21977(01-07-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21977  

CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

                            JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                            Aprobado Acta No.191   

Bogotá, D. C., primero (1º) de julio de dos  mil nueve (2009).   

VISTOS  

Decide  la Corte el recurso extraordinario de  casación  interpuesto  por el apoderado de ANA MILENA PORRAS APARICIO en contra  del  fallo  de  segunda  instancia  proferido  por  la  Sala  Penal del Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Guadalajara de Buga, que revocó la sentencia  absolutoria  emitida  por el Juzgado Tercero Penal del Circuito de la mencionada  población  y,  en  su  lugar,  condenó  a  esta persona a la pena principal de  veintiocho  años de prisión en calidad de determinadora de la conducta punible  de         homicidio        agravado,  de  la que  fue       víctima      Carlos      Alonso      Torres      Vásquez.   

SITUACIÓN    FÁCTICA    Y    ACTUACIÓN  PROCESAL   

1.  El 16 de julio  de   2000,   en  la  carrera  6ª  con  calle  8ª  del  municipio  de  Guacarí  (departamento  de  Valle  del Cauca), Carlos Alonso Torres Vásquez, educador de  profesión,  perdió  la  vida  cuando iba a entrar a su vivienda en horas de la  noche,  después  de que una persona con arma de fuego le impactara un proyectil  en la cabeza.   

Iniciada  la indagación correspondiente, un  joven  que  padecía de una  limitación auditiva les indicó a los agentes  del  orden  que  el  agresor  se había refugiado en la residencia situada en la  carrera  7ª  #  8-84,  lugar en donde vivía Robinson Léiber Giraldo Ramírez,  conocido con el alias de La Pulga.   

Esta  persona  luego  declaró  que  el  crimen  había sido perpetrado  por  los  menores  L.  A.  M.  G.  y  J.  A.  R.  B.1,     alias    Careplato,   de   acuerdo  con  lo  que  presenció  y  con lo que a la postre había relatado este último a los agentes  del  orden,  persona que a su vez señaló que Yesid Morales Garzón, hermano de  L.  A.  M.  G.,  le  había  entregado a éste una suma de dinero después de la  muerte del profesor.   

Posteriormente,  L. A. M. G. admitió dentro  del  proceso  que  adelantó  la  jurisdicción  de  menores  ser  el  autor del  homicidio,  así  como  haber contado con la colaboración de J. A. R. B., alias  Careplato,  pero adujo que  todo  había  obedecido a la rabia que le despertó una discusión sostenida con  Carlos Alonso Torres Vásquez en horas de la tarde.   

Por su parte, J. A. R. B., alias Careplato,   declaró   en  el  proceso  iniciado  por el organismo instructor que una carnicera de nombre Martha Cecilia  Porras  Aparicio  y  su  hermana  ANA  MILENA  PORRAS  APARI-CIO,  esposa  de  Carlos  Alonso  Torres Vásquez, habían sido quienes le  ofrecieron  a  L.  A. M. G. la suma de quinientos mil pesos a cambio de liquidar  al  profesor,  y  que  su  primo John Freddy Morales,  persona   que   había   rechazado  tal  oferta,  recibió  amenazas  de  muerte  por  parte  de  ellas días antes de ser ultimado por  desconocidos.   

2.  Debido  a  lo  anterior,  la  Fiscalía  General  de la Nación vinculó mediante indagatoria a  ANA   MILENA  PORRAS  APARICIO,  le  definió  la  situación  jurídica  y,  en  resolución  que  calificó  el  mérito  del sumario, la acusó por la conducta  punible     de    homicidio    agravado   en  calidad  de  determinadora,  así  como  por  el  delito  de  fabricación   y   tráfico  de  armas  de  fuego  y  municiones agravado, según  lo     establecido     en    los    artículos    201    ordinal    d),  323  y  324,  numerales  1,  4  y  7,  del  decreto  ley  100  de  1980,  anterior Código  Penal.   

Apelada   dicha   providencia   por   el  representante  de  la Procuraduría General de la Nación, la Fiscalía Delegada  ante  el  Tribunal  la revocó parcialmente, en el sentido de dictar preclusión  de la investigación por el delito contra la seguridad pública.   

3. Correspondieron  las  diligencias  para  su conocimiento en la etapa siguiente al Juzgado Tercero  Penal  del  Circuito de Guadalajara de Buga, despacho  que  absolvió a ANA MILENA PORRAS APARICIO de los hechos y cargos imputados por  el organismo acusador.   

Según el a quo, el señalamiento de J. A. R.  B.,  alias  Careplato,  no  conducía  a  la  certeza  acerca  de  la  participación  de la procesada en el  comportamiento,  no  sólo  porque el autor material L. A. M. G., quien carecía  de  interés  alguno  para  no  involucrarla, admitió la realización del mismo  como  si  fuese  un  acto  por  iniciativa propia, sino porque además el señor  padre  de John Freddy Morales, durante la etapa de instrucción, desvirtuó como  causa  probable  de  la  muerte  de  su hijo el que las hermanas PORRAS APARICIO  hubieran  querido  contratarlo  como sicario. Así mismo, porque al contrario de  lo  que  hizo  la  Fiscalía  no era posible construir  indicios  a  partir de los problemas sentimentales que  tenía  Carlos  Alonso  Torres  Vásquez  con  su  pareja,  ni  tampoco  de  las  hipótesis  que brindó la encausada en la indagatoria, como la de que el crimen  habría obedecido a un intento de hurto.   

4.  Recurrida  la  sentencia  por  los  representantes  de  la  Fiscalía  y  de la parte civil, el  Tribunal  Superior  de  Guadalajara  de  Buga les halló la razón y la revocó,  condenando   a  ANA  MILENA  PORRAS  APARICIO  por  el  delito  de  homicidio  agravado  a la pena principal  de  veintiocho  años  de  prisión,  de  conformidad  con  lo  señalado en los  artículos  103 y 104, numerales 1, 4 y 7, de la ley 599 de 2000, actual Código  Penal,  en  atención  del principio de la ley penal más favorable. Igualmente,  la  condenó  a  la  pena accesoria de inhabilitación  para   el   ejercicio   de   derechos   y   funciones   públicas   por  un  periodo  de  diez  años,  así  como a la de inhabilitación   para   el   ejercicio   de   la  patria  potestad  por  un  término  de ocho años, y al pago de daños  derivados de la ejecución de la conducta punible.   

Para el ad quem, el menor J. A. R. B., alias  Careplato, no sólo obtuvo  por  parte de John Freddy Morales la información acerca de la participación de  la  procesada,  sino  que  además  carecía  de cualquier interés para haberla  incriminado  injustamente,  e incluso los medios de prueba mostraban que ella no  sólo  amenazó  a su marido, sino que además de ese móvil pasional tenía uno  de  carácter económico para haber ordenado el crimen, aparte de que pesaban en  su   contra   los   indicios   de   mala  justificación  y  de  capacidad  para  delinquir.   

5. Contra el fallo  de  segundo  grado,  el  apoderado  de  ANA  MILENA PORRAS APARICIO interpuso el  recurso  extraordinario de casación y, una vez que en  la  Corte  se  declaró la demanda ajustada a derecho,  la   Procuraduría  General  de  la  Nación  emitió  el  concepto  respectivo.   

LA DEMANDA  

1. Primer cargo (principal)  

1.1.  Al amparo de  la  causal  primera  cuerpo  segundo  de  casación,  planteó  el recurrente la  violación  indirecta  de la ley sustancial proveniente de un error de hecho por  falso  juicio  de  identidad  en  la  valoración  de  la  prueba, por cuanto el  Tribunal  tergiversó,  distorsionó  y  cometió  errores  de apreciación para  condenar   por   el   delito  de  homicidio  agravado  a  la procesada, en detrimento de lo señalado en los  artículos 277 y 285 a 287 del Código de Procedimiento Penal.   

1.2. En sustento de  lo  anterior,  adujo  que en la valoración del testimonio de J. A. R. B., alias  Careplato,  el  ad quem no  tuvo  en cuenta que esta persona, en la diligencia de declaración de fecha 7 de  diciembre  de  2000, aseguró que el conocimiento de la oferta realizada por las  hermanas  PORRAS  APARICIO  la  obtuvo por lo que percibió de manera personal y  directa  antes de la muerte de Carlos Alonso Torres Vásquez, mientras que en el  testimonio  practicado  el  20 de diciembre siguiente  afirmó  que  había  conseguido la información de lo  que  le  contó  John  Freddy  Morales  después de la realización del delito y  días antes de que éste falleciera.   

Concluyó  entonces  que el Tribunal, al dar  crédito       a       lo       señalado       por      alias      Careplato,  no  percibió los relatos en  su  exacta  dimensión  y,  por  tal  razón, les dio un alcance distinto al que  emiten, tergiversando el contenido del hecho que revela la prueba.   

1.3.  Por  otra  parte,  señaló  que  si  bien  es  cierto que el ad quem calificó  como  leve  la  amenaza que en cierta ocasión ANA MILENA PORRAS  APARICIO  profirió  en  contra de su esposo, también lo es que con ello dedujo  la   intención   homicida   de  la  procesada,  incurriendo  con  ello  en  una  contradicción.   

Así  mismo, destacó que el Tribunal basó  en  el  testimonio de Mauricio Alberto Salazar Torres la existencia de problemas  sentimentales  en  la  pareja,  para  lo  cual  se refirió a dos incidentes tan  alejados  en  el  tiempo  que  ni siquiera podían calificarse como amenazas, ni  tampoco  le  eran  atribuibles a la procesada, sino a  otros   miembros   de  su  familia,  y,  por  consiguiente,  con  ellos  no  era  viable  construir un móvil de índole pasional para  deducir responsabilidad.   

