28902(20-02-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  28902   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 33  

Bogotá,  D.C., veinte de febrero de dos mil  ocho.   

V    I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda de casación presentada por el defensor del procesado  HUGO  REYNEL  ÁLVAREZ  SÁNCHEZ,   contra  el  fallo  de  segunda  instancia que  profiriera  el  Tribunal Superior de Valledupar, Cesar, fechado el 30 de mayo de  2007,   mediante el cual confirmó, con modificaciones en el monto de pena,  la  sentencia  emitida  por  el Juzgado Cuarto Penal del Circuito de esa ciudad,  condenando  a  su  representado  legal a  la pena de 56 meses de prisión y  multa  en  cuantía  de  50  salarios  mínimos legales mensuales, en calidad de  autor  del  delito  de  contrato  sin  cumplimiento  de  los requisitos legales.  Además,  se  impuso  la pena accesoria de interdicción de derechos y funciones  públicas,  por  lapso  igual a la  sanción privativa de la libertad, y se  negaron  al  procesado  los  subrogados  de  la  suspensión  condicional  de la  ejecución de la pena y prisión domiciliaria.   

LOS HECHOS  

Fueron  narrados  en la sentencia de primera  instancia, del siguiente tenor:   

“La   presente  investigación  tuvo  su  génesis   en  la  auditoria  que  adelantara  la  Contraloría  General  de  la  República  sobre  la  gestión  del  entonces  alcalde  del municipio de Pueblo  Bello,   Cesar,   HUGO   REYNEL  ÁLVAREZ  SÁNCHEZ,  elegido  para  el  periodo  comprendido  entre el 6 de octubre de 2002 y el mes de mayo de 2005, en donde se  estableció  que  en el proyecto de optimización del acueducto de Puerto Bello,  se  eludieron  los  procedimientos  para la selección objetiva del contratista,  toda  vez  que  de  manera  deliberada  se  celebraron  doce  (12)  órdenes  de  suministro  por  valor  de  ciento  ochenta y cuatro millones doscientos dos mil  novecientos   cinco  pesos  ($184.202.905),  violando  de  manera  flagrante  el  artículo  24  de la Ley 80 de 1993, que establece la escogencia del contratista  a través de la licitación o concurso público.”   

DECURSO PROCESAL  

El  19  de  agosto  de 2004, la Contraloría  General  del departamento del Cesar, presentó denuncia penal ante la fiscalía,  en  la  cual  se  detallaban  las  irregularidades  detectadas  en  la visita de  auditoría efectuada a la alcaldía de Pueblo Bello.   

Acorde con ello, el 25 de agosto de 2004, la  Fiscalía  Seccional  12  de  Valledupar, decretó la apertura de investigación  preliminar.   

Luego de practicarse algunas pruebas, el 5 de  octubre  de  2004, se abrió formal instrucción, ordenándose vincular mediante  indagatoria  a  HUGO  REYNEL  ÁLVAREZ  SÁNCHEZ,  diligencia  cumplida  el 8 de  octubre siguiente.   

El  14  de  octubre de 2004, fue resuelta la  situación  jurídica  del  procesado,  en  cuya  contra  se  impuso  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  sin  beneficio  de excarcelación, a  título  de  autor  de  los  delitos  de contrato sin cumplimiento de requisitos  legales e interés indebido en la celebración de contratos.   

El  29  de noviembre de 2004, fue cerrada la  investigación.  Consecuentemente,  el  5  de  enero  de  2005,  se calificó el  mérito  del  sumario profiriéndose resolución de acusación en contra de HUGO  REYNEL  ÁLVAREZ  SÁNCHEZ,   en  calidad  de  autor de los delitos por los  cuales    se   le   resolvió   previamente   situación   jurídica.    

Apelada  la  decisión por el defensor del  procesado,  ella  fue  confirmada  en  su  integridad  por  la Fiscalía Tercera  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Valledupar, en auto fechado el 15 de  febrero de 2005.   

