27690(02-07-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No.  27690   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta No.175  

Bogotá  D.C.,  dos  (2) de julio de dos mil  ocho (2008)   

VISTOS  

Decide  la Sala el recurso extraordinario de  casación   presentado   por  la  defensora  de  JOSÉ  BLADIMIR  SEPÚLVEDA  SALINAS, contra la sentencia del  Tribunal  Superior de Distrito de Bogotá que confirmó la emitida en el Juzgado  Veintisiete   Penal   del  Circuito,  por  la  cual  fue  condenado  como  autor  responsable  de  los  delitos  de homicidio en modalidad de tentativa, tráfico,  fabricación  y  porte  de armas de fuego de defensa personal, y disparo de arma  de fuego contra vehículo.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

En  Bogotá, el 9 de junio de 2001, a eso de  la  una de la mañana, en un vehículo de servicio público colectivo, de placas  SRC-858,  que  hacía ruta entre el Barrio 20 de Julio y la localidad de Soacha,  se  presentó  una  discusión  entre  Freddy  Bello  Quiroga y un sujeto que lo  miraba  insistentemente,  razón por la que, cuando este último se iba a apear,  a  la  altura  de  la  Autopista  Sur, cerca del almacén ÉXITO, lo retó a que  descendiera,  y  como  aquél  no accedió, desde abajo y por la parte de atrás  del  rodante  accionó  un  arma  de fuego contra el automotor, en dirección al  puesto  ocupado por Bello Quiroga, impactándolo en el costado derecho, entre el  cuello y el hombro, luego de lo cual emprendió la fuga.   

Sin  embargo,  dado  que  una patrulla de la  Policía  se  hallaba  en  el  sector  y  alcanzó  a  observar lo ocurrido, los  uniformados,  y  un  compañero  con  el  que  estaba el herido, persiguieron al  agresor,  observando cuando se refugiaba en la casa ubicada en la transversal 39  A   Nº   38-63   Sur,   inmueble   en   el  que  fue  aprehendido  JOSÉ  BLADIMIR SEPÚLVEDA SALINAS, a quien  momentos  después  la  victima,  que fue oportunamente atendida, y testigos del  suceso, reconocieron como autor del disparo.   

Abierta  la  investigación  la fecha de los  hechos  y  vinculado  mediante  indagatoria  SEPÚLVEDA  SALINAS1,   el  instructor  le  concedió  libertad  provisional2,  y  tras  la  clausura       de       la       investigación3,  el  mérito  probatorio  del  sumario  fue  calificado  el  8  de julio de 2003, con resolución de acusación  contra            el            prenombrado4,  en  calidad  de autor de las  conductas   punibles   de   homicidio,  en  modalidad  de  tentativa,  tráfico,  fabricación  y  porte  de armas de fuego de defensa personal, y disparo de arma  de  fuego contra vehículo, de acuerdo con los artículos 31, 103, 356 y 365 del  Código   Penal   (Ley   599   de   2000),  decisión  que  alcanzó  ejecutoria  el  30  de julio del mismo  año.   

El trámite de la causa lo asumió el Juzgado  Veintisiete  Penal  del Circuito de esta ciudad, cuyo titular, el 12 de junio de  2006,  dictó  contra el procesado fallo condenatorio por los delitos atribuidos  en  la  acusación,  y  en  tal virtud le impuso pena principal de ochenta y dos  (82)  meses  de  prisión,  y  accesoria  de  inhabilidad  para  el ejercicio de  derechos  y  funciones públicas por el mismo lapso. Además lo condenó a pagar  a     la     víctima,     el     equivalente     a     treinta    (30)  salarios  mínimos mensuales legales  vigentes  por  concepto de los perjuicios ocasionados5.   

Del  expresado  fallo apeló el defensor del  acusado  y el Tribunal Superior de Distrito de Bogotá, mediante el suyo de 1 de  noviembre  de  2006,  lo  confirmó, sentencia de segundo grado contra la que el  mismo  sujeto procesal interpuso el recurso extraordinario de casación, el cual  sustentó                oportunamente6,  y  respecto  de  la  demanda  rindió   concepto   el   Delegado   de   la   Procuraduría   General   de   la  Nación.   

LA DEMANDA  

Al amparo de la causal primera de casación,  cuerpo  segundo, prevista en el artículo 207 del Código de Procedimiento Penal  (Ley   600  de  2000),  la  recurrente  formula  un  cargo  por violación indirecta de la ley sustancial, a  consecuencia  de  yerros  en la apreciación de las pruebas, determinantes de la  aplicación  indebida de los artículos 103, 356 y 365 del Código Penal y de la  falta  de  aplicación  del  artículo  7,  inciso  segundo,  de la ley procesal  penal.   

En concreto sostiene que los errores de hecho  presentes  en  la  decisión  atacada, consistieron, de una parte, en no dar por  demostrado  que  el  acusado,  el  día  y hora del suceso estaba en el inmueble  donde  fue  aprehendido,  del  cual  en  ningún  momento  salió, y de otra, en  ignorar  la  existencia de duda razonable y manifiesta en el conjunto de pruebas  recaudadas,  condicionantes  de  la  aplicación  de  la  norma  que consagra el  principio    de   in   dubio   pro   reo  que ampara al procesado, y a pesar de ello emitir fallo de condena  contra éste.   

