28605(10-07-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 28605  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  185  

Bogotá  D.C.,  diez (10) de julio de dos mil  ocho (2008).   

V   I   S   T   O   S   

La  Sala  resuelve  sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  argumentación de las demandas de casación interpuestas por  los  defensores  de  los  procesados  ONELYS  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ,   FIDIA  HELENA  GARCÉS  ENAMORADO  y  MANUEL  IGNACIO CABRALES NARVÁEZ.   

H E C H O S  

Así  los resumió el sentenciador de segundo  grado:   

“Viene demostrado  en  esta  actuación  que  el  día 9 de agosto de 2003, a las 3:30 p.m., varios  hombres   armados  ingresaron  a  la  finca  “Pensilvania”,  ubicada  en  el  corregimiento  de  Carrillo,  jurisdicción del municipio de San Pelayo, a bordo  de  un  Renault 12 y dos motos sin placas, se identificaron como miembros de las  AUC,  reclamaron la presencia de Hernando Hernández, al informarle que éste se  encontraba  ausente  procedieron  a  retener a ORLANDO  HERNÁNDEZ  LÓPEZ,  padre del antes mencionado, a  quien  se  llevaron  a  bordo  de uno de los vehículos que se encontraban en la  mencionada finca.”   

“El mismo día de  los  hechos,  esos  sujetos  hurtaron  a  las personas ahí presentes la suma de  $1.300.000  en  efectivo,  un  vehículo Montero marca Mitsubishi cinco puertas,  modelo  2003,  color  vinotinto;  dos  revólveres  calibre 38 corto marca Smith  &  Wesson;  un  revólver  calibre  38  largo marca Llama, dos celulares que  correspondían  a  los  números 315-5512142 y 310-8422276, un reloj y un anillo  de oro.”   

“El sujeto ORLANDO  HERNÁNDEZ  LÓPEZ,  dueño  de  la  finca “Pensilvania” fue trasladado a un  lugar   ubicado   en   el  corregimiento  de  Las  Tablitas,  jurisdicción  del  Departamento  de  Sucre,  lugar  en  donde fue abandonado días después por las  personas   que   lo   secuestraron   y   encontrado   por   las  autoridades  de  Policía.      Por    su    liberación    se    pedía    la    suma    de  $1.200.000.000.”   

“Con fundamento en  los  titulares de prensa del diario El meridiano, de fecha agosto 10 de 2003, en  donde  se  daba  cuenta  del  secuestro del señor ORLANDO HERNÁNDEZ LÓPEZ, la  Fiscalía  Tercera Delegada Especializada de Montería abrió la correspondiente  indagación  preliminar y comisionó a las autoridades de policía judicial para  que  adelantaran  las  diligencias  tendientes al esclarecimiento de los hechos,  tal  como consta en el oficio No. 48057 de 12 de agosto de 2003, visible a folio  6 del cuaderno No. 1 original.”   

“Con fundamento en  los  informes  de  policía  judicial  rendidos  en  este  proceso, la Fiscalía  Tercera  Delegada  recepcionó  la  declaración  de  Ramiro Sotomayor Espinosa,  quien  manifestó  que  conoce a un señor de apellido Rojas que fue sub oficial  de  la  Infantería  de  Marina  en Coveñas, que con ese señor se encontró en  Cereté  y  se  saludaron dos o tres veces, le presentó a un amigo que se llama  Pedro,  días  después  le  propusieron  comprar  un  whisky  y  le dijeron que  necesitaban  de  dos  a  tres  millones de pesos y en quince días le darían su  dinero más la utilidad.”   

“Él  (Sotomayor  Espinosa)  le entregó la primera vez $1.000.000 y luego $850.000.  Una vez  entregó  el  dinero,  esos  señores  le  dijeron que no iban a comprar ningún  Whisky  y  que  el  negocio  se  trataba  era de secuestrar a ORLANDO HERNÁNDEZ  LÓPEZ,  por esa razón él colocó los hechos en conocimiento de los agentes de  policía   pertenecientes   al   Gaula”.1   

A N T E C E D E N T E S  

1.   Por  los  anteriores  hechos,  el  10  de septiembre de 2004 (fl. 235-253, c.o. 5), fueron  acusados  ORLANDO ROJAS VALERO, MANUEL IGNACIO CABRALES  NARVÁEZ,   ENRIQUE   DE   JESÚS   VERBEL   MEDINA,  ONELYS  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ,  FIDIA    HELENA    GARCÉS    ENAMORADO,  VICTOR  ANTONIO TORRES SALAS, JHON JAIRO TORRES GONZÁLEZ, RAFAEL  ANDRÉS  CÁRDENAS  RUIZ,  PEDRO ANTONIO ALCAZAR BORJA, ROBERTO CARLOS BOHORQUEZ  PADILLA,  FIRMO SEGUNDO RUIZ CORDERO, MISAEL MANUEL HERNÁNDEZ FLÓREZ y ALFREDO  MANUEL  ACOSTA  FLÓREZ  por  la  Fiscalía  3ª Especializada de Montería como  coautores  de  los  delitos  de  secuestro  extorsivo  agravado (artículos 169,  170-3-6-9  de  la  ley  599  de  2000,  modificados  por la ley 733 de 2002), en  concurso  con  hurto  calificado  y  agravado  (artículos  239,  240  inciso 6,  241-10-11),  concierto  para  delinquir  (artículo  340  de la ley 599 de 2000,  modificado  por  la ley 733 de 2002) y porte ilegal de armas de defensa personal  (artículo 365-1 del Código Penal).    

