20091(20-04-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 20091  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  027  

Bogotá  D. C., veinte (20) de abril de dos  mil cinco (2005).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda   de  casación  presentada  por  el  defensor  de  los  procesados  LUIS     ABRAHAM     ROMERO    PADILLA,     ALEXANDER    VELÁSQUEZ    ROJAS  y   JOSÉ   ELOY  ACOSTA  VELÁSQUEZ.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“El  22  de  octubre  de  1998,  a eso de las siete de la noche, aproximadamente, a la altura  del    sitio    conocido    como    ‘El        Boquerón’,  de  la vía que de Chipaque conduce a Bogotá, varios individuos  que  se  movilizaban  en una camioneta Dodge 300, interceptaron la tractomula de  placas  SBB-284,  conducida  por el señor LUIS CARLOS  BUITRAGO  GIL, a quien mediante el empleo de armas de  fuego,  lo despojaron del rodante, la carga de arroz que transportaba y de otros  elementos  personales.  Seguidamente  lo ataron de pies y manos y lo arrojaron a  una  alcantarilla,  mientras  uno de los sujetos lo vigiló hasta las doce de la  noche,  cuando  fue  recogido por un vehículo pequeño. Aconteció que unidades  del  Batallón  de  Artillería  de  Chipaque,  quienes efectuaban control en el  área,  retuvieron,  entre  las  doce  y una de la mañana, el automóvil 323 de  placas  FUC-794, el cual era ocupado por cuatro individuos, quienes portaban dos  armas  de  fuego sin salvoconducto. Seguidamente, integrantes de la misma unidad  militar,  a  eso  de  las  cinco  de  la  mañana,  encontraron  a  BUITRAGO    GIL   y   lo   auxiliaron,  llevándolo  hasta  sus  dependencias, lugar donde aquel reconoció a dos de los  ocupantes   del   Mazda,   como   integrantes   de   la   banda  que  lo  había  atracado”.   

2.  El  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Cáqueza,  mediante  sentencia  fechada  el 17 de septiembre de 2001, condenó a  los     procesados     Luis     Abraham     Romero  Padilla,    Alexander  Velásquez   Rojas,  José  Eloy  Acosta  Velásquez  y Francisco Armando Aguirre  Molina  a  la  pena principal de 36 meses de prisión y a la accesoria de rigor,  como  coautores  de los delitos de hurto calificado y agravado y porte ilegal de  armas  de  fuego  de defensa personal imputados en la resolución de acusación.  Así  mismo  se  dispuso  el decomiso de los dos revólveres incautados y se les  concedió  el  subrogado  penal  de  la condena de ejecución condicional.    

3.  Apelado el fallo por el defensor de los  tres  citados  procesados,  el Tribunal Superior de Cundinamarca, el 29 de enero  de 2002, hizo los siguientes pronunciamientos:   

3.1.          Revocó   el   numeral  primero  de  la  sentencia   impugnada   y,  en  su  lugar,  absolvió  a   los  procesados  Luis  Abraham     Romero     Padilla    y    Alexander  Velásquez Rojas del delito de  hurto  calificado  y  agravado  imputado  en  la resolución de acusación. Así  mismo,  a  estos  procesados  los condenó  a  la  pena principal de 24 meses de prisión y a la accesoria de  rigor,  como  coautores  del delito de porte ilegal de armas de fuego de defensa  personal.   

3.2. Confirmó la  condena  que  por  los  delitos de hurto calificado y  agravado  y  porte  ilegal de armas de fuego de defensa personal se profirió en  primera   instancia   contra   José   Eloy   Acosta  Velásquez    y    Francisco    Armando    Aguirre  Molina.   

3.3.  Por  último, dispuso el decomiso del  vehículo    Mazda   de   placas   FUC-794,   de   propiedad   de   José  Eloy Acosta Velásquez. En todo lo  demás confirmó el fallo apelado.   

LA     DEMANDA     DE   CASACIÓN   

El  defensor de los procesados Luis     Abraham    Romero    Padilla,  Alexander     Velásquez     Rojas    y       José      Eloy      Acosta  Velásquez,  en  lo  que  podría  entenderse como la  presentación  de  una  demanda  conjunta,  afirma  que la misma la funda en los  numerales  1° y 3° del artículo 207 del Código de Procedimiento Penal, cuyos  argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

A.   En   el   subtítulo  que  denominó  “ERROR   DE   HECHO   EN  LA  APRECIACIÓN  DE  LA  PRUEBA”  sostiene  que  el  sentenciador de segunda  instancia  se  equivocó  en  la  valoración  de  las pruebas de cargo, pues al  considerar  la  declaración de Wilson Almeida no observó que la misma presenta  varias  contradicciones  con  el  testimonio de la víctima Luis Carlos Buitrago  Gil.   