En  acápite que titula como “DEMOSTRACIÓN  DEL  CARGO”, plantea que  el  ad-quem  cometió “errores de juicio”  en  la  estimación  de  los  medios  de  prueba relativos a la  individualización  del  presunto  agresor,  porque  los  únicos  que lo vieron  fueron  los  agentes  de  la  Policía Nacional, Freddy Candela Torres y Adriano  Bolívar  Bustamante,  quienes  no  fueron  llamados  a  declarar, y en su lugar  compareció  el  uniformado  Edisson Márquez Borbón, que sin estar presente en  el  momento en que ocurrieron los hechos, ratificó el informe policial, y se le  dio  credibilidad  acerca  de  la  identificación del autor del comportamiento,  “lo cual es contrario a las leyes de la razón y la  lógica”.   

Respecto de la declaración de Teresa Elvira  Amaya,  indica  que el fallador de segundo grado tuvo en cuenta los aspectos que  consideró  comprometedores  de  la  responsabilidad del acusado, mas no los que  eran  contundentes  como  prueba  de  descargo, estimación que la recurrente se  limita a calificar de ilógica.   

Acerca  de la versión exculpatoria ofrecida  por  el  acusado, señala que no podía desestimarla el ad-quem bajo el supuesto  de  que  era  una coartada o mentira, porque si aquél no suministró más datos  respecto    de    “Dagoberto    Amaya”,  de  quien  dijo  era  su  cuñado  y  el probable autor de los  hechos,  fue  porque  hizo  uso  de  su  derecho  a  no autoincriminarse y de no  incriminar   a   sus   parientes   de   acuerdo  con  la  ley,  además  de  que  correspondiendo  la  carga  de  la  prueba  al Estado, el aparato judicial no se  preocupó  de  establecer  la  veracidad  o  no  de tal afirmación, agregando a  renglón  seguido la demandante que de todas formas el dicho de su prohijado sí  está confirmado con el de de Teresa Elvira Amaya.   

Se   ocupa  luego  la  recurrente  de  los  testimonios        de       Freddy       Bello       Quiroga       (víctima),  José Miguel Montoya Ramírez  (compañero  de  aquél)  y  Gustavo  Adolfo García Capera (pasajero del automotor  en  el  que  ocurrieron  los hechos), respecto de cuyas  declaraciones  recalca,  según su apreciación, contradicciones que no permiten  un  señalamiento  unívoco  del  acusado como autor del suceso de marras. Labor  semejante  emprende  respecto  de las exposiciones de Martha Amaya (cuñada   del  acusado),  Alejando  Amaya  (sobrino  de  la anterior) y  Wilmer    Saldarriaga    Sánchez   (amigo   de   la  familia),  pero  para asegurar, palabras más palabras  menos,  que  contrario  a  lo  que  se percibe en el otro grupo de testigos, sus  afirmaciones  son  consistentes  y  concordantes  entre  sí, y que confirman la  versión   del  acusado  acerca  de  su  ajenidad  con  las  conductas  punibles  atribuidas en la resolución de acusación.   

Finalmente sostiene la libelista, en acápite  titulado  “Nexo causal”,  que  si  el fallador de segundo grado hubiera estimado el conjunto probatorio de  acuerdo   con   el  principio  lógico  de  “razón  suficiente”,  habría  advertido que su contenido no  conducía  necesaria  e  inequívocamente  a  las  conclusiones expresadas en el  fallo  atacado,  razón por la que solicita a la Corte que el mismo sea casado y  en  su  lugar emita sentencia absolutoria a favor del acusado en aplicación del  principio    de   in   dubio   pro   reo.   

CONCEPTO DE LA PROCURADURÍA  

El  Procurador  Segundo  Delegado  para  la  Casación  Penal  estima que en el desarrolló del cargo la demandante no acató  los  lineamientos que exige la argumentación y demostración del error de hecho  propuesto,  falso  raciocinio, toda vez que su discurso se centró en exponer un  criterio  personal  de  cómo  debieron  apreciarse  las  pruebas,  más  que en  acreditar  de  qué  manera  se  quebrantaron  las  reglas  de la sana crítica,  desconociendo  la  actora  la doble presunción de legalidad y acierto de la que  arriba ungida la sentencia de segundo grado.   

Refiere  el agente del Ministerio Público,  en  términos  generales,  que  la prueba de cargo en la que está sustentada la  decisión  de condena, tanto en primera como en segunda instancia, fue apreciada  por  los  falladores  con estricto apego a los postulados de la sana critica, en  armonía  con  los  desarrollos  que acerca del señalado método de valoración  probatoria  ha  sentado esta Corporación, razón por la que solicita desestimar  la censura y no casar el fallo impugnado.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  La  violación  indirecta  de  la  ley sustancial, vía de censura escogida por la demandante en  procura  de  derruir  la  doble presunción de legalidad y acierto que arropa la  sentencia  de segunda instancia, exige acreditar la presencia de yerros de hecho  o  de  derecho,  cometidos por el juez colegiado al valorar los distintos medios  de  prueba  en  orden  a  la construcción de las consideraciones plasmadas como  fundamento  de  la decisión contenida en el fallo impugnado, la cual, merced al  carácter  grave  y  trascendente de esos desaguisados, resulta lesiva del orden  jurídico,  ya  por  falta  de  aplicación  ora por aplicación indebida de una  norma sustancial.   

