27472(30-01-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  27472   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Aprobado Acta No. 013.  

          Bogotá D.C., enero treinta (30) de dos mil ocho (2008)   

VISTOS  

La  Sala  decide  el  recurso  de apelación  interpuesto  por la defensa contra la sentencia dictada por el Tribunal Superior  de  Bogotá,  por  cuyo medio condenó al doctor JAIME  BARRIOS   HERNÁNDEZ,  en  su  condición  de  Fiscal  Regional  de  la misma ciudad, a la pena principal de cuarenta y ocho (48) meses  de  prisión,  como  autor  penalmente responsable del delito de prevaricato por  acción agravado (artículos 413 y 415 de la Ley 599 de 2000).   

HECHOS  

Se investiga en este trámite la conducta del  doctor    JAIME    BARRIOS   HERNÁNDEZ,  quien  en  calidad  de  Fiscal  Regional  de Bogotá conoció del  sumario  adelantado  en contra de Henry Alberto Porras  Ardila,  dentro  del  cual  profirió el 9 de junio de  1994  una  decisión por medio de la cual revocó la medida de aseguramiento que  le  había  sido  impuesta como posible autor del delito de infracción a la Ley  30  de  1986,  basándose  para  ello  en  un  análisis  sofístico del recaudo  probatorio.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

Con  fundamento  en las copias cuya compulsa  fue  dispuesta  por esta Sala de la Corte en sentencia del 7 de octubre de 1999,  la  Unidad de Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá ordenó la  correspondiente  investigación  previa, para luego de practicar algunas pruebas  declarar  abierta  la  instrucción  el  4 de marzo de 2003, en desarrollo de la  cual  vinculó  mediante  indagatoria  al doctor JAIME  BARRIOS   HERNÁNDEZ,   definiéndole  su  situación  jurídica  el 14 de octubre de la referida anualidad con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva sin derecho a libertad provisional como posible autor  del  delito  de prevaricato especial (artículo 39 de la Ley 30 de 1986, pero en  virtud  del  principio de favorabilidad se aplicaron los artículos 413 y 415 de  la Ley 599 de 2000).   

          Contra  la  anterior decisión el defensor del incriminado interpuso  recurso  de  apelación  y la Unidad de Fiscalía Delegada ante la Corte Suprema  de   Justicia   la   confirmó   mediante   providencia   del  19  de  enero  de  2004.   

Cerrada  la  investigación,  el sumario fue  calificado  el  25  de noviembre de 2004 con resolución de acusación en contra  del  doctor  JAIME  BARRIOS  HERNÁNDEZ  como  presunto  autor del delito de prevaricato por acción agravado  (artículos 413 y 415 de la Ley 599 de 2000).   

          Interpuesto  recurso  de  apelación  por  parte  del  defensor  del  procesado  contra  la  providencia  acusatoria,  la Unidad de Fiscalía Delegada  ante  esta  Colegiatura  la  confirmó a través de decisión del 25 de enero de  2005.   

La  etapa  del  juicio fue adelantada por el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  Corporación  que  una  vez  surtido  el  rito  correspondiente  y  realizada  la  audiencia  pública, profirió sentencia, por  medio   de   la   cual  condenó  al  doctor  BARRIOS  HERNÁNDEZ,  en  su  condición  de Fiscal Regional de  Bogotá,  a  la  pena principal de cuarenta y ocho (48) meses de prisión y a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso,  como  autor penalmente responsable del delito  objeto  de  acusación.  En  el  mismo  proveído  le  fue concedida la prisión  domiciliaria sustitutiva de la intramural.   

Entonces,  la  defensa  interpuso recurso de  apelación   contra   la   sentencia,   el  cual  corresponde  desatar  en  esta  providencia.   

SENTENCIA IMPUGNADA  

          Comienza  el  Tribunal  por  señalar  que  para  el  9  de junio de 1994, fecha en la cual el procesado  profirió  la  decisión  considerada  prevaricadora,  se  encontraba vigente el  artículo  39  de  la Ley 30 de 1986 que tipificaba el delito de prevaricato por  acción  especial,  conducta  que  en  la  Ley  599  de 2000 fue recogida en sus  artículos  413  y  415,  sin  que  resulte cierto afirmar que la última de las  legislaciones  mencionadas  despenalizó  tal  comportamiento,  pues además, le  asignó  una  pena  inferior  a  la  establecida en la Ley 30 de 1986, temática  dilucidada  por  esta  Sala  dentro  del  fallo del 9 de abril de 2002, radicado  19006,   por  manera  que  en  este  asunto  es  aplicable  retroactivamente  la  legislación      de      2000      en      virtud      del     principio     de  favorabilidad.   

          En  punto  de la naturaleza manifiestamente ilegal de la providencia  proferida  por  el  acusado,  el  Tribunal  señala  que  luego de ser vinculado  Henry  Alberto Porras Ardila  por  el delito de infracción a la Ley 30 de 1986, un Fiscal Regional de Bogotá  diverso   del   doctor   JAIME   BARRIOS  le  impuso  medida  de  aseguramiento  el  18  de  marzo  de 1993,  decisión  confirmada  en  segunda instancia por la Unidad de Fiscalía Delegada  ante   el   Tribunal   de   la   misma   ciudad  el  12  de  mayo  del  referido  año.   

En   dichas   providencias,   precisa   el  a  quo, se consideró que lo  expuesto     por     el     declarante     Medardo  Rincón  no era creíble, en cuanto pretendía mostrar  a  su jefe Henry Porras, como  una  persona ajena al cargamento de estupefacientes hallado por la Policía, sin  tener  en  cuenta  que  las  autoridades declararon que éste no quería que las  cajas  donde  se  hallaron los estupefacientes fueran revisadas, amén de que en  las  comunicaciones  que  le  fueron  interceptadas  el día de los hechos se le  preguntó  insistentemente  “si  ya  todo se había  arreglado”.   

          También  sustentó  la  medida de aseguramiento en lo declarado por  empleados   de   la   compañía   Avesta,  quienes  señalaron  a  Henry  Porras como la persona que dirigía  y  estaba  al  tanto  de la empresa de carga de su propiedad, de donde concluyó  que  dicho  ciudadano  tenía  una  organización  dedicada  al almacenamiento y  transporte   de   estupefacientes   que   eran   enviados   a   la   ciudad   de  Leticia.   

          Por  su  parte,  resalta  el  Tribunal  que  en segunda instancia la  Fiscalía    consideró    que   el   testimonio   del   Capitán   Archibold,  quien  dirigió  el operativo  era  medular,  pues  relató  que  Porras  no  quería que se efectuara el registro de ciertas cajas donde se  halló  el  alcaloide, además de que dio cuenta de las llamadas de éste en las  que refería que ya todo estaba arreglado.   

          Entonces,  la  Corporación  de  primer  grado  indica  que  una vez  clausurada    la    instrucción    adelantada   en   contra   de   Porras  Ardila  el 4 de abril de 1994, se  recepcionaron   otros   testimonios,   como  los  del  Oficial  de  la  Policía  Miguel  Antonio  Toscano, el  de  Alexandra  Rosero esposa  de  Henry  Porras, así como  los   de  José  Guevara  y  Armando  Durán, además de  que  se  practicaron  inspecciones  judiciales  a  Aero  Leticia  y  Servi Carga  Leticia,  medios  de  prueba  con  base  en  los  cuales  el doctor BARRIOS   HERNÁNDEZ  consideró  que  se  modificaba  el  panorama  probatorio  y  que,  por tanto, se imponía revocar la  medida  de  aseguramiento  impuesta,  decisión  que  adoptó  el  9 de junio de  1994.   

