22638(25-08-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22638  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 72  

          Bogotá,  D.  C.,  veinticinco  (25)  de  agosto  del dos mil cuatro  (2004).   

VISTOS  

La  Sala  se  pronuncia  sobre el recurso de  apelación    interpuesto    por    el    defensor   del   doctor   Cristian  José  Arregocés Pinto contra la  providencia  por medio de la cual el Tribunal Superior de Riohacha se abstuvo de  sustituirle    la   pena   de   prisión   impuesta,   por   la   de   carácter  domiciliario.   

ANTECEDENTES   

Mediante sentencia del 31 de julio del 2003,  el   Tribunal   Superior   de   Riohacha   declaró   al   doctor   Arregocés  Pinto  penalmente responsable,  como  autor, del delito de prevaricato por acción, cometido en su condición de  fiscal  delegado  ante los juzgados penales municipales de esa ciudad. Le impuso  como  sanciones  40  meses  de  prisión,  interdicción de derechos y funciones  públicas  por  igual  lapso  y 55 salarios mínimos legales mensuales de multa.  Finalmente,  le  negó  la  condena  de  ejecución  condicional  y  la prisión  domiciliaria.   

El  fallo  fue  recurrido  por  la defensa y  confirmado   por   la   Sala   de   Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia.   

El  apoderado  solicitó  se  reemplazara la  prisión  intramuros  por la domiciliaria con base en el artículo 1° de la Ley  750  del  2002.  Explica  que  como  consecuencia  del  deceso  de su esposa, el  procesado  pasó  a  ser  padre  cabeza  de  familia  de  un  menor  que depende  económica,  afectuosa  y  moralmente  de  él.  Y  agrega  que se puede colegir  fundadamente   que  el  doctor  Arregocés  Pinto no pone en  peligro a la comunidad.   

El  Magistrado Ponente del Tribunal escuchó  en  exposición  al  niño y a dos personas que dieron cuenta del comportamiento  social del procesado.   

LA PROVIDENCIA RECURRIDA  

El     A  quo  negó  la  sustitución.  Dijo que el menor no se  hallaba  en  riesgo  de  quedar en el abandono, pues se encontraba al cuidado de  varios  familiares,  y  que  el elemento subjetivo ya había sido debatido en la  sentencia que hizo tránsito a cosa juzgada.   

LA IMPUGNACIÓN  

El defensor reiteró los argumentos expuestos  ante  el  Colegiado  de  1ª  instancia. Afirmó que lo importante para mudar la  sanción  era que el padre, sólo él, sin el apoyo de la pareja, había quedado  al  cuidado  integral del menor, es decir, en lo relacionado con la protección,  el  afecto, la educación, la orientación, etc., y que ese amparo no podía ser  brindado  por  otros  parientes.  Culminó  diciendo  que  si  no se accede a su  pedido, el niño puede resultar descarriado.   

CONSIDERACIONES  

          La  Sala  ratificará  la  providencia recurrida, por las siguientes  razones:   

          1. Asiste razón al Tribunal: la sentencia  de  primera  instancia, confirmada por la Corte, se ocupó del tema sustitución  de  prisión  carcelaria  por  domiciliaria.  Es claro, así, que el asunto hizo  tránsito  a  cosa  juzgada material, y que, por lo mismo, no es posible reabrir  el debate sobre el particular.   

          Pero  esa situación apunta al instituto previsto en el artículo 38  del  Código Penal. Por tanto, si la pretensión defensiva estuviera relacionada  con éste, no habría lugar a considerarla.   

          Ocurre,  no  obstante,  que la nueva petición se sustenta en la Ley  750    del   2002,   por   cuanto   se   dice   que   el   doctor   Cristian  José  Arregocés  Pinto tiene la  condición  de  “padre cabeza de familia” y que, por tanto, es acreedor a la  variación pedida.   

          Como  el  punto  no había sido formulado, ni el Tribunal ni la Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia se había ocupado del mismo.  Por  ello  es  legítima  la  petición y, desde luego, imperativo para la   jurisdicción entrar a estudiar el asunto.   

          2.  La  Corte  Constitucional, mediante la  sentencia  C-184  del  4 de marzo del 2003 (M. P. Manuel José Cepeda Espinosa),  declaró  exequible  el artículo 1° de la Ley 750 del 2002, que estableció la  sustitución   mencionada,   y   amplió   su  alcance  al  padre  “cabeza  de  familia”.   

          De  esta  decisión  resulta  que el cambio es viable siempre que se  demuestre  que  el padre ha quedado solo para cumplir sus funciones en relación  con el hijo menor de edad.   

          Como   bien   explicó  el  Tribunal,  esa  no  es  precisamente  la  situación  del  infante  del  procesado,  porque  diversos familiares lo están  cuidando.  De manera que, aunque lamentable, la privación de libertad del padre  no expone al niño al abandono, al riesgo inminente.   

