24328(06-04-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 24328  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 030  

Bogotá D. C., seis (6) de abril de dos mil  seis (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda   de   casación   presentada   por  el  defensor  de  JOHN ALEXANDER ROBAYO DAZA.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“En  denuncia  presentada  ante  la Unidad Especializada de Policía Judicial del D.A.S. por el  señor  HERNAN  OSORIO GALLEGO, refiere que el 16 de junio de 1998, al consultar  el  saldo  de la cuenta de ahorros N 0090-00026335-1, abierta en la Corporación  DAVIVIENDA  a  nombre  de  la  Iglesia  Nazareno  Vegas de Santana, de la que es  responsable  legal  el  denunciante,  fue  informado  que  sólo contaba con dos  millones  de  pesos  ($2.000.000,oo) y que a través de una tarjeta ‘clonada’   se   habían   realizado   varias  transferencias    de   su   cuenta   a   las   de   otras   personas.   

“Realizada  la  correspondiente  investigación  por  la  autoría de sistemas de DAVIVIENDA, se  estableció   que   de   la   cuenta   de  la  Iglesia  Nazareno  se  realizaron  transferencias  a  la  cuenta  N°  009800075757, cuyo titular es JORGE HUMBERTO  TRIANA,  por un total de un millón quinientos veinte mil pesos ($1.520.000,oo),  a  la  cuenta  N°  0023-0004088-4,  a  nombre de JOHN  ALEXANDER  ROBAYO  DAZA,  por  un  millón quince mil  pesos  ($1.015.000,oo),  y  a  la  cuenta N° 0070-7018707-0, a nombre de WILSON  EDUARDO  ROBAYO DAZA, hermano del anterior, por un millón quinientos quince mil  pesos ($1.515.000,oo)”.   

2. El Juzgado Treinta Penal del Circuito de  Bogotá,  mediante  sentencia del 16 de abril de 2004, condenó a los procesados  Jorge  Humberto  Triana  Gómez, John Alexander Robayo  Daza y Wilson Eduardo Robayo Daza a la pena principal  de  30  meses  de  prisión  y  a  la  accesoria  de interdicción de derechos y  funciones  públicas por el mismo lapso de la pena principal, como coautores del  delito  de  hurto  agravado  imputado  en  la resolución de acusación, la cual  quedó  ejecutoriada  el  12  de junio de 2001, concediéndoseles la suspensión  condicional de la ejecución de la pena.   

Así  mismo,  los citados sindicados fueron  absueltos  del  delito  de  falsedad  en  documento  privado por el que también  habían sido acusados.   

3.   Apelado  el fallo por el defensor  del  procesado  John Alexander Robayo Daza,  quien consideró que el diligenciamiento no cuenta con la prueba  necesaria  que  demuestre la existencia del delito de hurto y la responsabilidad  de  su  procurado, el Tribunal Superior de Bogotá, el 18 de febrero de 2005, lo  confirmó  integralmente,  decisión  contra  la  cual el citado profesional del  derecho interpuso el recurso extraordinario de casación.   

  LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El   defensor  del  procesado  John  Alexander  Robayo Daza, al amparo  de  la  causal  tercera  de  casación,  dice  que presenta dos cargos contra la  sentencia  del  Tribunal,  las  cuales  “dependen de  manera  simultánea  la  una  de la otra”, reproches  que   funda   en   la   violación   del   artículo   29  de  la  Constitución  Política.   

