22800(10-11-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22800  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                            DR. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta Nro: 100   

          Bogotá D.C., diez de noviembre de dos mil cuatro.   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Corte  en  relación  con el aspecto formal de la  demanda    de   casación   formulada   por   la   defensora   de   MISAEL  ÁNGEL MANDERANO GARCÍA, contra el  fallo  del  30  de  mayo  del  año en curso obra del Tribunal Superior de Buga,  Valle,  por  cuyo  medio  confirmó  la  condena  de 64 meses de prisión que el  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito de Buenaventura le impuso al procesado al  declararlo  responsable,  en  calidad  de  cómplice,  de la conducta punible de  acceso carnal violento.   

HECHOS  

          En  horas  de  la  madrugada  del 26 de enero de 2003, la menor Gina  Fernanda  Perea  Arboleda  fue accedida carnalmente sin su consentimiento por el  también  menor  Cristian  Antonio  Hurtado  Garcés, para lo cual contó con la  colaboración    de    MISAEL    ÁNGEL    MANDERANO  GARCÍA,  el  aquí  procesado,  quien  no  sólo  le  facilitó  las  llaves  de  su  apartamento  al  citado  Hurtado adonde obligada  condujo  a  su  víctima, sino también que se hizo presente en el lugar y tomó  de  las  piernas a Gina Fernanda para que Cristian Antonio consumara la cópula.  Por  tales  hechos  se  procesó  al encartado y en su contra se profirieron las  sentencias  de  primero  y  segundo  grados  de  las que se ha dado cuenta en el  introito de esta providencia.    

LA  DEMANDA   

          Al  amparo  de  la  causal  primera, cuerpo segundo, un único cargo  formula  la  demandante contra la sentencia impugnada en sede del extraordinario  recurso,  acusándola  de  violar en forma indirecta la ley sustancial por error  de hecho por falso raciocinio.   

          En  desarrollo  de la censura, sostiene la libelista que el fallo se  fundamenta  en  el  testimonio  de  la  ofendida  Gina  Fernanda Perea Arboleda,  teniendo  por  complemento  la  prueba pericial a través de la cual, admite, el  juzgador   reafirmó   su   convencimiento,   y   luego  de  citar  in  extenso  los  argumentos en los que el  Tribunal  sustentó  la  condena,  afirma  que  de  la  confrontación  de  esos  raciocinios   con   el   plexo   probatorio   oportuna  y  legalmente  acopiado,  “infinidad   de   afirmaciones   falsas”  que no fueron apreciadas, es lo que se evidencia en el dicho de  la  testigo-ofendida,  no  empece  lo  cual  se  le  dio  el  suficiente mérito  persuasivo en la edificación del respectivo juicio de reproche.   

          Seguidamente  se  refiere  la  libelista de manera textual a algunos  apartes  de  la  declaración  de la criticada testimoniante, en lo que atañe a  los  actos  de  violencia  previos  y  concomitantes a su sometimiento al acceso  carnal  ejercidos por quien colaboró en la consumación del mismo, tras lo cual  advierte  que  no  obstante  la  descripción de un tal panorama por parte de la  víctima,  en  la  ampliación  de  su  dictamen  rendido en la audiencia por el  médico  forense  señaló  no  haber  encontrado  huellas  de  maltrato  en  la  humanidad de la ofendida -muñecas, tobillos, piernas y boca-.   

          Si,  contrariamente  a  lo  sostenido  por la víctima, su defendido  siempre  se ha mantenido en su dicho en cuanto a que Gina Fernanda consintió la  relación  carnal con su presunto violador, Cristian Antonio Hurtado Garcés, lo  cual  confirma  éste, denota la censora, la valoración probatoria basada en la  “coherencia  y veracidad”  de  la versión de la ofendida a la cual se le rindió tributo desde los albores  de  la  investigación,  es  deducción  fáctica  que  no  tiene  asidero en la  realidad  procesal,  porque  cuando  a  la víctima se le interrogó en la vista  pública  entró  en  manifiestas  contradicciones  acerca de las circunstancias  antecedentes   que   rodearon   el   hecho,   o  no  supo  rendir  explicaciones  satisfactoria respecto de las mismas.   