Agregó  que el Tribunal tampoco consideró  que,  de acuerdo con lo declarado por el deponente, el rumor de que las hermanas  PORRAS  APARICIO  estaban  detrás  del  crimen de Carlos Alonso Torres Vásquez  surgió  la  noche  del  velorio  entre  los  allegados que asistieron al mismo,  circunstancia    que    a    su    vez    fue    desmentida   por   testigos  como  Carlos Humberto Gil García, Teresa Santos Cedano,  Adelfo   Cifuentes   Vásquez  y  Mary  Luz  Ocampo  Vásquez,  e incluso por el relato de la procesada, y, por lo tanto, no es digno  de credibilidad.   

1.4. En cuanto al  indicio  de  móvil  económico, aseguró que el Tribunal supuso que ella tenía  conocimiento  previo  acerca de la existencia de un seguro de vida, hecho que es  falso  o  incierto,  porque  lo  que se desprende es que fueron Mauricio Alberto  Salazar  Torres  o Esther Julia Torres Vásquez las personas que en este sentido  le  informaron  a ANA MILENA PORRAS APARICIO, quien por lo demás tenía derecho  a  cobrar la póliza, así como a disponer del dinero, sin que pudiera inferirse  intención homicida alguna por ello.   

1.5. En lo que al  indicio  por mala justificación atañe, precisó que el Tribunal atribuyó como  propio  de  la  invención de la procesada dos explicaciones acerca de la muerte  de  la  víctima (la primera relativa a un fallido intento de hurto y la segunda  relacionada  con  la  reprensión  que  Carlos Alonso Torres Vásquez dirigió a  unos    jóvenes    después    de    que    los    viera   robar   ‘pandebonos’),  a  pesar  de  que  en  la misma  indagatoria  ella  recalcó  que  tan  solo  se  trataba  de  los comentarios de  terceras personas.   

Añadió que incluso está demostrado que el  último  rumor no fue exclusivo de ANA MILENA PORRAS APARICIO, sino que también  aparece  en  las  declaraciones  de  Carlos  Alberto  Salazar  Cobo,  Mary  Luz  Ocampo  Vásquez,  Teresa  Santos  Cedano  y Amparo Cifuentes Vásquez, así como en los testimonios de los  hermanos  de  la procesada, e incluso no riñe con la versión que brindó L. A.  M. G., el autor material del homicidio.   

1.6. Por último,  en  lo que al indicio de capacidad para delinquir atañe, afirmó que el ad quem  lo  derivó  del  hecho  de  que  la  procesada admitiera aportar un dinero para  acabar  con  los  asesinos  de Carlos Alonso Torres Vásquez y, por lo tanto, no  sólo  se  refiere  a  un atributo de la personalidad, sino que debido a ello es  una  postura peligrosista, con la que únicamente se podría elaborar un indicio  remoto o de valor supletorio.   

2. Segundo cargo (subsidiario)  

Propuso  un error de hecho por falso juicio  de  existencia,  toda  vez  que  el  Tribunal  ignoró el testimonio de Robinson  Léiber  Giraldo Ramírez, alias La Pulga,   quien   sostuvo   que   J.   A.   R.  B.,  alias  Careplato, dijo cuando fue interrogado  por  agentes  de  la Policía que había sido Yesid Morales Garzón, hermano del  autor  L.  A.  M.  G.,  la  persona  que  los  envió  para  quitarle la vida al  educador.   

Destacó    que    alias   La  Pulga  en  ningún momento afirmó  que   alias   Careplato  mencionara  dentro  de  esa primera versión a las hermanas PORRAS APARICIO como  autoras  intelectuales  del  homicidio,  ni  mucho  menos hablara de John Freddy  Morales  como  un individuo relacionado con los hechos, a pesar de las presiones  que el partícipe recibió para que hablara ante los uniformados.   

En consecuencia, solicitó a la Corte casar  totalmente  la  sentencia impugnada y, en razón de ello, confirmar la decisión  proferida por el Juzgado Tercero Penal del Circuito de Buga.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

1. El  representante  de  la Procuraduría General de la Nación adujo  acerca  del  primer  cargo  que,  en  principio,  la  declaración      de      J.      A.      R.      B.,     alias     Careplato,        no        fue  tergiversada  por  el  Tribunal, pues lo que hizo el  demandante  fue  destacar  algunas  contradicciones  en  el  menor, frente a las  cuales   el   cuerpo  colegiado  admitió  que  no  se  trataba  de  un  testigo  inobjetable,  y,  por  lo  tanto,  no  era  posible  predicar un falso juicio de  identidad.   

Precisó que, no obstante, sí le asiste la  razón  al  plantear  el  aludido  error  fáctico  respecto  de los indicios de  responsabilidad  que  construyó  el ad quem, pues, en primer lugar, le dio a la  declaración  de  Mauricio Alberto Salazar Torres un alcance que no tiene, en la  medida  en  que  se  refirió a sucesos ocurridos años antes del homicidio que,  por  lo  tanto,  carecían  de  la  entidad suficiente para elaborar a partir de  ellos un móvil pasional del delito.   

En  segundo lugar, manifestó que, tal como  se  desprende  de los medios de prueba, fueron Mauricio Alberto Salazar Torres y  Esther  Julia  Torres  Vásquez  quienes  le  informaron  a  la  procesada de la  existencia  de la póliza después de la muerte del educador y, por lo tanto, el  hecho   indicador   del  llamado  móvil  económico  también  resultó  siendo  tergiversado.   

En cuanto al indicio de mala justificación,  señaló  que  en  los  relatos  de  Carlos  Alberto  Salazar  Cobo,  Mary  Luz  Ocampo  Vásquez  y Nelson  Alonso  Trigueros  Rengifo,  entre  otros,  se  advierte  que las explica-ciones  relativas    al   intento   de   hurto   y   al   robo   de   los   ‘pandebonos’   no   fueron  exclusivos  de  la  procesada    y,    por   lo   tanto,   el   Tribunal   las   leyó   de   manera  equivocada.   

Frente   al  indicio  de  capacidad  para  delinquir,  sostuvo  que  el  ad  quem  le cambió el  sentido  a  la  versión  de  ANA  MILENA  PORRAS APARICIO brindada en audiencia  pública,  al  desconocer  que la venganza aludida por ella jamás fue llevada a  cabo,  y,  en  consecuencia,  no  podía  concluir a partir de tal hecho que era  proclive al delito o que ordenó el homicidio de su esposo.   

Agregó que, en este orden de ideas, ninguno  de  los  indicios  en comento podía servir de base a la decisión condenatoria,  máxime  cuando  no obran  en  el  expediente  medios de prueba directos acerca de la responsabilidad de la  procesada,  y  cuando  la  declaración  de  J.  A.  R.  B.,  alias Careplato,    no   lo   muestra   como   un   testigo   veraz   y   confiable,  por lo que el error fáctico del Tribunal resulta trascendente y  el cargo debe prosperar.   

2.  Respecto del  reproche  subsidiario  por falso juicio de existencia, manifestó que la segunda  instancia,  en  efecto,  no  tuvo  en cuenta la declaración de Robinson Léiber  Giraldo   Ramírez,   alias   La  Pulga,  quien  no  sólo fue testigo presencial de los hechos, sino que  además  adquirió  el conocimiento de lo que relató uno de los partícipes, de  suerte  que  si hubiera valorado este testimonio junto con el resto del material  probatorio  allegado  a  la actuación, habría concluido la falta de certeza en  relación   con   ANA  MILENA  PORRAS  APARICIO  como  determinadora  del  homicidio  de  Carlos  Alonso  Torres  Vásquez.   

En consecuencia, solicitó a la Corte casar  la    sentencia    impugnada    y    proferir    la   sentencia   de   reemplazo  correspondiente.   

CONSIDERACIONES  

1.    Presentación    y    orden    de  análisis   

Dado  que  la  demanda  presentada  por  el  apoderado  de  ANA  MILENA PORRAS APARICIO fue declarada desde el punto de vista  formal  ajustada  a derecho, la Sala considera que no viene al caso pronunciarse  acerca   del   cumplimiento   o  no  de  los  requisitos  de  lógica  y  debida  argumentación  por  parte  del  recurrente,  pues  a  esta  altura la procesada  adquirió  el  derecho  a  que  se le analicen de fondo los problemas jurídicos  traídos  a  colación  en el escrito correspondiente, en armonía con los fines  de  la casación de garantizar la efectividad del derecho material, respetar las  garantías  mínimas de las personas que intervienen en la actuación, buscar la  reparación  de  los  agravios  inferidos a los sujetos procesales y unificar la  jurisprudencia,  tal  como  lo establece el artículo 206 de la ley 600 de 2000,  Código de Procedimiento Penal vigente para este asunto.   

Por lo anterior, la Sala abordará de manera  conjunta  el estudio de los errores fácticos aducidos por el demandante, ya que  si  bien  es  cierto  que propuso el reproche por falso juicio de identidad como  principal  y  el  de falso juicio de existencia como subsidiario, también lo es  que,  al  buscar  con ellos un idéntico fin y no recaer sobre el mismo medio de  prueba,  lo lógico hubiera sido incluirlos dentro de  una  sola  censura,  aunque  en capítulos separados,  sin  que  por  ello se corriera el riesgo de incurrir  en una transgresión del principio de no contradicción.   

