19391(17-08-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 19391  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta. No. 062.   

          Bogotá   D.C.,   agosto   diecisiete   (17)   de   dos   mil  cinco  (2005).   

VISTOS  

          Resuelve  la  Sala  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  el  defensor  del procesado JOAQUÍN CLÍMACO FERNÁNDEZ DE  CASTRO  HENRIQUEZ  contra  la  sentencia  del Tribunal  Superior  de  Bogotá  de  fecha  julio  6  de 2001, por cuyo medio confirmó la  dictada  por  el  Juzgado  39  Penal  del  Circuito  de  la misma ciudad, que lo  condenó  como  autor penalmente responsable de los delitos de falsedad material  de  particular  en  documento  público,  agravada por el uso y fraude procesal.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          Mediante  Resolución No. 0780 del 20 de diciembre de 1990, el Fondo  de  Previsión Social del Congreso de la República  reconoció pensión de  jubilación  al  doctor JOAQUÍN CLÍMACO FERNÁNDEZ DE  CASTRO   HENRÍQUEZ   en   calidad   de  ex  director  administrativo  de  la  Cámara  de Representantes.  El 16 de septiembre de  1997,  el  mencionado,  a  través  de  abogado,   presentó ante esa misma  entidad  solicitud  (radicada  bajo  el número 1128) con el objeto de que se le  concediera  pensión  como  ex  congresista,  la  cual  fue  negada  mediante la  Resolución  0190  del  3  de  abril  de  1998.   Contra  esta decisión el  apoderado  interpuso recurso de reposición con resultados adversos, tal como se  declaró     en     la     Resolución     0610     del     14     de     agosto  siguiente.             

          Posteriormente,       en       forma       directa      FERNÁNDEZ   DE  CASTRO  insistió  en  su  solicitud,  para  lo  cual anexó certificaciones laborales en donde constaba su  gestión  como  inspector  de  policía  del  corregimiento  de  Orihueca  en el  municipio   de   Ciénaga  (Magdalena)  y  como  examinador  de  cuentas  de  la  Contraloría  Municipal  de la misma localidad, cargos desempeñados entre el 22  de  febrero  de  1952 al 12 de abril de 1955 y del 1° de enero de 1958 al 31 de  diciembre de 1961, respectivamente.   

En virtud de esta nueva solicitud elevada por  el  pensionado,  se  produjo proyecto de Resolución (sin fecha) suscrita por el  director,     doctor     Iván     C.    Gutiérrez  Noguera  y  el  jefe  de  la división de Prestaciones  Económicas,       doctor       Jairo      Escobar  Cifuentes   del   Fondo   de  Previsión  Social  del  Congreso,  por cuyo medio se  revoca  la  Resolución  0780  del  20  de  diciembre  de  1990 y se reconoce su  condición  de  ex  congresista  con derecho a una pensión mensual vitalicia de  jubilación por $ 5.076.984,22.   

El 20 de septiembre de 1999, la Contraloría  Municipal  de  Ciénaga,  con  fundamento  en  los  resultados  arrojados por la  investigación  interna adelantada a instancias de la Coordinación del Grupo de  Seguridad  y  Asuntos  Penales  de  la  Caja  Nacional  de  Previsión, mediante  Resolución  052  y  tras  detectar  “una  serie  de  adulteraciones  efectuadas  al  Libro  que  contienen  las  nóminas  de  pagos,  específicamente  en  el  nombre   de  JOAQUIN CLÍMACO FERNANDEZ DE CASTRO  HENRIQUEZ”,  resolvió  anular y dejar sin efecto la  certificación  expedida  el 26 de enero de 1999 sobre el tiempo de servicio del  mencionado en dicha entidad como examinador de cuentas.   

El  Fondo de Previsión Social del Congreso,  con  base  en  la  decisión  adoptada por la Contraloría Municipal de Ciénaga  respecto  de  la  constancia  laboral,  mediante  Resolución  01033  A de fecha  octubre  11  de  1999, negó el reconocimiento y pago de pensión de jubilación  como  ex  congresista  a JOAQUIN CLÍMACO FERNANDEZ DE  CASTRO  HENRIQUEZ,  con  lo  cual  quedó  vigente  la  Resolución 0780.   

Basado  en  los  hechos  anteriores,  el  ex  congresista   Eduardo  Vicente  Fonseca  Galán,   también   pensionado   por   cuenta  del  Fondo  de   Previsión  Social  del  Congreso,  formuló  denuncia penal contra IVÁN  GUTIÉRREZ NOGUERA, como director de  esa  entidad,  por  cuanto “aprobó con rapidez nunca  vista  en  FONPRECON,  una  ilegal  solicitud de pensión de jubilación para el  doctor   JOAQUIN   CLÍMACO   FERNANDEZ   DE   CASTRO   HENRIQUEZ”.   

Lo  anterior sirvió de sustento para que la  Fiscalía   210   Seccional   de   la   Unidad  Primera  de  Delitos  contra  la  Administración  Pública  y  Justicia  decretara  la  apertura  de instrucción  penal,  en cuyo marco fueron vinculados, mediante diligencia de indagatoria, los  doctores  Iván  Gutiérrez Noguera, Guillermo Leoncio  Díaz  Fajardo,  Jairo Escobar Cifuentes y JOAQUIN   CLÍMACO   FERNANDEZ   DE   CASTRO   HENRIQUEZ.   

A  los mencionados, salvo al último, se les  definió  situación jurídica absteniéndose de decretar en su contra medida de  aseguramiento  y  se  les  precluyó  la  investigación.   Por su parte, a  FERNANDEZ     DE    CASTRO    HENRIQUEZ,  se  le impuso medida de aseguramiento por los delitos de falsedad  material  de particular en documento público, falsedad ideológica en documento  público,  fraude  procesal  y  tentativa  de  estafa agravada, al tiempo que se  abstuvo  de  proferir  dicha medida “en relación con  el  presunto  delito de Falsedad en documentos relacionado con la certificación  de   servicios   como   inspector   de   policía   de   Orihueca   –Ciénaga-”.   

Clausurada  la instrucción, se calificó el  mérito  del  sumario  el  15 de agosto de 2000 con resolución de acusación en  contra   de  JOAQUIN  CLÍMACO  FERNÁNDEZ  DE  CASTRO  HENRÍQUEZ  “como  presunto  autor determinador y material en su orden, de los  punibles  cometidos  en concurso de FALSEDAD MATERIAL DE PARTICULAR EN DOCUMENTO  PÚBLICO,  FALSEDAD  IDEOLÓGICA  EN  DOCUMENTO  PUBLICO,  agravado  por SU USO,  FRAUDE  PROCESAL  y  TENTATIVA DE ESTAFA AGRAVADA POR LA CUANTÍA”.   

Contra  esta determinación, el defensor del  procesado  interpuso  recurso  de apelación, del cual desistió posteriormente,  manifestación  que  fue  aceptada  por  la  Fiscalía  mediante  auto del 12 de  septiembre de 2000.   

          La  etapa  de  juzgamiento  correspondió  al  Juzgado  39 Penal del  Circuito  de  Bogotá  despacho  que,  una  vez se surtió el rito legal, dictó  sentencia  el  8  de  marzo  de  2001,  por  cuyo  medio  condenó a  JOAQUIN  CLÍMACO  FERNÁNDEZ  DE  CASTRO  HENRÍQUEZ a  la  pena  principal  de  35 meses de prisión y a la accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso,  al  encontrarlo  autor penalmente responsable de los delitos de falsedad material de  particular  en  documento  público  agravada por el uso y fraude procesal. Así  mismo  consideró  que  las  conductas  de  falsedad  ideológica  en  documento  público  y  estafa  por  las  cuales se le profirió resolución de acusación,  quedaron  subsumidas  en  la  falsedad  material y en el fraude procesal, en ese  mismo  orden.   Al  procesado,  en  la  misma  decisión,  se le otorgó el  subrogado de la condena de ejecución condicional.    

          El  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  con  ocasión  del  recurso de  apelación  interpuesto  por  el  defensor  del procesado contra la decisión de  primer  grado, confirmó la decisión anterior mediante sentencia de fecha julio  6 de 2001.   

          El   fallo   del   ad  quem  fue  objeto  del  recurso  extraordinario de casación por parte del  defensor  del  procesado  quien  lo  sustentó a través de demanda, la cual fue  admitida  formalmente  el  pasado  3 de diciembre de 2004, por lo que se ordenó  correr  el  traslado al Procurador Delegado de conformidad con lo previsto en el  artículo 213 de la Ley 600 de 2000.   

El  Procurador  Cuarto  Delegado  para  la  Casación  Penal,  emitió  concepto  en  el cual solicita no casar la sentencia  impugnada.    Por    consiguiente,   corresponde   ahora   proferir   el   fallo  respectivo.   

LA DEMANDA  

          El  defensor  técnico  del procesado, en relación con el delito de  fraude  procesal,  formula  un cargo al amparo de la causal primera de casación  por  violación  directa  de  la ley sustancial y, con respecto a la imputación  endilgada  contra  su defendido por el delito de falsedad en documento público,  instaura  tres  censuras;   la primera, con carácter principal (violación  directa)  y,  las  restantes, subsidiarias (violación directa e indirecta de la  ley   sustancial).    Los   cargos   propuestos    son  del  siguiente  tenor:   

1. Único cargo en relación con el delito de  fraude  procesal.   Causal primera, violación directa de la ley sustancial  por interpretación errónea.   

          

          Inicia  el  actor  por  discrepar  de la afirmación del Tribunal en  cuanto   a  este  delito  se  refiere  en  el  sentido  de  que  basta  para  su  configuración el empleo de cualquier medio fraudulento.   

         

Advierte  que  no  se estructura este delito  cuando  los  medios  desplegados procuran una decisión conforme a derecho, pues  en  ese caso posiblemente podría concebirse otra conducta delictiva, por cuanto  lo  que  el  precepto  exige es que dicho medio sea contrario a la ley, toda vez  que  “lo  que  se  está  protegiendo es la correcta  emisión  de  un  pronunciamiento  y  todo  lo que tienda a ello, es decir, a su  acierto  o  perfección  no  puede  mirarse  como fraude procesal”, cuando más acarrearía una sanción disciplinaria.   