Indica  que  Buitrago  Gil,  en  una de sus  declaraciones,  sostuvo  que los asaltantes portaban dos armas, que uno de ellos  vestía  camiseta  con  rayas verdes y blancas y calzaba tenis blancos y negros.  Sin  embargo,  en testimonio rendido el 23 de octubre de 1998 afirmó que cuatro  encapuchados   le  apuntaron  con  revólver,  “sin  embargo  a folio 4 dice que reconoce a los capturados como sus atracadores, para  en  diligencia  posterior  manifestar  que  solo  puede  reconocer  a dos de los  implicados”.   

Considera significativo que a las ocho de la  mañana  del  23 de octubre de 1998 la víctima se haya comunicado por teléfono  con  Víctor  Manuel  Perdomo, propietario del camión, quien en la denuncia que  presentó  en la misma fecha explicó que Luis Carlos Buitrago Gil le manifestó  que  el  ejército  había  retenido  a  los  sospechosos,  lo que indica que la  víctima  “reconoció  como  autores del ilícito a  personas       diferentes       a       los      reales      autores”.   

Asevera que el mismo día en que ocurrieron  los  hechos la Fiscalía dejó constancia de la manera como vestía el sindicado  José  Eloy  Acosta,  que  no coincide con la versión de la víctima, lo que le  permite  concluir  que  los  falladores  no tuvieron en cuenta tanto la denuncia  presentada  por  Víctor  Manuel Perdomo como la citada constancia dejada por la  Fiscalía,  “o  simplemente  no  fue  estudiado  y  analizado  todo  el  material  probatorio  recaudado;  y si a contrario sensu se  leyó  el  proceso  y  se  dejaron  de  un  lado las pruebas que favorecen a los  inculpados”,  irregularidad  que,  a  su  juicio,  generó    una    “vía   de   hecho”.   

Dice  que los sindicados José Eloy Acosta  Velásquez  y  Francisco Armando Aguirre Molina no fueron reconocidos en fila de  personas,  ya  que,  en su criterio, esta diligencia fue obtenida con violación  del debido proceso.   

Así mismo, afirma que las declaraciones de  Yorley  Méndez  y  de  William A. Jiménez coadyuvaron lo manifestado por José  Eloy  Acosta,  versiones  en  las  que  no se observa contradicción alguna. Por  ello,  estima  que  son  “excesivas las suspicacias  que  empleo el Tribunal al comentar el recorrido que hicieron los sindicados, en  verdad  que  la  labor  del juez al analizar la prueba no puede fundamentarse en  criterios  tan  subjetivos  como  los  que  campea  en  los  fallos  de  las dos  instancias,  como  aquellas  de  que  son  partícipes en el hurto dada la corta  distancia  existente entre el lugar en donde se perpetró el ilícito y el sitio  en  donde  se  encontró  el  tractocamión;  o  que  si  tres de los inculpados  salieron  de  Fómeque  a  las  cinco  y media de la tarde, tuvieron tiempo para  llegar  al  lugar  en  donde  se  cometió  el ilícito a las siete de la noche,  llegar  a  Bogotá,  deshacerse  de la camioneta, visitar a YORLEY y regresar al  lugar  en  donde fueron capturados, se vuelven francamente fuera de texto por el  exceso      de     subjetividad     que     se     le     imprime…”.   

Reitera  que el análisis realizado en los  fallos  se  basa  en  la  subjetividad, especialmente en la sentencia de segunda  instancia,   de  “tal  suerte  que  utilizando  un  ejemplo  se  puede  decir que a un miligramo de prueba indiciaria se le adiciona  un  kilo  de coincidencias y sospechas”, situación  que   se   refleja   cuando  los  jueces  no  se  detuvieron  a  “pensar”  que la víctima indicó que  fue  asaltada  por  cuatro encapuchados, pero a ninguno de los capturados se les  halló    capucha    alguna,   olvidando   el   juzgador   que   “que  si  los  hoy acusados hubieran sido los autores del hurto, en  su  poder  habría sido hallado el revólver, el celular o el dinero o cualquier  otro objeto hurtados a la víctima”.   

