27083(30-05-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  27083   

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

Aprobado Acta No. 83  

Bogotá, D.C., treinta (30) de mayo de dos mil  siete (2007)   

Dirime  La  Sala  el  conflicto  negativo  de  competencias  suscitado,  por  segunda  vez,  entre  el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de  Monterrey (Casanare) y el Juzgado Penal del Circuito Especializado  de  Yopal.  Despachos  Judiciales que declinan continuar la fase del juicio, por  considerar,  cada  uno,  que varió la competencia, en virtud de la declaratoria  de inexequibilidad del artículo 71 de la Ley 975 de 2005.   

  HECHOS   Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

1.   El  16  de  diciembre  de 2001, miembros del Comando de Policía de Villanueva (Casanare) al  realizar  controles  en  las  carreteras  del  lugar,  capturaron a EDISON  LÓPEZ  ORTIZ,  JOHN  JAIRO  CAPERA VARÓN y EDER REINEL REY  MORALES,  en  el  interior de un vehículo hurtado con  varias  armas  de  fuego, municiones y elementos distintivos de las Autodefensas  del Bloque Oriental.   

El  18 de julio de 2002, la Fiscalía Cuarta  Especializada   de   Yopal  profirió  resolución  de  acusación  contra  LÓPEZ,  CAPERA   y  REY,   por   el  punible  de  concierto  para  delinquir    en   la   modalidad   de   agravado  al  conformar  grupos armados al  margen de la ley.   

El  Juzgado Penal del Circuito Especializado  de  Yopal, inició la etapa del juicio y convocó para audiencia preparatoria en  la que ordenó la práctica de algunos testimonios.   

2. La Sala mediante  proveído  de 22 de noviembre de 2005, siendo Magistrado ponente quien hoy funge  en  la  misma  condición,  determinó  abstenerse  de  resolver  el  conflicto  aparente  de competencia, toda  vez  que  en  estricto  sentido no existía ningún conflicto entre los juzgados  Especializado  y  Promiscuo,  porque  el  último  Despacho  Judicial asumió la  competencia  conforme  a  decisión  del  12  de septiembre de 2005, siendo ello  así,  la  aceptó  y,  por  tanto,  no  dio  lugar  a  trabarla ni a generar la  posibilidad de su debate.     

EL NUEVO CONFLICTO  

1.   EL   Juez  Promiscuo,  en  auto  del  19  de julio de 2006, decide que con fundamento en la  inexequibilidad   del   artículo   71   de   la  ley  975  de  2005,  declarado  inconstitucional  mediante sentencia número C-370 de 2006, ese Despacho perdió  la competencia.    

Argumenta que el conocimiento del punible de  concierto  para  delinquir se  le  atribuyó  en  la  Ley  504  de  1999,  artículo  5,  a  la  justicia penal  especializada;  por ende, tal declaratoria de inexequibilidad pone nuevamente el  conocimiento del asunto en el Juez Especializado.   

2. Por su parte, el  Juez   Especializado   en  auto  del  15  de  noviembre  de  2006,  aceptó   la   colisión  de  competencia  negativa  planteada,  en  virtud  de  la  cual,  indicó  que la declaratoria de  inexequibilidad  no  concede  efectos  retroactivos  según  lo dispuso la Corte  Constitucional en fallo C-379 de Mayo 18 de 2006.   

Por  tanto,  remite  la actuación a la Sala  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia  a  fin de que resuelva el conflicto  suscitado entre las dos jurisdicciones.   

  CONSIDERACIONES  DE  LA  SALA   

1. Es función de la  Sala  de  Casación  Penal  de la Corte Suprema de Justicia, como lo consagra el  Código  de  Procedimiento Penal, en el inciso 2, artículo 18 transitorio, (Ley  600    de    2000),   dirimir   los   conflictos   de  competencia  que  se susciten entre los jueces penales  del circuito de diversa nomenclatura.   

Con  el objeto de presentar una solución al  conflicto  negativo  de  competencia que hoy decide la Sala, es oportuno afirmar  que  con  la  declaratoria  de inexequibilidad del artículo 71 de la Ley 975 de  2005,   la  cual  consolidó  la  Corte  Constitucional  por  vicios  de  forma,  mediante    sentencia  C-370  de  mayo  18  de  2006,  el  injusto  típico  denominado   concierto   para   delinquir  consagrado  en  los  incisos 2° y 3° del artículo 340 de la Ley  599  de  2000,  hoy  ya no trasmuta su sentido dogmático con el de “sedición”.   

El  Código  instrumental  Ley  600 de 2000,  disciplina  en  el  capítulo  VII, artículo 93, lo referente a la colisión      de      competencias1  y, a su turno, el artículo 5  transitorio,  inciso  7,  de  la  Ley  600  de  2000,  le  asignaba  a  los  Jueces  Especializados,  la  competencia  para  conocer del delito de concierto para  delinquir   consagrado  en  el  numeral   2  del  artículo 340 del estatuto sustancial Ley 599 de 2000.   