Luego  de  aseverar  que  en este asunto se  transgredieron  normas  de  orden  internacional  que  garantizan  el derecho de  defensa  y  el  debido  proceso,  de  transcribir  algunos breves apartes de los  fallos  de primera y segunda instancia y de afirmar que la vinculación procesal  de  su  defendido  “se llevó a cabo por medio de un  medio  (sic) procesal que no  está  descrito  ni  en  las  normas  internacionales,  ni  mucho  menos  en  la  legislación  interna”, sostiene que “se  quiere  ocultar, disfrazar, mimetizar los errores del Estado, y  por  esa  vía  la  violación  flagrante  de  las normas procesales a favor del  procesado,  cuando  se  ha  afirmado  dentro  del  proceso  que  la vinculación  jurídica  del  procesado  se llevó a cabo por medio de DECLARACIÓN DE PERSONA  AUSENTE,  cuando  en  verdad se observa que en la sentencia, la vinculación del  procesado  no  es  interpretada como posibilidad de defensa, sino como necesidad  de  cumplir  un  requisito  formal  de  ley,  para  continuar  con  el  trámite  burocrático judicial”.   

Refiere   que   de  manera  arbitraria  y  deliberada  se  le  negó  a  su defendido la defensa de sus intereses de manera  personal,  ya  que  la vinculación como persona ausente se hizo “por   medio   de   una   mera   declaración   ante   la   Policía  Judicial”,  cuando  la  ley  vigente para la época  establecía  que  la  vinculación  se  “llevaría a  cabo  por  medio  de  diligencia  de  descargos,  o como se denomina en Colombia  ‘versión  libre’  o  ‘indagatoria’   ante   el   juez   o  funcionario  competente,     y     no     ante     autoridades     de    policía”.   

Estima que el sentenciador presumió que su  representado  conocía  la existencia del proceso que se le adelantó por cuanto  que  su  hermano  Wilson Eduardo, también coprocesado, sabía de esa actuación  procesal,      irregularidad     que     “quedó  saneada”  por  el  hecho  de  que  se le enviaron a  John   Alexander   Robayo  “escuetas         comunicaciones”.   

Dice que “si no  se  reconoce  que  hubo  violación  que  fue  reiterada  y  ratificada  por  un  saneamiento  espurio y legalista de la vinculación del procesado al proceso, se  puede  afirmar sin ninguna duda a nivel jurídico interno e internacional que en  Colombia  opera  de pleno derecho la vinculación legítima a nivel procesal por  parte  de  la Policía Judicial Colombiana a través de simples declaraciones en  cuanto  a  la  garantía  que  tienen los ciudadanos de comparecer a la justicia  para  ejercer  su defensa, y que no solamente ejercen esta facultad los fiscales  de   la   Fiscalía   General   de   la   Nación   tal   como   lo  enuncia  la  Constitución”.  Por  ello,  considera  que  en  el  proceso  no  “hubo  reglas  de  juego claras, y los  funcionarios  judiciales  no las respetaron y por tal motivo la sentencia carece  de   legitimidad   aunque   esté   revestida   de   toda  legalidad”.   

De  otra  parte,  en  lo  que  el libelista  denominó     la     “otra    causal”,   afirma  que  también  se  violó  el  artículo  29  de  la  Constitución   Política,  pues  su  procurado  no  participó  “activamente  en  la investigación”, en  la  medida  en  que  no  tuvo  oportunidad  de solicitar y de aportar pruebas al  proceso,  además  de  que  no  se  practicaron, situación que, en su criterio,  conllevó   a   la   violación   del   debido   proceso   y   del   derecho  de  defensa.   

En  síntesis,  asevera que “estas  situaciones  dan  origen a nulidades insaneables que afectan  la   garantía   del   proceso   y   formas   propias   del   juicio”,  razón  por  la  cual  solicita  a  la  Corte  casar el fallo  impugnado  y declarar la nulidad de la actuación a partir de la “etapa instructiva”.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Una  vez más debe indicarse que la demanda  de  casación  no  es  un escrito  de libre formulación en el que su autor  pueda  plantear  a  su  antojo  las inquietudes, perplejidades, contradicciones,  incoherencias  o  errores  que  advierta  o  le  suscite  el  fallo  de  segunda  instancia,  sino  que  debe  cumplir con las exigencias de técnica y de lógica  necesarias   para  pretender  desvirtuar  la  doble  presunción  de  acierto  y  legalidad con que las sentencias impugnadas llegan a esta sede.   