2.    La  acusación  fue  apelada  por  los  defensores de FIDIA  HELENA  GARCÉS ENAMORADO y de ENRIQUE DE JESÚS VERBEL  MEDINA,  y  confirmada  en  2ª  instancia  el  22  de  diciembre de 2004.   

3.  La etapa del  juicio  la  tramitó  el  Juzgado  Penal del Circuito Especializado de Montería  que,  el  9  de septiembre de 2005, dictó sentencia de primera instancia, así:  condenó   a  MANUEL  IGNACIO  CABRALES  NARVÁEZ,   ORLANDO   ROJAS   VALERO,   ENRIQUE   DE   JESÚS  VERBEL  MEDINA,  ONELYS  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ, FIDIA  HELENA  GARCÉS  ENAMORADO, VÍCTOR  ANTONIO  TORRES  SALAS,  JHON  JAIRO  TORRES GONZÁLEZ, RAFAEL ANDRÉS CÁRDENAS  RUIZ,  PEDRO  ANTONIO  ALCÁZAR  BORJA, ROBERTO CARLOS BOHÓRQUEZ PADILLA, FIRMO  SEGUNDO  RUIZ  CORDEO,  MISAEL  MANUEL HERNÁNDEZ FLÓREZ y ALFREDO JOSÉ ACOSTA  FLÓREZ  a  las  penas  principales  de  420  meses  de  prisión, multa de 5000  salarios   mínimos   legales   mensuales   vigentes   y   a   la  accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por 18  años  (fl. 1-80, c.o. 8), como coautores de las conductas punibles de secuestro  extorsivo  agravado  (artículos  169,  170-3-6-9 del Código Penal) en concurso  con  hurto  agravado  y  calificado (artículos 239, 240 inciso 6, 241-10-11 del  Código  Penal),  y  porte ilegal de armas (artículo 365-1 del mismo estatuto),  al  tiempo que los absolvió del delito de concierto para delinquir.     

4.  Apelada la  sentencia   por   los  defensores  de  MANUEL  IGNACIO  CABRALES   NARVÁEZ,  JHON  JAIRO  TORRES  GONZÁLEZ,  ENRIQUE  DE  JESÚS  VERBEL  MEDINA,  ONELYS  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ,  FIDIA  HELENA GARCÉS ENAMORADO, y por los  procesados  VICTOR  TORRES SALAS y ORLANDO ROJAS VALERO, el Tribunal Superior de  Montería   la   modificó   parcialmente  en el sentido de absolver a ENRIQUE DE JESÚS VERBEL MEDINA de los  delitos     por     los     que     fue    condenado,    y    la    confirmó en todo lo demás (fl. 39-89, c.  del Tribunal).    

L  AS      D E M A N D A  S   D E   C A S A C I Ó N   

El  defensor  de las procesadas ONELYS  RAMÍREZ  VALÁSQUEZ y FIDIA  GARCÉS  ENAMORADO,  así  como  el  de  MANUEL  IGNACIO  CABRALES  NARVÁEZ  presentan   sendas  demandas  que  casación,  cuyos  argumentos  se  sintetizan así:   

A.            DEMANDA  PRESENTADA  POR  EL DEFENSOR DE  ONELYS  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ y FIDIA GARCÉS ENAMORADO.   

Tras citar los presupuestos que ha fijado la  jurisprudencia  de  la  Sala para demostrar en sede de casación el falso juicio  de   existencia,  el  falso  juicio  de  identidad  y  la  duda  probatoria,  el  demandante,  con  fundamento  en  la  causal  de  casación descrita en  el  artículo  207-1  de  la  ley  600 de 2000, acusa a la sentencia de 2º grado de  violar  la  ley  sustancial de manera indirecta, por vía del error de hecho, en  la  modalidad  de falso juicio de existencia y falso juicio de identidad, yerros  que,  según  dice,  condujeron  al sentenciador a predicar de las procesadas la  condición  de  coautoras  de los delitos de secuestro extorsivo agravado, hurto  calificado    y    agravado    y   porte   ilegal   de   armas   (pág.   20-21,  demanda).   

En  desarrollo  del  cargo,  el casacionista  señala  que  no  existe  prueba en la actuación que demuestre que FIDIA    HELENA   GARCÉS   ENAMORADO   y  ONELYS  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ  tuvieron  participación en los hechos investigados, y que, por el contrario, la  prueba  apunta  a  que las procesadas no conocían ni sabían de las intenciones  de  quienes  resultaron  ser los secuestradores, toda vez que la primera limitó  su  comportamiento  a  arrendarle  a  éstos  una  habitación  y a cocinarles ,  mientras  que  la  segunda  tuvo conversaciones telefónicas con “los  miembros  de  la  banda”, las cuales  encuentran  explicación  en  su  oficio de modista y comerciante de ropa (pág.  21, demanda).   

El censor critica que el sentenciador de 2º  grado   incurrió   en   “elucubraciones”   al   afirmar,   de   manera   subjetiva,  que  las  procesadas  GARCÉS    ENAMORADO   y  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ hacían  parte  de  la  banda  que  perpetró  los  delitos  solamente  porque la primera  hospedó  en  su  casa  de  habitación  a  los miembros del grupo delincuencial  (pág. 22-23, demanda).   

