21832(13-07-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21832  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  068  

Bogotá,  D. C., trece (13) de julio de dos  mil seis (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Corte en sede de casación  respecto   de   la  eventual  trasgresión  de  una  garantía  fundamental  del  procesado      FRANCISCO      ANTONIO     MURILLO  CÓRDOBA,  relacionada  con  el  quantum  de  la pena  accesoria  que  le  fuera  impuesta  por el Tribunal Superior de Quibdó, según  sentencia  condenatoria  de  segunda  instancia fechada el 27 de agosto de 2003.   

H   E   C   H   O  S   

El  juzgador  de  segunda  instancia  los  sintetizó de la siguiente manera:   

“Da  cuenta el  plenario  que  el día 15 de abril de 2001, miembros del frente MANUEL HERNANDEZ  ‘El  Boche’ del Ejercito de Liberación Nacional  E.L.N.  llevaron  a cabo un secuestro masivo en la vía que de Quibdó conduce a  Yuto,  en  el  Departamento  del  Chocó,  cuando  en  las horas de la madrugada  sacaron  de  las fincas donde se hallaban pasando la Semana Santa a los señores  MARCO  AURELIO  ASPRILLA  PANESSO,  CAMILO  TORRES  GAMBOA, NILKAR JAIR VALENCIA  VALDEZ,   ARIEL  CASTRO  BELTRÁN,  CARLOS  ALBERTO  MURILLO  CORTEZ,  FRANCISCO  VELÁSQUEZ     SALGUERO    Y    GILBERT   VELÁSQUEZ   SALGUERO.   

“El  señor  FRANCISCO   ANTONIO   MURILLO   CÓRDOBA  conocido  con  el  alias  de MORADO, entre otros insurgentes, fue  identificado  e  individualizado  como  uno  de  los militantes del Frente   MANUEL      HERNÁNDEZ       ‘El  Boche’,  que  participó  en  el  suceso referido, con fundamento en las declaraciones de  varios  de  los  secuestrados  y  del  señor JOSE ELIDIO PEREA MARTÍNEZ, alias  ‘Robinson’         o        ‘Chiquitura’,  integrante de ese frente, quien se  entregó     a    las    autoridades    después    del    secuestro”.   

ACTUACIÓN    PROCESAL   

1.    Con  base  en  los  medios  de  convicción   allegados   a   la   investigación   previa,  la  Fiscalía  Cien  Especializada  de  Quibdó,  el  8  de  agosto de 2001, profirió resolución de  apertura de instrucción.   

Practicadas   unas  pruebas  y  oído  en  indagatoria      Francisco     Antonio     Murillo  Córdoba,  el  21 de enero de 2002 se le resolvió la  situación  jurídica  con medida de aseguramiento de detención preventiva, por  los delitos de rebelión y secuestro extorsivo.   

Allegados otros medios de convicción, el 13  de  agosto  de  2002  se  clausuró  la  investigación  y  el  20 de septiembre  siguiente  se  calificó el mérito del sumario con resolución de acusación en  contra  de Murillo Córdoba,  por  los  delitos de rebelión y secuestro extorsivo agravado, decisión que fue  confirmada,  el  16 de enero de 2003, por la Fiscalía Delegada ante el Tribunal  Superior de Quibdó.   

El    expediente    pasó   al   Juzgado  Penal  del  Circuito  Especializado   de  Quibdó  que, luego de dar trámite al juicio, el 9 de junio de 2003, dictó  sentencia   de   primera   instancia   en   la   que   condenó  a  Francisco      Antonio      Murillo       Córdoba    a    la    pena   principal   de   seis   (6)   años  de  prisión  y multa de cien (100)  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes, a la accesoria de interdicción  de  derechos y funciones públicas por un término igual al de la pena privativa  de  la  libertad, como coautor del delito de rebelión. Así mismo, lo absolvió  por el delito de secuestro extorsivo agravado.   

