17446(10-07-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso No 17446  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA  DE  CASACIÓN          PENAL   

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 79  

          Bogotá.   D.   C.,   diez   (10)   de   julio  del  dos  mil  tres  (2003).   

VISTOS  

          Mediante  sentencia  del  15 de enero de  1999,  un  Juzgado Regional de Bogotá declaró a los señores Salomón Sánchez  Vargas,  Carlos  Alfonso  Díaz  Vargas, Luis Alfonso Oliveros, Cristo Navarrete  Ávila,  Luis  Alberto  Gutiérrez  Saavedra  y María Ligia Rodríguez Montoya,  penalmente  responsables,  como  coautores, de un concurso homogéneo y sucesivo  de delitos de secuestro extorsivo.   

          A  Sánchez  Vargas,  Díaz  Vargas y Alfonso Oliveros les impuso la  sanción  principal  de  15 años de prisión, y de 12 a los restantes; a todos,  la  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y funciones públicas por 10, la  obligación  de  indemnizar  los  perjuicios  causados  y  les  negó la condena  condicional.   

          Recurrido  el  fallo  por Carlos Alfonso Díaz Vargas y su defensor,  la  Sala  Especial  de  Descongestión  del  Tribunal  Superior  de  Bogotá  lo  confirmó el 20 de septiembre de ese año.   

          Los  apoderados  de  Luis  Alberto Gutiérrez Saavedra, María Ligia  Rodríguez  Montoya  y Carlos Alfonso Díaz Vargas acudieron a la casación, que  se  concedió.  La  Sala  se  pronuncia  una  vez  allegado  el  concepto  de la  Procuradora Primera Delegada en lo Penal.   

HECHOS  

          En  horas  de  la  noche  del  5  de octubre de 1982, en la finca de  Melquiades  García,  ubicada en Madrid (Cundinamarca), desconocidos dejaron una  carta     en     la     que     exigían     el    pago    de    $15’000.000,  para  no  atentar  contra su  vida  o  la  de sus hijos, exigencias que reiteraron con llamadas telefónicas a  su residencia en Bogotá.   

          El  8 de noviembre siguiente, varios hombres armados secuestraron al  hijo  de  aquél –del mismo  nombre-,  a  su  esposa  Mercedes  Cuéllar y a la hija de los dos, Ana Carolina  García, cuando regresaban a su casa en el barrio Mandalay.   

          Horas   después,   la   señora  Mercedes  fue  liberada  para  que  consiguiera  el dinero del rescate: $30‘000.000,  que  fueron rebajados a 5. Pagada esta suma, los plagiados  fueron   dejados   en   libertad,   luego   de   transcurridos   15   días   de  cautiverio.   

          En  noviembre  de  1993, los esposos García Cuéllar acudieron a la  justicia  e informaron que el 27 de noviembre de 1983, un diario de circulación  nacional  registró  la  noticia  sobre  el  secuestro  de  un  menor,  en  cuyo  desarrollo  fueron  capturados  los  responsables.  En  las  fotografías que se  publicaron,  reconocieron  a  los integrantes de ese grupo, como los autores del  hecho  de  que  fueron  víctimas,  quienes aparecían con los nombres de María  Ligia  Rodríguez  Montoya,  Carlos Alfonso Díaz Vargas, Luis Alfonso Oliveros,  Cristo  Navarrete  Ávila, Javier Antonio Cardona Parra, Luis Alberto Gutiérrez  Saavedra y Salomón Sánchez Vargas.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          Adelantada   la   correspondiente   investigación,  Javier  Antonio  Cardona  Parra  fue  escuchado  en indagatoria; a los restantes imputados se los  vinculó como personas ausentes.   

          El  16  de  enero  de  1997  se calificó el mérito del sumario con  preclusión  en  favor  de  Cardona  Parra;  los  demás  fueron  acusados  como  coautores   de   un   concurso  de  delitos  de  secuestro  extorsivo  agravado.   

          Proferidas  las  sentencias  de  primera  y  segunda  instancias, se  acudió a la casación, que fue concedida y sustentada.   

LAS  DEMANDAS   

                   Del   defensor  de  Luis  Alberto  Gutiérrez  Saavedra.   