Estima que es fantasiosa la afirmación del  Tribunal,  según  la cual los sindicados se desplazaban en dos vehículos y uno  de  ellos era el Mazda 323, hecho que, en su criterio, emerge de la imaginación  del  juzgador,  pues  tal  aspecto  no está probado en el proceso, ya que si la  víctima  no  vio qué vehículo recogió al delincuente que lo vigilaba ni qué  dirección  tomó,  no  puede  aceptarse  que  este  sujeto  abordó  el  citado  Mazda.   

Igualmente,  afirma  que  el  juzgador  de  segunda  instancia  extrañó  que  la  defensa  no se hubiese referido al porte  ilegal  de  armas,  lo  que  le  permite  concluir  que  no  tuvo  en cuenta las  indagatorias  rendidas  por los procesados, en las cuales se constata que Acosta  Velásquez  y  Aguirre  Molina portaban las armas decomisadas, sin que tal hecho  lo  conocieran  Velásquez  Rojas  y  Romero  Padilla, quienes ignoraban que sus  compañeros   poseyeran   dichos  artefactos,  motivo  por  el  cual  no  podía  condenárseles  como  coautores del citado delito, irregularidad que originó el  acusado error de hecho.   

Agrega    que    si    “analizamos   las   razones   por  las  cuales  JOSÉ  ELOY  ACOSTA  VELÁSQUEZ  (…)  y el otro ciudadano portaban las armas incautadas, concluimos  que   nos  hallamos  frente  a  una  legítima  defensa  sicológica”,  pues  dada su ocupación de comerciante y teniendo en cuenta  que  la  región  por  donde  se  moviliza  se vive en continua zozobra, se hace  indispensable    el    porte    de    un    arma    que    lo    “proteja”,   circunstancias  que  no  fueron tenidas en cuenta en el fallo impugnado.   

Manifiesta  que  la  captura  de  los tres  procesados  que  defiende  fue circunstancial, debiéndose a que “dos  de  los implicados portaban armas de defensa personal, mas no  por  haber  perpetrado  el  reprochable  hecho  punible  de  hurto  calificado y  agravado”,  captura  que se debió “al  vivo  interés  del Sargento Segundo Wilson Almeida Arciniegas  al  hacerlos  aparecer  como autores del hecho, por querer castigar a JOSÉ ELOY  ACOSTA   al   ser   éste   pensionado   de   las   fuerzas  armadas”.   

En  esas  condiciones,  concluye  que  el  Tribunal   Superior   de   Cundinamarca  incurrió  en  errores  de  hecho   “al  interpretar  y  aplicar  equivocadamente  las  pruebas  existentes, omitiendo que existen pruebas que contradicen las expuestas  por el Tribunal”.   

B.   En   el   capítulo   que   llamó  “ERROR  DE  DERECHO”  afirma  que  el  Tribunal  incurrió  en  este  tipo  de  yerro,  por cuanto que  “dejó  de  aplicar  la  ley  porque  le  dio  una  interpretación   errónea”,   irregularidad  que  condujo  a  la  condena  de José Eloy Velásquez y de Francisco Armando Aguirre  como  coautores  de los delitos de hurto calificado y agravado y porte ilegal de  armas  de  fuego  de  defensa personal y, por este último ilícito, también se  profiriera  fallo  condenatorio  contra  Luis Abraham Romero y William Alexander  Velásquez.   

Considera   que   la   “posición”   del   sentenciador  de  segunda   instancia   es   contraria   a  derecho  y  a  la  realidad  procesal,  “en  la medida en que no podía hacer extensiva la  responsabilidad  por  el  porte  ilegal de armas, ya que es necesario que exista  connivencia  o  conocimiento  por  parte de quienes no portan el arma para poder  hablar de coautoría”.   

Sostiene  que  al estar demostrado que las  armas  las  encontraron  en  poder  de  Acosta  Velásquez  y de Aguirre Molina,  quienes  manifestaron  ser  los  propietarios  de  las mismas, necesariamente se  debía   concluir   que  Romero  Padilla  y  Velásquez  Rojas  desconocían  la  existencia  de  las  mismas.  Por ello, en su criterio, el Tribunal incurrió en  error  de  derecho,  es  decir,  “se confundió al  valorar  el  haz  probatorio”  entendiendo que los  cuatro  acusados  participaron  en  la  comisión  de  dicha  conducta  punible.   