Entre  las  dos  clases  de vicios en que se  bifurca  la  violación  indirecta de la ley, la demandante invoca la ocurrencia  de  yerros  hecho,  y  específicamente  la subespecie de falso raciocinio, para  cuya  demostración  es  preciso  aceptar que los medios de prueba acerca de los  cuales  se  predica  son  legales,  que  fueron  aportados  al proceso de manera  regular  y  oportuna,  y  que  el  juzgador  fue  fiel en cuanto a su expresión  fáctica  o  tenor  literal,  toda  vez  que  el dislate se manifiesta en que el  mérito  suasorio  otorgado  a  aquellos vulnera la sana critica como método de  valoración probatoria.   

Desde tal perspectiva, la labor demostrativa  que  está  llamado  a  cumplir  el  demandante  debe orientarse a rescindir ese  mérito  suasorio,  enseñando  cuál  de  los  postulados  que integran la sana  crítica  (principios  de  la  lógica,  leyes  de la  ciencia,   y   máximas   de   la   experiencia   o  sentido  común)  fue violentado o erradamente empleado, y cuál el que corresponde  dinamizar  en  el asunto para estimar del respectivo medio de prueba, y llegar a  una   decisión   en  justicia  sustancialmente  diferente  y  favorable  a  sus  intereses.   

2.  En  el  caso  examinado,  la demandante planeta que el Tribunal, al valorar las pruebas de las  que   concluyó  que  su  representado  era  autor  de  las  conductas  punibles  cristalizadas  la madrugada del 9 de junio de 2001, incurrió en “errores  de juicio”, pero no especifica,  como  bien  lo  hace  notar  el  agente  del  Ministerio  Público, cuál de los  postulados  de  la  sana  crítica  fue  el  quebrantado,  acudiendo  de  manera  reiterada  a  la  vacía afirmación de que el discernimiento del ad-quem acerca  del   punto  objeto  de  cuestionamiento  es  contrario  a  las  “leyes  de  la  razón y la lógica”, con  lo  cual  alude  simultáneamente  y  en  abstracto a dos de los fundamentos del  método  de  valoración  probatoria  acogido  en el ordenamiento procesal penal  Colombiano.   

Sin  embargo,  al  final  del  libelo, en el  acápite     de     “Nexo     causal”,  la  recurrente  alcanza  a  precisar que la valoración de las  pruebas  por  parte  del  ad-quem,  para  llegar a la conclusión plasmada en el  fallo,    estuvo    signada   por   el   desconocimiento   del   “principio      lógico     de     razón     suficiente”.   

El    citado    axioma    —principium          rationis  sufficientis— ha dicho la  Sala,  consiste  en que para aceptar como verdadera una enunciación, debe estar  sustentada  en  una  razón apta o idónea que justifique el que sea de la forma  que  en  que está propuesta y no de manera diferente; este principio se refiere  a   la   importancia   de  establecer  la  condición  o  razón  de la verdad de  una  proposición7.   

En    otras   palabras,   el  principio  de  razón  suficiente  está  referido al fundamento  del  juicio  acerca  del  cual  se  busca  predicar su  veracidad;  concierne  de manera directa al soporte del objeto de conocimiento o  al  cimiento  de  los  enunciados  que  se  predican del objeto de conocimiento,  diferenciándose  así  de  los  otros  principios  universales  de  la  lógica  —de    identidad          (‘a’,        es        ‘a’),   no  contradicción              (‘b’      no      es     ‘no-b’),        y        tercero     excluido    (‘c’   es   forzosamente   ‘d’         o        ‘no            d’)—,  pues  éstos se refieren a la forma  correcta  de  razonar desde un punto de vista estrictamente formal, para extraer  conclusiones válidas de lo que ya es conocido   

La anterior distinción es fundamental, pues  si  bien  los otros principios estatuyen algo sobre la  verdad  del juicio, nunca aluden al objeto  en  si,  ni  a  la  situación  de  los  juicios   a  los  que aquél se refiere, sólo  establecen  reglas de razonamiento  aplicables  por  necesidad, sin importar su contenido.  Esto  no sucede con el principio de razón suficiente que recalca en el problema  de  la  veracidad  de  las  premisas, como presupuesto  indispensable para obtener una conclusión correcta.   

Por lo tanto, la función o rol del comentado  principio,  de modo general, es dirigir el pensamiento en la búsqueda de lo que  no  conoce,  de  donde  resulta  entonces  que  la  razón  de un juicio o de un  enunciado       es      “suficiente”  cuando  basta  por sí para servir de apoyo a aquél, es decir,  cuando  no  hace falta nada más para que el juicio sea plenamente verdadero; en  cambio       es       “insuficiente”,  cuando  por sí sola no alcanza para fundamentar el enunciado,  sino  que necesita ser complementada con algo para que se tenga por verdadera la  proposición.   

En  materia  procesal,  la  aplicación  del  anterior  principio  implica  que  la  razón  de  suficiencia  de un fallo debe  buscarse  en el apoyo o fundamento material de sus enunciados, lo que equivale a  decir,  en  las  pruebas  y,  en  consecuencia,  la  postulación  del principio  estudiado   se  traduciría  en  que  las  pruebas  en  las  que  se  basan  las  conclusiones  de una sentencia, sólo deben dar fundamento a esas conclusiones y  no a otras.   