          El artículo 2° de la Ley 82 de 1993 dispone:   

          “Para  efectos  de la presente ley, entiéndase por ´Mujer Cabeza  de  Familia’, quien siendo  soltera  o  casada,  tenga  bajo  su  cargo,  económica o socialmente, en forma  permanente,  hijos  menores  propios  u otras personas incapaces o incapacitadas  para  trabajar,  ya sea por ausencia permanente o incapacidad… del cónyuge…  o  deficiencia  sustancial  de  ayuda  de  los demás  miembros    del    núcleo    familiar” (Subraya la Sala).   

          Como  el  último  presupuesto  no  concurre  en el evento estudiado  porque  sí  existe  ayuda  del  grupo  familiar,  no  es  posible  reconocer la  sustitución.   Es   nítido:  en  tales  condiciones,  el  doctor  Arregocés  Pinto no tiene la condición de  “padre cabeza de familia”.   

          3.   El   reemplazo,   según   la  norma  sustancial, se supedita a   

          “Que  el  desempeño  personal,  laboral,  familiar o social de la  infractora  permita  a  la  autoridad  judicial  competente  determinar  que  no  colocará en peligro a la comunidad…”.   

          La  detención domiciliaria, en los términos de la disposición, no  constituye  una gracia que pueda dispensar al juzgador. Es un derecho instituido  a  favor y para la protección de los hijos, cuando la privación de la libertad  del padre trae como consecuencia su abandono y desamparo.   

Pero  de  la  norma  surge que al derecho se  puede  acceder  única  y exclusivamente cuando se cumplan las exigencias que el  legislador  ha  establecido,  entre  las  cuales  se  encuentran las transcritas  arriba,  que  conforman el denominado “elemento subjetivo”. Así también lo  determinó  la  Corte  Constitucional  en  el fallo que el recurrente cita en su  apoyo (sentencia C-184).   

El  requisito  sobre  el  diagnóstico  que  señale  el  probable peligro  que  el  procesado  pueda  representar  para  la  comunidad,  lo  impone la ley.   

Si  el  ordenamiento  jurídico exige que el  juez  estime,  entre otros aspectos, el comportamiento  laboral  del  penado,  resulta conforme con él que se  deduzca  de su desempeño como funcionario judicial, con independencia de que el  mismo se identifique con las conductas punibles imputadas.   

          Las sentencias proferidas demuestran que:   

          a)   Al   fiscal   Arregocés  le solicitaron practicara una revisión técnica a un vehículo. A  pesar  de  que  la  petición  se  orientaba  a  la  búsqueda de ese examen, el  funcionario  judicial  se colocó al frente de la misma, cuando lo normal es que  de    esas    tareas    se   ocupen   las   autoridades   de   policía   o   de  tránsito.   

          b)  Su  comportamiento  fue  consciente y voluntario para ordenar un  dictamen,  eludir  su  ejecución  y  hacer  de  cuenta  que  existía  para, de  inmediato,  concluir  en la autenticidad del bien, conducta ilícita con la cual  “legitimó”   los   mecanismos   de   identificación  y  la  propiedad  del  auto.   

c)  El  funcionario se apartó del ejercicio  normal  de  las  tareas  asignadas,  omitió  practicar una prueba que él mismo  había  ordenado,  e  inventó  unas  conclusiones  técnicas  inexistentes para  “legalizar”   la   fidelidad   de   una   identificación  que  había  sido  falsificada.   Así,  se  fue  del  orden,  de  la  estructura  estatal,  de  la  organización,  fue  desleal,  burló  la  confianza  de los ciudadanos y, desde  luego, generó desconfianza en la comunidad.   

d) Según se afirma en la acusación, contra  el  doctor  Cristian José Arregocés Pinto  “cursan  en  Bucaramanga  tres  investigaciones relacionadas con  entregas de vehículos”.   

En  casos  similares,  la  Sala de Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  ha concluido lo siguiente, que hoy  reitera:   

“Si tenemos en cuenta la naturaleza de los  delitos  que  hasta  el  momento  se  le han atribuido a la procesada, éstos se  circunscribieron,  contempla  la  resolución  de  acusación, a proceder de una  manera   completamente  ajena  a  la  legalidad,  asaltando  la  credibilidad  y  confianza  en las autoridades judiciales de personas indefensas, a tal punto que  justipreció  la  administración  de  justicia  en  una  abierta  y reprochable  agresión  extremadamente  lesiva  y  generadora  de  alarma  social, sobre todo  cuando   su   protagonista,   de   quien   se  espera  sea  paradigma  del  buen  comportamiento,  pues  se  trataba de una Fiscal… prefirió establecer un nexo  entre lo indebido y la función judicial”.   

“Es  la  conducta  desplegada, revelada en  estos  antecedentes  procesales,  de  la  que  ha  de  partir  la Sala, eso sí,  conforme  a  las  conclusiones  de  la  resolución de acusación, mereciendo un  claro  reproche  a  su  comportamiento  laboral, que desdice de su personalidad,  pues   no   le  importó  lesionar  la  credibilidad  de  los  asociados  en  la  administración    de    justicia    y   el   rol   que   desempeñaba   en   su  desarrollo”.   

