27168 (16-09-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27168  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº 265  

Bogotá  D.C., dieciséis (16) de septiembre  de dos mil ocho (2008).   

V   I   S   T   O   S   

La  Sala  resuelve sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  argumentación  de la demanda de casación presentada por el  defensor   del   procesado   JOSÉ   ENRIQUE   MOLINA  ROJAS.   

H E C H O S  

Así  los  resumió el Tribunal ad-quem:   

“Enseña   la  actuación  surtida  que, promediando las tres y treinta de la tarde (3:30 p.m.)  del  día  14  de  enero de 2003 en el sector de aislamiento del Establecimiento  Penitenciario  y  Carcelario  “Peñas  Blancas”,  ubicado  en  la  ciudad de  Calarcá  (Armenia),  se  presentó  un  incidente entre el interno JOSÉ ARTURO  LARA  LLOREDA,  alias  “GATILLO”  y los señores JOSÉ ENRIQUE MOLINA ROJAS,  JESÚS  ANTONIO  OCHOA GONZÁLEZ, NORBERTO AGUDELO OSSA e IVÁN CAMILO JARAMILLO  MURILLO,  dragoneantes  del  INPEC,  quienes,  ante  la  negativa  de  aquél de  ingresar  a su celda, lo emprendieron a golpes, los cuales, horas más tarde, le  produjeron la muerte.”   

A N T E C E D E N T E S  

1.   Por  los  anteriores  hechos,  la  Fiscalía  13 Delegada ante el Juzgado Único Penal del  Circuito  de  Calarcá,  a  través  de resolución del 19 de septiembre de 2004  (fl.      69-82,      cuaderno      original      No.      5),      acusó a JOSÉ ARBEY QUINTERO CASTRILLÓN,  JORGE  HERNÁN  GARCÍA  BERMÚDEZ,  NORBERTO AGUDELO OSSA, JESÚS ANTONIO OCHOA  GONZÁLEZ  y  JOSÉ  ENRIQUE  MOLINA ROJAS    como   coautores,   a   título   de   dolo,   de   homicidio  agravado  (artículo  104-7  y  58-10-2) del Código Penal).    

Apelada  la  decisión  acusatoria  por  el  defensor   común  de  los  acusados,  fue  modificada  parcialmente  en  2ª  instancia  por la Fiscalía 3ª  Delegada  ante el Tribunal Superior de Armenia que, a través de resolución del  3      de      diciembre      de      2004,      dispuso     la     preclusión  de  la investigación a favor  de  JOSÉ  ARBEY  QUINTERO  CASTRILLÓN  y  JORGE  HERNÁN  GARCÍA BERMÚDEZ, y  confirmó en todo lo demás (fl. 215-244, c.o. 5).   

2.   La etapa  del  juicio la tramitó el Juez Único Penal del Circuito de Calarcá que, el 17  de  abril  de  2006, dictó sentencia (fl. 175-205, c.o. 7) por medio de la cual  condenó  a NORBERTO AGUDELO  OSSA,  JESÚS  ANTONIO  OCHOA GONZÁLEZ y JOSÉ ENRIQUE  MOLINA  ROJAS  a  la  pena de principal de 72 meses de  prisión  y  a  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por término igual al de la pena privativa de la libertad,  como    coautores   impropios   de   la   conducta   punible   de   homicidio   simple,   en   exceso  del  cumplimiento  de  un  deber  legal  (artículos  103, 32-3-7 del Código Penal), al  tiempo  que,  por  favorabilidad  de  la  ley 906 de 2004 frente a la ley 600 de  2000, les concedió  la prisión domiciliaria.    

3.  Apelada la  anterior  decisión  por los defensores de los procesados NORBERTO AGUDELO OSSA,  JESÚS  ANTONIO  OCHOA GONZÁLEZ y JOSÉ ENRIQUE MOLINA  ROJAS,  fue  confirmada  por  el  Tribunal Superior de  Armenia,  en  decisión  del  3  de  agosto  de  2006  (fl.  1-23,  c.o.  de 2ª  instancia).   

4.    Los  defensores  de  los  procesados  NORBERTO  AGUDELO  OSSA,  JESÚS  ANTONIO OCHOA  GONZÁLEZ  y  JOSÉ  ENRIQUE  MOLINA ROJAS  interpusieron  recurso extraordinario de casación, pero solamente  el  apoderado  del último lo sustentó, razón por la cual el Tribunal Superior  de  Armenia  declaró  desierto el recurso interpuesto por los defensores de los  dos primeros (fl. 57, c.o. de 2ª instancia).   