         

De haber tomado en consideración el Juzgador  el  Art.  29  de  la  Carta  Política  y  las preceptivas de derecho probatorio  consagradas  en  el  Art.  232  del  C.  de  P. Penal, y si en lugar de proferir  condena  hubiese  aplicado el principio de in dubio pro  reo,  no hubiera caído “en  el  falso  razonamiento  cimentado  en la coherencia, veracidad y univocidad del  dicho  de  la víctima, que le llevó a declarar responsable penalmente al mismo  y,  por  ende, violar la ley de manera indirecta”, es  la  argumentación  que  a manera de colofón expone la libelista para solicitar  de  la  Corte casar el fallo impugnado, y en su lugar dictar el de reemplazo por  medio  del  cual  se  decrete  la  absolución del encartado en relación con el  cargo por el que se le sentenció.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

Desde  la  enunciación  de  la  censura, el  reparo  asoma  inidóneo  habida  cuenta  del  evidente  desconocimiento  de  la  técnica casacional que enseña la actora.   

          En  efecto,  cuando  se  cuestiona la valoración probatoria, que se  reputa      equivocada      porque     el     juez,     por     desa­tender   los   principios  de  la  sana  crítica,  obtuvo  inferencias  erróneas  de  los  hechos objetivamente vistos,  surge  el  vicio  denominado falso raciocinio, modalidad del error de hecho cuyo  planteamiento  en  casación, reitera la Sala, le impone al actor la obligación  de  demostrar  que los juzgadores se apartaron caprichosamente de los postulados  de  la  lógica, los principios de la ciencia, o las reglas de la experiencia, y  que  este  error condujo a la declaración de una verdad fáctica distinta de la  que revela el proceso.   

Adicionalmente  a  la  demostración  de  la  existencia  material  del yerro, debe ser acreditada su trascendencia, labor que  implica  revalorar  en su conjunto y de manera objetiva las pruebas allegadas al  proceso,  con  el  propósito  de  hacer  evidente que un estudio acorde con las  reglas  de  la  sana  crítica,  habría llevado a los juzgadores de instancia a  tomar  una  decisión  distinta  de  la impugnada.        

No se trata pues, como acontece en este caso,  de  enfrentar  el  criterio  de  valoración  probatoria  del  impugnante al del  juzgador,  con el equivocado propósito de  hacerlo prevalente, puesto que,  como  lo  ha  hecho  explícito la Sala y ahora lo itera, en primer término, el  error  de  hecho por falso raciocinio surge del desconocimiento de las reglas de  la  sana  crítica  por parte del juzgador, y no del hecho de que el funcionario  se  aparte de los criterios de valoración probatoria de los sujetos procesales;  y  en  segundo  lugar, porque el examen probatorio y las premisas conclusivas de  los  fallos de segunda instancia prevalecen sobre los realizados por las partes,  por   encontrarse   amparados   de   la   doble   presunción   de   acierto   y  legalidad.        

Por  parte  alguna se ocupa la demandante en  demostrar  que  el  sentenciador  desconoció los postulados de la lógica o las  reglas  de  la  experiencia  en  la asignación de fuerza persuasiva a la prueba  cuya  errada  apreciación aduce -el testimonio de la menor ofendida-, no empece  criticar  los apartes pertinentes del fallo sustento de la premisa conclusiva de  la  condena,  según  la  cual, textualmente expuso el fallador, “Las  reglas de la experiencia emergen como medios de aprehensión de  ese  conocimiento  y es a través de ellas y con base en el conjunto probatorio,  como  se  puede materializar aquellos aspectos circunstanciales que le dan a ese  singular  testimonio la eficacia probatoria que requiere en la determinación de  la  certeza  necesaria  para  condenar.  Aquellas  nos indican que el número de  testigos  no  puede  ser  regla  de credibilidad del testimonio en un sistema de  libre convencimiento (…)”   

