24767(15-05-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 24767  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 119  

Bogotá, D. C., quince (15) de de mayo de dos  mil ocho (2008).   

V    I    S   T   O  S   

La Corte decide respecto del cumplimiento de  los   presupuestos  de  logicidad  y  debida  argumentación  de  las           demandas  de  casación  presentadas  a nombre de  YARLÍN  JOSÉ  MENA  MORENO  y de MANUEL          ALEXANDER          PINO          CUESTA.   

A  N  T  E  C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por el  juzgador de primer grado, así:   

“Cuentan  las  sumarias  que  el  día  11  de  abril  de  2000,  el  representante legal de la  Electrificadora  del  Chocó,  doctor Rodrigo Arévalo Ruiz, y el gerente de las  Empresas  Públicas de Quibdó, doctor Martín Alonso Reales Martínez, firmaron  un  convenio  de  pago  relacionado  con  la  cancelación  del dinero recaudado  conjuntamente  por  la  electrificadora  por  concepto  de  la  tasa  de  aseo y  alumbrado  público, correspondiente al período comprendido entre julio de 1994  y  mayo de 2000, sumas estas que no habían sido transferidas en su oportunidad;  en  virtud  de  lo  anterior las Empresas Públicas de Quibdó (E.P.Q) contrató  los  servicios  profesionales del contador Julio Edgar Córdoba Murillo para que  realizara   una   auditoria  en  la  Electrificadora  del  Chocó,  tendiente  a  determinar  de  manera  precisa  el  monto  adeudado  a  las  Empresas  por este  concepto,  de  igual  manera  las  E.P.Q,  mediante  contrato  de prestación de  servicios  profesionales de fecha 29 de diciembre de 2000, pactó con el abogado  RODRIGO  CÓRDOBA  MENA  para  que  una vez determinada la cuantía exacta de la  deuda, procediera a efectuar su cobro.   

“Fue así como una  vez  determinada  la  cuantía  del  valor adeudado y presentada la reclamación  administrativa,  en  virtud de este convenio la Electrificadora del Chocó giró  a  favor  de  las Empresas Públicas de Quibdó, el 15 de julio de 2003, la suma  de  $421.269.586.  Luego,  el  28  de julio de la misma anualidad, realizó otro  giro  a  favor  de la entidad por valor de $200.000.000 y, por último, el 11 de  agosto,    giró    la    suma    de    $221.269.586,    para    un   total   de  $842.539.172,92.   

“En  lo tocante  con  el  pago  de  honorarios  al  doctor  RODRIGO CÓRDOBA MENA por la gestión  realizada  para obtener la cancelación de los mencionados dineros, figura en el  archivo  de la entidad la orden de pago número 659, en la que consta que a este  profesional  del  derecho  se  le canceló la suma de $101.104.700 el día 24 de  septiembre  de  2003. No obstante, el doctor CÓRDOBA MENA expresó que para esa  fecha  el  gerente  de  las  Empresas  Públicas de Quibdó, doctor YARLÍN  JOSÉ  MENA  MORENO   le   informó  que  el  dinero  producto  del  convenio  con  la  electrificadora  todavía no había sido recibido, pero que le daría la suma de  $10.000.000  como  pago  por  su  labor,  valor  que  no  aceptó  y  luego  del  ofrecimiento  de  otras  cifras  llegaron  a un acuerdo consistente en que se le  pagaría  en  forma  inmediata la suma de $17.000.000 en efectivo. Fue así como  momentos  después  en  las  oficinas  de  la gerencia, el pagador, MANUEL   ALEXANDER   PINO   CUESTA,  en  presencia      del      gerente      YARLÍN  JOSÉ  MENA  MORENO,   le   hizo  entrega  del  dinero  en  efectivo,  el  cual, al contarlo, arrojó una suma de $16.000.000, por lo que el  abogado  le  reclamó  el  $1.000.000  restante,  ante lo cual el señor gerente  respondió  que  se lo pagaría posteriormente. Algún tiempo después el señor  RODRIGO CÓRDOBA se acercó a las instalaciones de la  empresa  a  solicitar  que  se  le  informara  si ya había salido la cuenta del  $1.000.000  que  se  le debía, momento en el cual la señora América Londoño,  empleada  de  las  Empresas  Públicas,  le informó que en esa dependencia solo  había  copia  de  una  cuenta a su nombre, la cual ya figuraba como cancelada y  que  esta  era  por valor de $101.104.700. Cuál sería su asombro, pues asegura  que  solo  recibió  $16.000.000  y no la cifra que aparece en la orden de pago,  aduciendo  también  que  para  la  fecha  en  que  recibió el dinero el señor  gerente  le  pidió  que  suscribiera  el recibo en blanco, el cual se llenaría  cuando  se  le  cancelara  el  $1.000.000  restante,  recibo este que, según su  dicho,  fue  llenado  por  los  procesados  pero  con  el  valor ostensiblemente  superior     al     que     se     le     entregó    en    realidad.   

“Además de ello,  también  se  cuestiona  a  los  justiciables  el hecho de haber girado el 30 de  julio  de  2003 el cheque número 8732827 de la cuenta corriente número 873286,  por  valor  de $17.000.000, a favor del pagador MANUEL  ALEXANDER  PINO CUESTA, valor que no fue registrado en  el  libro  auxiliar de caja ni presenta los correspondientes soportes legales en  los   cuales   conste   en  qué  fueron  invertidos  estos  dineros”.   