L  A      D  E  M  A N D  A    D E   C A S A C I Ó N   

El     apoderado    de    JOSÉ   ENRIQUE  MOLINA  ROJAS,  en  escrito  tan extenso como confuso,  pretende  sustentar  el  recurso extraordinario de casación.  La Corte, no  aborda  el  intento  de  elaborar  un resumen del contenido integral del libelo,  precisamente  por  lo errático e incoherente de la mayor parte del discurso que  ofrece el demandante.   

Aún  así,  la  Sala  encuentra,  no  sin  dificultad,  que  el  casacionista hace referencia a dos motivos de nulidad: omisión de práctica de pruebas,  la  cual  debió  conducir  a  la  absolución  del  procesado,  y  omisión  de  vinculación  de  otros  autores  o partícipes, circunstancias que,  en su  sentir,  violan, respectivamente, el derecho de defensa y el debido proceso (59,  85-88,  demanda).   Menciona,  además,  el  desconocimiento  al  deber  de  investigación  integral  (pág.  278), sin precisar si lo invoca como motivo de  invalidez  ni  detallar dentro de cuál causal de nulidad se enmarca, menos aún  cuáles deben ser los efectos del vicio que acusa.   

Como  consecuencia  del  supuesto  vicio  de  omisión  probatoria,  solicita  a  la  Corte  que  case  el  fallo y declare la  invalidez  de  todo  lo  actuado  “a partir del auto  cabeza de proceso”.   

En el restante cuerpo del escrito de demanda  –en  aquellos  fragmentos  donde  la Sala logra percibir un discurso comprensible- el casacionista acusa al  sentenciador  de  incurrir  en  la  violación  directa de la ley sustancial por  aplicación  indebida  los  artículos  22,  28,  58-10, 103, 32-3-7 del Código  Penal,  así como en la violación indirecta de los artículos 7º, 232 y 238 de  la   ley   600   de   2000,   como  consecuencia  de  incurrir  en  errores   de   hecho   constitutivos   de  falsos juicios de existencia,  falsos juicios de identidad y  falsos raciocinios, reproches  que  se repiten una y otra vez de manera insistente en cada una de las censuras,  y  que  enuncia  y  desarrolla de manera errática y confusa, entremezclando los  yerros unos con otros.   

Según lo que la Sala alcanza a entrever del  contenido   del  libelo,  el  casacionista  reprocha  que  los  yerros  acusados  condujeron al sentenciador a no advertir:   

i)   Que  los  testimonios  de  los  reclusos  apuntan  a que los verdaderos autores del crimen  fueron  otros  guardianes  e  internos  de la penitenciaría, entre ellos, JORGE  IVÀN  GIRALDO ALZATE; ii) que  el  procesado  se  encontraba físicamente impedido y cumpliendo una resolución  de  reubicación  laboral, razones por las cuales no pudo cometer el punible que  se  le  imputa,  lo  que,  a  su  vez, permite afirmar que su comportamiento fue  atípico,       que      constituye      “delito  imposible”   y  que  la  muerte  del  ofendido  fue  producida  por  un  evento  de  fuerza mayor o caso fortuito, determinado por la  acción   delictiva   de   terceros;  iii)  que  la  función  del  procesado se limitaba a abrir y cerrar una  puerta  del  establecimiento  carcelario, motivo por el cual no existe relación  de  causalidad  entre  su  comportamiento  y  el  resultado  delictivo, ni puede  predicarse     en     su     contra     coautoría     impropia;    iv)        que      MOLINA  ROJAS no fue el autor de la lesión  que  sufrió  la  víctima en la cabeza y que, según Medicina Legal, fue la que  causó  su  deceso;  v) que la  prueba  testimonial exonera de responsabilidad a MOLINA  ROJAS,    y   vi)  que  el  proceso arroja un estado de duda probatoria.      

Como  consecuencia del reconocimiento de los  yerros  aludidos,  el libelista solicita a la Corte que case el fallo y absuelva  al procesado.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  Ante  todo  es  imperioso  recordar  que la casación es un recurso de naturaleza extraordinaria  y  rogada,  motivo  por el cual el legislador estatuyó las causales por las que  resulta  procedente  atacar  la presunción de acierto y legalidad con que viene  amparada   la   sentencia  a  esta  sede.  De  igual  modo,  dadas  las  citadas  características   de   la   impugnación,  también  la  legislación  procesal  contempla  los  mínimos  presupuestos  de  lógica y debida fundamentación que  debe  cumplir  el  libelo,  los  cuales  a  la  Corte  no le está dado entrar a  complementar  o  suplantar  por razón del principio de  limitación.   