Así  mismo,  como  lo  ha  reiterado  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  la  nulidad como motivo para atacar, por vía de  casación,  el fallo de segunda instancia, en “orden  a  la  técnica  propia  de  este  medio  extraordinario de confrontación de la  legalidad  de  las  sentencias, comporta los mismos niveles de exigencia que son  inherentes  a las demás causales dada su especial naturaleza, lo cual significa  que  de  modo  insoslayable  debe  especificarse  la  causal o motivo de nulidad  concurrente,  demostrando  el  carácter sustancial del vicio o la irregularidad  acusados  y  particularmente  la etapa o el momento procesal a partir de la cual  se  hace imperativa la anulación, explicando justificativamente las razones por  las   cuales   no   media   alternativa   diversa   que   la   de  invalidar  lo  actuado”.1   

En  otros  términos, la nulidad no aparece  marginada  del imperativo de claridad y precisión en cuanto a su postulación y  demostración  correspondientes,  toda  vez  que es tan exigente como las demás  dado  el  rigor predicable de la naturaleza misma de la casación, de manera tal  que  se  impone para el actor el deber de concretar la índole del vicio, sea de  estructura  o de garantía,  que se dice afecta el proceso, en qué grado y  magnitud y desde qué actuación procesal se configura.   

Por  consiguiente, tratándose del cargo de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe ajustarse a los presupuestos formales para su admisibilidad.   

De igual manera, en virtud del principio de  trascendencia  que gobierna la declaratoria de nulidad, según la cual, no basta  con  denunciar  irregularidades  o  que  éstas efectivamente se presenten en el  proceso,  sino  que  se  hace  indispensable  demostrar  que aquellas inciden de  manera  concreta   en   el   quebranto   de   los   derechos   de  los  sujetos  procesales, se  hace   necesario    que    el    actor    evidencie   un   perjuicio     con     el     yerro     in   procedendo   denunciado,    pues,    caso  contrario,   la   Corte,   por   razón  del principio  de  limitación,  no   puede       entrar       a       complementar       al   censor.   

En esas condiciones, observa la Sala que los  reproches  fundados  en la causal de nulidad se quedaron en el simple enunciado,  pues  el  demandante  no demostró con la claridad y precisión necesarias cómo  las  supuestas  irregularidades invocadas incidieron de manera ostensible en las  conclusiones  de  la  sentencia  atacada,  al  punto  que de no haberse cometido  necesariamente   el   fallo   habría   sido   favorable  a  los  intereses  del  procesado.   

Así,  en  lo  que  debe entenderse como la  primera  censura, teniendo en cuenta  que  la  vinculación   del    sindicado    a    la    actuación   penal   es   uno  de  los componentes de la estructura del proceso penal, en cuanto  es  un  acto  que  debe  ser  necesariamente  superado  para  dar  paso  a fases  superiores  de  la  actuación,  el  actor  no  precisó  ni demostró cómo los  funcionarios       judiciales,       desconociendo      los   mandatos   legales  y,  por ende,  la  estructura   del   proceso,   dieron   por   materializada  la   vinculación     de     John    Alexander    Robayo  Daza  no con base en su declaración  como   persona    ausente    sino    en    aquel   hecho   consistente  en  haber rendido testimonio ante miembros de la Policía Judicial,  funcionarios   que   bajo  la  dirección  del  instructor  colaboraban  con  la  investigación.   

En  otras  palabras,  constituía una carga  para  el  libelista  precisar  y  demostrar a la Corte cómo desconociéndose la  indagatoria  y  la  declaración  de persona ausente como medios de vinculación  del  procesado a la actuación penal, según las normas procesales vigentes para  la  época de ocurrencia  de  los  hechos,  a  su   defendido     se     le     tuvo     como    “vinculado”  a este diligenciamiento de  manera    distinta,   es   decir,   a   través   del   citado   “testimonio”,    irregularidad    que  conllevó   a  la  evidente  violación  tanto  del  debido   proceso   como    del    derecho    de   defensa   de    acusado,   yerro  que   de  no  haberse  cometido   otra   hubiese   sido   la   suerte  jurídica  de  su   representado,   máxime   cuando,   como  el   mismo   libelista   lo   acepta,  John  Alexander  Robayo  Daza  en  este  caso fue declarado  persona ausente.   