Ejecutoriada,  entonces,  la  resolución de  acusación,  el  asunto  fue  repartido,  para  adelantar la fase del juicio, al  Juzgado  Cuarto  Penal  del   Circuito  de  Valledupar,  el  7  de marzo de  2005.   

El  27  de  mayo  de  2005,  tuvo  lugar  la  audiencia preparatoria.   

El 6 de julio de 2005, comenzó la audiencia  pública  de  juzgamiento,  culminándose  ella  el  5  de  agosto  de ese mismo  año.   

El  23  de  agosto  de 2005, se profirió la  sentencia  de  primer grado , en la cual se absolvió al procesado por el delito  de  interés  indebido  en  la  celebración de contratos, y se le condenó como  autor   del   punible  de  contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales,  imponiéndose  en  su contra pena de 80 meses de prisión y multa en cuantía de  50  salarios  mínimos  legales  mensuales,  a  más de la sanción accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por un  término  de  6  años.  Allí  mismo se negaron al acusado los subrogados de la  suspensión   condicional   de   la   ejecución   de   la   pena   y   prisión  domiciliaria.   

Apelada la decisión por la defensa, el 30 de  mayo  de  2007,  el  Tribunal  Superior  de  Valledupar  emitió la sentencia de  segundo  grado  en la cual se confirmó el fallo de primera instancia, aunque se  rebajó  la  pena  de  prisión  a  56 meses, lapso al que también se redujo la  sanción   accesoria  de  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y  funciones públicas.   

LA DEMANDA  

         Luego   de   los   resúmenes   correspondientes,  el  libelista,  bajo el rótulo “De la enunciación de la  causal  y  la formulación del cargo”, anuncia que la  demanda  está  sustentada  en  la causal primera, cuerpo segundo, del artículo  207 de la Ley 600 de 2000.   

         A  renglón  seguido, señala: “Dada la clara relación  de  necesidad  que   existe    entre la providencia impugnada, la  sustentación  de  la  apelación  y la decisión del juez de segunda instancia,  sea  lo primero advertir que ya al impugnar la sentencia de primera instancia el  defensor     del     encausado     había     manifestado     textualmente    lo  siguiente”.   

              Y,     en  efecto,  las  páginas  siguientes  las  dedica  a  transcribir  textualmente lo  argumentado  por  el defensor con ocasión del recurso de apelación interpuesto  en  contra del fallo de primer grado, rematando el resumen con la manifestación  de  que  busca,  a  través  de  la impugnación, que se case en su totalidad la  sentencia  y  en  su defecto se absuelva al procesado, del cargo por el cual fue  condenado en las instancias.   

             Luego   de  este  anuncio,  el  casacionista inaugura el acápite que denomina “HECHOS”,  destinado  a  referenciar  lo supuestamente ocurrido, desde luego, conforme a su  particular  e  interesada  visión y en clara confrontación con lo expuesto por  los falladores de primero y segundo grados en sus sentencias.   

      De  ello,  deduce  el  censor   lo  que  denomina “Fijación del hecho  asumido  por  el  fallador  de  segundo grado y que es plenamente aceptado en la  censura”  ,  el que resume  como  que  “no hubo factor económico como provecho  ilícito  en  la  adquisición  de  los materiales como quedo (sic) probado, que  hizo  a  través  de  órdenes  de  suministro  el  señor  HUGO REYNEL ÁLVAREZ  SÁNCHEZ,   lo  que  desvirtúa  el  provecho  a  favor  propio  o  de  tercerso  (sic)”.   