          Acto   seguido,   el   a  quo  orienta su labor a extraer apartes de lo dicho por los mencionados  declarantes  e  indica  que  una  vez  recibido el escrito por medio del cual se  solicitó   la  revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento  de  Porras   Ardila,   se  dio  traslado  al  Ministerio  Público, el cual conceptuó el 27 de mayo de 1994 señalando que no  era  viable  acceder  a  lo deprecado, oportunidad en la que puso de presente el  desorden  en el curso de la instrucción y la irregularidad de practicar pruebas  luego  de  clausurada  la  fase  del  sumario,  amén de que estando en curso el  término   para   que   los   sujetos   procesales   presentaran   sus  alegatos  precalificatorios,  se  ordenó  una  prueba  grafológica, como si no existiese  oportunidad para ello en el juicio.   

Afirma  el  Tribunal  que los argumentos del  procesado  para  disponer  la  revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento de  Henry     Porras    se  circunscribieron   al  testimonio  del  Mayor  Miguel  Antonio   Toscano,   pues   consideró   que   en  su  declaración     no     involucró     a     Porras  Ardila,  quien  sólo era el propietario de la empresa  de  carga  a través de la cual otras personas pretendían realizar el envío de  estupefacientes a la ciudad de Leticia.   

También  en la decisión tildada de ilegal,  señala  el  a  quo, dijo el  doctor  BARRIOS  HERNÁNDEZ  que  al  momento  del  registro  por parte de la Policía Nacional, Porras   Ardila  asumió  su  papel  como  propietario  de la empresa, sin que pudiera afirmarse que se opuso a la requisa,  además  de  que estando en condiciones de huir no procedió de tal manera, sino  que enfrentó el procedimiento que se realizaba.   

Acerca  de  las  llamadas  telefónicas  que  recibió  Henry Porras en el  transcurso   del   operativo,   el   doctor   BARRIOS  HERNÁNDEZ  consideró  que quienes lo llamaron fueron  su  esposa y su contador para averiguar si todo estaba bien, lo cual descarta un  pretendido  interés  de  otras  personas  en  las  resultas  del  procedimiento  policial.   

Para  concluir,  indica  el  Tribunal,  el  procesado  adujo  en  su  providencia  que  los  indicios  obrantes en contra de  Henry   Porras  resultaban  débiles  e incapaces para deducir de ellos responsabilidad penal, circunstancia  que  imponía  la  revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento,  no  así  la  preclusión de la investigación adelantada.   

Entonces,   la   Corporación  de  primera  instancia  advera  que  no  es  cierto  que  con las pruebas sobrevivientes a la  imposición  de la medida de aseguramiento se hubiera controvertido y derrumbado  lo  acreditado  con  los medios probatorios que para tal momento se tenían, con  mayor  razón si la aprehensión de Porras  no  fue  producto  de  un  hecho causal, sino de informaciones que  llegaron al Comando de la SIJIN.   

En suma, concluye el Tribunal “que  el discurso argumentativo expuesto en pro de su defensa por el  ciudadano  procesado  doctor  Jaime Barrios Hernández, tendiente a demostrar la  inexistencia  de  los  diversos  indicios, a los que según su dicho, en detalle  hizo  referencia  la  resolución  proferida  (revisada  en  segunda instancia y  confirmada)  por  la Fiscalía, deviene en absoluto gaseoso amén de superfluo e  innecesario  (…)  tales  pruebas (las practicadas con  posterioridad  a  la resolución de situación jurídica, se aclara),  dentro  del contexto de una correcta valoración probatoria (con  arreglo  a  los postulados de la lógica, las reglas de la experiencia y la sana  crítica,  o  ,  lo  que tanto da, persuasión racional o lógico examen) al ser  confrontadas  con  las pruebas que fundamentan la medida detentiva, jamás  tienen la virtud de desvirtuar el fundamento probatorio que  preexistía  y servía de base para seguir manteniendo la medida que afectaba la  libertad   de  Porras  Ardila”  (subrayas  fuera  de  texto).   

          Dice  el  a  quo  que  la  presencia  de Porras  en  el  sitio  de  los  acontecimientos  no  podía entenderse como prueba de su  inocencia,  sino todo lo contrario, de que estaba interesado en que el operativo  no  se  llevara a cabo, esto es, oponerse al registro policial, amén de que las  personas  que  se  comunicaron  con  aquél  en la mencionada fecha no fueron su  esposa  y  el contador, como lo ha pretendido hacer creer, sino otros individuos  interesados   en   el  destino  del  alcaloide,  todo  lo  cual  condujo  a  que  ulteriormente el citado ciudadano fuera condenado por tales hechos.   

También señala el Tribunal que lo expuesto  durante   este   trámite  por  el  acusado  corresponde  a  un  “simple  reagrupamiento  de argumentaciones sofísticas que tienen y  pretenden  demostrar  lo indemostrable”, proceder que  no  se  compadece  con sus estudios de pregrado y posgrado, además de su amplia  experiencia  judicial,  con  mayor  razón  si el asunto no revestía especiales  peculiaridades   que   hicieran   complejo   su   entendimiento   y  valoración  judicial.   

Precisa   que   no  se  cuestiona  que  la  revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento  fuera  adoptada  estando cerrada  parcialmente  la  investigación,  sino que era palmaria su improcedencia, dados  los  soportes  probatorios  que  el  Fiscal  de  primera instancia diferente del  procesado,   así   como   el   ad  quem,  tuvieron  en  cuenta para imponer medida asegurativa al procesado  Henry  Porras,  sin  que se  trate de una simple disparidad de criterios.   

Con  base  en lo expuesto, la Colegiatura de  primer  grado  consideró  demostrada  la  materialidad del delito imputado y la  responsabilidad  del  procesado,  como en la vista pública fue planteado por la  Fiscalía,    y    en    consecuencia,    condenó    al   doctor   JAIME  BARRIOS HERNÁNDEZ en su condición  de Fiscal Regional de Bogotá en la forma ya señalada.   

LA IMPUGNACIÓN  

Fundamentalmente el  defensor  plantea que: (i) Se debe decretar la nulidad de lo actuado a partir de  la  resolución  de  cierre  de  investigación,  por  violarse  el principio de  favorabilidad  de  su representado al aplicarle normas penales posteriores a los  hechos;  (ii)         Las   copias   que   dieron   lugar  a  esta  investigación  fueron  compulsadas  por  la  Corte  Suprema de Justicia, a fin de que se investigara al  Fiscal   instructor,   pero   su   asistido   no   fue   quién   instruyó   el  diligenciamiento;     (iii)    Cuando    el    proceso    contra    Henry  Porras comenzó, su representado no  era  aún  abogado,  no  estaba  vinculado  con  la  Fiscalía, ni tenía algún  interés  en  dicho  trámite; (iv) Un Juez Regional decidió proferir sentencia  absolutoria   a  favor  de  Henry  Porras.   

