17689(20-02-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  17689   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                              DR.   JORGE   ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nº: 26   

          Bogotá D.C., veinte de febrero de dos mil tres.   

VISTOS  

          Decide   la  Corte  la  casación  instaurada  por  el  defensor  de  WILLIAM  ISAAC CAMARGO MORENO  contra  la  sentencia  de  segundo  grado  proferida por el Tribunal Superior de  Barranquilla,   Atlántico,   el   31   de  mayo  de  2000,  que  confirmó  con  modificaciones  la  condena  impuesta  al procesado por el Juzgado Primero Penal  del  Circuito  Especializado  de dicha localidad, fijándola en definitiva en 34  años  de  prisión  como  autor responsable de la conducta punible de secuestro  extorsivo.   HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

          El  5  de noviembre de 1997 fue retenido ilegalmente en un sector de  la  vía circunvalar del municipio de Barranquilla, Atlántico, por dos personas  que  tras  abordarlo  y amenazarlo con armas de fuego lo obligaron a conducir su  propio   vehículo   para   desaparecer  con  rumbo  desconocido,  el  ciudadano  Florentino  Camacho  Medina, por cuyo rescate los plagiarios lograron obtener de  la     familia     de     la    víctima    el    pago    de    $250’000.000.    La   liberación  del  secuestrado se produjo el 30 de mayo de 1998.   

          La  Fiscalía Delegada ante el GAULA Urbano de la ciudad en mención  inició  las  primeras  pesquisas  y  luego  de  identificar  e individualizar a  WILLIAM    ISAAC    CAMARGO    MORENO   como  quien  enviara  a  través  de  la firma “Servientrega” la  primera  misiva  contentiva  de  la  exigencia  económica  a los familiares del  plagiado  para  proceder  a  su  liberación, se le vinculó a la investigación  mediante  indagatoria  y  se  le  impuso  medida  de aseguramiento de detención  preventiva   sin  beneficio  de  excarcelación,  al  resolverse  su  situación  jurídica.  Fenecido el ciclo sumarial, por proveído del 18 de enero de 1999 se  profirió  resolución de acusación contra el encartado por la conducta punible  de  secuestro  extorsivo agravado, en cuanto la retención ilegal se produjo por  más  de  15  días,  amén  de haberse obtenido el lucro económico perseguido,  cuya  confirmación  integral  impartió  la Fiscalía Delegada ante el Tribunal  Nacional  en  decisión  del 22 de abril siguiente, al revisar por apelación la  determinación        del       A-Quo.   

          Un  Juez  Regional  de  Barranquilla  asumió  el conocimiento de la  etapa  del  juicio.  Impartido  el  trámite  procesal  pertinente  al  asunto y  evacuada  la vista pública, el Juez Primero Penal del Circuito Especializado de  la  citada  localidad finiquitó la instancia por fallo del 17 de enero de 2000,  y  conforme  con  el  pliego  de cargos, condenó al acusado a la pena principal  privativa  de  la  libertad  de  33  años  de  prisión.   Por  vía de la  impugnación  y del grado jurisdiccional de la consulta, el Tribunal Superior de  Barranquilla  modificó  la sanción corporal impuesta al justiciable fijándola  en  definitiva  en  34 años de prisión, como se anotara en el acápite inicial  de esta providencia   

LA DEMANDA  

          Dos  cargos  contra  la  sentencia  recurrida  formula  el actor, el  primero  al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  por  violación  indirecta  de  la ley sustancial por error de hecho, y el segundo al auspicio de  la causal primera, cuerpo primero, por violación directa.   

         Primer cargo.   

          Violación  indirecta  del  Art. 445 del anterior C. de P. Penal por  desconocimiento  del  principio  prevalente  de  presunción de inocencia, es el  sustento de este reproche.   

          Conforme   con   la  evidencia  procesal  -ausencia  de  certeza  en  relación   con   la   responsabilidad  del  procesado-,  el  fallo  debió  ser  absolutorio,  afirma  el  demandante  en  desarrollo de la censura, en cuanto el  Estado  no logró probar la culpabilidad del reo en los hechos que se le imputan  “más  allá  de  toda  duda  razonable.”   

