cfr.  Auto de julio 6 de 2005, Radicación Nº 23791.   

5  Folios 98 y 100 cuaderno único.   

6  Folios 123 a 125 cuaderno único.   

7  Artículo  83  de  la Ley 599 de 2000 y 80 del Decreto Ley 100 de  1980   

8 Cfr.  Auto de 1 de diciembre de 2004. Radicación Nº 22501.   

9  Artículo 33, Decreto 2700 de 1991; 35, Ley 600 de 2000; y 74 Ley  906 de 2004.   

10  Artículo  30,  Decreto  2700  de  1991;  32,  Ley  600 de 2000; y 71 Ley 906 de  2004.   

11  Artículo  32,  Decreto  2700  de  1991;  34,  Ley  600 de 2000; y 73 Ley 906 de  2004.     

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