          También  aduce:  (v)         El    incriminado  no  procuró  la  impunidad  del comportamiento por el  cual   se  investigaba  a  Porras  Ardila,  al  punto  que  no  ordenó  la  preclusión de la investigación  adelantada  en  contra  de  éste  y  sólo  se  limitó  a revocar la medida de  aseguramiento;      (vi)     La     conducta     del     doctor     BARRIOS  es  atípica, pues si bien en el  artículo  39 de la Ley 30 de 1986 se creó una norma especial para el delito de  prevaricato,  tal precepto fue derogado; (vii) No existían indicios suficientes  para   mantener   la   detención   preventiva   en   contra   de   Porras  Ardila,  con  mayor  razón si la  petición  de revocatoria de  la  medida  de  aseguramiento  se  encontraba en mora de ser resuelta; (viii) El  doctor  BARRIOS no practicó  ninguna  prueba  con posterioridad a la resolución de cierre de investigación,  pues  lo  único  que  le  correspondió  fue  resolver  sobre  la  solicitud de  revocatoria   de  la  medida  asegurativa;  y  (ix)  El  acusado  no  se  había  desempeñado  como  fiscal  local  o  seccional  ya  que  sólo había realizado  encargos    en    dichos    despachos.    Tampoco    sabía   que   Henry  Porras era hermano de Evaristo  Porras  Ardila, amén de que no  tenía   por   qué   concluir   que   se   trataba   de  toda  una  familia  de  narcotraficantes.   

Con   apoyatura   en   los  planteamientos  precedentes,  el  defensor  solicita a la Sala revocar el fallo de condena, para  en    su    lugar    proferir    sentencia    absolutoria   en   favor   de   su  representado.   

Por  su  parte, el  acusado     BARRIOS     HERNÁNDEZ    alega:  (i)  La Corte Suprema de Justicia  dispuso  compulsar  copias  para  que  se investigara al fiscal que instruyó el  proceso     seguido     contra     Henry    Porras  Ardila,  no  a  él,  que sólo se pronunció sobre la  solicitud  de  revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento; (ii) La decisión  deplorada  fue  tomada  con  base  en las pruebas obrantes en la actuación y de  acuerdo  al principio de legalidad, al punto que un juez regional de esta ciudad  profirió  sentencia  de  absolución a favor de Henry  Porras  Ardila;  (iii) No le fue aplicado el principio  de  favorabilidad, pues se tuvieron en cuenta los artículos 413 y 415 de la Ley  599  de  2000  y no el artículo 28 de la Ley 190 de 1995 que establece una pena  de  tres  (3) a ocho (8) años de prisión; (iv) No se tuvo en cuenta que con la  Ley  599  de  2000 desapareció el delito de prevaricato especial; y (v) Insiste  en  que  él  no  adoptó  una  decisión  ilegal,  máxime  si  no tenía mucha  experiencia  en  la actividad judicial, pues había realizado ciertos reemplazos  temporales de funcionarios en vacaciones durante lapsos cortos.   

A  partir  de  lo  expuesto,  el  procesado  solicita   se   profiera   en   su   favor   sentencia  absolutoria.           

Con   el   fin   de   evitar  repeticiones  innecesarias,   metodológicamente   se  optará,  a  continuación,  por  hacer  referencia  separada  a cada uno de los motivos de inconformidad de la defensa y  a  realizar  el  análisis  jurídico  y  probatorio  que en derecho corresponda  frente      a      los     elementos     de     convicción     allegados     al  diligenciamiento.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

La  Sala  es  competente  para  resolver  el  recurso  de  apelación  interpuesto  por  el  procesado y su defensor contra la  sentencia  dictada en este proceso de conformidad con lo dispuesto en el numeral  3º  del  artículo 75 del Código de Procedimiento Penal, pues la acción penal  es  ejercida  contra  un  Fiscal  Regional de Bogotá que fue juzgado en primera  instancia por el Tribunal Superior de la misma ciudad.   

Conforme   se   había  anunciado,  serán  abordados  cada  uno de los aspectos postulados por la defensa para dar sustento  a su pretensión absolutoria, de la siguiente manera:   

          1.        Quebranto del principio de favorabilidad   

Inicialmente  afirma  el  defensor  que  se  impone   decretar  la  nulidad  de lo actuado a partir de la resolución de  cierre  de  investigación,  toda vez que en manifiesta violación del principio  de  favorabilidad se aplicaron en este asunto los artículos 413 y 415 de la Ley  599  de  2000,  los  cuales  son  posteriores  a  la  comisión  de  los  hechos  investigados,  cuando  en  verdad  la  norma  aplicable era el artículo 149 del  Decreto 100 de 1980.   

Precisa que “dado  el  estado  del proceso, creo que, la respuesta acertada debe ser la absolución  (…)   ya   que   se   ha  cumplido  todo  el  ciclo  procedimental”.   

          Sobre  el  particular  encuentra  la  Sala  que  el recurrente no se  percata  que  la  imputación  jurídica  que  se  formuló  en  el  curso de la  actuación  y  en  el  fallo atacado al doctor BARRIOS  HERNÁNDEZ  no  se fundamentó en el artículo 149 del  Decreto  100  de 1980, sino en lo establecido en el artículo 39 de la Ley 30 de  1986  y,  por  favorabilidad,  en  los  artículos  413  y  415 de la Ley 599 de  20001.   

          En  efecto, el comportamiento específico que se reprocha al acusado  consiste   en   haber   dispuesto   la   libertad   del  procesado  Henry  Porras  Ardila, contra quien pesaba  medida   de   aseguramiento  como  posible  autor  del  delito  de  tráfico  de  estupefacientes,   mediante   un   auto  que  resolvió  revocar  la  detención  preventiva  que  le  había  sido  impuesta  en  primera  y  segunda  instancia,  tergiversando    para    ello    los   medios   de   prueba   obrantes   en   la  actuación.   

          Para  la fecha en que tuvo lugar la conducta aquí investigada, esto  es,  9  de  junio de 1994, se encontraba vigente el Decreto 100 de 1980, el cual  tipificaba  en su artículo 149 el delito de prevaricato por acción para cuando  un  servidor  público  profería “una resolución o  dictamen  manifiestamente  contrario  a la ley”. A su  vez,  también  estaba  en  vigor  el  artículo  39  de  la Ley 30 de 1986, que  sancionaba  la  conducta  del  “funcionario empleado  público  o  trabajador  oficial  encargado  de investigar, juzgar o custodiar a  personas  comprometidas  en  delitos  o contravenciones de que trata el presente  estatuto,    que    procure    la   impunidad   del  delito,  o la ocultación, alteración o sustracción  de  los  elementos o sustancias decomisados o facilite  la  evasión de persona capturada detenida o condenada  …” (subrayas fuera de texto).   

          De  la  preceptiva  de la última disposición se establece sin duda  alguna,  que  cuando  la  decisión  judicial manifiestamente contraria a la ley  tiene  una  o varias de las finalidades allí dispuestas por el legislador, pese  a       que       puede      presentarse      una      posible      multiadecuación   típica   o  concurso  aparente  de  delitos, lo cierto es que en virtud del principio de especialidad,  según  el  cual,  la  norma especial deroga a la general y prima sobre ella, se  debe  proceder  por la disposición contenida en el artículo 39 de la Ley 30 de  1986,  temática  que  suficientemente  ha  dilucidado la jurisprudencia de esta  Sala2.   