Tampoco   acreditó   la  censora  que  la  estimación   probatoria   y   las  conclusiones  del  fallo  por  irrazonables,  ilógicas,  absurdas  o  arbitrarias, deban descartarse por contrariar la verdad  procesal.  Lo  que  realmente se evidencia es su pretensión de hacer imperar su  criterio   de  valoración  probatoria  sobre  el  del  juzgador,  a  partir  de  consideraciones  de carácter general sin concretar yerro alguno, pues a no otra  conclusión  conduce  su afirmación acerca de que la acusación y la condena se  fundamentan  en  una  valoración probatoria basada en la coherencia y veracidad  que  se  le  brindó desde los albores de la investigación a la declaración de  la     víctima,     no    obstante    haber    entrado    en    “ostensibles  contradicciones”  cuando se  le  sometió  a  interrogatorio  en  la vista pública, olvidando lo que la Sala  tiene  decantado  en  relación  con  el  tema,  acerca  de  que la credibilidad  no  es de suyo censurable en  casación,  abolido  como  se tiene el sistema de la tarifa legal, pues la tarea  de  valoración  probatoria la realiza el juez con sujeción a los principios de  la  sana  crítica  o libre persuasión racional, como se colige de los mandatos  impresos  en  los  Arts. 238 y 277 del C. de P. Penal.   

Y  respecto  de  la  lacónica  e  insular  afirmación  acerca de la violación de los Arts. 232 y 7° del C. de P. Penal a  través  de  la  cual  reclama  la  aplicación  del  principio  de in  dubio pro reo, debe decirse que en este  caso  la  actora  omite indicar de qué manera el fallador violó esta norma que  consagra  el  mentado  principio  de  claro contenido sustancial, bien porque el  Tribunal  después  de  haber  reconocido  el estado de perplejidad que sobre la  responsabilidad  le dejaba la prueba se abstuvo de aplicar las preceptivas allí  contenidas,  evento  en  el cual había lugar a plantear el cargo por la vía de  la  causal  primera  por  violación  directa;  o  bien porque a consecuencia de  supuestos  yerros  cometidos  por el juzgador en la estimación de la prueba, el  fallo  se  queda  sin  los  elementos  de  convicción  suficientes  para forjar  certeza,  resultando  imperativa  la aplicación del in  dubio  pro  reo, caso en el cual resultaría pertinente  el   ataque  por  la  vía  de  la  violación  indirecta,  pues  ella  estaría  mediatizada  por  los  errores  probatorios  en  que  se  finca  la  certeza del  fallador.   

En  síntesis,  el  libelo  de  cuyo  examen  preliminar  se  ocupa  la  Sala  no  cumple  en  manera alguna los requisitos de  precisión   y  claridad  -tanto  en  la  formulación  del  cargo  como  en  la  exposición  de  sus  fundamentos-  estipulados en el Art. 212 del C.P.P, razón  por la cual se inadmitirá.   

En  mérito  a  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de  Casación Penal,   

RESUELVE  

         INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  a nombre de MISAEL  ÁNGEL   MANDRANO   GARCÍA  por  su  defensora.  En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso,  conforme  a las motivaciones  plasmadas  en el cuerpo de este proveído.     

Contra  este auto no procede recurso alguno,  en   virtud   a   lo   dispuesto   en  los  Arts.  213  y  187,  inc.  2º   C.P.P.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

Cúmplase.  

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                     ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÉDGAR    LOMBANA  TRUJILLO                  ÁLVARO   ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN                    JORGE   LUIS   QUINTERO  MILANÉS   

                    

YESID    RAMÍREZ  BASTIDAS                      MAURO      SOLARTE  PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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