3.   Desde  esa  perspectiva,  puede  concluirse  que  en el asunto que  centra   la   atención   de  la  Sala,  la demandante  planteó  la  vulneración  del principio en      cuestión,      porque        entiende  que  el  supuesto  de  hecho  admitido  en   las   instancias,  consistente       en       que      SEPÚLVEDA     SALINAS    es  autor  de  las  conductas  punibles a él endilgadas por cuanto  fue  quien  la  fecha  de  marras accionó un arma de  fuego  con  la  intención  de segar la vida de Freddy Bello Quiroga,  no  encuentra  fundamento  suficiente  en los medios de prueba de  los    cuales   los   juzgadores   extrajeron   esa  conclusión.   

La violación al principio en comento no es  tal.  El  soporte probatorio  del  enunciado  fáctico  señalado en precedencia fue  concluido por los  juzgadores  después de otorgarle       crédito,   entre  otras,  a  las  declaraciones  de  la  víctima  Freddy  Bello  Quiroga8   y   del  agente   de  la  Policía  Nacional    Edison   Márquez   Borbón9,      cuyos     contenidos     desvirtuaban     lo     afirmado  por  el  acusado  SEPÚLVEDA     SALINAS    en    diligencia    de    indagatoria10,   en  el  sentido  de  que  en   el   momento   en   que  ocurrían  los  hechos  estaba   en    la    casa    de    su  cuñada   celebrando   el   natalicio  de  ésta, inmueble del que en ningún  momento  se  retiro,  como  si  lo  habría  hecho, según su dicho, su cuñado,  “Dagoberto  Amaya”,  a  quien de manera indirecta e inconsistente señala  como  posible  responsable de los sucesos.   

3.1.  En relación con el testimonio de la víctima, tanto  en     su    primera    intervención,   como   en   la   ampliación  vertida  en  audiencia  pública,  fue enfática  en señalar que durante el recorrido en el vehículo de servicio  público   estuvo  en  condiciones  de  retener  la  fisonomía  de  su  agresor  porque  en  mas  de  seis  oportunidades se miraron  fijamente   al  rostro,  siendo  precisamente  esa  la  causa  que  motivo       a       Bello    Quiroga    para  reclamar a  su  antagonista,  el  hoy  procesado,  el por qué lo  miraba       de       manera       insistente,  luego,  no  alberga  duda  y  resulta verosímil que  quien   resultó   herido   en   el   incidente  de  marras  estaba  en  capacidad  de  reconocer  a  su  victimario   de  volverlo  a  ver,  como  en  efecto  aconteció  esa  misma  noche, al ser trasladado por las autoridades al inmueble  en  el  que  se  había  refugiado  aquél,  a quien  señaló  sin  dubitación  como  autor del disparo que lo lesionó en su hombro  derecho.   

La  demandante, para restar suficiencia al  testimonio  del  ofendido,  pretende  que  se le reste credibilidad por  el  hecho de que había ingerido, según lo indicó             aquél,     quince     o     veinte  cervezas;  sin  embargo,  olvida la libelista que el  hecho   de   que   una   persona   esté  bajo el efecto de bebidas embriagantes no es motivo válido para  desestimar     su     relato    acerca    de    un  acontecimiento,  ya  que  tal y como lo tiene pacíficamente decantado la jurisprudencia,   

“Aunque  es  cierto  que  el consumo de alcohol produce alteraciones en el organismo e incide  en  la  percepción sensorial de la realidad, esa sola circunstancia, explicable  científicamente  y  entendida  por  todos  en  virtud  de  la  experiencia,  es  insuficiente  para  admitir  como regla que cuando alguien ha bebido licor está  incapacitado  para  aprehender  un  acontecimiento  y  recordar características  asociadas a personas o cosas.   

“La  mayor o  menor  posibilidad  de  comprender  lo  que  está sucediendo y de retener en la  memoria  los  detalles,  estará vinculada, entre muchos aspectos, a la cantidad  de  licor ingerido, al grado de tolerancia a la bebida y al impacto mismo que la  situación  le cause a la persona, razón por la cual no se pueden trazar pautas  generales  de  apreciación de declaraciones provenientes de testigos que cuando  presenciaron  el hecho sobre el cual versa su relato se encontraban más o menos  embriagados.  En  cada  caso,  de acuerdo con sus singularidades y siguiendo los  criterios  que  establece  la  ley,  entre los cuales se encuentra considerar el  estado  de  los sentidos por los cuales se percibió y las circunstancias en que  se  obtuvo  la percepción, el juzgador determinará la credibilidad que merezca  el  dicho  del declarante, que es por supuesto rebatible en casación pero sólo  a  condición  de  que  se  demuestre  en  concreto  que  la  sana  crítica fue  desbordada  en  el  análisis  probatorio  y  esa  exigencia no se satisface -de  acuerdo  con  lo  dicho-  con  la  simple  afirmación  de  que  el  testigo  se  encontraba                ‘en         estado         de  alicoramiento’,  como  aquí  lo  pretende  el  libelista”11   

3.2.  De   otra   parte,   el  señalamiento   de  la  víctima   contra   el  acusado,  tiene respaldo  en   la   declaración   del   agente   de  la  Policía  Nacional  Edisón  Márquez Borbón, quien según  el  informe  policial  conoció  el  caso junto con los uniformados Adriano     Bolívar     Bustamante  y  Fredy Candela Torres,  entre  otros12.   