El casacionista afirma que el sentenciador, a  efectos   de   demostrar   la   pertenencia   de  las  procesadas  al  grupo  de  secuestradores,  inventó  una  prueba  inexistente  toda vez que mencionó unos  diálogos    entre    “mi    cliente    con    sus  inquilinos”; reprocha además que el sentenciador no  podía  deducir  del  dicho  del  procesado  TORRES  GONZÁLEZ  la  relación de  RAMÍREZ   VELÁSQUEZ   y  GARCÉS  ENAMORADO  con  los  delincuentes,  ya  que si bien es cierto que ellas les cocinaban, también lo es  que    lo    hacían    en    cumplimiento    de    un    contrato   verbal   de  arrendamiento.   

El   demandante   dice   que  el  Tribunal  “deja  de  valorar  como  debe  hacerse”  las  indagatorias  de  las  procesadas,  comoquiera  que dichos  medios  de  convicción  no dicen que ellas “supieron  lo   que   estaban   fraguando;   esto   no   deja   de   ser   más   que   una  creación”, constitutiva de  falso juicio de existencia.   

Agrega el censor que no existe certeza sobre  la  participación  de  las  procesadas en los hechos a título de coautoras por  “reparto            criminoso”, toda vez que  en  el fallo “no existe mención directa en contra de  mis  defendidas”,  y  su responsabilidad no se puede  deducir  de  las  conversaciones  telefónicas  sino  de  su  contenido; y éste  encuentra  explicación  en  la  condición  de modista y comerciante de ropa de  RAMÍREZ             VELÁSQUEZ.         

El demandante asegura que la sentencia carece  de  motivación  probatoria   porque erró en la apreciación y valoración  de  la  prueba  “que se encuentra en todos los folios  del  expediente”,  en  especial  de  las  pruebas de  descargos  que  obran  a  folios 37 a 39, 124 a 128, 299 a 301, 302 a 304, 305 a  308  del  4º  cuaderno  original  y en el acta de audiencia pública, la cuales  conducen  necesariamente  a una sentencia absolutoria.  Insiste en la falta  de  motivación  de  la  sentencia  con fundamento en que ésta no se pronunció  sobre  la  petición  de  absolución  del  Ministerio  Público,  y ni siquiera  mencionó las razones por las que no compartió su tesis.   

El  impugnante  asegura que la insuficiencia  probatoria  debió  generar una duda que favorecería a las procesadas, en lugar  de  permitir  su  condena  “porque para condenar  no  se  puede  acudir  al sentido común ni a la regla de experiencia porque hay  prueba  en  contrario  de  certeza indicativa de que mis mandantes no cometieron  los hechos que se les imputa”.   

Aduce el censor que, de no mediar los yerros  acusados,  la  sentencia  hubiese sido absolutoria; en consecuencia, pide que se  case el fallo impugnado y se absuelva a las procesadas.   

B.            DEMANDA  PRESENTADA  POR  EL DEFENSOR DE  MANUEL IGNACIO CABRALES NARVÁEZ   

Al  amparo  del  cuerpo  segundo  de la  causal  primera  de  casación  que  describe  el artículo 207 de la ley 600 de  2000,  el  libelista  acusa  que  el  sentenciador de 2º grado violó de manera  indirecta  la  ley  sustancial  por  errores  de  derecho  y  de  hecho  en  las  modalidades  de  falso  juicio  de legalidad, falso juicio de existencia y falso  juicio  de  identidad,  que condujeron a la inaplicación del artículo 29 de la  Constitución  Política,  de los artículos 7º y 235 de la ley 600 de 2000 y a  la    aplicación    indebida   del   232   del   mismo   estatuto   (pág.   1,  demanda).   

En  desarrollo  del  cargo,  asegura  que la  captura      de     MANUEL     IGNACIO     CABRALES  NARVÁEZ   fue ilegal por cuanto: no había orden  de  captura en su contra, la actuación se encontraba en investigación previa y  no    fue   puesto   a   órdenes   de   la   autoridad   judicial   de   manera  inmediata.   

De  dicha  captura  ilegal,  así como de la  también  ilegal  interceptación  del abonado telefónico 3346324, de los datos  suministrados  por  un  informante  cuya  identidad  nunca  se conoció y de las  torturas   de   que  fue  víctima  CABRALES  NARVÁEZ  al momento de su aprehensión, surgió  el primer  informe  de  la  Dirección  Antisecuestro   y  Extorsión  de  la Policía  Nacional   de   7   de   septiembre   de   2003,   que   dejó   a  MANUEL  IGNACIO  CABRALES  NARVÁEZ  a  disposición de la autoridad judicial.   

Dicho      informe      –agrega-  está  viciado, por razón de  las  aludidas  falencias,  en lo que tiene que ver con la participación de  CABRALES   NARVÁEZ  en  el  secuestro.   Aún   así,   “se   le   da   mérito  probatorio”  y  se le tiene como plena prueba por la  fiscalía  al  resolver  la situación jurídica del procesado, como también al  sustentar   la   resolución   de   acusación   en   su   contra   (pág.  4-6,  demanda).   

El  vicio  que  recae  en  el  informe de la  policía  judicial  tiene  incidencia  en  el  fallo, ya que allí se afirma que  “la  hipótesis  acusatoria  se encuentra fundada en  las   actividades  de  investigación  previa”,  las  cuales,  por  las  circunstancias  ya descritas, fueron ilegales, además porque  fueron  realizadas  por  iniciativa propia del funcionario investigador y sin la  autorización y dirección de la fiscalía (pág. 7, demanda).   