2.  El Juzgado Segundo Penal del Circuito  de  Quibdó,  mediante  sentencia fechada el 18 de abril de 2005, condenó a los  procesados  Yarlín  José  Mena   Moreno   y  Manuel  Alexander  Pino  Cuesta a las  penas  principales  de  64  meses  de  prisión,  multa  de  $11.066.666  y a la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  lapso  de  la  sanción  privativa  de  la  libertad  y  al  pago  de los  perjuicios,  como  coautores  de  los  delitos  de  peculado por apropiación en  provecho  suyo  y  falsedad  ideológica  en  documento público imputados en la  resolución   de   acusación,  la  cual  quedó  ejecutoriada  el  16 de noviembre de 2004.   

3.   Apelado el fallo por los defensores  de   los   procesados,   quienes   alegaron  la  ausencia  de  prueba  sobre  la  responsabilidad  penal  de  sus  representados,  la  Sala  Única  del  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Quibdó, el 5 de agosto de 2005, lo confirmó  integralmente.   

4.   Contra  esta  determinación,  el  procesado  Mena  Moreno y el  defensor   de  Pino  Cuesta  interpusieron el recurso extraordinario de casación.   

LAS    DEMANDAS   DE   CASACIÓN   

1.   Demanda  presentada    a    nombre    de   Yarlín José Mena Moreno   

El    propio    procesado    Yarlín  José  Mena  Moreno,  quien  es abogado titulado con tarjeta  profesional  N°  89238,  expedida  por  el  Consejo  Superior de la Judicatura,  al  amparo  del cuerpo segundo de la causal primera de  casación,  presenta  dos cargos contra la sentencia de segunda instancia, cuyos  argumentos se sintetizan, así:   

Primer cargo  

Acusa  al  sentenciador de haber incurrido en  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por error de hecho generado en un  falso     juicio     de     identidad,     toda    vez    que    “distorsionó   el   contenido   y  el  alcance  de  los  medios  de  prueba”.   

Recuerda  que el Tribunal fundó el juicio de  reproche  en el testimonio de Rodrigo Córdoba, a quien le otorgó credibilidad.  Sin  embargo, estima que las apreciaciones arrojadas por la valoración de dicha  prueba   son,   en  su  criterio,  “subjetivas  que  pretende  enraizar  el  ad  quem  en la afirmación errada de que en el libro de  caja  de  la  E.P.Q.  no  se encuentra registrado el 24 de septiembre de 2003 el  pago  que se hiciera a Rodrigo Córdoba de su acreencia, siendo que la copia del  libro  de  caja  que  reposa  en  el  expediente  a  folio 481, nos asegura algo  totalmente  distinto,  que  en  septiembre  de  2003  el  pago se hizo a Rodrigo  Córdoba por la suma de $101.104.700”.   

Afirma  que  el juzgador de segundo grado, al  analizar  los  indicios  de  culpabilidad sobre los cuales edifica la sentencia,  desconoció  y  distorsionó  el  contenido  de la prueba documental, como es el  obrante  al  folio  481.  Así  mismo, dice que distorsionó el contenido de los  extractos  bancarios,  documentos  que  permiten  observar  que  “no  había  saldo en cuenta para cancelar con cheque la obligación  a  favor de Rodrigo Córdoba”, sin olvidar que cuando  se  canceló a Yira Wendy Cardona, apoderada de Córdoba, la suma de $50.000.000  sí     había     saldo     suficiente,    situación    que    “evidencia  la distorsión de la prueba sobre las cuales se pretende  anidar los indicios de responsabilidad”.   

Refiere  que  en  su  indagatoria  y en la de  Manuel   Pino   jamás   argumentaron   “causal de no haber cancelado a Rodrigo  Córdoba   con  cheque  el  hecho de que existiera o no órdenes de embargo  sobre  la  cuenta  donde  se  depositaron  los recursos en cuestión”,      aspecto      que      también     fue     “distorsionado”       por       el  Tribunal.   

Considera  que  también  se  distorsionó la  declaración  de Rodrigo Córdoba en torno al interés que le asistía frente al  porcentaje   que   recibiría   por   concepto   de   honorarios,   pues   éste  “decidió   aumentar   su  participación  en  los  recursos  que  planearon apropiarse”, al punto que en  el       contrato       introdujo       una       cláusula      “torticera”   tendiente   a   ese  fin,  logrando  de  esa  manera  concretar  su  “interés  desmedido  por apropiarse de los referidos recursos”,  aspectos  que,  en su criterio, conduce a colegir que sí tenía “motivo   o   interés   para   mentir   en   la   causa”.   

Igualmente,   asevera   que   el   ad  quem  “peca”  en  cuanto a la  valoración  del  supuesto  “hecho  indicado  de no  haber  presentado  demanda  contra  el  contrato  firmado por Rodrigo Córdoba y  Martín   Alonso   Reales,   siendo  un  profesional  del  derecho,  afirmación  distorsionada  que  no  responde  a  la verdad procesal, pues precisamente en mi  calidad  de  abogado me percaté que para la fecha en que llego a la gerencia de  la  EPQ,  habían  transcurrido  aproximadamente dos años y tres meses desde la  firma  del  citado  contrato  y  como es de conocimiento del ad quem, la acción  estaba   prescrita”,  razón  por  la  cual  no  se  demandó.   

Agrega que en el proceso no existe prueba que  demuestre  que  él llamó a Rodrigo Córdoba para cancelarle en efectivo, pues,  contrario  a  ello,  en  su indagatoria manifestó que jamás lo llamó para tal  efecto,  como así lo corroboró Pino Cuesta en su injurada, de la cual copia un  fragmento,  aspecto  que le permite concluir en la distorsión del contendido de  dicha  indagatoria,  además  de que las consideraciones del Tribunal carecen de  soporte probatorio.   