Según Márquez Borbón, único agente que  concurrió  a  ratificar  el informe de la autoridad policiva a pesar de que los  demás     fueron     adecuada    y    oportunamente    citados,    cerca  de  las  2:30 a.m., del   9  de  junio  de  2001  recibió  instrucciones   de   acudir  a  apoyar  a  otra  patrulla  que tenía   un  caso  en  el  barrio  Santa  Rita;   precisa   que  al   poco   tiempo   de  hacer  presencia  en  la  residencia  en cuestión, la propietaria del inmueble  autorizó  a los agentes  para   ingresar   y  capturar  al  sujeto  que  allí  se  refugiaba,  quien  se  hallaba  en  la  sala  y  corrió a esconderse en un  cuarto,  del  cual  salió  después  de convencerlo  de      que     se  entregara;    agrega  que  a  esa casa también  llegaron  el  conductor  del  vehículo  de servicio  público   y   el  lesionado,  quienes  reconocieron   al   aprehendido   como   la  persona  autora del disparo.   

Lo  anterior  evidencia  que no es cierto,  como   lo   destaca   el   Delegado   del   Ministerio   Público,  lo   argüido   por   la  recurrente  en  el  sentido  de  que  el  testimonio  del  citado  uniformado   no  es  medio  de  prueba  idóneo   para   dar  sustento  a  la  conclusión   plasmada   en   el   fallo  porque  no  presenció  los  hechos desde el principio, toda vez que aun cuado es verdad que  aquél  no estuvo en la parte inicial de  la persecución del procesado, de su  relato   se   desprende   que   llegó   a  reforzar  las  labores  del    operativo    desplegado   en   el   inmueble   en  el que se ocultó éste         y         expresamente  señaló que el ofendido  reconoció  al  acusado  como    la   persona  que  momentos  antes  lo  había atacado con arma de fuego.   

3.3.  En cuanto a la crítica acerca de la valoración del  testimonio  de  Teresa  Elvira  Amaya  Vda.   de   Gómez,  propietaria  del  inmueble  en  el  que se ocultó el procesado, impera  recordar  que  ésta  manifestó  que  a  eso  de  la  1:30  a.m.,  escuchó  la  alarma,  se  levantó y vio que al frente de su casa  estaba   la   Policía;  que  los  uniformados le  explicaron  lo sucedido, y  por  eso  le  pidió a su  arrendataria    Martha    Amaya    —cuñada  del  implicado—   que   abriera,   a   lo  cual  ella  manifestó         que        “esperara   que   estaban   llamando   a   un   abogado”;   luego,   hacia  las  cuatro  de  la  mañana,  cansados     de     esperar     y     como     el     “señor”  no  se  entregaba,  facilitó las  llaves    a    los    agentes    de   la   Policía  para  que  entraran  al  inmueble,  como  en  efecto  ocurrió. La  declarante  es  enfática  en  referir  que las personas que se  agolparon   en  frente  de  la  casa  señalaban  al  acusado  como la persona que había disparado contra  el          colectivo,          “decían       que     él     era,    mostraban    a  BLADIMIR”.   

Según   la   recurrente   los  juzgadores  habrían incurrido en  el   falso   raciocinio   denunciado   por   no  dar  crédito  a              la  citada  declaración     en  cuanto   a   que   no  advirtió    cambios  físicos    en   el   procesado   cuando   fue   capturado,   que   vio  por  la  ventana  del  inmueble  y constató que SEPÚLVEDA  SALINAS estaba libando  en compañía de sus      familiares,      y      que     le     constaba la existencia de de “Dagoberto      Amaya”.   

Sin  embargo,  la  anterior  es             la     apreciación    particular    e   interesada   de   la   libelista,   quien     no     ilustró   de   qué   manera  la   estimación   de  esa    declaración   por   los  juzgadores  es  insuficiente para  fundamentar  la conclusión atacada, toda vez que los  aspectos  resaltados, no  desvirtúan el  señalamiento  del  acusado,  dado  que  la  testigo,  aun cuando era la propietaria, no  residía  en el inmueble objeto del operativo sino en  uno    aledaño,    y  la  percepción que tuvo del suceso fue a partir del  momento  en  que  se  despertó  por  la      agitación      originada     con     el         procedimiento        de        la        Policía           frente   a   la  casa  en  la  que  se  refugió el acusado.         Además,  no  es  verdad  que  la  declarante  confirmara la  presencia de “Dagoberto     Amaya”,     pues     lo    referido  por     ella     es  que  en  ese   inmueble   acostumbraba  a  hacer  presencia  un  “muchacho”     que     no     sabe  si  era  hermano  o  sobrino  de su arrendataria,   resultando  también  intrascendente  lo  indicado  acerca de  que  no  advirtió cambio  físico          en          “BLADIMIR”,   ya   que   como  no  habitaba    en    el    mismo    inmueble    y   no   había  entre ellos una comunidad de vida no podía estar al tanto  de su fisonomía.   