Como  lo tiene dicho la Corte, la demanda de  casación  no  es  de  libre  formulación,  razón por la cual no es procedente  hacer  cualquier  clase  de  cuestionamiento  a  una  sentencia  que  por ser la  culminación  de  un  proceso  está  amparada,  como  se  indicó, por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que debe ser un escrito lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido denunciar los errores cometidos en el  fallo,  al  tenor  de  los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley,  demostrarlos   dialécticamente  y  evidenciar  su  trascendencia  en  la  parte  dispositiva del mismo.   

Por ello, el éxito de la censura no depende  de  lo  sugestivo del discurso plasmado en la demanda, sino de la argumentación  metodológica  que  conlleve,  de  manera  lógica,  precisa  y  coherente, a la  demostración  de la ilegalidad de la sentencia, por haber incurrido el juzgador  en vicios de juicio o de procedimiento, según el caso.   

De entrada, la Sala señala que inadmitirá  la  demanda  elevada  por  el  defensor   del   procesado   JOSÉ   ENRIQUE   MOLINA  ROJAS,    toda  vez  que  no  se  acoge  a  los  principios  que  orientan  la  impugnación  en  esta  sede  extraordinaria,  en  particular  a  los deberes de  claridad,    precisión    y   suficiencia   de   la  argumentación,  habida  cuenta que ésta se ofrece de  forma errática y en buena parte incomprensible.   

Los  argumentos  con  los  cuales  el censor  desarrolla   los   reproches   de  nulidad  no son idóneos para los propósitos que se propone, toda vez que,  en  lo  que se muestra comprensible, no prueban la existencia de un vicio, menos  aún   su   trascendencia   sobre   el   derecho   de   defensa   o   el  debido  proceso.   

Ahora  bien, respecto de los presupuestos de  lógica   y   debida   fundamentación  con  que  se  debe  traer  a  esta  sede  extraordinaria  un  argumento  de  nulidad,  la  Corte  tiene  dicho  que  esta vía de ataque contra la   legalidad  de  las  sentencias  “comporta los mismos  niveles  de  exigencia que son inherentes a las demás causales dada su especial  naturaleza,  lo  cual  significa  que de modo insoslayable debe especificarse la  causal  o motivo de nulidad concurrente, demostrando el carácter sustancial del  vicio  o  la  irregularidad  acusados,  y  particularmente la etapa o el momento  procesal  a  partir  de  la  cual  se  hace imperativa la anulación, explicando  justificadamente  las razones por las cuales no media alternativa diversa que la  de  invalidar lo actuado”1.   

En  otros  términos,  la nulidad no aparece  marginada  del  imperativo  de  claridad,  precisión y logicidad en cuanto a su  postulación  y  demostración,  toda  vez  que es tan exigente como las demás,  dado  el  rigor predicable de la naturaleza misma de la casación, de manera tal  que  se  impone para el actor el deber de concretar la índole del vicio, sea de  estructura  o  de  garantía,  que  se  dice  afecta el proceso, en qué grado y  magnitud y desde qué actuación procesal se configura.   

Por  consiguiente,  tratándose del cargo de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe ajustarse a los presupuestos formales para su admisibilidad.   

De  igual manera, en virtud del principio  de trascendencia que gobierna la  declaratoria   de   nulidad,   según   la   cual,   no   basta   con  denunciar  irregularidades    o    que    éstas    efectivamente   se    presenten    en    el    proceso,  sino  que  se  hace  indispensable  demostrar  que aquellas inciden de manera concreta  en   el   quebranto   de   los  derechos  de  los   sujetos    procesales,   se    hace    necesario   que   el    actor    evidencie    un    perjuicio   con   el   yerro   in procedendo    denunciado,    pues,   caso  contrario,   la   Corte,   por   razón   del principio  de  limitación,   no   puede   entrar  a  complementar  al  censor.   