          En  consecuencia,  puede concluirse, en contraste con lo alegado por  el  recurrente,  que  el  comportamiento  realizado  por  el doctor JAIME  BARRIOS HERNÁNDEZ si correspondió  en  su  momento  a la conducta descrita en el artículo 39 del Estatuto Nacional  de  Estupefacientes,  pues ni antes ni ahora el artículo 149 del Decreto 100 de  1980  se  ocupó  de  regular  la  conducta  por  la cual se acusa al mencionado  ciudadano.   

Precisado lo anterior y en punto de la queja  del  apelante,  esto  es,  de  la  aplicación  de  la ley penal más favorable,  observa  la  Sala  que  al cotejar el artículos 39 de la Ley 30 de 1986 con los  artículos  413  y  415  de  la  Ley 599 de 2000, esta legislación resulta más  beneficiosa    a   los   intereses   del   acusado3.   

Lo   anterior   es   así,   dado  que  el  comportamiento  investigado tiene en aquella normatividad una pena de cuatro (4)  a  doce  (12)  años de prisión, mientras que en el nuevo ordenamiento punitivo  la  sanción  establecida en su artículo 413 es de tres (3) a ocho (8) años de  prisión,  la  cual  se  aumentará  “hasta  en una  tercera  parte”  por  concurrir  la circunstancia de  agravación  contenida  en  su  artículo  415,  quantum  que  de acuerdo con el  numeral  2º del artículo 60 de la misma legislación se aplica “al     máximo     de     la     infracción    básica”4,  de  manera que como en este asunto se partió en la dosificación  de  la  pena  del  cuarto  mínimo de movilidad punitiva, la sanción definitiva  oscila  entre  treinta  y  seis  (36)  meses  y  cincuenta y nueve (59) meses de  prisión,   extremos   que  resultan  sustancialmente  menos  gravosos  que  los  establecidos  en  la Ley 30 de 1986 y que, a la postre, fueron ponderados por el  a  quo al dosificar la pena  impuesta,    sin    que,   entonces,   la   queja   del   impugnante   encuentre  asidero.   

Ahora,  en  atención  a  que el incriminado  afirma  que en su caso no se dio aplicación al principio de favorabilidad, pues  se  tuvieron  en  cuenta  los artículos 413 y 415 de la Ley 599 de 2000 y no el  artículo  28  de  la  Ley 190 de 1995 que establece una pena de tres (3) a ocho  (8)  años  de  prisión,  pues éste no tiene el texto del citado artículo 415  que  incrementa  la  sanción  partiendo  de  un  mínimo  de  cuatro (4) años,  considera  la  Sala  que  nuevamente,  de manera equívoca, se insiste en que el  precepto  aplicado  en  este  asunto  para  efectos de imputar jurídicamente al  doctor  BARRIOS HERNÁNDEZ la  conducta  objeto  de  reproche fue el artículo 149 del Decreto 100 de 1980, sin  tener  en  cuenta, como ya suficientemente se ha abordado en esta decisión, que  la  norma vigente para el momento de comisión de la conducta investigada era el  artículo  39  de  la  Ley  30  de  1986, la cual, por ser especial respecto del  citado  precepto  del Código Penal de 1980, prevalecía y recogía en todos sus  aspectos el suceso fáctico imputado al ex fiscal.   

En consecuencia, no resulta procedente que en  el  tránsito  legislativo se traiga a colación la Ley 190 de 1995, como que en  ella  no se modificó ni derogó en manera alguna la referida norma del Estatuto  Nacional   de   Estupefacientes,  circunstancia  que  denota  que  la  propuesta  impugnatoria así planteada carece de razón.   

          2.        La   Corte   ordenó   investigar   al   instructor,  no  al  doctor  BARRIOS   

          En  argumento  que  también plantea el procesado, aduce el defensor  que  las  copias  que  motivaron este diligenciamiento fueron compulsadas por la  Corte  Suprema  de  Justicia,  a fin de que se investigara al Fiscal instructor,  pero su asistido no fue quién instruyó el diligenciamiento.   

Agrega   que   cuando  el  proceso  contra  Henry  Porras  comenzó, su  asistido  no  era  aún abogado, no estaba vinculado con la Fiscalía, ni tenía  algún interés en dicho trámite.   

          Sobre  el  particular  encuentra la Sala que la queja del recurrente  resulta   inconsistente   pues,  si  bien  es  cierto,  el  doctor  BARRIOS   no   instruyó   el   proceso  adelantado  contra  Henry  Porras  Ardila,  la  circunstancia  que motivó la compulsa de copias ordenada por  esta  Sala  se  circunscribe  precisamente  a la decisión que profirió el 9 de  junio  de 1994, a través de la cual revocó la medida de aseguramiento impuesta  en   primera   instancia   y   confirmada   en   segundo  grado,  al  mencionado  ciudadano.   

          En  efecto,  en  la parte considerativa de la sentencia de casación  del  7  de  octubre de 1999, a través de la cual se decide no casar el fallo de  condena   proferido   por   el  Tribunal  Nacional  en  contra  de  Henry  Porras por el delito de infracción  a la Ley 30 de 1986, se ordena con absoluta claridad:   

“Se  dispondrá  con  destino  al Consejo Seccional de la Judicatura y a las Fiscalías Delegadas  ante  la  actual  Sala  de  Descongestión  del Tribunal Superior de Santafé de  Bogotá,  D.C.,  copias  de esta decisión, de la resolución del 18 de marzo de  1.993  por  medio  de  la  cual  se  resolvió  la  situación  jurídica de los  encartados,  y  de  las  del 9 de junio y primero de julio de 1.994 por medio de  las  cuales  se  le  revocó  la medida de aseguramiento a PORRAS ARDILA y se le  profirió  resolución  acusatoria,  no  obstante  que  el  13  de  abril había  resuelto  sobre  dicha  petición  que  se pronunciaría en el calificatorio por  haberse  ya  dispuesto  el  4  del  mismo  mes, el cierre del ciclo instructivo,  resoluciones  de  las que igualmente se expedirá copia, y además, para  revocar  la  detención  se  valió  fundamentalmente  de  un  superficial  análisis  del  testimonio  del Mayor Miguel Antonio Toscano Movil,  respecto  del  que  encontró corroboración con los de Alexandra Rosero Varón,  esposa  de este procesado y los de Armando Durán Vargas y José Joaquín Gevara  Rico,  así  como  de  las inspecciones judiciales practicadas a las oficinas de  Aero  Leticia  y  Servi  Carga Leticia; para, tan solo  escasos  veinte  días  después proferir resolución acusatoria advirtiendo que  debía  restársele  crédito a las versiones del Mayor de la Policía, conforme  a    las    demás   pruebas   recaudadas   en   la   investigación” subrayas fuera de texto).   

          Vale  decir,  de  una  parte  se  tiene,  que  esta  Sala ordenó la  compulsa  de  copias,  no  para que se investigara al Fiscal que precedió en el  cargo  al  doctor JAIME BARRIOS HERNÁNDEZ,  sino  precisamente  para  que se investigara la conducta de éste  respecto  de  la revocatoria de la medida de aseguramiento que profirió a favor  de  Henry  Porras Ardila sin  contar con el soporte probatorio para ello.   