Soslaya la libelista, como lo destaca    el    Delegado    de   la  Procuraduría,  y  lo  reitera  la  Sala,  que  en  el  sistema  de valoración  probatoria    consagrado   en   la   ley   procesal  penal,  el  deber  del  juzgador  de  apreciar  la  totalidad  del  conjunto  probatorio  no  se  opone a la facultad de desestimar  aquello   que   no   le   de  certeza  de  lo  que  en  el  proceso  se  pretende  probar;  de  ahí  que  le   resulte viable en  ejercicio  de  esa labor de ponderación,       tomar       sólo   una  porción  del  testimonio  y  desechar  lo  demás,  sin  que  pueda elevarse a nivel de error de apreciación  probatoria   los   juicios  a  través  de  los  cuales  establece  el  mérito  de  las  pruebas que sustentan el fallo, excepto,    claro    está,    cuando  en  tal  desarrollo  llega a conclusiones que no son  acordes  con  los  postulados  de  la  sana crítica,  únicos limites de esa actividad.   

3.4.  Otro  aspecto  acerca del cual llama la atención la  demandante  en  procura  de  enervar  la idoneidad y  aptitud  de  los  medios  de prueba en los que se sustentan las conclusiones del  fallo    atacado,   consiste   en   las   aparentes  contradicciones  que  advierte  entre  los    testimonios   de   la   víctima  y   el  de  José  Miguel  Montoya  Ramírez  (compañero de aquella),  asunto  respecto del cual es necesario recordar que,      de     acuerdo     con     la  jurisprudencia13,      aun      cuando  puede  ocurrir que varios  relatos   acerca   de  un  mismo  evento  no  son  totalmente  coincidentes, no  por    ello    debe  restárseles  credibilidad y desestimárseles, ya que  esa es una situación que,   

“…resulta  normal  si es tomado en cuenta que no todas las personas que presencian un hecho  tienen  la  misma  capacidad  de apreciación, ni se encuentran dentro del mismo  plano   de   percepción   visual  o  auditiva,  y  que  además  de  ello,  las  discrepancias  que  se  presentan  en  el  caso  sub  judice no son de contenido  sustancial,  como  para  llegar  a  pensar,  razonablemente, que los testigos no  estuvieron  presentes  en  la escena del crimen, o que sus afirmaciones sobre lo  que    sucedió    no   son   verdaderas   en   lo   que   se   dijo”.   

Además,        también  ha dicho la Sala14,        que        por    aspectos    esenciales   debe  entenderse,  en  estos  casos,  aquellos  que  son  sustanciales,  principales o  notables15  a  lo  que  constituye  el  objeto  de la declaración y que, en  términos  jurídico-penales,  se  traducen en todos  los  supuestos  de hecho que conforman el núcleo de la imputación formulada en  contra   del  procesado  e,  igualmente,  todas  las  circunstancias   fácticas   de   las   que  pueda  derivarse  algún  argumento  trascendente acerca de la verdad o falsedad de dichos enunciados.   

En  relación  con la descripción física  del  procesado,  aspecto  que  es esencialmente en el  que  hace  residir  la contradicción la libelista, se observa que al parangonar  las     versiones     de     Bello     Quiroga     y     Montoya    Ramírez16,  se  aprecia  que los dos  coinciden  en  señalar  que se trataba de un sujeto de una estatura promedio de  1,70  a  1,72  metros, de tez blanca, ojos rasgados,  que  no  tenía barba ni bigote, y en cuanto al rasgo  de  las  patillas,  el  lesionado dijo que SEPÚLVEDA  SALINAS tenía esa característica física, pero que  al   momento   de   ser   capturado   se   las   había   quitado,  en  tanto  que  su compañero refirió  primero  que  no  tenía  patillas,  pero  luego  aclaró que sí las ostentaba,  que  era  de  corte  bajito  y  de  unos 28 años de  edad.   

Ahora      bien,      no  es  verdad  que  el  testimonio de  Gustavo          Adolfo         García       Capera17,  pasajero  del vehículo de servicio  público,  contradiga  los  anteriores en cuanto a la  fisonomía       del      enjuiciado,    pues    el   citado   deponente  fue enfático en que aun cuando presenció el suceso  no  se  fijó  en la apariencia física del autor del  disparo,  siendo oportuno  aquí   resaltar   la  manera  sesgada  como             la             recurrente            seleccionar   los  medios  de  prueba  con  el fin de evidenciar  las     aparentes  contradicciones,  labor  en  la  que deliberadamente  deja   de   citar   el  relato  de  Nestor  Darío  Gómez  Preciado18,  quien  también se transportaba  en  el  vehículo  de  marras, y acerca del individuo  con   el   que   tuvo  el  altercado  la  víctima,  refirió  que  aun    cuando    no    lo   vio  disparar,  si  le consta que era “…un tipo joven,  blanco,   alto,   de   cabello   corto   negro  y  patilla  larga,  como   27   años  aproximadamente”,  precisando  también  que  el  herido sí reconoció  a   la   persona   capturada  como  la  que  lo  había  agredido  con  arma  de  fuego.   