Así mismo, el artículo 14 de la Ley 733 de  2002,   como   lo   decidió   la   Sala   Penal   de  la  Corte  en  múltiples  decisiones2  modificó  el  numeral  7°  del  artículo 5 transitorio a fin de  incluir  también  en  la  competencia de los Jueces Especializados, entre otros  delitos,  el  de  concierto  para  delinquir básico o  simple,  incrementando  así  la  gama  de  conductas  delictivas de conocimiento de eses funcionarios judiciales.   

Debe   aclararse   que   el  artículo  14  no  implicó  la derogatoria  del  numeral  7  del  artículo  5  transitorio,  sino  simplemente  su adición  normativa,  en  el  sentido que agregó al listado de punibles de competencia de  los  jueces  especializados,  el  punible  de  concierto  para  delinquir,   previsto  en  el  inciso  1°  del  artículo  340,  y ratificó, así mismo, la  competencia  que  ya estaba asignada, para el punible citado, en su modalidad de  agravado.    

Se  regía,  entonces,  la  competencia  del  punible  de  concierto para delinquir en sus modalidades (simple y agravada) por  dos  disposiciones  normativas:  la primera por el numeral 7° del artículo 5°  transitorio  (agravada) y la segunda por el artículo 14 de la Ley 733 (simple o  básica).    

Luego  nace  la  normativa  prevista  en  el  artículo  23 de la Ley 1121 de 2006, que modificó el numeral 7° del artículo  5  transitorio, en el sentido de asignarle la competencia a los juzgados penales  del  circuito  especializados,  en primera instancia, por los punibles de:   

“…   Del  concierto  para  cometer  delitos  de  terrorismo y de  financiación  del  terrorismo  y  administración de  recursos  relacionados  con  actividades  terroristas,  narcotráfico,  secuestro extorsivo, extorsión, o para conformar escuadrones de  la  muerte,  grupo de justicia privada o bandas de sicarios, lavado de activos u  omisión  de  control (artículo 340 del Código Penal), testaferrato (artículo  326  del  Código  Penal);  extorsión  en  cuantía superior a ciento cincuenta  (150)    salarios   mínimos   leales   mensuales”.  (Subrayado fuera de texto)   

Siendo ello así, el único cambio que se le  hizo  a la norma original fue la inclusión del punible de concierto destinado a  la  financiación  del terrorismo y administración de recursos relacionados con  actividades terroristas.   

En  ese  orden  de  ideas,  se  tiene que el  artículo  23  de  la  Ley 1121 de 2006 no significó modificación alguna a las  competencias   establecidas  hasta  la  fecha  de  su  expedición.  Lo  que  se  evidenció  fue  un  acto  de ratificación    en    el    entendido    que    el    delito   de   concierto    para    delinquir   agravado  correspondía  a  los  jueces  especializados  y, que también le era propio, el  punible   de   financiación   el   terrorismo  y  administración  de  recursos  relacionados  con  actividades terroristas, que por virtud de lo dispuesto en el  artículo  19  de  la  precitada  ley  adquirió  el carácter de concierto para  delinquir.   

Por  lo  tanto,  la  competencia  para  el  conocimiento  del  concierto  para delinquir básico o  simple  quedó  intacta,  al  no  sufrir modificación  alguna  el  artículo 14 de la Ley 733 de 2002, con fundamento en la expedición  de  la  Ley  1121  de 2006; concluyéndose que en la actualidad sigue siendo del  resorte  de los jueces penales del circuito especializados todas las modalidades  de concierto para delinquir, sea básica o agravada.   

Contra    los   procesado   LÓPEZ   y  CAPERA,  la  Fiscalía  Cuarta  Especializada  de  Yopal,  el  18  de  julio  de  2002, profirió resolución de  acusación  por  el  delito de concierto para delinquir  agravado, en atención a lo consagrado en el artículo  340, inciso 2 del Código Penal.   

Por  las  razones  jurídicas examinadas, la  Sala  concluye  que  el  funcionario  competente  para  conocer  del  delito  de  concierto  para  delinquir,  lo  es  el Juez Penal del Circuito Especializado de  Yopal,  Casanare.    

En consecuencia las diligencias se enviarán  al  Juzgado Penal del Circuito Especializado de Yopal (Casanare). Así mismo, de  esta  decisión  se  informará  al Juzgado Promiscuo del Circuito de Monterrey,  (Casanare).   

Con   fundamento   en   lo   expuesto,  la  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA      DE      CASACIÓN      PENAL,   

R   E   S  U  E  L  V  E   

1.  DIRIMIR  la  colisión legalmente trabada,  asignado  el  conocimiento  del  presente  asunto  al Juzgado Penal del Circuito  Especializado  de  Yopal (Casanare), despacho a donde se remitirá el expediente  para lo de su cargo, conforme a las razones expuestas.   

2.  COMUNICAR  por  Secretaría de la Sala, lo  aquí    decidido    al    Juzgado   Promiscuo   del   Circuito   de   Monterrey  (Casanare).   