          Formuló  un  cargo  con  apoyo  en  la  causal  tercera de nulidad.  Presencia  de  irregularidades sustanciales que afectaron el debido proceso y el  derecho  a  la  defensa,  porque  en  todo el trámite se desconoció el mandato  constitucional  que impone la asistencia de un abogado. Se designó un apoderado  formal,   cuya  total  inercia,  que  en  modo  alguno  comportó  una  táctica  defensiva,  equivale  a su inexistencia, pues no cuestionó la ínfima prueba de  cargo,  no  intervino  en las únicas ocasiones en las que fueron escuchados los  ofendidos,  no  solicitó  elementos  de juicio que les fueran favorables, no se  notificó  de  decisiones trascendentales como la propia sentencia, no presentó  alegatos  previos  a la calificación, no interpuso recurso alguno, abandonó el  juicio  y,  por requerimiento del juzgador, antes del fallo presentó un escrito  de una página, que es evidente producto de la inventiva.   

          La  situación  de  indefensión  se  corroboró  porque el defensor  contractual  no  fue  escuchado  pues  hizo  sus  reclamos luego de vencidos los  lapsos  legales.  Se impone, por consiguiente, invalidar lo actuado a partir del  acto de clausura.   

          Del   apoderado  de  María  Ligia  Rodríguez  Montoya.   

          Hizo  dos  censuras  con  base  en  el  motivo tercero de casación:  nulidad   por   violación   del   derecho   a   la   defensa.  Las  desarrolló  así:   

          1.  La  fiscalía  no fue diligente para ubicar a la acusada, porque  en  el expediente constaban sus datos personales y pudo ser localizada a través  de  su  esposo,  que  se encontraba detenido, con lo cual no se le garantizó su  derecho  de  comparecer  al  proceso.  Por  tanto,  se  impone  anular  desde la  declaratoria de persona ausente.   

          2.  Con  similares  argumentos  a  los  elaborados  en  el  caso del  sindicado  anterior,  concluyó en la ausencia total de apoderado, por lo que se  debe invalidar desde la resolución de cierre.   

          Del   representante  de  Carlos  Alfonso  Díaz  Vargas.   

          Causal   tercera.   Dos   reproches,  sustentados  de  la  siguiente  manera:   

          1.  Con idénticas razones sobre la ausencia de apoderado en todo el  trámite, desconocimiento del derecho a la defensa técnica.   

          2.  Violación  al debido proceso por carencia de una investigación  integral,  pues  a  pesar de que, avanzado el juicio, el sindicado fue escuchado  en  indagatoria,  el juzgador se negó a practicar las pruebas solicitadas en su  beneficio,  sin  que  se  pueda  admitir la excusa del vencimiento del término,  porque debía prevalecer lo sustancial sobre la forma.   

          Pide  la  anulación a partir de la resolución que declaró cerrada  la instrucción.   

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

          La    señora    Procuradora    Primera   Delegada   en   lo   Penal  recomendó:   

          1.  Estimar  el  cargo común relacionado con la ausencia de defensa  técnica  e  invalidar  el  trámite  a  partir  de  los  actos posteriores a la  ejecutoria de la resolución de acusación.   

          Desde  la  Constitución  de  1991  se  consagró  el  derecho  a la  asesoría  de  manera  integral durante la investigación y el juzgamiento. Esta  asistencia  se  puede proyectar de diversas maneras: con una activa presencia en  la  solicitud  y  práctica  de  pruebas, o guardando silencio para que la carga  corresponda al funcionario judicial.   

          En  el juicio, su labor es exigente porque debe colocar empeño para  desvirtuar  la  sindicación  o, al menos, para morigerar la responsabilidad del  procesado,  sin  que,  por tanto, una simple designación colme la garantía. En  este  asunto  hubo  total  y  grotesco  abandono de lo encomendado por parte del  abogado.   

          Un  recuento de la actuación permite concluir que el profesional no  realizó  ninguna  actividad:  no solicitó pruebas, no impugnó las decisiones,  ni  presentó  una  alegación  aceptable  antes de la sentencia, a lo cual, por  otra   parte,   fue  obligado  por  la  justicia  tras  dejar  vencer  el  lapso  legal.   