A   continuación,  en  el  título  que  denominó  “SENTENCIA DICTADA EN JUICIO VICIADO DE  NULIDAD”,   apoyado   en  la  causal  tercera  de  casación,  informa  que  el  fallo  del  Tribunal  descartó lo afirmado por el  suboficial  Wilson  Almeida  Arciniegas,  por  considerar que la prueba de cargo  suministrada  por  dicho  militar  viola los artículos 29 y 31 de la Carta. Sin  embargo,  dice,  el  ad  quem no “hizo extensiva la  nulidad      o      inexistencia      al      mal      llamado      ‘reconocimiento’ que el ofendido hizo de dos de los  capturados,  y  precisamente las sentencias básicamente están fundamentadas en  este reconocimiento”.   

Considera  que se violó el debido proceso  “en virtud a que se evacuaron diligencias violando  la  Constitución  y la ley. Y así los falladores no se apartaron de las reglas  de  la  sana  crítica  ni  de  los  principios  de la lógica, se debe a que la  investigación  solo  se  orientó a extractar pruebas de cargo inexistentes y a  imprimirle  calidad  de  prueba  al  reconocimiento  hecho por el ofendido, acto  violatorio  de  las  disposiciones que rigen la materia, en consecuencia forzoso  es      reconocer      la      nulidad     de     esta     prueba…”.   

Así   mismo,   estima  que  surge  otra  irregularidad  sustancial  “en  la  resolución de  acusación”, pues esta providencia “está  en contravía con la resolución proferida por la Fiscalía  272  de  la  Unidad  de  Seguridad  Pública  fechada  el 29 de octubre de 1998,  mediante  la  cual  se  abstuvo de agravar la situación jurídica de dos de los  sindicados  por  porte  ilegal  de  armas,  pero  la  Fiscalía  Seccional 01 de  Cáqueza  sin  fórmula  de juicio acusó a los cuatro sindicados como coautores  de  porte  ilegal  de  armas, cuando debió revocar la decisión de la Fiscalía  272,  si  era  que  existía  prueba  para  hacerlo,  pero  al omitir tal hecho,  también se violó el debido proceso”.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar  el  fallo  impugnado  y  “como  corolario  de  tal  decisión  les  sea  devueltos  los  derechos  a  todos los sindicado José Eloy  Acosta  Velásquez,  William Alexander Velásquez y Luis Abraham Romero Padilla,  incluyendo  la  devolución  y  entrega  del  vehículo automotor Mazda 323 a su  propietario”.   

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

1.  Teniendo  en cuenta que los procesados  Luis    Abraham    Romero   Padilla   y       Alexander      Velásquez  Rojas  sólo  fueron condenados en segunda instancia  por  la  conducta punible de porte ilegal de armas de fuego de defensa personal,  pues  fueron absueltos por el hurto calificado y agravado, se hace necesario, en  primer  término,  reiterar lo que recientemente precisó la Sala respecto de la  conexidad  procesal  y  sus consecuencias frente a la procedibilidad del recurso  extraordinario de casación.   

Al respecto dijo:  

“Un  replanteamiento  del  fenómeno  de  la  conexidad procesal y de sus expresiones  legales  en  términos  del  artículo  90  de  la Ley 600 de 2.000 dentro de un  ámbito  mucho  más amplio de garantías de los derechos fundamentales, conduce  sin  embargo  a que la Sala reconsidere el criterio hasta ahora expuesto máxime  que  en presencia de aquél no de otra manera sería entendible y materializable  el  principio  de  igualdad  de  los  sujetos  procesales, salvedad hecha de las  excepciones  que la propia legislación señala de manera explícita.   

“En  efecto,  produciéndose   la   conexidad   -según   la   precitada  norma-  ‘cuando: 1. La conducta punible haya  sido  cometida  en  coparticipación  criminal.  2.  Se  impute a una persona la  comisión  de  más  de una conducta punible con una acción u omisión o varias  acciones  u  omisiones,  realizadas con unidad de tiempo y lugar. 3. Se impute a  una  persona  la  comisión  de  varias  conductas  punibles, cuando unas se han  realizado  con  el  fin  de  facilitar  la ejecución o procurar la impunidad de  otras;  o  con  ocasión  o como consecuencia de otra. 4. Se impute a una o más  personas  la  comisión  de  una  o  varias conductas punibles en las que exista  homogeneidad  en  el  modo  de  actuar  de  los autores o partícipes, relación  razonable  de lugar y tiempo, y, la prueba aportada a una de las investigaciones  pueda    influir    en    la    otra’,  es  incuestionable  que  se  trata  de un fenómeno que si bien  tiene  por  supuesto  la  actividad de los sujetos activos de la acción penal y  también  la que se surta en la actuación (pues hace igualmente referencia a la  prueba),  debe  siempre  analizarse en función del proceso de que se trate y no  del  sujeto o sujetos a él vinculados toda vez que la conexidad como excepción  a  la unidad procesal liga para efectos de su investigación y juzgamiento en un  mismo   ámbito   los   diversos   delitos   que   han   de   someterse   a   su  decurso.   