Estima   que  también  se  tergiversó  el  testimonio  del  doctor  Murillo  Mosquera,  pues de la correcta valoración del  mismo  se  “colige que, contrario a lo afirmado por  el  ad quem, sí existe prueba del acuerdo al que se llegó con Rodrigo Córdoba  sobre    el    porcentaje    a    cancelarle    por    su   gestión”.   

Manifiesta   que   con   el  pretendido  de  estructurar       “un      presunto      hecho  indiciario”,   el   juzgador   de   segundo   grado  tergiversó  también  la indagatoria de Manuel Pino en lo relativo a que éste,  como  tesorero,  dejó sólo al abogado Córdoba contando el dinero, afirmación  que,  en  su  opinión, “no encuentra respaldo en el  cuerpo probatorio”.   

Argumenta que la problemática en este asunto  “estriba en a quién creerle más, a los implicados  o  al  denunciante  Rodrigo  Córdoba”, asegurando el  Tribunal  que  le  cree  a  éste  y  no  a  aquellos por cuanto “supuestamente   se  genera  una  serie  de  hechos  indiciarios  de  responsabilidad  de los procesados”, afirmación que,  a  su  juicio,  resulta equivocada por razón de los yerros acusados, los cuales  de  no haberse cometido hubiese concluido en que “el  dicho  de  los  procesados  es  creíble”  y, por lo  tanto, ajenos a los delitos imputados.   

Luego   de   indicar   que   se   aplicaron  indebidamente  los  artículos  286 y 397 del Código Penal, solicita a la Corte  casar   el   fallo   impugnado   y,  en  su  lugar,  absolverlo  de  los  cargos  imputados.      

Segundo cargo (subsidiario)  

Sostiene   que  el  Tribunal  incurrió  en  violación  indirecta  de  la  ley sustancial por error de hecho “por  falso  juicio  de  raciocinio en la construcción de la prueba  indiciaria”.   

Dice  que este reproche recae “sobre   cuatro   indicios   que   han  considerado  las  instancias  condenatorias  como  fundamento  de las mismas”, como  son  la  “alteración del procedimiento para el pago  de  la  cuenta”,  “el no  haber  cancelado  con cheque al abogado Córdoba”, la  “verosimilitud       del       dicho       del  denunciante” y la “falta  de  justificación  del  por qué no se encuentra registrado en el libro de caja  los     $17.000.000     girados     como    traslado    de    fondos”.   

En  cuanto  al  primer  aspecto,  esto es, la  “alteración    del    procedimiento    para   el  pago”,  dice  que el sentenciador incurrió en error  de  hecho en la modalidad de identidad al “pretender  estructurar  el  hecho indicador del análisis”, pues  el  ad  quem  soporta  dicha  alteración  del procedimiento en el contenido del  folio   243,   es   decir,  la  “cuenta”,  en la cual consta la orden de pago número 659 del 23 de julio  de  2003 y la resolución número 1105 de 2003, documentos sobre los cual extrae  un  supuesto  hecho  indiciario,  siendo evidente que, como está demostrado, la  cuenta  primero  se  legalizó  (folio  243)  y  después se dejó constancia de  “satisfacción”  (folio  253),     procedimiento     acorde     con    las    exigencias    fiscales    y  administrativas.   

En cuanto a la ausencia de fecha y número de  la  orden  de  pago,  refiere que “no es de  mi  resorte,  que  como  lo  puntualizó en su indagatoria Manuel Pino, la copia que  obra  en  el  expediente fue tomada de una de las copias existentes en alguna de  las  dependencias  de  trámite,  pues éstas se elaboran por triplicado en cada  dependencia  y  se  quedan  con  una copia para controlar lo que hacen, por ello  seguramente  consta  en el expediente una copia de la copia que reposa en alguna  de  las  dependencias de trámite, copia que por obvias razones adolece de fecha  y número”.   

Respecto   del   segundo   “indicio”,  es  decir,  “no  haberse  cancelado  con  cheque  a Rodrigo Córdoba”,   asegura   que   se   presentó   un  error  de  hecho  en  la  “modalidad  de  falsa identidad por distorsión del  contenido  de  las  pruebas”. Sin embargo, afirma que  sobre   ese  pretendido  indicio  el  juzgador  “no  puntualizó  prueba  específica”, razón por la cual  puntualiza  que  inicia  su  demostración  con  el contenido del extracto de la  cuenta donde fueron consignados los recursos.   

Dice  que  era  imposible  cancelar  mediante  cheque  los  dineros  al  abogado  Córdoba, toda vez que para la fecha del pago  “no   había   saldo  suficiente  para  cubrir  la  obligación”, como así consta en el correspondiente  extracto  bancario,  documento  que  en  su  análisis  fue distorsionado por el  juzgador.   

“Igualmente  cuestiona  el ad quem el hecho de que se hayan girado a favor de la empresa unos  cheques  que  fueron hechos efectivo por el doctor Manuel Pino, en su calidad de  tesorero  pagador  de  la  E.P.Q.  y  los  ingresara  a caja y con posterioridad  procediera  a  cancelar  al  señor  Córdoba  Mena su obligación, pretendiendo  elevar  dicho  comportamiento en indicio de culpabilidad, siendo que el material  probatorio   enseña  una  cosa  totalmente  distinta,  pues  como  acabamos  de  demostrar  no  poseíamos  saldo  en la cuenta para cubrir la cuenta a favor del  citado  señor,  realizamos lo que llamamos en nuestra región como ‘minga’, consistente en aunar esfuerzos para  completar  los  recursos  y  posteriormente  cancelar  la obligación a favor de  Rodrigo Córdoba…”.   