          En   efecto,  el  Tribunal  “supuso  que  William  Isaac  Camargo  Moreno conocía del contenido de las cartas a la postre  de   naturaleza   extorsiva,   para  lo  cual  utilizó  métodos  extraños  de  persuasión  y  valoración  racional de la prueba, fragmentando y tergiversando  su  verdadero  contenido  y a partir de ello construir una serie de indicios sin  ninguna   concatenación   o   vinculación   lógica   con   lo   que   quería  probar”,  aduce  el  casacionista,  indicios  que el  Ad-Quem   dedujo   de  las  atestaciones  de  Víctor Jaraba y Wilfrido Benítez, y de la propia indagatoria  del  implicado,  tales  como la falta de correspondencia entre la firma ilegible  que  éste  estampó  al momento de enviar la misiva en cuestión, y la rúbrica  impresa  por  él  en  las  piezas  procesales;  del  hecho de haberse requerido  consultar  hojas  de  vida para establecer su identidad; y de la utilización de  la  oficina  de  “Servientrega”  para  la  remisión  del mentado escrito no  empece  la cercanía de dicho lugar y el sitio de destino de la esquela, máxime  si  el  encartado  se  transportaba  en  un  vehículo,  lo cual bien pudo hacer  personalmente.   

          Sin  embargo, no reparó el sentenciador que de la revisión de esas  piezas  procesales  lo  que se evidencia es que CAMARGO  MORENO  cumplía un encargo por cuenta del “Paisa”,  la  remisión  de la susodicha carta, y para que ello efectivamente se cumpliera  le  solicitó  a  su  antiguo  compañero  de labores, Víctor Jaraba, verificar  dicho  envío. Luego, mal puede inferirse que con la firma ilegible que utilizó  tratara  de ocultar su identidad o que buscara impedir se le individualizara, en  una  empresa  donde  ya  había  trabajado.   De  esta  manera  el juzgador  incurrió  en  un  error  de  hecho  “al  falsear su  expresión  fáctica  en cuanto a dicho medio de convicción se le hizo producir  efectos  probatorios  que  no  se derivaban de su contexto. Riñe contra lógica  -sic-  que  una  persona  al  mismo   tiempo   quiera   resaltar   su  identidad  y  al  mismo  tiempo  quiera  ocultarla.”                 

          Tampoco  comporta  circunstancia  relevante  para  que  el  Tribunal  hubiese  deducido  un  indicio  en  contra  del  implicado,  el  hecho de que su  identidad  se  hubiera  establecido  a  través de hojas de vida, porque si bien  ello  sucedió  se debió a que su ex-compañero de trabajo, Víctor Jaraba, por  no  recordar sus datos sugirió se constataran los mismos en la carpeta de hojas  de   vida   que   reposan   en   la   dependencia   de   recursos   humanos   de  “Servientrega”.   Como aquí también se falseó la expresión fáctica  de  este  medio  de  prueba,  nuevamente se incurrió en otro error de hecho, al  insinuarse  que  la  identificación  e individualización del acriminado no fue  producto      de      su      propia      actitud      sino      de      aquella  circunstancia.       

               

          De  igual  manera  dejó  de  examinar  integralmente el fallador la  declaración   de  Jaraba  cuando  adujo  una  regla  que  no  consulta  con  la  experiencia,  alega  el  demandante,  pues  en  tratándose  de  la actividad de  correo,  la  cercanía entre el lugar de remisión de la correspondencia y el de  su  destino  no  siempre implica que la entrega deba hacerse personalmente, como  lo  indicó  el  citado  testigo,  habida  cuenta  que  no  empece existir dicha  circunstancia,  los  clientes  de  Servientrega  utilizan  el servicio de correo  certificado   para   que   quede  constancia  del  envío  de  la  comunicación  pertinente.   

          Presumió  pues  el  Tribunal  el  dolo  en  el  agente,  ya que sin  motivación  alguna  afirma que de la relación de amistad habida entre el autor  de  la  carta  y el procesado, a quien aquél le encomendó su envío, se deriva  el  conocimiento que el segundo tenía de las actividades ilícitas a las que se  dedicaba  el  primero,  conocimiento  que  se  remonta  a la época en que ambos  oficiaron  de  taxistas.   Por  consiguiente,  estimó  el  juzgador que el  acusado  debió  actuar  con  prevención  o  malicia en relación con cualquier  actividad   que   “El   Paisa”   le   insinuara   realizar,  “por   muy  indiferente  que  ella  fuera,  como  la  de  enviar  una  carta.”   