El   censor   asegura   que   existió  un  falso  juicio de legalidad al  apreciar  la  intercepción  de  la  línea  telefónica 3346324, la cual no fue  legalmente   autorizada   puesto   que,   de   haberlo   sido,   la  resolución  correspondiente  debería  obrar en el cuaderno primero de la actuación y no en  el  octavo;  de  manera  que  al decir el Tribunal que dicha interceptación fue  legal  incurre  en  una  “disconformidad  con lo que  realmente   muestra   el   proceso”  (pág.  16-17,  demanda).   

El  demandante  reprocha que el sentenciador  incurrió  en  falso  juicio  de legalidad  al  apreciar  los testimonios de los miembros de la policía Ermel  Díaz  Echeverri  y  Jairo Humberto Amorocho Rozo, toda vez que no advirtió que  éstos   suministraron   información  relativa  a  la  supuesta  confesión  de  MANUEL    IGNACIO    CABRALES   NARVÁEZ,  confesión  que  se  obtuvo  mediante  tortura, es decir, que los  aludidos  testimonios  no podían ser objeto de apreciación porque derivaron de  prueba ilícita (pág. 21, demanda).       

El demandante critica además que los medios  de   convicción   no   se   hubiesen   apreciado   a   favor   de  CABRALES  NARVÁEZ,  de la misma manera en  que  fueron  apreciados  a  favor  del procesado absuelto Enrique Verbel Medina.   

El  censor  acusa al Tribunal de incurrir en  “error     de     derecho     por    falso  juicio  de  identidad” al valorar  la  declaración  de Rafael Emiro Sotomayor Espinosa (pág. 23, demanda); en tal  sentido,  reprocha  que  el sentenciador hubiera deducido de dicho testimonio la  identidad  y  compromiso  con  los  hechos  de  MANUEL  IGNACIO  CABRALES  NARVÁEZ, toda vez que el testigo no  dijo  que  el  procesado  fuera  partícipe  del  secuestro,  sino  que en Tolú  conoció  a  un sujeto de apellido CABRALES,  sin  precisar  que  se tratara de la misma persona; como en dicho  testimonio  solamente  hay  duda  sobre  la  participación del procesado, ésta  debió   resolverse   a   favor   del  aquél  (pág.  23,  28,  demanda).    

Tras  repasar el contenido de la indagatoria  de  JHON  TORRES  GONZÁLEZ,  así  como  los testimonios de Dilma Isabel Acosta  Moreno,  Alcira Esther Cabrales Narváez, Gloria Esther Cabrales Narváez, Edgar  Garay,  Ciro  Lara  y  Luis  Gómez Santos (pág. 29-33, demanda), el demandante  reprocha      que     para     la    fiscalía    fueran    “testimonios  sospechosos  sin una explicación coherente”,  e insiste en que demuestran la inocencia del procesado, y, por  lo  tanto,  al  ignorarlos, el Tribunal incurrió en falso juicio de existencia.   

Como  consecuencia  de lo alegado, el censor  solicita  a la Corte: “en fallo de reemplazo se dicte  sentencia  de  nulidad  por haberse dictado la sentencia en un juicio viciado de  nulidad,   por  haber  incurrido  en  error  de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad”  (pág.  1,  demanda), y al mismo tiempo:  “casar  en  su totalidad la sentencia recurrida, por  la  causal  invocada y los cargos formulados en la valoración de la prueba y la  omisión   de   la   misma,   y  dicte  el  fallo  de  sustitución.” (pág. 34, demanda).   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  Ante  todo  es  imperioso recordar que la  casación  es  un  recurso  de naturaleza extraordinaria y rogada, motivo por el  cual  el legislador estatuyó las causales por las que resulta procedente atacar  la  presunción  de  acierto  y  legalidad con que viene amparada la sentencia a  esta  sede. De igual modo, dada las citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos formales  que  debe  cumplir  el  libelo,  los cuales a la Corte no le está dado entrar a  complementar  o  suplantar  por razón del principio de  limitación.   

Como  lo  tiene dicho la Corte, la demanda de  casación  no  es  de  libre  formulación,  razón por la cual no es procedente  hacer  cualquier  clase  de  cuestionamiento  a  una  sentencia  que  por ser la  culminación  de  un  proceso  está  amparada,  como  se  indicó, por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que debe ser un escrito lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido denunciar los errores cometidos en el  fallo,  al  tenor  de  los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley,  demostrarlos   dialécticamente  y  evidenciar  su  trascendencia  en  la  parte  dispositiva del mismo.   

Por  ello, el éxito de la censura no depende  de  lo  sugestivo del discurso plasmado en la demanda, sino de la argumentación  metodológica  que  conlleve,  de  manera  lógica,  precisa  y  coherente, a la  demostración  de que la sentencia es ilegal, por haber incurrido el juzgador en  vicios de juicio o de procedimiento, según el caso.   

2.  De entrada,  la  Sala señala que inadmitirá las demandas elevadas por los defensores de los  procesados  ONELYS  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ, FIDIA HELENA  GARCÉS  ENAMORADO  y MANUEL  IGNACIO  CABRALES  NARVÁEZ,  toda  vez  que no se acogen a  los principios que  orientan la impugnación en esta sede extraordinaria.   