Contra  esta  decisión  no procede ningún recurso.   

Comuníquese    y  cúmplase.   

ALFREDO    GÓMEZ  QUINTERO   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                              ALVARO    O.    PÉREZ  PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                  JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANES   

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                                              JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

Aclaración de voto  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA                                                           JAVIER    ZAPATA  ORTÍZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

ACLARACIÓN DE VOTO  

En  consideración a que se sigue afirmando  la  aplicación  por  favorabilidad  del  artículo  71  de  la Ley 975 de 2005,  precepto  normativo  declarado  inexequible en la sentencia C-370 del 18 de mayo  de   2006,   respetuosamente   aclaro   mi   voto   conforme   a   la  siguiente  secuencia:   

–  PARTE PRIMERA:  La  excepción  de  inconstitucionalidad. Y,   

–  PARTE SEGUNDA:  La  excepción  de  inconstitucionalidad  del art. 71  L.975/05.   

PARTE PRIMERA:  

El artículo 4 de la Constitución Política  consagra    así   la   denominada   excepción   de  inconstitucionalidad:   

“La  Constitución  es  norma de normas.  En todo caso de incompatibilidad entre  la   Constitución   y  la  ley  u  otra  norma  jurídica,  se  aplicarán  las  disposiciones constitucionales”.   

Esta  es  una  manifestación  del  control  difuso  de  constitucionalidad  en virtud de la cual cualquier persona avocada a  la  aplicación  de  una  norma  legal o administrativa, se encuentra legitimada  para  dejar  de  aplicarla y para, en su lugar, aplicar preferentemente la Carta  Política, si encuentra que contraría la preceptiva superior.   

En  estricto  sentido  se  trata  de  una  manifestación  del  derecho  fundamental  que  le  asiste  a  todo ciudadano de  participar  en  la conformación, ejercicio y control del poder político.   Ello  es  así porque cuando se aplica la excepción de inconstitucionalidad, el  ciudadano  está  haciendo  efectivo  un  resorte  estatal  que le habilita para  controlar  un  acto que es fruto del ejercicio del poder legislativo o del poder  administrativo.   De  esta  forma, cuando se aplica esa excepción, no solo  se   está  haciendo  efectivo  el  principio  fundamental  relacionado  con  la  prevalencia  de  la  Carta  Política  sino que, además, se está ejerciendo un  derecho fundamental.   

Esta  índole bifrontal de la excepción de  inconstitucionalidad   evidencia  que  se  trata  de  una  institución  que  se  encuentra  anclada  en los pilares básicos de una democracia constitucional: El  valor  normativo  de la Carta Política, es decir, su índole de verdadera Norma  Fundamental,  por  una  parte,  y, por otra, los derechos fundamentales en tanto  ámbitos autónomos de la dignidad del hombre.   

En  este contexto, cuando un juez aplica la  excepción  de  inconstitucionalidad,  ratifica  la  vigencia  de  ese  conjunto  mínimo  de principios que se han positivizado con la finalidad de hacer posible  la  vida  civilizada  en  el contexto del que él hace parte y, al mismo tiempo,  reafirma  el  efecto vinculante de la ley o de los actos administrativos, según  el  caso,  pero  no de manera absoluta sino condicionándolo a su compatibilidad  con  esos  principios.  Por  otra parte, el juez, aparte de emprender un acto en  defensa  de la Constitución, obra también en tanto ciudadano pues en ejercicio  de  esta  calidad  ejerce  un derecho fundamental: controla el fruto del proceso  legislativo  o  la  manifestación de la voluntad de la administración en tanto  expresiones de poder político.   

Ahora:  bien se sabe que, dada la dinámica  del  control constitucional, el juez está sometido a la decisión que sobre ese  punto  específico  tome  el  Tribunal  Constitucional como órgano encargado de  guardar  la  integridad  y  supremacía de la Carta. En este sentido, la postura  asumida  por  el juez que aplica la excepción de inconstitucionalidad no es, ni  mucho  menos,  definitiva.  Ella está supeditada al acto de poder en virtud del  cual  el  Juez  Constitucional  decida expulsar esa norma legal o administrativa  del   ordenamiento  jurídico  o  mantenerla  en  él.   No  obstante,  las  consecuencias  son diferentes según se trate de una disposición que armonice o  desarmonice con la Carta Política.   