          Así  mismo, en orden a demostrar la responsabilidad de su defendido  el    Ad-Quem   le   dio  “credibilidad”   a  la  atestación  del agente Benítez, arguye el actor, al dar por cierto su dicho en  cuanto  a que el procesado acudió a una cita para entrevistarse con un familiar  del  plagiado  en un sector de la calle 72 con carrera 56, establecimiento “La  Colonia  Santandereana”,  no  obstante  la  rotunda  negativa del implicado de  haber  estado  presente  en  dicho  lugar.  Tal  hecho no aparece confirmado por  quienes  hubiesen  podido  hacerlo,  el  supuesto  familiar  de  la víctima que  acudió  a  aquella  cita, y los otros agentes del orden que también estuvieron  allí  y  que  pudieron haber aprehendido a quien en ese instante aparecía como  principal  sospechoso,  cuya  evasión  del  lugar dizque se produjo no empece a  estar  plenamente  identificado  y  de contarse con la infraestructura requerida  para  realizar  una  captura, personas estas de las cuales se afirma percibieron  la  presencia  del justiciable en el mencionado sitio.  Esos testimonios no  se  llevaron  al  proceso  a  pesar  de su insistencia en que se practicaran, se  duele  el  censor,  pruebas  con  las  cuales  se  hubiese  podido  demostrar la  inocencia  de  su  procurado,  o por lo menos desacreditar el informe mendaz del  agente  Benítez,  quien  con su declaración manipuló y tergiversó los hechos  en  detrimento  de  la  situación del procesado, circunstancias que el Tribunal  omitió examinar.   

          Con  pruebas  tan  deleznables,  deja  entrever el actor, mal podía  fincarse  juicio  alguno  de  responsabilidad  contra quien no se determinó con  certeza  que  hubiera  actuado dolosamente, pues si bien fue la persona que a la  postre  envió la carta extorsiva, se requería probar que en tal actividad hubo  concertación  o  cooperación de su parte, que existió conocimiento y voluntad  de  lo que hacía.  Orfandad probatoria sobre tales presupuestos, es lo que  se  evidencia  en  el  proceso,  por  lo  que  no  puede  predicarse  autoría o  complicidad  en  el  actuar del agente cuando indemostrado se halla que conoció  de  la  ilicitud  de  su  comportamiento,  valga  decir,  que  hacía  parte del  concierto  delictivo  objeto  de  investigación,  el  secuestro extorsivo de la  víctima.   

          De  una  tal  manera  el  juzgador  invirtió la carga de la prueba,  pues,  en primer término, colocó al procesado en la posición de acreditar que  en  la  reunión  en  el  citado  establecimiento  no  se  trató de plan alguno  relacionado  con el secuestro de alguien, y que su visita al mismo nada tuvo que  ver  con  la  presencia  que  en  el pasado hicieran algunas de las personas que  pudieron  haber  estado  comprometidas  con  el  plagio; y demostrar, en segundo  lugar,  que  nunca  estuvo  en  esa  reunión.  Empero,  como no se creyó en su  afirmación  de  no  haber estado presente en ese sitio, y menos se le permitió  probarlo  con los testimonios de quienes se dice estuvieron allí para esa fecha  -el  hijo  de la víctima y los otros agentes del GAULA-, reitera el demandante,  dándole  crédito al dicho del policía Benítez el Tribunal dio por demostrado  que  el  procesado conocía el contenido de la boleta extorsiva que remitió por  correo.   

          Si  se  hubiese  valorado  ese  cúmulo  de  pruebas “en  su  exacta  comprensión y contexto”,  aduce  el  censor  a manera de colofón, acorde a las manifestaciones hechas por  el  acusado en el decurso procesal en el sentido de que desconocía el contenido  de  las  misivas  que  remitió por cuenta de Jorge Guzmán, el Tribunal habría  tenido  que  concluir  en  la  ausencia  de  certeza  de  la  responsabilidad de  CAMARGO   MORENO   y,   en  consecuencia,  ante  la  presencia  de  la  duda sin medio legal probatorio para  eliminarla,  tenía  que  haber  dado aplicación al principio de presunción de  inocencia.   

          Como  normas  infringidas reputa el actor los Arts. 445 y 247 del C.  de  P.  Penal  anterior,  en cuanto el juzgador dejó de aplicar el principio de  presunción  de  inocencia,  “reconociéndose la duda  cuando  era  evidente  la incertidumbre sobre la responsabilidad, con fundamento  en     que    el    Tribunal    incurrió    en    errores    de    apreciación  probatorias.”   

          Casar  la  sentencia  impugnada y en su lugar absolver de todo cargo  al  procesado,  es  la  petición  principal que el casacionista le formula a la  Corte.   

          Segundo cargo.               

          Subsidiariamente  aduce  el  demandante  la violación directa de la  ley  sustancial al auspicio de la causal primera, cuerpo primero, por exclusión  evidente  del  Art.  24  del  C.  Penal anterior, “en  relación  con  los  artículos  268 y 270 del mismo estatuto, subrogados por la  ley  40 de 1993, artículos 1º y 3º.” Como sustento  de  su  afirmación sostiene que el Tribunal dejó de aplicar el instituto de la  complicidad,  no  empece  a  que del contenido de la sentencia surgen claros los  presupuestos  que  daban  lugar al reconocimiento de ese grado de participación  en el actuar del agente.      