En este orden de ideas, la Sala analizará,  en  primer  lugar,  los  aspectos  relativos  a  la  apreciación  por parte del  Tribunal   del   testimonio   del   menor   J.  A.  R.  B.,  alias  Careplato,  en  los  que  no  sólo se  incluirá  lo  atinente  al  error  fáctico  que  en  este  sentido  propuso el  recurrente,   sino  además  al  falso  juicio  de  existencia  respecto  de  la  declaración   de   Robinson   Léiber   Giraldo  Ramírez,  alias  La  Pulga,  en  la medida en que ambos  medios    probatorios    se    encuentran    estrechamente    vinculados   entre  sí.   

A continuación, estudiará los indicios que  construyó  el  ad  quem para fundar la responsabilidad de la procesada, para lo  cual  seguirá  el  orden empleado por el demandante, que al mismo tiempo fue el  que  se  utilizó  en la motivación de la providencia impugnada, a saber: el de  móvil  pasional,  el  de  móvil  económico,  el de mala justificación y, por  último, el de capacidad para delinquir.   

Esto  es  de  lo que la Corte se ocupará a  continuación.   

2. De la valoración del testimonio de J. A.  R. B., alias Careplato   

2.1.  Cuando se  alega  al  amparo  de la causal primera de casación un error de hecho por falso  juicio  de  identidad  en  la  apreciación  de  la  prueba,  lo que se pretende  expresar  es  que el Tribunal, al emitir el fallo que se impugna en sede de este  extraordinario  recurso,  distorsionó  o  tergiversó  el contenido fáctico de  determinado  medio  probatorio,  haciéndole  decir  lo que en realidad no dice,  bien  sea  porque  realizó una lectura equivocada de su texto, o bien porque le  agregó  aspectos  que no contiene, o bien porque omitió tener en cuenta partes  importantes del mismo.   

En  el  fallo  objeto  de  la  demanda,  el  Tribunal  partió  del análisis de lo declarado por el menor J. A. R. B., alias  Careplato,  quien fue el  único  en  señalar  a  ANA  MILENA  PORRAS  APARICIO  como  la persona que, en  compañía  de  su  hermana Martha Cecilia Porras Aparicio, contrató a L. A. M.  G.  para  perpetrar  el homicidio de su esposo, el educador Carlos Alonso Torres  Vásquez.   

Para  el  ad  quem,  tanto en la diligencia  adelantada  el  7  de  diciembre  de  2000 como en la rendida el 20 de diciembre  siguiente,  J.  A. R. B., alias Careplato,  “sostuvo  la  misma versión y la  misma   acusación”2 en ese sentido, con  la sola diferencia de que en la última intervención relató  los  hechos  “de manera  más    detallada”3.   

De  esta  forma,  el  Tribunal  llegó a la  conclusión       de       que,       si       bien      alias      Careplato  no  debía  “valorarse      como     un     testigo     inobjetable”4  (pero sólo en la medida en  que  era imposible establecer si el día de los hechos acompañó al autor L. A.  M.  G. sabiendo “exactamente a qué iba”5), obtuvo de manera posterior  a  la  realización  de  la  conducta  punible  “la  información   sobre   la   autoría   intelectual   del   crimen   […]  por la cercanía que tenía con  John  Freddy  Morales”6,  circunstancia  por la cual  concluyó   que  el  testimonio  era  “en  extremo  comprometedor”7,  debido  a  “la    gravedad    y   relevancia   del   señalamiento”8.   

Es decir, según el a quo, el menor J. A. R.  B.,  alias  Careplato, fue  un  testigo  de  referencia  que  se  enteró  de la participación a título de  determinadora  de  la  procesada gracias a lo que le contó John Freddy Morales,  después  de  que  el  deponente  acompañara  a  L. A. M. G. cuando disparó en  contra de Carlos Alonso Torres Vásquez.   

Al  contrario  de  lo  que  consideró  el  Ministerio  Público,  le  asiste  la razón al demandante cuando sostuvo que la  segunda   instancia   efectuó  una  lectura  equivocada  del  relato  de  alias  Careplato,   pues   de  ninguna  manera  podía  sostener  que  esta  persona  siempre brindó idéntica  versión  acerca  de  cómo llegó a enterarse de la conducta que a la postre le  fue atribuida a la procesada.   

En  efecto,  en la diligencia de fecha 7 de  diciembre             de            20009,   J.   A.   R.  B.,  alias  Careplato,  narró  que,  gracias  a  la  información  que  les  había suministrado su primo John Freddy  Morales,  él  había  acompañado  a  L.  A.  M. G. para que hablara con Martha  Cecilia  Porras  Aparicio, persona que al igual que su hermana ANA MILENA PORRAS  APARICIO  quería  ver  muerto al educador y, debido a ello, le ofreció la suma  de quinientos mil pesos:   

“Resulta que mi  primo  John  Freddy  Morales  nos  dijo  a  [L. A. M.  G.]  y  a  mí  que  una  carnicera de nombre Martha  Porras  necesitaba  que tumbaran a un profesor y que la hermana de ella también  quería  que  lo  mataran, entonces yo fui con [L. A.  M.   G.],  pero  yo  me  quedé  en  la  esquina,  y  [L.  A. M. G.] habló con  ella,  con  Martha  Porras,  y  le dijo que tenía quinientos mil pesos para una  vuelta,  que para tumbar a un profesor, y como a los tres días de haber hablado  con  ella  fue  que  [sic] [L. A. M. G.]   tumbó  al  profesor”10.   

En  otras  palabras,  alias  Careplato,   de   acuerdo   con  esta  versión,  no  sólo  tenía  conocimiento  acerca  de  la participación de las  hermanas  PORRAS  APARICIO  en  forma  previa  a  la  consumación  del hecho, sino que además fue testigo  directo  de  la reunión que con tal fin sostuvieron la pariente de la procesada  y el autor L. A. M. G.   

De  ahí  que al Tribunal no le era posible  sostener  que  lo señalado trece días después por el declarante correspondía  a  una idéntica pero más detallada versión de lo inicialmente declarado, pues  lo    que   afirmó   alias   Careplato    en   la   segunda   diligencia   de   declaración11 fue haber  conseguido  toda  la  información  del  delito  imputado  a  ANA  MILENA PORRAS  APARICIO  luego  de  la  perpetración  del  delito  y  de  boca  de John Freddy  Morales:   

“Preguntado.  Fuera  de  su  primo John  Freddy  Morales,  ¿quién  más  le  contó  a usted que Martha y MILENA PORRAS  habían   mandado   matar   al   profesor  Carlos  Alonso  Torres?  Contestó. No, él no más sabía, él  no  más fue el que me contó. Preguntado.  ¿Por  qué  razón  su  primo  John  Freddy Morales sabía que  Martha  y  MILENA  PORRAS  habían  mandado matar al profesor Alonso       Torres?       Contestó.  Porque  ellas le dijeron a  él  y  él  no  quiso.  Le dijeron que le pagaban quinientos mil pesos para que  buscara  a alguien para que tumbara al profesor y él no quiso hacerlo, y mandó  a      [L.     A.     M.     G.]     Preguntado.   ¿Cuándo,  en  dónde,  delante  de  quién  John  Freddy Morales, antes de morir, le contó a usted que  Martha  y  MILENA  PORRAS  estaban  pagando para que tumbaran al profesor Alonso  Torres?  Contestó. Antes  de  que lo mataran, como una semana antes de que lo mataran, en la pieza de él,  estábamos  solos,  nadie  más  oyó”12.   

En este orden de ideas, el ad quem no podía  calificar  como  grave,  relevante  y  comprometedora  la  imputación  de alias  Careplato,   en   el  entendido  literal  de que él “estuvo cerca de los  acontecimientos  […]  y  luego,  por  la  cercanía  que  tenía  con  John  Freddy  Morales,  obtuvo  la  información    sobre    la    autoría   intelectual   del   crimen”13, y partiendo de la base de  que  el  menor  brindó de manera unánime o constante dicha versión, ya que en  una  oportunidad  anterior aseguró haber percibido en forma directa la reunión  en  la  que  Martha Cecilia Porras Aparicio le ofreció a L. A. M. G. la suma de  quinientos  mil  pesos  a  cambio  de  eliminar al profesor Carlos Alonso Torres  Vásquez, días antes de que eso sucediera.   

Por lo tanto, el error de hecho formulado es  evidente.   

2.2. Aunada a la  tergiversación  que  respecto  de la coherencia interna del testimonio de alias  Careplato  incurrió  el  Tribunal,  es desde ya oportuno traer a colación los diversos aspectos que para  la  valoración externa del medio probatorio dejó de tener en cuenta la segunda  instancia   bajo   la   modalidad   del   falso   juicio   de   existencia   por  omisión.   

En  efecto,  cuando en sede de casación se  propone  un  error  fáctico  de  este  tipo,  lo  que se quiere decir es que el  juzgador  pretermitió  valorar  el  contenido  material  de  determinado  medio  probatorio debidamente incorporado al expediente.   

En  tal sentido, el demandante planteó que  en  el  fallo  materia  del extraordinario recurso no fue apreciado lo dicho por  Robinson   Léiber   Giraldo   Ramírez,   alias  La  Pulga, quien sostuvo ante el organismo instructor en  diligencias    de    23   de   agosto   de   200014   y   16   de   marzo  de  200115,      que     J.     A.     R.     B.,     alias     Careplato,  les aseguró a los agentes  del  orden  que asumieron la indagación previa del asunto que había sido Yesid  Morales  Garzón, hermano mayor del autor directo L. A. M. G., el que dispuso la  ejecución del delito:   

Testimonio  de  23  de  agosto  de  2000:  “Usted me preguntó que por qué lo habían matado  al  profesor,  Careplato  contó  cómo  había  sido, que lo venían siguiendo desde el parque, porque el  hermano  de [L. A. M. G.],  que  se  llama  Yesid,  le  dijo  a  [L.  A.  M. G.]  que  le  hiciera  una  vuelta,  que le pagaba, y que  entonces  [L. A. M. G.] le  dijo       a       Careplato       ‘usted   me   ayuda   a   campanear  [sic]’,  no  ve  que  Careplato contó  todo,  es que él dijo que al que matara al profesor Yesid  le  pagaba,  Careplato no  quiso  decir  quién  fue el que mandó a matar al profesor, él sabe, él sabe,  no   ve   que   yo   lo   hice  coger”16.   