“Es precisamente esa gravedad, naturaleza y  modalidades  de  los  reatos  imputados,  los  que  llevan  a pronosticar que la  comunidad  estará en peligro al no estar en detención preventiva, pues no tuvo  reparo  en  pasar  por  alto  la ley y abusar de su investidura, no obstante que  tenía  el  deber  especial  de  enarbolarla  honrosamente  y  dar ejemplo a los  demás…”.   

“El  propósito  del  legislador  con  la  expedición  de  la  Ley  750  de  2002, si bien es cierto fue la de otorgarle a  quien  siendo cabeza de familia y, por ende, soporte económico de hijos menores  o  con  incapacidad  mental  permanente,  la  posibilidad  de  que su detención  preventiva  intramural  la  cumpla  en  su residencia, no la abandonó al simple  cumplimiento  de  requisitos  objetivos  como  la  naturaleza  del  hecho  o  la  demostración  de  aquella condición, sino que la vinculó a circunstancias que  denoten  la  preponderancia  que  en materia criminal se ha venido decantando en  cuanto que la comunidad debe ser objeto de protección”.   

“Este   proteccionismo   se   representa  materialmente,   al   tenor   de   los   términos   del   legislador,   en  los  “desempeños”,   que   no  son  otra  cosa  que  muestras  de  personalidad,  reflejados,  entre  otros,  en  la  manera  en  que  el  hombre interactúa como  persona,  al  interior  de  su  núcleo social, en el seno de su familia y en su  ambiente  laboral”  (auto del 29 de mayo del 2003, M.  P. Jorge Luis Quintero Milanés, radicado 20.697).   

En oportunidad posterior, agregó:  

          “En  efecto,  la  finalidad  del  examen  de  las características  familiares,  laborales y sociales del acusado, en orden a la sustitución de que  se  trata,  se encuentra enmarcada en la necesidad de que el procesado no vuelva  a   colocar   en   peligro   la   comunidad.   El  mérito  de  la  prevención  general  (artículo  4º del  Código  Penal),  al lado de los demás fines de la pena, ha dicho la Sala,  radica  en  su  vocación  por  la paz jurídica de la comunidad, cuya garantía  incumbe  fundamentalmente  al derecho penal, y la cual puede verse quebrantada o  seriamente  afectada  cuando  los  asociados  ven regresar inopinadamente a casa  (así  sea  en detención o prisión domiciliaria) a quien, inicialmente visto y  aceptado  por  ellos  como  guardián  de la legalidad, después la ha vulnerado  abiertamente,  sin escrúpulos para acrecentar significativamente en la sociedad  los  males  que  él  tenía  como  misión  atacar.  En  realidad, se deja a la  comunidad  afectada  un  sabor  amargo  de  desequilibrio  en la aplicación del  derecho,  una  sensación de apertura a la impunidad, que de pronto estimularía  a  otros,  en  medio  del  desconcierto,  a  seguir el mal ejemplo (Cfr. auto de  octubre  23  de  2000, radicado 16.997, con ponencia de quien aquí cumple igual  cometido)”.   

          “Por     ello,     el     análisis     de     la     prevención  general  debe  partir  de la  valoración  de  lo  que  realmente  ocurrió  con  la  potencia  de provocar la  iniciación  de  un  proceso  penal  y emitir una sentencia condenatoria, pues a  mayor  gravedad  del  delito  e  intensidad del grado de culpabilidad, el Estado  tiene  que  ocuparse  preferentemente  de  las necesidades preventivas generales  para  la  preservación  del mínimo social. Sólo el estudio de la información  contenida  en  el expediente puede llevar al juzgador a la convicción de que el  procesado,  al  volver  a  su  casa,  no  colocará  en peligro la comunidad, ni  evadirá el cumplimiento de la pena”.   

          “En  el presente caso, la conducta…,  como  se  dijo  en  su  momento, es de especial gravedad, porque la actividad…  recayó  sobre…,  con  el  ineludible  propósito  de  desviar el rumbo de una  investigación…,  pretendiendo  favorecer a…, de tal manera que no existe la  tranquilidad  suficiente  para  predecir  que  el  procesado no cometerá nuevos  hechos  punibles  al  permanecer  en  el seno comunitario, así no puedan ser ya  funcionales,  pues  sólo  desasosiego genera el intento de desviar el ejercicio  de  tan delicadas funciones públicas” (Sentencia del  8   de   julio   del   2003,  M.  P.  Jorge  Aníbal  Gómez  Gallego,  radicado  18.583).   

En  virtud  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

         

         Confirmar       la      providencia  impugnada.   

         

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ               ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO   

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN              JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID    RAMÍREZ  BASTIDAS               MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria     

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