Ninguno  de los derroteros anteriores cumple  el  argumento  del  casacionista,  comoquiera  que  se  limita  a afirmar que el  instructor  debió  recibir  la  declaración  del  pabellonero  “alias     el     diablo”,    realizar  “reconocimiento   en  rueda  de  presos”  con  el testigo GIRALDO ALZATE, remitir al procesado a Medicina  Legal  para  que  dicha  institución  certificara  su  incapacidad y ampliar el  testimonio  del  guardián  HUGO  HERNÁNDEZ  GARCÍA  (pág. 63-65), pero no se  concentra  en  acreditar  de  qué  manera la omisión probatoria incidió en el  debido  proceso  o  en  el  derecho  defensa,  con  ostensible perjuicio para el  procesado;  el  libelista  pretende  cumplir  dicho presupuesto afirmando que el  instructor  omitió  los  aludidos  medios  de  convicción  porque  sabía  que  conducirían    a    la    absolución    de   MOLINA  ROJAS (pág. 64).   

De  otra  parte,  las  pruebas que el censor  estima  indebidamente  omitidas  en realidad se encaminan a demostrar hipótesis  que  el  proceso  rechazó desde su inicio, y que el impugnante pretende que, en  esta sede, sean tenidas en cuenta.    

En  efecto,  si  los funcionarios judiciales  –fiscal   y  jueces  de  instancia-advirtieron  el  dicho  de  GIRALDO  ALZATE, pero se inclinaron por no  creer  en  su  retractación, en la cual le atribuyó el crimen a terceros, así  como  también  se  percataron  de  la  limitación  física del procesado, pero  estimaron  que  ella  no  le  impidió  realizar  la  conducta que se le imputa,  entonces  ninguna razón habría para practicar pruebas destinadas a insistir en  los  mismos  hechos  que el juzgador advirtió, pero a los cuales no les otorgó  el poder suasorio que aquí pide el casacionista.   

Lo  mismo  cabe  predicar  de  la pretendida  nulidad  por  no vincular la fiscalía a la actuación a quienes el casacionista  califica  como  los  verdaderos  autores  del  crimen;  de  manera  análoga  al  razonamiento  precedente,  si  el instructor estimó que a los demás guardianes  del  INPEC que fueron vinculados mediante indagatoria, no se les podía atribuir  el  homicidio, razón por la cual les precluyó la  investigación, y si al  mismo  tiempo consideró que la retractación de GIRALDO ALZATE no era creíble,  no  había  lugar entonces a vincular a otras personas solamente para satisfacer  la  estrategia  defensiva,  la  cual  siempre  se orientó a insistir en que los  autores del crimen fueron otros guardianes y reclusos.   

En lo que tiene que ver con los pocos reparos  del  censor  que  la  Sala  alcanza  a  percibir,  los  cuales se enfocaron como  errores  de hecho, tampoco el  casacionista   cumple   con  los  presupuestos  de  debida  fundamentación,  en  particular  por  razón  de su desordenada argumentación que no distingue entre  los  conceptos  y  presupuestos  de  la violación directa e indirecta de la ley  sustancial  y porque, en últimas, se limitan a mostrar una discrepancia con los  razonamientos judiciales.   

Las  vías  de  ataque  que escoge el censor  –violación  directa  e  indirecta  de  la  ley sustancial- le permite a la Sala recordar, como de tiempo  atrás   lo   ha   decantado,   que   la   violación  directa  de  la  ley  sustancial  tiene  que  ver  con  la   equivocación  en  que  incurre  el  juzgador  de  manera inmediata al  realizar  el  juicio  de  derecho,  es  decir,  al  aplicar  la normatividad que  corresponde  a  los  hechos  materia  de  juzgamiento.  El yerro aludido se  manifiesta  a  través  de  tres variaciones: la primera, conocida como falta de  aplicación  o exclusión evidente, se presenta cuando no se aplica la norma que  corresponde,  porque  el  juez  yerra  acerca  de  su existencia; en la segunda,  denominada  aplicación indebida, el sentenciador efectúa una falsa adecuación  de  los  hechos  probados  a  los supuestos que contempla la disposición; en la  última,  conocida  como  interpretación  errónea  de  la  ley sustancial, los  procesos  de  selección  y  adecuación  que  el  juzgador  aplica  al caso son  correctos,  pero  al  interpretar el precepto el juez le atribuye un sentido que  no tiene o le asigna efectos distintos o contrarios a su contenido.   

Así mismo, ha señalado la jurisprudencia de  la  Corte  que  cuando  se  invoca  el  cuerpo  primero  de la causal primera de  casación,  esto  es,  violación  directa   de   la  ley  sustancial,  el  libelista  no  puede  discutir  la  valoración  de  la  prueba  realizada  por  el  sentenciador  ni  cuestionar la  declaración  de los hechos consignados en el fallo, pues toda su actividad debe  estar  dirigida  exclusivamente a demostrar la equivocación en que incurrió el  Tribunal  al  aplicar o al inaplicar la normatividad al caso concreto, así como  el perjuicio irrogado por el yerro.   