Declaración  de  16  de  marzo  de  2001:  “Yo no más me vine a enterar fue cuando al pelado  que   lo   trajeron,  al  cómplice,  conmigo,  al  que  le  dicen  Careplato, pero no sé cómo se llama,  él  fue  el  que  dijo  ahí en la SIJIN, y lo hicieron cantar, por qué había  matado  al profesor, que porque Careplato  dijo  que Yesid, el hermano de [L. A.  M.   G.],   lo   [sic]  había   mandado   a   ellos   dos   pa’  [sic]  que   mataran  al  profesor,  eso  dijo  el  pelado  Careplato, el cómplice,  y  que  Yesid  les  daba  trescientos  mil  pesos  a  ellos  dos  pa’  [sic]  que   partieran   […]  A  él  sí le hablaron duro, pero no le pegaron, no  lo  torturaron,  a  mí  era  el  que  me  iban  a  pegar, pero yo me le emputé  [sic]  al  chino  y  le  pegué  un puño en la cara y le dije ‘diga  la  verdad,  chino, cómo me va a hacer pegar a mí si yo no  fui  el  que  hizo  eso’  […]  Preguntado. Se dice  en  estas  diligencias  que  ANA MILENA PORRAS APARICIO, esposa de Carlos Alonso  Torres,  pagó  la suma de quinientos mil pesos a [L.  A.  M. G.] para que acabara con la vida del profesor.  ¿Qué       tiene      para      decir      al      respecto?      Contestó. No sé nada de eso, tampoco  creo       eso,       porque,       vea,       el       pelado      Careplato  está mintiendo entonces si  les  dijo a ustedes que fue ella, porque, vea, realmente la verdad, él dijo que  era  Yesid  el  que  le  había  pagado  la  plata.  Eso es todo, doctor, no sé  más”17.   

El   hecho   de  que  alias  Careplato  relacionó al hermano de L.  A.  M. G. en el homicidio de Carlos Alonso Torres Vásquez fue confirmado por el  agente  del  orden  Gilberto  Ulises Delgado Ruiz, persona que al respecto adujo  que  el  primer  menor,  al  ser  interrogado,  les  indicó que vio cómo Yesid  Morales  Garzón  le  entregaba  a su pariente una suma de dinero luego de haber  consumado el ilícito:   

“[…]  al  entrevistar   a   [J.   A.   R.   B.]  manifestó  haber  participado  en  el homicidio del señor Carlos  Alfonso    [sic]   en  compañía  de  su  amigo  [L. A. M. G.]  […], que  posteriormente  observó  conversando a [L. A. M. G.]  con  su  hermano Yesid donde había observado que le  entregaba    un    dinero,    no    me   especificó   la   cantidad”18.   

El  Tribunal,  si  bien  reseñó de manera  breve  lo  declarado  por  alias La Pulga  y por el policía en el apartado correspondiente a la actuación  procesal19,  omitió  valorar  por  completo  el contenido material de estos  medios  de  prueba  en la motivación del fallo de segunda instancia20,  o  en  cualquier    otra    parte    de    la    providencia   condenatoria21, a pesar  de  que  reñían  en  lo sustancial con la versión  posteriormente  suministrada  por J. A. R. B., alias  Careplato,  acerca  del  conocimiento  que  obtuvo  de la participación de ANA MILENA PORRAS APARICIO en  los hechos.   

Por lo tanto, el falso juicio de existencia  por  omisión  señalado  por el recurrente no sólo concurre en este caso, sino  que  además era relevante para efectos de la apreciación de lo dicho por J. A.  R.      B.,      alias      Careplato.   

2.3.  Como si lo  anterior  fuese poco, el ad quem tampoco tuvo en cuenta dentro de la motivación  de  la  sentencia  el  contenido  material de otros medios de prueba que hubiera  debido   confrontar  respecto  de  la  prueba  que  figuraba  en  contra  de  la  procesada.   

En  primer lugar, lo sostenido por L. A. M.  G.  ante la jurisdicción de menores en diligencia de descargos practicada el 10  de          octubre         de         200022,  en  el sentido de que la  muerte  de  Carlos  Alonso  Torres  Vásquez (cuya autoría confesó después de  negar  de  manera  enfática  cualquier  participación  en  los  hechos) había  obedecido  a  la rabia que horas antes le despertó un altercado que tuvo con la  víctima:   

“En  este  estado  de la diligencia el menor, libre de todo apremio, manifiesta su deseo de  decir  la  verdad, por lo que en forma espontánea señala ser el responsable de  la  muerte  del  educador,  ya  que  ‘están  involucrando  un  poco  de  gente  que  no  tiene nada que  ver’.   Preguntado.  Díganos cómo sucedieron  estos  hechos.  Contestó.  De  la  fecha  no  me  acuerdo,  pero  no sé si era un sábado o un domingo, yo  estaba  en  el  parque  y  ahí  tenía  un arma y me fui para matar al profesor  porque  él ese día por la tarde me tiró, entonces yo de rabia fui y lo maté,  pero   ni  Pulga  ni  me  [sic] hermano tienen nada  que   ver,   solamente  [J.  A.  R.  B.]     me     colocó    la    cicla.    Es    todo.    Preguntado.    ¿Usted   invitó   a  [J.  A.  R.  B.]  a  que  fueran  a  matar al profesor? Contestó. Yo le dije que si me iba a acompañar y  él  me  dijo  que  sí,  entonces  él  me  llevó  una bicicleta. Preguntado. ¿Usted le ofreció algún  dinero   por   acompañarlo?   Contestó.     No,     ya     que     eso    era    de    rabia”23.   

Y,  en segundo lugar, lo afirmado por Henry  Morales   Baquero,  padre  de  John  Freddy  Morales,  quien  en  el  testimonio  practicado    el    22   de   febrero   de   200124  no  sólo negó que J. A.  R.  B.,  alias  Careplato,  fuese  el  primo de este último y tuviese una amistad cercana con él, sino que  además  rechazó  cualquier  vínculo entre la muerte de su hijo y las hermanas  PORRAS APARICIO:   

“Este muchacho  [J.  A.  R.  B.]  viene  siendo  sobrino  de la mujer que tenía mi hijo, la cual se llama Ana Barbosa, y  [J.  A.  R.  B.] iba a la  casa   donde   vivía  mi  hijo,  por  visitar  a  la  tía,  pero  [J.  A.  R. B.] con mi hijo creo que la  amistad  era  poca,  ni  llegaron  a  tener  negocios, mi hijo trabajaba conmigo  criando      animales      […]     Preguntado.  Señor  Henry,  dice  el  menor  [J.  A.  R.  B.],  alias  Careplato, que el  primo  John  Freddy Morales, su hijo, estaba siendo amenazado por Martha Porras,  por  ANA MILENA PORRAS, ya que él había sido el primero que habían conseguido  para   matar   al   profesor,   […]  ¿es    cierta    o    falsa   esta   declaración?   Contestó. Todo eso es mentira, porque  si  yo me doy cuenta de algo, inmediatamente llamo a Miguel o Martha Porras para  evitar  estos  problemas, pero nunca me enteré de nada, ni tampoco soy familiar  de  [J. A. R. B.] para que  él  diga  que es primo de mi hijo […] Tan  buenas  relaciones  tenía con mi hijo que yo todo animal que  compraba   era   para   él   adelantarlos   [sic].  Tan  buena  relación que  ese  día que lo mataron hice un asado de carne y le  llevó  para  el  almuerzo,  y  nunca comentó que tuviera relaciones con nadies  [sic],  ni de haber sido  amenazado  por  nadie”25.   

Al  contrario  de lo que omitió valorar el  Tribunal  bajo  la  modalidad  de  falso juicio de existencia, el funcionario de  primera   instancia  sí  tuvo  en  consideración  los  medios  probatorios  en  comento, no sólo para restarle mérito persuasivo a  lo      dicho      por     alias     Careplato   los   días  7  y  20  de  diciembre  de  2000,  sino además para destacarlos dentro de los fundamentos de  la  decisión  que  profirió a favor de la procesada en ejercicio del principio  in   dubio   pro   reo.   

En efecto, el a quo, por un lado, consideró  contrario  al sentido común que el autor L. A. M. G.  tratase  de  encubrir  a  quienes  ni  siquiera  le  pagaron  la  suma de dinero  ofertada,  tal  como  también  lo  estableció  el  testigo  J. A. R. B., alias  Careplato,  tanto  en la  primera        versión        (“[e]lla   ofreció   quinientos   mil  pesos,  pero  no  entregaron  nada”26)   como   en  la  segunda  (“[L.  A.  M.  G.]  fue  como  a  los  dos  días  a  cobrar  la  plata  y  no  se la pagaron”27):   

“[…]  si  aquí  ha  aflorado que de lo que se trata fue de un encargo criminal a costa de  promesa       remuneratoria      –sicariato–  y  que  no  obstante  fallido  resultó  el  pago de lo pactado,  ¿emerge  siquiera  lógico  que  el  actor confeso callase tal circunstancia o,  mejor  aún,  guardase  consecuencia  de  silente impunidad para quien birló su  ánimus lucrando en la faena homicida?   