         Seguidamente,  dentro  de  lo  rotulado  “La  equivocación  en el  raciocinio  jurídico  del  fallador  de  primera  instancia,  como  de  segundo  grado”,   critica   lo   que   denomina   argumento  “simplista”,  con  el  cual  las instancias resolvieron las tesis propuestas  por   la   defensa,  para  después  significa  que  si  aún  “en  gracia  de  discusión”,  se  acepta  que  fue  realizado  el  delito  de  celebración de  contrato  sin cumplimiento de requisitos legales, debe tomarse en consideración  que  fue el deseo de servir a la comunidad lo que animó al procesado, en cuanto  alcalde  del municipio de Puerto Bello, Cesar, y no la pretensión de violar los  dictados  de  la  Ley  80  de  1993. Por lo demás, agrega, este tipo de delitos  reclama  algún tipo de interés de apropiarse de dineros públicos y es esa una  pretensión que no puede deducirse en contra del acusado.   

        Ya  luego,  en  lo  que  parece  representar  la  definición concreta de los cargos  propuestos   en   contra  del  fallo  condenatorio,  el  demandante  señala  la  existencia de tres supuestas violaciones.   

           La  primera,  que  ubica  dentro  de  la  causal  primera,  no  se  sabe  si en el cuerpo primero o  segundo,  pues,  comienza  advirtiendo que se incurrió en un error “in  indicando  (sic)”, por violación  “indirecta”  de  la ley  sustancial  “por  indebida  aplicación de la norma  que   tipifica   el   delito   de   contrato   sin  cumplimiento  de  requisitos  legales”,  pero  desarrolla  el cargo expresando que  ello  es  debido  “a  un  error  de hecho por falso  juicio  de  existencia  al  haber  omitido  la  apreciación  del  específico y  determinante  medio  de  prueba  como era insistir en la práctica de una prueba  que   estaba   legalmente  solicitada  y  ordenada”,  precisamente,  recabar  de  la alcaldía de Puerto Bello, el acta del consejo de  gobierno,  donde  se autorizó al primer mandatario municipal, aunque no se dice  para qué.   

              La     segunda  violación,  o  cargo  segundo,  consiste, para el demandante, en que se afirmó  que  no  podía  el  procesado  valerse  de  lo  contemplado  en el “art.  24  excepciones  contenidas  en el numeral o literal j ley  80/93, reglamentada por el art. 17 decreto 2170 de 2000.”   

     

            A  renglón  seguido,  manifiesta el libelista que la norma contentiva del delito por el cual  se  condenó  a  su  representado legal, constituye uno de los denominados tipos  penales  en  blanco,  que  exigen  complemento  a  través  de  la  normatividad  administrativa.  De  igual  manera  “la excepción j  del   artículo   24   es   una   “cláusula   abierta  o  concepto  jurídico  indeterminado, que exige una aplicación razonable de la misma”.   

           Por  último,  la  tercera violación o cargo tercero,  remite,  para  el  recurrente, a que se concretó una violación indirecta de la  ley  sustancial  “por haberse realizado un error de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad respecto de la indagatoria –como  medio  de prueba de HUGO REINEL  (SIC)  ÁLVAREZ  SÁNCHEZ,  ya  que  se  le imputa la conducta como intencional,  cuando    del    contenido    de   la   misma,   se   infiere   un   actuar   no  doloso”.   

              Acorde  con estos tres cargos, termina el demandante solicitando de la Corte, se  emita    sentencia    de    reemplazo   en  la cual se absuelva al procesado.    

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

           La  demanda  de  Casación,  como  ya  amplia y reiteradamente lo ha venido significando esta  Corporación,  no  representa  un  simple  alegato  de  instancia  ni tiene como  finalidad  ofrecer una nueva oportunidad para que se contrapongan los argumentos  de    las    partes   a   efectos   de   obtener   satisfacción    a   sus  pretensiones.   