Añade que la errada afirmación del Tribunal  también  desconoce  “el hecho notorio de la quiebra  de  la  E.P.Q., que a pesar de habérsele solicitado con años de antelación la  intervención  de  la  super-servicios por quiebra, finalmente sólo y en virtud  de   un   cese  de  actividades  de  los  trabajadores  se  logró  la  referida  intervención”.   

Respecto    de    la    “verosimilitud     del     dicho     del     denunciante”,  argumenta  que  también  se estructuró el error de hecho por  “falsa  identidad”, pues  la   sentencia   condenatoria   se   fundó   en   las  versiones  que  rindió,  “en  consonancia  con  lo afirmado por Alex Tapia y  América     Londoño,    pretendiendo    el    hecho    indiciario    que    no  compartimos”.   

Después  de  transcribir  el  alegato que su  defensor   presentó   en   la  audiencia  pública  y  que  se  refirió  a  la  “confrontación”  del  testimonio  del  denunciante  como declaración de cargo, concluye afirmando que  dicha  versión resulta tendenciosa y desvirtuada con las pruebas obrantes en el  proceso.   

Por  último,  en  cuanto  al “indicio  de la falta de justificación del por qué no se encuentra  registrado  en  el  libro  de  caja  los  $17.000.000  girados  como traslado de  fondos”,  asevera  que  es producto de otro error de  hecho  por  “falsa identidad, en la medida en que se  distorsionó  el  contenido  de  la prueba sobre la cual se cimienta”,  toda  vez  que  “si bien es cierto  que  dicho  traslado  de  fondos  no fue asentado por el tesorero en el libro de  caja,  esto  se  debió  a  un  error personal al momento de hacer su respectivo  asiento,  confirmando  de  antemano  que  efectivamente  se  tomaron  todas  las  precauciones  necesarias  para  trasladar  los recursos y cumplir con el pago de  ciertas  obligaciones  inherentes  al objeto social de la empresa, pero reitero,  que  por  un  olvido  no  fue  registrado  en  el  respectivo  libro”.   

En consecuencia, luego de afirmar que si no se  hubiesen  cometido  dichos  errores  la  decisión  del  Tribunal  hubiese  sido  distinta  a  la  adoptada, solicita a la Corte casar el fallo impugnado y, en su  lugar, reemplazarlo por la absolución.   

2.   Demanda  presentada  a  nombre  de  Manuel Alexander Pino Cuesta   

En   un   único  cargo,   el   defensor   del   acusado   Pino  Cuesta, con base en el cuerpo segundo  de  la  causal  primera  de  casación,  acusa al Tribunal de haber incurrido en  violación  indirecta  de  la  ley sustancial por error de hecho originado en un  falso   raciocinio   recaído  en  las  pruebas,  en  la  medida  en  que  estas  “no  permiten  obtener  la  certeza  en cuanto a la  materialidad  del  delito  de  peculado  por  apropiación, dando lugar a que se  reconozca la duda razonable”.   

Advierte  que demostrará que en este caso se  incurrió  en yerros por parte del Tribunal al valorar el testimonio rendido por  Rodrigo  Córdoba Mena, sobre el cual se sustentó la materialidad del delito de  peculado  imputado  a  su  defendido, en relación con los dineros recibidos por  aquél   por   concepto   de   los   honorarios  profesionales  en  cuantía  de  $101.104.700.   

Recuerda que el ad quem adujo que le prestaba  credibilidad  a  dicho  testimonio  y  no a las versiones de los procesados. Sin  embargo,  asevera que la prueba documental y testimonial conduce a demostrar que  el  mencionado  dinero  fue recibido por Rodrigo Córdoba Mena. Por ello, estima  necesario precisar lo siguiente:   

Los  pagos  que  se  realizaban  en  efectivo  tenían  un  único  registro  en el libro de caja, toda vez que era de allí de  donde   se  tomaban  los  recursos  para  realizar  el  pago  en  efectivo.  Por  consiguiente,  el  único  libro contable donde se puede verificar si el pago de  los  $101.104.700  se  registró  o  no  es en el libro de caja, “circunstancia  esta  que  pasó  por  alto el Tribunal, lo que hace  desafortunada  la  decisión en lo que respecta a la estructuración del indicio  de responsabilidad”.   

Entonces,  dice  que  pretender  estructurar  “indiciariamente”  la  responsabilidad  penal  en  la  presunta  falta de registro del pago realizado a  Rodrigo    Córdoba    Mena    en    el    libro    de   caja,   “significa  que el fallador  de segunda instancia al momento de  proferir  la sentencia condenatoria, no valoró opinadamente la prueba existente  en  el  proceso  contentiva  en  el  libro  de  caja, por cuanto, contrario a lo  afirmado  y  como  se  evidencia  con  la  prueba  documental,  dicho movimiento  contable  fue  registrado  oportunamente  en el libro de caja, lo que contradice  flagrantemente  la  afirmación hecha por el Tribunal y con la que se pretendió  construir         el        indicio        de        responsabilidad”.   

Estima  que  es un error que el Tribunal haya  dado  credibilidad  al testigo de cargo pero, al mismo tiempo, hubiese incurrido  en  falta  de valoración de las indagatorias de los acusados Mena Moreno y Pino  Cuesta,  pues  mientras Rodrigo Córdoba dijo que firmó el recibo en blanco, su  defendido  y  Mena  Moreno  lo desmintieron, máxime cuando no es lógico que un  abogado  de tanta experiencia firme un recibo en blanco y, a su vez, reduzca sus  honorarios  a  $17.000.000  cuando  habían  sido  pactados  en  “$164.000.000”.   