          Manifiesta  que  su  interés en este cargo está dirigido hacia los  aspectos  de  “la  inducción  en  error  y  el acto  administrativo”, que de no cumplirse tornan atípica  la  conducta,  imponiéndose la revocatoria del fallo adverso y el proferimiento  de        uno       absolutorio.            

          Para   el   casacionista,  el  Tribunal  sólo  ha  reparado  en  la  adulteración  de  un documento sobre tiempo de servicio de su prohijado, lo que  le  bastó para edificar la condena “sin entrar en el  meollo    de    la    clase   de   inducción   que   esto   representa   y   su  resultado”.   

          Precisamente  en  cuanto  a  la inducción en error, sostiene que es  necesario  abarcar temas decisivos como la capacidad del medio empleado a fin de  determinar   una   verdadera   inducción   en   error   y   así   “evitar  caer  en  la  estulticia  de  no  exigir nada o, en la de  exigir  demasiado  en  su  elaboración”.    

          De  ese  modo,  sostiene  que  el  acto  de  inducción debe guardar  relación  causal  con lo que constituye el núcleo de la sentencia, resolución  o   acto  administrativo  cuya  producción  se  procura  y  no  puede  ser,  en  consecuencia,  un acto extraño y sin influencia alguna.  Esa alteraciones,  por  notorias  y comprobadas que sean, agrega, no poseen la propiedad de inducir  a error y, por ende, carecen de relevancia.   

          Sobre   el  asunto  que  se  somete  a  consideración,  señala  el  recurrente  que  ningún papel jugaba para la inducción en error la definición  del  tiempo  que  su  defendido habría servido como examinador de cuentas en la  Contraloría  Municipal  de  Ciénaga,  porque “con o  sin  el  tiempo que se dice de servicio como examinador de cuentas, el procesado  cumplía  sobradamente  los veinte años exigidos como UNO de los DOS requisitos  que  determina la ley para la pensión de jubilación vitalicia, pues el otro es  la edad”.   

Según el casacionista, haber contado con los  20  años de servicio daba igual que contar con 30 o 40 años y por ello es que,  continua,  muchas  personas  que  persiguen  el  reconocimiento de su pensión y  tienen  40 años de labor optan por mencionar sólo 20, sin aludir al otro tanto  porque  resulta  una  demostración  inútil.   En  este caso, FERNÁNDEZ   DE   CASTRO   HENRÍQUEZ  no  mencionó   previamente   este  tiempo  porque  no  lo  requería,  pues  tenía  acreditados  21  años,  11  meses  y  16  días,  tal  como  se  señala  en la  Resolución  0780  de  1990,  a  lo  que  se  suma  que  contaba con 55 años de  edad.   

Tampoco  se  suscitó problema alguno con el  intento  de  nivelar  su  pensión  a la de un ex congresista, de acuerdo con la  normatividad  posterior,  para  lo  cual alegó un hecho incuestionable, como lo  fue  su  condición de Representante a la Cámara por muchos años, en lo que no  incidía  el  tiempo  de servicio, pues el tema de debate y sobre el cual no hay  alteración  o  falseamiento  era  “SI LOS CINCUENTA  AÑOS   DE   EDAD   LOS   HABIA   CUMPLIDO   CUANDO   FUE   REPRESENTANTE  A  LA  CAMARA”,  que fue lo que resolvió el Ministerio del  Trabajo  y  Seguridad  Social cuando objetó el proyecto de acto administrativo,  punto  que el Tribunal “olvido leer y por lo tanto no  le  concedió  la  importancia decisiva que tiene en la tipicidad del mencionado  delito”.   

En  ese  sentido  se  pronunció  la Sala de  Consulta  y  Servicio  Civil del Consejo de Estado, con ponencia del doctor Luis  Camilo  Osorio  Isaza  el  27  de  mayo  de 1998 y, para el caso concreto, en la  respuesta  a  la  consulta que elevó el Fondo de Previsión Social del Congreso  radicada  bajo  el número 020703 de junio de 1999, citando a la Sala Laboral de  la  Corte Suprema de Justicia (marzo 7 de 1996), que coincide con lo manifestado  por el Consejo de Estado.   

De acuerdo con lo anterior concluye indicando  que,  como  el requisito de la inducción en error está ausente, el fallador ha  debido  abstenerse  de  configurar  el  punible de fraude procesal y que, por lo  tanto, al hacerlo se violó la ley por error de interpretación.   

En lo que concierne con el otro elemento del  tipo   en   cuestión,   parte  de  lo  señalado  por  el  doctor  Iván  Gutiérrez  Noguera,  director  del  Fondo  de  Previsión  Social del Congreso, sobre la naturaleza de la actuación  cumplida  por  su  oficina,  de  cuyo  dicho  se puede concluir que “apenas   se   estaba   en   proceso   de  elaboración  del  acto  administrativo  y  con  ser importantes esas internas gestiones, la cuestión no  trasciende   de  su  verdadera  condición:   proyecto,  borrador,  ensayo,  acercamiento,    intento,    trabajo    de    preparación   etc.”.  Sobre  lo  cual  insiste  en  que  “el  Código  Penal  no  exige esta clase de preliminares sino la existencia del acto  administrativo”.   

Por  valiosos  que  sean  estos “aprestos”,  destaca,  no se trata del  acto  administrativo  que protege la ley en el delito de fraude procesal, razón  por  la  cual la conducta de su procurado como típica tampoco es dable respecto  de  este  segundo  requisito,  considerar  como  típico  el  delito  de  fraude  procesal.              

2.    Primer   cargo  (principal)  en  relación  con  el  delito  de  falsedad  material  de  particular  en documento  público  agravada por el uso.  Violación directa de la ley sustancial por  interpretación errónea:   

   

          A  partir  de  las consideraciones del juzgador de primer grado, con  las  cuales  se  mostró  conforme  el  Tribunal,  en  cuanto  disintió  de  la  concurrencia  de  las  conductas delictivas de falsedad ideológica en documento  público  y  estafa imputadas en el pliego de cargos, al estimar que se absorben  por  los  delitos  de  falsedad  material y fraude procesal, respectivamente, el  demandante  advierte  que  idéntico  análisis  debe surgir en relación con la  falsedad ideológica por la que se condenó a su defendido.   

         

Para el actor el comportamiento del procesado  se  adecua  exclusivamente al fraude procesal, pues bajo la óptica expuesta por  los  juzgadores,  era  imposible  cometer el delito contra la Administración de  Justicia  si  no  se  afectaba  el de la fe pública, lo que igual ocurre con la  agravante  del uso, pues el objetivo trazado por el agente siempre fue acceder a  la prestación social solicitada.   

El  proceso  de subsunción, agrega, procede  sólo  por  el fraude procesal, porque la maniobra a que refiere la descripción  típica   de   esta   conducta,  está  representada  en  la  adulteración  del  documento.   En  esa medida, afirma, no es acertado dividir acciones cuando  existe  unidad  de  designio,  en cuyo caso se debe preferir el de mayor entidad  “y  que  corresponde  a  una más acabada tipicidad,  antijuridicidad  y  culpabilidad”. Por esa razón, se  incurre  en  la  violación  directa  denunciada  “al  dividir   lo   que  no  es  divisible,  al  fraccionar  lo  que  debe  conservar  unidad”.   

Adicionalmente,  señala  que la conducta de  falsedad  material  “podría no ser relevante para el  derecho  penal”,  pues  se  erige como artificio del  fraude,  motivo  por  el  cual  se  está ante un mismo acontecimiento penal, en  donde  la señalada delincuencia  absorbe el desvalor de acción de la otra  conducta.   En  realidad,  sostiene,  sólo  se  produjo  lesión  al  bien  jurídico  de  la  Administración  de  Justicia,  con  lo cual se incurre en la  interpretación  errónea demandada por cuanto sólo cabía deducir el delito de  fraude   procesal   y   absolver   por   el   delito   de   falsedad  documental  imputado.                              

          3.  Primer  cargo subsidiario en relación con el delito de falsedad  material  de  particular  en  documento  público,  agravada  por  el uso.   Violación directa de la ley sustancial.   

         

Comienza  por  señalar  el  actor  que  la  responsabilidad  de  su  defendido  se  derivó  exclusivamente  del  indicio de  interés  en  la  comisión  de la conducta, de acuerdo con el cual solo a éste  interesaba  la  adulteración;  indicio que se convierte en necesario y que  “fue  desterrado  de  la  legislación  penal  hace  tiempos  por  la  imposibilidad  de poder dar con un elemento probatorio de esta  índole”.   

Advierte  al  respecto  que  no  es  posible  obtener  el  recaudo de convicción propio de un fallo de condena a partir de un  solo  indicio,  por  grave  que  éste sea, cuando hoy ni siquiera es suficiente  para   proferir   una   medida   de   aseguramiento   o   una   resolución   de  acusación.   

Como  se desconoció la preceptiva jurídica  que  impide  formar  certeza  con base exclusivamente en ese medio de prueba, se  incurre  en  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  porque  “no   se  trata  de  objetar  la  determinación  de  un  elemento  probatorio  en  cuanto  a  su  valor,  lo  que  daría  lugar  a  una violación  indirecta,  sino  a la aceptación de lo escrutado como factor de incriminación  (indicio   de   interés)”.   En  esa  medida,  considera  que se aplicó indebidamente el artículo que autoriza la expedición  de un fallo de condena.   

Desde ese punto de vista, para el demandante  la  única  prueba  que  se  constituyó  en  el  fundamento  de  la  condena es  incompleta  e  insuficiente, porque la ley exige un aporte mayor en “calidad  y número”, máxime cuando en  este  caso  el interés de adulterar el documento no se configura, por cuanto no  había  necesidad  de  comprobar  el tiempo de trabajo para acceder al beneficio  pensional,  sino  exclusivamente  el  requisito  referido a la edad.     