         

         El  tribunal  en  su  decisión  de  segunda  instancia  no obstante  aceptar  que  el procesado sólo se limitó a enviar las cartas, nada dijo sobre  su  grado  de  participación  en los hechos, lo cual hace suponer que estuvo en  total  acuerdo  con  la  tesis  del  A-Quo,  quien como argumento para endilgarle la calidad de coautor al reo  adujo los elementos estructurantes de la complicidad.   

Sin  embargo, “da  un  salto  al  vacío para adecuar la conducta -de correo como una contribución  por  parte del partícipe (literal d)-para concluir que en el caso en estudio se  está  ante  una coautoría.”  De una tal manera  y  sin  motivación  alguna, de espaldas a las modalidades y características de  los  hechos,  el  juez  de primera instancia abstractamente formuló la regla de  que    “cualquier   contribución,   es   igual   a  coautoría”   frente   a  la  conducta  específica  desplegada por el implicado.   

         

Los juzgadores reconocieron que la actividad  del  procesado  se circunscribió exclusivamente a la remisión de las misivas a  la  familia  del  plagiado,  prosigue,  descartándose en los fallos que hubiera  intervenido  en  la  retención  de  la víctima, en los actos preparatorios que  condujeron  a  su  ilegal  privación  de  la libertad, o que conociera del plan  global,  esto  es,  los  detalles  y  particularidades  en  el  desarrollo de la  ejecución  del delito, lo cual resulta acorde al material probatorio recaudado,  pues  la  acción  que cabe endilgársele a su asistido se desarrolló en sector  alejado  al  de  donde  los autores ejecutaron el hecho y al sitio de cautiverio  del  plagiado,  “sin  ninguna  posibilidad,  dominio  funcional,  o  control  sobre  el  resultado  o  éxito del ilícito”,   valga   decir,   su   contribución al delito fue secundaria.   

          Por  consiguiente,  si la actividad del procesado fue la de cooperar  con  un hecho ajeno, sin capacidad para controlar y dirigir el decurso causal de  los  acontecimientos,  o  para  interrumpirlo  o desistir de su consumación, de  poner  al  descubierto  a  sus  autores  o  colocar  en  riesgo  el éxito de la  ilicitud,  “es lógico y jurídicamente atendible que  deba  responder  como  cómplice”,  pues admitir que  toda  cooperación  en  la producción del hecho es coautoría, sería acabar de  tajo  con  la  figura estatuida en el Art. 24 del C. Penal, precepto este que el  sentenciador  dejó  de  aplicar en relación con los artículos 268 y 270-3 y 5  ibidem.   

          Casar  parcialmente el fallo recurrido y proferir el sustitutivo por  el  delito  de secuestro extorsivo teniéndose al procesado como cómplice de la  delincuencia  en  mención, a efecto de que se reduzca a 17 años de prisión la  sanción  que  se  le impuso, es la pretensión que en forma subsidiaria plantea  el casacionista.   

  CONCEPTO  DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

          1.  En  relación  con  el  cargo  principal, de entrada advierte el  señor  Procurador  Segundo  Delegado  para  la  Casación  Penal que como si se  tratara  de  una  tercera  instancia,  la  censura  está orientada a revivir un  debate   probatorio  legítimamente  clausurado,  pues  con  sus  argumentos  el  demandante  no  atina  a  sustentar  que  el  fallador  incurrió  en un sentido  específico   de   error   in  iudicando  en  la  apreciación  de  las  pruebas;  por el contrario, sin parar  mientes  en  las  limitaciones inherentes al recurso extraordinario, invita a la  Corte   a  que  “revise  las  piezas  procesales  en  cuestión.”   

          En  la fundamentación del cargo, el actor sostiene que fue cándida  la  conducta  de su defendido cuando remitió la carta a través de una conocida  empresa  de  mensajería,  cuyo contenido era la exigencia de una gruesa suma de  dinero   para   acceder   a   través   de   su   pago   a  la  liberación  del  secuestrado.   Una  tal  propuesta  no se orienta en la demostración de la  existencia  de  un  error  de  hecho trascendente cometido por el juzgador en la  contemplación  material de la prueba, ya por falso juicio de existencia, ora de  identidad,  y  menos de raciocinio, como quiera que su conclusión se traduce en  presentar  a  la  Corte  argumentos de valor con la pretensión de que se le dé  “credibilidad”  a  las  exculpaciones  del  procesado.   De  ahí  que  su  crítica  se  dirija  a  reprocharle  al  Tribunal  el  no  haber  reparado en las voces de inocencia del  implicado  en  cuanto  a  su  desconocimiento  del  contenido  de las cartas que  remitiera  por  cuenta  de  otra  persona,  porque  de  haberlo  hecho,  hubiera  concluido  en la ausencia de certeza para condenar y proferido fallo absolutorio  con apoyo en la duda y en el principio de presunción de inocencia.   