A.             DEMANDA  PRESENTADA  POR  EL DEFENSOR DE  ONELYS RAMÍREZ VELÁSQUEZ y FIDIA HELENA GARCÉS ENAMORADO.   

El  libelista, en lo que parece ser un cargo  único  por  error  de hecho, reprocha que el Tribunal incurrió en falso  juicio  de existencia y falso  juicio  de  identidad al deducir la  responsabilidad  de  las procesadas, toda vez que inventó la existencia de unas  conversaciones  telefónicas  entre  éstas  y  los  secuestradores y porque del  dicho  del  procesado  JHON  JAIRO  TORRES  GONZÁLEZ,  de  las  indagatoria  de  RAMÍREZ   y    GARCÉS,   y   de    la   prueba  “que   se   encuentra   en  todos  los  folios  del  expediente”  dedujo  lo que ésta no dice, es decir,  la responsabilidad de las procesadas.   

Agrega  el libelista que lo que la prueba en  realidad      demuestra      es     que     GARCÉS  ENAMORADO  limitó su comportamiento a alquilarles una  habitación  de  su  propia residencia y a cocinarles, mientras que RAMÍREZ  VELÁSQUEZ tuvo relación con las  mismas  personas  por  razón de su ocupación de modista y comerciante de ropa;  pero  ninguna  de  las dos  conocía las actividades ni las intenciones del  grupo  de  inquilinos,  de  manera que, por apreciarlo el sentenciador de manera  contraria,   incurrió   en   un   falso   juicio  de  existencia.   

Vista las modalidades de violación indirecta  de  la  norma  sustancial  que  el  libelista  ensaya,  la Sala estima necesario  recordar  que  el  error  de hecho por falso juicio de  identidad  consiste  en  que el juzgador al momento de  apreciar  un  medio  de prueba lo distorsiona, yerro que lo lleva a declarar una  verdad  que  no  se  compadece  de su contenido literal.  Por manera que el  casacionista  debe  demostrar  cómo, de haber sido apreciado el citado elemento  de  juicio  de  manera  estricta a su contenido, necesariamente el fallo, por lo  menos, habría sido favorable al acusado.   

Así  mismo, habrá de tener en cuenta, como  de  manera  pacífica  lo  ha  reiterado  en jurisprudencia, que el error    de    hecho    por   falso   juicio   de   existencia   por  suposición,   tiene   lugar  cuando  la  providencia  judicial  se  edifica  con  fundamento en un medio probatorio trascendente en el  sentido   de   la   decisión   que  nunca  fue  allegado  durante  el  trámite  investigativo,   esto   es,   porque  sin  figurar  en  la  actuación  el   funcionario  judicial  supone  que  allí  aparece  y  lo  tiene en cuenta en el  proceso  de  valoración  probatoria  con  efectos  jurídicos  en su proveído,  evento  en  el  cual  corresponde  al  demandante indicar la prueba supuesta, el  mérito  suasorio  que  le  fue  asignado  y cómo su marginación conduce a una  decisión   diversa   a   la   impugnada   y   favorable  a  los  intereses  del  condenado.   

Teniendo en cuenta los anteriores derroteros,  la  Sala encuentra que el demandante no atina con los presupuestos de ninguna de  las vías de ataque escogidas.  Veamos por qué:   

El  impugnante  no  deslinda  con suficiente  claridad  hasta  dónde  va  la  sustentación  del reproche por falso juicio de  existencia  y  hasta  dónde  el del falso juicio de identidad que acusa; por el  contrario,  critica  simultáneamente  la  invención  probatoria  y la indebida  apreciación,  lo  que  en últimas no demuestra ninguno de los dos yerros, sino  que  se  aparta de sus presupuestos para incursionar, sin éxito, por demás, en  los  de  un  mal  enfocado falso raciocinio,  toda  vez  que  se limita a cuestionar la apreciación probatoria  del  sentenciador, sin demostrar una violación ostensible y trascendente de las  reglas  de  la  sana  crítica;  por  lo  tanto, el demandante incumple el deber  de  precisión  y claridad en  su     argumentación    y    desconoce    el    principio    de    autonomía de las causales.   

En todo caso, con su discurso el casacionista  no  atina  a  demostrar ninguna de las modalidades de error de hecho que invoca,  porque  no  identifica  con  la  debida  precisión  las  pruebas  sobre las que  recayeron  los  yerros que pregona, sino que se limita a afirmar que el error de  apreciación      probatoria      –sin  precisar  si se refiere al falso juicio de identidad o al falso  juicio  de  existencia- recae sobre la prueba “que se  encuentra   en   todos   los   folios   del  expediente…  y  en  la  audiencia  pública”, y, aunque enseguida cita los folios donde  se  ubican  algunas  de  las  pruebas  sobre  las que, en su sentir, recaen los errores acusados, dicha manera  de  individualizar  las  mismas  sobre  las  que  habría  recaído  el yerro de  apreciación      carece     de     claridad     y  precisión,  lo que la Sala no puede entrar a corregir  sin  violar  el  principio  de limitación.   

Resulta apenas obvio que si el demandante no  logra  hilvanar  un  discurso coherente respecto de ninguna de las dos formas de  ataque  que  ensaya  (falso  juicio  de existencia o falso juicio de identidad),  lógicamente  tampoco  puede  avanzar  hacia  un  requisito  ulterior como es la  acreditación    de    la   trascendencia  del  yerro, ya que éste presupone que la invención, supresión o  tergiversación probatoria han sido efectivamente demostrada.   