Y  de  otra,  es  claro  que si el delito de  prevaricato  por  acción  es  de  carácter  oficioso,  la  compulsa  de copias  dispuesta  por  esta  Colegiatura  no  podía condicionar en manera alguna a los  funcionarios  que  investigaron,  acusaron y sentenciaron al doctor BARRIOS,  al punto que podían ampliar el  objeto  del  proceso  a  los temas que a bien tuvieran, así como a las personas  que  en su criterio debieran ser vinculadas, siempre que se tratara de constatar  la posible conducta violatoria de la ley penal.   

          Las  razones precedentes resultan suficientes para considerar que el  argumento  expuesto,  tanto  por  el  defensor  como  por  el procesado no está  llamado a prosperar.   

          3.        A   favor   de  Henry  Porras se dictó fallo absolutorio   

          Como  el  defensor,  al  igual que el incriminado, manifiesta que un  Juez  Regional  decidió  proferir sentencia absolutoria a favor de Henry  Porras,  circunstancia  que denota  acierto    en    la    decisión    adoptada    por   el   doctor   BARRIOS   HERNÁNDEZ  en  el  sentido  de  revocar  la  medida  de aseguramiento impuesta al mencionado ciudadano, advierte  la  Sala  que si bien el fallo de primer grado en tal asunto fue absolutorio, lo  cierto  es  que  al  surtirse  el  grado jurisdiccional de consulta, el Tribunal  Nacional  revocó  la  absolución  el  23  de agosto de 1996, para en su lugar,  condenar  a  Henry  Alberto Porras Ardila  a  las  penas  principales  de  seis (6) años y seis (6) meses de  prisión  y  multa  de  once  (11) salarios mínimos legales mensuales vigentes,  como   coautor   penalmente  responsable  del  delito  establecido  en el artículo 34 de la Ley 30 de 1.986,  agravado  de conformidad con lo dispuesto en el numeral 3º del artículo 38 del  mismo  estatuto,  oportunidad en la que le fue negado el subrogado de la condena  de ejecución condicional y, por tanto, se dispuso su captura.   

         Adicionalmente     se     observa     que    contra    la         mencionada              sentencia    de    segunda  instancia la defensa interpuso recurso  extraordinario   de   casación,   cuya  demanda  fue  admitida,  se  recibió  concepto  del  Ministerio  Público  desfavorable a las  pretensiones  del  censor, y  la  Sala,  a través de sentencia del 7 de octubre de 1999 (Rad. 13058) decidió  no casar el proveído impugnado.   

         Entonces,  no  se  presta  a duda que el  planteamiento  de  la defensa no logra en manera alguna persuadir a la Sala para  revocar  la  decisión impugnada, pues como viene de verse, el fallo absolutorio  proferido  en  primera instancia por un Juez Regional de esta ciudad, carece del  sustrato  suficiente  y  pertinente,  como para demostrar a partir de él que el  procesado  actuó  conforme  a  los  cánones  legales que rigen la actividad de  ponderación  probatoria  al  revocar  la  medida  de  aseguramiento   que   pesaba   sobre   Henry  Porras  Ardila.   

         Por  el contrario, el argumento defensivo es totalmente desvirtuado  si   se   verifica   que  precisamente  la  absolución  proferida  a  favor  de  Porras  Ardila en     primera     instancia,     fue  revocada  en segundo grado,  siendo  entonces  condenado  por  el  delito  objeto  de  acusación,  con mayor  razón,  si  examinada  tal  providencia condenatoria    por   esta   Sala   al  conocer   del   recurso   de   casación      interpuesto     por  el  defensor, las censuras planteadas   no   prosperaron,  ni  hubo  necesidad  de  acudir  a  la  facultad oficiosa que el legislador concede a esta  Colegiatura  en  punto  de  asegurar los derechos fundamentales y garantías del  procesado        Porras       Ardila.   

         Así  las cosas, el argumento que ofrece tanto el procesado como su  defensor, no tiene vocación de éxito.   

          4.        El      doctor     BARRIOS no procuró la impunidad de la conducta   

Respecto  de  lo dicho por el recurrente, de  que   el   doctor  BARRIOS  HERNÁNDEZ  no  procuró  la impunidad de la conducta por la cual se investigaba  a  Porras  Ardila, al punto  que  no  ordenó  la  preclusión  de  la investigación adelantada en contra de  éste  y  sólo  se  limitó  a revocar la medida de aseguramiento, encuentra la  Sala  que  el  censor no se detiene a considerar, de una parte, el contenido del  artículo  39  de  la  Ley  30 de 1986, con base en el cual se dio inicio a este  diligenciamiento  y, de otra, se desentiende de lo dispuesto sobre el particular  en los artículos 413 y 415 de la Ley 599 de 2000.   

Así  pues,  en la legislación vigente para  cuando se cometió la conducta prevaricadora se disponía:   

“Artículo 39. El  funcionario  empleado  público  o  trabajador  oficial encargado de investigar,  juzgar  o custodiar a personas comprometidas en delitos o contravenciones de que  trata  el  presente Estatuto, que procure la impunidad  del   delito,   o   la  ocultación,  alteración  o  sustracción   de   los   elementos  o  sustancias  decomisados  o  facilite    la    evasión    de    persona   capturada,  detenida  o  condenada,  incurrirá  en prisión de cuatro (4) a  doce  (12)  años,  pérdida  del empleo e interdicción de derechos y funciones  públicas  por  el mismo término” (subrayas fuera de  texto).   

De la anterior trascripción se deduce que la  conducta  de  proferir  un  auto  manifiestamente contrario a la ley mediante la  tergiversación  de las pruebas obrantes en la actuación, que condujo a revocar  la  medida  de  aseguramiento  que  pesaba sobre Henry  Porras   Ardila  como  posible  autor  del  delito  de  tráfico  de  estupefacientes,  satisface  a  plenitud las exigencias del citado  precepto,   pues   procuró,   aunque   no   consiguió,  la  impunidad  de  tal  comportamiento,  amén de que, sin lugar a dudas, facilitó la evasión de quien  para  ese momento se encontraba privado de su libertad al haber sido aprehendido  en situación de flagrancia.   

La afirmación del recurrente referida a que  no  se  procuró  la impunidad de la conducta con la revocatoria de la medida de  aseguramiento  impuesta  a  Henry  Porras,  no  pasa  de  ser un aserto indemostrado, pues qué incertidumbre  cabe  que  con  un tal proceder se orientó el curso del trámite a acreditar la  ajenidad  del  citado  ciudadano  respecto  de  la  tenencia  y  tráfico  de la  sustancia  estupefaciente hallada en su empresa de carga con destino a la ciudad  de  Leticia.  Aquí  es  importante  destacar  que  la  conducta definida por el  legislador   no   exige   que   efectivamente   se   consiga  la  impunidad  del  comportamiento  vinculado  al  tráfico de estupefacientes, sino que se procure,  esto  es, se intente, gestione, ensaye o encamine, que fue precisamente la labor  adelantada   por   el   doctor   BARRIOS   con   la   revocatoria   de   la   medida  de  aseguramiento  que  profirió.   