“Eso  implica  que  los  sujetos  y  más  específicamente  los procesados, vinculados como se  encuentran  en  un  mismo  asunto,  esto  es,  normalmente  concurriendo  en una  conexidad  subjetiva,  deben  someterse  -en  aras  del  principio  de  igualdad  derivado  no  de  su delincuencia sino del proceso en sí- a idénticas cargas y  deberes  procesales,  de  modo  que  entratándose del recurso extraordinario de  casación  no  se  entendería que a aquellos a quienes se imputa un ilícito de  menor  punibilidad  les  sea  exigible  una mayor carga y una menor a quienes se  acusa     o     condena    por    delitos    de    mayor    sanción.   

“Así, en este  caso  de  sostenerse el criterio hasta ahora expuesto por la Sala y para efectos  de  la  demanda de casación se estaría exigiendo al condenado por el delito de  peculado  culposo  la reunión de más requisitos de los que se exigirían a los  demás  sindicados que sentenciados por delitos dolosos conllevaron una sanción  superior   a   la  impuesta  al  primero,  lo  que  implica  indudablemente  una  afectación  al principio de igualdad en tanto investigados y juzgados todos los  acusados  en  un  mismo  asunto  se  le estarían imponiendo cargas diferentes y  mayores  a  quien ejecutó un delito de punibilidad cuyo máximo es inferior a 8  años   y   menores   a   quien   cometió   uno   cuya  sanción  excede  dicho  límite.   

“Por  tanto,  observada  la  conexidad  en  función  del  proceso  y no del sujeto activo del  delito,  la  casación  ordinaria  resulta  procedente  en  tanto  su  objeto lo  constituya  un  ilícito  que  se  sancione  con pena máxima que exceda de ocho  años  de  prisión,  independientemente  de que siendo juzgados varios punibles  éstos  se  imputen  o  no a uno, a varios o a todos los enjuiciados.   

“En este asunto  los  delitos  objeto  de  investigación  fueron el de peculado por apropiación  doloso  imputado  a  un  procesado en condición de autor y a otro en calidad de  cómplice,  así  como  el de peculado culposo atribuido a un tercer acusado, lo  que  -frente  al  criterio  de la Sala que ahora se recoge- llevaría a sostener  que  por  aquéllos  en  una  inadmisible  discriminación  sería procedente la  casación  ordinaria  y  por  éste  sólo la discrecional con las cargas que su  interposición implica.   

“Frente  al  nuevo  planteamiento,  por  el contrario y dada la observación del fenómeno de  la  conexidad  desde  el  punto  de  vista  del proceso y no excluyentemente del  encausado,  a  todos los vinculados se les demandan las mismas cargas procesales  de  modo  que,  sin  importar  si  a  éste o a aquél procesado le fue imputado  exclusivamente  el  punible  sancionado  con  pena  cuyo  máximo no excede de 8  años,  procedería  la  casación  ordinaria a condición obviamente que algún  delito  sancionado  con  prisión cuyo máximo exceda de 8 años haya sido parte  del objeto del proceso.   

“En  este  evento  -por  ende- así Mendoza Gaona haya sido condenado exclusivamente por un  delito  cuyo  máximo de pena es inferior a 8 años, le es posible ejercer -como  lo  hizo  su  defensor-  el recurso de casación ordinaria toda vez que, dada la  conexidad  -aquí además de subjetiva, procesal- de ésta hizo parte un punible  que  sí  se  sanciona  con  pena  máxima  que  supera  ese límite”.1   

Así,  entonces,  teniendo  en cuenta los  nuevos  lineamientos  frente  al  fenómeno  de  la  conexidad procesal, resulta  procedente  el recurso extraordinario de casación en ese asunto respecto de los  delitos por los cuales fueron condenados los procesados.   

2.  En  cuanto hace a la demanda conjunta  presentada  a  nombre  de  los procesados  José  Eloy      Acosta     Velásquez,     Luis   Abraham   Romero   Padilla   y  Alexander      Velásquez      Rojas,  advierte  la  Sala  que  la  misma  no reúne los requisitos de  claridad  y  precisión  que para ser admitida establecen las normas que regulan  la casación.   