          2.  No casar el fallo en lo que se relaciona con la vulneración del  derecho  a  la defensa de María Ligia Rodríguez Montoya, que su apoderado hizo  consistir  en  que  la  fiscalía  no  realizó  las diligencias necesarias para  ubicarla.  Por el contrario, el instructor obtuvo de otro despacho los generales  de  ley de la sindicada, incluyendo su dirección, datos que se incluyeron en la  orden  de  captura.  Además, cuando se tuvo conocimiento de la detención de su  esposo en asunto diverso, éste ya había recobrado su libertad.   

          3.  Desestimar  el  reproche relacionado con la violación al debido  proceso  –por ausencia de  una  investigación integral- respecto de Carlos Alfonso Díaz Vargas. El censor  no  demostró  que  si  se  hubieran  obtenido  las  pruebas  echadas  de  menos  –y   tampoco   precisó  cuáles  eran-,  su  protegido  habría resultado beneficiado. De otra parte, el  fallador  acertó  en  la  negación  de la práctica de pruebas, por cuanto fue  solicitada  cuando  había vencido el lapso legal del juzgamiento para pedirlas,  esto   es,   acudió   al   principio   de   preclusión  que  brinda  seguridad  jurídica.   

CONSIDERACIONES   

          De  manera  conjunta,  la Sala abordará el estudio del cargo único  de  la  demanda  en favor de Luis Alberto Gutiérrez Saavedra, del segundo de la  presentada  a nombre de María Ligia Rodríguez Montoya y del primero del libelo  confeccionado  por  el  apoderado  de Carlos Alfonso Díaz Vargas. Lo hace   así,  por  cuanto  los  tres  escritos  coinciden  en enunciar y desarrollar un  reproche  común:  la  violación  del derecho a la defensa, pues que si bien se  designó  un  abogado  titulado que tomó posesión como apoderado de oficio, su  total  inactividad  en la instrucción y el juicio se traduce en desconocimiento  de la garantía superior.   

                    El derecho a  la asistencia de un abogado.   

          1.  Del  artículo 29 de la Constitución Política se desprende que  el  derecho  a  la asistencia técnica por parte de un abogado es fundamental, y  debe  ser  garantizado  sin  solución  de  continuidad  durante  las  dos fases  esenciales  del  proceso.  No  puede,  por tanto, existir un periodo o lapso del  mismo  sin  concurrencia  del  letrado,  porque  se limitan las posibilidades de  desarrollo del contradictorio.   

          Sobre  todo a partir de la vigencia de la Constitución Política de  1991, la jurisprudencia de la Corte ha dejado en claro que   

          “es  importante  la  defensa en el sumario o investigación porque  en  la  nueva  Carta  Política  se  vino  a  dilucidar  esa  vieja controversia  doctrinaria  y  jurisprudencial  respecto  a  si  el  ejercicio del derecho a la  defensa  era  trascendental  en  las  dos  etapas  del  proceso  o  si  era más  importante  en  la  etapa  de  juzgamiento que en la instrucción, al disponerse  claramente  en  el  artículo  29  que ‘Quien  sea sindicado tiene derecho a la defensa y a la asistencia de  un  abogado  escogido  por  él,  o  de  oficio,  durante la investigación y el  juzgamiento’  ”1   

.  

          De  la  Carta  deriva  que  en la totalidad de las fases del proceso  penal  se  impone  asegurar  la  probabilidad de controversia por parte de quien  tiene conocimientos jurídicos. Sobre el tema, ha dicho la Sala:   

         “Esta  posibilidad  de  oposición y refutación de la pretensión  punitiva  del Estado debe ser real, continua y unitaria, características que se  oponen  a lo formal, lo temporal y lo soluble. No es, ni se trata, de llenar una  exigencia  de  carácter  normativo,  sino  de  velar  porque este derecho logre  material  y  efectiva  realización,  obligación  por  cuyo  cumplimiento  debe  propender   el   funcionario   judicial   encargado   de   la   dirección   del  proceso“2.   

         En  desarrollo  del  precepto  constitucional,  el artículo 8° del  Código  de  Procedimiento  Penal,  norma  rectora,  y  por  tanto  prevalente y  obligatoria, dispone que   

         “En  toda actuación se garantizará el derecho de defensa, la que  deberá ser integral, ininterrumpida, técnica y material”.   

         Con  ese  mandato  se reitera que la asesoría tiene que ser plena y  que impera durante todo el trámite del proceso penal.   