Apelado  el  fallo  por   la   Fiscalía  Cien  Especializada  de  Quibdó,   la   Sala  Única del Tribunal Superior de Distrito Judicial de Quibdó, 27  de  agosto  del  citado  año,  revocó  el  numeral séptimo de la sentencia de  primer     grado     y     condenó    a    Murillo  Córdoba  como  coautor  responsable  del  punible de  secuestro  extorsivo  agravado y, por lo mismo, le impuso como penas principales  treinta  (30) años de prisión  y multa de cinco mil trescientos cincuenta  y  siete  (5.357) salarios mínimos legales mensuales vigentes, y a la accesoria  de  interdicción  de  derechos y funciones públicas  por  un  lapso  igual  al  de  la  pena  privativa  de  la  libertad, es decir, a treinta  (30) años.   

Contra esta determinación, la defensora del  procesado   interpuso   recurso  extraordinario  de  casación  y  presentó  la  correspondiente demanda.   

2.   La  Sala  de  Casación  Penal,  mediante  providencia  fechada  el  26 de enero del presente año, inadmitió la  demanda   de  casación.  No  obstante,  como  advirtió  que  en  la  sentencia  condenatoria   proferida   contra  Francisco  Antonio  Murillo  Córdoba  se  le impuso la pena accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por un lapso igual al de la  pena  privativa  de la libertad, esto es, 30 años de prisión, quantum punitivo  que  podría  eventualmente  desbordar el máximo señalado por el legislador al  respecto,  circunstancia  que  comportaría  la  violación  de  los  derechos y  garantías  del  sentenciado,  dispuso surtir al Ministerio Público el traslado  establecido   en   la   ley   para   que   conceptuara   sobre   dicha   posible  trasgresión.   

Por   consiguiente,   como   el  presente  pronunciamiento  no  se  ocupa  de  la  demanda  de  casación presentada por la  defensora  del  procesado,  la  cual,  como  se dijo, fue inadmitida, no se hace  necesaria su síntesis en esta providencia.   

CONCEPTO DEL PROCURADOR  CUARTO   

DELAGADO PARA LA CASACIÓN PENAL  

Sostiene el Ministerio Público que el tema  relacionado   con   las   penas  principales  y  accesorias  previstas  para  un  determinado  delito,  no  impide  la  combinación  de  preceptos  con el fin de  integrar  la  norma  más  favorable, motivo por el cual resulta valedero que de  cada  una  de  ellas  se  tome  lo  que  más  favorezca  al procesado frente al  tránsito legislativo.   

Por consiguiente, afirma que no existe duda  que  el  apotegma  jurídico  en virtud del cual la ley se aplica a partir de su  vigencia,  admite una importante excepción con fundamento en el artículo 29 de  la  Constitución  Política,  en  cuanto  ordena  que  las leyes sustanciales y  procesales   de  carácter  sustancial  favorables  al  procesado  o  condenado,  necesariamente     deben     aplicarse     con     preferencia     a    aquellas  desfavorables.   

Después  de  recordar  el contenido de los  artículos  51  y 52 de la Ley 599 de 2000, dice que de acuerdo con lo dispuesto  en  el artículo 44 del Decreto 100 de 1980, norma vigente para la época de los  hechos,  la pena accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas no  podía, en ningún caso, tener una duración superior a 10 años.   

Por  ello,  estima  que  el “equívoco  del sentenciador de segunda instancia cuando redosificó  de  nuevo  la  pena  como  consecuencia  del  concurso delictivo es manifiesto y  esencial,  porque  determinó la duración de la pena accesoria de interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas,  hoy  denominada  inhabilitación para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  por  un  tiempo igual a la de  prisión   que   accedía   equivalente   a   treinta   (30)   años”,  incurriéndose así en “flagrante  violación  de  las  garantías  fundamentales  debidas  al procesado, porque ni  siquiera  en  vigencia  de la actual legislación, la pena accesoria en mención  podía  superar  los  20  años,  salvo  la  excepción prevista en la misma ley  cuando  se trata de afectación al patrimonio económico del Estado; y, además,  el  tope  máximo  de  diez  años  en relación con la pena de interdicción de  derechos  y  funciones públicas era el establecido por la antigua codificación  penal…”.   