De   igual   manera,  la  censura  que  el  casacionista  propone  de  manera  simultánea  por falso juicio de existencia y  falso   juicio   de   identidad,  viola  en  forma  ostensible  el  principio  de  no contradicción, ya que es  lógicamente  imposible  que  sobre la prueba “que se  encuentra   en   todos   los   folios   del  expediente…  y  en  la  audiencia  pública”  –tal  como  lo  enuncia- pueda recaer simultáneamente dos vicios que  son   naturalmente   excluyentes,   comoquiera   que   el   primero   supone  el  desconocimiento  de  una prueba que existe o la invención de una que no existe,  mientras  que  el segundo parte de un supuesto diverso como es que la prueba sí  existen en el proceso, pero el fallador tergiversa su contenido.   

El  libelista  intenta delimitar un reproche  por    falso    juicio   de   existencia  al  criticar que el sentenciador hubiera inferido, a partir de las  indagatorias    de   RAMÍREZ   VELÁSQUEZ,   GARCÉS  ENAMORADO  y  TORRES GONZÁLEZ, el conocimiento de las  dos   primeras   acerca   de   las   actividades  e  intenciones  del  grupo  de  secuestradores,  así  como  su  pertenencia  a  esa  sociedad  delictiva.    

Pero,   así  formulado  el  reproche,  el  demandante  no  pasa,  una  vez  más,  de  apartarse de los presupuestos de las  modalidades  de  ataque  seleccionadas  para incursionar en los del falso  raciocinio, pero sin éxito porque,  en  lugar  de  demostrar  una  violación  ostensible  por el sentenciador a las  reglas  de  la  sana crítica, con capacidad para mutar el sentido del fallo, se  limita  a cuestionar la apreciación probatoria del sentenciador oponiéndole la  suya  propia,  lo  que  no  es  admisible en esta sede extraordinaria como ya lo  tiene dicho la Corte.   

Por último, aunque el censor hubiera atinado  a  demostrar  un  yerro  por  cualquiera  de  las vías de ataque que invoca, su  reproche   hubiera   sido   intrascendente  para  los  fines  que  se  propone,  toda vez que omite atacar los  verdaderos cimientos de la decisión de condena.    

Es así como para el sentenciador la condena  contra    ONELYS   RAMÍREZ   VELÁSQUEZ     y     FIDIA     HELENA     GARCÉS  ENAMORADO  se  fundó en su condición de coautoras  con  división de tareas (lo que  necesariamente  implica  que  aquellas  no  realizaron  la  sustracción  de  la  persona,  ni  ejecutaron  las  labores  materiales inherentes al secuestro, sino  que,  con  división  de  funciones,  aportaron al plan delictivo el hospedaje y  alimentación de los ejecutores materiales del secuestro).   

Dicha   forma  de  participación  de  las  procesadas  en  el  hecho punible, fue apreciada por el sentenciador a partir de  las  incriminaciones del también procesado JHON JAIRO TORRES GONZÁLEZ y de los  contactos  telefónicos detectados entre el aparato móvil de la víctima con el  de  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ (fl.  13-14, c.o. 8, fl. 85-87, c. del Tribunal)   

El  censor,  por  su  parte,  en  lugar  de  demostrar  un  yerro  evidente  en  los   fundamentos  que  permitieron  al  sentenciador  deducir  la  coautoría impropia, es decir, en las razones por las  cuales  para el juzgador el hospedaje, la alimentación y las comunicaciones con  los  secuestradores  fueron  el aporte a la empresa delictiva, se limita a decir  que  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ  y  GARCÉS  ENAMORADO no pueden  ser  autoras  del  hecho porque no sabían del plan delictivo, ni realizaron las  labores  materiales  del  secuestro,  y  a  acusar  que  no  existe prueba de la  autoría  material  y  directa,  cuando  en  realidad  no  es  por esa senda que  transcurre el razonamiento del sentenciador.    

En  últimas,  el  reproche del libelista no  avanza  más allá de pedir en esta sede que lo que para el sentenciador fue una  coautoría   impropia   se  aprecie  aquí  como  un  comportamiento  penalmente  irrelevante,  lo  que  no  es otra cosa que un cuestionamiento a la apreciación  probatoria  del  juzgador, crítica que no es idónea para demostrar un error de  hecho en casación.   

Por último, la Sala encuentra que el censor  desconoce   el   principio  de  autonomía  y  prioridad de  las  causales  de  casación,  toda  vez que en el desarrollo de la censura, que  enfoca  como  un  error  de  hecho,  señala  que la sentencia está afectada de  nulidad  por  ausencia     de    motivación;    dicha  irregularidad  ha  debido  presentarla  de manera principal y en cargo separado,  mas  no  dentro de una censura por falso juicio de existencia o de identidad; de  aspirar  a  la  correspondiente declaratoria de nulidad de la decisión viciada,  ha  debido  observar  las  precisas  exigencias que ya la Sala ha decantado para  declarar   en   esta   sede   la   existencia  de  una  irregularidad  de  tales  características  y  la  invalidación  correspondiente.       

En           conclusión,   la  demanda  presentada  a  nombre   de   ONELYS  RAMÍREZ  VELÁSQUEZ     y     FIDIA     HELENA     GARCÉS  ENAMORADO       no  cumple       con      los      requisitos      de  admisibilidad.   