“Más  aún,  ¿es  de  esperarse  de la condición y desprovista moralidad del actor homicida  que,  sin  más, soterrase la identidad de su determinador, que le incumplió su  paga,  ya estando reflexivamente dado a su confesión el actor, tal y como surge  visible   en  el  contexto  de  su  relato  y  para  cuando  asume  desnudar  su  acción?”28.   

Y,  por otro lado, estimó que al relato de  J.  A.  R.  B.,  alias  Careplato,  no podía otorgársele credibilidad, debido,  entre otras razones, a lo declarado por Henry Morales Baquero:   

“[…]  no se  puede  desatender lo que resultó ser el gravitante dicho del señor John Freddy  Morales   padre   [sic],  quien   desmintió  categóricamente  a  [J.  A.  R.  B.]  respecto  de que este último lo hubiera puesto  al  tanto de lo supuestamente dicho por su hijo aún en vida, tal y como lo hizo  creer  [J.  A.  R. B.], y  por aquello de que se trataba de su pariente.   

”Es que hasta  el  lazo  de  consanguinidad  fue  rebatido,  es decir, nada apoyó el deponente  Morales  padre  como dicho a él por el testigo de oídas que en últimas quedó  insumido    entre    la    vos    [sic]  oculta  del  difunto y el refutar total del supérstite padre de  aquél”29.   

En  este  orden  de ideas, de los medios de  prueba  en  que se basó el Tribunal para revocar la absolución de la procesada  y  dictar  un  fallo condenatorio, desconoció que el  único   testimonio   de  cargo  que  obraba  en  el  expediente  adolecía  de  inconsistencias  graves,  tanto  en su aspecto interno como frente a los demás  elementos  de  convicción que lo rebatían, con lo que a la vez incurrió en un  falso  juicio de identidad, por un lado, y en un falso juicio de existencia, por  el otro.   

Por ahora, sólo le resta a la Sala analizar  los  indicios  con los que el Tribunal apoyó la declaración del menor J. A. R.  B.,  alias  Careplato, que  también fueron cuestionados por el demandante.   

3. De los móviles para delinquir  

3.1.  El ad quem  encontró     en     ANA     MILENA    PORRAS    APARICIO    una    motivación    tanto    pasional    como    económica30. Respecto  de  la  primera,  la sustentó en una discusión que  surgió  a  raíz  de  que  la  procesada  sorprendió a su esposo Carlos Alonso  Torres   Vásquez   con   una   joven   de  nombre  Mary  Luz  Ocampo  Vásquez,  “luego  de lo cual profirió una amenaza contra su  exmarido:  ‘ahora  sí  vas    a   saber   quién   soy   yo’”31.   

De  lo anterior, el Tribunal sostuvo que no  se    trataba    de    un    hecho   indicador   grave,   pues   “quedó     en     el    plano    de    lo    abstracto”32    y    “no  dejó  ver  cuál  era  el  mal  que  se prometía”33,   pero  a  continuación  precisó  que  lo  declarado  por Mauricio Alberto Salazar Torres, sobrino de la  víctima,  “sí refuerza y cualifica el indicio de  las    amenazas”34,  en  la medida en que con  éste    se    evidenciaba    en    la    relación   de   pareja   “desavenencias  sentimentales”35,     al    igual    que  “enfrentamientos         serios”36  entre  la  procesada y la  víctima.   

Lo  que  este  testigo  refirió acerca del  matrimonio  entre  la  víctima  y  la  procesada,  y  que  la segunda instancia  transcribió    en    la    providencia   objeto   de   impugnación37,  fue lo  siguiente:   

“Preguntado. ¿Presenció usted peleas,  alegatos,  discusiones  entre  los  esposos  Carlos Alonso Torres Vásquez y ANA  MILENA  PORRAS  APARICIO?  En  caso cierto, ¿en qué consistieron? Contestó.    Efectivamente,    sí  presencié  dichos  actos  y siempre MILENA maltrataba a mi tío Alonso, mi tío  Alonso  era  una  persona  tan  noble, tan buena por así decirlo, que se dejaba  hacer  lo  que quisiera de MILENA, de sacarlo de la propia casa, de no abrir las  puertas  y  muchas  veces  MILENA  amenazó  a  mi tío Alonso con decirle a los  hermanos  que  le  hicieran  algo a mi tío, lo amenazaban porque siempre ellos,  desde  que  se  unieron,  hubo  una  persecución por parte de la familia de ANA  MILENA  hacia  mi  tío, de quebrarle los vidrios, una vez uno de ellos le sacó  una  peinilla  y  le  dio  planazos,  de  amenazarlo  en la calle. El que le dio  machete  fue  Bernardo  Porras  Aparicio,  María  Isabel  Porras le quebró los  vidrios  de  la  casa  y  Martha  Cecilia  Porras lo amenazaba de una manera muy  sarcástica  y  le  decía  que  esta  dicha  no  le  iba a durar mucho y que se  esperara,  la  amenaza  de  Martha  Porras  fue ocho días antes de que a él lo  asesinaran  y  la  de la esposa fue quince días antes, las otras fue a lo largo  de      que      se     unió     MILENA     y     Carlos     Alonso”38.   

Le  asiste  la  razón al demandante cuando  sostuvo  que  el  Tribunal  tergiversó el hecho que revelaba la prueba, pues no  sólo  estableció  la  existencia  de  desavenencias,  enfrentamientos serios y  amenazas  en  la  relación a partir de acciones que no le eran imputables a ANA  MILENA  PORRAS  APARICIO,  sino  además  porque éstas, tal como lo precisó el  deponente,   se  dieron  “a  lo  largo”  de  una  unión  que  duró  varios  años,  pues  la  pareja  engendró   un   hijo   que   nació   el  19  de  octubre  de  199139  y  que,  por  lo  tanto,  en  el  día  de  los  hechos  contaba  con casi nueve años de  edad.   

De esta manera, al no encontrar un contexto  que  le  brinde  contenido  a  la  aludida amenaza, en la cual ANA MILENA PORRAS  APARICIO    le    dirigió   a   su   marido   la   expresión   “ahora    sí    vas    a    saber    quién   soy   yo”40  (tal como lo relató Mary  Luz  Ocampo  Vásquez  en  las  diligencias  testimoniales de 21 de diciembre de  200041    y   16   de   marzo   de   200142,  al igual que lo admitió  la            misma            procesada43), es incuestionable que no  dejaba  de  ser  una  afirmación  tan equívoca como intrascendente, como en un  principio  lo  reconoció  el  Tribunal  y  lo  adujo  el funcionario de primera  instancia de la siguiente manera:   

“Débil, por  decir  lo menos, o, mejor, leve el susodicho indicio en su relación frente a la  producción  del evento criminoso que se imputa, y en todo caso no puede ser que  por  el  impacto  o  percepción  subjetiva  de  quien  lo  reciba  –la   supuesta  amenaza–  se  deba  inexorablemente valorar  que  es  ello  lo  que revelantemente reproduce la psiquis del proclamador de la  misma  y,  en consecuencia, la concreción del dicho al hecho como amenaza de un  mal     futuro”44.   

De  ahí  que  no  era  posible construir a  partir   de   cualquiera  de  las  manifestaciones  relacionadas  tanto  con  la  pretendida  amenaza  proferida  por la procesada como con los problemas aludidos  por  el  testigo  Mauricio  Alberto  Salazar Torres,  individualmente   consideradas   o   analizadas  en  conjunto,  un hecho indicador atinente al móvil, ni mucho menos a la intención  típica     en     el    delito    de    homicidio  agravado.   

3.2. En cuanto a  la   motivación   económica,   el   Tribunal   se   limitó   a  señalar  que  “había  un  seguro  de  vida  por $10’000.000  de  pesos que la procesada  empezó   a  reclamar  pocos  días  después  del  hecho  y  empezó  a  gastar  inmediatamente,          según         diversos         testimonios”45.   

Las  declaraciones  a las que aludió el ad  quem  en  la  citada providencia no podían ser otras  que  las  de Mauricio Alberto Salazar Torres, Amparo Cifuentes Vásquez (tía de  la  víctima) y María Isabel Porras Aparicio (hermana de la procesada), quienes  al  respecto  también  señalaron  que  miembros de la familia de Carlos Alonso  Torres  Vásquez  no  sólo  le  informaron  a  ANA MILENA PORRAS APARICIO de la  existencia  de  la  póliza, sino que también la ayudaron en los trámites para  el cobro de la misma:   

Declaración  de  Mauricio Alberto Salazar  Torres:  “Preguntado. Se  dice  dentro  de  la  investigación  de  autos que su tía, con el que confiaba  usted  tanto,  hoy  occiso,  había  adquirido  un  seguro  por el valor de diez  millones  de  pesos con la aseguradora Bolívar, en donde los beneficiarios eran  ANA  MILENA  PORRAS  APARICIO y el hijo en común [O.  I.  T.  P.].  Manifieste  al  despacho si ANA MILENA  PORRAS  APARICIO se daba cuenta de este seguro, antes de la muerte de su esposo,  o  si  se dio cuenta posteriormente a ella, la muerte, quién se lo manifestó y  quién    le    ayudó   a   las   diligencias   para   cobrarlo.   Contestó. Seguramente ya lo conocía,  porque  éste  lo  adquirió cuando vivían bien, no vivían en problemas, quien  le  señaló  dónde  estaban  las  escrituras  y  el  seguro  fui  yo, pues era  conveniente     por     el    niño”46.   