Ante     todo    debe   reiterarse    que   la   demanda   de   casación   no    es    de    libre  formulación,   por   lo   que    no    es    procedente    toda   clase   de  cuestionamientos   a   una   sentencia   que  por   ser   la  culminación  de  un proceso está amparada por la  doble  presunción  de  acierto y legalidad, sino que debe ser un escrito claro,  lógico   y  sistemático  en  el  que,  al  tenor  de  los  motivos  expresa  y  taxativamente  señalados  en  la ley, se denuncian errores bien sea de juicio o  de  procedimiento  en  que  haya  podido incurrir el sentenciador, procediendo a  demostrarlos dialécticamente y evidenciando su trascendencia.   

Tales presupuestos no los reúne el libelo  que  ocupa  la  atención  de  la  Sala,  pues  si  bien el actor anuncia que lo  sustenta  en  las  causales primera y tercera de casación, de todos modos en su  desarrollo  no  se respetan los parámetros y las reglas técnicas que la ley ha  establecido para tales hipótesis.   

En  efecto, en cuanto a la causal primera  no  dice  el  censor  cuál fue la vía de vulneración de la ley sustancial, si  directa  o  indirecta,  ni mucho menos indica su sentido, esto es, si lo fue por  falta  de  aplicación,  aplicación  indebida  o  interpretación errónea, sin  olvidar     que     tampoco    señaló    cuáles    fueron    los    preceptos  transgredidos.   

Ahora   bien,   bajo  dicha  hipótesis  casacional,  observa la Sala que el censor formula una serie de cuestionamientos  a  la  sentencia del Tribunal,  siendo el primero de ellos el que denominó  “ERROR   DE   HECHO  EN  LA  APRECIACIÓN  DE  LA  PRUEBA”  que,  en su criterio, se representa en la  equivocación   en   la   “valoración   de   las  pruebas”  como  fueron las declaraciones de Wilson  Almeida  Arciniegas,  Luis  Carlos  Buitrago Gil, Víctor Manuel Perdomo, Yorley  Méndez   y  William  A  Jiménez  y  la  constancia  dejada  por  la  fiscalía  relacionada  con  las  prendas  que  vestía  José Eloy Acosta al momento de su  captura.      

No   obstante,   se   advierte  que  su  inconformidad  radica  en  la credibilidad que los juzgadores le otorgaron a los  elementos  de  juicio,  olvidando  que  la  simple  disparidad  de  criterios no  constituye  yerro  demandable  en  casación,  pues de acuerdo con el sistema de  apreciación  probatoria que rige el juzgador goza de libertad para justipreciar  los  medios  de  prueba  allegados al proceso, sólo limitado por los postulados  que informan a la sana crítica.   

A  más  de lo anterior, desconoce que el  fallo  llega  a  esta  sede  precedido  por  la  doble  presunción de acierto y  legalidad,  es  decir,  que  los  hechos  y  las  pruebas  fueron  correctamente  apreciadas y el derecho estrictamente discernido.   

Así   mismo,  teniendo  en  cuenta  la  afirmación   del   actor,  según  la  cual,  el  sentenciador  “se   equivocó   en   la    valoración  de  las  pruebas  de  cargo”,  por  lo  que,  a  su juicio, incurrió en  “ERROR  DE HECHO”, se  hace  necesario  recordar  que  el error de hecho, como lo ha dicho la Corte, en  materia  probatoria  subyace  una actitud frente a lo descriptivo, en el sentido  de  que  se  transgrede la información suministrada por la prueba o se finge la  que   ella   pueda   suministrar.   Y   lo   generan   tres  falsos  juicios,  a  saber:   

     

a. falso  juicio  de  existencia,  según  el  cual,  el juzgador, al  momento  de  valorar  de  manera  individual y conjunta las probanzas, supone un  medio  de  convicción que no obra en el diligenciamiento o excluye uno, los que  tenían  la  capacidad  de  probar  circunstancias  que  eliminan,  disminuyen o  modifican la decisión absolutoria o de condena.     

     

a. Falso  juicio  de  identidad, en el que incurre el juzgador cuando  en  la  apreciación  de  una  determinada  prueba  le  hace  decir  lo que ella  objetivamente  no  reza,  erigiéndose  en una tergiversación o distorsión por  parte    del   contenido   material   del   medio   probatorio,   bien   porque  se le coloca a decir lo que su texto  no   encierra   o   porque   se   le  hace  expresar  lo  que  objetivamente  no  demuestra.     