          Adicionalmente,  también es claro que con dicha decisión ilegal se  consiguió  materialmente  la libertad de Henry Porras  Ardila,   pese  a  que  las  autoridades  lo  habían  aprehendido   en   situación   de  flagrancia  cuando  intentaba  despachar  el  cargamento  de  alcaloides  que  le  fue decomisado, actividad que se ajusta con  exactitud a la definida en el artículo 39 de la Ley 30 de 1986.   

          Ahora,    el    artículo    413    de    la   Ley   599   de   2000  establece:   

“Prevaricato por  acción.  El  servidor  público  que  profiera resolución, dictamen o concepto  manifiestamente  contrario  a  la ley, incurrirá en prisión de tres (3) a ocho  (8)  años, multa de cincuenta (50) a doscientos (200) salarios mínimos legales  mensuales  vigentes, e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas      de     cinco     (5)     a     ocho     (8)     años”.   

          Conducta   que  se  agrava  de  conformidad  con  el  artículo  415  ejusdem,   del  siguiente  tenor:   

“Circunstancia de  agravación  punitiva.  Las  penas  establecidas en los artículos anteriores se  aumentarán  hasta  en  una  tercera  parte  cuando las conductas se realicen en  actuaciones  judiciales  o  administrativas   que   se   adelanten  por  delitos  de  genocidio,  homicidio,  tortura,  desplazamiento  forzado,  desaparición  forzada,  secuestro,  secuestro  extorsivo, extorsión,  rebelión,     terrorismo,     concierto     para     delinquir,    narcotráfico, enriquecimiento ilícito,  lavado  de  activos, o cualquiera de las conductas contempladas en el título II  de este Libro”.   

          Como  viene  de  verse,  la  norma  citada  no  exige  una finalidad  específica  para  que se adopte la decisión judicial manifiestamente contraria  a  le  ley, como que basta que sea proferida dentro de un trámite adelantado en  razón  de alguno de los delitos que taxativamente señala, dentro de los cuales  se  encuentra  el  punible  de  narcotráfico  por  el  que  el procesado doctor  BARRIOS   investigaba   a  Henry  Porras  Ardila,  de  manera  que  también  con  relación a este precepto se satisface a plenitud la  tipicidad de la conducta objeto de acusación en este expediente.   

No  obstante, se impone precisar que como el  artículo  39  de  la  Ley  30  de 1986 establece mayores exigencias para que la  conducta  sea  tenida  como típica que los establecidos en los artículos 413 y  415   de  la  Ley  599  de  2000,  en  cuanto  señala  ingredientes  subjetivos  alternativos  que  determinen  el  comportamiento  del  autor,  estos  son:  (i)  Procurar  la  impunidad  del delito; (ii) Procurar la ocultación, alteración o  sustracción  de  la  sustancia  decomisada;  o  (iii) Facilitar la evasión del  capturado,  detenido  o condenado, considera la Sala que en caso de tránsito de  legislación  y  en  cuanto  comporta  el  proceso de adecuación típica, no el  cotejo  del  quantum  de  las  sanciones,  debe  aplicarse  ultraactivamente  la  legislación   de  1986,  en  cuanto  más  favorable,  al  exigir  los  citados  ingredientes,  en oposición a la legislación del 2000, en la cual basta que se  proceda por uno de los punibles que expresamente señala.   

         De  las anteriores consideraciones concluye la Sala que tampoco este  planteamiento de la defensa está llamado a prosperar.   

5.            Con  la  Ley 599 de 2000 desapareció el  delito de prevaricato especial   

En  cuanto  atañe al reclamo del defensor y  del  acusado  orientado  a  señalar que el comportamiento de éste es atípico,  pues  si  bien  en  el  artículo  39  de  la  Ley 30 de 1986 se creó una norma  especial   para   el   delito   de   prevaricato,  tal  precepto  fue  derogado,  circunstancia  que  permite  concluir  que  la  conducta  estaba  recogida en el  artículo  149  del  Decreto  100 de 1980 y no en los preceptos de la Ley 599 de  2000  citados  en la providencia impugnada, observa la Sala que una vez más, el  defensor  se  sustrae  por  completo de la realidad fáctica y normativa de este  diligenciamiento,  al  insistir  tozudamente  en  que  se  procede por el delito  establecido  en  el  artículo  149 del Decreto 100 de 1980, cuando lo cierto es  que  dicho precepto no ha fundamentado la imputación jurídica efectuada por la  Fiscalía  y  los  sentenciadores  de  primera  y  segunda  instancia, según se  dilucidó en el numeral 1.1. de esta providencia.   

          No   obstante,   para  abundar  en  la  argumentación  y  responder  puntualmente  la queja del recurrente, es oportuno señalar, en primer término,  que   al   doctor   BARRIOS   HERNÁNDEZ  no  le  ha  sido imputado el delito de prevaricato señalado en el  artículo  149 del Decreto 100 de 1980, sino el prevaricato especial establecido  en el artículo 39 de la Ley 30 de 1986.   

Y de otra, no es cierto que el contenido del  último  precepto  citado  haya  desaparecido  de  la  normativa nacional con la  expedición  de  la Ley 599 de 2000, pues por el contrario, fue recogido por los  artículos   413  y  415  de  dicha  legislación,  según  se  concluye  de  la  exposición  de  motivos  del  proyecto  de  ley que culminó en la legislación  punitiva del 2000, en la cual se afirmó:   

“El artículo 39  de  la  ley  30  de  1986 sanciona como delito autónomo con pena de prisión de  cuatro  a  doce  años,  al servidor público o trabajador oficial encargados de  investigar,  juzgar  o  custodiar  a  personas  comprometidas  en  las conductas  punibles  de  que  trata  la  misma,  procure  su  impunidad, o la ocultación o  alteración  de   los  elementos  decomisados, o facilite la evasión de la  persona  capturada  o detenida; por constituir en esencia delitos de prevaricato  o    fuga   de   presos,   fueron   incluidas   como  circunstancias  agravantes  para cada uno de esos delitos, haciéndose extensiva  la  conducta  a  otros  delitos  que por su gravedad conlleva a imponer una pena  superior  al  servidor  público” (subrayas fuera de  texto).   

          Por  su  parte, en la ponencia para primer debate en el Senado de la  República,  frente  al  capítulo VII (del prevaricato) del Título XV (delitos  contra  la  administración  pública)  del  Libro  Segundo  del  Código Penal,  textualmente  se  indicó lo siguiente respecto de los actuales artículos 413 y  415:   

“Como innovación  se  encuentra  la  disposición  que crea  una circunstancia específica de  agravación  punitiva, derivada de la actuación judicial o administrativa en la  que      se      realiza     la     conducta     prevaricadora,     recogiéndose   no   sólo   lo   contemplado   en  la  Ley  30  de  1986,  sino  también  en  la  Ley  40  de 1993, sino  haciéndose  extensiva  a  otros  delitos  cuya gravedad exige mayor drasticidad  para   el   servidor  estatal”  (subrayas  fuera  de  texto).   

          De  las  transcripciones  precedentes  puede  concluirse  que con su  artículo   415   –  cuyo  contenido  no existía en el ordenamiento jurídico colombiano en el Decreto 100  de  1980  – la Ley 599 de  2000  recogió e incorporó el supuesto de hecho previsto en el artículo 39 del  Estatuto  Nacional  de  Estupefacientes,  de  manera  que  esta  disposición no  perdió  el  carácter  de delictiva ni la gravedad que el legislador de 1986 le  atribuyó5.   