4. Segundo cargo subsidiario en relación con  el  delito de falsedad material de particular en documento público agravada por  el  uso.  Violación  indirecta  de  la  ley sustancial originada en un error de  hecho por falso raciocinio en la apreciación probatoria:   

         

En esta última censura, el libelista enfoca  su  atención  hacia  la  demostración  de  que  el fallo de responsabilidad en  contra  de  su  prohijado  “solo es dable mediante el  notorio  abandono de una debida y exigible sana crítica del material probatorio  consignado en la sentencia impugnada”.   

Al  respecto,  indica  que  se  violó  el  principio  de antecedente-consecuente porque a partir de la demostración de que  el  procesado  no  laboró en la Contraloría Municipal de Ciénaga, no se puede  inferir   que   fue   él   quien  llevó  a  cabo  las  adulteraciones  en  las  nóminas.   Esto, porque el procesado no solicitó certificación alguna en  relación con ellas, sino sobre las actas de posesión.   

Agrega   que  el  argumento  del  Tribunal  resultaría  coherente  si  se  hubiera  demostrado  que  las  nóminas eran los  únicos  documentos  que  daban lugar al reconocimiento del reajuste, pero no en  este  caso porque para acceder a su pretensión lo que debía acreditarse era el  cumplimiento   de   la   edad   para  la  época  en  que  se  desempeñó  como  congresista.   

Por  otro  lado, advierte que los argumentos  del   sentenciador  tampoco  se  amoldan  al  principio  de  razón  suficiente,  “pues  el interés concreto del procesado se centró  siempre   en  las  actas  de  posesión  y  no  en  las  nóminas”.  De  ese  modo,  cómo  referir  que  hubo  interés  si  el mismo  procesado   se   desentendió   de   ese   punto.   De   haber  el  ad-quem   meditado  sobre  este  aspecto,  agrega,  habría  llegado a una conclusión diversa y conducido a la absolución  de su prohijado.   

Acto  seguido,  el  censor  se  ocupa  del  testimonio  de Correa Galindo,  el  cual  a su juicio se sobredimensionó, porque así hubiera reconocido que el  procesado  trabajó  en  la Contraloría Municipal de Ciénaga, en todo caso las  nóminas  aparecen  alteradas  materialmente.   Y, en segundo lugar, porque  con  ese  tiempo  acreditado  en  la  constancia  o sin él, tenía derecho a su  jubilación.   

Llega a la misma conclusión respecto de esa  probanza  porque  no obstante las bondades que los juzgadores exaltaron de   este  testimonio,  lo  cierto  es  que  cuando  se  le interroga por   Juan   Clímaco,   en  momento  alguno  corrigió  que  se  estuviera  refiriendo  a  Joaquín  Clímaco,  lo  que  constituye  una variación de suma  importancia  porque todo indica que hay dos personas, ambas paisanas de Correa y  familiares  entre  sí,  que  responden a tales nombres e incluso con los mismos  apellidos     Fernández    de    Castro,  por  lo  que no se sabe a ciencia cierta a cuál de los dos alude  el deponente.   

La  perplejidad  frente  al  dicho  de  este  declarante  se  acentúa,  además,  porque  mientras  su  defendido aduce haber  laborado  en  esa  entidad  de  los  años  1958  a 1961, el señor Correa   solo   se  desempeñó  como  su  director  desde enero de 1960 a febrero 1961, lo cual no cubre el amplio ámbito  temporal en que laboró.   

Manifiesta  que también se quebrantaron las  reglas  de  la  sana crítica por no valorarse todas las pruebas que indican que  el  sindicado  nunca  estuvo  en  Ciénaga  “antes o  durante  la  gestión  de  la certificación” y en el  sentido  de  que  no  se  contactó  directa o indirectamente con ninguno de los  funcionarios  de  la Contraloría; al respecto, precisa, hubiera sido importante  haber  establecido  mediante  pericia  la  antigüedad de las alteraciones a las  nóminas.    

Con  fundamento en lo anterior, se cuestiona  el   demandante     de   dónde   surgió   la  certidumbre  sobre  la  responsabilidad  de  su  patrocinado  basada  “en el  inexistente  indicio  necesario del interés que se desvanece porque este no era  el asunto a debatir, sino la edad”.   

Como no se configura la prueba requerida para  proferir  una  condena,  concluye,  se  impone  la  absolución  en  favor de su  prohijado.   

          

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          En  punto  del  único  cargo  relacionado  con  el  delito  de  fraude  procesal.  Causal primera,  violación   directa   de   la  ley  sustancial  por  interpretación  errónea:   

          Para  el  Representante  del  Ministerio  Público, el planteamiento  propuesto  por  el actor no tuvo en cuenta que cuando los efectos de la norma se  le   atribuyen   a   hechos   diversos  a  los  de  su  hipótesis  “se  viola la ley por aplicación indebida, pero más abiertamente  se  infringe  por  dejar  de  aplicarse  aquella  que  está hecha para regir la  situación”,    aspecto    que    constituye    un  desatino   técnico  del libelo, pues la falta de correcto entendimiento de  la  ley  no  surge  a  partir  de  la  realidad normativa, sino del factum histórico del proceso.   

          Tras  efectuar  la  anterior  precisión,  señala  en  cuanto  a la  crítica  contenida  en el primer reparo referida a la inexistencia del elemento  de  la inducción en error, que la discusión propuesta se genera en terrenos de  lo  fáctico  y  que  entraña  divergencia frente al criterio del sentenciador,  porque  si  bien  el  Tribunal estimó que carecía de incidencia el derecho que  tuviera  el procesado a su nivelación pensional, lo cierto es que no refutó la  consideración   que  plasmó  el  a-quo  sobre  el  particular, según la cual se calificó de paralogismo el  propósito  de  desvirtuar  el  interés  en  la comisión de los delitos con el  argumento  de que no requería acreditar el tiempo de servicio para acceder a la  pensión.   

A lo anterior añade que el casacionista, tal  vez  por no dar la impresión de que le estaba vedado discutir sobre los hechos,  no  demostró  con  la  debida  suficiencia que el argumento del sentenciador de  considerar  el  tiempo  de  trabajo  en  la  Contraloría  como  importante para  completar   los  20  años  de  servicio  como  ex  congresista  era  equivocado  “y  simplemente da por sentado que ninguna relación  de  causalidad  para  incurrir  en  error  al  servidor  público tenía el  documento redargüido de falso”.   

En lo que tiene que ver con la importancia de  la  certificación  de  tiempo  de  servicio  como  examinador  de cuentas en la  Contraloría  Municipal  de  Ciénaga,  luego  de  efectuar  un  recuento de los  diferentes  trámites  que  el  procesado  instauró ante el Fondo de Previsión  Social  del  Congreso,  indica que por manera alguna es cierto, contrariamente a  lo  que  afirma  el  censor, que bastaba con el sólo requisito de la edad de 50  años  cumplidos  en  condición de Representante a la Cámara para acceder a la  pensión  en  tal  condición,  pues  el espíritu de la Ley 4ª. de 1992, en su  artículo  17,  reglamentada  por  los  Decretos  1359  de  1993  y 1293 de 194,  artículos  17  y  7°,  respectivamente,  tan  sólo autorizaba el beneficio de  nivelación  salarial a los ex congresistas jubilados como tal, exigencia que no  cumplía  el  procesado  quien   apenas contaba con 47 años de edad cuando  terminó  el  último  período  de  parlamentario,  de modo que para acceder al  beneficio,  debía  demostrar  que cuando ostentó la calidad de Representante a  la  Cámara  había  cumplido  20  años  de servicio en diferentes entidades de  derecho público.    

En relación con el segundo aspecto sobre el  cual  el  casacionista  enfoca su atención en la censura, esto es, en punto del  proferimiento  de un acto administrativo exigido para la concreción del delito,  cuya  entidad  no  dimana  de  un  simple  proyecto, borrador, ensayo, intento o  trabajo  de  preparación,  señala  el Representante del Ministerio Público en  primer  lugar  que  nuevamente  el  actor incurre en el desacierto de derivar el  error  de  hermenéutica  sobre el texto legal mediante la simple confrontación  con el caso particular.   

Además  de lo expuesto, destaca, en segundo  lugar,  que con este planteamiento se pretende asimilar la situación del fraude  procesal  a  la  del  prevaricato,  respecto  del  cual  la Fiscalía con razón  precluyó   investigación   en  tanto  el  proyecto  de  resolución  nunca  se  materializó  en  un  acto  administrativo.   Sobre  el particular, afirma,  existe  unanimidad  en  la  doctrina  y  la jurisprudencia en precisar que no es  requisito   estructural   de  este  delito  la  materialización  de  sentencia,  resolución  o  acto administrativo, por tratarse de un reato de peligro y no de  lesión  concreta,  de  manera  que  basta  para  su configuración “con   el   diseño    y   aducción  al  proceso  del  medio  fraudulento      idóneo      para      inducir      en     error”.                  

Advierte,  también,  que  en  este  caso se  trataba  de  un  acto  administrativo  complejo,  pues para su perfeccionamiento  requería   del   concurso   de  diversas  entidades  oficiales,  no  sólo  por  parte   del  Comité  Jurídico del Fondo de Previsión Social del Congreso  “sino  que  trascendió  a  otras  esferas porque lo  avalaron  el  Fondo  Territorial  de  Pensiones  de Ciénaga y del Magdalena que  también  tenían  a  cargo la obligación del pago del valor de la cuota que le  correspondía”.     

En  punto  del  primer  cargo  (principal)  relacionado  con  el  delito  de  falsedad  material  de particular en documento  público  agravada por el uso.  Violación directa de la ley sustancial por  interpretación errónea:   

Puntualiza  inicialmente  el colaborador del  Ministerio  Público  que  la  inexistencia  del  delito  que  formula  el actor  conlleva  la  aplicación  indebida  de  la  norma  que  lo  sanciona  y  no  su  interpretación   errónea,   aunque   ella   haya   sido   la   razón   de  la  anterior.       