Por  ello, estima que no es aceptable que las  afirmaciones  del abogado Córdoba Mena “tengan más  merito  que el dicho de los procesados, cuando esa declaración choca contra los  más  elementales  principios de la lógica”, aspecto  que  le  permite  afirmar  que  la  deducción  que  hizo  el  Tribunal  es  una  “verdadera     vía     de     hecho”,  pues  cómo  creerle  a  una persona que como Rodrigo Córdoba  dijo  haber  recibido  como honorarios la suma de $17.000.000, pero que sólo se  le  cancelaron  $16.000.000,  quedándole  un  saldo  de  $1.000.000, y con esta  explicación    soportar   la   sentencia   condenatoria,   siendo   claro   que  “de   su   contexto   no   fulgura   una   verdad  objetiva”  y,  por  lo  mismo,  no aflora la certeza  requerida.   

Agrega que tampoco se demostró que el señor  Rodrigo  Córdoba hubiese firmado “el comprobante de  egreso” en blanco.   

De  otro lado, luego de copiar un párrafo de  las  consideraciones  de  la  sentencia impugnada y relacionado con el delito de  falsedad  ideológica  en  documento público, dice que también aflora el error  de   hecho   por   falso   raciocinio,   pues   se   tuvo  como  “plena  prueba”  de  dicha  falsedad  lo  consignado  en  el  recibo  de egreso que “afirma el  testigo      de      cargo      haber      firmado     en     blanco”.   

Al  respecto,  agrega  que  en  este  caso se  plantea  la  existencia  de  un  concurso  de  tipos  penales,  el cual debe ser  solucionado  mediante el principio de consunción que, junto a los principios de  especialidad  y  subsidiaridad,  han “sido depurados  por  la  doctrina  y  la  jurisprudencia  para  abordar  y  solucionar  aquellas  hipótesis  en  las que una conducta parece realizar el supuesto de hecho de dos  o  más tipos penales, pero que en realidad sólo se ajusta al supuesto fáctico  de  uno  de  ello,  descartándose  los  demás  tipos penales que en apariencia  concurren”.   

Después de reiterar que el Tribunal incurrió  en  falso  raciocinio  en  la  valoración  de  las  pruebas y, en especial, del  testimonio  de  Rodrigo  Córdoba Mena, finaliza solicitándole a la Corte casar  el  fallo  recurrido  y,  en  su  lugar,  proferir uno absolutorio a favor de su  procurado.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  Como las demandas presentadas por el  procesado     abogado     Yarlín     José    Mena  Moreno  y  por  el  defensor  del acusado Manuel  Alexander  Pino  Cuesta  contienen  identidad  de  materia  con  argumentaciones  similares,  esto es, la violación  indirecta  de  la ley sustancial generada por errores de hecho en la valoración  de los medios de prueba, serán examinadas de manera conjunta.   

2.   Ante todo es imperioso recordar que  la  casación es un recurso de naturaleza extraordinaria y rogada, motivo por el  cual  el legislador estatuyó las causales por las que resulta procedente atacar  la  presunción  de  acierto  y  legalidad con que viene amparada la sentencia a  esta  sede. De igual modo, dada las citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos que debe  cumplir el libelo.   

Por  ello,  como  lo tiene dicho la Corte, la  demanda  de  casación  no  es  de  libre formulación, razón por la cual no es  procedente  hacer cualquier clase de cuestionamiento a una sentencia que por ser  la  culminación  de  un  proceso  está amparada, como se indicó, por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que debe ser un escrito lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido denunciar los errores cometidos en el  fallo,  al  tenor  de  los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley,  demostrarlos   dialécticamente  y  evidenciar  su  trascendencia  en  la  parte  dispositiva del mismo.   

Así,  entonces,  el  éxito de la censura no  depende  de  lo extenso o sugestivo del discurso plasmado en la demanda, sino de  la   argumentación  metódica  que  conlleve,  de  manera  lógica,  precisa  y  coherente,  a  la  demostración  de  que  la  sentencia  es  ilegal,  por haber  incurrido el juzgador en vicios de juicio o de procedimiento.   

En    esas    condiciones,   se    hace    necesario    verificar    si    las   demandas   de  casación  presentadas por el procesado abogado Yarlín   José   Mena  Moreno  y  por  el  defensor  de  Manuel Alexander Pino Cuesta    reúnen     los     presupuestos   legales   para   su  admisibilidad,  de  acuerdo con lo estipulado en el artículo 212 del Código de  Procedimiento Penal que rigió este asunto (Ley 600 de 2000).   

3.  Los libelistas, al amparo del cuerpo  segundo  de  la causal primera de casación, sostienen que el Tribunal incurrió  en   errores   de   hecho   por   falsos   juicios  de  identidad  (cargo  primero  de la primera demanda) y de  raciocinio  (cargo segundo de  la    primera    demanda    y   único   del  segundo  libelo)  en  la  valoración  de  los medios de prueba  allegados  al proceso y sobre los cuales se fundó el fallo de condena objeto de  impugnación,   yerros   que  conllevaron  a  la  aplicación  indebida  de  los  artículos 286 y 397 del Código Penal.   