Se  trata,  en  conclusión,  de  un estudio  estrictamente      jurídico,     toda     vez     que      “cualquiera  que sea la modalidad de violación directa de la ley, el  yerro  de  los  juzgadores  recae  indefectiblemente en forma inmediata sobre la  normatividad,  todo  lo  cual implica un cuestionamiento en un punto de derecho,  sea  porque  se  deja  de  lado  el precepto regulador de la situación concreta  demostrada,  porque  el hecho se adecua a un precepto estructurado con supuestos  distintos  a los establecidos, o porque se desborda la intelección propia de la  disposición         aplicable        al        caso        concreto…”.2   

En cambio, cuando la censura en casación se  dirige    por   la   senda   de   la   violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por error de hecho  derivado  de  un  falso  juicio  de  existencia,  de  identidad  o  de  un falso  raciocinio,  significa  que  el  casacionista  debe  dirigir  su cuestionamiento  hacia   la apreciación o valoración que el juzgador haya efectuado de los  medios  de  convicción “y por ende su postulación y  acreditación  exige  demostrar que el fallador, en el ejercicio intelectual que  demanda  la  determinación  del  mérito persuasivo del elemento probatorio, lo  tergiversó  o  distorsionó  en  su  material  contemplación  (falso juicio de  identidad),  o  tuvo por acreditado un determinado hecho, suponiendo el obrar de  medios  de  convicción que no se hallaban en la actuación o dejando de valorar  otros  que,  por  el  contrario, sí obraban (falso juicio de existencia), o, en  últimas,  le  dio  un  alcance  del  que  carecía o le negó el que permitía,  vulnerando  los  postulados  de  la  sana  crítica, bien por infracción de los  principios  de  la  lógica, de las leyes de la ciencia, ora de las reglas de la  experiencia  (falso raciocinio), para finalmente, en frente de los demás medios  demostrativos  valorados  por  el  sentenciador,  acreditar la trascendencia del  yerro  o  yerros  en la declaración de condena hecha en el fallo, puesto que en  esta  sede  y por ninguna de las sendas de ataque puede ser objeto de discusión  la  disparidad  de  criterios entre el fallador y el impugnante acerca del   valor  probatorio  que merece un determinado medio de convicción, lo cual tiene  su  razón de ser en la aludida doble presunción habida cuenta que el análisis  probatorio  realizado por el juzgador se halla privilegiado sobre la valoración  que  realicen  los  sujetos  procesales.”3   

El argumento del libelista no cumple con los  derroteros  anteriores,  toda  vez  que, aparte de enfocar algunos reproches por  violación  directa  para  terminar  orientándolos  por  la  vía  indirecta, y  viceversa,  aquello  que resulta comprensible de su razonamiento se limita, como  anteriormente  se indicó, a  criticar  que el fallador no compartiera  su personal apreciación probatoria.   

En efecto, el casacionista se opone a que el  juzgador  hubiese  apreciado  que  la  limitación  física  del procesado no le  impidió  realizar  el  comportamiento  que  se  le imputa; que no le resultaran  creíbles  los testimonios de quienes inicialmente incriminaron a los guardianes  de  la  penitenciaría y luego se retractaron, con el fin de imputarle el crimen  a  otros guardianes y reclusos; y que no se inclinara por admitir que los hechos  que  determinaron  la  muerte  del  hoy occiso  LARA LLOREDA se presentaron  fuera del turno laboral de MOLINA ROJAS.   

Los anteriores reparos no demuestran de qué  manera  el  sentenciador  incurrió  en  alguna  de  las modalidades de error de  hecho,  las  cuales de manera incoherente desarrolla el censor, al apreciar que,  aún  cuando  el  procesado  tenía  una  limitación física que dio lugar a su  reubicación  laboral  en  un  pabellón  de aislamiento, no por ello estaba por  completo  inválido,  menos  aún  para,  en compañía de los demás coautores,  golpear  a  un  recluso  que  ya de por sí estaba disminuido en sus condiciones  físicas.   

Dicha forma de argumentar el reproche tampoco  acredita  que  el  juzgador  hubiera  tergiversado  la  prueba  o desbordado sus  facultades  de  apreciación  razonada, al negar credibilidad a la retractación  de  los  testigos que trataron de mostrar a otros reclusos y guardianes como los  verdaderos autores del crimen.    