3.5.  Finalmente  tampoco  encuentra  eco  la  réplica  de  la  libelista  en cuanto a que debió  otorgarse  credibilidad  al procesado acerca de que el autor del suceso pudo ser  su     cuñado    “Dagoberto    Amaya”  quien,  según  su  dicho, para la época de los hechos, tenía  una  fisonomía semejante a la suya y portaba armas de fuego, pues tal y como lo  puntualizaron  los  juzgadores,  esa exculpación no sólo está desvirtuada con  la  prueba  de  cargo  en  la  que  se apoyan los fallo atacados, y analizada en  precedencia,  sino  que  no  cuenta  con respaldo en las declaraciones de Martha  Amaya  (cuñada del acusado),  Alejando  Amaya  (sobrino  de la anterior)  y Wilmer Saldarriaga Sánchez (amigo de  la   familia),   quienes   estaban  en  el  inmueble,  presuntamente  departiendo  con  aquél,  en  el  momento  en  que ocurrían los  hechos.   

En   efecto,   ninguno   de  los  aludidos  declarantes   hizo  referencia  a  la  presencia  del  supuesto  “Dagoberto  Amaya” en la aludida vivienda  la  noche  del  suceso,  y  menos  que  en la misma fecha y hora de marras éste  hubiese  ingresado  abruptamente  a  la  casa  por  persecución de la policía;  además,  el  acusado  tampoco  incorporó la información necesaria tendiente a  establecer  la  plena  identidad y ubicación del mencionado sujeto, como era su  deber  de  ser  verídica  su  afirmación, sin que tenga aceptación válida lo  argüido  por  la recurrente en el sentido de que si así obró su prohijado fue  en  ejercicio de la garantía fundamental de no autoincriminarse y no incriminar  a   sus  familiares  dentro  de  los  grados  de  parentesco  señalados  en  la  ley.   

El  artículo 337 del coexistente Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000),  ordena  advertir  al  indagado,  antes  de  la  iniciación  del  interrogatorio,  que  la  declaración  que va a rendir es sin juramento, que es  voluntaria  y  libre de todo apremio, que no está en la obligación de declarar  contra   sí   mismo  ni  contra  sus  parientes  dentro  del  cuarto  grado  de  consanguinidad,  primero  civil  o  segundo de afinidad, ni contra su cónyuge o  compañero  o  compañera  permanente, y que tiene derecho a nombrar un defensor  que lo asista en el proceso.   

Esta norma es de contenido literalmente igual  al  del  artículo  358 del Decreto 2700 de 1991, estatuto procesal penal que se  hallaba   vigente  cuando  ocurrieron  los  hechos  y  se  produjo  el  acto  de  vinculación    del    imputado   al   proceso   mediante   indagatoria.   Ambos  preceptos    son   a   su   vez   desarrollo   del    artículo   33   de   la  Carta  Política,  que  recoge,  en el carácter de principio constitucional, el llamado por la doctrina  y  la  jurisprudencia  derecho  de no autoincriminación, de acuerdo con el cual  nadie  está  obligado  a  declarar  contra  sí  mismo, ni contra sus parientes  cercanos, ni a confesarse culpable del hecho que se le imputa.   

La  previsión  que  contienen  las  normas  procesales  en  cuestión  (artículos 358 del Decreto  2700  de 1991 y 337 de la Ley 600 de 2000), de advertir  previamente  al  indagado sobre el contenido de este derecho, busca asegurar que  al  momento  de rendir su indagatoria tenga conciencia de que es titular de esta  garantía,  y que si decide confesar el hecho o declarar contra las personas que  la  norma  protege,  es  porque  desea hacerlo voluntariamente. Busca, entonces,  evitar  que la declaración incriminatoria pueda presentarse por desconocimiento  del  derecho,  o  porque  el implicado entienda o pueda entender equivocadamente  que tiene un compromiso indisoluble con la verdad.   

Ahora    bien,    la   Corte  ha  reconocido  de  vieja  data  que  la diligencia de indagatoria no sólo hace las  veces    de   medio   de   defensa   —  en  el  sentido  de  que  constituye la  oportunidad  para  que  el  sindicado  brinde  las  explicaciones  que considere  pertinentes  sobre  los hechos que originaron su vinculación y se le comprueben  las  citas  o  adelanten  las  averiguaciones  que  sean  necesarias  en aras de  garantizar   el   ejercicio   de  su  derecho  de  defensa  material—,   sino que además su contenido  constituye   objeto   de   prueba,   en   el   entendido   de  que  —   siendo  consciente  de  sus  derechos a no incriminarse, a permanecer en silencio y a no  derivar   de   tal   comportamiento   indicios   en   su   contra   —  todo lo que  diga el   procesado    en     dicha    diligencia    y   sus   correspondientes   ampliaciones   podrá  ser  usado en su contra, hasta el punto  que el  funcionario  podrá  fundamentar  con base en su relato, así como en los demás  medios    de    prueba    que    figuren    en    el    expediente,   un   fallo  condenatorio19.   