Declaración  de  María  Isabel  Porras  Aparicio:  “[…] mi hermana siempre frecuentaba la  casa  de  los  Torres Vásquez; es más, cuando mi cuñado Carlos Alonso murió,  Esther  Julia  Torres  [y]  su  hijo  Mauricio  Alberto  Salazar le ayudaron a hacer todas las vueltas a ANA  MILENA  que  se  requieren después de fallecida esta persona. Cuando mi cuñado  falleció,  más o menos al tercer o cuarto día, Esther Julia le comentó a Ana  Milena  que  Carlos  Alonso  había  dejado  un  seguro  de  vida que había que  reclamarlo  para no perderlo y los beneficiarios eran mi hermana ANA MILENA y mi  sobrino  [O. I: T. P.], y  Esther  Julia  acompañó  a  mi  hermana ANA MILENA a hacer esas vueltas, tanto  así  que cuando mi hermana recibió el dinero de ese seguro le hizo arreglar la  casa  a  la  suegra,  y  le  dio  una suma de dinero, y el resto lo prestó a la  señora      Amparo      Cifuentes”47.   

Declaración de Amparo Cifuentes Vásquez:  “ANA  MILENA PORRAS no sabía de la existencia del  seguro,  ni  siquiera  de  los  montos de los dineros que Carlos Alonso poseía;  después  de  fallecido,  su  hermana Esther Julia Torres es la que la entera de  todo  lo  que  él  posee,  incluyendo el seguro, y es ella quien con ANA MILENA  empiezan   a   hacer   gestiones  para  recibir  dichos  recaudos.  […]  al  día  siguiente  ANA MILENA  sacó  la  suma  de  dos  millones de pesos y se la entregó la señora madre de  Carlos    Alonso”48.   

Por  su  parte, la procesada aseguró en la  diligencia   de   vinculación   que  sólo  obtuvo  conocimiento  del  seguro  de vida después de la muerte de Carlos Alonso Torres  Vásquez,  gracias  a  lo que le contó Esther Julia Torres Vásquez, hermana de  la víctima:   

“A  raíz de  este  incidente,  Esther Julia Torres se alejó de mí, después de que era para  mí  la pana [sic], la que  me  acompañaba  en  todo,  e  incluso  me  acompañó  para  hacer  las vueltas  relacionadas  con  Carlos  Alonso,  ya  que  por  medio de ella me di cuenta que  Carlos  Alonso  Torres  estaba  pagando  un  seguro de vida por diez millones de  pesos  para  mi  persona  y  mi  hijo”49.   

Con estos medios de prueba, el a quo llegó  a  la  conclusión de que la procesada “desconocía  la  existencia  a  su  favor de un seguro de vida que  hubiese  tomado  el  hoy  occiso, y el que consecuentemente cobró a  posteriori  y nada más que con auxilio de la propia familia del  occiso”50.   

En  este  orden  de  ideas,  el  Tribunal  incurrió  en  otra  tergiversación  del  contenido  material  de los referidos  testimonios,  pues  con éstos asumió como cierto e indiscutible que ANA MILENA  PORRAS  APA-RICIO,  antes  de  la  muerte  de  su  esposo, sabía que él había  adquirido  un  seguro de vida y, a partir de tal hecho, elaboró una motivación  de    índole    económica   con   la   cual   le  dedujo responsabilidad.   

Por  lo tanto, en la apreciación del hecho  indicador  constitutivo  del llamado móvil económico, al igual que en el hecho  indicador  del  móvil  pasional,  el  ad  quem  incurrió en un falso juicio de  identidad.   

4.   De   las   manifestaciones   de   la  procesada   

4.1.  De acuerdo  con  una  pacífica  y  reiterada  línea jurisprudencial de la Sala51,   el  indicio  de  mala  justificación  implica  que,  cuando una persona  es  interrogada  acerca  de  la  situación  fáctica  que se le  atribuye,  las  respuestas  que  brinda, una vez sea  debidamente  informada  de  los  derechos  que  tiene  a guardar silencio y a no  incriminarse,    contribuyen   a   desvirtuar   la  presunción  de inocencia, de acuerdo con la relevancia de su contenido, siempre  y   cuando   sean   absurdas,  evasivas  o  incluso  falaces.   

En  otras  palabras, si aducir una versión  propia  de los hechos le impone al procesado las consecuencias desfavorables que  desmentir  tal  relato  acarrea,  es obvio que el indicio en comento únicamente  opera  cuando  está  demostrado que lo por él dicho es contrario a la realidad  de              los              hechos52.   

4.2. En el fallo  de   segunda   instancia,   el   cuerpo   colegiado  calificó  como  indicios que obraban en contra de la procesada las explicaciones  en  su  criterio  deficientes  que  trajo  a colación acerca de la muerte de su  marido.   La  primera,  atinente  al  “móvil  del  robo”53,   según   la  cual  los  presuntos  homicidas  habrían  querido  hurtar  la  residencia de Carlos Alonso  Torres  Vásquez;  y la segunda, circunscrita a “la  peregrina  versión de que algunas semanas antes la víctima había reprendido a  unos    muchachos    que   le   robaban   y   le   botaban   unos   ‘pandebonos’       a      otro”54.   

El Tribunal, sin embargo, no tuvo en cuenta  que,   en   la   indagatoria   de   fecha   8  de  febrero  de  200155,   ANA  MILENA  PORRAS  APARICIO  precisó  respecto de ambas versiones que no eran otra  cosa  que  los  rumores  que  en  uno u otro momento había escuchado acerca del  homicidio de Carlos Alonso Torres Vásquez:   

“Al   mes  siguiente  de  la  muerte  de  mi  esposo,  estaba  haciendo  remodelar la casa,  haciéndola  pintar,  haciéndole  unos ajustes para irme a vivir nuevamente con  mi  hijo,  y  uno  de  los  trabajadores  llamado Carlos Alberto Salazar me dijo  primero  a  mí  y luego a la esposa de él, cuñada mía de nombre Esther Julia  Torres  Vásquez,  que  a  él  lo  iban a robar, no lo iban a matar. La idea de  ellos  era  empujarlo,  dejar que él abriera la puerta, y llevarse las cosas de  la  casa […] en la noche  del  velorio,  escuché  el  comentario que mi esposo había visto cómo robaban  unos  niños  que venían de Sonso [sic] a  vender  pandebono.  Él vio cuando les quitaban la plata, se le  comieron  el  pandebono  y  que el pandebono que no se comieron lo tiraron a una  acequia    que   pasa   por   allí,   y   que   él   les   dijo   ‘por   qué   hacen   eso,   dejen  tranquilos    a   esos   muchachitos’.  Un vecino le comentó a Nelson Trigueros, que vive enseguida de  mi  casa,  aclaro, el vecino Nelson Trigueros le comentó a mi esposo que fueran  a  la  alcaldía a comentar el caso de que estaban robando muy de seguido por la  cuadra  […] Después don  Nelson  Trigueros  me  comentaba  que  habían  pasado  por la casa de él y que  habían  dicho: ‘hay que  acabar  con  esos  sapos  de la cuadra’”56.   

El ad quem no podía partir del supuesto de  que  la  procesada estaba afirmando como ciertos tales acontecimientos, ni mucho  menos  que  esos  comentarios eran invenciones suyas,  pues   la   existencia   de   dichos   rumores  fue  confirmada  por  los testigos Carlos Alberto Salazar  Cobo  (cuñado  de  Carlos  Alonso  Torres Vásquez),  Mary  Luz Ocampo Vásquez, Teresa Santos Cedano (docente y compañera de trabajo  de  la  víctima),  Amparo  Cifuentes Vásquez y Nelson Alonso Trigueros Rengifo  (vecino  del  sector),  así  como  por  Danilo,  María  Isabel, Miguel José y  Bernardo    Porras    Aparicio    (hermanos    de    la   procesada):   

Testimonio de Carlos Alberto Salazar Cobo:  “Por     mi    parte,    nadies    [sic]  me dijo a mí nada, simplemente  hablaban  o  murmuraban  que lo que iban a hacer con Carlos Alonso Torres era lo  anterior,  robarlo,  mas no matarlo. Hasta donde yo sé, el que manifestó eso a  la  familia  Cifuentes,  y a la señora Esther Julia Torres y demás familiares,  fue   el   detenido   y   otros   de  la  pandilla,  como  fue  el  Pulga  y  otros  que  no  recuerdo los  apodos,  como también se rumoró que había podido ser porque él anteriormente  había  visto  robar con la pandilla, en el puente o en la esquina de la casa de  él,    a    un    pandebonero    [sic],  a  uno que vende materas, entonces se llegaba a la conclusión,  ya  que  en  un  momento  dado él manifestó, el finado manifestó a mi señora  Esther  Julia,  que  tenía  miedo  de  que  había  visto que habían robado al  pandebonero   [sic]  que  estaban  robando ahí en la esquina, inclusive Nelson Calero, vecino, manifestó  un  día  que  a  él  lo habían amenazado y que le habían dicho que los sapos  tenían  que  morir,  entonces  Carlos  Alonso quedó más preocupado por dichas  afirmaciones  del  vecino.  Tan  preocupado  que  antes  de él morir, cuando le  cogía    la    tarde,    se    iba    a    dormir    a    mi   casa”57.   

Declaración  de Mary Luz Ocampo Vásquez:  “[…]   él  [Carlos  Alonso  Torres  Vásquez]  simplemente me decía que  había  visto  a  un  muchacho  que  le  estaba robando la plata a un pelado que  vendía    pandebonos,    y    que    le   había   dicho   que   pa’  [sic]  qué  le  robaban,  no  más,  no  me  decía  nada  más”58.   