          De  acuerdo  con  las  razones expuestas, tampoco este reclamo de la  defensa está llamado a la prosperidad.   

          6.        No     existían     indicios     para     mantener     la    medida  asegurativa   

Acerca  de  la responsabilidad del ex fiscal  investigado,  su  defensor  afirma  que  no  existían indicios suficientes para  mantener  la detención preventiva en contra de Porras  Ardila,   con   mayor   razón  si  la  petición  de  revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento  se  encontraba  en  mora  de ser  resuelta.   

          Sobre  tal  razonamiento  se observa que, contrario al argumento del  impugnante,  el  recaudo  probatorio  obrante  para el momento en que se toma la  decisión  cuestionada  en  este  trámite,  permite concluir que había mérito  suficiente  para  sustentar  la  medida de aseguramiento impuesta a Henry  Porras  Ardila y que, por tanto, no  era procedente de manera alguna su revocatoria.   

          En  efecto,  olvida  el  recurrente  que  los  agentes  de  policía  Germán  Guillermo  Rojas y  Pedro   Ignacio   Fernández   Rivera   que   intervinieron   en  el  procedimiento  de  detección  de  los  estupefacientes,   así   como   el   Capitán  Elkin  Archibold,  declararon  que  una  vez  se disponían a  efectuar  la  requisa al camión, se presentaron Henry  Porras   Ardila   y  Jaime  Ramírez oponiéndose al registro.   

Por   su  parte,  el  Agente  Beltrán  Sarmiento  declaró  el  31  de  marzo  de  1993, según aparece en el fallo de casación proferido por esta Sala  el  7  de octubre de 1999, en el cual se ordenó compulsar las copias que dieron  lugar a este trámite:   

“Por orden de mi  capitán  ARCHIBOLD  ARCHIBOLD,  quien llevaba orden de trabajo del señor Mayor  TOSCANO  MOVIL,  nos  trasladamos  desde  aquí de la Sijin, más o menos sería  entre  diez  y  media  de la mañana a once, pero más antes se había hecho una  vigilancia  a  dicha  empresa  en  horas  de  la  mañana  del  mismo  día, por  información  que  había  recibido mi Mayor TOSCANO, desde una cuadra vimos que  efectivamente  había  un camión cargando, estilo furgón plateado, y enseguida  estaba  otro  camión el cual estaba listo para ser cargado, frente a la empresa  CARGA  AEREA, eso fue como de nueve a diez de la mañana, y como la información  era  si  efectivamente  era  una  empresa  aérea  y  si  efectivamente  estaban  cargando,  entonces  dimos la vuelta en el carro, yo como conductor del carro, y  no  hicimos  sino  mirar y estaban los coteros cargando, nos estábamos por ahí  dos  o  tres minutos y dábamos la vuelta a la manzana por la feria exposición,  no  vimos  o  yo personalmente no vi a nadie más, y seguimos allá y el camión  ya  estaba  en  lo  último  de la carga, de pronto ya nos habían detectado que  estábamos  haciendo  vigilancia  porque  más  tarde  llegó una patrulla de la  policía,  yo  no  vi  quién más entró así como sospechoso, sino los coteros  que  estaban ahí trabajando, más o menos a las once de la mañana recibimos la  orden  de  mi  Capitán  ARCHIBOLD  y también iba el dragoneante FERNANDEZ y el  agente  ROJAS,  de  que  requisáramos  el camión porque estaba sobre la vía ,  llegamos  al  camión  y  estaba  un  señor gordo el cual era el conductor, los  coteros,  en  esas salió el gerente MEDARDO, se iba a  proceder  a  la requisa cuando apareció como a los dos o tres minutos el dueño  de  la  empresa  o  que manifestó ser el dueño, con otro señor que manifestó  ser  el  jefe  de seguridad, el cual se estaba oponiéndo a la requisa, diciendo  que   por   qué  iban  a  requisar  la  carga  si  eso  llegaba  sellado  a  la  empresa,  y  después  de  haber  requisado a todo el  mundo  que  no tuvieran armas, se requisó el camión… y más tarde, por orden  de  la  Fiscalía  para  la  Sijin,  orden  de  allanamiento, se produjo (sic) a  requisar   la  bodega,  en  la  cual  no  se  halló  ningún  otro  elemento  o  sustancia…”.      (Subrayas      fuera      de  texto).   

          Las  citadas pruebas no fueron en manera alguna desvirtuadas por los  medios  probatorios  sobrevivientes  a  la  resolución de situación jurídica,  circunstancia  que  permite  concluir  que  para  dicho  momento procesal sí se  estructuraban  con  suficiencia  las  exigencias  dispuestas  en la ley para que  resultara  manifiestamente  improcedente  revocar  la  medida  de  aseguramiento  impuesta  a  Porras  Ardila,  con  el  deleznable  argumento que éste sólo se comportó como el dueño de la  empresa de carga en la que se encontraron los estupefacientes.   

          Lo  anterior  cobra  mayor  fortaleza si se tiene en cuenta que acto  seguido,   el   mismo   doctor   BARRIOS   en   la   decisión   tenida   como   prevaricadora   afirma  que  “esta postura normal del acusado PORRAS frente a la  policía  no  lo  exime en forma clara del registro y  allanamiento  practicado  a su propia empresa, así el  administrador  JOSÉ  MEDARDO  RINCÓN  confiese  su responsabilidad”  y precisa que las afirmaciones de éste colocan “al    acusado    PORRAS   ARDILA   como  sospechoso    del   hecho   delicito   (sic), máxime cuando es el copropietario  de  la  firma  AERO  CARGA LETICIA, sobre la cual mantiene su inmediatez control  (sic),  sospecha  que desde  luego  conforme  a  la  apreciación  probatoria  no  se  puede confundir con un  indicio”.   

          En  efecto,  de  las transcripciones anteriores puede concluirse que  ni  aún  el  ex  fiscal  acusado  tenía  certidumbre acerca de la ajenidad del  procesado   Porras  Ardila  respecto  del  delito  de tráfico de estupefacientes, pese a lo cual revocó la  medida  de aseguramiento que le había sido impuesta, en ostensible contrariedad  de  la  ley  y  en  especial,  con  una ponderación distorsionada de los medios  probatorios.   

Adicionalmente   a  lo  anterior,  resulta  sintomático   en  la  intención  del  procesado  de adoptar una decisión  ilegal,  que  cerca de dos meses antes de proferirla había dicho en resolución  del  13  de  abril  de  1994,  que  la  petición de revocatoria de la medida de  aseguramiento  sería  resuelta al calificar el mérito del sumario, dado que ya  se encontraba clausurada la investigación.   

Estos   son   los   términos   de   dicha  providencia:   

“Como quiera que  mediante  resolución calendada el cuatro de los cursantes la Fiscalía declaró  cerrada  parcialmente la presente investigación, incluyendo en ella al detenido  HENRY  ALBERTO PORRAS ARDILA, se dispone devolver inmediatamente las diligencias  a  Secretaría  para  que se prosiga con la notificación de dicha resolución y  se  corran  los  traslados legales para que las partes presenten sus alegatos de  conclusión.  Cumplido  lo  anterior, retornarán los  autos  al  Despacho  y por economía procesal la Fiscalía se pronunciará sobre  la   solicitud   que   de   revocatoria   de   la   medida  asegurativa  que  ha  solicitado”   el   defensor   (subrayas   fuera  de  texto).   