          Por  modo  que, desbordando el marco del error de hecho, se adentró  el  censor  en  el ámbito del error de derecho por falso juicio de convicción,  olvidando  que  en  materia  de  apreciación  probatoria  en  el  sistema penal  colombiano  los  medios  de  persuasión  no  son  tarifados,  y que la forma de  estimación   judicial,   antecedida  de  la  doble  presunción  de  acierto  y  legalidad, prevalece sobre la del demandante.   

          No  obstante  el  yerro  de  orden  técnico  que  torna ineficaz la  censura,  advierte el Ministerio Público que al demandante tampoco le asiste la  razón  en  su  crítica  al  juzgador  en  cuanto  afirma  que éste falseó la  expresión  fáctica del testimonio de Víctor Jaraba. En efecto, a juicio de la  Delegada  la  declaración  de dicho testigo, apreciada de manera articulada con  el  contenido  intimidatorio  de  la  carta,  y  con  el informe de inteligencia  rendido  por  el  Grupo  GAULA  de  Barranquilla,  cuya  ratificación posterior  realizó  un  miembro  de  la Policía Judicial que adelantó las pesquisas, son  elementos  de  prueba  que  amén de permitir establecer plenamente la identidad  del procesado, apuntan a demostrar su responsabilidad.   

Así  las cosas, el error de hecho por falso  juicio  de  identidad  que  el  demandante le atribuye al sentenciador por parte  alguna  se vislumbra, si su deducción de que el procesado lo que pretendió fue  ocultar  su  identidad  claramente  se  evidencia  en  sus  actos, como el haber  estampado  una  firma  ilegible  en  el  despacho de la correspondencia, la cual  difiere  de  la  utilizada  en  las  diligencias en las que intervino durante el  desarrollo  del  proceso, o haber omitido registrar su identidad de remitente en  el  correspondiente  sobre  y en el desprendible de la empresa, imponiendo en su  lugar   la   que   supuestamente   pertenecía   a   “Ingenieros   &  Cía  Ltda.”   

Y en cuanto a su crítica de que el fallador  le  hubiese  dispensado  credibilidad  a la declaración del agente Benítez, el  censor  no  sustentó  las  razones  de  su  divergencia  con  el  criterio  del  funcionario,  razón  por  la cual esta censura ninguna vocación de prosperidad  puede  tener,  máxime cuando en nuestro ordenamiento jurídico-penal no existen  valores pretarifados, aduce el agente del Ministerio Público.   

Además,  el  demandante  planteó de manera  antitécnica  el  reproche,  en tanto el argumento de la credibilidad tiene como  soporte  la  no  práctica de algunos testimonios solicitados por la defensa con  los  cuales  aspiraba  a  desvirtuar las afirmaciones de aquel testigo de cargo.  Las  deficiencias en materia de investigación integral tienen su propia vía de  ataque,  advierte  el  Procurador  Delegado,  la  causal tercera por tratarse de  vicios  in procedendo, que de  ser  trascendentes  y afectar garantías fundamentales del procesado, han de ser  formuladas  al  amparo  de  la  nulidad  que dice relación con la violación al  derecho  de  defensa.   De modo que, en la apreciación de dicho testimonio  el censor tampoco demuestra el error de mérito argüido.   

Seguidamente el Ministerio Público plasma su  propio  criterio  en materia de examen probatorio, para arribar a la conclusión  que  los  falladores  de instancia no se equivocaron cuando tuvieron por coautor  de  la  delincuencia  al  procesado,  y  no  como  cómplice  como lo reclama el  demandante,  pues  resulta evidente que el justiciable actuó con dolo en cuanto  conoció  su  punible  proceder y quiso su realización, tal como con acierto se  expuso  en un aparte del fallo recurrido y que para el efecto cita. Cuando se es  miembro  de  una  empresa criminal, como ocurre en el evento aquí examinado, la  cual  se  caracteriza  por  la  repartición de tareas entre los intervinientes,  “todos   responden   por   la   integridad  de  los  acontecimientos  planeados,  sin  importar la parte de los mismos que a cada uno  le  hubiera  tocado  cumplir personalmente”, sostiene  el    Ministerio    Público   con   apoyo   en   un   pronunciamiento   de   la  Sala.          

No  logra  el censor demostrar la violación  indirecta  de  alguna norma de derecho sustancial por error de hecho, ni tampoco  la  duda  alegada, razón suficiente para solicitar a la Corte la no prosperidad  del  cargo,  aduce  finalmente  el Procurador Segundo Delegado para la Casación  Penal.   