En   ese   sentido,   si   el   Tribunal  Constitucional  encuentra  que se trata de una norma jurídica que no contraría  el  Texto Superior, el juez queda sometido por ella y, ante el efecto vinculante  de  la  cosa juzgada constitucional, hacia futuro no podrá negarse a aplicarla.  La  razón  es  obvia: si bien en un Estado de Justicia el valor de la ley no es  absoluto,  el  juez,  de  todas  maneras,  está  obligado  a  cumplirla por una  imposición  del  principio  democrático  pues  la  ley  es la expresión de la  voluntad   popular  y,  en  tal  virtud,  está  amparada  por  una  legitimidad  democrática  que  no  es  ajena  a  la  jurisdicción.  Ésta,  solo  en  casos  excepcionales,  puede  dejar  de  aplicar  una  disposición legal y uno de esos  casos  es precisamente el habilitado por el artículo 4º de la Carta Política.  No  obstante,  cuando  el  Tribunal  Constitucional, a instancias de una acción  pública   de   constitucionalidad    -que  dicho  sea  de  paso,  también  constituye  una  manifestación  del  derecho  fundamental  a  participar  en la  conformación,   ejercicio  y  control  del  poder  político-  ha  dictado  una  sentencia  con  valor de cosa juzgada afirmando la legitimidad constitucional de  una    disposición    legal,   no   existen   argumentos   para   invocar   tal  excepción.   Una postura judicial en contrario resultaría ilegítima pues  no  solo  equivaldría  a  un  infundado  acto  de rebeldía contra la ley, sino  también  un  desconocimiento de la cosa juzgada constitucional, de la autoridad  del    Tribunal   constitucional   y,   en   últimas,   de   la   Constitución  misma.   

La  situación  es  distinta cuando el Juez  Constitucional  encuentra  que  la  norma  legal no aplicada por el juez resulta  contraria  a la Carta Política como sistema normativo.  En este caso queda  convalidada  la actitud asumida por el juez que se opuso a la aplicación de esa  norma  jurídica  y,  hacia  futuro,  ni  él,  ni  ningún  otro  juez  podrán  aplicarla.   Es  decir,  el  acto de rebeldía del juez contra la ley queda  justificado   por   tratarse   de   un  supuesto  legítimo  de  defensa  de  la  Constitución   y   de   un   ejercicio   también   legítimo   de  un  derecho  fundamental.   En  este  evento,  la  decisión  del  juez y la postura del  Tribunal  Constitucional  se  integran  como  un  acto unitario de defensa de la  Carta Política.   

Ahora, si esto es así, no puede pretenderse  la  aplicación  de  la norma declarada inexequible por razones de favorabilidad  pues  ello  sería  tanto como admitir que la Constitución es contradictoria ya  que  le  permitiría  al  juez  no  aplicar  una  norma  y,  al mismo tiempo, lo  compelería  a  aplicarla.   En  efecto:  en  tanto  que  por  vía  de  la  excepción  de  inconstitucionalidad  la  Carta  le  impone  al juez el deber de  inaplicar  una norma legal que la contraríe y que por vía del control concreto  de   constitucionalidad   le  impone  al  Tribunal  el  deber  de  expulsar  del  ordenamiento  las  normas  que  la vulneran, por vía de la supuesta aplicación  del  principio  de  favorabilidad  le  estaría  imponiendo  al juez el deber de  aplicar esa misma norma.   

Esta  conclusión  se opone a una regla del  moderno  constitucionalismo:  las  Cartas  Políticas son unidades armónicas de  principios   y   entre   estos   no  existen  contradicciones.   Cuando  se  advierte   una  aparente contradicción con ocasión de la aplicación o no  de   una   norma   legal,  surge  un  reto  para  el  intérprete:  inferir  una  interpretación   constitucionalmente   adecuada   que   mantenga   vigente   la  supremacía de la Carta.   

En  el  caso  planteado, la interpretación  constitucionalmente  adecuada  consiste  en  no  aplicar  la norma expulsada del  ordenamiento  jurídico  pues  solo  ello  es  compatible  con  el  deber que el  artículo  4  superior le impone al juez, con su titularidad sobre el derecho de  controlar  lo  actos  de  la legislación o la administración y con el valor de  cosa juzgada de las decisiones del Tribunal Constitucional.   

Luego,  en  irreductible  consecuencia,  no  puede  pretenderse  la aplicación de la norma declarada inexequible por razones  de  favorabilidad  pues  ello sería tanto como admitir que la Constitución, en  torno  a  ese  punto específico, es ambivalente y que le impone al juez deberes  contradictorios:   no   aplicar   una   norma   legal   y,   al   mismo  tiempo,  aplicarla.    

Siendo  así  las  cosas,  resulta  obvio  comprender  que  la  no  aplicación  hacia  futuro  de  una  disposición legal  expulsada  del  ordenamiento  jurídico es una manifestación de la vigencia del  Texto  Superior  y  del  efecto vinculante de éste sobre todos los ámbitos del  poder público.   