     

a. Falso  raciocinio, cuando el sentenciador se aparta, al momento de  apreciar  los  medios  de convicción, de los postulados de la sana crítica, es  decir,  de  las  leyes  de  la  lógica,  de  la  ciencia, de las máximas de la  experiencia o del sentido común.      

Como   puede  advertirse,  si  bien  el  libelista  mencionó  la existencia de un error de hecho, de todos modos guardó  silencio  sobre el falso juicio que lo determinó, limitando su argumentación a  hacer  críticas  generalizadas  sobre  la  manera  como el Tribunal valoró los  medios  de  pruebas,  tales  como  que  no  observó  las contradicciones en que  incurrió  el  declarante  Wilson  Almeida  frente a lo expuesto por la víctima  Luis  Cargos Buitrago Gil, o que éste nunca supo describir con acierto y verdad  las  prendas  que  vestían  sus  asaltantes, pues la fiscalía dejó constancia  distinta  al  respecto,  o  que  el  mismo  Luis Carlos Buitrago “reconoció  como  autores del ilícito a personas diferentes a los  reales  autores”, o que las declaraciones de Yorley  Méndez  y  de  William  A.  Jiménez  coadyuvaron lo manifestado por José Eloy  Acosta,  versiones  en  las  que  no  se  observa  contradicción alguna, o que,  “simplemente  no fue estudiado y analizado todo el  material   probatorio   recaudado”,  quedando  la  discusión  en  una  discrepancia de criterios en torno al grado de credibilidad  que  el  sentenciador  de  segundo  grado otorgó a los citados medios de prueba  para  concluir  en  la  responsabilidad  de  sus  defendidos, contraposición de  criterios  que,  como  se  dijo,  no  es  susceptible  de  ser  atacado  en esta  sede.    

Idéntica  situación se desprende cuando  el  actor  sostiene  que  el  Tribunal  incurrió  en “ERROR DE DERECHO” por  cuanto  “dejó de aplicar la ley porque le dio una  interpretación   errónea”,   irregularidad  que  condujo  a que se condenara a Acosta Velásquez como coautor del delito de hurto  calificado  y  agravado, afirmación que se quedó en el enunciado, toda vez que  no  precisó la norma sustancial que, en su criterio, fue interpretada de manera  equivocada  y,  al  mismo  tiempo,  no  especificó las pruebas sobre las cuales  recayó  dicho  yerro,  ni  el  falso  juicio  que  lo  generó,  esto es, el de  legalidad  o  el  de convicción, ni señaló y menos demostró su trascendencia  frente  a  las  conclusiones  adoptadas en el fallo censurado.      

Del contenido del libelo tampoco se puede  concluir  cuál  fue  el falso juicio que generó el anunciado error de derecho,  pues  en  la  fundamentación  de  la  censura  el  actor  no hizo otra cosa que  sostener  que  a  José  Eloy  Acosta “no se podía  hacer  extensiva  la  responsabilidad  por  el porte ilegal de armas”.   

Finalmente,   en   cuanto   al  último  cuestionamiento  que  hace sustentado en la causal tercera de casación y que le  permitió    afirmar    que   en   este   asunto   se   dictó   “sentencia    en   un   juicio   viciado   de   nulidad”,  olvidó  el  actor  que  la coherencia conceptual y el rigor  metodológico  de  la  casación  imponen  que  dentro de la demanda se debe dar  aplicación  al  principio  de  prioridad en la invocación de las causales y la  proposición  de  los  cargos,  toda  vez  que  es  necesario tener en cuenta la  incidencia  procesal  que  genere la prosperidad de alguno de ellos respecto del  efecto         corrector         o         invalidante        del        recurso  extraordinario.       