        Precisamente  por  su  connotación  de  mecanismo extraordinario, el recurso de  casación   implica   para  el  demandante  la  carga  procesal  de  fundamentar  adecuadamente  su  postulación,  dentro  de precisos  requisitos  que  obedecen  a  principios  lógicos  y  jurídicos                universales,  en  el  entendido de que a  esta  sede  arriba  el  fallo  prevalido  de  un  doble  carácter  de acierto y  legalidad,  solo  destronable a partir de la definición precisa y objetivamente  fundamentada,  de  que  la  sentencia  comporta un yerro de tal magnitud, que su  manifestación  en  el proceso asoma ostensible y tiene por sí misma   la   virtualidad   de   obligar  la  revocatoria    de    lo    decidido    o,   cuando   menos,   su   modificación  trascendente.   

            No se  trata,  entonces,  de que la parte vencida en ambas instancias, o en la segunda,  busque  de  nuevo  traer  a  colación  los argumentos allí planteados de forma  infructuosa,  con  la  esperanza de que ahora sí tengan eco ellos, sólo porque  se contraponen a la decisión más autorizada del fallador.   

              Ha    de  tenerse  en cuenta, así mismo, que si bien, las sentencias de primera y segunda  instancias,  cuando  resultan  uniformes en sus consecuencias, forman una unidad  inescindible, para efectos  del  ataque  en  casación  en  un  plano  de  estricto apego a la legalidad, la  demanda  debe  enfilarse  en contra del fallo de segundo grado, dado que es este  el  escenario  donde  se consolida la afectación que faculta legitimación para  recurrir,  a través de una  argumentación  que  necesariamente  debe  abordar el  contenido  y  efectos  de  esa  sentencia, en aras de  demostrar   cómo   ella   consigna   o   avala   el   yerro   que  repudia       su       legalidad       y       justicia.   

           Ello,  para   significar  la  abierta  improcedencia  que  comporta  el  grueso  de  la  fundamentación  consignada  en  el  escrito  de  casación  presentado  por  el  defensor  del  procesado, en tanto, y así lo anuncia  expresamente,  recoge, transcribiéndolo, el alegato de instancia presentado por  el    defensor   para   controvertir   la   sentencia   emitida   por     el     Juzgado     Penal       del       Circuito,  buscando  este fuera revocado  por        el  Tribunal.   

            No es  esa,  desde luego, una fundamentación que pueda tener legitimidad en casación,  sencillamente  porque  mal  puede  dirigirse  a  demostrar  yerros ostensibles y  trascendentes  en una decisión, el fallo de segundo grado, que para ese momento  no había sido expedida.   

           Y  es  esa,  debe  decirse,  la  menor  de  las  aristas  defectuosas  que se registran en el  escrito  de  casación, pues, su confusa redacción y el desorden argumental que  campea  en  cada  uno de los tópicos abordados, por lo demás, incongruentes en  su   relación   antecedente   consecuente,   impiden   conocer   siquiera   por  aproximación  cuál  es  el yerro concreto que se atribuye a lo decidido por el  Ad  quem,  cómo  en  particular  se  manifestó  esa  violación  dentro  de la  sentencia  y  de  qué manera se registra  su   trascendencia  para  ver  de  revocar  o  modificar  la  decisión.   

              Ni  siquiera  puede determinar la Sala cuántos son los cargos que se postulan o  si  se trata de uno sólo desarrollado en varios acápites, así se anote, luego  de   algunas consideraciones en torno del delito y su connotación típica,  que      en     principio     permitiría     advertir     aglutinada              la controversia  exclusivamente en el error  directo  contemplado  en el cuerpo primero del numeral primero del artículo 207  de  la  Ley 600 de 2000, que se trata específicamente  de  tres cargos, todos remitidos  supuestamente a  errores  de  hecho, aunque en su desarrollo, por lo demás lacónico, se mezclen  en      abigarrado  crisol   violaciones  de  variado tenor incluso contradictorias entre sí.   

              Como   es   evidente   que  el  recurrente    desconoce   los   mínimos   rudimentos   de   sustentación   del  extraordinario  recurso,  para  efectos  pedagógicos, la Sala estima pertinente traer a colación lo que se  ha  dicho  recientemente acerca de la forma en que deben abordarse las distintas  formas  de  violación  contempladas  en  el  artículo  207  de  La  Ley 600 de  2000.   