Además,  sostiene  que  como la pretensión  última  del  censor  apunta  al rechazo de la condena por toda delincuencia, ha  debido  señalar el quebranto directo de la preceptiva que regula el concurso de  conductas   punibles  y  de  las  que  sancionan  las  conductas  objeto  de  la  decisión.   

En  cuanto  al  planteamiento de fondo de la  censura,  parte  de  considerar  que los tipos especiales se caracterizan porque  describen  conductas  respecto de otros básicos, aunque diferenciables de estos  en   cuanto   agregan,   modifican,   concretan  o  cualifican  algunos  de  sus  elementos.   Así, a la luz de la normatividad que rige el asunto, esto es,  el  Decreto  Ley  100  de  1980,  la  técnica  legislativa no involucra al  delito  de  falsedad  dentro  de  otro  que  contenga mayor riqueza descriptiva,  “como  tampoco  el  Fraude  Procesal  es de aquellos  delitos  que  por  su  propia  naturaleza  nunca puede cometerse sin la falsedad  documental  de  modo  tal  que  sólo  la  última de las disposiciones estaría  llamada      a     ser     aplicada”.                   

Lo  anterior  le  lleva  a  colegir  que  la  falsedad  no  es  una  modalidad  especial  del fraude procesal, porque resultan  claramente diferenciables sus elementos.   

En  este  caso,  agrega, ni el principio de  especialidad  ni  el  de  consunción  están  llamados a solucionar el supuesto  concurso  aparente  de  tipos,  pues  la  falsedad  no  siempre es el medio para  inducir  en  error  a  un  servidor  público  con  el  fin  de  obtener un acto  administrativo  contrario a la ley.  En algunas ocasiones podrá constituir  uno  de  sus  elementos, pero en estos casos de coincidencia parcial, agrega, el  principio  de  plena absorción no parece ser la solución adecuada “porque  no  haría  justicia por sí”,  entendido  el  hecho  de  que  la  conducta  falsaria  se  ha considerado por el  legislador  como  más grave que el fraude y por ello cuenta con mayor sanción,  e  incluso,  el  juzgador  al  momento  de  graduar  la pena así lo consideró.   

Se  suma  a  lo  expuesto  que  los  hechos  constitutivos  de  cada  una  de  las  conductas  delictivas no tienen conexión  espacio-temporal,   por   cuanto   uno   ocurrió  en  Ciénaga  y  el  otro  en  Bogotá;   sin embargo, el casacionista los trata como si fueran una unidad  delictiva.   

Con  ese  criterio,  para  el  Procurador  Delegado  el  censor  “exalta hasta la hipóstasis la  anticipación  del  propósito final y resta importancia que el fin y los medios  van  siempre  unidos  e  incluso  que  los efectos concomitantes o consecuencias  necesarias  unidas  a estos últimos también quedan incluidos en la voluntad de  realización”.   

Así, precisa que el derecho penal no puede  asumir  una  posición autista desconocedora de la realidad, pues la afirmación  de  que  el  primer  delito  no  tendría  ningún  sentido para el autor sin la  comisión  del  otro,  confunde  la consumación con el propósito de obtener de  él  un  provecho  posterior  que no exige el tipo falsario y cuyo dolo se agota  con  la  voluntad  y  la  conciencia  de  que  se altera la verdad.  En esa  medida,  no  se  debe  confundir el delito complejo con la conexidad que procede  por vínculos ideológicos, consecuenciales u ocasionales.   

Sobre el particular, reitera que cada una de  las  conductas  conserva  su  autonomía,  pues  “la  falsedad  en  las nóminas estaba dirigida al Contralor Municipal de Ciénaga en  orden  a hacerle creer que había existido el vínculo laboral invocado para que  con  base  en  ese  convencimiento  errado  certificara  el respectivo tiempo de  servicio,  en  tanto  que la constancia espuria obtenida constituía el medio de  prueba  idóneo,  apto para probar una fracción de los veinte años de servicio  cotizados  y supuestamente cumplidos cuando ostentaba la calidad de congresista,  por  manera que al aportarlo al trámite promovido con el propósito de alcanzar  el  incremento  de  su  mesada  pensional  de  jubilación  se  erigió en medio  fraudulento  eficaz  para inducir en error a un servidor público”.   

Luego  de  resaltar  el  yerro  en  el  que  incurrieron   los   juzgadores   al   prescindir  de  la  conducta  de  falsedad  ideológica,  concluye  que  la censura no logra demostrar la causal invocada y,  por lo tanto, se debe desestimar.   

          En  punto  del primer cargo subsidiario relacionado con el delito de  falsedad   material   de  particular  en  documento  público  agravada  por  el  uso.  Violación directa de la ley sustancial:   

          Aduce  el agente del Ministerio Público que dentro de la prolífica  invocación  de  normas infringidas el actor menciona el artículo 232 de la Ley  600  de  2000  (antes  247  del  Decreto  2700  de  1991) que no tiene carácter  sustancial.   

          Adicionalmente,  refiere  que el planteamiento contenido en el cargo  no  respeta la técnica de la causal que selecciona, pues discute los hechos tal  como fueron valorados por el Tribunal.   

Admite  que en realidad no existe prueba en  el  proceso  que  incrimine en forma directa al procesado como autor material de  la  adulteración  de  las  nóminas  tachadas  de  falsas  y que ciertamente el  indicio  del  interés  fue  “sumamente grave” para declararlo responsable a  título de determinador.   

Sin  embargo,  agrega  que  el  grado  de  convicción  al  que  llegó  el  juzgador “en manera  alguna  comporta  un  distanciamiento  de  la  realidad  procesal”  porque allí, además de considerarse el beneficio personal que el  procesado  obtenía con la conducta (indicio de móvil para delinquir), también  se  tuvo  en  cuenta  la   exteriorización  consistente en que utilizó el  documento   a  sabiendas  de  que  no  respondía  a  la  realidad  (indicio  de  manifestación  posterior)  y  la prueba testimonial que desvirtúa su excusa en  el  sentido de haber desempeñado los cargos certificados en el documento.    

En  consecuencia, sostiene que bien hizo el  sentenciador  al  proferir  sentencia  de  mérito  en contra del sindicado, por  reunirse   la   prueba  exigida  en  el  artículo  371  del  estatuto  procesal  penal.     

         En  punto del segundo cargo subsidiario relacionado con el delito de  falsedad   material   de  particular  en  documento  público  agravada  por  el  uso.   Violación  indirecta  de  la ley sustancial derivada de un error de  hecho por falso raciocinio:   

         Precisa  que la pretensión contenida en este cargo está llamada al  fracaso,   porque  no  es  cierto  que  se  haya  incurrido  en  los  yerros  de  apreciación probatoria que se denuncian.   

         

En  primer lugar, no tiene razón el censor  al  aludir violación del principio antecedente-consecuente entre la alteración  de  las nóminas y el interés del procesado, porque ella se basa en el concepto  erróneo  de  que  no  necesitaba  haber  cumplido los 20 años de servicio como  congresista,  lo  que  por  sí solo se torna suficiente para que el reclamo por  violación de este principio pierda todo fundamento.   

Tampoco, en segundo lugar, se infringió el  principio  de razón suficiente “porque no responde a  la  verdad que se hubiera desbordado la capacidad de las nóminas alteradas para  incriminar  al  jubilado,  y  en  contra  de  lo  que  afirma, en el escrito que  presentó   el  acusado  no  solicitó  las  actas  de  posesión”.   

En  cuanto a la omisión de valorar algunas  probanzas,  además  de  que  se  evidencia  que  el  censor no se preocupó por  demostrar  su  trascendencia,  se  advierte  que  no  es  cierto  que  todos los  funcionarios  señalaron  no  haberlo  conocido,  como  tampoco  es huérfano el  proceso  de  la prueba que indica su concurrencia a la entidad pública, pues al  respecto  se cuenta con la declaración de Julio César  Medina  Barranco,  mediante la cual confirma que en el  primer  mes  del  año  de  1999  atendió  personalmente  al  procesado y la de  Jaime  Durán  Ortiz  quien  señala   que   FERNÁNDEZ   DE  CASTRO  hizo  entrega  personal en la recepción de la Contraloría de dicha  petición,  de lo que también se enteró Juan Franciso  Remón  Moran,  a pesar de no haber estado presente en  ese momento.   

         

Por  último,  aduce  que  no son de recibo  ninguna  de  las  críticas  sobre  la  forma  cómo se valoró el testimonio de  Alfredo   Correa   Galindo,  “porque   soslaya   que   la   recepción  de  esta  declaración  se  ordenó  por  la  solicitud  del  contralor  que  expidió  la  certificación”,  precisamente  para  confirmar  la  información  verbal  que recibió de aquél al manifestarle que el procesado no  había  laborado  en  la  entidad  mientras desempeñó el cargo de Contralor en  Ciénaga.   

Por  consiguiente,  concluye  que el censor  antes  que  hacer evidente la vulneración de reglas de la sana crítica, lo que  pretende  es  que se acoja su particular punto de vista opuesto al del juzgador,  propósito  que  decae  frente a la doble presunción de acierto y legalidad que  reviste al fallo.   

Con  fundamento  en lo expuesto, depreca se  desestimen   los   cargos   de   la   demanda   y   no   se  case  la  sentencia  impugnada.   

   CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

1.   Único  cargo en relación con el  delito  de  fraude  procesal.  Violación  directa  de  la  ley  sustancial  por  interpretación errónea:   

Sobre dos aspectos del tipo penal de fraude  procesal,  por  el  cual  se  condenó  a  su  defendido, gravita la censura del  casacionista  para  colegir  que  la  hermenéutica  de  los  juzgadores  no fue  acertada.   En  primer  lugar, cuestiona la entidad del acto de inducción,  pues  a  su juicio no ostentó la idoneidad indispensable para llevar a error al  servidor  público  y,  en segundo orden, discute que en este caso no se produjo  acto  administrativo,  ya que sólo se llegó a un acto preparatorio, de lo cual  infiere               que               la              conducta              es  atípica.           