2.  Respecto de la segunda censura formulada  en  forma  subsidiaria  al  amparo  de  la  causal  primera, cuerpo primero, por  violación  directa  de  la  ley  sustantiva,  es planteamiento que presupone la  aceptación  de  la  valoración probatoria realizada por el juzgador, afirma el  agente   del  Ministerio  Público.  Un  tal  cometido  incumple  el  actor,  al  adentrarse  en  críticas  a  la  apreciación  de  las pruebas realizada por el  fallador,  pues  si  bien  asume  que  el  acusado  conoció el contenido de las  misivas   extorsivas,  es  del  criterio  que  su  contribución  con  el  hecho  consistió  en que sólo se limitó a enviarlas, “con  lo  que  quiere  significar  que  su  aporte  al  delito  fue  secundario,  y no  principal,  como  lo estimaron los falladores. Así pues, el debate propuesto es  francamente probatorio.”   

Ciertamente,   si   el  impugnante  en  su  argumentación  se  refiere a la actividad que en su sentir fue la que desplegó  su  defendido,  para  posteriormente  presentar  una apreciación insular de los  hechos  según  la cual el procesado no tuvo el dominio funcional de los hechos,  y   por  consiguiente  su  contribución  con  los  mismos  fue  secundaria,  de  cooperador,  vale  decir, de cómplice, desconociendo en forma abierta la manera  como  el  fallador  apreció las pruebas, este tipo de sustentación se aleja de  los  lindes  de  la  violación  directa  en  la  que el debate es estrictamente  jurídico  y  no probatorio, para incursionar en los de la violación indirecta,  error  de técnica que necesariamente torna inidóneo el cargo conduciéndolo al  fracaso.   

En  sentir  de  la  Delegada una tal censura  -exclusión  evidente del artículo 24 del anterior Código Penal, Art. 30, inc.  3º     del     actual-     resulta     viable    plantearla,    “únicamente”  en  los  eventos  en  los  cuales  el  fallador  en  la  estimación  de las pruebas reconoce la naturaleza  secundaria  del  aporte  del  cómplice  y, no obstante ello, profiere sentencia  como  autor,  situación  que  aquí  no  acontece  tal  como  se dejó dicho al  responderse   el  primer  cargo.  Luego,  para  desvirtuar  los  argumentos  del  sentenciador   el  impugnante  extraordinario  debió  acudir  a  la  violación  indirecta,  reitera,  para  acreditar  a  través  de  yerros  de mérito, ya de  existencia,  ora  de  identidad  o  de  raciocinio,  que  el  juzgador  apreció  equivocadamente  el  plexo probatorio que denotan en el agente un comportamiento  de cómplice.   

De  todas  maneras,  al  casacionista  no le  asiste  la  razón  en  su censura, advierte finalmente el agente del Ministerio  Público,  como  quiera que acorde con el criterio jurisprudencial y doctrinario  imperantes  en  torno  al  tema de la autoría, el procesado tuvo el dominio del  hecho  en  la  medida  en que contribuyó eficaz y esencialmente al éxito de la  empresa  criminal  en cuestión, logrando la finalidad propuesta, pues a través  de  la  remisión de las cartas contentivas de la exigencia económica se obtuvo  el   pago   del   rescate,   y   un  día  después  se  dejó  en  libertad  al  plagiado.         

El   cargo   no   debe  prosperar,  es  su  petición.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Cargo principal.   

          Violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por error de hecho en  cuanto  el Tribunal acudiendo parcialmente a los testimonios de Víctor Jaraba y  Wilfrido  Benítez,  y  a  la  propia  indagatoria  del  procesado,  falseó  su  expresión  fáctica,  y  fragmentando  y  tergiversando  su verdadero contenido  mediante  la  utilización  de “métodos extraños de  persuasión  y  valoración  racional  de la prueba”,  dedujo  indicios  que lo llevaron a suponer que CAMARGO  MORENO  es responsable de la conducta punible que se le  endilga  porque  conoció del contenido extorsivo de las cartas que remitió, es  el fundamento de esta censura.   

          Ninguna  vocación  de prosperidad puede tener un cargo que, como el  que  aquí  formula  el  censor,  no cumple en lo más mínimo con las reglas de  técnica  casacional,  pues  dada  su  incoherente  argumentación,  no  atina a  deslindar  sus  cuestionamientos  en  tanto  admite que el fallo impugnado tiene  como  sustento  prueba  indiciaria.  Siendo  así  las cosas, debió concretar a  partir  de  cuáles  de los momentos de su formación se originó el yerro, como  quiera  que, como viene insistiendo en repetir la Corte, debe distinguirse si la  observación  se hace en relación con las pruebas de los hechos indicadores, la  operación  de  inferencia  lógica, o la valoración individual o articulada de  su  fuerza demostrativa, puesto que los errores, en cada caso, son de naturaleza  distinta.   