         2.  Como es obvio, si la defensa técnica debe ser real, no basta la  designación  nominal  de un abogado. Se requiere que éste, de manera efectiva,  preste  la  asistencia debida en procura de los mejores intereses del procesado.   

         Lo  anterior,  sin  embargo,  tampoco  significa que con extremos se  pueda  afirmar  que  todo  silencio  del  togado conforme ofensa al derecho a la  defensa técnica.   

         Se  impone,  en  consecuencia, que en cada caso concreto se dilucide  si  el  abogado  ha  ejercido  o  ha  estado  en posibilidad de ejercer en forma  adecuada  los  actos  defensivos.  Es  claro,  por ello, que no toda inactividad  entraña  nulidad  por  falta de asesoramiento, pues la aparente pasividad puede  obedecer a una válida táctica profesional.   

         3.  De  lo  expuesto resulta que si un estudio pormenorizado y luego  global   de  la  situación demuestra que la omisión de actos en favor del  procesado  no  se halla signada por una estrategia profesional, sino que ha sido  producto  de  la  desidia,  no  cabe  duda que surge diáfana la inexistencia de  concurrencia acompañante experta.   

                                    El caso concreto.   

         Con  fundamento  en  lo acabado de decir, descendiendo al asunto que  ahora ocupa la atención de la Sala, se establece que:   

         4.  El  secuestro  de  los  esposos  Mercedes  Cuéllar y Melquiades  García  Ojeda  y  de su hija Ana Carolina García ocurrió el 8 de noviembre de  1982.  Las  dos  últimas  víctimas  fueron liberadas a los 15 días, luego del  pago  de  cinco  millones de pesos. La señora Mercedes lo fue a las pocas horas  del plagio para que consiguiera el dinero.   

         Once   años   después   –el   27   de   octubre  de  1993-  Melquiades  García  –padre-  acudió  a  la  justicia  y le  contó  que  en  unos retratos publicados en el periódico, que señalaban a los  partícipes  de  otro plagio, reconocieron a los autores de aquel hecho (fl. 60,  C.  1).  Copia de ese documento, fechado el 27 de noviembre de 1983, se anexó a  las diligencias el 21 de noviembre de 1994 (fl. 109, 110, C. 1).   

         5.  Con base en ese elemento de juicio, los señores García Ojeda y  Cuéllar  de García señalaron, el 8 de marzo y el 6 de abril de 1995 (fl. 161,  236,  C.  1),  a las personas representadas en las fotografías como partícipes  en  el  hecho  investigado.  A solicitud del instructor, del 18 de enero de 1996  (fl.  123, C. 2), el 15 de febrero siguiente se allegaron los datos relacionados  con  la  identificación  e  individualización  de  los  imputados (fl. 134, C.  2).   

         El  23  de  febrero  de  1996,  se  ordenó  la  captura de Salomón  Sánchez  Vargas,  Luis  Alfonso  Oliveros,  Carlos Alfonso Díaz Vargas, Cristo  Navarrete   Ávila,  Javier  Antonio  Cardona  Parra,  Luis  Alberto  Gutiérrez  Saavedra y María Ligia Rodríguez Montoya (fl. 151, C. 2).   

         Con   excepción   de   Cardona   Parra   -a   quien  se  indagó  y  posteriormente  se  favoreció  con preclusión-, los restantes imputados fueron  emplazados   pues  no  se  logró  su  aprehensión  (fl.  207,  265,  C.  2)  y  posteriormente,  el  20 de junio de 1996, se les declaró personas ausentes (fl.  267, C. 2).   

         6.  El  28  de  junio  de  ese año, la jefe de la secretaría de la  fiscalía  designó  como  defensor de oficio de todos  los  vinculados,  al  abogado  Luis  Miguel  González  Morales  (fl. 269, C. 2), quien tomó posesión del cargo varios días después,  el 19 de julio del mismo año (fl. 272).   

         7.  El apoderado fue citado para que se notificara de las siguientes  providencias:   

         a)  Resolución  de situación jurídica de los procesados (fl. 288,  C. 2).   

         b) Cierre de investigación (fl. 341, C. 2).   

         c) Traslado para solicitar pruebas en el juicio (fl.   