Procede,  en consecuencia, referirse a cada  uno  de  los  aspectos  planteados  por el censor de manera independiente.    

En    relación    con    el    primer  tópico,  resulta pertinente  precisar,  que  el  acto  de  inducción desplegado por el agente y que se exige  para  la  estructuración  de  la  conducta  punible  objeto de análisis, ha de  contar  con  la fuerza o idoneidad suficiente para encaminar hacia un raciocinio  errado al servidor público.    

Si se comprueba que ese acto no reviste esa  especial  connotación,  no  será viable el juicio de adecuación típica, pues  si    bien    el    legislador    prevé   la   utilización   de   “cualquier  medio  fraudulento” para el  propósito  indicado  en  la norma, éste debe contar con la aptitud o la fuerza  necesaria  para incidir en el razonar del sujeto pasivo de la conducta, hasta el  punto  de  sustraerle  a  una  verdad  específica,  para  introyectarle,  en su  defecto, una convicción distante de la realidad.   

Reiterados han sido los pronunciamientos de  la  Sala  en  ese sentido.  Recientemente se precisó, en relación con esa  temática, lo siguiente:   

“Los medios engañosos deben comportar la  idoneidad  para  la  obtención  de los fines sucesivos a que hace referencia el  tipo  penal,  esto  es,  provocar  el  error  y,  como consecuencia de éste, la  emisión  de  una providencia contraria a derecho”1.                  

En  ese  mismo  sentido,  previamente ya se  había señalado por la Sala que:   

“como  reiteradamente  la jurisprudencia de  esta  Sala  lo  ha  señalado,  para que se estructure  este  delito  no  es  indispensable  que el servidor público efectivamente haya  sido  engañado,  sino  que el medio utilizado tenga la potencialidad suficiente  para  engañar, lógicamente debe entenderse que cuando  tales  medios  no  son  idóneos porque de la manera como se presentan la ley no  les  otorga  ninguna  validez, no puede en consecuencia predicarse la existencia  de este delito”2   

(subrayas fuera de  texto).    

Frente  al caso que concita la atención de  la  Sala,  a  diferencia  de  lo  que plantea el actor, sin dificultad alguna se  advierte   que   el   medio  fraudulento  atribuido  al  procesado  JOAQUIN   CLÍMACO   FERNÁNDEZ   DE  CASTRO  HENRÍQUEZ,  esto  es,  la presentación de una constancia laboral al Fondo de  Previsión  Social del Congreso con el fin de obtener el reajuste de su pensión  como  congresista,  cuyo contenido se pudo establecer posteriormente es espurio,  constituye  medio  con la suficiente idoneidad para inducir en error al servidor  público,  en  este  caso  a los funcionarios de la entidad referida que tenían  asignada  la  labor  de  analizar  la  documentación  presentada en procura del  beneficio  pensional  y consecuencialmente, de los funcionarios que, con base en  dicho estudio previo, proferían el acto administrativo.   

A  la anterior conclusión se llega tras la  ponderación  de  los medios probatorios del expediente que permiten reconstruir  los  antecedentes del caso y de la normatividad que en relación con la pensión  para  los  ex  congresistas  pretendió  acogerse  el  procesado, con lo cual se  desvirtúa  el  argumento  expuesto  por  el actor en el sentido de que para los  fines  que  perseguía  su  patrocinado no era incidente la presentación de tal  constancia,  por  tratarse  de un medio ayuno de la indispensable idoneidad para  inducir en error al funcionario.     

Está demostrado que el Fondo de Previsión  Social  del  Congreso  de  la  República reconoció     pensión     de     jubilación     a    JOAQUIN   CLÍMACO   FERNÁNDEZ   DE  CASTRO  HENRÍQUEZ  mediante  Resolución  No.  0780  del  20 de diciembre de 1990, en  calidad  de ex director administrativo de la Cámara de Representantes, pero que  el  aludido,  inconforme  con esa mesada, el 16 de septiembre de 1997, a través  de  abogado,  presentó  ante  esa  misma  entidad  solicitud  (radicada bajo el  número  1128)  con  el  objeto  de  que  se  le  concediera  pensión  como  ex  congresista,  la  cual fue negada mediante la Resolución 0190 del 3 de abril de  1998,  decisión  contra  la  cual su apoderado interpuso recurso de reposición  con resultados  adversos.             

         

Posteriormente, el procesado declinó de la  representación  profesional  y en forma directa insistió en su solicitud, para  lo  cual anexó constancias laborales en las que se certificaba su gestión como  inspector  de policía del corregimiento de Orihueca en el municipio de Ciénaga  (Magdalena)  y como examinador de cuentas de la Contraloría Municipal del mismo  municipio,  cargos  desempeñados  entre el 22 de febrero de 1952 al 12 de abril  de   1955   y   del   1°  de  enero  de  1958  al  31  de  diciembre  de  1961,  respectivamente.   

En  virtud  de esta nueva solicitud y de la  pruebas  novedosas  que  a  ella  se  acompañaron,  se  profirió  proyecto  de  Resolución  (sin  fecha ni número) suscrita por Iván  C.  Gutiérrez Noguera y Jairo  Escobar  Cifuentes, director y jefe de la división de  Prestaciones  Económicas,  respectivamente,  del Fondo de Previsión Social del  Congreso,  por cuyo medio se  revocó  la  Resolución  0780  del  20  de diciembre de 1990 y se reconoció en  favor   del   sindicado   pensión   mensual  vitalicia  de  jubilación  por  $  5.076.984,22, en condición de ex congresista.   

De  lo  anterior  se  desprende  de  manera  inconfutable  que  el  procesado  tenía  como  objetivo el reconocimiento de su  pensión  como  ex  congresista,  dado  que ostentó tal investidura durante dos  períodos  constitucionales  consecutivos  comprendidos  entre el 20 de julio de  1970  al  6  de  diciembre  de  1978,  pues no estaba conforme con la que le fue  reconocida  el 20 de diciembre de 1990, en calidad de ex director administrativo  de   la   Cámara  de  Representantes.          

Para  tal  efecto,  como  ya  se  señaló,  otorgó   poder  a  un  profesional  del  derecho,  quien  elevó  la  solicitud  respectiva  sin  aludir  al  tiempo de servicio como examinador de cuentas en la  Contraloría Municipal de Ciénaga (Magdalena).   

Significa lo anterior que como por las vías  legales  no fue posible acceder al fin propuesto de alcanzar la pensión como ex  congresista,  el  procesado  se decidió por utilizar medios fraudulentos y para  llegar  a  esa  conclusión  cobra  vital importancia lo que señaló el abogado  Vives     Echeverría,  precisamente  quien lo apoderó inicialmente en el trámite de reclamación ante  el  Fondo  de Previsión Social del Congreso, al señalar que nunca fue enterado  por  el interesado sobre esos tiempos anteriores de servicio que definitivamente  tenían incidencia en su pretensión.   

En su nueva petición de fecha febrero 19 de  1999,  que  el  sindicado  presentó  en forma directa, si bien perseveró en su  mismo  objetivo,  aportó  un  nuevo  elemento  de  juicio del cual no se tenía  conocimiento  en  la  anterior  solicitud.  De  esa  forma, como ya se señaló,  adjuntó  la  referida  constancia  laboral,  que luego pudo establecerse tenía  carácter  espurio,  por  medio  de  la  cual  acreditaba  un desempeño laboral  comprendido  entre  el 1° de enero de 1958 al 31 de diciembre de 1961, es decir  cuatro  años  exactos,  como examinador de cuentas de la Contraloría Municipal  de        Ciénaga.             

Dicha  constancia  era fundamental para los  intereses  del  procesado,  pues  de acuerdo con la normatividad que regulaba la  materia  franqueaba  el  acceso,  con visos de legalidad, a la anhelada pensión  como  ex  congresista,  significativamente superior a la que recibía en calidad  de ex director administrativo del Senado de la República.   

En efecto, contrariamente a lo que sostiene  el  actor,  para  quien  de acuerdo con la normatividad sobre la materia bastaba  con  acreditar  la  edad (50 años) al momento de desempeñarse como congresista  sin  que  ninguna  repercusión tuviera el tiempo de servicio que en su criterio  ya  estaba  demostrado prescindiendo de esta constancia, es lo cierto es que esa  afirmación  no  se aviene con la realidad que precisamente dimana de la Ley 4ª  de  1992  y,  especialmente,  del  Decreto  1353  de 1993 que la reglamentó, de  acuerdo  con  la cual la única forma de que FERNÁNDEZ  DE  CASTRO alcanzara su pretensión era acreditando que  había  cumplido  20  años  de  servicio  en  esa  condición,  así  fuera  en  diferentes entidades del sector público.   

No surge duda de que la referida Ley 4ª de  1992,  entre  otros  aspectos, estableció un régimen de pensiones, reajustes y  sustituciones  para  los  congresistas,  pero  el  Decreto  1353  de  1993 en su  artículo  7°, que se ocupó de establecer a quienes se otorgaba dicha pensión  como    ex    congresistas,    precisó    al   respecto   que   “quienes   en   su   condición   de  Senadores  o  

Representantes  a  la  Cámara, lleguen o  hayan  llegado  a la edad que dispone el artículo 1°, parágrafo 2° de la Ley  33  de  1985 y adicionalmente cumplan o hayan cumplido  20  años  de  servicios,  continuos  o  discontinuos  en  una  o  en diferentes  entidades  de  derecho público incluido el Congreso de la República, o que los  

hayan  cumplido  y cotizado en parte en el sector  privado  y  ante  el  Instituto  colombiano  de  Seguros Sociales, conforme a lo  dispuesto  en  el  artículo  7° de la Ley 71 de 1988,  tendrán  derecho  a  una  pensión  vitalicia  de jubilación que no podrá ser  inferior  al 75% del ingreso mensual promedio, que durante el último año y por  todo  concepto  devenguen  los  Congresistas en ejercicio, de conformidad con lo  establecido  en  los  artículos  5°  y 6° del presente Decreto” (subrayas fuera de texto).   