PARTE SEGUNDA:  

I  

Lo  dicho  hasta  ahora  es  perfectamente  aplicable  a  la situación que se presenta con el artículo 71 de la Ley 975 de  2005,  también  declarado  inexequible  al encontrar el Tribunal Constitucional  vicios  de procedimiento en su formación.  Se  recordó  en  la sentencia C-370/06 que «en las democracias  resulta       importante       no       sólo       establecer      quién   hace  la  ley,  sino  también  cómo  la  hace».  Y  se  concluyó que en   

el trámite impartido a los artículos 70 y  71  de  la Ley 975/05 se desconoció el principio de consecutividad, ya que como  resultado  de  la indebida tramitación de la apelación presentada en el Senado  ante   la   decisión   de   negarlos   adoptada  por  las  Comisiones  Primeras  Constitucionales   Permanentes,   finalmente   fueron   remitidos  a  Comisiones  Constitucionales  que  no  eran  competentes;  y  una  vez  aprobados por éstas  últimas  sin  tener  competencia  para  hacerlo,  fueron introducidos de manera  irregular  en  el  segundo  debate ante la plenaria del Senado, como si hubiesen  sido   aprobados   por   las   Comisiones   Constitucionales   facultadas   para  ello.   

Si bien en la misma sentencia de control de  constitucionalidad  se  dijo  que  a  las  decisiones tomadas se les aplican las  reglas   generales  sobre  efecto  inmediato  de  las  decisiones  de  la  Corte  Constitucional,   y   se  advirtió  que  la  providencia  carecía  de  efectos  retroactivos,  perentorio resulta señalar que con ello no se está pretendiendo  establecer  que  la norma pudo tener vigencia durante el lapso comprendido entre  su sanción y la declaratoria de inexequibilidad.   

Tomando  como  punto  de partida que, como  dice  Rubio  Llorente,  «en  cualquier proceso, en cualquier litigio, el primer  juicio  que  el  juez  ha  de  hacer  es  el juicio a la ley misma»3,  y apoyados  en  la interpretación sistemática de la Constitución, la Ley 975 de 2005 y la  sentencia  C-370/06,  nos permitimos afirmar que definitivamente el artículo 71  nunca  estuvo  en  vigencia  y  en  consecuencia  no  es  posible  pretender  su  aplicación so pena de atentar contra el principio de legalidad.   

Básicamente son  dos   las  razones  que  me  llevan  a  entender  que  la  norma en cuestión no ha tendido existencia y por  lo  tanto  carece de toda validez y consecuencialmente  no  puede  ser  aplicada  por mandato del principio de favorabilidad. La primera  razón   estriba   en  que  su  expedición  se  hizo  violentando      las      reglas      que      regulan      las     formas     como    se    hacen    las  leyes; y la segunda, porque  sustancialmente     dicha     norma     se    enfrenta    a    los    postulados  constitucionales. Veamos:   

II  

El  artículo  71 de la Ley 975 de 2005 es  inexistente  porque  en su trámite legislativo se incurrió en graves defectos.  Lo  ostensible  de tales defectos llevó a que dicha norma no superara el examen  de constitucionalidad que realizó el Tribunal competente.   

1).  Al  quedar  establecido  que  la  norma no cumplió el trámite legislativo se debe concluir  que la misma nunca nació al mundo jurídico.   

2).  Cuando una  norma  no  germina  en  legal  forma  al  mundo  jurídico la misma no alcanza a  producir efectos en dicho plano.   

3).  La carencia  de  validez  de  una  norma,  por  violación  del  proceso  establecido para su  producción,  implica  que  ella no puede afectar las situaciones que pretendía  regular.   

4).  Reconocer  efectos  a  una  ley  expedida  con  vulgar  desconocimiento  de las previsiones  legales  y  constitucionales  que  regulan  el  proceso  legislativo,  significa  autorizar nuevas violaciones a la legalidad.   

5). La legalidad  no  solamente es una regla del Estado de Derecho sino que en el Estado social de  Derecho se erige en derecho fundamental.   

6).    La  jurisprudencia  ha  reiterado  que  la  favorabilidad sólo opera en tránsito o  coexistencia  de  leyes, que en tratándose del régimen temporal del mencionado  artículo  71,  no  ha  ocurrido  nunca  por  cuanto la citada disposición debe  reputarse como inexistente.   

III  

El  artículo  71  de  la  Ley 975 de 2005  materialmente  es  una  norma  contraria  a  la  Constitución  Política porque  asimila  indebidamente los delitos comunes  con  los delitos políticos.  Tal presupuesto desconoce no sólo los fundamentos que guían la  actuación  de  ambas clases de delincuentes sino los postulados de la Carta que  permiten un trato diferente entre unos y otros.   

1).    Las  sociedades  democráticas  se  caracterizan  por  la  búsqueda  permanente  del  consenso  social, el cual viene de la mano de postulados tales como la igualdad,  la  justicia  y  la libertad, entre otros, cuya materialización compete a todos  los   poderes   públicos.  Una  sociedad  excluyente  con  graves  deficits  en  el  funcionamiento  de  la  democracia,  en  la  que  no  se  respeta  la  dignidad  humana  ni los derechos  fundamentales,  frecuentemente cuenta con la presencia de graves conflictos, que  en algunos casos llegan hasta niveles de confrontación violenta.   

2). La violencia,  fenómeno  social  que  aparentemente  está  ligado  a  la  existencia  de toda  sociedad,  tiene que ser considerada como delito cuando afecta bienes jurídicos  dignos,   necesitados   y  merecedores  de  protección  penal.  Dependiendo  de  diferentes  factores  en  la  doctrina  se  puede observar una amplia taxonomía  sobre  las  clases  de  delitos,  siendo  una  de  ellas  la  que  establece los  comunes  y  políticos.   