Testimonio   de  Teresa  Santos  Cedano:  “[…]  las  suposiciones  que llegaron al colegio  fue  que  [sic] él había  visto  a  unos  muchachos  robándole  pandebono  a un niño y él les llamó la  atención,  se  supone  que  fueron  ellos,  o  sea,  los que estaban robando al  niñito,  eso  es  todo  lo que se ha escuchado sobre la muerte de Carlos Alonso  […] Esto me lo comentó  Esther  Julia, hermana de Carlos Alonso, esto me lo comentaron el mismo día del  velorio  de Carlos Alonso, no sé los nombres del menor, ni de los que lo iban a  hurtar”59.   

Declaración de Amparo Cifuentes Vásquez:  “[…]  una  mañana,  seis  de  la mañana más o  menos,   Carlos   salía   de  la  casa  de  él  cuando  vio  que  [L.   A.   M.   G.]   y  Careplato  le quitaban a un niño unos  pandebonos  que por regular en el pueblo se venden en las calles, y él les dijo  que  no  le  quitaran  la  plata a ese niño, que por qué no iban a trabajar, y  ellos  lo  amenazaron diciéndole que se las iba a pagar; esto lo digo porque el  mismo  Carlos,  ocho  días antes de su muerte, estuvo en la finca y conversamos  el     asunto”60.   

Testimonio  de  Nelson  Alonso  Trigueros  Rengifo:  “Eso  sí  me  alcanzó  a  comentar una  mañana,  por ahí un mes antes de la muerte, pero no me dijo con quién, que un  tipo  había  asaltado  un  muchacho  que estaba vendiendo pandebono”61.   

Declaración  de  Danilo  Porras Aparicio:  “Me  enteré  al tiempo de que posiblemente había  podido  ser  por problemas con unos jóvenes que en cierta ocasión iban a robar  a  unos muchachos que vendían pandeyuca y mi cuñado los vio, eso era lo que la  gente   murmuraba”62.   

Testimonio   de   María  Isabel  Porras  Aparicio:  “[…]  el comentario que siempre se ha  escuchado:  que  fue  por  unos  pandebonos,  porque  Carlos Alonso vio robar al  pandebonero,  mi  cuñado presenció el robo de esos pandebonos, siempre se dijo  eso,    que    fue    porque   había   presenciado   lo   del   robo   de   los  pandebonos”63.   

Declaración   de  Miguel  José  Porras  Aparicio:  “Según  los  comentarios,  él  había  presenciado  el  robo  de  unos  pandebonos  a unos niños que vienen de Sonso a  venderlos  a  Guacarí, Valle, presenció también que los que no se robaron los  tiraron  a  una  chamba, llamándoles la atención a esta gente por qué hacían  esas  acciones,  también  el señor Nelson Trigueros escuchó el comentario por  parte  del  occiso, ya que ellos lo amenazaron con los nombres de sapos y en una  ocasión  pasaron  por la casa del occiso y Nelson Trigueros, profiriendo frases  como  ‘los sapos hay que  matarlos’”64.   

Testimonio  de  Bernardo  Porras Aparicio:  “[…]  oí el comentario de que él había visto a  unos   sujetos   robarle   unos  pandebonos,  y  él  realizó  unos  pandebobos  [sic],   que   ellos  vendían,  y  era  su  profesión    vender    pandebonos,   y   él   vio   cuando   lo   [sic]  estaban robando a los muchachos  de   los  pandebonos,  y  entonces   el   finado   Carlos   Alonso   intervino   verbalmente  […]  y  la  respuesta de los sujetos  fue  ‘usted no se meta,  no  sea  sapo,  esperen  y  verá  lo  que  te  [sic]  puede                pasar’            […],  luego él le comentó a mi hermana ANA MILENA PORRAS  de   lo   sucedido   y   por   eso   yo,  Bernardo  Porras,  me  di  cuenta  del  suceso”65.   

Incluso el a quo, cuando descartó el hecho  indicador  de  la amenaza proferida por la procesada, consideró como ajustado a  la  realidad  de  lo  acontecido  el  incidente  entre la víctima y   “unos  ladronzuelos  de  barrio  que  ciertamente  también  amenazaron con su dicho en  contra  del  profesor”66.   

De ahí que, al estimar como justificaciones  (peregrinas  o  de cualquier otra clase),  unos  simples  comentarios  que acerca de la muerte de su marido  destacó  ANA  MILENA  PORRAS APARICIO en la indagatoria, y que por lo demás no  fueron  desvirtuados  en la actuación como tales, el  Tribunal  tergiversó  el  contenido  material de lo por ella dicho, incurriendo  por consiguiente en un falso juicio de identidad.   

5. De la capacidad para delinquir  

5.1. En el fallo  objeto  del  extraordinario recurso, el Tribunal valoró como un hecho indicador  “supremamente         elocuente”67   y  que  “entra  a  definir el caso afirmando la responsabilidad penal de la  procesada”68  el  que ANA MILENA PORRAS  APARICIO  aceptara  en  audiencia  pública  entregar  la suma de quinientos mil  pesos  a  fin  de  eliminar  a  los  presuntos  asesinos de Carlos Alonso Torres  Vásquez.   

De  acuerdo  con  la  segunda instancia, lo  anterior  revela  “un indicio muy grave”69  (el  de  capacidad  para  delinquir70),  en  la  medida  en  que  si  la procesada pudo “constituirse  en  provocadora  o  autora intelectual de un crimen,  pudo     haberlo     hecho     perfectamente     con     el     otro”71.   

En otras palabras, el ad quem construyó el  indicio  en  mención  a  partir  de  la consideración de que ANA MILENA PORRAS  APARICIO  era  capaz  de  obrar  a  título  de  determinadora  respecto  de los  homicidios de quienes le quitaron la vida a su esposo.   

Sin embargo, la Sala encuentra que, con tal  apreciación,  el  Tribunal omitió valorar un aspecto relevante de lo dicho por  la  procesada  durante el interrogatorio en audiencia pública, pues lo que ella  admitió  en  esa  oportunidad  no  fue  la  propia  participación en un delito  distinto  al de que fue víctima Carlos Alonso Torres Vásquez, sino tan solo el  desistimiento  de  una idea criminal, directamente suscitada por la muerte de su  marido,  al  mismo  tiempo  que  la realización de un acto preparatorio que, en  principio,  no  configura  conducta  punible  alguna.  En palabras de ANA MILENA  PORRAS APARICIO:   

“[…]        después,  en  uno  de los novenarios, cuando se acabó, me llamó  el  mono  Cifuentes, estaba Victoria Torres, hermana de Carlos Alonso, el esposo  de  Victoria  y  Adelfo  Cifuentes, estaba Carlos Salazar y yo, entonces el mono  Cifuentes  me  dijo  ‘ay  [sic] que acabar con toda  esa  pandilla’, la gente  que    mató   a   Carlos   Alonso,   entonces   no   fue   más,   ‘hay  que  ver  qué se hace con esa  gente’,  me  dijo él,  bueno,  eso  se  quedó así, después me dijeron que consiguiera 500 mil pesos,  me  dijo el mono Cifuentes, entonces yo le dijo [sic]  yo  tengo  que  esperar  que me paguen y esperar los  intereses   que  me  da  Amparo  porque  en  este  momento  yo  no  tengo  plata  […], yo los conseguí,  […] entonces yo le dije  ‘no sé, usted me dijo  que  le  consiguiera  500  mil pesos, ahí se los estoy consiguiendo’, entonces yo les dije ‘lo  único  que  yo les pido es que  […]  no quiero que a mi  niño  ni  a mí me vaya a pasar algo, bueno, yo entregué la plata, después el  abogado  mismo  me dijo que necesitaba un adelanto del trabajo que él me estaba  haciendo,   entonces   yo  le  dije  ‘cuánto        es’,  entonces  me  dice  500  mil  pesos,  yo  le  dije ‘no,  Milton,  es  que  yo  no tengo  plata  ahora’, entonces  fue  [sic] donde mi suegra  y   le  comenté  que  Milton  me  había  pedido  500  mil  pesos  […],   yo   le   dije  ‘será que no me pueden devolver los  500    mil   pesos’,  entonces     ella    me    dijo    ‘los   tiene   Sther  [sic]  Julia’  […], entonces Mauricio  fue  donde  yo  trabajaba, le dije yo ‘quihubo        [sic],    ¿su    mamá    siempre    mandó    la    plata’’,  entonces me dijo ‘si,  aquí  los  tengo’,  entonces nos vinimos a Palmira y  me   encontré   con   el   abogado   Milton  y  le  entregué  los  500  y  nos  vinimos”72.   

Acerca   de   la   tentativa   desistida  tradicional,  en  la  que  el  sujeto  agente hace lo  necesario  para  evitar  la  consumación  del  hecho, y la ausencia   de   cualquier  resultado  relevante  es  consecuencia  de  esa  voluntad,  la Sala ha señalado que tal comportamiento no es punible73,  que es  lo  que  ocurre  en  este  caso,  al  contrario  de  lo  que  sucede  cuando hay  desistimiento,  pero  el  resultado  no  se produce por circunstancias ajenas al  agente,  caso  en  el  cual  procede  la  rebaja  prevista  en el inciso 2º del  artículo 27 del Código Penal.   

En  este  orden  de ideas, el Tribunal, al  estimar  que ANA MILENA PORRAS APARICIO pudo constituirse en partícipe de uno o  varios     delitos    de    homicidio,  dejó  de lado que la aludida venganza jamás se llevó a cabo  debido  a  la  voluntad  de  esta  persona,  por cuanto a la postre invirtió el  dinero   para   contratar   los  servicios  de  un  abogado,  y  no  los  de  un  sicario.   