Significa  lo anterior que no asiste razón  al  actor  cuando  señala  que  bastaba  con acreditar 20 años para acceder al  beneficio  pensional  como ex congresista y que por eso el tiempo certificado en  la  constancia  supuestamente  desempeñado  por su defendido como examinador de  cuentas  en la Contraloría Municipal de Ciénaga no tenía ninguna incidencia y  carecía  de  idoneidad  para  inducir en error porque en todo caso su defendido  superaba  con  creces  ese lapso, pues esa particular hermenéutica no encuentra  sustento  en la preceptiva transcrita, según la cual para alcanzar el beneficio  era  imprescindible  también  acreditar que al cumplir los 20 años de servicio  el  interesado  ostentaba  la condición de congresista, situación que conocía  el   procesado   y   por   ello   se   decidió   por   presentar   la   aludida  certificación.     

Sin embargo, para que no quede incertidumbre  alguna  en  punto  de  la  incidencia de la aludida constancia y su aptitud para  inducir  en  error  al  servidor público, se suma a lo expuesto el hecho de que  tan  pronto se tuvo conocimiento sobre su declaratoria de nulidad, decretada por  la  Contraloría  Municipal  de  Ciénaga, mediante la Resolución 052 del 20 de  septiembre  de  1999,  tras  establecer “una serie de  adulteraciones  efectuadas  a  los  Libros  que  contienen las nóminas de pago,  específicamente   en   el  nombre  de  JOAQUIN  CLÍMACO  FERNANDEZ  DE  CASTRO  HENRÍQUEZ”,  el  Fondo  de  Previsión  Social  del  Congreso,  mediante  Resolución  001033  del  11 de octubre siguiente, negó el  reconocimiento  de  la  pensión  en  favor  del mencionado como ex congresista,  revocando    implícitamente    el    proyecto    de    Resolución    que    la  avalaba.   

En   este   último  acto  administrativo  concretamente  se  expresó  que  “en consecuencia al  quedar  sin  efectos  legales  la  certificación  expedida  por la Contraloría  Municipal  de Ciénaga, este tiempo no es válido, por  consiguiente  el  peticionario  no  cumple  los  veinte  años de servicio en su  condición  de  congresista  motivo  por el cual se debe negar lo solicitado tal  como  se  hará  en  la  parte  resolutiva  de  esta  providencia”.   

Si la constancia tantas veces aludida, como  lo  señala  el  libelista,  no  hubiera  tenido ninguna incidencia de cara a la  pretensión  del  procesado  y  para  inducir  en error al servidor público que  inicialmente  reconoció  la  pensión  en  el  proyecto  de  resolución, no se  explica  entonces  porque  con base exclusivamente en su declaratoria de nulidad  los  mismos  funcionarios  que  profirieron  el proyecto favorable al procesado,  esto  es,  los  mismos  que  fueron  objeto  del  engaño,  se retractaron de lo  declarado  en  precedencia.  Obvio  que  ello  ocurrió, luego de percatarse del  error  al que fueron conducidos con base en la certificación falsa.     

Todo lo expuesto permite a la Sala concluir,  en  relación  con este punto, que no es admisible el argumento del casacionista  en  el  sentido de que el medio fraudulento utilizado careció de idoneidad para  inducir en error al servidor público.   

En  segundo lugar, tampoco tiene asidero su  reparo  orientado  a  que  no  es  viable  imputar  la conducta delictiva porque  finalmente  no  se  produjo  un  acto administrativo, habida cuenta que sólo se  obtuvo     un     “proyecto,     ensayo,    acercamiento    o    trabajo    de  preparación”.   

Al  respecto,  oportuno  se ofrece precisar  que,  como  acertadamente  lo  señala  el Representante de la sociedad, una tal  crítica  resultaría  pertinente  frente  al  tipo  penal  de  prevaricato  por  acción,  en  cuanto  que  dentro  de  sus  elementos  constitutivos se exige el  proferimiento    de    “resolución,   dictamen   o  concepto”, pero como precisamente en este caso no se  obtuvo  dicho  resultado,  en la actuación se precluyó investigación en favor  del procesado por esa conducta.   

En  tratándose  del fraude procesal, tiene  dicho  la  Sala  que  es  un  delito de mera conducta, el cual se consuma con el  despliegue  de  cualquier medio fraudulento que idóneamente induzca en error al  funcionario,  sin  importar  que  éste  se  traduzca  en  el  proferimiento  de  sentencia, resolución o acto administrativo contrario a la ley.   

En  este  sentido  se pronunció la Sala en  oportunidad anterior al destacar lo siguiente:   

“El  fraude  procesal  por ser un delito de  simple  conducta, se consuma con la inducción en error, previa la ejecución de  los  actos  engañosos  que  desdibujan  la  realidad,  sin que sea necesaria la  materialización  de un perjuicio o de un beneficio, mas allá de lo que el acto  funcional  mismo tenga de perjudicial o beneficioso. No exige, que se obtenga el  resultado  porque  se  considera  agotado  cuando  se  realiza el comportamiento  descrito   en   el   verbo   rector   ‘inducir’  que  es  el  que  constituye  el  núcleo de la acción.”3.   

Son  suficientes  los  argumentos expuestos  para  colegir  que  carece  de  razón  el casacionista cuando censura que no se  produjo  un  acto  administrativo, en tanto una cosa es que la conducta se agota  cuando  se  obtiene  el  proferimiento de las  decisiones que el tipo penal  señala  y otra muy distinta es que para su consumación o estructuración basta  con  el  despliegue  del  mecanismo  fraudulento  con  idoneidad suficiente para  inducir en error al servidor público.   

El  cargo  no  prospera.      

2. Primer cargo (principal) en relación con  el  delito  de  falsedad  material de particular en documento público, agravada  por  el  uso.   Violación directa de la ley sustancial por interpretación  errónea:    

Considera el actor que la vulneración de la  ley  sustancial  aludida se configuró en relación con este delito, porque bajo  la   misma  hermenéutica  aplicada  por  los  sentenciadores  de  instancia  al  prescindir  de  las  conductas  de  falsedad ideológica en documento público y  estafa,  por  cuanto  se  estimó  fueron subsumidas por la falsedad material en  documento  público  y  el  fraude  procesal,  en  su orden, ha debido aplicarse  exclusivamente  el  tipo  penal  de fraude procesal, por tratarse del delito con  mayor  entidad  y  que “corresponde a su más acabada  tipicidad,  antijuridicidad y culpabilidad”, en tanto  subsume  el  desvalor de la acción falsaria al estar siempre dirigida a inducir  en  error  al  funcionario para obtener el reconocimiento pensional, luego dicha  conducta  medio utilizada (la falsedad) quedó inmersa en la que lesiona el bien  jurídico    de    la    Administración   de   Justicia   que   finalmente   se  pretendió.   

         Sobre  el  particular,  la  Sala  tiene  definido  a  través  de su  jurisprudencia  reiterada  que  las  conductas  de  falsedad  y  fraude procesal  concursan  efectivamente  y  que  no existe razón para inferir que el fenómeno  que      se     suscita     es     aparente     4.   

         En  soporte  de  esa  conclusión  se  ha  señalado que el concurso  aparente  de  tipos  penales  tiene  como  presupuestos  básicos  la  unidad de  acción,  esto es, que se trata de una sola conducta que encuadra formalmente en  varias  descripciones típicas, pero que realmente sólo encaja en una de ellas,  que  la  acción  desplegada  por  el  agente persiga una única finalidad y que  lesione  o  ponga  en peligro un solo bien jurídico5.   

         

         Con  base en los anteriores razonamientos, pronto se advierte que en  el  caso  que  se  somete  a  consideración  de  la  Sala,  no  se configura el  pretendido    concurso    aparente    de    tipos   penales   alegado   por   el  censor.   

         Sobre  el  particular  se  tiene  que  la  conducta realizada por el  procesado   JOAQUIN   CLÍMACO  FERNANDEZ  DE  CASTRO  HENRÍQUEZ,  a  diferencia de lo que se sostiene en la  demanda,   no   se   puede   concebir   naturalísticamente   como   unidad   de  acción.   

         En  efecto,  comprendida  la acción como fenómeno óntico, bien se  trate  de  acciones  lícitas  o ilícitas, siempre tiende hacia un fin dirigido  por  la  voluntad, en cuyo desarrollo el agente selecciona los medios necesarios  para  conseguir  el  objetivo  propuesto,  pero  si  en  ese  proceso incurre en  conductas  igualmente  típicas,  éstas  no  se  pueden  integrar  a la acción  original,  por  resultar  plenamente autónomas e independientes y atender a una  finalidad                  distinta6.   

         En  el  caso  que  concita  la  atención  de  la  Sala, la conducta  consistente  en  determinar  la  adulteración  material  de  unas nóminas para  obtener  así  una  constancia laboral espuria es totalmente divisible de la que  se  llevó  a  cabo  posteriormente  presentando  dicho  documento  al  servidor  público  competente  para  alcanzar  un  reconocimiento  pensional ilegal, esto  último  en  cuanto  con  ello  se  birlaban,  como  se  señaló en el acápite  anterior, los requisitos exigidos en la normatividad pertinente.   

         Para  comenzar,  conviene indicar que tales conductas  tuvieron  un  contexto  espacio-temporal  diverso,  en  tanto la primera se realizó en el  municipio  de  Ciénaga, sitio en donde se alteraron los libros de nómina de la  Contraloría  Municipal  de  dicha  localidad  con  el objeto de hacer figurar a  FERNANDEZ    DE    CASTRO    HENRÍQUEZ  como  examinador  de cuentas durante el lapso comprendido entre el  1°  de enero de 1958 y el 31 de diciembre de 1961, y así obtener un constancia  laboral   que   certificara   esa   condición,   mientras   que  la  otra  tuvo  materialización   posteriormente   en  Bogotá,  a  donde  se  presentó  dicho  documento  ante el Fondo de Previsión Social del Congreso en procura de obtener  el ansiado reconocimiento pensional como ex congresista.   