13, C. 4).  

          d) Sentencia de primera instancia (fl. 252, C. 4).   

          e) Fallo del Tribunal (fl. 99, C. T.).   

            f)   Concesión  del  recurso  de  casación  (fl.  133,  C.  T).   

         El     defensor    no    compareció    en    ninguna    de    estas  oportunidades.   

         8.  Un  mes  después de que fuera solicitada su presencia (fl, 156,  C.  3)  y de que se le reiterara el reclamo (fl. 185, C. 3), el 18 de febrero de  1997  el  profesional  se  hizo  presente en la fiscalía y se enteró de manera  personal de la resolución de acusación (fl. 155 vuelto, C. 3).   

         Luego  de  que  el  4  de  junio  de  1998 se citara para fallo y se  ordenara  el  traslado del artículo 46 del Decreto 2.790 de 1990 -adoptado como  permanente  por el artículo 4° del Decreto 2.271 de 1991- con el propósito de  que  los  sujetos  procesales  presentaran  estudios previos a la sentencia (fl.  188,  C.  4),  se  comunicó lo pertinente al abogado de oficio (fl. 190). Este,  sin  embargo,  dejó vencer el lapso sin actuar. Por ello, el 7 de septiembre de  1998,  fue conminado, so pena de ser sancionado, para que cumpliera con su deber  (fl.  247, 248, C. 4). Como consecuencia del último acto, el doctor Luis Miguel  González  Morales  presentó  el escrito que se observa en el folio 250 (C. 4),  con sus postulaciones para la decisión final.   

         9.  La  anterior  reseña  lleva  a  la  Sala  a  coincidir  con las  peticiones  defensivas,  que  son  avaladas por el Ministerio Público: el total  desinterés   del  defensor,  designado  para  todos  los  sindicados  desde  su  vinculación en contumacia, es fácilmente palpable.   

         Y  no  se  puede  pensar  que su inoperancia correspondiera a alguna  táctica  especial  que  pretendiera  el  beneficio  de los sindicados o el suyo  profesional.  Para  concluir  que  se  pudiera  tratar  de una estrategia sería  necesario  que  el silencio inicial  y la inactividad en todos los órdenes  –no    solicitar   ni  intervenir  en  la  práctica  de  pruebas,  no notificarse de las providencias,  dejar  vencer  en  mutismo los traslados para alegar de conclusión y debatir en  la  causa,  etc-  hubiera  sido  capitalizado  en  la fase final del juicio, por  ejemplo  haciendo  propuestas  defensivas  fruto  de la inacción o de la simple  observación  del  decurso  del  proceso.  Sin  embargo, nada de ello enseña el  expediente.   

         Y  recuérdese:  el profesional acudió al despacho para notificarse  de  tres  actos,  es decir, la resolución de acusación, el decreto que ordenó  pruebas  en el juicio de manera oficiosa y el traslado para presentar peticiones  previas  a  la  sentencia.  Pero  esto  último  lo hizo única y exclusivamente  porque  les  fueron  reiteradas  las  citaciones y porque fue compelido para que  cumpliera  con  su obligación, a menos que quisiera ser sancionado. Su postura,  su  renuencia,  su concurrencia solamente como producto de la presión judicial,  muestran  su incuestionable falta de interés para cumplir siquiera medianamente  con las funciones que le imponía el cargo encomendado.   

         La  resolución  de  acusación  se profirió el 16 de enero de 1997  (fl.  147,  C.  3).  Para  entonces regía el artículo 440 del Decreto 2.700 de  1991,  modificado por el artículo 59 de la Ley 81 de 1993, disposiciones de las  cuales   se   desprendía   que   tratándose  de  sindicados  en  libertad  era  imprescindible  la  notificación  personal  al defensor, quien solamente podía  sustraerse   a  ese  deber  si  hacía  llegar  excusa  válida  al  funcionario  judicial.       Es      claro,      así,      que      la     –por  fin-  concurrencia  del apoderado  fue   forzada:  no  hubo  espontaneidad  tras  la  primera  comunicación,  hubo  necesidad   de   repetirla   y   fue   menester   ejercer  presión.     