3).   En  la  tradición    jurídica    se   distingue   con   acierto   entre   delitos   políticos   y   delitos  comunes, sin que hasta la fecha  aparezca  razón  alguna,  fundamentada en los criterios propios de las ciencias  sociales  (la  dogmática  jurídico  penal),  que  cuestione  la validez de tal  distinción.   

4).    La  Constitución   de   1991,   siguiendo   la   usanza   de   las   constituciones  decimonónicas,     expresamente     hace     referencia     al     delito  político  como una variedad que  amerita especial atención.   

5).    La  jurisprudencia    del    Tribunal   Constitucional4  es reiterativa al considerar  que    

         

La  Constitución  distingue  los  delitos  políticos  de  los  delitos  comunes  para efectos de acordar a los primeros un  tratamiento  más  benévolo con lo cual mantiene una tradición democrática de  estirpe  humanitaria… El Estado no puede caer en el funesto error de confundir  la  delincuencia  común  con  la política. El fin que persigue la delincuencia  común  organizada,  particularmente  a través de la violencia narcoterrorista,  es  el  de  colocar  en  situación de indefensión a la sociedad civil, bajo la  amenaza  de padecer males irreparables, si se opone a sus proditorios designios.  La  acción  delictiva  de  la criminalidad común no se dirige contra el Estado  como  tal, ni contra el sistema político vigente, buscando sustituirlo por otro  distinto,  ni  persigue  finalidades  altruistas,  sino que se dirige contra los  asociados,   que  se  constituyen  así  en  víctimas  indiscriminadas  de  esa  delincuencia.  Los hechos atroces en que incurre el narcoterrorismo, como son la  colocación  de carrobombas en centros urbanos, las masacres, los secuestros, el  sistemático  asesinato  de  agentes  del orden, de jueces, de profesionales, de  funcionarios  gubernamentales,  de  ciudadanos  corrientes  y  hasta  de  niños  indefensos,  constituyen delito de lesa humanidad, que jamás podrán encubrirse  con el ropaje de delitos políticos.   

Admitir tamaño exabrupto es ir contra toda  realidad  y  contra  toda  justicia.  La Constitución es clara en distinguir el  delito  político  del  delito  común.  Por  ello  prescribe para el primero un  tratamiento  diferente,  y  lo  hace objeto de beneficios como la amnistía o el  indulto,  los  cuales  sólo pueden ser concedidos, por votación calificada por  el  Congreso  Nacional,  y por graves motivos de conveniencia pública (art. 50,  num.  17),  o  por  el  Gobierno, por autorización del Congreso (art. 201, num.  2o.).  Los  delitos  comunes  en  cambio,  en  ningún caso pueden ser objeto de  amnistía  o  de  indulto.   El  perdón  de la pena, así sea parcial, por  parte  de  autoridades  distintas  al  Congreso o al Gobierno, autorizado por la  ley, implica un indulto disfrazado.   

En     otra    decisión5  se dejó en  claro que   

El delito político es diferente al delito  común  y recibe en consecuencia un trato distinto. Pero, a su vez, los delitos,  aún  políticos,  cuando son atroces, pierden la posibilidad de beneficiarse de  la amnistía o indulto.   

Posteriormente6,    en    cuanto    a   las  consecuencias accesorias, se dijo que   

El delito político, que difiere claramente  del  hecho  punible  común,  no  inhibe  para el futuro desempeño de funciones  públicas,  ya  que  puede  ser  objeto  de  perdón y olvido, según las reglas  constitucionales  aplicables  para instituciones como la amnistía. Los procesos  de  diálogo  con  grupos  alzados  en  armas  y  los  programas de reinserción  carecerían  de  sentido  y  estarían  llamados  al  fracaso si no existiera la  posibilidad  institucional de una reincorporación integral a la vida civil, con  todas  las  prerrogativas  de  acceso al ejercicio y control del poder político  para  quienes,  dejando  la  actividad  subversiva,  acogen  los  procedimientos  democráticos   con   miras   a   la   canalización   de   sus   inquietudes  e  ideales.   

El  rebelde responsable de un delito político es   

un  combatiente que hace parte de un grupo  que  se  ha alzado en armas por razones políticas, de tal manera que, así como  el  derecho  internacional  confiere  inmunidad  a  los  actos  de guerra de los  soldados  en  las  confrontaciones  interestatales,  a nivel interno, los hechos  punibles  cometidos  en  combate  por los rebeldes no son sancionados como tales  sino  que  se  subsumen en el delito de rebelión. Y es obvio que así sea, pues  es  la  única  forma  de conferir un  tratamiento punitivo benévolo a los  alzados             en             armas7.   