         Es  decir,  no  hubo  coincidencia temporal ni espacial entre la dos  conductas,  fueron ejecutadas en momentos y lugares distintos, pero no solo eso,  pues  también es evidente, en sentido contrario a lo que sostiene el actor, que  se  quebró  la unidad de acción cuando el primer objetivo perseguido orientado  a  obtener un documento falso, erigió una conducta delictiva autónoma respecto  de  la  que  se  consumó  ulteriormente  al  pretender  engañar con dicho  documento  al  servidor  público  para  obtener una decisión favorable (fraude  procesal).   Uno  fue  el  propósito  de  falsificar, aun cuando haya sido  medio,  y  otro  el  de engañar al servidor público para obtener una decisión  ilegal,    constituyendo   dolos   diversos,   que   ameritan   sanción   penal  independiente.           

         Por  otro  lado,  también  es pertinente resaltar que se elimina la  posibilidad  de  admitir  el  pretextado  concurso aparente entre los delitos de  falsedad   y   fraude   procesal   para  el  caso  sub  examine,  en  virtud  de los denominados principios de  especialidad, subsidiariedad y consunción.   

         De  acuerdo  con  el  primero,  una  preceptiva  penal  es  especial  respecto  de  otra  cuando  al  comparar los tipos penales se observa que uno de  ellos  es  genérico  frente  al  que regula la conducta de forma más precisa y  completa,  lo  que  impone  optar  por  aplicar este último en lugar de aquél,  desvaneciéndose la posibilidad de un concurso real.   

         En  relación con el delito de falsedad, el cual según el libelista  se  subsume en el fraude procesal, se observa que sanciona a quien por cualquier  medio  fraudulento  induzca  en  error  a  un  servidor  público  para  obtener  sentencia,  resolución  o  acto  administrativo  contrario  a  la  ley. Como se  precisó  con antelación, se trata de un ilícito de mera conducta, que protege  el  bien  jurídico de la Administración de Justicia, mientras que el delito de  falsedad   material  de  documento  público  reprime  a  la  persona   que  falsifique  documento  público  que  pueda servir de prueba. Así las cosas, al  cabo  que  el  primero  es  un  delito  de  mera  conducta,  el  segundo  es  de  resultado;   además, como con facilidad se puede apreciar, se trata de dos  entidades  delictivas  totalmente  autónomas,  cuyos  elementos estructurales y  bien  jurídico  protegido  son  distintos,  ambas,  además,  son tipos penales  especiales,  motivo  por el cual no es viable inferir una relación de género a  especie entre ellas o que una sea apenas una modalidad de la otra.   

         En  cuanto  a la diversidad de bien jurídico protegido se tiene que  la  falsedad  cometida  con  la  expedición  de la constancia entrañó lesión  efectiva  a  la  fe  pública,  toda vez que con ese proceder se vio afectada la  confianza  depositada por los miembros del conglomerado social en los documentos  expedidos  por  un funcionario con capacidad certificadora, como en efecto lo es  el   Contralor  Municipal  de  Ciénaga,  quien  con  base  en  la  información  adulterada  de  los  libros  de nóminas, expidió el documento espurio de fecha  enero 26 de 1999.   

         Por  su  parte,  cuando  con  posterioridad a la comentada falsedad,  mediante  dicha  constancia se indujo en error al servidor público para obtener  el  reconocimiento  pensional,  ya no se vulneró exclusivamente la confianza en  el  tráfico  jurídico de los documentos públicos, sino que a ello se sumó la  lesión  al  bien jurídico de la Administración de Justicia, al verse afectado  el  juicio  ecuánime  del  servidor  en  orden  a tomar una determinación, con  ocasión del acto engañoso desplegado por el agente.   

         En   segundo   lugar,   tampoco   se   puede   colegir   que  exista  subsidiariedad  entre  los  tipos  penales en mención, porque tal situación se  evidencia  cuando  sólo uno de ellos puede ser aplicado al subsumirse en el que  sanciona  con  mayor  severidad la transgresión del mismo bien jurídico;   en  estos  casos,  el  mismo  precepto  por regla general se encarga de prevenir  sobre  su  carácter  accesorio  señalando  que  sólo puede ser aplicado si el  hecho  no  está  sancionado  especialmente  como  delito,  o no constituye otro  ilícito.   

         Fácil  se  comprueba  que  esa  relación  de  subordinación no se  patentiza  en  tratándose  de los dos tipos penales por lo cuales fue condenado  el  sindicado.   Por  el contrario, cada uno de ellos, como ya se señaló,  es  especial  y  no  protege  el mismo bien jurídico, de suerte que, en caso de  concurrir,  se  verifica  un  concurso  real  de conductas punibles.     

          En tercer orden, aparece el principio de  consunción,  en  virtud  del  cual,  si  bien  los  delitos  que  concursan  en  apariencia  tienen  su  propia  identidad y existencia, el juicio de desvalor de  uno  de  ellos consume – de  ahí  su  nombre  – el del  otro    y,    por    tal    razón,    sólo    se    procede    por   un   solo  comportamiento.   

         Una  tal  situación  tampoco  se  configura  en  el  evento  que se  analiza,  dado  que  el  juicio  de  desvalor  de  cada  una  de  las  conductas  concursantes  se  evidencia  como autónomo e independiente, sin que la especial  gravedad de uno, tenga la virtud de hacer sucumbir la del otro.   

         En  síntesis,  como  estima  la  Sala  que  en  el asunto objeto de  estudio   no  se  configura  un  concurso  aparente  de  delitos  que  deba  ser  solucionado  a  través  de  los  principios  de  especialidad, subsidiariedad o  consunción,  evidente  resulta  que los argumentos del censor orientados en tal  sentido  no  consiguen  ser  admitidos  en  punto de la pretendida casación del  fallo objeto de impugnación.   

         Al   igual   que   la   anterior,  esta  censura  tampoco  prospera.   

3. Primer cargo subsidiario en relación con  el  delito  de falsedad de particular en documento público agravada por el uso.  Violación directa de la ley sustancial.   

El  presupuesto  sobre  el  cual  el  actor  endereza  su  cuestionamiento  no  tiene  razón  y  por  ello  el  reproche  se  desestimará.   

En  efecto,  indica  el casacionista que el  juicio  de  responsabilidad  erigido  en contra de su defendido por el delito de  falsedad  material  de  documento público se basó exclusivamente en el indicio  de  interés  que  le  asistía,  porque  él  era el único beneficiario con su  obtención;  sin  embargo,  se  advierte  que  los   sentenciadores  en sus  providencias,  que  en  este  caso constituyen una unidad jurídica indisoluble,  cimientan  el  juicio  de  responsabilidad  en otro medio de prueba, con lo cual  pierde toda posibilidad de éxito su pretensión.   

El  Tribunal,  por  ejemplo, se refirió en  particular   a   la   negativa   de   Alfredo  Correa  Galindo,    quien  se  desempeñaba como Contralor Municipal de Ciénaga para el  período  comprendido  entre enero de 1960 a febrero de 1961, a reconocer que el  procesado  hubiera  laborado en dicha entidad durante su gestión;  aspecto  sobre   el   cual   también   fue   enfático   el  Juzgado,  de  la  siguiente  manera:   

“Ahora  bien,  dentro  del plenario quedo  sólidamente  evidenciado que JOAQUIN CLÍMACO no se desempeñó como examinador  de  cuentas, ni ningún otro cargo en la Contraloría Municipal de Ciénaga para  los  años  1958 a 1961. la deponencia de ALFREDO CORREA GALINDO es elocuente en  este  tema,  con  el  ítem  de que fue Contralor Municipal de aquella localidad  desde  enero  de  1960 a febrero de 1961 y enfatiza que el imputado ‘…no   fue   nunca  empleado  de  la  contraloría  durante  mi  período…’  (folio 42 C.C.).  Testimonio digno de credibilidad por cuanto  no  tiene ningún interés de declarar en uno u otro sentido o de manera tal que  lo  perjudique, ya que el tema es a la postre instrascendente para quien depone,  solo  pretende dar una respuesta consecuente con su realidad.  Las censuras  con  las  cuales  vocero  y  defensor  pretenden  enerva su valor probatorio son  esencialmente  subjetivas,  porque  no está demostrado que el atestante padezca  de  amnesia,  muy  por  el  contrario del contexto de sus respuestas se concluye  seguridad  en  lo  vertido  y  claridad mental.  Es más, recuerda el breve  segmento  durante  el cual detentó el cargo de contralor precisando su inicio y  su   término,   lo  que  a  las  claras  muestra  lucidez  mental  y  capacidad  evocativa”.    

De  lo  anterior  emerge  diáfano  que  el  indicio  de  interés  en  la  conducta  no  fue el único que se estructuró en  contra  del procesado, porque ante su insistencia de haber desempeñado el cargo  certificado  en  la constancia falsa, se contrapone el dicho de este testigo que  le  refuta  en  forma  contundente  y  que permite así edificar otro indicio de  responsabilidad  en  su  contra,  que incluso el casacionista controvierte en la  siguiente censura.      

Otra  razón que determina el fracaso de la  propuesta   contenida   en   el  cargo  radica  en  que  en  definitiva  ninguna  demostración  consecuente  con la violación de una norma sustancial se infiere  de  su contenido, cuando quiera que su disertación se restringe al contenido de  certeza  frente  a  la  prueba  que  deviene  de  una  norma  que no ostenta ese  carácter  (artículos  232  del estatuto procesal actual y 247 del Decreto 2700  de 1991).      

De  conformidad con lo brevemente expuesto,  se concluye que este cargo tampoco tiene vocación de prosperidad.   