        Lo propio sucedió con  el  estudio  previo  a  la sentencia. El artículo 46 del Decreto 2.790 de 1990,  modificado  por  el artículo 1° del Decreto 099 de 1991 y declarado permanente  por  el  artículo  4°  del  Decreto  2.271  de 1991, establecía como deber de  ineludible  cumplimiento  que  el  apoderado de los sindicados presentara “sus  alegatos  de  conclusión”.  No  hacerlo, acarreaba su reemplazo, e implicaba,  además,  que el juez “dispondrá la expedición de copias y su remisión para  que  se  adelante si fuere el  caso   por  el  competente  la   correspondiente  investigación  disciplinaria  por  falta al Estatuto  Profesional del Abogado”.   

        En  el  asunto estudiado, el defensor no compareció ante el llamado  judicial  y  dejó  vencer  el  lapso  para aportar sus análisis. Esto, por sí  sólo,  ya  era  motivo suficiente para ordenar su investigación disciplinaria.  No  obstante,  no  se  hizo  y  se dispuso su apercibimiento para que acatara su  compromiso.  La  reiteración y la probabilidad de ser sancionado, entonces, fue  la razón que llevó al abogado a “cumplir con su deber”.   

        No  queda  duda,  entonces, en cuanto las dos únicas notificaciones  recibidas  por  el  apoderado  tuvieron  por causa, no su diligencia e interés,  sino  las advertencias judiciales y legales.   

         10.  El  único  acto  ejecutado por el doctor Luis Miguel González  Morales  fue  el escrito que, tras ser recriminado judicialmente, presentó como  “alegatos  de  conclusión”  previos  al  fallo  de  primera  instancia.  No  obstante,   una  lectura  desprevenida  de  la  media  página  que  contiene el documento corrobora, una vez  más, la desidia del profesional. En ese memorial, dijo:   

        “Como  quiera  que  los  principios generales del derecho se deben  aplicar  para  todas  las  justicias inventadas por el hombre, y en este caso se  parte  de  la  estructura  del derecho penal colombiano, que ordena penalizar un  hecho cuando es típico, antijurídico y culpable”.   

        “En   cuanto   al  delito  investigado  podemos  decir  que se inició con la tipificación, se  puede  afirmar  por las pruebas allegadas que hay adecuación, pero de lo que no  hay  presición es de los autores, del grado de autoria, coautoria o complicidad  y  esta  es  la  parte grave porque sin estar plenamente identificado el autor o  autores,   no   se   podrian  dictar  sentencias  condenatorias,  por  tanto  la  antijuridicidad    y    la    culpabilidad   no   se   pueden   dar   sin   esta  identificación”.   

        “Ademas  por  carecer  de  pruebas técnicas para la demostración  del  delito ya que transcurrió el lapso de tiempo considerable entre el hecho y  la  sindicación, se pueden cometer errores de hecho y de derecho que darían al  traste con la aplicación de una recta y pronta justicia”.   

        “Por   las   anteriores  consideraciones  y  consecuente  función  defensor  solicito a su despacho profiera a Sentencia absolutoria a favor de los  sindicados” (fl. 250, C. 4).   

        Pero  hay  más:  en  la  referencia  del  escrito presentado por el  letrado,  guiado  por  una  falla  de  la  secretaría  del  despacho  judicial,  únicamente    citó   a   los   sindicados   Salomón   Sánchez   –respecto  de  quien  ni  siquiera  se  percató  de la existencia de informes según los cuales había fallecido-, Luis  Alfonso  Oliveros,  Cristo  Navarrete  y  María Ligia Rodríguez, o sea que, en  estricto  sentido, jurídicamente nada hizo en pro de los restantes. Nótese que  designado,  al  tomar  posesión,  aceptó  actuar  como  representante oficioso  -además  de  los  anteriores-  de  Carlos  Alfonso  Díaz Vargas y Luis Alberto  Rodríguez  Saavedra.  Como  Díaz  Vargas  fue aprehendido en la fase final del  juzgamiento  y  nombró  apoderado  de  confianza  (fl. 146, C. 4), se tiene que  respecto   de  Rodríguez  Saavedra,  su  asistente  técnico  no  hizo  ninguna  petición, es decir, careció de defensa en la disputa final.   