          En  suma,  del  cuadro  conjunto  de  circunstancias que rodearon el  proferimiento  de  la  decisión que motivó este diligenciamiento, se concluye,  de    un    lado,   que   causa   perplejidad   que   el   doctor   BARRIOS  HERNÁNDEZ,  contrariando lo que  ya  había  decidido acerca de pronunciarse sobre la solicitud de revocatoria de  la  medida  de  aseguramiento,  decide intempestivamente acceder a lo deprecado,  previo    concepto    desfavorable    del    Ministerio    Público   sobre   el  particular.   

          Y  de  otro  se  tiene,  que  los  medios  de  prueba obrantes en el  expediente  para aquél momento y ulteriores a las pruebas que sustentaron dicha  medida  asegurativa,  no  resultaban suficientes para descartar de alguna manera  la   responsabilidad   penal   del  procesado  Porras  Ardila  en  el  delito  investigado,  y  tanto  menos,  tenían  aptitud demostrativa para revocar la detención preventiva ordenada por  un  funcionario anterior al doctor BARRIOS,  providencia  que  había  sido  confirmada en segunda instancia y  cuya  revocatoria  ya  había  sido negada mediante proveído del 14 de marzo de  1994.   

Finalmente es imprescindible agregar, que si  la  petición de revocatoria de la medida de aseguramiento se encontraba en mora  de  ser  resuelta,  según  lo  plantea  la  defensa,  tal  circunstancia es por  completo  irrelevante  en  punto  de su contenido manifiestamente contrario a la  ley,  es  decir,  con  independencia  de que estuviera presente dicha mora en la  resolución  de  lo  solicitado,  la  verdad es que ello no faculta ni excusa al  doctor  BARRIOS para adoptar  una  decisión  ilegal con base en la distorsión o apreciación acomodaticia de  las  pruebas  obrantes,  amén  de  que,  como  a  espacio  se expuso, ya había  decidido  pronunciarse  sobre tal petición del defensor al calificar el mérito  del   sumario,   pues  para  aquél  momento  ya  se  encontraba  clausurada  la  instrucción.   

          Las   consideraciones   expuestas  bastan  para  concluir  que  este  reproche no tiene vocación de éxito.   

7.                El      doctor      BARRIOS   no   practicó   pruebas   con  posterioridad al cierre de investigación   

Habida  cuenta que el impugnante resalta que  el   doctor   BARRIOS  no  practicó  ninguna  prueba  con  posterioridad  a  la  resolución  de cierre de  investigación,  pues  lo  único  que  le  correspondió  fue resolver sobre la  solicitud  de  revocatoria  de  la medida asegurativa, sin dificultad observa la  Sala  que  la  queja  es  manifiestamente  impertinente, como que no fue por tal  proceder que se lo acusó y condenó en primera instancia.   

          Sobre  el  particular  se  puntualiza  en  la  decisión  objeto del  recurso que aquí se desata:   

“Basta mirar la  resolución  de  junio  9 de 1994, dictada por el fiscal que se identificaba con  el  código  230,  que  corresponde  al  que  se le había asignado al ciudadano  procesado  Barrios  Hernández,  para  concluir que de  manera   deliberada   se   realizó   una   valoración   probatoria  (de  uno  solo  de  los  medios  de  convicción  practicados, el  testimonio  de  Toscano Móvil) de forma acomodaticia,  encaminada  a  una concreta finalidad, dejar al señor Porras Ardila en libertad  mediante   la   revocatoria   de  la  medida  detentiva  que  lo  afecta  en  su  libertad” (subrayas fuera de texto).   

          Como    también    el    defensor    y   el   doctor   BARRIOS  dicen  que  éste  carecía  de  experiencia,  pues no se había desempeñado como fiscal local o seccional y que  sólo  había  realizado encargos en dichos despachos, considera la Sala que una  tal  alegación  carece  de  relevancia  en  punto de la conducta por la cual se  condenó      en      primera      instancia      al     doctor     BARRIOS,   toda  vez  que  el  análisis  conjunto  de  las  pruebas  obrantes  en  esta  actuación permite concluir que,  desconociéndose  la  motivación  del  procesado  para  adoptar  la providencia  prevaricadora,  lo cierto es que no sólo decidió apartarse de lo que ya había  decidido  en  punto  de  diferir  la resolución de lo solicitado para cuando se  profiriera  la  calificación  del  mérito  del  sumario, sino que encaminó su  esfuerzo  a  valorar de manera tergiversada los medios probatorios, sin ponderar  lo  expuesto  en  la  decisión  que  impuso  la  medida de aseguramiento, en el  proveído  de segunda instancia a través del cual fue confirmada y lo expresado  en  la  decisión  a  través de la cual poco tiempo atrás se había negado una  petición similar.   

Un tal proceder excluye la posibilidad de que  se  tratara de un actuar inexperto y, por el contrario, permite acreditar que la  conducta  del  doctor BARRIOS  se  encontraba  dirigida  indudablemente  a  favorecer al procesado Porras  Ardila, contrariando para ello en  forma   grosera   la   ley  al  apreciar  de  manera  sesgada  las  pruebas  que  ulteriormente   a   la   definición   de   situación  jurídica  habían  sido  recopiladas.   

          En   consecuencia,  tampoco  los  planteamientos  analizados  están  llamados a conseguir la revocatoria del fallo de condena impugnado.   

          Así  las  cosas, es evidente que los argumentos expuestos tanto por  el  procesado  como  por  su  defensor,  orientados a derruir el fallo de primer  grado,  no  consiguen  convencer  a la Sala para disponer su revocatoria, razón  por   la  cual  se  impone  confirmarlo  en  cuanto  atañe  a  los  motivos  de  inconformidad.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

CONFIRMAR el fallo  de  primera  instancia  en  cuanto  fue  objeto de impugnación, por las razones  expuestas en la anterior motivación.   

Contra  esta  sentencia  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                          MARÍA     DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ    DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                                          JORGE LUIS QUINTERO MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                            JULIO    ENRIQUE    SOCHA  SALAMANCA   

                  Impedido   

JAVIER ZAPATA ORTÍZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Ver resolución de situación jurídica (fol. 34 s.s.  cuaderno 3 Fiscalía ante el Tribunal).   

2  En  este  sentido  providencias del 23 de octubre de 1.995. Rad. 10253; 7 de febrero  de  1996.  Rad. 10218; 27 de junio de 1996. Rad. 9524; 30 de mayo de 1997.   Rad.  12684;  6  de  junio de 1997. Rad. 12140 y 9 de abril de 2002. Rad. 19006,  entre muchas otras.   

3 Así  se pronunció la Sala en fallo del 24 de enero de 2007. Rad. 26614.   

4  Cuartos de movilidad: (1) De 36 a 59 meses. (2) de 59  meses  1 día a 82 meses. (3) De 82 meses 1 día a 105 meses. (4) de 105 meses 1  día a 128 meses.   

5  En  este sentido providencia del 24 de enero de 2007. Rad. 16614.     

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