             A    este  efecto,  respecto de la violación directa consagrada en el cuerpo primero de la  causal     primera,     sostuvo     la     Corte1    

         

           “En  efecto,  como  se  sabe  por abundante doctrina  jurisprudencial,  cuando  el censor elige el cuerpo primero de la causal primera  de  casación,  violación  directa  de  la ley sustancial, como en este caso lo  hizo  el  aquí recurrente, está en el deber de aceptar los hechos, las pruebas  y  la  valoración  que  de  ellas  se  hizo  en  las  instancias,  y  en  tales  circunstancias,  no  le  es  factible  discutir  cuestiones  fácticas,  pues la  impugnación  es  de  estricto  orden  jurídico,  dirigida  a evidenciar que no  obstante  la  acertada  percepción  de  los  hechos  y  la correcta valoración  probatoria,  un  determinado  precepto  sustantivo  los  falladores  dejaron  de  aplicar,   o   aplicaron   indebidamente,   o   lo   interpretaron   de   manera  errada.   

De  cara a lo anterior, oportuno es recordar  que  dentro  de  esa  división tripartita, la falta de aplicación o exclusión  evidente,  por  regla  general,  se  presenta  cuando el juez yerra acerca de la  existencia  de  la  norma  y  por  eso  no  la aplica al caso específico que la  reclama.  Ignora  o desconoce la ley que regula la materia y por eso no la tiene  en  cuenta,  debido  a que incurre en error acerca de su existencia o validez en  el tiempo o el espacio.   

En la aplicación indebida, el juez desatina  en  la selección de la norma. El error se manifiesta en la falsa adecuación de  los  hechos  probados  a  los  supuestos  que  contempla el precepto, ya que los  sucesos    procesalmente   reconocidos   no   coinciden   con   las   hipótesis  condicionantes del mismo.   

Finalmente,  en la interpretación errónea,  el  juez  selecciona  bien  y  adecuadamente la norma que corresponde al caso en  cuestión,  y  efectivamente  la  aplica,  pero  al interpretarla le atribuye un  sentido  jurídico  que  no tiene, asignándole efectos distintos o contrarios a  los que le corresponden, o que no causa.   

La diferencia de las dos primeras especies de  error  directo,  con  el  último,  estriba  en  que  mientras  en  la  falta de  aplicación  y  la  aplicación  indebida  subyace un error en la selección del  precepto,  en  la  interpretación  errónea el yerro es sólo de hermenéutica,  pues  en rigor lógico hay que partir de la aceptación de que la norma aplicada  es  la  correcta,  esto  es,  la  que  reclamaba  el  asunto,  pero por error de  entendimiento  en  cuanto a su sentido o alcance, se le hace producir por exceso  o    defecto    consecuencias    distintas   a   las   que   jurídicamente   le  corresponden.   

Dicho  en otras palabras, si una determinada  norma   de  derecho  sustancial  ha  sido  dejada  de  aplicar  o  aplicada  sin  corresponder  al  asunto, y ese error ha sido determinado por equivocaciones del  juez  en  la auscultación de su alcance, habrá aplicación indebida o falta de  aplicación,  pero  no errónea interpretación del precepto, puesto que para la  estructuración  de  este  último  sentido  de la violación se requiere que la  norma haya sido y deba ser aplicada.”   

           Y,  atinente  a    la    violación    indirecta,   se   sostuvo2   

           “2.  En  efecto,  la violación indirecta de la ley sustancial, vía de  ataque  preferida  por  el  libelista  para  censurar el fallo de segundo grado,  está  ligada  a  la  materialización de vicios de naturaleza probatoria de dos  clases distintas: de derecho y de hecho.   