Así,    en    cuanto   al   primer   cargo  (demanda      presentada      por     Yarlín  José  Mena Moreno), el libelista,  acusa  al  Tribunal  Superior  de  Quibdó  de  haber  incurrido  en  violación  indirecta  de  la  ley sustancial, por error de hecho generado en falsos juicios  de  identidad,  ya  que, en su criterio, distorsionó el contenido de los medios  de  prueba,  tales  como  la  copia  del  “libro de  caja”,  los  extractos bancarios, los testimonios de  Rodrigo  Córdoba Mena (denunciante) y de Murillo Mosquera y las indagatorias de  los  procesados,  agregando  que  de  no  haberse  cometido  dichos  yerros,  la  sentencia habría si absolutoria.   

Planteado así el mencionado error, observa la  Sala  que  no obstante que el actor acertó en la formulación de la censura, ya  que  afirma  que  el sentenciador violó, de manera indirecta, la ley sustancial  por  error  de  hecho  por  falso  juicio de identidad en la apreciación de los  citados  elementos  de  prueba,  de  todos  modos  la  misma  quedó imprecisa e  incompleta,  pues  si  bien  es cierto que señala cuáles medios de convicción  fueron,  en  su opinión, supuestamente tergiversados o distorsionados, también  lo   es   que   no  dedicó  argumentación  alguna  tendiente  a  concretar  la  demostración y trascendencia de tal presunto yerro.   

En  efecto,  ha  señalado insistentemente la  jurisprudencia  de la Corte que la postulación del falso juicio de identidad en  el  recurso  extraordinario se “concreta respecto de  determinado  medio  de  prueba legal y regularmente aportado, cuando el juzgador  hace  atribuciones  fácticas  trascendentes  que no corresponden a su contenido  (falso   juicio   de   identidad   por  adición),  o  porque  recorta  aspectos  sustanciales  de  su  texto  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento o  supresión),  o por que muda o cambia el sentido de su expresión literal (falso  juicio  de  identidad  por distorsión o tergiversación), eventos en los que se  pone    a    decir    al   medio   de   prueba   lo   que   éste   no   expresa  materialmente.   

“Cuando se alega  esta  especie  de  vicio, se exige al demandante identificar inequívocamente la  prueba  sobre  la  cual  recae  la  incorrección que se denuncia, asistiéndole  primero  el deber de revelar lo que fidedignamente dimana de ella de acuerdo con  su  estricto  contenido  material,  y  luego  la obligación de precisar en qué  aspecto  radicó  la  desfiguración  de su literalidad, bien por supresión, ya  por  adición,  ora  por tergiversación, ejercicio que se lleva a cabo mediante  una  elemental confrontación de las precisiones hechas en el fallo acerca de su  tenor,     con     lo     que     en    realidad    enseña    ésta”.1   

Como  bien  puede  apreciarse,  el  censor no  acató  los  anteriores  derroteros en la demostración del acusado falso juicio  de  identidad  supuestamente  recaído  en  la  valoración  del “libro   de   caja”,  de  los  extractos  bancarios,  de  los  testimonios  de  Rodrigo  Córdoba  Mena (denunciante) y de  Murillo  Mosquera  y  de  las indagatorias de los procesados, pues no observa la  Sala  en qué consistieron las tergiversaciones objetivas de dichos elementos de  convicción,  quejándose  únicamente de que el Tribunal le dio “credibilidad”  al  denunciante,  quien  “tenía  motivo  o  interés  para  mentir  en  la  causa”, o que “no existe  prueba”  que  demuestre  que  él  llamó  a Rodrigo  Córdoba  para  cancelarle  en efectivo, o que “contrario a lo afirmado por el  ad  quem,  sí existe prueba del acuerdo al que llegó  con    Rodrigo    Córdoba   sobre   el   porcentaje   a   cancelarle   por   su  gestión”,  o  que  “las  conclusiones    del   Tribunal   carecen   de   soporte   probatorio”,     o     que     se    les    debió    dar    “credibilidad”   a   las  explicaciones  ofrecidas por los procesados en sus indagatorias.   

En  otras  palabras,  en   lugar   de   indicar,   de  manera  clara  y   precisa,     cuáles      fueron      las      distorsiones   objetivas     en     que    incurrió    el    juzgador  sobre     dichos    medios    de    prueba,    se   duele     de     las    conclusiones    que    de   éstos     obtuvo     la    Sala    Única    del   Tribunal    Superior    de    Quibdó    para  deducir   la   responsabilidad   penal  de  los  procesados   frente    a    los   delitos  de   peculado   por   apropiación   y   falsedad  ideológica  en  documento  público   por   los  cuales  fueron  condenados,   sin   olvidar  que  tampoco demostró la trascendencia del vicio,  puesto  que  en  manera  alguna  evidenció  cómo  de  haber sido correctamente  apreciados,  el  fallo  necesariamente habría sido favorable a los intereses de  Yarlín      José     Mena     Moreno,    para    lo    cual   debió  increpar   los   demás   elementos   de   juicio   sustento   del  fallo  de  condena.   

En  síntesis,  la  labor  demostrativa de la  censura  la  centró  en  imponer  su  personal  valoración de los elementos de  juicio,  concluyendo  que no es responsable de las conductas punibles imputadas,  desconociendo    que    la     simple     disparidad     de   criterios   no  constituye  error  demandable  en   casación,    toda    vez    que   el   juzgador,   dentro   del  método  de  persuasión  racional,   goza      de    libertad     para     apreciar     los   elementos    de   juicio   válidamente   allegados   a  la    actuación,    sólo   limitado   por   las   reglas    que    estructuran    la    sana   crítica,  cuya  vulneración  se debe dirigir a través del error de hecho por falso raciocinio,  sin  que,  en  este  caso,  el  actor  haya  demostrado  error  de  apreciación  alguno.   