4.  Segundo  cargo subsidiario en relación  con  el  delito  de falsedad de particular en documento público agravada por el  uso.  Violación  indirecta  de  la ley sustancial a consecuencia de un error de  hecho por falso raciocinio:   

Para el demandante el sentenciador vulneró  el  principio  de antecedente-consecuente, porque no es posible inferir que como  el  procesado  buscaba  el  reajuste pensional necesariamente fue quien llevó a  cabo  las  alteraciones  de  las  nóminas;  argumento que a su juicio solo  tendría  coherencia,  si  se  hubiera   demostrado  que  eran  los únicos  documentos   viables   para  acceder  a  la  pensión  de  jubilación  como  ex  congresista,  lo  que  aquí  no  sucede por cuanto lo esencial, insiste, era la  edad y no el tiempo de servicio.   

En esta censura el casacionista recae en el  mismo  error  aludido  en  la  parte  inicial  de  la  respuesta  dada  en  esta  providencia  al  único  cargo  formulado  en  relación con el delito de fraude  procesal,  hasta  tal  punto que su viabilidad, como él mismo lo señala, pende  de  considerar  que  ninguna  incidencia  tenía  el  tiempo de servicio para la  época  en  que  su  defendido fungió como congresista, puesto que lo realmente  importante era la acreditación de la edad para esa misma época.   

Como   atrás   se   explicó   de  forma  pormenorizada,  con  base  en  la  normatividad que regula la materia, y que por  razones  metodológicas  no  conviene repetir, el aspecto concerniente al tiempo  de  servicio  en  calidad  de  congresista sí era determinante para alcanzar la  sustancial mejora pensional pretendida por el acusado.   

Permite  lo  anterior  inferir  que  no  se  desconoció  el  principio  señalado por el actor, porque se equivoca el censor  en el condicionamiento que él mismo impuso para su viabilidad.   

Tampoco  desconoció  el  sentenciador  el  principio  de  razón  suficiente,  dado  que no es cierto que el procesado haya  centrado  su  interés  en  las actas de posesión pues, como bien lo resalta el  Agente  del  Ministerio  Público, no solicitó dichos documentos al advertir la  imposibilidad para ubicarlas.   

Pero  lo que resulta de mayor incidencia en  orden  a  inferir  la  inviabilidad del reparo, es que salvo su referencia a los  principios  anteriores,  no  asoma  vulneración  alguna a las reglas de la sana  crítica,  porque  el  actor  fundamentalmente  cuestiona  la  prueba  desde  su  perspectiva  personal,  lo  que  particularmente se evidencia cuando reprocha la  credibilidad  concedida  a  la  declaración  de Correa  Galindo, con la intención de que prevalezca frente al  juicio  de  los  sentenciadores,  distanciándose abiertamente de la esencia del  recurso extraordinario de casación.    

Al igual que los reproches anteriores, éste  también se  desestima.   

Cuestión final:  

La   confrontación  con  la  resolución  acusatoria,  permite  corroborar  que  tal  decisión comprendió los delitos de  falsedad  material  de particular en documento público, falsedad ideológica en  documento  publico  “agravada  por  el  uso”, fraude procesal y tentativa de  estafa agravada por la cuantía.   

Por  su  parte,  el  fallador  de  primera  instancia,  subsumió  la  falsedad  ideológica  en  la  falsedad  material  de  particular  en  documento  público  y  la  tentativa  de estafa agravada por la  cuantía  en el fraude procesal, sin que ningún reparo al respecto ofreciera el  Tribunal  cuando  resolvió el recurso de apelación interpuesto en contra de la  decisión  del a-quo.  En  tal     sentido,    este    último    funcionario    adujo    los    siguientes  argumentos:          

“Disentimos  en forma cordial en cuanto a  la  presencia  de  la  FALSEDAD  IDEOLÓGICA  y  la  ESTAFA. A nuestro juicio la  falsedad  consumada  en  las  nóminas  constituye  el  delito  medio y la   expedición  de  la certificación se convierte en el delito fin, vale decir que  era   indispensable  para  lograr  ese  certificado,  la  adulteración  de  las  referidas  nóminas,  convirtiéndose  en un solo hecho las dos conductas.   Como  que era requisito sine que non el ejercicio ilícito previo o inicial para  la  consecución  del documento final.  Las dos conductas son secuenciales,  integradoras  de  un  todo  y  de  un  único  dolo.  Así que nuevamente a  nuestro   entender  y  salvo  mejor  criterio  la  FALSEDAD  IDEOLÓGICA  no  se  tipifica  como delito autónomo e independiente.   

En  cambio  la  FALSEDAD MATERIAL no admite  discusión,  así  como  su  uso que cumplió un doble estadio: El analizado con  antelación   y   la   utilización  de  la  certificación  para  completar  la  documentación.   Igualmente  se  indujo en error al servidor público para  obtener  la  resolución  con el reconocimiento ansiado que por cierto no logró  oficializarse  definitivamente  ante el descubrimiento de la falsedad.  Por  manera   que   también   se  conculcó  el  Art.  182  tipificador  del  FRAUDE  PROCESAL.   

No  se  estructura  la  ESTAFA  porque  la  conducta  fue  tipificada  como  FRAUDE PROCESAL.  Lo que sucede es que nos  encontramos  en  presencia  de  un  concurso  aparente  de tipos que se resuelve  conforme     a    los    criterios    de    especialidad,    subsidiariedad    y  consunción”.   

De  lo  anterior se infiere que no obstante  que  para  los  sentenciadores desapareció el delito de falsedad ideológica en  documento  público  por  subsumirse  en la otra modalidad falsaria, en la parte  considerativa   del   fallo   del  a-quo  se  aplicó  la  circunstancia  agravante del uso del documento a la  segunda  conducta  que  de  acuerdo  con  la  resolución  de  acusación  no la  contemplaba,  con  el efecto concreto de que sirvió de base para incrementar la  pena  a  imponer en 6 meses.  Tan evidente es lo anterior que en el numeral  primero  de  la parte resolutiva de la misma sentencia, se condenó al procesado  por  el  delito  de  “falsedad material en documento público, agravado por el  uso”.          

Se ha entendido que una de las formas en que  se  incurre  en  violación  de  la  causal  segunda  de casación, esto es, por  advertirse  incongruencia  entre la sentencia y la resolución de acusación, se  genera  al  incluir  en  la  sentencia una agravante no incluida en el pliego de  cargos,   situación   que  se  detecta  en  el  presente  caso  y  que  amerita  corrección.   

Por  consiguiente,  la  Sala  encuentra  la  necesidad  de  casar  oficiosa  y  parcialmente  el  fallo  impugnado  en cuanto  advierte  que  la  sentencia  impugnada  es  incongruente  con la resolución de  acusación  al  condenar  al  procesado  por  el  delito de falsedad material de  particular  en  documento  público  “agravada  por el uso”, no obstante que  dicha  agravante  no  fue incluida específicamente respecto de esta conducta en  el pliego de cargos.   

En ese sentido, se impone deducir de la pena  impuesta  al procesado el incremento concerniente a la circunstancia específica  de agravación erróneamente deducida en la sentencia.   

Para  tal  efecto,  se reducirá la pena en  seis  (6)  meses,  en  tanto  corresponde,  como  ya  se  dijo,  al quantum  que  por  dicho factor aplicó el  juzgado  de  primera  instancia,  para  un  total de pena a imponer al procesado  JOAQUÍN   CLÍMACO  HERNANDEZ  DE  CASTRO  HENRIQUEZ  de  veintinueve  (29) meses de prisión, sin que sobre  advertir  que  igual  monto  se  fijará  en  relación con la pena accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  por  la  que  también fue  condenado.      

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL, administrando Justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

    

1. DESESTIMAR  los  cargos  contenidos  en la  demanda.     

2.           CASAR oficiosa y  parcialmente  el  fallo  de  segundo  grado,  para  reducir la pena principal de  prisión  y  la  accesoria  de  interdicción  de derechos y funciones públicas  impuestas  al  procesado JOAQUÍN CLÍMACO HERNANDEZ DE  CASTRO   HENRIQUEZ   a  veintinueve  (29)  meses,  de  conformidad con la argumentación precedente.   

3.   PRECISAR  que   los  restantes  ordenamientos  de  la  sentencia  impugnada  se  mantienen  incólumes.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese, devuélvase al Tribunal de origen  y cúmplase.   

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                                 HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                     ÉDGAR     LOMBANA  TRUJILLO           

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ PINZÓN           JORGE LUIS  QUINTERO MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                 MAURO      SOLARTE  PORTILLA   

Permiso  

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria   

    

1  Sentencia   de   fecha   mayo   19   de  2004;  M.P.  Dr.  Jorge  Luis  Quintero  Milanés.  Rad. 18367.    

2Decisión  de  fecha 29 de abril de 1.998;  M.P. Dr. Carlos A.  Gálvez Argote. Rad. 13.426.   

3Providencia  del  4  de octubre de 2.000 en el expediente No. 11210  con ponencia del Magistrado Dr. Carlos Eduardo Mejía Escobar.   

4  Al  respecto  pueden  consultarse,  entre  otras, sentencia del 28 de enero de 1999;  M.P.  Dr. Edgar Lombana Trujillo, rad. 11192 y auto del 3 de septiembre de 2003;  M.P. Dr. Jorge Aníbal Gómez Gallego, rad. 20747   

5 Sobre  el  particular,  se  pueden  ver,  entre otras, sentencia de casación del 18 de  febrero  de  2000,  M.P.  Dr. Fernando E. Arboleda Ripoll. Rad. 12820; del 10 de  mayo  de 2001, M.P. Dr. Edgar Lombana Trujillo, rad. 14605 y, más recientemente  del   15   de   junio   de   2005;   M.P.  Dr.  Alfredo  Gómez  Quintero,  rad.  21629.   

    

6Sentencia  de  fecha  noviembre  15  de  2000. M. P. Carlos Augusto  Gálvez Argote. Rad. 14.815.     

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