Los  errores  de  derecho  se subdividen en:  falso  juicio  de  legalidad  y  falso  juicio  de  convicción  vicios  que son  ontológicamente  diferentes. El juicio de legalidad se relaciona con el proceso  de  formación  de  la prueba, con las normas que regulan la manera legítima de  producir  e  incorporar  la  prueba al proceso, con el principio de legalidad en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los presupuestos y las formalidades  exigidas  para  cada  medio,  de  suerte  que el dislate se cristaliza cuando el  fallador  valora  o  aprecia  un  medio  de  prueba que desconoce alguna de esas  ritualidades,  o porque califica de ilegal una que sí las satisface y por tanto  es válida.   

El  juicio  de  convicción  consiste en una  actividad  de  pensamiento  a través de la cual se reconoce el valor que la ley  asigna  a determinadas pruebas, presupone la existencia de una “tarifa legal” en  la  cual  por voluntad de la ley corresponde a las pruebas un valor demostrativo  predeterminado  o  de  persuasión  único  que  no  puede  ser  alterado por el  intérprete;  en  consecuencia,  se  incurrirá  en  error  por  falso juicio de  convicción  cuando  se niega a la prueba ese valor que la ley le atribuye, o se  le  hace  corresponder  uno  distinto.  Sin  embargo,  al  desaparecer la tarifa  probatoria  en  materia  procesal  penal,  sustituida  por el sistema de la sana  crítica  previsto  en  los  artículos  238,257,  277, 282 y 287 del Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000), en principio, no es posible para los  jueces  incurrir  en  errores  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción,  porque   la  legislación  penal en materia de pruebas no somete, por regla  general,   su  raciocinio  a  evaluaciones  dependientes  de  una  tarifa  legal  probatoria.   

Los   errores   probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de  derecho,  obligan  a  quien los invoca a aceptar que la  prueba  respecto  de  la  que  los  alega fue reconocida por el funcionario como  legal,  regular  y  oportunamente allegada al proceso, toda vez que lo discutido  constituye  vicios  fácticos  que  se  desarrollan  en  tres modalidades: falso  juicio de existencia, falso juicio de identidad y falso raciocinio.   

Incurre  en  falso  juicio  de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El  falso  juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un  falso  juicio  de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente,  el  falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No  sobra destacar que, adicionalmente, como  es  sabido,  bien  se  trate de errores de derecho o ya de hecho, tras demostrar  objetivamente  el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o, lo que es  lo  mismo, que de no haberse incurrido en él, la declaración de justicia hecha  en  sentencia  habría  sido  distinta  y  favorable  a  la  parte  que alega el  respectivo desaguisado.”   

         Descendiendo  al caso concreto, para abordar en primer lugar el que  parece  significar  un cargo autónomo señalado en el proemio de su escrito por  el  casacionista, referido a la supuesta inexistencia del delito que se atribuye  a  su patrocinado legal, o mejor, que existe una norma  administrativa  a  través  de  la cual se avala legal lo ejecutado por este, es  necesario   precisar   que   se   desatendió  por  completo  la  jurisprudencia  transcrita,  pues,  en  tratándose de la presunta violación directa de la ley,  el  demandante  tenía  vedado  abordar  aspectos diferentes del estricto examen  jurídico del fallo.   

            Lejos   de  ello,  como  se  lee en el libelo, el recurrente ocupó un amplio apartado de su  crítica  en  relacionar  lo  que estima deben entenderse hechos probados, desde  luego,  ajenos  a  los  establecidos  por  las  instancias  y  afines  con  su pretensión de que se declare  inocente al procesado.   

       Así,  se  reitera,  desvió  el  camino  de  la  violación  directa  y simplemente tornó  alegato     de     instancia     la    crítica,  encaminada  a  hacer prevaler su visión de los hechos y  las  pruebas  en  que  se soportan, por encima de la postura más autorizada del  Tribunal  que,  se  recuerda,  se  halla  prevalida de una doble connotación de  acierto y legalidad.       