B.            DEMANDA  PRESENTADA  POR  EL DEFENSOR DE  MANUEL IGNACIO CABRALES NARVÁEZ.   

El  libelista, en lo que parece ser un cargo  único  por  error  de  derecho,   acusa  a  la  sentencia  de falso  juicio  de  legalidad, falso  juicio  de  identidad y falso  juicio  de existencia con fundamento  en      que      la     captura     de     CABRALES  NARVÁEZ,   la supuesta confesión que hiciera en  ese   momento,   la  interceptación  del  abonado  telefónico  3346324  y  los  testimonios  de  los  policiales Ermel Díaz Echeverri y Jairo Humberto Amorocho  Rozo  fueron  ilegales; que del testimonio de RAFAEL EMIRO SOTOMAYOR ESPINOSA el  fallador  dedujo certeza de la participación del procesado en los hechos cuando  en   realidad   no   arrojaba   sino   duda  y  que  desconoció  la  prueba  de  descargos.   

Como  el censor, además del falso juicio de  identidad   y   falso   juicio  de  existencia,  cuyos  presupuestos  ya  fueron  detallados,   ha   escogido   como   modalidad   de   censura   el  falso  juicio  de legalidad, la Sala estima  preciso  recordar  que, en relación con el error de derecho por falso juicio de  legalidad,  tiene  establecido  que  cuando se ataca la prueba por esta clase de  vicio,  no  queda  satisfecha  la  impugnación  con  la  mera  enunciación del  reproche  y la indicación del medio censurado, sino que es necesario probar que  el  juzgador  al  estimar  los  elementos  de  juicio  puestos a su alcance, dio  validez  a uno o a algunos aducidos al proceso sin las formalidades exigidas por  la  ley,  y  demostrar  la incidencia del desacierto en el establecimiento de la  verdad  fáctica  y  en  las  premisas  conclusivas del fallo, precisando si las  normas   sustanciales  indirectamente  infringidas  lo  fueron  por  aplicación  indebida o por falta de aplicación.   

Las  falencias  que  la Sala encuentra en el  enfoque   integral   de  la  demanda  –sin  necesidad  de  entrar  en  el  análisis  de  cada  uno  de los  reproches  que  acusa-  es suficiente para inadmitir la demanda, toda vez que su  confusa    y   errática  redacción  la  hace  difícilmente comprensible, no ofrece ninguna claridad   respecto   de   la   petición  formulada  y  no  deslinda  los cargos de las censuras que lo componen, al punto  que  no  se  entiende  si  se  trata  de  un  cargo único que se desarrolla con  diferentes  reproches  consistentes  en  errores  de hecho y de derecho, o si se  trata  de  un  cargo  por cada una de las censuras propuestas; de esta forma, el  demandante       desconoce       los       principios       de      precisión,          claridad,   no  contradicción, autonomía de  los  cargos, prioridad de las  causales   y   proposición  jurídica completa.  Veamos por qué:   

La  exposición  de  la  argumentación  que  ofrece  el demandante confunde  en  una  sola  fórmula  el contenido de los fallos de instancia, las decisiones  interlocutorias  que obran en la actuación, el contenido literal de las pruebas  y  las  apreciaciones del censor, de manera tal que no deja ver qué en concreto  es lo que critica.   

Aparte de lo anterior, la Sala encuentra que  el  argumento  del libelista es confuso al precisar contra qué decisión dirige  sus  reproches,  comoquiera que, de manera reiterada, señala que los yerros que  acusa  tuvieron  injerencia  en  la  acusación,  sin precisar de qué manera el  yerro condujo a la decisión condenatoria.   

Del  desarrollo del libelo, como se indicó,  no   surge   con   claridad  cuáles,  en  concreto,  son los cargos formulados y cuáles las censuras que lo  componen;  es  así  como  no  se entiende si se trata de un cargo único que se  desarrolla  a  través  de  varios  reproches  (por  error  de  hecho y error de  derecho),  o  si  cada  crítica  constituye un cargo separado; la confusión se  refuerza  cuando  al  invocar una cierta modalidad de violación indirecta de la  ley  sustancial,  como el falso juicio de legalidad, termina censurando un falso  juicio  de  identidad  y  de  existencia;  lo mismo que al señalar que el falso  juicio  de  identidad  es una modalidad del error de derecho.  Es así como  el  censor,  una vez más, falta al deber de precisión  y claridad.   

Y aún cuando el censor hubiera tenido éxito  en   la   postulación   y  demostración  de  los  pocos  yerros  que  resultan  inteligibles  de  su  discurso, nada lograría con ello, comoquiera que al final  no  existe  una  petición que la Corte pueda atender en esta sede, en la medida  que,  al tiempo que solicita a la Sala que: “en fallo  de       reemplazo       se       dicte      sentencia      de      nulidad  por haberse dictado la sentencia  en  un  juicio  viciado  de nulidad, por haber incurrido en error de derecho por  falso juicio de legalidad”  (pág.   1,   demanda),   pide   también  a  la  Corporación:  “casar  en  su  totalidad  la  sentencia  recurrida,  por  la  causal  invocada  y  los  cargos formulados en la valoración de la prueba y la omisión  de    la    misma,    y    dicte    el    fallo   de  sustitución.”  (pág. 34,  demanda, subraya fuera del original).   