Al respecto ha dicho la Sala:  

“Ello obedece  a  la  lógica  sobre  el  cual  está edificado este recurso extraordinario. Su  racionalidad  impone  verificar  previamente,  esto  es,  antes de cuestionar el  fondo  de  la  sentencia,  si  la estructura y los instrumentos de garantía del  proceso  no  han sufrido escamoteo alguno. Sólo entonces, una vez constatada la  legitimidad  constitucional  del  procesamiento  que  le dio origen, es factible  entrar  a  auscultar  la  sentencia  en  sí  misma, en orden a comprobar si sus  soportes  probatorios  y el raciocinio que sobre ellos se ha operado, se ajustan  o  no a la legalidad”.2   

Así, entonces, cuando de varios cargos se  trata  y uno de ellos se apoya en la causal de nulidad, el método, la lógica y  la  coherencia  precisan que primero se debe despejar todo aquello atinente a la  legalidad  y  validez  tanto  del  proceso  como de la sentencia impugnada, para  posteriormente   adentrarse  en  las  demás  materias  que  involucren  asuntos  relacionados  con  la  aplicación  de  la  ley  sustancial o con la valoración  probatoria,  pues,  como  lo  ha  enseñado  la  jurisprudencia, “no  es  razonable que primero se acepte la validez del proceso, se  reproche  su  valoración  probatoria y se censure la indebida aplicación de la  ley,  y  luego  se  cuestione  la  eficacia  y legitimidad del mismo”                  3,   como   sucede   en  este  caso.   

De  otro  lado,  cuando  de la nulidad se  trata,  para  el  éxito de la impugnación se debe identificar el acto procesal  irregularmente    cumplido,   demostrarse   la   omisión   de   un   desarrollo  jurídicamente  exigible  conforme  a  disposiciones  que  lo  establecen,  y la  incidencia  de  ello  en  el  proceso  o  en  la  sentencia,  con efectos en las  garantías  constitucionales  y  legales  reconocidas a favor del procesado o de  cualquier  otro sujeto procesal, o en la estructura del proceso, y que no puedan  ser subsanadas.   

Recuérdese   que   la   argumentación  correspondiente  a  la  causal tercera de casación, si bien tolera cierto grado  de  flexibilidad,  no escapa al cumplimiento de los requisitos que la ley exige,  pues son comunes a todos los motivos de censura.   

En el evento que ocupa la atención de la  Sala,  el  libelista no acierta en la causal invocada, pues si consideró que se  evacuó    el    “mal    llamado    ‘reconocimiento’ que el ofendido hizo de dos de los  capturados”  con  desconocimiento   de   las   reglas   que  la  ley  establece  para   el   efecto,   ha  debido  formular  el  reproche   bajo    los    postulados    de   la   violación   indirecta  de  la  ley  sustancial,  por  error  de derecho generado en un falso  juicio de legalidad.   

Y  si  se  entendiese   que   quiso   aludir   al  falso  juicio  de   legalidad,   de  todos  modos  no  lo  demostró,   ya   que   no   indicó   cuáles  eran  las   normas    que    condicionaban    la    validez   del   citado   “reconocimiento”,  en qué consistió  el  error  y  su trascendencia frente a las conclusiones del fallo, limitando el  discurso  a  reclamar  la  manera  como la víctima reconoció a los capturados.   

Respecto     de    la   otra      irregularidad      que     denuncia     como   violatoria   del  debido  proceso,   según la cual, la resolución de  acusación   está   “en   contravía”   con   la  que  resolvió  la  situación  jurídica  de  los  procesados,  tampoco  ilustró  a  la  Corte  como  la ley dispone que el pliego  acusatorio  debe  ser  consonante  con la citada providencia, al punto de que su  desconocimiento  quebranta la estructura del proceso y, por lo mismo, la nulidad  es  la  única  alternativa  que  queda  para  remediar  el  yerro in procedendo  acusado.   

Por   consiguiente,  ante  las  citadas  falencias, la Corte inadmitirá la demanda de casación presentada.   

En mérito de lo expuesto, la Corte     Suprema    de    Justicia,  Sala  de Casación Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  Ley,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor de los procesados   LUIS   ABRAHAM   ROMERO   PADILLA,  ALEXANDER     VELÁSQUEZ    ROJAS    y      JOSÉ      ELOY      ACOSTA  VELÁSQUEZ.  En consecuencia, se declara desierto el  recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                        HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO  GÓMEZ  QUINTERO                                 EDGAR   LOMBANA  TRUJILLO                       

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN               JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID  RAMÍREZ  BASTIDAS                                 MAURO   SOLARTE  PORTILLA   

                TERESA RUÍZ NÚÑEZ   

                     Secretaria     

1  Casación   22693  del  18  de  noviembre  de  2004,  M.P.  Dr.  Alfredo  Gómez  Quintero.   

2  Casación  17281  del  19  de  junio  de  2003,  M.P. Dr. Álvaro Orlando Pérez  Pinzón.   

3  Casación   18656   del   21   de   abril   de  2004,  M.P.  Dr.  Mauro  Solarte  Portilla.     

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