Además,   sin   la  debida  distinción,  confundió  el  actor  la  garantía  del  debido  proceso con la de la defensa,  olvidando  que han sido claramente diferenciadas por la ley y la jurisprudencia,  pues  en  la  primera hipótesis se está en presencia de un vicio de estructura  mientras  en la segunda se afronta un yerro de garantía, sin desconocer que hay  eventos  excepcionales  en  que  con  la  irregularidad  se  quebrantan  los dos  derechos, pero sin que demuestre que éste sea uno de ellos.   

Ahora  bien, si la inconformidad estriba en  la  irregularidad  que pudo rodear la declaración que el procesado rindió ante  funcionarios  de  Policía Judicial, toda vez que dicho elemento de juicio no se  realizó  ni  se  allegó  con respeto de las normas que condicionan su validez,  tal  reproche  debió  plantearlo  y  demostrarlo  a  través  de  la violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  por  error  de derecho generado en un falso  juicio de legalidad.   

De otra parte, en lo que atañe a la alegada  ausencia  de  pruebas  como  segunda  censura,  se  hace necesario recordarle al  censor  que  la  omisión probatoria como eje de pretendidas nulidades, no sólo  exige  comprobar  la  inexistencia  del concreto medio de prueba al interior del  proceso  sino  que,  además,  en procura de la consolidación de las garantías  procesales,  se  impone  hacer  evidente  cómo,  ante  la ausencia de éste, el  sentenciador  profirió  un fallo distante de la verdad, afectando gravemente al  sujeto  procesal,  es  decir,  corresponde al censor demostrar cómo sin lugar a  dudas,  de  haberse contado con el medio probatorio echado de menos otro hubiese  sido el sentido de la sentencia impugnada.   

En   otros   términos,   “la  prueba  cuya  práctica se extraña debe trascender en la   decisión    atacada,    pues    no    de    otra   manera   se   elimina   el  planteamiento  de  conjeturas o tesis  especulativas,  toda vez que la sentencia condenatoria -por mandato legal- sólo  ha  de corresponder a la certeza a que hubiere llegado el juzgador para predicar  la  responsabilidad penal del acusado, lo que sin  lugar a dudas depende, a  su  vez,  de  la capacidad demostrativa de los medios de convicción allegados a  las  diligencias,  los  que,  de  ser suficientes para el logro de los fines del  proceso,  hacen inadmisible cualquier hipótesis contraria que se sustente en la  omisión  probatoria”.2   

Así,  entonces,  si  bien es cierto que el  actor  se  duele  de que hubo omisión probatoria, también lo es que no indicó  cuáles   fueron   las  pruebas  omitidas  y  cuáles  las  que  “no  pudo  allegar  el  procesado”, como  tampoco  nada  dijo  respecto  de la conducencia, pertinencia y utilidad de esos  elementos  de  juicio,  los  cuales  no  correlacionó con los demás que fueron  oportuna  y  legalmente  allegados  al  diligenciamiento y, menos aún, sobre su  trascendencia  que,  como  se  ha  dicho,  no  emana  de  la prueba en sí misma  considerada.    

Por  consiguiente,  al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Finalmente,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor de  JOHN  ALEXANDER  ROBAYO  DAZA.  En  consecuencia,  se  declara   desierto   el   recurso   extraordinario   de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

EDGAR    LOMBANA   TRUJILLO                                          ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                          JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          JAVIER ZAPATA ORTIZ   

Permiso  

TERESA RUIZ NUÑEZ  

                                                                Secretaria     

1 Ver,  entre otros, auto del 11 de febrero de 2004, rad. 20046.   

2 Ver,  entre otras, casación 20530 del 22 de junio de 2005.     

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