Cuando  fueron  declaradas  inexequibles  algunas  disposiciones  del  Código  Penal  de 19808,   se   precisó   que   independientemente   de   tal   decisión  el  delito  político  subsiste  porque los responsables de tales  conductas  pueden excepcionalmente recibir un tratamiento favorable, pues existe   

la  posibilidad  de que el Congreso, en la  forma  prevista  en  el  numeral  17  del artículo 150 de la Constitución, por  graves  motivos  de  conveniencia  pública,  conceda  la amnistía y el indulto  generales    por    esos    delitos    políticos9.  Al Congreso corresponderá,  en   esa  ley  extraordinaria,  determinar  los  delitos  comunes  cometidos  en  conexión  con  los  estrictamente políticos y que, por lo mismo, pueden quedar  cobijados  por la amnistía y el indulto. Y cuáles, por su ferocidad, barbarie,  por ser delitos de lesa humanidad, no pueden serlo.   

          6).  La  Sala  de  Casación Penal de la  Corte  Suprema de Justicia ha consignado que el delito  político tiene ocurrencia cuando se atenta contra el  régimen  constitucional  y legal vigente en busca de un nuevo orden, resultando  un  imposible  jurídico predicar de tales conductas su adecuación al delito de  concierto       para       delinquir.   

Siempre que la agrupación alzada en armas  contra  el régimen constitucional tenga como objetivo instaurar un nuevo orden,  sus  integrantes  serán  delincuentes  políticos  en  la  medida  en  que  las  conductas  que  realicen  tengan  relación con su pertenencia al grupo, sin que  sea  admisible  que  respecto  de  una especie de ellas, por estar aparentemente  distantes  de  los  fines  altruistas que se persiguen, se predique el concierto  para  delinquir, y con relación a las otras, que se cumplen dentro del cometido  propuesto, se afirme la existencia del delito político.   

Dicho  en otros términos, si los miembros  de  un  grupo subversivo realizan acciones contra algún sector de la población  en   desarrollo   de   directrices   erróneas,  censurables  o  distorsionadas,  impartidas  por  sus  líderes,  los  actos  atroces  que  realicen  no  podrán  desdibujar  el  delito  de rebelión, sino que habrán de concurrir con éste en  la  medida  en  que  tipifiquen ilícitos que, entonces, serán catalogados como  delitos                    comunes10.   

7).  Los delitos  cometidos  por  personas  vinculadas  a grupos paramilitares, como es el caso de  los  miembros  de  los  grupos  de autodefensas que en virtud de acuerdos con el  Gobierno  Nacional  se  han  desmovilizado,  bajo  ningún  pretexto  pueden ser  considerados   como   autores   del  punible  de  sedición,  por  cuanto  tales  comportamientos    no   pueden   ser   asimilados   al   concepto   delito político.   

8). Dado que los  hechos  delictivos  cometidos  por  cuenta  o  en nombre de los paramilitares no  fueron   ejecutados   con   el   propósito   de   atentar  contra  el  régimen  constitucional  y  legal vigente sino en defensa del mismo, con denunciado apoyo  de   importantes   sectores  institucionales  y  procurando  obtener  beneficios  particulares,   pretender   que   una   norma   identifique   como  delito  político  conductas  claramente  identificadas   como   delitos   comunes  resulta  contrario  a  la  Constitución  vigente,  desconoce  la  jurisprudencia  nacional  y  contradice  la  totalidad  de  doctrina  nacional y  extranjera.   

9).  De lo dicho  se  sigue  que  quienes  hayan estado vinculados a los grupos paramilitares o de  autodefensas,  cualquiera  sea  el grado de participación en la organización y  en  los delitos cometidos por cuenta de la misma, no pueden ser beneficiarios de  amnistía,  indulto,  su  extradición  está permitida y, por regla general, no  podrán  acceder  al  servicio  público  y  si llegasen a ser elegidos a alguna  corporación  pública  se  encontrarán en causal de pérdida de la investidura  por  subsistir  la  inhabilidad  derivada  del antecedente penal que surge de la  comisión de un delito que apareja pena de prisión.   

10).  Reconocer  que  el  artículo 71 de la Ley 975 de 2005 estuvo en vigencia significa aceptar  una  especie  de  elusión  constitucional y legislativa, pues los promotores de  tal  iniciativa  la mimetizaron conociendo que se hacía un esguince al trámite  legal  y  se aspiraba a conseguir una vigencia transitoria de la norma, pues los  defectos  formales y el choque frontal contra disposiciones superiores avizoraba  su inexequibilidad.   

11).  Es  bien  sabido   que   toda   ley   debe   también   guardar  afinidad   sustancial  con  el  acervo  de  valores,  principios,  derechos  y  deberes que consagra la Carta Política, la cual junto  con  el  Código Penal, la Jurisprudencia y la Doctrina nacionales y comparadas,  diferencian   al   delincuente  político  del  común11,  de  donde  se  desprende  que  al darles la Ley 975 de 2005 tratamiento punitivo  similar,  ataca  valores  superiores  como  la  justicia,  el  orden  justo,  la  seguridad  ciudadana  y jurídica, los fines de la pena, la resocialización del  delincuente  y  la  igualdad (por equipar a los que natural y jurídicamente son  completamente distintos).   