“En    la  apreciación   de   las   pruebas   de   los   hechos  indicadores  -dijo  la  Sala  en pronunciamiento del 27 de noviembre de 1996, M.  P.  Fernando  Arboleda Ripoll-, los errores pueden ser  de  hecho  o  de  derecho  en  cualquiera de sus modalidades, mientras que en el  proceso  intelectual de inferencia y en la valoración de la fuerza demostrativa  del  indicio, solo pueden presentarse errores de hecho, en cuanto son tareas que  deben cumplirse a la luz de la sana crítica (…)   

“Si los errores  de  apreciación  probatoria  se  presentan  en el análisis de la prueba de los  hechos  indicadores,  el  casacionista  debe,  en  relación  con  cada indicio,  identificar   las  pruebas  que  le  sirven  de  sustento  e  indicar  el  error  denunciado,  si  de  existencia,  identidad,  legalidad  o  convicción  para la  correcta  formulación  de la censura. Y si se trata de cuestionar la inferencia  lógica  o  el valor probatorio otorgado a los indicios, es deber del recurrente  acreditar  el  desconocimiento  de  las  reglas  de la sana crítica, lo cual se  cumple   mostrando   la  divergencia  existente  entre  las  deducciones  y  las  declaraciones  de  la sentencia en dicho sentido y las que corresponde hacer con  la     lógica,     la    experiencia    o    la    ciencia    (…)”   

               Un  tal  ejercicio brilla por su  ausencia  en  el  libelo  por medio del cual se pretende atacar la legalidad del  fallo  impugnado,  como  no  sean las afirmaciones genéricas que hace el censor  con  total  orfandad  demostrativa  y  ausencia de sindéresis, acerca de que el  juzgador   construyó  una  serie  de  indicios  sin  ninguna  concatenación  o  vinculación  lógica  con  lo que quería probar, y sobre cuya inferencia no se  esforzó  en  dar  mayor  explicación; o que el Tribunal adujo una regla que no  consulta  con  la experiencia en tratándose de la actividad de correo; o que no  existió  una evaluación racional, objetiva e imparcial fundada en elementos de  prueba  directos o indirectos, y sin embargo asumió convicción de certeza para  condenar;  o  que  se  le dio credibilidad al testimonio del agente Benítez, en  tanto  se  la  negó  a las exculpaciones del procesado, cuya versión jamás el  Estado  se  preocupó  por  confirmar porque omitió la práctica de pruebas que  posibilitaban  desvirtuar  el  dicho  del  testigo  de  cargo. Y que, en fin, se  invirtió  la  carga  de  la  prueba  dejándole  al encartado la obligación de  demostrar su inocencia.   

          En  todo  caso,  el actor empieza por plantear un error de hecho por  falso  juicio  de  identidad  en  cuanto  sostiene  que  el  Tribunal falseó la  expresión  fáctica  de la prueba testimonial de cargo, o que las recaudadas no  fueron   valoradas  “en  su  exacta  comprensión  y  contexto”,  lo  cual  le  imponía  demostrar  qué  apartes  de  las  declaraciones  cuestionadas  fueron  objeto  de  distorsión o  tergiversación  en  su  verdadero contenido por la estimación fragmentaria que  de  las  mismas  hizo;  empero,  termina por desarrollar un error de derecho por  falso  juicio  de convicción al centrar su crítica en el grado de credibilidad  que  el  fallador le dispensó a los medios de prueba censurados, pues a través  de  un  alegato  de  libre  factura, propio de las instancias pero extraño a la  técnica  del recurso extraordinario, pretende que la Corte adopte su personal y  subjetiva  manera  de  apreciar  esos  elementos  de  juicio  en  vez  de la del  juzgador,  olvidando que la del funcionario judicial llega a esta sede precedida  de la doble presunción de acierto y legalidad.   

                   En relación  con  el  in dubio pro reo cuya  aplicación  reclama  el  actor,  dígase  que como el Tribunal no reconoció la  existencia  de  la duda proclamada en la demanda porque consideró que la prueba  obrante  en  el  proceso  era suficiente para concluir con certeza que el reo es  responsable  del  delito  que  se  le  imputa,  de  acuerdo con el sentido de la  vulneración  argüida  le  correspondía al casacionista entrar a demostrar que  al  apreciar  las  pruebas  tenidas  en  cuenta  para  arribar  a  ese  grado de  convicción,  el  juzgador  incurrió  en  errores  de hecho o de derecho de tal  magnitud  que  sin ellos el resto del material probatorio no afectado de vicios,  era  insuficiente  para  llevar  a  la  certeza  necesaria sostén de la condena  impugnada, yerros que por parte alguna muestra el censor.   