En   otras  palabras,  como  el  procesado  “no  es  únicamente  sujeto del proceso, esto es,  interviniente   en   el   procedimiento   con   derechos  procesales  autónomos  […],  sino,  también,  medio    de    prueba”20,  las  manifestaciones  que  contra  sus  propios  intereses  haga  en la diligencia de vinculación o en sus  respectivas  ampliaciones,  o  incluso  en  el interrogatorio que se efectúa al  inicio  de  la audiencia pública (artículo 403 de la  Ley  600  de  2000),  en tanto sean relevantes para el  objeto  de  la  actuación,  se  hallan  íntimamente  ligadas  al  principio de  libertad   probatoria   (artículo  237  Ley  600  de  2000),  así como al fin esencial del Estado Social de  Derecho   de   asegurar   la   vigencia   de   un   orden   justo  (artículo    2    de    la    Constitución   Política),  sin que constituya vulneración a la garantía fundamental de no  incriminación,  en  la  medida  en  que  se  le  hayan  hecho  previamente  las  advertencias  constitucionales  y legales y, al mismo tiempo, haya entendido sus  consecuencias.   

De  ahí  que la Sala de tiempo atrás tenga  sentado  que  con  las mentiras del procesado se pueden construir indicios en su  contra, en ocasiones graves, pues,   

“…el derecho a  la  no  autoincriminación no presupone el derecho a mentir. Solo implica que el  procesado  no  puede  ser  constreñido, de ninguna manera, a decir la verdad, y  por  esta  razón  se  le  exime  de juramento, pero esto no quiere decir que si  falta  a ella, su actitud no pueda ser tenida como indicio de responsabilidad en  el  hecho  investigado  cuando  se  cumplen  las  exigencias de orden fáctico y  jurídico  en  su  deducción  […].  Olvida  así  mismo  el demandante que la  indagatoria,  además  de ser un instrumento de defensa, es también un medio de  prueba,  del  que  pueden  ser  derivadas consecuencias probatorias favorables y  desfavorables  al  procesado,  como  acertadamente  lo destaca la Delegada en su  concepto”21.   

En  el  presente  evento,  los  falladores  dedujeron  la responsabilidad del procesado en las conductas punibles atribuidas  en  el  pliego  de  cargos,  no sólo de la prueba testimonial atrás examinada,  sino  también  de  su  versión  de  indagatoria,  por  el  carácter  mendaz y  desprovisto  de  todo fundamento de la misma, ponderación que de acuerdo con lo  reseñado  en  los  párrafos que anteceden no implica yerro alguno en el juicio  de los sentenciadores.   

4. En conclusión,  el  cargo postulado carece de fundamento, pues, en ningún error incurrieron los  juzgadores  al  declarar  la  responsabilidad  penal del procesado, dado que las  pruebas  en  las  que  se  sustentan sus conclusiones, son idóneas y aptas como  fundamento  de  las  mismas,  y  en  manera  alguna  dan  cabida  al  estado  de  incertidumbre  que  proclama  la  recurrente  con  la  finalidad  de  que  se de  aplicación  del  principio  universal de in dubio pro  reo;  las conclusiones del fallo atacado, al contrario  de  lo  sostenido  por la actora, son el efecto del proceso de racionalización,  en  un  sistema  en  el  que  por  virtud  de la vigencia del método de la sana  crítica,  puede  el  juez  formarse  su  criterio  a  partir  de su persuasión  racional,  al  ponderar  las pruebas, no aisladamente como lo hace la libelista,  sino  en  conjunto,  sometiendo  los  hechos  probados al tamiz que integran los  postulados propios de esa disciplina.   

Por     lo    tanto,    como   el  reproche  planteado por la demandante no prospera,   la   Sala   no   casará   en  razón  del   mismo   la   sentencia  objeto  de  impugnación.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la    Sala   de   Casación   Penal   de   la   Corte   Suprema   de  Justicia,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

NO        CASAR la sentencia impugnada.   

Contra  esta  providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese  y  devuélvase  al Despacho de  origen.   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                      ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  L.           AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUÍS QUINTERO MILANÊS                                            YESID  RAMÍREZ BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                            JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Folios 9 a 11, cuaderno principal.   

2 Folio  15, ídem.   

3 Folio  119, ídem.   

4  Folios 122 a 126, ídem.   

5  Folios 208 a 227, ídem.   

6  Folios 3 a 17 y 38 a 55, cuaderno del Tribunal.   

7 Cfr.  Sentencia de 13 de febrero de 2008, Radicación Nº 21844.   

8  Folios 29 a 32, ídem.   

9  Folios 52 a 54, cuaderno principal.   

10  Folios 9 a 11 ídem.   

11  Cfr. Sentencia de 28 de mayo de 2008, Radicación Nº 22726.   

12  Folio 1, cuaderno principal.   

13  Cf.,   entre   otras,   sentencia   de   31   de   mayo   de  2001,  Radicación  13838.   

14   Cfr.   Sentencia  de  18  de  junio  de  2008,  Radicación  Nº  23283.   

15  Real  Academia  Española,  Diccionario de la lengua  española,    Espasa,    Madrid,    2001,    pág.  967.   

16  Folios 34 a 36, cuaderno principal.   

17  Folios 41 a 43, ídem.   

18  Folios 44 a 46, ídem.   

19  Cf.,  Sentencias  de 14 de noviembre de 2001 y 11 de julio de 2002, Radicaciones  Nº 15354 y 18476, respectivamente.   

20  Roxin,  Claus,  Derecho  procesal  penal, Ediciones del Puerto, Buenos Aires, 2000, pág. 208   

21  Sentencia de 29 de agosto de 2002, radicación 16370     

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