5.2.  Aunado a  lo  anterior,  es  de  destacar que el Tribunal tampoco podía calificar como un  hecho  indicador  grave,  ni  tampoco  elocuente,  ni mucho menos decisivo de la  responsabilidad  de la procesada, el que hubiera entregado la suma de quinientos  mil  pesos  para  acabar  con  la  vida  de los asesinos de Carlos Alonso Torres  Vásquez.   

Por un lado, se ha entendido que el indicio  de  capacidad moral para delinquir es derivado “de  la  vida  anterior y las cualidades personales de las cuales se puede inducir un  hábito  criminoso”74.   

De  ahí  que, cuando el a quo rechazó la  existencia   del   indicio   en  mención  al  considerar  como  “claro  y  comprensible  el  entorno emocional en que [ANA       MILENA       PORRAS       APARICIO]       explicitó   sobre   esa   materia  en  la  audiencia”75,   lo   que   hizo,   al  contrario  del  Tribunal, fue tener en cuenta que el hecho indicador no sólo se  presentó  después  de  la  conducta  punible que juzgaba, sino que además fue  suscitado de manera directa por tal acontecimiento.   

Es  decir, una cosa es querer el asesinato  de    personas    que    ejecutaron   un  hecho  tan inusitado como violento en contra de un allegado o  un  ser  querido,  y  otra  cosa  muy  distinta  es  contratar    a    alguien    para    cometer    el    delito   de   homicidio teniendo como móviles los  de  carácter  pasional  y  económico  aludidos por el Tribunal en la decisión  impugnada.   

Y,  por  otro  lado, es de destacar que no  sólo  los  tratadistas  que admiten como razonable el indicio de capacidad para  delinquir  lo catalogan con un “valor secundario o  supletorio”76,  o  poco importante para  acreditar   la   participación   del   procesado77,  sino  que  además  la  Corte,  en  anteriores  oportunidades,  ha concluido que, al ser “contrario  al  contenido  del  artículo  29  de la Constitución  Política  condenar  a  una  persona con base en lo que es, y no en lo que hizo,  […]  desconoce  el  principio  del hecho fundamentar la responsabilidad o gravedad del injusto en la  existencia  de  antecedentes  penales”78:   

“[…]        atribuir  credibilidad a una imputación hecha por un tercero con  base  en  los  antecedentes  del  procesado,  y  erigir  tal  señalamiento como  fundamento  de  la responsabilidad, es contrario al derecho penal de acto propio  de  Estados  Sociales  y  de  Derecho,  pues  de acuerdo con aquél el juicio de  reproche  acerca  de  un  comportamiento  únicamente  debe tener sustento en la  concreta   conducta  del  sujeto  en  la  ejecución  del  hecho  previsto  como  delictivo,  y  no  en  la  personalidad  o  en los antecedentes del autor, ni en  reflexiones   vinculadas  a  esos  aspectos  para  colegir  eventuales  peligros  esperados      en      el     futuro     del     mismo     individuo”79.   

En este orden de ideas, si es derecho penal  de   autor   deducir  la  participación  o  responsabilidad  a  partir  de  los  antecedentes  penales que obren en contra del procesado, también lo será si la  inferencia  se  construye  a partir de registros, anotaciones, manifestaciones o  cualquier  otro  elemento  de  convicción  que  acerca  de  la personalidad del  individuo figuren en el expediente.   

6. Conclusión  

Dado  que  ninguno  de  los  fundamentos  probatorios  en  que se basó el Tribunal para proferir el fallo condenatorio ha  quedado  en  pie,  y como además la prueba que obra en la actuación no permite  establecer  en  el  grado  de  certeza que ANA MILENA PORRAS APARICIO ordenó la  muerte  de  su  esposo  Carlos Alonso Torres Vásquez, es obvio que la decisión  ajustada  a  derecho  no  fue  la  adoptada  por  la  segunda instancia, sino la  inicialmente    proferida    en    aplicación    del   principio   in  dubio  pro reo por el juez a quo,  quien  en  forma  correcta  señaló  que  siempre era preferible absolver a una  persona  culpable  si con la decisión en sentido contrario asumía el riesgo de  condenar a una inocente.   

En  consecuencia,  la  Sala  casará  la  sentencia  dictada por el Tribunal y, en su lugar, confirmará la emitida por el  Juzgado Tercero Penal del Circuito de Buga.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE           SUPREMA          DE          JUSTICIA,      SALA     DE     CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

1.  CASAR  el  fallo   proferido   por   la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Guadalajara de Buga en razón de los  reproches formulados por el demandante.   

2.   Como  consecuencia  de lo anterior, CONFIRMAR la  sentencia  dictada  por el Juzgado Tercero Penal del Circuito  de  Buga,  mediante la cual absolvió a ANA MILENA PORRAS APARICIO de los hechos  y cargos imputados por la Fiscalía General de la Nación.   

Contra esta providencia, no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase  y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA  SALAMANCA   

JOSÉ      LEONIDAS      BUSTOS  MARTÍNEZ                SIGIFREDO     ESPINOSA     PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO        MARÍA      DEL     ROSARIO     GONZÁLEZ     DE     LEMOS   

                                                                                                      Permiso   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ GUZMÁN            JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS                           JAVIER     ZAPATA  ORTIZ   

           

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  La  Sala  se abstiene de dar los nombres de estos partícipes, de  conformidad  con lo dispuesto en el numeral 8 del artículo 47 de la ley 1098 de  2006, Código de la Infancia y la Adolescencia.   

2 Folio 40 del cuaderno del Tribunal.   

3  Ibídem.   

4 Folio  41 ibídem.   

5  Ibídem.   

6  Ibídem.   

7  Ibídem.   

8  Ibídem.   

9    Folios    59-60    del    cuaderno    I    de   la   actuación  principal.   

10  Folio 59 ibídem.   

11 Folios 62-64 ibídem.   

12  Reverso del folio 62 ibídem.   

13 Folio 41 del cuaderno del Tribunal.   

14 Folios 18-19 ibídem.   

15  Folios 226-229 ibídem.   

16  Reverso del folio 18 ibídem.   

17 Reverso de los folios 226 y 227 ibídem.   

18  Folio 14 ibídem.   

19  Folios 28-29 del cuaderno del Tribunal.   

20  Folios 40-48 ibídem.   

21  Folios 26-54 ibídem.   

22    Folios    33-35    del    cuaderno    I    de   la   actuación  principal.   

23 Folio 34 ibídem.   

24  Folios 195-197 ibídem.   

25  Folios 195-196 ibídem.   

26 Folio 59 ibídem.   

27  Folio 62 ibídem.   

28  Folio 812 del cuaderno II de la actuación principal.   

29 Folio 814 ibídem.   

30  Folio 44 del cuaderno del Tribunal.   

31 Folio 43 ibídem.   

32  Folio 44 ibídem.   

33  Ibídem.   

34  Folio 43 ibídem.   

35  Folio 42 ibídem.   

36  Folio 45 ibídem.   

37  Folios 43-44 ibídem.   

38   Reverso   del   folio  297  del  cuaderno  I  de  la  actuación  principal.   

39  Folio 250 ibídem.   

40  Folio 244 ibídem.   

41  Folio 66 ibídem.   

42  Folios 243-244 ibídem.   

43 Folios 121-122, 127-128   

44  Folio 818 del cuaderno II de la actuación principal   

45  Folio 44 del cuaderno del Tribunal.   

46 Reverso del folio 273 ibídem.   

47 Folios 352-353 ibídem.   

48  Folio 365 ibídem.   

49  Folio 126 ibídem.   

50  Folio 84 del cuaderno II de la actuación principal.   

51   Cf.,   entre  otras,  sentencias  de  21  de  febrero  de  2008,  radicación 21844,   

52  Sentencia de 4 de marzo de 2009, radicación 24797.   

53 Folio 45 del cuaderno del Tribunal.   

54  Ibídem.   

55  Folios 116-125 del cuaderno I de la actuación principal.   

56 Folios 118-119 ibídem.   

57 Folio 279 ibídem.   

58  Folio 244 ibídem.   

59  Folios 333-334 ibídem.   

60  Folio 366 ibídem.   

61 Folio 368 ibídem.   

62  Folio 340 ibídem.   

63  Folio 352 ibídem.   

64  Folio 356 ibídem.   

65 Folio 376 ibídem.   

66  Folio 821 del cuaderno II de la actuación principal.   

67  Folio 45 del cuaderno del Tribunal.   

68  Ibídem.   

69 Folio 46 ibídem.   

70  Ibídem.   

71  Folios 46-47 ibídem.   

72   Folios   754-755   y  762  del  cuaderno  II  de  la  actuación  principal.   

73  Cf.,   entre   otras,   sentencia   de   17   de   julio  de  2003,  radicación  18768.   

74  Ellero,  Pietro, De la certidumbre en  los  juicios  criminales  o tratado de la prueba en materia criminal, Reus, Madrid, 1968, p. 69.   

75  Folio 822 del cuaderno I de la actuación principal.   

76  Ellero,  Pietro, Op. cit., p. 69.   

77  Jauchen,  Eduardo  M.,  Tratado  de  la  prueba  en  materia  penal, Rubinzal-Cunzoni, Buenos Aires, 2004,  p. 601.   

78  Sentencia de 15 de julio de 2008, radicación 28859.   

79  Sentencia de 21 de mayo de 2009, radicación 22825.     

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