De  las  anteriores peticiones no surge más  que  una  ostensible  confusión  conceptual,  toda  vez  que la declaratoria de  nulidad  no puede ser la consecuencia de un yerro por falso juicio de legalidad;  y,  en  todo  caso,  dicha  petición de nulidad es del todo incompatible con la  solicitud  de  un fallo de sustitución, a no ser que se formulen como petición  principal  la  primera,  y  subsidiaria  la  segunda,  lo  que  el argumento del  libelista no dejar entrever con claridad.    

Ahora bien, los reproches que el escrito deja  vislumbrar,   analizados   aisladamente,   tampoco  cumplen  los  requisitos  de  admisibilidad; veamos:   

La    Sala    tiene    dicho2  que  no  es  procedente   discutir   en  casación   las  posibles  irregularidades  que  hubieren  afectado  la  privación  de  la  libertad del procesado, toda vez que  aquellas  son  subsanables  en su momento, a través de los mecanismos oportunos  que  ofrece el proceso, tales como la acción de habeas  corpus,  la  legalización de la captura o la orden de  libertad.   

La  tortura  que,  según  dice  el  censor,  sufrió  MANUEL  IGNACIO CABRALES NARVÁEZ  al  momento  de su captura, no encuentra respaldo alguno y, por lo  mismo   ha   sido  descartada  en  varias  etapas  de  la  actuación.   En  consecuencia,  si  la  información  que  ofreció el procesado al momento de su  captura  –que permitió la  desarticulación  de  la  banda  delincuencial-  fue  legal, también lo son los  testimonios  de  los  policiales  Amorocho Rozo y Echeverri Díaz que depusieron  sobre   la   delación   que   provino  del  procesado  al  ser  privado  de  su  libertad.   

La  censura  respecto de la ilegalidad de la  intervención  del abonado telefónico 3346324 no es cierta toda vez que a folio  202  del  c.o.  No. 7, aparece constancia de la existencia de la resolución que  dispuso la interceptación de dicho abonado.   

Así  mismo,  que  en  el  dicho del testigo  RAFAEL  EMIRO  SOTOMATOR,  el  censor hubiera encontrado uno de los elementos de  juicio  que  compromete  la responsabilidad de CABRALES  NARVÁEZ, en la medida que el testigo se refirió a un  tal  CABRALES como partícipe  del  secuestro, no representa un yerro ostensible de tergiversación probatoria,  sino    un   cuestionamiento  a  la  apreciación  probatoria  del sentenciador, lo cual no cabe criticar  en  esta  sede, como no vaya acompañado de la demostración de una trasgresión  ostensible y trascendente de las reglas de la sana crítica.    

En  todo caso, aún cuando el censor hubiera  tenido   éxito   al  demostrar  la  tergiversación  probatoria,  ésta  sería  intrascendente  toda vez que  el   fallador   apoyó   el   juicio   de  responsabilidad  contra  MANUEL   IGNACIO   CABRALES  NARVÁEZ,  no  solamente  en  el  dicho  del declarante SOTOMAYOR, sino también en la versión  del  procesado  JHON  JAIRO  TORRES GONZALEZ, por manera que, aún excluyendo la  prueba  supuestamente  tergiversada, la imputación mantendría su consistencia.   

Por  último,  el  censor  enuncia  algunos  testimonios,  entre  ellos  los  de  familiares  del procesado, y expresa que de  haber  sido  considerados llevarían certeza sobre la inocencia de aquél.   Así  formulado  el  reproche,  esto es, sin demostrar cómo la apreciación del  medio  probatorio  supuestamente  omitido  conduciría necesariamente a mutar el  sentido   del fallo, no es más que la oposición del censor de su personal  apreciación probatoria a la del sentenciador.   

De  manera  que, cuando el fallador discurre  por  las  pruebas  que,  en su sentir, le llevaron certeza de la responsabilidad  del  procesado,  no  significa  que  hubiera  incurrido  en  un  falso juicio de  existencia  respecto  de los medios de convicción de descargos, sino que no les  otorgó  a  éstos  el  mérito suasorio que convenía a la defensa; la crítica  así  formulada,  una  vez  más,  se  limita  a  apreciar  la  prueba de manera  diferente  al  juzgador,  sin  demostrar  un  yerro relevante en la apreciación  judicial.    

En conclusión, la demanda presentada por el  defensor     de     MANUEL     IGNACIO     CABRALES  NARVÁEZ   no   reúne  los  requisitos  de  admisibilidad.   

4.   Para  terminar, se advierte que del  estudio  del  proceso  no  se  vislumbra  violación de derechos fundamentales o  garantías  de  los  sujetos  procesales que amerite el ejercicio de la facultad  oficiosa  de  índole legal que al respecto le asiste a la Sala para asegurar su  protección.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

         R E S U E L V E   

INADMITIR  las  demandas  de  casación  presentadas         por        los         defensores  de  ONELYS  RAMÍREZ    VELÁSQUEZ,    FIDIA    HELENA    GARCÉS   ENAMORADO   y      MANUEL     IGNACIO     CABRALES  NARVÁEZ.    En   consecuencia,   se   DECLARA  DESIERTO el recurso.     

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO           

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

1  El  sentenciador  de  2º  grado  recalcó  que  las  llamadas  telefónicas  efectuadas  desde los teléfonos móviles  hurtados  por  los secuestradores a la víctima permitieron la localización de los demás  integrantes    del    grupo   de   delincuentes   (pág. 10 de fallo del Tribunal)   

2  Sentencia  de  casación  de  11  de  julio  de 2002,  radicación: 12447     

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