        Pero  es  que  el  “alegato”  en modo alguno se puede considerar  como  una defensa medianamente diligente: su escasa extensión, sus frases “de  cajón”,  deshilvanadas,  con  algunos conceptos teóricos que ni mencionan ni  cuestionan  las  pruebas  o  la  realidad  jurídica,  ni  de  lejos constituyen  posturas  encaminadas  a  excluir  de responsabilidad a los sindicados o a hacer  menos gravosa su situación.   

        Y  lo  anterior,  sin mencionar posiciones incoherentes como aquella  consistente  en  que  en principio acepta que hay “tipificación”, que obran  pruebas  sobre  la  “adecuación”, para, más adelante, negar la premisa con  el  argumento  de  que  se  “careció  de  pruebas  técnicas”  –sin    que    concretara    cuáles-  “para   demostración del delito”. O la que, sin soporte alguno, afirma  ausencia  de  plena  identificación,  además  de  que  el  recuento probatorio  acredita  lo  contrario. O una más respecto de que por el paso del tiempo “se  pueden  cometer  errores de  hecho o de derecho”, conjetura que no especificó.   

        Agréguese:   el   “alegato   de  conclusión”  previsto  en  el  artículo  46  del  Decreto  2.790  de 1990 -modificado por el artículo 1° del  Decreto  099 de 1991 y adoptado como definitivo por el artículo 4° del Decreto  2.271  de  1991-  era  la única oportunidad que tenía el procesado para que se  ejerciera  su  defensa  técnica  en  la  fase  del  juicio.  En  efecto, en esa  “jurisdicción”           –regional,    de    orden    público   o  especializada-   no   había  lugar  a  la  audiencia  pública.    Esta   fue   reemplazada   por   esos   “alegatos”.   

        Por  manera  que,  si  en el procedimiento común no se puede dictar  sentencia  sin  que  previamente  se  celebre  la  vista  pública  –hacerlo   comporta  nulidad-,  en  el  evento  en  consideración,  proferir el fallo sin que el apoderado presente sus  alegatos,  debe  conducir  a  la  misma  consecuencia,  como  que esa actuación  profesional   equivale  a  la  audiencia  de  juzgamiento.  Y  en  este  asunto,  reitérase, no hubo una real propuesta defensiva.   

        11.   La   situación   es   idéntica  para  todos  los  procesados  “asistidos”  por  el abogado Luis Miguel González Morales. La circunstancia  de  que,  capturado, el señor Carlos Alfonso Díaz Vargas accediera a uno o dos  apoderados  de  confianza,  en nada convalida las irregularidades, porque cuando  ello  ocurrió habían expirado los lapsos legales. Tan es así que el juzgador,  en  auto  del  4  de junio de 1998, negó las pruebas solicitadas por uno de sus  defensores,    precisamente    en   atención   a   la   preclusión  de  las etapas respectivas (fl. 188, C.  4), argumento reiterado el 9 de julio siguiente (fl. 225, C. 4).   

        12.  La Sala, consecuente con la posición jurisprudencial reseñada  y  con  la  actuación  que  muestra el expediente, concluye que, en el presente  evento,  la  inactividad  del  abogado que formalmente asistió a los sindicados  ausentes  en  las  dos  fases  del  proceso, equivale a falta total de asesoría  técnica.  Y  como  ello  se opone  a los postulados del artículo 29 de la  Constitución  Política, surge nítido el tercer motivo de nulidad, nulidad que  debe  ser  decretada  a  partir  de  los  actos  inmediatamente  siguientes a la  ejecutoria de la resolución de acusación.   

        Esta  decisión,  acorde  con  lo  pedido por la Señora Procuradora  Delegada,   tiene   apoyo   en   que   la  invalidación  debe  cobijar  lo  estrictamente  necesario  para el restablecimiento de las garantías vulneradas.  Como  la defensa fue cercenada fundamentalmente porque se limitó la solicitud y  la   asistencia  a  la  práctica  de  pruebas,  así  como  la  posibilidad  de  controvertir  las  existentes,  ese derecho se restaura retornando el trámite a  la   etapa   del  juzgamiento,  que  por  excelencia  es  la  propicia  para  el  debate.   

         13.  En  términos  del  artículo  229 del Código de Procedimiento  Penal  vigente  (223  del  derogado),  la  decisión  se  hará  extensiva a los  sindicados  no  recurrentes,  por  cuanto  los  actos  lesivos  son  comunes: el  abandono  del  apoderado de oficio al cumplimiento de sus funciones, profesional  que nominalmente ejerció la defensa de todos los procesados.   