Ahora,  no  menos  desafortunado  resulta el  planteamiento  del  actor  al  interior del mismo cargo de falencias probatorias  que  en  su  sentir  impidieron la demostración de la inocencia de su asistido,  censura  que  si bien tiene que ver con el tema probatorio, es la causal tercera  a  la  cual  debe  acudirse para su correcta formulación, habida consideración  que  el  vicio dice relación con la afectación del principio de investigación  integral,  cuya  violación  origina  atentados contra garantías fundamentales,  primordialmente  al  debido  proceso  y  al derecho de defensa, que podrían dar  lugar  a  la  nulidad  de  la  actuación  desde  el momento en que se genera la  irregularidad.   

          No  sólo  las fallas de técnica que vienen de relacionarse atentan  contra  la  prosperidad  del  cargo,  sino  también la indebida pretensión del  casacionista  de  buscar  que  la Corte realice un nuevo examen de los medios de  convicción  recaudados  en  el  decurso  procesal,  que es a lo que en el fondo  aspira  a  partir  de una propuesta de apreciación alternativa de esa actividad  probatoria,     postura     esta     totalmente    ajena    al    extraordinario  recurso.   

          No prospera la censura.   

                         Cargo  subsidiario.   

          Violación  directa  de  la  ley sustantiva por falta de aplicación  del  Art.  24 del C. Penal anterior -inc. 3º del Art. 30 del actual-, en cuanto  el  Tribunal  no  le  dio  el tratamiento de cómplice al procesado respecto del  delito  de  secuestro  extorsivo  por  el  cual  se  le juzgó y condenó, es el  fundamento de esta censura.   

          La  violación  directa de la ley sustancial, insiste en precisar la  Sala,  presupone  el  planteamiento  de  un  debate  estrictamente jurídico por  cuanto  no  hace  referencia  a  las  pruebas,  sino  a  la  aplicación  de las  normas.   Por  lo  tanto,  el ejercicio parte de admitir el casacionista la  forma  como  el juez apreció los hechos, lo que lleva ínsita la anuencia sobre  la estimación dada a los elementos de persuasión.   

         El  demandante,  contrariamente  a  la  teleología que informa esta  clase  de  violación  de  la  ley  sustantiva,  sostiene que acorde al material  probatorio   recaudado,   la   actividad   de   su   defendido   “se  desarrolló  en  un  radio  de  acción  en sector alejado a sus  autores  y  del  lugar  en donde se ejecutaba el hecho o sitio de cautiverio del  plagiado,  sin  ninguna  posibilidad,  dominio  funcional,  o  control  sobre el  resultado o éxito del ilícito (…)   

         

         Si  lo que pretendía el libelista era discutir que la contribución  al  delito  por  parte de su  defendido  fue secundaria, que su actividad fue la de un simple cooperador en un  hecho  ajeno,  sin capacidad  para  controlar y dirigir el decurso causal del suceso,  ya   para   interrumpirlo,  ora  para  desistir  de  su  consumación,  poner  al  descubierto  a  los  verdaderos  autores  o en riesgo el éxito de la operación  delictiva,  razón  por  la  cual  debe responder como cómplice, no era esta la  vía  a  la  que  debió  acudir  sino a la de la violación indirecta de la ley  sustancial  por  errores  de hecho o de derecho trascendentes en la apreciación  de  las  pruebas,  bien  porque  su  distorsión,  suposición  o estimación en  contravía  de  las reglas de la sana crítica llevó al fallador a deducirle al  procesado  una  calidad  de la cual carecía, o bien porque las apreció a pesar  de los vicios que las afectaban en su producción o aducción.   

No prospera la censura.  

         Finalmente   adviértase  que  como  los  cargos  no  prosperan,  lo  relacionado  con  la eventual aplicación de la favorabilidad por el tratamiento  más  benigno  en  la  Ley  599  de  2000  para la conducta punible de secuestro  extorsivo,  el  Juez  de Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad decidirá lo  pertinente,  de  acuerdo  con lo reglado en el Art. 79-7 de la Ley 600 del mismo  año.    

         

En  mérito  a lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de Casación Penal,  administrando justicia en nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

  RESUELVE   

        NO      CASAR       el      fallo  impugnado.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

           

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                 HERMAN      GALÁN  CASTELLANOS   

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                            JORGE    ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

ÉDGAR   LOMBANA  TRUJILLO                     ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

                                                                                            Salvamento   parcial   de  voto   

MARINA   PULIDO  DE  BARÓN   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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