De   otro  lado,  en  lo  concerniente  al  cargo  segundo  de la primera  demanda  y  único  cargo del  líbelo   presentado   a  nombre  del  procesado  Pino  Cuesta,   los  cuales  se  apoyan  en  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  error  de  hecho  generado  en un falso  raciocinio    en    la    “apreciación   de   las  pruebas”,  si  bien  los  demandantes afirman que el  sentenciador  obtuvo  deducciones  “ilógicas en la  construcción  de la prueba indiciaria” (cargo  segundo)  o que fue “desafortunada     la     estructuración     del     indicio     de  responsabilidad”  (único  cargo),  yerro  que  no  permitió que “aflorara   la  certeza  requerida  sobre  la  inocencia”  de  los  acusados,  de todos modos los reproches quedaron en el  simple  enunciado, toda vez que no precisaron con claridad cuál principio de la  lógica, o del sentido común o de la experiencia fue desconocido.   

Se hace necesario recordar que en tratándose  del  error  de  hecho  por  falso  raciocinio  la jurisprudencia de la Corte, de  manera   reiterada,   ha   precisado   que  si  el  reproche  se  centra  en  el  desconocimiento  de  los  postulados de la sana crítica, el censor debe indicar  qué  dice  de  manera objetiva el medio de convicción, cuál fue la inferencia  que  de  él dedujo el juzgador, cuál mérito persuasivo le fue otorgado, cuál  postulado  de  la  lógica,  de  la  ciencia  o  máxima  de  la experiencia fue  desconocido,  especificando cuál es el aporte científico correcto, la regla de  la  lógica apropiada, la máxima de la experiencia  que  debió   tomarse   en   consideración   y,  finalmente, demostrar la  trascendencia  del  yerro,  indicando cuál debe ser la apreciación correcta de  la  prueba  o pruebas que cuestiona y que habría dado lugar a proferir un fallo  sustancialmente distinto y opuesto al que es objeto de censura.   

Agotado lo anterior, se impone al demandante  el  deber  de  abordar  la demostración de cómo habría de corregirse el error  probatorio  que  acusa,  modificando  tanto  el  supuesto fáctico como la parte  dispositiva  de  la sentencia, labor que comprende un nuevo análisis del acervo  probatorio,  apreciando  las pruebas acorde con las reglas de la sana crítica y  respecto  de  las  cuales  se  transgredieron  los citados postulados, sin dejar  pasar  por  alto  que  dicha  valoración  debe  realizarse de manera conjunta y  mancomunada  con  los  demás medios probatorios respecto de los cuales no recae  censura alguna y, por lo mismo, se acepta su correcta apreciación.   

Así  mismo,  cuando  de  atacar  la  prueba  indiciaria  se  trata,  la  jurisprudencia  de  la  Corte  ha  sido reiterada en  precisar que:   

“…el  censor  debe  informar  si  la  equivocación  se  cometió respecto de los medios   demostrativos   de  los  hechos  indicadores,  la   inferencia   lógica  ,  o  en  el proceso  de  valoración   conjunta     al     apreciar     su     articulación,   convergencia   y   concordancia   de  los  varios   indicios   entre   sí,  y  entre  éstos  y   las    restantes    pruebas,    para   llegar   a   una         conclusión         fáctica       desacertada.   

“De manera que si  el  error radica en la apreciación del hecho indicador, dado que necesariamente  éste   ha   de   acreditarse  con  otro  medio  de  prueba  de  los  legalmente  establecidos,  necesario resulta postular si el yerro fue de hecho o de derecho,  a   qué   expresión   corresponde,  y  cómo  alcanza  demostración  para  el  caso.   

“Y si el error se  ubica  en  el  proceso  de  inferencia lógica, ello supone partir de aceptar la  validez  del  medio  con  el  que se acredita el hecho indicador, y demostrar al  tiempo  que  el  juzgador  en  la  labor  de asignación del mérito suasorio se  apartó  de  las  leyes de la ciencia, los principios de la lógica o las reglas  de  experiencia,  haciendo  evidente  en  qué  consiste  y cual es la operancia  correcta   de   cada   uno   de   ellos,   y   cómo   en   concreto   esto   es  desconocido.   

“Si   lo    pretendido    es    denunciar    error   de   hecho   por   falso   juicio   de  existencia  de   un   indicio   o   un   conjunto  de  ellos,   lo   primero   que   debe  acreditar  el  censor es la existencia  material  en el proceso de medio con el cual se evidencia el hecho indicador, la  validez   de   su  aducción,  qué  se  establece  de  él,  cuál  mérito  le  corresponde,  y  luego  de realizar el proceso de inferencia lógica a partir de  tener  acreditado el hecho base, exponer el indicio que se estructura sobre él,  el   valor   correspondiente   siguiendo   las   reglas  de  experiencia,  y  su  articulación  y  convergencia  con  los  otros  indicios  o  medios  de  prueba  directos.   

“Además, dada la  naturaleza  de  este  medio  de  prueba,  si el yerro se presenta en la labor de  análisis  de  la  convergencia  y congruencia entre los distintos indicios y de  éstos  con  los  demás  medios,  o  al  asignar  la  fuerza demostrativa en su  valoración  conjunta,  es  aspecto  que  no  puede  dejarse  de  precisar en la  demanda,  concretando  el  tipo de error cometido, demostrando que la inferencia  realizada  por  el  juzgador  transgrede  los  postulados de la sana crítica, y  acreditando  que  la  apreciación  probatoria  que  se propone en su reemplazo,  permite   llegar  a  conclusión  diversa  de  aquella  a  la  que  arribara  el  sentenciador,  pues no trata la casación de dar lugar a anteponer el particular  punto  de vista del actor al del fallador, ya que en dicha eventualidad primará  siempre   éste,  en  cuanto  la  sentencia  se  halla  amparada  por  la  doble  presunción  de  acierto y legalidad, siendo carga del demandante desvirtuar con  la  demostración  concreta  de  haberse  incurrido  en errores determinantes de  violación en la declaración del derecho.   