          Obvió  significar  también,  el censor, si el Tribunal no aplicó determinado precepto  sustancial,   o   aplicó   indebidamente  la  norma  o,  finalmente,  hizo  una  interpretación  errónea  de  lo  que  el  postulado  informa,  tipos  de yerro  diferentes  que necesariamente deben ser precisados para que pueda advertirse la  efectiva  vulneración  pregonada,  como  quiera  que la sola mención de normas  inconexas  o  la  particular  apreciación  de  cómo  operan  ellas  en el caso  concreto,  tornan  indeterminada  la  controversia y, por ese camino, elusiva la  posibilidad  de  definir  cuál en concreto fue el error en que pudo incurrir el  fallador.   

          En este sentido,  no  aprecia  la Sala cuál  es  el  propósito  de  destacar  uno  solo  de  los  tantos  hechos,  o  mejor,  afirmaciones  contenidas  en el fallo –que  el  funcionario  no  obtuvo  lucro económico particular o se  benefició   con   el   contrato   irregular-,  para  sustentar  con  ello la existencia del yerro pregonado, pues, parece entender el  demandante,  a  partir de una lectura descontextualizada de la jurisprudencia de  la  Corte, que lo obligado aceptar, para que tenga buena fortuna la controversia  enfilada  por  el  sendero  de  la violación directa, no es la totalidad de los  hechos  y  valoración  probatoria efectuados por el Ad quem, sino apenas una de  las  tantas  aristas  fácticas  o suasorias que componen el universo decisorio,  para,  infructuosamente,  intentar  a  partir  de allí, consolidar una crítica  condenada al fracaso.   

          Por  lo  demás,  la    manifestación    destacada   –que  el  procesado  no se benefició del contrato-, se queda en el  mero  enunciado, sin que se haya establecido un nexo jurídico concreto respecto  de  la conducta punible por la cual se condenó al acusado, apenas aseverando el  recurrente  que  ello,  la  carencia  de  lucro  o  interés particular, permite  advertirlo  inocente,  aunque jamás se relaciona cómo incide respecto del tipo  penal  de contrato sin cumplimiento de requisitos legales, que, debe destacarse,  no exige para su materialización de ese ánimo especial.   

         Ahora,  el  examen  de los tres cargos discriminados  por  el impugnante se revela elemental, en tanto, apenas en veinte líneas, para  citar  el  más  extenso  de ellos, pretende demostrar la existencia de un vicio  etéreo  en  su  significación,  ya  que, a más de obviar desarrollar el tema,  estableciendo  qué  dice  o  debe  decir  la  prueba,  qué  entendió o debió  entender  el  Tribunal  y  cuál  es  la trascendencia del yerro, entremezcla de  manera  confusa  y  contradictoria  conceptos completamente contrarios, al punto  que  en  el  primer  cargo  comienza  señalando  que  se  presentó  violación  indirecta  de  la  ley  –en  cuyo  caso,  se  trataría,  necesariamente,  de  un  error  de  hecho  o  de  derecho-,  pero  a  continuación     establece    que    ello    deriva    de     “indebida   aplicación  de  la norma que tipifica el delito de contrato sin cumplimiento  de     requisitos     legales”,    retornando  así a la sede del error directo, para después, en el  mismo  párrafo,  establecer  que sí se trata de un error de hecho “por      falso     juicio     de  existencia”  –que, como se anotó en  la  jurisprudencia  transcrita,  deviene  de que una prueba legal y regularmente  aportada  al  expediente no fue apreciada-, pero no porque se dejara de apreciar  el  medio, sino en razón a que no se insistió “en  la    práctica    de    una    prueba  que  estaba  legalmente  solicitada  y  ordenada  por el juez de  primera  instancia”  ,  con  lo  cual  se  desvía  la  controversia  desde  el  error de hecho hasta el  apartado  de  la  investigación  integral,  que, de demostrarse, representa una  causal         autónoma         de         nulidad        procesal.      