En  consecuencia,  sugiere a la Corte casar  parcialmente  y  de oficio la sentencia, con el objeto de enmendar la mencionada  irregularidad.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Examinada  la sentencia condenatoria que la  Sala  Única  del  Tribunal  Superior  de  Quibdó profirió, el 27 de agosto de  2003,     contra    Francisco    Antonio    Murillo  Córdoba,  a  través  de la cual confirmó, con unas  modificaciones,  la  dictada  en  primera  instancia  por  el  Juzgado Penal del  Circuito  Especializado de dicha ciudad, surge evidente que la pena accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  que le fue impuesta por un  lapso  igual  al  de  la pena principal, esto es, 30 años, desbordó no solo el  limite  máximo  que  establece  el inciso 1° del artículo 51 de la Ley 599 de  2000,  sino  que  también  excedió  los  diez  años  que sobre dicha sanción  contemplaba  el  artículo  44  del  Decreto  100  de  1980, norma ésta última  vigente  para  la época de ocurrencia de los hechos juzgados y aplicable a este  asunto por ser más favorable.   

Ante  esa  situación  y teniendo en cuenta  que,  de  conformidad  con lo preceptuado en el artículo 29 de la Constitución  Política,  “nadie podrá ser juzgado sino conforme  a  leyes  preexistentes  al  acto que se le imputa”,  norma  que  contempla  el  principio  de legalidad de las penas y, por lo mismo,  protege  la  libertad  individual  frente a la arbitrariedad de los funcionarios  judiciales   y   garantiza   los   principios   de   seguridad  jurídica  y  de  igualdad      ante     la     ley,1  surge  claro   que   la   pena   accesoria   que  se  le impuso a  Francisco   Antonio   Murillo   Córdoba   lesiona   el   citado  principio  de  legalidad.   

En efecto, el artículo 52 del Código Penal  de  1980,  norma  aplicable,  como  se  dijo,  por  ser  más  favorable  que la  consagrada  en  la  Ley  599  de 2000,  establecía que la pena de prisión  implicaba  la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas por  un  período  igual  al  de  la pena principal, pero, a su vez, el artículo 44,  ibidem, señalaba que su duración máxima era de diez (10) años.   

En  otros  términos,  la pena accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  debía  ser  igual a la de  prisión,  pero  si ésta era superior a diez (10) años, la de interdicción no  podía  franquear  ese  límite,  parámetro  éste  último  que  sin  duda fue  desconocido  por  el  juzgador  de  segunda  instancia,  conllevando  así  a la  violación del principio de legalidad de dicha pena.   

Por  lo tanto, compartiendo el criterio del  Procurador  Delegado,  la Sala, haciendo uso de las facultades conferidas por el  artículo  216  del  Código  de  Procedimiento  Penal, casará  oficiosa y  parcialmente  el  fallo de segundo grado y, en consecuencia, disminuirá en diez  (10)   años  la  pena  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas,  hoy  denominada  inhabilitación  para  el  ejercicio  de derechos y  funciones públicas, impuesta al procesado.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA  DE  CASACIÓN  PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

1.           CASAR   oficiosa   y   parcialmente  la  sentencia    impugnada    y,    en    consecuencia,   imponer   a   FRANCISCO  ANTONIO  MURILLO  CÓRDOBA la  pena  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por el  término    de   diez   (10)   años,   conforme   a   lo   expuesto   en   esta  providencia.   

2.           PRECISAR  que  las  restantes decisiones  adoptadas en el fallo impugnado se mantienen incólumes.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                        ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

        Salvamento de voto   

ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                              MARINA    PULIDO    DE  BARÓN                         

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS                                  

JAVIER    ZAPATA  ORTÍZ                                                        TERESA RUÍZ NUÑEZ   

                                                                                Secretaria   

    

1 Ver,  entre otras, casación 23491 del 8 de junio de 2005.     

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