        14.  Por  razones  obvias, se compulsarán copias al competente para  que  se  investigue disciplinariamente el comportamiento del abogado Luis Miguel  González Morales.   

        15.   Se   dispondrá   la  libertad  provisional  de  María  Ligia  Rodríguez  Montoya,  Luis  Alberto  Gutiérrez  Saavedra,  Carlos Alfonso Díaz  Vargas  y  Cristo  Navarrete  Ávila,  por cuanto la decisión que se adopta los  ubica   dentro   de   las   previsiones  del  artículo  365-5  del  Código  de  Procedimiento  Penal.  Previo  a disfrutarla, prestarán caución prendaria que,  en  atención  a  la  gravedad  del  delito,  se  fija en la suma de 15 salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes –cada  uno-  que en dinero en efectivo se consignarán a órdenes del  juez  de  primera  instancia.  También  suscribirán   diligencia   de   compromiso  en  los  términos  del  artículo 368 procesal.   

        Cumplido  lo anterior, se expedirán las órdenes de excarcelación,  siempre y cuando no sean requeridos por otra autoridad.   

        Esta  determinación  se  hace extensiva, en idénticas condiciones,  al  señor  Luis  Alfonso  Oliveros,  quien  a  pesar  de hallarse privado de la  libertad  en  razón  de otro proceso, carga con el peso de un enjuiciamiento en  su  contra.  Respecto  de éste, entonces, se concederá la libertad provisional  “jurídica”.   

        Decisión  semejante  se  toma respecto de Salomón Sánchez Vargas.  Esta  persona  también ha sido condenada y aun cuando se dice que falleció, la  verdad  es que jurídicamente dentro del expediente no obra prueba suficiente de  ello. Se sabe, sí, que es pasible de una orden de aprehensión.   

        La  nulidad  que  se  decreta  torna  innecesario  el estudio de los  restantes cargos que, por vía diversa, reclaman similar decisión.   

         En  mérito  de  lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE   

         1. Casar la sentencia impugnada.   

         2.  Declarar  la  nulidad  de  lo  actuado  a  partir  de  los actos  posteriores  a la ejecutoria de la resolución de acusación, proferida el 16 de  enero  de  1997  en  contra  de Salomón Sánchez Vargas, Luis Alfonso Oliveros,  Carlos  Alfonso  Díaz  Vargas, Cristo Navarrete Ávila, Luis Alberto Gutiérrez  Saavedra y María Ligia Rodríguez Montoya.   

         3.  Conceder  la  libertad  provisional  a  María  Ligia Rodríguez  Montoya,   Luis  Alberto  Gutiérrez  Saavedra,  Carlos  Alfonso  Díaz  Vargas,  Salomón  Sánchez  Vargas,  Luis  Alfonso  Oliveros  y Cristo Navarrete Ávila,  previas  la  constitución  de  la  caución  y la suscripción de la diligencia  mencionadas  en  la  parte  motiva.  Cumplido  lo  anterior,  se  expedirán las  órdenes   de   excarcelación,   siempre   que  no  sean  requeridos  por  otra  autoridad.   

         4.  Compulsar  copias  de  esta  decisión  y  remitirlas  a la Sala  Jurisdiccional   Disciplinaria   del  Consejo  Seccional  de  la  Judicatura  de  Cundinamarca  para  que  se  investigue  la  conducta  del  abogado  Luis Miguel  González Morales.   

Notifíquese    y  cúmplase   

                             YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

Comisión    de  servicio   

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS    CARLOS A. GÁLVEZ ARGOTE   

JORGE  A.  GÓMEZ  GALLEGO               ÉDGAR LOMBANA  TRUJILLO             

ÁLVARO  O.  PÉREZ  PINZÓN             MARINA  PULIDO DE BARÓN   

JORGE  L.  QUINTERO  MILANÉS                  MAURO SOLARTE PORTILLA   

                                 TERESA RUÍZ NUÑEZ                                             Secretaria   

    

1 Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  27  de julio de 1992, M. P.  Dídimo Páez Velandia.   

2 Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, radicado 10.771, 17 de septiembre  de 1998,  M. P. Fernando Arboleda Ripoll.     

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