                 

           No  es  posible,  con  un  mínimo  de  sindéresis, aducir en un mismo cargo y como  consecuencia  del  mismo  hecho,  que  se han presentado de manera tan profusa y  confusa,  violaciones  que  en  sí  mismas se contraponen en un campo lógico y  jurídico.   

           En  este  sentido,  no  puede  ser  lo  mismo  que el Tribunal dejé de apreciar una  prueba  efectivamente  recogida,  a  que  no  se  hubiese  recolectado  el medio  pertinente  solicitado  por  la parte, ni  ello puede conducir a determinar que se aplicó indebidamente la  norma  tipificante  de  la conducta endilgada al procesado, toda vez que en este  caso   el   error   se   discrimina   eminentemente  jurídico,  no  fáctico  o  probatorio.   

             En    el  segundo  de  los  cargos  rotulados por el demandante, este se limita, en quince  líneas,  a  decir  que  el tipo penal regulatorio del delito de contrato sin el  cumplimiento  de  requisitos  legales,  es  de los llamados en blanco, pero nada  más  agrega  para  entender  que  efectivamente  busca demostrar algún tipo de  violación,  razón  por  la  cual,  ante la ostensible sustracción de materia,  nada tiene que evaluar la Sala.   

        Finalmente,  el  que  denomina  tercer  cargo  la demanda, sustentado en catorce  líneas,   adolece  del  mismo  tipo  de  error  de  fundamentación,  radicado  en que solo se enuncia un hecho, pero de él nada se  argumenta  en  pro  de  demostrar  cualesquiera violaciones en los fallos. Sólo  anota   el   recurrente,   sin   mayor   desarrollo  discursivo,  que  se materializa “un error de hecho  por   falso   juicio  de  identidad  respecto  de  la  indagatoria  –como medio de prueba de HUGO REINEL  ÁLVAREZ  SÁNCHEZ, ya que se le imputa la conducta como intencional, cuando del  contenido                         de                        la         misma,    se    infiere   un   actuar   no   doloso”.   

         Ni  siquiera cita el recurrente los apartados trascendentes que corroboran en la  indagatoria  que  el  actuar  no  fue  doloso,  o  lo  que el Tribunal anotó al  respecto  –esto es, qué  fue  lo  cercenado,  adicionado  u  objetivamente tergiversado, por tratarse del  falso  juicio  de identidad-, o cómo debe darse credibilidad al procesado   y  ello  se contrapone a  las demás pruebas obrantes en el proceso.   

           Por mucho,  entonces,   que   la   Corte   busque  enmendar  las  ostensibles  carencias  de  fundamentación  y  evidentes  yerros lógicos que pueblan la demanda examinada,  resulta   imposible  hallar  un  hilo  conductor  suficiente  para  soportar  la  existencia,  así fuese difusa, de algún tipo de violación que faculte admitir  el extraordinario recurso para examinar de fondo lo actuado.   

No  es,  además,  necesario  que  la  Corte  intervenga  oficiosamente,  ya  que  la  verificación  de  lo  tramitado  y del  contenido   de  las  decisiones  de  fondo,  advierte  de  pleno  apego  por  la  legalidad,    razón   suficiente,   junto   con   los   impedimentos   argumentales  antes referenciados, para que se inadmita la demanda de casación.   

          En   mérito  de  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA   DE   JUSTICIA,   Sala  de  Casación  Penal,   

R E S U E L V E  

          INADMITIR         la    demanda    de    casación   presentada   por   el     defensor     del  procesado  HUGO REYNEL ÁLVAREZ SÁNCHEZ.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO         MARÍA DEL  ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN         JORGE LUIS  QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS             JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Auto  del 24 de octubre de 2007, radicado 21.815   

2 Auto  del 10 de octubre de 2007, radicado 22.597     

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