“Es   en     este    sentido    que    el    demandante   debe   indicar   en   qué   momento  de  la   construcción   indiciaria   se  produce,  si  en   el   hecho  indicador  o  en  la  inferencia   por   violar   las   reglas   de   la   sana   crítica,    para   lo   cual   ha   de  señalar   qué    en   concreto   el   medio   demostrativo   del    hecho    indicador,    cómo    hizo    la   inferencia   el   juzgador,  en  qué  consistió   el   yerro,   y   qué  grado   de  trascendencia   tuvo   éste   por  su  repercusión  en  la   parte  resolutiva  del  fallo”. 2   

Planteadas  así  las cosas, surge claro que  los   demandantes  no  agotaron  los  ineludibles  presupuestos  en  precedencia  indicados,  dejando  la  censura sin la necesaria demostración y, por lo mismo,  su  debido  agotamiento,  pues  si  bien  es cierto que, apoyados en el error de  hecho  por falso raciocinio, censuraron la apreciación de la prueba indiciaria,  para  seguidamente  anunciar  que  el  juzgador  en  la labor de asignación del  mérito    persuasivo    se    apartó    “de   la  lógica”,  de  todos  modos no precisaron el mérito  persuasivo  que  el  sentenciador  supuestamente  le  otorgó  a  los  medios de  convicción,   ni  indicaron  cuál  debió  ser  la  valoración  correcta,  ni  correlacionaron  ésta con los restantes elementos de juicio sobre los cuales el  juzgador   obtuvo   el   grado    necesario    de   certeza   para    condenar    a    Yarlín   José     Mena    Moreno    y   a   Manuel   Alexander   Pino   Cuesta   como  responsables  de los delitos de peculado por apropiación y falsedad ideológica  en documento público.   

Igualmente,  sin  respetar tales parámetros,  los  actores  sólo  refieren  que  la  prueba indiciaria fue valorada de manera  equivocada,  sin  advertir,  de  manera precisa y clara como era su deber, si el  yerro  de  apreciación fue sobre el hecho indicador, la inferencia lógica o el  hecho  indicado,  falencia  técnica  que  la  Corte, en virtud del principio de  limitación, no puede entrar a suplir.   

Por  el contrario, luego de acusar el citado  yerro,  se  limitaron  a  hacer  afirmaciones tales como que la declaración que  rindió  Rodrigo  Córdoba Mena “resulta tendenciosa  y   desvirtuada   con   las   pruebas   obrantes   en   el   proceso”,  o  que  el registro del traslado de fondos en el libro de caja  “se  debió a un  error personal al momento de  hacer  su respectivo asiento”, o que “es    incuestionable    que    Rodrigo    Córdoba    recibió    el  dinero”,   o   que   el   Tribunal  “no    valoró    opinadamente    la    prueba   existente   en   el  proceso”,  o  que la explicaciones ofrecidas por los  procesados  en sus indagatorias se ajustan a la verdad, etcétera, aseveraciones  todas  ellas  que  en  manera  alguna  respetan  los postulados propios de falso  raciocinio y menos tratándose de la prueba indiciaria.   

En fin, advierte la Sala que la inconformidad  de  los  recurrentes está centrada en las conclusiones probatorias a que llegó  el   sentenciador  de  segunda  instancia  y  no  en  un  específico  yerro  de  apreciación  probatoria,  disparidad  de  criterios  que,  como  se dijo, no es  susceptible  de  ser  atacada en esta sede, toda vez que el juzgador, dentro del  sistema  de  apreciación  probatoria,  goza  de  libertad para justipreciar los  medios  de  convicción,  sólo limitado por los postulados que informan la sana  crítica.   

Además, olvidaron los libelistas que el fallo  llega  a  esta sede precedido de la doble presunción de acierto y legalidad, es  decir,  que  los  hechos  y  las  pruebas  fueron  correctamente apreciadas y el  derecho  acertadamente  aplicado,  motivo  por el cual constituye una carga para  los  demandantes  entrar  a  evidenciar  el  error  in iudicando o in procedendo  invocado,   según   el   caso,  y  demostrar  su  trascendencia  frente  a  las  conclusiones adoptadas en la sentencia.   

Por  consiguiente,  al no reunir las demandas  los     presupuestos    de    claridad    y    precisión,    la    Corte    las  inadmitirá.   

Finalmente,  cabe  señalar  que  el  estudio  detenido  del  diligenciamiento  adelantado  contra  los  procesado Mena   Moreno  y  Pino   Cuesta,  permite  a la Sala concluir que no procede la casación oficiosa por  cuanto  no  se  percibe  ninguna  causal  de nulidad ni vulneración de derechos  fundamentales.   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E   S   U  E  L  V  E   

INADMITIR   las  demandas  de  casación  presentadas  a  nombre  de  los procesados YARLÍN  JOSÉ MENA MORENO y MANUEL   ALEXANDER   PINO   CUESTA.   En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no  procede  ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO                         

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                    

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1 Ver,  entre otras, casación 23667 del 11 de abril de 2007.    

2  Casación  12062  del  2 de agosto de 2001. Ver también casaciones 14535 del 30  de  noviembre  de  1999,  11135  del  26  de noviembre de 2003 y 20827 del 12 de  diciembre de 2005.     

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