Menos  aún logra el casacionista enseñar a  la  Corte  que el sentenciador erró al concluir que la actuación del procesado  no  fue  precisamente  la  de  abrir y cerrar una puerta sino que, de acuerdo al  dicho  de  los  testigos  presenciales,   participó  en la golpiza que, en  últimas, ocasionó la muerte de LARA LLOREDA.   

El  libelista  cuestiona  que  el  fallador  hubiera  calificado  la  conducta  del  procesado  como  coautoría impropia por  acceder  con  su comportamiento a la ejecución del delito de manera coetánea a  su  realización,  figura  que  califica  como  violatoria de la prohibición de  responsabilidad  objetiva  y  propia  de  los  tiempos del positivismo criminal,  pero,  una  vez  más, no atina a demostrar, a más de expresar su discrepancia,  de  qué manera erró el juzgador al afirmar que los presupuestos de dicha forma  de autoría se aplicaban al comportamiento del procesado.   

Por  último,  en varios apartes del extenso  escrito  de  sustentación del recurso extraordinario, el demandante refiere que  el  fallador  erró  en  todas  las  fases  de  la  construcción  de  la prueba  indiciaria.   

La Corte advierte que el reproche parte de un  supuesto  errado,  porque  en  los  razonamientos  del  sentenciador  no  existe  referencia  a  un  silogismo  como el que cita el libelista, en la medida que la  prueba  de  cargo  fue  directa, en particular proveniente del dicho de testigos  presenciales,  la  cual  se  apoyó  en  las  conclusiones  del dictamen médico  legal.    

De manera que si el fallo condenatorio no se  sirvió  del  razonamiento  indiciario,  no  puede  el casacionista lógicamente  entrar  a  cuestionar  un  razonamiento  de tal naturaleza.  Con todo, aún  cuando  la sentencia contuviera una argumentación de ese estilo, nada lograría  el  casacionista con sus reparos, toda vez que éstos no cumple los presupuestos  que  ya la Corte ha fijado para atacar la prueba indiciaria en casación, habida  cuenta  que enuncia de manera indiscriminada yerros de uno y otro tipo, en todas  las  fases  de la construcción indiciaria, sin la claridad, precisión y debida  argumentación necesarias para que la demanda pueda ser admitida.   

Así mismo, el demandante se duele de que el  juzgador   no   hubiese   calificado  la  “candorosa  conducta”   de   MOLINA   ROJAS   como  absoluta  o  relativamente  atípica,  o  determinada  por el caso fortuito o la fuerza mayor  por  razón del mero hecho de tener el procesado que ejercer sus funciones en el  INPEC,   argumentos   de   por   sí  jurídicamente  cuestionables,  pero  que,  independientemente  de  su  validez,  no pasan de mostrar un criterio diverso al  del  sentenciador,  sin  demostrar  un  yerro  evidente  y  trascendente  en  el  fundamento jurídico de éste.   

En           conclusión,  como ya lo expresó la Sala,  las  escasas críticas que, con dificultad, se logran vislumbrar en el extenso y  confuso  escrito  de  sustentación  del recurso extraordinario de casación, no  cumplen   los   presupuestos   de   lógica,   precisión,   claridad  y  debida  argumentación  que  se  requieren  para  permitir  la  admisión de la demanda,  razón  por  la  cual  ésta se inadmitirá.   

5.    Para  terminar,  se advierte que del estudio del proceso no se vislumbra violación de  derechos  fundamentales  o  garantías  de los sujetos procesales que amerite el  ejercicio  de  la facultad oficiosa de índole legal que al respecto le asiste a  la Sala para asegurar su protección.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

INADMITIR  la  demanda    de   casación   presentada   por   el   defensor   de   JOSÉ  ENRIQUE  MOLINA  ROJAS.   En  consecuencia,    se   DECLARA   DESIERTO el recurso.     

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO           

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Ver,  entre otros, auto del 11 de febrero de 2004, rad. 20046.   

2 Rad.  14899,  sentencia  del  6  de  mayo  de 2003; rad. 18580, auto del 12 de mayo de  2004;  rad.  21821, sentencia del 2 de marzo de 2005; rad. 21206, auto del 29 de  junio de 2005, entre otros.   

3  Sentencia  de  12  de  octubre  de 2006, Radicación:  24090     

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