IV  

A  través de la jurisprudencia los jueces  deben  cumplir  una  de sus tareas esenciales cual es la de tutelar los derechos  fundamentales   inclusive   ante   el   legislador12, pues la práctica judicial  está  ligada  al  derecho y a la ley, siendo soporte de su racionalidad aplicar  justicia  de  cara  a  un  derecho vigente legítimo13.   

En  síntesis:  atendiendo  los  mandatos  imperativos  que  se  irradian  desde el principio de legalidad interpretado sin  desconocimiento  del  apotegma de la proporcionalidad, es un error la democracia  permitir   que   fines  ilegítimos  puedan  cobrar  fuerza  a  través  de  una  jurisprudencia     equivocada,     pues     la     norma     del    concierto  para  delinquir es la adecuada  para  responder a las amenazas y lesiones que en contra de los bienes jurídicos  se  diseminan desde las estructuras de poder constituidas por las organizaciones  paramilitares.   

Finalmente  dígase  que  si  el  tribunal  constitucional  declaró  la  inexequibilidad  del artículo 71 de la Ley 975 de  2005  por  vicios  de  forma,  nada  impide  que  el  juez  ordinario aplique la  excepción  de  inconstitucionalidad  por  vicios de fondo a hechos anteriores a  aquella declaración.   

Concluyo,  entonces, que refrendado por el  tribunal  competente  el vicio de constitucionalidad advertido desde un comienzo  por   esta   Sala  de  Casación,  no  resulta  coherente  variar  ese  criterio  pretextando  favorabilidad porque: 1) esa norma esta Corte la inaplicó antes de  ser   declarada   inexequible;  y,  2)  no  hay  tránsito  ni  coexistencia  de  legislación  para  que se pueda invocar favorabilidad, de manera que el mensaje  coruzcante  que  se debe enviar a los jueces y a la sociedad consiste en aplicar  el  derecho  vigente  legítimo,  porque para que una norma exista tiene que ser  válida pues   

“la invalidez de las normas determina su  no  pertenencia  a  los  distintos  sistemas  jurídicos  que conforman el orden  jurídico,  la  consecuencia es, entonces, que los actos normativos y las normas  declarados  inválidos no han existido nunca, a pesar de que, efectivamente, han  sido                   aplicados”14.   

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado  

Fecha     ut     supra.   

    

1  “…  cuando  dos o más  funcionarios   judiciales  consideren  que  a  cada  uno  de  ellos  corresponde  adelantar  la  actuación,  o cuando se niegan a conocerla por estimar que no es  de  competencia  de  ninguno  de  ellos.  También procede cuando tratándose de  delitos   conexos,   se   adelanten  varias  actuaciones  procesales  de  manera  simultánea”.   

2  Radicados:  19245, 19260 y 19278, mediante autos del 21 de marzo, 2 y 9 de abril  de 2002, en su orden.   

3  Francisco  Rubio Llorente, «Juez y ley desde el punto de vista del principio de  igualdad»,  en  La forma del poder (Estudios sobre la  Constitución),    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993, p. 680.   

4  Sentencia   C-171/93.   Opinión   reiterada  en  la  sentencia C-069/94   

5  Sentencia C-127/93.   

6  Sentencia C-194/05.   

7  Sentencia C-456/97.   

8  Sentencia C-456/97.   

9  Se  había  especificado en la sentencia C-225/95: Es pues  una  opción  política  perfectamente compatible con la Carta, puesto que ésta  establece  que  el  Legislador podrá en todo momento “conceder, por mayoría de  dos  tercios  de  los  miembros  de  una  y otra Cámara y por graves motivos de  conveniencia  pública,  amnistías o indultos generales por delitos políticos”  (CP  art. 150-17).  Además, la posibilidad de que se concedan amnistías o  indultos  generales  para  los  delitos políticos y por motivos de conveniencia  pública  es  una  tradición  consolidada  del  constitucionalismo  colombiano,  puesto  que  ella  se  encuentra en todas nuestras constituciones de la historia  republicana,   desde   la  Carta  de  1821  hasta  la  actual  Carta.   

10  Colisión   de   competencias   de   26   de   noviembre  de  2003,  radicación  21639.   

11  Corte   Suprema   de   Justicia,   Sala   de   Casación   Penal,   Auto Col. 21639.   

12  Francisco  Rubio  Llorente,  «La  constitución  como  fuente  de derecho», en  La    forma    del   poder   (Estudios   sobre   la  Constitución),    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993, p. 97.   

13  Jürgen  Habermas,  Facticidad  y derecho, Madrid, Editorial Trotta, 2001, p. 311.   

14  Eliseu  Frígols I Brines, Fundamentos de la sucesión  de  leyes  en el derecho penal español, Barcelona, J.  M. Bosch editor, 2004, p. 556.     

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